
El olor del Bordo al atardecer se te mete hasta en los huesos, una mezcla de plástico quemado y cosas podridas que ya ni noto. Me llamo Lupita, tengo 12 años y mi “escuela” son estas montañas de desperdicio. Mientras otros niños juegan a las escondidas, yo juego a ver quién encuentra más latas de aluminio para que mi abuela y yo podamos comer.
Pero esa tarde, lo que encontré no fue metal ni cartón.
Entre dos bolsas negras gigantes, vi una bota. Vieja, llena de cal. Me acerqué con el corazón latiéndome en la garganta. Era un hombre. Delgado, con la ropa de albañil hecha girones, la cara cubierta de polvo y manchas de s*ngre seca. Respiraba raro, como un fuelle roto, como si cada bocanada de aire le costara la vida.
Sentí miedo, claro que sí. En este lugar, encontrarte un cuerpo suele significar problemas. Pero algo dentro de mí, quizá la misma terquedad que me hace levantarme todos los días, me impidió correr.
—¿Jefe? —le susurré, sacudiéndolo despacio del hombro—. ¿Oiga, está vivo?.
Abrió los ojos. Estaban vidriosos, perdidos. Miraba el cielo naranja como si fuera la primera vez que lo veía. —Yo… no lo sé —balbuceó con la voz rasposa—. Ni siquiera sé quién soy.
Saqué mi botella de agua, apenas un conchito caliente que me quedaba. —Tómele un trago —le dije, poniéndole la botella en los labios resecos—. Y levántese, por favor. Si los zopilotes lo ven así, van a pensar que es cena. Aquí nadie ayuda a nadie, señor, tiene que echarle ganas.
Intentó reírse, pero le salió una tos fea. Se apoyó en mí. Yo soy una cosita de nada comparada con él, apenas le llegaba al pecho, pero entre los dos logramos salir de ese laberinto de basura.
Fue entonces cuando vi algo brillando en su muñeca. Una credencial sucia y gastada. La limpié con mi dedo. “ROBERTO – CONDUCTOR – EMPRESA NORTE TRANSPORTES”.
—Mire, ya tenemos algo —le dije, tratando de sonar valiente—. Se llama Roberto. Lo demás, luego vemos cómo lo arreglamos.
Caminamos lento, paso a paso, hasta llegar a la casita de lámina y barro donde vivo con mi abuela, Doña Cida. La puerta de madera, que siempre rechina, se abrió. Olía a café de olla recalentado. Mi abuela se dio la vuelta, secándose las manos en el delantal, y cuando vio al hombre colgado de mi hombro, sus ojos se hicieron pequeños, llenos de desconfianza.
—Chamaca… ¿De dónde sacaste a este hombre y por qué lo traes a mi casa? —soltó, frunciendo el ceño.
EL HOMBRE CAYÓ DE RODILLAS EN NUESTRA ENTRADA, Y LO QUE DIJO DESPUÉS NOS HELÓ LA S*NGRE… ¿ERA POSIBLE QUE MI ABUELA LO RECONOCIERA?!
PARTE 2: EL PESO DE LOS FANTASMAS EN EL BORDO
El sonido de las rodillas de aquel hombre golpeando la tierra compactada de nuestra entrada retumbó más fuerte que un trueno en plena tormenta. No fue solo el golpe seco del cuerpo cayendo; fue el silencio que le siguió. Ese silencio pesado, espeso, que se te mete en los oídos y no te deja escuchar ni tus propios pensamientos.
Mi abuela, Doña Cida, que es una mujer de piedra, una mujer a la que he visto cargar costales de cemento y enfrentarse a perros rabiosos con nada más que una escoba, se quedó inmóvil. Su rostro, surcado por arrugas que cuentan historias de hambre y resistencia, perdió todo color. Se puso pálida, como si hubiera visto a la mismísima Llorona parada en el umbral de nuestro jacal.
—¿Qué dijo? —pregunté, con la voz temblorosa, sintiendo que el hombre se me resbalaba de las manos sudorosas—. Abuela, ¿qué dijo?
El hombre, Roberto, respiraba contra el suelo, levantando polvo con cada exhalación agónica. Pero antes de desmayarse por completo, con la cara pegada a la tierra, soltó una frase más, un susurro que se arrastró como una víbora hasta nuestros pies:
—…San Fernando… el camión del norte… no debieron… no debieron dejarlos…
Doña Cida soltó el trapo de cocina que tenía en las manos. Cayó al suelo en cámara lenta. Sus ojos, normalmente pequeños y desconfiados, estaban abiertos de par en par, fijos en la espalda s*ngrante del extraño.
—¡Ayúdame, abuela! —grité, rompiendo su trance—. ¡Se nos va a morir aquí! ¡Y si se mu*re aquí, la policía nos va a echar la culpa a nosotras! ¡Ya sabes cómo son!
Esa realidad, el miedo a la autoridad que siempre nos trata como basura por vivir en la basura, la hizo reaccionar. Sacudió la cabeza, se persignó rápido, murmurando un “Dios nos ampare”, y se abalanzó hacia nosotros.
A pesar de sus sesenta y tantos años y de los dolores de huesos que le trae la humedad del Bordo, mi abuela tiene una fuerza que viene de la rabia. Entre las dos, yo jalando de los brazos y ella empujando desde la cintura, logramos arrastrar a Roberto hacia el interior.
Nuestro hogar no es gran cosa. Un solo cuarto dividido por cortinas de tela vieja. El piso es de tierra, pero mi abuela lo barre tanto que parece cemento pulido. Tenemos un catre viejo donde duerme ella y un colchón en el suelo donde duermo yo. Sin decir palabra, señaló mi colchón.
—Ahí —ordenó seca—. No lo subas al catre, va a manchar las sábanas buenas con esa mugre y s*ngre.
Lo dejamos caer con cuidado. El hombre soltó un gemido largo, de esos que te duelen en las muelas. Quedó bocarriba, con los brazos abiertos, pareciendo un Cristo bajado de la cruz, pero un Cristo de obrero, con las manos callosas y la piel quemada por el sol de la carretera.
—Cierra la puerta, Lupita. Y ponle la tranca —me dijo mi abuela sin mirarme, mientras se arrodillaba al lado del desconocido—. Y apaga la luz de afuera. Que nadie vea que tenemos visita. Aquí la curiosidad mata más rápido que el hambre.
Corrí a cerrar. El rechinido de las bisagras oxidadas sonó como una alarma. Puse el pesado polín de madera que usamos de tranca. El corazón me latía tan fuerte que sentía los golpes en las sienes. Me recargué un segundo en la puerta, respirando el olor a madera vieja y miedo. Afuera, el Bordo empezaba a despertar en su vida nocturna: ladridos lejanos, el motor de algún camión de basura descargando ilegalmente, y el viento silbando entre las montañas de desperdicio.
Cuando me di la vuelta, mi abuela ya estaba en modo curandera. Había traído su palangana de peltre con agua, un poco de jabón Zote y la botella de alcohol con marihuana que usa para sus reumas.
—Acércate la lámpara de petróleo —me pidió—. No quiero prender el foco, la luz eléctrica atrae a los bichos y a los vecinos metiches.
La luz ámbar de la llama iluminó la escena. Ahora que lo veíamos de cerca, Roberto estaba peor de lo que parecía afuera. Su camisa, que alguna vez debió ser blanca con el logo de “Norte Transportes”, estaba rígida, pegada a su piel por la s*ngre seca y el sudor frío.
—Tenemos que quitarle esto —dijo mi abuela, sacando unas tijeras de costura—. Si se la jalamos, le vamos a arrancar la piel.
Empezamos a cortar la tela. El sonido de las tijeras rasgando la ropa sucia era lo único que se oía. Con cada pedazo de tela que retirábamos, aparecía un mapa de v*olencia en su cuerpo. Tenía moretones morados y negros en las costillas, como si alguien lo hubiera pateado con botas de casquillo. En el brazo derecho, un corte largo y feo, ya con pus, que se veía infectado.
—Virgen Santísima… —susurró mi abuela—. A este pobre diablo lo molieron a golpes. Esto no fue un accidente, mija. A este lo tablearon.
Sentí un escalofrío. “Tablear” es una palabra que aquí conocemos bien. Es el castigo de los malandros.
—¿Crees que sea un ratero? —pregunté, pasando un trapo húmedo por su frente ardiendo en fiebre.
Mi abuela se detuvo un momento, mirando la cara del hombre. Limpió con suavidad el hollín y la tierra de sus mejillas. Debajo de la suciedad, había un rostro noble, de facciones fuertes, bigote poblado, pero con líneas de expresión marcadas por la preocupación.
—No tiene cara de malandro —dijo ella, pensativa—. Tiene manos de trabajador. Mira esos callos. Son de volante y de carga. Y lo que dijo… San Fernando…
—¿Qué es San Fernando, abuela?
Doña Cida se tensó. Exprimió el trapo con fuerza en la palangana, enturbiando el agua con s*ngre y tierra.
—Un lugar maldito, Lupita. Un lugar donde la gente desaparece. Donde los autobuses se quedan vacíos y las maletas se quedan sin dueños.
Me quedé callada. Sabía que no debía preguntar más. Mi papá, el hijo de mi abuela, se fue al norte hace cinco años. Dijo que iba a trabajar a los campos de tomate. Nunca volvió. Nunca llamó. Mi abuela siempre dice que “se olvidó de nosotras”, pero a veces, en la noche, la escucho llorar bajito rezándole a San Judas Tadeo.
—Pásame el alcohol —ordenó.
Cuando el líquido tocó las heridas de Roberto, su cuerpo se arqueó en un espasmo violento. Gritó, pero fue un grito ahogado, gutural.
—Sshhh, sshhh, aguante, jefe, aguante —le decía yo, acariciándole el pelo sudado, como si fuera un niño chiquito—. Ya va a pasar. Es para que no se le pudra el brazo.
