
¿Crees que estas cicatrices en mi cara son por mala suerte? No, carnal. Son mi diploma. Son la única prueba de que entendí el mensaje antes de que fuera demasiado tarde.
Mucha gente me pregunta cómo le hago. Me dicen: “Mateo, ¿cómo puedes entrar a esa jaula con ‘El Duque’ y no salir en una bolsa negra?”. Piensan que los entrené, que les enseñé español o que soy un encantador de circo. ¡Pobres ilusos! Aquí, en este pedazo de tierra olvidada por Dios donde cuido a los “desechos” que dejaron los narcos y los circos, yo no mando.
El error de la gente es pensar que el peligro avisa con ruido. Creen que el león te va a rugir antes de atacar. Mentira. En este mundo, el 90% es lenguaje corporal y solo el 10% es ruido. Es cómo mueven la cabeza, dónde ponen los ojos, si dan un paso atrás o te encaran. Si no sabes leer eso, si no entiendes lo que te están diciendo en silencio, ya estás m*erto.
El otro día, ‘La Flaca’ —una leona rescatada que es la primera en ensuciarse las patas— me estaba lamiendo el brazo. Para ellos, eso es socializar, es limpiarme, es aceptarme en la familia. Pero sus lenguas son lija y sus garras no perdonan. Ella quería jugar, pero empezó a usar las garras delanteras. Yo le dije “No”, pero ella insistió. Quería ver quién dominaba a quién.
Ahí es donde tienes que dejar de pensar como humano. Si entro ahí con mis sentimientos de persona, me comen vivo. Tengo que pensar como ellos, actuar como ellos. Tuve que darle un golpe seco en la nariz, un “estate quieto” con los nudillos. No por crueldad, sino porque si no le pongo el alto ahora, la próxima vez no será un rasguño, será una mordida que me arranque el brazo.
Aquí el respeto no se pide por favor. El respeto es dar espacio cuando te dicen “aléjate” con la mirada. Si ignoras esa advertencia, si invades su privacidad cuando no quieren mimos, te van a corregir. Y créeme, su corrección duele.
Ellos son mi familia ahora. Son brutales, sí, pero son honestos. Si algo les molesta, te lo dicen de frente y al momento. No como allá afuera, donde la gente te sonríe y te apuñala por la espalda. Aquí, si sangro, sé que fue mi culpa por no escuchar.
¿QUIERES SABER QUÉ PASÓ EL DÍA QUE CASI PIERDO EL CONTROL DE LA MANADA Y ‘EL DUQUE’ ME ACORRALÓ CONTRA LA REJA?!
ENTRE LA BESTIA Y EL HOMBRE: MEMORIAS DE LA MANADA (PARTE 2)
Capítulo 1: El idioma del silencio
La gente de la ciudad, los que viven pegados al celular y al ruido del tráfico, no entienden el silencio. Para ellos, el silencio es vacío, es nada. Pero aquí, bajo el sol que calcina la tierra de este refugio, el silencio lo es todo. Es un idioma más complejo que cualquier dialecto que hayas escuchado en la sierra.
Hoy quiero llevarlos más profundo. Quiero que sientan el polvo en la garganta y el miedo frío en la nuca. Porque muchos me siguen preguntando en los comentarios: “Mateo, ¿cómo le hiciste para que no te comieran el primer día? ¿Cómo lograste ser parte de una manada de leones que fueron criados para matar o para adornar la sala de un narco?”. La respuesta no es mágica, ni tiene que ver con tener “sangre fría”. La respuesta es técnica, brutal y hermosa.
En el mundo de los leones, el 90% es lenguaje corporal. Olvídense de los rugidos de película. Solo el 10% es comunicación a través de vocalizaciones, rugidos o sonidos guturales. El resto, la verdadera conversación, sucede sin que se escuche un solo sonido. Es el movimiento de una cabeza, la tensión en una pata, el ángulo de la cola, y lo más importante: mis ojos. ¿Hacia dónde estoy mirando?.
Imaginen esto: entro al recinto. El “Duque” está echado a diez metros. Si yo entro caminando rápido, con el pecho inflado, mirándolo fijo a los ojos sin parpadear, eso es un reto. En su idioma le estoy diciendo: “Vengo por tu corona”. Y créanme, él no va a debatir eso en una mesa redonda; me va a arrancar la cabeza.
Pero si entro relajado, moviéndome con fluidez, y cuando él se acerca yo decido si muevo mi cuerpo hacia atrás o hacia el frente, estoy estableciendo una charla. Si él viene hacia mí con curiosidad y yo doy un paso atrás, le estoy dando espacio, le estoy mostrando respeto. Si él viene agresivo y yo me hago chiquito, soy presa. Es una danza constante. Todo esto es comunicación constante, raza. Y aquí viene la sentencia de muerte: si no estás consciente de lo que te están diciendo, si no puedes entenderlos o no lo ves, ahí es donde empieza el verdadero problema y donde se pone peligroso.
No hay margen de error. En la calle, si no le entiendes una indirecta a un compa, a lo mucho te ganas un insulto. Aquí, el malentendido se paga con carne.
Capítulo 2: Dejar de ser humano
Les voy a confesar algo que me costó meses entender, y que casi me cuesta la vida aprender. Yo no les enseñé nada a ellos. Ellos no hablan español, ni inglés, ni entienden de “buenos modales” humanos. Yo tuve que venir aquí y aprender su idioma. Tuve que dejar de ser Mateo, el chavo que creció en el barrio, para convertirme en algo más primitivo.
Por eso, tengo que comunicarme como un león, en su idioma. Si yo le dijera al Duque: “Oye, siéntate” o “Vete para allá”, él me miraría como si yo estuviera loco y pensaría: “¿De qué diablos estás hablando? Yo soy el Rey aquí”. Y tiene razón. Él hace las reglas y yo estoy bien con eso.
Esta es la parte psicológica más dura. Una vez que entro en esa área de los leones, que es propiedad de ellos, tengo que dejar todos mis comportamientos humanos afuera. Mis pensamientos humanos, mis preocupaciones de si pagué la luz, de si mi ex me extraña, todo lo que es “humano” en mí se queda en la reja. Porque allá adentro tengo que ser un león.
Tengo que pensar como león y actuar como león en cada maldita situación. ¿Qué significa esto? Significa que no puedo sentir lástima, ni duda.
Recuerdo una tarde, el calor estaba insoportable, de esos que hacen que el aire se vea borroso. Las “niñas”, las leonas jóvenes, estaban jugando rudo. Se estaba saliendo de control. Yo, con mi instinto humano, quería separarlas suavemente, decirles “ya, cálmense”. Pero eso es debilidad. En ese momento, el Duque se levantó. No rugió. Solo caminó hacia ellas y les lanzó una mirada que heló la sangre. Fue el momento en que el Duque les mostró a las chicas: “Escuchen, se acabó”. Él no estaba listo para jugar más juegos. Y ellas pararon en seco.
Esa es la diferencia enorme entre ser simplemente respetado o aceptado por un león en su entorno, y ser parte de su familia, ser parte real de su manada. Yo aspiro a eso. No quiero ser el cuidador. Quiero ser manada.
Capítulo 3: La sangre y el amor de La Flaca
Hablemos de “La Flaca”. Ustedes la ven en los videos que subo, esa leona que siempre parece que se bañó en pintura roja. Ella es la primera en meterse de cabeza dentro de un animal cuando les damos de comer, hace su trabajo y es increíble en ello. Por eso siempre está tan sangrienta.
Pero lo que pasa después de comer es lo que define nuestra relación. En una manada, lamerse es socializar. Se lamen para limpiarse, pero también para decir “eres mío, te cuido”. Es parte de socializar dentro de una manada de leones.
Ahora, aquí tengo un problema técnico: yo no puedo lamer. Imagínense si me pongo a lamer a una leona llena de sangre de vaca, termino en el hospital con una infección o algo peor. Así que tengo que improvisar. Imito con mis manos el acto de quitarle la sangre y limpiarla. Uso mis dedos como si fueran una lengua rasposa, frotando fuerte su pelaje, quitándole los coágulos.
¿Y saben qué? Miren cómo lo disfruta. Cierra los ojos, ronronea como un motor diésel. En ese momento, no soy un humano limpiando a una bestia; soy un compañero de manada acicalando a otro. Esta es la única manera de ser respetado, aceptado y querido en una manada de leones. No se compra con carne, se gana con contacto, con mugre y con sangre compartida.
