Me dejó tirada en medio de la nada con dos niños y un terreno seco, gritándome que eso era todo lo que yo valía. Lo que él llamó basura, yo lo convertí en mi imperio.

El polvo se me metió en los ojos, o tal vez eran las lágrimas que no dejaban de salir. Rogelio ni siquiera apagó el motor de la troca. El ruido del escape vibraba en mis costillas, mezclándose con el llanto asustado de mis hijos, Valentina y Tomasito.

—¡Bájense ya! —gritó, golpeando el volante con impaciencia.

Mis manos temblaban tanto que apenas pude desabrochar el cinturón de seguridad. Valentina, con sus ojitos llenos de pánico, se aferró a mi pierna en cuanto sus pies tocaron la tierra seca. Frente a nosotros, solo había hectáreas de varas grises y retorcidas. Parecía un cementerio de plantas.

—Rogelio, por favor… no hay agua, no hay luz… —supliqué, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Los niños tienen hambre.

Él se bajó un momento, solo para abrir la cajuela y tirar nuestras dos maletas viejas al suelo. Cayeron con un golpe seco, levantando una nube de tierra. Desde el asiento del copiloto, Camila, su “nueva vida”, ni siquiera volteó a vernos; se miraba las uñas con un aburrimiento cruel.

—Esta es la herencia del tío Héctor —dijo Rogelio, señalando el paisaje desolado con desprecio—. Tierras que llevan ocho años sin dar una sola uva. Están muertas.

Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, oliendo a loción cara y a traición.

—Igual que tú. Eres una carga, Elena. Estas plantas muertas son todo lo que te mereces. Una inútil con un rancho inútil.

—¿Y qué van a comer tus hijos? —grité, la desesperación ganándole al miedo.

Rogelio sacó su cartera, sacó tres billetes arrugados y los dejó caer al suelo, como si yo fuera una limosnera.

—Cincuenta pesos. Úsalos bien.

Se subió a la camioneta, aceleró y las llantas nos escupieron grava. Nos quedamos ahí, parados en medio de la nada, viendo cómo la única vida que conocíamos se alejaba dejándonos en el olvido. Tomasito me jaló la blusa.

—Mami, tengo sed…

Miré al cielo, luego a las plantas secas y finalmente a los 50 pesos tirados en la tierra. Estábamos solos contra el mundo.

¿PUEDE UNA MUJER CONVERTIR LA MISERIA EN ORO CUANDO TODOS APUESTAN EN SU CONTRA?

PARTE 2: LA SEMILLA DE LA VENGANZA: ENTRE EL HAMBRE Y EL ORGULLO

Me quedé ahí, con la mano extendida hacia la nada, sintiendo cómo el polvo que levantó la camioneta de Rogelio se asentaba sobre mi piel, cubriéndome como una segunda capa de vergüenza. Los tres billetes de cincuenta pesos, arrugados y tibios por el sol, pesaban en mi palma más que una losa de concreto. No era dinero; era un insulto. Era la valoración final de once años de lavar su ropa, criar a sus hijos y aguantar sus borracheras: ciento cincuenta pesos. Eso valía yo para él.

—Mami… tengo mucha sed —repitió Tomasito, jalándome la blusa con más fuerza, sacándome del trance.

Bajé la mirada. Sus labios estaban resecos y pálidos. Valentina, a su lado, no decía nada. Con apenas seis años, tenía esa mirada adulta y terrorífica de los niños que entienden que algo se rompió para siempre. Ella sabía que papá no iba a volver.

—Vámonos, mis amores —dije, tratando de que la voz no me temblara, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Vamos a ver la casa.

—¿Ahí vamos a vivir? —preguntó Valentina, señalando la estructura de adobe que se veía al fondo, entre las varas muertas.

—Es… es una aventura, mi vida. Como en los cuentos —mentí. Dios mío, cómo dolía mentirles.

Tomé las dos maletas viejas que Rogelio había tirado. Una tenía la ropa de los niños, la otra, mis pocas pertenencias. Pesaban como plomo. Caminamos hacia la construcción bajo el sol inclemente de las dos de la tarde. El calor en esta región de México no perdona; te golpea la cabeza y te seca el alma. El camino estaba lleno de grietas, como venas abiertas de una tierra que pedía agua a gritos.

Al llegar al porche de la casa, el piso de madera crujió peligrosamente. La puerta colgaba de una sola bisagra, ladeada, como la boca torcida de un anciano. Empujé la madera podrida y entramos.

El olor me golpeó primero. Era una mezcla rancia de encierro, humedad y orina de ratón. La luz del sol entraba a raudales, pero no por las ventanas, sino por los agujeros del techo de lámina oxidada. No había vidrios, solo huecos negros que miraban al horizonte. El suelo de tierra apisonada estaba cubierto de una capa gruesa de polvo y excremento de animales. En una esquina, un catre de metal oxidado; en la otra, una estufa de leña que parecía no haber visto fuego en una década.

Valentina se tapó la nariz. —Huele feo, mamá. Vámonos a casa. A nuestra casa de verdad.

Me arrodillé frente a ellos, sin importar que mis rodillas se clavaran en la tierra sucia. Los abracé con tanta fuerza que temí lastimarlos. —Escúchenme bien, mis niños. Esta es nuestra casa ahora. Y sé que se ve fea, y sé que huele mal… pero la vamos a arreglar. La vamos a poner chula. Pero necesito que sean valientes. ¿Pueden ser valientes por mamá?

Tomasito asintió sin entender mucho, pero Valentina me miró con una dureza que me partió el corazón. —Papá es malo, ¿verdad?

No supe qué contestar. La rabia se me atoró en el pecho. —Papá… papá tomó sus decisiones. Nosotros tomaremos las nuestras.

La prioridad era el agua. Dejé a los niños sentados sobre una de las maletas, advirtiéndoles que no tocaran nada por las arañas, y salí a buscar. Rogelio había dicho que no había agua, pero yo sabía que el Tío Héctor había vivido aquí hasta el final. Tenía que haber algo. Encontré una llave oxidada pegada a una tubería que salía de la tierra, cerca de lo que parecía una pila vieja de concreto. Giré la manija con todas mis fuerzas. El metal chilló, resistiéndose, hasta que cedió. Nada. Ni una gota. Ni siquiera el sonido de aire en la tubería.

El pánico, frío y pegajoso, empezó a subirme por la espalda. Sin agua, no duraríamos ni dos días con este calor. —Diosito, no me hagas esto. A mí castígame, pero a ellos no —murmuré, mirando al cielo azul despejado que parecía burlarse de mí.

Empecé a caminar alrededor de la propiedad, alejándome de la casa, adentrándome en el “cementerio de plantas” como lo había llamado Rogelio. Las vides estaban secas, quebradizas. Al tocarlas, la corteza se deshacía en mis dedos como piel muerta. —Muertas… igual que tú —resonó la voz de Rogelio en mi cabeza.

—¡Cállate! —grité al viento—. ¡No estoy muerta!

Seguí caminando, buscando cualquier señal de verde. Donde hay verde, hay agua. Caminé hasta que mis zapatos baratos se llenaron de tierra y mis pies empezaron a arder. Fue entonces, detrás de un montículo de piedras y matorrales secos, que vi algo. Unas hierbas un poco más altas, un tono de verde pálido que desentonaba con el gris del resto del terreno.

Corrí. Aparté las ramas secas, rasguñándome los brazos, sin sentir dolor. Ahí, escondido bajo la maleza y unas rocas, había un pequeño hilo de agua. No era un río, ni siquiera un arroyo, era un “ojo de agua”, un manantial minúsculo que brotaba de la tierra y humedecía las piedras antes de ser tragado de nuevo por el suelo sediento.

Me tiré al suelo y ahuequé las manos. El agua estaba fría, cristalina. Bebí con desesperación, sintiendo cómo la vida regresaba a mi cuerpo. Lloré. Lloré de alivio, mezclando mis lágrimas con el agua del manantial. Llené una botella de plástico vacía que traía en la bolsa de mano y corrí de regreso a la casa.

