Dejé mi orgullo en la puerta: Me convertí en el payaso de internet para pagar las deudas y salvar mi matrimonio.

—¡¿Otra vez con tus payasadas, Beto?! ¡Ya deja ese maldito celular y ponte a buscar chamba de verdad!

La voz de Ana retumbó en la pequeña sala de nuestra casa de interés social. Yo me quedé congelado, con el teléfono en la mano, a medio grabar mi intro para TikTok. Se suponía que era el “General”, el personaje gracioso que algún día nos sacaría de pobres, pero en ese momento solo me sentí como un niño regañado.

—Mi amor, espérate, estoy grabando contenido… —susurré, tratando de no perder la compostura, pero ella no estaba para bromas.

Ana me miró con esa mezcla de decepción y cansancio que me partía el alma. Sus ojos estaban rojos, probablemente de llorar por las cuentas que se acumulaban sobre la mesa.

—¿Contenido? ¡Contenido es lo que falta en el refrigerador, cabr*n! —gritó, tirando su bolsa en el sofá—. Le debes a la señora de la tanda, debemos la renta, y tú aquí jugando al influencer. ¡Eres un bueno para nada!

Sentí cómo se me subía la sangre a la cara. No por enojo, sino por vergüenza. Tenía razón. Mientras yo soñaba con ser un ídolo de las redes, ella se partía el lomo doblando turnos.

—Mañana voy a ir al sitio de taxis, te lo juro… —balbuceé, bajando el celular.

—Más te vale. Porque si no traes lana esta semana, no sé qué vamos a hacer. Me tienes harta con tus sueños guajiros.

El silencio que siguió fue más pesado que sus gritos. Ella se fue a la recámara y azotó la puerta. Yo me quedé ahí, en la penumbra, mirando la pantalla negra de mi teléfono. Mi reflejo me devolvía la mirada de un fracasado.

Pero entonces, vibró el celular. Era un mensaje de un tal “Licenciado”. Alguien que había visto mis videos y decía que tenía una propuesta. Una propuesta para “monetizar” nuestra miseria.

Miré la puerta cerrada de la habitación y luego el mensaje. No tenía opción. Si Ana quería dinero, le daría dinero, aunque tuviera que venderle mi alma al diablo y convertir nuestra vida en un circo.

¿ESTABA A PUNTO DE COMETER EL PEOR ERROR DE MI VIDA O LA SOLUCIÓN A TODOS NUESTROS PROBLEMAS?

PARTE 2: EL PACTO CON EL DIABLO Y LA FÁBRICA DE MISERIA

Me quedé mirando la pantalla del celular hasta que se bloqueó y se puso negra, reflejando mi cara de idiota. El mensaje del tal “Licenciado Dávila” seguía grabado en mi retina como si fuera un anuncio de neón en medio de la oscuridad de mi sala: “Veo potencial en tu miseria, Beto. Hablemos de negocios. Mañana, 10 AM, Café La Parroquia del centro. No faltes si quieres que tu madre se opere”.

¿Cómo sabía lo de mi jefa? ¿Cómo sabía que mi mamá estaba esperando esa operación de la vesícula desde hacía meses en el Seguro Social y que nomás no le daban fecha? Un escalofrío me recorrió la espalda. Ese mensaje no era de un fan, ni de un bot. Era de alguien que me había estado observando, alguien que había visto mis intentos patéticos de ser el “General”, ese personaje ridículo con el que yo soñaba volverme el próximo ídolo de México, mientras mi realidad se caía a pedazos.

Esa noche no dormí. Me la pasé dando vueltas en el sofá, que ya tenía los resortes vencidos y se te clavaban en las costillas como recordatorio constante de nuestra pobreza. Escuchaba a Ana respirar en la recámara. A veces sollozaba dormida. Eso me mataba. Ana era una mujer de acero, de esas mexicanas que se levantan a las 5 de la mañana para agarrar el camión y cruzar la ciudad para trabajar, que aguantan humillaciones de patrones déspotas y todavía llegan a casa a hacer cuentas para estirar el gasto. Y yo… yo era el lastre. El “artista” incomprendido. El marido parásito.

A la mañana siguiente, Ana salió disparada al trabajo sin decirme ni pío. Ni un “buenos días”, ni un beso, ni siquiera me dejó el café hecho. Solo el portazo seco que retumbó en las paredes despintadas. Me levanté, me eché agua en la cara y me puse mi mejor camisa, la única que no tenía el cuello desgastado. Agarré las llaves, conté las monedas que tenía en el pantalón —apenas me alcanzaba para el pasaje del metro y la combi— y salí.

La ciudad de México es un monstruo que te traga y te escupe. El calor en el metro era insoportable, una mezcla de humanidad, sudor y garnacha rancia. Mientras iba apretado entre un señor que olía a thiner y una señora con bolsas del mandado, pensaba en mi dignidad. ¿Qué tanto valía? ¿Valía más que la salud de mi madre? ¿Valía más que la tranquilidad de Ana? La respuesta era obvia, pero el orgullo es un hueso duro de roer.

Llegué al café puntual. Mis manos sudaban. Ahí estaba él. No tuve que preguntar. Se notaba a leguas quién era el Licenciado Dávila. Un tipo regordete, con un traje que parecía caro pero que le quedaba apretado, lleno de cadenas de oro y con tres celulares sobre la mesa. Tenía esa sonrisa de tiburón que te quiere vender un tiempo compartido o meterte a una pirámide.

—¡Beto, mi General! —gritó al verme, abriendo los brazos como si fuéramos compadres de toda la vida. La gente volteó a ver. Yo me encogí de hombros, avergonzado.

—Buenos días, Licenciado —dije, sentándome en la orilla de la silla.

—Llámame Tony, hombre. Tony Dávila, productor de estrellas, creador de imperios digitales. Siéntate, pide lo que quieras. ¿Un lechero? ¿Unas enchiladas? Invita la casa. O mejor dicho, invita tu futuro.

Pedí un café negro, nada más. No quería deberle ni un pan dulce.

—Viste mi mensaje —dijo, bajando la voz y acercándose. Sus ojos brillaban con una malicia calculadora—. Sé que estás jodido, Beto. No me mires así, se te nota en la ropa, en la mirada de perro apaleado y, sobre todo, en tus videos. Esos videos donde intentas ser gracioso pero se ve la desesperación en el fondo. Eso… eso es oro puro.

—¿Mis videos le parecen buenos? —pregunté, con una pizca de esperanza estúpida.

Tony soltó una carcajada que hizo vibrar la mesa.

—¡No, güey! Tus chistes son malísimos. Nadie se ríe con el General. Pero… —hizo una pausa dramática—, la gente ama ver la miseria ajena. Aman el drama. Aman ver a un tipo que se cree la gran cosa mientras su vida es un desastre. Y ahí es donde entro yo.

Sacó una carpeta de piel sintética y la abrió. Había un contrato. Letras chiquitas, muchas cláusulas.

—Escúchame bien. Tengo una agencia. Manejamos talentos emergentes. Vi a tu esposa en el fondo de uno de tus lives, esa vez que te gritó que fueras por el garrafón. ¿Viste los comentarios?

—Sí… decían que soy un mandilón.

—Exacto. Y eso tuvo diez veces más vistas que tus chistes. La gente no quiere ver al “General” dando órdenes; quiere ver al “General” siendo humillado por su tropa, o sea, tu mujer. Quieren ver la realidad cruda de un matrimonio mexicano en crisis económica. El “Reality de la Pobreza”.

Me sentí enfermo. Quería que vendiera mis pleitos, mi intimidad, la furia genuina de Ana.

—No puedo hacerle eso a Ana. Ella odia las cámaras. Ella es seria, Licenciado.

—Tony. Y claro que puedes. Porque si firmas aquí… —deslizó un cheque sobre la mesa, boca abajo—, yo me encargo de la operación de tu mamá. Sé que necesita 35 mil pesos para el depósito en la clínica privada, porque en el público se te va a morir esperando. Yo pongo la lana hoy mismo. A cambio, tú me das contenido. Pero no el contenido basura que haces. Yo te voy a dirigir.

Volteé el cheque. 35,000 pesos. Era más dinero del que había visto junto en años. Pensé en mi mamá, sobándose el costado del dolor, tomando tés de hierbas porque las pastillas ya no le hacían efecto. Pensé en Ana, contando las monedas para las tortillas.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunté, con la voz temblorosa. Había vendido mi alma.

—Fácil. Vas a llegar a casa hoy. Vas a poner el celular a grabar sin que ella se dé cuenta, o le dices que es una prueba. Y vas a ser… insoportable. Vas a ser el “Idol” que crees que eres. Quiero que ella explote. Quiero gritos, quiero reclamos reales. Y luego, quiero que le hagas bromas. Pesadas. ¿Viste esos videos de gringos que le hacen bromas a sus parejas? Eso, pero versión tercermundista.

