
El sonido de la lluvia golpeando la lámina del techo era lo único que llenaba el silencio incómodo entre Lupita y yo. Estábamos sentados en la pequeña mesa de la cocina, esa que compramos juntos en el mercado de la Lagunilla hace cinco años, pero que ahora se sentía como una trinchera de guerra.
Ella me miraba con los ojos rojos, hinchados de tanto llorar, esperando que yo dijera lo de siempre: “Todo va a estar bien, flaca”. Pero esta vez, las palabras se me atoraron en la garganta.
—Javier, ¿por qué me haces esto? —me preguntó, con la voz quebrada.
Respiré hondo. Había pasado meses, quizá años, ignorando las señales. La gente suele ver más profundamente cuando atraviesa los eventos difíciles de sus vidas, y yo, por fin, estaba entendiendo mi propia naturaleza .
—No te estoy haciendo nada a ti, Lupe —le dije, sintiendo un nudo en el estómago—. Me lo estoy haciendo a mí. Las dificultades que hemos pasado no son solo retos físicos o de dinero, son una oportunidad para madurar el espíritu, y creo que mi espíritu ya no cabe en esta casa .
Ella golpeó la mesa. El ruido seco hizo vibrar las tazas de café frío.
—¡Son puras excusas! —gritó, levantándose de golpe—. ¡Prometiste que lucharíamos contra todo!
—Y luché, te juro que luché. Pero hay que dejar de pelear con lo que ya pasó y usar esa energía para construir un futuro nuevo .
Me levanté y caminé hacia la puerta, donde mi maleta vieja ya estaba lista. Sentía el peso de sus ojos en mi espalda. Sabía que todos tenemos nuestra propia belleza y nuestros propios límites . Y yo había llegado al mío. Cuando ya no hay alegría, ni motivación para continuar, es el momento exacto de detenerse y repensar la elección de terminar .
—Si cruzas esa puerta, Javier, te m*eres para mí —sentenció ella, con una frialdad que nunca le había conocido.
Me detuve con la mano en el picaporte de metal frío. Sabía que aceptar la verdad era la única oportunidad para cortar estas cargas y abrir nuevas puertas, aunque doliera como el infierno . No era solo que ya no fuéramos compatibles, era que la armonía había dejado de existir .
Giré el rostro a medias, mirándola por última vez bajo la luz parpadeante de la cocina.
—Es doloroso terminar, Lupe. Pero cuando una etapa termina, no es el fin, es la promesa de un nuevo comienzo .
Abrí la puerta. El viento helado de la calle me golpeó la cara, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a incertidumbre.
—¡NO TE VAYAS! —su grito se ahogó con un trueno.
Di un paso hacia afuera, hacia la oscuridad, sabiendo que lo que venía podría ser la soledad absoluta o la libertad que tanto necesitaba. ¿Era este el final o apenas el principio de la verdadera tormenta?
ESTÁS A UN PASO DE DESCUBRIR SI JAVIER LOGRÓ SALVARSE O SI EL ARREPENTIMIENTO LO HIZO REGRESAR… ¿QUÉ HARÍAS TÚ EN SU LUGAR?!
Parte 2: El Eco de la Puerta Cerrada y el Peso de la Lluvia
Capítulo 1: El Ruido del Silencio
Cerrar esa puerta fue, sin exagerar, como arrancarme un brazo sin anestesia. No sé si alguna vez han sentido ese vacío repentino que te golpea el pecho cuando el sonido metálico de la chapa resuena detrás de ti, marcando un “antes” y un “después” definitivo. Di unos pasos hacia la banqueta, sintiendo cómo el agua fría de la lluvia empapaba mi chamarra en cuestión de segundos, mezclándose con el sudor frío que me recorría la espalda. Mis piernas temblaban, no por el frío, sino por la adrenalina tóxica de la despedida.
Caminé sin rumbo fijo por las calles de mi colonia, esquivando charcos aceitosos que reflejaban las luces neón de una taquería lejana. Mi mente era un caos. Las palabras de Lupita retumbaban en mi cabeza como un disco rayado: “¡No te vayas!”. Pero tenía que hacerlo. Sabía, en lo más profundo de mis entrañas, que cuando la gente atraviesa eventos tan cabrones en sus vidas, a menudo comienzan a ver más profundamente . Y lo que yo estaba viendo, lo que finalmente había entendido esa noche, era que quedarme hubiera sido suicidio emocional.
Me refugié bajo el toldo de una tienda de abarrotes cerrada. Saqué un cigarro, aunque llevaba meses intentando dejarlo, y lo encendí con manos torpes. El humo se mezcló con la bruma de la noche. Me pregunté: ¿Fui un cobarde? ¿Fui cruel? La culpa es un animal carroñero que te come por dentro. Pero recordé algo que escuché una vez en un podcast que me gustaba: “Esto les ayuda a entender mejor la naturaleza, la profundidad de sus sentimientos y pensamientos” . Yo necesitaba entender mi propia naturaleza. Necesitaba saber quién era Javier sin Lupita.
Durante años, nuestra relación había sido una montaña rusa. Hubo tiempos buenos, claro, llenos de risas, de domingos en Chapultepec y de sueños compartidos. Pero las dificultades no son solo retos físicos o de dinero, que vaya que los tuvimos; son también una oportunidad para practicar lo espiritual y volverse más maduro . Y yo me sentía como un niño asustado atrapado en el cuerpo de un hombre de treinta y tantos. No habíamos madurado; nos habíamos podrido juntos.
El agua seguía cayendo, limpiando las calles pero no mi conciencia. Pasó un taxi libre, con su luz verde invitándome a huir. Lo paré.
—¿A dónde, joven? —preguntó el taxista, un señor mayor con bigote canoso y la radio sintonizada en una estación de boleros.
—Lejos, jefe. Donde sea. Lléveme a un hotel barato por el centro —respondí, aventando mi maleta al asiento trasero.
Mientras el taxi avanzaba por Tlalpan, miraba la ciudad desdibujada por las gotas en la ventana. La Ciudad de México tiene esa cualidad extraña de ser hermosa y monstruosa al mismo tiempo, igual que mi relación. Pensé en cómo, cuando una etapa termina, el impulso de que aparezca en su vida no existe simplemente como el fin, sino que también conlleva una promesa de una nueva, de nuevos comienzos . Pero en ese momento, sentado en ese taxi con olor a ambientador de pino barato, la “promesa” se sentía más como una amenaza. ¿Qué nuevos comienzos? Solo veía soledad.
Capítulo 2: La Habitación 304
El hotel era uno de esos lugares de paso cerca del Metro Revolución. La recepcionista ni siquiera me miró a los ojos cuando me entregó la llave. Habitación 304. Subí las escaleras arrastrando mi maleta, que parecía pesar el doble que cuando salí de casa. Al entrar, el olor a humedad y a encierro me golpeó. Me dejé caer en la cama, mirando el techo despintado.
Ahí estaba. Solo.
Fue en ese silencio sepulcral donde la realidad me cayó de golpe. Este es el momento en que la gente necesita detenerse y mirarse a sí misma . Me miré en el espejo del baño, con esa luz blanca y cruda que no perdona imperfecciones. Tenía ojeras, la piel pálida y una expresión de derrota absoluta. “Revalúa todo lo que te rodea”, me dije .
¿Qué me rodeaba? Cuatro paredes extrañas, una maleta con tres cambios de ropa y una vida rota. Pero, curiosamente, en medio de esa miseria, sentí una chispa, pequeña y frágil, de algo parecido al alivio. Siempre necesitamos dejar de luchar con lo que ya pasó y, en su lugar, aprender cómo usar la energía positiva para construir un nuevo futuro . Llevaba años luchando con el pasado, recriminándole a Lupita errores de 2018, y ella recordándome mis fallas de 2019. Era una guerra civil en nuestra sala de estar.
