
—Si no puedes cuidarlo un solo día, Fernanda, olvídate de que adoptemos algo alguna vez. Ni un pez dorado —me dijo Pedro, con esa mirada de decepción que ya me sé de memoria.
La sentencia estaba dictada. Él cambió mi horario a propósito para ponerme a prueba. Se suponía que yo debía demostrar que soy una mujer responsable, capaz, adulta. Pero cuando vi a “Magic”, sentí que el alma se me iba a los pies. No es un perro, gente. Es un caballo disfrazado de Dálmata gigante. El dueño me dijo que pesaba el equivalente a 56,000 cartas de Pokémon, pero yo solo veía 80 kilos de fuerza bruta listos para arrastrarme por toda la colonia.
—Hola, bebé… —le dije, intentando que no me temblara la voz, mientras él me miraba desde arriba como si yo fuera el bocadillo.
Todo empezó mal. Se supone que es un perro de exhibición, un “Gran Campeón”. Me explicaron que debía caminar a su izquierda para que el juez lo viera, todo muy elegante, muy “fifi”. Intenté hacerlo. Le dije: “Vamos, Magic”, tratando de ser majestuosa. Pero en el momento en que intenté dar la vuelta, me enredé con mis propios pies. Mi gato no hace estas cosas, mi vida no es así de complicada. La dueña me miraba. Yo sentía la vergüenza quemándome la nuca.
Y luego, el pánico real. Una patrulla de policía se detuvo en seco junto a nosotros. Las luces, el freno… mi corazón se paró. Pensé: “¿Ya estoy en problemas? ¿Qué hice?”. Pero los oficiales solo bajaron la ventana sonriendo, hipnotizados por la bestia. Solo querían saludarlo. Imagínense ser tan guapo que la policía para el tráfico solo para verte. Yo, en cambio, estaba sudando frío, sintiéndome diminuta al lado de esa celebridad canina.
Pero la verdadera tragedia, el momento donde casi me rindo y me tiro a llorar en la banqueta, fue intentar meter a ese gigante en mi coche.
—Señor, ¿aceptará mi regalo? —le rogué, ofreciéndole un premio con la mano temblando.
Magic me miró, soltó un hilo de baba espesa que parecía pegamento industrial, y se quedó plantado como una estatua de mármol. No iba a subir. Simplemente no. Tuvimos que sacar una rampa. ¡Una rampa para un perro!. Nunca en mi vida había visto algo así. Me sentí inútil, una ex enfermera que no podía ni coordinar una subida al coche.
Estaba ahí, empujando el trasero de un perro del tamaño de un humano, pensando en que Pedro tenía razón. No sirvo para esto. El miedo al fracaso pesaba más que el perro. Y entonces, Magic me miró y por un segundo, solo un segundo, pareció sonreír.
¿LO LOGRÉ SUBIR O ME QUEDÉ TIRADA EN LA CALLE LLORANDO DE FRUSTRACIÓN?
Parte 2: El Gigante, El Baño y La Rosa de Guadalupe
Capítulo 1: Un Café para la Bestia
Lograr subir a Magic al coche fue una victoria pírrica. Mis brazos temblaban como gelatina y mi dignidad estaba un poco magullada, pero ahí estábamos: yo al volante y una bestia de 80 kilos respirando en mi nuca. El coche, mi pequeño santuario de limpieza, de repente se sentía diminuto. Miré por el retrovisor y vi esa enorme cabeza ocupando todo el espacio visual. La baba… Dios mío, la baba. Era como si hubiera invitado a un alienígena a mi asiento trasero.
—Bueno, Magic, ya que te portaste “decentemente” al subir, creo que te mereces algo —le dije, tratando de sonar segura, aunque por dentro rezaba para que no decidiera saltar al asiento delantero y aplastarme.
Conduje hasta el autoservicio de la cafetería más cercana. Necesitaba un café fuerte para calmar mis nervios, pero Magic necesitaba azúcar, o lo que sea que calme a los caballos disfrazados de perros.
—Hola, ¿cómo estás? —le dije a la chica de la ventanilla, quien abrió los ojos como platos al ver al pasajero. —¿Qué te puedo dar? —preguntó ella, sin dejar de mirar al fondo. —¿Me podrías dar un “pup cup” (vasito de crema batida) para mi perro? —pedí humildemente.
Pero entonces, la realidad me golpeó. Un vasito normal para Magic sería como darle un cacahuate a un elefante. —Oye, tengo una duda… este perro pesa como 70 u 80 kilos. Así que, tal vez… ¿podría tener uno más grande? Vamos a ir a lo grande —le dije, sacando mi lado norteño, ese que dice “si lo vamos a hacer, lo hacemos bien”.
La chica sonrió, contagiada por la locura de la situación. —Me gusta tu actitud. Vamos a lo grande. Me entregó un vaso que normalmente usaría un humano para un frapuccino venti. —¡Ay, mi Lanta! Muchas gracias, reina, ten un día bendecido —le dije, sintiéndome la mejor madre perruna del mundo.
Me giré hacia Magic. —Te amo con todo mi corazón. Eres el mejor perro del mundo entero, y el mejor perro del mundo necesita un tamaño venti —le susurré. Él me miró con esos ojos profundos y nobles, y por un segundo, olvidé el miedo.
Le ofrecí el vaso pequeño primero, solo para jugar, pero él lo ignoró. Sabía lo que quería. Le di el grande. —Ese es un pup cup tamaño Magic —dije mientras él devoraba la crema batida en dos lengüetazos gigantescos.
La adrenalina bajó un poco. Estábamos conectando. Magic estaba feliz, con el hocico lleno de crema, y yo sentía que tal vez, solo tal vez, Pedro se equivocaba. Tal vez yo sí podía con esto. Pero claro, la vida siempre te tiene preparada una curva, y la mía venía en forma de una sesión de fotos.
Capítulo 2: La Pesadilla de la Moda Hawaiana
Decidí que si iba a cuidar a este perro, no solo iba a mantenerlo vivo; iba a inmortalizar el momento. Necesitábamos recuerdos. Y como buena mexicana dramática, no me bastaba una selfie borrosa. Necesitaba una producción.
—Tengo una idea perfecta para que guardemos estos recuerdos para siempre: ¡Es hora de una sesión de fotos! —anuncié al universo.
Llamé a mi amigo y estilista, Álex. Si alguien podía hacer que un perro gigante se viera elegante, era él. —Obviamente, necesitamos ropa combinada —le dije a Álex cuando llegó. Álex miró a Magic y su cara fue un poema. —Hola, conoce a tu cliente —le presenté. —Es… un poco más grande de lo que pensaba —dijo Álex, tragando saliva. Pero como buen profesional, añadió—: Pero está bien. Vengo preparado con múltiples opciones.
Álex sacó una camisa. —Esta es una 5XL para perros —dijo, mostrándome una carpa de circo con estampado de flores. Intentamos ponérsela. Y aquí es donde la tragedia comenzó. —Tiene que entrar por su pata —dije, forcejeando suavemente. Magic nos miró como diciendo: “No, no, no. A mí no me van a humillar así”. —¡No! ¡Magic! Sé que eres lindo, mírame… —supliqué.
En un movimiento digno de Houdini, Magic se zafó de la camisa, empujó la puerta del probador improvisado y salió caminando con una dignidad que yo ya había perdido hacía horas. —Ay Dios, se está escapando del probador. ¡Adiós! Que te la pases bien —grité, riendo por no llorar. —Ese fue un momento mágico… Hemos perdido al perro —dijo Álex, derrotado.
Me quedé ahí parada, con la camisa 5XL en las manos, pensando en Pedro. —Estoy tratando de probarle a él que puedo cuidar a un perro —pensé en voz alta—. Y no sé qué va a pensar de mí con esto… Mejor no le enseñemos el video de Magic escapando.
Recuperamos a Magic (con sobornos de comida, obviamente) y cambiamos la estrategia. —Olvidemos la camisa, vamos con un paliacate (bandana) —sugirió Álex. Magic se sentó. Parecía aceptar el trato: menos tela, más dignidad. —Ahí está. Tiene flores. Álex, ponle sus accesorios —ordené mientras distraía a la bestia con premios.