Pasamos las siguientes dos horas limpiándolo, vendándolo con tiras de sábanas viejas y tratando de bajarle la fiebre con trapos fríos en la panza y en la frente. El olor en el cuarto cambió; ya no olía solo a café, ahora olía a alcohol, a enfermedad y a ese olor metálico de la s*ngre.
Cerca de la medianoche, Roberto empezó a delirar. La fiebre lo tenía atrapado en una pesadilla.
—¡No! ¡Abran la puerta! —gritaba, manoteando al aire—. ¡Se están asfixiando! ¡No los dejen ahí!
Mi abuela y yo nos miramos. El miedo se sentía sólido entre nosotras.
—El niño… el niño de la gorra roja… —balbuceaba él, con lágrimas escurriendo por las sienes—. No me quiten las llaves… yo manejo… yo los llevo…
—Está reviviendo lo que le pasó —dijo mi abuela, sentándose en su banquito de madera, con el rosario en la mano—. Reza conmigo, Lupita. Reza para que este hombre no se mu*ra y su alma no se quede penando en nuestra casa.
Rezamos. Ave Marías, Padre Nuestros. El ritmo monótono de los rezos se mezclaba con la respiración rasposa de Roberto. Yo no podía dejar de mirar su credencial, que habíamos puesto sobre la mesita. “Roberto. Norte Transportes”. ¿Quién eras, Roberto? ¿Y por qué el destino, o la mala suerte, te tiró en mi basurero?
El cansancio me venció cerca de las tres de la mañana. Me quedé dormida sentada en el suelo, con la cabeza recargada en los pies del catre de mi abuela.
Me despertó el olor a tortilla quemada y un quejido.
Abrí los ojos de golpe. La luz del sol se colaba por las rendijas de las láminas del techo, creando rayos de polvo que bailaban en el aire. Me dolía el cuello. Me levanté rápido y miré al colchón.
Roberto estaba despierto.
Intentaba incorporarse, pero estaba demasiado débil. Se apoyaba en los codos, temblando, mirando alrededor del cuarto con ojos desorbitados, como animal enjaulado. Cuando me vio, se congeló.
—¿Dónde…? ¿Dónde estoy? —su voz era una lija, rasposa y seca.
—En mi casa —dije, acercándome con cuidado pero manteniendo distancia—. En el Bordo de Xochiaca. Lo encontré tirado en la basura ayer. Se estaba muriendo.
Él frunció el ceño, tratando de procesar la información. Se llevó una mano a la cabeza vendada.
—¿La basura…? —miró sus brazos vendados, luego su pecho desnudo y magullado—. Dios mío… el camión.
En ese momento, la cortina que separa la “cocina” se abrió. Entró mi abuela con un plato de frijoles caldosos y un vaso de agua. Se plantó frente a él, con las manos en la cintura, mirándolo desde arriba con esa autoridad que solo tienen las abuelas mexicanas.
—Buenos días tenga usted —dijo ella, seria—. Si es que se pueden llamar buenos. Córrase un poco, que le voy a dar de comer. No creo que pueda sostener la cuchara.
Roberto la miró, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas de nuevo. No de dolor, sino de vergüenza. Un hombre adulto, fuerte, dependiendo de una anciana y una niña.
—Señora… yo… no tengo cómo pagarle… —empezó a decir.
—Cállese la boca y coma —le cortó mi abuela, sentándose a su lado y acercándole la cuchara a la boca—. Ahorita no estamos cobrando. Ahorita estamos viendo si vive. Ya después vemos si me debe o no.
Roberto comió con desesperación. Tenía un hambre atrasada de días. Cuando terminó el agua, suspiró y se dejó caer de nuevo en la almohada. Parecía haber recuperado un poco de color.
—Ahora sí —dijo mi abuela, cruzándose de brazos—. Vamos a platicar usted y yo, Don Roberto. Porque vi su credencial.
Él asintió lento, cerrando los ojos un momento.
—Me llamo Roberto… Roberto Sifuentes. Soy chofer. Manejaba la ruta de la frontera. Llevaba… llevaba gente.
—¿Gente? —pregunté yo, sentándome a los pies del colchón—. ¿Como pasajeros?
—No… —negó con la cabeza, una sombra de dolor cruzando su cara—. No era un autobús normal. Era un camión de carga. Me pagaron para… para llevar “mercancía”. Yo no sabía… juro por mi madre que no sabía que eran familias. Me dijeron que eran piezas de autos.
El ambiente en el cuarto se puso frío, a pesar del calor que ya empezaba a hacer afuera.
—Cuando escuché los golpes en la caja… atrás… me paré —continuó Roberto, con la voz quebrada—. Me bajé a ver. Eran personas. Migrantes. Paisanos y gente del sur. Estaban encerrados, sin aire. Quise abrirles. Quise dejarlos salir.
Se cubrió la cara con las manos, sollozando.
—Pero llegaron ellos. Las camionetas. Hombres armados. Me dijeron que me subiera y manejara, o me mataban ahí mismo. Me golpearon… me quitaron el camión… me tiraron en una zanja pensando que estaba mu*rto. No sé cómo llegué aquí. Caminé… caminé días, creo. O me trajeron y me tiraron aquí como basura para que nadie me encontrara.
Mi abuela estaba pálida. Se levantó y fue hacia el pequeño altar donde tiene a la Virgen. Prendió una veladora.
—¿Y por qué dijiste mi nombre? —preguntó mi abuela, dándole la espalda—. Ayer, antes de desmayarte. Dijiste cosas. Pero me miraste. Me miraste como si me conocieras.
Roberto bajó las manos y la miró fijamente. Sus ojos se clavaron en la espalda de mi abuela.
—Porque usted se parece a ella —dijo en voz baja—. A la mujer de la foto.
Mi abuela se giró lentamente.
—¿Qué foto?
—Uno de los hombres que iban en el camión… uno de los que iban encerrados… logró pasarme un papelito por una rendija cuando les di agua, días antes de que todo se fuera al diablo. Me dio una foto vieja y arrugada y un papel con una dirección. Me dijo: “Si algo nos pasa, busca a mi jefa. Dile que lo intenté. Dile que iba por ella y por la niña”.
El silencio que siguió fue absoluto. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Mi abuela se acercó a él, temblando como una hoja.
—¿Cómo… cómo se llamaba ese hombre? —preguntó mi abuela, con un hilo de voz.
Roberto cerró los ojos, haciendo memoria.
—No me dijo su nombre. Pero en la foto… en la foto estaba usted, más joven. Y un niño. Y atrás decía… “Para Doña Cida, de su hijo Pedro”.
El grito que soltó mi abuela me desgarró el alma. Fue un alarido de dolor puro, de cinco años de incertidumbre rompiéndose en un segundo. Se llevó las manos a la boca, cayendo de rodillas frente a Roberto.
—¡Mi Pedro! ¡Mi hijo! —lloraba, golpeando el suelo—. ¡Me dijiste que estaba vivo! ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está mi hijo?!
Yo me quedé paralizada. Mi papá. Mi papá no nos había abandonado. Mi papá venía por nosotras. Iba en ese camión.
Roberto intentó incorporarse para consolarla, pero el dolor se lo impidió. Lloraba con ella.
—No lo sé, señora… se llevaron el camión. Se llevaron a todos. No sé si… no sé si siguen vivos.
En medio del llanto y la confusión, escuchamos algo que nos heló la s*ngre a los tres.
El sonido de motores potentes afuera. No el motor de un camión de basura viejo. Eran motores rugientes, de camionetas grandes. Y llantas derrapando en la grava suelta justo frente a nuestro jacal.
Luego, golpes fuertes en la puerta.
—¡Abran! —gritó una voz de hombre, gruesa y autoritaria—. ¡Sabemos que está ahí! ¡Abran o tumbamos el changarro!
Roberto abrió los ojos con terror absoluto.
—Son ellos… —susurró—. Me encontraron. Vinieron a rematarme.
Mi abuela se secó las lágrimas de golpe. Su cara cambió. El dolor se transformó en furia, en instinto de protección. Se levantó del suelo, agarró el machete viejo que guarda debajo del catre y me miró.
—Lupita, escóndelo —me siseó—. Escóndelo en el agujero del piso, debajo de mi cama. ¡Rápido!
—¡Abuela, nos van a m*tar! —grité en susurro, llorando de pánico.
—¡Nadie va a m*tar a nadie en mi casa! —dijo ella con una firmeza que me asustó más que los hombres de afuera—. Ese hombre es la única pista que tengo de tu padre. Y si se lo quieren llevar, van a tener que pasar por encima de mí.
Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes. La madera crujió.
—¡Abran, p*nches viejas! —gritaron de nuevo.
Miré a Roberto. Estaba blanco, intentando arrastrarse hacia el agujero que yo destapaba frenéticamente quitando unas tablas sueltas bajo el catre.
—Vete, niña… déjame —dijo él—. Te van a hacer daño a ti.
—Cállese y métase —le dije, empujándolo al hueco húmedo y oscuro donde guardamos nuestros pocos ahorros y papeles—. Usted me va a decir dónde está mi papá aunque sea lo último que haga.
Tapé el agujero, tiré el colchón de mi abuela encima y desordené las cobijas.
—¡Lupita, atrás de mí! —ordenó mi abuela, parándose frente a la puerta con el machete en la mano derecha y el rosario en la izquierda.
La puerta no aguantó más. Con un estruendo de astillas volando, se abrió de golpe bajo una patada. La luz del día entró violentamente, recortando la silueta de dos hombres enormes. Vestían de negro, con botas tácticas y gorras que les tapaban los ojos. En sus manos, no traían escobas ni palas. Traían armas largas.
El polvo flotaba en el aire mientras entraban a nuestro pequeño mundo, examinando todo con asco y prepotencia.
