
El viento caliente levantaba polvareda y se me metía en los ojos, pero no tanto como las lágrimas de coraje que me estaba aguantando. Estábamos parados en el pórtico, justo tres días después de enterrar a papá. El notario, un señor con traje brilloso de tanto uso, se acomodó los lentes y leyó la sentencia final con voz de funeral.
—Al hijo mayor, Antonio López: la finca “El Paraíso” completa. Tierras de cultivo, casa grande, corrales y el derecho exclusivo al río.
Hubo una pausa. Sentí que el estómago se me hacía nudo. Antonio ni se inmutó, solo sonrió de lado, como quien ya sabe que ganó la lotería antes del sorteo.
—A mi hijo menor, Pablo López —siguió el notario, carraspeando un poco—, le corresponde el sector norte, conocido como “El Pedregal”, y el viejo cobertizo de herramientas.
El silencio pesaba más que el calor de agosto. Sentí las miradas de los peones clavadas en mi nuca. “El Pedregal”. Un tiradero de piedras donde ni las lagartijas aguantan el sol. Mi padre nunca disimuló quién era su favorito, pero esto… esto era una bofetada desde la tumba.
Antonio se me acercó despacio. Me dio unas palmadas en el hombro que se sentían más empujones que cariño.
—Suerte con eso, carnal —me dijo, y soltó una risa seca—. Todo ese pedregal para ti solito. A ver si con tantos rezos logras que las piedras den trigo, o de perdida sombra. Vas a necesitar un milagro bíblico, Pablo, porque de ahí no sacas ni para comer.
Se subió a su camioneta y arrancó, levantando tierra. Yo me quedé ahí, con las manos metidas en las bolsas, apretando el puño hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Caminé hasta mi “herencia”. El cobertizo tenía el techo de lámina agujereado y adentro olía a encierro y a abandono. Me senté en una caja vieja y vi un mapa antiguo sobre la mesa, un papel amarillento que parecía deshacerse con tocarlo. Marcaba algo en medio de las rocas, una línea azul desvanecida que según los viejos, existió hace décadas.
Al día siguiente, antes de que saliera el sol, ya estaba yo ahí con el pico. —¿Qué haces, Pablo? —me gritó Manuel, el capataz de mi hermano, desde la cerca—. Don Antonio dice que si quieres chamba, te vengas, pero de peón. Que dejes de hacerle al loco.
No le contesté. Alcé el pico y le di el primer golpe a la roca. Sonó seco, duro. Mis manos, aunque curtidas de campo, empezaron a arder a la media hora. El sol subía y me quemaba la nuca.
—¡Estás loco! —me gritaban los que pasaban—. ¡Ahí no hay nada más que tierra muerta!
Pero yo seguí. Un metro. Dos metros. Mis manos sangraban, la espalda me mataba, y la sequía apenas empezaba a apretar. Antonio tenía el río, yo tenía una corazonada y un silencio de Dios que a veces pesaba más que las piedras. No sabía que estaba a punto de toparme con algo que nos iba a poner de rodillas a los dos.
LA LOCURA DEL PEDREGAL: SUDOR, SANGRE Y EL SILENCIO DE DIOS
Los primeros días no fueron días, fueron un castigo. Si el infierno existe, estoy seguro de que se parece mucho a ese pedazo de tierra a las dos de la tarde, cuando el sol cae a plomo y no hay ni una nube que se apiade de ti.
La gente piensa que picar piedra es solo fuerza bruta, que es cuestión de tener brazos fuertes y ya. Pero no, compadre, picar piedra donde no hay esperanza es una batalla mental. Cada vez que bajaba el pico y sentía el choque del metal contra la roca sólida, el impacto me vibraba hasta las muelas. El sonido era seco, clac, clac, clac, un ritmo monótono que se te mete en el cerebro y no te deja pensar en otra cosa.
Para la primera semana, mis manos ya no eran manos. Eran una masa de carne abierta. Las ampollas me reventaban sobre las ampollas viejas. La sangre se mezclaba con la tierra y el mango de madera se puso oscuro, resbaloso. Me tenía que amarrar trapos viejos, pedazos de una camisa que ya no servía, para poder seguir sujetando la herramienta sin gritar del dolor.
—¡Ya bájale, Pablo! —me gritó un día Doña Chona, la señora que vendía gorditas y pasaba por el camino real con su canasta—. ¡Te vas a matar, muchacho! Mira nada más cómo estás, todo flaco, todo quemado. Pareces calavera.
Yo solo alcé la mano para saludarla, sin fuerzas ni para hablar. Tenía la garganta seca, pegada, como si hubiera tragado un puñado de arena. Mi “casa”, ese cobertizo miserable que me había dejado mi padre, era un horno. Por las noches, el calor no se iba. Las piedras guardaban la temperatura y la soltaban despacito, como para asegurarse de que no pudiera dormir. Me tiraba en ese catre que rechinaba con solo respirar y me quedaba mirando el techo de lámina agujereado, buscando una estrella, una señal, algo.
Pero lo único que veía era la oscuridad y escuchaba a los grillos, que sonaban más fuertes que mis rezos.
“Señor”, le decía yo en silencio, porque ya no me salía la voz, “dame una señal. No te pido que abras el mar Rojo, nomás dime que no estoy loco. Dime que este mapa viejo no es una mentira”. Pero Dios, en esos días, guardaba un silencio que pesaba más que las piedras que cargaba en la espalda.
A las dos semanas, el pozo apenas me llegaba a la cintura. Era una burla. Yo me sentía como una hormiga tratando de hacer un túnel en el concreto. Y para colmo, desde mi agujero, podía ver “El Paraíso”. La finca de mi hermano brillaba. Allá todo era verde. Los aspersores giraban día y noche, shhh-shhh-shhh, escupiendo agua como si sobrara, burlándose de mi sed. Veía a los peones trabajando, riendo, almorzando bajo la sombra de los mezquites grandes. Y yo ahí, solo, tragando polvo.