Salí del café con el cheque en el bolsillo y un contrato firmado que básicamente decía que Tony era dueño de mi imagen, de mi canal y de mis ingresos futuros hasta cubrir la “inversión” más intereses. Pero mi mamá se iba a operar. Me sentía como un héroe y como una basura al mismo tiempo.

El camino de regreso a casa fue una tortura mental. Iba ensayando qué decirle a Ana. No podía decirle la verdad, me mataría. “Vendí nuestras peleas por dinero” no suena muy romántico. Tendría que decirle que conseguí un patrocinador, que el canal iba a despegar, que confiara en mí una última vez.

Llegué a casa antes que ella. Me puse a “trabajar”. Limpié un poco la sala para que se viera “mejor” en cámara, pero luego recordé lo que dijo Tony: “La gente quiere ver la miseria”. Así que desordené un poco. Dejé los platos sucios a la vista. Coloqué el tripíe escondido entre unos libros, apuntando directo al sofá y a la entrada.

Cuando escuché la llave en la cerradura, mi corazón empezó a latir como si me fuera a dar un infarto. Ana entró, arrastrando los pies. Traía esa cara de fatiga crónica que me rompía el corazón.

—Ya llegué —murmuró, dejando las bolsas del mandado en el suelo.

—¡Hola, mi amor! —dije con una voz demasiado animada, fingida, la voz del “General”—. ¿Qué crees? Hoy no busqué trabajo porque estoy enfocado en mi carrera artística. El General va para arriba.

Ana se detuvo en seco. Me miró con incredulidad.

—Beto, dime que es broma. Dime que fuiste al sitio de taxis.

—¿Taxis? ¡Por favor, mujer! Un talento como el mío no está para manejar un Tsuru. Yo soy un ídolo. Mira, hasta me puse guapo para el video de hoy.

La vi apretar los puños. Sus nudillos se pusieron blancos. El cansancio en sus ojos se transformó en pura ira volcánica.

—¿No fuiste? —preguntó en voz baja, peligrosa.

—No. Y necesito que me hagas de cenar rápido, porque tengo un live a las 8 y no puedo salir con la panza vacía ante mis fans.

Esa fue la gota que derramó el vaso. Fue el cerillo en la gasolinera.

—¡¿Tus fans?! —gritó Ana, y su voz se quebró—. ¡No tienes fans, Beto! ¡Tienes deudas! ¡Tenemos un aviso de embargo! ¡No tenemos gas! ¡Me bañé con agua fría hoy a las 5 de la mañana y tú me sales con que eres un ídolo!

Empezó a llorar, pero no era un llanto suave. Era un llanto de rabia, de impotencia. Empezó a sacar las cosas de las bolsas y a aventarlas. Un paquete de arroz voló por la sala.

—¡Eres un parásito! ¡Me arrepiento tanto de haberte hecho caso! —gritaba mientras yo, por dentro, me moría de dolor, pero por fuera mantenía la pose estúpida del personaje, mirando a la cámara disimuladamente.

—Cálmate, mujer, estás alterando mi chakra artístico —dije, siguiendo el guion maldito de Tony.

—¡Vete al diablo con tu chakra! —Ana agarró una almohada y me la aventó—. ¡Si mañana no traes dinero, te vas! ¡Te vas de la casa! ¡Ya no puedo más, Beto, ya no puedo mantener a un niño de 30 años!

La escena duró diez minutos. Diez minutos donde ella sacó todo lo que tenía guardado: mi falta de ambición, mis promesas rotas, la vergüenza que sentía ante su familia. Y yo grabé todo. Grabé cada lágrima, cada insulto, cada momento de su desesperación.

Cuando ella se encerró en el baño a llorar, corrí al celular. Detuve la grabación. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el teléfono. Me sentía sucio. Sentía náuseas. Pero le envié el video a Tony.

La respuesta llegó en dos minutos: “¡MAGNÍFICO! ¡Esto es oro, cabrón! Súbelo ya. Título: MI ESPOSA NO APOYA MI SUEÑO. Mañana tienes el depósito para la clínica”.

Lo subí. Y me quedé sentado en la oscuridad, escuchando el agua de la regadera. Ana se estaba bañando, seguramente para lavar su coraje. Yo me quedé ahí, viendo cómo el contador de vistas empezaba a subir. 10 vistas. 50 vistas. 500 vistas en una hora. Los comentarios empezaron a llegar.

“Qué poca madre de mujer, no lo apoya.” “No manches, el vato es un inútil, pobre chava.” “Jajaja, vean la cara de él, le vale madre.” “Esto es cine.”

Me fui a dormir al sofá otra vez. Al día siguiente, el video tenía 200 mil vistas. En mi cuenta de banco, apareció la transferencia de Tony. Fui directo a pagar la clínica de mi mamá. Cuando le entregué el recibo a mi jefa, ella lloró de felicidad.

—Mi hijo, mi muchacho trabajador… sabía que Dios te iba a ayudar —me dijo, besándome la frente.

No tuve el valor de decirle que el dinero venía de humillar a mi esposa.

Pero el monstruo tenía hambre. Tony me llamó esa tarde.

—Beto, felicidades. Eres viral. Pero la fama es efímera. Necesitamos más. Ahora que ya vieron que se pelean, necesitamos subir la apuesta. La gente se aburre rápido.

—Tony, Ana no me habla. Está durmiendo en la otra recámara. No puedo seguir provocándola.

—¿Quieres que pague la recuperación de tu mamá? ¿Las medicinas? ¿La renta que debes? Porque con un video no alcanza, mi rey. Esto es un trabajo de tiempo completo. Escucha, tengo una idea. Bromas. Las bromas jalan durísimo. ¿Qué usa tu mujer para lavarse la cara?

—Pues… un jabón ahí, y una crema.

—Perfecto. Vas a cambiarle la crema por pasta de dientes. O algo que le deje la cara pegajosa. O cámbiale el azúcar del café por sal. Grábalo. Su reacción será épica.

—Eso es cruel, Tony.

—Cruel es que te embarguen la tele, Beto. Cruel es que tu mamá no tenga para los analgésicos. Tú decides. Eres el General o eres un soldado raso muerto de hambre.

Colgué. Miré alrededor de la casa. Las paredes necesitaban pintura. El refrigerador hacía un ruido extraño. Ana llegaría cansada en unas horas.

Fui al baño. Vi sus cosas. Su humilde rutina de belleza, lo único que hacía para sentirse bien después de 12 horas de trabajo. Tomé su tubo de crema facial. Estaba casi vacío. Tomé la pasta de dientes, esa pasta barata que pica un montón.

Me miré al espejo. Ya no veía a Beto. Veía a un extraño dispuesto a todo.

Preparé la broma. Coloqué la cámara. Y esperé.

Cuando Ana llegó, traía una buena noticia. Se le notaba en la cara, venía menos tensa.

—Beto… hoy me dieron un bono en el trabajo —dijo, intentando sonreír, buscando la paz—. Con esto podemos pagar una parte de la renta.

Me sentí la peor basura del universo. Ella venía a arreglar las cosas, y yo le tenía preparada una trampa.

—Qué bueno, amor —dije, con la cámara grabando desde la estantería—. Oye, te ves cansada. ¿Por qué no te lavas la carita y te relajas? Yo hago la cena.

—¿De verdad? —Sus ojos se iluminaron. Hacía meses que yo no hacía la cena—. Gracias, gordo. Sí, me voy a lavar.

Entró al baño. Yo me quedé pegado a la puerta, escuchando. Escuché el agua correr. Escuché el silencio mientras se aplicaba la “crema”. Y luego…

—¡AAAAAAH! ¡MIS OJOS! ¡BETO, ME ARDE! ¡¿QUÉ ES ESTO?!

Salió del baño con la cara llena de pasta blanca, los ojos rojos, gritando de dolor y sorpresa.

—¡Ayuda! ¡Me quema!

Yo debería haber soltado el teléfono y correr a ayudarla con una toalla mojada. Debería haberle pedido perdón de rodillas. Pero no. El “General” tomó el control. Agarré el teléfono y me puse a grabarla de cerca, riéndome como un desquiciado.

—¡Jajaja! ¡Caíste, chiquita! ¡Es la broma del General! ¡Para que se te quite lo enojona! —gritaba yo a la cámara, mientras ella trataba de limpiarse con la manga, llorando ya no de dolor, sino de pura humillación al ver que yo la grababa.

—¿Me estás grabando? —preguntó ella, con la cara manchada y el corazón roto—. ¿Hiciste esto para un video?

