
—¡Abre la p*nche puerta, Mateo! Sé que estás ahí, escucho tus pasos de ratón.
El grito de Don Ramiro retumbó en el pasillo de la vecindad, haciendo vibrar el marco de madera podrida. Me quedé congelado, recargado contra la pared, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse del pecho. Mis manos sudaban frío. Metí la mano al bolsillo derecho del pantalón, aunque ya sabía lo que iba a encontrar: la nada. Solo pelusa y una moneda de diez pesos que no servía ni para calmar la vergüenza.
—Mateo… ¿quién es? —la voz de mi mamá salió desde el cuarto, débil, quebrada por esa tos seca que no la dejaba dormir desde hacía semanas.
—Nadie, jefita. Duérmase, es… es el de la basura —mentí, sintiendo un nudo en la garganta que me ahogaba.
Cerré los ojos. El olor a humedad y a frijoles quemados de la vecina inundaba el aire. Afuera, el viento movía las láminas del techo, pero no lograba apagar los golpes en la puerta. Pum. Pum. Pum. Cada golpe era un recordatorio de mi fracaso. Me había prometido que este mes sí completaba, que la chamba en la obra saldría, pero el ingeniero se había largado sin pagarnos. Otra vez.
—¡Si no abres, voy a traer a la policía para que los saquen a patadas! —bramó Ramiro del otro lado. Ya no era el vecino amable que me regalaba dulces de niño; ahora era un cobrador con los ojos inyectados de furia.
Miré hacia la pequeña mesa donde estaba la medicina de mamá. Quedaban dos pastillas. Si pagaba la renta, no comíamos. Si compraba medicina, nos echaban. El dilema de siempre, la maldición de vivir al día. Me limpié el sudor de la frente con la manga de mi camiseta desgastada. No podía dejar que ella lo escuchara entrar. No podía dejar que viera mi humillación.
Tomé aire, intentando inflar el pecho para parecer más grande, más hombre, aunque por dentro me sentía un niño asustado. Giré el pasador. El metal rechinó como un lamento.
La puerta se abrió de golpe y la figura imponente de Ramiro llenó el marco, tapando la poca luz que entraba del patio. Su mirada recorrió mi ropa sucia, mis zapatos rotos, y soltó una risa burlona que me heló la sangre.
—Se acabó el tiempo, muchacho —dijo, dando un paso hacia adentro, invadiendo mi único refugio.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI TUVIERAS QUE ELEGIR ENTRE EL TECHO DE TU MADRE Y TU DIGNIDAD?
Aquí tienes la Parte 2 de mi historia. Me he abierto el pecho para escribir esto, relatando cada segundo de esa pesadilla con todo el detalle posible, porque el hambre y la desesperación tienen una forma muy lenta de pasar el tiempo.
Aquí está la continuación, narrada desde mis entrañas.
PARTE 2: EL PRECIO DE LA SANGRE Y EL SILENCIO
No se movió. Don Ramiro se quedó ahí, plantado en el umbral de mi puerta como una estatua de sal y rencor, bloqueando la única salida y la poca luz que nos regalaba la tarde. Su sombra se alargaba por el piso de cemento pulido, tocando la punta de mis zapatos rotos, como si esa oscuridad ya me estuviera tragando antes de tiempo.
—¿Me escuchaste o te haces el sordo, Mateo? —su voz bajó un tono, volviéndose más peligrosa, más rasposa, como grava arrastrada por un río seco—. Quiero mi dinero. Ahora. No mañana, no cuando el p*nche arquitecto te pague, no cuando baje el Santo Niño de Atocha a hacerte el milagro. Lo quiero hoy.
Tragué saliva, pero mi garganta estaba tan seca que sentí como si me tragara una navaja de rasurar. Mis manos, escondidas detrás de mi espalda, temblaban. No de miedo a que me golpeara —a los golpes uno se acostumbra en este barrio—, sino de miedo a que mi madre, mi jefita, escuchara la verdad. Ella creía que yo era el gerente de obra, que todo iba bien, que mis tardanzas eran por exceso de trabajo y no porque me pasaba las horas buscando quién me prestara cien pesos.
