Mi padre me vendió por una botella de mezcal y una deuda impagable. Me obligó a irme con el ermitaño al que todos temían, ese hombre gigante que bajaba del monte solo dos veces al año. Pensé que mi vida había terminado, hasta que vi lo que guardaba bajo su cama.

El frío de la Sierra calaba hasta los huesos, pero no era nada comparado con el hielo que sentí en el corazón al ver a mi padre servirme en bandeja de plata.

Llevaba diecinueve inviernos viviendo en esa casita de adobe y madera, pero esa tarde, las paredes se sentían como las de una celda. Limpié con mi manga el vidrio empañado y lo vi llegar entre la neblina. “El Oso”, le decían. Elías Mondragón. Un hombre del que se contaban historias de terror en la cantina del pueblo. Decían que vivía entre las peñas, que hablaba con los lobos y que la soledad lo había vuelto salvaje.

—Aléjate de la ventana, muchacha —la voz de mi padre arrastraba las palabras, espesa por el alcohol barato.

Estaba sentado frente a una botella casi vacía y un papel arrugado sobre la mesa. Sus ojos inyectados en sangre no me miraban con cariño, sino con la desesperación de un hombre acorralado por sus vicios.

—Arréglate el rebozo —gruñó—. Ya llegó tu futuro.

Mis manos temblaban tanto que casi no pude alisarme el vestido remendado, el único decente que me quedaba desde que mamá murió.

—Papá, por favor, tiene que haber otra manera… —supliqué con un hilo de voz.

—¿Otra manera? —soltó una risa amarga—. Le debo ochocientos pesos a Don Justo. Si no pago hoy, nos quitan el rancho, la tierra y hasta los huaraches que traes puestos. Ese hombre del monte está dispuesto a saldar mi deuda a cambio de una mujer que le atienda la casa. Deberías estar agradecida.

¿Agradecida? La palabra me supo a ceniza. Agradecida por ser tratada como ganado en una feria.

La puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado y olor a pino y leña quemada. Elías tuvo que agachar la cabeza para entrar; su espalda ancha bloqueaba la poca luz del atardecer. No dijo nada. Solo se sacudió la nieve de las botas y clavó sus ojos grises en mí. No había maldad en ellos, pero tampoco calidez. Solo un cansancio infinito.

—Aquí está, como acordamos —dijo mi padre, con esa voz empalagosa que usaba para estafar—. Sabe cocinar, sabe leer y es obediente.

Elías sacó una bolsa de cuero y la dejó caer sobre la mesa con un ruido sordo. El sonido de las monedas fue como un martillazo.

—La deuda está pagada. Ella viene conmigo.

Sentí que el suelo se abría. Quise gritar, quise correr, pero las piernas no me respondían. Mi padre contaba el dinero con una avaricia que me dio náuseas, sin siquiera voltear a verme.

—Solo toma lo que puedas cargar —ordenó Elías. Su voz era grave, como un trueno lejano, pero extrañamente suave.

Metí la Biblia de mi madre y un peine de plata en un morral. Al salir, ni siquiera recibí un adiós. Solo el sonido de mi padre descorchando otra botella. Me subí al caballo de aquel gigante, con el pueblo murmurando a mis espaldas y la noche cayendo sobre nosotros. Iba hacia la nada, con un hombre que todos decían que era una bestia.

No sabía si llegaría viva al amanecer o si desearía estar m*erta antes de llegar.

¿QUÉ HARÍAS TÚ SI TU PROPIA SANGRE TE VENDIERA AL MEJOR POSTOR?

Aquí tienes la Parte 2 de la historia, narrada por Rosa María, extendida y detallada con el contexto cultural mexicano de la Sierra, profundizando en las emociones y el desarrollo lento de la relación para cumplir con la extensión solicitada.


