
El guardia de seguridad arrugó la nariz cuando vio mi vieja camioneta Ford estacionarse entre los Mercedes y los BMW blindados. —Aquí no es la entrada de servicio, amigo —me soltó, poniendo una mano sobre su arma.
Me acomodé la gorra y respiré hondo. Sabía que no encajaba ahí. Mis manos tienen callos, mi ropa es sencilla y vengo de una colonia donde las casas no tienen nombre, tienen número y gracias. Pero el señor Humberto Garza, el dueño de todo ese imperio tecnológico, estaba desesperado.
Su hija Sofía, de 17 años, no era la misma desde aquella noche. Un conductor borracho se pasó un alto y destrozó su auto, su columna y sus sueños. El dinero de su papá trajo a los mejores médicos de Suiza y Alemania. Le arreglaron los huesos, sí, pero no pudieron arreglar lo que se rompió por dentro.
Me hicieron pasar. La mansión olía a lavanda cara y a un silencio sepulcral. Don Humberto me recibió en la sala, con los ojos rojos de no dormir. —Eres mi última opción —me dijo, sin rodeos—. Me dicen que trabajas con veteranos, que tienes métodos… diferentes. Pero mírate, ¿qué puedes hacer tú que no hayan hecho los mejores doctores del mundo?
—Déjeme verla, patrón —le dije suavemente.
Subí a su habitación. Sofía estaba ahí, sentada frente a la ventana, mirando hacia el jardín como si la vida estuviera pasando allá afuera y ella ya no fuera parte de ella. Era una estatua de tristeza.
—Vete —murmuró sin voltear—. No quiero más terapeutas, no quiero más lástima.
No dije nada. Solo avancé hacia el centro del cuarto. El sonido de mis llantas sobre la madera pulida hizo que ella girara la cabeza de golpe. Sus ojos se abrieron como platos. Se quedó helada.
—¿Por qué…? —balbuceó, mirando mis piernas—. ¿Por qué estás en una silla de ruedas?
Sonreí, esa sonrisa que solo tenemos los que hemos bajado al infierno y regresado. —Accidente de auto, hace ocho años. Un conductor ebrio, igual que el tuyo.
Ella bajó la guardia por primera vez en meses. Los doctores caros sentían lástima por ella, pero yo… yo conocía su dolor. Me acerqué un poco más y le dije lo que nadie se había atrevido a decirle, las cinco palabras que cambiarían todo:
—No vine a hacerte caminar… vine a enseñarte a pararte.
¿QUÉ LE DIJE DESPUÉS PARA QUE ROMPIERA EN LLANTO Y CÓMO UN HOMBRE EN SILLA DE RUEDAS LE DEVOLVIÓ LA VIDA A LA HEREDERA MÁS RICA DEL PAÍS?!
Parte 2: El Arte de Ponerse de Pie
Capítulo 1: El silencio en la jaula de oro
El silencio que siguió a mis palabras pesaba más que el concreto con el que yo solía trabajar en la obra antes de mi accidente. Sofía me miraba, y por primera vez en mucho tiempo, no vi en sus ojos esa lástima automática que la gente suele tenernos a los que andamos en silla de ruedas. Lo que vi fue confusión. Y la confusión es buena, porque significa que alguien está pensando, que has logrado romper el guion que tienen programado en la cabeza.
—¿Ayudarme a pararme? —repitió ella, con un hilo de voz que temblaba—. ¿Te estás burlando de mí? Los doctores dijeron que mi médula está seccionada. No hay milagros aquí.
Don Humberto, su padre, dio un paso adelante, con esa autoridad de hombre acostumbrado a mandar en rascacielos y cerrar tratos millonarios.
—Oiga, amigo —me dijo, bajando la voz pero con tono amenazante—, si vino a venderle falsas esperanzas a mi hija, le sugiero que se dé la vuelta y se largue. He pagado a los mejores neurólogos de Suiza. Si ellos dicen que no caminará, no quiero que un… terapeuta de barrio venga a contarle cuentos.
Suspiré. Conocía ese tono. Era el tono de un hombre que cree que puede controlar todo, incluso la desgracia, si firma el cheque lo suficientemente grande.
Rodé mi silla un poco más cerca de la cama de Sofía, ignorando al padre por un segundo.
—No hablo de tus piernas, Sofía —le dije, mirándola directo a los ojos—. Hablo de ti. De lo que eres. De lo que queda cuando te quitan el movimiento. Tu papá tiene razón, yo no soy médico y no hago milagros. Tus piernas, probablemente, se queden así. Igual que las mías.