Esa noche fue la más larga de mi vida. Sin luz eléctrica, la oscuridad en el campo es absoluta. Es una negrura que te traga. Improvisé una cama juntando las dos maletas y poniendo encima los abrigos que traíamos. No me atreví a usar el colchón viejo que estaba en la esquina; quién sabe qué animales vivirían dentro. Nos acurrucamos los tres en el suelo, sobre una cobija delgada. Tomasito lloró un rato de hambre. Le di unas galletas saladas que encontré en el fondo de mi bolsa, lo único que teníamos para cenar. —Mañana vamos a comer rico, mi amor. Te lo prometo —le susurré mientras le acariciaba el pelo sudado.

Cuando finalmente se durmieron, vencidos por el agotamiento y el calor, yo me quedé despierta. Escuchaba los ruidos de la noche: el aullido lejano de los coyotes, el crujir de la madera vieja, el viento silbando entre las vides muertas. Cada sonido me ponía en alerta. ¿Y si venía alguien? No teníamos puerta segura. Estábamos a merced de cualquiera. Pero más que el miedo a los extraños, me invadía el miedo al futuro. Tenía 150 pesos. Una casa en ruinas. Un terreno muerto. Y dos bocas que alimentar. Rogelio tenía razón. Era una inútil. Nunca había trabajado en mi vida, no en un empleo real. Me casé joven, pasé de la casa de mis padres a la de mi marido. Mi única habilidad era mantener una casa limpia y cocinar… ¿De qué me servía eso en medio de la nada?

La desesperación es un pozo hondo, y estuve a punto de dejarme caer. Pensé en rendirme. Pensé en caminar hasta la carretera y pedir aventón, ir a buscar a Rogelio, rogarle de rodillas, aceptar sus humillaciones con tal de que mis hijos comieran.

Pero entonces, recordé su cara. Recordé cómo miraba a Camila, y cómo ella se miraba las uñas mientras mis hijos lloraban. Recordé cómo me tiró los billetes al suelo. Y en ese momento, algo cambió dentro de mí. El dolor en mi pecho se endureció. Se calentó. Dejó de ser tristeza y se convirtió en algo más útil: Coraje. Ese coraje mexicano que nos hace levantarnos cuando nos dan por muertos. Esa rabia que te quema las entrañas y te dice: “¡Ni madres! A mí nadie me pisa”.

—Vas a ver, Rogelio —susurré a la oscuridad, apretando los dientes—. Vas a ver quién es la inútil. Te vas a tragar tus palabras, aunque sea lo último que yo haga.

Amaneció. El sol salió iluminando la miseria en la que vivíamos, pero ya no me sentía tan indefensa. Tenía un plan. Bueno, no un plan, pero sí un primer paso. Desperté a los niños temprano. Lavamos nuestras caras con el agua que había traído en la botella y nos pusimos en marcha. —¿A dónde vamos, mami? —preguntó Valentina. —Al pueblo. A buscar comida.

Caminamos casi una hora bajo el sol de la mañana. Tuve que cargar a Tomasito la mitad del camino porque sus piernitas ya no daban más. Finalmente, vimos las primeras casas de San Rafael. Era un pueblo pequeño, de esos donde el tiempo parece detenerse, con calles de tierra, perros flacos durmiendo en las sombras y una iglesia en el centro con la pintura descascarada.

Entramos a la primera tiendita que vimos, una miscelánea llamada “La Esperanza”. El nombre me pareció una buena señal, o una broma cruel del destino. Una mujer robusta, de unos cincuenta años, con un delantal de cuadros, estaba detrás del mostrador espantando moscas. Me miró de arriba abajo. Yo debía verme terrible: la ropa arrugada de ayer, el pelo revuelto, las ojeras marcadas y los zapatos llenos de polvo.

—Buenos días —dije, tratando de mantener la dignidad. —Buenos días —respondió ella, seca, pero con un brillo de curiosidad en los ojos—. No son de por aquí, ¿verdad? —Soy… soy la dueña del rancho Herrera. El que era de Don Héctor.

La mujer dejó de espantar moscas y abrió los ojos como platos. —¡Válgame Dios! ¿Del rancho del difunto Héctor? Pero si eso lleva años abandonado. Se decía que estaba maldito, o que los sobrinos no querían saber nada. —Yo soy la esposa… bueno, la ex esposa del sobrino —corregí, sintiendo el ardor en las mejillas—. Me voy a quedar ahí con mis hijos.

La mujer, que luego supe se llamaba Doña Marta, miró a los niños. Vio sus caritas cansadas y supo, con esa intuición que tienen las madres, que teníamos hambre. —¿Qué se le ofrece, mija?

Saqué mis tres billetes arrugados y los puse sobre el mostrador. —Tengo ciento cincuenta pesos. Necesito lo básico. Arroz, frijol, unos huevos… y si me alcanza, un jabón y cloro. Tenemos que limpiar.

Doña Marta asintió y empezó a sacar cosas. No solo puso lo que le pedí. Echó un paquete de tortillas, una bolsa de galletas de animalitos para los niños y una botella de aceite pequeña. —Son ciento cuarenta —dijo. Yo sabía sumar. Sabía que ahí había más de doscientos pesos en mercancía. La miré a los ojos, con los míos llenos de lágrimas contenidas. —Señora, no le puedo pagar todo eso… —Dije que son ciento cuarenta. Y llévese esto también —me puso dos paletas de dulce en la mano para los niños—. Pa’l camino. El rancho está lejos y los güercos se ven cansados.

Salí de la tienda prometiéndome que algún día le pagaría cada centavo. El regreso fue pesado, pero al menos llevábamos comida. Esa tarde, improvisé una escoba con ramas secas y empecé a barrer la casa. Saqué carretillas invisibles de basura. Tallé el suelo hasta que mis dedos sangraron. Valentina me ayudó a quitar telarañas con un palo. Hicimos una fogata afuera con la madera muerta de las vides y cocimos los frijoles en una olla vieja que encontré tirada y que lavé con arena y agua hasta dejarla brillante.

Comimos frijoles con tortilla sentados en el piso limpio. Fue el mejor banquete de mi vida. Pero los 150 pesos (ahora 10 pesos) se habían ido. Necesitaba dinero. Y rápido.

Al día siguiente, dejé a los niños jugando cerca de la casa con instrucciones estrictas de no alejarse, y me fui a recorrer las orillas del pueblo buscando trabajo. Pregunté en tres casas si necesitaban quien lavara ropa. Me dijeron que no. Pregunté en una fonda si necesitaban mesera. Me dijeron que estaba muy vieja (a mis 34 años) y que no tenía experiencia. El rechazo dolía, pero el hambre dolía más.

Casi al atardecer, regresaba derrotada al rancho cuando vi a un anciano trabajando en un pequeño viñedo vecino. A diferencia del mío, este estaba verde, vivo, ordenado. El contraste era brutal y doloroso. El hombre, de piel curtida como el cuero y manos nudosas, estaba podando con una delicadeza que parecía casi religiosa. Me acerqué al cerco. —Buenas tardes, señor. El anciano levantó la vista. Tenía ojos claros, penetrantes, bajo unas cejas pobladas y blancas. —Buenas tardes. Usted es la mujer que se metió en la ruina de Héctor, ¿verdad? En este pueblo las noticias vuelan. —Sí, señor. Soy Elena. Busco trabajo. Hago lo que sea. Limpio, cocino… aprendo rápido.

El anciano, Don Arsenio, se rio. Una risa seca, como tos. —Yo no necesito quien me cocine. Mi vieja cocina re bien. Lo que necesito es alguien que me ayude a cargar los sacos de abono, pero usted se ve muy flaca. Se me va a quebrar. —No me quiebro, señor. Estoy hecha de buena madera. Pruébeme. Si no aguanto, no me paga.

Don Arsenio me miró fijamente unos segundos, evaluándome no como mujer, sino como herramienta de trabajo. —Mañana a las 6 de la mañana. Ni un minuto tarde. Pago cien pesos el día. —Ahí estaré.

Regresé a casa corriendo, con el corazón bombeando esperanza. Cien pesos. Con eso podíamos comer. A la mañana siguiente, estaba ahí a las 5:50. Trabajé como burro. Cargué costales que pesaban casi lo mismo que yo. Mis manos, suaves por años de cremas y cuidado, se llenaron de ampollas que reventaron y volvieron a salir. Me dolía la espalda, los brazos, hasta las pestañas. Pero no me quejé. Don Arsenio me observaba de reojo, sin decir nada.