Parte 2: El Silencio de la Nieve y el Despertar del Corazón

El camino hacia la montaña fue un borrón de blanco y gris. La tormenta no daba tregua y el viento de la sierra cortaba como navaja recién afilada. Yo iba montada en aquella yegua mansa que Elías me había señalado, con las manos entumecidas aferradas a la crin y el rebozo, que apenas me cubría, empapado de nieve. Detrás de mí, el pueblo donde nací y crecí se desvanecía, tragado por la neblina. Con cada paso que dábamos hacia arriba, hacia lo profundo del bosque de pinos, sentía que una parte de mi vida se moría.

No podía dejar de pensar en la cara de mi padre. Ni una lágrima. Ni un gesto de arrepentimiento. Solo el brillo del oro en sus ojos y esa botella de mezcal. Me había vendido. Esa era la verdad cruda que me golpeaba más fuerte que el granizo. Yo, Rosa María, hija de una mujer santa que murió rezando, había sido cambiada por ochocientos pesos para pagar vicios ajenos.

Miré la espalda de Elías Mondragón. Iba delante de mí, abriendo paso entre la nieve que ya le llegaba a las rodillas a su mula de carga. Era inmenso. Su abrigo de piel de oso y cuero lo hacía ver como una montaña caminando sobre otra montaña. No había dicho una sola palabra desde que salimos del jacal de mi padre. Ni una amenaza, ni un consuelo. Ese silencio me aterraba más que los gritos. ¿Qué hacía un hombre que vivía solo en lo más alto de la sierra con una mujer? Las historias que contaban en la plaza resonaban en mi cabeza: decían que comía carne cruda, que no tenía lengua, que era mitad animal.

El miedo me hacía temblar, o tal vez era el frío, ya no sabía distinguirlos. Cuando la noche cayó por completo, mis dedos ya no sentían las riendas. Fue entonces cuando vi una luz tenue parpadeando entre los ocotes gigantes.

No era una cueva, ni un agujero sucio como imaginaba. Era una cabaña. Y no cualquier choza mal hecha; era una construcción sólida de troncos gruesos, con una chimenea de piedra de río de la que salía un humo blanco y constante. Elías desmontó con una agilidad que no correspondía a su tamaño y se acercó a mi caballo.

—Baja —dijo. Su voz retumbó en mi pecho, grave y profunda, pero no gritaba.

Traté de moverme, pero mis piernas estaban congeladas. Al ver que no respondía, él extendió los brazos. Cerré los ojos esperando un jalón brusco, pero sentí dos manos grandes y callosas sostenerme por la cintura y bajarme con un cuidado extraño, como si cargara un costal de harina que no quería romper. Me dejó en el suelo y, aunque mis rodillas flaquearon, me mantuve en pie.

—Entra. Yo me encargo de las bestias.

Empujé la puerta pesada de madera. El calor me golpeó de inmediato, un abrazo cálido con olor a leña, a hierbas secas y a café. Me quedé parada en el umbral, boquiabierta. Aquello no era la guarida de una bestia. Todo estaba impecable. El piso de madera estaba barrido, había ollas de barro colgadas en orden sobre el fogón, y una mesa de pino tallada a mano en el centro. No había suciedad, ni desorden, ni restos de animales. Era la casa de un hombre que, en medio del caos de la naturaleza, valoraba el orden.

Elías entró poco después, sacudiéndose la nieve de los hombros antes de cerrar la puerta. Se quitó el abrigo pesado y colgó su sombrero. Por primera vez lo vi bien a la luz del fuego. Tenía el rostro marcado por el sol y el viento, algunas cicatrices viejas cruzaban su mejilla, y su barba era espesa, salpicada de canas prematuras. Pero sus ojos… esos ojos grises no tenían la locura que decían en el pueblo. Tenían una tristeza antigua.

—Ahí dormirás tú —señaló un catre pequeño en una esquina, lejos de su propia cama, cubierto con mantas de lana.

Me quedé inmóvil, abrazando mi morral.

—El trabajo empieza al amanecer —agregó, sin mirarme, mientras se acercaba al fogón—. Siéntate. Come.

Me sirvió un plato de caldo de venado con papas y hierbas de olor. Estaba caliente y olía a gloria. Comimos en silencio. El único ruido era el crepitar de la leña y el viento aullando afuera. Yo comía con la cabeza baja, temerosa de hacer algún ruido que lo molestara. Él comía despacio, con modales, limpiándose la barba con un paño.