Finalmente, logramos vestirlo. Yo me puse mi conjunto hawaiano a juego. —Me siento hawaiana —dije, haciendo un pequeño baile ridículo. Magic, al sentir las vibras tropicales (o tal vez al ver más comida), regresó a nosotros por voluntad propia. —Sintió las vibras y dijo: “tengo que ir a verte” —celebré. Nos veíamos ridículos, pero nos veíamos ridículos juntos. Y eso, amigos, es amor.
Capítulo 3: Fiebre de Sábado por la Noche (y Caos)
Si creían que Hawai fue difícil, esperen a ver la fase Disco. —¡Ta-da! —exclamé, saliendo con un traje brillante—. Magic y yo estamos listos para la disco.
La idea era que Magic, siendo un perro de exhibición premiado, “baila” o trota con elegancia. —Voy a ver si logro que lo haga, pero ahorita está ubicado en el suelo —dije, viendo cómo el perro se convertía en una alfombra gigante.
Pero faltaba el toque final. —Tengo una cosa más para completar este atuendo: ¡Una cabeza de bola de disco! —anuncié, sacando una peluca plateada brillante. Se la pusimos. Magic se veía como una estrella de rock de los 70s después de una mala noche. —¡Eso es! ¡Vamos, Magic! —lo animé a caminar. Pero la peluca se le bajó a los ojos. El pobre animal no veía nada. —¡Corre por tu vida! ¡No choques con nada! —grité, persiguiéndolo mientras él trotaba a ciegas por el set. —No sé si puede ver muy bien con eso… —admití. Fue un desastre. Un hermoso y brillante desastre.
Después del caos disco y un breve paso por el estilo “Vaquero” (donde conocimos a Robin, la fotógrafa de “Hot Dog Photography”, un nombre genial, por cierto ), llegamos al momento cumbre: El tema de gala. El estilo “The Bachelor”.
Nos vestimos elegantes. Magic con corbata de moño y sombrero de copa (que se le caía a cada rato ), y yo con un vestido de noche. —Magic, ¿aceptarás esta rosa? —le pregunté, sosteniendo una rosa roja frente a su hocico. Me sentía en el final de una telenovela. —Él debería ser el próximo Bachelor —dije a la cámara.
Robin, la fotógrafa, me dirigía. —Bri (Fernanda), creo que deberías arrodillarte y darle a Magic esa rosa —sugirió. Me arrodillé. El suelo estaba duro, mis rodillas crujieron, pero el momento lo valía. —Estoy en una película de Disney ahora mismo —susurré.
Magic me miró. Olfateó la rosa. Probablemente pensó que era comida. —¿Quieres que sostenga el premio? —preguntó Robin, ayudándome a que el perro mirara a la cámara. —¡Mírame, Magic! ¡Magic! —grité con voz aguda, tratando de sonar atractiva para un perro.
Finalmente, logramos la foto. Yo ofreciéndole la rosa, él mirándome con una mezcla de amor y hambre. —Bien hecho, chicos. Esto es genial —dijo Robin. Me levanté, sacudiéndome el polvo del vestido. —¿Crees que después de ver mi interacción, podría cuidarlo por el resto del día yo sola? —le pregunté a Robin, buscando validación desesperadamente. —Absolutamente. Solo necesita muchos abrazos y muchos premios —respondió ella. —Igual que yo —pensé.
Capítulo 5: La Familia Juzgona y los Perros Diminutos
La sesión de fotos fue mi momento de gloria, mi fantasía. Pero ahora tocaba la realidad. La hora de la verdad. —Ok, seamos realistas. Esto fue como tiempo de juego para mí. Me pude disfrazar. Él también. Pero ahora es tiempo de juego para Magic —dije, volviendo a la tierra.
Había invitado a mi familia. Y con mi familia venían sus perros: Daisy y Poppy. Y mi cuñada, Everett. —No solo estamos presentando a Daisy y Poppy con Magic, también tenemos a mi hermosa cuñada aquí —dije, tratando de sonar optimista.
Daisy y Poppy son perros normales. Al lado de Magic, parecían hámsters. —¡Hola, amigo! —saludó Everett a Magic. —¿Crees que podría cuidarlo yo sola? —le solté la pregunta del millón. Everett no dudó. Ni un segundo. —Bueno… ni de chiste —dijo ella, riéndose en mi cara. —¡Oye! —protesté. —No, escucha. Se me acaba el patio. No creo… —empezó a decir un familiar de fondo.
Pero Everett, apiadándose de mi alma, corrigió: —No, creo que sí podrías porque lidiás con Preston (mi esposo) todo el día, todos los días. Si puedes con él, puedes con un perro —dijo. —Aprecio eso. Es como la misma cosa. Eloise (mi gata) y un perro —dije. —Vas a tener que escoger uno —me advirtió ella.
La tensión estaba en el aire. Mis familiares miraban a Magic con una mezcla de asombro y terror por sus muebles. Magic, por su parte, miraba a los perros pequeños como si fueran juguetes chillones que no debía morder. Fue un ejercicio de diplomacia interespecie.
Capítulo 6: El Baño del Terror
Si creían que vestirlo fue difícil, báñenlo. —El siguiente punto en nuestra agenda es la hora del baño —anuncié, sintiendo un nudo en el estómago. No tengo idea de qué esperar. Mis gatos se bañan solos. Se lamen y ya. Fin de la historia. —Tengo una peluquera para mi gata. No hago esto —admití.
Scott, uno de los dueños, me advirtió: —Te vas a empapar. Y no mentía. Salimos al patio. Había una manguera. Había un perro gigante. Y había una yo, totalmente inexperta. —Así que, amigo, vas a tener que enseñarme cómo bañarte —le dije a Magic. —¡Hay un pollo suelto aquí atrás en algún lado! —gritó alguien, añadiendo caos al caos.
Abrí la manguera. —Magic, ¡arriba! ¡Entra aquí, por favor! —ordené. Sorprendentemente, él entró. Es tan dulce. Pero entonces… el agua. —¡Ooh! Creo que me estoy divirtiendo —dije al principio, mojándolo.
Pero Magic decidió que el agua no era para bañarse, sino para beber. —¡Oh, está tratando de beberla! ¡Bebe el agua! —grité. Y entonces, sacudió la cabeza. Fue como si hubiera explotado una bomba de agua. Litros de agua salieron volando de su pelaje, directo a mi cara, a mi ropa, a mi alma. —¡Oh no! ¡Le pegué en la cara! —grité cuando la manguera se descontroló. —¡No quise hacer eso! —me disculpé.
Terminé empapada, oliendo a perro mojado y con rímel corrido. Magic, por supuesto, se veía impoluto y fresco. —Magic lo hizo genial con su baño —dije, escurriendo mi camisa—. Yo, no tanto.
Capítulo 7: El Corazón de la Bestia
Después del baño, el hambre. Y no cualquier hambre. Hambre de gigante. —Ahora, el perro más grande del mundo ha desarrollado el apetito más grande del mundo —dije, entrando a la cocina.
Me habían dejado su comida favorita. —Tengo el premio favorito de Magic justo frente a mí… Ew, es un corazón de res —dije, sintiendo náuseas. Era un órgano real. Sangriento, viscoso, enorme. —Afortunadamente, tenemos otra cosa. Espero que sea un buen sustituto —dije, buscando una bolsa de premios normales. —No tenemos que comer el corazón ahora. Puedes comerlo más tarde —le sugerí a Magic, tratando de negociar.
Me puse guantes de látex, como si fuera a realizar una cirugía a corazón abierto, literalmente. Pero Magic olió la carne. Se trepó a la encimera. —¡Oh, se está subiendo! ¡Se está subiendo! ¡Estoy muerta! —grité al ver a la bestia de dos patas buscando su presa.
No hubo negociación. Magic quería el corazón. Tuve que dárselo. Verlo devorar ese órgano crudo me recordó que, aunque le ponga disfraces de disco y le dé rosas de “Bachelor”, sigue siendo un animal poderoso. Un depredador. Y yo estaba ahí, alimentándolo con mis manos enguantadas. —Supongo que Magic escogió su premio favorito después de todo. Literalmente me puse guantes para preparar su otra opción, pero no se la voy a quitar —dije resignada. —Está feliz —concluí. Y si él está feliz y no me está comiendo a mí, yo también estoy feliz.
