
Me llamo Arturo. A los ochenta y un años, la simplicidad se siente como una misericordia. Me despierto temprano, alimento a los pájaros en la cerca trasera y me acomodo en mi sillón junto a la ventana del frente con mi costurero.
La casa todavía tiene la forma de mi esposa, Carmela. Su taza sigue junto al fregadero, su suéter colgado en el gancho. El dolor de su ausencia está ahí, pero se ha suavizado, convirtiéndose en un silencio constante. Solía ser sastre, arreglaba uniformes con precisión y manos firmes. Aunque ahora mis dedos están torpes por la edad, la memoria muscular todavía me guía cuando enhebro agujas.
Desde mi ventana, veo cómo la vida pasa al otro lado de la calle. Fue ahí donde noté a Elena, la señora que ayuda a cruzar a los niños de la escuela. Ella siempre lleva su chaleco brillante y saluda con un ánimo ensayado. Pero un día, el frío de la mañana me dejó ver algo más trágico: sus guantes.
Eran delgados, deshilachados, apenas se mantenían unidos por las costuras, mientras la escarcha se aferraba al pavimento. Pude sentir el dolor en mis propios huesos; sus manos debían estar entumecidas.
Esa tarde, sentí una urgencia que no había sentido en años. Saqué un viejo abrigo de lana de la caja de donaciones que guardaba en el pasillo. El forro todavía estaba bueno. Corté con cuidado, medí dos veces y cosí lentamente, luchando contra el temblor de mis manos. Para la noche, había hecho un par de guantes gruesos, grises y sencillos.
Salí antes del amanecer, como un ladrón en mi propia calle, y los dejé colgados en la señal de cruce, doblados cuidadosamente con una nota: “Para las mañanas frías”. Firmado: “De un vecino”. Sin nombre.
Al día siguiente, me escondí tras la cortina. Elena los llevaba puestos. La vi flexionar los dedos, sorprendida, buscando con la mirada a su benefactor. Sonrió para sí misma y volvió al trabajo.
Sentí que algo se aflojaba en mi pecho, un nudo que llevaba años apretado. No pude detenerme. Empecé a notar a los demás. Al chofer del camión con los puños de la chamarra rotos. Al chico de la tienda que iba en bici con las manos desnudas en pleno invierno.
Yo no hablaba con nadie. Solo cosía. Mitones, calentadores, siempre anónimos. Pero entonces, una mañana, abrí mi puerta y encontré algo colgado en la perilla que me robó el aliento y me hizo caer de rodillas…
¿QUIÉN DESCUBRIÓ MI SECRETO Y QUÉ FUE LO QUE DEJARON EN MI PUERTA QUE ME HIZO ROMPER EN LLANTO?!
PARTE 2: El hilo invisible que une al barrio
Mis rodillas chocaron contra el mosaico frío de la entrada, pero les juro por lo más sagrado que ni siquiera sentí el golpe. Todo mi mundo se redujo a ese objeto colgado en el picaporte de mi puerta de madera vieja. No era una bolsa cualquiera; era una de esas bolsas de mandado tejidas, de plástico colorido, de las que usaba mi Carmela para ir al mercado los domingos.
El aire de la mañana me calaba los huesos, pero el calor que me subió al rostro no era fiebre, era pura vergüenza mezclada con una emoción que creí muerta hacía años. Con las manos temblorosas —esas mismas manos que días antes habían cosido con firmeza a pesar de la artritis— desenganché la bolsa. Pesaba. Pesaba como si llevara el corazón de alguien adentro.
Me levanté apoyándome en el marco de la puerta, sintiendo cómo me rechinaban las articulaciones, y entré a la casa arrastrando los pies. Cerré el pasador con un clac que resonó en el pasillo vacío. Me fui directo a la mesa del comedor, esa mesa redonda con el mantel de hule que Carmela cuidaba tanto, y volqué el contenido con cuidado, como si estuviera desactivando una bomba.
Rodaron por la mesa tres madejas de lana. Pero no cualquier lana. No era esa sintética y rasposa que venden en las papelerías baratas. No. Era lana virgen, gruesa, suave al tacto, de un color azul profundo como el cielo de noviembre y otra de un color vino tinto elegante. Junto a las madejas, había un paquete envuelto en papel de estraza que despedía un aroma inconfundible: pan dulce recién horneado. Conchas de vainilla y una oreja, todavía tibias. Y al fondo, un frasco de vidrio con mole casero.
Pero lo que me robó el aliento, lo que me hizo tener que sentarme de golpe en la silla de pino, fue la nota. Un pedazo de papel de cuaderno, arrancado a la prisa, con una letra redonda y clara:
“Don Arturo, no sabemos si es usted un ángel o simplemente un vecino con el corazón muy grande, pero sus puntadas son inconfundibles. Mi abuelo tenía un abrigo que usted arregló hace veinte años y reconocí el remate en los guantes de Elena. Gracias por abrigarnos el alma cuando más frío hace. No pare, por favor. Aquí tiene material para que sus manos sigan haciendo magia. —El Barrio.”
Me llevé las manos a la boca para ahogar un sollozo. Me habían visto. Yo, que me creía el fantasma de la colonia, el viejo invisible que solo salía a barrer la banqueta y a regar las macetas secas. Yo, que pensaba que mi vida se había extinguido el día que enterramos a Carmela. Resulta que seguía vivo, y lo peor —o lo mejor— es que la gente lo sabía.
Me quedé ahí, mirando ese pan dulce y esa lana, mientras la luz del sol empezaba a colarse por las rendijas de la persiana, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. ¿Cómo supieron? La nota lo decía: “el remate”. Claro. Tantos años de sastre, tantos años buscando la perfección en cada dobladillo, en cada ojal. Mi firma no estaba escrita con tinta, estaba escrita con hilo. Un nudo doble, invisible, escondido en el revés de la tela, mi marca de fábrica para que la prenda durara toda la vida.
Comí el pan con lágrimas en los ojos, mojándolo en un café de olla que me supo a gloria, aunque lo había preparado con el café viejo de la alacena. Ese día no encendí la televisión para ver las noticias. Ese día, mis manos pedían trabajo.
Agarré la lana azul. Era suave, de una calidad que no había tocado en décadas. Mi mente empezó a trabajar sola. “Para el hijo de la señora de los tamales”, pensé. Ese chiquillo, el Beto, que siempre anda con los mocos colgando y una sudadera tres tallas más grande que no le tapa nada.
Me senté en mi máquina Singer. Ah, mi vieja compañera. Una máquina negra con decoraciones doradas, de pedal, porque nunca me gustaron las eléctricas; siento que pierdo el control de la puntada. La limpié con un trapo, le puse aceite en los engranajes y el olor a aceite mecánico me trajo de golpe a mi juventud, a mi taller lleno de gente, al ruido de las tijeras cortando casimir.
Empecé a trabajar. El pedal subía y bajaba, marcando el ritmo de mi corazón. Taca-taca-taca-taca. El sonido llenó la casa, espantando al silencio que se había instalado como un inquilino indeseable desde que ella se fue.