Ella apretó las sábanas de seda con sus puños, los nudillos blancos por la fuerza.
—Entonces, ¿para qué viniste? —escupió con rabia. Esa rabia era mejor que la tristeza. La rabia es combustible; la tristeza es un pantano.
—Vine porque sé lo que estás sintiendo —respondí con calma—. Sé lo que es despertar a las 3 de la mañana y sentir que te falta el aire porque soñaste que corrías, y luego abres los ojos y recuerdas que tus piernas son peso muerto. Sé lo que es ver a tus amigos alejarse porque no saben cómo hablarte, porque tu silla les recuerda que la vida es frágil y les da miedo. Sé lo que es sentir que eres una carga, un mueble roto en una casa bonita.
Sofía soltó el aire de golpe. Don Humberto se quedó callado, recargado en el marco de la puerta.
—Me llamo Antonio —continué—. Y hace ocho años, yo era albañil. Tenía fuerza, cargaba bultos de cemento como si fueran plumas. Una noche, saliendo de la obra, estaba lloviendo a cántaros. Un tipo borracho, un junior que venía de la fiesta, se saltó un semáforo en su camioneta del año. Me prensó contra la parada del camión.
Vi cómo los ojos de Sofía se humedecían. Era su historia, pero en otro cuerpo.
—Perdí las piernas, perdí mi trabajo, y casi pierdo la cabeza —le confesé—. Pasé dos años en un cuarto mucho más pequeño y feo que este, Sofía. Odiando a Dios, odiando al borracho, odiando a mi propia hija por pedirme que jugara con ella. Yo estaba muerto en vida. Hasta que entendí una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, casi en un susurro.
—Que la silla de ruedas solo atrapa tu cuerpo. Pero tú, tú solita te estás construyendo una cárcel para tu alma. Y de esa cárcel, ni todo el dinero de tu papá te va a sacar. Solo tú tienes la llave. Yo vine a enseñarte dónde está la cerradura.
Don Humberto se aclaró la garganta, visiblemente conmovido, algo raro en un hombre de su posición.
—¿Cuándo puedes empezar? —preguntó el empresario.
Miré a Sofía. La decisión tenía que ser de ella. Si ella no quería, yo no podía hacer nada.
—¿Tú qué dices, güerita? —le sonreí—. ¿Te animas a intentar algo diferente, o prefieres seguir mirando por esa ventana el resto de tu vida?
Sofía se limpió una lágrima furiosa que rodaba por su mejilla. Asintió, apenas un movimiento leve de cabeza.
—Mañana —dijo ella—. Ven mañana.
Capítulo 2: No es terapia, es entrenamiento de vida
Al día siguiente, llegué en mi camioneta vieja. Los guardias de seguridad ya no se burlaron, pero me miraban con esa mezcla de curiosidad y escepticismo. ¿Qué va a hacer el tullido que no hicieron los alemanes? pensaban. Lo leía en sus caras.
Entré al cuarto de Sofía. No llevaba pesas, ni ligas, ni máquinas de electroestimulación. Llevaba una caja de dominó y dos cafés de olla que compré en un puesto antes de llegar a la zona rica.
—¿Qué es eso? —preguntó Sofía. Seguía en la cama, con las cortinas cerradas a mediodía.
—El desayuno —le dije, poniendo el café humeante en su mesa de noche—. Y abre esas cortinas, por favor. Huele a encierro aquí.
—No quiero que me vean —replicó ella—. Los vecinos… la gente del jardín.
—A la gente le vales gorro, Sofía —le dije con mi franqueza de barrio—. Créeme, el mundo sigue girando. Nadie está ahí afuera con binoculares esperando verte. Y si lo están, pues que disfruten el espectáculo. Ábrelas.
Dudó, pero lo hizo. La luz del sol de Monterrey entró de golpe, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
—¿Vamos a hacer ejercicios? —preguntó.
—No. Hoy vamos a platicar. Cuéntame, ¿quién eras antes del choque? No me digas “hija de Humberto Garza”. Dime quién eras tú.
Hablamos durante dos horas. Al principio le costaba. Estaba acostumbrada a que le preguntaran “¿dónde te duele?” o “¿sientes este pinchazo?”, no “¿qué música te gusta?” o “¿qué te hacía reír hasta que te dolía la panza?”.
