
Me llamo Beto. Y sí, ya sé lo que parezco.
Soy alto, ancho como un ropero, con tatuajes que me suben hasta el cuello y una chaqueta de cuero que rechina cuando me muevo. La gente en la calle se abre paso cuando camino, por puro instinto, como si mi sola presencia gritara “problemas”.
Normalmente, me vale madre. A veces hasta me conviene. Pero ese día, en la sala de espera de la veterinaria, yo solo era un tipo más con el celular en la mano, fingiendo que no me importaba nada.
Hasta que entró él.
Era un señor ya mayor, de unos ochenta años, de esos que se nota que han trabajado sol a sol toda la vida. Su ropa estaba limpia, pero gastada; una chamarra con el cierre vencido y una gorra despintada. Caminaba despacito, negociando cada paso con sus rodillas cansadas.
A su lado, arrastrando las patas, iba un perro que me pegó justo en el recuerdo. Un cruce de labrador, con el hocico ya blanco de tantas canas, como nieve vieja. Se notaba que tres patas le funcionaban, pero la cuarta ya nomás la traía de adorno. Clic… arrastra. Clic… arrastra.
Llegaron al mostrador. El silencio en la sala era de esos que pesan, de los que calan los huesos.
La chica de recepción, con esa cara de quien ya no puede con su alma pero sigue sonriendo a la fuerza, le soltó la bomba: —Don Ureña, la consulta, el tratamiento nuevo para el dolor y los análisis… son cuatro mil novecientos pesos.
Vi cómo al viejo se le iba el color. Hizo un gesto pequeño, como si le hubieran apretado una herida que no cierra. Con una mano temblorosa, sacó una cartera que se caía a pedazos.
Empezó a sacar los billetes, alisándolos con un cuidado que dolía ver: uno de quinientos, uno de doscientos, otro de cien…. Y luego, sacó su tarjeta de nómina. —El resto cóbrelo de aquí, por favor —dijo bajito, con esa vergüenza de la gente decente que no quiere que el mundo sepa que anda bruja.
La chica pasó la tarjeta. Hubo un pitido corto. Y luego, ese sonido maldito. El que dice que no hay fondos.
La chica suspiró. —No pasa, Don Ureña. Está rechazada.
El señor se hizo chiquito ahí mismo. No de estatura, sino por dentro. —¿Y si… y si quitamos los análisis? —preguntó, tragándose el orgullo—. Solo deme las pastillas. Las necesita para dormir, el frío le entra en los huesos.
—No podemos recetar sin valores recientes, son las reglas. Lo siento mucho.
El perro, que no entendía de dinero pero sí de tristeza, se recargó en la pierna del viejo, como diciendo “aquí estoy, jefe”. El señor le acarició la cabeza y susurró: —La pensión me cae el día primero… ¿No podría fiarme unos días?.
—No podemos hacer excepciones —dijo ella.
El silencio se volvió insoportable. El viejo empezó a guardar sus billetes despacio, derrotado.
Y ahí fue cuando algo se me rompió a mí por dentro. Porque yo conocía esa mirada. Yo había estado ahí, con los bolsillos vacíos y un perro sufriendo.
Me levanté. Mis botas sonaron fuerte contra el piso. Caminé hacia el mostrador y puse mi tarjeta sobre la mesa, justo encima de la vergüenza y el miedo.
—Cóbrese todo —dije con mi voz ronca—. Consulta, análisis, medicinas. Y póngale también esas vitaminas para las articulaciones.
EL SEÑOR UREÑA SE GIRÓ ASUSTADO, MIRANDO MIS TATUAJES Y MI CARA DE POCOS AMIGOS, Y CON LOS OJOS LLENOS DE LÁGRIMAS ME DIJO ALGO QUE NO ESPERABA… ¿QUÉ HIZO CUANDO VIO QUIÉN LE ESTABA PAGANDO LA CUENTA?!
TÍTULO: LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR (PARTE 2)
El sonido de mi tarjeta de débito golpeando la melamina blanca del mostrador sonó seco, definitivo. Como cuando cierras la puerta de una celda o como cuando cae la última ficha de dominó en una mesa de cantina. Fue un golpe único que rompió el murmullo del aire acondicionado y el zumbido eléctrico de esas lámparas fluorescentes que te hacen ver la piel de color verde enfermo.
—Todo —repetí. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba, rasposa, como si tuviera grava en la garganta—. La consulta, las analíticas completas, las medicinas para el dolor. Y… —señalé con el dedo índice, ese donde tengo tatuada una pequeña cruz borrosa— añada también dos botes de esas chuches para las articulaciones. Las mejores que tenga. Que no le duelan las patas.
El silencio que siguió a mis palabras no fue paz; fue tensión pura. De esa tensión que se mastica, como cuando entras a un bar equivocado y la música se detiene.
El señor Ureña se giró. No lo hizo lento, como cuando caminaba. Lo hizo rápido, impulsado por un resorte interno que yo conocía muy bien: el orgullo. Ese orgullo maldito y necesario que es lo único que te queda cuando la vida te ha quitado la cartera, la juventud y la suerte. Me miró. Y no me miró como la gente suele mirarme a mí.
Normalmente, cuando la gente ve mis 1.90 de estatura, mi cabeza rapada, la barba de candado y la tinta negra que me sube desde los nudillos hasta perderse debajo de la mandíbula, ven a un delincuente. Ven peligro. Ven a alguien a quien no le pedirían la hora. Cruzan la calle. Agarran fuerte sus bolsos.
Pero Don Ureña no. Él me escaneó de arriba abajo con unos ojos que habían visto cosas peores que un tipo con chamarra de cuero en una veterinaria. Me midió. Y su primera reacción no fue gratitud. Fue rechazo.
—No —dijo.
Fue un “no” rotundo. Seco. Sin agresividad, pero firme como una pared de ladrillos.
—Yo no acepto limosna, joven.
La palabra “limosna” se quedó flotando en el aire, pesada y fea. Me dolió más que un golpe en la quijada. Porque yo sabía lo que se sentía estar en sus zapatos. Sabía que para un hombre de su generación, educado en la cultura del esfuerzo, del “rascarse con sus propias uñas”, aceptar que un extraño te pague las cuentas es casi peor que la enfermedad misma. Es admitir que has fallado. Que ya no eres el proveedor. Que eres vulnerable.
La chica de la recepción se quedó paralizada, con mi tarjeta en la mano, mirando de él a mí como si estuviera viendo un partido de tenis donde la pelota es una granada de mano a punto de estallar.
—No es limosna, jefe —le contesté, tratando de suavizar el tono, aunque yo no sirvo para hablar bonito. Busqué en mi cabeza alguna frase que no sonara a lástima, porque la lástima es veneno para el alma de un hombre—. Digamos… digamos que hoy me tocaba a mí. Es un préstamo del karma, si quiere verlo así.
El viejo negó con la cabeza, apretando los labios hasta que se le pusieron blancos. Sus manos, llenas de manchas de la edad y con las venas saltadas como ríos azules en un mapa, se cerraron sobre su cartera vacía.
—Es demasiado dinero —insistió, y por primera vez noté un temblor en su voz, una grieta en su armadura—. Usted no sabe quién soy. No tiene por qué hacer esto. Yo… yo veré cómo le hago. La semana que entra…
—La semana que entra al perro le va a seguir doliendo —le corté. Fui brutalmente honesto, porque la cortesía no iba a salvar al animal—. Y usted no va a dormir pensando en que le duele.
El perro, Tizón, que hasta ese momento había estado quieto como una estatua de resignación, soltó un suspiro largo. Se sentó con dificultad, dejando caer el peso de su cadera mala contra el zapato gastado de su dueño. Levantó la vista hacia mí. Tenía esos ojos nublados por las cataratas, pero había una inteligencia ahí. Me estaba oliendo. Y los perros no juzgan por los tatuajes; juzgan por la vibra. Tizón sabía que yo no era una amenaza.
El señor Ureña miró a su perro, y luego me miró a mí de nuevo. Estaba atrapado entre su dignidad y el amor por su compañero. Esa es la peor encrucijada del mundo.
Respiré hondo. El aire de la clínica olía a desinfectante barato, a alcohol y a miedo animal. Me di cuenta de que las palabras no iban a funcionar. Don Ureña necesitaba saber que no era un acto de caridad de un “ricachón” excéntrico (aunque yo de rico no tengo un pelo), sino un acto de solidaridad entre soldados de la misma guerra.
—Mire —le dije, y empecé a desabrocharme el botón de la manga de mi chamarra de cuero. El cuero crujió. Me subí la manga de la camisa negra que llevaba debajo.