Pero el amor de un león duele. Su lengua es como papel de lija industrial. Cuando ella me quiere devolver el favor y empieza a lamerme el brazo, siento que me está arrancando la piel. Y a veces, se emociona. Saca las garras. No para matar, sino para “agarrar”, como abrazar. Pero sus abrazos te pueden abrir las venas.
Capítulo 4: La línea delgada del respeto (24/7)
Hablemos de la palabra “Respeto”. En el barrio, respeto es que no te miren feo. Aquí, el respeto es esencial en una manada de leones todo el día, 24/7. Pero, ¿qué significa realmente?
Respeto significa darse el uno al otro la privacidad y el espacio que necesitan.
A menudo verán en mis fotos que los leones se acuestan uno encima del otro. Aman el afecto y acurrucarse. Es la imagen tierna que vende en Instagram. Pero la realidad es que también hay momentos en los que no les gusta o simplemente no tienen ganas. Tienen días malos, como tú o como yo. Quizás les duele el estómago, quizás hace mucho calor.
Y en esos momentos, te lo harán saber de inmediato. No se guardan nada. No hay hipocresía. Si ellos te avisan y tú das un paso atrás y respetas eso, entonces estás bien en todo momento. Eres “chido”.
Pero… una vez que no lo haces, una vez que no sigues las reglas y dejas de respetar o te pasas de la raya tratando de dominar al otro… ¿Qué pasa entonces?.
Ahí es donde entra la violencia necesaria. No importa si es entre leones, entre machos y hembras, o en mi caso, incluso entre ellos y yo. No te pases de listo.
La Flaca, por ejemplo, es intensa. A veces quiere jugar cuando yo quiero descansar. Ella no puede entrar en mi mundo, en mi privacidad, y simplemente apoderarse de todo. Tengo que ponerle un alto. Y eso es lo mismo que ella hace con los otros leones. ¿Han notado que ella es la que tiene más cicatrices en la cara?. No es porque sea débil, es porque es la más terca. Es la que siempre está probando los límites, y por eso se lleva los zarpazos de los demás. Esas cicatrices son su historial de “lecciones aprendidas” (o no aprendidas).
Capítulo 5: El sistema de advertencia (Escuela de golpes)
Mucha gente cree que el ataque viene de la nada. Falso. Ellos tienen un protocolo de seguridad mejor que el de cualquier escolta.
Por lo general, empiezan a comunicarse en tales situaciones de inmediato a través del lenguaje corporal. Ciertos movimientos que te mostrarán: “Mmm-mm, aléjate”. Puede ser un movimiento rápido de la punta de la cola, o que bajen las orejas y se peguen al cráneo.
Yo no quiero eso. Si veo eso, me muevo. Pero si no puedes ver eso o no lo respetas, empezarán a volverse vocales. Ahí entra el audio. Gruñirán o simplemente harán ciertos sonidos que simbolizan: “Escucha, atención, estás a punto de cruzar esa línea”. Es un sonido bajo, que vibra en tu pecho más que en tus oídos.
Ahora, si eres terco, si todavía continúas y sigues molestándolos, ahí es donde te van a abofetear, arañar, morder o simplemente hacer algo que te lastime seriamente a propósito porque no los escuchaste.
Es su forma de decir: “Eso es una advertencia. Eso es más advertencia. ¿Lo ves? Te lo dije dos veces, te lo dije tres veces. Dímelo una vez más y te voy a destrozar”. Y aquí está la cruda verdad: Desafortunadamente, no pueden multarte. Ellos son su propia policía. No hay juez, no hay jurado. Hay sentencia inmediata. Si algo les duele o les molesta, te lo dicen directamente.
Y escuchen esto bien, porque es la clave de mi supervivencia: no hay absolutamente ninguna diferencia si es entre ellos, león y león, o entre ellos y yo.
Ustedes ven un humano dentro de una manada de leones. Pero ellos ven solo a su familia, su manada. Ellos no ven a un “hombrecito débil”. Ven a otro miembro. Así que, incluso en situaciones violentas, tengo que reaccionar de la misma manera cuando empiezan a usar sus garras conmigo.
Capítulo 6: Mis manos son mis garras
Aquí es donde entra la técnica de defensa. No uso palos, no uso tasers, no uso gas pimienta. Eso rompería la confianza. Tengo que usar lo que tengo.
Les digo: “No uses tus garras. Garras. Uh-uh“. Pero hay cientos de tipos diferentes de usar las garras conmigo.
A veces usan sus garras traseras, y yo sé exactamente que no tienen control total sobre sus garras traseras. Son como niños torpes con las patas de atrás. Así que, por lo general, si me rasguñan así, simplemente lo dejo pasar porque sé que la mayoría de las veces o muy probablemente no lo hizo a propósito.
Me ha pasado. Estoy jugando con el Duque y de repente, ¡Zaz! Me abre la pierna. Mira esto. Acaba de pasar ahora mismo. Sangre. Arde como el infierno. Pero eso no fue a propósito. Eso es solo una reacción refleja. Por eso está bien. Me aguanto el dolor, me limpio con tierra si es necesario y sigo. Si me quejo o me asusto, rompo el momento.
PERO… si uno de ellos usa sus garras delanteras una y otra vez conmigo, y yo les digo “uh-uh, déjalo, no”, y continúan… ahí es donde quieren ver: ¿ok, quién domina a quién?. Es un reto directo a mi autoridad.
En ese punto, lo único que puedo hacer es usar mis nudillos. Les doy un golpe seco, un “smack”. Ya sea en la nariz cuando están mordiendo demasiado fuerte o en las patas cuando están arañando demasiado fuerte o algo así.
Les digo firme: “Garras. Déjalo“.
Es lo mismo que pasa entre leones. Solo que ellos se muerden. La mayoría de las veces, bueno, así es como lo hago yo. Ellos la mayoría de las veces van con todo. Se tiran a matar. Yo no puedo tirar a matar. Solo toco rápidamente en las patas o en la nariz para que sepan: ok, ahora realmente crucé la línea.
Es un recordatorio físico. Y si no paro ahora, ese toque va a empeorar y va a empezar a doler. Tengo que escalar mi violencia al nivel necesario para ser entendido, pero sin lastimarlos de verdad. Es un equilibrio imposible. Es amar con la mano abierta y corregir con el puño cerrado.
Capítulo 7: El testigo silencioso (El camarógrafo)
Ahora, seguro se preguntan algo que leo mucho. “Oye Mateo, tú estás loco, pero ¿y el pobre diablo que te graba? ¿Cómo es que el camarógrafo, el ‘Chuy’, puede estar tan cerca de ellos también y conseguir las tomas más locas conmigo y los leones?”.
La respuesta es simple y a la vez compleja: Él también es parte de la manada.
El Chuy no es un contratado que viene de visita. Él se mudó básicamente conmigo aquí hace 2 años y así es como se convirtió en parte de la manada también. Vivimos juntos, sudamos juntos, olemos igual.
Claro, cada uno tiene su propia relación especial con el león. Incluso entre los leones tienen sus favoritos, así como yo y el Chuy con los leones.
Pero el trabajo de Chuy es más difícil que el mío. Como él está detrás de la cámara, tiene que asegurarse de mantener la distancia para tener a los leones frente a la cámara. Él es invisible, pero está presente. Sin embargo, eso no significa que él no tenga que crear su respeto de vez en cuando también.
Los leones no ven una cámara, ven a otro bulto de carne. También van por él. También saltan sobre él. También usan sus garras con él.
He visto al Duque intentar “cazar” a Chuy mientras graba. Y Chuy no puede correr. Si corre, activa el instinto de presa y se muere. Tiene que plantarse, bajar la cámara y decir “¡NO!” con la misma autoridad que yo.
Me dicen: “Seguro usas trucos”. No va a funcionar. La única razón por la que estamos vivos es porque los conozco desde que son pequeños. Crecimos juntos. No hay truco. Hay historia.
Esta es una relación construida a lo largo de dos años de tiempo. Trabajo intensivo todos los días, cuando llueve, cuando se pone sangriento, cuando hace calor, cuando es de noche, cuando es de día.