A la hora de la comida (unos tacos de frijol que llevé), me senté bajo la sombra de un mezquite. Don Arsenio se acercó. —Tiene agallas, mujer. Héctor estaría sorprendido. Él siempre dijo que su sobrino era un flojo, pero veo que se consiguió una mujer brava. —El sobrino me dejó aquí para que me muriera —solté, sin pensar. Don Arsenio asintió, como si ya lo supiera. Miró hacia mi terreno, hacia las varas grises que se veían a lo lejos. —¿Y qué piensa hacer con las vides de Héctor? —Arrancarlas, supongo. Para leña. Rogelio dijo que están muertas. Que llevan ocho años sin dar uva.

Don Arsenio escupió al suelo con desprecio. —Ese Rogelio es un pendejo. Con perdón de la palabra. Las vides son como las personas, Elena. A veces parecen muertas por fuera porque la vida las ha tratado mal. Se secan para protegerse. Pero la raíz… ah, la raíz es terca. La raíz se aferra. Me quedé helada. —¿Usted cree que… están vivas? —No todas. Pero muchas sí. Solo están dormidas. Esperando a alguien que les tenga fe. Necesitan agua, necesitan que les quiten lo podrido, necesitan cariño.

Esa tarde, cuando terminé mi jornada y cobré mis cien pesos benditos, regresé a mi “cementerio”. Los niños ya dormían. La luna iluminaba el campo desolado. Me acerqué a una de las plantas, una particularmente retorcida y fea. Saqué el cuchillo viejo que usaba para cocinar y rasqué un poco la corteza del tronco principal, tal como había visto hacer a Don Arsenio. La capa exterior cayó, gris y seca. Pero debajo… debajo había un tono pálido, casi imperceptible, de humedad. De vida. No estaba muerta. Estaba resistiendo.

—Estás viva… —susurré, y las lágrimas volvieron a salir, pero esta vez eran diferentes—. Tú tampoco te dejaste morir.

Al día siguiente, mi rutina cambió. Trabajaba con Don Arsenio hasta las 2 de la tarde para asegurar la comida. Pero de las 3 en adelante, bajo el sol más duro, me dedicaba a mi rancho. No tenía mangueras, así que cargaba cubetas de agua desde el manantial. Una por una. Cientos de viajes. Mis hombros ardían. Mis manos se pusieron ásperas y callosas. Valentina y Tomasito me ayudaban. Hacían “positos” alrededor de los troncos para que el agua no se escapara. —Dale de beber, mami, tiene sed —decía Tomasito, vaciando su vasito de juguete en una planta gigante.

Después de regar, venía la poda. Don Arsenio me prestó unas tijeras viejas. —Corta todo lo seco. Sin piedad. Si dejas lo malo, lo bueno no puede salir —me aconsejó. Y así lo hice. Corté ramas secas con una furia que no sabía que tenía. Cada corte era una liberación. Cortaba por Rogelio. Clack. Cortaba por su amante. Clack. Cortaba por los años que perdí siendo una esposa sumisa. Clack. Cortaba por la niña asustada que fui. Clack.

Dejé el viñedo pelón. Solo quedaron los troncos principales, pareciendo muñones grotescos saliendo de la tierra. —¡Ay, Elena! Ya las mataste de a tiro —me dijo Doña Marta cuando pasó por ahí un día a dejarme un poco de pan duro que “le sobró”—. Eso parece un campo de guerra. —Espérese, Doña Marta. Espérese.

Pasaron dos meses. La vida era dura. No teníamos electricidad, así que nos alumbrábamos con velas. Nos bañábamos a jicarazos con agua fría. Comíamos sencillo: arroz, frijoles, huevos, y a veces, si Don Arsenio me regalaba algo, un poco de pollo o verduras. Pero mis hijos ya no lloraban de miedo. Jugaban con tierra, corrían libres, se habían puesto morenitos por el sol. Valentina aprendió a identificar los pájaros. Tomasito ya no pedía dulces, pedía tortillas recién hechas. Yo había bajado de peso, pero mis brazos estaban duros como piedras. Mi piel, antes pálida de ciudad, ahora tenía el color del bronce. Cuando me miraba en el pedazo de espejo roto que rescaté, ya no veía a la “Señora de Rogelio”. Veía a Elena. La patrona de la nada.

Una mañana de marzo, el aire cambió. Ya no olía a polvo seco; olía a humedad, a tierra mojada. Salí temprano, como siempre, a revisar mis “palitos secos” antes de irme con Don Arsenio. Iba caminando rápido, pensando en las cuentas, en que necesitaba zapatos nuevos para Valentina, cuando algo me detuvo. En la fila tres, planta doce. Me detuve en seco. Me agaché, conteniendo la respiración. Ahí, en medio de la corteza gris y cicatrizada, había un punto minúsculo. Una protuberancia casi invisible de color verde neón. Un brote. Era una yema reventando. Vida. Vida nueva, desafiante, imposible.

Toqué la hojita incipiente con la punta del dedo, temblando. —¡Valentina! ¡Tomasito! ¡Vengan! —grité. Los niños salieron corriendo de la casa, asustados por mis gritos. —¿Qué pasa, mami? ¿Hay una víbora? —gritó Valentina agarrando un palo. —No, mi amor, ¡miren!

Los tres nos agachamos alrededor de la planta. —Es una hojita —dijo Tomasito, sin darle mucha importancia. —No, hijo. No es solo una hojita. Es… es la prueba. —¿La prueba de qué? —preguntó Valentina. La miré a los ojos, esos ojos que habían visto a su padre abandonarnos. —La prueba de que no estamos muertos. De que vamos a renacer.

Ese día no fui a trabajar con Don Arsenio. Me pasé la mañana entera recorriendo cada fila, buscando más brotes. Encontré diez, veinte, cincuenta. No todas las plantas habían sobrevivido, pero muchas sí. El campo, mi cementerio gris, estaba empezando a despertar.

Esa noche, sentada en el porche, bajo un cielo estrellado que en la ciudad nunca se ve, saqué los cincuenta pesos que Rogelio me había tirado. Los había guardado todo este tiempo. No los gasté. Gasté lo que gané con mi sudor, pero esos cincuenta pesos los guardé. Los miré con desprecio, y luego sonreí.

—Cincuenta pesos —dije en voz alta—. Pensaste que ese era mi precio, Rogelio. Pensaste que con esto comprabas tu libertad y mi funeral. Rompí el billete. Luego el otro. Y el otro. Lancé los pedacitos al viento. —Quédatelos. No los necesito. Yo voy a hacer mi propio dinero. Voy a hacer que esta tierra te duela cada vez que escuches mi nombre.

Entré a la casa y saqué una botella de vidrio vacía que había encontrado en la bodega, una de las viejas botellas del Tío Héctor. Estaba sucia, pero el vidrio era grueso y fuerte. —Vamos a hacer vino —les dije a mis hijos, que me miraban desde sus camas improvisadas. —¿Vino? —preguntó Valentina adormilada. —El mejor vino de México. Y se va a llamar “Venganza”. No… —corregí, sintiendo cómo el odio se transformaba en algo más puro, más poderoso—. Se va a llamar “Renacer”.

Pero antes del vino, necesitábamos sobrevivir el invierno. Y para eso, necesitaba dinero de verdad. Don Arsenio me había hablado de las zarzamoras silvestres que crecían en el monte. —Nadie las pela, se pudren en las matas —me había dicho. Al día siguiente, tomé las cubetas. —Niños, hoy no vamos a la escuela (la escuelita rural a la que habían entrado hace una semana). Hoy vamos a ser socios. —¿Socios de qué? —Vamos a recolectar zarzamoras. Vamos a hacer mermelada. Doña Marta dijo que si le llevaba algo bueno, ella lo vendía a los turistas que pasan por la carretera.