Dejé al descubierto mi antebrazo izquierdo. Ahí, entre calaveras y tribales que me hice cuando era un escuincle estúpido, había un tatuaje diferente. Era un retrato. No era un tatuaje de línea fina, de esos modernos. Era tinta negra, sólida, un poco descolorida por el sol y los años.
Era la cara de un perro. Un mestizo, orejón, con una cicatriz cruzándole el ojo derecho y una expresión de lealtad infinita.
—Se llamaba Bronce —dije. Mi voz cambió al pronunciar su nombre. Siempre cambia. Se vuelve más suave, más niña—. No era de raza. No tenía pedigrí. Lo encontré en una caja de zapatos cerca del canal, cuando era apenas una rata peluda que cabía en mi mano.
El señor Ureña bajó la vista hacia mi brazo. Entornó los ojos para enfocar mejor. La recepcionista también se asomó, curiosa.
—Yo tenía veintitantos años —continué, y sentí cómo los recuerdos me golpeaban como una marea—. Andaba perdido, jefe. De verdad perdido. Metido en broncas, sin chamba fija, viviendo en un cuarto de azotea donde se metía más el agua que afuera. A veces comía yo, a veces comía él. Y muchas veces, compartíamos una torta de jamón y nos íbamos a dormir con la panza haciendo ruido.
Hice una pausa. Recordé las noches de frío, con Bronce hecho bola en mis pies, dándome el único calor que tenía en la vida. Recordé cómo me defendía de los borrachos, cómo me esperaba en la puerta moviendo la cola aunque yo llegara con las manos vacías y oliendo a fracaso.
—Un día… —tragué saliva. Esa parte de la historia siempre se me atora en la garganta como un hueso de pollo—. Un día Bronce se enfermó. Fue algo del estómago. Una infección fuerte. Empezó a vomitar, dejó de comer. Se me estaba secando en vida. Yo… yo no tenía un peso. Literalmente. Tenía puras monedas en el pantalón.
Vi cómo los ojos de Don Ureña se humedecían. Él sabía lo que venía. Él estaba viviendo la precuela de mi historia.
—Fui a tres veterinarias —le conté, mirando al vacío, pero viéndolo todo de nuevo—. En la primera me dijeron que sin pago por adelantado no lo tocaban. En la segunda me dijeron que mejor lo durmiera, que me salía más barato. En la tercera… en la tercera me dejaron esperando afuera mientras atendían a un caniche que solo iba por un corte de pelo.
Apreté el puño sobre el mostrador.
—Hice cuentas. Vendí una cadena de plata que me había regalado mi jefa. Pedí prestado a unos tipos a los que no se les debe pedir prestado. Pero me tardé, señor. Me tardé dos días en juntar la lana. Y para cuando llegué con el dinero… Bronce ya no aguantó. Se me fue en la noche, en ese cuarto frío, lamiéndome la mano mientras yo le pedía perdón por ser un jodido inútil.
El silencio en la sala de espera era absoluto. Ni el teléfono sonaba. El perrito que ladraba al fondo se había callado.
Me volví a bajar la manga, cubriendo la cara de Bronce, aunque él siempre va conmigo.
—Desde entonces —dije, mirando a Don Ureña directo a los ojos, de hombre a hombre—, me prometí que si alguna vez la vida me daba un poco de suerte, y yo veía a alguien pasando por lo mismo… no iba a permitir que la historia se repitiera. No si yo podía evitarlo.
Señalé a Tizón con la barbilla.
—Ese perro de ahí no sabe de orgullo, señor. Ni de dinero, ni de pensiones que llegan tarde. Él solo sabe que le duelen los huesos y que usted es su dios. No le quite la medicina por pena conmigo. Hágalo por él. Porque él lo haría por usted sin pensarlo medio segundo.
Los ojos del señor Ureña se desbordaron. No fue un llanto ruidoso. Fue silencioso, digno. Dos lágrimas resbalaron por los surcos profundos de sus mejillas, perdiéndose en la barba rala de tres días.
Bajó la mirada, avergonzado de su propia emoción. Se sorbió la nariz discretamente y asintió, muy levemente. Era su rendición. Pero no era una derrota. Era un acto de amor.
—Está bien… —murmuró, con la voz rota—. Está bien. Gracias.
Pero no terminó ahí. El viejo, con las manos temblorosas, volvió a abrir esa cartera que parecía haber sobrevivido a tres guerras mundiales. Sus dedos torpes buscaron en un compartimento de plástico opaco, amarillento por el tiempo.
Sacó una foto.
Era una fotografía pequeña, de esas de tamaño infantil, a color, pero con los colores ya virados al magenta por los años. Me la extendió con una reverencia, como si me estuviera entregando un tesoro nacional.
Me acerqué para verla.
En la foto había una mujer. Tendría unos cincuenta años en la imagen. Tenía el cabello peinado con laca, muy de los noventa, y una sonrisa que iluminaba todo el encuadre. Sus ojos brillaban con picardía. Y en sus brazos, sostenía a un cachorro negro, gordo y torpe, que parecía un oso de peluche. Las patas del cachorro eran enormes, desproporcionadas.
—Ella es mi Nerea —dijo Don Ureña. Al pronunciar su nombre, su postura cambió. Se enderezó un poco. Su voz se llenó de una ternura que casi se podía tocar—. Y ese cachorro que apenas podía sostener… es Tizón.
Miré al perro viejo que estaba en el suelo, respirando con dificultad, y luego al cachorro de la foto. Era el ciclo de la vida en un pedazo de papel.
—Ella lo escogió —siguió contando el señor, y ahora parecía que necesitaba hablar, que necesitaba sacar todo eso que llevaba atorado en el pecho—. Fuimos al mercado un domingo. Yo no quería perro. Decía que eran mucha lata, mucho gasto. Pero Nerea… ay, Nerea era terca como una mula cuando se le metía algo en la cabeza. Vio a este negrito en una caja, el más feo, el que nadie quería porque tenía una pata chueca de nacimiento. Y dijo: “Ese es, Viejo. Ese se viene con nosotros”.
El señor sonrió, una sonrisa triste y hermosa a la vez.
—Tizón estuvo con ella cuando enfermó. —Su voz bajó de volumen, volviéndose un susurro confidencial—. Cuando el cáncer le pegó duro, y ella ya no se podía levantar de la cama, este perro no se movía de su lado. No salía ni a orinar si yo no lo obligaba. Se pasaba las horas con la cabeza puesta en su mano.
Don Ureña tragó saliva, luchando contra el nudo en su garganta. Acarició la cabeza de Tizón, que cerró los ojos ante el contacto familiar.
—La noche que Nerea se fue… —hizo una pausa larga, tomando aire—. Antes de que se la llevaran al hospital por última vez, me agarró la mano y me hizo prometerle una cosa. Me dijo: “Viejo, no me preocupa irme. Me preocupa que te quedes solo. Y me preocupa el Tizón. Prométeme que lo vas a cuidar como si fuera yo. Que nunca le va a faltar nada”.
El señor levantó la vista y me miró con una intensidad que me erizó la piel.
—Le prometí que cuidaría de él. Y lo intento, joven. Le juro por Diosito santo que lo intento cada día. Pero la pensión… la pensión se hace agua entre las manos. Las medicinas mías, la luz, el gas… y ahora esto. Sentí que le estaba fallando a ella. Que estaba rompiendo mi promesa.
Sentí un golpe en el pecho, más fuerte que cualquier patada que me hubieran dado en una pelea callejera. Entendí entonces que no estaba pagando solo unas medicinas. Estaba comprando paz mental para un hombre que vivía de recuerdos. Estaba ayudando a mantener viva una promesa de amor hecha en un lecho de muerte. Tizón no era solo un perro; era el último hilo que conectaba a Don Ureña con el amor de su vida. Mientras Tizón estuviera bien, una parte de Nerea seguía viva en esa casa.
La chica de la recepción, que había estado escuchando todo sin atreverse a respirar, se limpió una lágrima furiosa con el dorso de la mano. Sin decir una palabra más, tomó mi tarjeta y la deslizó por la terminal.
Biiip.
El sonido de la aprobación fue la música más bonita que escuché en todo el día.
La impresora escupió el recibo con un ruidito mecánico: crrr-crrr-crrr. La chica arrancó el papel, grapó la receta y me lo pasó para firmar.
Garabateé mi firma. Ni siquiera miré el total. No importaba. Me hubiera gastado el doble. Me hubiera quedado sin comer yo una semana con tal de borrar la angustia de la cara de ese señor.
