Parte 1
La vieja vecindad se alzaba en una esquina olvidada de la CDMX, desgastada por el tiempo y el desdén de quienes pasaban de largo. La pintura se descascaraba como piel seca y las escaleras de madera crujían con un lamento sordo ante cada paso. Dentro de uno de los cuartos del segundo piso, Mateo se sentaba en la orilla de su cama, apretando entre sus manos unos cuantos billetes arrugados y húmedos de sudor.
Los contó una vez más, aunque en el fondo ya conocía la amarga verdad. No era suficiente. Ni siquiera se acercaba a la cifra. Su cuarto era el retrato de la ausencia: una mesa pequeña, una silla tambaleante y una ventana que daba a la calle ruidosa. Afuera, la lluvia de la tarde se deslizaba por el vidrio, empañando las luces de los puestos de tacos y el tráfico eterno. Normalmente, el sonido del agua golpeando el techo de lámina lo calmaba, pero esa noche se sentía como una sentencia.
Cada gota le recordaba lo mismo: la renta vencía hoy.
Mateo se recostó y cerró los ojos, dejando que su mente viajara a días mejores, cuando la vida no pesaba tanto. Recordaba cuando se levantaba temprano, tomaba un café de olla y salía a trabajar con una chispa de propósito en la mirada. Ese hombre parecía ahora un extraño, un sueño que tuvo hace mucho y que se fue borrando con la mala suerte. Una mala decisión, un momento de debilidad, y todo su mundo se salió de eje.
El reloj en la pared avanzaba con un tic-tac agresivo. Cada segundo era una advertencia. De pronto, llegó el toque a la puerta. Fue suave, casi educado, pero el corazón de Mateo dio un vuelco violento. Se levantó lentamente, sintiendo que el tiempo se espesaba. Por un segundo pensó en quedarse callado, en hacerse el que no estaba, pero sabía que no podía huir de su realidad.
Abrió la puerta. Doña Elena estaba allí, con su rostro impasible y sus ojos fijos. Llevaba una pequeña libreta en la mano y su rebozo estaba ligeramente salpicado por la lluvia. No gritó, no se veía furiosa. Su voz fue baja, casi un susurro que cortaba más que un grito.
—Todavía me debes la renta, Mateo —dijo ella con una calma que dolía.
Esas palabras quedaron flotando en el aire frío del pasillo. Mateo sintió que se le hundían en el pecho. Miró al suelo, luego a los ojos de la mujer, esperando la amenaza, el ultimátum o el aviso de desalojo. Pero no llegó nada, solo un silencio pesado. Doña Elena no dio un paso adelante, pero tampoco retrocedió. Simplemente esperaba.
Mateo tragó saliva. Quería explicarle, quería prometerle las perlas de la virgen, pero estaba harto de sus propias mentiras. Sus manos cayeron inertes a sus costados.
—Lo sé —respondió con la voz quebrada.
El pasillo olía a humedad y a comida recalentada de otros departamentos. La luz del techo parpadeó, amenazando con dejarlos a oscuras. Afuera, un camión pasó a toda velocidad, perdiéndose en la distancia. El mundo seguía girando, mientras Mateo se sentía atrapado en el fango.
Doña Elena miró por encima del hombro de Mateo hacia el interior del cuarto. Notó la desnudez de las paredes, la falta de fotos, la ausencia de cualquier rastro de comodidad. Solo había supervivencia pura. Mateo respiró hondo. Su corazón latía a mil, pero sus palabras salieron de un lugar más profundo que el miedo.
—¿Y si le ofreciera algo más que dinero? —preguntó.
La pregunta quedó vibrando entre los dos. Los ojos de Doña Elena cambiaron; no hubo enojo, sino una chispa de curiosidad genuina. El silencio se alargó más de lo que Mateo esperaba. Creyó que se había pasado de listo, que ahora sí lo echarían a la calle sin miramientos.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó ella finalmente.
Mateo se hizo a un lado y abrió la puerta por completo, invitándola a pasar a su pequeña tragedia personal.
—Por favor —dijo—. Solo pase. Quiero explicarle.