Esa fue la primera vez que sentí que era dueña de mi destino. No dependía de un sueldo, ni de la caridad. Dependía de mis manos y de lo que la tierra me daba. Mientras recolectábamos las frutas moradas y dulces, manchándonos los dedos y la boca, riendo por primera vez en meses, supe que Rogelio se había equivocado en todo. No me dejó en un desierto. Me dejó en un lienzo en blanco. Y yo estaba a punto de pintar una obra maestra.

La batalla apenas comenzaba. Las heladas vendrían, las plagas intentarían comerse mis brotes, y la soledad intentaría quebrarme muchas noches más. Pero ya no tenía miedo. Porque cuando has perdido todo, ya no tienes nada que temer. Solo tienes todo por ganar.

Y vaya que iba a ganar.

PARTE 3: SANGRE DE LA TIERRA: EL DULCE SABOR DE LA VICTORIA

Mis manos estaban teñidas de morado, un morado profundo, casi negro, que se metía debajo de las uñas y en las líneas de las huellas dactilares. No era mugre, aunque para una señora de sociedad de esas con las que Rogelio se juntaba ahora, seguramente lo parecería. Era sangre de zarzamora. Era la tinta con la que estaba a punto de escribir mi nueva historia.

Aquella mañana, después de decidir que no esperaríamos a morirnos de hambre mientras las vides despertaban, los niños y yo nos convertimos en cazadores. Pero no cazábamos animales; cazábamos el dulce silvestre que el monte nos regalaba.

—¡Mami, me espiné! —se quejó Tomasito, chupándose el dedo índice donde una gota de sangre brotaba. —A ver, mi amor —me agaché, le saqué la espina con los dientes y le di un beso sonoro—. Sana, sana, colita de rana. Acuérdate de lo que dijo Don Arsenio: el monte cobra peaje. Unas gotitas de sangre por cubetas de dulzura. Es un trato justo.

Valentina, más seria y metódica, llenaba su cubeta con una concentración de cirujano. —Mamá, ¿tú crees que a la gente le gusten? Son chiquitas y ácidas —dijo, probando una y arrugando la nariz. —Ahí está el secreto, mija. En la ciudad están acostumbrados a pura azúcar, a cosas artificiales que saben a plástico. Esto… —tomé un puño y lo olí, cerrando los ojos— esto huele a libertad. Huele a campo. Y con la receta de mi abuela, esa acidez se va a convertir en el mejor perfume.

Pasamos tres días enteros recolectando. Subimos cerros, nos metimos entre matorrales donde las víboras dormían la siesta, aguantamos el sol que nos despellejaba la nuca. Al final del tercer día, teníamos cinco cubetas llenas a rebosar de zarzamoras, higos silvestres que encontramos cerca del arroyo y unos cuantos duraznos de un árbol viejo que parecía haber sobrevivido de milagro.

La cocina de mi casa en ruinas se convirtió en una fábrica. O más bien, en un laboratorio de alquimia. Como no tenía gas, dependía totalmente de la leña. Y cocinar mermelada en leña es un arte, no una ciencia. Si el fuego está muy fuerte, el azúcar se quema y amarga todo el lote. Si está muy bajo, la fruta nunca agarra el “punto”. Me pasé horas frente al fogón, con el calor derritiéndome la cara, moviendo la olla gigante con una pala de madera que yo misma tallé. El olor… Dios mío, el olor empezó a cambiar la casa. Ya no olía a orina de ratón ni a humedad vieja. Olía a hogar. Olía a caramelo frutal, a canela, a clavo.

—Huele a Navidad, mami —dijo Tomasito, entrando a la cocina con los ojos brillantes.

El problema eran los envases. No tenía dinero para comprar frascos “mason jar” de esos bonitos. Así que hicimos lo que hace la gente que no tiene nada: improvisamos. Lavé y herví las botellas de vino viejas que había encontrado en la bodega del tío Héctor. Eran cientos. Las lavé con arena primero, luego con jabón, y finalmente las herví en agua de manantial hasta que quedaron esterilizadas. No eran frascos de mermelada normales. Eran botellas de vino cortadas (Don Arsenio me enseñó a cortarlas con un hilo empapado en alcohol y fuego) y otras enteras para los jarabes.

Valentina, con su letra redonda y perfecta de niña de primaria, se encargó del marketing. —¿Qué le pongo, mamá? —Ponle la verdad —le dije—. “Mermelada Artesanal. Receta de la Abuela”. Y abajo, ponle en letras grandes: “Rancho Renacer”. —¿Renacer? —Sí. Porque aquí todo renace. Las plantas, la casa… y nosotros.

Cuando llegamos a la tienda de Doña Marta con nuestras primeras veinte botellas, me temblaban las piernas. Me sentía como una niña chiquita llevando su tarea a la maestra. Doña Marta nos vio entrar cargados con cajas de cartón viejas. —¿Qué traen ahí, muchacha? ¿Piedras? —Oro negro, Doña Marta —dije, poniendo una botella sobre el mostrador. El vidrio brillaba, y el contenido oscuro y espeso se veía delicioso a contraluz—. Mermelada de zarzamora silvestre.

Marta agarró la botella, la examinó con ojo crítico. Abrió la tapa (un corcho sellado con cera de vela, otro truco de Arsenio) y metió el dedo meñique. Silencio. Cerré los ojos esperando el rechazo. “Está muy dulce”, “está muy agria”, “esto no se vende aquí”. —Hija de la guayaba… —susurró Marta—. Esto sabe a lo que me daba mi mamá cuando yo tenía fiebre. Sabe a gloria bendita. Abrí los ojos y vi una sonrisa en su rostro duro. —¿De verdad le gusta? —Me encanta. Te las compro todas. Pero no te las voy a pagar yo, las voy a poner aquí enfrente, en el mostrador. Los turistas que van a los viñedos grandes siempre paran a comprar cigarros o refrescos. A los de la ciudad les encantan estas cosas “rústicas”.

Esa semana vendimos cinco. La siguiente, quince. Al mes, Doña Marta me pedía cincuenta frascos a la semana. Los turistas, gente bien vestida que bajaba de sus camionetas del año (como la que tenía Rogelio), pagaban 40, 50 pesos por frasco sin chistar. Para ellos era un souvenir barato. Para mí, era la diferencia entre comer frijoles o comer pollo. Empecé a ganar 300, luego 400 pesos a la semana. Cuatrocientos cincuenta pesos. Hice las cuentas sentada en el catre una noche. Rogelio me daba, cuando quería y si estaba de buenas, mil pesos a la quincena para todo: comida, escuela, ropa. Y siempre me echaba en cara que yo “gastaba mucho”. Ahora, yo sola, con mis manos quemadas y mis uñas moradas, estaba generando casi lo mismo. Y nadie me gritaba. Nadie me pedía cuentas. Ese dinero era mío. Mío y de mis hijos.

Con las primeras ganancias grandes, no compré ropa, ni juguetes, ni arreglé la puerta. Compré mangueras. Compré unas tijeras de podar profesionales, de esas alemanas que duran toda la vida. Y compré abono orgánico. Porque mi apuesta no eran las mermeladas. Las mermeladas eran el salvavidas. Mi barco, mi verdadero tesoro, seguía dormido allá afuera, en las filas de varas secas.

Llegó el invierno. Y el invierno en el norte no es juego. El aire baja de la sierra cortando como navaja de rasurar. La casa era una coladera. Tapamos las ventanas con plásticos gruesos y cartones. Dormíamos los tres juntos en un colchón nuevo que logré comprar (de segunda mano, pero limpio), tapados con cinco cobijas. Pero mi preocupación no era el frío que sentíamos nosotros, sino el frío que sentían “ellas”. Mis vides. Don Arsenio llegó una tarde gris, con el cielo color panza de burro, anunciando desgracia. —Va a helar esta noche, Elena. Una helada negra. De esas que matan hasta las piedras. —¿Qué hago? —pregunté, sintiendo que el estómago se me iba a los pies. Mis brotes apenas estaban fortaleciéndose. Una helada los quemaría antes de nacer. —Hay que hacer lumbre. Fuego controlado. Tienes que mantener el aire caliente circulando entre las hileras. —Pero son cinco hectáreas, Don Arsenio. Yo sola no puedo.

