Sintiendo el peso de todos los pecados del barrio encima: Así fue como me quebré en la soledad del cerro mientras veía venir la traición de quien menos esperaba y nadie estuvo ahí para secarme el sudor de san….

 

 

Salimos del comedor después de la cena, y la neta, yo ya sentía un hueco en el estómago que no me dejaba respirar. Me llevé a mi gente, a los once que quedaban, cruzando hacia el terreno baldío, allá por el arroyo seco. Yo sabía que esa noche se iba a poner fea, que la maña y la traición ya venían en camino, y les dije clarito: “Esta noche todos ustedes van a correr y me van a dejar solo”.

Pedro, que siempre se siente el muy salsa, saltó luego luego: “Nombre, Maestro, aunque todos se rajen, yo aquí me quedo, yo no me abro”. Pobre iluso. Le tuve que decir la verdad: antes de que cante el gallo en la madrugada, vas a decir tres veces que ni me conoces. Todos juraron que darían la vida por mí, pero yo veía cómo se les cerraban los ojos del puro cansancio y la tristeza.

Llegamos a la huerta, ese lugar donde solíamos escondernos para pensar y rezar. La luna apenas alumbraba y el ambiente estaba pesadísimo, como cuando sabes que va a caer una tormenta o una balacera. Les dije a la mayoría que se quedaran en la entrada, pero a Pedro, Juan y Santiago les pedí que vinieran más cerca. “Me siento morir de tristeza, quédense aquí, no se duerman, háganme el paro y recen conmigo para no caer”, les supliqué.

Me alejé un poco, me metí en una cueva que se hacía entre las piedras y ahí sí, me quebré. Me tiré al suelo, con la cara en la tierra, sintiendo un terror que nunca había sentido. Empecé a ver cosas horribles. No eran fantasmas, eran las culpas de todos, la viole…, la mugre de la humanidad, todo lo que ha pasado y lo que va a pasar.

Vi a los chavos perdidos en el vicio, a las familias rotas, a los que traicionan por unas monedas, a los que se dicen mis amigos y luego me escupen. Sentí tanto asco y dolor que le grité a mi Padre: “¡Jefe! Si se puede, quítame este trago amargo… pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú digas”.

El miedo me hacía temblar las rodillas. Estaba empapado, pero no era sudor normal, sentía que me escurría san… de la pura angustia. Me levanté como pude, tambaleándome, buscando a mis amigos, a mis carnales… ¿Y qué creen?

Ahí estaban. Jetones. Dormidos.

—¿Simón, te dormiste? —le dije, sintiendo que el corazón se me hacía pasa—. ¿No pudieron aguantar ni una hora despiertos conmigo?.

Me vieron pálido, desfigurado, y no sabían ni qué decir. Les dije que ya no había tiempo, que la carne es débil aunque uno quiera hacerse el fuerte. Volví a rezar, volví a sudar frío, volví a ver cómo el mundo se me venía encima.

Y ellos… se volvieron a dormir.

¿QUIERES SABER QUÉ VIERON MIS OJOS CUANDO EL CIELO SE CERRÓ Y ESCUCHÉ LOS PASOS DE LOS QUE VENÍAN POR MÍ?

La Noche que el Cielo Guardó Silencio: Parte 2

No sé cómo explicarles lo que se siente cuando el alma se te sale del cuerpo, no de gusto, sino del puro miedo. Si alguna vez han sentido que la noche se les viene encima y que no hay esquina donde esconderse, multiplíquenlo por mil. Así me sentía yo. Regresé a esa cueva, a ese hueco en la piedra que parecía la boca de un lobo, arrastrando los pies como si trajera costales de cemento amarrados a los tobillos. Mi angustia no hacía más que crecer, era como una marea negra que subía y subía, amenazando con ahogarme ahí mismo.

Me tiré al suelo de nuevo. No fue una caída suave; me desplomé. Puse mi cara contra la tierra fría, esa tierra húmeda y apretada del Olivar, y estiré los brazos como queriendo agarrarme de algo, de lo que fuera, porque sentía que el mundo giraba demasiado rápido y me iba a escupir al vacío. En esa postura, tirado como un trapo viejo, empecé a hablar con mi Jefe, con mi Padre Celestial. Pero no crean que fue una plática tranquila de sobremesa. Fue un grito ahogado, una súplica desesperada.

