Se rieron de mi ropa sencilla y me corrieron de mi propia fiesta… 5 minutos después, les cancelé el contrato de sus vidas.

 

Sentí el líquido frío atravesar la tela de mi vestido sencillo, pegándose a mi piel como una segunda capa de vergüenza. El vino tinto escurría por mi pecho, goteando lentamente sobre el mármol pulido de aquel salón en Polanco.

El silencio fue inmediato. Sepulcral.

Frente a mí, Adrián, el típico “mirrey” intocable, heredero de Grupo Hexton, soltó una carcajada que resonó contra los candelabros de cristal. A su lado, Selina, enfundada en un vestido rojo de diseñador que costaba más que el auto de cualquier trabajador promedio, me miraba con una sonrisa que cortaba más que un cuchillo.

—Ups —dijo ella, con esa falsa dulzura que destila veneno—. Creo que necesitas aprender tu lugar, querida. Esto es un evento VIP, no la fila para pedir limosna.

Nadie se movió. Las miradas de la alta sociedad mexicana, esa élite que juzga por la marca de tus zapatos, estaban clavadas en mí. Me veían como un bicho raro, una mancha gris en su fiesta de diamantes y champán. Adrián cruzó los brazos, mirándome con asco.

—Seguro es de catering —dijo él, alzando la voz para que sus socios lo escucharan—. ¿Qué pasa? ¿Querías ver cómo vive la gente exitosa? Es patético. Lárgate antes de que llame a seguridad para que te saquen a patadas.

Yo no grité. No lloré. Ni siquiera parpadeé.

Solo miré la mancha roja expandiéndose en mi ropa, y luego levanté la vista hacia ellos. Adrián celebraba esa noche el cierre de un trato de 800 millones de dólares con Windche, la firma inversora más potente del norte. Estaba tan borracho de poder y arrogancia que ni siquiera se había molestado en revisar la lista de invitados.

Si lo hubiera hecho, habría visto mi nombre hasta arriba.

—¿No vas a decir nada, “naca”? —insistió Selina, inclinando su copa vacía—. ¿O te comió la lengua el ratón?

Respiré hondo. El olor a perfume caro y vino barato me revolvía el estómago. En ese momento, pude haberlos destruido allí mismo. Pude haber gritado quién era yo. Pude haberles dicho que la mujer a la que acababan de humillar tenía el bolígrafo listo para cancelar su futuro.

Pero el silencio es un arma más poderosa cuando tienes la razón.

Me di la media vuelta. Escuché sus risas a mis espaldas mientras caminaba hacia la salida, con la frente en alto y el vestido arruinado. Ellos pensaron que habían ganado. Pensaron que yo huía avergonzada.

No sabían que al salir por esa puerta, su pesadilla apenas comenzaba.

¿QUIERES VER LA CARA QUE PUSIERON CUANDO SE APAGARON LAS LUCES Y MI FOTO APARECIÓ EN LA PANTALLA GIGANTE COMO LA DUEÑA DE TODO?

CAPÍTULO 1: EL SILENCIO EN EL PASEO DE LA REFORMA

Las puertas pesadas del salón de eventos se cerraron detrás de mí con un thud sordo, amortiguando las risas y el tintineo de las copas de cristal que celebraban mi supuesta humillación. El aire nocturno de la Ciudad de México me golpeó la cara; estaba frío, contaminado y extrañamente reconfortante. Contrastaba con el calor pegajoso del vino tinto que ya empezaba a secarse sobre mi piel, endureciendo la tela de mi vestido barato contra mi pecho.

Mi chofer, Don Beto, un hombre que ha estado conmigo desde que mi oficina era un garaje en la colonia Doctores, saltó del asiento del conductor en cuanto me vio. Sus ojos se abrieron como platos al ver la mancha oscura que cubría mi frente y mi torso.

—¡Señora Ana! —exclamó, con esa preocupación genuina de quien te conoce de verdad—. ¿Qué le pasó? ¿Se lastimó? ¿Llamo a alguien? ¡Dígame quién fue para partirle su madre ahorita mismo!

