La lección de amor: Dicen que estoy loca por arriesgarme así en el tráfico, pero cuidar a quien amas, aunque sea un “lomito”, es la única verdad que conozco. Él no se movía, confiaba en mí, y yo solo le pedía a Dios que la aguja aguantara un bache más. 🙏😭

—¡No lo muevas tanto, carnal, que se le va a salir la aguja! —le grité a mi hermano, sintiendo cómo el aire caliente de la avenida me golpeaba la cara y me secaba las lágrimas.

El ruido del tráfico era insoportable, cláxons pitando como si la vida de los demás no valiera nada, pero mi mundo entero se reducía a los bultos que llevaba cargando. En medio de la calle, yo avanzaba en la motocicleta llevando a mi perrito, mi “Canelo”, entre mis brazos, mientras con una mano, entumida por el esfuerzo, sostenía con cuidado el suero que lo mantenía estable.

La gente se nos quedaba viendo. Unos con lástima, otros con esa mirada de juicio que te hace sentir pequeña. Pero no era un viaje cualquiera, era una urgencia, de esas que te queman el pecho y se viven cuando alguien que amas está enfermo y no tienes lana para una ambulancia veterinaria.

Sentí un bache horrible. La moto brincó.

—¡Bájale, bájale! —supliqué, apretando a Canelo contra mi pecho.

Revisé la vía. Un hilo de sangre se asomó por el catéter. Me temblaron las piernas, pero él… El perrito permanecía quieto, sin resistirse, sin miedo. Solo confiaba en mí, ciegamente. Me partió el alma ver sus ojitos cansados, entregados a mis manos.

Porque los perritos aman de una forma distinta, son como niños en otro cuerpo: sin condiciones, sin dudas, con el corazón abierto, aunque el mundo alrededor se esté cayendo a pedazos. Y es que cuidar a quien amas, aun en medio del caos y la pobreza, sigue siendo la expresión más sincera y pura del amor.

De pronto, el tráfico se detuvo en seco. Un bloqueo. Filas interminables de autos rojos. El suero ya casi se acababa y Canelo soltó un suspiro largo, demasiado largo, y su cabeza cayó pesada sobre mi hombro.

—¡Se me está yendo, Beto! ¡Se me va! —grité desesperada.

Mi hermano apagó la moto y me miró con pánico. Estábamos atrapados.

¿LO BAJO Y CORRO CON EL SUERO EN LA MANO O ESPERAMOS?

PARTE 2: EL PESO DE UNA VIDA ENTRE LOS BRAZOS

La decisión no la tomé con la cabeza, la tomé con las entrañas.

—¡Bájate, Beto! ¡Ya no avanza! —le grité a mi hermano, sintiendo cómo la desesperación me trepaba por la garganta como un animal con garras.

El tráfico en la avenida estaba muerto. Era una de esas manifestaciones que paralizan la ciudad, donde el derecho a la protesta de unos se convierte en la pesadilla de otros. Filas interminables de lámina hirviendo bajo el sol de las dos de la tarde. El calor subía del asfalto haciendo vibrar el aire, deformando las siluetas de los coches a lo lejos. Olía a esmog, a embrague quemado y a tacos de canasta sudados de los vendedores que ya empezaban a sortear los autos.

Beto me miró a través del retrovisor de la Italika, con los ojos desorbitados. El casco le quedaba grande y se le ladeaba con el sudor.

—¿Estás loca, Valery? —me gritó por encima del ruido de los cláxons—. Faltan como veinte cuadras para la veterinaria del Doctor Cárdenas. ¡No vas a llegar cargando al perro y con esa madre colgando!

Miré a Canelo. Mi gordo. Mi niño. Estaba envuelto en esa cobija vieja de cuadros que compramos en el tianguis hace años, la que usaba para morder cuando era cachorro. Pero ahora no mordía nada. Su cabeza colgaba inerte sobre mi antebrazo izquierdo. Tenía los ojos entreabiertos, pero la mirada estaba perdida, vidriosa, mirando hacia un punto fijo en la nada. Su respiración era un silbido tenue, roto, como si cada inhalación le costara la vida entera.

El suero. Esa maldita bolsa de plástico transparente era lo único que lo ataba a este mundo. La sostenía con mi mano derecha, el brazo levantado en alto como si fuera la Estatua de la Libertad de la desgracia, rogando que la gravedad hiciera su trabajo y el líquido siguiera bajando por la manguerita hasta su vena.

—¡Me vale madre si son veinte o cincuenta, Beto! —le contesté, y la voz se me quebró—. ¡Se está muriendo! ¿No lo ves? ¡Se me apaga!

Salté de la moto con un movimiento torpe. Las piernas se me habían entumido por la postura y casi me voy de boca contra el pavimento caliente. Abracé a Canelo con fuerza, cuidando que la aguja no se le moviera. Él ni se quejó. En otros tiempos, si lo cargaba así, me hubiera lamido la cara o hubiera intentado bajarse para orinar una llanta. Ahora, su cuerpo pesaba el doble. Pesaba como pesa la culpa. Pesaba como pesa el miedo a perder lo único que te quiere de verdad.

—¡Espérame aquí o busca dónde estacionar la moto, pero yo no me quedo parada viendo cómo se muere! —le ordené a mi hermano sin voltear a verlo.

Empecé a correr. O más bien, a trotar torpemente entre los espacios estrechos que dejaban los coches parados.

El mundo se volvió un túnel. Solo existíamos Canelo, el suero y yo.

I. El Pasado que nos unió

Mientras mis tenis gastados golpeaban el asfalto y el sudor empezaba a empaparme la espalda, mi mente, traicionera, me llevó atrás. Dicen que cuando vas a morir ves tu vida pasar, pero cuando alguien que amas está muriendo, lo que ves es su vida pasar.

Me acordé de cómo llegó a mí. No fue en una tienda de mascotas, ni fue un regalo de cumpleaños bonito. Fue una noche de lluvia, de esas tormentas que inundan las colonias bajas donde el drenaje nunca sirve. Yo venía de la prepa, empapada, harta de la vida, sintiéndome la persona más sola del universo porque mi papá se acababa de ir de la casa y mi mamá no hacía más que llorar encerrada en su cuarto.

Y ahí estaba él. Una bola de pelos sucia, temblando debajo de un puesto de lámina abandonado. Era feo con ganas, la verdad. Flaco, orejón, con sarna en la cola. Pero cuando me acerqué, en lugar de gruñirme, me movió la colita. Un movimiento tímido, casi imperceptible. Me miró con esos ojos color miel que parecían decir: “Yo también estoy solo, pero si quieres, podemos estar solos juntos”.

Esa noche compartimos mi cena. Unas salchichas frías. Me costó la mitad de mis ahorros curarle la sarna y ponerle sus vacunas, dinero que se suponía era para mis copias de la escuela. Pero valió cada centavo. Porque Canelo no solo se curó; me curó a mí.

Los perritos son como niños en otro cuerpo. No te juzgan si sacaste malas calificaciones, no les importa si no traes ropa de marca, no te reclaman si llegas tarde porque te quedaste platicando con el novio. Ellos solo te esperan. Y cuando llegas, te reciben como si fueras la estrella de rock más famosa del mundo.

—¡Aguanta, mi amor, aguanta! —le susurré al oído, esquivando el espejo retrovisor de una camioneta gris—. No me dejes solita, por favor.

II. El Laberinto de Concreto

Un claxonazo brutal me sacó de mis recuerdos.

—¡Fíjate, pendeja! —me gritó un taxista que asomaba la cabeza por la ventanilla—. ¡Rayas el coche y te lo cobro!

Sentí una rabia volcánica subirme por el pecho. Quise voltear y gritarle, decirle que su coche me importaba menos que la basura, que llevaba una vida en mis manos. Pero no tenía aire para desperdiciar en peleas.

—¡Perdón, es una emergencia! —grité al aire, sin detenerme.

El suero se balanceaba peligrosamente. Mi brazo derecho, el que sostenía la bolsa, empezaba a arder. El ácido láctico se acumulaba en mis hombros. “Cambia de mano”, pensé. Pero no podía. Si cambiaba de mano tenía que soltar a Canelo un segundo, y si lo soltaba, sentía que se iba a romper.

La gente en los coches me miraba como si fuera un bicho raro. Una loca corriendo por el Periférico con un perro medio muerto y una bolsa de suero.