—Es contenido, mi amor. Es para los fans. ¡Saluda a la cámara!

Ana no gritó esta vez. No aventó cosas. Solo se quedó quieta, con la pasta de dientes secándose en su piel irritada. Me miró con una frialdad que nunca le había visto. Era la mirada de alguien que se da cuenta de que está durmiendo con el enemigo.

—No te reconozco —susurró—. Quédate con tus fans, Beto.

Se metió al baño, cerró con seguro y no salió en toda la noche.

Yo edité el video. Le puse música graciosa. Le puse efectos de sonido de risas grabadas. Se lo mandé a Tony.

“¡JAJAJAJA! ¡Eres un genio, Beto! ¡Este va a romper el internet! Prepárate, mañana te mando contrato para marcas. Ya hay una marca de pegamento que quiere patrocinarte. Eres el Idol del momento.”

Al día siguiente, el video tenía 2 millones de vistas. En la calle, un chavito me reconoció.

—¡Eh, General! ¡Buena esa la de la pasta! —me gritó y me pidió una foto.

Me sentí importante. Me sentí famoso. Por primera vez en mi vida, alguien me reconocía. Pero cuando llegué a casa, la ropa de Ana ya no estaba en el armario. Se había ido con su hermana.

Me dejó una nota en la mesa, junto al dinero de su bono: “Aquí está lo de la renta. No quiero deberte nada cuando te hagas rico con mis lágrimas. Ojalá valga la pena.”

Me senté en el suelo, con el celular en la mano. Tenía 2 millones de vistas. Tenía dinero en camino. Mi mamá estaba operada. Pero la casa estaba vacía y fría. El silencio era absoluto, solo roto por las notificaciones de mi celular que no paraban de sonar. Ding. Ding. Ding. Cada sonido era una moneda cayendo en mi cuenta y un clavo más en el ataúd de mi matrimonio.

Pero entonces, sonó el teléfono. Era Tony.

—¡No llores, campeón! ¡Esto es parte del show! Escucha, la gente está preguntando dónde está la “Tóxica”. Necesitamos recuperarla. O mejor aún… necesitamos que ella regrese para vengarse. Eso sería el arco narrativo perfecto. La venganza de la esposa. ¿Crees que puedas convencerla de volver si le ofrecemos lana? ¿O tendremos que buscar a una actriz que se parezca?

—Ella se fue de verdad, Tony. Me dejó.

—Mejor. El dolor vende, Beto. Mañana grabamos un video de “Beto triste y arrepentido”. Llora. Moccosea. Pídeles a tus seguidores que te ayuden a recuperarla. Vamos a convertir tu divorcio en la telenovela más vista de Facebook.

Colgué. Miré la cámara apagada. Miré la nota de Ana. Y luego miré el saldo de mi cuenta bancaria.

¿Qué era yo ahora? ¿Un esposo? ¿Un hombre? No. Yo era un producto. Era el payaso de la corte digital. Y el show tenía que continuar.

Encendí la cámara. Puse mi mejor cara de tristeza.

—Hola, amigos… el General está triste hoy… —empecé a hablar, y por primera vez, no tuve que actuar. Las lágrimas salieron solas. Pero no eran de arrepentimiento puro. Eran lágrimas de quien sabe que ha cruzado una línea de la que no se regresa.

El éxito me estaba costando la vida, y apenas iba en el primer pago.

Pasaron los días. Mi rutina se volvió enfermiza. Me levantaba, checaba las métricas, hablaba con Tony, grababa alguna estupidez sobre “cómo vivir solo y triste”, y luego me pasaba las tardes acosando a Ana con mensajes que ella no contestaba.

El dinero fluía. Compré una tele nueva. Compré ropa de marca (bueno, de imitaciones buenas de Tepito). Pagué las deudas de la señora de la tanda. Incluso le di dinero a mi cuñada para que se lo pasara a Ana, diciéndole que era “de parte de un deudor anónimo”, porque sabía que si le decía que era mío, Ana lo quemaría.

Pero el vacío crecía. Y Tony, el Licenciado, cada vez pedía más.

—Beto, los números bajaron un 10% esta semana. La gente ya se cansó de verte llorar. Necesitamos acción. Necesitamos una nueva chica. O… necesitamos ir a buscar a Ana y hacer un escándalo en su trabajo.

—¡Estás loco! Si voy a su trabajo me va a poner una orden de restricción.

—¡Sería épico! Imagínate el título: “ME LLEVAN A LA CÁRCEL POR AMOR”. Piénsalo.

Estaba a punto de mandarlo al diablo, cuando tocaron a la puerta.

Abrí. Era la señora Pelos, la dueña de la tiendita de la esquina, a la que le debíamos hasta la risa desde hacía años.

—Beto, mijo —dijo con una sonrisa que nunca le había visto, porque siempre me veía con cara de asco—. Vi tus videos. ¡Qué bárbaro! ¡Qué famoso! Oye, vengo a cobrarte lo de los seis meses de fiado… y de paso, ¿no me mandas un saludito para mi nieta que es fan tuya?

Le pagué todo. Hasta le di propina. La sensación de poder fue embriagadora. Pagar deudas se sentía mejor que cualquier droga.

—Gracias, Doña. Y el saludo va en el próximo video.

Cerré la puerta y me recargué en ella. Dinero. Poder. Fama. Lo tenía todo, menos a ella.

Decidí ir a buscarla. No para grabar. No para el show. Sino para hablar de verdad. Apagué el celular. Lo dejé en la casa para no tener la tentación.

Fui a casa de su hermana. Me quedé afuera, bajo la lluvia, esperando a que saliera. Me sentía como en una película, pero sin guion. Cuando Ana salió, me vio y su cara se endureció.

—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está tu camarógrafo?

—Vengo solo, Ana. Vengo a pedirte perdón. Ya pagué la operación de mi mamá. Ya pagué las deudas. Tengo dinero. Podemos empezar de cero. Te juro que dejo los videos si tú quieres.

Ana me miró bajo la lluvia. Sus ojos buscaban la mentira, buscaban el teléfono escondido.

—¿Dejas los videos? —preguntó—. ¿De verdad? ¿Renunciarías a tus “millones” de fans por mí?

—Sí —mentí. O tal vez no mentí en ese momento. Quería creer que sí.

—Beto… el problema no son los videos. El problema es que te convertiste en alguien capaz de humillarme por unos likes. ¿Cómo sé que no me vas a vender otra vez cuando necesites comprarte unos tenis nuevos?

—Cambié, te lo juro. Lo hice por necesidad. Estábamos ahogados, Ana.

—La dignidad no se vende por necesidad, Beto. Se vende por debilidad.

Se dio la media vuelta para entrar a la casa, pero se detuvo.

—Si de verdad quieres recuperarme… demuéstralo. Pero no con dinero. Demuéstrame que el Beto del que me enamoré, ese que aunque no tenía ni un peso me hacía reír solo con sus ocurrencias tontas sin lastimar a nadie, todavía existe. Hasta entonces, no me busques.

Regresé a casa empapado. Tony me estaba marcando como loco.

—¡¿Dónde estás?! ¡Tenemos que grabar! Se me ocurrió que puedes fingir que tienes una amante y que te descubren. Contraté a una modelo venezolana, está buenísima, la gente va a arder.

Tomé el teléfono. Miré mi reflejo en la pantalla mojada.

—Tony… necesito un descanso.

—¿Descanso? ¡El algoritmo no descansa, pendejo! Si paras hoy, mañana nadie se acuerda de ti. Tienes un contrato. ¿Leíste la cláusula 8? Si no cumples con la cuota de videos, me debes el triple de la inversión inicial. O sea, me debes la operación de tu madre multiplicada por tres. ¿Tienes 100 mil pesos ahorita para darme?

Me quedé helado. Me tenía agarrado de los huevos.

—No… no los tengo.

—Entonces mañana a las 9 AM te quiero en el estudio. Y vienes con actitud, General. Porque si no, te voy a demandar y te voy a dejar en la calle, peor que antes. Y a tu mamita… bueno, digamos que los hospitales privados cobran muy caro los intereses.

Colgó.

Me dejé caer en el sofá. Estaba atrapado. Había salvado a mi madre, había pagado las deudas, pero me había metido en una jaula de oro y mierda. Tenía que seguir siendo el payaso. Tenía que seguir fingiendo, mintiendo, y ahora, inventando infidelidades para entretener a una masa de desconocidos que se alimentaban de mi desgracia.

Pero en mi cabeza, las palabras de Ana resonaban: “Demuéstrame que el Beto del que me enamoré todavía existe”.

¿Cómo podía hacer eso si tenía un contrato que me obligaba a ser un monstruo?