—No estás sola, mujer. Esa noche entendí lo que significa “pueblo”. Llegó Don Arsenio con su hijo. Llegó el sobrino de Doña Marta. Llegaron dos muchachos a los que a veces les daba un frasco de mermelada fiado. Hicimos fogatas estratégicas con leña vieja, con llantas viejas que encontramos en el camino (aunque Arsenio me regañó porque el humo negro no es bueno, pero era emergencia). Pasé la noche entera corriendo de un fuego a otro, alimentando las llamas, con el humo haciéndome llorar y la cara tiznada de negro. Valentina y Tomasito salían a ratos con termos de café (agua caliente con canela) para los hombres. —Mami, pareces una bruja —me dijo Tomasito riendo, viéndome cubierta de ceniza y hollín. —Soy una bruja, mi amor. Estoy haciendo magia para que no se mueran nuestras plantas.

Al amanecer, cuando el peligro pasó y el sol empezó a calentar el aire gélido, caminé entre las filas. El hielo cubría el suelo, blanco y crujiente, pero las plantas… las plantas estaban tibias. El humo había creado una manta protectora. Sobrevivieron. Caí de rodillas en la tierra helada, agotada, tosiendo humo, pero feliz. Don Arsenio se acercó y me puso una mano en el hombro. —Tienes madera de viñadora, Elena. No cualquiera defiende su tierra así. Tu marido… ese idiota no sabía qué clase de mujer tenía en casa. —No hablemos de él —dije, limpiándome el moco y la ceniza con la manga—. Hablemos de injertos. Me dijo que me iba a enseñar a injertar.

Y así pasaron los meses. Aprendí a injertar. Es como una cirugía. Tomas una ramita de una variedad buena (Malbec, Cabernet, Merlot) y la unes al tronco viejo y fuerte de la vid rústica. Es una metáfora perfecta de mi vida, pensé mientras vendaba la unión de las plantas con cinta especial. Yo era el tronco viejo, curtido, resistente. Y esta nueva vida que estaba construyendo, esta Elena empresaria, esta madre soltera y luchona, era el injerto nuevo que daría frutos dulces. Las cicatrices… las cicatrices es por donde entra la fuerza.

La primavera estalló. Y digo estalló porque el campo se transformó. Lo que antes era gris y triste, ahora era un mar de verde vibrante. Las hojas eran grandes, carnosas. Y entre las hojas, empezaron a aparecer los racimos. Eran pequeños al principio, como perdigones verdes. Pero crecieron. Se hincharon. Cambiaron de color. El “envero”, le dicen. Cuando la uva pasa de verde a morado. Es el momento más mágico que he visto. Más bonito que cualquier joya que Rogelio me hubiera regalado jamás.

Llegó el día de la primera vendimia. Hacía casi dos años que habíamos llegado. Dos años de comer polvo, de contar monedas, de llorar en silencio. No era una cosecha gigante. Apenas unos 300 kilos de uva entre las plantas que logramos salvar y los injertos que pegaron. Pero eran míos. Invité a todos los que me ayudaron. Hicimos una fiesta. Maté dos gallinas (que ya criaba en el patio) e hice un mole. Cortar los racimos se sentía sagrado. —Con cuidado, Tomasito, no la jales. Usa la tijera. Así, despacito. Es un bebé —le enseñaba yo.

Cuando tuvimos toda la uva amontonada en las cajas, Don Arsenio me hizo la pregunta del millón. —¿Las vas a vender así? Te dan tres mil pesos por todo esto en la cooperativa. Tres mil pesos. Era mucho dinero. Podía comprar uniformes nuevos, arreglar el techo que seguía goteando. Miré las uvas. Negras, jugosas, perfectas. —No —dije, sintiendo un hueco en el estómago por el riesgo—. No he trabajado como mula dos años para vender mi esfuerzo por kilo. Voy a hacer vino.

La bodega se convirtió en mi segundo hogar. Sin maquinaria industrial, volvimos a lo básico. Pisamos la uva. Sí, como en las películas, pero más cansado. Mis hijos se lavaron los pies diez veces (yo los supervisé) y se metieron a las tinas de plástico gigantes que compramos. Reían a carcajadas mientras el jugo morado les salpicaba las piernas. —¡Está fría y pegajosa! —gritaba Valentina. Esa risa… esa risa valía más que cualquier cheque. Luego vino la fermentación. El olor a levadura, a alcohol, a gas. Don Arsenio me prestó unas barricas viejas que consiguió baratas. —El roble viejo es sabio —me dijo—. No le da sabor a madera, le da estructura. Le enseña al vino a comportarse.

Esperar a que el vino esté listo es la prueba de paciencia más grande del mundo. Mientras el vino dormía en las barricas, la vida seguía. Las mermeladas eran un éxito rotundo. Ya no vendía solo en la tienda de Marta. Le surtía a cuatro tiendas en los pueblos vecinos y a un restaurante “fifí” de la capital del estado que me contactó por Facebook (sí, Valentina me abrió una página de Facebook: “Mermeladas y Vinos Renacer”). Ingresaba cinco mil, seis mil pesos al mes. Contraté a María, una chica del pueblo que necesitaba trabajo, para que me ayudara en la cocina. Y a Pedro, un señor mayor que ya no le daban chamba en otros lados, para que me ayudara en el campo.

Yo, Elena, la “inútil”, estaba dando empleo.

Una tarde, llegó una camioneta desconocida al rancho. Un coche sedán, bajito, de ciudad. No aguantaba estos caminos. Bajó un hombre de unos cuarenta y tantos años, con lentes y camisa planchada. Me limpié las manos en el pantalón (siempre estaba llena de tierra o azúcar). —¿Se le ofrece algo? —pregunté, un poco a la defensiva. —¿Usted es Elena Fernández? —Servidora. —Soy Gabriel Montes. Soy enólogo y tengo una distribuidora de vinos y productos gourmet en la Ciudad de México. Se me heló la sangre. ¿Venia a demandarme? ¿A decirme que mis mermeladas estaban mal etiquetadas? —Probé su mermelada de higo con nuez en el restaurante “Los Arcos”. Es… excepcional. Nunca había probado ese balance de acidez. Solté el aire. —Gracias. Es receta de familia. —Quiero venderla en la capital. Quiero 200 frascos al mes. Pago por adelantado la mitad. Hice cuentas rápido. 200 frascos. Eso significaba triplicar la producción. Necesitaba más fruta, más gas (ya había comprado una estufa de gas), más manos. —Puedo hacerlo —dije, con una seguridad que no sentía—. Pero el precio es de 45 pesos por frasco al mayoreo. —Trato hecho —dijo él, extendiendo la mano—. Pero me han dicho que también está haciendo vino. —Es un experimento. Apenas es la primera cosecha. —¿Me permite probarlo? Dudé. El vino llevaba solo 8 meses en barrica. Estaba “crudo”. Pero Don Arsenio me hizo una seña desde lejos: “Déjalo”.

Fuimos a la bodega. Saqué una muestra con la pipeta de vidrio y la serví en una copa. El líquido era rojo rubí, intenso, brillante. Gabriel lo olió. Giró la copa. Lo miró a contraluz. Hizo todo ese teatro que hacen los expertos. Yo contenía la respiración. Lo probó. Hizo un ruido con la boca, como sorbiendo aire. Se quedó callado un minuto eterno. —Es joven —dijo finalmente—. Le falta botella. Es un poco agresivo. Mi corazón se hundió. —Pero… —añadió, sonriendo—. Tiene carácter. Tiene notas de tierra, de mora, de… sufrimiento, si es que eso se puede saborear. Es un vino honesto. Si lo deja madurar seis meses más, se lo compro todo. —¿Todo? —pregunté con un hilo de voz. —Las 300 botellas. A 150 pesos cada una. Quiero la exclusividad de esta primera añada.

Cuarenta y cinco mil pesos. Casi me desmayo ahí mismo. Cuarenta y cinco mil pesos era más dinero del que yo había tenido en mis manos en toda mi vida junta. —Haremos trato en seis meses, entonces —dije, tratando de sonar profesional, aunque por dentro estaba bailando cumbia.