Me contó que le gustaba pintar, que amaba bailar salsa aunque fuera una chica “fresa” de sociedad, que soñaba con ser arquitecta para diseñar espacios, no solo edificios.
—¿Y por qué dejaste de pintar? —le pregunté.
—Porque no puedo llegar al caballete. Porque mis manos tiemblan a veces por los medicamentos. Porque… ¿qué sentido tiene?
—Ahí está el error —le dije, sacando una ficha de dominó—. Crees que porque la forma de hacerlo cambió, el sentido desapareció. El arte no está en tus piernas, está en tus ojos y en tus manos.
Esa primera semana fue dura. Hubo días en que Sofía me gritaba. Me corría. Me lanzaba cojines. Yo aguantaba vara. Sabía que no estaba enojada conmigo, estaba enojada con la vida. Y necesitaba un saco de boxeo. Yo fui ese saco.
Un martes, la encontré llorando desconsolada. Se había orinado encima. Un accidente común para nosotros, pero devastador para una chica de 17 años acostumbrada a la perfección. Las enfermeras estaban tratando de cambiarla y ella gritaba que se largaran.
Entré, cerré la puerta y les hice una seña a las enfermeras para que nos dejaran.
—Vete, Antonio, ¡vete! —chillaba ella, cubriéndose la cara con vergüenza—. ¡Apesto! ¡Soy un asco!
Me acerqué. —No eres un asco, eres humana. Y tu cuerpo está aprendiendo nuevas señales. A mí me pasó en el supermercado, Sofía. A los 35 años. En medio del pasillo de los cereales. ¿Te imaginas? Un hombre hecho y derecho, mojándose los pantalones frente a las señoras que compraban Zucaritas.
Ella dejó de gritar y me miró entre los dedos. —¿Y qué hiciste?
—Lloré. Lloré ahí mismo. Pero luego una señora se acercó, me dio su suéter para taparme y me dijo: “Mijo, son solo pantalones. Se lavan. La dignidad no se mancha con eso”. Y tenía razón. Deja que te ayuden a limpiarte. Mañana intentamos de nuevo. Esto es parte del show, güera. Si no te ríes de esto, te va a matar.
Ese día, algo cambió. Dejó de tratar de ser la paciente perfecta y empezó a ser una sobreviviente real.
Capítulo 3: La lección de Lupita
Llevaba un mes trabajando con ella. Físicamente, sus brazos se estaban poniendo fuertes porque la obligaba a impulsarse en la silla manual, nada de eléctrica. “La eléctrica es para cuando seas vieja, ahorita necesitas quemar energía”, le decía yo.
Pero anímicamente, se estancó. Le faltaba una chispa. Don Humberto me llamó a su despacho una tarde. Me extendió un cheque. La cifra tenía tantos ceros que me mareé. Podía comprar una casa nueva en una colonia privada, pagar la universidad de mi hija, cambiar mi camioneta por una nueva.
—Esto es un adelanto —dijo—. Veo que ella habla contigo. Pero necesito resultados más rápidos. Quiero que vuelva a la sociedad. Viene la Gala de la Fundación en dos meses. Quiero que esté ahí.
Miré el cheque. Pensé en las goteras de mi techo. Pensé en los tenis gastados de mi hija Lupita. Pero luego pensé en Sofía. Si yo aceptaba esa lana como un soborno para “acelerar” algo que lleva tiempo, le estaba fallando.
Deslicé el cheque de regreso por el escritorio de caoba. —Don Humberto, con todo respeto. Su dinero compra doctores, no compra ganas de vivir. Si usted quiere que su hija esté lista para la Gala, deje de presionarla. Y guárdese su dinero, págueme mi tarifa normal por hora. No soy un mercenario, soy un amigo.
El CEO se quedó de piedra. Nadie le rechazaba dinero. —Está bien, Antonio. Hazlo a tu modo.
A la semana siguiente, decidí jugar mi mejor carta. Llegué a la mansión, pero no iba solo. En el asiento del copiloto venía Lupita, mi hija de 12 años. Lupita es un torbellino. Tiene el pelo rizado, la piel canela y una sonrisa que le falta un diente, pero que ilumina estadios. Y lo más importante: no tiene filtro.
—Papá, ¿esta es la casa de la princesa triste? —preguntó gritando mientras bajábamos la silla. —Shh, mija. Más respeto.
Entramos. Sofía estaba en el jardín, bajo una pérgola, mirando el vacío. —Hola —dijo Lupita, acercándose sin miedo—. Me llamo Lupita. Mi papá dice que tú pintabas cuadros bien chidos pero que ya te dio flojera.
