
—Sonríe, Ximena. Y por favor, esta noche trata de no decir ninguna estupidez. Los socios necesitan ver estabilidad, no a una mujer que opina de lo que no sabe.
Alejandro me apretó el brazo con esa fuerza “discreta” que solo usaba cuando creía que nadie nos veía. Estábamos en la entrada del Salón de los Candiles, en el corazón de Polanco, rodeados de lo más selecto de la sociedad mexicana. El aire olía a perfume caro y a hipocresía.
Bajé la mirada, como él esperaba. Como lo había hecho durante cinco años. —Sí, mi amor —murmuré.
Él soltó una risa seca y se alejó para saludar a los inversionistas, dejándome sola junto a la mesa de los canapés. Desde mi lugar, lo vi guiñarle un ojo descaradamente a Valeria, su “asistente” y amante, quien reía con una copa de champaña en la mano al otro lado del salón.
Para Alejandro, yo no era más que un mueble caro. Una “esposa florero” que adornaba su penthouse en las Lomas. Se había burlado de mis ideas en cada cena, me había ignorado y m*nospreciado hasta convertirme en el chiste silencioso de sus amigos.
“Pobre Ximena, tan linda y tan… simple”, decían.
Lo que Alejandro no sabía, mientras se subía al escenario con esa sonrisa arrogante de dueño del mundo, es que yo no había estado en casa eligiendo cortinas.
Mientras él estaba con Valeria, yo estaba estudiando. Mientras él planeaba comprar Innovaciones Helios para coronarse como el rey de la industria, yo estaba moviendo fichas en silencio.
El reflector lo iluminó. Tomó el micrófono, hinchado de orgullo. —Damas y caballeros —su voz retumbó en las bocinas—, hoy es una noche histórica. Grupo Velasco está a punto de cerrar la adquisición más importante de la década…
Todos aplaudieron. Él sonrió, triunfante. Pero entonces, las pantallas gigantes detrás de él parpadearon. El logo de su empresa desapareció.
Un murmullo recorrió el salón. Alejandro se giró, confundido, golpeando el micrófono. —¿Qué d*monios pasa con el audio? —gritó a los técnicos.
Entonces, la voz del presentador de noticias interrumpió el sistema de sonido, clara y letal: “Última hora: La junta directiva de Innovaciones Helios ha rechazado la oferta hostil de Alejandro Velasco. Se confirma que un inversionista privado ha adquirido el 52% de las acciones esta mañana, tomando el control total.”
Alejandro se puso pálido. Se le cayó la copa de la mano y se rompió en mil pedazos contra el suelo. El silencio en el salón era sepulcral.
El anfitrión del evento tomó un micrófono de mano y, con la voz temblorosa, leyó la tarjeta que le acababan de entregar: —Tenemos… tenemos una corrección en el programa. Por favor, reciban a la nueva accionista mayoritaria y Directora de Estrategia de Helios…
Alejandro me buscó con la mirada entre la multitud, con los ojos desorbitados por el pánico. Yo di un paso al frente. Mi vestido carmesí brilló bajo las luces. Ya no había miedo. Ya no había sumisión.
¿QUIERES SABER QUÉ LE DIJE CUANDO SUBÍ AL ESCENARIO Y TOMÉ EL MICRÓFONO DE SUS MANOS?
PARTE 2: La Reina de Hielo y el Rey de Cartón
El silencio en el Salón de los Candiles no era un silencio normal. No era ese silencio respetuoso de cuando empieza una ópera en Bellas Artes. No. Era un silencio pesado, denso, de esos que te aprietan el pecho. Era el silencio del chisme estallando en las cabezas de trescientas personas al mismo tiempo.
Sentí el peso de seiscientos ojos clavados en mi espalda mientras mis tacones resonaban sobre el mármol pulido. Clac, clac, clac. Cada paso era una sentencia. Cada paso me alejaba de la “Ximena sumisa” que preparaba el té y me acercaba a la mujer que había nacido en las sombras de la negligencia de mi esposo.
Llegué al escenario. Alejandro seguía ahí, paralizado. Parecía una estatua de cera a punto de derretirse bajo los reflectores. Su piel, usualmente bronceada por sus fines de semana en Valle de Bravo, estaba de un tono grisáceo, casi verdoso. Sus manos temblaban tanto que podía escuchar el tintineo de su reloj Patek Philippe —ese que compró con los dividendos del año pasado— contra el podio de cristal.
Me paré frente a él. Olía a su loción de siempre, esa mezcla de sándalo y arrogancia que antes me intimidaba y que ahora solo me daba lástima.
—Dame el micrófono, Alejandro —le dije. Mi voz salió suave, pero firme. No fue una pregunta. Fue una orden.
Él parpadeó, como si no reconociera el idioma. —¿Q-qué haces aquí? —balbuceó, con el micrófono aún abierto. Su voz resonó patéticamente en todo el salón—. Ximena, bájate. Estás haciendo el ridículo. Vete a la mesa.
Una risita nerviosa escapó de algún lugar del público.
Sonreí. Esa sonrisa que había practicado frente al espejo durante meses. La sonrisa del tiburón antes de morder. —No, mi amor —dije, y me acerqué lo suficiente para tomar el micrófono de sus dedos sudorosos. Él estaba tan débil que no puso resistencia—. El que se tiene que bajar eres tú.
Le arrebaté el micrófono. El sonido del feedback agudo hizo que algunos invitados se taparan los oídos, pero nadie apartó la mirada. Me giré hacia la audiencia. Ahí estaban todos: los socios que me ignoraron, las esposas que se burlaron de mi ropa “fuera de temporada”, los banqueros que solo saludaban a Alejandro.
Respiré hondo. El aire nunca había sabido tan dulce.
—Buenas noches a todos —mi voz llenó el espacio, clara y potente—. Lamento la interrupción técnica y el… malentendido del señor Velasco.
Hubo jadeos. Llamar a mi esposo “Señor Velasco” en público era una bofetada con guante blanco.
—Como la nueva Directora de Estrategia de Innovaciones Helios —continué, paseando la mirada por la primera fila donde estaba sentado el Consejo de Administración—, quiero asegurarles que la transición será impecable. Grupo Velasco, bajo la dirección de mi esposo, presentó una oferta hostil que carecía de visión a largo plazo. Helios no necesita ser desmantelada para pagar deudas de juego y lujos personales. Helios necesita evolucionar.
Escuché un grito ahogado. Era Valeria. La vi cerca de la barra, con la boca abierta, su vestido de lentejuelas plateadas brillando ridículamente. Sabía que ella sabía lo de las “deudas”.
Alejandro reaccionó de golpe, saliendo de su trance. —¡Estás loca! —gritó, intentando arrebatarme el micrófono, pero dos guardias de seguridad, a quienes yo había contratado personalmente esa misma tarde, se interpusieron discretamente—. ¡Es mentira! ¡Ella no tiene dinero! ¡Es una mantenida! ¡Seguridad! ¡Saquen a mi esposa de aquí!
Me giré hacia él, sin bajar el micrófono. —¿Mantenida, Alejandro? —pregunté, asegurándome de que cada sílaba se escuchara hasta la cocina—. ¿Te refieres a los fondos que has estado desviando de nuestras cuentas conjuntas para pagar el departamento de la señorita Valeria en la Condesa? ¿O te refieres al capital que “desapareció” en tus inversiones fallidas en criptomonedas el año pasado?
El salón estalló. Ya no era un murmullo; era un escándalo. “¡No mames!”, escuché decir a un socio junior. Las señoras de las Lomas se abanicaban con las servilletas de tela.
—Tú creíste que yo no revisaba los estados de cuenta porque “las matemáticas no son para mujeres bonitas”, ¿verdad? —Lo miré directo a los ojos—. Pues resulta, Alejandro, que mientras tú jugabas al empresario del año, yo invertí mi herencia. La que mi abuela me dejó y que tú nunca tocaste porque te parecía “poco dinero”. La invertí. La multipliqué. Y usé cada centavo para comprar la deuda que tú generaste.
Di un paso más hacia él. —Técnicamente, Alejandro… soy dueña de tu deuda. Soy dueña de Helios. Y, por ende, soy tu jefa.
Alejandro abrió la boca, pero no salió nada. Sus piernas fallaron. Literalmente. Lo vi doblar las rodillas y caer sentado en el escenario, derrotado, desinflado, como un globo al que se le escapa el aire.
—¡Un médico! —gritó alguien.
Yo no me moví para ayudarlo. Me quedé de pie, majestuosa en mi vestido carmesí, observando cómo su imperio de naipes se derrumbaba.
—Disfruten la cena —dije al micrófono. Lo dejé caer sobre el podio con un golpe seco y bajé las escaleras.
EL PASILLO DE LOS JUICIOS
Caminar hacia la salida fue una experiencia surrealista. La gente se apartaba a mi paso como si yo fuera Moisés abriendo el Mar Rojo. Nadie se atrevía a hablarme, pero todos me miraban con una mezcla de terror y admiración.
Al pasar junto a la mesa 4, vi a Carla, la esposa del mejor amigo de Alejandro. La misma mujer que la semana pasada me había dicho que debería “hacerme algo en la cara” para retener a mi marido. Me miró a los ojos y, instintivamente, bajó la cabeza.