La chica se movió rápido ahora, con eficiencia renovada. Fue a la estantería de atrás y empezó a bajar cajas. —Aquí está el tratamiento para el dolor, son estas pastillas, una cada doce horas —explicó, poniendo las cajas sobre el mostrador—. Estas son las vitaminas, dos en el desayuno. Y el antibiótico. Y… —dudó un momento, luego sacó una lata de comida húmeda de marca premium, de esas que cuestan un ojo de la cara— y llévese esta latita de regalo para que se tome las pastillas a gusto hoy en la noche. Cortesía de la casa.
Don Ureña miraba todo aquel despliegue de cajas y frascos como si fueran lingotes de oro.
Cuando la chica metió todo en una bolsa de papel con el logo de la veterinaria, la deslicé suavemente por el mostrador hasta que quedó frente a él.
—Tome, jefe —dije—. Misión cumplida.
El señor Ureña agarró la bolsa con las dos manos, apretándola contra su pecho, como si temiera que alguien se la fuera a arrebatar o que fuera un sueño del que iba a despertar.
Se quedó mirándome un momento largo. Un momento eterno.
Y luego hizo algo que valió más que cualquier “gracias”.
Se soltó de la bolsa con una mano, se limpió la palma en el costado de su pantalón para quitarse el sudor nervioso, y me extendió la mano.
—Soy Arturo Ureña —dijo, irguiéndose todo lo que su espalda cansada le permitía—. Para servirle a usted y a Dios.
Le estreché la mano. Su mano era rasposa, dura como la madera vieja, llena de callos. Una mano de trabajador. Pero su apretón fue firme. No flojo, no tímido. Fue un apretón de hombre. Corto, limpio, fuerte. De esos que sellan pactos de sangre. De esos que dicen: “Te debo una, y si algún día necesitas que alguien te cubra la espalda, aquí estoy”.
Sentí un respeto profundo transmitirse en ese contacto piel con piel. En ese momento, no había diferencia de edad, ni de clase social, ni de estilo. Éramos dos cabrones que amaban a sus perros. Eso era todo.
—Beto —le respondí—. Un gusto, Don Arturo.
—Que Dios se lo multiplique, Beto —me dijo, mirándome a los ojos con una sinceridad que quemaba—. Y que nunca le falte nada. Usted tiene un corazón bueno debajo de… —hizo un gesto vago señalando mi chamarra y mis tatuajes— debajo de todo el disfraz.
Sonreí. Una sonrisa torcida, de medio lado. —Es para espantar a los malos, Don Arturo. Pero los perros siempre saben la verdad.
—Cuídese mucho, hijo —me dijo, y esa palabra, “hijo”, me retumbó dentro porque hacía años que nadie me la decía con cariño—. Y no vaya como loco por la vida.
—Hecho. Prometido.
Don Arturo se inclinó hacia el suelo. —Ándale, Tizón. Vámonos a casa, muchacho. Hoy cenamos caliente.
El perro, al escuchar el tono animado de su dueño, pareció rejuvenecer cinco años. Movió la cola, un toc-toc-toc contra el suelo, y se levantó con un poco más de energía que antes.
Los vi caminar hacia la salida. Las puertas automáticas se abrieron con un siseo de aire comprimido, dejando entrar el ruido de la calle y el frío de la noche.
Me quedé ahí parado, con la recepcionista, mirando a través del gran ventanal de cristal.
Afuera, bajo la luz amarilla y parpadeante de una farola, estaba estacionado su coche. Era un Tsuru viejísimo, de esos que ya no se ven, color despintado, con más abolladuras que pintura. De esos coches necios que siguen rodando solo porque alguien los cuida y les habla bonito.
Vi a Don Arturo abrir la puerta del copiloto. Se inclinó. Le dijo algo a Tizón. Seguramente le pidió perdón por no poder cargarlo como antes.
El perro puso las patas delanteras en el asiento, pero las traseras no le daban. Resbalaron. Don Arturo no se desesperó. Dejó la bolsa de medicinas en el techo del coche. Se agachó, flexionando esas rodillas que seguramente le dolían horrores. Pasó un brazo por debajo del trasero del perro y el otro por el pecho.
Hizo fuerza. Lo vi apretar los dientes. Lo vi temblar por el esfuerzo. —¡Upa! —pareció gritar en silencio.
Con una ternura cuidadosa, casi sagrada, levantó los treinta kilos de perro viejo y lo acomodó en el asiento. Lo empujó suavemente hasta que estuvo seguro. Luego, le acomodó las patas. Le acarició la oreja. Cerró la puerta con delicadeza, como si estuviera cerrando la puerta de una caja fuerte donde guarda lo más valioso que tiene.
Recuperó la bolsa de medicinas del techo y dio la vuelta al coche para subirse al lado del conductor.
El motor del Tsuru tosió una, dos veces, antes de arrancar con un rugido asmático y una nube de humo gris.
Antes de meter primera, vi movimiento dentro del coche. Tizón había girado la cabeza hacia la ventana. Y juro, por lo más sagrado, que me miró. A través del cristal y la distancia, vi esa mirada canina. No fue una escena de película de Hollywood. No hubo música de violines. Solo fue una mirada. Tranquila. Cálida. Cansada. Y, de algún modo, en paz. Como si me dijera: “Gracias, carnal. Ya me puedo relajar”.
El coche arrancó despacio, incorporándose al tráfico de la avenida, perdiéndose entre las luces rojas de los frenos de los demás autos, llevando a dos viejos guerreros a casa, a su manta eléctrica y a sus recuerdos de Nerea.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me sentí ligero. Extrañamente ligero. Como si me hubiera quitado la chamarra de cuero y las botas pesadas.
—Eso fue… —empezó a decir la recepcionista, con la voz todavía un poco mormada.
—Necesario —terminé yo.
Me giré hacia ella. Me miraba diferente ahora. Ya no veía los tatuajes del cuello con recelo. Me veía a mí.
—¿Cuánto te debo de lo mío? —pregunté, volviendo a la realidad—. Solo venía por desparasitante para el gato de mi vecina, que me tiene loco con los maullidos.
Ella sonrió. Una sonrisa de verdad, sin alfileres.
Salí de la veterinaria cinco minutos después. La noche estaba fría, de ese frío seco de la ciudad que se te mete por el cuello de la camisa. Saqué un cigarro, lo prendí y le di una calada profunda, dejando que el humo se mezclara con el vaho de mi respiración.
Me recargué en la pared de ladrillo de la clínica y miré hacia el cielo. No se veían estrellas, claro. La contaminación lumínica de la ciudad se las come todas. Pero me imaginé que, si pudiera verlas, habría una brillando un poquito más fuerte. Tal vez Bronce. Tal vez Nerea, guiñándome un ojo.
La gente pasaba por la acera. Una pareja joven discutiendo por el celular. Un tipo de traje corriendo para alcanzar el camión. Una señora jalando a un niño que lloraba. Todos iban en su mundo. Todos con sus muros arriba. Nos empeñamos en pensar que somos muy distintos, que estamos separados por abismos invisibles. “Nosotros” y “los demás”. Los “buenos” y los “malos”. Los que tienen y los que no tienen.
Pero la neta, la neta absoluta, es que todos estamos rotos de alguna parte. A todos se nos ha muerto un perro. A todos nos ha faltado dinero alguna vez. A todos nos da miedo quedarnos solos. A todos nos duele el frío.
Hay cosas que no necesitan idioma. El dolor no lo necesita. El amor tampoco. Y la lealtad de un perro, menos.
Miré mi mano, la misma que había estrechado la de Don Arturo. Sentí una calidez ahí que no venía del cigarro. Hoy había perdido cuatro mil novecientos pesos. Una lana que me iba a costar recuperar. Tal vez tendría que cancelar el plan de internet o comer atún toda la semana.
Pero, carajo, me sentía millonario.
Porque hoy no fui Beto, el tipo rudo del barrio. Hoy fui el guardián de una promesa. Hoy compré un poco de tiempo para que un viejo y su perro pudieran seguirse haciendo compañía en un mundo que a veces parece que se nos cae a pedazos.
Tiré la colilla al suelo y la pisé con mi bota pesada. —Descansa en paz, Bronce —susurré al viento—. Hoy nos anotamos una buena, cabrón.
Me subí el cierre de la chamarra hasta arriba, me acomodé el cuello para taparme los tatuajes del frío, y eché a andar hacia la parada del metro. Caminé con el paso firme, sabiendo que, aunque la noche fuera oscura y la ciudad una selva de concreto, al menos en una casita modesta, en algún lugar de esta ciudad gigante, un perro viejo iba a dormir sin dolor y un anciano iba a dormir tranquilo.
Y eso, mis amigos, vale más que todo el oro del mundo.