Antonio pasaba a caballo cada tercer día. No se bajaba. Se quedaba ahí arriba, mirándome desde su montura con sus botas de piel boleadas y su sombrero limpio.
—¿Sigues rascando, carnal? —preguntaba, masticando una pajita de trigo—. Ya me dijeron en el pueblo que te dicen “El Topo”. Que te la pasas enterrado.
—Déjame en paz, Toño —le contestaba yo sin levantar la vista, concentrado en sacar una roca que parecía tener raíces en el infierno.
—Es neta, Pablo. Ya párale. Me da vergüenza que la gente hable. Dicen que el hijo menor de Don López se volvió loco de remate. Mira, vente para la casa. No te digo que te voy a dar la gerencia, porque para eso no sirves, pero te puedo poner a cuidar el ganado. Ahí hay sombra y agua fresca. ¿Cuánto vas a sacar de aquí? ¿Piedras para hacer caldo?
La rabia me subía por el pecho, caliente como el vómito. Quería aventarle el pico, quería bajarlo del caballo y meterle la cara en la tierra para que viera lo que es sufrir. Pero me acordaba de mi madre, de su voz suave pidiéndonos que no peleáramos, y me tragaba el orgullo.
—El mapa dice que aquí hubo agua —le dije una tarde, secándome el sudor con el antebrazo.
Antonio soltó una carcajada que espantó a unos zopilotes que andaban rondando.
—¡El mapa! ¡Por Dios, Pablo! Ese papel tiene cien años. Mi abuelo contaba cuentos de borrachos. Si hubiera agua aquí, ¿tú crees que papá me habría dejado lo verde y a ti esto? Papá no era tonto. Sabía que esto es hueso de tierra. Aquí no nace nada. Entiéndelo de una vez: te dejó esto para que aprendieras a ser hombre, o para que te largaras.
Esas palabras me dolieron más que si me hubiera clavado el pico en el pie. “Para que te largaras”. ¿Eso pensaba mi padre? ¿Que yo era un estorbo? ¿Que dándome la peor tierra me iba a obligar a irme lejos?
Esa noche no recé. Esa noche lloré. Lloré de coraje, de impotencia. Me senté en el suelo, con las manos temblando de cansancio, y miré el mapa a la luz de una vela. La línea azul estaba ahí, desvanecida, casi invisible. “¿Y si Toño tiene razón?”, pensé. “¿Y si soy un pendejo que se está matando por una fantasía?”.
Estuve a punto de rajarme. Te lo juro. Estuve a punto de agarrar mis cuatro trapos al amanecer e irme de mojado al norte, o a la capital, a donde fuera donde nadie supiera mi apellido ni mi fracaso.
Pero entonces llegó ella.
Era un martes, creo. O miércoles. Los días se me mezclaban. El sol estaba en su punto más alto y yo estaba mareado. No había comido bien en dos días porque se me habían acabado los frijoles y me daba pena ir al pueblo a fiar. De repente, vi una sombra proyectarse sobre el agujero.
Alcé la vista, esperando ver a Antonio o a Manuel para burlarse. Pero no. Era María, la hija del molinero.
Traía un vestido sencillo, de flores, y una canasta tapada con una servilleta bordada. El viento le movía el pelo y, por un segundo, entre tanto polvo y fealdad, me pareció ver a un ángel.
—Buenas tardes, Pablo —dijo, con esa voz que tenía ella, que no juzgaba, que acariciaba.
—María… ¿qué haces aquí? Vete, que estoy hecho un asco. No quiero que me veas así.
Intenté limpiarme la cara, pero solo conseguí embarrarme más lodo.
—Mi papá me dijo que no has ido a comprar maíz. Y me imaginé que con lo terco que eres, capaz que te estás muriendo de hambre antes que pedir ayuda.
Bajó al agujero —que ya tenía un metro y medio de profundidad pero estaba lleno de escombros— y me extendió la canasta.
—Ten. Son tacos de guisado y unas gorditas de nata. Y traje agua de limón, bien fría.
Me temblaban las manos al agarrar el jarro. Bebí como un animal, desesperado. El agua fría bajando por mi garganta fue lo más cerca que he estado de la gloria. Luego mordí un taco y sentí que la vida me regresaba al cuerpo.
—¿Por qué haces esto, María? —le pregunté, con la boca llena, avergonzado de mi hambre.
Ella se sentó en una piedra grande, sin importarle ensuciarse el vestido.
—Porque creo en ti, Pablo.
Me le quedé viendo. Nadie, nunca, me había dicho eso. Ni mi padre, ni mi hermano.
—¿Crees en mí o te doy lástima? —pregunté, con la amargura que se me salía sola.
—No seas tonto —me regañó suavemente—. Lástima me da tu hermano, que tiene todo y no tiene a nadie. Tú tienes un sueño. Y la gente que tiene fe, a veces parece loca al principio. Pero mi abuela decía que la fe no es para los cuerdos, es para los valientes.
Me tocó el brazo. Su mano estaba limpia, suave, y al contacto con mi piel costrosa y sucia, sentí una electricidad que me recorrió la espina dorsal.
—Ese mapa… —señaló el papel que yo tenía tirado en una esquina—. ¿Tú sientes que es verdad? ¿Aquí adentro? —se tocó el corazón.
—No sé, María. A veces sí. A veces siento que Dios me trajo aquí por algo. Pero luego veo las piedras, veo mis manos… y pienso que Toño tiene razón.
—Toño ve lo que hay encimita —dijo ella, poniéndose seria—. Tú estás buscando lo que hay en el fondo. No pares, Pablo. Si tú dices que hay agua, hay agua. Y si no hay, pues ya veremos. Pero no te rindas por lo que digan ellos.