Entonces, empezó la segunda ronda. Si la primera estuvo fea, esta fue una carnicería para el corazón. Fue una lucha nueva en mi alma que sentí que duró como tres cuartos de hora, pero que en tiempo de dolor pareció una eternidad.

De repente, el ambiente cambió. Ya no estaba solo en la oscuridad. Empezaron a llegar ellos, los ángeles. Pero no crean que vinieron a traerme mariachis o a echarme porras. Vinieron a mostrarme la cuenta, la factura que tenía que pagar. En una serie de visiones, como si fuera una película de terror proyectada en las paredes de la cueva, me enseñaron todos los dolores que yo tenía que aguantar para limpiar la mugre, el pecado de la raza humana.

Me enseñaron cómo era el hombre al principio. Me mostraron la belleza original, lo chula que era la humanidad antes de regarla, antes de la caída. Se veían brillantes, limpios, llenos de luz. Y luego, ¡pum!, el cambio. Me mostraron cómo el pecado había desfigurado a la gente. Era como ver una obra de arte hermosa y luego verla macheteada, manchada de lodo y san…. Vi el origen de todo el mal, desde el primer error, desde la primera mordida a la manzana, y entendí la esencia de la concupiscencia, esa inclinación gacha que tenemos todos de buscar el mal aunque sepamos que nos va a ir mal.

Vi cómo esa maldad destrozaba las fuerzas del alma humana. Me mostraron que para arreglar ese desastre, para que la justicia divina quedara satisfecha, se necesitaba un sufrimiento que abarcara cuerpo y alma. Un dolor tan grande que cubriera todas las penas que merecía la humanidad por sus deseos torcidos. Y ahí estaba el detalle, la letra chiquita del contrato: esa deuda no la podía pagar cualquiera. La tenía que pagar la naturaleza humana, pero una libre de pecado. O sea, yo. El Hijo de Dios tenía que poner el pecho a las balas.

Los ángeles me presentaban todo esto de muchas formas. Aunque no escuchaba sus voces como se escuchan las de los compas en la plaza, entendía perfecto lo que me decían. Me entraba directo al cerebro y al corazón. Y les juro por lo más sagrado que no hay palabras en ningún idioma, ni en el diccionario más completo, que puedan expresar el dolor y el miedo que me sacudieron al ver esas expiaciones terribles.

Fue tal el impacto, tal el golpe emocional, que mi cuerpo reaccionó de una forma que nunca imaginé. Empecé a sudar, pero no era agua salada. Era san…. Un sudor de san… empezó a brotarme de todo el cuerpo, mojando mi ropa, cayendo al suelo. Me estaba desangrando por dentro y por fuera del puro estrés, sumergido en un mar de sufrimiento inmenso.

Hasta los ángeles, esos seres de luz, sintieron pena por mí. Hubo un momento de silencio, un silencio pesado, de esos que calan los huesos. Noté en ellos un movimiento de compasión. Parecía que se morían de ganas de consolarme, de decirme “ya, tranquilo”, y por eso se pusieron a rezar frente al trono de Dios. Fue como ver una pelea de box entre la misericordia y la justicia de Dios, y en medio, mi amor sacrificado.

Sentí que mi voluntad, mi parte divina, se retiraba un poco hacia el Padre, como diciendo: “Hágase lo que se tenga que hacer”, permitiendo que sobre mi humanidad, sobre mi cuerpo de hombre, cayeran todas esas enfermedades y dolores que mi parte humana le rogaba al Padre que alejara. Fue un momento rarísimo. Vi esto y sentí un alivio momentáneo, como cuando te dan un trago de agua fría en medio del desierto. Pero fue solo un instante. Luego, todo desapareció. Los ángeles se fueron y me dejaron solo otra vez. Mi alma estaba a punto de recibir nuevos trancazos.

Me levanté como pude, tambaleándome. Había aguantado el primer y segundo round, me había abandonado a la voluntad de mi Jefe, pero la cosa no paraba ahí. Se me presentó un nuevo círculo de visiones horribles. Y aquí fue donde me pegó la duda, esa duda maldita que le pega a cualquiera que se va a sacrificar por otros. Me hice la pregunta del millón, la pregunta que te quema las entrañas: “¿Cuál va a ser el fruto de este sacrificio?”. O sea, ¿va a valer la pena tanta san… y dolor? ¿De verdad va a servir de algo?