Capítulo 8: El Veredicto Final y el Adiós
Después del festín gore, llegó la calma. —¿Qué nos gusta hacer a todos después de una gran comida? Tomar una siesta —dije, tirándome al suelo con él.
Me habían dicho que era cariñoso. —Escuché que eres muy acurrucable —le susurré. Me acerqué. Su pelaje estaba suave, limpio (gracias a mi baño desastroso). —Es tan suave, oigan. Desearía que pudieran sentirlo. Es como un conejito —dije, abrazándolo. —Ahora voy a acurrucarlo. Siempre he querido abrazar a un perro así. Tengo una almohada de perro —bromeé, acomodándome en su lomo.
En ese momento de paz, con su respiración lenta moviendo mi cabeza, sentí algo. No era miedo, no era estrés. Era paz. Pero Pedro, mi esposo (o Preston, como le dicen), llegó para romper el hechizo. —Hola. Llamaste —dijo él, entrando como el juez supremo. —Lo hice. Ahora necesito probarte que soy capaz de cuidar a un perro. ¿Esa es la cosa? —le reté.
Traté de darle un discurso motivacional. —Mira, tuve muchos perros creciendo. Y cometí muchos errores. Pero una de las cosas más grandes que aprendí es si esta hermosa criatura realmente te escuchará —dije, sonando muy sabia. —Totalmente lo hará —aseguré.
Saqué mi teléfono para mostrarle pruebas. —Espera, déjame agarrar mi teléfono. Olvidé, tengo que mostrarte algo. Porque sabes, Bruce (mi gata) nunca, nunca me escucha. Es una gata —expliqué. —Decidí que para ser una gran “mamá gata”… —empecé a decir.
Pedro me interrumpió en seco. —¿Dijiste “mamá gata”? —preguntó, alzando una ceja. —Estoy acostumbrada a ser mamá gata… —me defendí. —Muy bien, ese es un strike. Un strike —sentenció él. —¡Un strike gigante! —añadió alguien más. —¡Escucha! ¡Mira qué lindo es! Y hasta tiene un juguetito de gato —dije, señalando al perro.
Pedro no se dejó convencer. —Es extremadamente adorable porque es un perro y es malditamente mágico y es enorme. Y el hecho de que incluso dijeras “mamá gata”, ya me muestra dónde están tus prioridades —dijo cruelmente.
Intenté una última maniobra. Los comandos. —Aprendí cómo darle un premio con un comando —dije orgullosa. —Si no hace tu siguiente comando, siento que ese es el strike número tres —advirtió Pedro.
El aire se tensó. Todo dependía de esto. —Ok, solo espera. Magic. Mira. Siéntate, Magic. ¡Siéntate! —ordené. Magic me miró. Parpadeó. Se quedó de pie. —Magic, ¿por qué no te sientas? ¡Siéntate! —insistí, empezando a sudar. —Esto no se ve muy bien —dijo Pedro. —Me han dicho que no soy dominante… —admití en voz baja. —Definitivamente no eres muy dominante —confirmó él.
Finalmente, Magic se sentó, pero fue más por aburrimiento que por obediencia. —¡Oh, eso estuvo bastante bien! —celebré prematuramente.
Pedro empezó a enumerar mis fallos. —¿Puedes contarme más momentos sobre ti y Magic, por favor? Porque lo vi salirse de cámara. Te vi decir que eres una gran mamá gata… —dijo, implacable. En ese momento, Magic pasó caminando junto a mí, ignorándome olímpicamente, y fue directo a saludar a otra persona. —¡No, noten cómo literalmente me hizo un “drive-by” (me ignoró al pasar) y dijo gracias pero no gracias! —grité indignada.
Llegó el momento de la votación final. —Aquí está lo que vamos a hacer. Vamos a contar hasta tres y luego diremos sí, Brianna es capaz de cuidar un perro, o no, no lo es —dijo Pedro. —3, 2, 1… —¡NO! —gritaron todos al unísono.
Mi corazón se rompió un poquito. —Bueno, no soy capaz de adoptar a Magic realmente, pero tal vez algún día. ¿Qué tal eso? —negocié. —¿Algún día? Hoy no —dijo Pedro.
Era hora de despedirse. —Antes de que se vaya, tenemos que decirle adiós. Acabo de conocerlo… —dije con la voz quebrada. Le di un último premio. —Premio. Magic. Premio. Di adiós —le dije. Él tomó el premio con esa delicadeza infinita que tienen los gigantes amables. —Mira qué gentil es. Es un pequeño gigante gentil —dije, sintiendo las lágrimas picar en mis ojos. —Te amo, Magic. Regresa… —Estoy triste de que se vaya —admití. —Sí, yo también —dijo Pedro, suavizándose un poco.
Lo vi alejarse, con su andar pesado y majestuoso. Había sido un día de locos. De babas, de disfraces ridículos, de corazones de vaca y manguerazos. Había fallado la prueba de “dominio”, sí. Pero había ganado algo más. Había sobrevivido. Y me había enamorado.
Miré a la cámara, secándome una lágrima invisible. —¿Qué animal debería adoptar ahora? —pregunté a mis seguidores. Y antes de que pudiera pensar, escuché la voz de Pedro de fondo: —¡No digas gato!.
Sonreí. Tal vez un gato no. Pero definitivamente, Magic dejó una huella del tamaño de un plato en mi corazón. Y en el asiento de mi coche. Sobre todo en el asiento de mi coche.
Parte 3: La Resaca Emocional y El Juicio de los Gatos
Capítulo 1: El Silencio del Gigante
La camioneta de los dueños de Magic se alejó por la calle, llevándose consigo al caballo dálmata más hermoso que he visto en mi vida. Me quedé parada en la banqueta, con la mano todavía levantada en un gesto de despedida que nadie veía. El sonido del motor se desvaneció, y de repente, el silencio cayó sobre mi casa como una losa de concreto.
—Se fue… —susurré, sintiendo un vacío extraño en el pecho.
Hace solo unos minutos, mi vida era un caos de 80 kilos. Había baba, había ladridos (pocos, porque es un caballero), había instrucciones a gritos y un estrés constante por no romper al perro más grande del mundo. Pero ahora, la calma se sentía sospechosa. Miré mis manos. Todavía olían a esa mezcla extraña de champú de perro y… bueno, a corazón de res.
Pedro, mi esposo (o Preston, como le dicen las redes), se paró a mi lado. Cruzó los brazos y soltó un suspiro que gritaba “te lo dije”. —Bueno, sobreviviste —dijo, con ese tono socarrón que usa cuando sabe que ganó la apuesta. —Sobreviví —admití, bajando la mirada—. Pero, no manches, qué día.
Regresamos a la casa. La entrada, que horas antes había sido el escenario de nuestra “bienvenida triunfal” y del intento fallido de subirlo al coche con dignidad, ahora parecía desierta. Pero la evidencia del paso de Magic estaba por todas partes. Y cuando digo por todas partes, me refiero a todas partes.
Capítulo 2: La Autopsia del Desastre (El Coche)
—Oye, no olvides limpiar tu coche —me lanzó Pedro antes de entrar a la cocina—. Dijiste que tenías una cama elegante para que quedara impecable, ¿no?
Sentí un escalofrío. El coche. En la emoción de la despedida, había olvidado por completo la “Zona Cero”. Caminé hacia mi vehículo con la misma aprensión con la que uno camina hacia el consultorio del dentista. Abrí la puerta trasera.
—¡Ay, Dios mío! —exclamé.
La “cama elegante” estaba ahí, sí. Pero Magic, en su infinita sabiduría y tamaño, había logrado babear lugares que la física no debería permitir. Había hilos de baba —esa baba espesa y transparente que solo un Gran Danés puede producir— colgando del techo. ¡Del techo! ¿Cómo llegó ahí? ¿Estornudó? ¿Se sacudió?
—Miren esa baba… —recordé haber dicho antes, pero verlo en retrospectiva era otra cosa.
Me puse los guantes de limpieza, los mismos que usé para manipular el corazón de res sangriento, y empecé la faena. —Esto es castigo divino por haberle dicho “mamá gata” a Pedro —murmuré mientras tallaba la tapicería.