Se me ocurrió una idea. Una idea peligrosa. Si Tony quería drama, le daría drama. Pero no el que él esperaba. Iba a usar las mismas cámaras, las mismas redes, el mismo alcance que él me había dado, para exponer la verdad. Para exponerlo a él. Para mostrar la realidad detrás del “Idol”.

Pero necesitaba un plan. Necesitaba aliados. Y necesitaba que Ana confiara en mí una última vez, aunque fuera para una jugada maestra que podría destruirnos o salvarnos.

Miré a la cámara, esta vez apagada, y sonreí. Una sonrisa real, no la del General.

—Muy bien, Licenciado Dávila —susurré en la oscuridad—. ¿Quieres show? Te voy a dar el mejor maldito show de tu vida.

El General iba a ir a la guerra. Pero esta vez, el enemigo no era mi esposa. El enemigo era el titiritero.

PARTE 3: LA REBELIÓN DEL TÍTERE Y LA CAÍDA DEL TELÓN

La mañana siguiente amaneció gris, de esos días en la Ciudad de México donde el smog parece bajar hasta el suelo y meterse en los pulmones, asfixiando cualquier intento de optimismo. Me desperté en el sofá, con el cuello torcido y un sabor amargo en la boca que no se quitaba ni con tres vasos de agua. Miré el techo despintado, trazando con la vista las grietas que parecían mapas de mi propia ruina.

Había prometido guerra. Le había susurrado a la oscuridad que el “General” iba a pelear. Pero a la luz del día, con el estómago vacío y el miedo mordiéndome las entrañas, la valentía de la noche anterior parecía un sueño lejano. Tenía una cita a las 9 AM en el estudio de Tony. Tenía una deuda impagable sobre mi cabeza. Y tenía un hueco enorme en el pecho donde antes estaba mi esposa.

Me vestí mecánicamente. Ya no era Beto vistiéndose; era un actor poniéndose el vestuario. Elegí una camisa llamativa, de esas que Tony decía que “daban presencia en cámara”, aunque a mí me hicieran sentir como un vendedor de coches usados de mala muerte. Antes de salir, miré la foto de mi boda que aún colgaba en la pared, un milagro que no hubiera sido víctima de mi “decoración de la miseria”. Éramos tan jóvenes, tan ingenuos, tan pobremente felices.

—Aguanta, Ana —murmuré a la foto—. Aguanta un poquito más.

Salí a la calle. El barrio ya estaba despierto. El señor de los tamales gritaba en la esquina, los microbuses pasaban rugiendo y echando humo negro. Nadie sabía que ese tipo ojeroso que caminaba hacia la parada era el famoso “General” de TikTok. Para ellos, solo era otro vecino jodido más. Esa invisibilidad, que antes me dolía, ahora la sentía como un refugio.

Llegué al estudio de Tony, ubicado en una zona que pretendía ser “nice” pero que olía a coladera tapada. Era un edificio de oficinas viejo, maquillado con paneles de vidrio y un lobby con muebles minimalistas incómodos. Subí al tercer piso. Al abrir la puerta de cristal esmerilado con el logo “Dávila Media Group”, el aire acondicionado me golpeó, congelándome el sudor frío de la espalda.

—¡Llegas tarde, talento! —gritó Tony desde su oficina de cristal. Estaba sentado con los pies sobre el escritorio, devorando una torta de chilaquiles que chorreaba salsa verde sobre unos papeles.

—Son las 8:55, Tony —dije, tratando de mantener la voz firme.

—En este negocio, llegar a tiempo es llegar tarde. ¡Muévete! Maquillaje te espera. Y saluda a tu nueva “novia”.

Me señaló hacia un sofá de cuero blanco en la esquina. Ahí estaba ella. La “modelo venezolana” que había mencionado. Era espectacular, sí, de esas mujeres que hacen que uno voltee en la calle, pero su mirada… su mirada era idéntica a la mía. Cansada. Temerosa. Resignada.

Me acerqué.

—Hola, soy Beto.

Ella me miró y forzó una sonrisa triste.

—Yuridia. Mucho gusto. El señor Dávila me dijo que vamos a ser amantes.

—Algo así —suspiré—. Oye, perdona por esto. Sé que es una porquería.

Yuridia bajó la voz, mirando de reojo a la oficina de Tony.

—Tranquilo, chamo. Necesito la plata. Mi mamá sigue en Caracas y la cosa está ruda. Me prometió pagarme en efectivo hoy mismo si el video queda bien.

Sentí una punzada en el estómago. Tony no solo explotaba mi miseria; tenía una colección de desesperados a su servicio. Éramos un ejército de necesitados bailando al son que nos tocaba ese gordo con cadenas de oro. Eso, en lugar de deprimirme más, encendió una chispa de furia real. No era solo yo. Éramos todos.

—¡A ver, par de tórtolos! —Tony salió de su pecera, aplaudiendo con las manos llenas de migajas—. ¡Acción! El guion es simple: Beto, estás en la sala de tu casa “transmitiendo en vivo” porque según tú, Ana se fue y estás despechado. De repente, entra Yuridia en toalla, saliendo de “tu baño”. Tú te asustas, tratas de tapar la cámara, pero se ve todo. ¡Corte y queda! Quiero pánico en tu cara, Beto. Pánico de que te cacharon la mentira.

Nos llevaron al set. Era una réplica barata de una sala de estar, con mejor iluminación que mi casa real. Un chico flaco, con gafas gruesas y una camiseta de Star Wars deslavada, estaba ajustando las luces. Lo había visto un par de veces, siempre callado, siempre agachado. Rafa. El editor y camarógrafo.

Tony se sentó en su silla de director, que rechinó bajo su peso.

—¡Rafa, inútil, esa luz me hace sombra! ¡Muévela! —gritó Tony.

El chico se estremeció y corrió a ajustar el tripíe.

—Perdón, don Tony, es que el foco está fallando.

—¡Pues que no falle o te lo descuento de tu sueldo, que ya de por sí no te ganas!

Miré a Rafa. Sus manos temblaban mientras apretaba la tuerca del foco. Ahí estaba. Mi aliado potencial. La pieza que me faltaba. Si Tony trataba así a su “estrella”, no quería imaginar cómo trataba al personal técnico.

—¡Acción! —bramó Tony.

Empecé a hablarle al celular montado en el aro de luz.

—Hola, raza… aquí el General, reportándose… la neta estoy muy triste, la casa se siente vacía sin mi mujer… —Mi voz sonaba patética. No tenía que actuar mucho.

Entonces, Yuridia entró en escena. Traía una toalla blanca envuelta en el cuerpo y otra en la cabeza.

—Bebé, ¿no hay agua caliente? —dijo con un acento fingido, tratando de sonar mexicana, lo cual hizo que la escena fuera aún más grotesca.

Yo hice mi parte. Abrí los ojos, tiré el teléfono “por accidente”, la pantalla se fue a negro (fingido) y Tony gritó:

—¡CORTE! ¡Buena, carajo! ¡Esa cara de susto vale millones! Rafa, edita eso para que parezca un live interrumpido. Súbelo en una hora. Quiero ver los comentarios arder. “El General tiene amante”. ¡Bum!

Tony se retiró a su oficina a contar dinero o a gritarle a alguien más por teléfono. Yuridia se fue a cambiar, visiblemente aliviada de que la humillación hubiera terminado rápido. Yo me quedé en el set, fingiendo que revisaba mi celular, pero mis ojos estaban clavados en Rafa, que recogía los cables con una lentitud deliberada.

Esperé a que estuviéramos solos. Me acerqué, simulando ayudarle con un cable.

—Oye, Rafa —susurré.

El chico dio un respingo.

—No puedo hablar, Beto. El jefe se enoja si socializamos.

—El jefe es un pendejo, Rafa. Y un abusador.

Rafa se detuvo. Me miró a través de sus lentes gruesos. Había miedo, sí, pero también había un odio acumulado de años.

—Dímelo a mí —murmuró—. Me debe tres meses de sueldo. Me tiene amenazado con boletinarme en la industria si me voy. Dice que me va a quemar como ladrón de equipo.

—A mí me tiene agarrado con un contrato trampa —le confesé, mirando hacia la oficina de cristal para asegurarme de que Tony no miraba—. Me está cobrando el triple de lo que me prestó para mi jefa.

Rafa soltó una risa amarga.

—Clásico de Tony. El “Licenciado” tiene cola que le pisen desde aquí hasta Tijuana. No eres el primero, Beto. Antes de ti hubo una chica que cantaba rancheras, un vato que hacía parkour… a todos los exprimió y los tiró a la basura cuando ya no daban views.

—Necesito chingármelo, Rafa. Pero necesito ayuda.