—Buenas tardes, señito —dijo el más alto, con una sonrisa burlona que dejaba ver un diente de oro—. Nos dijeron que anoche le cayó una visita. Un pajarito que ya no debía cantar.
Mi abuela no bajó el machete. Se plantó firme, aunque yo veía cómo le temblaban las piernas bajo la falda.
—Aquí no ha venido nadie —dijo ella, con voz firme—. Solo vivimos mi nieta y yo. Y ratas. Muchas ratas. Si buscan basura, allá afuera hay mucha.
El hombre se rió y dio un paso adelante, empujando la punta del machete con el cañón de su arma.
—No se haga la valiente, doña. Vimos el rastro de s*ngre en la tierra. Huele a podrido, sí, pero también huele a miedo.
El otro hombre, más bajo y rechoncho, empezó a patear mis cosas. Pateó mi colchón, tiró la palangana con el agua sucia (que afortunadamente ya habíamos cambiado, así que solo era agua jabonosa).
—Jefe, aquí hay vendas con s*ngre —dijo el gordo, levantando un trapo sucio con la punta de su bota.
El hombre del diente de oro miró a mi abuela, y su sonrisa desapareció. Sus ojos se pusieron fríos, como los de un tiburón.
—Última oportunidad, abuela. Entréguenos al chofer y nos vamos tranquilos. Si no… —me miró a mí, que estaba encogida en un rincón abrazando mis rodillas—. Si no, la niña paga la cuenta. Y créame, la cuenta va a salir muy cara.
Mi abuela me miró de reojo. Vi la duda en sus ojos. Vi el amor. Y vi la decisión más difícil de su vida formándose en su cabeza. Entregar al hombre que sabía dónde estaba su hijo, o arriesgar la vida de su nieta aquí y ahora.
Pero antes de que pudiera contestar, se escuchó un ruido sordo debajo de la cama. Un golpe. Roberto, en su debilidad, se había movido o golpeado contra la tierra.
Los dos hombres voltearon instantáneamente hacia el catre.
—¡Ahí está! —gritó el gordo.
Se abalanzaron sobre la cama. Mi abuela soltó un grito de guerra y lanzó un machetazo al aire, un golpe desesperado que solo rasgó la chamarra del gordo. El hombre reaccionó rápido; le dio un culatazo en la cara.
—¡Abuela! —grité, viendo cómo caía al suelo con la nariz rota.
Me lancé sobre el hombre, mordiéndole la pierna con toda la fuerza de mi mandíbula, con la rabia de años de hambre, de soledad, de ver cómo nos pisoteaban. El hombre aulló de dolor y me sacudió, lanzándome contra la pared de lámina.
Todo me dio vueltas. Desde el suelo, con la vista nublada y un zumbido en los oídos, vi cómo levantaban el colchón. Vi cómo sacaban a Roberto del agujero, arrastrándolo como a un perro muerto. Él ni siquiera se defendía, estaba medio inconsciente de nuevo.
—Vámonos —dijo el líder—. Ya tenemos el paquete. Y de paso… —me señaló a mí—. Tráete a la escuincla. Nos puede servir para que el chofer hable más rápido. A la vieja déjala ahí, que se pudra.
Sentí unas manos ásperas agarrándome del brazo, levantándome en vilo. Pataleé, grité, lloré. Vi a mi abuela en el suelo, tratando de levantarse, estirando su mano hacia mí, con la cara llena de s*ngre.
—¡Lupita! ¡No! —gritaba ella—. ¡Suéltenla! ¡M*lditos!
Me sacaron a rastras de mi casa, hacia la luz cegadora del mediodía. Me aventaron a la parte trasera de una camioneta lujosa, junto a un Roberto que apenas respiraba. El motor rugió. Las llantas levantaron una nube de polvo y basura.
Mientras la camioneta arrancaba, vi por la ventana trasera mi casa haciéndose pequeña. Vi a mi abuela salir a gatas, gritando mi nombre al viento, una figura diminuta y rota contra la inmensidad de las montañas de basura.
Me llamo Lupita. Tengo 12 años. Ayer buscaba latas para sobrevivir. Hoy, estoy en la parte trasera de una camioneta de narcos, con un hombre que conoce el secreto de mi padre desaparecido, rumbo a quién sabe dónde.
El miedo ya no me cabe en el cuerpo. Pero mientras miro a Roberto, que me toma la mano débilmente, pienso en una cosa: Mi abuela no se va a quedar tirada. Mi abuela se va a levantar. Y cuando lo haga, el Bordo entero va a temblar.
La historia apenas comienza.
(Continuará…)
PARTE 3: EN LA BOCA DEL LOBO
El olor a cuero nuevo de los asientos de aquella camioneta se mezclaba con el hedor metálico de la sangre de Roberto y mi propio sudor rancio, creando un perfume de pesadilla que se me atoraba en la garganta. Iba rebotando en la parte trasera, sin cinturón de seguridad, cada vez que las llantas de lujo golpeaban los baches de la carretera. Mis manos, pequeñas y mugrosas, estaban aferradas al borde del asiento como si fueran garras, tratando de no salir volando, pero mi mente… mi mente se había quedado atrás, en ese punto diminuto que se desvanecía en el espejo retrovisor: mi abuela, Doña Cida, arrastrándose en la tierra.
—¡Cállate ya, escuincla! —ladró el hombre gordo desde el asiento del copiloto, girándose para apuntarme con un dedo grueso como una morcilla—. Si sigues chillando te voy a dar algo por lo que llorar de verdad.
Me mordí el labio hasta sentir el sabor a óxido. No estaba llorando por dolor, estaba llorando de rabia. Una rabia caliente, líquida, que me quemaba el pecho. Miré a Roberto. Estaba tirado en el piso de la camioneta, hecho un ovillo. Respiraba con dificultad, silbando, y cada tanto soltaba un quejido sordo. La paliza que le habían dado antes de llegar al basurero, sumada al viaje, lo estaba matando. Y él era mi única conexión con mi papá. Mi única esperanza.
—¿A dónde nos llevan? —pregunté, sorprendiéndome de mi propia voz. Sonaba ronca, pero no temblaba.
El conductor, el del diente de oro, soltó una carcajada seca mientras miraba por el retrovisor. Sus ojos eran dos pozos negros sin fondo.
—A un lugar donde los pajaritos aprenden a cerrar el pico o pierden las alas, mija —dijo, acelerando—. Vas a conocer al Patrón. Él tiene muchas ganas de saber qué tanto le contó este traidor a tu abuela.
El paisaje por la ventana cambió. Dejamos atrás las montañas de basura del Bordo, esas que conozco como la palma de mi mano, y entramos a la carretera federal. Los autos pasaban zumbando, gente normal yendo a trabajos normales, escuchando la radio, pensando en qué iban a cenar. Ellos no sabían que a metros de distancia, en una camioneta polarizada, iba una niña secuestrada y un hombre moribundo. Esa invisibilidad me dolió más que los golpes. En México, puedes desaparecer a plena luz del día y el mundo sigue girando como si nada.
Pasaron horas. O tal vez minutos eternos. El sol empezó a bajar, pintando el cielo de ese naranja sucio que se ve cerca de la ciudad. La camioneta se desvió hacia un camino de terracería, levantando nubes de polvo. Sentí cómo las llantas crujían sobre grava. Nos adentrábamos en terreno desconocido, lejos de la ciudad, hacia donde los cerros se ven pelones y las casas están a medio construir, con las varillas de acero apuntando al cielo como dedos acusadores.
Finalmente, nos detuvimos frente a un portón enorme de metal negro, oxidado en las orillas. Había cámaras en las esquinas. El portón se abrió lento, chirriando, revelando una bodega inmensa, de esas que usan para guardar tractores o granos, pero que ahora se veía abandonada. O eso parecía por fuera.
—Bájense —ordenó el Diente de Oro, abriendo la puerta trasera.
Me jaló del brazo con brusquedad. Mis pies tocaron la tierra seca y casi me caigo. A Roberto lo sacaron entre los dos, arrastrándolo como costal de papas. Sus botas dejaban dos surcos en el suelo.
—¡Caminen! —empujó el gordo, dándome un coscorrón en la nuca.
Entramos a la bodega. El aire adentro estaba viciado, caliente. Olía a gasolina, a cigarro barato y a algo más… algo dulce y nauseabundo que tardé en reconocer: miedo. Había varios hombres armados sentados en cajas de plástico, limpiando sus armas o mirando sus celulares. Cuando nos vieron entrar, se hizo un silencio pesado. Todos nos miraban. Me sentí como un conejo entrando a una jaula de coyotes.
Nos llevaron hasta el fondo, a una pequeña oficina con paredes de vidrio sucio que daba a la nave principal. Adentro, sentado detrás de un escritorio viejo de metal, había un hombre. No se veía como los demás. No llevaba botas ni gorra. Llevaba una camisa vaquera planchada, un sombrero texano impecable sobre el escritorio y bebía de una botella de agua mineral. Tenía la piel picada de viruela y unos ojos pequeños, de reptil, que no parpadeaban.
Este debía ser el Patrón.
—Aquí está el paquete, jefe —dijo el Diente de Oro, aventando a Roberto al suelo frente al escritorio. Yo me quedé parada atrás, temblando, tratando de hacerme invisible contra la pared.
El Patrón se levantó despacio. Rodeó el escritorio, sus botas de piel de avestruz resonando en el piso de cemento. Se agachó frente a Roberto, le agarró el pelo y le levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Roberto, Roberto… —dijo con una voz suave, casi cariñosa, lo cual lo hacía mil veces más aterrador—. Me decepcionas, compadre. Te dimos trabajo. Te dimos confianza. Y tú vas y nos quieres jugar al héroe. ¿Para qué? ¿Para salvar a unos pollos que ni conoces?