Encontré restos de crema batida en la alfombra. El famoso “Pup Cup” tamaño Venti. Recordé la cara de la chica del autoservicio cuando le pedí el vaso más grande. “Vamos a ir a lo grande”, le dije. Bueno, ahora estaba pagando el precio de ir a lo grande. La crema seca huele a leche agria si no la limpias rápido, y con el calor de la tarde, mi coche estaba empezando a oler a lechería abandonada.
—Te amo, Magic, te amo con todo mi corazón —decía en voz alta mientras tallaba una mancha pegajosa—, pero eres un cochino, mi amor. Eres un cochino hermoso.
Me tomó cuarenta y cinco minutos dejar el coche decente. Cuarenta y cinco minutos de frotar, aspirar y desinfectar. Y aun así, sabía que encontraría pelos blancos de Magic dentro de seis meses. Esos pelos son como recuerdos permanentes; se clavan en la tela y no salen nunca, como el amor de una ex tóxica.
Capítulo 3: El Patio y el Fantasma del Pollo
Entré a la casa por la puerta trasera, directo al patio. El escenario del crimen acuático. El suelo todavía estaba empapado. La manguera yacía tirada como una serpiente muerta en el césped.
Recordé el baño. Ese momento de optimismo puro donde dije: “Creo que me estoy divirtiendo”. Qué ilusa. Pobre Fernanda del pasado. No sabía lo que le esperaba. Miré el charco donde Magic había decidido sacudirse. —Me empapé entera —me dije a mí misma, tocándome la ropa que ya se estaba secando pero que seguía rígida por el agua sucia.
Scott me lo había advertido: “Te vas a empapar”. Y Scott tenía razón. Siempre tienen razón los dueños. Ellos saben que sus “angelitos” son en realidad máquinas de caos disfrazadas de peluche.
De repente, escuché un ruido en los arbustos. —¿Hola? —pregunté, con el corazón acelerado. Recordé lo que alguien gritó durante el baño: “¡Hay un pollo suelto aquí atrás en algún lado!”. ¿Seguía el pollo ahí? ¿Era un pollo real o era una metáfora de mi vida perdiendo el control? Nunca vi al pollo, pero su leyenda perduraba en mi patio. Decidí no investigar. Si había un pollo, ahora era el dueño del patio. Yo ya no tenía fuerzas para pelear con más animales hoy.
Recogí las toallas empapadas. Pesaban una tonelada. Eran toallas de playa, y aun así, apenas habían sido suficientes para secar a la bestia. Magic era tan grande que secarlo fue como intentar secar un coche recién lavado con una servilleta de papel. —Majestuoso… —pensé, recordando cómo se veía mojado, como una foca gigante y torpe.
Capítulo 4: El Juicio Final (La Revancha de Pedro)
Entré a la cocina. Pedro estaba ahí, sirviéndose un vaso de agua con una calma exasperante. Se recargó en la encimera y me miró de arriba abajo. —Entonces… —empezó, con una sonrisa de lado—. ¿Todavía crees que podrías cuidarlo tú sola?
Sabía que esta conversación venía. Habíamos hecho una votación oficial. “3, 2, 1… ¡No!”. Ese “No” rotundo todavía resonaba en mis oídos. Mi propia familia, mi cuñada Everett, todos me habían traicionado. Bueno, Everett intentó defenderme diciendo que si aguanto a Pedro, aguanto a un perro, lo cual es un argumento válido, pero al final, la realidad pesó más.
Me senté en el banco de la cocina, sintiendo el cansancio en los huesos. —Lo sé. Tienes razón. No soy dominante. Cuando le dije “Siéntate”, me miró como si yo fuera un chiste. —Te miró como si fueras una sugerencia, no una orden —dijo Pedro, riéndose—. Y luego ese momento… —No lo digas —le advertí. —…ese momento cuando dijiste “mamá gata”. —¡Fue un desliz! —grité, tapándome la cara con las manos—. Estaba nerviosa. —Fue la verdad saliendo a la luz —sentenció él—. Dijiste: “Decidí que para ser una gran mamá gata…” frente al perro más grande del mundo. Ese fue el primer strike. Ahí perdiste el respeto de Magic para siempre. Los perros huelen el miedo, pero sobre todo, huelen a los amantes de los gatos.
Suspiré. Tenía razón. En el fondo, soy una señora de los gatos. Eloise y Bruce son mi zona de confort. Son pequeños, se bañan solos, y si me ignoran, es porque son gatos, no porque yo sea una mala líder. Con Magic, su indiferencia se sentía personal. Cuando pasó de largo e hizo el “drive-by” para ir con otra persona, sentí el rechazo en el alma.
Capítulo 5: La Traición de Eloise y Bruce
Hablando de los reyes de la casa. En ese momento, Eloise (mi gata) entró a la cocina. Se detuvo en seco. Levantó la nariz. Sus bigotes vibraron. Olía a perro. Olía a traición. —Hola, princesa… —le dije con voz suave, tratando de compensar mi infidelidad canina de las últimas seis horas.
Eloise me miró con esos ojos juzgones que solo los gatos tienen. Se acercó a mis piernas, olió mis jeans (que seguramente tenían baba de Magic y agua de manguera), y soltó un bufido suave pero claro. —No te enojes —le supliqué—. Solo fue un día. Mami te ama.
Pedro soltó una carcajada. —¿Ves? Hasta tu gata sabe que la engañaste. —No la engañé. Fue una experiencia educativa —dije, tratando de acariciar a Eloise. Ella se apartó con dignidad y salió de la cocina con la cola en alto. —Eso es un “No” rotundo de su parte también —interpretó Pedro.
Me quedé pensando en lo que dijo Everett: “Es Eloise o el perro. Vas a tener que escoger uno”. Tenía razón. No me imagino a Eloise, que se cree la dueña del universo, compartiendo su reino con un caballo que babea litros de líquido viscoso. Magic podría aplastarla sin querer solo con sentarse. O peor, Eloise podría intentar montar a Magic como si fuera un corcel de batalla y conquistar el vecindario. Esa imagen me hizo sonreír.
Capítulo 6: Recuerdos de un Día Mágico (Flashbacks y Reflexión)
Mientras la tarde caía y la casa volvía a su normalidad aburrida, me senté en el sofá a revisar los videos en mi celular. Quería ver si mi desempeño había sido tan desastroso como sentía.
Vi el video del centro comercial. —¡Ay, no! —gemí al ver la grabación del probador. Ahí estaba yo, luchando con la camisa hawaiana 5XL. Magic se veía tan resignado al principio, y luego, ¡zas! La fuga. “Se está escapando del probador”. Me vi corriendo detrás de él. —Qué vergüenza… —pensé. Pero también me reí. Había alegría en ese caos.
Luego pasé al video de la sesión de fotos Western. Robin, la fotógrafa, se veía tan profesional guiándome. “Patea tus piernas como una sirena”, me dijo. Y ahí estaba yo, en el suelo, tratando de verme glamorosa al lado de un perro que solo quería acostarse. —Me veo feliz —noté. A pesar del estrés, a pesar de la baba, tenía una sonrisa genuina.
Y el momento del “Bachelor”. —Magic, ¿aceptarás esta rosa?. Ese fue mi momento cumbre. Nos veíamos combinados. Él con su sombrero (chueco) y yo con mi vestido. Por un segundo, fuimos la pareja perfecta. Un equipo. —Es un buen chico —dije en voz baja. Recordé lo que sentí al abrazarlo en la sala. “Es como un conejito”. A pesar de su tamaño intimidante, de sus 80 kilos, de su fuerza bruta, era suave. Era vulnerable a su manera. Solo quería amor… y corazones de res.
El video del corazón de res me hizo hacer una mueca. —Guácala… —murmuré al ver el órgano en la pantalla. Pero recordé cómo se le iluminaron los ojos a Magic. Cómo se paró en dos patas, volviéndose más alto que yo. “Se está subiendo, estoy muerta”, grité en el video. En ese momento tuve miedo real. Es fácil olvidar que son animales poderosos cuando les pones un paliacate de flores. Pero cuando ves sus instintos activarse por carne cruda, recuerdas que tienes un depredador en tu cocina. Un depredador muy lindo, pero depredador al fin.
Capítulo 7: ¿Aprendí la Lección?