Sofía se quedó boquiabierta. Me miró con cara de “¿es en serio?”. Yo me encogí de hombros, fingiendo inocencia. —Yo no dije “flojera”, dije bloqueo creativo —corregí.
Sofía, por primera vez en meses, soltó una risa corta. Fue un sonido oxidado, pero genuino. —Hola, Lupita. Pues… sí, algo así. No alcanzo bien el lienzo.
—Ay, no inventes —dijo Lupita—. Mira. Mi hija sacó de su mochila un cuaderno de dibujo y se sentó en el pasto, cruzando las piernas. —Si no alcanzas arriba, pinta abajo. O ponte el lienzo en las piernas. Mi papá cocina con la olla en las rodillas y nomás se ha quemado como tres veces.
Sofía miró a Lupita, luego me miró a mí. —¿Te quemas cocinando?
—Riesgos laborales —sonreí—. ¿Qué dices? ¿Le enseñamos a esta escuincla cómo pinta una profesional?
Esa tarde no hubo terapia de charla. Hubo pintura acrílica por todos lados. Lupita convenció a Sofía de pintar con los dedos. Terminaron manchadas de azul y amarillo hasta las orejas. Vi a Don Humberto observando desde el balcón del segundo piso. Tenía un vaso de whisky en la mano, pero no bebía. Solo miraba. Creo que estaba llorando.
Lupita le hizo a Sofía la pregunta que yo no me atrevía a hacer. —Oye, Sofi, ¿te duele mucho no caminar?
Sofía dejó de reír. Se limpió una mancha de pintura de la nariz. —A veces. Pero duele más que la gente me mire raro.
—Pues que miren —dijo Lupita—. Mi papá dice que somos como los X-Men. Tenemos vehículos especiales. Tú eres como el Profesor X, pero más bonita y con pelo.
Sofía estalló en carcajadas. Una risa plena, sonora, de esas que vienen del estómago. —Gracias, Lupita. Creo que ser el Profesor X no está tan mal.
Capítulo 4: Salir al ruedo (Los Tacos)
El siguiente paso era sacar a Sofía de su burbuja. La mansión era segura, pero el mundo real es donde se vive. —Hoy vamos a comer fuera —le anuncié un viernes.
—¿A dónde? ¿Al restaurante del club? —preguntó ella, nerviosa. —No. Vamos a los tacos de “El Güero”. En mi colonia.
—¿Estás loco? —Sofía se puso pálida—. ¿En tu colonia? Papá nunca me dejaría. Además… ¿y si no cabe la silla? ¿Y si está sucio?
—Tu papá ya dio permiso. Y sobre la silla… vamos a averiguar.
Fue una operación militar. Subirla a mi camioneta (porque la suya blindada llamaba mucho la atención) fue un reto. Ella estaba aterrorizada. El viaje fue silencioso. Vio cómo las casas grandes daban paso a edificios de interés social, calles con baches, perros en las azoteas y música de cumbia saliendo de las ventanas.
Llegamos a la taquería. Era un puesto de lámina en la banqueta, con mesas de plástico de Coca-Cola. El olor a carne asada y cebolla era glorioso. Bajé mi silla, luego la ayudé a bajar a la suya. La gente se nos quedaba viendo. Una chica fresa, vestida con ropa de marca (aunque traté de que fuera sencilla), en una silla ultra moderna, junto a un tipo como yo.
—Antonio, todos nos miran —susurró, bajando la cabeza.
—Levanta la cara, Sofía —le ordené, severo pero cariñoso—. Si bajas la cabeza, les das permiso de sentir lástima. Si los miras a los ojos y sonríes, los obligas a verte como persona.
Avanzamos. “El Güero”, el taquero, me saludó con un trapo en la mano. —¡Toño! ¡Milagro! Y traes visita de lujo. Pásenle, ahorita les armo una mesa especial.
Quitó dos sillas de plástico para que cupiéramos. Nos sentamos. Sofía estaba rígida. Un niño se acercó. Tenía unos 8 años y vendía chicles. —¿Qué le pasó en las piernas, señorita? —preguntó sin malicia. Sofía se congeló. Su mamá hubiera corrido al niño. Don Humberto le hubiera dado un billete para que se fuera.
Yo no dije nada. Esperé. Sofía respiró hondo, miró al niño y le dijo: —Tuve un accidente en mi coche. Se rompió mi espalda. —Ah —dijo el niño—. Mi tío también anda así, pero él se cayó de un andamio. ¿Quiere un chicle?