Si hoy tienen algo que los sostiene, ya sea un perro, una pareja, un sueño o un recuerdo… agárrenlo fuerte. No lo suelten. Cuídenlo con uñas y dientes. Y si alguna vez, en la fila del súper, en la farmacia o en una veterinaria, ven a alguien a quien se le está rompiendo el mundo por unos pesos… y ustedes pueden hacer algo… háganlo. No lo piensen. No saquen la calculadora. Háganlo.
No para sentirse héroes. No para subirlo a internet (bueno, yo les cuento esto para que se animen, no para presumir). Háganlo solo porque, a veces, la vida es una rueda de la fortuna. A veces estás arriba y puedes dar. A veces estás abajo y necesitas recibir. Y porque el mundo ya pesa bastante como para no ayudarnos a cargar los bultos un ratito.
Buenas noches, raza. Abracen a sus perros.
TÍTULO: LA PROMESA QUE ECHÓ RAÍCES (PARTE 3 – EL REENCUENTRO Y EL ADIÓS)
I. El eco de los días grises
Pasaron tres semanas desde esa noche en la veterinaria. Veintiún días, para ser exactos. Y la vida, con esa costumbre terca que tiene de seguir adelante sin pedir permiso, volvió a su ritmo habitual. O al menos, eso intentaba yo aparentar.
Mi rutina no es muy complicada. Me levanto a las diez de la mañana —ventajas de ser tu propio jefe—, me preparo un café tan negro que parece petróleo, y me voy al estudio de tatuajes que tengo en la colonia Roma. Se llama “Tinta y Sangre”. Un nombre cliché, ya lo sé, pero a los clientes les gusta. Les hace sentir que están entrando a un lugar rudo, peligroso, cuando en realidad lo más peligroso que hay ahí soy yo cuando no he desayunado.
Durante esas tres semanas, tatué de todo: un león rugiendo en la espalda de un chavo que nunca ha peleado ni en la fila de las tortillas; unas letras chinas en el tobillo de una fresa que seguramente significaban “sopa de fideos” aunque ella creía que era “amor eterno”; y una calavera con rosas en el brazo de un motociclista que lloró como niño chiquito cuando la aguja tocó el hueso.
Pero mi cabeza no estaba ahí.
Entre el zumbido constante de la máquina de tatuar —ese bzzzzzzz que se te mete en el cerebro como un mosquito eléctrico—, mi mente se regresaba una y otra vez a la imagen de Don Arturo Ureña cargando a su perro viejo en ese Tsuru despintado.
Me perseguía la duda. ¿Habrían funcionado las pastillas? ¿Estaría comiendo bien Tizón? ¿Le habría alcanzado la pensión a Don Arturo para sobrevivir el resto del mes después de pagar la luz?
La ciudad de México es un monstruo de mil cabezas. Es fácil perderse. Es fácil olvidar. Aquí la gente se cruza, choca los hombros y nunca se vuelve a ver. Somos fantasmas en el metro, sombras en el tráfico. Pero esa noche, en esa sala de espera con olor a desinfectante, yo había mirado al abismo de la soledad de ese hombre, y el abismo me había devuelto la mirada. Y eso no se olvida con un par de tequilas.
Una tarde de martes, de esas tardes chilangas donde el cielo se pone de un gris panza-de-burro y amenaza con llover pero nomás no llueve, no aguanté más.
Cerré el local temprano. Le dije a mi aprendiz, un chavito al que le decimos “El Gato”, que limpiara las agujas y cerrara la cortina.
—¿A dónde vas, jefe? —me preguntó, limpiándose la tinta de los dedos. —A cobrar una deuda pendiente conmigo mismo —le contesté.
Me subí a mi moto. No es una Harley, ni una moto de pista. Es una chopper vieja que armé yo mismo con piezas de deshuesadero. Ruidosa, caprichosa, pero fiel. Arranqué y me dirigí hacia la veterinaria.
Cuando llegué, estaba la misma chica en la recepción. Leti, se llamaba. Ya me había fijado en su gafete la vez pasada. Al verme entrar, con el casco bajo el brazo y la chamarra de cuero llena de polvo del camino, abrió los ojos como platos.
—¡Beto! —dijo, y me sorprendió que se acordara de mi nombre—. ¿Qué pasó? ¿Ahora sí traes gato?
Sonreí de lado. —No, Leti. Nada de gatos. Vengo a preguntarte algo y necesito que no te pongas en plan burocrático.
Ella se cruzó de brazos, pero sonreía. —A ver, suéltalo.
—Necesito la dirección de Don Arturo. El señor del perro viejo.
La sonrisa se le borró un poquito. Se puso seria. —Beto, sabes que no puedo darte datos de los clientes. Es la Ley de Protección de Datos. Si mi jefe se entera, me corre.
Me recargué en el mostrador, bajando la voz. —Mira, no soy un cobrador de Elektra ni lo voy a secuestrar. Solo… solo quiero saber si el perro está bien. Me quedé con la espina. Quiero llevarle un costal de alimento. Eso es todo.
Leti me miró a los ojos. Buscó alguna señal de malicia, pero solo encontró preocupación genuina. Suspiró, derrotada por su propio buen corazón. —Ay, Beto… me vas a meter en un lío.
Escribió algo rápido en un post-it amarillo, lo dobló en cuatro y me lo deslizó por debajo del mostrador como si fuera contrabando. —Vive lejos, eh. Es hasta Ecatepec. En la zona de los cerros. Está feo por allá.
Agarré el papelito como si fuera un boleto de lotería premiado. —Yo soy de barrio, Leti. El miedo se me quitó hace mucho. Gracias. De verdad.
Salí de ahí sintiendo que tenía una misión. Una misión pendeja, tal vez, pero una misión al fin y al cabo.
II. El viaje hacia el olvido
La dirección apuntaba a una colonia de esas que no salen en los mapas turísticos. De esas donde el Google Maps te dice “zona de tráfico pesado” y la gente te dice “zona de si entras, persígnate”.
El viaje en moto fue una odisea. Cruzar la frontera entre la Ciudad de México y el Estado de México es como cambiar de dimensión. El asfalto se vuelve cráter lunar. Los semáforos son sugerencias decorativas. El aire huele a escape de camión, a fritanga quemada y a polvo seco.
Manejé por la Avenida Central, esquivando combis que manejaban como si llevaran al Diablo de copiloto. Pasé por Ciudad Azteca, me metí por calles que se iban haciendo más y más estrechas, más y más empinadas.
Las casas empezaron a cambiar. Ya no eran edificios ni unidades habitacionales. Eran construcciones de obra negra, ladrillo gris expuesto, varillas saliendo de los techos como dedos suplicando al cielo por un segundo piso que nunca llega. Casas pegadas unas a otras, respirándose la nuca, subiendo por el cerro como una enredadera de concreto.
Había perros en las azoteas, ladrando al vacío. Ropa tendida ondeando como banderas de la resistencia diaria. Música a todo volumen saliendo de una ventana: los Ángeles Azules mezclados con reguetón y ladridos.
Finalmente, llegué a la calle. “Callejón de la Esperanza”. Qué ironía tienen los nombres de estas calles.
La casa de Don Arturo estaba al final de una subida mortal. Era una casita pequeña, de un solo nivel, pintada de un azul cielo que ya se había tornado gris por el esmog. Tenía una reja negra oxidada y un pequeño patio delantero que era puro cemento, pero estaba barrido impecablemente. No había ni una hoja seca, ni una basura. Pobreza, sí; suciedad, jamás. El coche, el Tsuru viejo, estaba ahí estacionado, cubierto con una lona para protegerlo del sol, aunque la lona tenía más agujeros que el propio coche.
Apagué la moto. El silencio que siguió al rugido del motor fue denso. Los vecinos se asomaron. Una señora con mandil desde la tienda de enfrente, un par de cholos en la esquina tomando caguama. Me miraron. Yo los miré. Hice un gesto con la cabeza, un “qué onda” mudo. Ellos asintieron. Código postal respeta a código postal. Sabían que yo no era policía ni turista.
Me acerqué a la reja y toqué el timbre. No sonó. Estaba desconectado o roto. Así que hice lo que se hace en México: —¡Bueeeenas! —grité, golpeando suavemente el metal con los nudillos—. ¡Don Arturo!
Esperé. Se escuchó un arrastrar de pasos. Luego, un ladrido. No era un ladrido fuerte, era un guau ronco, cansado. Tizón.
La puerta de madera se abrió y apareció él. Llevaba una camisa de cuadros diferente, pero los mismos pantalones sencillos. Tenía un trapo en la mano, como si hubiera estado limpiando. Entornó los ojos por el sol de la tarde.
—¿Sí? ¿Quién…?