Pedro se sentó a mi lado en el sofá y miró la pantalla de mi celular. Estaba viendo la parte donde los policías nos detuvieron. —Eso estuvo genial, la neta —admitió él—. Que la policía pare solo para saludarlo. Eso es poder de estrella. —¿Te imaginas ser tan lindo que la gente para sus coches? —le pregunté. —Tú eres linda, pero si te paras en medio de la calle, solo te van a tocar el claxon —bromeó él. Le di un codazo.
—¿Sabes qué? —le dije, poniéndome seria—. Tenían razón al votar que no. Pedro me miró sorprendido. Esperaba que siguiera peleando. —¿Ah, sí? —Sí. No estoy lista para un perro así. Magic es… es mucho perro. Es un trabajo de tiempo completo. Necesita a alguien que pueda manejarlo físicamente, que no le tenga miedo a la baba, y que no le diga “bebé” mientras intenta que no se coma al gato. —Y que no le dé órdenes que suenen a preguntas —añadió él. —Exacto. “Magic, ¿siéntate?”. Patético. Necesito voz de mando. Necesito ser un alfa. Y soy… bueno, soy yo.
Me recosté en el hombro de Pedro. —Pero algún día… —dije, dejando la frase en el aire. —¿Algún día qué? —preguntó él con cautela. —Algún día, cuando tengamos un patio más grande. Cuando aprenda a no ser una “mamá gata”. Tal vez entonces. —Tal vez —concedió él—. Pero por ahora, quédate con los gatos. Son más baratos de alimentar y no necesitas una rampa para subirlos al coche.
Capítulo 8: La Cena y el Vacío
Llegó la noche. Preparamos la cena. La casa se sentía extrañamente grande sin Magic ocupando la mitad de la sala. Es curioso cómo algo tan grande puede volverse invisible tan rápido, pero su ausencia se siente pesada. Miré el lugar donde habíamos puesto su cama temporal. Ahora solo había piso vacío. —Extraño el ruido de sus patas —confesé. —¿Extrañas el sonido de sus uñas rayando la madera? —preguntó Pedro, siempre pragmático. —Sí. Y extraño cómo me miraba cuando tenía comida. Me hacía sentir importante. —Te hacía sentir como una dispensadora de premios —corrigió él. —Bueno, para él, eso es una diosa.
Cenamos en paz. Sin intentos de robo de comida desde las alturas. Sin ladridos. Sin tener que cuidar que el perro no se salga. Era una paz bienvenida, pero un poco aburrida. —La vida es más emocionante con un poco de caos —reflexioné.
Antes de irnos a dormir, salí al patio una última vez. El aire estaba fresco. No había pollos a la vista. No había perros gigantes. Solo la noche tranquila de Texas. Pensé en Magic durmiendo en su casa real. ¿Estaría soñando conmigo? ¿Soñaría con la chica loca que lo vistió de bola de disco? Probablemente soñaba con el corazón de res. Seamos honestos. —Buenas noches, Magic —susurré al viento—. Gracias por no comerme. Gracias por dejarme abrazarte. Y perdón por el baño.
Capítulo 9: El Epílogo Viral
A la mañana siguiente, edité el video. Verlo todo junto, con música y cortes rápidos, hizo que la experiencia pareciera aún más divertida de lo que fue. —Esto se va a hacer viral —predije. Y tenía razón. La gente ama ver a personas pequeñas lidiando con perros gigantes. Aman el desastre. Aman ver a una “influencer” perder el control y ser humillada por un canino de 80 kilos. Leí los primeros comentarios mentalmente antes de que llegaran: “Jajaja, el perro la pasea a ella”. “Esa chica no tiene control”. “¡Pobre Magic con esa ropa!”. “¡Qué paciencia del perro!”.
Pero no me importaba. Porque detrás de las risas y los “fails”, estaba la verdad: lo intenté. Me salí de mi zona de confort felina y me lancé al mundo de los perros gigantes. Fracasé, sí. Pero fracasé con estilo. Fracasé con un atuendo hawaiano y una sonrisa.
Me giré hacia Eloise, que dormía en mi silla de edición. —¿Qué opinas, Eloise? ¿Deberíamos intentar con un Chihuahua la próxima vez? Ella abrió un ojo, me miró con desdén y volvió a dormirse. —Tomaré eso como un “quizás”.
Al final del día, no adopté al perro más grande del mundo. No me convertí en una experta entrenadora canina. Pero gané una anécdota increíble, unos bíceps un poco más fuertes de tanto empujar, y un respeto renovado por la gente que maneja a estas bestias todos los días.
Y quién sabe… tal vez el destino tenga otro “Magic” guardado para mí en el futuro. Uno que quepa en mi coche sin rampa. Y que no coma corazones crudos. Uno puede soñar. Pero por hoy, soy Fernanda, la mamá gata que sobrevivió al gigante. Y con eso me basta.
Parte 4: La Cruda Moral, El Misterio del Pollo y El Regreso al Reino Felino
Capítulo 1: El Despertar y los Músculos Fantasma
A la mañana siguiente, no me despertó el despertador, ni los rayos del sol entrando por la ventana. Me despertó el dolor. Me dolía todo. Me dolían los brazos, me dolía la espalda, me dolía hasta el orgullo. Tratar de controlar a Magic, esa bestia majestuosa de casi 80 kilos, había sido el equivalente a una sesión de CrossFit extremo mezclada con lucha libre grecorromana.
Me senté en la cama y solté un gemido. —Ay, nanita… —murmuré, estirando los brazos.
Pedro, mi esposo (o Preston, para los fans), ya estaba despierto, mirándome con diversión desde el marco de la puerta. —¿Qué pasó, “encantadora de perros”? —se burló—. ¿Te atropelló un camión o solo paseaste a Magic?
Le lancé una almohada, pero mis reflejos estaban lentos por el agotamiento. —No es gracioso —respondí—. Siento como si hubiera intentado cargar un refrigerador por las escaleras. Ese perro tiene fuerza de tracción 4×4. —Te dije —respondió él, tomando un sorbo de café—. Se veían muy lindos en las fotos, pero la física no miente. Tú pesas lo que pesa su pata izquierda.
Me levanté y caminé hacia la sala. Y ahí fue donde me golpeó la realidad: el silencio. Durante las últimas 24 horas, mi casa había estado llena de una energía vibrante, pesada, caótica. Había jadeos, pasos pesados que hacían temblar el suelo, y esa presencia ineludible de un ser vivo gigantesco. Ahora, la casa se sentía extrañamente grande y vacía. Miré hacia la esquina donde habíamos puesto su “cama elegante” para que el coche no se ensuciara. Ya no estaba. No había cama. No había perro. No había baba.
—Se siente raro, ¿no? —le dije a Pedro, que me había seguido—. Como que falta algo gigante en medio de la sala. —Falta el peligro inminente de que rompan mis lámparas —dijo él, siempre pragmático—. Yo siento paz. Tú sientes síndrome de abstinencia de caos.
Caminé hacia la cocina. Inconscientemente, miré al suelo buscando babas o charcos de agua, recordando el desastre del baño con la manguera. Pero el piso estaba seco. Limpio. Aburrido. —Extraño el peligro —admití—. Extraño sentir que en cualquier momento un Gran Danés me va a derribar por amor.
Capítulo 2: La Conspiración del Pollo Perdido
Mientras me preparaba el desayuno, mi mente volvió a un detalle que, en el calor del momento, había ignorado pero que ahora me carcomía la curiosidad. Durante el caos del baño en el patio, alguien había gritado algo muy específico. Recordé la voz de Scott o de alguien de la familia gritando: “¡Hay un pollo suelto aquí atrás en algún lado!”.
Me detuve con la cuchara en la mano. —Oye, amor —le pregunté a Pedro—. ¿Viste al pollo? —¿Qué pollo? —preguntó él, sin levantar la vista de su celular. —Ayer. Cuando estábamos bañando a Magic y yo estaba gritando y mojándome entera. Alguien dijo que había un pollo suelto.
Pedro me miró como si hubiera perdido la razón. —Fernanda, había un perro del tamaño de un caballo, dos perros pequeños corriendo, gente gritando, cámaras grabando y tú vestida de hawaiana empapada. ¿Crees que me fijé en un pollo? —Es que necesito saber —insistí—. Si había un pollo, ¿dónde está? ¿Sigue en el patio? ¿Magic se lo comió? ¿El pollo era una metáfora de mi control sobre la situación volando lejos?
