“¿Crees que esto es amor? Esto es un cobro”. La cruel verdad que descubrí en mi noche de bodas mientras todos aplaudían nuestra “felicidad”.

Me llamo Isabel y hace dos semanas mi vida era perfecta, o eso creía. Hoy, estoy parada frente a 500 invitados en la hacienda más lujosa de San Miguel de Allende, envuelta en un vestido de diseñador que cuesta más de lo que mucha gente gana en un año, sintiendo cómo se me hiela la sangre.

Todo el mundo ve un cuento de hadas. Ven a Alejandro, el magnate del tequila, heredero de un imperio, guapo, serio, imponente. Me ven a mí, la hija única de una familia respetada venida a menos tras la misteriosa muer*e de mi padre. Lo que no saben es que mi padre no solo dejó deudas; dejó un fraude millonario contra la familia de Alejandro.

Hace unos días, Alejandro me citó en su oficina. No se levantó para saludarme. Me lanzó un expediente sobre su escritorio de caoba y me dijo con una frialdad que me caló los huesos: “Tu padre me debe millones. Tus tierras son mías, a menos que aceptes el trato”.

El trato era yo.

Pensé que quizás, en el fondo, sentía algo. Que quería salvar mi honor. Pero ahora, mientras el sacerdote da la bendición final y la música de los violines llena el jardín, Alejandro se inclina hacia mí.

Todos esperan un beso de amor. Yo cierro los ojos, esperando sentir sus labios. Pero él solo roza mi mejilla, un segundo más de lo necesario, y susurra algo que me detiene el corazón:

—No te acostumbres a esto, Isabel. Quítate el vestido de novia en cuanto entremos a la habitación. Esta boda es solo una venganza. Vas a devolverme todo lo que tu padre me quitó, lágrima por lágrima.

Me quedé paralizada. Los aplausos sonaban lejanos, como si estuviera bajo el agua. Él se separó, arreglándose el saco impecable, y sonrió a las cámaras con esa máscara perfecta de frialdad. Yo sentí que el piso se abría bajo mis tacones.

Esa noche, en la suite nupcial, me senté en la orilla de la cama, temblando. La puerta se abrió de golpe. Alejandro entró, se quitó el corbatín y me miró con unos ojos oscuros, llenos de un dolor antiguo y una furia contenida.

—¿Creíste que te salvarías? —dijo, caminando lentamente hacia mí—. Apenas estamos empezando.

CONTENIDO DE LA PARTE 2: LA JAULA DE ORO Y AGAVE

Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el aire acondicionado de la suite nupcial me calaba los huesos, aunque sospecho que el frío venía de mucho más adentro, de ese lugar en el alma donde se rompen las ilusiones. Alejandro se detuvo a escasos centímetros de mí. Podía oler su colonia, una mezcla de madera, tabaco y ese aroma cítrico y terroso del agave cocido que siempre parecía impregnar su piel, incluso bajo el traje de etiqueta más costoso.

—¿Qué… qué quieres decir con que apenas estamos empezando? —pregunté, y odié que mi voz temblara. Odié sonar como la niña rica y mimada que él creía que yo era.

Alejandro soltó una risa seca, carente de cualquier humor. Se dio la vuelta y caminó hacia el minibar de madera tallada a mano, sirviéndose un vaso de tequila. Su tequila. El “Reserva de la Familia” que valía más que mi dignidad en ese momento.

—¿Crees que casarte conmigo salda la cuenta, Isabel? —dijo sin mirarme, agitando el líquido ámbar en el vaso—. Tu padre no solo me robó dinero. Me robó tiempo. Me robó la confianza de los inversionistas. Casi nos hace perder la denominación de origen de nuestras tierras más antiguas por sus negocios sucios con agaves de mala calidad. Eso no se paga con una firma en un acta de matrimonio.

Dio un trago largo, cerrando los ojos un momento, como si el alcohol quemara, pero no lo suficiente para purgar su rabia. Luego, se giró hacia mí, y sus ojos eran dos pozos de oscuridad.

—Te vas a quitar ese vestido —ordenó, su voz bajando una octava, volviéndose peligrosamente suave—. Y no porque vayamos a consumar nada. No te toques el ego, Isabel. No te deseo. Eres hermosa, sí, como una botella bonita pero vacía. Pero el simple hecho de saber de quién eres hija me quita las ganas.

Sentí como si me hubiera abofeteado. Mis manos viajaron instintivamente a mi pecho, apretando el encaje francés que horas antes me había parecido un sueño y ahora se sentía como una mortaja.

—Entonces, ¿para qué? —susurré, las lágrimas amenazando con desbordarse, pero me obligué a tragarlas. No le daría el gusto. Soy una Cifuentes, aunque mi apellido esté manchado, sigo teniendo orgullo.

—Porque ese vestido cuesta doce mil dólares —dijo él, dejando el vaso con un golpe sordo sobre la mesa—. Y cada centavo salió de mi bolsillo. No quiero que lo arrugues durmiendo en el sofá.

—¿En el sofá? —repetí, incrédula. Miré la inmensa cama con dosel, cubierta de sábanas de seda egipcia y pétalos de rosa que alguien del servicio había esparcido con, seguramente, mucha ilusión romántica.

—La cama es para mí —dijo él, desabrochándose los botones de la camisa con una calma exasperante—. Yo trabajo mañana a las cinco de la mañana. Tú… tú puedes acomodarte en el diván. O en el suelo. Me da igual. Mientras no te escuche respirar, estaremos bien.

Me señaló un mueble victoriano, elegante pero rígido, pegado a la ventana.

—Ah, y otra cosa —añadió, lanzando su camisa al cesto de la ropa sucia sin mirarme—. Mañana empieza tu nueva vida. Aquí no eres la “Señorita Isabel”. Aquí no hay desayunos en la cama ni tardes de compras en la Ciudad de México. Si vas a vivir bajo mi techo y comer de mi mesa, vas a entender lo que cuesta mantener esta hacienda.

—¿Me vas a poner a trabajar? —pregunté, sintiendo una mezcla de indignación y miedo. Nunca había trabajado en mi vida. Mi padre se había encargado de que mi única ocupación fuera aprender francés, tocar el piano y ser la anfitriona perfecta.

—Vas a aprender lo que es el valor del dinero, algo que tu padre nunca te enseñó —sentenció. Apagó la luz principal, dejando solo una lámpara tenue encendida en su buró—. Buenas noches, esposa.

Esa palabra, “esposa”, sonó en sus labios como un insulto, como una maldición gitana.

Me quedé de pie en la penumbra, escuchando el crujido de la cama cuando él se acostó, dándome la espalda. Me sentía ridícula. Ahí estaba yo, con mi vestido de princesa, en la noche más importante de mi vida, siendo tratada peor que un mueble viejo.

Con las manos temblorosas, busqué el cierre del vestido en mi espalda. Fue una tortura. Mis dedos resbalaban, mis ojos se nublaban. Tuve que contorsionarme, sollozando en silencio, luchando contra la tela que me asfixiaba. Cuando finalmente logré bajarlo y la seda cayó al suelo formando un charco blanco a mis pies, me sentí más desnuda y vulnerable que nunca, a pesar de llevar mi ropa interior de encaje.

Busqué en mi maleta, que alguien había dejado en un rincón, y saqué un camisón sencillo de algodón. Me vestí rápido, sintiendo el frío de la habitación, pero sobre todo, el frío de la soledad. Me acurruqué en el diván, tapándome con una manta delgada que encontré doblada en el brazo del mueble. Era áspera, lana cruda, nada que ver con las sábanas de la cama.

No dormí. Pasé la noche mirando la silueta de la espalda de Alejandro, escuchando su respiración rítmica y profunda. ¿Cómo podía dormir tan tranquilo después de destrozarme la vida? ¿Cómo podía el hombre que alguna vez me miró con admiración en las galas de caridad haberse convertido en este monstruo de hielo?

Recordé la primera vez que lo vi, hace dos años. Fue en una subasta en el Museo Soumaya. Él llevaba un esmoquin azul medianoche y tenía esa aura de poder que hace que la gente se aparte a su paso. Cruzamos miradas cuando ambos pujamos por un cuadro de Tamayo. Él ganó, por supuesto. Siempre ganaba. Al final de la noche, se acercó a mí, me entregó una copa de champán y me dijo: “El cuadro es bello, pero palidece ante su competencia en la sala”.

Yo me sonrojé. Mi padre estaba vivo entonces. Mi padre… ese hombre que me adoraba y que, según Alejandro, era un criminal.

Las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas, mojando el cojín duro del diván. “Papá, ¿qué hiciste?”, pensé. “¿Por qué me dejaste sola en esto? ¿Por qué me vendiste a este hombre sin decirme la verdad?”.

El sol de San Miguel de Allende no pide permiso para salir. Entra rompiendo, dorado y fuerte. Me despertó el sonido de botas golpeando la madera. Abrí los ojos, desorientada, con el cuello adolorido por la mala postura.

Alejandro ya estaba vestido. Pantalones de mezclilla oscura, camisa blanca arremangada hasta los codos, botas de trabajo llenas de polvo. Se estaba ajustando un sombrero.

—Arriba —dijo, sin siquiera decir buenos días—. El día empezó hace dos horas.

Me senté, frotándome los ojos. Me sentía sucia, cansada, con el maquillaje de la boda corrido bajo los ojos. Debía parecer un mapache atropellado.

—¿Qué hora es? —pregunté con voz ronca.

—Las seis de la mañana. En la hacienda “La Esperanza” se trabaja desde que canta el gallo. Irónico nombre, ¿verdad? “La Esperanza”. Tu padre casi nos la quita.

Se acercó a la puerta.