PARTE 2: Desarrollo (Acción Ascendente)
Doña Elena entró al cuarto con cautela. Sus ojos, acostumbrados a ver carencias, se detuvieron en la repisa vacía y el único cambio de ropa colgado de un clavo. Mateo no perdió el tiempo; con la voz firme pero humilde, le explicó que no tenía un peso, pero que tenía sus manos. Le propuso arreglar cada desperfecto de la vecindad: las fugas de agua que nadie atendía, las luces fundidas de los pasillos y el barandal que era un peligro para los niños.
—Mucha gente promete cosas cuando tiene el agua al cuello, Mateo —dijo ella, cruzándose de brazos—. Luego encuentran tres pesos y desaparecen sin terminar la chamba.
—Yo no tengo a dónde ir, Doña Elena. Y tampoco quiero irme así. Déjeme demostrarle que mi palabra vale más que este billete de cien —respondió él, entregándole lo único que le quedaba.
Ella guardó silencio, mirando su propio reflejo en el vidrio mojado. Recordó sus propios años de lucha, cuando nadie le tendió la mano. Finalmente, sentenció: “Tienes siete días. Una semana sin pagar, pero sin excusas. Si en siete días no veo ese ‘algo más’, te quiero fuera”.
A la mañana siguiente, Mateo comenzó antes de que saliera el sol. Con una caja de herramientas vieja que rescató de un tianguis, empezó por las escaleras. Los vecinos lo miraban con desconfianza. Doña Blanca, la del 4, pasó a su lado y soltó un suspiro: “Nadie arregla nada aquí ya, mijo”. Mateo solo le sonrió y siguió apretando los tornillos.
Para el cuarto día, el ambiente había cambiado. Mateo ya no solo arreglaba paredes; ayudaba a cargar las bolsas del mandado a los ancianos y le reparó la estufa a una madre soltera que cocinaba para vender. La vecindad, antes fría y silenciosa, empezó a sentirse viva. Elena observaba todo desde la sombra de su balcón, sintiendo un nudo en la garganta que no lograba explicar. Sin embargo, ella guardaba un secreto: había recibido una carta de embargo. Si no pagaba una deuda enorme del predial esa misma semana, todos, incluido Mateo, terminarían en la calle.
PARTE 3: Clímax
La noche antes de que se cumpliera el plazo, Mateo escuchó a Doña Elena llorando en el patio. La mujer de hierro se había quebrado. Al acercarse, descubrió a dos hombres de traje parados en la entrada, hablando con desprecio sobre lo “barato” que comprarían el terreno una vez que la vieja no pudiera pagar. Mateo entendió que el esfuerzo de sus manos no bastaría para detener a los bancos.
En ese momento, Mateo tomó una decisión arriesgada. No se quedó a consolarla; salió corriendo bajo la lluvia y desapareció.
Pasaron las horas y llegó la mañana del séptimo día. Elena estaba sentada en su mesa con los papeles del desalojo listos para firmar. Mateo no aparecía por ningún lado. Los vecinos preguntaban por él, pero solo encontraban silencio. “Ya ven”, decía un inquilino amargado, “al final todos huyen cuando las cosas se ponen feas”. Elena sintió que su corazón se endurecía de nuevo. La confianza era un lujo que no podía permitirse.
A mediodía, justo cuando los hombres de traje regresaban por las llaves, la puerta de la vecindad se abrió de par en par. Mateo entró empapado, con el rostro desencajado por el cansancio pero con un sobre manila en la mano.
—¡Llegas tarde para recoger tus cosas! —le gritó Elena con rabia y decepción.
—No vengo por mis cosas, Doña Elena —dijo Mateo, recuperando el aliento—. Vengo a entregar lo que prometí.
Mateo no traía dinero. Traía algo más poderoso: un documento firmado por una asociación civil y una prórroga legal que él mismo había gestionado moviendo cielo y tierra, recolectando firmas de todos los vecinos y demostrando las mejoras que habían hecho juntos. Había convertido la vecindad en un “patrimonio comunitario protegido”.
—No pude conseguirle los miles de pesos que debe —dijo Mateo frente a todos—, pero le conseguí tiempo. Y nos conseguí a todos nosotros para que no la dejemos sola en esto.
Elena tomó los papeles con manos temblorosas. Los vecinos, que habían salido a ver el escándalo, comenzaron a acercarse, rodeando a la dueña y al inquilino en un abrazo silencioso que el dinero nunca hubiera podido comprar.