Saqué mi celular. Diez llamadas perdidas de Lupita. Tres mensajes de voz. Mi dedo tembló sobre el botón de “escuchar”. Sabía que si escuchaba su llanto, correría de regreso. Y regresar sería admitir que no tengo límites. Pero todos tienen su propia belleza y sus propios límites . Mi límite había sido esa discusión en la cocina. El momento en que sentí que ya no había alegría, ni más motivación para continuar .
Apagué el celular. Fue el acto de rebeldía más grande de mi vida.
Esa noche no dormí. Me la pasé mirando el techo, pensando en cómo la relación ya no existía en armonía, y que ese era el momento de detenerse y repensar la elección de terminar . No fue un arranque de ira; fue una necesidad de supervivencia. A veces pensamos que terminar es solo porque algo es inapropiado, pero aceptar la verdad es también una oportunidad . La oportunidad de cortar cargas y abrir puertas .
Sentía que me había quitado una mochila llena de piedras. Sí, me dolía la espalda de haberla cargado tanto tiempo, y sí, me sentía extraño caminando sin ese peso, casi desequilibrado, pero era libre. Tal vez sentía pena por las montañas que habíamos prometido escalar juntos y nunca subimos , pero ya no podía cargarla a ella y a mí al mismo tiempo.
Capítulo 3: La Cruda Moral y los Tacos de Canasta
Amaneció gris. La ciudad despertó con su habitual caos de cláxones y vendedores ambulantes. Salí del hotel con hambre y con una “cruda moral” espantosa. No había bebido ni una gota de alcohol, pero la resaca emocional era peor. Me senté en un puesto de tacos de canasta en la esquina.
—De chicharrón y de papa, porfa —pedí.
Mientras comía, observaba a la gente pasar. Oficinistas corriendo, estudiantes riendo, señoras con bolsas del mandado. El mundo seguía girando. A nadie le importaba que el mundo de Javier se hubiera detenido. Y eso, extrañamente, me dio paz. Entendí que es doloroso tener que terminar algo, pero cuando miras la atmósfera extrema acumulada del problema, te das cuenta de que eso se duplica . Si seguía con ella, el dolor se duplicaría cada día.
Recordé las peleas. Los gritos por cosas insignificantes que escondían resentimientos gigantes. La “atmósfera extrema” de la que hablaba el podcast . Habíamos llegado a un punto donde el aire en la casa era irrespirable. Era tóxico. Y cuando termina, es algo que necesitas atrapar para empezar una nueva vida, una nueva jornada llena de esperanza .
Mordí el taco con rabia. Necesitaba esa esperanza. Necesitaba creer en el “crecimiento continuo de la versión” de mí mismo . Porque el Javier que estaba con Lupita era una versión beta, llena de bugs y errores. Necesitaba actualizarme.
Caminé hacia la Alameda Central. Me senté en una banca de piedra, frente a las fuentes bailarinas. Saqué una libreta que siempre cargaba en la mochila. “Reescribir los sentimientos”, escribí en la primera hoja . Ese era mi nuevo mantra. Estamos juntos para reescribir los sentimientos que parecen olvido . Tenía que reescribir lo que sentía por ella, transformarlo de amor posesivo a un recuerdo agradecido, y luego, al olvido sano.
Se me acercó un vendedor de merengues.
—¿Un volado, joven?
—No traigo cambio, jefe.
—Ándele, si gana se lleva dos, si pierde me paga uno. Es la suerte.
La suerte. Me jugué un volado con la vida al salirme de esa casa. Y sentía que la moneda seguía girando en el aire.
Capítulo 4: El Descenso a los Infiernos
Pasaron tres días. El dinero se acababa. La soledad empezaba a picar. La euforia de la libertad se transformó en miedo. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si Lupita era el amor de mi vida y la dejé ir por orgullo?
Esa tarde, la debilidad me ganó. Prendí el celular. Entraron mensajes en cascada. Pero uno me heló la sangre. Era de su hermana.
“Javier, no sé dónde estás, pero Lupe está en el hospital. Se puso mal anoche.”
El mundo se me vino encima. La culpa regresó, pero ahora armada con cuchillos. Corrí al metro. El trayecto se me hizo eterno. Mi mente me torturaba: “Tú causaste esto. Tú y tu estúpida idea de ‘madurez espiritual’ . ¿De qué sirve madurar si matas a la gente que amas?”.
Llegué al hospital, sudando, jadeando. Pregunté en recepción. Sala de espera 2. Ahí estaba su familia. Su mamá me miró con odio. Su hermana se levantó y me empujó.
—¿A qué vienes? ¡Lárgate! —me gritó.
—Necesito verla —supliqué.
—Ella no te quiere ver. Le dio una crisis nerviosa. Por tu culpa.
Me quedé helado. “Dificultades no son solo retos físicos…” recordé amargamente . Esto era un reto espiritual nivel dios. Me di cuenta de que mi presencia ahí no ayudaba. Yo era el detonante. Yo era la enfermedad, no la cura.
Me retiré lentamente, sintiendo las miradas de odio clavadas en mi nuca. Salí al estacionamiento y lloré. Lloré como no lo hacía desde niño. Lloré de impotencia, de dolor, de amor. Pero en medio de ese llanto, entendí algo crucial. La relación ya no existía en armonía . Si mi ausencia la mandó al hospital, nuestra dependencia era enfermiza. No era amor, era adicción.
Y ahí, recargado en una pared de concreto gris, toqué fondo. Esa fue la “atmósfera extrema del problema” . Y paradójicamente, al tocar el fondo, sentí suelo firme.
Cuando uno toca fondo, solo queda subir. Me di cuenta de que el doble dolor del que hablaba mi reflexión era necesario. Dolor por irme, dolor por verla así. Pero era un dolor de parto. Estaba naciendo algo nuevo.
Capítulo 5: El Renacimiento en la Vecindad
No volví a buscarla. Fue la decisión más dura, pero la más sana. Me enteré por amigos en común que salió bien, que empezó a ir a terapia. Yo hice lo mismo.
Conseguí un cuarto en una vecindad en la colonia Santa María la Ribera. Un lugar viejo, con techos altos y pisos de madera que crujían, pero tenía un balcón que daba a la calle. Ahí empecé a “construir un nuevo futuro” .
Conseguí trabajo en un despacho contable cerca de Reforma. No era el trabajo de mis sueños, pero me daba estructura. La rutina es bendita cuando tienes el corazón roto. Despertar, café, metro, trabajo, comida corrida, trabajo, metro, casa. Repetir.
Poco a poco, empecé a notar cambios. “Revaluar todo a tu alrededor” . Empecé a valorar cosas que antes ignoraba. El sabor del café de olla de la señora de la esquina. La luz del sol filtrándose por los árboles de la Alameda. La música de los organilleros.
Empecé a escribir más. A pintar. Descubrí que tenía talentos que habían quedado sepultados bajo las discusiones y el drama de mi relación anterior. Todos tienen su propia belleza y sus propios límites . Estaba descubriendo mi propia belleza.
Un día, me encontré con un viejo amigo, el “Chutas”, en una cantina del centro.
—¡Javier! ¡Qué milagro, cabrón! Te ves… diferente —me dijo, dándome una palmada en la espalda.
—¿Diferente cómo? —pregunté, tomando un trago de mi cerveza.
—No sé, güey. Como más ligero. Antes siempre andabas con cara de que debías la renta. Ahora te ves… en paz.
Sonreí. Tenía razón. Había aceptado la verdad, y eso me había dado la oportunidad de cortar las cargas . Ya no cargaba con la responsabilidad de la felicidad de Lupita. Solo cargaba con la mía. Y esa era una carga que sí podía manejar.
Le conté un poco de lo que había pasado. Él escuchó atento.
—Pues salud por eso, carnal —brindó—. A veces hay que mandar todo a la chingada para encontrarse a uno mismo.
—Salud —choqué mi vaso con el suyo.