Y ahí, mis valedores, fue donde se me rompió el corazón de a de veras. La pintura más terrible se me puso enfrente.

Vi el futuro. No vi números de lotería ni quién iba a ganar el mundial. Vi las enfermedades futuras de mi gente, de mis apóstoles, de mis discípulos y de mis amigos. Vi a la Iglesia nacer, chiquita, valiente al principio. Pero a medida que crecía, vi cómo se le metían los parásitos. Vi las herejías, las divisiones, los cismas. Vi cómo la gente volvía a caer en lo mismo de siempre: el orgullo y la desobediencia, repitiendo el error de Adán como si no hubieran aprendido nada.

Vi la frialdad. Eso me dolió más que los golpes. Vi a un número infinito de cristianos, gente que se decía de mi equipo, siendo fríos, corruptos, maliciosos. Vi las mentiras y la mala leche de doctores orgullosos que se creían dueños de la verdad. Vi los sacrilegios de sacerdotes viciosos, gente que tenía que cuidarlos a ustedes y que, en cambio, se servían de ustedes. Vi las consecuencias horribles de todo esto: la abominación y la desolación dentro del Reino de Dios, en el santuario de esta humanidad ingrata que yo quería rescatar con mi san… y a costa de un sufrimiento que no se pueden imaginar.

Pasaron ante mis ojos los escándalos de todos los siglos. Vi hasta su tiempo, hasta la época de ustedes y hasta el fin del mundo. Vi todas las formas de error, el fanatismo furioso, la maldad disfrazada de santidad. Vi a los apóstatas, a los herejes, a los reformadores que se creían santos pero que solo venían a dividir. Vi a los corruptores y a los corrompidos. Todos me insultaban, me atormentaban. Era como si para ellos yo no hubiera sido crucificado de verdad. Como si mi dolor fuera un cuento chino. No podían imaginar lo que yo estaba sufriendo, ni les importaba.

Todos desgarraban el vestido de mi Iglesia. Muchos me maltrataban, me insultaban, me negaban. Vi a gente que, al escuchar mi nombre, se encogía de hombros y movía la cabeza con desprecio, como diciendo “bah, ese güey qué”. Les extendía mi mano, llena de her… y amor, y ellos la evitaban. Se daban la vuelta y regresaban al abismo, al vicio, a la oscuridad donde estaban metidos. Y vi a otros tantos que, aunque no se atrevían a dejarme abiertamente, se alejaban con asco de las her… de mi Iglesia. Como el levita de la parábola que vio al pobre hombre golpeado por ladrones y se cruzó la calle para no ensuciarse, así se alejaban de mi Esposa herida.

Eran como hijos cobardes, sin fe, que abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando llegan los rateros. A esos ladrones a los que su propia negligencia o maldad les abrieron la puerta. Vi con un dolor amargo toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos.

Sentí que me moría. Junté mis manos, caí de rodillas, aplastado. Mi voluntad humana luchaba una batalla terrible contra el asco. Sí, asco. Asco de sufrir tanto por una raza tan ingrata. ¿Para qué morir por ellos si me van a escupir la cara? Era tal la lucha interna que el sudor de san… caía a goterones sobre la tierra.

En medio de ese abandono total, miré a mi alrededor buscando ayuda. Busqué a alguien, a quien fuera. Miré al cielo, a la tierra, a las estrellas, como pidiéndoles que fueran testigos de lo que estaba pasando. Grité, no pude contenerme. Al levantar la voz, allá a lo lejos, mis tres amigos, Pedro, Santiago y Juan, se despertaron. Escucharon mi grito y quisieron venir hacia mí. Pero Pedro, siempre queriendo controlar todo, detuvo a los otros dos y les dijo: “Quédense quietos, yo voy”.

Lo vi correr. Entró a la cueva y gritó: “Maestro, ¿qué tienes?”. Pero cuando me vio, se quedó helado. Yo estaba bañado en san…, con la cara desencajada por el terror. No pude ni contestarle. Pedro, asustado, regresó con los otros y les dijo que yo no le había respondido, que solo gemía y suspiraba.