Ese día, María me salvó la vida. No por la comida, sino porque me devolvió la dignidad. Cuando se fue, agarré el pico con una fuerza nueva. Ya no era solo por mí, ni por demostrarle a mi padre. Ahora era por ella. Quería ver esa sonrisa otra vez. Quería que cuando brotara el agua, ella fuera la primera en probarla.
Pasó un mes. Luego dos.
El agujero se convirtió en una trinchera. Tuve que improvisar un sistema de poleas con cuerdas viejas y una cubeta abollada para sacar las piedras, porque ya no podía lanzarlas hacia arriba. Bajaba por una escalera de madera que yo mismo hice, crujiendo con cada paso.
El calor se puso peor. La sequía que había empezado como una amenaza, ahora era una realidad brutal. En el pueblo se hablaba de racionar el agua. Los pozos más superficiales se estaban secando. Incluso el río, ese río caudaloso del que presumía Antonio, empezó a bajar de nivel. Veía a lo lejos cómo los aspersores de “El Paraíso” ya no tenían la misma potencia. Giraban más lento, escupían menos.
Pero en mi agujero, la tierra seguía seca como ceniza.
Llegué a los tres metros de profundidad. El aire ahí abajo era pesado, viciado. Cada golpe de pico levantaba un polvo fino que se me metía a los pulmones y me hacía toser hasta casi vomitar. Y entonces, topé con pared. O mejor dicho, con el piso del infierno.
Era una capa de roca azul, durísima. El pico rebotaba. Cling, cling. Sacaba chispas, pero no se rompía.
Estuve tres días golpeando el mismo punto. Tres días malditos. Mis manos se volvieron a abrir. El dolor de espalda era tan fuerte que ya no podía enderezarme al caminar; andaba encorvado como un viejo de ochenta años.
—¡Rompe, maldita sea! ¡Rompe! —le gritaba a la piedra, llorando de desesperación.
Manuel, el capataz, vino a verme una tarde. Se asomó al borde del pozo.
—Don Pablo… —su voz sonaba preocupada—. Ya estuvo bueno. Mire, Don Antonio no sabe que vine, pero… la neta, nos tiene preocupados a todos. Dicen que se escucha como grita usted solo aquí en la noche. Eso no es sano. Esa piedra azul es tepetate duro o granito, eso no lo pasa ni con dinamita casera. Deje eso por la paz.
—¡Lárgate, Manuel! —le grité desde el fondo, con los ojos inyectados de sangre y polvo—. ¡No me voy a salir! ¡Aquí hay agua! ¡Aquí tiene que haber agua!
—No hay agua, Don Pablo. Entiéndalo. Su papá… —Manuel dudó, pero luego lo soltó—. Su papá sabía que este terreno estaba seco. Se lo oí decir una vez al notario antes de morir. Dijo: “Al muchacho le dejo las piedras para que se haga duro, porque es muy blando”. Fue una lección, no una herencia. No hay tesoro ahí abajo.
Sentí que el mundo se me caía encima. ¿Una lección? ¿Todo esto era un castigo educativo? ¿Mi sufrimiento era el plan pedagógico de mi viejo?
Manuel se fue, moviendo la cabeza con tristeza.
Me quedé ahí, sentado en el fondo del pozo oscuro, a tres metros bajo tierra. Hacía frío ahí abajo, a pesar del calor de afuera. Me sentí enterrado. Literalmente. “Ya estoy en mi tumba”, pensé. “Aquí me voy a quedar”.
Pasé la noche ahí dentro. No quise salir. Me abracé las rodillas y dejé que la oscuridad me tragara. El hambre me hacía alucinar. Veía a mi padre en las vetas de la roca, riéndose. Veía a Antonio contando billetes. Y escuchaba el agua. Te juro que la escuchaba. Un murmullo, un glug-glug lejano, como si corriera un río justo detrás de la pared de piedra.
“¿Me estoy volviendo loco?”, me pregunté. Me pegué la oreja a la roca fría. Nada. Silencio. Pero cerraba los ojos y ahí estaba otra vez: el sonido de la vida corriendo.
Me quedé dormido, o me desmayé, no sé. Y soñé.
Soñé que el pozo se llenaba, pero no de agua, sino de luz. Y que la luz me levantaba y me sacaba a la superficie. Y arriba, todo El Pedregal era un vergel. Había uvas, había maíz que crecía alto y fuerte. Y vi a María, vestida de blanco, caminando hacia mí con un niño en brazos. Y el niño se reía y señalaba el suelo, y del suelo brotaba un manantial tan claro que parecía espejo.
Desperté con la boca llena de tierra y el cuerpo entumido. Era de madrugada. Arriba, se veía un cuadrito de cielo azul marino, empezando a clarear.
Tenía dos opciones: subir la escalera, irme al pueblo, pedirle perdón a mi hermano y vivir humillado el resto de mi vida como “el loco que picó piedra por nada”. O dar un golpe más.
Solo uno.
Me levanté. Me dolía hasta el pelo. Agarré el pico. Pesaba una tonelada.
—Señor —susurré, y mi voz sonó ronca, rota—. Tú dijiste que la fe mueve montañas. Yo no quiero mover una montaña. Nomás quiero romper esta piedra. Si no hay nada abajo, llévame contigo, porque yo ya no tengo nada allá arriba.
Levanté el pico con todo lo que me quedaba. No fuerza física, porque esa se había acabado hacía semanas. Lo levanté con pura rabia, con pura fe, con el recuerdo de la mirada de María y con el deseo desesperado de no darle la razón a mi hermano.
El pico bajó silbando.
Le pegó a la roca azul.
Y entonces, sucedió.
No fue un clac seco. Fue un sonido diferente. Un crac profundo, grave, como si la tierra se hubiera quejado. El pico se hundió. La roca no rebotó el golpe; se lo tragó.
Me quedé paralizado. El mango del pico vibraba en mis manos.
Hubo un silencio absoluto. Ni los grillos, ni el viento. Nada.
