Todos me decían que estaba loco por gastar mi pensión en ellos, pero nadie vio lo que yo vi en sus ojos esa noche de lluvia.

—¡Quita a esas pinches bestias de aquí, Beto! A la gente le da asco verlos temblando en la entrada —me gritó el guardia de seguridad de la central, pateando el aire cerca de “Canelo”, un perro mestizo al que se le notaban las costillas.

Apreté el volante de mi taxi con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Mis manos, llenas de manchas por la edad y el trabajo duro, temblaban. No era solo rabia; era el frío. Ese frío húmedo que se te mete hasta los huesos en las madrugadas de invierno aquí en la terminal.

Tengo 62 años. La vida no ha sido amable conmigo. Vivo al día, contando los pesos de cada viaje, comiendo tortas frías y a veces, cuando la renta aprieta, durmiendo un par de horas en el asiento trasero del Tsuru. La soledad es cabrona, pega más fuerte que el hambre. Pero verlos a ellos… ver a esos perros callejeros ovillados en el cemento helado, buscando un rincón seco mientras la gente pasa y los patea o los ignora, fue como verme en un espejo.

Durante años fui solo un espectador. Los veía resistir como podían, con esa mirada de quien ya no espera nada bueno de los humanos. Igual que yo.

—Si los tocas, te juro que se arma —le contesté al guardia con la voz quebrada, bajándome del taxi bajo la llovizna.

—Estorban, Beto. Si no se van hoy, llamo a la perrera para que los s*crifiquen. Ya estás advertido.

Esa noche no pude subir pasaje. La imagen de “Canelo” y los otros dos, empapados y tiritando, no me dejaba paz. Conté el dinero que tenía en la bolsa: la ganancia de tres días. Era para mis medicinas y la luz. Miré los billetes arrugados y luego miré hacia la esquina oscura de la terminal donde ellos se escondían.

Sabía que si no hacía algo esa misma noche, para el amanecer ya no estarían. Fue una decisión silenciosa, pero me nació de las tripas, del corazón. No lo hice para que me aplaudieran, lo hice porque nadie más iba a salvarlos.

Arranqué el taxi, pero no fui a casa. Fui a comprar madera, láminas y cobijas.

Lo que pasó cuando regresé a la terminal con las tablas amarradas en el techo del taxi desató una guerra que no esperaba…

¿LOGRÉ SALVARLOS ANTES DE QUE LLEGARA LA PERRERA O PERDÍ MI ÚNICO SUSTENTO POR INTENTARLO?

PARTE 2: LA NOCHE QUE CONSTRUÍ UN REFUGIO (Y CASI PIERDO LA CORDURA)

CAPÍTULO 1: LA DECISIÓN Y EL PESO DE LOS PESOS

No se imaginan lo que pesa la madera mojada. Y no hablo solo del peso físico, de los kilos de triplay y barrotes que amarré como pude al techo de mi Tsuru; hablo del peso de las miradas. Cuando salí de la maderería “El Pino”, el encargado, un muchacho llamado Luis que a veces me fiaba tornillos, me miró como si hubiera perdido la razón.

—Don Beto, ¿neta se va a gastar la feria de la semana en esto? —me preguntó mientras me ayudaba a subir las láminas—. Mire que la suspensión de su taxi ya anda sonando feo, y con estos baches… mejor guárdese el dinero para el mecánico.

Me quedé callado un momento, mirando mis botas gastadas. Luis tenía razón. La suspensión del taxi chillaba en cada tope, y en mi cartera quedaban exactamente trescientos pesos después de pagar el material. Trescientos pesos para comer diez días. Trescientos pesos que debían ser para mis pastillas de la presión y para el abono de la luz.

—La suspensión aguanta, Luis —le contesté, forzando una sonrisa que no sentía—. Pero el frío de esta noche, ese no espera. Esos perros no tienen a nadie. Si yo no lo hago, se mueren. Así de fácil.

Arranqué el coche. El motor tosió antes de encender, como recordándome que él también estaba viejo y cansado, igual que yo. Mientras manejaba de regreso a mi cuartito, una vecindad en la orilla de la ciudad donde el asfalto se convierte en terracería, mi mente no dejaba de dar vueltas.

¿Qué estaba haciendo? Soy un taxista de 62 años. No soy rico. No soy activista. A veces, siento que apenas soy visible para la sociedad. La gente se sube a mi taxi, me dice un destino, y ni siquiera me da los buenos días. Soy una extensión del volante. Pero esos perros… Canelo, la Negra y el Pirata (un perro tuerto que siempre me movía la cola aunque no le diera nada), ellos sí me veían. Cuando llegaba a la terminal en la madrugada a hacer base, ellos levantaban la cabeza. No me juzgaban por mi ropa vieja ni por mi coche despintado. Solo esperaban un poco de bondad.

Y yo había decidido, después de años de solo mirar, dejar de ser un espectador. Esa noche, el frío calaba hasta los huesos. El termómetro marcaba 4 grados, pero con la humedad se sentía bajo cero. Si yo sentía frío dentro del coche con la calefacción a medias, no quería imaginar lo que sentían ellos pegados al concreto helado.

CAPÍTULO 2: CARPINTERO DE MADRUGADA

Llegué a mi casa. Mi “taller” era el pedazo de patio compartido que tenía frente a mi puerta. Eran las 10 de la noche. Saqué mi vieja caja de herramientas: un martillo con el mango encintado, un serrucho oxidado y un bote de clavos mezclados.

Empecé a cortar.

El sonido del serrucho rasgando la madera resonaba en el silencio de la noche. Mis manos, torpes por la artritis que me visita cuando hay humedad, batallaban para mantener el ritmo.

—¡Ya cállese, don Beto! ¡Queremos dormir! —gritó la vecina de arriba, la señora Marta.

—¡Perdón, doña Marta! ¡Es una emergencia! —le grité de vuelta, bajando la voz.

Tuve que seguir trabajando casi a oscuras para no molestar, iluminándome solo con la luz amarilla y débil de la lámpara del pasillo. Me golpeé el dedo pulgar con el martillo tres veces. A la tercera, se me salieron las lágrimas. No grité, solo me chupé el dedo, sintiendo el sabor a sangre y óxido, y me senté en el suelo un momento.

Ahí, sentado entre aserrín y pedazos de madera chueca, me quebré. Lloré. Lloré por el dolor del dedo, sí, pero también por todo lo demás. Lloré por mi esposa que se fue hace cinco años y me dejó este vacío inmenso. Lloré porque a mis hijos casi no los veo porque “siempre están ocupados”. Lloré porque me sentía un viejo loco construyendo casas para perros en lugar de cuidar mi propia vejez.

“¿Qué estás haciendo, Beto?”, me dije a mí mismo. “Ni siquiera sabes si te van a dejar ponerlas”.

Pero entonces recordé la mirada del “Pirata”. Ese perro tuerto que había sido atropellado y sobrevivió de milagro. Si él no se rendía, ¿quién era yo para tirar la toalla por un machucón en el dedo?

Me levanté. Me limpié los mocos con la manga de la camisa y seguí clavando.

No soy carpintero. Las casitas no quedaron derechas. Una tenía el techo un poco inclinado hacia la izquierda y a la otra le sobraban clavos por todos lados. Pero eran sólidas. Les puse unas bases de madera para que no tocaran el suelo frío y, con una lona vieja de un anuncio político que me encontré tirada, las forré para que no se les metiera el agua.

Eran las 3:00 AM cuando terminé. Me dolía la espalda horrores. Mis manos estaban llenas de astillas. Pero al ver esas tres cajas de madera, sentí un orgullo que no sentía desde que mis hijos se graduaron de la primaria. Eran mansiones. Eran refugios. Eran amor.

CAPÍTULO 3: OPERACIÓN COMANDO EN LA TERMINAL

Cargar las tres casitas en el Tsuru fue otro calvario. Tuve que meter una en la cajuela (que tuve que amarrar con un lazo porque no cerraba), otra en el asiento trasero y la tercera, la más chica, en el asiento del copiloto. Mi taxi parecía mudanza de pueblo.

Manejé hacia la terminal de autobuses con el corazón en la garganta. Sabía que el guardia del turno de la noche, el tal “Jagger”, era un tipo difícil. Un hombre amargado que disfrutaba ejerciendo su minúsculo poder sobre los más débiles. Él era el que había amenazado con llamar a la perrera.

Llegué a las 3:45 AM. La terminal estaba en esa hora muerta donde no llegan autobuses y solo se escuchan los motores de los taxis en ralentí. La lluvia había parado, pero el suelo estaba empapado.

Estacioné el taxi lo más cerca posible de la zona de los andenes, en una esquina oscura donde solían ponerse los vendedores ambulantes en el día. Bajé el vidrio y escuché. Silencio.

Bajé del coche y caminé sigilosamente hacia donde solían dormir los perros. Ahí estaban. Tres bultos peludos hechos una bola, temblando visiblemente. El “Canelo” levantó la cabeza y gruñó bajito, pero al olerme, relajó las orejas y movió la cola débilmente. Estaban empapados. El olor a perro mojado y suciedad era fuerte, pero para mí, olía a necesidad.