—Sí, dame dos —dijo Sofía, buscando monedas en su bolsa. El niño se fue feliz. Sofía mordió su taco al pastor. Salsa roja se escurrió por su dedo. Se chupó el dedo y sonrió. —Están buenísimos —dijo.
—Saben a libertad, ¿verdad? —le dije. —Saben a que me importa un comino lo que piense la gente —respondió ella.
Ese día, Sofía Garza, la heredera intocable, se dio cuenta de que el mundo no se acababa donde terminaban las rejas de su mansión. Entendió que la vida sigue, ruidosa, sucia, deliciosa y complicada, y que ella tenía un boleto para el viaje, aunque fuera sentada.
Capítulo 5: La caída antes de la cima
No todo fue miel sobre hojuelas. Dos semanas antes de la Gala, Sofía tuvo una recaída fuerte. Estaba intentando practicar cómo subir una rampa pequeña sola. Se confió. Calculó mal el impulso, una rueda se atoró en una grieta y se fue de espaldas. El golpe fue seco. Cayó al suelo, la silla encima de ella.
Corrí (rodé) hacia ella, pero Don Humberto, que llegaba en ese momento, se adelantó. —¡Sofía! —gritó, empujando mi silla para apartarme—. ¡Te dije que esto era peligroso! ¡Maldita sea!
Levantó a su hija como si fuera una muñeca de porcelana. Sofía lloraba, no de dolor, sino de frustración y vergüenza. —¡Estoy bien, papá, déjame! —gritaba ella. —¡No estás bien! ¡Mírate! Estás tirada en el piso. ¡Se acabó esto, Antonio! —me gritó Don Humberto, con la cara roja de ira—. ¡Estás despedida! ¡Lárgate de mi casa! ¡Pones en riesgo a mi hija por tus ideas estúpidas de independencia!
Me quedé quieto. Sabía que el miedo hablaba por él. Sofía, desde los brazos de su padre, gritó: —¡Si él se va, yo no voy a la Gala! ¡Y no vuelvo a salir de mi cuarto nunca!
Don Humberto se detuvo. Miró a su hija. Tenía un raspón en la frente y el pelo revuelto, pero sus ojos… sus ojos tenían fuego. Ya no eran los ojos muertos de hace tres meses. —Papá —dijo Sofía, calmándose—. Me caí. Y me voy a caer mil veces más. Antonio no me tiró. Yo me caí intentando subir. Prefiero caerme intentando subir que estar segura en una cama pudriéndome.
Hubo un silencio largo. Don Humberto me miró. Vi cómo su orgullo se desmoronaba ante la valentía de su hija. La bajó suavemente y la ayudó a volver a su silla. Se giró hacia mí. —Lo siento, Antonio. Es solo que… es mi niña. —Lo sé, Don Humberto. Pero ya no es una niña. Es una mujer guerrera. Y los guerreros tienen cicatrices.
Esa caída fue necesaria. Nos enseñó a todos que el miedo al fracaso es peor que el fracaso mismo.
Capítulo 6: La Gala
Llegó la noche de la Gala. El salón de eventos más lujoso de la ciudad estaba lleno de la crema y nata de la sociedad. Políticos, empresarios, artistas. Yo estaba en una mesa trasera, junto a Lupita, que llevaba un vestido bonito que le compramos para la ocasión. Yo llevaba mi mejor traje, aunque se notaba que no era de marca italiana como los de los demás.
Las luces bajaron. Don Humberto subió al escenario. —Buenas noches —dijo al micrófono—. Durante mucho tiempo, pensé que mi trabajo era proteger a mi hija del mundo. Pensé que mi dinero podía arreglarlo todo. Me equivoqué. Hoy, mi hija me ha enseñado que la verdadera fuerza no es evitar el dolor, sino aprender a bailar con él. Con ustedes, la presidenta de la Fundación “Nuevos Pasos”, Sofía Garza.
El aplauso fue cortés. Esperaban ver a la pobre niña lisiada. Sofía salió. No usó la rampa lateral escondida. Pidió que instalaran una rampa central, iluminada. Subió sola. Sus brazos, tonificados por meses de esfuerzo, empujaban las ruedas con precisión y elegancia. Llevaba un vestido rojo espectacular que caía sobre la silla como una cascada.
Llegó al centro, frenó, giró y tomó el micrófono. Hubo un silencio absoluto.
