
—¡Déjate de broncas, Beto! ¡Ráscate con tus propias uñas y deja de pedir prestado!
¡Pum! El portazo retumbó más fuerte que los truenos del aguacero que estaba cayendo sobre la colonia. Ahí me quedé, parado en la banqueta afuera del cantón de mi compadre, con el agua escurriéndome por la nuca y las lágrimas mezclándose con la lluvia fría.
Sentí bien gacho, una vergüenza que me quemaba el pecho. No le pedí pa’ la caguama, ni pa’ vicios. Era pa’ la medicina de mi morrito, que estaba ardiendo en fiebre en la cama.
Metí la mano a la bolsa del pantalón y nada, puro aire y unos cuantos fierros (monedas). Saqué el papel arrugado: la receta. Tres mil pesos. Eso costaba la vida de mi niño. Y yo, un maistro albañil que se parte el lomo de sol a sol en la obra, me sentí la peor basura del mundo por no traer ni un quinto.
Caminé de regreso a la parada del camión, pateando los charcos, con la cabeza llena de pensamientos negros. ¿Y si me vuelo algo? ¿Y si asalto a alguien nomás por hoy? La necesidad es canija y te hace pensar tonterías; sentí que el mismísimo chamuco me estaba hablando al oído.
Llegué al Hospital General, con ese olor a cloro y tristeza que se te mete hasta los huesos. Me dejé caer en las sillas de metal, de esas que te hielan las nalgas. Saqué mi cel, con la pantalla toda estrellada, y no sé por qué, pero me salió esa frase: “Tu palabra es una lámpara a mis pies y una luz en mi camino”.
Cerré los ojos fuerte. “Chale, Diosito, tírame un paro”, le dije en mi mente, con el nudo en la garganta a punto de reventar. “No veo la luz, todo está bien negro y tengo un buen de miedo”.
En eso, sentí que alguien se sentaba junto a mí. No era un doctor de bata blanca. Era un don ya grande, de sombrero y huaraches, que olía a campo y a leña.
—El agua limpia todo, mijo —me dijo el don sin voltearme a ver, mientras sacaba un itacate envuelto en papel de estraza—. A veces hay que tocar fondo pa’ poder impulsarse pa’rriba.
Lo que ese desconocido me puso en las manos me dejó helado y sin habla…
ESTO NO FUE SUERTE, FUE UNA SEÑAL DEL CIELO ¿QUIERES SABER QUÉ PASÓ?
PARTE 2: LA PRUEBA DE FUEGO Y EL ÁNGEL DE LA SALA DE ESPERA
Me quedé viendo el papel de estraza en mis manos. Estaba manchado de un poquito de grasa, de esa que traspasa el papel cuando compras unos tacos de canasta o unos tamales afuera del metro. Mis manos temblaban. No sé si era por el frío del aire acondicionado del hospital, que siempre lo tienen a todo lo que da para que los microbios no se alboroten, o si era por el miedo puro que me estaba comiendo las entrañas.
El viejito, ese Don que se había sentado a mi lado como si fuera mi abuelo de toda la vida, no me miraba. Tenía la vista clavada en un punto fijo en la pared, justo donde un reloj viejo marcaba las horas con un tic-tac que me taladraba el cerebro. Sus huaraches estaban gastados, de esos de suela de llanta que aguantan mil batallas, y sus pies, curtidos por el sol y la tierra, descansaban tranquilos, muy diferente a mis botas de trabajo llenas de mezcla seca y desesperación.
—Ábrelo, muchacho —dijo con una voz rasposa, pero suavecita, como cuando pisas hojas secas en el bosque—. No es mucho, pero llena el hueco.
Desdoblé el papel con cuidado. Adentro había una torta. Una simple torta de jamón, de esas sencillas que venden en las tienditas, pero hecha con cariño. El pan se veía suavecito. El olor me pegó de golpe y mi estómago rugió como león enjaulado. No había comido nada desde el desayuno, un café negro y un pan duro antes de salir a la obra a las cinco de la mañana.