Se quedó callado cuando me reconoció. Se quitó los lentes de fondo de botella que traía puestos para ver de lejos. —¿Beto? —preguntó, incrédulo—. ¿El muchacho de la veterinaria?
—El mismo que viste y calza, Don Arturo. —Sonreí—. Pasaba por el rumbo… bueno, no es cierto, no pasaba por el rumbo, vine a buscarlo. ¿Cómo ve?
El señor abrió la reja más rápido de lo que sus manos artríticas deberían permitir. —¡Pásale, hijo, pásale! ¡Qué sorpresa! ¡Válgame Dios! Pero mete la moto, no la dejes afuera que aquí las cosas tienen patas.
Metí la moto al patio, apenas cupo junto al Tsuru. —¿No interrumpo?
—¿Qué vas a interrumpir? Si aquí nomás estamos el perro y yo viendo pasar las moscas. Pásale, mi casa es tu casa.
III. El santuario de los recuerdos
Entrar a la casa de Don Arturo fue como entrar a una cápsula del tiempo. Por fuera era ladrillo y cemento, pero por dentro… por dentro era un hogar.
El piso era de cemento pulido, pero estaba tan limpio que brillaba. Había carpetitas de tejido de gancho sobre cada mueble, de esas que hacían las abuelas. En la mesa del centro, un florero con flores de plástico, pero bien lavaditas. Y en las paredes, fotos. Cientos de fotos.
Olía a canela. A café de olla hirviendo. A madera vieja y a cera para pisos.
—Siéntate, siéntate donde quieras. Ese sofá es el bueno, el otro tiene un resorte saltado que te pica las nalgas —bromeó Don Arturo, señalando un sillón de terciopelo verde que debió ser elegante en 1980.
De una habitación del fondo salió Tizón. Caminaba despacio, sí, pero ya no arrastraba la pata con ese sonido de clic-clic agónico que yo recordaba. Al verme, levantó las orejas. Me olió. Y luego, para mi sorpresa, movió la cola. Se acercó a mí y me puso el hocico húmedo en la rodilla.
—Mira nomás —dijo Don Arturo, maravillado—. Te reconoció. Y eso que este ya no reconoce ni al de gas.
Le acaricié la cabeza. El pelo se sentía más suave, menos estropajoso que aquella noche. —Se ve mejor, jefe. Mucho mejor.
—Son las pastillas —dijo Don Arturo, yendo hacia la cocineta—. Esas pastillas que tú le compraste son benditas. Duerme toda la noche de un tirón. Y yo también, porque ya no lo oigo quejarse.
Regresó con dos tazas de barro humeantes y un plato con conchas de vainilla y chocolate. —No tengo mucho que ofrecerte, Beto, pero este café lo traigo de Veracruz, me lo manda mi compadre. Y el pan está fresco.
—Con esto tengo, Don Arturo. Gracias.
Nos sentamos. Bebimos café en silencio un momento. Era un silencio cómodo, de esos que no necesitas llenar con palabras vacías. Observé la habitación. En la pared principal, había un altar. No era Día de Muertos, pero el altar estaba ahí, permanente.
Tenía una foto grande de Nerea, la misma mujer de la foto de la cartera, pero aquí se veía más clara. Estaba rodeada de veladoras, algunas encendidas, otras apagadas. Había figuras de ángeles, un rosario de madera y, curiosamente, un collar de perro de cuero rojo, pequeñito, como de cachorro.
Don Arturo notó que yo miraba el altar. —Ahí está la patrona —dijo, mirando la foto con devoción—. Ella es la que manda en esta casa, aunque ya no esté.
—Se ve que era una gran mujer —dije.
—Lo era, Beto. Lo era. —Suspiró, dejando la taza en la mesa—. Aguantarme a mí cuarenta años no era tarea fácil. Yo era… yo era complicado de joven. Bebía. Era necio. Pero ella me enderezó. Me hizo gente.
Se inclinó hacia adelante, con los codos en las rodillas. —¿Sabes? Cuando ella se fue, yo pensé que me iba a morir al día siguiente. De tristeza. Literalmente sentía que el corazón se me paraba. Me sentaba en este sillón y pasaban los días y se me olvidaba comer. Se me olvidaba prender la luz.
Miró a Tizón, que se había echado a nuestros pies, roncando suavemente. —Pero este canijo… este canijo no me dejó. Empezaba a ladrarme. Me jalaba el pantalón. Me traía su correa. Me obligaba a levantarme. Me obligaba a salir a la calle, a ver el sol. Si no fuera por él, yo ya sería polvo en una urna.
Me di cuenta entonces de la magnitud de lo que Don Arturo me estaba contando. No era solo compañía. Era salvación mutua. El perro había salvado al hombre de la depresión, y el hombre estaba salvando al perro del dolor. Era un círculo perfecto de lealtad.
—Por eso me dio tanta vergüenza en la veterinaria —continuó, bajando la voz—. Porque sentí que le fallaba a los dos. A él y a ella.
—No les falló, Don Arturo —le dije firme—. A veces la vida nos pone trabas. La cartera se vacía, pero el corazón no. Usted hizo lo que pudo. Y mire, aquí siguen.
Don Arturo me sonrió, con los ojos brillantes. —Y gracias a un ángel con cara de diablo que se apareció, seguimos aquí.
Me reí. —¿Ángel con cara de diablo? Esa me la voy a tatuar.
Pasamos la tarde platicando. Me contó de su vida. Había sido obrero en una fábrica de textiles por treinta años. Había perdido dos dedos de la mano izquierda en una máquina (cosa que no había notado hasta que me la enseñó). Nunca tuvieron hijos (“Dios no quiso”, dijo él, “pero nos mandó perros”). Me contó de cómo la colonia había cambiado, de cómo antes todo eso era cerro verde y ahora era gris.
Yo le conté un poco más de mí. De por qué me hice tatuador. De mi soledad elegida. De que a veces me siento más cómodo con las agujas que con las personas.
—Tú eres bueno, Beto —me dijo al final, cuando ya empezaba a oscurecer—. Tienes coraza dura, como las tortugas, pero por dentro estás blandito. No dejes que la ciudad te haga piedra.
Me despedí con la promesa de volver. —Voy a venir a ver cómo sigue el Tizón. Y le voy a traer ese costal de alimento, quiera usted o no.
—Aquí te esperamos. Cuando quieras. Esta es tu casa.
IV. El paso de las estaciones
Cumplí mi promesa. Volví dos semanas después con un bulto de 20 kilos de croquetas “Senior Premium”. Don Arturo me regañó por gastar, pero luego me invitó unos tacos de guisado que había preparado “por si venías”.
Volví un mes después. Le ayudé a arreglar una fuga de agua en el lavadero del patio porque el plomero le quería cobrar las perlas de la virgen.
Volví a los dos meses. Esa vez llevé unas cervezas y vimos un partido de la selección en su tele vieja que tenía que golpearse para que agarrara señal.
Don Arturo y yo nos volvimos… no sé cómo llamarlo. ¿Amigos? Sí, pero era más que eso. Éramos familia elegida. Yo era el hijo que él no tuvo, y él era el abuelo sabio que yo nunca conocí.
Tizón tuvo una buena temporada. Esos meses, gracias a las medicinas y a la buena comida, el perro revivió. Lo vi jugar con una pelota de tenis vieja. Lo vi ladrarle a los gatos. Lo vi feliz.
Pero el tiempo es un enemigo que nunca duerme y al que no se le puede sobornar. Ni con dinero, ni con amor.
Fue un domingo de noviembre. Hacía frío. De ese frío que anuncia que el invierno viene bravo. Sonó mi celular a las 6:00 de la mañana. Vi el número en la pantalla. “Casa Don Arturo”. Sentí un hueco en el estómago. Nadie llama a las 6 de la mañana para dar buenas noticias.
—¿Bueno? —contesté, con la voz pastosa de sueño y miedo. —Beto… —La voz de Don Arturo era un hilo. Un susurro roto—. Beto, es el Tizón.
No pregunté nada. —Voy para allá. Espéreme.
Me vestí en dos minutos. Agarré la moto y volé. Me pasé altos. Me metí en sentido contrario en una calle. No me importaba. Tenía que llegar.
V. El último aliento
Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Entré corriendo. Don Arturo estaba en el suelo, en la sala, sentado sobre una manta vieja. Tenía la cabeza de Tizón en su regazo. El perro respiraba, pero era una respiración forzada, superficial. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no miraban. Estaban fijos en algún punto que nosotros no podíamos ver.
Me arrodillé junto a ellos. —¿Qué pasó? —pregunté. —Anoche… anoche ya no quiso cenar —dijo Don Arturo, llorando en silencio—. Se acostó y empezó a gemir. Le di sus pastillas, pero… pero ya no le hicieron nada. Y hace rato… hace rato no se podía levantar.