Salí al patio, decidida a resolver el misterio. Caminé por el césped, inspeccionando los arbustos. —¿Pollo? —llamé suavemente—. ¿Pollito? No hubo respuesta. Solo el viento moviendo las hojas. Tal vez el pollo nunca existió. Tal vez fue una alucinación colectiva inducida por el estrés de manejar a un animal que pesa “56,000 cartas de Pokémon”. O tal vez el pollo vio a Magic y decidió mudarse a otro estado. Nunca lo sabré. Pero ese pollo fantasma se convirtió en mi Moby Dick personal de ese día.
Regresé adentro, derrotada por la falta de evidencia avícola, pero agradecida de que al menos Magic no había decidido cazarlo frente a las cámaras. Eso hubiera cambiado el tono del video de “adorable y caótico” a “documental de naturaleza salvaje” muy rápido.
Capítulo 3: La Diplomacia Felina (Operación: Perdón)
El verdadero reto del día no era el dolor muscular ni el misterio del pollo. Era la política interna de la casa. Mis gatos, Eloise y Bruce. Desde que Magic se fue, habían estado actuando… raros. Distantes. Ofendidos. Eloise estaba sentada en lo alto del refrigerador, mirándome con ojos de juicio supremo. Bruce estaba escondido bajo el sofá, solo mostrando la punta de la cola.
—Saben lo que hiciste —dijo Pedro—. Huelen la traición en tus poros. —Ya me bañé —protesté—. Me tallé con jabón de lavanda. No huelo a perro. —No es el olor físico, Fernanda. Es el hedor de la deslealtad. Le dijiste a ese perro “te amo con todo mi corazón”. Eloise lo escuchó. Las paredes tienen oídos.
Me acerqué al refrigerador. —Eloise, mi amor, bájate. Mami te va a dar un premio —le dije con mi voz más dulce. Eloise giró la cabeza hacia la pared. La ley del hielo. Brutal. —Mira, Magic solo fue un invitado —le expliqué a la espalda de mi gata—. Él es un Gran Campeón, un perro de show. Tú eres la reina de la casa. No hay comparación. Él necesita una rampa para subir al coche, tú saltas dos metros sin despeinarte. Tú eres superior.
Bruce fue más fácil. Solo necesité abrir una lata de atún y olvidó que alguna vez existió otro animal en el planeta. Los hombres son más simples, incluso los gatos.
Capítulo 4: La Sala de Edición (Reviviendo el Trauma)
Con la paz doméstica restaurada (parcialmente), me senté frente a la computadora para editar el video. Esta es la parte que la gente no ve: revivir cada error cuadro por cuadro. Cargué los archivos. Horas de metraje. —A ver, veamos qué tan mal estuvo realmente —me dije.
El primer clip era la llegada. “¡Espera, ese perro es malditamente enorme!”. Me reí al ver mi cara de shock genuino. No estaba actuando. Realmente me sentía diminuta.
Luego, la escena del coche. La vi una y otra vez. Yo rogándole: “Señor, ¿aceptará mi regalo?”. Y Magic mirándome como si yo fuera una hormiga molesta. —Qué vergüenza —dije en voz alta—. Me veo tan desesperada. Pedro pasó por detrás y miró la pantalla. —Ahí es donde perdiste la batalla psicológica —señaló—. En el momento en que le rogaste. Un líder no ruega. Un líder ordena. —Estaba siendo amable —me defendí—. Es un invitado.
Seguí editando. Llegué a la parte del probador. El momento exacto en que Magic decide que la camisa hawaiana no es para él y empuja la puerta. “¡Adiós! Que te la pases bien”. —Esto es oro —pensé—. La gente va a amar esto. Es curioso cómo los peores momentos en la vida real se convierten en el mejor contenido para internet. En ese momento quería llorar de frustración porque se me escapaba el perro en una tienda, pero en la pantalla, con música graciosa de fondo, era comedia pura.
Y luego, el momento crucial. El juicio final. Me vi a mí misma tratando de hacer que se sentara. “Magic, siéntate. Magic… ¿por qué no te sientas?”. Se notaba el pánico en mis ojos. Y luego la frase fatal de Pedro: “Decidí que para ser una gran mamá gata…”. Pausé el video. Ahí estaba. El momento exacto en que cavé mi propia tumba. —¿Por qué dije eso? —me lamenté—. ¿Por qué mencioné a los gatos frente a los dueños de perros? Es como ir a un partido del América con la camiseta de las Chivas. Suicidio social.
—Porque es lo que eres —dijo Pedro, dándome un beso en la cabeza—. Eres una mamá gata intentando jugar en las grandes ligas de los perros. Y eso está bien. Fue valiente. Estúpido, pero valiente.
Capítulo 5: La Fantasía de “¿Qué hubiera pasado?”
Mientras renderizaba el video, dejé volar mi imaginación. ¿Qué hubiera pasado si la familia hubiera dicho que SÍ? ¿Qué tal si hubieran dicho: “Sí, Brianna, eres totalmente capaz, quédate con Magic una semana”?
Cerré los ojos y visualicé esa realidad alternativa. Día 1: Magic intenta subirse a mi cama. La cama se rompe. Dormimos en el suelo.
Día 2: Intento sacarlo a pasear “elegante” a mi lado izquierdo como me enseñaron. Vemos una ardilla. Magic arranca. Yo salgo volando como un papalote detrás de él, arrastrando mis zapatos por el asfalto hasta llegar al siguiente código postal. Día 3: La hora de la comida. Se me acaban los corazones de res. Intento darle croquetas normales. Me mira con desprecio. Tengo que ir a la carnicería a negociar órganos con un carnicero que empieza a sospechar que soy una asesina en serie por la cantidad de hígados y corazones que compro. Día 4: El coche. Ya no es un coche. Es una cueva de baba y pelo. El valor de reventa cae a cero. Día 5: Eloise y Bruce hacen las maletas y se mudan con el vecino. Me quedo sola con el caballo. Día 6: Magic se para en dos patas para saludarme y me tira accidentalmente. Termino en el hospital. Él se come las flores que me mandan de recuperación.
Abrí los ojos. —Uf… —resoplé—. Esquivamos una bala, Pedro. Esquivamos una bala del tamaño de un meteorito. —¿De qué hablas? —preguntó él. —De que tenían razón al decir que no. No hubiera sobrevivido una semana. Mi cuenta bancaria tampoco. ¿Sabes cuánto come ese animal?
Capítulo 6: La Publicación y el Miedo al “Hate”
El video estaba listo. Título clickbaitero, miniatura con mi cara de pánico y Magic viéndose gigante. Era hora de subirlo. Siempre me pongo nerviosa antes de publicar. ¿Qué va a decir la gente? —Van a decir que soy una mala cuidadora —le dije a Pedro—. Van a criticar que le di crema batida. Van a decir que no sé ponerle una correa.
—Van a decir que el perro es lindo y que tú eres graciosa —me tranquilizó él—. Y si alguien te critica, recuerda que ellos no tuvieron los ovarios de meter a un Gran Danés en un sedán compacto. Tú sí.
Le di clic a “Publicar”. Y esperé. Los primeros comentarios empezaron a llegar. “¡No manches, qué perro tan enorme!” “Jajaja, tu cara cuando se escapó del probador.” “¡Magic es hermoso! Yo quiero uno.” “Te entiendo, hermana, yo tampoco podría controlarlo.” “¡Qué risa con lo de mamá gata! Strike uno, literal.”
Respiré aliviada. La gente se estaba riendo conmigo, no de mí (bueno, un poco de mí, pero con cariño). Había un comentario que me llamó la atención: “Se nota que lo amaste, aunque sea por un día. Qué bonito video.” Sonreí. Sí. Eso era lo importante. A pesar del desastre, a pesar de los guantes de látex y la rampa, hubo amor.
Capítulo 7: Reflexiones de una “No-Dueña”
Esa noche, mientras cenábamos tacos (porque después de ver corazones crudos necesitaba comida humana bien cocida), reflexioné sobre la experiencia.