—No tengo hambre, jefe —mentí. La neta, sentía que si comía algo lo iba a vomitar de los nervios.
—El cuerpo no es de fierro, Beto —dijo él, y ahí fue cuando me congelé.
¿Cómo sabía mi nombre? Volteé a verlo de golpe, con los ojos bien abiertos. Yo no traía gafete. No traía nada que dijera quién soy. A lo mejor me lo escuchó decir cuando le rogué a la enfermera de la ventanilla hace rato, o cuando hablé solo pidiéndole al cielo.
—¿Cómo sabe cómo me llamo? —le pregunté, medio a la defensiva. En la calle uno aprende a desconfiar hasta de su sombra, y más en una ciudad donde el que no corre, vuela.
El Don sonrió. Una sonrisa chimuela pero llena de luz. Se acomodó el sombrero de paja.
—Tienes cara de Beto —bromeó—. O de Juan. O de Pedro. Todos tenemos la misma cara cuando el dolor nos aprieta el pescuezo, hijo. Come.
Le di una mordida a la torta. Apenas pasó el bocado, sentí que algo se rompía dentro de mí. No era solo hambre de comida, era hambre de consuelo. Mientras masticaba, las lágrimas se me volvieron a salir. Y ahí, con la boca llena y el corazón hecho pedazos, empecé a hablar. No sé por qué. Yo soy hombre de pocas palabras, de esos que se guardan todo hasta que explotan, pero con este señor fue distinto.
—Mi chavo se está muriendo, jefe —solté, limpiándome los mocos con la manga sucia de mi camisa—. Tiene una infección bien gacha. Los doctores dicen que si no consigo el medicamento para hoy en la noche, la cosa se va a poner fea. Me pidieron tres mil pesos. ¡Tres mil! Yo gano mil quinientos a la semana y con eso comemos cuatro, pagamos la renta, la luz, el gas… no me sale, nomás no me sale.
El Don asintió, escuchando con paciencia de santo.
—¿Y tu familia? ¿Amigos?
—¿Amigos? —solté una risa amarga, de esas que duelen—. Hoy aprendí que los amigos son de dientes para afuera. Fui con mi compadre, el padrino del niño. El vato tiene lana, tiene su taller mecánico, le va chido. Pensé: “Mi compadre no me va a dejar morir”. Caminé bajo el aguacero hasta su casa, allá por la colonia buena. Toqué y me abrió. ¿Y sabe qué me dijo? Que no era beneficencia pública. Que ya le debía doscientos pesos de la otra vez. ¡Doscientos pesos! Me cerró la puerta en la jeta. Me sentí como perro callejero.
El recuerdo me hizo apretar los puños. La humillación es un veneno lento. Me acordé de cómo me quedé parado bajo la lluvia, viendo su puerta de madera barnizada, pensando en patearla, en gritarle, en hacer un desmadre. Pero no hice nada. Agaché la cabeza y me fui.
—La necesidad tiene cara de hereje, dicen —continuó el Don, sacando una botellita de agua de su morral y dándomela—. ¿Y qué pensaste hacer luego?
Tomé un trago de agua. Me quemaba la garganta confesar lo siguiente, pero sentía que si no lo decía, me iba a podrir por dentro.
—Pensé en robar, jefe. Se lo juro por mi madrecita santa. Pasé por un Oxxo. Vi que el cajero estaba solo, un chavito distraído en el celular. Traía yo un desarmador en la bolsa, de la chamba. Me paré afuera, viendo a través del vidrio. Me imaginé entrando, gritando, agarrando la lana de la caja. “Es por mi hijo”, me decía mi cabeza. “Dios te va a perdonar porque es por una vida”. Pero me temblaron las piernas. No soy rata. Nunca he tomado nada que no sea mío. Pero el miedo… el miedo te cambia, te hace desconocerte.