—Tranquilos, muchachos. Ya llegó el tío Beto —les susurré.

Fui al coche por la primera casita. Pesaba más de lo que recordaba. Caminé con ella en brazos, sintiendo cómo la madera me raspaba el pecho. La coloqué en una esquina, debajo de un pequeño alero de concreto que daba un poco más de protección.

Regresé por la segunda. Todo iba bien.

Pero cuando estaba bajando la tercera casita, la del asiento del copiloto, escuché unas botas pesadas acercándose sobre el asfalto mojado. El sonido inconfundible de un radio de comunicación hizo estática.

—¿Qué chingados crees que estás haciendo, taxista?

Me helé. Era el Jagger.

Me giré lentamente, abrazando la casita de madera como si fuera un escudo. El guardia me apuntó con su linterna directo a la cara. Cerré los ojos por el destello.

—Buenas noches, oficial —dije, tratando de que no me temblara la voz—. Solo… solo les traigo algo para que no se mueran de frío.

—Te dije que no quería tiliches aquí, Beto. —El Jagger bajó la linterna y vi su cara. Tenía ojeras y cara de pocos amigos—. El gerente me va a cagar el palo si ve este mugrero en la mañana. Tienes cinco minutos para llevarte tu basura y a esas bestias.

—No es basura —repliqué, sintiendo una oleada de calor subirme por el cuello—. Son refugios. Mire, oficial… usted tiene su caseta, tiene su chamarra, tiene su café caliente. Ellos no tienen nada. Si los dejo así, mañana amanecen tiesos. ¿Usted quiere cargar con eso? ¿Quiere ser el que los eche a la basura por la mañana?

El Jagger se quedó callado. Miró las casitas mal pintadas. Miró a los perros, que ahora estaban de pie, observándonos con cautela. El “Pirata” dio un paso adelante y, cosa rara, no le ladró al guardia. Se sentó y lo miró con su único ojo bueno.

—Me van a correr, Beto —dijo el guardia, pero su voz ya no sonaba tan agresiva. Sonaba cansada.

—Nadie lo va a correr —insistí—. Las puse en la esquina muerta, donde no estorban el paso de los pasajeros. Además, si alguien pregunta, diga que usted no vio nada. Que cuando dio su ronda, ya estaban ahí. O mejor aún, diga que usted autorizó que se pusieran porque le preocupa la imagen de la empresa. Se ve mal que haya perros muertos en la entrada, ¿no?

El Jagger soltó un suspiro largo, echando vaho por la boca. Se rascó la cabeza por debajo de la gorra.

—Si el gerente pregunta, yo no sé nada. Pero si cagan el pasillo, tú vienes a limpiar. ¿Entendido?

—Trato hecho, jefe. Trato hecho.

El guardia se dio la vuelta y siguió su ronda, pero juraría que lo vi caminar más despacio, dándome tiempo.

CAPÍTULO 4: LA PRIMERA NOCHE DE PAZ

Con el corazón latiéndome a mil por hora, terminé de acomodar las casitas. Pero faltaba lo más difícil: convencerlos de entrar.

Los perros callejeros no confían en las “cajas”. Para ellos, un espacio cerrado puede ser una trampa. Una jaula de la perrera. El “Negra” olfateó la entrada de la casita de en medio y retrocedió asustada.

—Vamos, mi niña, entra. Es calientito —le rogué.

No entraban. Se quedaban ahí parados, mirándome, tiritando bajo la llovizna que había empezado a caer otra vez. Me sentí derrotado. ¿Y si tanto esfuerzo no servía de nada? ¿Y si preferían el frío a lo desconocido?

Entonces, hice lo único que se me ocurrió. Me quité mi propia chamarra de mezclilla, esa que tenía el olor a mi casa, a mi tabaco barato y a mi vida, y la metí dentro de la primera casita. Luego, me arrodillé en el suelo mojado, sin importarme mis pantalones, y metí la mitad de mi cuerpo en la casita.

—Miren, está rico. No pasa nada —les hablé con voz de bebé, esa voz ridícula que usamos los hombres cuando nadie nos ve con nuestras mascotas.

El “Canelo”, el más valiente, se acercó. Me lamió la oreja. Poco a poco, con mucha desconfianza, metió una pata. Luego la otra. Dio dos vueltas dentro, sobre las cobijas viejas que yo había puesto, y soltó un suspiro. Ese suspiro profundo que dan los perros cuando por fin se sienten seguros. Se echó.

Se me salieron las lágrimas otra vez. Ver a ese animal, que minutos antes temblaba como una hoja, acurrucarse en un lugar seco y protegido que yo había hecho con mis propias manos… fue el mejor pago que he recibido en mi vida. Mejor que cualquier propina.

Poco a poco, los otros dos siguieron al líder. En diez minutos, las tres casitas estaban ocupadas. Solo se veían tres narices húmedas asomando por las entradas.

Me senté en el cofre de mi taxi, empapado, con frío, sin dinero para mis medicinas, pero con el alma ardiendo de felicidad. Me fumé un cigarro viendo mis tres “obras maestras”. No eran arquitectura moderna, pero esa noche, eran el edificio más importante de México.

CAPÍTULO 5: LA RUTINA DEL ÁNGEL GUARDIÁN

Pensé que ahí terminaría todo. Que había cumplido mi misión. Pero estaba muy equivocado. Apenas comenzaba.

A la mañana siguiente, regresé antes de mi turno. Tenía miedo de que las hubieran tirado. Pero ahí estaban. Y los perros seguían adentro, durmiendo plácidamente a pesar del ruido de los autobuses llegando.

El problema fue cuando despertaron. Tenían hambre. Y sed. Y algunos tenían heridas que se veían feas con la luz del día. El “Pirata” tenía una infección en la oreja que olía mal.

No podía solo darles techo. Necesitaban más.

Así empezó mi doble vida. De día, taxista gruñón que pelea con el tráfico. De noche y madrugada, el enfermero y cocinero de la terminal.

Empecé a comprar croquetas a granel. Las más baratas, porque no me alcanzaba para más. Pero ellos se las comían como si fuera filete. Llenaba garrafones de agua en los baños de la terminal (a escondidas de los de limpieza) para que siempre tuvieran agua fresca.

Pero la salud era lo que me preocupaba. La oreja del Pirata empeoraba.

Un martes, me tocó un viaje largo. Unas señoras “fresas” que iban al aeropuerto. Iban hablando de sus gatos persas y sus dietas especiales. Me dieron una buena propina: 200 pesos.

En lugar de comprar mi despensa, agarré al Pirata (que se dejó cargar como un bulto de papas), lo subí al taxi sobre unos periódicos y lo llevé a una veterinaria de barrio.

—¿Es suyo, don? —me preguntó la veterinaria, una chica joven con tatuajes.

—Es de todos y de nadie, doctora. Vive en la terminal.

Le curó la oreja, le puso antibiótico y lo desparasitó. Cuando le pregunté cuánto era, ya estaba sacando mis billetes arrugados.

—Por ser rescatado, solo pague el medicamento. La consulta va por mi cuenta —me dijo sonriendo.

Ese día entendí algo importante: la bondad se contagia.

CAPÍTULO 6: NO TODOS SON AMIGOS

No todo fue color de rosa. Hubo días difíciles.

Una tarde llegué y encontré una de las casitas pateada y rota. Alguien, por pura maldad, la había destrozado. Sentí una rabia ciega. Quería buscar al culpable y partirle la cara. Pero luego vi a la “Negra” tratando de esconderse entre los escombros de su casita rota, asustada.

La rabia no servía de nada. La acción sí.

Esa misma tarde la reparé, reforzándola con madera más gruesa. Le puse un letrero con plumón permanente: “Esta casa no le hace daño a nadie, por favor respétala. Aquí vive un ser vivo que siente igual que tú”.

También tuve problemas con algunos pasajeros.

—Oiga, chofer, qué asco esos perros ahí. Deberían matarlos, traen enfermedades —me dijo un día un señor de traje que se subió a mi taxi justo frente a las casitas.

Respiré hondo. Conté hasta diez.

—Señor, esos perros están vacunados y desparasitados. Yo mismo me encargo de eso. Están más limpios de alma que mucha gente que anda por ahí con traje —le solté, mirándolo por el retrovisor.

El señor se quedó callado el resto del viaje. No me dio propina, pero no me importó. Había defendido a mi familia. Porque sí, ya eran mi familia.

CAPÍTULO 7: EL CAMBIO INVISIBLE

Pasaron los meses. Llegó la primavera. Las casitas seguían ahí. Los perros habían cambiado. Ya no eran esqueletos temblorosos. El Canelo había subido de peso y su pelaje brillaba un poco más. El Pirata ya no tenía infección. La Negra, que antes huía de su sombra, ahora se dejaba acariciar por algunos pasajeros que esperaban su autobús.

Pero el cambio más grande ocurrió en mí.

Antes, yo vivía amargado. Me despertaba pensando en lo que me faltaba, en lo que me dolía, en lo solo que estaba. Ahora, me despertaba pensando: “¿Tendrá agua el Canelo? ¿Hará mucho calor para ellos hoy?”.

Tenía un propósito.

La gente de la terminal empezó a notar lo que hacía. Al principio eran miradas curiosas. Luego, algunos se acercaban.