Vi a una señora en un auto azul, maquillándose en el espejo. Me vio, vio al perro, hizo una mueca de asco y subió su ventana. Eso dolió más que el insulto del taxista. La indiferencia. ¿Cómo puede la gente ser tan ciega al dolor ajeno? No era un viaje cualquiera, era una carrera contra la muerte, y para ellos yo solo era una molestia visual en su tarde de tráfico.

Pero también vi otra cosa.

Unos metros más adelante, un repartidor de comida en moto, de esos de mochila naranja, me vio venir. Vio el suero. Vio mi cara bañada en lágrimas y sudor. Sin decir una palabra, movió su moto, subiéndola a la banqueta para abrirme paso entre dos coches que estaban muy pegados.

—¡Pásale, carnala! —me dijo mientras me hacía una seña—. ¡Corre, corre!

—¡Gracias! —alcancé a jadear.

Ese pequeño gesto me dio un gramo más de fuerza. No todo el mundo estaba podrido.

Canelo emitió un quejido bajo. Sentí su cuerpo convulsionar levemente.

—¡No, no, no! —me detuve en seco, apoyándome en la cajuela de un coche estacionado.

Revisé la vía. La sangre estaba regresando por el tubo. Se había tapado o la presión estaba fallando.

—¡Mierda! —lloré. Mis manos temblaban tanto que no podía ajustar la llave de paso del suero.

—¿Qué pasa? ¿Qué tiene el perrito?

Levanté la vista. Una señora mayor, que vendía chicles y cigarros entre los coches, se había acercado. Tenía la piel curtida por el sol y un delantal lleno de monedas.

—Se me muere, madre, se me muere —le dije, sintiendo que me derrumbaba—. No pasa el suero.

La señora dejó su cajita de chicles en el suelo, en medio del asfalto sucio. Con unas manos que parecían raíces de árbol, ásperas y fuertes, tomó la patita de Canelo.

—A ver, mija. Tranquila. Si tú te pones mal, él se pone mal. Ellos sienten todo.

Con una delicadeza que no esperaba, estiró la pata de Canelo y movió ligeramente la posición de la aguja. Apretó la bolsa de suero con cuidado.

—Ahí está. Mira. Ya gotea otra vez.

Vi la cámara de goteo. Plip. Plip. Plip. El ritmo de la esperanza.

—Gracias, señora, que Dios se lo pague —le dije, y quise abrazarla.

—Corre, hija. No te pares. Y háblale. Háblale bonito. Que sepa que estás ahí.

Retomé la carrera. “Háblale bonito”.

—¿Te acuerdas, Canelo? —le empecé a decir entre jadeos, mientras mis pulmones ardían—. ¿Te acuerdas cuando nos robamos el pollo de la mesa en Navidad? Mi mamá estaba furiosa, pero yo te escondí en mi cuarto y nos lo comimos juntos. Tú te comiste la piel y yo la carne. Fuimos cómplices, gordo. Siempre hemos sido cómplices. No me puedes dejar sola ahora. No cuando apenas estoy consiguiendo chamba. Te prometí que te iba a comprar esa cama suavecita, la que vimos en el súper. Te lo prometí, cabrón. No me hagas quedar como mentirosa.

III. El Peso de la Pobreza

Mientras corría, el peso de Canelo no era lo único que me agobiaba. Era el peso de saber por qué estábamos aquí.

Todo empezó hace dos días. Canelo dejó de comer. Luego los vómitos. Sangre. Parvovirus, dijo el primer veterinario de la colonia, un tipo que ni siquiera lo tocó bien. Nos dio unas pastillas y nos cobró trescientos pesos. Trescientos pesos que eran para la luz.

Pero no mejoró. Empeoró. Anoche, Canelo ya no se levantaba. Sus ojos se hundieron. Su piel perdió elasticidad. Deshidratación severa.

Lo llevamos a una clínica 24 horas en la madrugada.

—Necesita internamiento, suero intravenoso, antibióticos y monitoreo —dijo el doctor, un hombre joven con cara de cansado—. Son tres mil pesos de depósito para ingresarlo.

Tres mil pesos.

Mi hermano y yo nos miramos. Entre los dos juntábamos, si acaso, quinientos.

—Doctor, por favor, le pagamos luego. Le dejo mi INE, le dejo mi celular —le supliqué.

—Lo siento, chava. Son políticas de la clínica. No puedo ingresarlo sin el depósito. Si quieren, cómprenle el suero y pónganselo ustedes, pero bajo su riesgo.

Nos vendieron el suero, las venoclisis y los catéteres. Mi prima, que estudia enfermería, vino a la casa a las tres de la mañana a ponerle la vía.

—Hay que cuidarlo, Valery —me dijo mi prima—. Si se le tapa, se muere. Si se arranca la vía, se desangra. No duermas.

Y no dormí. Pasé toda la noche sentada en el suelo, sosteniendo la pata de Canelo, viendo cómo el líquido bajaba gota a gota. Cuidar a quien amas, aun en medio del caos, sigue siendo la expresión más sincera del amor. No importa si no tienes cama, si no tienes dinero, si el piso está frío. Ahí estás.

Pero hoy en la mañana, se puso peor. Empezó a convulsionar. Mi prima ya no contestaba. Teníamos que ir con el especialista, el Doctor Cárdenas, que tiene fama de cobrar barato y ser milagroso, pero su clínica está al otro lado de la delegación.

No había dinero para Uber. No había dinero para taxi de sitio.

—La moto, Beto. Saca la moto.

—No tiene casi gasolina, Valery.

—¡Sácala!

Y así terminamos aquí. En medio de la calle, yo avanzando con mi perrito entre brazos, convertida en una ambulancia humana, luchando contra una ciudad que parece diseñada para aplastar a los que no tienen recursos.

IV. El Último Tramo

Mis brazos ya no respondían. Los sentía de madera. El bíceps derecho me temblaba violentamente por mantener el suero en alto. Mis piernas eran plomo. El calor era sofocante, sentía que me iba a desmayar. Veía puntos negros bailando en mi visión.

“Falta poco, falta poco”.

Reconocí la esquina. La panadería “La Esperanza”. Faltaban tres cuadras. Tres cuadras eternas.

El tráfico empezaba a fluir un poco más adelante, pero yo ya no podía subirme a la moto aunque Beto me alcanzara. Si me detenía, sentía que no podría volver a arrancar.

Canelo estaba muy quieto. Demasiado quieto.

—¿Canelo? —lo llamé. No movió las orejas.

El pánico me dio una inyección de adrenalina final. Aceleré el paso. Mis tenis resbalaron con un charco de aceite, trastabillé, casi caigo de rodillas. Abracé al perro con tanta fuerza que temí lastimarlo, pero logré mantener el equilibrio. El suero se sacudió violentamente.

—¡Ayuda! —grité, aunque nadie me escuchaba—. ¡Ayuda!

Llegué a la calle de la veterinaria. Vi el letrero despintado: “Consultorio Veterinario Cárdenas”.

Estaba cerrado.

La cortina metálica estaba abajo.

Sentí que el mundo se me caía encima. El cielo se volvió negro de repente. Me dejé caer de rodillas en la banqueta, frente a la cortina gris llena de grafitis.

—No… no, no, no. Diosito, no me hagas esto —lloré, abrazando a Canelo contra mi pecho, manchando su pelo con mis lágrimas y mi moco—. ¡Abra! ¡Por favor abra!

Empecé a golpear la cortina metálica con mi puño libre. ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

—¡Doctor! ¡Es una urgencia! ¡Abre, chingada madre!

El sonido metálico retumbaba en la calle vacía. Nadie contestaba.

Miré a Canelo. Su lengua colgaba de lado, pálida, casi blanca. Sus encías no tenían color.

—No te vayas… —le susurré, pegando mi frente a la suya—. Tú eres mi único amigo, Canelo. Tú eres el único que me entiende. Si te vas, me quedo sola. Me quedo sin nadie.

El perrito permanecía quieto, sin resistirse. Ya no tenía fuerzas ni para abrir los ojos.

De repente, escuché el ruido de un motor. La moto de Beto derrapó en la esquina y se subió a la banqueta casi atropellándome.

—¡Valery! —gritó Beto, tirando la moto al suelo sin ponerle el parador—. ¡¿Qué pasó?!

—¡Está cerrado! ¡Está cerrado, Beto! —le grité histérica, señalando la cortina.

Beto corrió hacia la puerta. Empezó a patearla con furia.

—¡Abran! ¡Abran!

Nada.

—Vamos a la otra, a la de la avenida —dijo Beto, jadeando.

—¡No llegamos! ¡Ya no respira igual! ¡Mira! —le mostré el pecho de Canelo. El movimiento era casi imperceptible.