Roberto abrió un ojo, hinchado y morado. Escupió sangre al suelo, manchando la bota inmaculada del Patrón.
—No eran pollos… —murmuró Roberto con un hilo de voz—. Eran familias. Eran niños. Como ella… —señaló vagamente hacia donde yo estaba.
El Patrón se limpió la bota con desagrado, frotándola contra la pantorrilla del pantalón. Luego, su mirada se posó en mí. Sentí que me atravesaba con rayos X.
—¿Y esta quién es? —preguntó, como si yo fuera un objeto perdido.
—Estaba en la casa donde se escondía la rata esta —explicó el gordo—. Es nieta de la vieja que lo estaba curando. Pensamos que podría servir para aflojarle la lengua si se pone difícil.
El Patrón asintió lentamente, caminando hacia mí. Me encogí, pegando la espalda a la pared fría. Él se agachó para quedar a mi altura. Olía a loción cara y a tabaco.
—¿Cómo te llamas, chula? —preguntó, sonriendo pero sin mostrar los dientes.
—Lupita —susurré. Mi voz salió tan bajita que tuve que repetirlo—. Lupita.
—Lupita… bonito nombre. ¿Y tú sabes en qué lío se metió tu amigo Roberto, Lupita? —Su mano se acercó a mi cara. Me estremecí, esperando un golpe, pero solo me acarició la mejilla con el dorso de la mano. Sus dedos estaban fríos—. Él robó algo nuestro. Algo muy valioso. Y luego se fue a esconder bajo las faldas de tu abuela. Eso pone a tu abuela en problemas, ¿sabes?
—Mi abuela no hizo nada —dije rápido, defendiéndola con el instinto—. Ella solo ayuda a los que necesitan. Es buena cristiana.
El Patrón soltó una carcajada breve.
—Aquí no hay cristianos, mija. Aquí solo hay deudores y pagadores. Y Roberto nos debe mucho. —Se enderezó y miró a sus hombres—. Átenlo a la silla. Y a la niña… encierrenla en el cuarto de atrás. Que escuche. A veces el oído convence más que el dolor propio.
Me agarraron otra vez. Me llevaron a empujones hacia una puerta de metal pesado al fondo de la oficina. Me aventaron dentro y cerraron con llave. Quedé a oscuras, en un cuarto que olía a humedad y a orines viejos. Apenas entraba un rayito de luz por debajo de la puerta.
Me pegué a esa rendija. Puse el oído contra el metal frío. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho.
Lo que escuché durante la siguiente hora me va a perseguir hasta el día que me muera.
Escuché golpes. Golpes secos, de carne contra carne, de metal contra hueso. Escuché gritos. Al principio fuertes, desafiantes. Luego, súplicas. Y al final, solo gemidos. Gemidos rotos de un hombre que ya no tiene fuerzas ni para pedir piedad.
—¿Dónde están los papeles, Roberto? —preguntaba la voz del Patrón, calmada, insistente—. Sabemos que te llevaste la bitácora del camión. Esa libreta no puede andar por ahí. Tiene nombres, tiene rutas. ¿Se la diste a la vieja?
—¡No! —gritó Roberto, con voz desgarrada—. ¡Ella no sabe nada! ¡La tiré! ¡La tiré en el monte!
—Mientes —respondía el Patrón. Y luego, otro golpe. Y otro grito.
Yo me tapaba los oídos, llorando en silencio en la oscuridad, mordiéndome las rodillas para no gritar yo también. Quería a mi abuela. Quería estar en mi casa de lámina, aunque tuviéramos hambre, aunque hiciera frío. Cualquier cosa era mejor que este infierno. Pero en medio del terror, una palabra se quedó grabada en mi mente: Bitácora.
Roberto tenía una libreta. Una libreta con nombres. Con rutas.
Si mi papá iba en ese camión… su nombre estaba en esa libreta.
La tortura se detuvo de repente. Escuché pasos acercándose a mi puerta. Me arrastré hacia atrás, acurrucándome en la esquina más lejana. La cerradura giró. La puerta se abrió y la luz de la oficina me lastimó los ojos.
Era el Diente de Oro. Traía una botella de agua y un sándwich envuelto en servilleta.
—Ten —me aventó las cosas a los pies—. El Patrón dice que comas. No queremos que te mueras de hambre antes de tiempo. Mañana vamos a ir a visitar a tu abuela otra vez, a ver si ella se acuerda de dónde está la mendiga libreta. Y tú vas a venir con nosotros para convencerla.
Cerró la puerta de nuevo. Me quedé sola con el sándwich y el agua. Tenía hambre, mucha hambre, pero el estómago se me había cerrado. Sin embargo, sabía que tenía que comer. Si quería sobrevivir, si quería salvar a mi abuela y encontrar a mi papá, necesitaba fuerzas.
Comí el pan seco con jamón barato, tragando con dificultad. Bebí el agua tibia. Y luego, me puse a pensar.
Soy Lupita. Soy pepenadora. Vivo de encontrar cosas que la gente tira, cosas que nadie ve. Sé moverme en la basura. Sé esconderme donde nadie cabe. Sé abrir cerraduras simples con un alambre porque mi abuela pierde las llaves a cada rato.
Miré la puerta. Era de metal sólido, imposible de romper. Pero miré hacia arriba. El techo de la bodega era alto, de lámina acanalada. Y en la esquina de mi “celda”, había un tubo de ventilación viejo, cubierto con una rejilla llena de grasa y polvo. Estaba alto, a unos tres metros, pero había estanterías viejas recargadas en la pared.
Esperé. Esperé a que los ruidos de afuera se calmaran. Escuché cómo ponían música de banda a todo volumen, probablemente para tapar cualquier ruido, o porque estaban celebrando. Escuché risas, brindis. Se estaban emborrachando.
Esa era mi oportunidad.
Me quité mis tenis viejos para no hacer ruido. Empecé a trepar por la estantería oxidada. El metal crujía un poco, pero la música de afuera lo tapaba todo. “La Chona” sonaba a todo volumen mientras yo me jugaba la vida escalando hacia la libertad.
Llegué al tubo de ventilación. La rejilla estaba atornillada, pero los tornillos estaban tan oxidados que casi se deshacían. Usé la hebilla de mi cinturón como desarmador improvisado. Mis dedos sangraban por el esfuerzo, las uñas se me rompieron, pero no paré. Uno a uno, los tornillos cedieron.
Quité la rejilla con cuidado de que no cayera al suelo. El agujero era estrecho, oscuro y olía a rata muerta. Perfecto para mí. Me metí de cabeza, arrastrándome como un gusano. El tubo era de metal, frío y resbaloso. Avanzaba centímetro a centímetro, conteniendo la respiración por el polvo que se levantaba.
El ducto recorría la pared de la bodega. Podía ver a través de pequeñas rendijas hacia abajo. Vi al Patrón sentado en su escritorio, contando fajos de billetes. Vi a Roberto tirado en una esquina, inmóvil, parecía un bulto de ropa sucia. Y vi a los hombres armados jugando cartas y bebiendo cerveza.
Seguí arrastrándome hasta que sentí una corriente de aire fresco. Aire de campo, aire de noche. Llegué al final del ducto. Daba a la parte trasera de la bodega, hacia un terreno baldío lleno de maleza. La salida estaba a unos cuatro metros del suelo.
No lo pensé. Me dejé caer.
Caí sobre un montón de arbustos secos y basura. El golpe me sacó el aire y sentí un dolor agudo en el tobillo, pero no grité. Me quedé inmóvil, escuchando. Nadie había notado nada. La música seguía retumbando adentro.
Me levanté cojeando. El dolor en el tobillo era fuerte, pero el miedo era más fuerte. Tenía que alejarme de ahí. Pero entonces, me detuve.
No podía irme.
No sin saber. No sin la libreta. Roberto había dicho que la tiró en el monte, pero el Patrón creía que mentía. ¿Y si no mentía? ¿Y si la tenía escondida en su ropa? O peor, ¿y si la tenía mi abuela y yo no lo sabía?
No, mi abuela no sabía nada. Roberto lo había dicho. “La tiré”.
Pero antes de eso, en mi casa, cuando lo estábamos curando… recuerdo que él no soltaba su bota derecha. Incluso con fiebre, cuando le intentamos quitar las botas, él pataleó y no dejó que le quitáramos la derecha. Pensé que era por dolor.
Ahora, recordándolo, me doy cuenta de que se tocaba la bota como quien toca una cartera.
La libreta estaba en su bota.
Miré hacia la bodega. Volver a entrar era un suicidio. Pero irme sin esa información era condenar a mi papá al olvido para siempre. Y dejar a Roberto ahí… él me había defendido. Él había intentado salvar a mi papá.
Tomé una piedra del suelo. Una piedra grande, pesada, con bordes filosos. Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire nocturno.
—Virgencita, si me ayudas en esta, te prometo que voy a misa todos los domingos aunque tenga sueño —susurré al cielo estrellado.
No iba a volver a entrar por el ducto. Iba a hacer algo que ellos no esperaban. Iba a usar su propia estupidez en su contra.
Vi que al costado de la bodega había varios tambos de gasolina y diesel apilados, seguramente para reabastecer sus camionetas. Y cerca, muy cerca, un generador eléctrico viejo que zumbaba y echaba chispas de vez en cuando.
Me arrastré entre las sombras hasta los tambos. Pesaban mucho, pero estaban llenos. Busqué algo para abrirlos, pero estaban sellados. Sin embargo, uno de ellos tenía un grifo pequeño en la parte baja, goteando diesel sobre la tierra seca.
Abrí el grifo al máximo. El líquido apestoso empezó a salir a borbotones, creando un charco negro que se extendía rápidamente hacia el generador chisporroteante. El olor era intenso, mareante.