Y luego, un silbido. Como cuando se poncha una llanta, pero más fuerte. Aire. Estaba saliendo aire fresco de la grieta. Olía a humedad. Olía a barro mojado. Olía a lluvia, pero venía de abajo.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la boca. Saqué el pico y le di otro golpe, frenético, gritando como un salvaje.
—¡Ábrete! ¡Ábrete, maldita!
La grieta se hizo más grande. Cayeron pedazos de roca hacia un vacío que había más abajo. Y entonces, lo sentí.
Una gota.
Me cayó en la mejilla. Fría.
Me toqué la cara, incrédulo. ¿Estaba llorando? No. Era agua. Salpicaba desde la oscuridad de la grieta.
Pegué el ojo a la abertura. Estaba oscuro, pero se escuchaba. Ahora sí, fuerte, claro, innegable. Un torrente. Un río subterráneo que rugía con la fuerza de años de encierro, buscando salida.
—¡Está aquí! —grité, pero me salió un susurro—. ¡Está aquí!
Di el tercer golpe, el definitivo. La roca cedió por completo. Un chorro de agua a presión salió disparado como si fuera una manguera de bomberos. Me pegó en el pecho y me tiró hacia atrás, contra la pared del pozo.
Era helada. Era cristalina. Era muchísima.
El pozo se empezó a llenar en segundos. El agua me llegaba a las rodillas, luego a la cintura.
—¡Dios mío! ¡Dios mío, gracias! —gritaba yo, riéndome y tragando agua, esa agua bendita que sabía a minerales y a gloria.
Tuve que buscar la escalera a tientas porque el nivel subía rapidísimo. “¡Me voy a ahogar en mi propio milagro!”, pensé, y me dio un ataque de risa histérica mientras trepaba.
Salí del agujero empapado, chorreando, cubierto de lodo, pero sintiéndome el hombre más rico del mundo. Y el agua me siguió.
No se detuvo en el borde. Se desbordó. Empezó a correr por la tierra seca del Pedregal, lamiendo las piedras calientes, haciendo sssssss al tocar el suelo hirviendo. Se formó un arroyo, luego un río pequeño que bajaba buscando desnivel.
Corrí hacia la cerca. Necesitaba que alguien lo viera. Necesitaba que fuera real para los demás.
A lo lejos, vi a Manuel a caballo. Se detuvo en seco al ver el brillo del agua corriendo por donde antes solo había polvo. Se quitó el sombrero.
—¡Don Antonio! —escuché que gritaba, con voz de espanto—. ¡Don Antonio, venga a ver esto!
Yo me dejé caer de rodillas en el lodo que se estaba formando. El sol apenas estaba saliendo por completo, y cuando los rayos tocaron el agua que brotaba de mi pozo, se formó un arcoíris chiquito, justo ahí, en medio de mi miseria.
Antonio llegó en su camioneta, frenando y levantando tierra. Se bajó corriendo, pero se detuvo en seco antes de llegar a la cerca.
Se quedó mudo.
El agua de mi pozo no era un hilito. Era un manantial poderoso. Y lo más irónico, lo que nadie esperaba, es que el agua empezó a correr hacia abajo… hacia las tierras de Antonio, que ya empezaban a verse amarillas por la sequía.
Mi hermano me miró. Yo estaba empapado, sucio, flaco, pero de pie. Él estaba limpio, rico, pero con la boca abierta.
—No mames… —susurró Antonio, y fue la primera vez en su vida que lo vi perder la compostura.
—Es de Dios, Toño —le dije, gritando para que me oyera sobre el ruido del agua—. ¡Y es para todos!
Pero la historia no terminó ahí. Porque el agua cambia la tierra, sí, pero lo que pasó después cambió a la gente. Y eso, compadre, eso fue lo que realmente sacudió al pueblo entero. Porque cuando la gente vio que “El Loco del Pedregal” tenía razón, se armó la revolución. Pero no de armas, sino de conciencias. Y mi hermano… mi hermano todavía tenía que aprender la lección más dura de todas. Porque tener agua es una cosa, pero saber compartirla cuando has sido un egoísta toda tu vida… eso está más cañón que picar piedra.
Esa tarde, el pueblo entero subió al Pedregal. Vinieron con cubetas, con ollas, con lo que tuvieran. Y entre ellos venía María. Cuando me vio, no me dijo nada. Soltó su canasta, corrió y se me echó encima, abrazándome delante de todos, sin importarle que yo fuera un cerdo de lodo.
—¡Lo lograste! —me dijo al oído, llorando.
—Lo logramos —le corregí—. Tú me diste la fuerza para el último golpe.
Pero mientras todos celebraban, vi a Antonio alejarse caminando lento hacia su casa grande, con la cabeza gacha. El agua corría hacia sus tierras, salvando su cosecha, pero él se veía más derrotado que nunca. Ahí entendí que mi pozo había sacado agua, pero había hundido el orgullo de mi hermano. Y sacarlo de ahí iba a ser más difícil que romper la piedra azul.
La sequía física se estaba acabando, pero la sequía del corazón de mi hermano apenas empezaba a dolerle. Y yo, que había jurado odiarlo, sentí una punzada rara en el pecho. Dios no me dio el agua para humillarlo. Me la dio para enseñarme que el que tiene, tiene la obligación de dar. Incluso al que te escupió en la cara.
Pero eso… eso ya es harina de otro costal. Lo que tienes que saber ahorita es que esa noche, el sonido de los grillos desapareció. Lo único que se oía en todo el valle era el canto del agua. El canto más hermoso del mundo.
EL PESO DE LA GLORIA Y LA SEQUÍA DEL ORGULLO
Dicen que hay que tener cuidado con lo que uno le pide a Dios, porque es capaz de dártelo todo de golpe y dejarte sin aire. Y eso fue exactamente lo que pasó. El agua no solo rompió la piedra; rompió el tiempo, rompió el silencio y rompió la rutina de un pueblo que llevaba años dormido en la resignación.