Pasaron tres días. Tres días en los que apenas paré para comer algo rápido o dormir unas pocas horas. Hice una bufanda tubular para Beto, forrada por dentro con una tela de franela que tenía guardada. Hice un gorro para Don Jacinto, el señor que vende periódicos en la esquina y que tiene las orejas rojas de tanto helor. Hice unos mitones especiales, con los dedos libres, para la chica de la florería, para que pudiera cortar los tallos sin congelarse.
Pero ahora tenía un problema. Ya no era un secreto. Ya sabían que era yo. ¿Cómo entregarlos? La vergüenza de ser agradecido me paralizaba. Soy un hombre de otra época, de esos que nos enseñaron que los hombres aguantan y callan, que no piden y que dan sin esperar aplausos. La idea de que me dieran las gracias en la cara me aterraba más que la soledad.
Decidí esperar a la madrugada del domingo. A esa hora, ni las ánimas andan en la calle. Es la hora en que los borrachos ya se durmieron y los madrugadores todavía no despiertan.
Salí con mi botín envuelto en bolsas de plástico para protegerlo del sereno. Me sentía como un criminal, pegado a las paredes, evitando la luz de las pocas farolas que servían. Dejé el paquete de Beto colgado en el carrito de tamales de su mamá, que guardan en el patio, metiendo la mano por la reja. El gorro de Jacinto lo dejé prensado en su puesto de periódicos metálico. Los mitones, en la puerta de la florería.
Regresé a casa con el corazón galopando, sintiéndome vivo, travieso, joven. Me metí en la cama y dormí como no lo había hecho en años, sin soñar con hospitales ni despedidas.
A la mañana siguiente, me despertó un ruido. No eran los pájaros. Era un murmullo. Voces. Me asomé con precaución por la cortina de la sala.
Había gente afuera. No mucha, pero sí la suficiente para ponerme nervioso. Estaba Elena, la del chaleco, hablando con la señora de los tamales. Señalaban mi casa. Mi corazón dio un vuelco. “Ya te cargó el payaso, Arturo”, me dije a mí mismo. Me van a venir a reclamar algo. Quizás no les gustó el color. Quizás la lana les dio alergia.
Pero entonces, vi algo que me dejó helado. Elena sacó algo de su bolsa y lo colgó en mi reja. Luego, la señora de los tamales hizo lo mismo. Y se fueron, riendo, como si compartieran una travesura.
Esperé diez minutos, cronometrados con el reloj de pared. Salí.
En mi reja no había basura, ni reclamos. Había bolsas. Otra vez. Metí todo rápido. Esta vez, el botín era diferente. Había medio kilo de tortillas de mano, todavía calientes, envueltas en una servilleta bordada (¡bordada a mano, pude reconocer el punto de cruz!). Había un frasco de miel. Había una bolsa con botones… botones nacarados, antiguos, de esos que ya no se consiguen. Y carretes de hilo. Hilo Gutermann, del caro, del resistente.
Y otra nota. Esta vez era un dibujo. Un dibujo hecho por un niño, con crayones. Era un monigote que se suponía que era yo (tenía lentes y poco pelo) cosiendo una bufanda gigante que cubría a todo el mundo. Abajo decía con letras chuecas: “Gracias Don Alturo. Atte: Beto”.
Me reí. Me reí fuerte, una carcajada ronca que me raspó la garganta por falta de uso. Alturo. El chamaco ni siquiera sabía escribir bien mi nombre, pero me había dibujado como un superhéroe con aguja.
Esa semana, mi casa se convirtió en una central de abastos y una fábrica textil. La gente del barrio, de alguna manera tácita, había llegado a un acuerdo: ellos me alimentaban y me daban materiales, y yo los abrigaba. Nunca nos decíamos nada directamente. Yo salía a la tienda y me saludaban con un “Buenos días, Don Arturo” más cálido, más brillante, pero nadie mencionaba los guantes ni las bufandas. Respetaban mi timidez, mi necesidad de silencio. Era un pacto de caballeros entre un viejo y toda una colonia.
Pero la prueba de fuego llegó el jueves.
Estaba yo en la mercería del centro, buscando unas agujas del número 14, porque las mías ya estaban despuntadas de tanto uso. Estaba concentrado revisando los paquetes cuando sentí una presencia a mi lado.
—Esas no le van a servir para la mezclilla, Don Arturo. Mejor llévese estas, son de titanio.
Me giré sobresaltado. Era Mari, la dueña de la mercería. Una mujerona de brazos fuertes y risa fácil que conocía a todo el pueblo. Me quedé mudo. Ella me sonrió y me puso el paquete de agujas en la mano.
—Lléveselas. Son cortesía de la casa —me dijo, guiñándome un ojo—. He visto lo que está haciendo. Mi sobrina es la chica de la florería. Dice que nunca había tenido las manos tan calientes.
Sentí que me ponía rojo hasta las orejas. —No… no es nada, Mari. Solo… tenía retazos viejos —balbuceé, intentando restar importancia.
Mari se inclinó sobre el mostrador y bajó la voz, poniéndose seria, pero con una dulzura infinita en los ojos. —No son retazos, Don Arturo. Usted está remendando algo más que ropa. Desde que murió Doña Carmela, el barrio lo extrañaba. Lo veíamos ahí, sentado, marchitándose. Y nos dolía. Porque usted y Carmela siempre fueron los abuelos de todos nosotros. Verlo coser otra vez… nos da esperanza. Si usted puede levantarse de su tristeza, nosotros podemos aguantar el frío, la crisis, la inseguridad… lo que venga.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría, pero de esa agua que te despierta. No era solo ropa. No era solo frío físico. Era conexión. Al coser para ellos, me estaba cosiendo a mí mismo de vuelta a la vida. Cada puntada cerraba un poco la herida que la muerte de mi esposa había dejado abierta.
Regresé a casa caminando lento, procesando todo. “Los abuelos de todos nosotros”. La frase resonaba en mi cabeza al ritmo de mis pasos.
Al llegar a mi calle, vi algo que me inquietó. Había una patrulla parada frente a la casa de Doña Lupe, la vecina de enfrente, una viuda que vive sola con su nieta adolescente. Las luces rojas y azules rebotaban en las fachadas de las casas, creando un ambiente de tensión.
Me acerqué, olvidando mi timidez habitual. Varios vecinos estaban afuera, cuchicheando. —¿Qué pasó? —le pregunté a Jacinto, el de los periódicos. —Le robaron, Don Arturo —me contestó, escupiendo al suelo con rabia—. Se metieron cuando salió a la misa de siete. Le vaciaron lo poco que tenía. Se llevaron la televisión y, lo peor, el dinero de la pensión que acababa de cobrar. Pobre Lupe, no tiene ni para el gas de la semana.
Miré hacia la casa. La puerta estaba abierta y se oía el llanto de la nieta. Sentí una rabia caliente en el estómago. En mi barrio, nos cuidamos. O al menos, eso creía yo. Que pasara esto, justo ahora que sentíamos que estábamos más unidos, se sentía como una traición.