Cuando terminamos, señaló el catre otra vez.

—Descansa.

Me acosté vestida, hecha un ovillo, temblando bajo la manta delgada que había en el catre. El frío de la noche serrana se filtraba por las rendijas invisibles. Cerré los ojos, intentando no llorar, rezando el Padre Nuestro en mi mente una y otra vez.

De repente, escuché sus pasos pesados acercarse. Mi corazón se detuvo. Aquí viene, pensé. Ahora es cuando cobra lo que pagó. Apreté los párpados, esperando sus manos toscas.

Pero no me tocó. Sentí un peso caer sobre mí. Algo pesado, suave y cálido. Abrí los ojos. Elías había colocado una enorme piel de lobo sobre mis cobijas. El calor de la piel, que había estado cerca del fuego, me envolvió al instante. Él ya estaba dándome la espalda, caminando hacia su cama en el otro extremo de la habitación.

—Hace frío esta noche —murmuró, y apagó la lámpara de aceite.

Me quedé ahí, bajo la piel de ese animal, oliendo a humo y a bosque, y por primera vez en todo el día, mis lágrimas brotaron. No de miedo, sino de confusión. ¿Qué clase de monstruo te cubre para que no pases frío y se va a dormir sin pedir nada a cambio? Esa noche, mientras escuchaba su respiración pausada al otro lado del cuarto, entendí que el pueblo no sabía nada de Elías Mondragón.


Los días siguientes se convirtieron en una rutina extraña y silenciosa. Elías se levantaba antes de que saliera el sol; yo escuchaba el ruido del metal contra la piedra mientras avivaba el fuego. Cuando yo despertaba, él ya tenía el café listo en el jarro de barro.

Hablaba lo mínimo indispensable. —El agua se acaba. —Cuidado con el hielo en la entrada. —Voy a revisar las trampas del norte.

Yo aprendí rápido mi lugar en esa danza muda. Barría el suelo, sacudía las pieles, cocinaba con lo que había en la alacena: frijoles, maíz, carne seca. Eran tareas que había hecho toda mi vida en casa de mi padre, pero aquí se sentían diferentes. En casa de mi padre, cada tarea era una obligación pesada bajo la mirada crítica de un borracho. Aquí, cada tarea se sentía necesaria para sobrevivir. Si no cocinaba, no comíamos. Si no remendaba la ropa, el frío entraba.

Elías nunca me daba órdenes a gritos. Si algo no estaba bien, simplemente lo arreglaba él mismo sin hacerme sentir inútil. Me daba mi espacio. Nunca se me acercaba demasiado, nunca me acorralaba. Era como si supiera que yo era un animal asustado y él quisiera demostrarme que la jaula estaba abierta.

Una tarde, mientras él estaba fuera cortando leña, me puse a limpiar debajo de su cama y encontré un baúl de madera vieja. La curiosidad me ganó. Lo abrí con cuidado, esperando encontrar armas o pieles.

Lo que vi me dejó sin aliento. Libros. Había docenas de ellos. Volúmenes gastados de poesía, historia de México, obras de teatro antiguas y novelas. Saqué uno con pastas de cuero: Rimas y Leyendas. Lo abrí y vi notas escritas en los márgenes con una letra fina y elegante.

—Puedes leerlos si quieres.

Salté del susto. El libro casi se me cae de las manos. Elías estaba en la puerta, con un hacha en la mano y copos de nieve en la barba. No lo había escuchado entrar.

—Perdón, yo… no quería husmear —tartamudeé, sintiendo que la cara me ardía de vergüenza.

Él dejó el hacha junto a la puerta y se quitó los guantes. —No es husmear. Vives aquí. Todo lo que hay aquí es tuyo también.

Se acercó, y por instinto di un paso atrás. Él se detuvo al instante. —¿Sabes leer? —preguntó suavemente.

—Sí… mi madre me enseñó antes de morir. Ella decía que las letras eran la única forma de viajar sin moverse.