Los primeros tres días después del “milagro”, como empezaron a llamarle, no pegué el ojo. ¿Cómo vas a dormir cuando tienes un río naciendo debajo de tu cama? El ruido era constante, un rugido hermoso y aterrador. El agua salía con tanta fuerza que tuvimos que improvisar zanjas a media noche, con el lodo hasta las rodillas, para que no se llevara el cobertizo. María, mi ángel de la guarda, no se fue a su casa. Se quedó ahí, con la falda remangada y los pies descalzos, ayudándome a dirigir el caudal con palas y piedras, desviándolo hacia las zonas más bajas del Pedregal.
—¡Pablo, mira esto! —me gritaba ella, señalando cómo el agua negra de tierra iba limpiándose conforme corría, volviéndose cristalina.
Pero lo más cabrón no fue el trabajo físico. Fue la gente.
Al amanecer del cuarto día, mi terreno, ese que nadie quería ni regalado, parecía la feria de San Marcos. Había gente que yo no había visto en mi vida. Señoras con botes de plástico, niños encuerados bañándose en las pozas que se formaron, viejitos llenando botellas de vidrio como si fuera agua bendita de la Villa.
—¡Don Pablo! —me gritó el carnicero, el mismo que me negaba el fiado hace una semana—. ¡Don Pablo, qué bendición! Siempre supe que usted tenía mano santa.
¿Don Pablo? Me dio risa y coraje al mismo tiempo. Hace unos días yo era “el loco”, “el pobre diablo”, “la vergüenza de los López”. Ahora, porque le pegué a la vena de la tierra, resultaba que era un profeta. La hipocresía de la gente tiene un sabor amargo, compadre, más amargo que la bilis. Me dieron ganas de correrlos a todos, de cercar mi terreno y gritarles que se largaran, que esa agua era mía y de nadie más. Que dónde estaban cuando yo me moría de sed y me tragaba mis lágrimas.
Pero luego veía a los niños. Veía a la señora Lupe, la viuda que vive en la loma, lavándose la cara con una sonrisa que le quitaba diez años de encima. Veía a los perros flacos del pueblo bebiendo hasta hincharse. Y se me pasaba el coraje. Entendí que el agua no juzga. El agua no dice “tú sí porque me ayudaste” o “tú no porque me criticaste”. El agua simplemente da. Y si Dios me había usado de herramienta para sacarla, ¿quién era yo para ponerle diques al regalo?
Sin embargo, en medio de toda esa fiesta, había un silencio que me taladraba la nuca. Un hueco en el paisaje.
El Paraíso.
Mientras mi Pedregal se convertía en un pantano glorioso, la finca de mi hermano Antonio se estaba muriendo. Era una cosa de locos, una ironía tan grande que parecía chiste cruel. El manantial que yo destapé jaló el agua de los mantos freáticos de la zona. El nivel de los pozos de Antonio, que ya estaban bajos, se fue a cero. Sus aspersores, esos que giraban con tanta arrogancia, se detuvieron. El pasto verde que él presumía se empezó a poner amarillo en cuestión de horas, quemado por el sol que no perdonaba.
Yo lo veía desde mi loma. Veía a los peones parados, rascándose la cabeza, mirando hacia acá. Veía el ganado amontonado en los bebederos vacíos, mugiendo con esa desesperación que te pone la piel chinita.
Pero Antonio no aparecía.
—Tu hermano no ha salido de la casa grande en dos días —me dijo Manuel, el capataz, que vino a verme con el sombrero en la mano, humilde, con la mirada baja—. La cosa está fea allá, Pablo. Las vacas… las vacas no aguantan otro día sin agua.
Yo estaba limpiando una pala, quitándole el lodo seco. Me detuve y lo miré.
—¿Y qué quieres que haga, Manuel? —le pregunté, seco—. El agua está aquí. Corre hacia allá abajo. Si Antonio quiere agua, que venga él a pedirla. O que venga a agarrarla. Yo no le he cerrado la puerta a nadie.
Manuel negó con la cabeza, mordiéndose el labio.
—Usted conoce a Don Antonio. Primero se corta una mano antes de venir a pedirle algo a usted. El orgullo es su enfermedad, Pablo. Y esa enfermedad lo va a matar y se va a llevar la finca entre las patas.
—Pues que se muera de orgullo —dije, y sentí cómo las palabras me raspaban la garganta—. Él me dijo que me largara. Él me dijo que ojalá me muriera de hambre en las piedras. Pues mira, Manuel, Dios tiene un sentido del humor muy negro. Ahora las piedras dan vida y su “Paraíso” es un cementerio.
Manuel no dijo nada más. Se dio la media vuelta y se fue caminando lento, arrastrando las botas.
Esa noche, María me preparó café en un fogón improvisado que armamos afuera del cobertizo. El cielo estaba tapizado de estrellas, brillaban más que nunca, reflejadas en los charcos nuevos. Se escuchaba el canto de las ranas. ¿De dónde carajos salieron las ranas tan rápido? Quién sabe, pero ahí estaban, cantándole a la luna.
—Fuiste muy duro con Manuel —me dijo María, soplándole a su taza.
—Fui justo —le contesté, a la defensiva—. ¿Acaso ellos tuvieron piedad de mí cuando me veían sangrar las manos? ¿Acaso Toño me trajo un vaso de agua cuando yo estaba a 40 grados partiendo piedra? No, María. Que sufra. Que sienta lo que es la impotencia. Que sepa lo que es rezar y que nadie te conteste.
María me miró largo rato. Sus ojos negros brillaban con el fuego.
—Ten cuidado, Pablo.
—¿Cuidado de qué?
—De que el agua te limpie por fuera pero el rencor te pudra por dentro. Tú no eres como él. Tú eres el hombre que picó piedra por fe, no por odio. Si dejas que el odio maneje esa agua, se va a volver veneno. Mira… —señaló hacia la oscuridad, hacia la finca de mi hermano—. Allá no hay luz.