Entré a mi casa, pero no pude sentarme. Caminaba de un lado a otro como león enjaulado. Miré mis telas. Miré mis hilos. ¿Qué podía hacer yo? Un par de guantes no iba a devolverle su pensión. Una bufanda no iba a pagar el gas.
Me senté en el sillón de Carmela. Cerré los ojos y le hablé, como hacía a veces. “Ay, vieja. ¿Qué harías tú? Tú eras la que organizaba las tandas, la que armaba los tamales para juntar fondos cuando alguien se enfermaba. Yo solo sé coser.”
Y entonces, en el silencio de la sala, me pareció escuchar su voz, clara y firme, con ese tono de regaño cariñoso que usaba cuando yo me ponía necio. “Pues cose, viejo terco. Cose algo que valga la pena.”
Abrí los ojos. Mi mirada se posó en el rincón del taller, donde tenía guardado “El Tesoro”. Así lo llamaba yo. Era un rollo de casimir inglés, color negro azabache, que compré hace treinta años con la idea de hacerme un traje para las bodas de oro con Carmela. Nunca llegamos. Ella se fue dos años antes. La tela seguía ahí, inmaculada, protegida con naftalina y sábanas de algodón. Era una tela carísima, fina, eterna.
Una idea loca, descabellada, empezó a formarse en mi mente.
Si Lupe no tenía dinero, necesitaba algo que pudiera vender. O algo que le diera dignidad. Pero no… la idea mutó. No era para Lupe. Era para el barrio, para ayudar a Lupe.
Esa noche no dormí. Saqué el casimir. Lo extendí sobre la mesa grande. El tacto de la lana fría y suave me erizó la piel. Era lo más valioso que poseía, materialmente hablando.
Empecé a trazar. No iba a hacer un traje. Iba a hacer abrigos. Pero no cualquier abrigo. Iba a hacer pequeñas obras de arte. Chalecos, capas, prendas que pudieran venderse bien, no aquí en el mercadito, sino en el centro, en las boutiques donde compran los turistas o la gente de dinero. Si yo ponía la mano de obra y mi mejor material…
Trabajé con una fiebre que asustaba. Mis manos volaban. Corté, hilvané, planché. El vapor de la plancha llenaba el cuarto con ese olor a sastrería antigua que es mi perfume favorito.
A media mañana del día siguiente, alguien tocó a la puerta. No un toque tímido como cuando dejaban regalos. Un toque firme. Tres golpes secos.
Fui a abrir, con el metro todavía colgado al cuello y lleno de hilos. Era Chuy, el hijo mayor de la señora de la tienda. Un muchacho alto, tatuado, que a muchos les daba miedo por su aspecto de cholo, pero que siempre me ayudaba a cargar el garrafón de agua. —Don Arturo —dijo, quitándose la gorra con respeto—. Mi amá me dijo que anda usted muy encerrado y se oye la máquina a todo lo que da. ¿Está todo bien?
Lo miré. Miré sus tatuajes, sus manos grandes y callosas. Y se me ocurrió que yo solo no podía. —Pásale, Chuy —le dije, haciéndome a un lado.
El muchacho entró, mirando con curiosidad el desorden de telas finas en la mesa. —¡Órale, Don! Esto se ve fino. ¿Va a ir a una fiesta?
—No, mijo. Vamos a hacer un negocio. O mejor dicho, una misión. Siéntate. ¿Sabes usar las redes esas… el Feisbuk y el Instagram?
Chuy sonrió, sacando su celular. —Pues claro, Don. Soy el máster de las selfies.
—Bien. Porque necesito vender esto. Pero no barato. Necesito venderlo caro. Todo lo que saquemos es para Doña Lupe.
Los ojos de Chuy se abrieron como platos. Miró la tela, me miró a mí, y luego miró la foto de Carmela en la pared. —¿Va a sacrificar su tela guardada, Don? Mi amá me contó que esa tela era sagrada pa’ usted.
—Las cosas se guardan para ocasiones especiales, Chuy. Y ayudar a un vecino… creo que es la ocasión más especial que existe. Pero necesito ayuda. Mis manos ya no son tan rápidas para los acabados finos. Necesito a alguien que planche mientras yo coso. Necesito a alguien que corte hilos.
Chuy se guardó el celular. Se arremangó la camisa. —Pues yo no sé coser ni un botón, Don Arturo. Pero si me enseña, yo le ayudo. Mi jefa dice que tengo manos de estibador, pero aprendo rápido.
Y así, empezó la sociedad más extraña del barrio. Un sastre de 81 años y un muchacho de 20 con los brazos tatuados, trabajando codo a codo bajo la luz amarilla de la cocina.
Le enseñé a Chuy a hilvanar. Al principio se picaba los dedos y soltaba maldiciones que me hacían persignarme, pero tenía paciencia. Mientras trabajábamos, me contaba de su vida, de que no encontraba trabajo, de que la gente lo juzgaba por su apariencia. Yo le contaba de cómo era el barrio antes, de cuando las calles eran de tierra y todos nos conocíamos por nombre.
Para el domingo, teníamos tres piezas terminadas. Un chaleco de caballero con forro de seda (sacado de un vestido viejo de Carmela), una capa corta de mujer elegantísima y una boina estilo europeo.
Chuy les tomó fotos. Las puso en el piso de madera, buscó la luz, las acomodó “aesthetic”, como dijo él. —Ya está, Don. Las subí al grupo de “Ventas de la Ciudad” y al Marketplace. Le puse: “Alta costura artesanal por sastre maestro. Edición limitada a beneficio de causa noble”.
Esperamos. Pasó una hora. Nada. Dos horas. Un “me gusta”. Yo empezaba a desanimarme. Quizás mi estilo ya estaba pasado de moda. Quizás a nadie le importaba la calidad de las costuras en estos tiempos de ropa desechable.
Pero entonces, el celular de Chuy empezó a sonar. Ding. Ding. Ding. Una cascada de notificaciones. —¡No manches, Don Arturo! —gritó Chuy—. ¡Mire esto!
Me acercó la pantalla. Había comentarios, docenas de ellos. “¿Cuánto cuesta la capa? Es preciosa.” “¿Dónde entregan?” “Se ve que es calidad de antes.”
Pero hubo un mensaje que destacó. Era de una tal “Boutique L’Amour”, una tienda del centro comercial exclusivo de la ciudad. “Hola. Vimos sus fotos. La técnica de confección se ve impecable. Nos interesa comprar el lote completo y hablar con el sastre. ¿Podemos visitarlos hoy?”
Chuy y yo nos miramos. Él con una sonrisa de oreja a oreja, yo con el corazón a punto de salirse por la boca. —¿Qué les digo, Don?
Respiré hondo. Miré mis manos, viejas, manchadas, temblorosas, pero capaces. —Diles que vengan. Pero que traigan efectivo. Lupe no puede esperar a transferencias.
La dueña de la boutique llegó dos horas después en una camioneta blanca. Era una mujer joven, elegante. Entró a mi humilde casa y, al ver las prendas, se quitó los lentes de sol con reverencia. Tocó las costuras, revisó los forros, jaló suavemente los botones para probar la firmeza. —Maestro —me dijo, y esa palabra me llenó de un orgullo que no sentía hacía décadas—, esto es arte en extinción. Me llevo todo. Y le ofrezco el doble de lo que piden si me promete hacerme una colección exclusiva para invierno.