Negué con la cabeza suavemente, alzando una mano para calmarlo. Mis manos no temblaban. Eso era lo curioso. Por dentro, mi sangre hervía como aceite en un sartén, pero por fuera, estaba helada.

—Tranquilo, Beto. Solo es vino —dije, mi voz sonando extrañamente plana—. Ábreme la puerta. Vámonos a la oficina.

—¿A la oficina, jefa? —preguntó él, confundido, mirando su reloj—. Son las once de la noche. ¿No prefiere ir a casa a cambiarse?

—A la oficina —repetí, subiendo al asiento trasero del auto blindado—. Tengo una llamada que hacer. Una llamada de 800 millones de dólares.

El auto arrancó, deslizándose por las calles de Polanco. Mientras las luces de la ciudad pasaban como ráfagas de neón a través de la ventana tintada, saqué mi celular. No había lágrimas en mis ojos. Ya había llorado demasiado en mi vida para llegar a donde estaba. Había llorado cuando no tenía para la nómina, había llorado cuando los bancos se reían de mi plan de negocios, había llorado de cansancio. Pero esta noche, no iba a desperdiciar ni una gota de agua salada por un tipo como Adrián Crest.

Marqué el número de Mariana, mi directora de operaciones. Contestó al segundo tono.

—¿Ana? ¿Todo bien en la gala? —Su voz sonaba adormilada, pero alerta.

—Cancélalo —dije. Simple. Directo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. —¿Perdón? ¿Qué cancele qué?

—El trato con Hexton Global. El proyecto de fusión. Todo. Quiero que redactes el aviso de terminación inmediata ahora mismo. Cita la cláusula 4.b: “Incumplimiento de conducta profesional y daño a la reputación”. Y quiero que se envíe a la junta directiva de Hexton en… —miré mi reloj— cinco minutos. Ni un minuto más.

—Ana… —Mariana titubeó, despertando por completo—. Estamos hablando del acuerdo del año. Wall Street está esperando esto. La Bolsa Mexicana va a colapsar mañana si hacemos esto. ¿Estás segura? Son 800 millones.

Miré mi reflejo en el cristal de la ventana. Vi la mancha de vino. Vi la dignidad que intentaron robarme.

—Nunca he estado más segura en mi vida, Mariana. Hazlo. Y asegúrate de que el motivo aparezca en las pantallas gigantes del evento. Quiero que lo lean mientras todavía tienen el champán en la mano.

Colgué.

Me recosté en el asiento de piel, cerré los ojos y esperé. Sabía exactamente lo que estaba a punto de pasar. Podía visualizarlo como si estuviera viendo una película. En cinco minutos, su mundo de cristal se haría pedazos.


CAPÍTULO 2: EL COLAPSO DEL TEATRITO

Lo que voy a contar a continuación no lo vi con mis propios ojos, pero en este mundo de los negocios, los chismes corren más rápido que la pólvora, y tengo suficientes aliados dentro de Hexton que me relataron cada delicioso y trágico detalle.

Dentro del salón, la fiesta seguía. Adrián y Selina, mi querida pareja de verdugos, habían regresado a la zona VIP. Adrián, con su traje azul de medianoche hecho a medida, se sentía el rey del mundo. Selina reía, colgándose de su brazo como un adorno caro, probablemente burlándose todavía de la “pobre diabla” a la que habían bañado en Merlot.

—Qué asco de gente dejan entrar hoy en día —había dicho Adrián, tomando otro trago de whisky—. Deberían filtrar mejor al personal de servicio.

—Ay amor, pero viste su cara —rio Selina—. Se quedó pasmada. Ni siquiera se defendió. Patética.

Brindaron. Brindaron por su éxito, por su dinero, y por el futuro brillante que creían tener asegurado.

Y entonces, sucedió.

Exactamente cinco minutos después de que yo saliera, las luces del salón, esas enormes arañas de cristal que costaban una fortuna, parpadearon. La música orquestal, suave y pretenciosa, se cortó de golpe con un chirrido de estática.