Puse mi mano sobre el costado del perro. Su corazón latía, pero era un latido débil, irregular. Tum… tum…… tum. Tizón giró levemente la cabeza al sentir mi tacto. Me reconoció. Intentó mover la cola, pero solo logró un espasmo.
—Ya está cansado, Don Arturo —dije suavemente. Era la verdad más dura que me había tocado decir—. Ya se quiere ir.
Don Arturo asintió, con las lágrimas cayendo sobre el pelaje negro del perro. —Lo sé. Lo sé. Pero no quiero que sufra. No quiero que le duela.
—No le duele —mentí, o tal vez no. Tal vez el amor anestesia—. Está con usted. Eso es lo único que le importa.
Nos quedamos ahí. El tiempo se detuvo en esa salita azul. Don Arturo empezó a hablarle. Le hablaba bajito, al oído. —Vete tranquilo, mi niño. Vete con mamá. Nerea te está esperando allá. Córrele. Ve a buscarla. Dile que yo voy al rato. Dile que la extraño. No tengas miedo, Tizón. Eres un buen perro. El mejor perro del mundo.
Fue desgarrador y hermoso. Fue la despedida más pura que he presenciado. El perro soltó un último suspiro largo, como si estuviera soltando todo el peso de los años, del dolor de huesos, de la vejez. Su cuerpo se relajó por completo. El corazón debajo de mi mano dio un último golpe y se detuvo.
El silencio que siguió fue absoluto. Don Arturo se abrazó al cuerpo inerte de su amigo y rompió a llorar. Un llanto profundo, de esos que vienen desde las entrañas, de un hombre que acaba de perder su último ancla al mundo.
Yo no dije nada. Solo puse mi brazo sobre sus hombros y me quedé ahí, siendo el poste, siendo la fuerza que él no tenía en ese momento. Lloré también. Lloré por Tizón, por Bronce, por Nerea y por la puta fragilidad de la vida.
VI. Tierra somos
No llamamos a servicios funerarios. Don Arturo no quería que se lo llevaran a un horno industrial. —Él es de aquí. Aquí se queda —dijo.
En el patio trasero de la casa había un pequeño jardín, un pedazo de tierra donde Nerea solía tener rosales. —Ahí —señaló Don Arturo—. Junto al rosal blanco. Ahí le gustaba echarse al sol.
Agarré una pala y un pico que tenía Don Arturo en un cuartito de herramientas. Me quité la chamarra de cuero. Me remangué la camisa. Empecé a cavar. La tierra estaba dura, seca. Cada golpe del pico retumbaba en mis brazos. Sudaba. Me dolían las manos. Pero no paré. Cave con rabia, con tristeza, con respeto. Don Arturo quería ayudar, pero no lo dejé. —Déjeme a mí, jefe. Esta es mi chamba hoy.
Cavé durante dos horas hasta que tuve un hueco profundo y digno. Envolvimos a Tizón en su manta favorita. Le pusimos su juguete de pelota. Don Arturo trajo algo del interior. Era el collar rojo pequeño que estaba en el altar. —Este fue su primer collar —dijo—. Que se lo lleve.
Bajamos el cuerpo con cuidado. Pesaba, pero era un peso sagrado. Cuando empezamos a cubrirlo con tierra, sentí que estábamos enterrando una época entera. Al terminar, Don Arturo improvisó una cruz con dos pedazos de madera y la clavó en la cabecera. —Descansa, campeón —susurró.
Nos sentamos en el escalón del patio, sucios de tierra, agotados, con el sol del mediodía pegándonos en la cara. Don Arturo sacó una botella de tequila de la alacena. —Por Tizón —dijo, sirviendo dos caballitos. —Por Tizón —respondí. Nos bebimos el trago de golpe. Quemó, pero calentó.
VII. Lo que queda después del final
Pensé que después de eso, Don Arturo se iba a dejar morir. Tenía miedo de eso. Pero me equivoqué. La gente de esa generación está hecha de otra madera.
Unas semanas después del entierro, fui a verlo. La casa se sentía vacía sin el clic-clic de las patas, pero no se sentía triste. Don Arturo me recibió con una sonrisa tranquila. —Mira —me dijo, llevándome al altar.
Había puesto una foto nueva. Una foto que yo le había tomado con mi celular un día que Tizón estaba bien, sonriendo con la lengua de fuera. La había mandado imprimir y enmarcar. Estaba justo al lado de Nerea.
—Ahora están juntos —dijo Don Arturo—. Y yo… bueno, yo todavía tengo cosas que hacer aquí.
—¿Cómo qué? —le pregunté.
Se rascó la cabeza. —Pues… el otro día vi que la vecina de enfrente, la Doña Chole, tiene un perro que se la pasa amarrado todo el día en la azotea. Fui y le dije que si me dejaba sacarlo a pasear un rato. Me dijo que sí.
Me quedé helado. —¿Está paseando perros, Don Arturo?
—Pues sí. Me sirve para caminar. Y el pobre animal me lo agradece. Y luego… pues le llevé un poco de las croquetas que sobraron del Tizón.
Sonreí. Una sonrisa enorme que casi me parte la cara. El legado de Tizón no era el dolor. Era esto. Era Don Arturo volviendo a volcar ese amor inmenso que tenía en otro ser que lo necesitaba.
—Beto —me dijo, poniéndose serio—. Quiero darte algo.
Fue a su cuarto y regresó con algo en la mano. Era una pequeña esclava de plata, vieja, gastada. —Esta era mía cuando era joven. Tiene mi nombre grabado por atrás. Quiero que la tengas tú.
—Don Arturo, no puedo… es plata, vale dinero.
—Cállate y tómala. —Me la puso en la mano y me cerró el puño—. No es por el dinero. Es para que sepas que tienes familia aquí en Ecatepec. Es para que cuando te sientas solo, o cuando pienses que el mundo es una mierda, veas esto y te acuerdes de que cambiaste la vida de dos viejos.
Me puse la esclava en la muñeca derecha. Brillaba en contraste con mis tatuajes negros. —Gracias, abuelo —se me escapó. No lo corregí. —De nada, hijo.
EPÍLOGO: La Cadena
Hoy, mientras escribo esto, toco la esclava de plata en mi muñeca. Don Arturo sigue vivo. Voy a verlo cada quince días. Ahora ya no pasea un perro, pasea a tres. Se ha vuelto el “abuelo de los perros” de la cuadra. Los vecinos lo saludan. Ya no está solo.
Yo sigo siendo Beto, el tatuador con cara de pocos amigos. Sigo usando cuero, sigo oyendo metal, sigo viendo a la gente apartarse en la calle. Pero algo cambió.
Esa noche en la veterinaria, yo pensé que estaba salvando a un perro. Pensé que estaba pagando una deuda con mi pasado. Pero la verdad es que ellos me salvaron a mí. Me salvaron del cinismo. Me salvaron de creer que todo está podrido. Me enseñaron que el amor, el verdadero amor, no se acaba con la muerte. Solo cambia de forma. Se transforma en paseos para el perro del vecino, en un café compartido, en una esclava de plata vieja.
Si estás leyendo esto, y tienes esa espina clavada de querer ayudar a alguien pero te da miedo, o te da pena, o piensas “¿y yo qué gano?”… Quítate esa idea pendeja de la cabeza. Hazlo. Paga la cuenta. Carga la bolsa. Da el aventón. Escucha al viejo que quiere platicar. Porque en ese momento, justo en ese momento donde decides ser humano en lugar de ser indiferente, es donde ocurre la verdadera magia.
No somos eternos, raza. Pero lo que hacemos por los demás… eso sí se queda. Eso sí echa raíces.
Como las flores blancas que ahora crecen en el patio de Don Arturo, justo encima de donde duerme Tizón, el perro que unió a dos extraños y los convirtió en familia.
TÍTULO: LA HERENCIA DE LOS QUE NO TIENEN NADA (PARTE FINAL – EL LEGADO)
I. El ecosistema del barrio
Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero en el barrio, después de la tormenta lo que viene es el lodo. Y en ese lodo es donde aprendemos a caminar sin resbalarnos.
Después de enterrar a Tizón, yo pensaba que la historia se acababa ahí. Un final triste pero cerrado. Un viejo pierde a su perro, un tatuador paga la cuenta, ambos lloran, se dan la mano y cada quien a su esquina. Fin de la película.
Pero la vida real no tiene créditos finales. La vida real sigue el lunes por la mañana.
Durante el primer año sin Tizón, Don Arturo se convirtió en una leyenda urbana en su colonia de Ecatepec. Y no exagero. Si tú pasabas por el “Callejón de la Esperanza” a las nueve de la mañana, lo veías. Ahí iba Don Arturo, con su gorra de siempre, pero ahora rodeado de una manada imposible.