Esa noche no pude dormir. Salí al porche. Ya tenía puerta nueva. Habíamos pintado la fachada de un color terracota cálido. Teníamos luz eléctrica (contraté el servicio hace tres meses). Miré mis manos. Estaban callosas, rasposas, con las uñas cortas y manchadas. Pero eran manos hermosas. Manos que construían.

Al día siguiente, llegó el cartero en su moto. —Correo para la señora Elena Fernández. Era un sobre grande, membretado. De un despacho de abogados. Sabía qué era antes de abrirlo. Los papeles del divorcio. Rogelio pedía la disolución del vínculo matrimonial. “Divorcio incausado”. Y una nota, escrita con su letra apresurada y egoísta en un post-it amarillo pegado al frente: “Firma rápido. Me caso con Camila en dos meses. No pido nada del rancho, quédatelo con tu miseria. Solo firma”.

Leí la nota y solté una carcajada. Una risa que salió desde el fondo de mi vientre y espantó a las gallinas. —”Quédatelo con tu miseria” —leí en voz alta. Levanté la vista y vi mi “miseria”. Vi a mis empleados, María y Pedro, riendo mientras etiquetaban frascos. Vi a mis hijos corriendo hacia el transporte escolar con sus mochilas nuevas y zapatos limpios. Vi las doce hectáreas verdes (porque ya había rentado terreno vecino para plantar más). Vi la bodega ampliándose. Vi mi camioneta estacionada, una pick-up usada pero potente que yo misma manejaba.

No sentí dolor. No sentí la punzada en el corazón que sentí cuando se fue. Sentí lástima. Pobre Rogelio. Se iba a casar con una mujer que lo quería por su dinero (el poco que le quedaba, porque supe que andaba mal de lana), mientras dejaba ir a la mujer que había sido capaz de levantar un imperio de las cenizas. Firmé los papeles ahí mismo, sobre el cofre de mi camioneta. Sin coraje. Sin lágrimas. Con la indiferencia absoluta de quien cierra un libro aburrido.

—Adiós, Rogelio —dije, metiendo el sobre en el buzón de salida—. Gracias por la patada. Fue el impulso que necesitaba para volar.

Seis meses después, embotellamos el “Renacer”. Hicimos una etiqueta elegante, negra con letras doradas. “Vino Tinto Renacer. Valle de San Rafael. Cosecha Limitada”. Y atrás, en letras chiquitas, la historia: “De las raíces que parecían muertas, brota el vino más fuerte. Este vino es prueba de que siempre se puede volver a empezar”.

El día de la presentación oficial, vinieron los del periódico local. Vino Gabriel Montes desde la capital. Vino el alcalde del pueblo (ese mismo que nunca me quiso recibir cuando pedí ayuda al principio). Me puse un vestido bonito, sencillo, y me solté el pelo. Doña Marta lloraba en primera fila. Don Arsenio, con su sombrero de gala, parecía un pavorreal de orgullo.

Tomé el micrófono. Me temblaban las manos, pero ya no de miedo, sino de emoción. Miré a Valentina y a Tomasito. Valentina, con 10 años, ya decía que quería ser enóloga. Tomasito, con 7, le explicaba a los invitados la diferencia entre un Malbec y un Cabernet.

—Hace tres años —empecé, y mi voz resonó en la bodega nueva—, llegué aquí con cincuenta pesos en la bolsa y el alma rota. Me dijeron que esta tierra no valía nada. Me dijeron que yo no valía nada. Hice una pausa. Busqué la mirada de mis hijos. —Pero la tierra me enseñó algo. Me enseñó que el valor no te lo da nadie. El valor lo traes adentro. Como las raíces. Y cuando te quitan todo lo que sobra, cuando te podan hasta dejarte en el hueso… es cuando realmente creces. Levanté mi copa. —Salud por los que se fueron, porque nos hicieron espacio. Y salud por los que nos quedamos a pelear.

Todos aplaudieron. Bebieron mi vino. Y vi sus caras de sorpresa y placer. Era bueno. De verdad era bueno. Tenía sabor a victoria.

Esa noche, cuando todo terminó y me quedé sola limpiando las copas, escuché un ruido afuera. Un motor. Salí al porche. Una camioneta vieja, ruidosa y golpeada se detuvo en la entrada. No era la Toyota del año de Rogelio. Era una carcacha. Se bajó un hombre. Flaco. Desaliñado. Con la barba crecida y la ropa sucia. Caminó hacia la luz del porche arrastrando los pies. Me acerqué, frunciendo el ceño. —¿Sí? ¿Qué se le ofrece? Ya está cerrado.

El hombre levantó la cara. Y sentí un golpe en el estómago. No de amor, sino de shock. Esos ojos. Esa boca. Era Rogelio. Pero no el Rogelio altivo y perfumado. Era un espectro. Parecía diez años mayor. Olía a alcohol barato y a fracaso. —Elena… —su voz era ronca, quebrada—. Elena, mi amor.

Me crucé de brazos. Sentí el poder de mis botas bien plantadas en mi tierra. En MI tierra. —Aquí no hay ningún “tu amor”, Rogelio. Aquí vive la dueña de Viñedos Renacer.

Él miró a su alrededor. Miró la casa bonita, el letrero iluminado, la camioneta, las hectáreas productivas. Se le llenaron los ojos de lágrimas. —Me dijeron… me dijeron que te había ido bien. —Te dijeron bien. —Elena… Camila me dejó. Me quitó todo. Perdí el trabajo. No tengo a dónde ir.

Dio un paso hacia mí, intentando dar lástima. Intentando usar esa vieja manipulación que antes funcionaba tan bien conmigo. —Pensé… pensé que por los viejos tiempos. Por nuestros hijos. Necesito ayuda, Elena. Aunque sea un trabajo. De lo que sea. De peón. Sé que necesitas gente.

Lo miré. Miré al hombre que me tiró 50 pesos al polvo. Miré al hombre que dejó a sus hijos sin leche. Miré al hombre que me llamó inútil.

Metí la mano a la bolsa de mi delantal. Saqué un billete. Un billete de 50 pesos. Caminé hacia él. Él extendió la mano, esperanzado, creyendo que había ganado, que la tonta enamorada seguía ahí. Le puse el billete en la mano. —Cincuenta pesos, Rogelio. Eso fue lo que me dejaste para construir un futuro. Él miró el billete, confundido. —Elena… —Úsalos bien —le dije, repitiendo sus mismas palabras—. Tómate un camión y vete lejos. Porque en este rancho, lo único muerto que queda… es tu recuerdo.

Me di la vuelta y entré a mi casa. Cerré la puerta nueva, sólida, de roble fuerte. Escuché sus pasos alejarse. Escuché el motor de su carcacha toser y perderse en la noche. Fui a la cama de mis hijos. Les di un beso en la frente. —Descansen, mis amores. Mañana hay que cosechar. Y dormí. Dormí como nunca había dormido en mi vida. Profundamente. En paz. Completa.

PARTE FINAL: LA COSECHA DE UNA VIDA: EL LEGADO DE LA PATRONA

El silencio que dejó la carcacha de Rogelio al perderse en la oscuridad no se sintió vacío. Al contrario, se sintió lleno. Lleno de grillos cantando, lleno del viento moviendo las hojas de mis vides, lleno del latido tranquilo de mi propio corazón. Me quedé un rato más en el porche, con la mano todavía cerrada en un puño, sintiendo el fantasma de ese billete de cincuenta pesos que acababa de devolver.

Ese momento marcó el final de la supervivencia y el inicio del imperio. Esa noche, Elena la abandonada murió definitivamente, y terminó de nacer Elena, la Patrona de Renacer.

A la mañana siguiente, no hubo tiempo para la cruda moral. El campo no espera a nadie, y el éxito, mucho menos. Gabriel Montes cumplió su palabra, y vaya que la cumplió. Las 300 botellas de nuestra primera edición “Renacer” se vendieron en la Ciudad de México en menos de dos semanas. Me contó por teléfono, con una emoción que casi le hacía gritar, que en los restaurantes de Polanco se peleaban por tener una botella. No solo porque el vino era bueno —tenía cuerpo, tenía alma—, sino porque la historia de “la mujer que revivió el viñedo muerto” se había convertido en una leyenda urbana entre los sibaritas.

—Quieren conocerte, Elena —me dijo Gabriel—. Quieren ver a la mujer detrás del milagro.