—¿Sabes qué aprendí? —le dije a Pedro. —¿Que los gatos son más fáciles? —Sí, eso. Pero también aprendí que hay un tipo de amor diferente con los perros grandes. Es… físico. Es pesado. Cuando Magic se recargaba en mí, sentía su confianza. Es como si te dijera: “Soy gigante, podría aplastarte, pero elijo apoyarme en ti”. Eso es bonito.
—Es bonito hasta que te pisa el pie —dijo Pedro, mordiendo su taco—. Pero te entiendo. Tienes buen corazón, Fernanda. Solo te faltan músculos. —Voy a empezar a ir al gimnasio —bromeé—. Entrenamiento específico para Gran Danés. Levantamiento de sacos de croquetas y sentadillas con perros gigantes.
—¿Entonces cuál es el veredicto final? —preguntó él—. En el video preguntaste “¿Qué animal debería adoptar ahora?”. ¿Vas a seguir buscando? Me quedé pensando. La respuesta obvia era “no”. Quédate con los gatos. Es seguro. Es limpio. Es tranquilo. Pero había una chispa dentro de mí que se había encendido. Esa adrenalina de cuidar a otro ser vivo, de salir de mi rutina, de enfrentar un reto.
—No voy a adoptar nada pronto —dije—. Pero… no descarto la idea de un perro. Tal vez no uno de 80 kilos. Tal vez uno mediano. Uno que quepa en el coche sin rampa. —Un Golden Retriever —sugirió Pedro—. Son tontos y felices. Como yo. Me reí. —Sí. Un Golden podría ser. Pero Magic siempre será mi “primer amor” gigante.
Capítulo 8: El Legado de Magic
Pasaron los días. El olor a “perro mojado” finalmente desapareció del patio (o tal vez me acostumbré). Eloise volvió a dormir en mi cabeza, confirmando que mi estatus de “Mamá Gata” había sido restaurado completamente.
Pero a veces, cuando voy manejando y miro por el retrovisor, todavía espero ver esa cabezota blanca con manchas negras bloqueando mi visión. Espero ver el hilo de baba. Espero escuchar el jadeo. Magic no solo dejó pelos en mi tapicería; dejó una huella en mi vida. Me enseñó que puedo ser más valiente de lo que creo. Me enseñó que puedo manejar situaciones que me superan físicamente, usando el humor y la paciencia (y muchos premios).
Y me enseñó una lección valiosa sobre la humildad. No importa cuántos seguidores tengas, no importa qué tan “influencer” seas; para un perro de 80 kilos, solo eres una persona más con pulgares oponibles que puede abrir bolsas de comida. Y eso es refrescante.
Recibí un mensaje de los dueños de Magic unos días después. “Magic te extraña. Vio tu video y movió la cola cuando escuchó tu voz.” Casi lloro. “Díganle que yo también lo extraño. Y que le mando un corazón de res virtual”, respondí.
Capítulo 9: El Cierre Definitivo (Y una Advertencia)
Así termina mi saga con el perro más grande del mundo. No me convertí en dueña de perro. No logré que se sentara a la primera. Casi arruino mi matrimonio y mi relación con mis gatos. Perdí la dignidad en un centro comercial y en un autoservicio de café.
Pero gané una historia. Y al final del día, de eso se trata la vida, ¿no? De coleccionar historias, aunque algunas vengan cubiertas de baba y huelan a carne cruda.
Si están pensando en adoptar un perro gigante, háganlo. Es maravilloso. Es mágico. Pero por favor, por lo que más quieran:
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Compren una camioneta grande.
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No usen ropa blanca.
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No le digan “bebé” frente a su esposo.
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Y nunca, NUNCA, mencionen que son “mamá gata”. Es el beso de la muerte.
Ah, y si ven un pollo suelto en mi patio… no me digan. Prefiero vivir con la duda. Soy Fernanda, la sobreviviente del Gran Danés, cerrando transmisión. Nos vemos en la próxima locura. ¡Adiós!
Parte Final: El Legado del Gigante, La Redención de la “Mamá Gata” y El Adiós Definitivo
Capítulo 1: El Ecosistema Digital y la “Funada” Amistosa
Cuando subí el video titulado “Adopté al Perro Más Grande del Mundo (Y Fracasé)”, no sabía qué esperar. Internet es un lugar salvaje. Puedes subir un video salvando a un gatito y alguien te criticará por la marca de croquetas que usas. Así que, con el dedo temblando sobre el botón de “publicar”, sentí el mismo miedo que sentí cuando Magic se paró en dos patas en la cocina.
—¿Y si me funan? —le pregunté a Pedro, mi esposo, mientras veíamos la barra de carga avanzar. —¿Por qué te funarían? —preguntó él, comiéndose unas papitas con total indiferencia. —No sé… por darle demasiada crema batida. O por vestirlo de hawaiano en contra de su voluntad. O por decir que soy “mamá gata” frente a un Gran Danés. Eso es sacrilegio en la comunidad canina.
El video se publicó. Y entonces, la avalancha comenzó. Pero, para mi sorpresa, no fue odio. Fue una confirmación masiva, casi un coro griego de miles de personas, gritándome lo mismo que mi familia me gritó en la sala: “¡NO!”.
Leí los comentarios en voz alta, riéndome de mi propia desgracia: “Amiga, date cuenta, ese perro te pasea a ti” escribió un usuario. Y tenía razón. Recordé el momento en el estacionamiento, tratando de caminar “elegante” a su lado izquierdo, solo para terminar enredada en mi propia correa. “El momento en que dijiste ‘mamá gata’ fue el final de tu carrera como dueña de Magic” comentó otro. —Lo sabía —grité, señalando la pantalla—. ¡Ese fue el error fatal!.
Pedro se rió. —Te lo dije. Fue el “Beso de la Muerte”. En el momento en que invocaste a los felinos, Magic supo que no eras digna. Los perros huelen el miedo, pero sobre todo, huelen la lealtad dividida.
Analizar la reacción del público me hizo ver mi experiencia desde otra perspectiva. Yo lo viví con estrés, con sudor, con miedo a que rompiera algo. Pero el mundo lo vio como una comedia de situaciones. Vieron a una mujer pequeña intentando meter a un caballo en un coche usando una rampa , vieron el fracaso de los disfraces, y vieron el amor genuino en medio del desastre.
Capítulo 2: Análisis Forense de los “Bloopers” (Lo que no se vio)
Para cerrar este ciclo, necesito confesar los momentos que no llegaron al corte final, o que pasaron tan rápido que nadie notó la magnitud de mi pánico. Vamos a hacer una autopsia de los momentos más críticos.
El Incidente del “Drive-By” En el video, se ve a Magic ignorándome. Pero no se siente el dolor emocional completo. Cuando Pedro señaló: “Nota cómo literalmente te hizo un drive-by (te pasó de largo) y dijo gracias pero no gracias”, fue devastador. Imaginen la escena: Yo, con mi mejor voz de “dueña responsable”, llamándolo. Él, una montaña de músculos y elegancia, pasando junto a mí como si yo fuera un mueble más de la casa. No solo me ignoró; me ninguneó. Fue a saludar a alguien más. Fue una lección de humildad instantánea. En el mundo de Magic, yo no era la protagonista; yo era el personal de servicio que abre las puertas y sostiene los premios.
La Crisis del Corazón de Res Hablemos del corazón. En cámara dije: “Ew, es un corazón de res”. Pero la realidad sensorial fue mucho peor. El olor metálico de la sangre cruda impregnó la cocina. Cuando me puse los guantes, me sentí ridícula, como si fuera a manipular desechos tóxicos. Pero cuando vi la reacción de Magic, el miedo fue real. Ese animal, que minutos antes era un “conejito suave” al que podía abrazar, se transformó. Sus ojos se dilataron. Se paró sobre sus patas traseras. Su cabeza rozaba el techo. —Se está subiendo, estoy muerta —dije. Y no era broma. En ese momento entendí la diferencia entre un perro faldero y una bestia de trabajo. Magic podría haberme quitado el corazón de la mano (y quizás mi mano también) si hubiera querido. Pero no lo hizo. Fue gentil. Y esa gentileza, paradójicamente, lo hizo más intimidante. Porque era una gentileza opcional. Él elegía no aplastarme.