—Baja a la cocina. Lupe te dirá qué hacer. Y Isabel… —se detuvo con la mano en el pomo—, ni se te ocurra ponerte esos vestidos de cóctel que trajiste. Aquí hay alacranes, polvo y mucho sol. Vístete como alguien que sirve para algo.

Salió y cerró la puerta. Me quedé sola otra vez.

Me levanté y fui al baño. El espejo me devolvió la imagen de una mujer derrotada. Tenía ojeras marcadas y el rímel corrido. Me lavé la cara con agua helada, tratando de despertar de esta pesadilla. Me puse unos pantalones caqui y una blusa blanca sencilla, lo más “práctico” que tenía. Me recogí el cabello en una cola de caballo y bajé las escaleras.

La hacienda era impresionante, eso no podía negarlo. Patios interiores llenos de buganvillas fucsias, fuentes de cantera llorando agua cristalina, pasillos con arcos coloniales que contaban historias de siglos. Pero el silencio era pesado. No se escuchaban risas, solo el sonido lejano de maquinaria y pájaros.

Llegué a la cocina, un espacio enorme con azulejos de talavera azul y amarillo, donde el olor a café de olla con canela y tortillas recién hechas me golpeó el estómago. Moría de hambre.

Una mujer mayor, robusta, con trenzas grises y un delantal impecable, estaba amasando masa en una mesa de madera gigante. Se detuvo al verme. Sus ojos oscuros me escanearon de arriba a abajo. No había hostilidad, pero tampoco la calidez que solía recibir del servicio en mi casa. Había… lástima.

—Buenos días —dije tímidamente.

—Buenos días, Señora Isabel —respondió ella, secándose las manos en el delantal—. Soy Guadalupe. Lupe para todos. El patrón dijo que bajaría.

—Sí… él dijo que usted me diría qué hacer.

Lupe suspiró y negó con la cabeza ligeramente, como si desaprobara lo que estaba pasando, pero no tuviera voz ni voto.

—Siéntese, niña. Primero desayune. Nadie trabaja con la panza vacía en esta casa.

Me sirvió un plato de huevos con machaca y frijoles refritos, y una taza de café humeante. Comí como si no hubiera probado alimento en días. La tensión de la boda me había cerrado el estómago ayer, pero hoy la realidad me exigía energía.

—¿Don Alejandro ya desayunó? —pregunté.

—El patrón se fue a los hornos a las cinco. Hay problemas con la cocción de la piña del agave. Dice que el lote pasado salió amargo y no quiere perder este. —Lupe me miró fijamente—. Él trabaja duro, señora. Se ha matado estos últimos años para levantar esto. Después de lo de… bueno, usted sabe.

Bajé la mirada.

—Después de lo de mi padre.

—Sí. Fueron tiempos duros. Tuvimos que despedir gente. Familias que llevaban tres generaciones aquí. Eso le dolió a Don Alejandro más que perder el dinero. Él siente que esta gente es su familia.

Esas palabras se clavaron en mi pecho. Mi padre, el Conde, el hombre generoso que daba fiestas benéficas, había causado que familias humildes perdieran su sustento. La culpa, esa herencia invisible, empezó a pesar más que la deuda monetaria.

—¿Qué tengo que hacer, Lupe? —pregunté, empujando el plato vacío.

—El patrón dijo que usted se encargaría de revisar los inventarios de la casa grande. Sábanas, vajillas, plata. Todo tiene que contarse y limpiarse. Dijo… —Lupe dudó—. Dijo que quiere saber exactamente qué tenemos por si hay que vender algo más.

Sentí el golpe. Era una tarea humillante para la dueña de la casa, tratarme como a una ama de llaves glorificada, pero el mensaje subyacente era peor: “Todavía estamos en números rojos por tu culpa”.

—Está bien —dije, levantando la barbilla—. ¿Por dónde empiezo?

Pasé las siguientes seis horas encerrada en armarios que olían a lavanda y naftalina, contando juegos de sábanas bordadas, puliendo cubiertos de plata hasta que mis dedos quedaron negros y mis brazos dolían. Era un trabajo monótono, pero me servía para no pensar. Para no recordar que estaba casada con un hombre que me odiaba.

A eso de las dos de la tarde, el calor era sofocante. Decidí salir al patio principal a tomar aire. Me senté en una banca de piedra bajo la sombra de un mezquite viejo.

Fue entonces cuando escuché el motor de un coche deportivo. Un convertible rojo entró a toda velocidad por el camino de grava, levantando una nube de polvo, y frenó bruscamente frente a la entrada principal.

De él bajó una mujer. Alta, espectacular, vestida con un traje sastre blanco que gritaba “diseñador” y unos tacones que no eran aptos para una hacienda, pero que ella manejaba con maestría. Se quitó las gafas de sol y miró la fachada con propiedad.

Reconocí esa cara. Era Valeria Montemayor. Hija de banqueros, socialité de las revistas de moda y, según los rumores de la alta sociedad, la mujer que todos esperaban que se casara con Alejandro antes de que… bueno, antes de mí.

Ella me vio sentada en la banca y una sonrisa afilada cruzó su rostro. Caminó hacia mí, el sonido de sus tacones resonando como disparos en el patio silencioso.

—Vaya, vaya —dijo, deteniéndose frente a mí y mirándome con una mezcla de diversión y desprecio—. La “Duquesa” arruinada. Me dijeron que te habías casado ayer, pero no creí que Alejandro tuviera el estómago para hacerlo.

Me puse de pie, sacudiéndome el polvo imaginario de mis pantalones.

—Valeria. Qué sorpresa. ¿A qué debemos tu visita?

—Vengo a ver a Alejandro, por supuesto. Tenemos negocios pendientes. Y a ver cómo ha decorado la casa con su nueva… adquisición. —Su mirada recorrió mi ropa sencilla y mis manos manchadas de limpiador de plata—. Veo que ya te puso en tu lugar. Qué rápido.

—Soy su esposa, Valeria. Ten un poco de respeto.

Valeria soltó una carcajada cristalina y cruel.

—¿Esposa? Por favor, Isabel. En la Ciudad de México todos lo saben. Eres el pago de una hipoteca. Alejandro me lo dijo él mismo hace meses. “Tengo que recuperar lo mío, y la única forma es a través de ella”. No te hagas ilusiones. Él me ama a mí. Siempre lo ha hecho. Solo que su sentido del deber con su familia y esta maldita tierra es más grande que su corazón. Tú eres un trámite. Yo soy su destino.

Quería gritarle, echarla de mi casa. Pero una pequeña voz en mi cabeza me decía que tal vez tenía razón. ¿No me había dicho él mismo que esto era venganza?

—Si eres su destino —le contesté, reuniendo todo el coraje que me quedaba—, ¿por qué el anillo está en mi dedo y no en el tuyo?

La sonrisa de Valeria flaqueó por un milisegundo, pero se recuperó rápido. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Olía a perfume caro y malicia.

—Disfruta el anillo, querida. Porque te aseguro que las noches las pasará pensando en mí. O quizás… conmigo. Después de todo, los negocios requieren muchas reuniones tardías.

En ese momento, escuchamos el galope de un caballo. Alejandro entró al patio montando a “Sultán”, su caballo frisón negro. Se veía imponente, sudoroso, con la camisa pegada al pecho y el sombrero calado.

Frenó el caballo cerca de nosotras. Su mirada viajó de Valeria a mí. Vi cómo sus ojos se estrechaban.

—Valeria —dijo él, su voz neutra—. No te esperaba hoy.

—Ale, cariño —dijo ella, transformando su rostro en una máscara de dulzura—. Vine a traerte los papeles de la exportación que papá te consiguió. Y a saludar a tu… esposa.

Alejandro desmontó con un movimiento ágil. Le entregó las riendas a un mozo que apareció corriendo y se acercó. No me miró a mí. Miró a Valeria.

—Vamos al despacho. Tengo prisa.

—¿No vas a saludar a Isabel? —preguntó Valeria con falsa inocencia—. Parece que ha estado trabajando duro. Mírala, pobrecita.

Alejandro finalmente me miró. Sus ojos grises recorrieron mi figura, deteniéndose en mis manos sucias. Hubo un destello de algo en su mirada… ¿Vergüenza? ¿Satisfacción? No supe descifrarlo.

—Isabel sabe cuál es su función aquí —dijo él secamente—. Ve a la cocina, Isabel. Dile a Lupe que nos lleve café al despacho.

Me degradó a sirvienta frente a su amante. Sentí cómo la sangre me subía a la cara, caliente y dolorosa. Valeria me dedicó una última sonrisa triunfal antes de tomar el brazo de Alejandro y caminar con él hacia la entrada de la casa grande.

Me quedé allí parada, bajo el sol inclemente, viendo cómo se alejaban. Quería correr, hacer las maletas e irme. Pero no tenía a dónde ir. No tenía dinero, no tenía casa, no tenía nada. Mi padre me había dejado atada de pies y manos a este hombre.

—No voy a llorar —me dije a mí misma, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. No voy a dejar que me rompan. Si quieren guerra, tendrán guerra.

En lugar de ir a la cocina, fui a mi habitación. Me lavé las manos con furia, frotando hasta que la piel se puso roja. Me cambié de ropa. Me puse un vestido fresco de lino blanco, sencillo pero elegante, me solté el pelo y me pinté los labios de un rojo suave.

Bajé a la cocina.

—Lupe —dije con voz firme—, prepara el café. Pero no lo vas a llevar tú. Lo voy a llevar yo.

Lupe me miró, sorprendida, y luego sonrió levemente. Una sonrisa de complicidad.

—Claro que sí, señora. Y póngale unas galletas de nuez, al patrón le gustan.