Rafa siguió enrollando el cable, pero sus movimientos se volvieron más precisos, más nerviosos.

—¿Qué tienes en mente?

—Un live. Pero uno de verdad. Uno que no pueda controlar.

Rafa se ajustó las gafas. Sus ojos brillaron detrás de los cristales.

—Él tiene acceso remoto a todas tus cuentas. Tiene las contraseñas. Si intentas algo, te tumba la transmisión en dos segundos.

—Por eso te necesito a ti. Tú eres el que maneja la consola, ¿no? Tú eres el que tiene las llaves digitales del reino.

—Si me cacha, me mata. Literalmente. Tiene amigos pesados.

—Si no hacemos nada, nos va a matar de hambre y de vergüenza poco a poco. Mira, Yuridia lo hace por su mamá. Yo por la mía y por mi esposa. Tú… tú hazlo por tu dignidad, carnal. ¿O quieres seguir siendo el tapete de ese marrano toda tu vida?

Rafa miró hacia la oficina de Tony. El gordo estaba riéndose al teléfono, probablemente cerrando otro trato sucio. El chico apretó la mandíbula.

—El próximo “Gran Evento” es el viernes —dijo Rafa en voz muy baja—. Quiere hacer un reencuentro en vivo entre tú, la “amante” y Ana. Quiere que Ana venga al estudio para “confrontarte”. Dijo que si no viene por las buenas, le va a pagar a una actriz para que se haga pasar por ella y te cachetee en vivo.

—Ana no va a venir… —dije, sintiendo un hueco en el estómago.

—Exacto. Pero él va a vender el evento como “El Juicio Final del General”. Va a haber mucha gente conectada. Millones, tal vez. Si vamos a hacer algo, tiene que ser ahí.

—¿Puedes bloquear su acceso durante la transmisión?

—Puedo… puedo hacer un loop. Puedo hackear la señal para que salga lo que nosotros queramos, y bloquearle los controles administrativos desde su IP. Pero solo tendríamos unos minutos antes de que corte la luz o llame a seguridad.

—Unos minutos es todo lo que necesito.

—Hay un problema, Beto. Para que esto funcione y te crean, necesitas a tu esposa. La de verdad. Si sales tú solo a quejarte, van a decir que es parte del show, que es actuación. Nadie te cree ya. Pero si sale ella… si sale la víctima real a decir la verdad… ahí sí se le cae el teatro.

Tenía razón. Mi credibilidad estaba por los suelos. Para el mundo, yo era un payaso. Ana era la única con integridad en esta historia.

—Voy a traerla —prometí, aunque no tenía idea de cómo.

—Más te vale. Porque si fallamos, yo termino en la calle y tú… tú terminas debiéndole la vida.

Salí del estudio con el corazón palpitando a mil por hora. Tenía un plan. Tenía un cómplice. Ahora me faltaba lo más difícil: recuperar a la mujer a la que había vendido por un puñado de likes.

Fui directo a la casa de la hermana de Ana. No me importó que empezara a llover otra vez. Compré un ramo de flores en el camino, pero luego lo tiré a la basura. Las flores no arreglaban esto. Las flores eran para el “General” tratando de quedar bien. Beto necesitaba ir con la verdad desnuda.

Toqué el timbre. Salió mi cuñada, Claudia. Me miró con asco.

—¿Qué quieres? Ya te dijo Ana que no te quiere ver. Vete antes de que le llame a la patrulla o a mi marido.

—Claudia, por favor. No vengo a pelear. No vengo a grabar. Necesito hablar con ella. Es de vida o muerte. De verdad.

—Siempre es un drama contigo, Beto. Eres tóxico.

—Claudia —dije, sacando el contrato arrugado de mi bolsillo—. Solo dale esto. Que lo lea. Si después de leerlo no quiere verme, me voy y no vuelvo a molestar nunca. Te lo juro por la memoria de mi abuela.

Claudia dudó, pero me arrebató el papel y cerró la puerta en mi cara.

Me senté en la banqueta mojada. Pasaron diez minutos. Veinte. Treinta. Empecé a perder la esperanza. El agua se mezclaba con el sudor frío de mi frente. Tal vez era demasiado tarde. Tal vez el daño era irreparable.

La puerta se abrió.

Ana estaba ahí. Se veía más delgada, con ojeras marcadas. Tenía el contrato en la mano. No me invitó a pasar. Se quedó bajo el marco de la puerta, protegida de la lluvia, mientras yo me empapaba.

—¿Esto es real? —preguntó, levantando el papel.

—Tan real como que estoy aquí humillándome.

—35 mil pesos… por tres… más intereses… —leyó en voz alta—. Y le cediste los derechos de tu imagen a perpetuidad. Beto, ¡eres un imbécil!

—Lo sé. Soy un pendejo. Pero estaba desesperado, Ana. Mi mamá…

—¡No uses a tu mamá de escudo! —me cortó—. Tu mamá te hubiera preferido pobre y honrado que ver en lo que te convertiste. ¿Sabes lo que sentí cuando vi el video de la pasta de dientes? ¿Sabes lo que se siente que todo el mundo se ría de ti en el trabajo? Me dicen “la lady pasta”. Me tuve que cambiar de turno para que dejaran de molestarme.

—Perdóname. Sé que no merezco que me perdones. Pero necesito que me ayudes a salir de esto. No por mí. Por nosotros. O al menos, para que ese desgraciado no se salga con la suya.

—¿Nosotros? Ya no hay “nosotros”, Beto.

—Entonces hazlo por venganza. Hazlo para ver cómo se hunde el tipo que se está haciendo rico con tus lágrimas.

Ana se quedó callada, mirando la lluvia caer. Sus ojos repasaron las cláusulas abusivas del contrato una vez más. Vi el cambio en su mirada. Esa chispa de “acero” que yo tanto admiraba volvió a encenderse. Ana no era una víctima. Ana era una guerrera que estaba descansando.

—¿Qué tienes planeado? —preguntó secamente.

Le conté todo. El plan con Rafa. El live del viernes. La exposición total.

—Es arriesgado —dijo ella—. Si sale mal, te vas a quedar con la deuda y con una demanda.

—Ya estoy hundido, Ana. No tengo nada que perder más que el miedo. Pero necesito que estés ahí. Tony quiere que vayas para pelear conmigo. Necesito que vayas… pero para pelear con él.

Ana suspiró y cruzó los brazos.

—Voy a ir. Pero con una condición.

—La que quieras.

—Cuando esto termine, sea cual sea el resultado, tú y yo firmamos el divorcio. No voy a regresar contigo, Beto. Te voy a ayudar porque nadie se burla de mí y se queda con el dinero, pero lo nuestro se rompió. Si aceptas eso, cuentas conmigo.

Sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho. Era el precio final. La libertad financiera y moral a cambio de perder al amor de mi vida para siempre.

—Acepto —dije, con la voz rota.

—Bien. Pasa a secarte, no quiero que te enfermes antes del viernes. Das lástima.

Los días siguientes fueron una tortura de doble filo. Por un lado, tenía que seguir fingiendo ante Tony que todo iba “viento en popa”. Tuve que grabar un par de videos más con Yuridia, fingiendo que ella me “robaba” dinero y huía, para preparar el terreno del “General arruinado y solo” que necesitaba el perdón de su esposa.

Tony estaba extasiado.

—¡Los números están subiendo, Beto! ¡La gente odia a la venezolana, te aman a ti de nuevo por víctima, y claman por el regreso de Ana! ¡El viernes vamos a romper el récord de audiencia en México! ¡Tengo patrocinadores haciendo fila! Una marca de tequila, una casa de apuestas… ¡nos vamos a forrar!

—¿Y Ana? —pregunté, tratando de sonar casual—. ¿Crees que venga?

—Le mandé un mensaje a su hermana ofreciéndole 50 mil pesos por una aparición de 10 minutos. No me contestaron, pero van a venir. El dinero mueve montañas, y tu mujer se ve que tiene hambre, igual que tú.

Apreté los dientes. “Tú no conoces a Ana”, pensé.

Llegó el viernes. El día D.

El estudio estaba a reventar de gente. Tony había contratado seguridad extra, catering, y hasta había invitado a un par de influencers menores para que estuvieran de “público” reaccionando en vivo. El ambiente era eléctrico, pero cargado de una vibra tóxica.

Rafa estaba en la consola, pálido como un papel. Me cruzó una mirada rápida y asintió levemente. Estaba listo.

Tony entró al camerino donde me estaban maquillando (para parecer más ojeroso y triste).