Esa noche, regresando a mi cuarto, miré la luna llena sobre los edificios viejos de la ciudad. Recordé la frase: “Cuando una etapa termina, no es simplemente el fin, sino que lleva la promesa de una nueva” . Estaba viviendo esa promesa.
Capítulo 6: La Prueba de Fuego
Meses después, el destino, que tiene un sentido del humor muy mexicano, me puso a prueba. Iba caminando por Madero, esa calle peatonal siempre llena de gente, cuando la vi.
Iba caminando en dirección contraria, tomada de la mano de otro tipo. Se veía bien. Se veía sana. Se veía feliz.
El corazón me dio un vuelco. El tiempo se detuvo. Todo el ruido de la calle se apagó. Solo éramos ella y yo en un túnel visual.
Nuestras miradas se cruzaron por un segundo. Un segundo eterno.
Sentí el impulso de correr hacia ella, de reclamar mi lugar, de gritar. El “impulso de aparecer en su vida” fue brutal. Pero recordé. Recordé el hospital. Recordé las peleas. Recordé mi cuarto vacío y mi paz ganada a pulso.
Ella bajó la mirada, apretó la mano de su acompañante y siguió caminando.
Yo hice lo mismo. No me detuve. No volteé.
Seguí caminando hacia el Zócalo. Mis piernas temblaban un poco, pero mi espíritu estaba firme. Había pasado la prueba. Había aceptado que la relación o la armonía ya no existían , y que verla feliz con otro no me mataba. Al contrario, confirmaba que mi decisión fue la correcta.
Ella estaba haciendo su vida. Yo estaba haciendo la mía. Ambos habíamos utilizado esa “atmósfera extrema” para impulsarnos hacia nuevos viajes .
Llegué a la plancha del Zócalo. La bandera monumental ondeaba majestuosa contra el cielo azul. Respiré profundo. El aire estaba contaminado, sí, pero para mí olía a gloria.
Había aprendido a usar la energía positiva para construir algo bueno . No estaba luchando con lo que pasó . Estaba viviendo lo que es.
Capítulo 7: La Carta que Nunca Envié
Esa noche, me senté en mi escritorio y escribí una última carta. No para enviarla, sino para mí. Para cerrar el ciclo. Para “reescribir los sentimientos” .
“Hola, Flaca:
Te vi hoy. Te ves bien. Me da gusto. De verdad.
Quería decirte que tenías razón en muchas cosas. Y yo también. Pero al final, tener razón no importa. Lo que importa es tener paz.
Gracias por los tiempos difíciles. Porque cuando la gente pasa por eventos así, ve más profundo . Y gracias a ti, vi el fondo de mi alma y aprendí a limpiarlo.
Gracias por ser mi espejo. Gracias por mostrarme mis límites .
Ya no siento pena por las montañas que no subimos. Ahora estoy escalando mis propias cumbres. Espero que tú también.
Esto no es un adiós de rencor. Es un adiós de gratitud. Es el final de una etapa y el comienzo de la promesa de una nueva .
Que seas muy feliz. Yo ya lo estoy intentando.
Javier.”
Doblé la carta y la guardé en un cajón, junto con una foto vieja nuestra. Cerré el cajón con llave. Y con ese gesto, cerré la puerta de ese capítulo para siempre.
Capítulo 8: El Nuevo Comienzo
Hoy, queridos amigos, soy un hombre nuevo. No perfecto, ojo. Sigo llegando tarde a veces, sigo comiendo demasiados tacos y sigo teniendo miedos. Pero soy un hombre que entiende que las dificultades son oportunidades para practicar lo espiritual .
He empezado un proyecto nuevo. Un podcast, irónicamente. Quiero ayudar a otros a “reescribir sus sentimientos” . Quiero decirles que está bien irse cuando ya no hay alegría . Que está bien priorizarse a uno mismo.
A veces, me despierto en medio de la noche y escucho la lluvia. Y ya no siento angustia. Siento calma. Siento que la lluvia está regando las semillas que planté cuando me atreví a salir de esa casa bajo la tormenta.
La vida es eso: ciclos. Inicios y finales. Y hay que tener los huevos —perdón, el coraje— para aceptar cuando algo termina. Porque solo cuando sueltas lo que te pesa, puedes atrapar lo que te hace volar .
Esta es mi historia. La historia de un mexicano común que decidió dejar de ser víctima de su historia para convertirse en el autor de su destino. Una nueva vida, una nueva jornada llena de esperanza y crecimiento continuo de mi versión .
Y tú, que me estás leyendo o escuchando… si estás sentado en la orilla de la cama, mirando una maleta y preguntándote si debes irte…
Escúchate. Mira profundamente .
Tal vez, al otro lado de esa puerta que te da miedo abrir, está la mejor versión de ti mismo esperándote.
No tengas miedo a la lluvia. Al final, siempre sale el sol. O por lo menos, aprendes a bailar bajo el agua.
Epílogo: Un Café Solo
Ayer volví a pasar por la cafetería donde tuvimos nuestra primera cita. Entré. Pedí un café americano, negro, sin azúcar. Como me gusta ahora. Antes lo pedía con leche y dos de azúcar porque a ella le gustaba así y yo quería encajar.
Me senté en la misma mesa.
Miré la silla vacía frente a mí.
Y sonreí.
No porque estuviera vacía, sino porque yo estaba lleno. Lleno de mí mismo. Lleno de experiencias. Lleno de cicatrices que ya no sangran, sino que cuentan historias de supervivencia.
El mesero se acercó.
—¿Espera a alguien, joven?
Miré hacia la ventana, donde el sol de la tarde iluminaba la calle.
—No, jefe —respondí con una tranquilidad que me sorprendió—. Me estaba esperando a mí mismo. Y por fin llegué.
Pagué la cuenta, dejé una buena propina y salí a la calle. Caminé con paso firme, con la frente en alto. El artista vaga por siempre , dicen. Y yo soy el artista de mi propia vida, vagando hacia mi próximo destino, reescribiendo mis sentimientos , olvidando lo que duele y abrazando lo que sana.
La calle de repente vio aparecer mi hombro , cargando no una maleta de culpa, sino una mochila de esperanzas.
Y así, amigos, es como termina una historia de amor y empieza una historia de vida.
Gracias por leerme.
Parte 3: El Arquitecto de Ruinas y el Horizonte Azul
Capítulo 9: El Micrófono como Confesionario
La vida tiene una manera curiosa de acomodar las fichas cuando dejas de intentar forzar el juego. Han pasado seis meses desde que escribí esa carta que nunca envié, seis meses desde que decidí que mi paz no era negociable. Mi cuarto en la Santa María la Ribera, ese que al principio se sentía como una celda de castigo, ahora es mi santuario. Y en el centro de ese santuario, sobre un escritorio de madera que rescaté de un bazar de la Roma, está mi micrófono.
Mi podcast, “Reescribir los Sentimientos”, nació de una noche de insomnio y una botella de mezcal, pero se ha convertido en mi brújula. Al principio, solo me escuchaban tres personas: mi mamá (que no entendía cómo ponerle “play”), el Chutas (que solo quería ver si hablaba de él) y algún desvelado perdido en el algoritmo. Pero algo pasó. La gente empezó a conectar. Y es que, cuando la gente pasa por los eventos de sus vidas, a menudo ve más profundamente . Y yo estaba ofreciendo mis propios ojos, mis propias cicatrices, como lentes para que otros pudieran ver.
Recuerdo la grabación del episodio 15. Llovía, como siempre parece llover cuando me pongo filosófico en esta ciudad. Me acerqué al micrófono y dije:
—¿Qué onda, banda? Aquí Javier. Hoy vamos a hablar de por qué nos aferramos a los clavos ardiendo. Saben, las dificultades no son solo retos físicos o de lana, sino también una oportunidad para practicar lo espiritual y volverse más maduro . ¿Cuántas veces nos quedamos en un lugar donde ya no cabemos solo porque nos da miedo el frío de afuera?
Hice una pausa, escuchando el zumbido de la computadora.