—Buenas noches, Carla —le dije sin detenerme.
Llegué al lobby del hotel. El aire fresco de la noche de la Ciudad de México me golpeó la cara. Me sentía viva. Me sentía eléctrica. Pero sabía que la noche apenas comenzaba.
Mi chofer, Don Rogelio —un hombre leal que había trabajado para mi familia antes de trabajar para Alejandro—, me esperaba con la puerta del Mercedes abierta. Él lo sabía todo. Él había sido mi cómplice silencioso, llevándome a reuniones secretas con inversionistas mientras Alejandro creía que yo iba al spa.
—¿Salió bien, señora? —preguntó Rogelio con una media sonrisa bajo su bigote canoso. —Mejor de lo que esperábamos, Rogelio —respondí, deslizándome al asiento de cuero—. Vamos a la casa. Quiero estar ahí cuando él llegue. Si es que tiene el valor de llegar.
—Entendido, jefa.
Arrancamos. Mientras el auto se deslizaba por Paseo de la Reforma, miré mi celular. Tenía 150 llamadas perdidas. Mensajes de números que no conocía. Twitter (o X) ardía. El hashtag #LaReinaDeHelios era tendencia número uno en México. Alguien había subido el video de Alejandro cayendo al suelo.
Pero hubo un mensaje que me llamó la atención. Era de un número desconocido. “Te vas a arrepentir, perra. No sabes con quién te metiste.”
Supe inmediatamente que era Valeria. Bloqueé el número y solté una carcajada. Pobre niña. Creía que esto era una telenovela donde la villana gana gritando. No entendía que esto era ajedrez, y ella ni siquiera era un peón; era un accesorio.
EL ENFRENTAMIENTO EN EL PENTHOUSE
Llegué al penthouse en Bosques de las Lomas media hora antes que él. Todo estaba en silencio. Las luces de la ciudad brillaban a través de los ventanales de piso a techo, esa vista por la que Alejandro había pagado millones solo para impresionar a sus amigos.
Me serví un tequila. Doble. Sin hielo. Me senté en su sillón favorito, ese de cuero italiano que tenía prohibido tocar porque “se marcaba”, y esperé.
A la 1:00 AM, escuché el elevador privado abrirse.
Alejandro entró. Se veía terrible. El corbatín deshecho, la camisa manchada de vino (o quizás vómito), el cabello revuelto. Arrastraba los pies.
Se detuvo en seco al verme sentada ahí, con mi copa en la mano, tan tranquila.
—¿Estás contenta? —susurró. Su voz era ronca, rota—. ¿Estás feliz, Ximena? Me arruinaste. Me humillaste frente a todo México.
Bebí un sorbo de tequila antes de contestar. —Te arruinaste tú solo, Alejandro. Yo solo encendí la luz para que todos vieran el desastre que ya eras.
Él caminó hacia el bar, tambaleándose, y se sirvió un whisky con manos temblorosas. —No entiendes nada de negocios —escupió, intentando recuperar un poco de su vieja arrogancia, aunque sonaba hueco—. Helios es compleja. Se te va a venir encima. Los sindicatos, los proveedores… me necesitan a mí. Yo soy la cara de la empresa.
—Tú eras la cara —corregí—. Y una cara muy cara, por cierto. He estado revisando las auditorías forenses las últimas semanas, Alejandro.
La mención de “auditoría forense” lo hizo congelarse. El vaso se detuvo a medio camino de su boca.
—¿De qué hablas? —preguntó, fingiendo demencia.
Me levanté y caminé hacia la mesa de centro, donde había dejado una carpeta color manila. La abrí. —Hablo de las facturas falsas a nombre de “Consultoría Valente”. Hablo de los sobornos a los inspectores de seguridad en la planta de Monterrey. Hablo de los tres millones de dólares que transferiste a las Islas Caimán el mes pasado.
Alejandro palideció aún más. —Eso… eso es contabilidad creativa. Todo el mundo lo hace. Es para proteger el patrimonio.
—¿El patrimonio de quién? ¿El mío? —lancé la carpeta sobre la mesa. Las fotos de él y Valeria en un yate en Ibiza, pagado con dinero de la empresa, se esparcieron por la superficie de cristal—. Porque según mis abogados, eso se llama fraude, malversación de fondos y administración desleal.
Él miró las fotos. Luego me miró a mí. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No de arrepentimiento, sino de miedo puro. El miedo de un animal acorralado.
De repente, se lanzó al suelo. De rodillas. Se arrastró hacia mí, intentando agarrar el borde de mi vestido.
—Ximena, por favor… —sollozó—. Bebé, mi amor, escúchame. Podemos arreglarlo. Fue un error. Valeria no significa nada para mí, te lo juro. Ella se me insinuó, yo estaba estresado… Tú sabes cómo es la presión. Lo hice por nosotros, para sentirme joven, para…
Di un paso atrás, apartando mi vestido de sus manos sucias como si fueran contagiosas. —Levántate —dije con asco—. Ten un poco de dignidad, por Dios.
—¡No me dejes! —gritó, aferrándose a la pata del sillón—. Si me denuncias, iré a la cárcel. Ximena, soy tu esposo. Soy el padre de… bueno, íbamos a tener hijos.
Ese fue el golpe final. La mención de los hijos que él nunca quiso tener porque “arruinarían su estilo de vida”.
—Tú nunca quisiste hijos, Alejandro. Y gracias al cielo por eso, porque no me perdonaría atar a un niño a un hombre tan patético como tú.
Fui hacia la entrada y abrí la puerta. Dos hombres de traje entraron. No eran policías. Eran los abogados de mi nuevo bufete.
—El licenciado Morales tiene los papeles del divorcio —dije fríamente—. Y también un acuerdo de confidencialidad. Si firmas todo ahora y cedes tus acciones restantes de Grupo Velasco a mi nombre para cubrir el desfalco, no entregaré la auditoría a la Fiscalía. Te irás con lo que traes puesto y tu auto. Nada más.
Alejandro miró a los abogados, luego a mí. —¿Y si no firmo?
—Entonces mañana a las 9:00 AM, la Unidad de Inteligencia Financiera recibe una copia de todo. Y créeme, Alejandro, en la cárcel del Reclusorio Norte no te van a tratar como en el Club de Industriales.
Alejandro bajó la cabeza. Lloraba en silencio, un llanto de niño berrinchudo que perdió su juguete. Tomó la pluma que le ofrecía el abogado. Le temblaba tanto la mano que apenas pudo garabatear su firma.
—Lárgate —le dije cuando terminó.
—¿A dónde voy a ir? —preguntó, mirando alrededor del penthouse como si lo viera por última vez.
—No lo sé. Quizás Valeria tenga un sofá para ti. Aunque, considerando que acabo de congelar todas tus tarjetas de crédito hace diez minutos… dudo que ella esté muy interesada en recibirte.
Alejandro me dirigió una última mirada. Había odio en sus ojos, sí, pero sobre todo había incredulidad. Todavía no podía procesar cómo la “esposa florero” le había cortado la cabeza sin mancharse las manos.
Salió del departamento. La puerta se cerró tras él con un clic suave y definitivo.
EL DÍA SIGUIENTE: EL TRONO
No dormí esa noche. Me quedé en la terraza viendo amanecer sobre la Ciudad de México. El smog se mezclaba con el sol naranja, creando una bruma dorada sobre los rascacielos. Me sentía agotada, pero extrañamente ligera. Cinco años de humillaciones se habían evaporado en cinco horas.
A las 8:00 AM, me duché y me puse mi mejor traje sastre. Azul marino. Impecable.
Llegué a la torre de Helios Innovations a las 9:00 en punto. El ambiente en el lobby era tenso. Los empleados susurraban en grupos. Cuando entré, el silencio cayó de nuevo, pero esta vez era diferente. No era el silencio de burla de la gala. Era un silencio de respeto. De miedo. De expectativa.
Caminé hacia los elevadores. La recepcionista, una chica joven que Alejandro solía hacer llorar por errores minúsculos, se puso de pie de un salto. —Buenos días, Señora… eh, Licenciada Bowmont —corrigió nerviosa.
Le sonreí. Una sonrisa real. —Buenos días, Ana. Por favor, convoca a una junta general en el auditorio en quince minutos. Y pide café para todos. Del bueno, no del que compraba Alejandro para ahorrar.
—¡Sí, señora! —respondió ella, con un brillo de esperanza en los ojos.
Subí al piso 40. La oficina del CEO. La secretaria de Alejandro (no Valeria, sino la secretaria ejecutiva real, Doña Martita, una señora de 60 años que sabía todos los secretos de la empresa) me estaba esperando. Tenía una caja de cartón en su escritorio.
—Buenos días, Doña Martita. —Buenos días, señora Ximena —dijo ella. Señaló la caja—. Ya empaqué las cosas personales del Señor Velasco. Sus premios de golf, sus fotos… ¿Qué hago con esto?
Miré la caja. Ahí estaba su vida. Trofeos de plástico y vanidad. —Mándeselo a casa de su madre. Cobro revertido.
Doña Martita sonrió. Fue una sonrisa cómplice. —Con gusto. Ah, y señora… hay alguien esperándola en su oficina.
