Parte 1
Eran las dos de la mañana en la sala de terapia intensiva de un hospital público en la Ciudad de México. El olor a cloro y el zumbido constante de las máquinas eran lo único que acompañaba a Mateo Galicia. Con su camisa arrugada y las manos callosas de quien ha trabajado duro toda su vida, Mateo estaba arrodillado junto a la cama de la mujer que dirigía un imperio inmobiliario de millones de pesos. Sus dedos morenos, marcados por el esfuerzo, envolvían con delicadeza la mano pálida e inmóvil de Adriana Silva.
Durante tres años, Mateo había sido su asistente invisible. Aquel que llegaba antes que nadie, el que sabía que a ella le gustaba el café a una temperatura exacta y que detestaba los desayunos, pero se desmayaba de cansancio a las dos de la tarde si él no le recordaba comer. Había guardado sus sentimientos en el fondo del alma, enterrados bajo mil días de silencio y profesionalismo.
—Por favor, no te vayas… —susurró Mateo, con la voz quebrada por la angustia—. Tú eres a quien he amado todo este tiempo.
Él no sabía que ella podía escucharlo. Cada palabra. Adriana, la jefa de hierro que jamás permitió que nadie se le acercara, estaba atrapada dentro de su propio cuerpo, escuchando la única confesión de amor real que había recibido en toda su vida.
¿Qué pasa cuando las paredes que construimos para protegernos se convierten en la prisión de la que no podemos escapar?
Esa misma mañana, el reloj marcaba las 4:53 cuando Mateo abrió los ojos en su pequeño departamento de la colonia Doctores. Se había acostumbrado a despertar antes que el mundo para robarle unos minutos de paz a la vida. Se quedó mirando las rayas de luz naranja que las lámparas de la calle proyectaban en el techo, contando sus respiraciones.
Al levantarse, evitó la tabla del piso que siempre rechinaba para no despertar a su pequeña. En la cocina, sus movimientos eran precisos. Dos huevos a la sartén, pan tostado y jugo de naranja. Era una rutina nacida de la necesidad y del dolor. Hacía cuatro años que su esposa, Lucía, había cerrado los ojos por última vez a causa de una enfermedad m*ldita, dejándolo solo con una niña de tres años.
—Cuida a nuestra hija. Ámala por los dos —habían sido las últimas palabras de Lucía.
Y Mateo lo había hecho. Cada huevo revuelto, cada mañana, era una promesa cumplida. El sonido de unos pasos pequeños lo sacó de sus pensamientos. Amara, ahora de siete años, apareció en la puerta con sus ricitos despejados y su conejo de peluche. Ella era el vivo retrato de su madre: la misma nariz, la misma forma de inclinar la cabeza al pensar.
—Gracias, papá —dijo la niña con una sonrisa que hacía que todo el cansancio valiera la pena.
Después de dejar a Amara en la escuela, Mateo se dirigió al centro, al piso 47 donde Adriana Silva reinaba. Él la conocía mejor que nadie; sabía leer las tormentas en sus hombros y el cansancio tras su maquillaje perfecto. Ella era hermosa, pero intocable. Una mujer hecha de acero y hielo que había construido su éxito sola, huyendo de un pasado que nunca mencionaba.
Mateo preparó el café como a ella le gustaba, con granos recién molidos, y lo dejó en su escritorio junto a la agenda del día. Cuando Adriana llegó, con su traje sastre impecable y su caminar firme, apenas le dedicó un asentimiento. Ella no veía al hombre; veía la eficiencia. No sabía que ese hombre la miraba no como a una jefa, sino como a alguien que escondía una soledad profunda tras sus muros de cristal.
Ese día, la agenda estaba llena de reuniones con hombres que la miraban con recelo por ser mujer. Mateo estuvo ahí, llenando vasos de agua, pasando archivos, siendo el apoyo que ella no sabía que necesitaba. Pero al final del día, después de una junta agotadora, algo cambió.