Salí de la casa con el dinero en un sobre. Chuy venía conmigo, caminando con el pecho inflado, como si fuera mi guardaespaldas. Cruzamos la calle hacia la casa de Doña Lupe.
Cuando Lupe abrió la puerta y vio el dinero, no lo quiso aceptar. Lloraba diciendo que era demasiado, que cómo iba a pagarnos. —No es préstamo, Lupe —le dije, tomándole las manos frías—. Es el barrio. Hoy por ti, mañana por mí. Además… —miré a Chuy y le guiñé un ojo— esto es solo el anticipo. Parece que Chuy y yo vamos a tener mucho trabajo.
Esa noche, de regreso en mi sillón, miré la caja de costura. Estaba casi vacía de hilos, pero mi corazón estaba lleno. Había encontrado un socio, había salvado a una vecina y, lo más importante, había descubierto que a los 81 años, la vida no se acaba. Apenas estaba cambiando de temporada.
Estaba a punto de apagar la luz cuando vi algo más en el fondo de la bolsa de mandado que me habían dejado días atrás, algo que no había notado por estar cubierto por la lana. Era un sobre pequeño, antiguo, amarillento.
Lo saqué con curiosidad. No tenía remitente. Al abrirlo, cayó una fotografía vieja, en blanco y negro. La levanté y sentí que el suelo se abría bajo mis pies nuevamente.
En la foto estábamos Carmela y yo, jovencísimos, el día que inauguramos la sastrería hace cincuenta años. Estábamos brindando. Pero al fondo de la foto, en una esquina, se veía a un hombre mirando hacia la cámara con una expresión extraña, un hombre que yo creía haber olvidado, un hombre que juró destruirnos el negocio antes de irse del pueblo hace décadas.
Detrás de la foto, una letra temblorosa, diferente a las anteriores, había escrito: “El pasado siempre vuelve, Arturo. Qué bueno ver que sigues cosiendo. Pronto nos veremos.”
El frío de la noche entró de golpe en la habitación. Esto no era una carta de agradecimiento. Esto no era del barrio. Alguien más me estaba observando. Alguien que conocía mis secretos más antiguos, aquellos que ni siquiera Carmela supo del todo.
El timbre de mi teléfono fijo, ese aparato viejo que nunca sonaba, empezó a repiquetear en el silencio de la madrugada, haciéndome saltar del susto.
¿QUIÉN ESTÁ AL OTRO LADO DE LA LÍNEA Y QUÉ TIENE QUE VER CON ESA FOTO AMENAZANTE? ¿ACASO MI NUEVA FAMA ATRAJO A UN VIEJO ENEMIGO?
[FIN DE LA PARTE 2]
PARTE 3: Los fantasmas no saben coser
El teléfono seguía sonando. Un timbre metálico, estridente, de esos que te taladran el cerebro. Era el sonido de mi viejo aparato de disco, ese color crema que ha estado en la mesita del pasillo desde 1990 y que casi nunca suena, salvo para alguna encuesta o número equivocado. Pero esta vez, cada repique se sentía como una sentencia.
Con la mano temblando más que de costumbre, levanté el auricular. No dije nada. Solo escuché mi propia respiración entrecortada y el siseo de la línea estática.
—Sabía que contestarías, Arturo. Siempre fuiste demasiado educado para tu propio bien.
La voz era rasposa, como lija pasando sobre madera seca, pero inconfundible. Habían pasado cincuenta años, pero el tono arrogante de Rogelio Montemayor seguía intacto. Sentí que la sangre se me iba a los pies.
—Rogelio… —susurré. Mi garganta se sentía llena de aserrín.
—Veo que todavía te acuerdas de tu viejo socio —dijo, y pude escuchar la sonrisa torcida en su voz—. Vi las fotos en internet, Arturo. “Alta costura artesanal”. “Sastre maestro”. ¡Ja! Qué ironía. Usando mis técnicas, mis cortes, ¿y llevándote tú la gloria? Típico de ti.
—Eso no es cierto —repliqué, aferrándome al cable enroscado del teléfono como si fuera mi salvavidas—. La sastrería la levantamos los dos. Y tú te fuiste. Tú nos abandonaste a Carmela y a mí con las deudas cuando aquel negocio con los uniformes salió mal.
—Me fui porque no tenía visión para quedarme en un barrio de mala muerte cosiendo dobladillos —escupió él con veneno—. Pero ahora veo que te va bien. Vendes a boutiques exclusivas. Tienes un “socio” joven. Tienes dinero. Y yo… bueno, digamos que la vida me debe una. Y tú vas a pagar esa deuda.
—No tengo dinero, Rogelio. Lo que sacamos fue para ayudar a una vecina que…
—¡No me vengas con tus cuentos de samaritano! —me interrumpió con un grito que me hizo alejar el auricular—. Sé dónde vives. Sé que estás solo. Y esa foto que te dejé es solo el recordatorio. Voy a ir por lo que me pertenece. Si crees que el frío era tu enemigo, espera a ver lo que puedo hacer yo con tu reputación. Voy a contarle a todos quién eres en realidad, Arturo. El sastre que “tomó prestado” el dinero de la caja antes del incendio del 72. ¿Recuerdas eso?
El pánico me paralizó. Era una mentira. Una vil mentira distorsionada por el tiempo. Pero, ¿quién le creería a un viejo de 81 años frente a un hombre que siempre supo manipular la verdad?
—No te atrevas a acercarte a mi casa —dije, intentando sonar firme, pero mi voz se quebró.
—Nos vemos pronto, socio. Prepara el café.
La línea murió con un clic.
Me dejé caer en el suelo del pasillo, abrazando mis rodillas. La oscuridad de la casa, que antes me parecía un refugio, ahora se sentía como una boca de lobo. El incendio del 72… Dios mío. Fue un accidente eléctrico en nuestro primer taller. Pero Rogelio siempre insinuó que yo lo provoqué para cobrar el seguro. Nunca se probó nada porque no hubo culpa, pero el rumor… el rumor es una mancha que no sale ni con cloro.
Si él esparcía eso en el barrio, ¿qué pensarían de mí? ¿Qué pensaría Chuy? ¿Elena? ¿Doña Lupe? ¿Creerían que el viejo amable que les regala guantes es en realidad un estafador incendiario? La vergüenza, ese viejo fantasma católico con el que crecí, me aplastó el pecho.
Esa noche no dormí. Apagué todas las luces. Cerré las cortinas con doble vuelta. Escondí la máquina de coser bajo una sábana vieja, como si fuera un cuerpo delictivo. Me sentí sucio. Me sentí indigno de los regalos, del pan dulce, del cariño de la gente.
A la mañana siguiente, el sol salió, pero mi casa permaneció en penumbras. A las nueve en punto, escuché los golpes en la puerta. —¡Don Arturo! ¡Ya llegué! Traje unos tamales de rajas para desayunar antes de darle a la costura. ¡Ábrale, que se enfrían!