Fruncí el ceño. —¿Quién? —La señorita Valeria.
Sentí una punzada de molestia, pero la reprimí rápido. Por supuesto. La cucaracha tratando de sobrevivir al bombardeo nuclear.
Entré a la oficina principal. Era enorme, con muebles de caoba oscura que gritaban “macho alfa de los 90”. Y ahí estaba ella. Valeria. Sentada en la silla del director, cruzada de piernas, revisando su celular. Al verme entrar, se levantó, alisándose su falda demasiado corta para una oficina.
Tenía los ojos rojos e hinchados. El maquillaje corrido. Se veía fatal.
—Ximena… —empezó, con una voz chillona—. Tenemos que hablar.
Caminé hacia el escritorio, rodeándolo lentamente hasta quedar frente a ella. No me senté. Me quedé de pie, invadiendo su espacio personal. —Primero: es “Señora Bowmont” o “Directora”. Segundo: bájate de mi silla.
Valeria se levantó de un salto, como si el cuero quemara. —Mira, Ximena, sé que estás enojada. Pero lo que pasó con Ale… con el Señor Velasco, fue profesional. Yo solo…
—Cállate —la corté—. No estoy aquí para escuchar tus mentiras de telenovela barata. Sé exactamente lo que hacías. Y sé que tú eras quien le sugería a Alejandro que ignorara mis consejos. “Ella no sabe nada, amor, es una ama de casa”, ¿te suena familiar? Te escuché decirlo en la fiesta de Navidad el año pasado cuando creías que estaba en el baño.
Valeria se puso roja. —Yo… yo necesito este trabajo. Tengo gastos. Mi departamento…
—El departamento que pagaba la empresa —la corregí—. Sí, sobre eso. Recursos Humanos te espera en el piso 12. Estás despedida, Valeria. Por causa justificada: conflicto de interés, uso indebido de recursos y… sinceramente, por incompetente.
—¡No puedes hacerme esto! —chilló—. ¡Voy a demandar! ¡Sé muchas cosas!
Me reí. Fue una risa seca. —Hazlo. Demanda. Tengo a los mejores abogados de la ciudad y tengo pruebas de que falsificaste tus reportes de gastos para comprar bolsas Louis Vuitton. Si demandas, te aseguro que no volverás a trabajar ni sirviendo café en un Oxxo en este país.
Valeria me miró con odio puro. Luego, agarró su bolsa y salió taconeando furiosa.
—¡Y devuelve la laptop de la empresa en la salida! —le grité antes de que azotara la puerta.
Suspiré y me dejé caer en la silla de director. Era cómoda. Me giré hacia el ventanal. La ciudad se extendía a mis pies. La misma ciudad que ayer me veía como un adorno.
Doña Martita asomó la cabeza. —Señora, el Consejo está listo en la sala de juntas. Y hay tres reporteros de Forbes en el lobby pidiendo una exclusiva.
Me arreglé el saco. Me miré en el reflejo del vidrio. Ya no veía a la esposa triste. Veía a una líder.
—Diles a los de Forbes que esperen —dije, tomando una carpeta limpia—. Primero voy a hablar con mi equipo. Tenemos una empresa que salvar.
Salí de la oficina. Los empleados en el pasillo se apartaron, pero esta vez, sentí sus miradas de admiración genuina.
Había ganado la guerra. Alejandro era historia. Valeria era una anécdota. Y yo… yo apenas estaba empezando.
Pero había algo que todavía me inquietaba. Mientras caminaba hacia el elevador, mi celular vibró. Un mensaje de un número privado.
“Felicidades por el show, Ximena. Disfruta tu victoria mientras dure. Pero recuerda que Alejandro no trabajaba solo. Hay gente arriba de él que no está contenta con perder el control de Helios. Cuídate la espalda.”
Me detuve en seco. Sentí un escalofrío recorrer mi columna. Miré alrededor. Todo parecía normal. Pero en el mundo de los tiburones, cuando la sangre llega al agua, siempre aparecen depredadores más grandes.
Guardé el celular y levanté la barbilla. Que vengan, pensé. Ya aprendí a morder.
PARTE 3: El Nido de Víboras y la Sombra del Patrón
El mensaje en mi celular brillaba con una luz ominosa en la penumbra de mi oficina. “Cuídate la espalda.”
Bloqueé la pantalla y la dejé sobre el escritorio de caoba. Mis manos no temblaban. Ya no. El miedo que sentía antes, cuando Alejandro llegaba borracho y gritando, era un miedo pasivo, un miedo de víctima. Lo que sentía ahora era diferente: era adrenalina. Era la alerta fría de un animal que sabe que ha entrado en territorio de caza.
Me levanté y caminé hacia el ventanal que daba hacia Santa Fe. Los rascacielos de cristal reflejaban el sol de la mañana, un monumento al dinero y al poder de la Ciudad de México. Desde aquí arriba, el caos del tráfico en la autopista parecía un río de hormigas inofensivas. Pero yo sabía que ahí abajo, en la realidad, era una jungla. Y yo acababa de derrocar al rey de una pequeña parte de esa jungla.
La puerta de mi oficina se abrió tras dos toques secos. Era Doña Martita, con una charola de plata y una taza de café humeante.
—Disculpe, licenciada —dijo con esa voz suave y maternal que escondía una eficiencia de hierro—. El Consejo de Administración ya está reunido en la Sala Águila. Y… bueno, el ambiente está un poco pesado.
Tomé la taza. Café de olla, con un toque de canela, justo como me gustaba. Martita aprendía rápido. —¿Pesado cómo, Martita? ¿Pesado tipo “vamos a trabajar” o pesado tipo “queremos tu cabeza en una pica”?
Ella suspiró y ajustó sus lentes. —Pesado tipo Don Humberto Garza está ahí. Y trajo a su propio abogado. Dice que el cambio de mando es… irregular.
Sonreí. Don Humberto. El dinosaurio. Un hombre de setenta años que creía que las mujeres debían estar en la cocina o en las revistas de sociales, pero nunca en la cabecera de la mesa de juntas. Era el padrino de Alejandro. Por supuesto que iba a ladrar.
—Perfecto —dije, alisándome la falda de mi traje azul marino—. Me encantan las mañanas movidas. Llama a seguridad, quiero a dos elementos fuera de la sala, por si acaso. Y dile a Rogelio que tenga la camioneta lista para las doce. Vamos a ir a la planta de Ecatepec.
Martita abrió los ojos como platos. —¿A la planta, señora? Pero… el Señor Velasco nunca iba allá. Decía que… bueno, que olía feo y que era peligroso.
—Exacto. Por eso voy a ir. Porque lo que Alejandro ignoraba es lo que casi hunde esta empresa.
Salí de la oficina dejando atrás el aroma a canela y entrando al aire acondicionado helado del pasillo corporativo. Mis tacones resonaban con autoridad. Clac, clac, clac. El sonido de la guerra.
EL FOSO DE LOS LEONES
La Sala Águila era impresionante. Una mesa de veinte metros de largo hecha de madera tropical, rodeada de sillas de piel que costaban más que un auto compacto. Alrededor de ella, diez hombres de traje gris y negro me miraron entrar. El promedio de edad era de sesenta años. El promedio de empatía, cero.
En la cabecera opuesta estaba Don Humberto Garza. Corpulento, con el cabello blanco peinado hacia atrás y un puro apagado en la mano (aunque estaba prohibido fumar, a él nadie le decía nada).
—Buenos días, caballeros —dije, caminando hacia la cabecera principal.
Nadie respondió. El silencio era una táctica de intimidación básica. La conocía bien; Alejandro la usaba en las cenas cuando quería que me sintiera estúpida.
Llegué a la silla del director. No me senté de inmediato. Puse mis manos sobre la mesa y me incliné hacia adelante, mirando a cada uno a los ojos. —Veo que la noticia de la reestructuración les ha quitado el habla. Espero que no les haya quitado también el sentido común.
Don Humberto soltó una risa ronca, desagradable. —Ximena, Ximena… —dijo, usando mi nombre de pila con una familiaridad condescendiente—. Mira, mija. Lo que hiciste anoche en la gala fue… espectacular. Muy dramático. Digno de una telenovela del Canal de las Estrellas. Pero ya pasó la fiesta. Ahora estamos hablando de negocios reales. De dinero de verdad.
Se inclinó hacia atrás, cruzando los brazos sobre su enorme barriga. —Alejandro cometió errores, sí. Es un pendejo, todos lo sabemos. Pero tú… tú no tienes experiencia. No sabes manejar a los tiburones. Mi propuesta es simple: te compramos tu 52%. Te damos un precio justo, muy generoso, para que te vayas a viajar por Europa, te compres ropa, te busques un novio… y nos dejes a los hombres arreglar este desmadre.
Los otros miembros del consejo asintieron, murmurando su aprobación. “Es lo mejor”, “Por el bien de la empresa”, decían.
Sentí el calor subir por mi cuello, pero mantuve mi expresión gélida. —¿Terminó, Don Humberto?
—Solo estoy siendo realista, niña.