Era cierto. La casa grande estaba a oscuras. Ni una bombilla encendida. Parecía una casa fantasma.
—Antonio está solo, Pablo. Tú tienes al pueblo, me tienes a mí, tienes a Dios de tu lado. Él solo tiene su dinero y su orgullo, y ninguna de las dos cosas se puede beber.
Me quedé callado, masticando la rabia. Sabía que ella tenía razón, pero el corazón es necio. Tantos años de humillaciones, de ser “el pendejo”, “el suave”, “el inútil”. Tantos años de ver cómo mi padre lo miraba a él con orgullo y a mí con lástima. No se borran con un chorro de agua. Quería que viniera. Quería verlo arrastrarse. Quería que me dijera: “Perdóname, hermano, fuiste mejor que yo”.
Pero los días pasaron y Antonio no vino.
Lo que sí vino fue la muerte.
Al quinto día, el viento cambió. Y trajo un olor dulce y podrido desde el sur. El olor a carroña.
—Se le están muriendo las crías —me dijo Don Chuy, el viejo lechero—. Ayer enterraron tres becerros. Y dicen que la prieta, la vaca campeona de tu papá, no se levanta.
Sentí una punzada en el estómago. Esa vaca… yo la había visto nacer. Yo le había dado mamila cuando mi padre todavía vivía y me dejaba entrar a los corrales.
Esa tarde, no aguanté más. Le dije a María que iba a dar una vuelta. Agarré mi machete, por si las moscas, y bajé caminando por la linde de mi terreno, siguiendo el curso del arroyo que se había formado.
El contraste era brutal. De mi lado, la tierra chupaba el agua con avidez, reverdeciendo a una velocidad sobrenatural. Del lado de Antonio, cruzando la cerca de alambre de púas, el suelo estaba agrietado, gris, muerto.
Caminé hasta llegar cerca de los establos. El silencio era sepulcral, solo roto por el zumbido de las moscas. Había zopilotes parados en los postes de la luz, esperando.
Salté la cerca. Nadie me detuvo. No había peones. Seguramente Antonio los había corrido o se habían ido al ver que no había futuro.
Entré al establo principal. El calor ahí dentro era sofocante. Y ahí lo vi.
Antonio estaba sentado en el suelo, en la paja sucia, con la cabeza entre las manos. A su lado, echada, estaba la vaca campeona. Respiraba con dificultad, con la lengua de fuera, seca como un trapo viejo. Los ojos del animal estaban vidriosos.
Mi hermano se veía terrible. La camisa fina estaba sucia, desabotonada. Tenía barba de tres días y ojeras moradas. Había una botella de tequila vacía rodando cerca de sus botas.
Me quedé parado en la entrada, a contraluz.
—Vienes a burlarte, ¿verdad? —dijo, sin levantar la cabeza. Su voz sonaba rasposa, quebrada.
—No —le contesté.
—Vienes a ver cómo se muere todo. Vienes a cobrarte. Pues órale, cabrón. Mira. Disfruta. “El Paraíso” se fue a la mierda. Tenías razón. Tus pinches rezos funcionaron. Dios me odia. O a lo mejor papá tenía razón y soy un inútil que no sabe cuidar lo que le dan.
Se echó a reír, una risa que sonaba a llanto.
—Papá no me dio las piedras para hacerme fuerte, Pablo. Me las dio a mí porque sabía que a ti te quería más Dios. A mí solo me dio cosas. Cosas que se rompen, que se mueren, que se secan. A ti te dio el don. Siempre lo tuviste.
Me acerqué despacio. La vaca soltó un mugido lastimero.
—Antonio, levántate.
—¡No me voy a levantar! —gritó, y por fin alzó la cara. Estaba llorando. Lágrimas de hombre, esas que duelen, que queman la cara—. ¡Déjame aquí! ¡Que se muera todo! ¡Me vale madre!
Ver a mi hermano mayor, al gigante, al intocable, deshecho en el suelo, fue el golpe final. Se me rompió algo por dentro. No fue el orgullo, fue el muro que yo había construido para protegerme de él. Vi a un niño asustado. Vi al mismo niño con el que jugaba a las escondidas antes de que el dinero y la herencia nos pudrieran la sangre.
—No se va a morir —dije, y sentí una calma extraña, una autoridad que no sabía que tenía.
Salí del establo corriendo. Brinqué la cerca de regreso a mi terreno.
—¡Manuel! ¡Chuy! ¡A quien esté ahí! —grité con todas mis fuerzas.
Varios hombres que andaban curioseando en el manantial bajaron corriendo.
—¡Traigan picos y palas! ¡Ahorita mismo!
—¿Qué pasa, Don Pablo? ¿Se tapó el ojo de agua?
—¡No! ¡Vamos a abrir una zanja! ¡Vamos a romper la linde!
La gente se miró confundida.
—Pero Pablo… eso es para el terreno de Don Antonio.
—¡Me vale madres de quién es el terreno! —les grité, agarrando yo mismo un pico—. ¡El agua no tiene dueño! ¡Órale, muévanse! ¡Hay animales muriéndose!
Y empecé a golpear la tierra en la frontera de los dos terrenos. Al principio, solo María y dos chiquillos me ayudaron. Pero luego, al ver mi desesperación, los hombres del pueblo se unieron. Se hizo una cadena humana. Rompimos el bordo que separaba mi “Pedregal” de su “Paraíso”.
Fue un trabajo de horas, bajo el sol de la tarde que empezaba a caer. Sudamos la gota gorda. Pero cuando por fin logramos conectar el arroyo con el canal de riego seco de Antonio, fue el espectáculo más hermoso que he visto.
El agua invadió la tierra seca de mi hermano. Corrió por los surcos sedientos, levantando polvo al principio y luego convirtiéndose en barro y vida. Llegó hasta los abrevaderos.