El murmullo de la multitud creció. “¿Qué pasa?”, “¿Es parte del show?”, se preguntaban los invitados. Todos los ojos se dirigieron a la pantalla gigante en el escenario principal, donde hasta hace un momento brillaba el logo de Hexton Global girando triunfalmente.

La pantalla se fue a negro. Un segundo. Dos segundos.

Luego, aparecieron letras rojas, gigantescas, agresivas.

ANUNCIO URGENTE.

Adrián frunció el ceño, mirando hacia el escenario. Buscó con la mirada a los técnicos, listo para gritarles por arruinar la estética de su noche. Pero nadie estaba en la cabina de control.

El texto cambió. Y el silencio que cayó sobre el salón fue más pesado que el que se había producido cuando me tiraron el vino.

LA ASOCIACIÓN DE $800 MILLONES CON GRUPO WINDCHE HA SIDO CANCELADA CON EFECTO INMEDIATO.

Un grito ahogado recorrió la sala. Los inversionistas soltaron sus copas. Los socios se miraron entre sí con pánico. ¿Cancelada? ¿En medio de la fiesta de celebración? Eso no pasaba. Eso era imposible.

Adrián palideció. Su bronceado de yate desapareció en un instante, dejando su piel de un color gris cenizo.

—¿Qué demonios es esto? —susurró, con la voz quebrada.

Selina le apretó el brazo, clavándole las uñas postizas. —Adrián… ¿qué está pasando? ¿Es una broma?

—¡Es un error! —gritó Adrián, tratando de sobreponerse al ruido creciente de la multitud—. ¡Alguien hackeó el sistema! ¡Corten la pantalla!

Pero la pantalla no se cortó. Cambió de nuevo, mostrando la sentencia final, la que sellaría su ataúd profesional.

RAZÓN: VIOLACIÓN GRAVE DE CONDUCTA PROFESIONAL POR PARTE DE LA DIRECTIVA DE HEXTON HACIA LA PROPIEDAD DE WINDCHE.

El teléfono de Adrián vibró en su bolsillo como un animal rabioso. Luego el de otro ejecutivo. Luego el de todos. Los correos electrónicos estaban llegando.

Adrián sacó su teléfono con manos temblorosas. Era un mensaje directo del Presidente del Consejo, Don Roberto, el hombre más temido de la industria. El mensaje tenía solo cinco palabras:

“A LA SALA DE JUNTAS. AHORA.”

Adrián guardó el teléfono, sintiendo cómo el whisky se le agriaba en el estómago. Empujó a un mesero que se cruzó en su camino y corrió hacia la salida lateral, arrastrando a Selina con él. La multitud se apartaba, pero ya no con respeto, sino con esa mezcla de morbo y desprecio con la que se mira a un accidente de tráfico.

El “Mirrey” acababa de perder su corona, y ni siquiera sabía por qué.


CAPÍTULO 3: LA REVELACIÓN EN LA SALA DE JUNTAS

Adrián y Selina irrumpieron en la sala de conferencias del segundo piso, jadeando. El aire acondicionado estaba a tope, pero Adrián sudaba como si estuviera en un sauna.

Allí estaban. Los doce miembros del consejo de administración. Hombres y mujeres de edad, con trajes grises y rostros que parecían tallados en piedra. No había bebidas, no había sonrisas. Solo una laptop abierta en el centro de la mesa de caoba.

Don Roberto, el presidente, estaba de pie, mirando por la ventana hacia la fiesta que se desmoronaba abajo. Se giró lentamente cuando entraron. Su mirada podría haber congelado el infierno.

—¿Qué chingados está pasando? —exigió Adrián, tratando de mantener su postura de macho alfa—. ¡Alguien hackeó la pantalla! ¡Tienen que sacar un comunicado diciendo que es mentira!

Don Roberto no gritó. Eso fue lo peor. Habló con una voz baja, peligrosa y controlada.

—No hay ningún hackeo, Adrián. Acabamos de recibir la notificación legal formal. El trato se cayó. Windche se retira. Y todo es por tu culpa.