En ese momento, se abrió una puertita pequeña en la cortina metálica. Un hombre mayor, con bata blanca manchada de café y lentes chuecos, asomó la cabeza. Tenía cara de pocos amigos.

—¿Qué es este escándalo? ¡Es hora de la comida! —gruñó.

—¡Doctor, mi perro! —grité, levantándome como pude, tambaleándome—. ¡Se muere! ¡Trae parvovirus, creo, y el suero no baja bien, y está frío!

El doctor miró al perro. Su expresión cambió en un segundo. Dejó de ser el viejo gruñón y se convirtió en el profesional.

—Pásale, rápido. ¡Pero rápido! —abrió la puerta y nos hizo señas.

Entré tropezando. El consultorio olía a cloro y a medicina. Estaba fresco.

—A la mesa metálica, ¡ya! —ordenó.

Puse a Canelo sobre la mesa fría. Parecía un trapo viejo. El doctor sacó un estetoscopio y escuchó su corazón.

Silencio.

Esos segundos fueron los más largos de mi vida. El silencio del doctor era un martillo golpeando mi cabeza.

—El corazón está muy débil —dijo serio—. Bradicardia severa. Está en shock hipovolémico. ¿Cuánto tiempo lleva así?

—Dos días… pero el suero se lo pusimos anoche… y venimos en la moto y… —balbuceé, incapaz de formar oraciones coherentes.

El doctor cortó la cinta que sostenía el catéter que le había puesto mi prima.

—Esta vía ya no sirve, se infiltró. El líquido se fue al tejido, no a la vena. Por eso no mejoraba.

Sentí que me moría. Yo lo había matado. Yo lo traje corriendo, yo lo sacudí, yo dejé que la vía se saliera.

—¿Se va a salvar? —preguntó Beto, con la voz temblorosa, parado en la puerta.

El doctor no contestó. Tomó una rasuradora eléctrica y rapó rápidamente la otra pata delantera de Canelo. Buscó la vena. No la encontraba. Canelo estaba tan deshidratado que sus venas habían colapsado.

—¡Vamos, campeón, dame una vena, dame algo! —murmuraba el doctor, picando con la aguja una y otra vez.

Canelo no se movía. Ni un gemido. Nada.

—Valery —dijo el doctor sin mirarme—, necesito que le hables. Está entrando en paro. Se está yendo. Necesito que lo mantengas aquí mientras encuentro la vena. Grítale, llámalo, haz lo que sea, pero que no se duerma del todo.

Me acerqué a su oreja. Le agarré su cabecita entre mis manos sudadas.

—Canelo… —mi voz se rompió en mil pedazos—. Escúchame, perro tonto. Escúchame. No te di permiso de irte. ¿Quién me va a esperar en la puerta? ¿Quién me va a lamer las lágrimas cuando mamá me grite? Tú eres mi familia, Canelo. Tú eres mi bebé. ¡Despierta! ¡Por favor, despierta!

Vi una lágrima salir del ojo cerrado de Canelo. ¿O era mía que le había caído encima?

—¡Te quiero! ¡Te quiero más que a nada en el mundo! —grité, abrazándolo, importándome poco la sangre y el suero.

—¡Ya está! —gritó el doctor.

Vi un flash de sangre roja llenar la cámara del nuevo catéter. El doctor conectó un suero nuevo, grande, y abrió la llave al máximo. Apretó la bolsa para que el líquido entrara a chorros.

—Adrenalina —dijo el doctor, tomando una jeringa y poniéndola en el suero.

Nos quedamos mirando el pecho de Canelo.

Uno… dos… tres segundos sin movimiento.

—Vamos… —susurró el doctor.

De repente, Canelo soltó un suspiro profundo. Su pecho se infló grande, como si quisiera tragarse todo el aire del cuarto. Y luego, otro. Y otro.

El monitor que el doctor le había conectado empezó a pitar. Beep… beep… beep… Lento, pero constante.

Me dejé caer al suelo, recargada en la pata de la mesa metálica. Lloré. Lloré todo lo que no había llorado en el camino. Lloré el miedo, la pobreza, la angustia, el cansancio.

El doctor se limpió el sudor de la frente.

—Estuvo cerca, muchachos. Muy cerca. Si hubieran llegado cinco minutos tarde…

Miré a Beto. Él también estaba llorando, aunque se hacía el fuerte mirando hacia otro lado.

—Gracias —le dije a mi hermano.

—Gracias a ti, pinche loca —me contestó sonriendo a medias—. Nunca vi a nadie correr así.

Me levanté y acaricié la cabeza de Canelo. Ya no estaba tan frío. Su respiración era más rítmica.

—Es un guerrero —dijo el doctor—. Y tú también, niña. Tú también.

Salí del consultorio un momento para tomar aire. Me senté en la banqueta, junto a la moto de Beto. Mis manos seguían temblando. Miré mis tenis, rotos y sucios. Miré la calle, que seguía siendo la misma calle hostil y ruidosa de siempre.

Pero algo había cambiado.

Habíamos ganado. Por hoy, habíamos ganado. La muerte había venido a tocar la puerta y le habíamos cerrado la cortina en la cara.

Saqué mi celular para avisarle a mi mamá. Tenía una foto de Canelo de fondo de pantalla, de cuando estaba sano y juguetón.

“Cuídalo”, pensé. “Porque cuidar a quien amas, aun en medio del caos, sigue siendo la expresión más sincera y pura del amor”.

Y ahí, sentada en la banqueta, supe que no importaba si mañana no teníamos para comer, o si el mundo se caía a pedazos. Mientras tuviera a ese perro moviéndome la cola, yo era millonaria.

PARTE 3: LA LARGA NOCHE Y EL COSTO DEL AMOR

El sonido de la vida, descubrí en ese momento, no es un llanto de bebé ni el canto de un pájaro. El sonido de la vida era ese pitido electrónico, monótono y agudo: Beep… beep… beep.

Me quedé sentada en el suelo del consultorio del Doctor Cárdenas, con la espalda recargada contra la pared fría de azulejos blancos, justo debajo de un póster descolorido de los años noventa que explicaba el ciclo de vida de las pulgas. Mis piernas estaban estiradas sobre el piso de linóleo, que olía a una mezcla penetrante de cloro, alcohol y ese aroma inconfundible a miedo animal que se impregna en las veterinarias.

No me quería mover. Sentía que si me movía, si rompía la estática de ese instante, el monitor dejaría de sonar y el corazón de Canelo se detendría con él.

El Doctor Cárdenas se había quitado los lentes y los limpiaba con la punta de su bata. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas, me miraban de reojo. Era un hombre de pocas palabras, de esos chilangos viejos que ya han visto todo y que parecen tener una coraza de concreto, pero que en el fondo guardan una decencia que ya casi no se encuentra.

—Bueno, niña —dijo, rompiendo el silencio con una voz rasposa, de fumador—. Ya pasó lo peor. El perro es duro. Más duro que carne de taquero callejero.

Solté una risa nerviosa que sonó más como un sollozo ahogado. Me limpié los mocos con la manga de mi playera, esa playera que horas antes estaba limpia y ahora tenía manchas de sangre seca, suero y mugre de la calle.

—Gracias, Doc. Neta, gracias —le dije, y la voz me salió finita, como de niña chiquita.

Mi hermano Beto estaba parado junto a la puerta, con el casco de la moto todavía en la mano, como si estuviera listo para salir huyendo. Beto es bueno, pero le tiene pánico a los hospitales y a las emociones fuertes. Se pone pálido.

—Oiga, Doc —intervino Beto, carraspeando—, ¿y de a cómo va a ser el golpe? Digo, pa’ ir sabiendo, porque la neta ahorita andamos bien brujas.

Sentí un nudo en el estómago. El dinero. Siempre el maldito dinero. Esa sombra que te persigue cuando eres pobre en este país, que te muerde los talones y no te deja respirar ni siquiera cuando acabas de salvar una vida. La euforia de ver a Canelo respirar se esfumó de golpe, reemplazada por la vergüenza y la ansiedad matemática: sumar lo que traíamos en las bolsas, restar lo que debíamos, dividirlo entre los días que faltaban para la quincena. El resultado siempre era negativo.

El doctor suspiró y se puso los lentes de nuevo. Miró el suero que goteaba rítmicamente hacia la vena de Canelo.

—Miren, chavos. El internamiento, el suero, la adrenalina, los catéteres que desperdiciamos buscando la vena, el monitor… —Hizo una pausa, tecleando algo en una calculadora vieja de escritorio que tenía teclas gigantes—. Normalmente esto saldría en unos cuatro mil quinientos, bajita la mano.