—Oiga don, lo veo siempre limpiando aquí. Tenga, para que les compre un sobrecito —me dijo una señora que vendía tamales afuera, dándome 20 pesos.

Otro día, el mismo Jagger, el guardia que casi me corre, se acercó con una bolsa de plástico.

—Sobró arroz con pollo en mi casa, Beto. No tiene huesos, se lo quité. Para los chuchos.

Sonreí. El mundo no había cambiado por completo, seguía habiendo guerras, hambre y políticos corruptos. Pero mi pequeño mundo, ese rincón de la terminal de autobuses, había cambiado. Se había vuelto un poquito más humano.

CAPÍTULO 8: REFLEXIÓN DE UN VIEJO TAXISTA

Mucha gente me dice ahora que soy un héroe. Alguien me tomó una foto un día que estaba curándole una pata a la Negra y la subió al “Feis”. Se hizo viral, dicen. Vinieron de un periódico local a entrevistarme. Querían la historia del “Ángel de los Perros”.

Pero yo siempre les digo lo mismo: Esta historia no trata de un héroe. No soy San Francisco de Asís. Soy Juan Carlos (aunque todos me dicen Beto), un taxista que dice groserías cuando se le cierra un microbús y que a veces no se baña los domingos.

Soy alguien común. Solo entendí algo simple, algo que a veces se nos olvida con las prisas de la vida: Cuando puedes ayudar y eliges hacerlo, no solo cambias la vida del que recibe la ayuda. Cambias la tuya.

No lo hice para llamar la atención. Fue una decisión silenciosa, hecha desde el corazón. Lo hice porque necesitaba saber que todavía quedaba algo bueno dentro de mí.

Hoy, cuando llego a la terminal y veo a mis tres amigos salir de sus casitas, moviendo la cola, recibiéndome como si fuera el rey del universo, sé que soy el hombre más rico del mundo. No tengo dinero en el banco, pero tengo lealtad pura esperándome cada mañana.

Y mientras Dios me preste vida y este taxi siga rodando, a ellos no les va a faltar nada. Ni agua, ni comida, ni cuidado.

Porque ellos me rescataron a mí primero.


PARTE 3: LA RESISTENCIA DE LOS OLVIDADOS

CAPÍTULO 9: LA CALMA QUE PRECEDE A LA TORMENTA

Dicen que en México lo único seguro es que nada es seguro. Uno puede tener un día tranquilo, ruleteando bajo el sol, y al siguiente se te cae el cielo encima. Durante un par de meses, vivimos en una especie de burbuja milagrosa en la terminal. Una paz frágil, pero paz al fin.

Mi rutina se había vuelto sagrada. Me levantaba a las 4:30 de la mañana. Mis rodillas tronaban como matraca de feria, un recordatorio constante de que los años no perdonan. Me lavaba la cara con agua fría para espantar el sueño y me preparaba un café de olla bien cargado, con harta canela para engañar al estómago. Antes de salir, llenaba un tupper gigante con arroz y menudencias de pollo que cocinaba la noche anterior. Mi casa olía a fonda económica, pero ese olor era el perfume de la esperanza para mis tres muchachos.

Al llegar a la terminal, el ritual era siempre el mismo. Estacionaba el Tsuru —que ya pedía a gritos un cambio de clutch— y bajaba con la comida. Apenas escuchaban el golpe de la puerta del coche, tres cabezas salían disparadas de las casitas de madera.

El “Pirata”, con su único ojo brillante como una canica de obsidiana, siempre era el primero en llegar, derrapando sobre el asfalto. Luego el “Canelo”, más solemne, más señor, que me daba unos toques con la nariz en la mano como diciendo: “¿Qué onda, Beto? ¿Todo bien?“. Y al final la “Negra”, tímida pero amorosa, moviendo la cola tan rápido que parecía que se iba a despegar del suelo.

Esos momentos, bajo la luz mortecina de las lámparas de vapor de sodio, eran mi gasolina. Me sentaba en la banqueta con ellos mientras comían. Les hablaba. Les contaba mis penas.

—Fíjate, Canelo, que ayer me quisieron asaltar en la colonia Doctores —les decía mientras él masticaba—. Pero el ratero me vio tan jodido que hasta me perdonó. Creo que le di lástima.

Ellos escuchaban. No juzgaban. Solo estaban ahí.

Los otros taxistas, al principio burlones, empezaron a cambiar. El “Gordo” Macías, un tipo que siempre andaba de malas y que presumía de haber atropellado gatos por diversión en su juventud, un día se acercó.

—Ten, Beto —me dijo, extendiéndome una cobija vieja con el escudo de las Chivas—. Es pa’ la perra esa, la Negra. Se ve que es friolenta. Pero no digas que fui yo, eh.

El ambiente en la terminal había cambiado. Las casitas, aunque chuecas y parchadas, se habían vuelto parte del paisaje, como el puesto de periódicos o la señora de los tamales. Eran un monumento a la compasión en un lugar donde todos van de paso y a nadie le importa nadie.

Pero la felicidad en casa del pobre dura poco, dicen por ahí. Y vaya que tienen razón.

CAPÍTULO 10: EL TRAJE Y LA CORBATA (EL ENEMIGO LLEGA)

Todo cambió un martes nublado. Llegó un nuevo gerente a la terminal. Decían que venía de la Ciudad de México, de las oficinas centrales, enviado para “limpiar la imagen” y “optimizar recursos”. Esas palabras elegantes que usan los de arriba para joder a los de abajo.

Lo vi llegar en un coche del año, brillante y silencioso. Bajó un hombre joven, de no más de 35 años, con un traje azul impecable que costaba más que mi taxi y mi vida juntos. Zapatos de charol que nunca habían pisado un charco. Cabello engominado hacia atrás. Le decían “El Licenciado Morales”.

Desde mi base de taxis, lo vi hacer su recorrido. Caminaba con asco, como si el suelo de la terminal estuviera hecho de lava. Señalaba cosas con un dedo acusador: una mancha en la pared, un bote de basura lleno, un vendedor ambulante mal parado. Su séquito de lamebotas anotaba todo en tablets.

Y entonces, llegó a la esquina. A nuestra esquina.

Se detuvo en seco. Se ajustó los lentes. Señaló las tres casitas de madera con una expresión de incredulidad y repugnancia total.

—¿Qué es este chiquero? —preguntó con una voz que, aunque no era grito, cortaba como navaja. Lo escuché porque me acerqué disimuladamente, fingiendo limpiar el parabrisas.

—Son… son los perros de la terminal, Licenciado —dijo el jefe de mantenimiento, un buen hombre llamado Don Pepe, bajando la cabeza—. Un taxista les hizo sus casitas para que no mueran de frío.

—¿Un taxista? —El Licenciado soltó una risa seca, sin humor—. ¿Desde cuándo un taxista decide la infraestructura de esta empresa? Esto es una terminal de transporte federal, no un zoológico ni un refugio de beneficencia. Dan una imagen tercermundista. Quiero eso fuera. Hoy.

—Pero, Licenciado… —intentó interceder Don Pepe—, no molestan a nadie. Están vacunados. La gente ya les tiene cariño.

—Me importa un carajo el cariño, José. Me importa la certificación de calidad ISO no sé qué. Y esto… esto es una violación a veinte normas de salubridad. Tienen hasta las 6 de la tarde para que desaparezcan esas cajas y esos animales. Si no, llamo a control animal para que los duerman y a usted le levanto un acta administrativa.

Sentí que se me helaba la sangre. El “Canelo”, que estaba echado en la puerta de su casa, levantó la cabeza y miró al Licenciado. No gruñó. Solo lo miró con esa sabiduría infinita de los perros viejos, como si supiera que ese hombre estaba vacío por dentro.

El Licenciado se dio la media vuelta y se fue, dejando un olor a loción cara y a desgracia.

CAPÍTULO 11: LA HORA DE LA VERDAD

Don Pepe se me acercó, pálido.

—Lo siento, Beto. Escuchaste, ¿verdad?

—Escuché, Pepe.

—No puedo perder mi chamba, hermano. Tengo dos hijos en la prepa. Si no quitas las casitas para las 6, tengo que tirarlas yo. Y van a llamar a la perrera.

Miré mi reloj. Eran las 11 de la mañana. Tenía siete horas. Siete horas para salvar su mundo.

La desesperación es una cosa curiosa. A veces te paraliza, pero a veces te enciende una mecha en el culo que te hace moverte aunque no sepas a dónde.

¿Qué podía hacer? No tenía dónde meterlos. En mi cuartito de la vecindad estaba prohibido tener mascotas; la dueña era una bruja que corría a la gente si escuchaba un ladrido. No tenía terreno, no tenía dinero para una pensión.

Me subí al taxi. Mis manos temblaban tanto que no podía meter la llave.

—Piensa, Beto, piensa —me repetía, golpeándome la frente contra el volante.

Arranqué y fui a ver a mi hermana. Ella vivía en una colonia popular, tenía un patiecito.

—No, Juan Carlos, ¡estás loco! —me gritó cuando le conté—. Ya tengo tres gatos y a tu sobrino que es un desmadre. No puedo meter tres perros callejeros. Además, mi marido me mata.