El Misterio de la Rampa Nunca en mi vida había visto una rampa para perros. —Es una primera vez para todo —dije. Pero la logística de esa rampa fue una pesadilla de Tetris. Tienes que alinearla perfectamente, convencer al perro de que no es una trampa mortal, y luego empujar 80 kilos de indecisión hacia arriba. Cuando finalmente subió, dije: “Me siento tan realizada”. Y lo estaba. Fue mi Everest personal. Subir a Magic al coche fue mi mayor logro atlético del año.
Capítulo 3: La Filosofía del Tamaño (¿Más grande es mejor?)
Después de que Magic se fue, y la casa quedó en silencio, me quedé pensando en la obsesión humana con el tamaño. “Vamos a ir a lo grande”, le dije a la chica del café. Pedí el “Pup Cup” más grande disponible porque sentía que Magic se lo merecía. —El mejor perro del mundo entero necesita un Venti —declaré.
Hay algo majestuoso en lo enorme. Cuando la policía se detuvo, no fue porque Magic fuera un perro; fue porque era un espectáculo. —¿Te imaginas ser tan lindo que la gente tiene que parar su coche para venir a decir hola? —pregunté. Esa es la vida de Magic. Es una celebridad involuntaria. No puede pasar desapercibido. Y eso me hizo reflexionar sobre mi propia vida. A veces queremos llamar la atención, queremos ser “grandes”. Pero Magic, con toda su grandeza, es feliz simplemente durmiendo, babeando y comiendo crema batida. No le importa la fama. No le importa que sea un “Gran Campeón”. Solo quiere amor.
Capítulo 4: La Reconciliación con la Identidad de “Mamá Gata”
El momento más polémico del día, y del que más me arrepiento (pero que también me define), fue mi confesión. Estaba tratando de probarle a Pedro que podía ser autoritaria. Saqué mi teléfono para mostrar evidencia. —Decidí que para ser una gran mamá gata… —empecé a decir. Pedro me interrumpió: —¿Dijiste mamá gata?. Ahí se rompió todo. —Estoy acostumbrada a ser mamá gata —me defendí.
Durante días, esa frase me persiguió. Me sentía como una traidora a la causa canina. Pero ahora, con la distancia del tiempo, lo abrazo. Sí, soy una mamá gata. Y no tiene nada de malo. Ser mamá gata significa que valoro la independencia. Significa que no necesito que me reciban con saltos y ladridos; me basta con un ronroneo sutil. Significa que prefiero limpiar una caja de arena discreta que recoger “minas terrestres” del tamaño de una pelota de fútbol en el jardín.
Magic me enseñó que puedo amar a los perros. —Lo amo con todo mi corazón —dije varias veces. —Es el mejor perro del mundo —afirmé. Y es verdad. Lo amé. Pero lo amé como se ama a un huracán: desde la seguridad de saber que eventualmente pasará. No soy su dueña. Soy su tía divertida. La tía que lo disfraza de bola de disco, le da premios prohibidos, le toma fotos para Instagram y luego lo devuelve a sus padres responsables cuando empieza a babear los muebles.
Ese es mi rol. Y estoy en paz con ello. Pedro tenía razón al darme ese “strike”. No fue un castigo; fue una observación de la realidad. Mis prioridades están con los gatos. Y Magic, en su infinita sabiduría canina, lo sabía. Por eso no se sentó cuando se lo ordené. No obedeces a alguien que huele a competencia.
Capítulo 5: ¿Qué sigue? (El Futuro de la Familia)
La pregunta final del video fue: “¿Qué animal debería adoptar ahora?”. Y la advertencia de Pedro fue clara: “No digas gato”.
Entonces, ¿dónde nos deja esto? La experiencia con Magic dejó un vacío, sí. —Estoy triste de que se vaya —admití al final. —Yo también —dijo Pedro. Incluso él, el crítico más duro, el hombre que se burló de mis intentos de control, cayó bajo el hechizo del gigante. —Es un pequeño gigante gentil —dije.
Esto me dice que, tal vez, solo tal vez, hay espacio en nuestro futuro para un perro. Pero no un Magic. No todavía. Necesitamos un “Magic Lite”. Un perro que pese, digamos, 20 kilos, no 80. Un perro que no necesite rampa. Un perro que, si decide pararse en dos patas, no me mire a los ojos directamente.
Pero por ahora, la casa vuelve a ser el reino de Eloise y Bruce. He pasado los últimos días compensándolos. Les compré atún del caro. Les dejé dormir en la almohada grande. Les pedí perdón por traer a un intruso vestido de hawaiano. Eloise me ha perdonado, creo. Aunque a veces, cuando me acerco a acariciarla, me huele las manos con sospecha, buscando rastros de baba de Gran Danés.
Capítulo 6: Epílogo Imaginario (El Reencuentro)
Me gusta imaginar qué pasaría si me vuelvo a encontrar a Magic en el futuro. Digamos, en un parque, dentro de un año. Yo iré caminando (probablemente sola o con un perro mucho más pequeño). Veré una multitud a lo lejos. Gente deteniendo sus coches, sacando celulares. Y ahí estará él. El Rey. El Gran Campeón. Caminando majestuosamente a la izquierda de su dueño, como debe ser, sin enredarse en la correa.
Me acercaré. —¡Magic! —gritaré, tal vez con ese tono agudo que me sugirió la fotógrafa. Él volteará. Sus orejas se levantarán. ¿Me reconocerá? ¿Recordará a la loca que le puso un sombrero de copa y le ofreció una rosa? ¿Recordará el sabor del “Pup Cup” gigante?
Quiero creer que sí. Quiero creer que correrá hacia mí (ojalá no muy rápido para no matarme del impacto) y me llenará de baba una vez más. Y yo le diré: —Hola, bebé. ¿Qué onda?. Y Pedro estará ahí, negando con la cabeza, y dirá: —Todavía no puedes cuidarlo. Y yo responderé: —Lo sé. Pero puedo saludarlo.
Ese vínculo, por breve que fuera, es real. —No puedo adoptar a Magic realmente, pero tal vez algún día —dije. Ese “algún día” sigue ahí, flotando en el horizonte. No es hoy. No es mañana. Como dijo Pedro: “Hoy no”.
Capítulo 7: Agradecimientos y Cierre (La Lección Final)
Esta aventura me enseñó sobre límites. Me enseñó que el amor no siempre es suficiente para cuidar a un ser vivo; se necesita fuerza, infraestructura (¡esa rampa!) y carácter. Me enseñó a respetar a los profesionales. Debbie (la dueña) y Scott hacen que parezca fácil. Hacen que “caminar elegante” parezca natural. Yo lo hice parecer un accidente de tráfico peatonal.
Me enseñó a reírme de mí misma. —Es más vergonzoso porque Debbie está mirando y es una profesional —dije en el momento. Pero ahora, la vergüenza se ha convertido en orgullo. Me atreví. Me puse los guantes. Me mojé con la manguera. Me arrodillé en el suelo para la foto perfecta.
Y lo más importante: sobreviví. Magic regresó a su casa sano, salvo, alimentado y probablemente con un subidón de azúcar por la crema batida. Yo regresé a mi vida normal, un poco más adolorida, un poco más sabia, y con una anécdota que contaré por el resto de mi vida.
Así que, a todos los que vieron mi fracaso y se rieron: de nada. A Magic, donde quiera que estés: gracias por no comerme. Gracias por aceptar mi rosa, aunque fuera solo por el premio. Eres, y siempre serás, el Bachelor más guapo de la historia.
Y a mi esposo Pedro: gracias por el baño de realidad. Tuviste razón al votar “No”. Me salvaste de la ruina financiera y de una vida cubierta de baba. Pero admite que nos veíamos increíbles con los trajes de disco.
Aquí termina la crónica de “Fernanda y el Gigante”. No hubo final de cuento de hadas donde me quedo con el perro. Hubo un final realista: el perro se fue con sus dueños responsables, y yo me quedé con mis gatos y mi coche limpio. Y saben qué… eso también es un final feliz.
Porque a veces, amar a algo significa dejarlo ir (y dejar que alguien más limpie su baba).
¡Hasta la próxima aventura! Y recuerden: si ven un perro del tamaño de un caballo, no intenten meterlo en un sedán a menos que tengan una rampa y mucha, mucha fe.