Corrí de regreso al establo. Antonio seguía ahí, pasmado, escuchando el ruido del agua que llegaba.
Llené una cubeta en el bebedero que se estaba rebozando y regresé a donde estaba la vaca. Le mojé el hocico. El animal, al sentir la frescura, abrió los ojos. Empezó a beber, despacio al principio, y luego con desesperación.
Antonio miraba la escena como si estuviera viendo a un fantasma.
—¿Por qué? —me preguntó, en un susurro—. ¿Por qué lo haces, Pablo? Te traté como basura.
Me enderecé y lo miré a los ojos. Ya no me sentía pequeño. Ya no me sentía el hermano pobre.
—Porque el agua no es mía, Toño. Es de Dios. Y Dios no castiga con sed. Además… —le puse la mano en el hombro, y esta vez no fue un empujón, fue un agarre firme—… eres mi hermano, pendejo. Y los López no dejamos caer a la familia, aunque sean unos cabezotas.
Antonio se quebró. Se tapó la cara con las manos mugrosas y soltó un sollozo que le salió del alma. Me agaché y lo abracé. Ahí, entre la mierda de vaca y la paja podrida, nos abrazamos por primera vez en veinte años. Lloramos los dos. Lloramos por mi padre, lloramos por el tiempo perdido, lloramos por las palabras que nos hirieron.
—Perdóname, carnal. Perdóname —repetía él, aferrado a mi camisa.
—Ya pasó, Toño. Ya pasó. Ahora levántate, que tenemos un chingo de trabajo. Esa agua no se va a administrar sola y tú eres el que sabe de números. Yo solo sé picar piedra.
Esa tarde marcó el verdadero milagro. No fue que saliera agua de la roca. Fue que saliera amor de un corazón de piedra.
Pero la vida no es un cuento de hadas, y los problemas no se acaban con un abrazo. Lo que se venía ahora era más grande que nosotros. La noticia del manantial había llegado a la ciudad, al gobierno estatal. Y cuando hay agua en el desierto, compadre, aparecen los buitres. No los de plumas, sino los de corbata.
A la mañana siguiente, llegaron tres camionetas negras, relucientes, con logotipos del gobierno y gente con carpetas bajo el brazo. Venían a reclamar el agua como “bien nacional”, venían a decirnos cómo, cuándo y a quién se le iba a repartir. Querían poner medidores. Querían llevarse el agua para la zona industrial, lejos de nuestro pueblo, lejos de nuestras tierras.
Antonio y yo estábamos parados en la entrada del Pedregal, lado a lado. Él ya se había bañado y rasurado, aunque se le notaba la cruda en los ojos. Yo seguía con mi ropa de trabajo.
El licenciado, un tipo con cara de comadreja y perfume caro, se bajó y nos extendió un papel lleno de sellos.
—Buenos días. Venimos a notificar la expropiación del manto acuífero para su administración federal. Ustedes no tienen permisos de explotación hídrica. Esto es un recurso estratégico.
Sentí que la sangre se me iba a los talones. ¿Tanto esfuerzo, tanta fe, para que vinieran unos tipos de escritorio a robarnos el milagro? Apreté el mango del pico.
Pero antes de que yo pudiera decir una grosería, Antonio dio un paso al frente. Y ahí vi al Antonio que mi padre admiraba, pero esta vez, peleando por el lado correcto.
—Mire, licenciado —dijo Antonio con una voz fría y tranquila, esa voz de negociante que da miedo—. Usted puede traer todos los papeles que quiera. Pero esta tierra es propiedad privada desde 1910. Y el agua nace dentro de nuestros límites. Además, si se fija bien en ese mapa que trae… —señaló la carpeta del tipo—… verán que el registro catastral tiene una cláusula de usufructo ejidal que mi abuelo firmó con el general Cárdenas.
El licenciado parpadeó, desconcertado.
—Eso… eso hay que revisarlo en tribunales.
—Revíselo —interrumpió Antonio, cruzándose de brazos—. Pero le aviso una cosa: si intentan poner un tubo aquí sin el consentimiento del pueblo, van a tener a trescientas personas armadas con palos y piedras bloqueando la carretera federal. Y yo tengo los teléfonos de todos los noticieros de la capital. ¿Quiere que el gobernador salga en las noticias quitándole el agua a un pueblo pobre que acaba de encontrar un milagro? ¿En año electoral?
El tipo se puso pálido. Antonio sabía jugar el juego. Sabía dónde apretar.
—Podemos llegar a un acuerdo… —balbuceó el licenciado.
Antonio me volteó a ver y me guiñó un ojo.
—El acuerdo lo hace mi hermano —dijo, señalándome—. Él es el dueño del Pedregal. Él es el patrón del agua. Yo solo soy su asesor.
Me quedé helado. “El patrón del agua”. Mi hermano me estaba dando mi lugar. Me estaba cediendo el poder delante de los tiburones.
Di un paso al frente. Me sacudí el polvo de los pantalones. Miré al licenciado, miré a mi hermano, miré a María que estaba atrás con una piedra en la mano lista para defender lo nuestro.
—El acuerdo es este —dije, sintiendo que la voz de mi padre, pero la versión buena, salía de mi boca—. El agua se queda aquí. Primero para el pueblo, luego para los cultivos, y si sobra, hablamos. Pero nadie se lleva una gota sin que la gente de aquí haya bebido primero. ¿Estamos claros o le sigo picando hasta que hunda sus camionetas?
El licenciado tragó saliva. Se subieron a sus camionetas y se fueron, prometiendo “regresar con una propuesta”.
El pueblo estalló en aplausos. Antonio me puso la mano en el hombro.
—Bien hablado, socio.
—Gracias por el paro, Toño. Yo ya le iba a partir su madre con la pala.
—Lo sé. Por eso intervine. Tú pones la fe, yo pongo la maña. Creo que hacemos buen equipo.