Fui con un amigo mecánico que tenía un taller grande.

—Híjole, Beto, me encantaría tirarte paro, pero aquí hay mucho aceite, herramienta… se van a lastimar. Y luego los clientes se quejan.

Nadie. Nadie quería el “paquete”. Todos amaban las fotos de los perros en Facebook, todos le daban “like” a la historia del taxista bondadoso, pero cuando se trataba de abrir la puerta de su casa y limpiar caca de perro, ahí se acababa la magia.

Regresé a la terminal a las 4:00 PM. Derrotado. Sentía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Me senté en la banqueta junto a las casitas. El “Pirata” se acercó y recargó su cabeza en mi hombro. Él sabía. Los perros siempre saben cuando uno está triste.

—Perdónenme, muchachos —les susurré, acariciando la oreja cicatrizada del Pirata—. Les fallé. Soy un viejo inútil que no pudo defenderlos.

Empecé a desarmar la primera casita. Cada clavo que sacaba era como si me lo clavaran a mí en el corazón. La madera chillaba al separarse, como si llorara.

Varios taxistas me vieron. Algunos bajaron la mirada. Otros, como el Gordo Macías, se acercaron.

—¿Qué pedo, Beto? ¿Por qué las quitas?

—Orden de arriba, Gordo. El nuevo gerente quiere todo limpio para las 6 o llama a la perrera.

El Gordo escupió al suelo.

—Pinches trajeados de mierda. Siempre chingando al que menos tiene.

Seguí desarmando. Ya tenía las láminas de la primera casa en el suelo cuando escuché un ruido. No era un ruido normal. Era un murmullo que crecía.

—¡Hey! ¡Deje eso ahí, don Beto!

Alcé la vista. Era una muchacha joven, universitaria, con una mochila llena de pines. La había visto varias veces; siempre le daba un pedazo de su sándwich a la Negra antes de tomar el camión a su pueblo.

No venía sola. Venía con tres amigos más. Y tenían sus celulares en la mano, grabando.

—¡No las quite! —me dijo, casi sin aliento—. Ya vimos lo que puso en el grupo de Facebook de la colonia.

Yo no había puesto nada. Había sido el hijo de Don Pepe, que al enterarse de la injusticia, subió un texto rápido pidiendo ayuda.

—Mire —me enseñó su pantalla.

Ahí estaba. Una foto mía (la que me tomaron desprevenido meses atrás) y un texto que decía: “URGENTE: Quieren desalojar a los perros de la terminal y destruir sus casas por ‘mala imagen’. El Sr. Beto está solo. ¡Hay que hacer paro!”.

La publicación tenía 2,000 compartidas en dos horas.

CAPÍTULO 12: LA REVOLUCIÓN DE LOS NADIE

En la siguiente hora, pasó algo que yo creía que solo pasaba en las películas gringas.

Empezó a llegar gente.

Primero, unos vecinos de la colonia de junto. Luego, estudiantes. Luego, señoras con sus bolsas del mandado. Después, activistas de una asociación local de rescate animal.

A las 5:30 PM, media hora antes del “plazo fatal”, había unas cincuenta personas rodeando las casitas. Habían formado una barrera humana.

El Licenciado Morales salió de su oficina de cristal, alertado por el ruido. Venía con dos guardias de seguridad privada (no el Jagger, a él lo habían mandado a otra zona para que no interfiriera).

El Licenciado se veía furioso, pero también nervioso. No esperaba resistencia. Pensó que yo, un simple taxista viejo, agacharía la cabeza y obedecería. Se olvidó de que en México, cuando nos tocan el corazón, somos bravos.

—¡Disuelvan esto inmediatamente! —gritó el Licenciado, tratando de imponer autoridad—. ¡Están en propiedad privada! ¡Están obstruyendo el paso!

—¡El paso está libre, lo que estorba es su arrogancia! —le gritó una señora de edad, armada con un paraguas.

—¡Son seres vivos, no basura! —gritó la chica universitaria.

Los celulares estaban en alto, transmitiendo en vivo. “Lady Terminal”, “Lord Perros”, los hashtags empezaban a volar.

Yo estaba en medio del remolino, pasmado. El “Canelo” estaba asustado por el ruido y se pegaba a mis piernas. Yo lo abrazaba.

—Señor —me dijo el Licenciado, encarandome directamente, ignorando a la multitud—. Usted es el responsable de este alboroto. Si no calma a esta gente y se lleva su mugrero, voy a llamar a la policía federal y lo voy a denunciar por invasión de propiedad y alteración del orden. Va a terminar en el bote, abuelo. ¿Quiere eso?

El miedo me golpeó. La cárcel. Perder mi licencia de taxi. Perder lo poco que tenía. Mis manos empezaron a sudar frío. Era fácil ser valiente en Facebook, pero ahí, frente al poder, frente a la amenaza real de perder mi sustento, las piernas me temblaban.

Miré a la multitud. Estaban esperando mi reacción. Miré al Licenciado, con su mueca de desprecio.

Y luego miré a la “Negra”. Estaba echada sobre los restos de la casita que yo había empezado a desarmar, lamiéndose una pata, ajena al peligro, confiando ciegamente en que yo la protegería.

Recordé todas las veces que agaché la cabeza en mi vida. Cuando mi jefe anterior me robaba propinas. Cuando un tránsito me pedía mordida injustamente. Cuando dejé que la vida me pasara por encima.

“Ya no”, pensé. “Hoy no”.

Me enderecé. Me dolía la espalda, pero me enderecé tanto como pude hasta alcanzar mi 1.70 de estatura.

—Llame a quien quiera, Licenciado —le dije, y para mi sorpresa, mi voz sonó firme, resonante, como el motor de mi Tsuru cuando recién lo afinan—. Llame a la policía, al ejército o al Papa. Pero yo no voy a mover a estos perros. Y si quiere tirar estas casas, va a tener que pasar sobre mí y sobre toda esta gente.

Hubo un silencio de un segundo, y luego, la terminal estalló en aplausos y gritos.

—¡Beto, amigo, el pueblo está contigo! —empezaron a corear.

El Licenciado sacó su celular, rojo de ira, dispuesto a llamar a la fuerza pública. Pero en ese momento, sonó su propio teléfono.

Contestó bruscamente.

—¿Bueno?… Sí, señor Director… Sí, estoy aquí… No, es que son unos revoltosos… ¿Qué? ¿Trending Topic?… Pero señor, la imagen… Sí, entiendo… Sí, señor.

La cara del Licenciado cambió de color. Del rojo furia pasó al blanco papel. Se quedó escuchando, asintiendo como perrito de tablero de coche.

Colgó. Nos miró a todos. Guardó el teléfono.

—Tienen… tienen permiso provisional —dijo, mascullando las palabras como si fueran veneno—. La dirección general ha decidido que… que podemos integrar el proyecto como parte de nuestra iniciativa de responsabilidad social.

Un grito de júbilo retumbó en la estación. La gente se abrazaba. La chica universitaria lloraba. El Gordo Macías estaba tocando el claxon de su taxi a lo loco.

El Licenciado me miró una última vez.

—No se confíe, taxista. Al primer error, a la primera mordida, al primer problema de higiene, se van. Los estaré vigilando.

Se dio la vuelta y se marchó, derrotado por un ejército de gente común y tres perros corrientes.

CAPÍTULO 13: DESPUÉS DE LA BATALLA

Esa noche no dormí. Pero no por angustia, sino por la adrenalina.

La gente no se fue enseguida. Se quedaron ayudando. Entre varios volvieron a armar la casita que yo había deshecho. Alguien trajo pintura y, ahí mismo, a la luz de las lámparas, las pintaron. Les pusieron nombres bonitos en letreros de madera tallada: “Villa Canelo”, “Mansión Pirata”, “Dulce Hogar Negra”.

La veterinaria de la otra vez llegó y les puso pipetas antipulgas gratis. La señora de los tamales trajo atole para todos los voluntarios.

Fue la fiesta más extraña y hermosa que he visto. Una fiesta en una terminal de autobuses, celebrando que tres perros callejeros tenían derecho a dormir calientes.

Me senté en mi cofre, viendo todo aquello. Me sentía agotado, con el cuerpo molido, pero mi corazón… mi corazón estaba tan lleno que sentía que iba a reventar el pecho.

Se acercó el Jagger, el guardia. Ya había regresado a su turno.

—Te la rifaste, Beto —me dijo, dándome una palmada en la espalda que casi me tira—. Nunca pensé que le ganaras al Licenciado. Ese tipo es un hígado.

—No le gané yo, Jagger —le dije, señalando a la gente—. Le ganamos todos.

CAPÍTULO 14: EL LEGADO (EPÍLOGO)

Ha pasado un año desde “La Revolución de los Perros”, como la bautizaron en el barrio.

Las cosas han cambiado, y para bien. La terminal de Posadas (o de donde sea que estemos, porque esta historia pasa en todos lados) se volvió famosa. Gente viene de otras ciudades solo para tomarse la foto con el “Canelo”, que ya se cree una celebridad y posa para las selfies.