—Bien. Ahora escúcheme usted a mí, y escúcheme bien porque no lo voy a repetir —saqué una carpeta delgada de mi portafolio y la deslicé por la mesa. Se detuvo justo frente a él—. Esa es una copia del reporte preliminar de la auditoría forense que encargué hace tres meses.
Humberto miró la carpeta con desdén, sin abrirla. —¿Y esto qué? Papeles.
—Abra la página cuatro, por favor. Tercer párrafo.
Humberto resopló, abrió la carpeta de mala gana y ajustó sus lentes de lectura. Leyó en silencio. Segundos después, su rostro rojo se tornó pálido. Las gotas de sudor aparecieron instantáneamente en su frente.
—Veo que ya encontró la sección sobre las “comisiones de consultoría” que su despacho, Garza & Asociados, ha estado cobrando a Helios durante los últimos cinco años —dije, mi voz suave pero cortante como un bisturí—. Doscientos mil pesos mensuales por “asesoría estratégica”. Curioso, porque no hay ni un solo correo, ni un solo reporte, ni una sola minuta que justifique ese trabajo.
El resto de la mesa se tensó. Los murmullos cesaron.
—Eso… eso es un acuerdo antiguo —tartamudeó Humberto—. Alejandro lo autorizó. Es… es legal.
—Es desvío de recursos, Humberto. Y es fraude fiscal. —Me enderecé—. Y no solo usted. El Licenciado Méndez aquí presente —señalé a un hombre flaco a su derecha— tiene a su sobrino en la nómina como “Gerente de Innovación” con un sueldo de ochenta mil pesos, y el chico vive en Tulum y ni siquiera tiene terminada la preparatoria.
Caminé lentamente alrededor de la mesa, como un depredador rodeando a la manada. —Ustedes creían que Alejandro era el problema. Pero Alejandro solo era el payaso que los entretenía mientras ustedes saqueaban la carpa del circo. Él era un incompetente, sí, pero ustedes… ustedes son parásitos.
Me detuve detrás de la silla de Humberto y me incliné cerca de su oído. —Así que aquí está mi contraoferta, Don Humberto: No me voy a ir a Europa. No voy a vender. Usted va a renunciar al Consejo hoy mismo, por “motivos de salud”. Y va a devolver cada centavo que su despacho cobró indebidamente en los últimos 24 meses. Si lo hace, no entregaré esta carpeta a la Unidad de Inteligencia Financiera.
Humberto temblaba visiblemente. Miró a sus aliados, pero todos habían bajado la mirada, revisando sus propios papeles, aterrados de ser los siguientes. La lealtad entre ladrones dura hasta que aparece la policía.
—No puedes hacer esto… —susurró Humberto. —Ya lo hice. Tiene una hora para vaciar su oficina.
Regresé a la cabecera y me senté. Por primera vez, la silla se sentía mía. —¿Alguien más tiene alguna objeción sobre mi capacidad para dirigir esta empresa?
Silencio absoluto.
—Excelente. Pasemos al punto número dos: La planta de Ecatepec y el sabotaje de producción.
LA RUTA DEL DINERO SUCIO
Salí de la reunión con el corazón latiéndome a mil por hora, aunque por fuera me veía impasible. Había decapitado a la vieja guardia, pero sabía que eso solo me ganaría enemigos más peligrosos. Humberto no se quedaría tranquilo. Hombres como él, acostumbrados a tener poder toda su vida, no aceptan la derrota; buscan venganza.
En el estacionamiento subterráneo, Rogelio me esperaba junto a la Suburban blindada. No era el Mercedes de lujo de ayer; esta era una bestia negra, nivel 5 de blindaje, diseñada para resistir asaltos con armas largas. Alejandro la había comprado por paranoia; yo la usaría por necesidad.
—¿A Ecatepec, jefa? —preguntó Rogelio, abriéndome la puerta. —Sí. Y Rogelio… toma la ruta segura. No quiero sorpresas.
—Entendido.
Mientras la camioneta se abría paso por el tráfico denso del Periférico, saqué mi laptop. Necesitaba entender el mensaje de amenaza. “Alejandro no trabajaba solo”.
Había contratado a un especialista en ciberseguridad esa misma madrugada. Un tipo llamado “Leo”, recomendado por una amiga de la universidad que trabajaba en inteligencia gubernamental. Leo no usaba traje; usaba sudaderas y operaba desde un sótano en la colonia Roma, pero era el mejor.
Inicié una videollamada segura. La cara de Leo apareció en la pantalla, iluminada por el brillo azul de sus monitores.
—Hola, Reina Midas —dijo él, con su tono sarcástico habitual—. ¿Ya te aburriste de ser millonaria?
—Hola, Leo. Déjate de bromas. ¿Qué encontraste en el teléfono de Alejandro?
La expresión de Leo cambió. Se puso serio, se ajustó los audífonos y miró a los lados, como si alguien pudiera escucharlo en su propio sótano. —Ximena, esto está más feo de lo que pensábamos. La contabilidad creativa de tu marido y los robos de los viejitos del consejo son juegos de niños comparado con lo que encontré en los servidores encriptados.
Sentí un nudo en el estómago. —Habla claro.
—¿Conoces una empresa llamada “Logística del Norte S.A.”?
—Me suena. Es uno de nuestros principales proveedores de transporte. Mueven los componentes electrónicos desde la frontera hasta la planta.
—Sí, bueno… resulta que Logística del Norte no solo mueve chips y cables. He rastreado sus guías de envío. Los camiones que llegan a tu planta pesan más a la entrada que a la salida, pero no descargan suficiente material para justificar la diferencia. Y los pagos que Helios les hace están inflados un 400% sobre el valor de mercado.
—¿Sobrefacturación? —pregunté—. Eso es común.
—No, Ximena. No estás entendiendo. No están pagando por transporte. Están lavando dinero. Helios Innovations, bajo la nariz de Alejandro, ha estado funcionando como una lavadora gigante para alguien muy pesado en el norte del país. Alguien que necesita limpiar millones de dólares en efectivo y convertirlos en “servicios de tecnología”.
Me quedé helada. El aire acondicionado de la camioneta de repente se sintió insuficiente. —¿Alejandro sabía?
—Esa es la parte triste —Leo suspiró—. Creo que Alejandro era demasiado idiota para entender la magnitud. Él solo veía que le llegaban bonos en efectivo y cerraba la boca. Pero quien operaba esto es alguien de adentro. Alguien con acceso a operaciones.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé. Pero el mensaje que recibiste… vino de un teléfono satelital. Esos no los usa un amante despechado. Eso es crimen organizado, Ximena. Mi consejo: vende todo y vete a Islandia.
Cerré la laptop de golpe. ¿Islandia? No. No había luchado cinco años en silencio para huir al primer signo de peligro real. Esta era mi empresa. Mi patrimonio. Y no iba a dejar que unos delincuentes la usaran de fachada.
—Rogelio —dije por el intercomunicador—. Cambio de planes. No vamos a la entrada principal de la planta. Vamos a la zona de carga y descarga, por la puerta trasera.
—Jefa, esa zona es peligrosa. Ahí es donde están los choferes y los estibadores. No es lugar para usted.
—Exacto. Ahí es donde está la verdad.
SANGRE Y ACEITE EN ECATEPEC
La planta de Helios en Ecatepec era un monstruo de concreto y acero. El ruido de las máquinas prensadoras se escuchaba desde la calle. El aire olía a metal quemado y a smog. Esta era la realidad que sostenía el lujo de Polanco. Aquí, cientos de obreros trabajaban turnos de 12 horas para fabricar los componentes que Alejandro presumía en sus galas.
La camioneta entró por el acceso de proveedores. Los guardias de seguridad, acostumbrados a ver camiones de carga, se sorprendieron al ver la Suburban blindada.
Bajé del auto. El calor era sofocante. Llevaba mis tacones, lo cual fue un error en el pavimento agrietado, pero mantuve el paso firme. Rogelio me seguía de cerca, con la mano discretamente cerca de su cintura, donde sabía que guardaba su arma.
Caminé hacia el muelle de carga número 4. Según Leo, ahí llegaban los camiones de “Logística del Norte”.
Había un grupo de hombres descargando cajas. Al verme, se detuvieron. Un hombre alto, con una cicatriz en la mejilla y un chaleco reflejante sucio, se adelantó. Era el capataz.
—¿Se le ofrece algo, señorita? —preguntó, con un tono que no era de respeto, sino de desafío. Me miró de arriba abajo, juzgando mi ropa cara, mi piel limpia. Para él, yo era una turista en su infierno.
—Soy Ximena Bowmont. La dueña de esta empresa —dije, alzando la voz para competir con el ruido de la maquinaria—. Y quiero ver qué hay en esas cajas.
El hombre soltó una risa seca y escupió al suelo. —Aquí no hay nada que ver, patrona. Solo material. Mejor regrese a su oficina, aquí se puede ensuciar los zapatitos.
—Abra la caja —ordené.
El capataz dio un paso al frente, invadiendo mi espacio. Olía a tabaco y sudor rancio. —Mire, señora. Usted no entiende cómo funcionan las cosas aquí. Este muelle es zona restringida. Órdenes del Sindicato. Ni el Señor Velasco se metía aquí.