—Don Ramiro… por favor —susurré, acercándome a él para que nuestra conversación no volara hacia el cuarto de atrás—. Mire, le juro por lo más sagrado, le juro por la memoria de mi abuela, que mañana me resuelven lo de la liquidación. Solo deme veinticuatro horas. No le estoy pidiendo que me perdone la renta, solo que me dé un día más.
Él soltó una carcajada corta, seca. No había alegría en ese sonido. Era el ruido que hace alguien que ya ha escuchado mil mentiras y ya no tiene paciencia para la mil y una.
—¿Tú crees que yo como aire, Mateo? ¿Crees que el banco me espera a mí? —Dio un paso más adentro, invadiendo mi espacio, oliendo a tabaco barato y a loción de sanborns—. Llevas tres meses con el mismo cuento. “Mañana, Don Ramiro”, “La otra semana, Don Ramiro”. Y mientras tanto, tú y tu madre siguen gastando mi agua, mi luz, y ocupando un cuarto que ya podría haber rentado tres veces a los haitianos que llegaron a la colonia. Ellos sí pagan por adelantado.
Sentí una punzada de ira en el estómago, caliente y ácida. Quería gritarle que mi madre había vivido en esa vecindad veinte años, que ella le cuidó a sus hijos cuando su esposa se fue, que nosotros éramos gente decente. Pero la decencia no llena la nevera y los recuerdos no pagan facturas. La ira se disolvió rápido, reemplazada por esa vergüenza pegajosa que te cubre cuando eres pobre y tienes que pedir clemencia.
—Ella está muy mala, Don Ramiro —dije, y mi voz se rompió un poco, traicionándome—. Si la sacamos ahora, con este frío que está entrando… la va a matar. No le estoy pidiendo por mí. Tíreme a mí a la calle si quiere, yo duermo en el parque, me vale madre. Pero a ella déjela.
El viejo se pasó la mano por la cara, frotándose los ojos cansados. Por un segundo, solo por un microsegundo, vi un destello de duda en sus ojos. Quizás el recuerdo de cuando éramos vecinos y amigos, antes de que el dinero se volviera el único dios de esta ciudad. Pero el momento pasó. Su cara se endureció de nuevo, como el cemento fraguado.
—No soy la beneficencia pública, Mateo. Tienes hasta las seis de la tarde. Son las dos. Consigue tres mil pesos o sacas tus chivas. Y si no las sacas tú, vengo con mis sobrinos y te las sacamos nosotros. Y ya sabes cómo son mis sobrinos.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Sus botas pesadas resonaron en el pasillo: clac, clac, clac. Cada paso era una cuenta regresiva. Me quedé ahí, mirando la espalda del hombre que tenía el poder de destruir mi mundo con un simple desalojo.
Cerré la puerta con cuidado, recargando la frente contra la madera despintada. Quería llorar. Quería golpear la pared hasta romperme los nudillos. Pero no hice nada. Respiré hondo, una, dos, tres veces, tratando de calmar el temblor de mis piernas. Tenía que entrar al cuarto y sonreír. Tenía que actuar.
Caminé hacia la habitación. El aire ahí dentro estaba viciado, cargado con ese olor dulzón y metálico de la enfermedad y el Vick VapoRub. Mi madre estaba sentada en la orilla de la cama, envuelta en dos cobijas, con su rosario de plástico en las manos. Sus ojos, nublados por las cataratas y la fiebre, me buscaron.
—¿Quién era, mijo? Se oían voces fuertes —preguntó. Su voz era un hilo de aire, frágil como una telaraña.
Fui hacia ella y me hinqué, tomándole las manos. Estaban heladas, huesudas, llenas de manchas de la edad y del trabajo duro de toda una vida lavando ropa ajena.
—Era Don Ramiro, amá. Ya ve cómo es de escandaloso el viejo —le mentí, forzando una sonrisa que sentí como una máscara de yeso en mi cara—. Vino a decirme que… que van a arreglar la tubería del gas y que a lo mejor tenemos que salir un rato en la tarde. Por el olor, ya sabe.
Ella me miró, y por un momento sentí que sabía la verdad. Las madres siempre saben, ¿no? Tienen ese radar que detecta cuando sus hijos se están ahogando. Pero asintió lentamente, cerrando los ojos.