La administración de la terminal, viendo que no podían contra el enemigo, decidió unirse. Ahora, en la entrada, hay un letrero oficial que dice: “Terminal Pet Friendly. Hogar de Canelo, Negra y Pirata. Respétalos”. Incluso pusieron un dispensador de comida automático patrocinado por una marca de croquetas.

¿Y yo?

Sigo siendo Juan Carlos Ríos. Sigo manejando mi taxi 12 horas al día. Sigo comiendo tortas y contando los pesos para la luz. No me volví rico, ni famoso en la tele.

Pero ya no soy el mismo hombre gris que solo miraba la vida pasar.

Ahora, cuando manejo por la ciudad y veo a otro perro callejero, paro. Ya traigo siempre una bolsa de croquetas en la guantera. No puedo salvarlos a todos, lo sé. No puedo construir mil casitas. Pero puedo cambiar el momento de ese perro. Puedo darle una comida y una caricia.

Mis hijos, que antes ni me hablaban, vieron el video en Facebook. Vinieron a verme.

—Papá, no sabíamos que hacías esto. Qué chido —me dijo mi hijo mayor, con los ojos aguados.

Ahora vienen los domingos a ayudarme a lavar las casitas y a bañar a los perros. Recuperé a mi familia humana gracias a mi familia perruna.

A veces, en las noches frías, cuando estoy esperando pasaje y veo las tres casitas ocupadas, pienso en el destino. Pienso en cómo una decisión pequeña, la decisión de no ser indiferente, de gastar unos pesos que no tenía en unas tablas viejas, desató una cadena de amor tan grande.

Esta historia no trata de un héroe. Se los repito. No me pongan capas ni me hagan estatuas.

Trata de algo más simple. Trata de mirar. De mirar de verdad a los que nadie mira. A los perros de la calle, a los viejos, a los olvidados.

Trata de entender que, en este mundo jodido y duro, la única trinchera que vale la pena defender es la de la bondad.

Y si algún día pasan por la terminal y ven a un viejo taxista hablando con un perro tuerto, no piensen que está loco. Solo le está contando su día al único amigo que nunca, nunca lo va a dejar solo.

Y si algún día pasan por la terminal y ven a un viejo taxista hablando con un perro tuerto, no piensen que está loco. Solo le está contando su día al único amigo que nunca, nunca lo va a dejar solo.

PARTE 4: CUANDO EL GUARDIÁN CAE (EL PESO DEL LEGADO)

CAPÍTULO 15: LA MÁQUINA Y EL CUERPO

Dicen los mecánicos viejos que un coche es como el cuerpo humano: si le escuchas un ruidito y no le haces caso, tarde o temprano te va a dejar tirado a medio periférico. Mi Tsuru, mi fiel compañero de mil batallas, ya traía la junta de la cabeza flameada. Se calentaba si lo forzaba mucho en las subidas. Yo sabía que tenía que pararlo, que tenía que meterle dinero, pero la decidía era siempre la misma: “¿Arreglo el coche o compro los bultos de comida para el mes?”. La respuesta siempre ladraba y movía la cola. Así que le echaba agua al radiador, le rezaba a la Virgen de Guadalupe y seguía rodando.

El problema es que yo estaba igual que mi taxi.

Tenía meses sintiendo un piquete en el pecho. Un dolor sordo, como si trajera atorada una tristeza vieja. Me faltaba el aire al cargar los garrafones de agua para las casitas. Mis piernas, llenas de várices por tantos años de pisar el clutch y el freno, se hinchaban como tamales mal amarrados al final del día.

Pero uno es necio. El mexicano es necio por cultura. “Es el clima”, decía. “Es que cené pesado”, me mentía. “Me tomo un té de árnica y se me pasa”.

No se me pasó.

Fue una noche de noviembre. Había caído una tormenta de esas que convierten las calles de la ciudad en ríos rápidos. La terminal era un caos. La gente corría empapada buscando taxis, los camiones llegaban con retraso.

Yo estaba en mi base, junto a las casitas. Había puesto plásticos extra sobre los techos de madera porque el viento estaba muy perro y el agua se quería meter por los costados.

—Don Beto, ¿me lleva a la colonia Santa Fe? —me preguntó una señora cargando dos bolsas de mandado y un niño llorón.

—Súbale, jefa —le dije.

Al intentar subirme al coche, sentí el golpe. No fue un dolor agudo al principio. Fue como si alguien me hubiera desconectado la luz. El brazo izquierdo se me puso pesado, como si fuera de plomo. El volante se me resbaló de las manos.

—¿Señor? ¿Está bien? —escuché la voz de la señora, pero se oía lejos, como si estuviera hablando bajo el agua.

Vi el tablero de mi Tsuru. Las luces se hicieron borrosas. Luego miré hacia la banqueta. Ahí estaba el “Canelo”. Me estaba mirando fijamente, con las orejas paradas, alerta. Dio un ladrido seco, fuerte.

Quise decirle: “Cuídalos, mijo”. Pero la lengua se me trabó.

El mundo se fue a negro. Lo último que sentí fue el asfalto mojado en la cara y una lengua rasposa lamiéndome la mejilla con desesperación.

CAPÍTULO 16: LUCES BLANCAS Y OLOR A CLORO

Despertar en un hospital público en México es una experiencia que te cura de espanto. El ruido es constante. Enfermeras gritando apellidos, camillas rodando con llantas chuecas, el llanto de algún bebé, y ese olor… una mezcla de cloro, alcohol y miedo que se te queda pegado en la ropa.

Abrí los ojos. Estaba en una camilla en un pasillo. No había cuartos disponibles, clásico del Seguro Social. Tenía un suero conectado al brazo y unos cables pegados al pecho que me jalaban los pelos.

—¡Ya despertó el de la cama 4! —gritó alguien.

Traté de incorporarme, pero un mareo me tumbó de nuevo.

—Quieto, abuelo. Le dio un preinfarto. Si se mueve se nos va —me dijo un enfermero joven, con cara de no haber dormido en dos días, mientras checaba mi suero.

¿Un preinfarto? La palabra rebotó en mi cabeza.

De golpe, la realidad me cayó encima no como un diagnóstico médico, sino como una angustia terrible.

—¿Qué hora es? —pregunté, con la voz aguardentosa.

—Son las 10 de la mañana del miércoles.

¡Miércoles! Me había desmayado el martes en la noche.

—¡Tengo que irme! —dije, tratando de arrancar el suero—. ¡No les he dado de comer! ¡No tienen agua!

El enfermero me detuvo con fuerza.

—¡Hey, hey! ¡Tranquilo! ¿De qué habla? ¿Tiene hijos chiquitos? Podemos llamar a una trabajadora social.

—¡No, mis perros! —grité, sintiendo las lágrimas de impotencia—. ¡Están en la terminal! ¡Si no voy, el gerente los va a correr! ¡Nadie sabe cómo prepararles el arroz!

El enfermero me miró con una mezcla de lástima y extrañeza. Seguro pensó que el ataque me había afectado el cerebro.

—Señor, cálmese. Si se altera le sube la presión y ahí sí no la cuenta. Acuéstese. Voy a ver si localizo a su familiar. En su cartera traía un número de “Hijo Mayor”. Ya le marcamos.

Me dejé caer en la almohada dura. La impotencia es el peor veneno. Me imaginé la escena: las casitas solas, los platos vacíos. El Licenciado Morales, aquel gerente que había intentado correrlos meses atrás, viendo mi ausencia como la oportunidad perfecta. “¿Ya ven?”, diría él. “El viejo se murió o se largó. Es hora de limpiar esto”.

Me imaginé al Pirata esperando mi coche, corriendo hacia un taxi blanco que no era el mío, y siendo rechazado. Me imaginé a la Negra temblando de hambre.

Cerré los ojos y recé. No recé por mi salud. Recé para que el “Canelo” fuera tan inteligente como yo creía y no hiciera ninguna tontería.

CAPÍTULO 17: EL VISITANTE INESPERADO

Pasaron dos días. Dos días eternos en ese pasillo. Me hicieron estudios, me dieron pastillas que me sabían a gis. Mi hijo mayor, Luis, había venido a verme brevemente, pero tuvo que irse a trabajar. Me regañó, claro.

—Papá, te dijimos que le bajaras al ritmo. Ya no eres un chamaco. Esos perros te van a matar del coraje o del esfuerzo.

No le discutí. Él no entendía. Nadie que no haya sido salvado por un animal entiende esa deuda de vida.

Al tercer día, por la tarde, vi una silueta conocida caminando por el pasillo del hospital, esquivando gente con muletas y sillas de ruedas. Llevaba una gorra gastada en las manos y miraba los números de las camillas con nerviosismo.

Era el Jagger. El guardia de seguridad.

—¡Jagger! —le chiflé bajito, como cuando llamo a los perros.

Él volteó, me vio y se le iluminó la cara. Se acercó rápido.

—¡Pinche Beto! ¡Nos sacaste un susto, cabrón! —me dijo, dándome un apretón de mano fuerte, de esos que duelen pero se agradecen—. Pensamos que ya habías colgado los tenis.

—Mala hierba no muere, Jagger. Oye… —mi voz tembló—, ¿cómo están? ¿Qué pasó? ¿El Licenciado los quitó?