Retrocedí, corriendo (cojeando) hacia la maleza lo más rápido que pude. Me alejé unos cincuenta metros y me tiré al suelo detrás de un tronco caído.
Conté. Uno… dos… tres…
¡BUM!
La explosión no fue como en las películas. Fue un sonido seco, un whump grave que sacudió el suelo, seguido instantáneamente por una llamarada naranja y amarilla que iluminó la noche como si fuera de día. El fuego trepó por la pared de lámina de la bodega en segundos.
Los gritos adentro cambiaron. Ya no eran de fiesta, eran de pánico.
—¡Fuego! ¡Se quema esta madre! ¡Saquen las trocas!
Vi salir a los hombres corriendo, tosiendo, tratando de salvar las camionetas. El caos era total. El humo negro se elevaba hacia el cielo.
Aproveché la confusión. Corrí hacia la parte delantera, no hacia el portón principal donde estaban todos, sino hacia una puerta lateral pequeña que habían dejado abierta para ventilar el humo.
Entré. El calor era sofocante. El humo me hacía llorar los ojos y toser, pero me tapé la nariz con mi playera. La oficina del Patrón estaba vacía. Él también había salido a gritar órdenes.
Roberto seguía ahí, tirado. Nadie se había acordado de él. El fuego estaba cerca, lamiendo las paredes de la bodega principal, pero aún no llegaba a la oficina.
Me agaché junto a él.
—¡Roberto! —le grité, sacudiéndolo—. ¡Roberto, despierta!
Abrió los ojos. Estaba ido.
—Lupita… —susurró—. Vete… corre…
—No me voy sin ti. Ni sin la libreta. —Mis manos fueron directo a su bota derecha. Estaba apretada. Tiré de ella con fuerza. Roberto gimió de dolor.
—¡Aguanta! —le dije, jalando con desesperación.
La bota salió. Y ahí estaba. Doblada, metida entre el cuero y el calcetín sucio. Una pequeña libreta de pastas negras, de esas baratas que venden en la papelería de la esquina.
La agarré y me la metí en el resorte de mis pantalones, pegada a la piel.
—¡Vámonos! —le dije, tratando de levantarlo.
Pero él negó con la cabeza. Me sonrió, una sonrisa triste y sangrienta.
—No puedo, mija. Tengo las piernas rotas. Me quebraron las rodillas. —Sus manos, temblorosas, agarraron mis hombros—. Tú tienes que salir. Tienes que llevarle eso a tu abuela. Ahí dice dónde los llevaron. Ahí dice dónde está la fosa.
Sentí un frío helado en el estómago.
—¿Fosa? —pregunté, con las lágrimas nublándome la vista.
—No todos… no todos están muertos —se apresuró a decir—. A los fuertes se los llevaron a trabajar. A un rancho en Tamaulipas. “El Olvido”, se llama. Tu papá… tu papá era fuerte. Él debe estar ahí.
El techo de la bodega crujió. Una viga cayó en la nave principal con un estruendo terrible. El fuego rugía como un monstruo hambriento.
—¡Vete, Lupita! —me empujó con la poca fuerza que le quedaba—. ¡Hazlo por él! ¡Hazlo por Pedro!
Lo miré una última vez. Quería abrazarlo. Quería decirle que lo sentía. Que él no era basura. Que era un héroe.
—Gracias, Roberto —le dije, dándole un beso rápido en la frente sudorosa.
—Corre, chamaca. Corre como el viento.
Y corrí.
Salí por la puerta lateral justo cuando el Patrón entraba gritando a la oficina, buscando algo, probablemente la libreta o su dinero. No me vio. El humo era mi aliado.
Me interné en el monte, entre los matorrales espinosos que me rasguñaban los brazos y la cara, pero no sentía dolor. Solo sentía el peso de la libreta contra mi cintura y el sonido de las sirenas de bomberos y policía acercándose a lo lejos.
Caminé toda la noche. Guiándome por las luces de la ciudad a lo lejos y por la luna. Mi tobillo palpitaba como si tuviera un corazón propio, hinchado como un melón. Tenía sed, tenía miedo, pero tenía una misión.
Al amanecer, llegué a la carretera. Un camión de pollos se detuvo. El chofer, un señor gordo con cara de buena gente, me miró con lástima.
—¿Qué te pasó, mi hija? Pareces salida de una guerra.
—Me perdí, señor —mentí, con esa facilidad que da la supervivencia—. ¿Me da un aventón al Bordo de Xochiaca? Mi abuela me va a matar.
El señor me subió. Me dio una manzana y una Coca-Cola. Me quedé dormida en el asiento, abrazando mi cintura donde estaba la libreta.
Cuando desperté, estábamos llegando. El olor familiar a basura me recibió como un abrazo de madre. Me bajé en la entrada del basurero, dándole las gracias al chofer.
Corrí hacia mi casa. O lo que esperaba que fuera mi casa.
Cuando llegué, me detuve en seco.
La puerta no estaba. Había cintas amarillas de “PRECAUCIÓN” rodeando nuestro jacal. Había vecinos chismosos mirando desde lejos.
Mi corazón se detuvo.
—¿Abuela? —llamé, con un hilo de voz.
Una vecina, Doña Marta, se me acercó corriendo. Tenía los ojos rojos.
—¡Lupita! ¡Niña, estás viva! —me abrazó, aplastándome contra su pecho enorme—. Pensamos que te habían llevado para siempre.
—¿Dónde está mi abuela? —pregunté, separándome de ella, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.
—Se la llevaron, mija.
—¿Quiénes? ¿Los hombres malos? —Sentí que me desmayaba. Si se la habían llevado ellos, ya estaba muerta.
—No, no. La ambulancia. La Cruz Roja. —Doña Marta se persignó—. Esos malditos la golpearon feo, Lupita. La dejaron medio muerta. Pero tu abuela es dura. Cuando llegaron los paramédicos, ella no dejaba de gritar tu nombre y algo de un camión. Se la llevaron al Hospital General.
Me dejé caer al suelo. Estaba viva. Golpeada, rota, pero viva.
Y yo tenía la libreta.
Saqué el cuaderno negro de mi pantalón. Lo abrí con manos temblorosas. Las hojas estaban manchadas de sudor y tierra, pero la letra de Roberto era clara, redonda.
Había listas de fechas. Placas de camiones. Cantidades de dinero. Y nombres. Muchos nombres.
Busqué la fecha de hace cinco años. Pasé las hojas rápido.
Ahí estaba.
14 de Mayo. Ruta Norte. Carga: 40 unidades.
Y abajo, una lista de nombres garabateados apresuradamente, tal vez copiados de identificaciones que les quitaban.
Juan Pérez… María González… Pedro…
Mi dedo se detuvo.
Pedro Ramírez. (Fuerte. Apto para campo).
Y al lado, una nota en rojo: Destino: Rancho El Olvido, Tamaulipas.
Lloré. Lloré ahí mismo, en la tierra frente a mi casa vacía. Mi papá estaba vivo. Esclavo, prisionero, pero vivo. Y sabía dónde estaba.
Me levanté. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano sucia. Guardé la libreta en mi ropa interior, donde nadie la encontrara.
Tenía que ir al hospital. Tenía que ver a mi abuela. Teníamos que sanar. Y luego… luego íbamos a ir a Tamaulipas.
No sabía cómo. No tenía dinero. No tenía armas. Pero tenía la verdad. Y tenía la rabia de todo un pueblo que ha sido pisoteado.
Miré hacia el horizonte, hacia el norte.
—Espérame, papá —susurré—. Ya voy. Y no voy sola. Llevo a la abuela y llevo fuego.
Me di la media vuelta y empecé a caminar hacia la avenida para tomar el pesero al hospital. Mi cojera ya no me importaba. Me sentía gigante. Me sentía invencible.
Porque ya no era solo Lupita la pepenadora. Era Lupita, la hija de Pedro, la nieta de Cida, y la guardiana de la lista de los olvidados. Y el mundo iba a escucharnos rugir.
Llegué al Hospital General Gustavo Baz con el sol de mediodía quemándome la nuca. La gente en la sala de espera me miraba con asco y lástima. Una niña sucia, oliendo a humo y basura, con la ropa desgarrada. Pero no me importaba. Me acerqué a la ventanilla de informes. La enfermera, una mujer con cara de pocos amigos y demasiado maquillaje, ni siquiera levantó la vista de sus papeles.
—Disculpe —dije, poniéndome de puntitas para alcanzar el mostrador—. Busco a mi abuela. Doña Cida… bueno, se llama Felicidad Ramírez. La trajeron anoche del Bordo.
La enfermera me miró por encima de sus lentes, arrugando la nariz.
—¿Eres familiar? No puedes estar aquí así, niña. Esto es un hospital, no un albergue. Tienes que bañarte.
—Es mi abuela —insistí, golpeando el mostrador con mi puño pequeño—. Y si no me dice dónde está, voy a gritar hasta que venga el director.
La mujer suspiró, tecleó algo en su computadora vieja y resopló.
—Cama 304. Piso 3. Pero solo cinco minutos. Y no toques nada.
Corrí hacia las escaleras porque el elevador estaba descompuesto, como siempre. Subí los tres pisos con el corazón en la boca. El olor a desinfectante me mareaba. Busqué el número 304. Era una sala grande con muchas camas separadas por cortinas verdes.
Ahí estaba.
Se veía tan pequeña en esa cama de hospital. Tenía la cara hinchada, morada, casi irreconocible. Un vendaje le cubría la nariz y parte de la frente. Tenía un brazo enyesado y tubos conectados a su vena.
Me acerqué despacio, con miedo de romperla si hacía ruido.
—¿Abuela? —susurré.
Ella abrió los ojos. Le costó trabajo enfocarse. Pero cuando me vio, a pesar del dolor, a pesar de la hinchazón, sus ojos brillaron. Intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor.