El Don me puso una mano en el hombro. Su mano pesaba, pero no lastimaba. Era como si me estuviera anclando a la tierra para que no me llevara el viento de mi propia locura.
—El mal siempre te va a ofrecer un atajo, Beto. Siempre. Te va a decir: “Es rápido, es fácil, nadie se va a enterar”. Pero el precio de ese atajo no se paga con dinero, se paga con el alma. Y un padre sin alma no le sirve de nada a un hijo enfermo. Tu hijo necesita medicina, sí, pero más necesita un padre que pueda mirarlo a los ojos sin vergüenza.
Sus palabras me cayeron como balde de agua fría. Tenía razón. Si yo hubiera robado, y aunque hubiera conseguido la medicina, ¿con qué cara vería a mi Carlitos cuando despertara? ¿Cómo le enseñaría a ser hombre de bien si su vida costó el crimen de su padre?
—Pero entonces, ¿qué hago? —le pregunté, desesperado, tirando el papel de la torta al suelo—. La fe no paga en la farmacia, Don. Las oraciones no bajan la fiebre. El doctor me dijo clarito: “Sin el antibiótico, no garantizo nada”. Ya son las diez de la noche. Las farmacias baratas ya cerraron, solo queda la de aquí enfrente que te cobra hasta el aire que respiras. No tengo nada. Mire.
Saqué mis bolsillos al revés. Cayeron dos monedas de diez pesos y una de cinco. Un boleto del metro usado. Pelusa.
—Veinticinco pesos. Eso vale mi vida ahorita.
El Don se quedó callado un rato largo. El hospital seguía con su ruido de fondo: el llanto de un bebé a lo lejos, el carrito de la limpieza rechinando, las enfermeras platicando de sus novios en el mostrador, ignorando a la gente que esperaba. Todo parecía tan indiferente, tan frío. En México, si no tienes lana, eres invisible. Eres un número en una carpeta manila que se pierde en un archivo.
El viejito se inclinó hacia abajo, hacia su morral de ixtle.
—Yo tuve un hijo también —dijo, y su voz cambió. Se quebró un poquito—. Hace muchos años. En el rancho. Le picó un alacrán. Estábamos lejos de todo. Corrí con él en brazos dos horas hasta el pueblo. No llegué, Beto. Se me fue en el camino. Se me apagó en los brazos.
Me quedé mudo. El dolor en sus ojos era viejo, pero profundo, como un pozo sin fondo.
—Lo siento mucho, jefe —susurré.
—No te lo cuento para que me tengas lástima —dijo, enderezándose—. Te lo cuento porque ese día, yo también me enojé con Dios. Le grité, le maldije. Me volví un hombre amargado. Pensé que el dinero era lo único que importaba. Trabajé como burro, hice lana, compré tierras. Pero mi corazón estaba seco. Hasta que entendí que la verdadera riqueza no es lo que guardas en la bolsa, sino lo que estás dispuesto a dar cuando no tienes nada.
Metió la mano en su morral y sacó algo. No era dinero. Era un librito viejo, de esos Nuevos Testamentos que regalan los gringos en las plazas, con las pastas azules ya despintadas. Y adentro del librito, sobresalía un sobre blanco, doblado en cuatro.
—Toma —me dijo, extendiéndome el libro con el sobre adentro.
—¿Qué es esto? —pregunté, dudando.
—Es una semilla.
—¿Una semilla? —No entendía nada. ¿El viejito estaba loco?
—Ábrelo.
Agarré el libro. Saqué el sobre. Estaba sellado. Lo rasgué con mis dedos callosos, con el corazón latiéndome en la garganta.
Adentro había billetes. Billetes de quinientos. Uno, dos, tres… conté hasta tres mil quinientos pesos. Estaban viejitos, olían a guardado, a naftalina.
Se me fue el aire. Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez, pero ahora no podía ni respirar. Volteé a verlo.
—Jefe… no… no puedo aceptar esto. Esto es mucha lana. Usted… usted lo necesita.