Algo cambió en la cara de piedra de Elías. Una grieta en su armadura. Sus ojos brillaron. —Tu madre tenía razón. Las noches de invierno son largas, Rosa. Un hombre se vuelve loco si solo escucha sus propios pensamientos.

Esa noche, después de la cena, en lugar de ponerse a tallar madera como hacía siempre, tomó uno de los libros. Se sentó cerca del fuego y comenzó a leer en voz alta. Su voz, que usualmente era ronca y corta, se transformó. Leía con ritmo, con sentimiento. Leía versos sobre amores perdidos, batallas antiguas y paisajes lejanos. Yo me senté en mi banquito, con la costura en el regazo, completamente hipnotizada.

El hombre bestia leía poesía. El hombre que todos temían tenía el alma llena de versos. Cuando terminó un capítulo, me miró. —Mañana lees tú —dijo.

Y así nació nuestro ritual. Cada noche, mientras la nieve sepultaba la cabaña, nosotros viajábamos a otros mundos. Leíamos hasta que los ojos nos pesaban. Yo le leía historias de la Biblia y él me leía sobre la historia de nuestros antepasados. En esas horas, el miedo desapareció por completo. Empecé a ver al hombre detrás de la leyenda.

Vi cómo sus manos, capaces de romper el cuello de un animal, pasaban las páginas con una delicadeza infinita. Vi cómo sonreía apenas, casi invisiblemente, cuando leía algo gracioso.

Fue durante la “Gran Nevada” de enero cuando todo cambió para siempre. La tormenta nos encerró durante tres días. El viento golpeaba la cabaña como si quisiera arrancarla de la tierra. Una noche, sentados frente al fuego, el silencio se volvió pesado, pero no por incomodidad, sino por todas las preguntas que yo tenía atoradas en la garganta.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté. Mi voz apenas se escuchó sobre el crepitar de la leña.

Elías dejó de afilar su cuchillo. No me miró. —¿Hacer qué?

—Pagar la deuda. Ochocientos pesos es una fortuna. Podrías haber comprado tierras, ganado… ¿Por qué pagar tanto por… por mí?

Elías soltó un suspiro largo. Dejó el cuchillo en la mesa y miró las llamas. —No quería una esposa, Rosa. Me gusta mi soledad. No tengo que explicarme ante nadie.

—Entonces, ¿por qué? —insistí. Necesitaba saber. Necesitaba saber si yo era solo un capricho caro.

Se giró hacia mí. Su rostro estaba serio, pero sus ojos estaban llenos de una honestidad brutal. —Don Justo vino a buscarme al puesto de trueque. Me dijo que tu padre le debía dinero. Me dijo que Samuel Sullivan estaba desesperado. Y me dijo… —hizo una pausa, apretando la mandíbula— me dijo que si no pagaba, iba a venderte a las minas del norte. A los campamentos.

Sentí un frío helado en el estómago. Sabía lo que pasaba con las mujeres en los campamentos mineros. No duraban mucho. Eran usadas y desechadas como trapos viejos.

—Sabía que no sobrevivirías ahí —continuó Elías, su voz bajando de tono—. No podía dejar que eso pasara. Conocí a tu madre, hace muchos años. Era una mujer buena. No merecías ese destino.

—Así que… ¿me salvaste? —susurré, con los ojos llenos de lágrimas.

—Hice un trato comercial —dijo él, volviendo a su tono brusco para esconder su vergüenza—. Necesitaba alguien que cuidara la cabaña. Tú necesitabas salir de ahí. Fue un trato.

Pero yo sabía la verdad. No fue un trato. Fue misericordia. Ese hombre gigante, al que todos llamaban monstruo, había dado todos sus ahorros para salvar a la hija de un borracho que ni siquiera conocía bien. Me levanté y, por primera vez, fui yo quien se acercó a él. Puse mi mano sobre su hombro. Sus músculos se tensaron bajo la camisa de franela, pero no se apartó.

—Gracias, Elías —le dije.

Él asintió, rígido, y volvió a mirar el fuego. Pero esa noche, cuando me fui a mi catre, noté que había puesto una segunda piel extra a mis pies.