Era Chuy. Su voz sonaba alegre, llena de esa energía vital que tanto me había animado los últimos días. Me quedé quieto en mi sillón, conteniendo la respiración. Vete, muchacho, pensé. Vete antes de que te salpique mi desgracia.
—¿Don Arturo? —La voz de Chuy cambió. Se volvió preocupada—. ¿Está ahí? Oigo que anda caminando. ¿Se siente mal?
No contesté. Hubo un silencio largo. Luego, escuché el sonido de su celular marcando. Mi teléfono fijo, que yo había desconectado de la pared la noche anterior, permaneció mudo.
—Chale… esto no me gusta —murmuró Chuy del otro lado de la puerta.
Pasaron las horas. Escuché más voces. La de Elena, la de la señora de los tamales. Se había formado un pequeño comité afuera de mi casa. —Nunca abre tan tarde —decía Doña Lupe—. ¿Y si le dio un infarto? ¿Y si se cayó? —No, Lupe, no diga eso. Pero está todo cerrado a piedra y lodo —decía Elena.
Me sentía como un criminal asediado. Quería gritarles que estaba bien de salud, pero enfermo de miedo. Quería abrir la puerta y abrazarlos, pero el temor a ver decepción en sus ojos me clavaba al asiento.
De repente, escuché un ruido en el patio trasero. Alguien estaba saltando la barda. Mis macetas de geranios crujieron. Me levanté asustado, buscando con qué defenderme. Agarré mis tijeras de sastre, esas pesadas de acero forjado. La puerta de la cocina se abrió de golpe (nunca le ponía el pasador de atrás, un olvido de viejo).
Ahí estaba Chuy. Sudado, con la gorra chueca y una raspada en el brazo por haber brincado la reja. Me vio ahí, de pie en la penumbra, empuñando las tijeras como una espada, con los ojos rojos de no dormir y la ropa de ayer arrugada.
—¡No manche, Don Arturo! —exclamó, levantando las manos—. ¡Casi me da un infarto! Pensé que estaba tirado en el piso. ¿Qué le pasa? ¿Por qué está a oscuras?
Bajé las tijeras, temblando. Las dejé caer sobre la mesa y me cubrí la cara con las manos. El llanto que había contenido toda la noche salió a borbotones, un llanto seco y doloroso de anciano.
Chuy no preguntó más. Se acercó y, con esa torpeza tierna de los hombres jóvenes que no están acostumbrados a consolar, me rodeó los hombros con su brazo fuerte. —Ya, Don, ya… tranquilo. Siéntese. Ahorita le traigo un vaso con agua. Respire.
Me hizo sentar, me dio agua con azúcar (remedio infalible de abuelas mexicanas) y esperó a que me calmara. Cuando por fin pude hablar, le conté todo. Le hablé de Rogelio. De la sociedad fallida hace medio siglo. De la acusación del incendio. De la amenaza.
—Dice que va a venir… que va a decirle a todos que soy un ladrón —terminé, sorbiendo la nariz—. Chuy, no quiero que piensen mal de mí. Yo nunca robé nada. Ese incendio nos dejó en la calle a Carmela y a mí. Tuvimos que empezar de cero, cosiendo en un cuarto de azotea. Rogelio se fue con el dinero del seguro del coche de la empresa y nunca volvió. Él fue el que robó, pero siempre tuvo lengua de plata.
Chuy se quedó callado un momento, procesando la información. Su rostro, generalmente risueño, se endureció. Se ajustó la gorra, un gesto que ya había aprendido que significaba que iba a ponerse serio.
—A ver, Don Arturo. Déjeme ver si entendí. ¿Este viejo rancio quiere venir a espantarlo en su casa, en su barrio, después de cincuenta años, nomás porque vio que usted está brillando y él no?
—Es que no lo conoces, Chuy. Es malo. Tiene abogados. Sabe mentir muy bien.
Chuy soltó una risa corta, sin humor. —Don Arturo, usted conoce de telas y de hilos. Pero yo conozco la calle. Y yo conozco a este barrio. Aquí no nos importan los chismes de hace cincuenta años. Aquí nos importa quién nos ayudó cuando teníamos frío. Quién salvó a Doña Lupe.
—Pero si viene…
—Que venga —dijo Chuy, sacando su celular—. Es más, ojalá venga. Porque usted no está solo. Usted ya no es el viejito invisible de la ventana. Usted es el Sastre del Barrio. Y al barrio se le respeta.
Chuy empezó a mandar mensajes de voz en el grupo de WhatsApp de la colonia. “Raza, pónganse al tiro. Tenemos una situación con Don Arturo. Un vato del pasado quiere venir a hacerle de tos y a extorsionarlo. Necesitamos paro. Cáiganle a la casa de Don Arturo. Ahora.”
Me asusté. —Chuy, no quiero pleitos. No quiero violencia.
—No va a haber violencia, Don. Va a haber presencia. Usted confíe.
Media hora después, escuchamos el motor de un coche. Un coche caro, pude distinguir el sonido suave del motor, no como los escapes ruidosos de las carcachas de la cuadra. Me asomé por la ventana. Un sedán negro, brillante, se estacionó justo enfrente de mi reja. De él bajó un hombre. Se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata. Llevaba un traje que, tuve que admitir con mi ojo experto, estaba impecablemente cortado, aunque un poco pasado de moda. Era Rogelio. Más viejo, más calvo, pero con la misma mandíbula cuadrada y los ojos pequeños y crueles. Lo acompañaba un hombre más joven, de traje gris barato y portafolio: el abogado, supuse.
—Ahí están —dije, sintiendo que me faltaba el aire.
—Venga, Don Arturo —dijo Chuy, abriendo la puerta principal de par en par—. Vamos a recibirlos.
—No puedo, Chuy.
—Sí puede. Agarre sus tijeras si quiere sentirse seguro, o agarre mi brazo. Pero no se esconda. Carmela no querría que se escondiera.
La mención de Carmela me dio el empujón que necesitaba. Me alisé la camisa, me pasé la mano por el poco pelo que me queda, y salí al pequeño porche de mi casa.
Rogelio estaba en la banqueta, mirando mi fachada con desprecio. Cuando me vio, sonrió. Una sonrisa de tiburón. —¡Arturo! Veo que sigues viviendo en una caja de zapatos. —Su voz resonó en la calle silenciosa—. Traje los papeles. Vamos a discutir cuánto me corresponde por el uso indebido de mis patrones intelectuales en tus “obras de caridad”.
El abogado dio un paso adelante. —Señor Arturo Sandoval, mi cliente exige el 50% de las ganancias generadas y una disculpa pública por…
—¡Bájale de espuma a tu chocolate! —La voz retumbó desde la acera de enfrente.
Rogelio y el abogado giraron la cabeza. Era Mari, la de la mercería. Estaba parada con los brazos cruzados, y detrás de ella estaba su sobrina, la de la florería.
—¿Disculpa pública? —dijo Elena, saliendo de detrás de un poste, con su chaleco naranja brillante puesto como si fuera una armadura—. La única disculpa que se debe aquí es por venir a gritar a una casa ajena.