No puedes construir eso así como así, o decir “ah, viviré de acuerdo con esos valores y estoy listo para hacer eso, ok, déjame entrar ahí”. Si un extraño intentara hacer lo que hacemos Chuy y yo, no funcionaría. Ni con los leones en el parque nacional, ni con el Duque y la manada. Serían despedazados en segundos.
Capítulo 8: La filosofía de la cicatriz
Estas son las tres cosas fundamentales que se necesitan para convertirme o ser finalmente parte de una manada de leones:
-
Aprender su lenguaje (el 90% silencioso).
-
Dejar tu humanidad en la puerta (pensar como león).
-
Ganarte el respeto con firmeza y amor (la disciplina).
Por supuesto, hay otros cientos, si no miles de detalles de los que podría hablar. Podría contarles sobre cómo huelen el miedo, sobre cómo el clima cambia su humor, sobre cómo la temporada de celo convierte a mis “gatitos” en monstruos irreconocibles. Pero vamos a hablar de eso en otra ocasión.
Vivir así te cambia. Ya no encajo allá afuera. Cuando voy al pueblo por provisiones, veo a la gente peleando por tonterías, por dinero, por ego. Y me da risa. Me da risa porque no saben lo que es un problema real. Un problema real es tener 200 kilos de músculo y dientes mirándote fijamente, decidiendo si hoy eres hermano o comida.
Aquí, la vida es simple. Es brutal, sí, pero es pura. No hay mentiras. Si La Flaca me lame, me ama. Si el Duque me gruñe, me advierte. No hay agendas ocultas. Y prefiero mil veces un zarpazo honesto en la cara que una puñalada traicionera en la espalda de un “amigo” humano.
Espero que hayan disfrutado este relato, raza. Si quieren ver qué pasa cuando llega la temporada de lluvias y los instintos se disparan, asegúrense de suscribirse. Hay mucho más contenido, mucha más sangre y mucho más amor salvaje que quiero mostrarles. Pueden seguir mis otras redes sociales también.
Gracias por leer, por estar ahí, y por tratar de entender que en este mundo, a veces hay que dejar de ser humano para encontrar tu verdadera humanidad. Nos vemos luego.
CRÓNICAS DE SANGRE Y POLVO: EL PRECIO DE LA CORONA (PARTE 3)
Capítulo 1: El Despertar de la Bestia (Y el Hombre)
Son las 4:30 de la mañana. El sol ni siquiera ha pensado en salir sobre este rincón olvidado de México, pero yo ya estoy despierto. No es el despertador del celular lo que me levanta; es un instinto que se me ha metido en los huesos después de dos años viviendo aquí. Allá afuera, en la oscuridad, escucho el primer llamado. No es un rugido de película, de esos que te hacen vibrar las ventanas. Es algo más profundo, un sonido gutural, seco, como si la tierra misma estuviera tosiendo. Es “El Duque”. Está despierto. Y si el Patrón está despierto, la tropa tiene que estar “al tiro”.
Mucha gente me dice: “Mateo, qué vida tan chida tienes, todo el día jugando con gatitos gigantes”. Me da risa. No tienen ni idea de la chamba mental que esto requiere. Antes de siquiera abrir la reja, tengo que prepararme. Me miro al espejo y veo las ojeras, veo la cicatriz nueva en el antebrazo. Me lavo la cara con agua fría y ahí, frente al lavabo, hago el cambio. Dejo de ser Mateo, el vato que le gusta los tacos y escuchar corridos. Tengo que apagar esa parte humana.
Porque una vez que cruzo ese umbral, una vez que entro en esa área de los leones, que es propiedad de ellos, tengo que dejar todos mis comportamientos humanos afuera. No puedo entrar pensando en si voy a pagar la renta o si estoy triste. Allá adentro tengo que ser un león. Tengo que pensar como león y actuar como león en cada maldita situación. Si entro con dudas, si entro con miedo, o peor aún, si entro con arrogancia humana, me van a despedazar. No por maldad, sino porque en su mundo, la debilidad es una invitación y la arrogancia es un insulto.
Salgo de la cabaña. El aire está fresco todavía. Camino hacia el recinto y ahí están. Las sombras se mueven. Veo los ojos brillantes de “La Flaca” y “La Gorda” (mis apodos cariñosos para las leonas, aunque de gordas no tienen nada, son puro músculo asesino). Y en el centro, como una estatua de bronce, “El Duque”.
Capítulo 2: La Danza de la Muerte (Lectura Corporal Avanzada)
Entro. El sonido de la reja cerrándose detrás de mí es el sonido más definitivo del mundo. Clang. Ya no hay vuelta atrás.
En el mundo de los leones, y esto es algo que no me canso de repetir porque es lo que me mantiene vivo, el 90% es lenguaje corporal. Olviden lo que han visto en los zoológicos donde los leones están aburridos y tirados todo el día. Aquí, cada segundo es una conversación. Solo el 10% es comunicación a través de vocalizaciones o sonidos como gruñidos. El resto es silencio. Un silencio pesado, cargado de información.
Camino hacia ellos. El Duque me mira. ¿Cómo me mira? Eso es lo que tengo que descifrar en una fracción de segundo. ¿Sus ojos están relajados o fijos? ¿Su cabeza está ligeramente inclinada?. Cada movimiento de su cabeza, de sus patas, combinado con la cola, es comunicación constante.
Hoy, por ejemplo, El Duque está tenso. Mueve la cola de un lado a otro, como un látigo lento. Eso no es felicidad, raza. Eso es advertencia. Mis ojos también juegan un papel crucial. ¿A dónde miro yo?. Si le sostengo la mirada demasiado tiempo, lo estoy retando. Si miro al suelo, soy sumiso. Tengo que mirar, reconocer y desviar suavemente. Es un “te veo, te respeto, pero no busco pleito”.
Él se acerca. Es una masa de 200 kilos de potencia. Yo decido en ese microsegundo: ¿me muevo hacia atrás o hacia el frente cuando se acercan a mí?. Si retrocedo con miedo, activo su instinto de persecución. Si avanzo agresivo, activo su defensa. Me quedo quieto, plantado. Dejo que él rompa mi espacio personal. Él me huele. Su aliento huele a carne vieja. Me empuja con la cabeza. Es un saludo rudo. “Bienvenido a mi casa, flaco”, parece decirme.
Si no estás consciente de lo que te están diciendo, si no puedes entenderlos o no lo ves, ahí es donde empieza la verdadera lucha y donde se pone peligroso. He visto gente que cree que porque el león bosteza está tranquilo. No, carnal. A veces bostezan para mostrarte los dientes, para enseñarte el arsenal. Tienes que leer las sutilezas.
Capítulo 3: La Jerarquía del Dolor y el Juego
Las “niñas”, La Flaca y compañía, son otra historia. El Duque es el rey, él tiene la seguridad del que manda. Pero las hembras… ellas son las cazadoras, las inquietas. Ellas siempre están probando.
Hoy La Flaca amaneció con ganas de relajo. Se me deja ir corriendo. Para ustedes, ver a un león correr hacia ti es terror puro. Para mí, tengo que analizar su trote. ¿Viene a matar o viene a jugar? Viene a jugar. Pero el juego de un león es la pesadilla de un humano.
Me salta encima. Sus patas pesan como yunques. Me abraza. Y aquí es donde la cosa se pone física. Ella empieza a usar las garras. No para rasgarme, sino para agarrarse. Pero ella no sabe que mi piel es papel comparada con la suya.
Hay cientos de tipos diferentes de usar las garras conmigo. A veces usan sus garras traseras, y yo sé exactamente que no tienen control total sobre sus garras traseras. Es como cuando estás borracho y no controlas las piernas. Ella me está abrazando y, sin querer, empieza a “pedalear” con las patas de atrás. Siento cómo la mezclilla de mi pantalón se rasga y una línea de fuego me cruza el muslo.
¡Ah! Duele como la fregada. Miren esto, acaba de pasar justo ahora. Sangre fresca. Pero, ¿qué hago? ¿Le grito? ¿La golpeo? No. Por lo general, si me rasguñan así, simplemente lo dejo pasar porque sé que la mayoría de las veces o muy probablemente no lo hizo a propósito. Fue un reflejo. Eso no fue a propósito, es solo una reacción refleja, por eso está bien. Me trago el grito, aprieto los dientes y sigo jugando. Si reacciono con dolor, ella se confunde. “Oye, ¿por qué lloras si solo estamos jugando?”.