No paseaba perros finos. No. Paseaba a los marginados. Llevaba a “El Tuercas”, un pitbull que los mecánicos de la esquina tenían amarrado con cadena y que Don Arturo convenció de soltar “para que no se entuma”. Llevaba a “La Doña”, una french poodle vieja y ciega de la vecina chismosa, que ya no quería sacarla porque “le daba flojera”. Y llevaba a “Sarnoso” —que ya no tenía sarna gracias a los baños que Don Arturo le daba—, un callejero que simplemente decidió que ese señor olía a buena gente y lo empezó a seguir.
Yo lo veía desde lejos cuando llegaba en mi moto a visitarlo, y se me hacía un nudo en la garganta. Ver a ese hombre de ochenta y tantos años, flaco como un sarmiento, caminando despacito pero con orgullo, rodeado de bestias que otros despreciaban, era la imagen más poderosa que había visto en mi vida. Más que cualquier tatuaje de guerrero azteca.
—¡Quietos, tropa! —gritaba con su voz cascada cuando me veía llegar—. ¡Saluden al padrino!
Los perros, que ya me conocían porque siempre llevaba premios en las alforjas de la moto, se me echaban encima. Y Don Arturo se reía. Una risa que le hacía vibrar el pecho y le quitaba diez años de encima.
—¿Cómo anda, Don Arturo? —le preguntaba, bajándome de la moto y quitándome el casco. —Andamos, Beto. Que para como está el mundo, ya es ganancia.
Entrábamos a su casa, que ahora olía diferente. Ya no olía a medicina y a perro enfermo. Olía a vida. Había correas colgadas en la entrada. Había costales de alimento que yo le llevaba religiosamente cada quincena. La casa de Don Arturo se había convertido en una especie de consulado para los perros olvidados. Si alguien encontraba un perro atropellado, no llamaban a la perrera; tocaban la puerta de Don Arturo.
Y él, con esa paciencia infinita y con la pensión que apenas le alcanzaba para frijoles, los recibía. Limpiaba heridas, sacaba garrapatas, y si la cosa se ponía fea, me llamaba a mí.
—Beto, cayó uno nuevo. Trae la pata mal. Y allá iba yo, el “Padrino Mágico”, con mi tarjeta de débito lista, a la misma veterinaria donde empezó todo. Leti, la recepcionista, ya ni me pedía el nombre. Solo me veía entrar y decía: “¿Otro de Don Arturo?”. Y yo asentía con orgullo. “Otro del Jefe”.
II. El choque de dos mundos
Pero la historia no se quedó ahí. Porque las cosas buenas, cuando son netas, contagian.
Un sábado, en el estudio de tatuajes, tenía casa llena. Estaba tatuando a “El Ruso”, un motociclista de dos metros por dos metros, presidente de un club de motos local. De esos tipos que si te los topas en un callejón, te pones a rezar, pero que en el fondo son unos osos de peluche.
—Oye, Beto —me dijo El Ruso mientras le sombreaba una calavera en el hombro—. Te noto raro, carnal. Como… no sé, como distraído. Y te vas temprano los martes. ¿Tienes vieja nueva o qué?
Me detuve. Limpié la tinta con una toalla de papel. —No, Ruso. No es vieja. Es un compa.
Y le conté. Le conté la historia de Don Arturo. Le conté de Tizón. Le conté de la casa en Ecatepec que se estaba cayendo a pedazos porque el techo tenía goteras y Don Arturo ya no tenía fuerza para subirse a impermeabilizar.
El Ruso se quedó callado. Se miró sus propias manos llenas de anillos de plata. —¿Y vive solo el señor? —Solo con los perros. —¿Y dices que el techo está jodido? —Lleva años que se le mete el agua cuando llueve fuerte. Pone cubetas por toda la sala.
El Ruso gruñó. —No mames. Eso no se vale. La gente mayor se tiene que respetar.
Al siguiente fin de semana, pasó algo que si te lo cuento no me lo crees. Llegué a casa de Don Arturo en mi moto, como siempre. Pero no llegué solo. Detrás de mí venían diez motocicletas más. El rugido de los motores hizo temblar las ventanas de todo el Callejón de la Esperanza. Las vecinas salieron persignándose, pensando que era una invasión del narco o una redada.
Pero no. Eran El Ruso, El Greñas, El Mudo y toda la pandilla de “Los Cuervos de Asfalto”. Se bajaron de las motos con sus chalecos de cuero, sus barbas largas y sus caras de pocos amigos.
Don Arturo salió a la reja, pálido, agarrando su bastón como si fuera un arma. —Beto… —me dijo con voz temblorosa— ¿Quiénes son estos señores?
Me bajé, sonriendo de oreja a oreja. —Es la caballería, Don Arturo. Le dije a mis compas que usted necesitaba una mano con el techo. Y pues… trajeron diez.
El Ruso se acercó a la reja. Se quitó los lentes oscuros y, con una delicadeza sorprendente, le tendió la mano al viejo. —Mucho gusto, Don Arturo. Beto nos habla mucho de usted. Venimos a echar colado. ¿Nos da permiso o nos manda a la chingada?
Don Arturo miró a esos gigantes llenos de tatuajes. Miró las motos. Me miró a mí. Y luego, soltó una carcajada nerviosa. —Pues si vienen a trabajar, pasen. Pero aquí no hay cerveza, pura agua de limón.
—Con eso jalamos, jefe.
Ese fin de semana, el Callejón de la Esperanza vio algo histórico. Un grupo de motociclistas rudos subidos en la azotea de un anciano, raspando, sellando e impermeabilizando bajo el sol de plomo. Mientras tanto, Don Arturo, sentado en su silla de plástico en el patio, les daba instrucciones como capataz de obra. —¡Eh, tú, el grandote! ¡Ahí en la esquina échale más, que ahí es donde gotea!
Y El Ruso, obediente: —¡Sí, señor! ¡Enseguida!
Las vecinas, que al principio miraban con miedo, terminaron sacando ollas de tamales y jarras de agua de horchata. —Ay, mijo, qué buenos muchachos son, aunque se vean tan feos —le dijo Doña Chole a El Greñas, y todos nos reímos.
Al final del día, el techo quedó como nuevo. Rojo terracota brillante. Nos sentamos todos en el patio, cansados, sucios de pintura y cemento. Don Arturo se levantó. Levantó su vaso de agua de limón. —Yo… yo no sé qué decirles —dijo, y se le quebró la voz—. Pensé que ya nadie se acordaba de los viejos. Pensé que éramos estorbo. Pero hoy… hoy me han devuelto algo más que el techo. Gracias, hijos.
El Ruso se limpió una lágrima disimuladamente (dijo que era el polvo). —No agradezca, jefe. Todos vamos para allá. Ojalá cuando lleguemos a su edad, haya alguien que nos eche la mano.
Ese día entendí que Don Arturo no solo había salvado a Tizón. Nos estaba salvando a nosotros. Nos estaba dando un propósito. Nos estaba enseñando que, debajo del cuero y la tinta, seguíamos siendo humanos necesitados de conectar.
III. El invierno más largo
Pasaron tres años. El tiempo, cruel como siempre, empezó a cobrar factura. Don Arturo ya no caminaba tan rápido. Las rodillas le fallaban más. La vista se le nublaba. Ya no podía salir a pasear a la manada completa. Solo salía a sentarse en la puerta y los perros del vecindario iban a verlo a él, como si fueran en peregrinación a ver al santo patrón de los canes.
Yo notaba cómo se apagaba. Como una vela que se va consumiendo despacito. Empezó a olvidar cosas. A veces me llamaba “Jorge” (el nombre de un hermano suyo que murió hace años). A veces me repetía la misma historia tres veces en una tarde.
—Beto —me dijo una tarde de lluvia, mientras tomábamos café—. Tengo miedo.
—¿Miedo de qué, jefe?
—De olvidar a Nerea. —Su confesión me heló la sangre—. A veces… a veces me cuesta trabajo recordar su voz. O cómo se reía. Tengo miedo de que un día me despierte y ya no sepa quién es la mujer de la foto.
Le agarré la mano. Sus manos eran ahora puro hueso y piel transparente como papel cebolla. —Eso no va a pasar, Don Arturo. Y si pasa, yo se lo recuerdo. Yo me sé todas sus historias de memoria. Yo soy su disco duro externo, ¿se acuerda?
Sonrió débilmente. —Eres un buen muchacho, Beto. Ojalá hubieras sido hijo mío de verdad.
—Soy hijo suyo, Don Arturo. De corazón, pero lo soy.