—El Señor Velasco ya no manda aquí. Mando yo. Y si no abre esa caja ahora mismo, voy a despedirlo a usted y a toda su cuadrilla, y traeré a la Guardia Nacional para que la abran por mí.
El hombre dudó. La mención de la Guardia Nacional lo puso nervioso. Miró a sus compañeros. La tensión era palpable. Podía sentir la violencia flotando en el aire, densa como el humo. Rogelio dio un paso al frente, poniéndose a mi lado, listo para intervenir.
El capataz finalmente gruñó y sacó una navaja de su bolsillo. Cortó la cinta de la caja más cercana con un movimiento brusco. —Ahí está. ¿Contenta?
Me acerqué. La caja estaba llena de placas de circuitos. Parecía normal. Metí la mano, removiendo las placas superiores. Abajo, en el fondo, había un doble forro de cartón. Lo levanté.
Paquetes. Paquetes envueltos en plástico negro, compactos y pesados. No era droga. Rompí una esquina del plástico con mi uña. Billetes. Dólares americanos.
Me giré hacia el capataz. Su cara había cambiado de la arrogancia al pánico puro. —¿Esto es lo que transportan? —pregunté, sosteniendo el paquete—. ¿Componentes electrónicos?
—Nosotros no sabemos nada —dijo, retrocediendo—. Solo descargamos lo que nos dicen. Si hablamos, nos matan. Señora, por favor… váyase. No sabe con quién se está metiendo. El “Licenciado” no perdona.
—¿Qué Licenciado? —presioné—. ¿Quién es su contacto?
Antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió el almacén. ¡BOOM!
Una explosión en el patio exterior. Las alarmas de incendio empezaron a aullar. Los aspersores del techo se activaron, rociándonos con agua sucia.
—¡Vámonos, jefa! —gritó Rogelio, agarrándome del brazo—. ¡Esto es una trampa!
El capataz y sus hombres aprovecharon la confusión para correr hacia las salidas traseras. Rogelio me arrastró hacia la camioneta mientras el humo negro empezaba a llenar el muelle de carga.
—¡Mis pruebas! —grité, intentando agarrar el paquete de dinero, pero Rogelio me empujó dentro del auto. —¡Su vida vale más que el dinero, Ximena! ¡Suba!
Arrancamos derrapando. A través de la ventana trasera, vi cómo una de las bodegas de almacenamiento ardía en llamas. Alguien había provocado un incendio para distraernos, o para borrar la evidencia.
Mientras nos alejábamos a toda velocidad, mi celular sonó de nuevo. Mismo número privado.
“Te lo advertí. La curiosidad mató al gato. La próxima vez, no será una bodega vacía. Será tu casa.”
Me temblaban las manos, ahora sí. Estaba empapada, mi peinado arruinado, mi traje de diseñador manchado de hollín. Pero mientras miraba el fuego en el retrovisor, algo dentro de mí se endureció aún más. El miedo se cristalizó en odio.
Habían intentado matarme. Habían quemado mi planta. Esto ya no era negocios. Era personal.
LA ALIANZA INESPERADA
Esa noche no regresé a mi penthouse. Era demasiado obvio. Rogelio me llevó a un hotel boutique discreto en la colonia Roma, registrado bajo un nombre falso.
Me di una ducha larga, tratando de quitarme el olor a humo. Cuando salí, envuelta en una bata, me serví un vaso de agua y me senté en la cama. Necesitaba pensar. Necesitaba aliados. Alejandro era un inútil, el Consejo eran unos ladrones, y la policía… probablemente la policía estaba comprada por la misma gente que lavaba el dinero.
No podía confiar en nadie. Excepto, tal vez, en alguien que odiara a Alejandro tanto como yo.
Tomé mi celular y busqué un número que había conseguido gracias a los archivos de Recursos Humanos antes de salir de la oficina. Marqué.
Sonó tres veces. —¿Bueno? —una voz femenina, arrastrada, probablemente por el alcohol o el llanto.
—Valeria. Soy Ximena.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, una risa histérica. —¿Qué quieres? ¿Venir a burlarte más? ¿No te bastó con quitarme el trabajo y boletinarme en toda la industria? Estoy en la calle, Ximena. Felicidades. Ganaste.
—Cállate y escucha —le dije—. No te llamo para burlarme. Te llamo porque estás en peligro.
—¿De qué hablas?
—Hoy estuve en la planta de Ecatepec. Encontré lo que Alejandro y sus socios realmente estaban haciendo. No es solo fraude, Valeria. Es lavado de dinero para el cártel. Y hubo una explosión. Intentaron matarme.
Valeria guardó silencio. Su respiración se aceleró. —Yo… yo no sabía nada de eso. Alejandro solo decía que eran “negocios especiales”.
—Alejandro es un idiota que firmó su sentencia de muerte. Y tú eras su mano derecha, o al menos eso creían todos. Si ellos piensan que tú sabes algo, si piensan que tienes información… eres un cabo suelto, Valeria. Y a los cabos sueltos los cortan.
Escuché un sollozo al otro lado de la línea. —Tengo miedo… Hoy había un coche negro estacionado afuera de mi edificio. Han estado ahí todo el día.
—Escúchame bien. Tienes dos opciones. Opción A: Te quedas en tu departamento esperando a que vayan por ti. Opción B: Me dices todo lo que sepas sobre “El Licenciado”. Nombres, fechas, lugares donde se reunían. Si me ayudas, te consigo protección y un boleto de avión a donde quieras ir.
—¿Por qué me ayudarías? —preguntó ella, incrédula—. Me odias. Me acosté con tu esposo.
—Sí, te desprecio —admití—. Pero necesito información para destruir a quienes están detrás de esto. Y tú eres la única que pasaba tanto tiempo con Alejandro como para haber escuchado algo. El enemigo de mi enemigo es mi herramienta.
Hubo una pausa larga. —Se reunían en un restaurante en Polanco. “El Rincón del Asador”. Siempre pedían el privado del fondo. El hombre… el hombre con el que se veía Alejandro no es un abogado normal. Le dicen “El Padrino”, pero su nombre real es Salinas. Julián Salinas.
Julián Salinas. El nombre me golpeó como un rayo. Julián Salinas no era un narco cualquiera. Era un empresario “respetable”, dueño de constructoras, amigo de senadores, filántropo. Un hombre intocable. Si él era la cabeza, yo estaba apuntando muy alto.
—¿Tienes pruebas? —pregunté.
—Tengo… tengo una grabación —confesó Valeria—. Alejandro a veces grababa las reuniones para protegerse, por si lo querían traicionar. Me dio una copia en una USB “por si le pasaba algo”. La tengo escondida en mi caja fuerte.
—Bien. No salgas. Voy a mandar a Rogelio por ti. Él te sacará de ahí. Prepara esa USB. Es tu seguro de vida.
Colgué. Julián Salinas. El hombre que salía en las portadas de Expansión y Líderes Mexicanos. El hombre que donaba millones a museos. Él era la Sombra.
LA CENA CON EL DIABLO
Dos días después. La noticia del incendio en Ecatepec se manejó como un “corto circuito”. La prensa no hizo preguntas; Salinas seguramente controlaba eso también. Pero yo no me iba a esconder. Si quería ganar, tenía que jugar su juego. Tenía que demostrarle que no le tenía miedo.
Conseguí una invitación para la subasta de arte en el Museo Soumaya. Sabía que Salinas estaría ahí. Era su terreno.
Llegué vestida de blanco impoluto. Un contraste directo con el rojo de la venganza y el negro del luto. El blanco de la guerra fría. Mi maquillaje era impecable, ocultando las ojeras de no dormir. Llevaba la USB de Valeria en mi bolso de mano, pegada a mi cuerpo como una segunda piel.
Entré al vestíbulo. La élite mexicana bebía champaña y fingía interés en cuadros abstractos. Lo vi casi de inmediato. Julián Salinas. Alto, distinguido, con un traje gris perla y una sonrisa encantadora. Estaba rodeado de admiradores.
Caminé directamente hacia él. Cuando me vio acercarme, su sonrisa no vaciló, pero sus ojos… sus ojos eran los de un reptil. Fríos, sin alma.
—Señora Bowmont —dijo, extendiendo la mano—. Qué sorpresa verla aquí después de… bueno, de su semana tan agitada. Lamento mucho lo del incendio en su planta. Una tragedia.
Le estreché la mano. Su piel estaba seca y fría. —Gracias, Señor Salinas. Afortunadamente, solo fueron daños materiales. La verdad siempre sobrevive al fuego.
Él soltó una risita suave. —La verdad es una mercancía muy volátil, Ximena. A veces se quema fácilmente. Me han dicho que usted está haciendo muchos cambios en Helios. Tenga cuidado. Cuando uno mueve los cimientos, a veces la casa se le cae encima.
—O tal vez descubres que los cimientos estaban podridos y es mejor construir de nuevo —repliqué, sosteniendo su mirada—. Por cierto, encontré algo muy interesante entre los escombros. Una grabación. De un tal “Licenciado” hablando sobre logística y lavanderías.
La sonrisa de Salinas se congeló por una fracción de segundo. Fue imperceptible para los demás, pero yo lo vi. Un tic en su mandíbula.