—Mi niña… —su voz era un graznido débil—. Pensé… pensé que te habían llevado.
Le agarré la mano buena. Estaba rasposa, caliente.
—Me escapé, abuela. Soy más lista que ellos. —Me acerqué a su oído—. Y tengo algo. Tengo la libreta de Roberto. Sé dónde está mi papá.
El cuerpo de mi abuela se tensó. Apretó mi mano con una fuerza sorprendente.
—¿Está…?
—Vivo, abuela. Está vivo. En un rancho en el norte. Trabajando.
Doña Cida cerró los ojos y dos lágrimas rodaron por sus mejillas amoratadas, perdiéndose en las vendas.
—Dios es grande… —murmuró—. Dios aprieta pero no ahorca.
—Tenemos que sacarte de aquí —le dije—. Tenemos que ir por él.
—No, mija… mírame. —Señaló su cuerpo roto—. Yo no sirvo para nada ahorita. Si vamos así, nos matan antes de llegar a la esquina. Necesitamos ayuda.
—¿Ayuda de quién? La policía está con ellos, abuela. Vi cómo saludaban a los federales en la carretera.
Mi abuela me miró con una intensidad que me asustó.
—No de la policía, Lupita. Necesitamos ayuda de la gente. De nuestra gente.
—¿Quién? ¿Los vecinos? Si todos tienen miedo.
—No… —Negó con la cabeza—. Busca al Padre Chucho.
—¿El cura de la iglesia de lámina? —pregunté incrédula—. ¿El que siempre está borracho con vino de consagrar?
—Ese mismo. Antes de ser cura… antes de tomar los hábitos… él era otra cosa. Él conoce el norte. Él sabe de estas cosas. Dile que Cida lo manda llamar. Dile que es hora de pagar la deuda del 95.
No entendía de qué hablaba, pero el tono de mi abuela no admitía discusiones.
—Ve, Lupita. Ve con cuidado. No dejes que nadie te vea la libreta. Y tráeme al Padre Chucho.
Le di un beso en la mano.
—Voy a volver, abuela. Te lo juro.
Salí del hospital con una nueva misión. El miedo seguía ahí, agazapado en mi estómago, pero ahora tenía dirección. Tenía un plan.
Caminé de regreso hacia el Bordo, pero esta vez evité mi casa. Fui directo a la pequeña capilla construida con desperdicios y fe, en la orilla del asentamiento. El Padre Chucho estaba sentado afuera, en una silla de plástico blanca, con su sotana raída y manchada de comida. Estaba dormitando bajo el sol.
Me acerqué y le toqué el hombro.
—Padre… Padre Chucho.
Se despertó sobresaltado, manoteando como si espantara moscas. Tenía los ojos inyectados en sangre y olía a alcohol barato.
—¿Qué? ¿Qué quieres? No hay limosna hoy, niña. Vete a jugar.
—Soy Lupita. La nieta de Doña Cida.
El nombre de mi abuela pareció despejarle la borrachera un poco. Me miró fijamente.
—¿La Cida? ¿Qué le pasó? Supe que hubo relajo en su casa.
—La golpearon. Está en el hospital. Se llevaron a un hombre que teníamos escondido. Un hombre que sabía dónde está mi papá.
El cura se frotó la cara con las manos, suspirando.
—Cosas del diablo, niña. Cosas del diablo. Mejor recen.
—Ya rezamos, Padre. Ahora necesitamos acción. —Me acerqué más, bajando la voz—. Tengo pruebas. Tengo una lista. Sé dónde tienen a los desaparecidos. Y mi abuela me dijo que viniera por usted. Dijo que es hora de pagar la deuda del 95.
El Padre Chucho se quedó petrificado. El color se le fue de la cara, dejándolo cetrino. Se levantó de la silla lentamente, y de repente, ya no parecía un viejo borracho. Parecía más alto. Más peligroso.
—¿Dijo eso? —preguntó, con voz grave y sobria.
—Sí. Dijo que usted conoce el norte. Que usted era… otra cosa.
El cura miró hacia la cruz torcida que coronaba su iglesia de basura. Luego me miró a mí, a mis ojos, buscando la mentira. No la encontró.
—Entra —dijo seco, señalando la puerta de la capilla—. Tenemos que hablar. Y tenemos que esconder esa lista antes de que nos maten a todos.
Entré a la oscuridad de la iglesia, donde las veladoras parpadeaban como pequeñas esperanzas. El Padre Chucho cerró la puerta detrás de nosotros y echó el cerrojo.
—Si lo que dices es verdad, niña… —se dio la vuelta, y sus ojos brillaban con una luz antigua y temible—. Si sabes dónde está “El Olvido”… entonces vamos a tener que bajar al infierno para sacarlos. Y yo conozco el camino, porque yo viví ahí.
Se arremangó la sotana. En su antebrazo, tatuado con tinta vieja y borrosa, había una calavera y unas letras que apenas pude leer: Z-14.
—Enséñame la libreta, Lupita —ordenó.
Se la di. Él la ojeó, pasando las páginas con dedos expertos. Se detuvo en la página de Tamaulipas. Leyó los nombres. Apretó la mandíbula.
—Malditos perros… —murmuró—. Siguen usando las mismas rutas.
Cerró la libreta y me miró.
—Prepárate, Lupita. Vas a dejar de ser niña hoy mismo. Vamos a ir al hospital por tu abuela. La vamos a sacar, aunque sea en silla de ruedas. Y luego… nos vamos al norte. Pero no vamos a ir solos.
—¿Con quién vamos? —pregunté.
El Padre Chucho sonrió, y fue una sonrisa que me dio más miedo que el Patrón.
—Tengo viejos amigos que le deben favores a Dios… y a mí. Gente que sabe pelear contra el diablo. Vamos a armar un ejército, mija. Un ejército de los que no tienen nada que perder.
Afuera, el viento soplaba fuerte, levantando polvo y basura. Pero adentro, algo más fuerte se estaba levantando. La guerra por mi papá, por Roberto, y por todos los que nadie busca, acababa de empezar. Y yo, Lupita, iba al frente.
PARTE 4: EL RUGIDO DE LOS OLVIDADOS
El sonido del cerrojo de la iglesia cerrándose fue el punto final de mi infancia. Ahí, entre santos de yeso descarapelados y el olor a cera derretida, vi cómo el Padre Chucho dejaba de ser el cura borracho del barrio para convertirse en algo mucho más antiguo y peligroso. Se quitó la estola morada que llevaba al cuello, la besó con respeto y la dobló sobre el altar. Luego, se dirigió a la sacristía, una cuartito húmedo detrás del altar mayor.
—Ven, niña —me llamó.
Lo seguí. El cuarto estaba lleno de cajas de despensa viejas, pero él movió un armario pesado de madera con una facilidad que no correspondía a su edad. Detrás, había una caja fuerte empotrada en la pared, cubierta de moho. Giró la combinación: izquierda, derecha, izquierda. El clic metálico resonó en el silencio.
Cuando la abrió, no vi cálices de oro ni dinero de las limosnas. Vi teléfonos. Varios teléfonos celulares viejos, de esos “cacahuates” que la gente usaba hace años, y una pistola escuadra negra, mate, que parecía absorber la poca luz del cuarto. También había fajos de billetes, dólares y pesos, amarrados con ligas.
—Pensé que ya nunca iba a abrir esta madre —dijo Chucho, tomando uno de los teléfonos. Su voz sonaba diferente, más grave, sin el arrastre del alcohol—. Pero las deudas de sangre se pagan con sangre o con salvación. Y creo que ya me tardé mucho en pagar la mía.
Empezó a marcar. No miraba la libreta de contactos; se sabía los números de memoria.
—¿Bueno? —dijo al teléfono—. Soy yo… El Z-14. Sí, sigo vivo, cabrón. No, no te hablo para eso. Necesito los fierros. Y necesito a los muchachos. A los que queden… Sí, es una misión suicida. ¿Cuándo no lo ha sido? Te veo en el deshuesadero del “Tuercas” en una hora. Trae todo lo que tengas.
Colgó y marcó otro número. Y otro. Escuché cómo hablaba con gente de nombres extraños: “El Mudo”, “La Liebre”, “El Carnicero de Ecatepec”. Cada llamada era una sentencia. Estaba despertando a fantasmas, a hombres que, como él, habían dejado esa vida o se escondían de ella, pero que aún le debían lealtad a ese tatuaje en su brazo.
—Lupita —me dijo, guardando la pistola en la cintura, debajo de la sotana—. Tú tienes la brújula. Tienes la libreta. Pero yo tengo el mapa del infierno. Ese rancho, “El Olvido”, lo conozco. Antes era una casa de seguridad de los antiguos jefes. Es una fortaleza. Si tu papá sigue ahí, está en la boca del lobo.
—No me importa —le dije, apretando los puños—. Vamos a entrar.
—Vamos a entrar —afirmó él—. Pero primero, necesitamos a tu generala. No podemos irnos sin Doña Cida. Ella es la moral de esta tropa.
Salimos de la iglesia. El sol de la tarde caía pesado sobre el Bordo de Xochiaca. Pero el aire se sentía distinto. Ya no olía solo a basura. Olía a tormenta eléctrica.
Caminamos hacia el taller mecánico que está en la entrada de la colonia, el del “Tuercas”. Es un lugar lleno de chatarra, perros flacos y grasa. Ahí ya nos esperaban. No eran soldados con uniformes. Eran pepenadores, mecánicos, albañiles. Hombres con las manos curtidas y la mirada dura. Estaba “El Tuercas”, un gigante lleno de grasa con una llave inglesa en la mano. Estaba Doña Toña, la señora que vende tamales pero que todos saben que defendió su puesto a machetazos de unos extorsionadores. Y había tres hombres que no eran del barrio, hombres con cicatrices en la cara y camionetas blindadas de forma casera.