Rogelio frunció el ceño. —Esto no es asunto suyo, señora. Es un tema legal entre empresarios.
—¿Empresarios? —se burló Jacinto, el voceador, que apareció por la esquina empujando su carrito lleno de periódicos, bloqueando la salida trasera del coche de Rogelio—. Yo solo veo a un señor muy catrín molestando a nuestro vecino.
Poco a poco, la calle se fue llenando. No era una multitud furiosa con antorchas. Era algo más poderoso. Era la normalidad del barrio imponiéndose. Salió la señora de los tamales con su cucharón en la mano. Salió el mecánico de la vuelta, limpiándose la grasa de las manos con una estopa. Salieron los niños que iban saliendo de la escuela. Y todos, absolutamente todos, llevaban algo que yo había hecho. Guantes grises. Bufandas azules. Gorros color vino. El chaleco de Mari. Era un ejército vestido con mi lana.
Rogelio miró a su alrededor, desconcertado. —¿Qué es esto? ¿Un circo? —bufó—. Arturo, diles a tus… mascotas que se aparten.
Chuy dio un paso adelante, poniéndose entre Rogelio y yo. Se veía inmenso. —Nadie aquí es mascota, don. Somos familia. Y usted está invadiendo propiedad privada.
—Tengo derechos —chilló Rogelio, perdiendo la compostura—. Este hombre es un fraude. ¡Él incendió nuestro negocio en el 72! ¡Pregúntenle!
Se hizo un silencio. Sentí que me moría. Todas las miradas se volvieron hacia mí. Rogelio sonrió triunfante. —¿Lo ven? No lo niega. Es un delincuente.
Tomé aire. Mis pulmones dolían, pero mi corazón, curiosamente, dejó de galopar. Miré a mis vecinos. Miré sus manos abrigadas por mi trabajo. Y entendí algo: el pasado no se puede descoser, pero el presente es una tela nueva.
Di un paso al frente, apartando suavemente a Chuy. Me erguí todo lo que mi columna de 81 años me permitió.
—Rogelio —dije. Mi voz salió firme, clara, resonando en la calle—. Es verdad que hubo un incendio. Y es verdad que lo perdimos todo. Pero tú sabes muy bien que la caja fuerte ya estaba vacía antes de que la primera chispa saltara. Yo nunca dije nada porque eras mi amigo y no quería que fueras a la cárcel. Pensé que habías tomado el dinero por desesperación.
La cara de Rogelio se puso roja, luego pálida. —Mientes…
—No miento —continué, mirándolo a los ojos—. Y tampoco miento cuando digo que, durante cincuenta años, cargué con la tristeza de perderte como amigo. Pero hoy… hoy veo que no perdí nada. Porque mi verdadera riqueza está aquí. —Señalé a la gente—. Ellos saben quién soy. No por lo que pasó hace medio siglo, sino por lo que hago cada día. Mis manos hablan por mí, Rogelio. ¿Qué dicen las tuyas?
Rogelio miró sus manos, manicuradas, sujetando el bastón de plata. Luego miró las mías, llenas de callos, pinchazos de aguja y manchas de edad. Miró al barrio. Una veintena de personas lo observaban con una mezcla de lástima y desafío. No había miedo en ellos. Había unidad.
El abogado, sintiendo que el ambiente se ponía pesado y que no había honorarios que valieran un linchamiento social, cerró su portafolio. —Señor Montemayor, creo que no tenemos base para un reclamo aquí. Vámonos.
Rogelio abrió la boca para decir algo, quizás un último insulto, pero se le atragantó. Vio a Doña Lupe, que se había acercado a mí y me había tomado del brazo. Vio a Beto, el niño, que le sacaba la lengua. Bajó la mirada. Se dio la vuelta, subió a su coche lujoso y arrancó, perdiéndose calle abajo, llevándose su amargura a otro lado.
Cuando el coche desapareció, el barrio estalló en aplausos. Chuy me abrazó tan fuerte que casi me rompe una costilla. —¡Eso es todo, Don Arturo! ¡Lo puso en su lugar con pura elegancia!
Mari se acercó, secándose una lágrima. —Don Arturo, usted es un caballero. Y que ni se le ocurra volver a esconderse, ¿eh? Que todavía le debo el favor de los botones.
Esa tarde, mi casa no estuvo sola. Hicimos una “fiesta de traje” improvisada (yo traje esto, tú trae aquello). Comimos tamales, tomamos atole y nos reímos. Pero hubo un momento, ya tarde, cuando la gente se fue yendo y solo quedamos Chuy y yo recogiendo los platos.
—Don Arturo —me dijo Chuy, mientras lavaba los vasos—. ¿De verdad él se robó el dinero?
Lo miré mientras doblaba el mantel. —Sí, mijo. Pero el rencor es como una polilla. Si lo guardas en el armario, se come todo lo bueno que tienes. Yo decidí perdonarlo hace mucho, aunque no lo sabía hasta hoy. Al enfrentarlo, me liberé.
Chuy asintió, secándose las manos. —Oiga, Don. Con todo este alboroto, se me olvidó decirle algo. La dueña de la boutique llamó otra vez.
—¿Ah, sí? —pregunté, sintiendo un cosquilleo de emoción—. ¿Quiere devolver la ropa?
—¡Nombre! —se rió Chuy—. Dice que vendió todo en dos horas. Y que tiene un pedido especial. Una novia. Quiere que le diseñe el vestido. Dice que quiere algo “con alma”, algo que no sea de fábrica. Y dijo que paga lo que sea.
Me quedé helado. ¿Un vestido de novia? Hacía cuarenta años que no hacía uno. El último fue… el de una sobrina de Carmela. Miré mis manos. Me dolían un poco por la tensión del día. Pero luego miré el rollo de encaje que tenía guardado en el cajón de arriba, un encaje francés que compré en una subasta y nunca usé.
—Dile que sí, Chuy —respondí, sintiendo cómo una sonrisa nueva, diferente, se formaba en mi rostro. No era la sonrisa tímida del sastre solitario. Era la sonrisa de un maestro artesano—. Pero diles que el equipo somos dos. Tú te encargas de las compras y las entregas. Yo me encargo de la magia.
—¡Arre! —gritó Chuy, chocando su puño con mi palma abierta.
Me acerqué a la ventana. La calle estaba tranquila. La lámpara de la esquina parpadeaba. Vi mi reflejo en el cristal. Ya no veía a un viejo esperando la muerte. Veía a Arturo, el Sastre del Barrio. Y por primera vez en mucho tiempo, miré hacia arriba, hacia donde imagino que está Carmela, y le guiñé un ojo. “Tenías razón, vieja. La vida sigue. Y parece que se va a poner buena.”
Me di la vuelta, apagué la luz del porche, pero dejé encendida la lámpara de mi mesa de costura. Tenía bocetos que dibujar. Mañana sería un día largo.