Beto soltó el aire como si le hubieran dado un puñetazo. Yo bajé la cabeza. Cuatro mil quinientos. Eso era más de lo que ganaba mi mamá en un mes limpiando casas ajenas. Era una fortuna imposible.

—Pero —continuó el doctor, levantando un dedo chueco—, vi cómo llegaron. Vi a esta niña corriendo como si llevara la antorcha olímpica. Y vi al perro aferrarse. No soy la Madre Teresa, pero tampoco soy un ogro. Vamos a dejarlo en mil quinientos por los materiales y los medicamentos. Mi mano de obra va por cuenta de la casa. Considérenlo mi buena obra del año para que San Francisco de Asís no me mande al infierno.

Mil quinientos. Seguía siendo mucho dinero para nosotros en ese momento, pero era una cifra alcanzable. Una cifra humana.

—Se los pago, doctor. Se lo juro por la Virgencita —le dije, mirándolo a los ojos—. No los traigo ahorita, pero le dejo mi celular, le dejo mi INE. Vengo mañana y le barro, le trapeo, le baño a los perros, lo que quiera. Pero no me lo vaya a desconectar.

El doctor hizo un gesto de desdén con la mano.

—No te voy a quitar el celular, chamaca. ¿Cómo le vas a avisar a tu madre dónde andas? Me traen quinientos mañana y el resto me lo van pagando como puedan en la semana. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —dijimos Beto y yo al unísono.

I. La Despedida de Beto y la Soledad Compartida

Beto se tuvo que ir media hora después. Tenía que regresar la moto porque era prestada de un amigo suyo que trabaja en Uber Eats y ya la necesitaba para el turno de la noche.

—¿Segura que te quedas, Val? —me preguntó en la puerta, mirando hacia la calle que ya empezaba a oscurecer. La ciudad cambiaba de piel cuando bajaba el sol; se volvía más agresiva, más ruidosa, más peligrosa.

—Sí, me quedo. No lo voy a dejar solo. Si se despierta y no me ve, se va a asustar. Piensa que lo abandoné.

—Está bien. Le aviso a la jefa. Te traigo algo de cenar al rato si puedo, o mañana temprano. Cuídate un chingo, carnala. No le abras a nadie.

—Sí, vete con cuidado.

El ruido de la moto alejándose me dejó un vacío enorme en el pecho. Me quedé sola en la sala de espera, que estaba separada del consultorio donde estaba Canelo por una puerta de cristal. El doctor se había ido a su oficina en la parte de atrás a comer algo, dejándome a cargo de “vigilar el suero”.

Me arrastré de vuelta hasta la jaula donde habían puesto a Canelo. Era una jaula de metal inoxidable, fría, con barrotes. Le habían puesto un tapete térmico abajo. Él seguía dormido, sedado por los medicamentos para evitar que el dolor o las náuseas le provocaran otro shock.

Metí la mano por entre los barrotes y le acaricié la pata rasurada, donde la cinta adhesiva blanca sujetaba el catéter.

—Ya estamos aquí, gordo —le susurré—. Ya pasó el susto.

El consultorio estaba en silencio, salvo por el zumbido del refrigerador de las vacunas y el paso ocasional de algún camión pesado por la avenida. La luz fluorescente parpadeaba un poco, dándole al lugar un aspecto fantasmal.

Me senté en una silla de plástico duro y dejé que mi cuerpo, por fin, colapsara. Me dolía todo. Me dolían los brazos de haber cargado el suero en alto durante kilómetros. Me dolían las piernas de la carrera. Pero lo que más me dolía era el alma.

El agotamiento emocional es algo físico. Se siente como si te hubieran vaciado por dentro y te hubieran rellenado con plomo derretido. Cerré los ojos y, en la oscuridad de mis párpados, volví a ver la carretera, los coches, las caras de la gente juzgándome. Volví a sentir el terror puro de sentir que Canelo dejaba de respirar en mis brazos.

¿Por qué hacemos esto? Me pregunté. ¿Por qué nos entregamos así a un animal? La gente “normal”, la gente que tiene sus prioridades “bien puestas”, hubiera dicho que era solo un perro. Que con mil quinientos pesos compramos comida para dos semanas. Que arriesgar la vida en el tráfico por una mascota es una estupidez.

Pero ellos no entienden.

II. Recuerdos en la Penumbra

Para entender por qué corrí, por qué grité y por qué estaba dispuesta a endeudarme, hay que entender qué es Canelo.

Mi mente viajó tres años atrás. A la época en que mi papá se fue. No se fue “por cigarros”, se fue con otra familia, a otra ciudad, y se olvidó de que tenía hijos. Mi mamá cayó en una depresión tan negra que la casa parecía un velorio perpetuo. Yo tenía quince años y sentía que sobraba en el mundo. Me salía a la calle para no escuchar el silencio de mi casa.

Ahí encontré a Canelo, o él me encontró a mí, como siempre pasa. Era un cachorro callejero, huesudo, lleno de cicatrices de peleas con otros perros más grandes. Yo estaba sentada en la banqueta, llorando porque no tenía dinero para un proyecto escolar y me sentía la persona más inútil del planeta.

Él se acercó. No me pidió comida. Se sentó a mi lado, pegando su lomo sucio contra mi pierna, y se quedó mirando hacia donde yo miraba. Me lamió la mano. Una lengua rasposa y caliente que me sacó de mi trance.

Esa noche llovió. Una de esas tormentas eléctricas que hacen temblar los vidrios. Mi mamá estaba dormida (o fingía estarlo). Metí a Canelo a escondidas. Lo sequé con una toalla vieja. Él temblaba de miedo por los truenos. Me acosté en el suelo con él, lo abracé, y por primera vez en meses, me quedé dormida sin sentir ese hueco en el pecho.

Él me salvó primero.

Me acordé de cuando mi primer novio me cortó por WhatsApp. Lloré tres días seguidos sin salir de mi cuarto. Canelo no se separó de mí ni para comer. Se acostaba sobre mis pies, como un ancla pesada que me impedía flotar hacia la locura total. Si yo no comía, él no comía. Me obligó a levantarme, a sacarlo a pasear, a ver el sol de nuevo.

Canelo no es un perro. Es el testigo silencioso de mi supervivencia. Es el único ser vivo que conoce mis secretos, mis llantos de madrugada, mis miedos más profundos, y nunca, ni una sola vez, me ha mirado con decepción.

Por eso corrí. Porque no estaba salvando a un perro; estaba salvando la parte de mí que todavía cree que el amor incondicional existe.

III. La Noche Avanza y el Hambre Aprieta

El sonido de mi propio estómago rugiendo me trajo al presente. Eran las nueve de la noche. No había comido nada desde el desayuno, que fue un pan dulce y un café aguado.

Me busqué en los bolsillos del pantalón de mezclilla. Saqué todo lo que tenía: dos monedas de diez pesos, una de cinco, tres de a peso y un boleto del metro arrugado. Veintiocho pesos.

Podía salir a la tienda de la esquina. Unos tacos de canasta, o unas galletas y un jugo. El hambre me daba calambres.

Miré hacia la oficina del doctor. La luz estaba apagada, probablemente dormitaba en el sofá que tenía ahí. No quería molestarlo.

Me levanté y caminé hacia la puerta de salida. Al abrirla, el aire fresco de la noche me golpeó. La calle estaba más tranquila, pero aún pasaban coches. Enfrente había un puesto de tacos que olía a gloria. Carne asada, cebolla, cilantro. El humo subía hacia el cielo nocturno como una ofrenda a los dioses del hambre.

Di dos pasos hacia el puesto. Apreté las monedas en mi mano.

Y entonces me detuve.

Mil quinientos pesos. Faltaban mil quinientos pesos. Cada peso contaba. Si me gastaba veintiocho pesos en cenar, eran veintiocho pesos menos para la cuenta de Canelo. Veintiocho pesos que podían significar la diferencia entre una pastilla para el dolor o nada.

La pobreza te enseña matemáticas crueles. Te enseña que el bienestar propio es un lujo que a veces tienes que sacrificar.

Me di la vuelta y regresé al consultorio. Cerré la puerta con llave y me volví a sentar. El hambre seguía ahí, mordiendo, pero la ignoré. Bebí agua del garrafón que había en la sala de espera para llenarme la panza con algo, aunque fuera líquido frío.