Cuando el Padre Chucho llegó, todos guardaron silencio.
—Raza —dijo Chucho, parándose sobre una llanta de tractor—. Ustedes saben quién fui. Y saben quién soy. Dios me perdonó la vida muchas veces, y yo pensé que era para rezar. Pero hoy, esta niña —me señaló— me enseñó que Dios también quiere que peleemos.
Todos me miraron. Me sentí pequeña, pero levanté la barbilla.
—Se llevaron a mi papá hace cinco años —grité, para que me oyeran hasta atrás—. Y ayer casi matan a mi abuela y a un hombre inocente. Tienen una lista. Tienen a cientos de los nuestros esclavizados en el norte. Yo sé dónde están. ¿Quién me va a ayudar a traerlos a casa?
El Tuercas golpeó su llave inglesa contra un cofre de metal. Un sonido seco, fuerte.
—Yo voy, carnalita —dijo—. Mi hermano se fue al norte y nunca volvió. Si hay chance de encontrarlo, o de vengar a los que no volvieron, yo voy.
—¡Y yo! —gritó Doña Toña—. ¡Ya basta de que nos pisen!
Un murmullo de aprobación recorrió el taller. Chucho asintió.
—Bien. El plan es simple. Vamos al hospital por Doña Cida. Luego, agarramos la carretera. Nadie se para. Si la policía nos detiene, yo hablo. Si nos tiran, tiramos. Vamos a Tamaulipas.
LA EXTRACCIÓN
Llegar al hospital fue la parte fácil. Lo difícil fue sacar a mi abuela sin que los médicos llamaran a la policía. Chucho entró con su sotana puesta, imponiendo respeto. Yo iba detrás.
—Vengo a darle los santos óleos a la paciente —mintió Chucho a la enfermera de la entrada, con una voz tan solemne que la mujer se persignó y nos dejó pasar.
Entramos a la habitación 304. Mi abuela estaba despierta, mirando el techo. Cuando nos vio, intentó incorporarse.
—Les dije que no tardaran —dijo, con una media sonrisa dolorosa—. Ya me estaba aburriendo de este lugar. Huele a muerte y yo todavía tengo mucha vida.
—Vámonos, Cida —dijo Chucho—. El carruaje espera.
El Tuercas entró cargando una silla de ruedas que se había “encontrado” en el pasillo. Entre los dos, levantaron a mi abuela. Ella gimió de dolor por sus costillas rotas y el brazo enyesado, pero no se quejó.
—Pásame mi ropa, Lupita —me ordenó—. No voy a ir a la guerra en bata de hospital con el culo al aire.
La vestimos rápido. Salimos por la puerta de servicio, donde las camionetas ya estaban con los motores encendidos. Eran cinco vehículos. Dos camionetas pick-up viejas pero reforzadas con placas de acero en las puertas, un camión de redilas donde iban los “soldados” del barrio, y la Suburban blindada de los amigos de Chucho.
Subimos a mi abuela en el asiento del copiloto de la camioneta líder, donde iba Chucho manejando. Yo me subí en medio de los dos.
—Sujétense —dijo Chucho, metiendo primera—. Que el camino es largo y el diablo nos espera en la meta.
LA CARRETERA DEL DIABLO
El viaje hacia el norte es una herida abierta que atraviesa México. Salimos del Estado de México cuando el sol se ponía, dejando atrás el caos de la ciudad para entrar en la oscuridad de las autopistas.
Las primeras horas fueron de silencio tenso. Solo se oía el zumbido de las llantas y la radio de onda corta que Chucho usaba para comunicarse con los otros vehículos.
—Atentos, Águila 1, aquí Nido. Hay un retén de la Guardia Nacional en el kilómetro 45. Prepárense.
Mi abuela iba rezando el rosario en voz baja, pasando las cuentas con sus dedos callosos. Yo miraba por la ventana, viendo cómo los cerros se convertían en siluetas negras contra el cielo estrellado.
—Padre… —dije, rompiendo el silencio—. ¿Usted mató gente?
Chucho no quitó la vista del camino. Sus nudillos estaban blancos sobre el volante.
—Lupita, en la vida que yo llevaba, no había gente. Había objetivos. Había obstáculos. —Suspiró, un sonido profundo que parecía venir de su alma—. Sí. Maté. Y por eso me hice cura. Para tratar de equilibrar la balanza. Pero la sangre no se lava con agua bendita, mija. Se lava haciendo lo correcto cuando cuenta.
—¿Y esto es lo correcto? —pregunté—. ¿Ir a m*tar más gente?
—Esto no es m*tar, mija. Esto es rescatar. Es justicia. Y a veces, la justicia tiene que llevar espada porque la ley se quedó ciega.
Llegamos al retén. Luces azules y rojas parpadeaban en la oscuridad. Había conos naranjas y soldados con armas largas. Mi corazón se aceleró.
—Tranquilas —dijo Chucho—. Nadie saque nada. Yo hablo.
Bajó la ventanilla cuando el soldado se acercó con la linterna. La luz nos cegó por un momento.
—Buenas noches. Revisión de rutina. ¿A dónde se dirigen?
Chucho se acomodó el cuello de la sotana para que fuera visible.
—Buenas noches, hijo. Vamos en peregrinación. Llevamos a una hermana enferma a un santuario en el norte, a cumplir una manda. —Señaló a mi abuela, que actuó su papel cerrando los ojos y gimiendo suavemente.
El soldado bajó un poco la luz al ver la sotana y a la anciana herida.
—Padre… es peligroso andar por aquí a estas horas. La carretera no es segura.
—Lo sé, hijo. Pero la fe mueve montañas, y nosotros vamos con Dios. ¿Nos permite pasar? Llevamos prisa antes de que la hermana empeore.
El soldado dudó. Miró hacia la camioneta de atrás, llena de hombres con aspecto rudo.
—¿Y ellos?
—Son los penitentes. Hombres que buscan el perdón de sus pecados ayudando en la misión.
El soldado nos miró un segundo más, luego asintió y nos hizo señas para pasar.
—Vayan con Dios, Padre.
Cuando arrancamos y nos alejamos, solté el aire que había estado conteniendo.
—Eso estuvo cerca —dijo mi abuela, abriendo un ojo—. Eres buen mentiroso para ser cura, Chucho.
—No mentí, Cida. Todos somos penitentes aquí. Y vamos a un santuario… el santuario del dolor.
Pasamos Querétaro, San Luis Potosí. El paisaje se volvió árido. Cactus, tierra seca, soledad. En cada parada para echar gasolina, la tensión aumentaba. Veíamos “halcones” —vigilantes del crimen organizado— en las esquinas, muchachos en motonetas con radios, que nos miraban pasar y reportaban. Sabían que íbamos. No sabían quiénes éramos, pero sabían que una caravana extraña cruzaba su territorio.
—Ya saben que estamos aquí —dijo Chucho, mirando el retrovisor—. No tardan en intentar pararnos.
Y así fue. Entrando a Tamaulipas, en una carretera recta y vacía conocida como “La Ribereña”, vimos tres camionetas bloqueando el camino. Hombres armados estaban parados frente a ellas.
—¡Agárrense! —gritó Chucho por el radio—. ¡No nos paramos! ¡Abran paso!
Aceleró a fondo. El motor de la camioneta rugió. Los hombres del bloqueo, al ver que no disminuíamos la velocidad, empezaron a disparar.
El sonido de las balas golpeando el metal blindado sonaba como granizo. Ping, pang, clack.
—¡Abajo! —gritó mi abuela, empujando mi cabeza hacia sus rodillas.
Chucho no se inmutó. Mantuvo el volante firme. La camioneta golpeó a uno de los vehículos del bloqueo, apartándolo del camino con un chirrido de metal desgarrado y chispas. Pasamos. Las otras camionetas de nuestra caravana nos siguieron, disparando desde las ventanillas para cubrir la huida.
—¡Eso es! —gritó El Tuercas por el radio—. ¡Cómanse esa, perros!
Nadie salió herido de gravedad, solo vidrios rotos y nervios destrozados. Pero ya no había vuelta atrás. Habíamos declarado la guerra.
EL OLVIDO
Llegamos a las coordenadas que indicaba la libreta de Roberto poco antes del amanecer. “Rancho El Olvido”. Estaba en medio de la nada, rodeado de matorrales espinosos y silencio.
Apagamos las luces y los motores a un kilómetro de distancia. Bajamos. El aire olía a tierra y a estiércol.
—Lupita, dame la libreta —me pidió Chucho.
Iluminó el mapa dibujado a mano con una lámpara tenue.
—Aquí están las barracas —señaló—. Aquí guardan a la gente. Y aquí… —señaló la casa grande— aquí deben estar los jefes y las comunicaciones.
El ejército de los rotos se desplegó. Éramos unos treinta. Doña Cida se quedó en la camioneta con un revólver viejo que Chucho le dio.
—Si alguien se acerca, le tiras —le dijo.
—Tú tráeme a mi hijo, Chucho. No regreses sin él —le contestó ella, apretando el arma.
Nos acercamos reptando entre la maleza. Yo iba con Chucho. No me dejaron quedarme atrás; yo era la única que podía identificar a mi papá si él había cambiado mucho. Además, yo conocía la estructura de las bodegas por los dibujos de Roberto.
Vimos el rancho. Tenía muros altos y torres de vigilancia. Pero se veían confiados. Había música sonando a lo lejos, banda sinaloense. Estaban de fiesta o simplemente borrachos.
—El factor sorpresa es nuestra única ventaja —susurró Chucho—. Tuercas, ¿están listos los regalitos?
El Tuercas asintió. Sacó varias botellas de vidrio con trapos en la boquilla. Bombas molotov.
—A mi señal… —dijo Chucho.
Esperamos a que una nube tapara la luna.
—¡Ahora!