—No sé de qué me habla —dijo, bajando la voz. Su tono amable desapareció—. Pero le sugiero que si encontró basura, la tire. Guardar basura puede ser insalubre. Muy insalubre para su salud.
—No es basura, Julián. Es apalancamiento.
Me acerqué un paso más, invadiendo su burbuja de poder. —Sé quién eres. Sé lo que haces. Y tengo copias de esa grabación en tres servidores diferentes fuera del país, programados para enviarse a la DEA y al New York Times si algo me pasa a mí, a mis empleados o a mi familia. Así que, si quieres seguir siendo el “respetable empresario del año”, vas a sacar tus manos sucias de mi empresa. Vas a retirar a tu gente. Y vas a dejarme trabajar en paz.
Salinas me miró con una mezcla de furia y curiosidad. Nadie, nunca, le había hablado así. Mucho menos una mujer. Mucho menos la “ex esposa florero” de uno de sus peones.
—Eres valiente, Ximena —susurró, con un tono que helaba la sangre—. O muy estúpida. Alejandro no tenía ni la mitad de tus agallas. Por eso era desechable.
—Yo no soy Alejandro. Y yo no soy desechable.
—Veremos —dijo él, recuperando su sonrisa falsa al ver que se acercaba un fotógrafo—. La noche es joven, señora Bowmont. Y la vida es larga… o muy corta. Depende de las decisiones que tomemos.
—Sonría para la foto, Julián —dije, girándome hacia la cámara—. Será un bonito recuerdo para cuando esté tras las rejas.
El flash de la cámara estalló, cegándonos momentáneamente.
Me di la vuelta y me alejé, sintiendo su mirada clavada en mi nuca como un cuchillo. Mis piernas temblaban, pero no me detuve. Había lanzado el guante. Había declarado la guerra al hombre más peligroso de México.
Salí del museo. Rogelio me esperaba. —¿A dónde, jefa?
Miré la luna llena sobre la ciudad. —A la oficina, Rogelio. Tenemos que limpiar la casa. Y va a ser una noche muy larga.
Pero mientras subía al auto, vi algo en el asiento del copiloto que me heló la sangre. Era una rosa roja. Con una tarjeta negra. Y sobre la rosa, descansaba una bala. Una sola bala dorada, brillante y perfecta.
La nota decía: “Jaque. Pero aún no es mate. El juego apenas empieza.”
Cerré la puerta. Que empiece, pensé. Esta vez, no voy a ser la pieza que sacrifican. Esta vez, voy a tirar el tablero.
PARTE 4: La Bala de Oro y la Traición de la Sangre
La puerta de la Suburban blindada se cerró con ese sonido sordo, hermético, que aísla el ruido de la ciudad pero encierra tus propios miedos. El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero yo sentía que me faltaba el oxígeno.
Mis ojos no podían apartarse del asiento del copiloto. Ahí estaba. Una rosa roja, fresca, aterciopelada, como si la hubieran cortado hace cinco minutos. Y sobre sus pétalos, brillando con una obscenidad dorada bajo la luz de las lámparas de la calle, la bala.
No era una bala cualquiera. Era una bala calibre .50, pulida, inmaculada. Un mensaje claro en el lenguaje universal del narco y el poder en México: Te podemos tocar. No hay blindaje que nos detenga. La próxima va en tu cabeza.
—Rogelio —dije. Mi voz sonó extraña, ajena, como si saliera de una grabadora vieja—. No arranques.
Rogelio, que ya tenía las manos en el volante listo para sacarnos de ahí, me miró por el retrovisor. Sus ojos, usualmente tranquilos y profesionales, se entrecerraron al ver mi expresión. —¿Qué pasa, jefa? ¿Se le olvidó algo?
—Mira el asiento a tu lado.
Rogelio bajó la vista. Su reacción fue inmediata. Su mano derecha voló hacia su cintura, desenfundando su arma en un movimiento fluido, mientras con la izquierda apagaba las luces interiores del vehículo para no ser blancos fáciles. —¡Madre santa! —susurró—. ¡Al suelo, Ximena! ¡Abajo!
Me agaché en el asiento trasero, sintiendo el cuero frío contra mi mejilla. Mi corazón golpeaba mis costillas como un pájaro atrapado. —¿Quién ha tocado el auto, Rogelio? —pregunté desde el suelo, con la voz temblando de rabia—. ¿Quién carajos tuvo acceso a esta camioneta mientras yo estaba en el museo?
—Nadie, jefa. Se lo juro por mi madre. Yo estuve parado junto a la puerta del conductor todo el tiempo. Solo me alejé dos metros para fumar un cigarro cuando llegaron los del valet parking, pero nunca perdí de vista el carro. Las llaves las tengo yo.
—¡Alguien la abrió! —grité, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Esa bala no apareció por magia! ¡Hay un traidor, Rogelio! ¡Y si no fuiste tú, alguien muy cercano a nosotros nos vendió!
Rogelio escaneaba el perímetro a través de los vidrios tintados. —Señora, si quisieran matarnos, esa bala habría estallado al abrir la puerta. Es un aviso. Psicología del terror. Quieren que se asuste, que cometa un error.
—Lo están logrando —admití, incorporándome un poco—. Vámonos de aquí. Pero no a la oficina. Y definitivamente no a mi casa. Si pudieron entrar al auto, pueden entrar al penthouse.
—¿A dónde vamos? El protocolo marca ir a una zona segura de la policía…
—¡No! —lo corté—. La policía trabaja para Salinas. Si vamos a una delegación, no salimos vivos. Llévame a Coyoacán. A la “Casa Azul”.
Rogelio me miró sorprendido. —¿La casa de su abuela? Esa casa lleva cerrada diez años, señora. Debe estar llena de polvo y ratas.
—Tiene muros de piedra volcánica de medio metro de ancho y nadie sabe que es mía. Está a nombre de una sociedad anónima que mi abuela creó en los ochenta. Es el único lugar donde Alejandro nunca puso un pie porque decía que olía a viejo. Vamos.
Arrancamos. La Suburban rugió, abriéndose paso entre el tráfico nocturno de Polanco. Mientras dejábamos atrás las luces de los restaurantes de lujo y las tiendas de diseñador, no podía dejar de mirar la bala. La tomé con un pañuelo de papel para no dejar huellas, aunque sabía que no encontraría ninguna. Era un objeto pesado, frío. Un recordatorio de que mi guerra corporativa se había convertido en una guerra de supervivencia.
EL REFUGIO DE LOS RECUERDOS
El trayecto hacia el sur de la ciudad fue una tortura silenciosa. Cada motocicleta que se acercaba me hacía saltar. Cada auto con vidrios polarizados me parecía un sicario. La Ciudad de México, esa bestia hermosa y terrible que tanto amaba, se había transformado en un laberinto de amenazas.
Llegamos a Coyoacán pasada la medianoche. La calle era empedrada, flanqueada por árboles centenarios cuyas ramas formaban un túnel oscuro. La casa de mi abuela estaba oculta tras un portón de madera maciza y una barda alta cubierta de bugambilias.
Rogelio bajó a abrir el portón manual. Entramos. El jardín estaba salvaje, la hierba crecida hasta la rodilla. La casa, una construcción colonial de estilo porfiriano, se alzaba en la oscuridad como un fantasma.
Entramos. El aire olía a encierro, a madera antigua y a lavanda seca. Encendí una lámpara de pie. Las sombras bailaron en las paredes. —Revisa el perímetro, Rogelio. Que nadie se acerque a cincuenta metros.
—Entendido. Jefa… ¿qué vamos a hacer con la bala?
—Déjala en la mesa. Es mi amuleto ahora. Me recordará por qué no puedo rendirme.
Saqué mi celular. Tenía que llamar a Leo, el hacker. Pero antes de marcar, dudé. “El traidor está cerca”, pensé. ¿Y si Leo era el traidor? Apenas lo conocía. ¿Y si era Doña Martita? ¿Y si era Rogelio?
Lo miré a través de la ventana. Estaba afuera, pistola en mano, vigilando la calle con una postura tensa. Si Rogelio quisiera matarme, ya lo habría hecho. Él me había visto llorar, me había visto caer, y me había ayudado a levantarme. Si no podía confiar en él, estaba realmente muerta.
Marqué el número de Leo. —Leo. Código Rojo.
—¿Qué pasó, Reina? —su voz sonaba adormilada, pero se despertó al instante al escuchar mi tono. —Me pusieron una bala en el coche. Saben dónde estoy, o al menos sabían dónde estaba hace una hora. Necesito que vengas a Coyoacán. Te mando la ubicación por mensaje encriptado. Y Leo… si te siguen, te mato yo misma.
—Voy para allá. Ah, y Ximena… no prendas la televisión. O mejor dicho, préndela si quieres que te dé una úlcera.
—¿De qué hablas?
—Salinas se movió primero. Revisa Twitter.
Colgué y abrí la aplicación. Mis manos temblaban ligeramente. El primer Trendic Topic en México era: #LaLocaDeHelios.
Hice clic. Había un video. Era una entrevista exclusiva, transmitida hace apenas veinte minutos en el noticiero nocturno más visto del país. En la pantalla aparecía Julián Salinas, sentado en una sala elegante, con cara de preocupación paternal.