—Que vengan —le contesté, mientras limpiaba una barrica—. Pero que traigan botas, porque aquí se viene a pisar tierra, no a modelar.

El Despegue y la Lucha

Los siguientes cinco años pasaron como un torbellino. Si alguien piensa que después de ese primer éxito todo fue sentarse a beber vino y contar billetes, está muy equivocado. El éxito trae problemas nuevos, problemas “de ricos”, como decía Doña Marta, pero problemas al fin.

El primero fue la envidia. En San Rafael, cuando eras la “pobrecita dejada”, todos te ayudaban. Pero cuando empezaron a ver que cambié mi camioneta usada por una nueva de doble tracción, que pavimenté el camino de entrada al rancho y que mis hijos traían ropa de marca, las miradas cambiaron. Ya no era “mírala, qué luchona”, ahora era “¿pues qué estará haciendo esa mujer para ganar tanto?”. Los chismes de pueblo son más venenosos que la plaga de la filoxera. Decían que tenía un “sugar daddy” en la capital (refiriéndose a Gabriel), decían que lavaba dinero.

Yo dejé que hablaran. Mi respuesta siempre fue el trabajo. Expandimos el viñedo. Compré, peso sobre peso y hectárea por hectárea, los terrenos colindantes que también estaban semi-abandonados. Mis vecinos, esos mismos que antes se burlaban de las “varas secas”, ahora venían a pedirme consejo o a ofrecerme sus tierras.

—Doña Elena, tengo unas parcelitas ahí que nomás me dan pena… ¿no las quiere? —Se las compro a precio justo, Don Pancho. Ni un peso más, ni un peso menos.

Llegamos a tener cuarenta hectáreas productivas. El “Rancho Renacer” dejó de ser un puntito verde en el mapa para convertirse en el pulmón económico de la región. La bodega original, esa donde guardé mis primeras barricas viejas, se convirtió en un museo pequeño. Construimos una nave industrial moderna, con tanques de acero inoxidable que brillaban como naves espaciales, control de temperatura computarizado y un laboratorio de análisis.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Al cuarto año, nos cayó una granizada. Fue en julio, justo cuando las uvas estaban empezando a madurar. El cielo se puso negro a las tres de la tarde. El aire olía a hielo y a electricidad. —¡Viene el granizo! —gritó Pedro, que ya andaba arrastrando los pies por la edad, pero tenía el ojo más afilado que nunca.

Corrimos. Dios mío, cómo corrimos. Yo, mis hijos, los treinta empleados que ya tenía para entonces. Teníamos mallas antigranizo en la sección nueva, pero la sección vieja, la de las vides originales, estaba expuesta. Fue una batalla contra el cielo. Mientras las bolas de hielo del tamaño de canicas golpeaban el suelo y nos magullaban los brazos, tratábamos de cubrir lo que podíamos. Lloré de rabia bajo la tormenta. Sentía que el cielo me estaba castigando por soberbia. —¡No te las vas a llevar! —le gritaba a las nubes—. ¡Son mías!

Perdimos el 40% de la cosecha ese año. Al día siguiente, caminando entre las hojas rotas y las uvas machacadas en el suelo, sentí que volvía al día uno. Pero entonces vi a Tomás. Tenía ya doce años. Estaba con una pala, quitando el hielo acumulado al pie de los troncos. —¿Qué haces, hijo? —le pregunté, con el ánimo por los suelos. —Ayudando a que respiren, amá. Don Arsenio decía que el hielo quema, pero el agua nutre. Si quitamos el hielo rápido, la raíz chupa el agua y se pone fuerte para el otro año. No se agüite, jefa. El año que entra sacamos el doble.

Ese “no se agüite, jefa” me levantó más que cualquier préstamo bancario. Mis hijos ya no eran niños asustados; eran gente de campo. Eran guerreros.

La Madurez de los Frutos

Valentina cumplió 18 años y se fue. Fue el día más agridulce de mi vida. La aceptaron en la Universidad de Enología en Mendoza, Argentina. Quería aprender de los mejores del Malbec para traer ese conocimiento a nuestra tierra mexicana. La despedí en el aeropuerto de la Ciudad de México. Se veía tan grande, tan segura de sí misma, con su pasaporte en la mano y esa mirada desafiante que había heredado de mí. —Voy a volver, mamá. Voy a hacer que Renacer sea el mejor vino del mundo. —Ya lo es, mi vida. Porque está hecho con amor. Pero ve, aprende, cómete el mundo y tráeme las semillas.

Me quedé con Tomás, que resultó ser un genio para las máquinas. A los quince años ya desarmaba los tractores y los volvía a armar mejorados. —Este sistema de riego es ineficiente, mamá —me decía, con planos dibujados en servilletas—. Si ponemos sensores de humedad aquí y allá, ahorramos un 30% de agua y la uva concentra más azúcar. Le di rienda suelta. Y tenía razón. La tecnología de Tomás y la pasión de Valentina (que mandaba cartas y correos llenos de ideas locas desde Argentina) elevaron nuestro vino a otra categoría.

Empezamos a ganar premios. Primero, una medalla de plata en un concurso nacional en Aguascalientes. Luego, una medalla de oro en el “Concours Mondial de Bruxelles”, edición México. Y finalmente, el gran bombazo: 96 puntos en una revista internacional de vinos. “Viñedos Renacer: La joya oculta del norte de México”.

Ese artículo cambió nuestra demografía. Ya no solo venían turistas de paso. Empezaron a llegar autobuses llenos de extranjeros. Gringos, canadienses, franceses. Querían probar el vino, querían comprar las mermeladas (que seguíamos haciendo, ahora como una línea gourmet de lujo), y querían comer.

—Mamá, hay que abrir un restaurante —dijo Valentina cuando regresó, graduada con honores y con un novio argentino enólogo que se vino con ella (un buen muchacho, trabajador, no como su padre). —Hija, zapatero a tus zapatos. Nosotros hacemos vino. —No, mamá. Vendemos una experiencia. La gente quiere comer lo que huele aquí. Quieren tus recetas. El mole, el asado, las salsas de mermelada.

Y así nació “La Raíz”. Construimos un restaurante hermoso, con ventanales gigantes que daban a los viñedos, vigas de madera y adobe aparente. Nada de manteles largos y meseros de esmoquin. Mesas de madera maciza, platos de barro de alta temperatura, comida mexicana de verdad, pero elevada. El platillo estrella: “Pechuga de pato en salsa de zarzamora Renacer”. La gente hacía reservaciones con tres meses de anticipación.

El Fantasma que se Desvanece

Pasaron diez años. Luego quince. La vida tiene una forma curiosa de cerrar círculos. Yo estaba en mi oficina, revisando las exportaciones a Japón (sí, a Japón), cuando sonó mi teléfono personal. Era un número desconocido. —¿Bueno? —¿Sra. Elena Fernández? —Sí, ella habla. —Hablo del Hospital General de Tijuana. Tenemos a un paciente aquí… Rogelio Méndez. Está en fase terminal. Cáncer de hígado. Nos dio este número como único contacto.

El silencio en la línea pesaba. Cáncer de hígado. El alcohol. La ironía de la vida: yo me hice rica fermentando alcohol, y a él el alcohol lo estaba matando. —¿Y qué quiere que haga? —pregunté, fría. —Señora, el señor se está muriendo. No tiene a nadie. Está como indigente. Pregunta si sus hijos…

Colgué. Me quedé mirando el teléfono. Sentí una náusea terrible. Llamé a Valentina y a Tomás, que ahora eran el Gerente de Operaciones y el Ingeniero en Jefe del viñedo. Les conté. Tomás, que ya era un hombre barbado y fuerte, apretó los puños. —No tengo nada que decirle a ese señor. Él murió para mí el día que te hizo llorar por hambre. Valentina, siempre más analítica, pero con el corazón más suave, dudó. —¿Tú vas a ir, mamá? —No —dije sin dudar—. Yo no tengo nada que ver con él. Mi duelo lo viví hace veinte años. —Yo tampoco quiero ir —dijo Valentina—. Pero… no quiero que muera como un perro. Mandemos dinero para que lo atiendan, o para el funeral. Por piedad humana, no por amor.