La primavera llegó despacio, derritiendo la nieve y convirtiendo los arroyos en ríos furiosos. Con el sol, llegaron también los peligros. Elías me había enseñado a usar el rifle. “En la sierra no puedes depender de nadie”, me decía mientras me mostraba cómo cargar y apuntar. “Si yo no estoy, tú eres tu única defensa”.

Una mañana, estaba tendiendo la ropa lavada afuera cuando escuché un gruñido que me heló la sangre. A unos metros de mí, cerca del límite del bosque, un puma enorme estaba agazapado, con los ojos fijos en mí. Estaba flaco, hambriento después del invierno.

Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. El rifle estaba recargado junto a la puerta, a unos cinco pasos. El animal dio un paso. Yo di otro hacia atrás. De repente, el puma saltó. No pensé. Me tiré hacia la puerta, agarré el rifle y giré sobre mis talones. El animal estaba en el aire cuando disparé. El estruendo resonó en todo el valle. La bala no le dio, pero pasó lo suficientemente cerca como para asustarlo. El puma cayó mal, se revolvió y salió huyendo hacia la espesura.

Me quedé ahí, sentada en el lodo, con el rifle humeante en las manos, temblando como una hoja. Segundos después, Elías apareció corriendo desde el bosque, con su propio rifle en mano y la cara pálida del susto. —¡Rosa! —gritó. Nunca lo había escuchado gritar mi nombre.

Llegó a mi lado y se arrodilló, revisándome con manos frenéticas. —¿Estás bien? ¿Te hirió? ¿Qué pasó?

—Un león… —apenas pude decir—. Estaba ahí… disparé…

Elías miró hacia el bosque, luego al rifle en mis manos, y finalmente a mis ojos. La máscara de frialdad se rompió por completo. Me jaló hacia él y me abrazó. Fue un abrazo torpe, fuerte, desesperado. Podía sentir su corazón golpeando contra mi oreja como un tambor de guerra.

—Pensé que… —su voz se quebró—. Dios, mujer, tienes buena puntería.

Nos quedamos así un momento, yo enterrada en su pecho oliendo a resina y sudor, y él sosteniéndome como si fuera lo más valioso del mundo. En ese abrazo, bajo el sol de primavera, supe que yo ya no era su “trato comercial”. Y él ya no era mi carcelero.

Esa noche, tuve la pesadilla otra vez. Soñé que estaba de vuelta en la cantina. Mi padre se reía, Don Justo contaba monedas de oro, y hombres sin rostro me arrastraban hacia la oscuridad. “Nadie te quiere”, susurraban. “Eres mercancía”. Desperté gritando, empapada en sudor frío.

—¡Rosa! ¡Rosa, despierta! Elías estaba ahí, sentado en el borde de mi catre. Sus manos grandes sostenían mis hombros con firmeza. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su rostro lleno de preocupación.

—Solo fue un sueño —dijo, su voz suave como el musgo—. Estás aquí. Estás segura.

Yo no podía dejar de llorar. El terror del sueño seguía pegado a mi piel. —No me dejes… —sollocé, aferrándome a su camisa—. Por favor, no dejes que me lleven.

—Nadie te va a llevar —prometió él. Se sentó mejor y, dudando un poco, pasó un brazo alrededor de mis hombros para mecerme—. Nadie va a tocarte mientras yo respire. Te lo juro por mi vida.

—Cuéntame algo —pedí, necesitaba escuchar su voz para borrar las risas de mi pesadilla—. Cuéntame algo real.

Elías pensó un momento. —¿Te he contado sobre el Pico del Águila? —preguntó bajito. Negué con la cabeza contra su pecho.

—Es el punto más alto de la sierra. Hay un lugar ahí donde, si llegas antes del amanecer, puedes ver el mundo nacer de nuevo. El cielo pasa de negro a morado, luego a rojo fuego y finalmente a oro. Cuando estás ahí arriba, los problemas de abajo se ven pequeños, insignificantes. Te sientes pequeño, pero parte de algo eterno.

—¿Me llevarás algún día? —pregunté, sintiendo que el sueño volvía, pero esta vez un sueño tranquilo.