Las botellas volaron por el aire, girando, y cayeron dentro del perímetro. Fuego. El fuego es el gran igualador. Las llamas prendieron en los pastizales secos del patio y en una palapa de madera.
Las alarmas empezaron a sonar. Gritos. Disparos al aire.
—¡Adentro! —ordenó Chucho.
La camioneta blindada de sus amigos aceleró y embistió el portón principal, derribándolo. Nuestro ejército entró corriendo, gritando, disparando. No eran tácticos, pero eran feroces. Eran padres buscando hijos, hermanos buscando hermanos.
El caos se apoderó del rancho. Los sicarios, sorprendidos y borrachos, no sabían de dónde venían los tiros.
—¡Lupita, conmigo! —me jaló Chucho.
Corrimos hacia las barracas, unos galerones largos de lámina, similares a la bodega donde me tuvieron a mí. Chucho disparaba a cualquiera que se nos cruzara con una precisión letal. Yo corría agachada, sintiendo el calor del incendio en la cara.
Llegamos a la puerta del galerón. Tenía un candado enorme.
—¡Hazte a un lado! —gritó Chucho.
Disparó al candado. La puerta se abrió.
El olor que salió de ahí me golpeó como un puño. Olor a humanidad hacinada, a enfermedad, a suciedad. Adentro, en la penumbra, había cientos de ojos mirándonos con terror. Hombres y mujeres esqueléticos, sentados en colchonetas sucias.
—¡Somos amigos! —gritó Chucho—. ¡Venimos por ustedes! ¡Salgan! ¡Corran hacia el monte!
La gente dudaba. Estaban tan acostumbrados al miedo que no creían en la libertad.
—¡Busquen a Pedro! —grité yo, entrando y corriendo entre las filas de gente—. ¡Pedro Ramírez! ¡Papá!
Buscaba desesperadamente. Veía caras, muchas caras, pero ninguna era la de mi papá. Veía hombres jóvenes que parecían viejos, mujeres con la mirada vacía.
—¡Papá! —gritaba, llorando.
Al fondo del galerón, un hombre se levantó despacio. Estaba muy flaco, barbón, con el pelo largo y enmarañado. Cojeaba.
—¿Lupita? —preguntó, con una voz que sonaba a óxido y polvo.
Me detuve. Lo miré. Sus ojos… eran los ojos de mi papá. Tristes, pero eran los suyos.
—¡Papá! —Me lancé a sus brazos.
Él cayó de rodillas al recibir mi impacto. Me abrazó con una fuerza desesperada, llorando, temblando. Olía mal, olía a encierro, pero olía a papá.
—Mi niña… mi Lupita… ¿eres tú? ¿Estoy soñando? —me tocaba la cara, el pelo—. Estás tan grande…
—Soy yo, papá. Vinimos por ti. La abuela está afuera.
—¿Tu abuela? —Se rió entre lágrimas, una risa histérica—. Esa vieja loca… sabía que no me dejaría aquí.
—¡Vámonos! —dijo Chucho, apareciendo a nuestro lado—. ¡Están reagrupándose! ¡Tenemos que salir ya!
Ayudé a mi papá a levantarse. Estaba débil, pero la adrenalina lo mantenía en pie. Salimos del galerón. Afuera, la batalla era campal. El Tuercas y los demás estaban cubriendo la retirada de los secuestrados, que corrían hacia la oscuridad del desierto.
Pero entonces, vimos venir una camioneta negra, lujosa, directo hacia nosotros. Se frenó en seco y de ella bajó un hombre. No era el Patrón de la bodega. Era otro, más joven, con un chaleco táctico y un rifle de asalto dorado.
—¡Nadie se va de aquí! —gritó, levantando el arma.
Apuntó hacia nosotros. Hacia mi papá.
Todo pasó en cámara lenta. Vi el dedo del narco apretando el gatillo. Vi a Chucho empujarnos a mi papá y a mí hacia el suelo.
Rat-tat-tat-tat-tat.
El sonido fue ensordecedor. Sentí tierra en la boca. Esperé el dolor. Esperé la muerte.
Pero no llegó.
Levanté la cabeza.
El Padre Chucho estaba de pie frente a nosotros. Tenía los brazos abiertos, como en una cruz. Su sotana negra estaba agujereada, soltando polvo y humo.
Había recibido la ráfaga completa.
El narco se quedó sorprendido, como si hubiera disparado a un fantasma. Chucho no cayó. Con un esfuerzo sobrehumano, levantó su propia pistola.
—Ego te absolvo… hijo de la chingada —gruñó.
¡Bang!
Un solo tiro. Certero. Justo en la frente del sicario. El hombre del rifle dorado cayó muerto al instante.
Chucho se tambaleó. Se giró para mirarnos. Sonrió, con los dientes manchados de sangre.
—Corran… —susurró.
Y cayó. Cayó como un roble viejo, pesado, definitivo.
—¡NO! —grité, queriendo ir hacia él.
—¡Lupita, tenemos que irnos! —Mi papá me jaló—. ¡Ya no podemos hacer nada por él! ¡Hazle caso!
Me arrastró lejos del cuerpo de mi salvador, lejos del sacerdote que fue sicario, del pecador que compró su cielo con plomo y sangre. Lloré mientras corríamos, lloré más que cuando me pegaron, más que cuando tuve hambre.
Llegamos a las camionetas. Mi abuela estaba disparando por la ventana, cubriendo a los que subían. Cuando vio a mi papá, soltó el arma.
—¡Pedro! ¡Hijo mío!
Lo subimos a la caja de la camioneta. Yo me subí con él. El Tuercas tomó el volante de nuestra unidad.
—¡Vámonos! ¡Ya cumplimos! —gritó El Tuercas, con lágrimas en los ojos al ver que Chucho no venía.
Arrancamos. Dejamos atrás el Rancho El Olvido envuelto en llamas, una pira funeraria para el Padre Chucho y para los demonios que habitaban ahí.
EL REGRESO
El viaje de regreso fue diferente. Ya no había miedo. Había dolor, sí. Había luto. Pero había una sensación de victoria que llenaba el aire.
Mi papá no me soltó la mano en todo el camino. Me contaba, a pedazos, lo que había vivido. Los campos de trabajo forzado, el hambre, ver morir a sus amigos. Pero me decía que lo único que lo mantuvo cuerdo fue imaginar mi cara y las regañadas de mi abuela.
—Pensé que las había perdido —me decía, besándome la frente—. Pensé que era basura y que nadie buscaría en la basura.
—Nosotros somos del Bordo, papá —le dije—. En la basura encontramos tesoros. Y tú eres nuestro tesoro.
Llegamos a la Ciudad de México dos días después. La noticia ya estaba en todos lados. “Enfrentamiento en Tamaulipas”, decían las noticias. “Grupo armado libera a cientos de migrantes”. No decían que fue una niña de 12 años, una abuela en silla de ruedas y un cura ex-narco. Decían “comando desconocido”.
Mejor así.
Cuando entramos al Bordo de Xochiaca, fue como si entráramos a un palacio real. La gente salió de sus casas de lámina. Los vecinos que antes nos miraban con lástima, ahora nos miraban con asombro.
Doña Cida, a pesar de sus heridas, pidió que la bajaran. Quería entrar caminando (o cojeando, apoyada en mi papá) a su casa.
Vimos las cintas amarillas de la policía rotas por el viento. Entramos a nuestro jacal vacío.
Mi papá miró las paredes de cartón, el piso de tierra, el altar a la Virgen. Se arrodilló y besó el suelo.
—Hogar… —susurró.
Esa noche, hicimos una fogata afuera. No para quemar basura, sino para celebrar. Vinieron todos. El Tuercas trajo carne. Doña Toña trajo tamales. Celebramos la vida. Celebramos el regreso.
Y celebramos a Chucho. Pusimos su foto en el altar, junto a la Virgen. Una foto vieja donde se veía joven y serio.
—Salud por el Padre Chucho —brindó mi abuela con un vasito de tequila—. Que Dios lo tenga en su Santa Gloria, y si no lo deja entrar, seguro Chucho se mete a la fuerza por la ventana.
Todos reímos. Fue la primera vez que reí de verdad en mucho tiempo.
Me senté un poco apartada, mirando el fuego. Saqué la libreta negra de mi pantalón. La bitácora. Aún tenía muchos nombres. Muchos lugares.
Mi papá se sentó a mi lado. Ya se había bañado y rasurado. Se veía más joven, aunque sus ojos seguían teniendo sombras.
—¿Qué vas a hacer con eso, mija? —me preguntó, señalando la libreta.
La acaricié. Esa libreta había costado sangre.
—Hay más, papá. Hay más familias esperando. Hay más hijos buscando.
—¿Y tú los vas a buscar a todos?
Lo miré. Miré mis manos, pequeñas, con uñas rotas y cicatrices. Miré a mi abuela, que discutía alegremente con una vecina. Miré al Tuercas limpiando su camioneta baleada.
—Sola no —le dije—. Pero ya no estoy sola.
Me levanté y tiré la libreta al fuego.
Mi papá se sorprendió.
—¿Qué haces?
—Los nombres… ya me los aprendí de memoria —dije, tocándome la sien—. Y los lugares también. Esa libreta es peligrosa si la encuentran los malos. Pero en mi cabeza, nadie puede entrar.
El fuego consumió el papel, llevándose las pruebas, pero no la misión.
Me llamo Lupita. Tengo 12 años. Soy pepenadora. Soy mexicana. Y descubrí que el mundo no se cambia pidiendo permiso. Se cambia cuando los que no valemos nada decidimos que valemos todo.
Mi papá me abrazó, y por primera vez en mi vida, no sentí frío. Sentí que el futuro, aunque difícil, era nuestro.
El Bordo seguía oliendo a basura, sí. Pero esa noche, si respirabas profundo, podías oler algo más.
Olía a libertad.
FIN.