Tomé la bandeja de plata y caminé hacia el despacho. El corazón me latía a mil por hora. No iba a entrar a servirles como una criada. Iba a entrar como la dueña de la casa.

Al llegar a la puerta de roble macizo, escuché voces. Me detuve un momento.

—…tienes que ser más suave con ella, Alejandro —decía la voz de Valeria, pero el tono no era de preocupación, sino de estrategia—. Si la presionas demasiado, se puede romper y suicidarse o algo escandaloso, y eso mancharía tu reputación aún más. Necesitas que se mantenga cuerda hasta que firmes el contrato con los franceses. Les gustan las familias estables.

—No me digas cómo tratar a mi mujer, Valeria —gruñó Alejandro. Su voz sonaba cansada.

—Tu mujer… qué rápido te acostumbras al título. ¿Acaso ya te olvidaste de lo que su padre nos hizo? ¿De cómo mi padre tuvo que prestarte dinero para que no perdieras esto?

—No he olvidado nada. Cada vez que la veo, veo la mentira. Veo la firma de Rodrigo Cifuentes en esos pagarés falsos.

—Entonces déjala, Ale. Divórciate en un año. Di que fue incompatibilidad de caracteres. Y cásate conmigo. Uniríamos las tequileras. Seríamos imparables.

Hubo un silencio. Contuve la respiración.

—No es tan simple —dijo él finalmente—. Hay cláusulas. Si me divorcio antes de que se pague la deuda, las tierras que recuperé de su herencia vuelven a un fideicomiso. Estoy atado a ella, Valeria. Hasta que cada centavo sea devuelto.

—Entonces haz que ella se quiera ir. Hazle la vida imposible hasta que renuncie a todo y se largue.

—¿Más imposible? —Alejandro soltó una risa amarga—. La tengo contando tenedores y durmiendo en un diván.

—Eso no es suficiente. Necesitas quebrarla el espíritu, Alejandro. Necesitas que ella misma pida clemencia.

Sentí una náusea profunda. Estaban conspirando para destruirme psicológicamente. Valeria era el diablo susurrando al oído de un hombre herido.

Abrí la puerta sin tocar.

Ambos se sobresaltaron. Valeria estaba sentada en el borde del escritorio de Alejandro, demasiado cerca de él. Alejandro estaba en su silla de cuero, con la cabeza entre las manos. Se enderezó de golpe al verme.

—Aquí tienen el café —dije, entrando con la cabeza alta y la bandeja estable. Caminé hasta la mesa baja de centro y la deposité con un tintineo suave—. Y galletas de nuez. Lupe dice que son tus favoritas, Alejandro.

Me enderecé y los miré a los dos.

—¿Interrumpo alguna estrategia de negocios? ¿O solo estaban planeando mi funeral social?

Valeria se bajó del escritorio, alisándose la falda.

—No seas dramática, querida. Solo hablábamos de lo difícil que debe ser para ti adaptarte. De la vida de princesa a… esto.

—Me adapto rápido —respondí, clavando mis ojos en los de Alejandro—. Soy más fuerte de lo que parezco. Y tengo muy buen oído.

Alejandro sostuvo mi mirada. Hubo un momento de tensión eléctrica. Él sabía que yo había escuchado. Y por un segundo, vi un destello de culpa en sus ojos, antes de que la máscara de hielo volviera a caer.

—Gracias por el café —dijo él—. Ahora, déjanos solos. Tenemos trabajo.

—No —dije.

Ambos me miraron, atónitos.

—¿Perdón? —dijo Valeria.

—Dije que no. Esta es mi casa también. Y si están discutiendo asuntos que afectan el patrimonio de mi esposo, y por ende mi futuro, tengo derecho a estar presente. Además, Valeria, creo que tu visita ya se extendió lo suficiente. Los papeles de exportación ya están entregados, ¿no?

Valeria abrió la boca indignada. Miró a Alejandro esperando que él me pusiera en mi lugar.

—Alejandro, ¿vas a permitir que me hable así?

Alejandro me miró. Yo no bajé la vista. Mis manos temblaban ligeramente a mis costados, pero mantuve la postura erguida. Estaba jugando con fuego, retando al hombre que tenía mi vida en sus manos, pero el miedo se había transformado en una rabia fría y calculadora.

Alejandro suspiró y se pasó una mano por el cabello.

—Valeria… creo que es mejor que te vayas.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Valeria se puso roja de ira.

—¿Me estás corriendo? ¿Por ella?

—Estoy cansado, Valeria. Y tengo que revisar los inventarios que Isabel preparó. Hablamos luego.

Valeria agarró su bolso de marca como si fuera un arma. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo a mi lado y susurró solo para que yo la oyera:

—Ganaste esta batalla, gata de basurero. Pero la guerra es larga. Y tú estás sola en territorio enemigo.

Salió dando un portazo.

Me quedé a solas con Alejandro. El aire en la habitación era denso.

—No vuelvas a hacer eso —dijo él, voz baja y amenazante—. No vuelvas a correr a mis invitados.

—No vuelvas a humillarme frente a tus amantes —repliqué—. Si quieres que pague la deuda de mi padre, necesito estar cuerda y funcional. Y tener a esa mujer planeando mi destrucción en mi propia sala no ayuda.

Alejandro se levantó y caminó hacia mí. Su presencia era abrumadora. Se detuvo tan cerca que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Tú no tienes derechos aquí, Isabel. No lo olvides.

—Tengo el derecho de la dignidad. Tú dijiste que querías justicia, no crueldad. Lo que esa mujer te propone es crueldad. ¿Es ese el hombre que eres, Alejandro? ¿El hombre que tu madre crió? ¿Un sádico que disfruta pateando a alguien que ya está en el suelo?

Mencioné a su madre sin pensar. Sabía que ella había muerto cuando él era joven y que él la adoraba. Fue un golpe bajo, pero necesario.

La expresión de Alejandro cambió. El enojo se disolvió en algo parecido al dolor. Dio un paso atrás, alejándose de mí como si yo quemara.

—Vete a tu cuarto —murmuró—. Vete antes de que diga algo de lo que me arrepienta.

Salí del despacho con el corazón en la garganta, pero con una pequeña victoria en el bolsillo. Lo había hecho retroceder. Había encontrado una grieta en su armadura.

Esa noche, mientras intentaba acomodarme de nuevo en el incómodo diván, vi una luz bajo la puerta de un armario antiguo en la habitación. No lo había notado antes. Alejandro no estaba, seguía abajo trabajando o bebiendo.

La curiosidad me ganó. Me levanté y abrí el armario. Estaba lleno de cajas viejas, libros de contabilidad y álbumes de fotos. En el fondo, había una caja de madera con las iniciales “R.C.” grabadas. Las iniciales de mi padre, Rodrigo Cifuentes.

El corazón me dio un vuelco. ¿Por qué tenía Alejandro una caja de mi padre aquí?

La abrí. Dentro había cartas. Muchas cartas. Y un diario viejo con las tapas de piel desgastadas.

Tomé el diario y lo abrí en una fecha al azar, hace tres años. La letra de mi padre era inconfundible, nerviosa, picuda.

“14 de Octubre. Me tienen acorralado. No es solo el dinero del juego. Saben lo de Isabel. Saben dónde estudia. Si no firmo esos papeles falsificando la calidad del agave para venderle a los gringos, dicen que le harán daño a ella. Dios mío, perdóname Alejandro. Estoy traicionando a la familia que me dio la mano, pero no puedo arriesgar a mi hija. Prefiero ser un ladrón a sus ojos que un padre con una hija muerta. Maldito sea el día en que pedí prestado a…”

La última palabra estaba borrosa, como si hubiera caído una gota de agua… o una lágrima sobre la tinta. El nombre era ilegible.

Cerré el diario de golpe, sintiendo que me faltaba el aire.

Mi padre no era un simple estafador codicioso. Lo habían extorsionado. Lo habían obligado a cometer el fraude bajo amenaza de hacerme daño a mí. Todo este tiempo, él había cargado con la vergüenza y el odio de Alejandro para protegerme.

Y Alejandro no lo sabía. Él creía que mi padre lo había traicionado por avaricia pura.

Miré hacia la puerta de la habitación. Escuché los pasos de Alejandro subiendo las escaleras.

Escondí el diario rápidamente bajo los cojines del diván. Mi corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo al entrar.

La puerta se abrió. Alejandro entró, oliendo a alcohol y cansancio. Se quitó las botas y me miró. Yo estaba sentada en el diván, abrazando mis rodillas, mirándolo con ojos nuevos. Ya no lo veía solo como mi verdugo. Lo veía como otra víctima de una trama mucho más grande y oscura.

—¿Qué me ves? —preguntó bruscamente.

—Nada —respondí suavemente—. Solo… buenas noches, Alejandro.

Él frunció el ceño, extrañado por mi tono suave, pero no dijo nada. Apagó la luz y se tiró en la cama.

En la oscuridad, mi mente trabajaba a mil por hora. Había alguien más. Un tercero. Alguien que había orquestado todo esto, alguien peligroso. Y Valeria había dicho algo sobre su padre… “Mi padre tuvo que prestarte dinero”.

¿Y si el enemigo no estaba en esta habitación? ¿Y si el enemigo estaba allá afuera, riéndose mientras nosotros nos despedazábamos?

Tenía que averiguar quién era ese nombre borroso en el diario. Tenía que limpiar el nombre de mi padre. Y, aunque pareciera una locura, tenía que salvar a Alejandro de su propio odio. Porque si él seguía consumido por esta venganza, nos destruiría a ambos.

Miré su espalda en la penumbra.

—Apenas estamos empezando —susurré para mí misma, repitiendo sus palabras, pero con un significado completamente diferente—. Sí, Alejandro. Apenas estamos empezando a descubrir la verdad.