—¿Mi culpa? —Adrián soltó una risa nerviosa, histérica—. ¡Yo no he hecho nada! ¡Llevo meses lamiéndoles las botas para conseguir este contrato! ¡He sido perfecto!

—¿Perfecto? —Don Roberto caminó hacia la mesa y giró la laptop hacia Adrián—. Acabas de humillar a la dueña de la empresa en frente de quinientas personas.

Adrián parpadeó, confundido. Miró la pantalla. Era una foto profesional. En blanco y negro. Elegante. Una mujer mirando a la cámara con seguridad e inteligencia. Debajo de la foto decía: Ana Lara Win, Fundadora y CEO de Grupo Windche.

Adrián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El mundo empezó a dar vueltas. Esa cara… esos ojos… Era la mujer del vestido gris. La “naca”. La “colada”. La mujer a la que Selina había bañado en vino tinto mientras él se reía.

—No… —susurró Adrián. La negación era su único refugio—. No puede ser ella. Esa tipa… esa tipa parecía una sirvienta. No traía joyas. Estaba ahí parada como una nadie.

Selina se llevó la mano a la boca, sus ojos llenos de terror. —Yo… yo le tiré el vino —balbuceó—. Pensé que era del servicio. Adrián dijo que era del servicio.

Un miembro de la junta, una señora mayor llamada Doña Elena, golpeó la mesa con el puño. —¡Estaba en la lista de invitados, imbéciles! ¡Ana Lara Win! ¡Si se hubieran dignado a leer el protocolo en lugar de estar presumiendo sus relojes, sabrían quién era! ¡Es la mujer más rica del norte del país y ustedes la trataron como basura!

—¡Ella no dijo nada! —gritó Adrián, desesperado, buscando culpar a alguien más—. ¡Se quedó callada! ¡Es una trampa! ¡Lo hizo a propósito!

—No tenía por qué decir nada —escupió Don Roberto—. Su presencia era suficiente. Ella vino a evaluar con quién iba a hacer negocios. Quería ver quiénes éramos realmente cuando no había cámaras. Y tú, Adrián, le mostraste exactamente quién eres: un patán arrogante sin educación.

El silencio en la sala era asfixiante. Se podía escuchar el zumbido de la fiesta muriendo en el piso de abajo.

—Son 800 millones de dólares, Adrián —dijo Don Roberto, dejando caer cada sílaba como una sentencia de muerte—. Nuestra expansión a Asia. La recuperación de las acciones. Todo dependía de esto. Y lo destruiste en cinco minutos por hacerte el gracioso con tu novia.

Adrián sintió que le faltaba el aire. —Puedo arreglarlo —dijo, aunque su voz sonaba hueca—. Voy a hablar con ella. Le pediré perdón. Me arrodillaré si es necesario. Le diré que fue un malentendido.

Don Roberto soltó una carcajada amarga. —¿Crees que una mujer que construyó un imperio desde cero es tan estúpida como tú? ¿Crees que le importa tu perdón? Ya intenté llamarla. Su asistente me dijo que la Señora Win no tiene interés en comunicarse con “gente sin valores”.

—Tengo que intentarlo —Adrián dio media vuelta, con la desesperación brillando en sus ojos—. Voy a ir a su oficina. Ahora mismo.

—¡Es inútil! —le gritó Don Roberto a su espalda, pero Adrián ya estaba corriendo por el pasillo, con Selina tropezando tras él en sus tacones de aguja.


CAPÍTULO 4: LA PERSECUCIÓN A SANTA FE

Adrián y Selina salieron del edificio empujando a los invitados que aún quedaban en el lobby, murmurando y señalándolos. Ignoraron los flashes de los celulares. Ignoraron los susurros de “Ahí va Lord Hexton” y “Ahí va Lady Vino”.

Se subieron al Mercedes de Adrián. Él le gritó al chofer: —¡A Santa Fe! ¡Al corporativo de Windche! ¡Rápido, carajo!

—Señor, hay tráfico, están arreglando Constituyentes… —empezó el chofer.

—¡Me vale madre! ¡Métete en sentido contrario si tienes que hacerlo, pero llévame ahí!