Pero… hay una diferencia enorme cuando usan las garras delanteras. Esas sí las controlan. Si ella empieza a clavarme las uñas de las manos y yo le digo “No”, y ella sigue… ahí tenemos un problema político. Si uno de ellos usa sus garras delanteras una y otra vez conmigo y yo les digo “uh-uh, déjalo, no”, y continúan, ahí es donde quieren ver: ¿quién domina a quién?.
Es un test. Me está midiendo. “¿Qué vas a hacer, humano? ¿Te vas a dejar?”. Si me dejo, pierdo mi rango. Si pierdo mi rango, soy comida. La única cosa que puedo hacer es usar mis nudillos. No es un puñetazo de pelea de bar. Es un golpe técnico. Les doy un golpe seco, ya sea en la nariz cuando muerden muy fuerte o en las patas cuando arañan. ¡Pum! Un golpe seco en la pata. “¡Garras! ¡Déjalo!”. Ella me mira, sorprendida. Retrae las garras. Entendió. El mensaje llegó. “Te quiero, pero no soy tu juguete de trapo”.
Es lo mismo que pasa entre leones también. Ellos se muerden, se pegan. La mayoría de las veces van con todo. Yo no puedo ir con todo porque no tengo su fuerza, pero tengo que ser firme. Toco rápidamente en las patas o en la nariz para que sepan, “ok, ahora realmente crucé la línea”. Y saben que si no paran ahora, ese toque va a empeorar y va a empezar a doler. Es una escalada de violencia controlada.
Capítulo 4: El Festín Sangriento y el Rol de “Limpiador”
Llega la hora de la comida. Este es el momento más sagrado y peligroso. Tiramos los trozos de carne. El aire se llena de olor a hierro y sangre. El sonido de los huesos rompiéndose es algo a lo que nunca te acostumbras del todo. Suena como ramas secas, pero sabes que son fémures de vaca.
La Flaca es la primera en meterse de lleno dentro del animal para hacer su trabajo y es increíble en ello. Come con una voracidad que asusta. Termina con la cara roja, empapada en sangre. Es una visión demoníaca y hermosa a la vez. Por eso está tan sangrienta.
Y aquí viene mi momento de integración total. En la manada, después de comer, viene el aseo. Se lamen unos a otros. Es parte de socializar dentro de una manada de leones, porque se lamen para limpiarse también. Yo me acerco a ella. Ella está en éxtasis post-comida, con la panza llena y la cara sucia. Me mira esperando que yo cumpla mi rol social. Pero, desafortunadamente, no puedo lamer. No voy a poner mi lengua en esa sangre cruda. Así que estoy imitando con mis manos para quitarle la sangre y dejarla limpia otra vez. Uso mis dedos rígidos, rascando fuerte, simulando la textura de una lengua de gato. Le limpio los ojos, el hocico. ¡Miren cómo lo disfruta!. Cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás. En este momento, soy útil para la manada. No soy un parásito. Soy el que limpia. Y esta es la única manera de ser respetado, aceptado y querido en una manada de leones.
Capítulo 5: El Fantasma detrás del Lente (La Historia de El Chuy)
Ahora, déjenme hacer una pausa para hablar de alguien que está aquí mismo, a un metro de mí, pero que ustedes casi nunca ven. Mi compadre, “El Chuy” (Noi). Me imagino que en esa situación ahora algunos de ustedes deben estarse preguntando: “¿Cómo demonios el camarógrafo de Mateo es capaz de estar tan cerca de ellos también y conseguir las tomas más locas?”. ¿Creen que usamos zoom desde una torre de seguridad? ¡No manches! El Chuy está aquí, en el lodo, conmigo.
La respuesta es simple: Él es parte de la manada de leones también. El Chuy no es un empleado cualquiera. Él se mudó básicamente conmigo aquí hace 2 años y así es como se convirtió en parte de la manada. Ha sufrido lo mismo que yo. Ha sangrado lo mismo.
Pero su chamba es más complicada. Porque él tiene un aparato extraño en la cara (la cámara) que los leones no entienden del todo. Por supuesto, cada uno tiene su propia relación especial con el león , incluso entre los leones, así como yo y el Chuy con los leones. El Duque tiene días que prefiere al Chuy y días que me prefiere a mí. El Chuy tiene que asegurarse, ya que está detrás de la cámara, de mantener la distancia para tener a los leones frente al lente. Tiene que caminar hacia atrás, tropezando con piedras, sin perder el encuadre, mientras un depredador camina hacia él. Eso es tener nervios de acero.
Y eso no significa que él no tenga que crear su respeto de vez en cuando también. Los leones no le dan pase VIP por ser el camarógrafo. También van por él. También saltan sobre él. También usan sus garras con él. He visto al Chuy bajar la cámara en un segundo y poner el antebrazo para bloquear una mordida, darle el comando de “¡NO!” y seguir grabando como si nada. Me dicen: “Seguro están drogados los leones”. No va a funcionar ese pensamiento. Los conozco desde que son pequeños. Crecimos juntos. Esta es una relación construida a lo largo de dos años de tiempo. Es trabajo intensivo cada maldito día. Cuando está lloviendo y el barro te llega a las rodillas. Cuando se pone sangriento. Cuando hace un calor que derrite las piedras. Cuando es de noche y no ves nada. Cuando es de día.
No puedes construir eso así nada más o decir “ah, voy a vivir con esos valores y estoy listo para hacer eso, ok, déjame entrar ahí”. Si tú, querido lector, intentaras entrar aquí hoy, con toda tu buena vibra, no funcionaría. Ni con los leones en el parque nacional y mucho menos con Dexter y la manada. Te verían como un juguete nuevo y ruidoso. Y los juguetes aquí duran poco.
Capítulo 6: La Ley del Respeto (O te alineas o te alinean)
El sol empieza a bajar y el calor cede un poco. Es la hora de la siesta, pero también es la hora de los conflictos territoriales. Hablemos claro del Respeto. Esa palabra que todos usan pero nadie practica. Aquí, el respeto es esencial en una manada de leones todo el día, 24/7. ¿Pero qué significa? Respeto significa darse el uno al otro la privacidad y el espacio que necesitan.
Ahorita, el Duque está echado bajo un árbol. Yo quiero ir a abrazarlo para la foto, para el video. Pero lo veo. Tiene los ojos medio cerrados, la respiración pesada. A menudo pueden ver que los leones se acuestan uno encima del otro. Aman el afecto y acurrucarse. Pero también hay esos momentos cuando no les gusta o simplemente no tienen ganas. Si yo voy ahorita y me le tiro encima, él me va a dejar saber de inmediato. Y si me lo deja saber —quizás con un gruñido sordo— y yo doy un paso atrás y respeto eso, entonces estamos chidos en todo momento.
Pero una vez que no lo haces… una vez que no sigues las reglas y dejas de respetar o te pasas de listo tratando de dominar al otro… ¿Qué pasa entonces?. Ahí se rompe el pacto. El Duque te va a corregir. Y su corrección no es una carta de recursos humanos. Por lo general, empiezan a comunicarse en tales situaciones de inmediato a través del lenguaje corporal, ciertos movimientos que te mostrarán: “uh-uh, aléjate”. “No quiero eso”. Si no puedes ver eso o no lo respetas, empezarán a ponerse vocales. Gruñirán o harán ciertos sonidos que simbolizan: “Escucha, atención, estás a punto de cruzar esa línea”.
¿Y si eres necio? Si todavía continúas y sigues molestándolos, ahí es donde te van a abofetear, arañar, morder o simplemente hacer algo que te lastime seriamente a propósito porque no los escuchaste. Es culpa tuya. 100% tuya. Es una advertencia. Eso es más advertencia. ¿Lo ves? Como te dije dos veces, te lo dije tres veces. Dímelo una vez más y te voy a joder.
Desafortunadamente, no pueden multarte. Ellos son su propia policía. Si algo les duele o les molesta, te lo dicen directamente. Y no hay absolutamente ninguna diferencia si es entre ellos, león y león, o entre yo y ellos. Ustedes ven un humano dentro de una manada. Pero ellos ven solo a su familia, su manada. Así que, incluso en tales situaciones, tengo que reaccionar de la misma manera cuando empiezan a usar sus garras en mí. Tengo que ser policía yo también. Tengo que devolver el golpe si es necesario para mantener el orden. No por odio, sino por orden.