Ese invierno fue duro. Don Arturo pescó una neumonía que lo mandó al hospital general. Fueron días de infierno. Yo dormía en la sala de espera, en esas sillas de metal que están diseñadas para torturar la espalda. Leti, la de la veterinaria, iba a verlo en sus días libres. El Ruso y los del club de motos hicieron una vaquita para pagar los medicamentos que el seguro no cubría.
Una noche, el doctor salió con cara de póker. —Familiares del Señor Ureña. —Yo —dije, levantándome de un salto. —Mire… está estable. Pero sus pulmones están muy cansados. Su corazón también. Tiene 87 años. El cuerpo tiene un límite.
Entré a verlo. Estaba conectado a tubos y monitores. Se veía tan pequeño en esa cama de hospital blanca y fría. Abrió los ojos cuando me sintió cerca. —Beto… —susurró a través de la mascarilla de oxígeno. —Aquí estoy, jefe. No se me raje.
—Los perros… —fue lo único que dijo. Su preocupación, incluso al borde de la muerte, no era él. Eran ellos. —Están bien. El Gato (mi aprendiz) se quedó en su casa cuidándolos. “Sarnoso” está durmiendo en su cama, el descarado.
Don Arturo sonrió debajo del plástico. —Bueno… eso es bueno.
Salió del hospital, pero ya no fue el mismo. Quedó dependiente de un tanque de oxígeno. Su mundo se redujo a la sala de su casa y al altar de Nerea. Yo contraté a una enfermera para que fuera por las mañanas. Me costaba la mitad de mis ganancias del estudio, pero me valía madres. No iba a dejar que terminara sus días solo y sucio. No después de todo lo que me había enseñado.
IV. La última lección
El final llegó un martes de primavera. Irónicamente, un día soleado, hermoso, con los pájaros cantando como locos.
Me llamó la enfermera a las once. —Señor Beto… venga rápido. Don Arturo está… está hablando con gente que no está aquí.
Cerré el estudio. Manejé como un demente hasta Ecatepec. Cuando llegué, Don Arturo estaba en su sillón verde. No tenía dolor. Estaba tranquilo. Pero su mirada estaba perdida en un punto fijo del techo.
—Mira, Nerea… —murmuraba—. Mira quién vino. Es el Tizón. Mira qué grande está. Mira cómo corre.
Me arrodillé a su lado. —Don Arturo… soy yo, Beto.
Bajó la mirada y me vio. Hubo un momento de lucidez. Sus ojos se aclararon por un segundo, ese último brillo de la lámpara antes de fundirse. —Beto… —dijo clarito—. Gracias.
—No se despida, cabrón —le dije, llorando—. No me haga esto.
Me apretó la mano con una fuerza sorprendente para un hombre moribundo. —No es un adiós, hijo. Es… es ir a pasear al perro. Ya me están esperando. Oigo los ladridos. ¿Los oyes?
Me quedé callado, aguantando la respiración. Y juro, por mi vida, que en el silencio de esa habitación, con el ruido de la calle amortiguado, me pareció escuchar un ladrido lejano. Un guau conocido.
—Sí, jefe. Los oigo.
—Cuida la casa. Cuida a los que se quedan. Y no te olvides de vivir, Beto. No te olvides de ser feliz. Que la vida es un ratito.
Cerró los ojos. Suspiró. Y se fue. Se fue así, sin drama, sin gritos. Se fue como vivió: discreto, digno, en paz.
V. El funeral de un rey
El velorio de Don Arturo Ureña no salió en las noticias, pero debió haber salido. No fue en una funeraria de lujo. Fue en su patio. Y no vinieron políticos ni gente importante.
Vino el barrio entero. Vinieron las señoras de la tienda. Vino el panadero. Vino Leti y todo el personal de la veterinaria (cerraron la clínica ese día por luto). Vinieron “Los Cuervos de Asfalto” con sus motos, formando una guardia de honor en la calle. Y vinieron los perros.
Doña Chole trajo a sus perros. Los vecinos trajeron a los suyos. Había por lo menos treinta perros en ese velorio. Cualquiera pensaría que sería un caos de ladridos y peleas. Pero no. Los animales sabían. Estaban callados. Echados bajo el ataúd, o cerca de las flores. Había un respeto animal, primitivo y sagrado hacia el hombre que los había amado cuando nadie más lo hacía.
Yo estaba parado junto a la caja, vestido de negro, pero con mi chamarra de cuero. Miré a toda esa gente. Miré la diversidad: cholos, abuelas, hipsters, mecánicos, niños. Todos unidos por un viejo obrero que no tenía ni un peso en el banco, pero que tenía el capital humano más grande que he visto.
—Era un buen hombre —dijo El Ruso, poniéndome una mano en el hombro. —No, Ruso. No era un buen hombre. Era el mejor.
VI. La Fundación Tizón
Después del entierro, vino la parte legal. Don Arturo no tenía herederos. Pero había dejado un testamento hecho a mano, en una hoja de cuaderno, que me entregó la enfermera.
“Yo, Arturo Ureña, en pleno uso de mis facultades (o las que me quedan), le dejo mi casa, mis chivas y todo lo que hay adentro a Alberto ‘Beto’ (no sé su apellido, pero es el tatuador). Con la única condición de que nunca deje desamparado a un perro que toque esta puerta.”
Lloré como Magdalena cuando leí eso. Me dejó su casa. Su único patrimonio. Podría haberla vendido. El terreno valía algo. Podría haber metido el dinero en mi estudio.
Pero ni madres. Esa casa era tierra sagrada.
Hablé con El Ruso. Hablé con Leti. Hablé con mi aprendiz. —Vamos a hacer algo loco —les dije.
Y lo hicimos. Transformamos la casa de Don Arturo en un refugio. Pero no un refugio cualquiera. “La Casa de Arturo y Tizón: Santuario para Perros Viejos”.
Nos especializamos en eso. En los perros que nadie quiere. Los viejos, los enfermos, los que tienen tres patas, los ciegos. Los que la gente va a dormir a las veterinarias porque “ya son un estorbo”. Nosotros los recibimos. Les damos dignidad en sus últimos días. Les damos una cama caliente, medicinas y amor hasta el último suspiro. Tal como Don Arturo hizo con Tizón. Tal como yo hice con Don Arturo.
El Ruso y su club de motos son los “padrinos”. Ellos traen los costales de comida y hacen eventos benéficos. Leti es la veterinaria encargada (sí, se tituló y ahora trabaja con nosotros). Yo… yo sigo tatuando. Pero cada tatuaje que hago, un porcentaje va directo al refugio.
Y en mi antebrazo, justo al lado de Bronce, ahora tengo otro tatuaje. Es la cara de Don Arturo, con su gorra y sus arrugas, sonriendo. Y abajo dice: “Nadie se va mientras no se olvide”.
VII. Mensaje final para la raza
Han pasado cinco años desde que Don Arturo falleció. A veces, cuando estoy en el refugio limpiando jaulas o dándole de comer a algún viejito chimuelo, siento que él está ahí. Siento olor a café de olla y escucho el arrastrar de sus pasos.
Amigos, la vida da muchas vueltas. Un día estás en la cima, presumiendo tu dinero o tu fuerza. Al otro día, estás solo en una sala de espera con el corazón roto. No sabemos cuándo nos va a tocar estar del otro lado del mostrador, con la tarjeta rechazada.
Por eso les digo esto, y se los digo al chile, sin rodeos: Sean la persona que ayuda. No esperen a ser ricos para dar. Don Arturo daba lo que no tenía. No esperen a tener tiempo. El tiempo se hace.
Si ven a un perro callejero, no le pateen. Denle agua. Si ven a un viejo cargando bolsas pesadas, ayúdenle. Si ven a alguien llorando, pregunten qué pasa.
A veces pensamos que para cambiar el mundo necesitamos ser presidentes o millonarios tipo Batman. Mentira. Para cambiar el mundo solo necesitas tener los ojos abiertos y el corazón dispuesto a romperse un poquito por los demás.
Esa noche en la veterinaria, yo perdí cuatro mil novecientos pesos. Pero gané una vida. Gané un padre. Gané una familia. Y gané un propósito. Ha sido la mejor inversión de mi maldita vida.
Así que ya saben. Si andan por Ecatepec y ven una casa azul con un montón de perros viejitos tomando el sol en el patio, toquen el timbre. Pregunten por Beto. Ahí los recibimos. El café corre por mi cuenta. Y las historias… las historias corren por cuenta de Don Arturo, que sigue vivo en cada ladrido y en cada cola que se mueve feliz.
Cuídense, raza. Y recuerden: El amor es lo único que nos llevamos.