—Ah, bueno. Es que me preocupé. Soñé feo, Mateo. Soñé que nos íbamos lejos y que tú te perdías en la oscuridad.
—No diga eso, jefa. Aquí estoy. Nadie se va a perder.
Me levanté, sintiendo el peso del mundo en los hombros.
—Voy a salir un rato, amá. Tengo que ir a cobrar lo de la semana. Con eso le traigo sus medicinas y compramos algo rico para cenar, ¿un pollito rostizado, qué le parece?
—Sí, mijo. Pero no te tardes. Y ten cuidado, que la calle está muy fea.
Le di un beso en la frente, sintiendo el calor de la fiebre quemándome los labios. Salí del cuarto antes de que se me escapara una lágrima.
Al salir de la vecindad, el sol de la tarde me golpeó como una bofetada. La Ciudad de México no perdona. El ruido de los cláxones, los gritos de los vendedores ambulantes, el reguetón saliendo de una bocina reventada en el puesto de piratería… todo me aturdía.
Caminé rápido, con las manos en los bolsillos vacíos. Mi mente trabajaba a mil por hora, repasando mis opciones. ¿Opciones? No tenía opciones.
Primero fui a la obra. Sabía que era inútil, pero la desesperación te hace hacer cosas estúpidas. La construcción estaba a unas diez cuadras, un edificio de departamentos de lujo que nunca podríamos pisar si no fuera con una escoba o una pala en la mano.
El guardia de seguridad ni siquiera me quiso dejar pasar.
—El ingeniero no está, chavo. Ya te dije ayer.
—Necesito verlo, compadre. Me debe tres semanas. Mi jefa está mala. Déjame pasar, nomás le digo dos palabras.
—No se puede. Si te dejo pasar, me corren a mí. Y la cosa está cabrona para todos. Llégale.
Me quedé mirando la reja, con ganas de saltarla y buscar al desgraciado del ingeniero Valdés para sacarle el dinero a golpes si era necesario. Pero vi la cámara de seguridad girando hacia mí y me detuve. Cárcel no. Si caía al bote, mi madre se moría sola. Así de simple.
Me di la vuelta y seguí caminando sin rumbo fijo. Pasé por la casa de empeño. Ya no tenía nada que empeñar. El televisor se fue el mes pasado. La licuadora, hace dos semanas. Mi celular bueno, hace tres días (ahora traía uno de teclas, viejo, que apenas servía para llamadas). Hasta la cadenita de oro de mi bautizo, esa que juré nunca vender, ya estaba en una vitrina juntando polvo.
Tres mil pesos. Quinientos dólares para un gringo, una miseria para un político, pero para mí, en ese momento, eran una montaña imposible de escalar.
Me senté en una banca del parque, viendo a la gente pasar. Veía a los oficinistas comiendo sus tortas, a las señoras con sus bolsas del mandado, a los estudiantes riéndose. Me sentía ajeno a todo, como si estuviera detrás de un vidrio grueso. ¿Por qué ellos sí podían estar tranquilos? ¿Qué pecado había cometido yo para estar así, con la soga al cuello?
La desesperación es mala consejera, dicen los viejos. Y tienen razón. Porque cuando el hambre aprieta, la moral se afloja.
Saqué el celular viejo de mi bolsillo. Tenía un número guardado que esperaba no tener que usar nunca. “El Tuercas”.
El Tuercas y yo crecimos juntos en la misma cuadra. Jugábamos fútbol con botellas de plástico. Pero mientras yo trataba de terminar la prepa y buscar chambas honestas, él se fue por el camino rápido. Ahora lo veía pasar en una moto deportiva, con tenis de marca y cadenas de oro, siempre rodeado de tipos que te miraban mal si los veías a los ojos.
Marqué el número. Mis dedos dudaron sobre la tecla de llamar. Sabía lo que esto significaba. Sabía que una vez que entras en ese mundo, ya no sales limpio. Te manchas las manos, y esa mancha no se quita ni con cloro.
Pero entonces recordé la tos de mi madre. Recordé la cara de Don Ramiro. Recordé la amenaza de los “sobrinos”. Y presioné llamar.
—¿Qué hongo, carnal? —contestó al segundo tono, con esa voz despreocupada de quien siente que es dueño del mundo—. Milagro que te acuerdas de los pobres.