[FIN DE LA PARTE 3]
PARTE 4: La última puntada no es el final
El silencio que quedó en mi casa después de que el coche de Rogelio desapareció y los vecinos regresaron a sus hogares no fue el silencio vacío y polvoriento al que me había acostumbrado durante los últimos años. No. Fue un silencio vibrante, cargado de electricidad, como el aire justo antes de que rompa una tormenta de verano en el valle. Me quedé un rato en la mesa de corte, acariciando la madera vieja llena de cicatrices de mis tijeras, sintiendo todavía el eco de los aplausos de mi gente en los oídos.
Esa noche, cuando apagué la lámpara de mi mesa de costura, no pude dormir de inmediato. Mi mente, que solía ser un cuarto oscuro lleno de recuerdos tristes, se había convertido de repente en un salón de baile iluminado. Tenía un encargo. Un vestido de novia. Y no cualquier vestido, sino uno con “alma”, como había dicho la clienta.
Me levanté a las tres de la mañana. No por insomnio, sino por inspiración. Fui a la cocina, puse agua para un café de olla con bastante canela y piloncillo —porque a esta edad el azúcar es uno de los pocos vicios que me perdono— y saqué mi cuaderno de bocetos. Hacía años que no dibujaba nada nuevo. Mis manos, que horas antes habían temblado ante la amenaza de un viejo enemigo, ahora sostenían el lápiz de carbón con una firmeza que creía perdida.
Dibujé hasta que el sol empezó a pintar de naranja las paredes del patio. Cuando Chuy llegó a las ocho, puntual como nunca lo había visto, con una bolsa de bolillos calientes bajo el brazo, me encontró rodeado de papeles arrugados y con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Buenos días, maestro! —saludó, dejando el pan en la mesa—. ¿No durmió o qué? Tiene ojos de tecolote.
—Los artistas no dormimos, Chuy. Soñamos despiertos —le respondí, extendiéndole el boceto final—. Mira. Esto es lo que vamos a hacer.
Chuy se quitó la gorra y se inclinó sobre el dibujo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. —No manches, Don Arturo… ¿Eso va a salir de sus manos? Parece de película.
—Va a salir de nuestras manos, muchacho. Porque hoy empieza tu entrenamiento oficial. Si vamos a ser socios, tienes que saber diferenciar entre un satén y una seda salvaje.
Los días siguientes fueron un torbellino que transformó mi rutina monástica en una chamba frenética pero gozosa. La “Boutique L’Amour” nos mandó a la novia, una muchacha llamada Sofía, tan delgada y nerviosa como un pajarito. Cuando entró a mi sala, miró las paredes despintadas y los muebles viejos con un poco de duda. Pero cuando saqué el rollo de encaje francés que había estado guardado en mi cajón durante décadas, vi cómo le cambiaba el semblante.
—Es… es hermoso —susurró ella, tocando la tela con reverencia—. Huele a historia.
—Huele a paciencia, niña —le corregí suavemente, colocándole la cinta métrica alrededor de los hombros—. Este encaje ha esperado cuarenta años por la dueña correcta. Y parece que ya llegó.
El proceso de confección no fue fácil. Mi artritis, ese enemigo silencioso que vive en mis nudillos, decidió atacar con fuerza a mitad de la semana. Hubo tardes en las que el dolor era tan agudo que sentía como si me clavaran alfileres calientes en las articulaciones. En otros tiempos, me hubiera rendido. Me hubiera sentado a llorar mi vejez y mi inutilidad. Pero ahora tenía a Chuy.
Ese muchacho, que el barrio juzgaba por sus tatuajes y su facha de vago, resultó tener una delicadeza insospechada. —A ver, Don, suelte eso —me decía cuando veía que se me caía la aguja por tercera vez—. Dígame dónde pico y yo le doy. Usted sea el cerebro, yo soy el músculo.
Y así, bajo la luz amarilla de mi cocina, le enseñé a Chuy el arte sagrado de la costura invisible. Le enseñé a hilvanar sin fruncir la tela, a planchar las costuras abiertas para que la prenda cayera con plomo, a pegar botones de nácar para que no se cayeran ni con un huracán. Ver sus manos grandes y tatuadas manejando hilos de seda con tanto cuidado me hizo pensar en lo equivocados que estamos a veces al juzgar un libro por su portada. O una prenda por su etiqueta.
Pero la verdadera magia ocurrió no en la tela, sino en el barrio. La noticia de que el “Sastre del Barrio” estaba haciendo un vestido de alta costura corrió como pólvora. Y de repente, mi casa se volvió el corazón de la colonia.
Doña Lupe, a quien habíamos ayudado con la venta de los primeros abrigos, se apareció un martes con una olla gigante de mole. —Para que coman bien, que están muy flacos —dijo, y se instaló en la cocina a lavar los trastes para que nosotros no perdiéramos tiempo.
Mari, la de la mercería, nos trajo hilos de oro que tenía guardados “para una ocasión especial” y no quiso cobrarnos ni un peso. —Es mi inversión en el negocio —dijo guiñándome un ojo—. Cuando sean famosos, diré que yo fui su proveedora exclusiva.
Hasta los niños, incluido el pequeño Beto que me había hecho el dibujo, venían a la salida de la escuela. Se sentaban en la banqueta, en silencio, mirando por la ventana cómo el vestido iba tomando forma en el maniquí. Para ellos, ver algo tan bello y lujoso nacer en medio de nuestras calles polvorientas era como ver un milagro. Les daba orgullo. Les daba sentido de pertenencia.
Hubo una noche, sin embargo, en la que el miedo volvió a visitarme. Faltaban tres días para la boda. El vestido estaba casi listo, colgando en el centro de la sala como un fantasma de belleza blanca. Me levanté por un vaso de agua y me quedé mirándolo. De repente, me sentí abrumado. ¿Y si no era suficiente? ¿Y si fallaba una costura? ¿Y si Rogelio tenía razón y yo solo era un viejo jugando a ser importante?.
Sentí la presencia de Carmela tan fuerte que casi pude oler su perfume de gardenias. Me acerqué al vestido y toqué el encaje. “Vieja…” susurré en la oscuridad. “Tengo miedo. Esto es mucho para mí. Ya estoy cansado.”
Y juro, por lo más sagrado, que escuché el crujido de la madera del piso detrás de mí, como cuando ella caminaba descalza. No hubo palabras, pero sentí una calidez en la espalda, un “apapacho” del alma. Recordé lo que le dije a Chuy sobre el rencor, sobre cómo perdonar a Rogelio me había liberado. Entendí entonces que este vestido no era para demostrarle nada a Rogelio, ni al mundo. Era mi carta de amor final a mi oficio, y mi regalo de bienvenida a la nueva vida que el barrio me había regalado.
El día de la entrega llegó. Sofía vino con su madre. Cuando se probó el vestido frente al espejo de cuerpo entero que Chuy había limpiado con vinagre hasta dejarlo impecable, se hizo un silencio absoluto en la habitación. El vestido le quedaba como una segunda piel, pero mejor. El encaje francés subía por su espalda como una enredadera de flores de escarcha, y la falda de seda tenía un movimiento que parecía líquido.