Mañana no sería la sirvienta sumisa. Mañana sería la investigadora. Mañana empezaría a luchar, no solo por mi supervivencia, sino por la redención de dos familias rotas. Y pobre del que se interpusiera en mi camino, porque Isabel Cifuentes acababa de despertar.

La hacienda dormía, pero yo estaba más despierta que nunca. El juego había cambiado. Y yo tenía el primer as bajo la manga.

CONTENIDO DE LA PARTE 3: ENTRE ESPINAS Y VERDADES A MEDIA LUZ

El primer rayo de sol que se coló por la ventana esa mañana no trajo consigo la esperanza habitual de un nuevo día, sino la urgencia eléctrica de quien guarda una bomba de tiempo bajo el brazo. Me desperté en el diván con el cuerpo entumecido, el cuello rígido y una sensación de irrealidad que tardó unos segundos en disiparse. No estaba en mi habitación de soltera con vistas a Reforma; estaba en la “Hacienda La Esperanza”, casada con mi enemigo, y durmiendo sobre un mueble victoriano que parecía diseñado por la Santa Inquisición para torturar la espalda.

Pero algo había cambiado. Ya no era la víctima que lloraba en silencio la noche anterior. Ahora tenía el diario.

Me levanté de un salto, ignorando el dolor en mis lumbares. Mi prioridad absoluta era esconder ese cuaderno de piel desgastada. Si Alejandro lo encontraba, si leía que mi padre lo había traicionado por miedo y no por codicia, su reacción era impredecible. Podría no creerme, pensar que era una falsificación, o peor aún, podría confrontar a las personas equivocadas antes de tiempo y ponernos a ambos en la mira de ese enemigo invisible. Necesitaba pruebas. Necesitaba nombres. Necesitaba saber quién era ese “Tercero” que había orquestado la caída de dos familias.

Miré alrededor de la habitación con desesperación. El armario era demasiado obvio. Debajo del colchón era el primer lugar donde alguien buscaría. Mis ojos se posaron en mi maleta de viaje, una pieza de equipaje antigua de Louis Vuitton que había pertenecido a mi madre. Tenía un forro de seda interior que estaba ligeramente descosido en una esquina.

Con manos temblorosas, tomé el diario. Era pequeño, compacto. Lo deslicé con cuidado entre la estructura rígida de la maleta y el forro de tela. Alisé la seda con la mano. Imperceptible. A menos que alguien decidiera destrozar mi equipaje, el secreto de Rodrigo Cifuentes estaba a salvo.

Respiré hondo, tratando de calmar el martilleo en mi pecho. Me miré al espejo. Mis ojos estaban hinchados, pero tenían un brillo nuevo. Una determinación fría, acerada. Me lavé la cara, me recogí el cabello en una trenza apretada —práctica, como Alejandro había exigido— y me vestí con unos jeans oscuros y una camisa de algodón. Si él quería una trabajadora, le daría a la mejor empleada que jamás hubiera tenido. Pero esta empleada iba a desmantelar su vida pieza por pieza hasta encontrar la verdad.

Bajé a la cocina. El aroma a café de olla y pan recién horneado inundaba el pasillo, un contraste hogareño con la guerra fría que se libraba en esta casa. Lupe estaba allí, picando cebolla con una destreza que daba miedo.

—Buenos días, Lupe —dije, entrando con paso firme.

La mujer levantó la vista, sorprendida quizás de verme levantada tan temprano y vestida para la faena.

—Buenos días, niña. ¿Durmió bien? —preguntó, aunque su tono sugería que sabía perfectamente que dormir en ese diván era imposible.

—He dormido mejor —admití, acercándome a la barra—. Pero hoy hay mucho que hacer. ¿Dónde está Alejandro?

—Salió a revisar los agaves en la zona norte. Dicen que la plaga del picudo está amenazando la cosecha —respondió Lupe, negando con la cabeza—. Si perdemos esa siembra, no sé qué va a hacer el patrón. Anda con los nervios de punta.

Me serví una taza de café, dejando que el líquido oscuro y dulce me calentara las manos.

—Lupe… —empecé, tratando de sonar casual—, ayer vino Valeria Montemayor.

La espalda de Lupe se tensó visiblemente. Dejó el cuchillo sobre la tabla con un golpe seco.

—Esa mujer es como los zopilotes, solo aparece cuando huele a muerto —murmuró, persignándose rápidamente.

Me acerqué un poco más, bajando la voz.

—Alejandro parece confiar mucho en ella. Y en su padre.

—Don Alejandro no tiene muchas opciones —suspiró Lupe, dándose la vuelta para mirarme. Había preocupación genuina en sus ojos—. Cuando su padre de usted… cuando pasó lo del fraude, el banco nos cerró las puertas. Nadie quería prestarle un peso a los Von Reidberg. Estábamos a punto de perder la nómina de los jimadores. Fue el Señor Montemayor quien le ofreció el préstamo para salvar la operación.

—¿El padre de Valeria? —pregunté, sintiendo que una pieza del rompecabezas encajaba con un sonido metálico en mi mente.

—El mismo. Don Humberto Montemayor. Es el dueño del banco que tiene hipotecada la mitad de estas tierras. Por eso la señorita Valeria se pasea por aquí como si fuera la dueña. Porque, en cierto modo, su familia es dueña de la deuda del patrón.

Sentí un escalofrío. “Prefiero ser un ladrón a sus ojos que un padre con una hija muerta”, había escrito mi padre. ¿Y si la deuda de Alejandro y la extorsión de mi padre venían del mismo lugar? ¿Y si los Montemayor no eran los salvadores, sino los arquitectos de nuestra desgracia?

—Gracias, Lupe —dije, terminando mi café de un trago—. Voy a la biblioteca. Alejandro dijo que quería los inventarios listos, y voy a empezar por los libros.

—¿Los libros? —Lupe me miró extrañada—. Creí que iba a seguir con la plata.

—La plata puede esperar. El conocimiento es poder, Lupe —dije con una media sonrisa enigmática y salí de la cocina.

La biblioteca de la hacienda era un lugar majestuoso, con estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo y una escalera de caracol. Olía a papel viejo, a cera y a historia. Pero no estaba allí para leer novelas. Fui directa al escritorio que Alejandro usaba cuando no estaba en su despacho principal.

Empecé a buscar. No sabía exactamente qué, pero sabía que necesitaba entender la situación financiera real. Encontré carpetas con facturas, recibos de nómina y correspondencia bancaria. Todo estaba ordenado, meticulosamente organizado. Alejandro era un hombre de control.

Abrí una carpeta etiquetada como “Préstamo Estructural 2023 – Banco Montemayor”.

Mis ojos recorrieron las cifras y sentí náuseas. Los intereses eran exorbitantes. Eran usura disfrazada de legalidad. Alejandro estaba pagando casi el doble de lo que un banco normal cobraría. Había cláusulas abusivas: penalizaciones por retrasos mínimos que implicaban la cesión de hectáreas de tierra.

—Dios mío, Alejandro… te tienen del cuello —susurré.

Seguí leyendo. Había una cláusula específica, la “Cláusula de Estabilidad”. Decía que, en caso de cualquier escándalo legal, inestabilidad mental del titular o “conflictos familiares que pongan en riesgo la gestión”, el banco tenía derecho a intervenir la administración de la hacienda.

Recordé las palabras de Valeria ayer: “Si la presionas demasiado, se puede romper y suicidarse o algo escandaloso… Necesitas que se mantenga cuerda”.

No me estaban protegiendo. Estaban protegiendo su inversión. Si yo hacía un escándalo, si me divorciaba de manera ruidosa, o si Alejandro perdía los estribos públicamente, los Montemayor podían quedarse con todo. Valeria no quería casarse con Alejandro por amor; quería asegurar que la hacienda pasara a manos de su familia, ya fuera por matrimonio o por ejecución hipotecaria.

Estaba tan absorta en los documentos que no escuché la puerta abrirse.

—¿Qué demonios haces aquí?

Salté en mi sitio, cerrando la carpeta de golpe. Alejandro estaba en el umbral, cubierto de polvo del campo, con el sombrero en la mano y una expresión de furia contenida.

—Yo… estaba organizando —tartamudeé, poniéndome de pie.

—Te dije que limpiaras la plata y contaras las sábanas. No te di permiso para hurgar en mis papeles privados.

Caminó hacia mí con pasos largos y pesados. Me sentí pequeña ante su altura y su enojo, pero me obligué a no retroceder.

—Dijiste que querías saber qué teníamos por si había que vender algo más —repliqué, sosteniendo su mirada—. Estoy revisando los activos. Y me encontré con esto.

Señalé la carpeta. Alejandro llegó al escritorio y puso una mano sobre ella, como protegiendo un secreto vergonzoso.

—Esto no es de tu incumbencia. Son negocios. Algo que una niña mimada como tú no entendería.

—Entiendo lo suficiente de matemáticas para saber que te están robando, Alejandro —solté, la indignación superando al miedo—. Esos intereses son criminales. Ni siquiera los prestamistas de barrio en Tepito cobran esas tasas. ¿Por qué firmaste esto?

Alejandro se quedó quieto. Su mandíbula se tensó.

—Porque no tenía opción —gruñó, su voz bajando a un susurro rasposo—. Porque tu padre destruyó mi crédito. Porque tenía a trescientas familias dependiendo de mí y las cuentas bancarias congeladas por la investigación del fraude. Humberto Montemayor fue el único que me tendió la mano cuando todos me dieron la espalda.

—Te tendió la mano para ponerte una soga al cuello —dije, dando un paso hacia él, olvidando por un momento quién era yo y quién era él—. Alejandro, lee la letra pequeña. La cláusula de intervención. Están esperando que falles. Están esperando que algo salga mal para quitarte la hacienda. Valeria no viene a traerte papeles por amabilidad, viene a vigilar su inversión.