Mi tristeza aumentó al ver que ni siquiera podían entender lo que pasaba. Ellos se cubrieron la cabeza y se pusieron a llorar y a rezar, llenos de ansiedad. Mientras tanto, yo seguía gritando en mi interior y a veces hacia afuera: “¡Padre mío! ¿Es posible que tenga que sufrir por estos ingratos? ¡Oh, mi Padre! Si no puedes quitarme este cáliz, que se haga tu voluntad y no la mía”.

Y como si no fuera suficiente con ver el futuro, el enemigo, Satanás, se movía entre todas estas visiones. Se presentaba con formas horribles, representando diferentes tipos de pecados. Esas figuras diabólicas pasaban frente a mis ojos arrastrando a multitudes de hombres, hombres por los que yo iba a pagar el rescate. Satanás se burlaba, me gritaba: “¿Cómo vas a cargar con todo esto? ¿Tú? ¿Crees que puedes satisfacer la justicia de Dios por toda esta basura?”. Se reía con una sonrisa infernal, disfrutando mi dolor.

Me restregaba en la cara: “¿Vas a sufrir el castigo por ellos? Míralos, no valen la pena”. Y yo veía mis propios pecados, o mejor dicho, los pecados que yo había tomado como míos. Los veía venir hacia mí como un río desbordado de aguas negras. Al principio, había rezado con calma, pero ahora mi alma estaba horrorizada ante la cantidad incontable de crímenes y la ingratitud de los hombres hacia Dios.

Sentí un dolor tan fuerte, tan vehemente, que volví a exclamar: “Padre mío, para ti todo es posible. Aleja de mí este cáliz”. Pero luego me recogía, me aguantaba y repetía: “Pero que se haga tu voluntad”. Mi voluntad era la de mi Padre, pero mi naturaleza humana, abandonada a su suerte y a su debilidad, temblaba de miedo ante la muer….

La cueva estaba llena de espantos. Veía todos los vicios, todas las maldades, los tormentos, la ingratitud. El horror a la muer… y el terror que sentía como hombre ante los dolores que se venían me asaltaban bajo la forma de espectros horribles.

Mis rodillas chocaban una con la otra. Junté las manos otra vez, el sudor me inundaba y me estremecía de horror. Finalmente, hice un esfuerzo sobrehumano y me levanté. Mis piernas apenas me sostenían, temblaban como gelatina. Tenía la cara descompuesta, irreconocible. Estaba pálido, con el pelo erizado, parado de puntas del susto. Ya eran cerca de las diez de la noche cuando logré ponerme de pie.

Caminando como borracho, cayéndome a cada paso, bañado en ese sudor frío y sangriento, fui hacia donde estaban los tres apóstoles. Subí hacia la izquierda de la gruta, donde se habían quedado dormidos otra vez, vencidos por el cansancio, la tristeza y la inquietud.

Llegué a ellos como un hombre acorralado por la angustia, que busca refugio en sus amigos porque el terror ya no lo deja pensar. Como un buen pastor que, aunque sabe que viene el lobo, va a ver cómo están sus ovejas, porque yo sabía que ellos también estaban sufriendo y siendo tentados. Incluso en ese trayecto corto, las visiones terribles no me dejaban en paz.

Los encontré dormidos. Otra vez. Junté mis manos con desesperación y me dejé caer junto a ellos, lleno de tristeza. —Simón, ¿duermes? —le dije a Pedro, con la voz quebrada.

Se despertaron de golpe, asustados. Se levantaron rápido. Y yo, en mi abandono, les solté la pregunta que me taladraba el pecho: —¿No han podido velar conmigo ni una hora?.

Cuando me vieron así, desfigurado, pálido, temblando, empapado en sudor rojo, y escucharon mi voz que apenas se oía, ronca y alterada, no sabían qué pensar. Si no hubiera sido porque, a pesar de todo, me rodeaba una luz radiante, ni me hubieran reconocido.

Juan, siempre el más impulsivo en el cariño, me dijo: —Maestro, ¿qué tienes? Voy a llamar a los otros discípulos. Tenemos que huir de aquí.

Lo miré con ternura, pero con firmeza. —Si viviera, enseñara y curara durante 33 años más, no sería suficiente para cumplir lo que tengo que hacer de aquí a mañana —le respondí—. No llames a los otros ocho. Déjalos allá. Ellos no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse. Caerían en tentación, dudarían de mí. Se olvidarían de todo lo bueno al ver al Hijo del Hombre así, en su oscuridad y abandono, después de haberme visto transfigurado.