—¡Beto! ¡Llegó la hora! Ana no ha llegado, pero no importa. Tengo a la actriz lista en el camerino 2. Es buenísima, llora a la orden. Si Ana no cruza esa puerta en 5 minutos, entra “Clara”. Tú solo síguele la corriente. Pídele perdón, arrodíllate, llora. Y luego, cuando ella te perdone, sacamos el tequila y brindamos. ¡Final feliz patrocinado!

—Entendido, Tony.

Salí al set. Las luces me cegaron momentáneamente. El contador de “esperando” en la pantalla gigante marcaba 500,000 personas conectadas antes de empezar. Una locura.

—¡Y estamos EN VIVO en 3, 2, 1…! —gritó Tony.

La luz roja de la cámara se encendió.

—Hola a todos… —empecé, con la voz temblorosa, pero esta vez no era actuación—. Soy el General. Pero hoy no vengo como el General. Vengo como Beto.

Los comentarios empezaron a volar en la pantalla lateral. “¡Pide perdón!” “¡Regresa con Ana!” “¡Mandilón!” “¿Dónde está la amante?”

—He cometido muchos errores —continué, mirando directo al lente—. He lastimado a la persona que más amo. Y todo… todo por esto.

Hice una señal con la mano. Era la señal para Rafa.

De repente, la pantalla gigante detrás de mí, que debía mostrar el logo del canal, cambió. Ya no era el logo. Era un video grabado con mi celular, con mala calidad, pero audio perfecto.

Era la grabación de mi reunión con Tony en el café.

En las bocinas del estudio y en la transmisión en vivo, retumbó la voz de Tony: “La gente ama ver la miseria ajena… Quiero que ella explote. Quiero gritos… Yo te voy a dirigir… Si firmas aquí, yo me encargo de la operación de tu mamá.”

El silencio en el estudio fue sepulcral. Tony, que estaba detrás de las cámaras, se puso rojo como un tomate.

—¡Corta! ¡CORTA LA TRANSMISIÓN! —gritó Tony, corriendo hacia la consola.

Pero Rafa ya había hecho su magia. Había bloqueado los controles. Se levantó de la silla y se alejó, levantando las manos.

—¡No responde, jefe! ¡Se trabó! —mintió Rafa, retrocediendo.

La transmisión seguía. En la pantalla, ahora aparecía el video donde Tony me amenazaba por teléfono: “Me debes la operación de tu madre multiplicada por tres… te voy a dejar en la calle”.

Los comentarios en el live se detuvieron un segundo y luego explotaron con una furia diferente. “¿Qué es esto?” “¡Es un montaje!” “¡Maldito productor!” “¡Justicia para Beto!”

Tony estaba fuera de sí. Empezó a arrancar cables.

—¡Apaga esa mierda! —bramaba.

En ese momento, la puerta del estudio se abrió de golpe. No era la actriz. No era seguridad.

Era Ana.

Entró caminando con una dignidad que hizo que los influencers invitados se apartaran. Llevaba su ropa de trabajo, su uniforme de cajera, sin maquillaje, sin glamour. Real.

Se paró frente a la cámara, a mi lado. Tony se quedó congelado con un cable en la mano. Sabía que si tocaba a Ana en vivo, ante medio millón de personas, estaba acabado.

Ana miró a la cámara.

—No soy una actriz —dijo con voz firme—. Soy Ana. La esposa de este tonto. Y sí, tuvimos problemas. Problemas de dinero, problemas de comunicación. Pero lo que vieron estas semanas… no fue nuestra vida. Fue un guion comprado por ese hombre de allá.

Señaló a Tony. La cámara, manejada por Rafa (que había vuelto a tomar el control manual), hizo un paneo rápido hacia Tony, que trataba de esconderse la cara.

—Se aprovecharon de la enfermedad de mi suegra —continuó Ana—. Se aprovecharon de nuestra pobreza. Y sí, Beto fue débil. Fue un idiota. Pero el verdadero villano es el que lucra con el dolor de las familias mexicanas.

Yo me acerqué a ella.

—Ana… —empecé.

Ella no me miró. Siguió hablando a la cámara.

—Esto se acaba hoy. No más “General”. No más “Tóxica”. Si quieren ver drama, vean una telenovela. Nosotros somos personas reales. Y renunciamos.

Ana sacó una copia del contrato y lo rompió frente al lente. Raaaaas. El sonido fue más satisfactorio que cualquier aplauso.

—Tony Dávila —dije yo, recuperando mi voz, mi verdadera voz—. Estás expuesto. Rafa tiene copias de todos los correos, de todas las amenazas, de cómo extorsionas a tus empleados. Si intentas cobrarme un peso más, vamos a la policía con todo esto. Y créeme, con medio millón de testigos, no te conviene.

Tony estaba hiperventilando. Su teléfono empezó a sonar. Seguramente eran los patrocinadores cancelando. O sus abogados. O su mamá avergonzada.

—¡Vámonos! —dijo Ana, tomándome del brazo.

Salimos del set. Nadie nos detuvo. Los guardias de seguridad miraban sus propios celulares, viendo el live, y nos dejaron pasar con una mezcla de respeto y asombro. Rafa nos alcanzó en el pasillo, con su mochila al hombro y el disco duro bajo el brazo.

—¡Eso estuvo… a toda madre! —dijo Rafa, temblando de adrenalina.

—Gracias, carnal —le dije, dándole un abrazo rápido—. Desaparece un rato. Tony va a estar furioso.

—Ya tengo boleto para ir a ver a mi familia a Veracruz. Nos vemos luego, General. O mejor dicho, Beto.

Rafa corrió hacia las escaleras. Ana y yo bajamos en el elevador en silencio. El peso del mundo había desaparecido, pero quedaba el peso de nuestra realidad.

Salimos a la calle. Ya no llovía, pero el suelo estaba mojado y reflejaba las luces de la ciudad.

—Lo hiciste —dijo Ana, soltándome el brazo.

—Lo hicimos.

Nos quedamos parados en la banqueta. Sabía lo que venía. El trato.

—Bueno —dijo ella, ajustándose el bolso—. Ya estás libre de él. Ya no le debes nada. La gente sabe la verdad. Probablemente te quedes sin canal y sin redes, pero tu reputación… bueno, al menos recuperaste un poco de dignidad.

—Ana… sobre lo del divorcio…

Ella levantó la mano para detenerme.

—Un trato es un trato, Beto. Te dije que te ayudaba a cambio de mi libertad. Me voy a casa de mi hermana. Mañana te mando los papeles.

Sentí que las rodillas me fallaban. Había ganado la guerra, pero había perdido mi hogar.

—¿No hay… no hay ninguna posibilidad? —pregunté, con lágrimas en los ojos—. Voy a trabajar. De taxista, de albañil, de lo que sea. No más cámaras.

Ana me miró. Sus ojos ya no tenían odio. Tenían tristeza, y un cariño viejo, desgastado, pero existente.

—El daño está hecho, Beto. Confiaste más en un extraño con dinero que en tu esposa. Eso no se cura con un video en vivo. Necesito tiempo. Necesito sanar. Y tú necesitas aprender a ser hombre sin necesidad de aplausos.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la parada del camión.

—¡Ana! —grité.

Ella se detuvo, pero no volteó.

—Empieza por buscar trabajo mañana. Trabajo de verdad. Y paga tus propias deudas. Quizás… quizás algún día, si veo que el Beto del que me enamoré regresó de verdad y no es solo otra actuación… quizás nos tomemos un café. Pero no hoy. Ni mañana.

La vi subir al microbús. El vehículo arrancó, echando humo, y se perdió en el tráfico de la avenida.

Me quedé solo frente al edificio de lujo falso. Saqué mi celular. Tenía miles de notificaciones. Mensajes de apoyo, de odio, de risa. Mi cuenta de TikTok había sido suspendida (seguramente Tony la reportó antes de que le quitaran el acceso). Mi carrera de “Idol” había terminado. Tenía 35 pesos en la bolsa. No tenía trabajo. No tenía esposa.

Pero por primera vez en meses, podía respirar. El aire de la CDMX seguía oliendo a smog, pero a mí me supo a gloria.

Caminé hacia el metro. Mañana iría al sitio de taxis. Mañana empezaría a pagar la deuda más grande de todas: la que tenía conmigo mismo.

PARTE FINAL: LA RESACA DE LA FAMA Y EL ASCENSO DEL HOMBRE COMÚN

El viaje de regreso a casa en el Metro fue, irónicamente, el momento más lúcido que había tenido en años. Con mis treinta y cinco pesos en la bolsa, compré el boleto —que ahora es una tarjeta recargable, pero la mía estaba en ceros— y me sumergí en las entrañas de la bestia naranja. Eran las ocho de la noche de un viernes, hora pico. El vagón iba atascado, oliendo a humanidad cansada, a desodorante vencido y a esa mezcla inconfundible de garnacha y metal caliente que tiene el Sistema de Transporte Colectivo.