“Es una tragedia lo que está pasando con Grupo Helios”, decía Salinas con su voz suave. “Conozco a la familia desde hace años. Alejandro Velasco es un buen hombre que está pasando por un divorcio muy difícil. Lamentablemente, su ex esposa, la señora Ximena, ha mostrado signos de inestabilidad mental severa. Nos preocupa mucho. El incendio en la planta de Ecatepec… bueno, las autoridades están investigando, pero hay rumores de que fue un auto-sabotaje para cobrar el seguro y cubrir las pérdidas financieras que ella misma provocó.”
El entrevistador asentía gravemente. “¿Está diciendo que Ximena Bowmont podría ser responsable del incendio donde casi mueren trabajadores?”
Salinas suspiró, fingiendo dolor. “Yo no quiero acusar a nadie. Pero Ximena necesita ayuda psiquiátrica. Está obsesionada con teorías de conspiración. Inventa enemigos. Es triste ver cómo una mujer se destruye a sí misma.”
Lancé el teléfono contra el sofá. El aparato rebotó en los cojines viejos, levantando una nube de polvo. —Hijo de p*ta —susurré.
Era brillante. Malvado, pero brillante. Antes de que yo pudiera acusarlo de ser un criminal, él me había acusado de estar loca. Si yo sacaba las pruebas ahora, dirían que eran fabricadas por mi “mente inestable”. Había vacunado a la opinión pública contra mi verdad.
Me serví un tequila de una botella polvorienta que encontré en la alacena de mi abuela. El líquido quemó mi garganta, pero me aclaró la mente. —¿Quieres jugar sucio, Salinas? —dije al aire—. Bien. Vamos a revolcarnos en el lodo.
LA DECRIPCIÓN DE LA VERDAD
Leo llegó una hora después. Entró por la barda trasera, vestido completamente de negro, con una mochila llena de equipos electrónicos. —Bonita casa —dijo, mirando los techos altos—. Muy gótica. Perfecta para planear una venganza.
—Conéctate —le ordené, señalando la mesa del comedor de caoba—. Tengo la USB de Valeria.
Leo sacó su laptop, una máquina modificada que parecía sacada de una película de espías. Conectó la memoria USB. Sus dedos volaban sobre el teclado. —Está encriptada, obviamente. Encriptación nivel militar. Salinas no escatima en gastos.
—¿Puedes abrirla?
Leo sonrió, una sonrisa arrogante de genio informático. —Ximena, yo hackeé la base de datos del SAT cuando tenía quince años para borrar una multa de mi papá. Dame diez minutos.
Fueron los diez minutos más largos de mi vida. Rogelio seguía patrullando afuera. Yo caminaba de un lado a otro, escuchando el clac-clac-clac de las teclas de Leo.
—¡Bingo! —exclamó de repente.
Me acerqué a la pantalla. —¿Qué hay?
—Son archivos de audio. Y… hojas de cálculo. Muchas hojas de cálculo. Leo hizo clic en un archivo de audio fechado hace seis meses.
La voz de Alejandro llenó la sala. Sonaba borracho, nervioso. “…pero Julián, no puedo mover tanto efectivo a través de la planta. Los auditores van a sospechar.”
Luego, la voz de Salinas. Calmada, autoritaria. “Alejandro, Alejandro… tú no te preocupes por los auditores. Los auditores son míos. El sindicato es mío. Tú solo firma las órdenes de compra. Recuerda quién te puso en esa silla. Recuerda quién pagó tus deudas de juego en Las Vegas. Si no fuera por mí, estarías en una zanja.”
Se escuchó el sonido de hielo chocando contra un vaso. “Además”, continuó Salinas, “necesitamos limpiar este dinero rápido. La campaña del Senador Vargas necesita financiamiento, y no podemos usar transferencias bancarias. Necesitamos efectivo, Alejandro. Mucho efectivo. Así que vas a duplicar los envíos fantasmas.”
Sentí un escalofrío. —El Senador Vargas —susurré—. El candidato puntero para la gubernatura del Estado.
—Esto es dinamita pura —dijo Leo, con los ojos abiertos como platos—. Si esto sale a la luz, cae el gobierno. Cae Salinas. Caen todos.
—O nos matan antes de que podamos subir el archivo —dije.
Leo siguió revisando los archivos. —Espera… aquí hay algo más. Una carpeta llamada “Seguro de Vida”.
La abrió. Eran fotos. Documentos escaneados. Me incliné para ver mejor. Y entonces, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. —No puede ser —dije, llevándome la mano a la boca.
En la pantalla había fotos mías. Fotos de hace años. Fotos mías en la universidad. Fotos mías saliendo del ginecólogo. Fotos de mis padres en su casa de retiro en Cuernavaca. Y documentos bancarios. Estados de cuenta a nombre de Alejandro… con transferencias mensuales a una cuenta en Suiza a nombre de… “Rogelio Méndez”.
El mundo se detuvo. El sonido de la sangre en mis oídos era ensordecedor. Rogelio. Mi chofer. Mi protector. El hombre que me había sacado del incendio. Recibía pagos mensuales de Salinas desde hacía tres años.
—Ximena… —dijo Leo, notando mi palidez—. ¿Quién es Rogelio Méndez?
Lentamente, giré la cabeza hacia la ventana. La silueta de Rogelio se recortaba contra la luz de la luna en el jardín. Estaba de espaldas, hablando por teléfono en voz baja.
—El hombre que tiene un arma cargada afuera de mi puerta —respondí.
LA CONFRONTACIÓN EN LA OSCURIDAD
Mi mente trabajaba a mil por hora. El dolor de la traición era agudo, como un cuchillo en el estómago, pero no había tiempo para llorar. Si Rogelio era el topo, si él había puesto la bala en el coche, entonces estábamos en una trampa. Nos había traído aquí no para protegernos, sino para entregarnos.
—Leo —susurré—. Cierra la computadora. Guárdala. ¿Tienes algún arma?
—¿Yo? —Leo palideció—. Soy hacker, Ximena. Mi arma es el WiFi. Tengo gas pimienta en el llavero.
—Genial. Escúchame bien. Vas a salir por la ventana del baño de atrás. Brinca la barda. Corre hasta la avenida y no pares hasta que estés en un lugar seguro. Sube esa información a la nube y programa un “botón de hombre muerto”. Si no te contacto en una hora, libéralo todo.
—¿Y tú? No te voy a dejar sola con ese traidor.
—Yo tengo que distraerlo. Si salimos los dos, nos cazará. Vete. ¡Ahora!
Leo dudó un segundo, luego asintió, guardó la laptop en su mochila y corrió hacia el pasillo trasero en silencio.
Me quedé sola en la sala. Apagué la luz principal, dejando solo la lámpara tenue de la esquina. Tomé la botella de tequila. Pesaba. Podía ser un arma. Pero necesitaba saber por qué. Necesitaba mirarlo a los ojos.
—¡Rogelio! —grité—. ¡Entra! ¡Leo encontró algo!
Vi la silueta de Rogelio tensarse. Guardó su teléfono y caminó hacia la puerta. Entró. Su pistola seguía en su mano, apuntando hacia el suelo.
—¿Qué encontró, jefa? —preguntó. Su tono seguía siendo ese tono servicial y leal que me había engañado durante años.
—Acércate. Mira la pantalla.
Rogelio caminó hacia la mesa. La laptop ya no estaba, pero él no lo notó de inmediato, buscaba a Leo con la mirada. —¿Dónde está el muchacho?
—Se fue, Rogelio. Fue a comprar cigarros.
Rogelio se giró lentamente hacia mí. Su rostro estaba en sombras. —Jefa… eso no es seguro. No debió dejarlo salir.
—Tampoco es seguro tener a un traidor en la casa, ¿verdad?
El silencio que siguió fue absoluto. Pesado. Mortal. Rogelio no fingió sorpresa. No preguntó “¿De qué habla?”. Simplemente suspiró, un suspiro largo y cansado, y levantó la vista. Su expresión cambió. Ya no era el chofer amable. Era un hombre cansado, un hombre roto.
—Lo vio en los archivos, ¿verdad? —dijo.
—Tres años, Rogelio. Tres años cobrando dinero de Salinas. ¿Mientras me abrías la puerta, mientras me preguntabas por mi día, le estabas pasando reportes a él? ¿Tú pusiste la bala?
—La bala no —dijo él, negando con la cabeza—. La bala la puso uno de los hombres de Salinas en el valet. Yo… yo solo dejé la puerta sin seguro unos segundos. Me dieron la orden.
—¿Por qué? —Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia—. Te traté como familia. Pagué la operación de tu nieta.
Rogelio apretó los labios. Levantó la pistola. Por un momento pensé que me iba a disparar. Pero no me apuntó a mí. Siguió apuntando al suelo. —Porque ellos tienen a mi hija, Ximena.
La confesión me golpeó. —¿Qué?
—Mi hija, Sofía. La secuestraron hace tres años. Salinas… él me dijo que si yo le informaba de todo lo que hacía Alejandro, y luego de todo lo que hacía usted, ella seguiría viva. Me mandan videos de ella cada mes. Está viva, Ximena. Pero si yo no obedezco…
Su voz se quebró. El hombre duro, el ex policía, lloraba. —Hoy me llamaron. Me dijeron que si no la entregaba a usted esta noche… matarían a Sofía. Van a venir, Ximena. Están en camino. Vienen por usted.