—Hace seis meses —empezó, con voz clara—, yo quería morirme. Pensaba que mi vida se había acabado cuando dejé de caminar. Me sentía rota, incompleta. Buscó con la mirada entre la multitud. Las luces me cegaban un poco, pero sé que me encontró.
—Mi papá contrató a los mejores médicos del mundo. Me dieron pastillas para el dolor, terapias para los músculos. Pero nadie me curaba el alma. Hasta que una mañana de martes, entró un hombre en una silla de ruedas vieja, con callos en las manos y una sonrisa terca.
Sentí que Lupita me apretaba la mano fuerte. Se me hizo un nudo en la garganta.
—Ese hombre, Antonio, no me prometió que volvería a caminar. Me dijo algo más importante. Me dijo: “Déjame ayudarte a estar de pie”. Sofía hizo una pausa, conteniendo la emoción. —Estar de pie no significa tener las piernas rectas. Estar de pie significa mirar al mundo de frente, sin miedo, aceptar tu realidad y usarla para ayudar a otros. Antonio me enseñó que mi silla no es una jaula, son mis alas. Me enseñó que la dignidad no se pierde cuando no puedes subir una escalera, se pierde cuando dejas de intentarlo.
La gente empezó a murmurar, conmovida. Vi pañuelos secando lágrimas.
—Gracias a él, y a su maravillosa hija Lupita, hoy estoy aquí. No para pedir lástima, sino para ofrecer ayuda. Esta fundación no es para “arreglar” a personas con discapacidad. Es para darles las herramientas para que se den cuenta de que ya están completas.
Sofía levantó la copa. —Por Antonio. El hombre que me enseñó a volar sin despegar los pies… o las ruedas, del suelo.
El salón estalló. No fue un aplauso de compromiso. Fue una ovación de pie. La gente gritaba “¡Bravo!”. Don Humberto lloraba abiertamente en el escenario, abrazando a su hija. Lupita saltaba en su silla gritando: “¡Esa es mi amiga! ¡Ese es mi papá!”.
Yo solo sonreí, esa sonrisa torcida mía. No necesitaba los aplausos. Ver a Sofía ahí arriba, radiante, poderosa, dueña de su destino… ese era mi pago.
Cuando bajó del escenario, se abrió paso entre la gente importante que quería felicitarla. Vino directo hacia nuestra mesa. Ignoró al gobernador que le extendía la mano. Llegó hasta mí.
—¿Lo hice bien, coach? —preguntó. —Lo hiciste perfecto, güera. Te paraste más alto que cualquiera en este salón.
Ella se inclinó y me abrazó. Fue un abrazo entre iguales. Dos guerreros que habían sobrevivido a la batalla y mostraban sus medallas con orgullo.
Epílogo: La vida sigue
Han pasado dos años desde esa noche. Sofía terminó la preparatoria y ahora estudia Arquitectura. Se especializa en diseño accesible. Dice que va a llenar la ciudad de rampas bonitas, no de esas feas de metal que ponen en las esquinas. Sigue yendo a mi casa a comer tacos. Lupita y ella son inseparables. Don Humberto cambió también. Ya no es el ogro obsesionado con el control. Ahora invierte en empresas que contratan a personas con discapacidad. Incluso aprendió a jugar dominó, aunque es malísimo y siempre le gano.
Yo sigo con mi vida. Sigo reparando almas en mi consultorio del barrio. Pero ahora tengo una socia. Sofía y yo abrimos un centro comunitario real, con el apoyo de su fundación. A veces, cuando cierro el local por la noche y me subo a mi camioneta vieja, pienso en lo raro que es el destino. Un conductor borracho me quitó las piernas y pensé que me había quitado todo. Pero si no hubiera perdido las piernas, nunca hubiera estado en esa silla. Nunca hubiera entendido el dolor. Y nunca hubiera podido entrar a esa mansión para decirle a una niña rica y triste las cinco palabras que nos salvaron a los dos.
La vida es extraña, compadres. A veces te tira al suelo no para que te quedes ahí, sino para enseñarte que tienes la fuerza de levantarte de formas que ni tú imaginabas. Así que, si hoy sientes que no puedes más, que estás roto, acuérdate del albañil y la hija del millonario. No necesitas piernas para estar de pie. Solo necesitas un motivo, un poco de fe y alguien que te diga: “Órale, no te rajes, yo te ayudo”.
Y créanme, la vista desde aquí, cuando te levantas con el alma, es la más chingona del mundo.