Capítulo 7: Cuando el Duque puso orden (La anécdota del final)
Recuerdo una tarde crítica. Estaba jugando con las chicas, y ellas se pusieron demasiado agresivas. Estaban fuera de control, mordiendo, saltando sin medir fuerza. Yo estaba empezando a sudar frío, porque sentía que perdía el control de la situación. Y entonces, entró el Rey. Este es el momento donde Dexter (El Duque) le muestra a las chicas: “Escuchen, se acabó”. No corrió. No rugió como loco. Solo caminó hacia ellas. Mira ahí. Se paró en medio. Les lanzó una mirada. Él no está listo para jugar ningún juego más. Y las leonas, que segundos antes eran máquinas de caos, se sentaron. Bajaron la cabeza. Se acabó el relajo. Y hay una enorme diferencia entre ser respetado y aceptado por un león en su entorno o ser parte de su familia, ser parte real de su manada. Ese día, el Duque no me salvó porque soy un humano débil. Me salvó porque soy parte de su manada y las chicas estaban rompiendo las reglas con uno de los suyos. Él puso orden en SU familia.
Conclusión: La Vida en la Frontera
Cae la noche. Los grillos empiezan a cantar, pero pronto serán silenciados por los rugidos nocturnos, que son los verdaderos dueños de la noche africana. Estas son las tres cosas fundamentales que se necesitan para convertirme o ser finalmente parte de una manada de leones: Entender el lenguaje corporal, respetar la jerarquía y tener la disciplina para actuar como ellos, no como humano.
Por supuesto, hay otros cientos, si no miles de detalles de los que podría hablar. Podría contarles sobre cómo curar una herida de garra sin ir al hospital, o cómo dormir sabiendo que a diez metros hay asesinos perfectos. Pero hablemos de eso en otra ocasión.
Espero que hayan disfrutado este relato, y si quieren ver qué sigue, entonces asegúrense de suscribirse a mi canal ahora mismo. Porque esto no es un show, raza. Esto es mi vida. Y cada día es un regalo que me gano a pulso, garra a garra. Y si quieren ver más contenido, son muy bienvenidos a seguir mis otras redes sociales también. Gracias por leer y nos vemos luego.
Aquí tienes la Parte 4 de la historia de Mateo. He profundizado al máximo en la narrativa, explorando los aspectos más oscuros, psicológicos y físicos de vivir en la manada, manteniendo el estilo mexicano y cumpliendo con la extensión y detalle solicitados.
LA NOCHE ETERNA: CUANDO EL CIELO SE CAE Y LA MANADA RUGE (PARTE 4)
Capítulo 1: El Olor de la Tormenta (El cambio de humor)
Si creían que el sol del mediodía era el enemigo, es porque nunca han estado aquí cuando el cielo se pone negro. En México decimos que “se va a caer el cielo” cuando las nubes se ponen de ese color morado oscuro, cargadas de agua y furia. Pero aquí, en la sabana, cuando se cae el cielo, también se cae el orden.
Hoy quiero hablarles de algo que rara vez sale en los videos bonitos de internet: el caos climático y cómo destruye las reglas.
Los leones son como barómetros vivientes. Horas antes de que caiga la primera gota, ellos ya lo saben. La presión atmosférica cambia y algo en sus cabezas hace clic. El Duque, que generalmente es un estoico, empieza a caminar en círculos. La Flaca se pone irritable, bufa por cualquier cosa. El aire se vuelve eléctrico, y esa electricidad se les mete en los músculos.
Recuerdo una tarde específica. El viento empezó a soplar de golpe, levantando remolinos de polvo rojo que te ciegan. El polvo se te mete en los ojos, en la nariz, en los dientes. Y ahí es donde entra el primer problema técnico de mi supervivencia: Si el 90% de la comunicación es visual, ¿qué pasa cuando no puedes ver bien?.
El polvo me tapaba la visión periférica. El Duque estaba a mi izquierda, pero yo apenas podía distinguir su silueta entre la tierra volando. Y él estaba nervioso. El viento hace ruido, mucho ruido. Los leones odian cuando no pueden escuchar si algo se acerca. Se ponen paranoicos.
En ese momento, yo soy el elemento más débil de la manada. Mis sentidos humanos son basura comparados con los de ellos. Yo no huelo la lluvia a kilómetros, yo no escucho el trueno antes de que suene. Así que tengo que confiar ciegamente en ellos. Si ellos se tensan, yo me tenso. Si ellos corren, yo… bueno, yo evalúo si debo correr o quedarme quieto, porque recuerden: correr es de presas.
Capítulo 2: Lodo, Sangre y Resbalones (La física del desastre)
Y entonces, se rompió el cielo. La lluvia aquí no cae, te golpea. Son gotas del tamaño de canicas que caen con violencia. En segundos, el suelo seco y duro se convierte en una pista de patinaje de lodo chicloso.
Estábamos lejos del refugio techado. Teníamos que movernos. Y aquí es donde la “magia” de la televisión se acaba y empieza la cruda realidad. Un león tiene cuatro patas con tracción 4×4 y garras que funcionan como crampones para el hielo. Yo tengo dos patas y unas botas viejas que ya no tienen suela.
El Duque decidió correr hacia los árboles. La manada lo siguió. Yo intenté mantener el paso, no por hacerme el héroe, sino porque quedarse solo y aislado en una tormenta con la visibilidad nula es peligroso. Si me separo, y de repente aparezco de entre la lluvia frente a uno de ellos, podrían no reconocerme al instante. El susto provoca ataque.
Corrí. Y pasó lo inevitable. Me resbalé.
Caí de boca en el lodo. El impacto me sacó el aire. Por un segundo, todo fue oscuridad y sabor a tierra mojada. Y en ese segundo, mi cerebro reptiliano, el instinto más básico, gritó: “¡Levántate, idiota! ¡Estás en el suelo! ¡Eres presa!”.
Porque eso es lo que pasa. En la naturaleza, lo que está en el suelo y no se mueve, se come. O se juega con ello hasta matarlo.
Sentí el peso antes de verlo. Algo grande me pisó la espalda baja. No con garras, pero con un peso de 150 kilos. Era una de las leonas jóvenes. Me estaba “investigando”. Para ella, yo ya no era el Mateo alto que camina en dos patas. Era un bulto en el lodo.
Me giré lentamente, limpiándome los ojos con el antebrazo. Tenía la cara de La Gorda a cinco centímetros. Sus bigotes me hacían cosquillas. Sus pupilas estaban dilatadas, negras como pozos, excitadas por la tormenta. Estaba en modo “caza-juego”.
—¡Hey! ¡Arriba! —le grité, pero el viento se llevó mi voz.
Ella abrió la boca y me tomó la cabeza. No mordió fuerte, pero sentí sus colmillos rozando mi cráneo. Era un “mouthing”, un tanteo. “Probando la mercancía”.
Ahí tuve que aplicar lo que les conté en la parte anterior, pero en modo extremo. No podía usar mis manos para simular garras porque estaba atrapado bajo el lodo. Tuve que usar mi actitud.
Me impulsé con una fuerza que no sabía que tenía, me senté y le di un empujón fuerte en el pecho con el hombro, gritando desde el diafragma, un sonido grave, casi un rugido humano.
—¡NO!
Ella se sorprendió. Soltó mi cabeza y dio un salto atrás. Me puse de pie, tambaleándome, cubierto de lodo de pies a cabeza. Ya no parecía humano. Quizás eso ayudó. Parecía un monstruo de pantano. Ella me miró, bajó las orejas y entendió. “Ah, eres tú. El humano loco. Perdón, me emocioné”.
Ese momento, raza, ese pequeño instante donde pasé de ser juguete a ser líder otra vez, es lo que me mantiene vivo. La autoridad no es un título que te dan una vez y ya; la autoridad se renueva cada minuto, en cada caída, en cada levantada.
Capítulo 3: La Noche de los Ojos Brillantes
La tormenta pasó, pero dejó la noche. Y la noche en el recinto es otro mundo. La gente me dice: “¿Por qué no te encierras en tu cabaña y sales hasta que amanezca?”. Porque la manada no duerme toda la noche. Y si quiero ser manada, tengo que vivir sus ritmos.