—Te llevaré —prometió—. Cuando la nieve se vaya por completo. Te llevaré a ver el mundo nacer.

Me quedé dormida así, recargada en él, sabiendo que ese gigante solitario era mi refugio.


Pero la paz en la sierra es frágil. Semanas después, el peligro llegó, pero no tenía cuatro patas ni colmillos. Llegó a caballo y con placa de ley. Estábamos en el porche, Elías tallaba un pajarito de madera (que luego supe que era para mí) y yo desgranaba maíz. Cinco jinetes aparecieron por el camino.

Al frente venía Tomás Corwin, el sobrino de Don Justo. Un muchacho arrogante que se creía dueño del pueblo ahora que su tío estaba viejo. Llevaba una placa de alguacil que seguramente había comprado o robado. Elías se puso de pie despacio, dejando la navaja y la madera en la silla. Se paró delante de mí, cubriéndome con su cuerpo.

—¿Qué quieres aquí, Corwin? —preguntó Elías, con esa calma peligrosa que antecede a la tormenta.

Tomás escupió al suelo. —Vengo por la muchacha. Y por ti, Mondragón. —Ella es mi esposa. Y yo no tengo deudas.

—Dicen en el pueblo que la tienes embrujada —se rió Tomás, y los otros hombres rieron con él—. Dicen que la obligaste. Además, mi tío murió ayer. Y revisando sus papeles, resulta que esa deuda de su padre no estaba bien pagada. Faltan intereses. O me das la tierra y la cabaña, o me llevo a la chica para que trabaje la deuda en mi cantina.

Sentí la bilis en la garganta. Mi padre había muerto hace meses, congelado en una zanja, y ahora este buitre quería arruinar lo único bueno que tenía.

—Sobre mi cadáver —dijo Elías. Su mano fue hacia el rifle que tenía recargado en el poste.

—¡Atrápalo! —gritó Tomás.

Todo pasó muy rápido. Dos hombres se lanzaron sobre Elías antes de que pudiera levantar el arma. Él peleó como un demonio, lanzando golpes que rompían narices, pero eran demasiados. Un culatazo en la cabeza lo hizo caer de rodillas, aturdido.

—¡Elías! —grité, tratando de correr hacia él, pero Tomás me agarró del brazo y me torció la muñeca. —Quieta, bruja.

Nos arrastraron hasta un cobertizo viejo que usábamos para guardar herramientas, a unos metros de la cabaña. Ataron a Elías de manos y pies y lo dejaron tirado en el suelo, sangrando de la frente. A mí me amarraron a un poste.

—Pasaremos la noche en la cabaña —dijo Tomás, burlón—. Mañana decidiremos qué hacer con el gigante. Tal vez lo dejemos aquí para los buitres. Y tú, preciosa, vendrás conmigo.

Cerraron la puerta del cobertizo y nos dejaron en la oscuridad. Me arrastré hasta Elías. —Elías… Elías, despierta.

Él gimió y abrió los ojos. La sangre le cubría medio rostro. —Rosa… perdóname… no pude… —No hables. Vamos a salir de esta. —Son demasiados…

La noche cayó y el frío empezó a colarse. Escuchábamos las risas de los hombres en nuestra cabaña, comiendo nuestra comida, bebiendo nuestro café. La impotencia me quemaba. Pero entonces, el bosque despertó.

Primero fue un aullido. Largo, lastimero, cercano. Luego otro. Y otro más. Elías levantó la cabeza. Una sonrisa torcida y sangrienta apareció en su boca. —No estamos solos —susurró.

Los lobos. La manada que vivía en el valle. Elías nunca los cazaba. Compartía el territorio con ellos. Había un respeto mutuo entre la bestia humana y las bestias salvajes. Habían olido la sangre, o tal vez sentían que el equilibrio del monte estaba roto.

Escuchamos gritos afuera. —¡¿Qué es eso?! —gritó uno de los hombres de Tomás. —¡Son lobos! ¡Cientos de ellos! —¡Disparen!