—He pedido comida tailandesa, la que le gusta —le dijo Mateo suavemente al verla salir de la sala de juntas—. Está en su oficina. Curry verde, muy picante, porque sé que no almorzó.
Adriana se detuvo. Lo miró con una expresión extraña, algo que Mateo no pudo descifrar. —Gracias, Mateo —respondió ella, con una voz menos afilada de lo habitual—. No sé qué haría sin ti.
Fueron las primeras palabras personales en tres años. Pero la noche apenas comenzaba, y el destino aguardaba en una esquina oscura de la avenida, listo para cambiar sus vidas para siempre en un estruendo de metal y cristales rotos.
Parte 2: El Sacrificio en el Asfalto
Eran pasadas las ocho de la noche cuando Adriana, con la mirada perdida en las luces de la CDMX, le pidió a Mateo que la llevara a casa. Su coche estaba en el taller y, por primera vez en tres años, la mujer de hierro se veía vulnerable.
—¿No te cansas, Mateo? —preguntó ella mientras cruzaban el Viaducto—. De cuidar a todos, de ponerte siempre al último.
Mateo sonrió con melancolía mientras esquivaba un bache. —Tengo una hija, Amara. Cuidarla no me cansa; es lo que le da sentido a mi vida.
Adriana se quedó en silencio. No sabía nada de la vida de ese hombre que le servía el café. Mateo le habló de la muerte de su esposa por c*ncer, de cómo aprendió a hacer trenzas y de las mañanas de huevos revueltos. Algo en el aire se suavizó, pero la paz duró poco.
De la nada, un camión de carga que se había pasado el alto en un cruce de la colonia Roma apareció como una bestia de metal. Venía directo hacia el lado de la jefa. Mateo no lo pensó. En una fracción de segundo, dio un volantazo violento hacia la izquierda, interponiendo su propio cuerpo para recibir el m*ldito impacto.
El ruido fue ensordecedor. El metal se arrugó como papel y el vidrio estalló en mil pedazos. Mateo sintió un dolor agudo en el pecho antes de que todo se volviera oscuridad.
Parte 3: La Verdad ante el Abismo
Días después, Mateo estaba de pie en el pasillo del hospital, con las costillas vendadas y una sutura en la frente. Los médicos decían que Adriana estaba en un coma profundo. Sus probabilidades eran bajas.
Cerca de la medianoche, la familia de ella llegó. Viviana, la madre de Adriana, entró con un abrigo de piel y una mirada de desprecio. La acompañaba su hijo mayor, un tipo que olía a perfume caro y arrogancia. Al ver a Mateo sentado junto a la cama, su reacción fue inmediata.
—¿Quién es este? —preguntó Viviana—. ¿El asistente? Sal de aquí, nosotros somos su familia.
Mateo no se movió. Se puso de pie con lentitud, ignorando el dolor de sus heridas. —En tres años, nunca los vi venir a verla —dijo Mateo con una calma que los enfureció—. Ni en sus cumpleaños, ni cuando se quedaba hasta la madrugada trabajando sola. Yo estuve aquí. Yo soy quien la conoce.
—¡Eres un don nadie! —gritó el hermano, intentando empujarlo—. ¡Llamen a seguridad!
Pero antes de que lo sacaran, Mateo se acercó al oído de Adriana. Ignorando los insultos de los guardias que ya entraban, susurró con el corazón en la mano:
—Por favor, Adriana, regresa. Amara te hizo un dibujo… te llamó “la princesa durmiente”. No nos dejes. Te amo desde el primer día que te vi entrar a esa oficina.
En ese momento, el monitor cardiaco empezó a pitar con fuerza. Los dedos pálidos de Adriana se cerraron con una fuerza inesperada sobre la mano de Mateo. Ella abrió los ojos, enfocando con dificultad a los presentes.
—Madre… —susurró Adriana con voz ronca—… váyanse. Necesito hablar con Mateo. A solas.
El silencio en la habitación fue absoluto. La mujer que todos daban por p*rdida había regresado por la única voz que no la abandonó en la oscuridad.