El Don negó con la cabeza, sonriendo con esa paz que solo tiene la gente que ya entendió de qué trata la vida.
—Ese dinero lo tenía guardado para mi cajón —dijo, tranquilo—. Para mi entierro. Llevo años juntándolo de poquito en poquito, vendiendo mis cositas del campo. Pero viendo tus ojos, Beto, viendo tu desesperación… me acordé de mí corriendo por el monte con mi niño en brazos. Yo no pude salvar al mío. Pero si este dinero sirve para que tú salves al tuyo, entonces mi hijo va a sonreír allá arriba.
—Pero… es su entierro, Don —dije, sintiéndome la peor persona por tomarlo—. No puedo dejarlo sin…
—¡Bah! —me interrumpió, dándome una palmada en la rodilla—. Cuando me muera, que me tiren al monte si quieren, los coyotes también tienen que comer. O que el municipio me eche a la fosa común, da igual. Los muertos no necesitan dinero, Beto. Los vivos sí. Tu hijo está vivo. Ve. ¡Corre!
Me quedé paralizado un segundo, viendo los billetes y viendo al viejo. Quería abrazarlo, quería besarle las manos, quería hincarme ahí mismo en el piso sucio del hospital.
—No sé cómo pagarle… ni siquiera sé su nombre completo —balbuceé.
—Me dicen Don Chuy —guiñó un ojo—. Y me pagas siendo un buen padre. Me pagas no robando ese Oxxo. Me pagas criando a ese chamaco para que sea un hombre de bien. Ahora, ¡órale! ¡Que la farmacia no espera!
Me levanté de un salto. Sentí una energía que no tenía hace meses. Apreté el dinero y el librito contra mi pecho.
—¡Gracias, Don Chuy! ¡Gracias, gracias! —le grité mientras empezaba a correr hacia la salida.
—¡Córrale, mijo! —me gritó él, levantando la mano.
Salí del hospital como alma que lleva el diablo, pero al revés. Llevaba esperanza. La lluvia seguía cayendo a cántaros, pero ya no la sentía fría. Sentía que me estaba bautizando de nuevo. Corrí cruzando la avenida, esquivando los taxis y los peseros que pasaban hechos la mocha. Mis botas pesadas chapoteaban en los charcos, salpicando agua negra, pero no me importaba.
Llegué a la farmacia de enfrente. Estaba a punto de bajar la cortina metálica.
—¡Espere! ¡Espere! —grité, golpeando el metal.
El dependiente, un chavo con cara de pocos amigos, se detuvo y me miró mal.
—Ya cerramos, valedor.
—¡No sea gacho! —le supliqué, jadeando, recargándome en el mostrador de vidrio—. Es una urgencia. Traigo la receta. Traigo la lana. Mire.
Le enseñé los billetes mojados. El chavo dudó un segundo, vio mi cara de loco desesperado y suspiró.
—Pásale rápido pues. Pero apúrale que ya quiero irme.
Le entregué la receta arrugada. Él empezó a buscar en los estantes. Esos segundos se me hicieron eternos. Yo tamborileaba los dedos en el vidrio. “Que la tengan, Diosito, que la tengan”, repetía en mi mente.
—Aquí está —dijo el chavo, poniendo dos cajas blancas sobre el mostrador—. Son tres mil cien. Subió de precio ayer.
Sentí un piquete en el corazón. Don Chuy me había dado tres mil quinientos. Me alcanzaba. ¡Me alcanzaba! Pagué con las manos temblorosas. El chavo me dio el cambio y el ticket. Agarré las medicinas como si fueran oro puro, diamantes.
Salí de la farmacia y corrí de regreso al hospital. Entré empapado, dejando un charco de agua por donde pasaba. El guardia de seguridad me quiso detener.
—¡Ey, ey! ¡A dónde vas así todo mojado!
—¡Traigo la medicina de mi hijo! —le grité sin detenerme, enseñándole la bolsa—. ¡Cama 304!