A veces, me quedo con ellos bajo las estrellas (o las nubes, en este caso). Hacemos una fogata pequeña, no muy grande para no asustarlos, solo para calentar. El Chuy (mi camarógrafo y hermano de vida) estaba temblando de frío, tratando de secar el lente de la cámara con su camiseta. —¿Crees que el Duque esté de malas hoy? —me preguntó Chuy, susurrando. —El Duque está mojado, güey. Nadie está feliz mojado —le contesté.
De la oscuridad, emergieron dos luces verdes. Luego dos más. Luego otras dos. Son los tapetum lucidum, la capa reflectante en los ojos de los leones. Ver eso acercarse hacia ti en la oscuridad total te recuerda que, evolutivamente, nosotros somos el almuerzo.
El Duque salió de las sombras. Se sacudió el agua, lanzando una lluvia de gotas frías sobre nosotros. Se echó junto al fuego. El calor le gustó. Este es el momento de la convivencia pasiva. Aquí no hay juegos, no hay saltos. Es solo estar. Me senté a su lado. Me recargué en su lomo. Está caliente, hirviendo casi. Su corazón late más lento que el mío, pero mucho más fuerte. Bum… bum… bum… Sientes cada latido en tu propia espalda.
Y aquí entra la reflexión profunda, carnal. Mucha gente piensa que dominar a un león es hacerlo saltar por un aro. No. Dominar es que te permita usarlo de almohada mientras él tiene las armas para matarte en un segundo. Esa confianza es absoluta.
Pero no se confundan. Si yo hago un movimiento brusco, si piso su cola en la oscuridad, la reacción será automática. El instinto no tiene amigos. El instinto es un programa de computadora diseñado para sobrevivir. Si le duele, muerde. Después pregunta. Por eso, incluso relajado, estoy en alerta amarilla. Mis músculos no se sueltan del todo. Estoy listo para rodar, para cubrirme el cuello, para gritar. Es un descanso tenso, una meditación de guerrero.
Capítulo 4: Las Cicatrices Invisibles (El costo mental)
Hablemos de lo que no se ve. Las cicatrices en mi brazo, las que me hizo La Flaca jugando, o el Duque “corrigiéndome”, esas sanan. Se hacen costra, se cae, queda la marca blanca y se convierte en historia para contar en el bar. Pero hay otras cicatrices. Las de la mente.
Vivir así te aísla. Llevo dos años aquí. Me he perdido bodas de mis primos, navidades con mi jefa, los cumpleaños de mis sobrinos. Veo las fotos en Facebook: todos en la carne asada, con la chela en la mano, riéndose. Y yo estoy aquí, quitándole garrapatas a un león de 200 kilos o curándome una infección en el dedo porque me rasguñaron con una uña llena de bacterias de carne podrida.
A veces, la soledad golpea más fuerte que el Duque. Te preguntas: “¿Vale la pena?”. “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”. Pero luego, pasa algo. Como esa noche después de la tormenta.
Estaba yo medio deprimido, mirando el fuego, pensando en unos tacos al pastor que me comería si estuviera en la CDMX. Y sentí algo rasposo en la mano. Era La Flaca. Se había acercado en silencio (algo increíble para su tamaño). Me estaba lamiendo la mano. No fuerte, no para quitar sangre. Lamiendo suave. Me miró. Puso su cabezota en mi regazo. Suspiró. En ese suspiro, me dijo todo. “Estás aquí. Eres nuestro. No estás solo”.
Esa conexión… no la tienes con humanos. Los humanos te juzgan, te piden dinero, te mienten. Estos animales, si te quieren, te lo demuestran poniendo su cuello vulnerable cerca de tus manos. Si te odian, te matan. Esa honestidad brutal es adictiva. Es una droga. Por eso no puedo irme. Por eso, aunque extraño los tacos y a mi abuela, este es mi lugar. He dejado de ser completamente humano para poder ser parte de algo más antiguo, más real.
Capítulo 5: El Incidente del Intruso (La prueba de fuego)
Ahora, quiero contarles algo que pasó hace unos meses y que demuestra por qué nadie más puede entrar aquí. Tuvimos una visita. Un “experto” veterinario que venía a checar a uno de los leones que andaba cojeando. El tipo era buena onda, sabía su teoría. Pero no sabía la práctica de esta manada.
Yo le dije: “No entres. Yo lo saco o yo lo inyecto. Tú dime qué hacer y yo lo hago”. Él insistió: “No, Mateo, yo he trabajado con leones en zoológicos, sé manejarme”. Grave error. Un león de zoológico está institucionalizado. Un león de mi manada es un rey soberano en su territorio.
El veterinario se acercó a la reja. Solo a la reja, ni siquiera entró. Pero cometió el error de mirar al Duque a los ojos y sostener la mirada, tratando de “proyectar confianza”. También cometió el error de levantar la mano bruscamente para señalar.
El Duque no rugió. No hizo ruido. Solo cargó. Fue como ver un misil dorado. En un parpadeo, pasó de estar echado a estar estrellándose contra la malla ciclónica. ¡BAM! La reja se dobló. El veterinario cayó de nalgas al suelo, pálido como un papel. El Duque estaba al otro lado, de pie sobre sus patas traseras, resoplando, enseñando colmillos del tamaño de mis dedos.
Yo tuve que intervenir. —¡DEXTER! ¡HEY! ¡DÉJALO! Me puse entre la reja y el león (desde adentro). El Duque me miró. Estaba furioso. “¿Quién es este payaso que me reta en mi casa?”, me decía con los ojos. Tuve que usar mi cuerpo para bloquear su visión. Le di palmadas en el pecho, empujándolo hacia atrás. —Tranquilo, papá. Tranquilo. Es un idiota. Ya se va.
El Duque me bufó en la cara. Me bañó de saliva. Me dio un empujón con la cabeza que casi me tira. Pero no me mordió. Esa es la diferencia. A él lo quería matar. A mí me estaba regañando por traer intrusos. El veterinario se fue gateando. Nunca más volvió. Me dejó la medicina en la puerta y me mandó las instrucciones por WhatsApp.
Ahí confirmé lo que les dije en la Parte 1: No cualquiera puede ser parte de la manada. No es algo que aprendes en un curso de fin de semana. Es algo que vives, que respiras. El Chuy y yo somos los únicos aceptados porque hemos pagado el precio en tiempo, sudor y sangre.
Capítulo 6: La Técnica del “Knuckle Smack” (Detalles técnicos)
Quiero profundizar más en esa técnica de corrección que mencioné, porque veo que muchos tienen dudas y piensan que maltrato a los animales. Cuando digo que uso mis nudillos, no es boxeo. Imaginen que están jugando con un perro grande y se pone mordelón. Le das un toque en el hocico para distraerlo. Con un león es igual, pero la escala de fuerza es diferente.
Si yo le doy un toquecito suave, él piensa que es una caricia. Tengo que golpear hueso con hueso. Es un golpe seco, rápido. Prak. Tiene que sonar. Y tiene que ir acompañado del comando verbal: “¡NO!” o “¡DÉJALO!”.
Pero aquí está el truco: Inmediatamente después de corregir, tengo que ofrecer una alternativa. Si le pego en la mano porque me sacó las garras, y él las guarda, al segundo siguiente tengo que acariciarlo o darle un juguete. “Eso no, esto sí”. Es psicología básica. Si solo castigas, creas un animal resentido y agresivo. Si corriges y rediriges, creas un animal educado.
Y créanme, no quieres un león resentido. Un león resentido espera. Espera a que te des la vuelta. Espera a que te enfermes. Espera a que tropieces en el lodo. Y ese día, se cobra todas las deudas. Por eso mi relación con ellos se basa en la justicia. Ellos saben que si les doy un golpe, es porque se pasaron de la raya. No es gratis. Y yo sé que si ellos me rasguñan, a veces también es mi culpa por no leer las señales.
Capítulo 7: La Mirada de la Muerte (Cuando casi acaba todo)
Hubo una vez, solo una, que pensé: “Ya valió”. Fue con un macho joven, no el Duque, uno que rescatamos temporalmente. Se llamaba “Cicatriz” (original, lo sé). Cicatriz no creció conmigo. Tenía traumas. Lo habían maltratado en un circo clandestino. Yo estaba tratando de ganarme su confianza. Entré con comida. Él estaba en la esquina. Cometí el error de arrinconarlo sin querer. Me moví para dejar la carne y bloqueé su ruta de escape.