Alejandro me miró con incredulidad, y luego soltó una risa amarga.

—¿Ahora resulta que tú, la hija del hombre que casi me arruina, me vas a dar lecciones sobre en quién confiar? —Se inclinó sobre mí, su rostro a centímetros del mío. Podía ver las motas doradas en sus iris grises—. Valeria y su padre me ayudaron a limpiar el desastre que dejó tu apellido. No te atrevas a ensuciar su nombre para desviar la atención de tu culpa.

Quise gritarle la verdad. Quise sacarle el diario y restregárselo en la cara. “¡Mi padre fue una víctima de ellos también!”. Pero me mordí la lengua. Si se lo decía ahora, sin pruebas contundentes, pensaría que era otra mentira de los Cifuentes. Pensaría que estaba inventando historias para salvar mi pellejo.

—Piensa lo que quieras de mí —dije con voz temblorosa pero firme—. Ódiame si eso te hace sentir mejor. Pero por el amor de Dios, revisa esos contratos con un abogado que no sea amigo de los Montemayor. Hazlo por la hacienda, no por mí.

Alejandro me sostuvo la mirada unos segundos interminables. Hubo un momento de duda en sus ojos, una grieta en su certeza absoluta. Luego, se apartó bruscamente.

—Lárgate de aquí. Vete a la cocina. Y si vuelvo a verte tocando mis papeles, te juro que te encierro en tu habitación hasta que se pague la deuda.

Salí de la biblioteca con el corazón acelerado, pero no por miedo. Por adrenalina. Había plantado la semilla de la duda. Ahora tenía que regarla.

La tarde cayó pesada y calurosa. El cielo se tiñó de un gris plomizo que prometía una tormenta de verano. Alejandro no volvió a la casa grande para comer. Lupe me dijo que se había quedado en la destilería, supervisando el proceso de fermentación.

Decidí que no me quedaría encerrada. Si iba a ser la señora de esta casa, tenía que conocer el terreno. Me puse unas botas viejas que encontré en el cuarto de servicio (eran dos tallas más grandes, pero con calcetines gruesos funcionaban) y salí hacia los campos de agave.

El paisaje era sobrecogedor. Hileras infinitas de agaves azules se extendían hasta donde alcanzaba la vista, sus pencas alzándose hacia el cielo como espadas desafiantes. El aire olía a tierra mojada y a esa dulzura vegetal tan característica.

Caminé hacia donde veía movimiento. Un grupo de hombres, los jimadores, trabajaban bajo el sol con sus coas afiladas, cortando las pencas para dejar al descubierto el corazón de la planta, la piña. Era un trabajo brutal, físico y rítmico.

Me detuve a observar. Uno de los hombres, un capataz mayor con la piel curtida por el sol como cuero viejo, se me acercó. Se quitó el sombrero con respeto.

—Buenas tardes, señora. No es lugar para usted, con todo respeto. Aquí hay víboras y las herramientas son peligrosas.

—Buenas tardes —respondí amablemente—. Soy Isabel. Solo quería conocer el proceso. Alejandro me dijo que había problemas con una plaga.

El hombre, que se presentó como Don Chuy, escupió al suelo con disgusto al oír lo de la plaga.

—¿Plaga? Eso dicen los ingenieros de la ciudad que trajo el patrón. Pero yo llevo cuarenta años jimando, señora. Y lo que le pasó al lote de la semana pasada no fue picudo.

Eso captó mi atención de inmediato.

—¿Qué fue entonces, Don Chuy?

El hombre miró a los lados, como asegurándose de que nadie más escuchara.

—Mire, el picudo deja marcas, agujeros. Seca la planta desde dentro. Las piñas que salieron malas… esas piñas olían a químico. A aceite. Como si alguien hubiera echado algo en la tierra o en el agua de riego de ese sector. Yo le dije al ingeniero, pero me dijo que estaba loco, que era un hongo nuevo.

—¿Quién es el ingeniero? —pregunté, sintiendo que mi pulso se aceleraba.

—El Ingeniero Rivas. Lo recomendó la Señorita Valeria hace unos meses, cuando despedimos al anterior por… recortes.

Rivas. Recomendado por Valeria. Por supuesto.

—Don Chuy, ¿podría mostrarme dónde está ese sector “enfermo”?

—Está lejos, señora. Cerca de la cañada. Y se viene el agua. —Señaló las nubes negras que avanzaban rápidamente sobre los cerros.

—No me importa. Lléveme. Por favor.

Don Chuy dudó, pero al ver mi insistencia, asintió. Subimos a una camioneta vieja y destartalada. El camino era terracería pura, lleno de baches que hacían saltar el vehículo.

Llegamos al sector norte justo cuando las primeras gotas gordas de lluvia empezaban a caer. Bajé de la camioneta. El olor aquí era distinto. No olía a tierra limpia. Había un trasfondo acre, sutil pero perceptible para alguien que buscaba algo fuera de lugar.

Me acerqué a un agave que se veía marchito. Don Chuy le dio un golpe con la coa y partió una penca.

—Mire —señaló la base—. La mancha es negra, aceitosa. El picudo deja aserrín. Esto es otra cosa.

Toqué la sustancia pegajosa con la yema del dedo y la olí. Olía a solvente. A gasolina vieja o algún tipo de herbicida concentrado.

—Esto fue provocado —susurré, la rabia calentándome la sangre a pesar del viento frío que empezaba a soplar.

—¡Isabel!

El grito retumbó más fuerte que el trueno que acababa de sonar. Me giré. Alejandro venía a caballo, galopando furiosamente hacia nosotros. Frenó a Sultán tan cerca que el animal resopló sobre mi cara.

—¡¿Estás loca?! —bramó, bajándose del caballo de un salto—. ¡Está empezando una tormenta eléctrica! ¡Es peligroso estar aquí en campo abierto!

—Alejandro, tienes que ver esto —grité para hacerme oír sobre el viento—. Don Chuy tiene razón. No es una plaga.

Alejandro me ignoró. Me agarró del brazo con fuerza.

—¡Súbete a la camioneta! ¡Ahora!

—¡Suéltame y mira la maldita planta! —Me solté de su agarre con un tirón violento. El movimiento lo tomó por sorpresa. Nadie le desobedecía.

Lo agarré de la camisa y lo jalé hacia el agave cortado.

—¡Huele esto! —le exigí, poniéndole la penca casi en la nariz—. ¡Dime si esto huele a hongo o a picudo!

Alejandro, aturdido por mi furia, obedeció. Olió la planta. Frunció el ceño. Lo olió de nuevo, esta vez tocando la sustancia negra con sus propios dedos. Su expresión cambió de ira a confusión, y luego a una comprensión horrorizada.

—Es… es diésel. O algún solvente industrial —murmuró, mirando sus dedos manchados.

—Alguien está envenenando tus agaves, Alejandro —dije, empapada ya por la lluvia que caía a cántaros—. Y el ingeniero que dijo que era una plaga fue contratado por recomendación de Valeria.

Alejandro me miró. El agua le corría por la cara, mezclándose con el sudor y la suciedad. Por primera vez en dos días, no me miraba como a una enemiga. Me miraba como a una igual. Como a una aliada en medio de la tormenta.

—Tenemos que irnos —dijo, su voz grave pero ya no hostil—. La tormenta está encima. Don Chuy, lleve la camioneta a los cobertizos. Isabel viene conmigo.

—¿Qué? No, yo me voy con…

—El camino principal se inunda en minutos con esta lluvia. A caballo cortamos camino por el monte. ¡Sube!

No me dio tiempo a discutir. Me alzó por la cintura como si fuera una pluma y me montó en la silla de Sultán. Él subió detrás de mí de un salto ágil.

—Agárrate de la crin y no te sueltes —me ordenó al oído. Sus brazos rodearon mi cintura para tomar las riendas. Sentí su pecho firme contra mi espalda, su calor corporal traspasando mi ropa mojada.

Sultán arrancó al galope. Fue una carrera frenética bajo la lluvia. Los relámpagos iluminaban el cielo morado, convirtiendo el paisaje en una película de terror y belleza. Yo me aferraba al caballo y sentía los brazos de Alejandro tensos a mi alrededor, protegiéndome, guiándonos. Por un momento, olvidé el contrato, la venganza, el odio. Solo éramos dos personas huyendo de la tormenta, unidos por la supervivencia.

Llegamos a la casa grande empapados hasta los huesos. Alejandro detuvo el caballo bajo el pórtico y me ayudó a bajar. Mis piernas temblaban, no sé si por el frío o por la cercanía forzada con él.

Entramos corriendo. La casa estaba a oscuras.

—Se fue la luz —dijo él, sacudiéndose el agua del cabello—. Las tormentas aquí suelen tirar los transformadores.

Estábamos solos en el vestíbulo, goteando sobre el piso de mármol antiguo. Solo la luz de los relámpagos iluminaba intermitentemente sus facciones.

—Lo de los agaves… —empecé a decir, tiritando.

—Hablaremos de eso después —me cortó, pero su tono era suave. Se quitó la chaqueta de mezclilla mojada y me la puso sobre los hombros. El gesto fue tan inesperado que me quedé paralizada—. Estás temblando. Vas a pescar una neumonía. Sube a cambiarte y sécate el pelo. Yo buscaré velas y algo de beber.

—Alejandro… —lo detuve, agarrando su muñeca. Su piel estaba caliente—. No estoy loca. Y no estoy tratando de manipularte. Hay alguien atacándote desde dentro.

Él miró mi mano en su brazo, luego mis ojos.