—Les voy a decir la neta. Cuando una etapa termina, el impulso de que aparezca en su vida no existe simplemente como el fin, sino que también conlleva una promesa de una nueva, de nuevos comienzos . Yo tardé años en entender que ese “fin” no era un precipicio, era un trampolín.
Al terminar de grabar, me quedé mirando la pantalla. Los comentarios empezaron a llegar en tiempo real. “Me siento igual”, “Mi novio me dejó ayer”, “No sé cómo soltar”. Me di cuenta de que mi dolor se había convertido en un puente. Había dejado de luchar con lo que ya pasó y, en su lugar, estaba usando esa energía positiva para construir un nuevo futuro . No solo para mí, sino para una comunidad de corazones rotos que buscaban, como yo, reescribir los sentimientos .
Capítulo 10: La Llamada del Chutas
Un martes, de esos martes grises que parecen lunes disfrazados, mi teléfono vibró. Era el Chutas. Pero no era el Chutas fiestero de siempre. Su voz sonaba apagada, rasposa.
—Javier… necesito verte, güey. Estoy valiendo madre.
Nos vimos en una cantina cerca del Monumento a la Revolución. El lugar olía a aserrín mojado y a tequila barato. Chutas estaba sentado en una esquina, con los ojos inyectados de sangre y tres caballitos vacíos frente a él.
—Se fue, Javier. La Sandra se fue. Se llevó al perro, güey. Se llevó hasta la licuadora.
Me senté frente a él. Vi en su rostro el mismo terror que yo sentí esa noche en mi cocina. El terror al vacío.
—Tranquilo, carnal. Échate un trago de agua —le dije, empujando mi vaso hacia él.
—No entiendo qué hice mal. Le di todo. Trabajé horas extras, dejé de ver a mis compas… y me dice que “ya no hay magia”. ¡Qué magia ni que la chingada!
Suspiré. Sabía exactamente dónde estaba él. Estaba en la etapa de la negación, peleando contra la realidad.
—Mira, Chutas —le dije suavemente—. A veces no es que hayas hecho algo mal. Es que todos tienen su propia belleza y sus propios límites . Y tal vez Sandra llegó al suyo.
—Pero la amo, cabrón. No puedo estar sin ella.
—Sí puedes. Sientes que no, porque estás viendo la foto completa del pasado, no la del futuro. Cuando sientes que no hay más alegría, ni más motivación para continuar, o que la relación ya no existe en armonía, es el momento de detenerse y repensar .
Chutas golpeó la mesa.
—¡Es que duele un chingo!
—Claro que duele. Es doloroso tener que terminar algo . Pero güey, mírame a mí. Yo pensé que me moría. Y aquí estoy. Aceptar la verdad es también una oportunidad . Oportunidad para cortar cargas y abrir puertas . Sandra ya no era tu pareja, era tu carga. Y tú eras la de ella.
Nos quedamos en silencio un buen rato, viendo cómo el mesero limpiaba la mesa de al lado. Chutas se limpió una lágrima con el dorso de la mano, avergonzado.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó, con la voz rota.
—Ahora te levantas. Ahora miras la atmósfera extrema acumulada del problema y te das cuenta de que si seguías ahí, te ibas a romper . Cuando termina, es algo que necesitas atrapar para empezar una nueva vida, una jornada llena de esperanza .
Esa noche, llevé al Chutas a mi casa. Lo dejé dormir en el sofá. Verlo ahí, vulnerable, me hizo darme cuenta de cuánto había avanzado yo. Ya no era el paciente; empezaba a ser el doctor. Mi crecimiento continuo de la versión de mí mismo estaba rindiendo frutos .
Capítulo 11: El Viaje a Tepoztlán y la Montaña Sagrada
Después de ayudar al Chutas a instalarse en su nueva realidad (y en un departamento de soltero que olía a pintura fresca), sentí que necesitaba aire. La ciudad, con su ritmo frenético, a veces te asfixia. Necesitaba reconectar con esa “naturaleza” de la que hablaba en el podcast .
Tomé un autobús a Tepoztlán. Es un pueblo mágico a una hora de la ciudad, rodeado de montañas que parecen gigantes dormidos. Dicen que ahí la energía es diferente, que las piedras vibran. Yo solo quería silencio.
Me hospedé en una posada sencilla, con un jardín lleno de buganvilias. La primera mañana, decidí subir al Tepozteco, la pirámide en la cima de la montaña. El camino es empinado, lleno de piedras y raíces. Mientras subía, el corazón me latía en los oídos. Cada paso era un esfuerzo.
A mitad del camino, me detuve a tomar aire. Miré hacia abajo. El pueblo se veía diminuto. La gente subía y bajaba, algunos riendo, otros maldiciendo el esfuerzo. Pensé en cómo la vida es esa subida. Las dificultades no son solo retos físicos , como esta maldita subida, sino pruebas de voluntad.
Llegué a la cima bañado en sudor, pero con una claridad mental impresionante. Me senté en una piedra mirando el valle. El viento soplaba fuerte, secando mi sudor.
Ahí arriba, sentí una paz absoluta. Me di cuenta de que durante mucho tiempo había sentido pena por las montañas y valles que dejé atrás , por los planes cancelados con Lupita. Pero estando ahí, en la cima real, entendí que esas montañas metafóricas ya no importaban. Estaba en una montaña real. Estaba vivo.
Saqué mi libreta. Escribí: “Es tiempo de detenerse y mirarse a uno mismo. Revaluar todo a tu alrededor . Desde aquí arriba, los problemas de abajo se ven ridículos. La urgencia de que ella aparezca en mi vida no existe simplemente . Ha desaparecido con la altura.”
Capítulo 12: Elena y los Ojos del Presente
Bajando del Tepozteco, con las piernas temblorosas pero el espíritu firme, decidí comer en el mercado. Me senté en un puesto de quesadillas de maíz azul.
—Una de flor de calabaza y una de huitlacoche, por favor —pedí.
Frente a mí, en la mesa compartida, estaba una mujer. Tendría mi edad, con el cabello rizado y una sonrisa que parecía iluminar el rincón oscuro del mercado. Leía un libro mientras comía.
—Buen libro —le dije, señalando la portada. Era una novela de García Márquez.
Ella levantó la vista y sonrió. Tenía unos ojos profundos, color miel.
—Es mi favorito. Me ayuda a entender la soledad —respondió.
—La soledad no es tan mala cuando aprendes a ser tu propio compa —repliqué, sorprendiéndome de mi propia seguridad.
Ella cerró el libro y me miró con interés.
—Eso suena a alguien que ya pagó el precio de aprenderlo. Soy Elena.
—Javier. Y sí, la factura salió cara, pero valió la pena.
Empezamos a platicar. No fue el coqueteo forzado de los bares de la Condesa. Fue una plática real, orgánica. Hablamos de la vida, de los miedos, de por qué los chilangos le ponemos bolillo a todo.
Le conté sobre mi podcast, sobre cómo estaba intentando reescribir los sentimientos .
—Me gusta eso —dijo ella, tomando un sorbo de su agua de jamaica—. Creo que todos estamos en un borrador constante. A veces hay que tachar párrafos enteros para que la historia tenga sentido.
—Exacto. Yo tuve que arrancar varias páginas. Pensé que el libro se acababa, pero resulta que apenas iba en la introducción.
Elena me contó que ella también estaba en un proceso de cambio. Había dejado un trabajo corporativo de diez años para dedicarse a la fotografía.
—Me di cuenta de que mi alegría y mi motivación para continuar se habían muerto —me confesó—. Y entendí que quedarme ahí solo por el sueldo era traicionarme. Aceptar la verdad fue mi oportunidad para cortar cargas .
Sentí una conexión inmediata. No era la chispa explosiva y tóxica que tenía con Lupita. Era algo más tranquilo, como el calor de las brasas. Elena entendía el lenguaje de la pérdida y la reconstrucción.