Llegué a la sala de pediatría. Ahí estaba mi esposa, Elena, sentada en una silla de plástico junto a la cama de Carlitos. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Cuando me vio entrar, se levantó asustada.
—¿Beto? ¿Qué pasó? ¿Conseguiste…?
No pude hablar. Solo saqué las cajas y se las puse en las manos. Ella las vio y soltó un llanto desgarrador, pero de alivio. Abrazó las cajas y luego me abrazó a mí. Olía a sudor y a lluvia, pero fue el abrazo más rico de mi vida.
Llamamos a la enfermera. Llegó, revisó el medicamento, asintió con cara de pocos amigos (como siempre) y empezó a preparar la inyección.
—Llegaron rayando —dijo la enfermera mientras le ponía la medicina al suero de Carlitos—. La fiebre ya le estaba subiendo a cuarenta.
Me quedé ahí, agarrado de la mano de mi hijo. Su manita estaba hirviendo. Se veía tan chiquito, tan frágil en esa cama de hospital gigante.
—Vas a estar bien, mi campeón —le susurré al oído—. Papá ya está aquí. Papá te cumplió.
Pasaron las horas. Elena se quedó dormida recargada en mi hombro. Yo no podía dormir. Veía el monitor. Poco a poco, la fiebre empezó a bajar. La respiración de Carlitos se hizo más tranquila, más profunda. Ya no se quejaba en sueños. Estaba descansando.
Cuando vi que ya estaba fuera de peligro, sentí una necesidad inmensa de ir a ver a Don Chuy. Tenía que darle las gracias. Tenía que decirle que su dinero, el dinero de su entierro, había salvado una vida. Quería invitarle un café, unos tamales, lo que fuera. Quería decirle que él era parte de mi familia ahora.
—Ahorita vengo, vieja —le dije a Elena bajito. Ella solo asintió, medio dormida.
Salí al pasillo y bajé las escaleras hacia la sala de espera. Eran como las tres de la mañana. La sala estaba casi vacía. Había un par de personas durmiendo en el suelo, tapadas con cobijas, y el guardia cabeceando en la entrada.
Fui a la banca donde habíamos estado sentados.
No había nadie.
Busqué con la mirada por toda la sala. Fui al baño. Fui a la entrada. Salí a la calle a ver si estaba fumando o algo. Nada. La lluvia ya se había calmado, solo quedaba el sereno frío de la madrugada.
Regresé con el guardia de la entrada.
—Oiga, oficial —le dije—. ¿No vio salir a un señor mayor? Sombrero de paja, huaraches, traía un morralito. Estaba sentado conmigo hace rato, como a las diez.
El guardia se frotó los ojos y me miró raro.
—¿Un señor de sombrero? —preguntó—. Uy, joven, aquí entra y sale un chingo de gente. Pero a las diez… a esa hora no había nadie en esa zona de las bancas. Yo di mi rondín. Usted estaba solo ahí chillando.
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espina dorsal.
—No, no estaba solo —insistí—. Estaba un don, Don Chuy. Me dio una torta. Me dio… me dio dinero.
El guardia se encogió de hombros.
—Pues a lo mejor se fue cuando fui al baño. Oiga, si ya tiene la medicina, mejor vaya a descansar. Se ve muy mal.
Me quedé parado en medio de la sala de espera vacía. Regresé a la banca. En el suelo, no estaba el papel de la torta que yo había tirado. No había rastro de migajas. No había nada.
Busqué en mi bolsa. Ahí estaba el librito viejo del Nuevo Testamento. Lo saqué. Lo abrí. En la primera página, con una letra temblorosa, escrita con pluma azul, decía:
“Para el que cree, todo es posible. Paga el favor hacia adelante. Jesús.”
Jesús. Don Chuy.
Me dejé caer en la banca. Las lágrimas me rodaron otra vez, pero ahora eran de paz. No sé si fue un ángel. No sé si fue un señor de verdad que se fue sin hacer ruido. No sé si fue mi propia mente jugándome una broma piadosa. Pero tenía el cambio de los billetes en la bolsa y mi hijo estaba vivo arriba.