—Lo sé —dijo, y la admisión pareció costarle la vida—. Ese olor… es inconfundible. He estado tan ciego, tan obsesionado con culpar a tu padre por el pasado, que no vi lo que pasaba en mis narices.

—El odio ciega —susurré.

—Sí —admitió él, dando un paso hacia mí. Estábamos peligrosamente cerca. En la oscuridad, la tensión entre nosotros cambió de textura. Ya no era la tensión del conflicto, sino algo más primario, magnético—. Tal vez… tal vez he sido injusto contigo en algunas cosas.

Mi corazón dio un vuelco. Era la primera concesión, la primera grieta real en el muro.

—Solo en algunas —bromeé nerviosamente, intentando aligerar el momento porque la intensidad de su mirada me estaba dejando sin aire.

Él esbozó una media sonrisa, algo que no había visto en años.

—No te acostumbres, Cifuentes. Sigues debiéndome millones.

—Y te los voy a pagar —aseguré—. Pero primero, vamos a salvar esta hacienda. Juntos.

Alejandro asintió lentamente.

—Ve a cambiarte. Te espero en la biblioteca. Tenemos que revisar esos contratos de los que hablabas. A la luz de las velas.

Subí las escaleras sintiendo que flotaba, a pesar de la ropa mojada y pesada. Algo fundamental había cambiado esta noche. Ya no era su prisionera. Me había ganado mi lugar en la mesa de estrategia.

Me di una ducha rápida, casi hirviendo, para quitarme el frío. Me puse ropa seca y cómoda. Saqué el diario de mi maleta por un segundo, lo acaricié. “Lo estoy logrando, papá. Estoy haciendo que me escuche”.

Bajé a la biblioteca. Alejandro había encendido candelabros de plata por todas partes, creando una atmósfera gótica y extrañamente íntima. Tenía una botella de tequila y dos caballitos en la mesa. Y la carpeta de los Montemayor abierta.

—Tenías razón —dijo sin preámbulos cuando entré—. He estado leyendo las cláusulas con más atención. La fecha de la “revisión de rendimiento” es el próximo mes. Si los agaves del sector norte se pierden, mi producción baja del mínimo estipulado en el contrato.

—Y eso activa la cláusula de intervención —concluí, sentándome frente a él.

—Exacto. El banco tomaría el control administrativo “para asegurar el pago”. Humberto Montemayor se quedaría con la gestión de La Esperanza.

—Y Valeria se aseguraría de ser ella quien la administre —añadí—. Sabotearon la cosecha para forzar el incumplimiento del contrato.

Alejandro bebió su tequila de un golpe. Su rostro era una máscara de furia fría.

—Me traicionaron. Los dejé entrar a mi casa, a mi vida, y me apuñalaron por la espalda mientras yo estaba ocupado odiándote a ti.

Me sirvió un tequila a mí.

—Tómatelo —dijo—. Lo vas a necesitar. Porque esto significa guerra. Y si vamos a pelear contra los Montemayor, necesito saber todo. Isabel… —Me miró fijamente—. ¿Qué más sabes? ¿Qué más ocultaba tu padre?

Dudé. Era el momento. Tenía su atención, tenía su incipiente confianza. Pero, ¿era suficiente?

—Mi padre… —Empecé, midiendo cada palabra—. Mi padre dejó escritos. Cartas. Diarios.

—¿Dónde están?

—Los tengo yo.

Alejandro se tensó.

—¿Qué dicen?

—Dicen que él no quería hacerlo. Dicen que lo obligaron. —Mi voz se quebró un poco—. Dicen que alguien lo amenazó con hacerme daño a mí si no firmaba esos papeles falsos contra tu familia.

Alejandro golpeó la mesa con el puño.

—¡Excusas! ¡Es lo que diría cualquier cobarde para justificar sus actos!

—¡No son excusas! —grité, poniéndome de pie—. ¡Hay nombres! Bueno… hay referencias. Habla de deudas de juego, sí, pero también habla de un “socio” que le prestaba dinero y luego le exigía favores sucios. El mismo modus operandi que usaron contigo, Alejandro. Primero te “ayudan”, luego te asfixian.

Corrí hacia arriba, ignorando sus llamados. Fui a mi cuarto, saqué el diario de la maleta y volví a bajar. Entré en la biblioteca y lancé el cuaderno sobre el escritorio, entre los candelabros y la botella de tequila.

—Léelo —desafié—. Lee la entrada del 14 de octubre. Lee cómo pide perdón. Lee cómo llora en esas páginas porque sentía que no tenía salida. Y luego dime si el verdadero monstruo era mi padre, o si era el hombre que movía los hilos de ambos.

Alejandro miró el diario como si fuera un objeto maldito. Extendió la mano lentamente y abrió la tapa de piel desgastada.

El silencio en la biblioteca solo era roto por el sonido de la lluvia golpeando los cristales y el pasar de las páginas. Vi cómo los ojos de Alejandro se movían rápidamente sobre la caligrafía de mi padre. Vi cómo su ceño se fruncía, cómo su respiración se alteraba.

Pasaron diez minutos. Veinte.

Finalmente, Alejandro cerró el diario. No me miró de inmediato. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad de la tormenta.

—Menciona una reunión —dijo con voz ronca—. Una reunión en el Club de Industriales, dos días antes de firmar el fraude. Dice que se reunió con “El Alacrán”.

—¿El Alacrán? —pregunté, confundida.

—Es el apodo de la universidad de Humberto Montemayor —dijo Alejandro, girándose lentamente. Su rostro estaba pálido, sus ojos brillaban con una mezcla de horror y una ira asesina—. Lo llamábamos así porque siempre atacaba cuando menos lo esperabas. Mi padre… mi padre confiaba en él. Yo confiaba en él.

Se pasó las manos por la cara, como si quisiera arrancarse la piel.

—Dios mío, Isabel. Si esto es verdad… hemos estado bailando al son que ellos tocaban durante años. Tu padre y yo fuimos peones en el mismo tablero.

Se acercó a mí. Esta vez no hubo barreras. Me tomó por los hombros, sus manos firmes y calientes.

—Perdóname —dijo, y la palabra salió rasgada de su garganta—. Te dije cosas horribles. Te traté como a una criminal. Y tú… tú eres la única que ha tenido el valor de abrirme los ojos.

—No quiero tu perdón, Alejandro —dije suavemente, poniendo mis manos sobre su pecho. Podía sentir su corazón latir desbocado—. Quiero tu ayuda. Quiero que destruyamos a quienes nos hicieron esto. Quiero que “El Alacrán” pague por la memoria de mi padre y por el honor de tu familia.

Alejandro asintió, una promesa oscura brillando en su mirada.

—Lo haremos. Te lo juro por esta tierra que lo haremos. Pero tenemos que ser inteligentes. Ellos creen que te odio. Creen que soy su marioneta. Vamos a usar eso a nuestro favor.

—¿Qué propones?

—Vamos a darles el espectáculo que quieren —dijo, acercando su rostro al mío. Sus labios rozaron mi oreja, provocándome un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío—. Mañana, delante de todos, seguiremos siendo el matrimonio desastroso. Yo te gritaré, tú llorarás. Le haremos creer a Valeria que su plan está funcionando. Y mientras ellos celebran nuestra caída, nosotros buscaremos la prueba final para meter a Humberto Montemayor en la cárcel.

Se separó un poco y me miró a los labios. Por un segundo, pensé que me besaría. El aire estaba cargado de electricidad estática y deseo reprimido.

—Eres peligrosa, Isabel Cifuentes —susurró.

—Aprendí del mejor —respondí, sin apartar la mirada.

Alejandro se alejó, rompiendo el momento antes de que fuera irreversible.

—Ve a dormir. Esta noche… puedes dormir en la cama. Yo tomaré el diván.

—No es necesario.

—Sí lo es. Un buen soldado necesita descansar antes de la batalla.

Me di la vuelta para irme, pero me detuve en la puerta.

—Alejandro.

—¿Sí?

—El vestido de novia… no me arrepiento de haberlo usado. Porque al final, sí sirvió para unirnos. Solo que no como ellos esperaban.

Alejandro sonrió, una sonrisa genuina, cansada pero real.

—Buenas noches, socia.

Subí a la habitación, me metí en la cama gigante con sábanas de seda y, por primera vez desde que llegué a La Esperanza, dormí profundamente. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero dentro, el miedo se había disipado. Tenía un plan. Tenía un aliado. Y, aunque todavía no me atrevía a admitirlo en voz alta, estaba empezando a enamorarme del hombre que había jurado destruirme.

Pero la paz duraría poco. Al día siguiente, descubriríamos que el veneno de “El Alacrán” ya estaba más adentro de la casa de lo que imaginábamos. Y que la traición a veces duerme en la habitación de al lado.

CONTENIDO DEL CAPÍTULO FINAL: LA COSECHA DE LA VERDAD Y EL RENACER DEL AGAVE

La mañana siguiente a la tormenta, la Hacienda La Esperanza despertó con una calma engañosa, de esas que preceden a los terremotos más devastadores. El aire olía a tierra mojada y a petricor, un aroma que normalmente me llenaría de paz, pero que hoy solo servía para afilar mis sentidos. Alejandro y yo teníamos un pacto, un guion invisible que debíamos interpretar a la perfección si queríamos sobrevivir a los tiburones que rondaban nuestras aguas.

Bajé las escaleras con el cabello deliberadamente despeinado y los ojos enrojecidos (un poco de cebolla frotada cerca del lagrimal había hecho maravillas). En la cocina, el murmullo de las empleadas cesó de golpe cuando entré. Lupe me miró con preocupación, pero mantuve mi papel.

—No quiero desayunar —dije con voz quebrada, lo suficientemente alto para que hasta el jardinero que pasaba por la ventana escuchara—. No puedo estar en la misma mesa que él.