En su mente traumada, yo no era Mateo el amigo. Yo era el domador con el látigo. Se agazapó. Orejas pegadas al cráneo totalmente. Cola quieta (la cola quieta es peor que la cola moviéndose, significa que ya tomó la decisión de atacar). Hizo ese sonido… ese sonido que no sale en YouTube. Es como un silbido gutural antes del rugido.
Me congelé. Sabía que si corría, me mataba. Sabía que si lo atacaba, me mataba. Estaba a tres metros. Mi única opción fue hacerme pequeño pero mantener la mirada. Me arrodillé lentamente. Sí, me puse a su altura. Es contraintuitivo. Te dicen “hazte grande”. Pero con un animal asustado y traumado, “grande” es amenaza. “Pequeño” es inofensivo.
Bajé la mirada al suelo, luego la subí a sus patas, luego a sus ojos, y luego la quité rápido. Parpadeé lentamente. Muy lento. Le dije con voz suave, casi cantando: —Ya estuvo, carnal. Todo bien. La carne es tuya. Yo me voy.
Fueron los 3 minutos más largos de mi vida. Él relajó un milímetro una oreja. Di un paso atrás, arrastrando las rodillas. Otro paso. Él bufó y se lanzó… sobre la carne. Empezó a comer con desesperación. Salí de ahí temblando. Me tuve que sentar afuera de la jaula a vomitar de la pura adrenalina. Ese día aprendí que no todos los leones pueden ser salvados con amor inmediato. Algunos necesitan tiempo, mucho tiempo, para sanar sus demonios. Y que mi confianza no puede ser arrogancia.
Capítulo 8: El Futuro de la Manada (Legado)
Ya voy para viejo en este negocio. Bueno, tengo 30 y tantos, pero en años de león, el cuerpo se desgasta rápido. Mis rodillas truenan, mi espalda duele de cargar carne y de dormir en el suelo. Me pregunto qué pasará cuando ya no pueda ser el “Alpha” físico. El Duque también envejece. Su melena está más oscura, sus dientes más amarillos. Llegará el día en que un león más joven lo retará. Es la ley de la vida. Y llegará el día en que yo no podré entrar ahí con la misma agilidad.
¿Qué haré entonces? Supongo que me convertiré en el viejo sabio que mira desde la reja. O tal vez, el Chuy tomará el mando. Pero por ahora, mientras mis piernas aguanten y mis reflejos funcionen, seguiré entrando. Seguiré siendo el único humano que puede meter la mano en la boca del león y sacar una sonrisa (o algo parecido).
Porque, raza, esto no es un hobby. No es para tener likes en Instagram. Esto es una misión. Mi misión es mostrarles a ustedes que estos animales no son monstruos asesinos sin cerebro. Son seres complejos, con lenguaje, con emociones, con familias. Son capaces de amar, de perdonar y de aceptar a un simio calvo (yo) en su círculo sagrado.
Conclusión: ¿Por qué lo hago?
Termino esta parte con una reflexión que escribí en mi diario esa noche de tormenta, mientras el Duque roncaba a mi lado y el fuego se apagaba.
“Me preguntan si tengo miedo a morir. La respuesta es sí. Todos tenemos miedo. Pero tengo más miedo a vivir una vida vacía. Tengo más miedo a llegar a los 80 años, mirar atrás y ver que solo fui a la oficina, pagué facturas y vi la tele. Aquí, cada día cuenta. Cada cicatriz es un recuerdo. Cada rugido es una canción. Prefiero morir joven con el corazón lleno de aventuras, que morir viejo con el alma vacía.”
Así que, la próxima vez que vean mis videos, no vean solo al “loco de los leones”. Vean el esfuerzo, la técnica, el respeto y el amor brutal que hay detrás de cada imagen.
Y prepárense, porque la temporada de sequía viene. Y cuando falta el agua, la manada se pone aún más tensa. Los instintos de supervivencia se afilan. Y yo tendré que estar más “al tiro” que nunca.
¿Quieren saber cómo sobrevivimos cuando el agua se acaba y los leones empiezan a mirar a todo lo que se mueve como una bolsa de líquido vital? Suscríbanse y no se pierdan la próxima parte. Porque esto apenas se está poniendo bueno.
Nos vemos en la jungla, raza.
EL ÚLTIMO RUGIDO: LA HERENCIA DE LA SANGRE Y EL ADIÓS (PARTE FINAL)
Capítulo 1: La Calma Después de la Furia
Después de la tormenta que les conté, siempre llega una calma extraña. El suelo humea. Ese olor a tierra mojada, a petricor, se mezcla con el olor almizclado de los leones. Es mi perfume favorito. Si pudieran embotellarlo, le pondrían de nombre “Supervivencia”.
Hoy, sentado en el cofre de mi vieja camioneta, mirando cómo el sol empieza a secar el lodo en el recinto, me pongo a pensar en todo lo que hemos recorrido. Ustedes, que han leído estas crónicas, y yo, que las he vivido en carne propia.
Me preguntan mucho: “¿Mateo, cuándo vas a parar? ¿Cuándo vas a decir ‘ya estuvo’, me voy a casar, tener hijos humanos y dejar de arriesgar el pellejo?“. La respuesta es simple y aterradora: Nunca. Porque una vez que entraste, una vez que cruzaste esa línea invisible, ya no hay salida. No porque ellos no me dejen salir, sino porque mi alma ya no cabe allá afuera.
Miro al Duque. Se está lamiendo una pata, tranquilo, majestuoso. Hace apenas unas horas, ese mismo animal era una furia de la naturaleza capaz de arrancar una puerta de acero. Ahora, parece un gatito gigante. Esa dualidad es lo que me atrapa.En el mundo de los leones, no hay rencores. No es como con los humanos. Si me peleé con mi compadre ayer, hoy me sigue mirando feo. El Duque no. Si ayer me tuvo que dar un zarpazo para corregirme, hoy ya se le olvidó. Porque en el momento en que yo respeté su advertencia, el conflicto se acabó. Borrón y cuenta nueva. Esa es una lección de salud mental que todos deberíamos aprender de ellos.
Capítulo 2: El Espejo de la Bestia (Lo que veo en ellos)
Quiero regresar a un punto vital que mencioné al principio, pero que necesito que se lleven grabado en la cabeza para siempre.Yo no les enseñé ningún idioma. Ellos no hablan mi idioma. Mucha gente cree que soy un “encantador”. Que tengo un don místico. ¡Puras habas! Yo vine aquí y aprendí su idioma . Fui yo el que tuvo que hincar la rodilla y observar. Fui yo el estudiante.
Si yo le dijera a Dexter (el Duque) ahorita mismo: “Oye, siéntate” o “Párate” o “Vete para allá”, él me miraría y pensaría: “¿De qué demonios estás hablando? Yo soy el rey aquí” . Y tendría toda la razón.Yo hago las reglas y estoy bien con eso. Ellos hacen las reglas y yo sigo sus reglas . Esa humildad es la clave. El ego mata. En la ciudad, el ego te consigue un ascenso. Aquí, el ego te consigue una mordida en la yugular.
Cuando entro a esa área de los leones, que es propiedad de ellos, tengo que dejar todos mis comportamientos humanos, mi pensamiento humano y todo lo que es humano sobre mí allá afuera . Es como quitarse una ropa pesada. Me quito la lógica, me quito la moralidad humana, me quito las leyes civiles. Porque aquí adentro tengo que ser un león . Tengo que pensar como un león. Tengo que actuar como un león en cada situación .
¿Saben lo difícil que es eso? Imaginen que alguien te insulta en la calle. Tu instinto humano es insultar de vuelta o llamar a la policía. Aquí, si alguien me “insulta” (me gruñe), mi reacción tiene que ser primitiva. Evaluar amenaza. ¿Es real? ¿Es juego? Reaccionar físicamente. Sin palabras. Sin juicios. Pura acción.
Capítulo 3: La Familia Elegida (El Chuy y la Lealtad)
No puedo cerrar esta historia sin darle el crédito final a mi sombra, a mi hermano de otra madre: El Chuy (Noi). En los comentarios siempre leo: “Mateo es el valiente”. Pero nadie habla del que no tiene las manos libres para defenderse.El Chuy es parte de la manada de leones también . No es un trabajador. No le pago por horas. Él vive esto.Se mudó básicamente conmigo a Sudáfrica hace 2 años y así es como se convirtió en parte de la manada también .