—Necesito un paro, Tuercas —fui directo al grano. No tenía tiempo para saludos hipócritas—. Necesito lana. Urgente.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Pude imaginarlo sonriendo, sabiendo que finalmente me había doblado.
—¿De cuánto estamos hablando, Mathew?
—Tres mil. Para hoy.
—Uy, mi chavo. Tres mil varos no son enchiladas. Pero… casualmente hoy ando necesitando un par de manos extras para un bisne. Nada del otro mundo, algo tranquilo. Solo manejar y cargar unas cajas.
—¿Qué hay en las cajas? —pregunté, aunque en el fondo no quería saber.
—Tú no preguntes, tú solo carga. Es rápido. Vas, entregas, cobras y te vas a tu casa a persignarte. ¿Jalas o te pandeas?
Miré el reloj de la iglesia frente al parque. Las tres y media. El tiempo se me escurría como agua entre los dedos.
—¿Dónde te veo?
—Esa es la actitud. Cáele a la mecánica del Gordo, en la Doctores. En veinte minutos. Y vente con ropa oscura, carnal.
Colgué. Sentí un frío intenso en el estómago, una náusea que subía hasta la garganta. Acababa de vender mi alma. O al menos, acababa de rentarla por tres mil pesos.
Me levanté de la banca. Mis piernas pesaban toneladas. Caminar hacia la colonia Doctores se sintió como caminar hacia el patíbulo. Cada paso que daba me alejaba más del Mateo que mi madre había criado, el niño que quería ser arquitecto, y me acercaba más al Mateo que la ciudad estaba moldeando a golpes.
Llegué al taller mecánico. Olía a grasa, a gasolina y a peligro. Había varios tipos bebiendo cervezas sentados en llantas viejas. El Tuercas estaba ahí, recargado en un coche desmantelado, limpiándose las uñas con una navaja.
—¡Llegó el licenciado! —gritó al verme, abriendo los brazos—. Vengan, conozcan a mi compa Mateo, el único de la cuadra que sabe leer sin mover los labios.
Los otros se rieron. Eran risas feas, huecas. Yo no sonreí.
—Vengo por el jale, Tuercas. No a socializar.
Él guardó la navaja y se me acercó. Su mirada cambió. Ya no era el amigo de la infancia, era el jefe.
—Bájale a tu espuma, chocolate. Aquí las cosas son calmadas. Mira, el asunto es este. Tenemos que llevar una camioneta a una bodega en Iztapalapa. Tú manejas. Nosotros vamos atrás cuidando la mercancía. Llegas, descargamos, te doy tus tres mil y mil más de propina por las molestias. Fácil, ¿no?
—¿Por qué yo? —pregunté. Sabía que ellos sabían manejar.
—Porque tú tienes cara de menso, carnal —me dijo, dándome una palmada en la mejilla que sentí como un insulto—. Si nos para la chota, tú eres el conductor designado, el chico bueno que le está haciendo un favor a sus primos borrachos. Tienes licencia vigente, ¿no?
Asentí.
—Cámara. Súbete.
Me subí a una camioneta vieja, una Voyager despintada con los vidrios polarizados. El volante estaba pegajoso. Mis manos sudaban tanto que tuve que secarlas en mi pantalón varias veces. El Tuercas se subió de copiloto y otros dos tipos se metieron atrás con unas mochilas deportivas que sonaban metálicas al chocar entre sí. No quise voltear. Mejor no ver.
Arrancamos. Conducir por la ciudad con el miedo de copiloto es una experiencia que te cambia la química del cerebro. Veía patrullas en cada esquina. Cada semáforo en rojo se sentía eterno. El Tuercas iba silbando, tranquilo, mandando mensajes en su celular.
—Relájate, Mateo. Pareces un gato en periférico. Pon música o algo.
No puse música. Solo quería llegar, dejar esa porquería y correr a pagarle a Ramiro.
El trayecto a Iztapalapa fue una tortura psicológica. Pasamos por avenidas llenas de baches, esquivando microbuses que manejaban como suicidas. Yo iba rezando en silencio. Diosito, sácame de esta y te juro que no lo vuelvo a hacer. Virgencita, cúbreme con tu manto.