Pasamos la tarde caminando por las calles empedradas de Tepoztlán. Comimos nieve de limón, vimos artesanías. No hubo besos, ni promesas eternas. Solo dos seres humanos compartiendo el presente, sin pelear con lo que ya pasó .
Al despedirnos, ella me dio su número.
—Si algún día quieres reescribir un capítulo en la ciudad, mándame un mensaje —dijo.
—Tenlo por seguro.
Regresé a la Ciudad de México con una sensación nueva. No era enamoramiento, era esperanza. La promesa de un nuevo comienzo ya no era una frase de libro de autoayuda; tenía nombre y apellido, o al menos, tenía la posibilidad de tenerlo.
Capítulo 13: El Fantasma en el Supermercado
La recuperación no es lineal. Es una espiral. A veces crees que estás arriba y, de repente, algo te jala hacia abajo.
Dos semanas después de mi viaje, estaba en el supermercado haciendo la despensa. Iba cantando bajito, eligiendo aguacates. De pronto, al dar la vuelta en el pasillo de los cereales, me golpeó un olor familiar.
Su perfume.
Ese perfume floral dulce que Lupita usaba todos los días. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. El estómago se me hizo nudo, las manos me sudaron. Busqué con la mirada, frenético.
Ahí estaba, al final del pasillo. Pero no era ella. Era una chica cualquiera, revisando una caja de granola.
Me recargué en el estante, sintiendo que me faltaba el aire. El pánico fue instantáneo. ¿Por qué me afectaba tanto si según yo ya lo había superado?
Me di cuenta de que el recuerdo tiene garras largas. A veces, miras atrás y te sientes mal por las montañas y lo que perdiste . La nostalgia es traicionera. Te vende una versión editada del pasado, donde todo era bonito y no había gritos ni platos rotos.
Dejé el carrito ahí mismo y salí del súper. Necesitaba aire. Me senté en la banqueta, respirando hondo.
“A ver, Javier”, me dije. “Esto es parte del proceso. Cuando la gente pasa por eventos de sus vidas, a menudo ve más profundo . Esto que sientes es el eco, no el grito. El grito ya pasó”.
Saqué mi celular y abrí las notas. Escribí para calmarme: “Aceptar la verdad es una oportunidad . La verdad es que la extraño a veces. Pero extrañar no significa regresar. Extrañar es solo la prueba de que fue real, pero terminar fue la prueba de que me quiero a mí mismo. Tengo que seguir usando esta energía positiva para construir, no para destruir .”
Me levanté. Volví a entrar al súper. Terminé de hacer mi despensa. No iba a dejar que un fantasma olfativo me dejara sin comer esa semana. Eso es madurez espiritual , supongo: comprar tus aguacates aunque tengas ganas de llorar.
Capítulo 14: La Conferencia y la Revelación
El éxito del podcast atrajo atención. Me invitaron a dar una charla en un pequeño auditorio de la UNAM, para estudiantes de psicología y gente interesada en desarrollo humano. El tema: “El Arte de Soltar”.
Estaba nervioso. Una cosa es hablarle a un micrófono en tu cuarto y otra es ver cien caras esperando que les digas algo inteligente.
Subí al escenario. Las luces me cegaron un poco. Ajusté el micrófono.
—Hola a todos. Soy Javier. Y soy un experto en cagarla.
Risas nerviosas en el público. Eso rompió el hielo.
—Durante mucho tiempo, pensé que el amor era aguantar. Que la resistencia era la mayor prueba de afecto. Pero aprendí a la mala que las dificultades no son solo retos físicos, son oportunidades para despertar .
Empecé a contar mi historia, sin filtros. Hablé de la noche de la lluvia, del hotel barato, de los tacos de canasta, del hospital.
—Llega un momento —dije, mirando a una chica en la primera fila que tenía los ojos llorosos— en que te das cuenta de que la relación ya no existe en armonía . Y ese es el momento más aterrador de tu vida. Porque tienes que detenerte y repensar la elección de terminar . Tienes que elegir entre ser el villano de la historia de alguien más o el héroe de la tuya.
Caminé por el escenario, sintiéndome cada vez más seguro.
—No se trata solo de que algo sea inapropiado. Aceptar la verdad es la oportunidad de cortar las cargas . Imaginen que van cargando un costal de piedras subiendo una montaña. Soltar el costal no es rendirse. Soltar el costal es la única manera de llegar a la cima.
Hice una pausa dramática.
—Y cuando lo sueltas… uff. Sientes el vacío. Sientes que te vas a caer. Pero es ahí, en esa atmósfera extrema del problema, donde te das cuenta de que tienes alas . Cuando termina, es algo que necesitas atrapar para empezar una nueva vida, una nueva jornada llena de esperanza y crecimiento continuo de tu versión .
Al terminar, hubo un silencio de esos que pesan, seguido de aplausos. No fueron aplausos de cortesía. Vi gente asintiendo, gente abrazando a la persona de al lado.
Al bajar del escenario, se me acercó un chavo, no mayor de 20 años.
—Gracias, carnal —me dijo—. Neta, gracias. Hoy iba a pedirle a mi ex que volviéramos. Después de escucharte, creo que mejor voy a ir a terapia.
Le di un abrazo.
—Esa es la mejor inversión, hermano. Reescribe tus sentimientos, no repitas tus errores .
Esa noche, regresando a casa en un Uber, mirando las luces de la ciudad que nunca duerme, me sentí pleno. El artista vaga por siempre , pensé. Y mi arte ahora era esto: transformar el dolor en palabras, y las palabras en salvavidas.
Capítulo 15: Reencuentro con el Destino (o con Elena)
Animado por la conferencia y sintiéndome valiente, le escribí a Elena.
“Hola. Estoy reescribiendo un capítulo donde el protagonista invita a cenar a la chica del libro de García Márquez. ¿Te interesa el guion?”
Ella contestó a los cinco minutos.
“Depende. ¿El protagonista promete no hablar de ex novias ni de dietas?”
“Promesa de scout (aunque nunca fui scout).”
Salimos a cenar a un lugar en la Condesa, una terraza bonita con luces colgantes. Elena se veía espectacular, mucho más relajada que en Tepoztlán.
La cena fluyó como el agua. Hablamos de nuestros proyectos, de cine, de política, de tonterías. Me di cuenta de que con ella no tenía que “medirme”. Con Lupita, siempre sentía que tenía que cuidar cada palabra para no detonar una bomba. Con Elena, el campo estaba libre de minas.
En un momento, ella se puso seria.
—Javier, escuché tu podcast. El episodio de la semana pasada.
Me tensé. Exponerse así siempre da miedo.
—¿Y? ¿Muy cursi?
—No. Muy real. Dijiste algo sobre “la promesa de un nuevo comienzo” . ¿De verdad crees en eso? ¿O solo lo dices para que suene bonito?
La miré a los ojos. Pensé en todo mi recorrido. En la lluvia, en la soledad, en el Chutas, en el Tepozteco.
—Lo creo, Elena. Lo creo porque lo estoy viviendo. Antes pensaba que el final era la muerte. Ahora sé que el final es solo el invierno antes de la primavera.
Ella sonrió y puso su mano sobre la mía. Su piel estaba cálida.
—Pues salud por la primavera, Javier.
Brindamos con vino tinto. En ese momento, no hubo fuegos artificiales ni música de violines. Hubo algo mejor: calma. La calma de saber que estaba en el lugar correcto, con la persona correcta, en el momento correcto.
No sé si Elena será el amor de mi vida. Tal vez sí, tal vez no. Pero eso ya no me angustia. Porque he aprendido que cada persona es un maestro. Y que siempre hay que dejar de luchar con lo que ya pasó para construir un futuro nuevo .
Capítulo 16: El Tiempo Azul de Ida
Los meses siguieron pasando. Mi relación con Elena floreció despacio, sin prisas. Mi podcast creció hasta convertirse en mi trabajo de tiempo completo. Dejé la contabilidad (gracias a Dios) y me dediqué 100% a crear contenido y dar talleres.