El Jagger soltó una risa y sacó su celular. Un modelo viejo, con la pantalla estrellada.

—Mira, viejo terco. Para que veas que no eres indispensable.

Me mostró un video. Se veía borroso y oscuro, grabado de noche.

En el video, se veía la zona de las casitas. Pero no estaba sola. Estaba el Gordo Macías, el taxista gruñón, vaciando una bolsa de croquetas (de las buenas, no de las a granel) en los platos. Se veía a la señora de los tamales limpiando con una escoba alrededor. Y se veía a Jagger, en el video, acariciando al Pirata.

—¿Quién crees que organizó la tanda para comprarles comida? —dijo Jagger con orgullo—. Cuando te llevó la ambulancia, el Canelo se quería ir corriendo detrás. Tuve que amarrarlo un rato porque se iba a matar en la avenida. Chilló toda la noche. Pero al día siguiente, la gente empezó a preguntar. “¿Dónde está Don Beto?”. Les dijimos. Y pues… la banda se organizó.

Se me hizo un nudo en la garganta. Lloré ahí mismo, frente al guardia rudo de la terminal.

—Hasta el Licenciado Morales bajó ayer —continuó Jagger, bajando la voz como chisme—. Vio que el Gordo Macías estaba dándoles de comer y nomás preguntó: “¿Y el taxista?”. Le dijeron que en el hospital. Se quedó callado, miró las casitas y dijo: “Que no se haga un cochinero”. Y se fue. No los corrió, Beto. Creo que hasta él sabe que si los toca ahorita, se le arma la de Dios es Padre.

Sentí un alivio tan grande que fue mejor medicina que todo lo que me habían inyectado. No estaba solo. Mi misión ya no era solo mía. Había plantado una semilla y, sin darme cuenta, ya era un árbol con raíces propias.

CAPÍTULO 18: EL REGRESO DEL REY (SIN CORONA)

Me dieron de alta una semana después. Con recomendaciones estrictas: “Nada de corajes, nada de cargar pesado, tómese su losartán y deje de comer grasas”. Sí, cómo no. Como si con mi pensión y lo del taxi me alcanzara para comer salmón y espárragos. Pero prometí cuidarme.

Mi hijo me llevó a la terminal para recoger mi taxi, que se había quedado guardado en el corralón de la empresa gracias a un paro que me hizo Don Pepe.

—Te llevo a la casa, papá. Tienes que descansar —dijo mi hijo.

—Nomás déjame verlos, mijo. Cinco minutos. Si no los veo, no me voy a curar.

Mi hijo resopló, pero manejó hacia la entrada de autobuses.

Era mediodía. Hacía sol.

Me bajé del coche de mi hijo despacito, apoyándome en un bastón que me habían prestado.

El primero en verme fue el “Pirata”. Estaba dormitando al sol. Abrió su ojo bueno, paró las orejas y se quedó quieto un segundo, como no creyéndolo.

Luego, soltó un aullido. No un ladrido, un aullido de pura emoción.

Salieron los otros dos. El “Canelo” y la “Negra”.

Se me vinieron encima. Si hubiera estado más fuerte, los hubiera aguantado, pero estaba débil y casi me tiran. Me llovieron lengüetazos, empujones, lloriqueos. La “Negra” se orinó de la emoción en mis zapatos. No me importó.

Me hinqué como pude y los abracé. Olían a calle, a polvo, pero estaban gordos. Estaban bien.

—Ya llegué, cabrones. Ya llegué —les decía, enterrando la cara en el cuello del Canelo.

Varios compañeros taxistas tocaron el claxon al pasar. El Gordo Macías salió de su unidad y me levantó el pulgar.

Me di cuenta de algo: la terminal se veía diferente. Las casitas tenían una mano de pintura nueva. Alguien les había puesto unas cortinas de plástico transparente en las puertas para el frío. Había un letrero nuevo, hecho a mano: “Prohibido molestar a los residentes. Propiedad protegida por la Unión de Taxistas”.

Ya no eran mis perros. Eran los perros de la terminal.

CAPÍTULO 19: EL APRENDIZ DE BRUJO

Pasaron los meses. Mi recuperación fue lenta. Ya no podía trabajar las 12 horas de antes. Trabajaba 6 o 7, las horas pico, y me iba a descansar. Eso significaba menos dinero, pero la salud es primero.

Sin embargo, el destino, que es un guionista muy creativo, me tenía preparada una última sorpresa para esta etapa.

Un día, mientras estaba lavando el taxi (y las casitas, porque eso sí no lo dejaba de hacer), noté que alguien me observaba.

Era un chavito. Un niño de la calle, de esos que les dicen “chavos banda”. Tendría unos 14 años, flaco como una escoba, con ropa que le quedaba tres tallas grande y el pelo pintado de rubio oxigenado mal hecho. Traía una franela sucia en la mano y una botella con agua y jabón.

—¿Qué ves, chavo? —le pregunté, sin dejar de tallar la llanta.

—Esos perros están chidos, don —dijo el niño, con esa voz rasposa de quien ha tragado mucho smog y solvente—. ¿Son de raza?

Me reí.

—Son raza “Cali”.

—¿Cali? —preguntó él, acercándose con desconfianza.

—Callejeros, mijo. Pura raza guerrera.

El niño se acercó más. El “Canelo”, que suele ser bravo con los extraños malvibrosos, se le acercó y le olió los tenis rotos. No le gruñó. Movió la cola.

—¿Cómo se llaman?

—Canelo, Pirata y Negra. ¿Y tú cómo te llamas?

—Me dicen “El Kevin”.

—Mucho gusto, Kevin. Yo soy Beto.

El niño se sentó en la banqueta, a unos metros. Sacó un pan duro de su bolsa y lo partió. Le dio un pedazo al Canelo.

—Oye, ese es mi pan, eh —bromeó, pero se lo dio con cariño.

A partir de ese día, el Kevin empezó a rondar. Primero solo miraba. Luego, empezó a ayudarme.

—Oiga don, déjeme le lavo el taxi. Deme 20 varos pa’ una coca.

Lo dejé. El chamaco le echaba ganas. Y mientras lavaba, platicábamos. Me enteré de que se había escapado de su casa porque su padrastro le pegaba. Que dormía debajo de un puente cerca de la central de abastos. Que a veces inhalaba “mona” (solvente) para no sentir hambre.

Eso me partió el alma. Ver a un niño en la misma situación que mis perros. Buscando refugio, buscando no ser golpeado.

Un día, me senté con él.

—Mira, Kevin. Yo ya estoy viejo. El motor me está fallando —le dije, tocándome el corazón—. Y estos tres necesitan a alguien fuerte. Alguien que corra si hay problemas, alguien que cargue los bultos de comida.

El Kevin me miró, dejando de limpiar el parabrisas.

—¿Me está dando chamba, don?

—Te estoy dando una misión, cabrón. Te voy a enseñar a cuidar un taxi y te voy a enseñar a cuidar a estos animales. Si te portas bien, si dejas de meterte porquerías en la nariz y te bañas, yo te paso una lana a la semana y te dejo dormir en el asiento de atrás del taxi cuando yo no lo use, para que no duermas en el puente. Pero tienes que prometerme que vas a cuidar a la manada.

Los ojos del Kevin brillaron. No sé si brillaron por el dinero, por el techo o porque alguien por fin le estaba dando un lugar en el mundo.

—Va, jale. Trato hecho, Don Beto.

CAPÍTULO 20: LA LECCIÓN DE LA VIDA

Así empezó mi nueva rutina. Ahora soy maestro. Maestro de un niño de la calle y guardián de tres perros. Somos un equipo extraño: un viejo enfermo, un niño “ni-ni” y tres canes mestizos. Los Vengadores de la Terminal de Autobuses.

El Kevin ha resultado ser bueno. Tiene mano para los animales. El otro día, la “Negra” se cortó una pata con un vidrio. Yo no veía bien de cerca por mis lentes viejos. El Kevin, con sus manos flacas pero firmes, le sacó el vidrio, la lavó y le puso la venda.

—Ya quedó, jefa —le dijo a la perra, besándole la cabeza.

Vi esa escena y sentí una paz que no conocía.

Supe entonces que si mañana me da otro infarto, si mañana mi Tsuru decide no arrancar nunca más, o si Dios me llama a rendir cuentas, ellos van a estar bien.

El legado no es poner tu nombre en una placa de oro. El legado es dejar algo vivo que continúe cuando tú ya no estés.

Las casitas siguen ahí. Ya no son de madera vieja nada más; ahora tienen refuerzos, tienen colchas limpias. Pero lo más importante es que tienen guardianes.

Ayer, el Licenciado Morales pasó por ahí. Vio al Kevin barriendo el área de los perros. El Kevin trae ahora una playera tipo polo que le conseguí (usada, pero limpia) y se ha cortado el pelo.

El Licenciado se detuvo. Miró al chico, miró a los perros, me miró a mí que estaba recargado en el taxi supervisando.

Asintió con la cabeza, muy levemente, y siguió su camino.

Fue su manera de firmar la paz definitiva.

EPÍLOGO EXTENDIDO: LA FOTO DEL RECUERDO

Hoy es Navidad. En la terminal se siente ese ambiente raro de melancolía y prisa. Gente viajando para ver a sus familias, cargando regalos y maletas.