Finalmente, llegamos a una zona de bodegas industriales, de esas calles solas donde no pasa ni el camión de la basura.
—Ahí, en el portón gris —indicó el Tuercas.
Detuve la camioneta. Uno de los tipos de atrás bajó a abrir el portón. Entramos. Era un patio grande, lleno de chatarra.
—Apaga el motor y las luces —ordenó el Tuercas.
Hice lo que me dijo. El silencio cayó sobre nosotros, pesado y denso.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora esperamos. El cliente viene en camino.
Esperamos diez minutos. Veinte. Treinta. Mi ansiedad estaba al límite.
—Tuercas, ya va a ser hora. Tengo que irme.
—Aguanta, no comas ansias.
De pronto, un coche negro entró al patio a toda velocidad, derrapando en la grava. Se bajaron tres hombres armados. No armados con pistolas simples, traían armas largas. Sentí que el corazón se me paraba.
—¡Esos no son los clientes! —gritó uno de los tipos de atrás—. ¡Nos pusieron un cuatro!
—¡Arranca, Mateo! ¡Sácanos de aquí! —gritó el Tuercas, sacando una pistola de la guantera que yo no sabía que estaba ahí.
El pánico me paralizó un segundo, pero el sonido de un disparo rompiendo el vidrio trasero me despertó. Metí reversa a fondo, las llantas chillaron y la camioneta salió disparada hacia atrás. Choqué contra un tambo de metal, pero no me detuve.
—¡Dale, dale, no te frenes! —bramaba el Tuercas.
Giramos violentamente y aceleré hacia la salida. Escuché más detonaciones. Pum, pum, pum. Sentí golpes en la carrocería de la camioneta. Era como estar en una película, pero sin corte y sin dobles. Era real. Era mi vida a punto de acabar en un basurero de Iztapalapa por tres mil pesos.
Logré salir a la avenida principal, zigzagueando entre los coches. Mi respiración era un jadeo incontrolable.
—¡Los perdimos! ¡Creo que los perdimos! —dijo el Tuercas, mirando por el retrovisor—. ¡Manejas bien cabrón, Mateo! ¡Te la rifaste!
Yo no podía hablar. Solo temblaba. Mis manos estaban engarrotadas en el volante.
Manejé sin rumbo hasta que el Tuercas me dijo que me detuviera en una calle oscura, lejos de ahí.
—Aquí nos bajamos nosotros. Tú llévate la nave y déjala abandonada por el metro. Límpiadita, sin huellas.
—¿Y mi dinero? —pregunté, con un hilo de voz. A pesar del terror, la imagen de Ramiro seguía en mi cabeza.
El Tuercas se rió, una risa nerviosa, cargada de adrenalina. Sacó un fajo de billetes del bolsillo y me aventó unos cuantos al regazo.
—Ahí tienes. Te ganaste el bono de riesgo, carnal. Gracias por el aventón.
Se bajaron corriendo y desaparecieron en los callejones.
Me quedé solo en la camioneta baleada. Miré los billetes en mis piernas. Los conté con manos temblorosas. Cuatro mil pesos. Cuatro mil pesos manchados de miedo y de pólvora.
Arranqué de nuevo y conduje hacia una estación de metro lejana. Limpié el volante con mi camiseta, borrando mis huellas como pude, sintiéndome el peor criminal de la historia. Dejé la camioneta y corrí. Corrí hasta que mis pulmones ardieron, hasta que me subí a un taxi y le di la dirección de la vecindad.
Miré el reloj. Cinco cuarenta y cinco.
El taxi parecía ir en cámara lenta. El tráfico de la hora pico era una muralla de metal y humo.
—¡Jefe, písele por favor, es una emergencia! —le supliqué al taxista.
—Hago lo que puedo, joven, pero no tengo alas.
Llegué a la vecindad a las seis y cinco. Corrí por el pasillo, casi tropezando con mis propios pies. Tenía el dinero en la mano, arrugado y sudado.
Pero cuando llegué a mi puerta, estaba abierta.
El silencio era absoluto. No se escuchaban los gritos de Ramiro. No se escuchaba la tos de mi madre.
Entré despacio, con el terror helándome la sangre.
—¿Amá? —llamé.