Así lo hicimos. Mandé a un abogado a Tijuana. Pagué una habitación privada para sus últimos días, pagué medicinas para el dolor y dejé pagado el servicio de cremación. No fui. Mis hijos no fueron. El abogado me contó después que Rogelio lloró cuando supo que yo había pagado. —Dígale que ella ganó —fueron sus últimas palabras—. Dígale que siempre tuvo razón.

Cuando me entregaron la urna con sus cenizas (porque nadie más las reclamó), no las guardé. Tampoco las tiré al viñedo; mi tierra es sagrada y no quería su energía aquí. Fui a la carretera, a ese punto exacto donde nos bajó de la camioneta hace tantos años. Donde empezó todo. El lugar había cambiado. Ahora la carretera estaba pavimentada y había un letrero enorme y elegante que decía: “BIENVENIDOS A LA RUTA DEL VINO – VIÑEDOS RENACER A 5 KM”. Me paré en el acotamiento. Abrí la urna. El viento soplaba fuerte. —Aquí nos dejaste —dije al aire—. Y aquí te dejo yo. No por odio, Rogelio. Sino porque ya no pesas. Ya no eres nada. Ni siquiera un recuerdo doloroso. Eres polvo.

Esparcí las cenizas y el viento se las llevó en segundos. Me sacudí las manos, me subí a mi camioneta del año y regresé a mi imperio.

El Legado: Más allá del Dinero

Hoy tengo sesenta años. El espejo me devuelve una imagen muy distinta a la mujer demacrada de 34 años. Tengo arrugas, sí. Tengo el pelo gris, que llevo con orgullo, suelto o en una trenza elegante. Mis manos siguen teniendo callos, porque aunque soy la dueña, nunca dejé de tocar mis plantas. “El ojo del amo engorda el caballo”, y la mano de la patrona endulza la uva.

Doña Marta falleció hace cinco años. Fue un golpe duro. Le hicimos el funeral más grande que ha visto el pueblo. Cerré el viñedo dos días por luto. Ella fue la primera que creyó en mí. Su tienda, “La Esperanza”, sigue abierta, ahora manejada por sus nietos, y sigue siendo el único lugar del pueblo donde vendo mis mermeladas “edición especial” a precio de pueblo, para que la gente de aquí nunca olvide que son parte de esto.

Gabriel Montes y yo… bueno, eso es otra historia. Nunca nos casamos. Él me pidió matrimonio dos veces. La primera vez le dije: “Gabriel, acabo de salir de una jaula, no quiero meterme en otra, aunque sea de oro”. La segunda vez, años después, le dije: “Te quiero mucho, viejo. Eres mi compañero, mi socio, mi mejor amigo. Vivamos juntos, viajemos, bebamos vino. Pero mi apellido es Fernández. Y mi dueña soy yo”. Y así seguimos. Juntos, pero libres. Él entendió que una mujer que se reconstruye a sí misma nunca vuelve a entregar los planos de su arquitectura a nadie más.

Mis hijos… mis hijos son mi mayor cosecha. Valentina es una enóloga reconocida mundialmente. Tiene dos hijos, mis nietos, que corren por las mismas hileras de vides donde su madre corría por miedo, pero ellos corren por alegría. Tomás se casó con una chica del pueblo, hija de uno de mis primeros trabajadores. Es un hombre bueno, justo. Los empleados lo adoran porque sabe lo que es tener hambre y sabe lo que es trabajar de sol a sol.

El rancho “Renacer” es un modelo de sustentabilidad. Tenemos paneles solares, reciclan el agua, apoyamos a la escuela rural (que ahora tiene computadoras y aire acondicionado gracias a nosotros), y becamos a los hijos de los trabajadores para que vayan a la universidad.

Hace poco, me invitaron a dar una plática TED en la Ciudad de México. El escenario era imponente. Luces, cámaras, miles de personas. Jóvenes emprendedores, mujeres buscando inspiración. Me paré en el círculo rojo. No llevaba traje sastre. Llevaba unos jeans oscuros, una camisa blanca de lino y mis botas de trabajo bien lustradas.

Proyectaron la foto de la casa en ruinas. Se oyó un murmullo en la sala. Luego proyectaron la foto actual: la mansión estilo hacienda, el restaurante lleno de luz, las hectáreas infinitas de verde.

—Mucha gente me pregunta cuál fue mi secreto —dije al micrófono—. Me preguntan qué estrategia de negocios usé, qué estudio de mercado hice. Saqué de mi bolsillo un billete de cincuenta pesos. Lo levanté para que todos lo vieran. —Este fue mi capital semilla —dije. La gente se rio, pensando que era una broma—. No se rían. Es en serio. Mi ex marido me tiró cincuenta pesos al polvo y me dijo que eso valía. Que yo era una inútil.

Hice una pausa. El silencio era absoluto.

—El secreto no es el dinero. El secreto no es la tierra, ni siquiera es el clima. El secreto es el hambre. Y no hablo solo de hambre de comida, aunque también la tuve. Hablo de hambre de dignidad. Caminé por el escenario. —Cuando te quitan todo, te quitan también el miedo. Y una mujer sin miedo es lo más peligroso y poderoso que existe en la naturaleza. Ustedes ven un imperio de vino. Yo veo la respuesta a una pregunta que me hicieron hace veinticinco años: “¿Qué vas a hacer, inútil?”. Sonreí a la cámara. —Hice historia. Eso hice.

La ovación duró cinco minutos. Pero los aplausos no me llenan tanto como lo que hago cada tarde.

El Atardecer de la Patrona

Es domingo. El restaurante está lleno, se escucha el tintineo de las copas y las risas de los comensales. La tienda está vendiendo cajas y cajas de vino. Yo estoy en mi lugar favorito. En el porche de mi casa, esa casa que alguna vez tuvo techo de lámina agujerada y ahora tiene tejas y vigas de roble. Estoy sentada en mi mecedora. En mis piernas tengo a mi nieta más pequeña, Sofía, de cuatro años. —Abuela, cuéntame el cuento —me pide, con los ojos grandes y negros, iguales a los míos. —¿Cuál cuento, mi vida? ¿El de la princesa? —No. El de la bruja que hacía magia con humo y convertía las piedras en mermelada.

Sonrío y le acaricio el pelo. —Bueno… Había una vez una tierra muy seca, muy triste, que lloraba polvo… Mientras le cuento la historia, veo hacia el viñedo. El sol se está poniendo, pintando el cielo de naranja y violeta, colores de uva y fuego. Veo a Pedro, ya jubilado pero que viene de visita, platicando con los guardias en la entrada. Veo a Tomás revisando una bomba de agua. Veo a Valentina catando una barrica nueva con Gabriel.

Y veo, entre las sombras de las vides, a la Elena de hace años. La veo flaca, sucia, asustada, cargando cubetas de agua. Le hago un guiño mental. “Lo logramos, chamaca. No te rajaste”.

Tomo mi copa de “Renacer Gran Reserva”. El vino es espeso, oscuro, complejo. Huele a zarzamora, a tabaco, a chocolate y a tierra mojada. Lo pruebo. Sabe a todo lo que pasé. Sabe a las lágrimas de la primera noche. Sabe al sudor de la primera cosecha. Sabe a la sangre de los dedos espinados. Pero, sobre todo, sabe dulce. Ese dulzor profundo que solo queda cuando la fruta ha madurado lo suficiente bajo el sol y la tormenta.

Rogelio tenía razón en una cosa: ese lugar era todo lo que yo merecía. Merecía la oportunidad de demostrarme quién soy. Merecía ser la reina de mi propio reino. Merecía esta paz que ahora me envuelve mientras el sol se esconde y las luces de mi viñedo se encienden, una a una, como estrellas que bajaron del cielo para vivir en mi tierra.

—Y colorín colorado… —le digo a Sofía. —Este cuento no se ha acabado —completa ella, porque siempre se lo digo así. —No, mi amor. No se ha acabado. Porque tú eres la siguiente semilla.

Beso su frente. El aire huele a vino y a jazmín. Soy Elena Fernández. Llegué con 50 pesos. Y hoy, soy dueña del horizonte.

FIN

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