Nosotros hicimos nuestra propia cena. Compré dos pollos rostizados. Uno para el Kevin y para mí (con tortillas y salsa, claro) y otro, deshuesado, para la manada.

Nos sentamos en la banqueta, con las luces de los semáforos iluminándonos como si fueran luces navideñas. Hacía frío, pero estábamos calientes por dentro.

El Kevin sacó un celular que se compró con sus ahorros (ya no se droga, lo juro, le hago antidoping visual todos los días).

—Una foto, Don Beto. Pa’l “Feis”.

Nos juntamos. Yo con mi gorra de taxista, el Kevin con su sonrisa chimuela, el Canelo, el Pirata y la Negra en medio.

Click.

Esa foto no va a ganar premios de fotografía. Estamos despeinados, salimos con los ojos rojos por el flash y el fondo es una pared de ladrillo pintada con graffiti. Pero para mí, es la foto más perfecta del mundo.

Porque en esa foto no hay lástima. Hay dignidad. Hay una familia que se eligió a sí misma entre la basura y el olvido.

Mucha gente me pregunta: “¿Beto, valió la pena gastar tu pensión, pelearte con gerentes y casi morir de un infarto por unos perros?”.

Miro al Kevin, que ahora está riéndose mientras el Pirata le lame la oreja. Miro a mis perros durmiendo tranquilos, sabiendo que mañana tendrán comida. Me miro las manos, viejas pero útiles.

—Sí —les contesto—. Valió cada maldito centavo y cada segundo de dolor.

Porque al final del día, cuando apagas el motor y se hace el silencio, lo único que te llevas es lo que diste. Y yo, Juan Carlos Ríos, el taxista de la terminal, me voy a llevar mucho amor.

Así que, si andan por acá, busquen el taxi número 45. Pregunten por Beto y el Kevin. Y traigan croquetas, que la familia crece y el hambre es canija.

Ahí nos vidrios, raza. Cambio y fuera.

PARTE 5: EL ÚLTIMO VIAJE DEL TSURU BLANCO (EL FINAL DE UNA ERA)

CAPÍTULO 21: LOS HUESOS Y EL METAL

El tiempo es un taxista que no perdona. No acepta “luego te pago”, no hace paradas de cortesía y, sobre todo, nunca pone el taxímetro en pausa. Han pasado tres años desde que el “Kevin” llegó a mi vida y desde que la comunidad de la terminal adoptó a la manada.

Mi Tsuru, mi fiel caballo de batalla blanco, ya tiene más de 600,000 kilómetros. El motor suena como una cafetera vieja llena de tuercas, y la segunda velocidad hay que meterla con maña y con cariño, porque si no, la caja de cambios te muerde la mano. Estamos igual, el coche y yo. A mí me rechinan las rodillas cuando cambia el clima, y la vista ya no me da para manejar de noche.

El doctor del Seguro fue claro la última vez: —Don Juan Carlos, sus reflejos ya no son los de antes. Y ese corazón necesita calma. Tiene que ir pensando en colgar las llaves.

Colgar las llaves. Se dice fácil. Pero para un hombre que ha vivido la mitad de su vida viendo el mundo a través de un parabrisas, dejar el volante es como dejar de respirar. Es aceptar que la carretera se acabó y que ahora solo queda sentarse a ver pasar los coches de otros.

Pero hay algo que me da paz. Ya no estoy solo en la trinchera.

El Kevin ya no es un niño. Dio el estirón. Ahora es un muchacho alto, flaco pero fibroso, que ya se rasura una pelusa de bigote que le sale. Cumplió su palabra. Dejó la “mona”, dejó las malas compañías. Terminó la secundaria en el sistema abierto con ayuda de la chica universitaria (la que armó el alboroto en Facebook aquella vez), y ahora trabaja oficialmente como auxiliar de limpieza en la terminal.

Ya trae gafete. Ya tiene seguro social. Y lo más importante: es el guardián oficial de la zona de las casitas.

La rutina ha cambiado. Yo ya no llego a las 4 de la mañana. Llego a las 7, cuando el sol ya calienta, para “supervisar”. Me siento en mi banquito plegable, con mi termo de café, y veo al Kevin lavar el patio, cambiar el agua y servir las croquetas.

Mis perros… mis viejos amigos, también han sentido el paso del tiempo. El “Pirata” ya casi no camina; la artritis le pegó duro en la cadera. Se pasa el día echado en una cama ortopédica que le compramos con una coperacha. La “Negra” se ha vuelto ciega de un ojo por cataratas, pero se guía por el olfato y sigue siendo la más cariñosa.

Y el “Canelo”… ay, mi Canelo. Él es el que me preocupa.

CAPÍTULO 22: EL SILENCIO DEL LÍDER

El Canelo siempre fue el jefe. El alfa. El que ladraba para avisar que llegaba el camión de la basura, el que ponía orden cuando los otros dos se peleaban por un hueso. Pero desde hace unos meses, el Canelo se apagó.

Dejó de ladrar. Dejó de correr a recibirme. Solo me miraba, con esos ojos color miel que se fueron poniendo lechosos, y movía apenas la punta de la cola.

Una mañana de martes, llegué y no salió de su casita.

El Kevin estaba hincado frente a la entrada, llorando en silencio.

—No se quiere levantar, Don Beto. No quiso comer —me dijo con la voz quebrada.

Sentí ese frío conocido en el estómago. El frío de la despedida. Me acerqué. El Canelo respiraba con dificultad, como si tuviera un fuelle roto en el pecho. Me acerqué y le puse la mano en la cabeza. Estaba ardiendo en fiebre. Abrió los ojos, me reconoció y soltó un gemido quedito, un sonido que me partió el alma en dos.

—Vamos al veterinario —dije, tratando de sonar firme, aunque por dentro me estaba desmoronando.

Cargamos al Canelo entre los dos. Pesaba mucho, pero no por gordo, sino porque el cuerpo se vuelve pesado cuando el espíritu se empieza a ir. Lo subimos al asiento trasero del Tsuru, en el lugar donde tantas veces viajó sano y fuerte.

El viaje a la veterinaria fue el más largo de mi vida. Yo manejaba despacio, esquivando cada bache como si llevara una bomba nuclear, mientras el Kevin iba atrás, acariciándole la panza y hablándole bajito.

—Aguanta, mi rey. Aguanta, carnalito. Ya vamos a llegar.

La veterinaria, la misma chica tatuada de siempre que ya se había vuelto nuestra amiga, nos recibió con cara seria. Lo revisó. Escuchó su corazón. Nos miró y negó con la cabeza.

—Don Beto, Kevin… Sus riñones ya no funcionan. Está sufriendo mucho. Lo que lo mantiene aquí es puro amor, pero el cuerpo ya no da más.

El silencio en ese consultorio pesaba toneladas. Olía a desinfectante y a tristeza.

Miré al Kevin. El muchacho estaba destrozado, con los mocos escurriendo, negando con la cabeza.

—No, doctora. Póngale una inyección para el dolor y ya. Se va a curar. Es el Canelo, es un guerrero.

Me acerqué a él. Le puse la mano en el hombro y lo apreté fuerte.

—Hijo… —le dije, y fue la primera vez que lo llamé “hijo” sin darme cuenta—. Parte de amar es saber cuándo soltar. No podemos ser egoístas. Él ya luchó todas las batallas que tenía que luchar. Nos cuidó, nos salvó. Ahora nos toca a nosotros darle descanso.

El Kevin me abrazó. Lloró en mi hombro como un niño chiquito. Y yo lloré con él. Dos hombres, uno viejo y uno joven, llorando por un perro callejero en un consultorio de barrio.

Tomamos la decisión.

Me acerqué a la mesa de metal. El Canelo me miró. Juro por mi madre que me sonrió. Le acaricié las orejas, esas orejas suaves que tantas veces escucharon mis quejas.

—Vete tranquilo, mi niño —le susurré al oído—. Allá no hace frío. Allá no hay hambre. Espérame allá, que no tardo en alcanzarte. Y gracias. Gracias por enseñarme a ser humano.

La doctora puso la inyección. Fue rápido. Fue pacífico. El Canelo suspiró, recargó su cabeza en mi mano y se durmió para siempre.

CAPÍTULO 23: EL FUNERAL DE UN REY SIN CORONA

Regresar a la terminal sin él fue terrible. La casita vacía se veía como un hueco negro en el universo.

Pero entonces, pasó algo increíble.

El rumor corrió rápido. “Se nos fue el Canelo”.

Esa tarde, la terminal se detuvo. No exagero. Los taxistas pusieron moños negros en sus antenas. Los vendedores ambulantes se acercaron a dejar flores blancas frente a su casita. Incluso el Licenciado Morales, el gerente, bajó de su oficina. Se paró frente al lugar vacío, se quitó los lentes y guardó un minuto de silencio.

Hicimos una pequeña ceremonia en el jardín trasero de la terminal, donde Don Pepe, el de mantenimiento, nos dejó enterrarlo bajo un árbol de jacaranda.

El Kevin hizo una cruz de madera. Yo llevé su collar.