Nadie respondió.
El cuarto estaba vacío. La cama estaba deshecha. Las medicinas ya no estaban en la mesa. Y en el suelo, tirado como basura, estaba el rosario de plástico de mi madre, roto, con las cuentas esparcidas por el piso.
Sentí que el mundo se me venía encima. El techo, las paredes, el cielo, todo colapsó sobre mí.
Salí al pasillo gritando.
—¡Doña Chonita! ¡Vecina! ¿Dónde está mi mamá?
La vecina de al lado entreabrió su puerta, con cara de susto.
—Ay, Mateo… vino la ambulancia.
—¿La ambulancia? ¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Se puso muy mala, mijo. Empezó a toser sangre y se desmayó. Don Ramiro… él fue el que llamó a la Cruz Roja cuando vio que no reaccionaba. Se la llevaron al Hospital General.
Me recargué en la pared, deslizándome hasta el suelo. El dinero cayó de mi mano, billetes de quinientos y de doscientos esparciéndose en el polvo del pasillo. Tanto correr, tanto arriesgar, tanto pecar… y no había llegado a tiempo.
Don Ramiro salió de su departamento al escuchar el alboroto. Me vio ahí, tirado en el suelo, derrotado.
—Te tardaste, Mateo —dijo, pero esta vez no había odio en su voz, solo una especie de lástima fría—. Tu madre se puso grave. La vi muy mal.
Me levanté como un resorte, con una furia que no sabía de dónde venía. Lo agarré de la camisa, empujándolo contra la pared.
—¡Usted tuvo la culpa! ¡Usted la puso nerviosa! ¡Si algo le pasa, lo mato! ¡Lo mato!
Ramiro no se defendió. Solo me miró a los ojos.
—Suéltame, muchacho. No gastes tu energía en mí. Vete al hospital.
Lo solté con asco. Recogí el dinero del suelo, cada billete pesaba como plomo. Salí corriendo de nuevo a la noche, hacia el hospital.
El Hospital General es el purgatorio en la tierra. Gente durmiendo en el piso, olores a desinfectante y desesperanza, filas interminables, caras largas. Pregunté en informes, gritando, desesperado.
—Pérez… Rosa Pérez… la acaban de traer.
La enfermera, una mujer con cara de no haber dormido en dos días, tecleó lentamente en una computadora vieja.
—Pérez… Rosa. Sí. Ingresó a urgencias hace cuarenta minutos. Insuficiencia respiratoria aguda. Está en la sala de choque. No puedes pasar.
—Es mi madre. Necesito verla.
—Siéntese y espere a que salga el doctor.
Me senté en una silla de plástico duro, rodeado de otras personas que lloraban o rezaban. Las horas pasaron. Una, dos, tres horas. Cada vez que se abría la puerta de urgencias, mi corazón saltaba.
Saqué el dinero del bolsillo. Cuatro mil pesos. ¿Alcanzaría para las medicinas? ¿Para el tanque de oxígeno? ¿Para el entierro? Sacudí la cabeza, tratando de borrar ese pensamiento horrible.
Finalmente, a eso de las diez de la noche, salió un doctor joven, con la bata manchada de sangre seca.
—¿Familiares de Rosa Pérez?
Salté de la silla.
—Soy yo. Soy su hijo.
El doctor me miró, y en sus ojos vi esa expresión que tienen los médicos cuando traen malas noticias. Esa mirada de “lo siento, hicimos lo que pudimos”.
—Hijo… tu madre venía muy grave. Sus pulmones estaban muy comprometidos. Además, tenía un cuadro de desnutrición severa que complicó todo.
—¿Cómo está? —pregunté, sintiendo que las rodillas me fallaban.
—La estabilizamos, pero está en coma inducido. Necesitamos intubarla. Pero, Mateo… necesito ser honesto contigo. El pronóstico es muy malo. Necesitamos trasladarla a terapia intensiva, pero no tenemos camas aquí. Tienes que conseguir un traslado a otro hospital o conseguir los insumos aquí mismo, porque no tenemos abasto de medicamentos.
—¿Qué necesito? —dije, sacando el dinero—. Tengo dinero. Tengo cuatro mil pesos.
El doctor miró el dinero y negó suavemente con la cabeza.