El viaje fue una tortura. La Ciudad de México, fiel a su costumbre, era un estacionamiento gigante incluso a esa hora. Adrián golpeaba el asiento de cuero con el puño, una y otra vez. Selina lloraba en silencio en la esquina, con el rímel corrido, arruinando su maquillaje perfecto.

—Todo esto es tu culpa —gruñó Adrián, mirándola con odio.

—¿Mía? —Selina se enderezó, ofendida—. ¡Tú fuiste el que dijo que era una colada! ¡Tú te reíste! ¡Tú me seguiste el juego!

—¡Tú le tiraste la copa, estúpida! ¡Por tu numerito de niña rica estoy perdiendo mi empresa!

Se gritaron durante cuarenta minutos, escupiendo veneno el uno al otro, mientras el auto avanzaba a paso de tortuga hacia los rascacielos de Santa Fe.

Cuando finalmente llegaron al edificio de cristal negro de Windche, parecía una fortaleza impenetrable. Las luces estaban apagadas, salvo por algunos pisos superiores.

Adrián saltó del auto antes de que se detuviera por completo. Corrió hacia las puertas giratorias de cristal.

Cerradas.

Golpeó el vidrio con las palmas de las manos. —¡Ana! ¡Ana, por favor! —gritó, su voz rebotando en la calle vacía y fría—. ¡Necesito hablar contigo! ¡Soy Adrián!

Nadie respondió. Solo el guardia de seguridad del turno nocturno lo miró desde adentro, con aburrimiento, y lentamente le dio la espalda.

—¡Ábreme, cabrón! —gritó Adrián, pateando la puerta.

Selina llegó a su lado, temblando de frío. —Adrián, vámonos. No está aquí. Es la medianoche.

—¡Tiene que estar! —Adrián pegó la frente al vidrio frío, jadeando. Vio su propio reflejo: despeinado, sudoroso, con la corbata chueca. Parecía un loco. Ya no parecía el CEO millonario de la portada de Forbes.

Su celular vibró de nuevo. Lo sacó con miedo.

Era una notificación de Twitter (ahora X). “#LadyVino y #LordHexton humillan a empresaria millonaria y pierden contrato millonario. VIDEO COMPLETO AQUÍ.”

Alguien había grabado todo. Por supuesto. Siempre hay alguien grabando. El video ya tenía 2 millones de reproducciones. Los comentarios eran brutales: “Qué bueno que les pasó”, “Pinches mirreyes se toparon con pared”, “Arriba la doña del vestido gris”.

Y luego, llegó el correo electrónico final de la Junta Directiva de Hexton.

ASUNTO: NOTIFICACIÓN DE DESPIDO Y REMOCIÓN DE CARGO. “Estimado Sr. Crest: Debido a los eventos de esta noche y el daño irreparable a la marca, su posición como CEO queda revocada de inmediato. Preséntese mañana a las 8:00 AM solo para recoger sus efectos personales bajo supervisión.”

Adrián dejó caer el teléfono. La pantalla se estrelló contra el pavimento, igual que su carrera. Se deslizó hasta el suelo, sentándose en la banqueta sucia frente al edificio de la mujer a la que había despreciado.

—Se acabó —susurró.

Selina lo miró, y por primera vez, vio a un hombre derrotado. Sin decir una palabra, ella caminó hacia el auto y le dijo al chofer que la llevara a su casa. Dejó a Adrián ahí, sentado en la banqueta, solo.


CAPÍTULO 5: LA MAÑANA SIGUIENTE

La mañana siguiente en las oficinas de Hexton Global fue un funeral. Nadie hablaba. Las secretarias cuchicheaban bajito. Cuando Adrián entró, nadie lo saludó. Los que antes le abrían la puerta y le traían café, ahora desviaban la mirada. El poder es prestado, y cuando se acaba, la lealtad se evapora.

Entró a su oficina, esa oficina enorme con vista al Ángel de la Independencia. Ya había cajas de cartón en su escritorio.