Un día, recibí un correo inesperado. Era una invitación para presentar mi libro (sí, escribí un libro con las transcripciones y reflexiones del podcast) en la Feria del Libro de Guadalajara.
Viajé a Guadalajara con una sensación de triunfo. Mientras caminaba por los pasillos de la expo, rodeado de libros y de historias, recordé la frase extraña y poética que leí una vez: “Nos vemos de nuevo en los próximos números en un tiempo azul de ida” .
Siempre me pregunté qué significaba ese “tiempo azul de ida”. Ahora creo que lo entiendo. Es ese tiempo donde la tristeza (el azul) ya no te detiene, sino que es un camino de solo ida hacia adelante. Ya no hay retorno al dolor paralizante. Solo hay movimiento.
En la presentación, alguien me preguntó:
—Javier, si pudieras volver atrás y no vivir esa ruptura, ¿lo harías?
Sonreí, tomando el micrófono.
—Ni de broma. Ese dolor fue mi cincel. Me esculpió. Sin esa “atmósfera extrema del problema” , seguiría siendo un bloque de piedra sin forma. Agradezco el dolor, porque cuando terminó, atrapé una nueva vida .
Capítulo 17: La Reflexión Final frente al Espejo
Hoy, estoy escribiendo esto desde mi balcón. Es de noche. La ciudad brilla a lo lejos. Elena está adentro, editando unas fotos. Escucho su música suave.
Me miro en el reflejo del vidrio de la ventana. Veo a un hombre con algunas canas nuevas, con líneas de expresión marcadas por la risa y por el llanto. Veo a un hombre que aprendió a la mala, pero aprendió bien.
La lección más grande no fue sobre el amor de pareja. Fue sobre el amor propio. Fue entender que uno tiene que ser su propio hogar. Que si te sacan de una casa, tú eres los cimientos de la siguiente.
Querido lector, si has llegado hasta aquí, déjame decirte algo:
Tú tienes tu propia belleza y tus propios límites . No dejes que nadie los cruce. Y cuando sientas que ya no hay alegría, detente . No es fracaso. Es inteligencia emocional.
La vida es un ciclo constante de reescritura. Somos borradores. Somos tachones. Pero también somos la tinta nueva.
Estamos juntos para reescribir los sentimientos que parecen olvido . No olvides quién eres por intentar recordar quién fuiste con alguien más.
El artista vaga por siempre . Vaga tú también. Explora. Piérdete. Y sobre todo, encuéntrate.
De repente, veo mi hombro aparecer en el reflejo , y detrás de mí, Elena se acerca con dos tazas de té.
—¿En qué piensas? —me pregunta, abrazándome por la espalda.
—En que la lluvia ya no me moja —le contesto.
—Está despejado, tonto —se ríe ella.
—Exacto. Por fin está despejado.
Bebo un sorbo de té caliente. Sabe a canela y a futuro.
Aquí termina mi relato, pero no mi historia. Mi historia, como la tuya, se sigue escribiendo cada mañana que decidimos levantarnos y echarle ganas, a pesar de todo.
Gracias por acompañarme en este viaje desde la cocina oscura hasta este balcón iluminado. Espero que encuentres tu propia luz.
Y recuerda: cuando una puerta se cierra, no te quedes mirando la madera. Date la vuelta y busca la ventana. O mejor aún, tira la pared y construye una terraza.
Parte 4: El Tiempo Azul de Ida y el Artista de la Vida
Capítulo 18: La Calma después de la Tormenta (Tres Años Después)
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero yo creo que el tiempo es solo el terreno; uno es el que tiene que sembrar, regar y podar. Han pasado tres años desde que salí de aquella casa con mi maleta vieja y el corazón hecho pedazos bajo la lluvia. Tres años desde que entendí que cuando la gente pasa por eventos de sus vidas, a menudo ve más profundamente . Y vaya que he visto profundo.
Ahora vivo en un departamento más grande en la colonia Roma, uno con mucha luz y plantas que Elena se encarga de mantener vivas (porque yo sigo siendo un desastre con la jardinería). Mi podcast, “Reescribir los Sentimientos” , se ha convertido en algo más grande de lo que jamás soñé. Ya no es solo un hobby de medianoche; es una comunidad, un movimiento.
Me despierto temprano. El sol entra por la ventana y veo a Elena durmiendo a mi lado. Su respiración es tranquila. Pienso en cómo las dificultades no son solo retos físicos, sino también una oportunidad para practicar lo espiritual y volverse más maduro . Mi madurez espiritual no llegó meditando en una cueva en el Tíbet; llegó aprendiendo a no pelear por dónde dejar la toalla mojada y aprendiendo a comunicar mis miedos antes de que se conviertan en monstruos.
Me levanto y voy a la cocina. Pongo café. Mientras el aroma inunda la casa, reviso mi agenda. Hoy es un día importante. Hoy presentamos el “Tour de la Reescritura”, una serie de conferencias por todo el país. Vamos a ir a Monterrey, Guadalajara, Oaxaca y Mérida. Vamos a hablar con gente real, cara a cara, sobre cómo dejar de luchar con lo que ya pasó y usar la energía positiva para construir un nuevo futuro .
Siento un cosquilleo en el estómago. No es miedo, es responsabilidad. Sé que allá afuera hay miles de “Javieres” y “Lupitas” atrapados en relaciones donde la armonía ya no existe , esperando una señal para detenerse y repensar . Yo voy a ser esa señal.
Capítulo 19: El Síndrome del Impostor en Monterrey
El primer evento fue en Monterrey. El calor estaba infernal, pero el auditorio estaba lleno. Tres mil personas. Cuando salí al escenario, las luces me cegaron momentáneamente.
Empecé con mi monólogo habitual, hablando de mi ruptura, de la lluvia, de los tacos de canasta. La gente reía y lloraba. Pero a la mitad de la charla, me golpeó el síndrome del impostor.
Miré a todas esas personas buscando respuestas. ¿Quién era yo para dárselas? Solo soy un contador que aprendió a hablar de sus sentimientos. ¿Realmente había superado todo? ¿O solo era un buen actor?
En la sesión de preguntas y respuestas, una señora levantó la mano. Se llamaba Doña Rosa.
—Javier —dijo con voz temblorosa—, mi esposo murió hace dos años. No fue un divorcio, fue la muerte. Siento que una parte de mí se fue con él. ¿Cómo aplicas eso de que “cuando una etapa termina, no es simplemente el fin, sino que conlleva una promesa de una nueva” ? Para mí, el fin se siente como el fin. Punto.
El silencio en la sala fue sepulcral.
Respiré hondo. No podía darle una respuesta de libro de texto. Tenía que ir a la “atmósfera extrema del problema” .
—Doña Rosa —le dije, bajando del escenario para acercarme a ella—, tiene razón. El dolor de la muerte es distinto. Pero le voy a decir algo que descubrí. El impulso de que esa persona aparezca en su vida no existe simplemente como antes , físico, tangible. Pero el amor se transforma. Usted no tiene que olvidar a su esposo para tener un nuevo comienzo . Su nuevo comienzo es honrar la vida que él ya no tiene, viviéndola usted al doble.
La miré a los ojos, esos ojos norteños, duros pero llorosos.
—Usted tiene su propia belleza y sus propios límites . Su límite fue la muerte de él. Pero su belleza es que sigue aquí. Cuando termina, es algo que necesita atrapar para empezar una nueva vida , no para reemplazarlo a él, sino para reencontrarse a usted.
Doña Rosa asintió lentamente y me dio un abrazo que olía a talco y a tristeza antigua. En ese abrazo, mi síndrome del impostor desapareció. Entendí que no estaba ahí para tener todas las respuestas, sino para acompañarlos en las preguntas. Estábamos juntos para reescribir los sentimientos que parecen olvido , para darles un nuevo significado.