“Aguanta, Valery. Aguanta. Él ha aguantado hambre contigo antes. Ahora te toca a ti”.

IV. La Visita Inesperada

Cerca de las once de la noche, escuché golpes en la cortina metálica de afuera. Me sobresalté. El corazón se me aceleró. En esta ciudad, que te toquen la puerta a las once de la noche rara vez es buena señal.

Miré hacia la oficina del doctor, pero no se escuchaba nada.

—¿Hay alguien? —una voz de mujer, ahogada por el metal.

Me acerqué con cautela a la puerta de cristal.

—¿Quién es? —pregunté sin abrir.

—Soy la señora de los chicles. La de la avenida. ¿Está la muchacha del perrito?

Abrí los ojos como platos. ¿La señora que me ayudó con el suero en el tráfico?

Quité el seguro y levanté la puertita de la cortina metálica apenas lo suficiente para ver. Ahí estaba ella. Doña Mary, creo que se llamaba, o al menos así le decían todos. Llevaba su caja de chicles bajo el brazo y un suéter tejido que se veía muy calientito.

—Señora… ¿qué hace aquí? ¿Cómo supo que estábamos aquí?

—Ay, mija, el chisme vuela más rápido que la luz en este barrio. El de los tamales le dijo al del periódico, y el del periódico vio a tu hermano salir en la moto y le preguntó. Me quedé con el pendiente. ¿Cómo sigue el animalito?

Abrí la puerta para dejarla pasar al pequeño vestíbulo.

—Está estable, señora. El doctor dice que la libró.

La señora sonrió, y su cara llena de arrugas se iluminó de una forma hermosa.

—Bendito sea Dios. Mira, te traje esto. No es mucho, pero pa’ que aguantes la noche.

Sacó de su bolsa de mandado un tupper de plástico y un termo.

—Son unos frijolitos con huevo que me sobraron de la comida, y café de olla. Y toma.

Me extendió un billete de cincuenta pesos, arrugado y viejo.

—No, señora, no puedo aceptarle el dinero. Usted trabaja mucho para…

—¡Agárralo, chamaca terca! —me regañó con cariño—. Yo sé lo que es tener a un enfermo y no tener ni un quinto. Mi esposo, que en paz descanse, se me fue de cáncer hace dos años y sufrimos las de Caín. A veces, un billete de cincuenta pesos hace la diferencia entre rendirse y seguir peleando. Cómprale algo al perro cuando despierte, o úsalo para tu pasaje.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas otra vez. Ese día había llorado tanto que pensaba que ya estaba seca, pero la bondad de los extraños tiene una forma de romperte las defensas que el dolor no logra.

—Gracias… —tomé el billete y el tupper. El calor de la comida me calentó las manos.

—Cómete eso. Tienes cara de que te vas a desmayar. Y cuida a ese perro. Los perros son ángeles que nos manda Dios para que no se nos olvide cómo amar sin interés.

Doña Mary se fue tan rápido como llegó, perdiéndose en la oscuridad de la calle, una figura pequeña cargando chicles y cigarros, pero con un corazón gigante.

Me senté a comer los frijoles con huevo más deliciosos de mi vida. Sabían a solidaridad. Sabían a México. Ese México que no sale en las noticias, el México de la gente que se ayuda porque sabe que nadie más lo va a hacer. Mientras comía, le prometí a Canelo, que dormía a unos metros, que algún día yo haría lo mismo por alguien más. La cadena de favores no se podía romper aquí.

V. La Madrugada y los Fantasmas

Las horas de la madrugada son extrañas en una clínica veterinaria. A las tres de la mañana, el tiempo parece detenerse. El doctor salió una vez, revisó el suero, le tomó la temperatura a Canelo (que ya había subido a niveles normales), me dio una manta que sacó de un clóset y se volvió a dormir.

Me envolví en la manta y me acosté en el suelo, pegada a la jaula.

Fue entonces cuando el miedo volvió, pero de otra forma. Ya no era el miedo a que muriera. Era el miedo al futuro.

¿Qué iba a pasar ahora? Canelo iba a necesitar cuidados, comida especial, tal vez más medicinas. Yo no tenía trabajo fijo. Hacía “chambitas”: vendía ropa de paca en el tianguis los fines de semana, a veces ayudaba a una vecina a hacer la limpieza, o cuidaba niños. Pero nada de eso era suficiente.

Miré a Canelo a través de los barrotes. Su pecho subía y bajaba con paz.

“Tengo que hacer algo”, pensé. “No puedo seguir viviendo al día. No si quiero protegerlo”.

Esa noche, en el suelo frío, tomé una decisión. Iba a dejar de tener miedo a buscar algo mejor. Siempre me había sentido “poca cosa”, sin estudios universitarios (dejé la prepa trunca para ayudar en la casa), sin “palancas”. Pero hoy había demostrado algo. Había demostrado que tengo garra. Que cuando las cosas se ponen feas, no me paralizo, actúo. Si pude cruzar la ciudad con un perro moribundo en brazos, esquivando coches y venciendo obstáculos, podía conseguir un trabajo decente. Podía terminar la prepa abierta. Podía hacer lo que fuera.

El amor te da superpoderes, dicen. Pero creo que es más bien que el amor te quita las excusas. Ya no podía darme el lujo de ser débil, porque la vida de Canelo dependía de mi fortaleza.

De repente, Canelo se movió.

Me incorporé de un salto.

Abrió los ojos. Ya no estaban vidriosos. Estaban cansados, sí, pero tenían brillo. Me miró. Intentó levantar la cabeza, pero estaba muy débil.

—Shhh, tranquilo, mi amor. Aquí estoy —le susurré, metiendo los dedos para rascarle detrás de la oreja.

Él soltó un suspiro y, muy despacio, acercó su nariz a mis dedos y me dio un lametazo chiquito. Uno solo. Seco.

Fue el beso más hermoso del mundo.

—Ya la hicimos, cabrón —le dije sonriendo entre lágrimas—. Ya la hicimos.

VI. El Amanecer y la Cuenta Pendiente

Me despertó el ruido de la cortina metálica subiendo. La luz del sol entraba a raudales, hiriéndome los ojos. Me había quedado dormida en el suelo, con la mano dentro de la jaula.

El Doctor Cárdenas estaba ahí, con dos vasos de café humeante y una bolsa de pan.

—Buenos días, Bella Durmiente —dijo con un tono burlón pero amable—. Arriba, que hay que limpiar este chiquero antes de que lleguen los clientes.

Me levanté adolorida. Mis huesos crujieron.

—¿Cómo está? —fue lo primero que pregunté.

—Mejor que tú, eso seguro —el doctor señaló la jaula.

Canelo estaba sentado. Sí, sentado. Débil, tambaleándose un poco, pero erguido. Cuando me vio, movió la cola. Tup, tup, tup contra el metal de la jaula. Ese sonido fue música celestial.

—Ya comió un poco de paté especial —dijo el doctor, dándome un café—. Retuvo el alimento. No ha vomitado. La diarrea paró. Sus mucosas ya tienen color. Es un milagro con patas, ese perro.

Tomé el café. Estaba hirviendo, pero me revivió.

—Doctor, sobre el pago… —empecé a decir, sintiendo la ansiedad regresar.

—Ya hablé con tu hermano hace rato, me marcó —me interrumpió el doctor—. Dice que consiguieron prestados mil pesos con una tía. Faltan quinientos.

—Los voy a conseguir, doctor. Deme dos días. Voy a vender mi…

—No vas a vender nada —el doctor se sentó en su silla giratoria—. Mira, Valery. Necesito a alguien que me ayude aquí en las mañanas. La chica que me ayudaba se fue hace una semana porque se casó y se largó a Puebla. Necesito a alguien que limpie las jaulas, que conteste el teléfono, que sujete a los perros cuando los vacuno. Alguien que no le tenga asco a la sangre ni a la mierda. Y sobre todo, alguien que trate a los animales como si fueran gente.

Me quedé helada. ¿Me estaba ofreciendo trabajo?

—No pago mucho —advirtió—. Pero aprendes. Y te descuento lo de la deuda de tu sueldo. ¿Cómo ves? ¿Te interesa o te da miedo ensuciarte las manos?

Miré a Canelo. Me miraba atento, como si entendiera la conversación. Miré mis manos, todavía sucias de la batalla de ayer.

—No me da miedo nada, doctor. Ya se dio cuenta.

—Órale pues. Empiezas hoy. Tómate tu café, lávate la cara en el baño y agarra la escoba. Tu perro se queda aquí en observación hasta la tarde, y si sigue así, te lo llevas hoy mismo.