En ese momento, Alejandro entró por la puerta trasera, golpeando sus botas llenas de lodo contra el piso inmaculado. Su rostro era una máscara de furia, tan convincente que por un segundo sentí un escalofrío real.

—¡Pues lárgate a tu cuarto! —bramó, haciendo que una de las muchachas de limpieza soltara una escoba del susto—. ¡Nadie te obligó a bajar! ¡Ya bastante tengo con ver cómo se pudren mis agaves como para ver tu cara de mártir!

—¡Eres un monstruo! —grité, agarrando un jarrón de talavera barato que habíamos acordado sacrificar y lanzándolo contra la pared. El estruendo de la cerámica rompiéndose fue el toque final de nuestra obra maestra—. ¡Ojalá nunca hubiera aceptado casarme contigo!

Salí corriendo de la cocina, sollozando ruidosamente. Subí las escaleras, pero no me encerré en mi cuarto. Me quedé en el descansillo, oculta tras una columna de cantera, esperando.

Desde mi posición, vi cómo Alejandro salía hecho una furia hacia el despacho. Y entonces, lo vi. La “traición que duerme en la habitación de al lado”.

No era Lupe. No era Don Chuy. Era Marcela, la joven recamarera que había sido contratada hace apenas tres meses, justo cuando los problemas con la plaga empezaron. La vi sacar su teléfono celular del delantal con manos temblorosas y teclear frenéticamente mientras miraba hacia donde Alejandro se había ido. Luego, se escabulló hacia el cuarto de servicio para hacer una llamada.

Bajé las escaleras descalza, moviéndome como un gato. Me pegué a la puerta de madera del cuarto de servicio.

—…Sí, señora Valeria. Se están matando. —La voz de Marcela era un susurro conspiratorio—. Ella rompió un jarrón. Él le gritó que la odiaba. Sí… parece que él ya no aguanta más. Creo que hoy mismo la corre de la hacienda. Sí, señora… seguiré informando.

Me alejé con el corazón latiéndome en la garganta. Teníamos nuestra confirmación. Valeria tenía ojos y oídos dentro de nuestra casa. Pero esto, lejos de asustarme, me dio un poder inmenso. Sabíamos por dónde venía el golpe, y podíamos usar a Marcela para alimentar a la bestia con la información que nosotros quisiéramos.

Corrí al despacho de Alejandro. Entré sin tocar y cerré la puerta con llave. Él estaba de pie junto a la ventana, con los puños apretados. Al verme, su postura se relajó.

—¿Fue creíble? —preguntó en voz baja.

—Demasiado. Casi me creo que me odias —respondí, acercándome—. Es Marcela. La acabo de escuchar hablando con Valeria. Le dijo que estamos al borde del divorcio.

Alejandro soltó una maldición entre dientes.

—Marcela… mi madre le dio trabajo a su tía hace años. Nunca pensé que…

—El dinero compra lealtades baratas, Alejandro. Pero esto es bueno. Valeria creerá que estamos débiles, distraídos. Bajará la guardia.

—Humberto Montemayor viene mañana —dijo Alejandro, girándose hacia mí. Su mirada era grave—. Llamó hace una hora. Dice que viene a hacer una “inspección de emergencia” debido a los rumores sobre la pérdida de la cosecha. Viene con sus abogados. Quiere ejecutar la cláusula de intervención.

—Entonces mañana será el gran final —dije, sintiendo una extraña calma—. ¿Tienes lo que te pedí?

Alejandro asintió y caminó hacia la caja fuerte oculta tras un cuadro ecuestre. Sacó una carpeta y una pequeña grabadora digital.

—El Ingeniero Rivas cantó como un jilguero en cuanto lo confronté con las facturas del diésel y la amenaza de llevarlo con la policía federal. Tengo su confesión firmada y grabada. Admitió que Humberto le pagó para sabotear el sistema de riego del sector norte.

—¿Y los agaves? —pregunté, mi mayor preocupación—. Si el banco ve el campo muerto, tendrán la excusa legal para intervenir, confesión o no.

Alejandro sonrió, y fue una sonrisa de tiburón.

—Isabel, eres esposa de un tequilero, pero te falta campo. Lo que vieron ayer, lo que rociaron con diésel… ese era el lote de prueba. El vivero viejo.

Abrí los ojos como platos.

—¿Qué?

—Hace dos semanas, cuando empecé a sospechar que algo raro pasaba con Rivas, ordené a Don Chuy y a sus hombres de más confianza que trasplantaran los hijuelos sanos y la producción principal a los terrenos altos, los de “La Escondida”, detrás de la loma. Lo hicimos de noche. Rivas roció un campo que ya estaba destinado a la quema. Mis agaves, los verdaderos, están sanos y salvos, bebiendo agua de manantial.

Sentí unas ganas irreprimibles de besarlo. Era brillante.

—Entonces, cuando Humberto llegue mañana…

—Esperará encontrar un cementerio de plantas y un matrimonio roto. —Alejandro se acercó a mí, tomándome por la cintura con una posesividad que ya no se sentía actuada—. Y se va a encontrar con la mayor sorpresa de su miserable vida. Pero necesito que tú hagas lo más difícil, Isabel.

—¿Qué cosa?

—Necesito que mañana, frente a todos, pretendas traicionarme.

EL DÍA DEL JUICIO

La mañana siguiente, la Hacienda La Esperanza se vistió de gala, pero el ambiente era fúnebre. Habíamos preparado el patio central para recibir a la comitiva del banco. Mesas con manteles blancos, botellas de nuestro mejor tequila y aperitivos que nadie probaría.

A las once en punto, una caravana de camionetas blindadas negras entró por el portón principal. De la primera descendió Humberto Montemayor, “El Alacrán”. Era un hombre bajo, calvo, con una barriga prominente enfundada en un traje italiano gris y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. A su lado, Valeria bajó como una reina conquistadora, vestida de rojo sangre, con gafas de sol oscuras y una actitud triunfal.

Alejandro los esperaba al pie de la escalinata. Yo me quedé arriba, en el balcón, observando.

—Alejandro, muchacho —saludó Humberto, abriendo los brazos con falsa cordialidad—. Qué desgracia tener que vernos en estas circunstancias. Valeria me contó lo del desastre en el sector norte. Una tragedia.

—Humberto. Valeria —Alejandro asintió secamente—. Pasen. Tenemos que hablar.

Se sentaron en la mesa principal del patio. Los abogados de Humberto desplegaron carpetas y documentos como si fueran armas sobre el mantel.

—Vamos al grano, Alejandro —dijo Humberto, encendiendo un puro sin pedir permiso—. Mis peritos han visto las fotos satelitales. Tu cosecha está muerta. No tienes liquidez. Según la cláusula 14 del contrato de préstamo, el Banco Montemayor asume desde este momento la administración total de la Hacienda La Esperanza y la marca Tequila Von Reidberg para salvaguardar la inversión.

Valeria sonreía, acariciando el borde de su copa de agua.

—Es lo mejor, Ale. Tú estás… inestable. Marcela nos cuenta que tu matrimonio es un infierno. No tienes cabeza para los negocios. Papá y yo nos encargaremos de todo. Tú podrás quedarte en la casa de huéspedes, por supuesto. No somos monstruos.

Alejandro apretó los puños sobre la mesa.

—No voy a firmar nada. Mi cosecha está bien.

Humberto soltó una carcajada ronca.

—¡Por favor! Rivas me envió el informe técnico. El suelo está contaminado. Estás acabado, hijo. Firma la cesión voluntaria y te perdonaremos los intereses moratorios. Si no, te demandaré, te quitaré hasta la camisa que llevas puesta y terminarás en la calle, igual que el traidor de tu suegro.

Esa fue mi señal.

Bajé las escaleras lentamente, el sonido de mis tacones resonando en el silencio tenso. Llevaba un vestido negro, sobrio, y una carpeta en la mano.

—Isabel —dijo Valeria con desdén—. Los adultos están hablando. Vete a llorar a otro lado.

Ignoré a Valeria y me dirigí a Humberto.

—Señor Montemayor —dije con voz suave—. Alejandro es terco. El orgullo no lo deja ver la realidad. Pero yo… yo soy pragmática.

Alejandro me miró con una traición fingida perfecta.

—Isabel, ¿qué haces? ¡Vete a tu cuarto!

—¡No! —grité, girándome hacia él—. ¡Ya me cansé, Alejandro! ¡Me cansé de tus gritos, de tu falta de dinero, de vivir en la ruina por culpa de tu orgullo! ¡Si vas a perder la hacienda, yo quiero asegurar mi parte!

Humberto me miró con interés, sus ojos brillando con codicia.

—Vaya, vaya. Parece que la hija del Conde Cifuentes heredó el sentido de supervivencia de su padre. Siéntate, niña. ¿Qué propones?

Me senté frente a él. Valeria me miraba con sospecha, pero su arrogancia le impedía ver la trampa.

—Tengo documentos —dije, deslizando la carpeta sobre la mesa—. Documentos que prueban que Alejandro ha estado ocultando activos. Si le doy esta información para acelerar el embargo… ¿qué gano yo?

—Isabel, ¡cállate! —bramó Alejandro, haciendo ademán de levantarse, pero sus propios guardias (instruidos previamente) lo “retuvieron” suavemente.

Humberto sonrió, mostrando unos dientes amarillentos.

—Si nos ayudas a cerrar esto hoy mismo, te daremos una compensación generosa. Lo suficiente para que te vayas a Europa y te olvides de este pueblo polvoriento.

—¿Lo promete? —pregunté inocentemente.

—Tienes mi palabra.