—Tiene una hora, Sr. Crest —dijo el jefe de seguridad, un tipo grandote que antes le llamaba “Jefe” y ahora ni siquiera lo miraba a los ojos.

Adrián comenzó a meter sus premios, sus fotos, sus plumas caras en la caja. Se sentía como un robot. Estaba en shock.

—Señor Crest —la voz de su ex-asistente sonó desde la puerta. Ella parecía incómoda—. Hay… hay alguien que quiere verlo.

Adrián frunció el ceño. —¿Quién? ¿La prensa? Diles que se vayan al diablo.

—No, señor. Es… ella.

Adrián se congeló. Soltó el marco de fotos que tenía en la mano.

Salió al pasillo rápidamente. Y allí estaba. Junto al elevador.

Ana Lara Win.

Esta vez no llevaba un vestido gris barato. Llevaba un traje sastre azul marino impecable, de corte italiano, que gritaba poder y elegancia. Su cabello estaba suelto, brillante. Llevaba unos lentes finos sobre la nariz. Se veía como la dueña de todo el edificio.

Adrián se detuvo a unos metros de ella. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Quería gritar, quería pedir perdón, quería llorar. Pero ante la presencia de ella, se sintió pequeño. Minúsculo.

Ella lo miró. Sus ojos oscuros eran tranquilos. No había odio en ellos. Solo una indiferencia abrumadora.

—Vine a decirte algo, Adrián —dijo ella. Su voz era suave, pero firme. No gritaba. No necesitaba gritar.

—Ana… Sra. Win… —Adrián tartamudeó—. Lo siento. Le juro que no sabía…

Ella levantó una mano, deteniéndolo. —Ahórrate las disculpas. Sé que lo sientes. Pero lo sientes porque perdiste el dinero. Lo sientes porque perdiste tu puesto. No lo sientes por haberme humillado.

Ella dio un paso adelante. El pasillo estaba en silencio absoluto. Todo el piso estaba escuchando.

—No cancelé el trato porque me mancharas el vestido, Adrián. Tengo cien vestidos más. El dinero va y viene. —Hizo una pausa, mirándolo directamente al alma—. Cancelé el trato porque me mostraste tus valores. Los negocios no son solo números. Son confianza. Son carácter. Y yo no hago negocios con personas que tratan mal a los que consideran “inferiores”.

Adrián bajó la cabeza. Las lágrimas de frustración picaban en sus ojos. —Fue un error… —susurró.

—No. Fue una revelación —corrigió ella—. Si tratas así a alguien que crees que no tiene poder, ¿cómo tratarás a mis empleados? ¿A mis socios? ¿A tus propios clientes cuando te den la espalda?

Ella presionó el botón del elevador. Las puertas se abrieron con un suave ding.

—Ayer me dijiste que aprendiera mi lugar —dijo ella, entrando al elevador y dándose la vuelta para mirarlo una última vez—. Bueno, Adrián. Hoy tú aprendiste el tuyo.

Las puertas de metal comenzaron a cerrarse. Adrián dio un paso adelante, como si quisiera detenerlas, detener el tiempo, deshacer la noche anterior.

—¡Espera! —suplicó—. ¿Qué voy a hacer ahora?

Ana lo miró a través de la rendija que se cerraba. —Lo mismo que hice yo cuando empecé sin nada —dijo—. Trabajar. Y tal vez, aprender a ser humano.

Las puertas se cerraron.

Adrián se quedó solo en el pasillo, con su caja de cartón llena de recuerdos inútiles en las manos, mientras el sonido del elevador bajando se llevaba su última oportunidad.

Me di la media vuelta en el lobby del edificio, salí a la calle soleada de Reforma y respiré hondo. El aire ya no olía a vino. Olía a justicia. Saqué mi celular y llamé a Mariana.

—Prepara la reunión con los inversores japoneses —dije, sonriendo por primera vez en veinticuatro horas—. Tenemos mucho trabajo que hacer.

Así termina la historia del día en que unos millonarios intentaron pisotearme, y terminaron descubriendo que el suelo que pisaban… era mío.


FIN.

BTV

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