—Cuatro mil pesos no te alcanzan ni para empezar, muchacho. La lista de medicamentos que necesitamos para esta noche cuesta alrededor de ocho mil. Y si conseguimos el traslado, la ambulancia privada te va a cobrar otros cinco. Y luego la hospitalización…
El mundo se detuvo. Ocho mil. Más cinco mil. Trece mil pesos. Yo tenía cuatro mil, y me había jugado la vida y la libertad por ellos.
—¿Y si no consigo el dinero? —pregunté, sintiendo que las lágrimas finalmente empezaban a brotar.
—Haremos lo que podamos con lo que hay, pero… sus probabilidades bajan drásticamente. Lo siento mucho.
El doctor se dio la vuelta y regresó al área restringida.
Me quedé solo en medio del pasillo del hospital, con el puño cerrado apretando los billetes inútiles. La impotencia era un veneno que me recorría las venas. Había fallado. Había fallado como hijo, como hombre, como proveedor.
Salí del hospital. La noche estaba fresca, pero yo ardía por dentro. Caminé hasta una caseta telefónica (porque mi celular ya no tenía saldo).
Sabía lo que tenía que hacer. Ya no había línea moral que no estuviera dispuesto a cruzar. Ya había probado el miedo esa tarde en la camioneta, y había sobrevivido. Si el mundo quería monstruos, entonces me convertiría en uno para salvar a mi madre.
Marqué el número del Tuercas otra vez.
—¿Qué pasó, piloto? ¿Te gustó la adrenalina? —contestó, riéndose.
—Necesito más trabajo, Tuercas.
—¿Ah sí? ¿Te gastaste la lana en cariñosas o qué?
—No estoy jugando. Necesito quince mil pesos. Para mañana temprano. Hago lo que sea. Lo que sea.
El silencio al otro lado fue largo. Cuando el Tuercas volvió a hablar, su voz ya no tenía burla. Tenía una seriedad fría, de negocios pesados.
—¿Lo que sea, Mateo? Porque hay un jale esta noche. Pero este no es de chofer. Este es de fierros. Hay que ir a cobrarle a un vato que no quiere pagar plaza. Y hay que dejarle un mensaje claro. ¿Tienes estómago para eso?
Miré hacia el hospital, hacia la ventana iluminada donde imaginaba que mi madre luchaba por cada bocanada de aire. Pensé en sus manos trabajadoras, en sus sacrificios, en cómo se quitaba el pan de la boca para dármelo a mí.
Me sequé las lágrimas con la manga sucia de grasa y sangre seca. Mi cara se endureció. El Mateo que soñaba con ser arquitecto murió en ese instante, en la banqueta de la calle Dr. Pasteur.
—Dime dónde y a qué hora —dije, y mi voz sonó extraña, ajena, como la de otro hombre.
—Te veo en la misma mecánica en media hora. Y Mateo… esta vez no hay vuelta atrás. Una vez que entras a esto, es de por vida.
—Mi vida ya no vale nada si ella se muere. Ahí te veo.
Colgué el teléfono. Miré al cielo oscuro de la Ciudad de México, donde no se ven las estrellas por la contaminación, y le pedí perdón a Dios por adelantado.
Me ajusté el cinturón, me subí el cuello de la chamarra y empecé a caminar hacia la oscuridad. Ya no tenía miedo. El miedo es para los que tienen algo que perder. Yo ya lo había perdido todo, menos a ella. Y por ella, estaba dispuesto a incendiar el mundo entero.
Esta es la historia de cómo una tarde de martes me convertí en lo que más odiaba. No por ambición, no por poder, sino por amor. Y si tú estuvieras en mis zapatos, con tu madre muriendo en una cama de hospital por falta de dinero… dime, ¿tú qué hubieras hecho?
(Fin de la Parte 2)
NOTAS ADICIONALES PARA EL LECTOR:
Si esta historia te movió algo adentro, es porque todos conocemos a un Mateo. O hemos sido él. La desesperación tiene muchas caras en México. Gracias por leer hasta aquí.
(Si necesitas que continúe o que expanda alguna sección específica, dímelo. He tratado de mantener el lenguaje crudo y realista del “barrio” mexicano sin caer en lo vulgar innecesario).