—Prefiero tenerlo por escrito —dije, sacando una pluma—. Pero antes… necesito que me aclare una duda. Solo para estar segura de que estoy apostando al caballo ganador.

—Pregunta.

—Mi padre… Rodrigo Cifuentes. Usted era su “socio”, ¿verdad? El que le prestaba dinero.

Humberto se tensó imperceptiblemente, pero su ego era más grande que su prudencia. Ya se sentía dueño de todo.

—Tu padre era un jugador pésimo y un hombre débil. Yo solo le di las herramientas para cavar su propia tumba. Fue fácil convencerlo de firmar esos papeles falsos contra los Von Reidberg. Solo tuve que mencionar tu nombre, y lo mucho que sufrirías si algo te pasaba en la universidad…

Un silencio sepulcral cayó sobre el patio. Valeria dejó de sonreír.

—Papá… cállate —siseó ella.

—¿Por qué? Ya ganamos —dijo Humberto, recostándose—. Sí, Isabel. Yo destruí a tu padre. Y ahora voy a quedarme con el legado de los Von Reidberg. Es el ciclo natural. Los fuertes comen, los débiles sirven.

—Gracias —dije, cerrando la carpeta—. Eso era todo lo que necesitaba.

En ese momento, Alejandro se soltó de sus guardias y se enderezó, su rostro cambiando de la ira a una serenidad letal.

—¿Grabaste todo, mi amor? —me preguntó con una dulzura que heló la sangre de Valeria.

Saqué la grabadora digital que estaba escondida bajo la carpeta. La luz roja parpadeaba alegremente.

—Cada palabra, querido. “Yo destruí a tu padre”. “Yo le di las herramientas”. Amenazas, extorsión… es una confesión preciosa.

Humberto se puso rojo púrpura. Se levantó de golpe, tirando la silla.

—¡Dame eso, maldita zorra!

Hizo ademán de abalanzarse sobre mí, pero dos agentes de la policía federal, que habían estado esperando en la cocina disfrazados de meseros, salieron con las armas desenfundadas.

—¡Humberto Montemayor, queda detenido por fraude, extorsión, sabotaje industrial y conspiración! —gritó el comandante.

Valeria gritó. Humberto miró a su alrededor, buscando una salida, pero el patio estaba rodeado. Los jimadores, encabezados por Don Chuy, bloqueaban la entrada principal con sus machetes en mano, rostros serios y leales.

—¡Esto es una trampa! —chilló Valeria—. ¡Alejandro, no puedes hacernos esto! ¡Te prestamos dinero!

—Me prestaron dinero sucio para lavarlo y luego robarme —dijo Alejandro, caminando hacia ella. Se veía inmenso, poderoso—. Y sobre la cosecha “muerta”…

Alejandro hizo una señal. Don Chuy sacó un radio.

—¡Ahora!

A lo lejos, en la colina que dominaba la hacienda, se escuchó una explosión sorda, seguida de columnas de humo de colores… verde, blanco y rojo. Y luego, el sonido de cientos de camiones encendiendo motores.

—Mis agaves están siendo cosechados en este momento en los terrenos de La Escondida —dijo Alejandro, mirando a Humberto a los ojos—. La producción de este año será la más grande de la historia. Y con las ganancias, pagaré cada centavo de tu maldito préstamo hoy mismo, con cheque de caja certificado por otro banco. Quedo libre de ti. Libre de tu deuda. Y libre de tus mentiras.

La policía esposó a Humberto, quien escupía insultos y amenazas. Valeria, pálida como el papel, intentó acercarse a Alejandro, con lágrimas de cocodrilo en los ojos.

—Ale… yo no sabía… él me obligó… yo te amo…

Alejandro la miró con una frialdad absoluta.

—Tú contrataste a Rivas. Tú pusiste a Marcela en mi casa. Tú intentaste destruir a mi esposa. —Se quitó la mano de ella de su brazo como si fuera un insecto—. No vuelvas a pisar mis tierras, Valeria. Y reza para que mis abogados no encuentren pruebas suficientes para meterte en la celda con tu padre. Lárgate.

Se la llevaron entre gritos y protestas. Las camionetas negras salieron de la hacienda, esta vez escoltadas por patrullas.

El silencio volvió al patio. Pero esta vez, era un silencio limpio. Un silencio de paz.

Me quedé de pie, temblando por la descarga de adrenalina. Sentí que las rodillas me fallaban. Alejandro estuvo a mi lado en un segundo, sosteniéndome.

—Lo hicimos —susurró contra mi cabello—. Isabel, lo hicimos.

Me giré y hundí mi cara en su pecho, llorando. No por tristeza, sino por el alivio inmenso de que la pesadilla había terminado. Lloré por mi padre, cuyo nombre al fin podría limpiar. Lloré por los años de miedo.

—Ya pasó —me consolaba él, acariciando mi espalda—. Estás a salvo. Estamos a salvo.

Esa noche, la hacienda celebró de verdad. Se mataron dos cerdos, se trajo mariachi y el tequila corrió como agua. Los trabajadores celebraban que su patrón había vencido al “Alacrán”. Pero Alejandro y yo nos escabullimos de la fiesta temprano.

Caminamos bajo la luz de la luna llena hacia los campos de agave recién cosechados. El olor a piña cocida venía de los hornos, dulce y embriagador.

Nos detuvimos frente al rosal seco que Alejandro me había mostrado días atrás, el de su madre. Para mi sorpresa, en una de las ramas, un pequeño brote verde luchaba por nacer.

—Me dijiste que creías en la paciencia —dijo Alejandro, mirando el brote—. Tuviste paciencia conmigo. Aguantaste mi odio, mi desprecio. ¿Por qué?

Lo miré a los ojos, esos ojos grises que ahora me miraban con una devoción que me quitaba el aliento.

—Porque vi el dolor detrás de la máscara. Y porque… —Tomé su mano y rocé el anillo de zafiro de mi abuela que ahora llevaba junto a mi alianza—. Porque mi abuela decía que el amor verdadero es el que se queda cuando todo se pone difícil. Y vaya que fue difícil.

Alejandro tomó mi mano y la besó, palma arriba.

—Isabel Cifuentes… llegaste a mi vida como una tormenta, pero resultaste ser la lluvia que esta tierra seca necesitaba. —Me tomó el rostro con ambas manos—. Te pedí que te quitaras el vestido de novia esa noche porque pensaba que era una farsa.

Se detuvo, su voz ronca de emoción.

—Quiero pedirte algo.

—¿Qué? —susurré.

—Cásate conmigo. De verdad. Sin contratos, sin deudas, sin venganzas. Solo tú y yo. Renovemos los votos aquí, ahora, bajo este cielo y ante Dios.

Sentí que el corazón me estallaba.

—Sí —dije, las lágrimas volviendo a mis ojos—. Sí, Alejandro. Mil veces sí.

Él se inclinó y me besó. No fue como el roce frío del altar. Fue un beso hambriento, apasionado, lleno de promesas y de un amor que había nacido en la tierra más hostil para volverse indestructible. Sentí su sabor a tequila y a noche, y supe que había encontrado mi hogar.

EPÍLOGO: DOS AÑOS DESPUÉS

El sol de la tarde bañaba el corredor de la Hacienda La Esperanza. Estaba sentada en la mecedora, revisando los libros de cuentas que ahora daban números verdes y prósperos. La marca “Tequila Cifuentes-Reidberg” había ganado tres premios internacionales este año.

—¡Mamá! ¡Mamá!

Levanté la vista. Una niña pequeña de cabello oscuro y ojos grises venía corriendo por el pasillo, seguida de cerca por un perro labrador.

—¡Elena, cuidado te caes! —grité riendo, dejando los libros.

Alejandro venía detrás de ella, cargando a un niño pequeño en sus hombros. Se veía más relajado, más joven. Las líneas de amargura habían desaparecido de su rostro, reemplazadas por líneas de risa.

Se acercó a mí y me dio un beso en la frente.

—¿Cómo están mis dos mujeres favoritas?

—Bien. Elena dice que quiere ser jimadora cuando crezca.

Alejandro soltó una carcajada.

—Tendrá que pelear con su hermano por el puesto. —Bajó al niño y se sentó en el brazo de mi silla—. Llegó carta del tribunal.

Me tensé un poco.

—¿Sobre Humberto?

—Sí. Le dieron veinte años. Y a Valeria cinco por complicidad y fraude corporativo. Se acabó, Isabel. Definitivamente.

Suspiré, soltando el último vestigio de peso que cargaba. Mi padre descansaba en paz. Su nombre había sido limpiado y restituido en el círculo social, aunque a mí ya no me importaban esas fiestas vacías. Mi vida estaba aquí, entre la tierra roja y el cielo azul.

Miré hacia el jardín. El rosal de su madre estaba lleno de rosas rojas y vibrantes. Y junto a él, habíamos plantado otro: rosas blancas, en honor a mi padre. Ambos arbustos crecían entrelazados, sus raíces compartiendo la misma tierra, fuertes e inseparables.

—¿En qué piensas? —preguntó Alejandro, entrelazando sus dedos con los míos.

Miré el anillo de zafiro en mi mano, brillando al sol.

—En que la venganza es un plato que se sirve frío… pero el amor… —Lo miré y le sonreí, sintiendo esa calidez infinita en el pecho—. El amor es un buen tequila. Se toma despacio, quema un poco al principio, pero te calienta el alma para siempre.

Alejandro sonrió y me besó suavemente.

—Salud por eso, mi amor.

—Salud.

Y mientras el sol se ponía sobre los campos de agave azul, pintando el horizonte de oro y fuego, supe que nuestra historia no era un cuento de hadas. Era algo mejor. Era una historia real, forjada a fuego y golpes, y por eso, era eterna.

FIN

BTV

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