Imaginen la confianza que debe tener en mí y en los leones. Él está mirando a través de un visor pequeño. Su visión está limitada. Si un león viene por su lado ciego, él depende de que yo le avise o de que el león lo respete.Por supuesto, cada uno tiene su propia relación especial con el león . He visto a La Flaca ir directamente a abrazar al Chuy, ignorándome a mí. Y me da celos, lo admito. Pero me da gusto. Porque incluso entre los leones, así como yo y el Chuy con los leones, hay preferencias .
El Chuy tiene una chamba doble. Tiene que asegurarse, ya que está detrás de la cámara, de mantener la distancia para tener a los leones frente a la cámara . Es un director de cine en medio de una zona de guerra. Pero eso no le da inmunidad diplomática. Eso no significa que él no tenga que crear su respeto de vez en cuando también .También van por él. También saltan sobre él. También usan sus garras con él .
El otro día, estábamos grabando la salida (“outro”) de un video. Yo estaba hablando a la cámara, todo inspirado. Y detrás de mí, vi que el Duque se agazapaba mirando al Chuy. El Chuy no se movió. Siguió grabando. El Duque saltó. El Chuy, con una mano sosteniendo la cámara de 5 mil dólares y con la otra hecha puño, le dio un toque en el pecho al león en el aire y le dijo: “¡Quieto!“. El Duque aterrizó, lo lamió en la rodilla y se fue. Corte. Queda. Eso, señores, es tener los pantalones bien puestos. No va a funcionar si tienes miedo . El miedo huele. El miedo apesta. Y ellos odian el olor a miedo porque lo asocian con presas o con rivales débiles.
Capítulo 4: El Mapa de la Piel (Las Cicatrices)
Mírenme bien. No soy modelo de revista. Mi piel es un mapa de carreteras mal pavimentadas. Cada cicatriz tiene una historia. Tengo una en el hombro que me hizo Nyla (La Flaca). Ella es la que tiene más cicatrices en la cara también . ¿Por qué? Porque ella es la rebelde.Ella no puede entrar en mi mundo, como mi privacidad, y simplemente apoderarse de todo . Ella siempre intenta cruzar la línea. Y eso es lo mismo que hace con los otros . Es la que siempre inicia los pleitos.Por eso es la que tiene más cicatrices .
Y yo tengo las mías por su culpa. Recuerdo esta de aquí, en el antebrazo. Estaba limpiándola después de comer. Como les dije, estoy imitando con mis manos para quitarle la sangre . Ella estaba feliz. Pero de repente, vio una mosca o algo, giró la cabeza bruscamente y ¡zaz! Su colmillo me rasgó la piel. No fue ataque. Fue un accidente de tráfico.Hay cientos de tipos diferentes de usar las garras en mí . A veces es torpeza. A veces usan sus garras traseras y sé exactamente que no tienen control total .Así que usualmente si me rasguñan así, solo lo dejo porque sé que la mayoría de las veces no lo hizo a propósito .Mira esto. Justo pasó ahorita . Me limpio la sangre con saliva y sigo.Pero eso no fue a propósito. Es solo una reacción refleja. Por eso está bien .
Pero hay otras marcas que sí duelen en el orgullo. Las marcas de la “corrección”. Cuando el Duque me ha tenido que poner en mi lugar. Cuando empiezan a volverse vocales y yo no escuché . Cuando gruñen o hacen ciertos sonidos que simbolizan “escucha, atención, estás a punto de cruzar la línea” . Y yo, por necio o distraído, seguí.Si todavía continúas y sigues molestándolos, ahí es donde te van a abofetear, arañar o morder . Esa cicatriz en mi pierna es un recordatorio: “Te lo dije dos veces. Te lo dije tres veces” .Dímelo una vez más y te voy a fregar . Ellos cumplen sus amenazas. Siempre.
Capítulo 5: La Filosofía del Dolor (Policía Interna)
Esto suena brutal para la gente de cristal de hoy en día. “¡Ay, qué violencia!“. No, carnal. Esto es honestidad.Desafortunadamente, no pueden multarte. Ellos son su propia policía . En la naturaleza no hay jueces. No hay abogados.Si algo duele o molesta, te lo dicen directamente .Y no hay absolutamente ninguna diferencia si es entre ellos, león y león, o entre yo y ellos .
Para ustedes, ven un humano dentro de una manada de leones.Pero ellos ven solo a su familia, su manada . Por eso, incluso en tales situaciones, tengo que reaccionar de la misma manera cuando empiezan a usar sus garras en mí . Tengo que ser firme.Uh-uh. Déjalo. No . Si uno de ellos usa sus garras delanteras una y otra vez… ahí es donde quieren ver quién domina a quién . Y ahí es donde entra mi puño.Lo único que puedo hacer es usar mis nudillos, darles un golpe seco . No para romper huesos. Para romper la actitud.Ya sea en la nariz cuando muerden muy fuerte o en las patas .Garras. Déjalo .
Es lo mismo que pasa entre leones. La mayoría de las veces van con todo . Yo solo toco rápidamente en las patas o nariz para que sepan: ok, ahora crucé la línea .Y si no paro ahora, ese toque va a empeorar y va a empezar a doler . Es un lenguaje universal. El dolor es el maestro más estricto, pero el que mejor enseña.
Capítulo 6: El Legado (¿Qué pasará cuando yo no esté?)
El sol ya casi se mete. El cielo está pintado de naranja y morado, colores que solo se ven aquí. Me pongo melancólico. Estos animales viven menos que nosotros. El Duque ya es un adulto. Sus años están contados. Llegará el día en que tendré que enterrarlo. Y ese día, una parte de mí se va a morir también. Porque los conozco desde que son pequeños. Crecimos juntos .Esta es una relación construida a lo largo de dos años (y más) de tiempo .Trabajo intensivo cada día, lloviendo, sangrando, con calor, de noche, de día .
No puedes fingir esto. No puedes comprar esto.No puedes construir eso así nada más . Mucha gente rica me escribe: “Te compro un león”. “Quiero ir a jugar con ellos”. Están locos.No funcionaría. Ni con los leones del parque nacional, ni con Dexter y la manada . Serían carne molida en minutos.
Mi legado no es ser famoso. Mi legado es que ustedes entiendan que estos animales merecen existir. Merecen respeto. Y merecen amor, pero amor del bueno, del que respeta su naturaleza salvaje, no del que los quiere convertir en mascotas. Yo no tengo mascotas. Tengo compañeros de guerra.
Capítulo 7: La Despedida (Por ahora)
Ya es casi de noche. Las “niñas” se están acomodando para dormir, hechas una montaña de piel dorada. El Duque me mira una última vez antes de cerrar los ojos. Me acerco a él. Le pongo la mano en la melena. Es áspera, llena de polvo y hojas secas. Acerco mi frente a la suya. Siento su respiración. En este momento, no hay cámaras. No hay Facebook. No hay viralidad. Solo hay dos seres vivos compartiendo el mismo aire en medio de la nada. Este es mi pago. No necesito dinero. Este momento vale más que todo el oro del mundo.
Estas son las tres cosas fundamentales que se necesitaban para convertirme o ser finalmente parte de una manada: Amor, Respeto y Comprensión del Lenguaje .Por supuesto, hay otros cientos, si no miles de detalles de los que podría hablar, pero hablemos de eso en otra ocasión . Podría contarles sobre sus sueños, sobre sus miedos, sobre cómo roncan. Pero hay que dejar algo para después.
Espero que hayan disfrutado este video (y esta historia escrita) . Lo hago por ustedes, pero sobre todo, lo hago por ellos. Para ser su voz.Si quieren ver qué sigue, entonces asegúrense de suscribirse a mi canal de YouTube ahora mismo . Porque la historia no termina aquí. Mañana sale el sol, y mañana hay que volver a sobrevivir. Mañana hay que volver a ganarse la corona.Y si quieren ver más contenido, son muy bienvenidos a seguir mis otras redes sociales también .
Gracias, raza. Gracias por leerme. Gracias por no juzgarme de loco, o si lo hacen, gracias por acompañarme en mi locura. Recuerden: la vida es muy corta para vivirla con miedo. Salgan, rujan, defiendan su territorio y amen a su manada, sea quien sea.Gracias por ver y nos vemos luego .