Sentí una explosión de alegría en el pecho que casi me tira al suelo. No solo Canelo estaba vivo, sino que tenía trabajo. Un trabajo donde podía estar con él. Un trabajo que significaba algo.

—¡Gracias! ¡Gracias! —quise abrazarlo, pero me contuve porque el doctor tenía cara de que no le gustaban los abrazos.

—Menos plática y más acción. El piso no se barre solo.

VII. El Regreso a Casa

Esa tarde, salimos de la clínica. No en moto, ni corriendo. Caminando despacio. Canelo iba débil, pero caminaba por su propio pie. El doctor le había quitado el suero y me había dado una bolsa con medicinas y una lista de instrucciones más larga que la Cuaresma.

—Cuídalo bien —me dijo el doctor desde la puerta—. Y llega temprano mañana. A las ocho en punto. No tolero la impuntualidad.

—Ahí estaré, Doc. A las siete cincuenta.

Caminamos hacia la parada del microbús. El sol de la tarde bañaba la ciudad con esa luz dorada y polvorienta típica de México. El ruido del tráfico seguía siendo infernal, pero ahora me sonaba diferente. Ya no era un monstruo rugiente; era simplemente la ciudad viva, caótica, vibrante.

La gente pasaba a nuestro lado. Nadie sabía la odisea que habíamos vivido. Para ellos, solo éramos una chava despeinada con un perro flaco caminando por la banqueta. Nadie sabía que en esas 24 horas habíamos vencido a la muerte, a la pobreza y a la desesperanza.

Subimos al microbús. El chofer me vio con el perro y me iba a decir algo, pero vio mi cara. Vio la determinación en mis ojos. Y tal vez vio al perro, que se veía tan frágil pero tan digno.

—Pásale pa’ atrás, güera. Nomás que no se haga del baño.

—No se preocupe, jefe. Es un caballero.

Nos sentamos en la última fila. Canelo recargó su cabeza en mi pierna y cerró los ojos, tranquilo.

Miré por la ventana. Pasamos por la avenida donde ayer corría desesperada con el suero en alto. Me vi a mí misma en el reflejo del vidrio sucio. Ya no era la misma Valery de ayer. Tenía ojeras, tenía el pelo hecho un nido de pájaros, olía a perro y a hospital. Pero me sentía más fuerte que nunca.

Saqué mi celular y escribí un estado en Facebook, el texto que acompañaría esa foto mental que nunca se me iba a borrar:

“Dicen que es solo un perro. Pero cuando lo sientes morir en tus brazos, te das cuenta de que no es una mascota, es un pedazo de tu alma con cuatro patas. Ayer casi lo pierdo. Hoy, regresamos a casa. Sin dinero, cansados, pero juntos. Y con eso me basta y me sobra. Gracias a los que ayudaron, al de la moto, a la señora de los chicles, al Doc gruñón. En medio del caos de esta ciudad loca, todavía hay ángeles. Canelo vive. Y yo también.”

Le di “Publicar”.

Abracé a Canelo. El camión dio un bache y saltamos, pero esta vez no me dio miedo. Lo sostuve fuerte.

—Vamos a casa, gordo. Vamos a casa.

Y mientras el microbús se perdía entre el mar de coches rojos y taxis, supe que esta historia no era sobre el sufrimiento. Era sobre la victoria. La victoria pequeña, silenciosa y enorme de no rendirse. Porque en este país, donde a veces parece que todo está en contra, el acto de rebeldía más grande es seguir amando y seguir cuidando a los nuestros, tengan dos piernas o cuatro.

Llegamos a la casa. Mi mamá estaba en la puerta, con los ojos rojos de llorar, pero cuando vio a Canelo entrar caminando, sonrió. Una sonrisa de verdad, de esas que no le veía desde hacía años.

—Pásale, mi niño —le dijo al perro—. Pásale, que ya te calenté tus tortillas.

Entré detrás de él y cerré la puerta, dejando el mundo afuera. Estábamos a salvo.

EPÍLOGO: LO QUE QUEDA DESPUÉS DE LA TORMENTA

La puerta de la casa se cerró a mis espaldas con ese rechinido familiar de las bisagras oxidadas que nunca hemos tenido dinero para arreglar. Click. El sonido del seguro entrando en su lugar fue como el punto final de una oración que había durado veinticuatro horas, pero que se sintió como una vida entera.

Adentro, la casa olía a lo mismo de siempre: a humedad, a fabuloso de lavanda y a tortillas recalentadas. Pero yo la sentía diferente. O tal vez la diferente era yo. Dejé caer la bolsa de medicinas sobre la mesa de formica del comedor y me quedé parada ahí, en medio de la sala, viendo cómo Canelo caminaba despacio hacia su rincón. Dio tres vueltas sobre su cobija vieja, soltó un suspiro largo que hizo vibrar sus costillas flacas, y se derrumbó a dormir.

Mi mamá se acercó a mí. Me miró de arriba abajo. Yo era un desastre: tenía los ojos hinchados, la ropa pegajosa de sudor seco y manchas de sangre de perro que ya se habían puesto cafés, el pelo hecho una maraña. Pero mi jefa, que llevaba meses sumida en esa niebla gris de la depresión desde que mi papá se fue, hizo algo que no hacía en mucho tiempo. Me abrazó.

No fue un abrazo de “hola”, fue un abrazo de “te vi”. Me apretó fuerte, oliendo mi peste a hospital y calle, y empezó a llorar en silencio.

—Pensé que no volvías, hija —me susurró al oído—. Pensé que te ibas a romper.

—No me rompí, amá. Me doblé, pero no me rompí —le contesté, recargando mi barbilla en su hombro.

Esa noche, el silencio en la casa no fue pesado. Fue un silencio de paz. De esa paz que solo llega cuando la tormenta acaba de pasar y sabes que el techo aguantó. Cenamos frijoles y huevo en la cocina, escuchando la respiración rítmica de Canelo en la sala. Cada vez que él suspiraba, mi corazón daba un brinco, pero luego sonreía. Estaba vivo. Estábamos vivos.

I. La Resaca de la Adrenalina y el Monstruo de las Redes

Al día siguiente, el cuerpo me pasó la factura.

Desperté con un dolor muscular que no sabía que existía. Me dolían hasta las pestañas. El brazo derecho, el que había sostenido el suero en alto durante kilómetros, estaba engarrotado, como si tuviera alambres de púas en lugar de músculos. Intenté levantarme de la cama y solté un gemido.

—Ándale, levántate, que se te hace tarde para tu primer día de “trabajo” —me gritó Beto desde el otro lado de la puerta, con ese tono burlón de hermano mayor que en el fondo es puro cariño.

Me asomé a ver a Canelo. Ya estaba despierto, sentado, mirándome con esa impaciencia de “¿a qué hora me das de tragar, humana?”. Le serví su paté especial, le di sus pastillas (que tuve que esconder en un pedazo de salchicha porque el muy mañoso las escupía) y me preparé para ir a la clínica del Doctor Cárdenas.

Pero antes de salir, Beto me detuvo en la sala. Tenía el celular en la mano y una cara extraña, mezcla de risa y preocupación.

—Güey, tienes que ver esto —me dijo, poniéndome la pantalla en la cara.

Era un video de TikTok.

Alguien, desde un coche, me había grabado ayer. El video tenía música triste de fondo, de esa que ponen en las novelas, y un texto en letras amarillas gigantes que decía: “México Mágico: Chava corre por todo Periférico con suero para salvar a su lomito. Fe en la humanidad restaurada 😭❤️”.

El video tenía 2.5 millones de reproducciones.

Me vi a mí misma en la pantalla pequeña. Me vi corriendo, con la cara descompuesta, el pelo volando, gritando cosas que no se escuchaban por la música editada. Me veía loca. Me veía desesperada. Pero también, por primera vez, me vi valiente.

—No mames, Beto. Soy yo —dije, sintiendo que la sangre se me iba a los pies.

—Eres “Lady Suero”, carnala. Checa los comentarios.

Empecé a leer. Había miles. “Esa es una chingona, yo haría lo mismo por mi perro”. “Alguien sabe quién es? Quiero ayudarle con los gastos”. “Qué peligroso, pudo causar un accidente, pinche gente irresponsable”. (Siempre hay un amargado). “Lloré, neta lloré. El amor de una madre perruna”.