Capítulo 20: La Noche Oscura en Oaxaca
El tour continuó. Oaxaca nos recibió con mezcal y cielos estrellados. Pero no todo era gloria. Elena y yo tuvimos nuestra primera pelea fuerte en meses.
Fue por una tontería, o eso parecía. Ella quería salir a cenar tlayudas y yo quería quedarme en el hotel a descansar porque estaba agotado. Pero detrás de eso había algo más. Yo estaba tan enfocado en “salvar” a los demás con mi podcast que estaba descuidando a la mujer que tenía enfrente.
—¡Javier! —me gritó en la habitación del hotel—. ¡Te la pasas hablando de “usar energía positiva para construir un nuevo futuro” , pero aquí, conmigo, no estás construyendo nada! ¡Estás ausente!
Sus palabras me dolieron más que cualquier comentario de hater en internet. Me di cuenta de que estaba cayendo en viejos patrones. Estaba dando por sentado la relación. Y cuando sientes que no hay más alegría o motivación, es el momento de detenerse y repensar . Pero no para terminar, sino para corregir el rumbo antes de chocar.
Salí al balcón. La noche oaxaqueña era fresca. Pensé en Lupita. Con ella, dejé que la “atmósfera extrema acumulada” nos ahogara. No iba a cometer el mismo error con Elena.
Regresé a la habitación. Elena estaba sentada en la cama, llorando en silencio.
Me arrodillé frente a ella.
—Perdóname —le dije—. Tienes razón. Me convertí en el “artista que vaga por siempre” y me olvidé de regresar a casa. Tú eres mi casa.
—No quiero que seas un gurú, Javier —me dijo ella, secándose las lágrimas—. Quiero que seas mi pareja. Quiero que apliques tu propia medicina. Aceptar la verdad es una oportunidad , ¿no? Pues la verdad es que te extraño aunque estés aquí.
Esa noche no dormimos. Hablamos. Hablamos de verdad. “Reescribimos los sentimientos” de nuestra relación. Acordamos límites. Acordamos tiempos. Entendí que el crecimiento continuo de la versión de uno mismo nunca se detiene. No eres un producto terminado; eres un proceso. Y el amor también lo es.
Al día siguiente, fuimos a comer tlayudas. Y les juro que nunca nada me había sabido tan rico. La armonía había regresado, no por magia, sino por trabajo.
Capítulo 21: El Reencuentro Inesperado
De regreso en la Ciudad de México, el destino me tenía preparada una última prueba de fuego. Una de esas coincidencias que parecen guion de telenovela.
Fui a renovar mi licencia de conducir. Estaba formado en la fila interminable, revisando correos en mi celular, cuando escuché esa voz.
—¿Javier?
Levanté la vista. Era ella. Lupita.
Pero no era la Lupita de mis pesadillas, ni la Lupita de mis recuerdos idealizados. Era una mujer normal, vestida con ropa de oficina, con el pelo un poco más corto.
—Hola, Lupe —dije. Mi voz salió firme, sin temblores.
Nos salimos de la fila (total, la burocracia podía esperar) y nos sentamos en unas bancas de metal.
—Te ves bien —dijo ella, sonriendo tímidamente.
—Tú también.
Hubo un silencio, pero no fue incómodo como aquella noche en la cocina. Fue un silencio de paz.
—He escuchado tu podcast —confesó ella, mirando sus manos—. Al principio me daba mucho coraje. Sentía que estabas vendiendo nuestra intimidad. Pero luego… luego escuché el episodio sobre “aceptar la verdad como una oportunidad para cortar cargas” . Y entendí.
—Lo siento si te expuse —le dije sinceramente—. Nunca dije tu nombre, pero…
—No importa —interrumpió ella—. Me sirvió. Me sirvió para darme cuenta de que yo también tenía que dejar de luchar con lo que ya pasó . Yo también tenía que construir.
Me contó que se había casado. Que esperaba un bebé.
Al escuchar eso, busqué dentro de mí alguna señal de dolor, de celos, de arrepentimiento. Busqué esa “pena por las montañas y valles” que no recorrimos juntos. Pero no encontré nada más que una alegría genuina y tranquila.
—Me da mucho gusto, Lupe. De verdad.
—A mí también me da gusto verte así, Javier. Creo que al final, ese final doloroso sí conllevaba una promesa de un nuevo comienzo para los dos.
Nos despedimos con un abrazo breve. Al verla alejarse y perderse entre la gente, sentí una ligereza absoluta. El ciclo se había cerrado físicamente, no solo mentalmente.
Regresé a la fila de las licencias. Me sentía victorioso. Había comprobado empíricamente mi propia teoría: el tiempo azul de ida es real. No hay vuelta atrás, y qué bueno que no la hay.
Capítulo 22: La Filosofía del “Tiempo Azul”
Esa noche, grabé el episodio final de la temporada. Quería hablar de ese concepto que me rondaba la cabeza: el “tiempo azul de ida” .
Me senté frente al micrófono, cerré los ojos y dejé fluir las palabras:
“Amigos, ¿alguna vez han sentido que caminan por un túnel y de repente la luz cambia? Dejan de ver todo rojo por la ira, o gris por la tristeza, y empiezan a verlo todo azul. Un azul claro, como el cielo de la mañana.
En el texto de nuestras vidas, a veces encontramos frases extrañas. ‘Nos vemos en los próximos números en un tiempo azul de ida’ . ¿Qué significa esto?
Significa que la sanación no es un círculo. No vuelves al punto de partida. Es una línea recta, una vía de un solo sentido hacia la inmensidad. Cuando aceptas que algo termina, cuando atrapas esa oportunidad para empezar una nueva vida , entras en el tiempo azul.
En este tiempo, ya no hay urgencia. El impulso de que el pasado aparezca en tu vida no existe simplemente . Ya no revisas el celular esperando ese mensaje. Ya no preguntas por ella o por él. Simplemente avanzas.
Es un tiempo de ida porque no regresas a ser quien eras. Esa versión vieja de ti se quedó atrás, peleando batallas que ya no existen. Tu nueva versión, esa que tiene crecimiento continuo , solo sabe mirar hacia adelante.
Así que, si hoy estás sufriendo, si sientes la atmósfera extrema del problema asfixiándote, aguanta. Sigue caminando. El túnel se acaba. Y del otro lado, te prometo, el tiempo es azul y es todo tuyo.”
Apagué el micrófono. Sentí que acababa de soltar la última piedra de mi mochila.
Capítulo 23: La Boda del Chutas y la Celebración de la Vida
Un mes después, llegó la boda del Chutas. ¿Se acuerdan del Chutas? El que lloraba por Sandra y por el perro. Bueno, pues conoció a una chica increíble en sus clases de salsa (sí, el Chutas se metió a clases de salsa, milagros de la “energía positiva” ).
La boda fue en un jardín en Xochimilco. Había marimba, mole, tequila y mucha risa.
Ver a mi amigo ahí, parado en el altar (bueno, bajo un arco de flores), con una sonrisa de oreja a oreja, fue la confirmación final.
Me acerqué a él durante la fiesta.
—¿Quién lo diría, eh? —le dije, brindando con él.
—No mames, Javier. Si me hubieras dicho hace tres años que iba a estar aquí, te hubiera tachado de loco. Pensé que mi vida se había acabado con la Sandra.
—Lo sé. Pero las dificultades no son solo retos físicos, son oportunidades para despertar . Y tú despertaste, cabrón.
—Gracias por no dejarme caer, carnal.
—Gracias a ti por demostrarme que se puede. Que todos tenemos nuestra propia belleza y límites , pero que los límites se pueden empujar.
Bailamos, reímos y celebramos. Miré a Elena bailando con la tía del Chutas. Se veía radiante. Me di cuenta de que la felicidad no es un destino al que llegas y te sientas. Es esto: momentos. Momentos de conexión, de música, de gratitud. Es dejar de luchar con el pasado para poder bailar en el presente.