Sofía empezó a llorar. Su madre también. Y yo, bueno, yo fingí que se me había metido una pelusa en el ojo. —Don Arturo… —dijo ella, girándose para verme—. No es un vestido. Es un sueño. ¿Cómo puedo pagarle esto?
—El precio ya está acordado con la boutique, niña —dije, carraspeando para aclarar la voz—. Pero si quiere hacerme feliz… báilelo mucho. Que ese vestido sepa lo que es la alegría.
Chuy, que estaba recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, inflaba el pecho como si él mismo hubiera tejido cada hilo. Y en parte, así había sido.
El día de la boda, un sábado soleado de octubre, recibí una sorpresa. Chuy llegó a mi casa vestido de traje. Un traje que, noté con orgullo, él mismo se había ajustado siguiendo mis instrucciones. —Póngase guapo, Don Arturo —me dijo—. Porque estamos invitados.
—¿Invitados? ¿Nosotros? —La novia insistió. Dijo que no se casa si el creador de su vestido no está ahí para verla entrar a la iglesia.
Fui a mi armario. Saqué mi viejo traje, el que usaba para ir a misa con Carmela. Me quedaba un poco grande, porque los años te van consumiendo, pero con un par de alfileres y la ayuda de Chuy, quedó presentable.
Llegar a la iglesia del centro, esa iglesia grande y lujosa donde se casa la gente de dinero, fue una experiencia surrealista. Bajamos del taxi (Chuy insistió en pagar el Uber “Premium”) y vi cómo la gente nos miraba. Un anciano con bastón y un joven tatuado. Una pareja dispareja. Pero caminamos con la frente en alto.
Cuando Sofía entró, el mundo se detuvo. El vestido brillaba bajo la luz de los vitrales. Escuché los murmullos de la gente: “¿Quién le hizo el vestido?”, “¡Es espectacular!”. En ese momento, Chuy me dio un codazo suave. —Esa es nuestra chamba, Don. Mírela nomás.
Sentí una lágrima rodar por mi mejilla, caliente y libre. No era tristeza. Era plenitud. Había pasado de coser parches en la soledad de mi viudez a vestir la felicidad de una extraña. Mis manos, esas manos viejas y manchadas, todavía servían. Todavía podían crear belleza.
Al salir de la iglesia, la dueña de la boutique se nos acercó. —Señores —dijo, dándonos la mano a ambos—. Tienen que prepararse. Después de hoy, tengo cinco novias más preguntando por el “Sastre del Barrio”.
Chuy me miró, con pánico y emoción en los ojos. —¿Cinco, Don? ¿Sí la armamos?
Le puse la mano en el hombro, sintiendo la fuerza de su juventud y la solidez de nuestra amistad. —Paso a paso, socio. Puntada a puntada.
EPÍLOGO: Un año después
Han pasado doce meses desde aquel día. Si pasas hoy por mi calle, verás que la casa ya no se ve triste. Chuy y sus amigos vinieron un fin de semana y pintaron la fachada de un azul brillante, “Azul Talavera”, dijeron. En la ventana, donde antes solo había cortinas cerradas, ahora hay un letrero de madera tallada a mano que dice: “Sastrería Sandoval y Asociados”.
La sala ya no es sala; es taller. Tuvimos que comprar otra máquina, una industrial, porque la vieja Singer ya no se daba abasto. Y lo más increíble no es el negocio, sino quiénes trabajan en él.
Chuy ya no está solo conmigo. Ha traído a dos muchachos más del barrio, chicos que andaban en malos pasos o que no encontraban rumbo. “Don Arturo es mejor que la escuela correccional”, les dice. Y es verdad. Aquí no solo aprenden a cortar tela. Aprenden paciencia. Aprenden matemáticas (¡vaya que se necesitan para los patrones!). Y aprenden que hay dignidad en el trabajo manual.
Doña Lupe es la encargada oficial del control de calidad (y de que nadie pase hambre). Mari nos ayuda con la contabilidad. El barrio entero ha cambiado. No es que nos hayamos vuelto ricos, ni que los problemas de México hayan desaparecido mágicamente. La inseguridad sigue, los precios suben. Pero hay algo diferente en el aire de nuestra cuadra. Hay orgullo.
Cuando pasa una patrulla, ya no nos escondemos. Saludamos. Porque sabemos que somos una comunidad que se cuida, que trabaja, que crea.
Y yo… bueno, yo tengo 82 años. Mis manos duelen más que antes, eso no lo voy a negar. Ya no coso tanto como al principio; dejo que los muchachos hagan el trabajo pesado. Mi labor ahora es supervisar, enseñar y, sobre todo, contar historias.
Me siento en mi sillón, junto a la ventana, pero ya no miro hacia afuera esperando que la vida pase. Miro hacia adentro, viendo la vida florecer en mi propia casa. Veo a Chuy explicando a un novato cómo hacer un ojal. Veo las telas de colores apiladas. Escucho la risa y la música de banda que a veces ponen (y que ya hasta me empieza a gustar).
A veces, cuando cae la tarde y los muchachos se van, me quedo un momento a solas con la foto de Carmela. Le cuento del día. Le cuento que Beto pasó con puros dieces en la escuela y que le regalamos una mochila nueva hecha de lona resistente. Le cuento que Rogelio nunca volvió a aparecer, y que sinceramente, espero que haya encontrado algo de paz, porque yo tengo de sobra.
El otro día, encontré en el fondo de un cajón aquel primer par de guantes grises que hice, los que empezaron todo. Están un poco polvorientos. Pensé en tirarlos, pero no pude. Son mi recordatorio.
Son la prueba de que, incluso cuando crees que tu vida es un retazo inservible, siempre, siempre se puede hacer un remiendo hermoso si tienes el hilo correcto y la voluntad de dar la primera puntada.
Ayer me llamó Chuy muy emocionado. —¡Don Arturo! ¡Nos invitaron a una expo de diseño en la capital! ¡Quieren que demos una plática sobre moda comunitaria!
Me reí. Yo, Arturo Sandoval, un sastre de pueblo, dando pláticas en la capital. —¿Y qué voy a decir yo, mijo? —Pues la verdad, Don. Que el amor es la única tela que no se desgasta.
Así que aquí estoy, planchando mi mejor camisa. Mañana nos vamos de viaje. No sé cuánto tiempo me quede en este mundo. Quizás un año, quizás diez. Pero sé una cosa: no me iré en silencio. Me iré con el ruido de las tijeras, con el olor a vapor y jabón, rodeado de mi nueva familia elegida.
Me iré sabiendo que dejé al barrio un poco más abrigado de lo que lo encontré.
Y tú, que estás leyendo esto en tu pantalla, tal vez con frío, tal vez sintiéndote solo como yo me sentía… hazme un favor. Mira a tu alrededor. Mira a tu vecino. Mira esa chamarra vieja que ya no usas. Mira tus propias manos.
Todos tenemos algo que coser. Todos tenemos un hilo que nos une a los demás. Solo hace falta jalarlo un poquito.
Nos vemos en la próxima puntada. Atentamente, El Sastre de tu Barrio.
[FIN DE LA HISTORIA]