Nadie me miró. Nadie sacó su celular para grabarme. El “General”, ese personaje estruendoso que ocupaba tanto espacio digital, aquí abajo no era nadie. Yo era solo un cuerpo más ocupando treinta centímetros cuadrados entre un señor que cargaba una mochila con herramienta y una señora que venía cabeceando de sueño. Y por primera vez, ese anonimato no me dolió; me abrazó. Me sentí protegido por la indiferencia de la ciudad.

Llegué a la casa. La puerta rechinó al abrirse, un sonido que antes me hubiera molestado porque “arruinaba el audio del video”, pero que ahora sonaba a realidad. Encendí la luz. La sala seguía siendo el escenario de una guerra. Había cables que Rafa había desconectado a la prisa, la silla del “set” seguía en medio, y en el aire flotaba el fantasma de la presencia de Ana.

Me dejé caer en el sofá, no en el de “utilería”, sino en el viejo, el que tenía los resortes vencidos. El silencio era absoluto. No había notificaciones sonando. No había llamadas de Tony gritando exigencias. Solo el zumbido del refrigerador viejo. Saqué el celular. La pantalla estaba estrellada en una esquina, un recuerdo de una de mis “actuaciones” de furia. Entré a TikTok. “Cuenta Suspendida”. Entré a Instagram. “Usuario no encontrado”. Tony había cumplido su amenaza de tierra quemada, o quizás las denuncias masivas por el fraude expuesto en el live hicieron el trabajo.

Me quedé mirando la pantalla negra. Sentí una ansiedad física, como la de un adicto al que le quitan la aguja. Mis dedos buscaban el icono de la app por memoria muscular. Quería ver los comentarios, quería saber qué decían de mí, si me defendían o me atacaban. Mi cerebro, frito por la dopamina de los likes, gritaba por una dosis.

—Ya no —dije en voz alta. Mi voz sonó ronca y extraña en la habitación vacía.

Me levanté y fui a la cocina. Abrí el refri. Había medio limón seco, un frasco de mayonesa y una jarra de agua. Tenía hambre, pero más que hambre de comida, tenía hambre de dignidad. Me tomé el agua directo de la jarra, sintiendo cómo el líquido frío me despertaba el estómago.

Esa noche no dormí en la cama. No me sentía digno de ocupar el lado que Ana había dejado vacío. Dormí en el suelo, sobre una cobija, como penitencia. Soñé con números que subían y bajaban, con la risa de Tony, y con la espalda de Ana alejándose bajo la lluvia.

Al día siguiente, la realidad me golpeó con la fuerza de un camión de volteo. Era sábado. Tenía 30 pesos (me gasté 5 en el metro). No tenía comida. No tenía trabajo. Y el lunes tenía que ver cómo pagar la luz, que ya tenía el aviso de corte.

Me bañé con agua fría —el gas se había acabado hacía dos días y no me había importado porque estaba viviendo en el estudio de Tony—. Me puse unos jeans viejos, una playera gris sin estampados y mis tenis más gastados. Nada de la ropa de “influencer”. Esa la metí en una bolsa negra de basura. No la quería ver.

Caminé hasta el sitio de taxis de la colonia, el “Sitio San Cosme”. Don Gregorio, el dueño de la base, era un hombre de esos que parecen tallados en piedra volcánica: duro, gris y eterno. Lo conocía de vista de toda la vida.

—Buenos días, Don Goyo —saludé, tratando de no bajar la mirada.

El viejo estaba recargado en un Tsuru que parecía haber sobrevivido a tres apocalipsis. Me miró de arriba abajo, masticando un palillo.

—Beto… —gruñó—. Pensé que ya eras artista. Mi nieta me enseñó un video donde te embarraban pastel en la cara.

Sentí el calor subirme a las orejas. La vergüenza era algo físico, picante.

—Eso se acabó, Don Goyo. Necesito chamba. De verdad. Sé manejar. Tengo mi licencia vigente.

Don Goyo soltó una risa seca, como tos de perro.

—Manejar no es lo mismo que ruletear, muchacho. Aquí no hay cortes, ni ediciones. Aquí te asaltan, el tráfico te jode la espalda y los pasajeros te tratan como mueble. ¿Crees que aguantas? Tú tienes manos de señorita que nomás aprieta botones.

—Tengo hambre, Don Goyo. Y tengo deudas. Si no aguanto, me corre. Pero deme una oportunidad. Le trabajo el turno de la noche, el que nadie quiere.

El viejo me miró a los ojos. Buscaba al payaso, al “General”. Pero creo que vio al hombre roto que había debajo. Vio la desesperación real.

—La cuenta son 350 pesos diarios. La gasolina va por tu cuenta. Si chocas, pagas. Si te multan, pagas. Y si me fallas un día, no vuelves.

—Trato hecho.

Me dio las llaves de un Aveo 2015 que olía a aromatizante de pino barato y a cigarro. Cuando me senté al volante, sentí un peso diferente. No era el peso de la fama, era el peso de la responsabilidad.

Los primeros días fueron un infierno. Literalmente. Manejar en la Ciudad de México no es conducir; es sobrevivir. Es una guerra de guerrillas contra microbuseros, baches que parecen cráteres lunares y policías de tránsito hambrientos de mordida.

Mi primer turno nocturno terminó a las 6 de la mañana del domingo. Me dolía la cintura, tenía los ojos rojos de tanto fijar la vista en la oscuridad y me temblaba la pierna izquierda de tanto pisar el clutch. Había sacado la cuenta de Don Goyo, la gasolina, y me quedaban 200 pesos libres.

Doscientos pesos.

Miré el billete con la imagen de Sor Juana. Era el dinero más honesto que había ganado en años. No había tenido que humillar a nadie. No había tenido que vender mi intimidad. Solo había tenido que llevar a una señora al hospital, a unos borrachos a Garibaldi y a una pareja peleonera a Neza.

Compré un kilo de huevo, tortillas, frijoles y jabón. Llegué a casa, me hice unos huevos revueltos y me supieron a gloria. Mientras comía, solo en la mesa, miré el lugar vacío donde solía sentarse Ana.

—Primer día, flaca —susurré al aire—. Primer día.

Pasó un mes. Luego dos. La rutina se convirtió en mi nueva religión. Despertar a las 2 de la tarde. Comer algo rápido. Ir a la base a las 4. Revisar niveles del taxi: aceite, agua, llantas. Salir a la calle. Pelear con el tráfico de la tarde. Cenar unos tacos de canasta parados en alguna esquina a las 10 de la noche. Seguir ruleteando hasta el amanecer. Entregar la cuenta. Dormir.

El “General” empezó a morir. Al principio, algunos pasajeros me reconocían.

—Oiga, ¿usted no es el del video de la pasta de dientes? —me preguntó un chavo fresa una noche que lo llevaba a Polanco.

Sentí el impulso de mentir, de decir que no. Pero recordé la promesa de “verdad desnuda”.

—Sí, joven. Era yo.

—¿Y qué pasó? ¿Ya no pegó el canal? —preguntó con esa crueldad casual de quien ve la vida a través de una pantalla.

—No. Se acabó el show. Ahora trabajo de verdad.

El chavo se rió y se puso a ver su celular. No me dejó propina. Me dolió, sí, pero cada vez dolía menos. Mi ego se iba callosificando, volviéndose duro y resistente como las llantas del taxi.

A los tres meses, recibí un correo de Rafa. Me lo mandó a una cuenta vieja de Hotmail que casi no usaba.

“Qué onda, Beto. Espero que estés bien. Yo ando acá en el puerto, jalando con un tío que tiene un sonidero. Se gana poco, pero se vive tranquilo y nadie me grita. Oye, supe lo de Tony. Le cayeron del SAT y parece que la marca de pegamento lo demandó por incumplimiento. Dicen que cerró la oficina y anda escondido en Cuernavaca. Te mando un abrazo. Gracias por no dejarme solo ese día.”

Sonreí. La justicia divina a veces tarda, pero llega, y a veces llega en forma de auditoría fiscal. Borré el correo. No quería saber nada de ese mundo, ni siquiera para regodearme en la caída de Tony.

Mi vida se había vuelto pequeña, pero sólida. Pagué la luz. Pagué el agua. Empecé a abonar a la deuda de la tarjeta de crédito que Tony me había obligado a sacar para “gastos de representación”. Cada pago era un ladrillo que quitaba de mi espalda.