Habló el Gordo Macías, habló la señora de los tamales. Todos tenían una historia con él. “Una vez me acompañó hasta la parada del camión porque estaba oscuro”, dijo una cajera. “A mí me ladró cuando se me cayó la cartera para avisarme”, dijo un pasajero frecuente.

Ahí entendí que el Canelo no era solo un perro. Era el alma de ese lugar. Había unido a personas que nunca se hubieran hablado. Había convertido un lugar de paso, frío e impersonal, en una comunidad.

Al final, me tocó hablar a mí.

Me paré frente a la tierra removida. Me apoyé en mi bastón. Miré las caras de todos: gente trabajadora, cansada, gente de a pie.

—Dicen que los perros no tienen alma —dije con la voz ronca—. Pero si el cielo existe, y si allá no dejan entrar al Canelo, entonces yo no quiero ir. Prefiero quedarme afuera con él. Él nos enseñó que no importa si vienes de la basura, si te han pateado o si tienes hambre; siempre puedes mover la cola y dar amor. Ojalá nosotros, los humanos, fuéramos la mitad de decentes que él.

Esa noche, el Kevin y yo nos quedamos sentados en la banqueta hasta la madrugada. No dijimos nada. Solo compartimos el silencio y una botella de refresco, vigilando el sueño del “Pirata” y la “Negra”, que dormían pegados, sintiendo la ausencia de su líder.

CAPÍTULO 24: EL RELEVO GENERACIONAL

La muerte del Canelo me pegó en la salud. La tristeza baja las defensas, dicen. Mi presión arterial empezó a bailar zapateado. Mis hijos, preocupados, me hicieron una “intervención” familiar.

—Papá, ya no puedes manejar el taxi. Es peligroso para ti y para los demás. Vende el Tsuru. Vente a vivir con nosotros o descansa en tu cuarto, nosotros te ayudamos con la renta.

Sabía que tenían razón. Mis manos ya no tenían la fuerza para volantear. Mi vista se nublaba.

Pero vender el Tsuru… eso sentía como vender mi libertad.

Entonces, se me ocurrió una idea.

Un domingo, cité al Kevin en la terminal. Él llegó puntual, con su uniforme de limpieza bien planchado.

—¿Qué pasó, Don Beto? ¿Se siente mal? —preguntó preocupado.

—No, Kevin. Al contrario. Me siento lúcido. Siéntate.

Nos sentamos en el cofre del taxi, nuestro trono de siempre.

—Kevin, ya no voy a manejar. El médico me prohibió el volante.

El Kevin bajó la mirada.

—Chale, Don. Lo voy a extrañar un buen. ¿Qué va a pasar con el taxi? ¿Lo va a vender?

Saqué las llaves de mi bolsa. El llavero era un San Cristóbal gastado.

—No lo voy a vender. Me dan una miseria por él. Vale más por lo que significa que por lo que es.

Le puse las llaves en la mano al Kevin. Él las miró, confundido.

—¿Qué es esto?

—Tú ya tienes 19 años, Kevin. Ya sacaste tu licencia de chofer, ¿no? Me dijiste la otra vez.

—Simón, pero…

—Este taxi es tuyo. Bueno, es “nuestro”. Yo pongo el coche, tú pones la mano de obra. Lo vas a trabajar. Pero con condiciones.

El Kevin estaba con la boca abierta, temblando.

—¿Cuáles condiciones, Don?

—Primera: La mitad de lo que saques es para ti, la otra mitad es para el mantenimiento del coche y… para la manada. De ahí vas a sacar para las croquetas, las vacunas y lo que necesiten el Pirata y la Negra. —Segunda: Nunca, escúchame bien, nunca le vas a negar el viaje a alguien que lleve una mascota de emergencia al veterinario, tenga dinero o no. —Tercera: Vas a manejar con cuidado, cabrón. No quiero que me desgracies el coche ni te mates tú.

El Kevin cerró el puño apretando las llaves. Se le salieron las lágrimas. Se bajó del cofre y me abrazó. Un abrazo fuerte, de hombre a hombre.

—Se lo juro por mi jefa, Don Beto. Se lo juro por el Canelo. No le voy a fallar.

—Ya lo sé, hijo. Ya lo sé.

Verlo arrancar el taxi, meter primera (con un poco de dificultad, el muy bruto) y salir de la terminal manejando MI coche, fue uno de los momentos más agridulces de mi vida. Sentí que me arrancaban un brazo, pero también sentí que me crecían alas.

Mi legado no era estático. Mi legado tenía cuatro ruedas y un motor ruidoso.

CAPÍTULO 25: EL ATARDECER DEL GUERRERO

Ahora mi vida es tranquila. Mis hijos me ayudan con los gastos, y el Kevin, puntual como reloj inglés, me trae mi parte de la “renta” del taxi cada semana. Siempre intenta darme de más.

—Tenga, Don, salió buena la semana.

—No te hagas güey, Kevin. Aquí sobran 200 pesos. Guárdatelos para invitar a la novia al cine.

Voy a la terminal tres veces por semana. Ya no voy a trabajar. Voy a platicar. Me he convertido en el “abuelo” de la estación.

El “Pirata” murió seis meses después que el Canelo. Se fue dormido, sin dolor. Ahora descansa bajo la misma jacaranda. Solo nos queda la “Negra”, que ya está viejita y gruñona, pero sigue siendo la reina del lugar.

Pero lo más bonito es lo que pasa ahora.

El otro día, llegué y vi una caja de cartón afuera de las casitas. Dentro, había dos cachorros mestizos, flacos y llenos de pulgas. Alguien los había abandonado ahí en la noche.

Antes, me hubiera dado un ataque de ansiedad. “¿Cómo los voy a mantener?”, hubiera pensado.

Pero vi al Kevin llegar en el taxi. Se bajó, vio la caja, suspiró y sonrió.

—Órale, llegaron reclutas nuevos —dijo.

Sacó de la cajuela una bolsa de comida especial para cachorros. Se hincó y empezó a limpiarles los ojos con una ternura que me recordó a mí mismo hace años.

Se acercaron otros taxistas.

—¿Qué onda, Kevin? ¿Necesitas para la desparasitada? Yo pongo 50. —Yo pongo para el jabón.

El sistema funcionaba. La rueda giraba. Yo ya no era indispensable. Había creado una cultura. Había enseñado a pescar, en lugar de solo dar el pescado.

Me senté en mi banca favorita. El sol del atardecer pintaba la terminal de naranja y violeta. Veía los autobuses salir hacia destinos lejanos: México, Guadalajara, Monterrey. Veía a la gente despedirse y abrazarse.

Y vi a mi “familia”. Al Kevin educando a los cachorros. A la “Negra” tomando el sol. Al Tsuru blanco estacionado en la base, listo para otra carrera.

Me sentí cansado, pero de ese cansancio rico que da cuando uno ha trabajado mucho en el campo y ve la cosecha lista.

CAPÍTULO 26: CARTA FINAL A MÉXICO (REFLEXIÓN)

Mucha gente me pregunta qué gané con todo esto.

—Don Beto, usted pudo haber ahorrado ese dinero. Pudo haber viajado. Pudo haber arreglado su casa.

Y yo les digo: ¿Y qué? ¿De qué sirve tener una casa bonita si adentro estás vacío?

México es un país cabrón. Perdón por la palabra, pero es la verdad. Hay mucha violencia, mucha tranza, mucha indiferencia. A veces prendes las noticias y te dan ganas de llorar o de largarte. Vemos perros atropellados y nos volteamos para no ver las tripas. Vemos niños pidiendo dinero y subimos el vidrio. Nos hemos puesto una coraza para que no nos duela.

Pero yo descubrí que esa coraza también nos impide ser felices.

Romperla duele. Involucrarse duele. Amar a un perro que se va a morir en unos años duele como el infierno. Pero es el único dolor que vale la pena.

Yo no cambié el mundo. Sigue habiendo millones de perros en la calle. Sigue habiendo injusticia. Pero cambié el mundo de Canelo, de Pirata, de Negra. Y cambié el mundo del Kevin. Y ellos cambiaron el mío.

Soy Juan Carlos Ríos. Fui taxista, fui carpintero de banquetas, fui enfermero de bestias. No tengo dinero en el banco. Mi mayor tesoro son un par de correas viejas colgadas en la pared de mi cuarto y la sonrisa de un muchacho que pudo ser delincuente y eligió ser hombre de bien.

Si están leyendo esto, háganme un favor. No me den “like”. No me comenten “qué buen hombre”. Eso no sirve de nada.

Salgan a su calle. Miren. Pero miren de verdad.

Si ven a un perro con sed, denle agua. Si ven a un viejo cargando algo pesado, ayúdenle. Si ven a alguien triste, sonríanle.

Seamos la resistencia. La resistencia de la bondad en un mundo que nos quiere fríos.

Y si algún día andan por la terminal y ven un taxi blanco viejo manejado por un chavo con tatuajes que lleva a un perro de copiloto, salúdenlo. Díganle que van de parte de Don Beto. Él les va a hacer descuento.

Gracias por leer mi historia. Gracias por escuchar a este viejo loco.

Aquí me bajo yo. El viaje ha sido hermoso.

Cambio y fuera.

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