Capítulo 24: El Libro y el Legado
Mi libro, titulado “Reescribiendo: Cuando el Amor Termina y la Vida Empieza”, se publicó finalmente. La presentación oficial fue en el Palacio de Minería, en el centro histórico.
El lugar estaba abarrotado. Había gente sentada hasta en los pasillos.
Tomé el micrófono, esta vez sin nervios, solo con emoción.
—Escribir este libro —dije— fue como hacer una autopsia de mi propio corazón. Fue doloroso tener que terminar algo y luego revivirlo en papel. Pero al mirar la atmósfera acumulada de mis experiencias, me di cuenta de que mi dolor tenía un propósito.
Hice una pausa, mirando a la multitud.
—El propósito era decirles a ustedes que no están solos. Que todos hemos estado sentados en esa orilla de la cama, sintiendo que el mundo se acaba. Que todos hemos tenido que elegir entre la comodidad de lo conocido y el terror de lo nuevo.
—Pero quiero que se lleven esto hoy: Ustedes son los autores. No son los personajes secundarios de la vida de su ex. Son los protagonistas. Y como protagonistas, tienen el poder de reescribir los sentimientos . Pueden tachar el miedo y escribir valentía. Pueden borrar el rencor y escribir libertad.
—El artista vaga por siempre , buscando su obra maestra. Y su obra maestra son ustedes mismos. No la dejen a medias.
La ovación fue ensordecedora. Pero en medio de los aplausos, mis ojos buscaron los de Elena en la primera fila. Ella me guiñó un ojo. Ese fue mi verdadero premio.
Capítulo 25: La Última Frontera: El Perdón a Uno Mismo
A pesar de todo el éxito y la estabilidad, quedaba un rincón oscuro en mi alma que no había limpiado del todo. El perdón a mí mismo.
Durante años, en el fondo, me culpaba por no haber sido “suficiente” para que funcionara con Lupita. Por haber huido esa noche lluviosa en lugar de quedarme a pelear una vez más.
Un domingo, decidí ir solo al Bosque de Chapultepec. Caminé hasta el Audiorama, un espacio escondido entre árboles donde ponen música clásica y la gente va a leer o a pensar en silencio.
Me senté en una banca de madera. Cerré los ojos y dejé que la música de Mozart se mezclara con el canto de los pájaros.
Visualicé al Javier de hace tres años. Ese Javier empapado, asustado, subiéndose al taxi.
Mentalmente, me senté a su lado.
“Hiciste lo correcto”, le dije a mi yo del pasado. “No fuiste un cobarde. Fuiste un valiente. Salvaste tu vida. Salvaste tu espíritu. Entendiste que la relación ya no existía en armonía y tuviste los huevos de detenerte .”
“Te perdono por haberla lastimado. Era inevitable. A veces, para salvar la pierna hay que cortar. Te perdono por haberte sentido perdido. Es parte del camino.”
Sentí cómo una lágrima resbalaba por mi mejilla. Pero no era una lágrima caliente de angustia. Era una lágrima fresca, limpiadora.
“Ahora descansa”, le dije a mi yo del pasado. “Yo me encargo desde aquí. Tú ya luchaste suficiente.”
Abrí los ojos. Los colores del bosque parecían más brillantes. El verde era más verde. El cielo era más azul. Me sentí integrado, completo. Había aceptado la verdad total, y esa fue la oportunidad definitiva para cortar la última carga .
Capítulo 26: El Futuro y la Semilla
Elena y yo decidimos mudarnos a una casa un poco más grande, cerca de Coyoacán. Queríamos espacio. Espacio para un estudio de grabación más profesional, espacio para el cuarto oscuro de revelado de Elena, y… espacio para una cuna.
Sí. Vamos a ser papás.
Cuando vimos la prueba positiva, sentí una mezcla de terror y euforia. Pero esta vez, el terror no me paralizó. Recordé mis propias palabras: “Dificultades no son solo retos… son oportunidades para madurar” . Y ser padre es, supongo, la oportunidad máxima de madurez.
Pienso en mi hijo o hija. Pienso en qué le voy a enseñar.
Le voy a enseñar que está bien llorar. Le voy a enseñar que el amor no debe doler. Le voy a enseñar que todos tienen su propia belleza y sus propios límites , y que nadie tiene derecho a transgredirlos.
Le voy a enseñar a “reescribir sus sentimientos” cuando las cosas salgan mal. A no quedarse tirado en el piso. A mirar profundamente la naturaleza de las cosas .
Acaricio el vientre de Elena, que apenas empieza a notarse.
—Va a ser un viaje loco, ¿no? —le digo.
—El mejor viaje, Javier —me contesta ella, besándome la frente.
Siento que estoy parado ante el abismo más hermoso del mundo. Ya no es un abismo de soledad, es un abismo de vida pura. Y estoy listo para saltar.
Capítulo 27: Epílogo: La Carta al Viento
Para cerrar esta historia, quiero hacer algo simbólico. Quiero escribir una última reflexión, no para un libro, no para un podcast, sino para el universo.
Subo a la azotea de mi casa al atardecer. El cielo de la Ciudad de México está pintado de naranja y violeta. El viento sopla suave.
Saco una hoja de papel y escribo:
“A la vida:
Gracias por romperme. Porque al romperme, me permitiste ver de qué estaba hecho por dentro.
Gracias por la lluvia, porque me enseñó a valorar el techo.
Gracias por los finales, porque sin ellos no existirían estos comienzos.
Prometo seguir vagando como el artista , buscando la belleza en lo cotidiano. Prometo no aferrarme a lo que ya pasó y usar mi energía para construir .
Prometo vivir en el tiempo azul de ida , siempre hacia adelante, siempre con esperanza.
Soy Javier. Soy un sobreviviente. Soy un hombre feliz.
Y a ti, que leíste mi historia:
Deja de esperar. La vida no empieza cuando recuperas a tu ex. La vida no empieza cuando te ganas la lotería. La vida está pasando ahorita, mientras lees esto.
Si algo te duele, cúralo. Si algo te pesa, suéltalo. Si algo te da miedo, hazlo con miedo.
Reescribe tu historia. El lápiz siempre ha estado en tu mano.
Nos vemos en el camino.
Fin.”
Hago un avión de papel con la hoja. Me acerco a la orilla de la azotea.
Lanzo el avión.
Lo veo planear sobre las calles, sobre los tinacos, sobre los cables de luz. Lo veo alejarse, llevado por el viento de la tarde, hasta que se pierde de vista.
Sonrío.
Me doy la vuelta. Bajo las escaleras. Elena me está llamando para cenar. Hay olor a tortillas calientes y a hogar.
Mi historia de desamor terminó hace mucho. Esta es mi historia de amor. Amor a ella, amor a mi hijo que viene en camino, y sobre todo, amor a este loco, caótico y maravilloso viaje de ser yo mismo.
Reflexión Final del Autor (Javier)
Amigos, gracias por llegar hasta aquí. Escribir esto ha sido terapéutico. Espero que mis palabras, nacidas de la experiencia y mezcladas con la sabiduría que encontré en esos momentos oscuros, les sirvan de algo.
Recuerden siempre las lecciones fundamentales que aprendimos juntos:
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Mirar profundo: No se queden en la superficie del dolor. Úsenlo para entender su naturaleza .
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Soltar la carga: Aceptar que algo terminó no es fracaso, es la oportunidad de abrir puertas nuevas .
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Energía Positiva: Dejen de pelear con fantasmas del pasado. Construyan su futuro hoy .
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Reescribir: Ustedes son los dueños de su narrativa. Si no les gusta el capítulo actual, pasen la página y escriban uno mejor .
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El Tiempo Azul: Caminen siempre hacia adelante. No hay vuelta atrás, y el horizonte está despejado .
Me despido con el corazón en la mano y la mirada en el cielo. Que encuentren su propia paz, su propia Elena (o Eleno), y su propio propósito.
¡Ánimo, raza! Que la vida es prestada y hay que devolverla bien usada.