Pero el hueco de Ana seguía ahí. A veces, manejando de madrugada por Reforma, cuando la ciudad está vacía y los edificios brillan, me imaginaba que ella iba en el asiento de atrás. Me imaginaba contándole mi día. “Hoy un pasajero me quiso pagar con un reloj chafa y lo bajé”, “Hoy vi un choque bien feo en Periférico”. Me imaginaba su risa, esa risa genuina que tenía antes de que yo le apagara el brillo.

No la busqué. Tenía su número, claro. Sabía dónde vivía su hermana. Pero respeté el trato. “Necesito sanar”, había dicho. Y yo también necesitaba sanar. Necesitaba dejar de ser el niño que busca a su mamá cuando rompe un plato. Necesitaba ser el hombre que limpia el desastre.

Al sexto mes, sucedió algo que me puso a prueba.

Subí a un pasajero en la Condesa. Un tipo de traje, con cara de ejecutivo de televisión. Iba hablando por teléfono.

—…sí, necesitamos perfiles nuevos. Gente real. El reality va de gente que perdió todo y se levanta. Buscamos historias de impacto.

Colgó y me miró por el retrovisor.

—Oiga, chofer… su cara se me hace conocida. ¿Usted no es Beto? ¿El que expuso al productor ese, Dávila?

Apreté el volante.

—Soy Beto, sí.

—¡Sabía! —El tipo se inclinó hacia adelante—. ¡Qué historia la tuya! Oye, eso fue viralísimo. Esa confrontación en vivo fue legendaria. Mira, soy productor en TV Azteca. Estamos armando un show nuevo. “Renacer”. Buscamos gente como tú. Pagamos bien. Muy bien. Solo tendrías que contar tu historia, llorar un poquito, decir lo difícil que es ser taxista… ya sabes, el drama humano.

Sacó una tarjeta y me la extendió.

—Llámame. Te podemos dar un adelanto de 50 mil pesos solo por firmar.

50 mil pesos. Eso era más de lo que ganaba en cuatro meses de taxi. Podía cambiar el coche. Podía buscar un departamento mejor. Podía ir con Ana y decirle: “Mira, tengo dinero”.

Miré la tarjeta. Brillaba en la oscuridad del taxi. Mi mano derecha tembló. El viejo Beto, el General, hubiera frenado el coche, besado la mano del tipo y firmado con sangre ahí mismo.

Pero luego pensé en Ana rompiendo el contrato frente a la cámara. Pensé en Don Goyo confiando en mí. Pensé en la paz que sentía al llegar a casa cansado pero limpio.

—No, gracias —dije.

—¿Cómo? —El tipo no lo podía creer—. Son 50 mil varos, mano. Por sentarte a hablar. Es dinero fácil.

—Ese es el problema, jefe. El dinero fácil sale muy caro. Ya pagué ese precio una vez y casi me cuesta la vida. Estoy bien así.

—Piénsalo, no seas tonto.

—No tengo nada que pensar. Aquí lo bajo, son 80 pesos.

El tipo se bajó, azotando la puerta, murmurando que yo era un mediocre sin visión. Arranqué el taxi y me sentí el hombre más rico del mundo.

Esa noche, llegué a casa y, por primera vez en seis meses, me sentí listo.

Fui al cajón donde guardaba mis papeles. Saqué un sobre blanco. Dentro había 15 mil pesos en billetes de 200 y 500. Eran mis ahorros de medio año. Cada propina, cada turno extra, cada comida que me salté.

Escribí una carta. No un WhatsApp. No un correo. Una carta a mano, con mi letra fea de siempre.

*”Ana: Aquí está lo de tu bono que te gastaste en la renta cuando te fuiste. Me tardé seis meses porque esta vez el dinero salió de mis manos y de mi espalda, no de vender nuestra vida. No es para comprar tu perdón. El perdón no se compra. Es para devolverte lo que es tuyo. Ya no soy el General. Soy taxista. Manejo el turno de noche en el Sitio San Cosme. Vivo en la misma casa, pero ya no es un set. Es una casa vacía, pero tranquila. Cumplí mi parte. No te he buscado. Respeté tu tiempo. Pero mentiría si dijera que no pienso en ti cada vez que veo llover. Espero que seas feliz. De verdad.

  • Beto.”*

Al día siguiente, fui a casa de su hermana. No toqué el timbre. Deslicé el sobre por debajo de la puerta y me fui rápido, como quien deja una bomba o una ofrenda.

Pasó una semana. Siete días de mirar el celular cada cinco minutos, esperando un mensaje que no llegaba. “Quizás la tiró”, pensaba. “Quizás Claudia no se la dio”. “Quizás ya tiene a otro, un hombre de verdad, un ingeniero o un abogado que no hace payasadas en internet”.

La duda me carcomía, pero seguí trabajando. El trabajo era mi ancla.

El martes por la noche, estaba en la base, limpiando los tapetes del coche antes de empezar el turno. Llovía. Siempre llueve en las partes tristes y felices de mi vida.

—¡Beto! —gritó Don Goyo desde la caseta—. ¡Te buscan!

Levanté la vista. Mi corazón se detuvo.

Ahí estaba. Parada en la entrada del sitio, bajo un paraguas amarillo. Llevaba el pelo suelto, como le gustaba usarlo antes de que el estrés se lo hiciera amarrar siempre. Se veía… tranquila.

Caminé hacia ella. Sentía las piernas de trapo.

—Hola —dije.

—Hola —respondió ella. Su voz no era fría, pero tampoco era cálida. Era neutral. Curiosa.

—Recibiste el sobre.

—Sí. Claudia quería que lo quemara, decía que seguro era dinero robado o de otra estafa. Pero lo abrí. Olía a aromatizante de pino y a gasolina.

Sonreí, apenado.

—Sí, bueno. Es mi nueva loción. Eau de Taxi.

Ana sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero para mí fue como si saliera el sol a medianoche.

—¿Seis meses? —preguntó.

—Seis meses, dos semanas y tres días.

—¿Y has aguantado? Me dijeron que rechazaste una oferta de Azteca. El tipo que te la ofreció es cliente de la tienda donde trabajo ahora. Estaba indignado. Decía que eres el taxista más estúpido de México.

—Puede ser. Pero soy un estúpido que duerme tranquilo.

Ana me miró a los ojos. Esta vez no buscaba mentiras. Buscaba consistencia. Y creo que la encontró. Vio mis ojeras reales, mis manos con callos, mi ropa sencilla. Vio que el brillo falso de la fama se había ido, dejando solo a la persona.

—¿Y mi mamá? —pregunté—. ¿Cómo está tu familia?

—Bien. Mi hermana te sigue odiando, eso no va a cambiar pronto. Pero yo… yo he tenido tiempo de pensar.

Se hizo un silencio. La lluvia golpeaba el techo de lámina del sitio. Los otros taxistas, respetuosos (o chismosos), se habían alejado un poco, dándonos espacio.

—Dijiste que quizás algún día nos tomaríamos un café —recordé, con miedo a presionar.

Ana cerró su paraguas y lo sacudió.

—Tengo hambre —dijo—. Y hace frío. ¿Conoces algún lugar donde vendan buen café y pan dulce por aquí?

Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.

—Conozco un lugar. Pero invito yo. Y esta vez, pago con mi dinero.

—Más te vale —dijo ella, y por primera vez, hubo un destello de la antigua complicidad en sus ojos—. Y nada de fotos.

—Ni siquiera tengo cámara en el celular, se me rompió —le mostré mi teléfono estrellado.

Ana soltó una carcajada suave.

—Vamos, pues. Pero no creas que esto significa que vuelvo a casa hoy. Esto es un café. Una entrevista de trabajo para el puesto de “esposo”. Y te aviso que soy muy exigente.

—Tengo experiencia manejando bajo presión y en terreno difícil —dije, abriéndole la puerta del taxi, no como chofer, sino como caballero.

—Veremos si es cierto.

Subimos al auto. Arranqué el motor. No puse música. No hacía falta. El sonido de la ciudad bajo la lluvia y su presencia a mi lado eran la mejor banda sonora que había escuchado en mi vida.

Mientras nos alejábamos del sitio, miré por el retrovisor. No vi al General. No vi al influencer fracasado. Vi a un hombre que había tocado fondo, que había escarbado en la basura, y que había encontrado la única joya que valía la pena.

El camino iba a ser largo. La confianza es como un vaso de cristal: se rompe en un segundo y se tarda una eternidad en pegar, y aun así, siempre se notan las grietas. Pero las grietas, pensé, son por donde entra la luz.

—¿A dónde vamos? —preguntó Ana.

—Al futuro, flaca —dije—. Pero despacito, que hay baches.

Y pisé el acelerador, perdiéndonos en la inmensidad de la Ciudad de México, dos puntos minúsculos, anónimos y reales, en un mar de concreto.

FIN

BTV

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