Dicen que en México los milagros ocurren en los lugares más extraños. En la Villa, en las iglesias de oro… pero a mí me tocó uno en la sala de espera del Hospital General, entre olor a cloro y piso sucio.
Esa noche, Beto, el albañil, el que casi se vuelve ladrón, murió un poquito. Y nació otro hombre. Uno que sabe que cuando te cierran una puerta en la cara, Dios te abre una ventana, o te manda a un viejito con huaraches a sentarse a tu lado.
Miré al techo despintado del hospital y susurré:
—Gracias, Don Chuy. Donde quiera que ande.
Y por primera vez en mi vida, sentí que alguien allá arriba me estaba escuchando de verdad.
EL DÍA DESPUÉS Y LA PROMESA
A la mañana siguiente, el sol salió fuerte. De esos soles que pican en la piel después de la tormenta. Dieron de alta a Carlitos dos días después. La infección cedió.
Regresé a la obra el lunes. Mi patrón, el Ingeniero Morales, me vio llegar y me torció la boca.
—Llegas tarde, Beto. Y faltaste dos días. Te los voy a descontar.
Antes, me hubiera agachado, hubiera dicho “Sí, inge, perdone”. Hubiera sentido el coraje tragado. Pero hoy lo miré a los ojos.
—Mi hijo estuvo grave, Inge. Pero ya está bien. Y vengo a trabajar el doble para reponerlo.
El Inge se sorprendió de mi tono. No era altanero, era firme. Era dignidad.
—Órale pues —dijo, bajando la guardia—. A darle.
Agarré la pala y empecé a mezclar el cemento. Mientras paleaba, pensaba en los tres mil quinientos pesos. Me habían sobrado cuatrocientos pesos del cambio.
A la hora de la comida, en lugar de comprarme mi coca y mis tacos, fui a la tienda. Compré pan, jamón, queso y servilletas. Preparé diez tortas.
Mis compañeros albañiles me miraban raro.
—¿Qué traes, Beto? ¿Pusiste puesto o qué? —se burló el “Tuercas”.
—No —le dije—. Acompáñenme.
Cuando salimos de la chamba, me fui directo al Hospital General. Mis compas, curiosos, me siguieron. Llegamos a la sala de espera. Estaba igual de llena que esa noche. Gente con cara de angustia, gente llorando, gente con hambre.
Me acerqué a una señora que tenía un bebé en brazos y se veía que no había comido en días.
—Tenga, madre —le dije, dándole una torta y un jugo—. Pa’ que aguante.
La señora me miró como si yo fuera un santo.
—Dios se lo pague, joven. Dios se lo pague.
Repartí las tortas. El Tuercas y los otros se quedaron callados. Luego, el Tuercas, que es bien codo, sacó un billete de cincuenta.
—Ten, doña, pa’l pasaje —le dijo a una viejita.
Ese día entendí lo que Don Chuy me dijo de la semilla. El dinero que él me dio no solo salvó a Carlitos. Sembró algo en mí, y ahora yo lo estaba sembrando en mis compas. Es una cadena. Una cadena de favores en un país donde a veces parece que solo nos chingamos los unos a los otros.
Nunca volví a ver a Don Chuy. A veces, cuando ando en el metro o en el mercado, busco un sombrero de paja y unos huaraches viejos. Pero luego me acuerdo que no necesito verlo para saber que está ahí.
Ahora, cada vez que veo a alguien tocando fondo, me acuerdo de la lluvia, del portazo de mi compadre, y de la mano pesada del viejo en mi hombro. Y me digo a mí mismo: “Hoy te toca ser Don Chuy para alguien más”.
Porque como dice la frase que vi en mi celular esa noche maldita: “Lámpara es a mis pies tu palabra”. Y a veces, esa lámpara es una torta de jamón y un extraño que te dice: “No te rindas, cabr*n”.
FIN.