Sentí una mezcla de vergüenza y orgullo. Mi dolor, mi momento más vulnerable, estaba ahí para que todo el mundo lo viera, lo juzgara, lo consumiera mientras cagaba o iba en el metro. Me sentí expuesta. Pero luego pensé en Doña Mary, la de los chicles. Pensé en el repartidor que me abrió paso.

—Que digan lo que quieran —le devolví el celular a Beto—. Lo único que importa es que el perro está moviendo la cola ahí en la sala. Lo demás es ruido.

Salí de la casa con la cabeza en alto. Ya no era la “nini” que dejó la prepa. Era la chava del video. Era la que no se rindió. Y tenía un trabajo que mantener.

II. El Olor a Cloro y la Escuela de la Vida

Llegué a la veterinaria a las 7:55 AM. El Doctor Cárdenas ya estaba ahí, barriendo la banqueta con una escoba de vara. Me vio llegar, miró su reloj de muñeca y asintió levemente.

—Llegas a tiempo. Eso es raro en gente de tu edad —gruñó, pero vi un brillo de aprobación en sus ojos—. Pásale. Ponte esta bata. Te queda grande, pero te aguantas.

La bata olía a limpio y tenía bordado el nombre de alguien más, seguramente la chica que se fue a Puebla. Me la puse. Me sentí como si me estuviera poniendo una armadura.

Mi primera semana fue el infierno, pero un infierno educativo.

Descubrí que trabajar en una veterinaria no es acariciar cachorritos todo el día. Es limpiar. Limpiar mucho. Limpiar vómito, limpiar diarrea, limpiar sangre, limpiar glándulas anales (una experiencia olfativa que no le deseo ni a mi peor enemigo).

—El glamour de la medicina, Valery —me decía el Doc mientras yo contenía las ganas de guacarear limpiando la jaula de un Gran Danés con gastroenteritis—. Si no puedes con la mierda, no puedes con la vida.

Esa frase se me quedó grabada. “Si no puedes con la mierda, no puedes con la vida”. Cuánta razón tenía el viejo.

Pero también aprendí otras cosas. Aprendí a sujetar a un gato furioso sin que me sacara los ojos, usando una toalla y mucha paciencia. Aprendí a distinguir el llanto de dolor del llanto de berrinche en un perro. Aprendí a inyectar subcutáneo. Y, sobre todo, aprendí a escuchar las historias de la gente.

Porque a la veterinaria del Doctor Cárdenas, en este barrio popular, no llega gente rica con Poodles de concurso. Llega la señora que vende tamales con su gato atropellado. Llega el niño que trae a su tortuga en una caja de zapatos porque no come. Llega el albañil con su Pitbull que se cortó con una varilla.

Gente como yo. Gente que cuenta los pesos, pero que ama a sus animales con una intensidad que asusta.

Un jueves por la tarde, llegó un señor mayor, Don Anselmo. Traía en brazos a una perrita criolla, vieja, llena de tumores. La traía envuelta en una cobija bordada a mano.

—Doctor —dijo el señor con la voz rota, quitándose el sombrero—. Ya no come. Ya no se levanta. Creo que… creo que ya es hora.

El Doctor Cárdenas revisó a la perrita. Asintió con tristeza.

—Sus riñones ya no funcionan, Don Anselmo. Está sufriendo.

El señor se soltó a llorar. Un llanto silencioso, de hombre que no está acostumbrado a llorar en público.

—Es lo único que me queda de mi esposa, doctor. Ella la recogió. Si se va la “Chata”, se me va el último pedacito de ella.

El doctor me miró.

—Valery, prepara el pentobarbital. Y quédate con él.

Yo nunca había visto una eutanasia. Me temblaban las manos al cargar la jeringa con el líquido rosa. Sentía que era el ángel de la muerte. Pero cuando me acerqué a la mesa, vi el dolor en los ojos de la perrita. Estaba cansada. Pedía descanso.

Me quedé junto a Don Anselmo mientras el doctor ponía la inyección. Le agarré la mano al señor. Una mano rasposa, trabajadora.

—Ella va a estar bien, Don Anselmo —le dije, recordándome a mí misma hablándole a Canelo—. Va a cruzar el puente y allá lo va a esperar su esposa. Y van a estar jóvenes las dos otra vez.

El señor me apretó la mano fuerte. La perrita suspiró y se quedó quieta. La paz inundó el cuarto.

—Gracias, hija —me dijo Don Anselmo al salir, dejándome una propina de veinte pesos que intenté rechazar, pero él me la metió en la bolsa de la bata—. Tienes buen corazón. Eso no se aprende en la escuela.

Ese día entendí que mi trabajo no era solo limpiar jaulas. Mi trabajo era sostener el dolor de los demás para que no se les cayera encima. Igual que alguien sostuvo el mío cuando Doña Mary me dio ese café, o cuando el repartidor me abrió paso. Era una cadena. Una inmensa cadena de empatía mexicana.

III. La Transformación de Canelo y de la Casa

Mientras yo aprendía a ser enfermera veterinaria empírica, Canelo aprendía a ser perro otra vez.

Su recuperación fue lenta. La primera semana apenas caminaba. Tenía que cargarlo para sacarlo al patio a hacer pipí. Pero tenía un apetito voraz. Comía como si quisiera recuperar los dos días que estuvo al borde de la muerte.

Poco a poco, su pelo opaco empezó a brillar de nuevo. Sus costillas dejaron de marcarse tanto. Y su personalidad regresó.

Volvió a ladrarle al de la basura. Volvió a robarse mis calcetines. Volvió a esperarme en la puerta a las tres de la tarde, cuando regresaba de la clínica, moviendo la cola como un helicóptero descompuesto.

Pero lo más sorprendente no fue el cambio en Canelo, sino el cambio en mi casa.

Mi mamá, motivada quizás por verme a mí levantarme temprano y “chingarle” todos los días, empezó a salir de su cuarto. Primero fue para darle de comer al perro cuando yo no estaba. Luego, empezó a limpiar la casa. Un día llegué y había cortinas nuevas (hechas con telas viejas, pero limpias) y olor a sopa de fideo.

—El perro necesita un ambiente limpio para sanar —me dijo como excusa, pero yo sabía que era ella la que estaba sanando.

Canelo se convirtió en su terapeuta. Se sentaba a sus pies mientras ella veía la tele. La obligaba a salir al patio. Le daba una razón para levantarse. Mi papá se había ido y nos había dejado un hueco, pero Canelo, con sus cuatro patas y su aliento a croquetas, estaba llenando ese espacio con amor puro.

Beto también cambió. Dejó de juntarse tanto con los vagos de la esquina. Me veía llegar cansada pero con dinero en la bolsa (poco, pero mío) y le dio vergüenza. Consiguió trabajo de ayudante en un taller mecánico.

—Si el pinche perro pudo revivir, yo puedo aprender a arreglar frenos —me dijo riendo.

La desgracia nos había golpeado, sí. Pero al rebotar contra el fondo, habíamos tomado impulso hacia arriba.

IV. El Fantasma de la Pobreza y la Deuda Saldada

No todo fue color de rosa. La pobreza es pegajosa. Hubo días en que no completábamos para la luz. Hubo días en que tuve que irme caminando a la clínica porque no tenía para el pasaje, llegando sudada y corriendo.

Pero la deuda con el Doctor Cárdenas era sagrada.

Cada semana, de mi sueldo raquítico, el doctor descontaba una parte. Y yo, aparte, le iba abonando lo que me daban de propinas o lo que ahorraba no comprándome una Coca-Cola.

—Ya párale, niña —me dijo el doctor un mes después—. Ya está pagado lo material. Lo demás te lo ganaste con sudor.

—No, Doc. Lo justo es justo.

—Lo justo es que te compres unos tenis nuevos, que esos ya te piden perdón cada que das un paso —me señaló mis Converse rotos.

Tenía razón. Mis tenis eran testigos de la guerra. Tenían la suela lisa y agujeros por donde se colaba el frío.

Esa tarde, con mi primer sueldo “libre” de deuda, fui al tianguis. No me compré unos Nike originales, obvio, pero me compré unos tenis nacionales, blancos, bonitos. Y le compré a Canelo un collar nuevo. Rojo. Rojo como la sangre que le bombea el corazón. Rojo como la vida.

Al ponerle el collar, él se dejó hacer, y luego me lamió la nariz.

—Te ves guapo, cabrón —le dije—. Ahora sí pareces perro de casa y no de basurero.

Él ladró, y juraría que sonrió.

V. El Eco Viral y la Ayuda Inesperada

Pasaron dos meses. El video de “Lady Suero” había pasado de moda, como todo en internet. Ya nadie me reconocía en la calle, lo cual agradecí.