Les insistí: —Velen y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil.

Quería animarlos a aguantar, a perseverar. Les estaba anunciando la pelea de mi naturaleza humana contra la muer… y por qué me sentía tan débil. Les hablé un poco más de mi tristeza, tratando de desahogarme. Pasé con ellos como un cuarto de hora.

Pero la angustia me llamaba de vuelta. Tenía que regresar a la cueva. Mi dolor crecía y crecía. Ellos extendieron las manos hacia mí, llorando, abrazándose unos a otros, preguntándose: “¿Qué le pasa? ¿Qué le ha sucedido? Está completamente abandonado”. Se pusieron a rezar con la cabeza cubierta, llenos de ansiedad.

Todo esto que les cuento pasó en el espacio de una hora y media desde que entré al Huerto de los Olivos. Ya sé que la Escritura dice “¿No habéis podido velar conmigo una hora?”, pero eso no hay que tomarlo literal con el reloj en la mano.

Los tres que estaban conmigo sí rezaron al principio. Pero luego se durmieron porque cayeron en la tentación por falta de confianza en Dios. Los otros ocho, los que dejé en la entrada, esos no durmieron. La tristeza de mis últimas palabras en la cena los había dejado muy inquietos. Andaban dando vueltas por el Monte de los Olivos, buscando dónde esconderse por si había peligro.

En Jerusalén todo estaba tranquilo. Había poco ruido. Los judíos estaban ocupados en sus casas preparando la fiesta. Solo se oía la lluvia caer aquí y allá. Mis amigos y discípulos caminaban y hablaban, nerviosos, como esperando que pasara algo malo.

Y mientras yo sufría en el monte, mi Madre también sentía el golpe. Magdalena, Marta, María Cleofás, María Salomé y Salomé habían ido del Cenáculo a la casa de María, la madre de Marcos. Mi Madre, María, estaba asustada por lo que decían de mí. Quería salir a la ciudad para saber noticias. Lázaro, Nicodemo, José de Arimatea y algunos parientes de Hebrón vinieron a verla para tratar de calmarla.

Ellos, habiendo escuchado mis predicciones tristes en el Cenáculo, habían ido a preguntar a casa de unos fariseos conocidos. Y como no escucharon nada de planes concretos contra mí, pensaron que no había peligro. Le decían a mi Madre: “No te preocupes, el peligro no debe ser tan grande. No se atreverán a atacar al Señor tan cerca de la fiesta”.

Pobres. No sabían nada de la traición de Judas. Pero mi Madre sí sospechaba. Les contó lo raro que estaba Judas en los últimos días. Cómo había salido del Cenáculo hecho una furia. Ella estaba segura de que había ido a delatarme. Yo ya le había dicho muchas veces que él era un hijo de perdición. Las santas mujeres regresaron a casa de la madre de Marcos, con el corazón en un hilo.

Regresé a la gruta solo. La soledad se sentía más pesada que nunca. Me enfrenté de nuevo a la oscuridad, sabiendo que el tiempo se acababa. Sabía que Judas ya venía en camino, guiando a la tropa, con sus antorchas y sus palos. Sabía que el momento de la verdad estaba a la vuelta de la esquina.

Me arrodillé una vez más. Ya no pedía que me quitaran el cáliz. Ya lo estaba bebiendo. Sentía el sabor amargo de la hiel en mi boca. Pero en el fondo, muy en el fondo, debajo del miedo y del horror, había una llama que no se apagaba: el amor. Amor por mi Padre, y amor por ustedes, bola de ingratos.

Sí, por ustedes. Por los que se duermen, por los que huyen, por los que me niegan, por los que ni siquiera saben que existo. Por cada uno de los que vería pasar en esa procesión de pecados. Decidí que sí, que valía la pena. Que aunque me costara la última gota de san…, yo iba a pagar su cuenta.

Me sequé el sudor con la manga de mi túnica, aunque seguía brotando. Respiré hondo el aire frío de la noche. Me preparé para lo que venía. Ya no había vuelta atrás. La hora había llegado.

—Levántense —les diría en un momento—. Vámonos. El que me entrega ya está aquí.

Pero esa, mis amigos, esa es la parte donde el dolor se convierte en acción. Donde el miedo se convierte en coraje. Y donde el amor se prueba con fuego.

BTV

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