El sonido de los disparos rompió la noche, seguido de los gruñidos y los gritos de terror de los caballos. Los hombres de Tomás estaban en pánico. Un lobo no ataca a un hombre armado así como así, a menos que el hombre esté en territorio prohibido. Y esta cabaña era territorio de Elías.

La puerta del cobertizo se abrió de una patada. Era Tomás, con los ojos desorbitados, buscando refugio. Pero detrás de él, una sombra gris saltó. Un lobo enorme lo derribó antes de que pudiera entrar. Tomás gritó y soltó su arma. Elías, sacando fuerzas de no sé dónde, rompió las cuerdas viejas que ataban sus muñecas con un rugido de furia pura. Se puso de pie, tambaleándose, y agarró una pala que había en la esquina.

Salió al exterior. Yo logré soltarme de mi atadura y corrí tras él. La escena era un caos. Los caballos habían huido. Los hombres de Tomás corrían hacia el bosque, perseguidos por sombras grises. Los lobos no los mataban, solo los echaban. Los expulsaban de la montaña.

Elías se paró frente a Tomás, que se arrastraba por el suelo, aterrorizado. El lobo que lo había atacado se apartó y se sentó junto a Elías, jadeando. Elías levantó a Tomás por el cuello de la camisa con una sola mano. —Vete —gruñó Elías—. Y diles a todos en el pueblo que si vuelven a subir, la montaña no los dejará bajar.

Tomás asintió, llorando, y salió corriendo en la oscuridad, sin mirar atrás. Elías cayó de rodillas, agotado. El lobo se acercó y le lamió la mano ensangrentada antes de desaparecer en la noche con el resto de la manada.

Corrí hacia Elías y me tiré al suelo con él. —¡Elías! —le limpié la sangre de la cara con mi falda. Él me miró, sus ojos grises llenos de una ternura que ya no intentaba esconder. —Estás a salvo —dijo.

—Gracias a ti. Gracias a ellos. —No —dijo él, tomando mi mano y poniéndola sobre su pecho, justo donde latía su corazón—. Gracias a ti. Antes de ti, yo solo era un fantasma en esta casa. Tú me hiciste humano otra vez, Rosa.

Esa noche, mientras curaba sus heridas frente al fuego, el silencio entre nosotros se rompió para siempre. —Te quiero, Elías —le susurré, pasando un paño húmedo por su frente—. No porque me salvaste, sino porque me ves. Nadie nunca me vio de verdad, solo tú.

Elías me tomó la mano y la besó, con los labios rasposos y temblorosos. —Te amo, Rosa María. Más de lo que creí que podría amar algo en esta vida.


El tiempo pasó, y la vida en la cabaña floreció. Elías cumplió su promesa. Un día de verano, subimos al Pico del Águila. Vimos el amanecer juntos, agarrados de la mano, viendo cómo el sol pintaba de oro las sierras de México. Me sentí pequeña, sí, pero infinita a su lado.

Años después, la cabaña ya no era solo de dos. Una mañana de primavera, me paré en el porche, con las manos sobre mi vientre abultado. Elías llegó por detrás, oliendo a madera y a bosque, y me abrazó, poniendo sus manos grandes sobre las mías, sintiendo las patadas de nuestra hija. —Ya casi —dijo, sonriendo contra mi cuello.

Cuando nuestra niña nació, los lobos bajaron al linde del bosque. Se sentaron en fila, observando la casa en silencio. Eran los guardianes. Elías talló un lobo pequeño de madera y lo puso en la cuna. —Para que sepa que es libre —dijo.

Miré a mi esposo, el hombre al que llamaban bestia, acunando a nuestra hija con una delicadeza que haría llorar a los ángeles. Nadie quería ser la esposa del hombre de la montaña. Todos pensaban que era un castigo. Pero mientras veía a Elías besar la frente de nuestra bebé, supe la verdad. Ellos vivían en jaulas de prejuicios y miedo allá abajo en el pueblo. Yo, aquí arriba, entre la nieve y los lobos, al lado de este hombre de corazón gentil, era la única mujer verdaderamente libre.

FIN.

BTV

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