Pero un día, llegó un paquete a la veterinaria. Una caja grande de Amazon.

—Es para ti, Valery —me dijo el doctor, extrañado.

Abrí la caja. Adentro había dos bolsas gigantes de alimento Premium para perro, de esas marcas carísimas que solo veo en los anuncios. Y una carta.

“Hola, Valery. Vi tu video hace meses y me conmovió mucho. Soy mexicano, pero vivo en Estados Unidos desde hace 20 años. Extraño mi tierra y extraño esa garra que tenemos los mexicanos para no dejarnos vencer. No sé si todavía necesites ayuda, pero quería mandarle un regalo a tu perrito. Gracias por recordarme de qué estamos hechos. Atte: Un paisano.”

Me quedé muda. La gente es buena. A pesar de las noticias, a pesar de la violencia, a pesar de los políticos corruptos, la raza es buena.

Llevé el alimento a la casa. Mi mamá casi se va de espaldas.

—Con esto come el perro tres meses, hija. Y come mejor que nosotros.

—Se lo merece, jefa. Se lo ganó.

Donamos una de las bolsas a un refugio local que siempre anda pidiendo ayuda. Porque si algo aprendí, es que la ayuda no se guarda, se circula. Si te llega algo bueno, tienes que pasar un poco al de al lado, si no, se estanca.

VI. El Círculo se Cierra

La verdadera prueba final, el momento que cerró mi ciclo, ocurrió tres meses después de “El Día del Suero”.

Era una tarde lluviosa, igual a la tarde en que encontré a Canelo años atrás. El Doctor Cárdenas había salido a atender una urgencia a domicilio (una vaca con parto distócico en las afueras, cosas de pueblo que todavía pasan en la ciudad). Yo estaba sola en la clínica, trapeando el piso y escuchando cumbias en la radio para espantar el aburrimiento.

De repente, la puerta se abrió de golpe.

Entró un niño, no tendría más de doce años. Venía empapado, llorando a moco tendido, cargando en sus brazos a un gato negro que parecía un trapo mojado.

—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! —gritaba el niño, con esa desesperación pura que yo conocía tan bien—. ¡Lo atropellaron!

Corrí hacia él. El instinto se apoderó de mí. Ya no era la chava asustada que gritaba ayuda; ahora yo era la ayuda.

—¡Ponlo en la mesa, rápido! —le ordené, con una autoridad que me sorprendió a mí misma.

El niño puso al gato en la mesa fría. El animalito estaba inconsciente, sangrando por la nariz. Respiraba con dificultad.

—No tengo dinero, señorita… no tengo nada… pero no lo deje morir —me suplicaba el niño, temblando.

Vi sus tenis rotos. Vi su ropa humilde. Vi el terror en sus ojos. Era yo. Era yo hace tres meses. Era un espejo brutal.

—Cállate y pásame esa toalla —le dije, seca pero firme—. Aquí no cobramos por entrar.

Revisé al gato. Tenía las encías pálidas. Shock. Necesitaba vías aéreas despejadas y calor. Y tal vez suero, pero no podía canalizarlo yo sola sin que el doctor autorizara medicamentos fuertes.

Pero podía estabilizarlo.

Limpié la sangre de su nariz para que pudiera respirar. Lo envolví en la manta térmica. Le revisé el reflejo pupilar.

—¿Cómo se llama? —le pregunté al niño para calmarlo.

—”Pantera”. Es… es de mi abuelita. Si se muere, mi abuelita se muere de tristeza.

—Nadie se va a morir hoy, carnalito. Escúchame bien. Háblale.

—¿Qué?

—Que le hables. Dile que no se vaya. Ellos escuchan. Necesitan saber que estás aquí peleando con ellos. ¡Háblale!

El niño se pegó a la oreja del gato mojado.

—Pantera… no te vayas, gatito. Aguanta. Te voy a dar tu atún. Te lo prometo.

Mientras el niño le susurraba promesas de amor, yo llamé al doctor al celular.

—Doc, tengo una urgencia. Gato atropellado, shock, posible trauma craneal. Lo tengo caliente y con vías aéreas limpias. ¿Qué hago?

—¡Ya voy para allá! —gritó el doctor—. ¡Ponle dexametasona, 0.5 mililitros intramuscular, ya! ¡Tú sabes dónde está!

—Sí, Doc.

Fui al gabinete. Mis manos no temblaron. Cargué la jeringa. Inyecté al gato en el muslo.

—Listo. Ahora a esperar.

Me quedé con el niño, sobandole la espalda mientras él le sobaba la cabeza al gato.

—¿Va a vivir? —me preguntó, mirándome como si yo fuera Dios.

—Está peleando. Y tú le estás ayudando. Eso es lo único que podemos hacer. Pelear hasta el último suspiro.

Veinte minutos después llegó el doctor. Operaron al gato de una fractura en la pata. Sobrevivió.

Cuando el niño se fue, horas después, con su gato vendado y una promesa de pago a plazos (que sabíamos que tal vez nunca llegaría completa), el Doctor Cárdenas se sentó y prendió un cigarro, aunque estaba prohibido fumar adentro.

—Lo hiciste bien, Valery —me dijo, soltando el humo—. Muy bien. Tienes sangre fría.

—No es sangre fría, Doc —le contesté, lavándome las manos—. Es que sé lo que se siente estar del otro lado de la mesa.

—Pues sí. Por eso eres buena en esto.

Esa noche, al cerrar la clínica, sentí que algo dentro de mí terminaba de sanar. Había pagado mi deuda con el universo. La vida me salvó a Canelo, y yo ayudé a salvar a Pantera. El equilibrio estaba restaurado.

VII. Reflexión Final: La Riqueza de los Pobres

Hoy, seis meses después, sigo trabajando en la veterinaria. Ya me inscribí a la prepa abierta los fines de semana. Quiero estudiar Medicina Veterinaria. Va a estar cabrón, lo sé. Son muchos años, muchos libros, mucha lana. Pero si pude correr con un suero en la mano por el Periférico, puedo con unos libros de biología.

Canelo está aquí, a mi lado, mientras escribo esto en mi celular, sentada en la banqueta afuera de mi casa. Está gordo, brillante y feliz. Ya no se acuerda del dolor. Los perros tienen esa bendición: viven el presente. No cargan rencores ni traumas. Solo cargan amor.

A veces, cuando voy en la moto con Beto (que ya se compró una propia, usada pero suya) y veo a alguien corriendo o caminando con prisa, con cara de angustia, me dan ganas de pararme y decirle: “Todo va a estar bien. Aguanta”.

México es un país duro. Es un país donde a veces parece que la vida no vale nada, donde la justicia es para el que la paga y donde el futuro es una moneda al aire. Pero también es un país de milagros cotidianos. Es el país de Doña Mary regalando su comida. Es el país del repartidor que detiene el tráfico. Es el país de las familias que se unen cuando el barco se hunde.

Aprendí que el amor no es un sentimiento cursi de tarjeta de San Valentín. El amor es acción. El amor es subirte a una moto con miedo. El amor es gastarte el dinero de la luz en un suero. El amor es limpiar mierda para pagar una deuda. El amor es quedarte cuando todos se van.

Dicen que los perros son nuestros mejores amigos, pero yo creo que son nuestros maestros. Canelo me enseñó que no importa qué tan golpeado estés, qué tan flaco, qué tan sarnoso te sientas por dentro: siempre puedes mover la cola si alguien te dice una palabra bonita. Siempre puedes volver a confiar.

Miro al cielo. El sol se está metiendo, pintando las nubes de naranja y morado, colores de moretón, colores de atardecer chilango.

—Vamos adentro, Canelo —le digo.

Él se levanta, se estira, y entra a la casa antes que yo, como siempre, dueño y señor de mi vida.

Cierro la puerta. No sé qué traiga el mañana. Tal vez vengan problemas, tal vez falte dinero, tal vez llore otra vez. Pero hoy, en este instante, tengo a mi perro, tengo a mi familia, tengo un sueño y tengo la certeza de que soy más fuerte de lo que creía.

Y con eso, me basta y me sobra para ser feliz.

La próxima vez que vean a alguien luchando por una vida pequeña, no juzguen. No piten el claxon. No volteen la cara. Ayuden. O al menos, recen para que lleguen a tiempo. Porque en esos brazos cansados, no solo va un animal; va la esperanza de alguien que se niega a dejar que la muerte gane. Y esa terquedad, esa hermosa terquedad mexicana de aferrarse a la vida, es lo único que nos salva.

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