Miré el arma en su mano. —¿Y me vas a entregar? —pregunté suavemente.
Rogelio me miró. Vi la lucha en sus ojos. La lealtad contra la sangre. El deber contra el amor de padre. Era la elección imposible que el crimen organizado imponía a miles de mexicanos cada día. Plata o Plomo. Tu vida o la de tu familia.
—No —dijo Rogelio finalmente. Levantó la pistola y, con un movimiento rápido, le quitó el seguro. Me la ofreció, sujetándola por el cañón.
—Tómela, jefa. Tómela y váyase por la parte de atrás. El muchacho, Leo, seguro dejó huellas. Sígalo. Yo me quedaré aquí.
—Rogelio, si te quedas te van a matar.
—Ya estoy muerto, Ximena. Si usted escapa, matan a mi hija. Si la entrego, no podré vivir con la culpa. Pero prefiero morir peleando contra estos bastardos que seguir siendo su perro.
Tomé el arma. Pesaba más de lo que imaginaba. El metal estaba caliente por el contacto con su mano. —Podemos salvarla, Rogelio. Con la información que tenemos…
—¡No hay tiempo! —gritó él—. ¡Ya están aquí!
Escuchamos el chirrido de llantas afuera. Portazos. Voces gritando órdenes. Golpes en el portón de madera. ¡PUM! ¡PUM!
—¡Salinas mandó al comando! —dijo Rogelio, empujándome hacia el pasillo—. ¡Váyase! ¡Corra!
—¡No te voy a dejar!
—¡Ximena, por Dios, corra y vénguese! ¡Destrúyalos a todos! ¡Hágalo por mi hija!
Rogelio se dio la vuelta, corrió hacia la ventana del frente y rompió el vidrio con el codo. Empezó a disparar hacia la calle. ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
El fuego fue respondido de inmediato. Una lluvia de balas destrozó la fachada de la casa. Los vidrios estallaron. Escuché a Rogelio gritar, un grito de guerra, de desesperación.
Me di la vuelta y corrí. Corrí por el pasillo oscuro, con el arma en la mano y las lágrimas corriendo por mi cara. Salté por la ventana del baño hacia el callejón trasero. Caí sobre la basura, me raspé las rodillas, pero me levanté.
Detrás de mí, el sonido del tiroteo era infernal. ¡Rat-tat-tat-tat! Subametralladoras. Luego, una explosión sorda. Tal vez una granada. Y luego… silencio.
Me detuve en la esquina del callejón, jadeando, con el pecho a punto de estallar. El silencio era peor que los disparos. Significaba que se había acabado. Rogelio se había sacrificado para darme dos minutos de ventaja.
Miré hacia la calle. Un auto negro pasó lento, buscando. Me pegué a la pared, conteniendo la respiración. Estaba sola. Sin coche. Sin guardaespaldas. Sin casa. Y ahora, con una deuda de sangre que no podría pagar ni con todo el dinero de Helios.
EL RENACER EN TEPITO
Tres horas después. 4:00 AM. Caminaba por las calles de la colonia Morelos. Tepito. El “Barrio Bravo”. Era el único lugar donde la policía de Salinas no entraría sin un ejército. Y era el único lugar donde el dinero no importaba tanto como las conexiones.
Yo no tenía conexiones ahí. Pero sabía quién las tenía. Alejandro. O mejor dicho, el dealer de Alejandro. Un tipo al que Alejandro solía llamar cuando quería “fiesta fuerte”. Había visto su número en el celular de mi ex esposo muchas veces. * “El Yorch”.*
Entré a una vecindad. El olor a marihuana y a basura era penetrante. Había altares a la Santa Muerte en las esquinas, con velas encendidas y ofrendas de tequila y cigarros. Me acerqué a un grupo de jóvenes que vigilaban una entrada. Me miraron con desconfianza. Una mujer con traje sastre roto y sucio, con un arma fajada en la cintura (que intentaba ocultar torpemente con mi saco), no era algo común ahí.
—Busco al Yorch —dije, tratando de sonar firme.
—¿Quién lo busca? —preguntó uno, un chico de apenas 16 años con un tatuaje en el cuello.
—Dile que Ximena Bowmont. La esposa de su mejor cliente, Alejandro Velasco. Y dile que traigo negocios.
El chico se rió, pero hizo una seña a otro, que corrió hacia el interior. Minutos después, salió un hombre bajo, fornido, lleno de cadenas de oro. Me miró con curiosidad.
—¿La señora de la tele? —preguntó Yorch—. Dicen que estás loca, güera. Dicen que quemaste tu fábrica.
—Dicen muchas cosas —respondí—. También dicen que Salinas controla la ciudad. Pero tú y yo sabemos que en Tepito, Salinas no manda.
Yorch sonrió, mostrando un diente de oro. —Aquí mandamos nosotros. ¿Qué quieres?
—Refugio. Y un ejército.
—¿Un ejército? —Yorch soltó una carcajada—. Güera, esto no es una película. ¿Con qué vas a pagar? ¿Con cheques de hule?
Metí la mano en mi bolso. Saqué mi reloj Cartier. Mis anillos de diamantes. Mi collar de perlas. Todo lo que traía puesto valía más de medio millón de pesos. Se lo entregué. —Esto es el anticipo. Si me ayudas a sobrevivir 24 horas y me prestas gente para recuperar algo que es mío… te doy el 10% de Helios Innovations.
Yorch analizó las joyas. Mordió el oro. Me miró a los ojos. Vio que no estaba jugando. Vio el odio puro que ardía en mí. —El 10% suena a mucha lana —dijo—. Pero Salinas es un pez gordo. Si nos metemos con él, va a haber guerra.
—Ya hay guerra, Yorch. La diferencia es que si te unes a mí, vas a estar en el bando ganador. Tengo pruebas que pueden tumbar al gobierno. Si Salinas cae, queda un vacío de poder. Y tú podrías llenarlo.
Yorch lo pensó. Era arriesgado. Pero la ambición en sus ojos era idéntica a la que yo había visto en los consejos de administración. Los negocios son negocios, sea en Polanco o en Tepito.
—Pásale, güera —dijo, haciéndose a un lado—. Vamos a echar unos tacos y me cuentas tu plan. Pero si me traicionas… te mueres aquí mismo.
Entré a la vecindad. Mientras amanecía sobre la Ciudad de México, yo desayunaba tacos de carnitas rodeada de sicarios de barrio, planeando el golpe final. Salinas me había quitado mi blindaje, mi casa y a mi protector. Pero cometió un error. Me obligó a bajar al inframundo. Y no sabía que yo podía convertirme en la reina de los demonios.
EL PLAN DE ATAQUE
A las 12:00 del día siguiente, el teléfono de Julián Salinas sonó. Estaba en su oficina en Paseo de la Reforma, mirando las noticias que hablaban de la “desaparición” de Ximena Bowmont. Contestó.
—¿Bueno?
—Hola, Julián —mi voz sonó clara.
Salinas se puso de pie de golpe. Hizo una seña a sus guardias para que rastrearan la llamada. —Ximena… me alegra saber que estás viva. Mis hombres encontraron un desastre en Coyoacán. Pobre Rogelio. Era un buen elemento. Una lástima que se resistiera a un simple… control de seguridad.
—Ahórrate el teatro. Sé lo de Sofía. Sé lo del Senador Vargas. Y sé dónde guardas el efectivo antes de lavarlo.
—Estás delirando. Entrégate, Ximena. Necesitas ayuda.
—Te propongo un trato, Julián. Un intercambio. Tú me das a Sofía, la hija de Rogelio, sana y salva. Y yo te doy la USB original y todas las copias.
—¿Y por qué haría eso? —preguntó él, divertido—. Ya estás acabada.
—Porque si no lo haces en una hora, voy a liberar el video donde el Senador Vargas recibe maletas de dinero en tu casa de Valle de Bravo. Sí, Julián. Alejandro no era el único que grababa. Tengo videos de las cámaras de seguridad de mi propia casa de campo.
Hubo silencio al otro lado. Sabía que le había dado donde le dolía. El Senador era su boleto al poder político absoluto. Si eso salía, Salinas perdía su protección política.
—¿Dónde? —preguntó secamente.
—En la Torre Helios. En el helipuerto. Tú y yo. Solos. Trae a la niña. Si veo a un solo policía, o si veo un francotirador… presiono enviar y tu vida se acaba.
—En una hora —dijo Salinas.
Colgó. Miré a Yorch y a sus muchachos, que estaban cargando armas largas y chalecos antibalas improvisados en la parte trasera de dos camionetas viejas. —¿Están listos? —pregunté.
Yorch cortó cartucho a su cuerno de chivo. —Simón, jefa. Vamos a hacer ruido.
Me puse unas gafas de sol oscuras para ocultar mis ojos rojos. Iba a entrar a la boca del lobo. Pero esta vez, el lobo no sabía que yo traía a la jauría completa.
El final se acercaba. Y solo uno de los dos bajaría de ese helipuerto con vida.
FIN.