Nos sentamos en las rocas, mirando cómo el agua seguía fluyendo, indiferente a las leyes de los hombres.
—¿Sabes qué es lo más chistoso? —me dijo Antonio después de un rato, mirando el horizonte verde que empezaba a renacer—. Que papá tenía razón, pero al revés.
—¿Cómo?
—Él pensó que separándonos nos iba a hacer competir para ver quién era mejor. Pensó que al darme todo a mí y nada a ti, el fuerte sobreviviría y el débil se endurecería. Pero no contó con algo.
—¿Con qué?
—Con que la roca no se rompe con fuerza, Pablo. Se rompe con constancia. Y con que el agua siempre busca su nivel. Al final, nos necesitábamos. Yo necesitaba tu fe para no secarme por dentro, y tú necesitabas mi tierra para que tu agua tuviera a dónde correr. Sin mi tierra, tu agua habría hecho un pantano inútil. Sin tu agua, mi tierra era un desierto.
Me quedé pensando en eso. Tal vez mi padre no era un sabio, ni un villano. Tal vez solo era un hombre que cometió errores, y Dios, en su inmensa misericordia, agarró esos errores y escribió una historia nueva.
Esa noche soñé con mi padre. Ya no se reía de mí. Estaba sentado bajo el sauce, mirándonos a los dos trabajar juntos. Y sonreía.
Pero la prueba final todavía no llegaba. Porque cuando tienes algo tan valioso, no solo llegan los del gobierno. Llega la tentación del dinero fácil.
Una semana después, llegó una oferta de una embotelladora trasnacional. Millones. Una cantidad de dinero que yo no sabía ni escribir. Querían comprar el Pedregal. Querían comprar el manantial.
Nos pusieron el cheque en la mesa. Antonio lo miró. Sus ojos brillaron por un segundo. Era suficiente dinero para recuperar sus pérdidas, para comprarse diez ranchos en otro lado, para vivir como rey.
—Es mucha lana, Pablo —murmuró.
Yo miré el cheque. Miré mis manos llenas de callos. Miré a María, que estaba sirviendo frijoles en la cocina. Miré por la ventana a los niños jugando en el arroyo.
Si vendía, se acababan los problemas de dinero para siempre. Pero se acababa el pueblo. Se acababa la magia. Nos convertiríamos en empleados de una fábrica, viendo cómo nuestra agua se metía en botellas de plástico para venderse a veinte pesos en la ciudad.
—¿Tú qué dices, Toño? —le pregunté, poniéndolo a prueba.
Antonio tomó el cheque. Lo sostuvo en sus manos. Temblaba un poco. Cerró los ojos. Recordó, supongo, la noche en el establo, la sed, la soledad.
Abrió los ojos y rompió el cheque en dos, luego en cuatro.
—Diles que se vayan a la chingada —dijo Antonio—. Esta agua no tiene precio. Es herencia de los López. Y los López no venden a su madre.
Nos reímos. Nos reímos como locos.
La transformación fue completa. No solo del paisaje, sino del alma. El Pedregal dejó de ser el lugar maldito para convertirse en el corazón de la región. Y yo, Pablo, el hermano “tonto”, el “soñador”, aprendí que el sueño no era encontrar agua. El sueño era encontrar a mi hermano.
Y así, entre canales de riego, pleitos con el gobierno y tardes de café con María, fuimos construyendo algo más sólido que la piedra.
Pero hubo un momento, un último momento que selló todo. Fue el día de mi boda con María.
No quisimos iglesia. Quisimos casarnos ahí, bajo el sauce llorón que había crecido de la nada junto al nacimiento del agua. Don Carlos, el cura, aceptó a regañadientes venir a oficiar al aire libre.
Estaba todo el pueblo. Había música de mariachi. Había carnitas. El olor a tierra mojada y a flores de azahar lo llenaba todo.
Cuando llegó el momento de los votos, yo estaba nervioso. Me temblaban las piernas más que cuando bajaba al pozo.
Antonio se acercó. Él era el padrino de anillos. Vestía su mejor traje charro, impecable. Se veía orgulloso, fuerte, pero ya no arrogante.
Me dio los anillos y me abrazó fuerte.
—Gracias —me susurró al oído—. Gracias por no rendirte. Gracias por salvarme.
—Gracias a ti por empujarme —le contesté—. Si no me hubieras hecho la vida imposible, nunca hubiera picado tan hondo.
Nos separamos y miré a María. Estaba radiante.
—Pablo —dijo el cura—, ¿aceptas a María…?
—Acepto —dije, antes de que terminara—. Acepto todo. Acepto la piedra, acepto el sudor, acepto la espera. Porque todo me trajo aquí.
Y cuando la besé, y la gente aplaudió, y el mariachi tocó “El Son de la Negra”, y el agua siguió brotando cristalina a mis espaldas, supe que esta historia tenía que contarse. No para presumir, sino para que nadie, nunca, deje de golpear su propia roca. Porque todos tenemos un desierto que cruzar, y todos tenemos un manantial esperando abajo, muy abajo, donde solo llega la fe necia y el amor que no se rinde.
Y si tú estás ahorita en tu propio pedregal, compadre, si sientes que el sol te quema y que nadie cree en ti, acuérdate de Pablo y Antonio. Acuérdate que a veces, lo que parece el fin del mundo, es nomás el principio de un milagro. Solo tienes que dar un golpe más. Uno más. Y luego otro.
Hasta que la tierra cante.
LA COSECHA DE LOS AÑOS Y EL ECO DEL MARTILLO
Pasaron los años. Y no pasaron en balde.
La tierra no olvida. Guarda memoria de cada gota de sudor, de cada lágrima y de cada risa que se le entrega. Y nosotros, Toño y yo, tampoco olvidamos. Pero el tiempo, ese maestro que camina despacio pero no se detiene, nos fue puliendo como el agua pule las piedras del río. Ya no éramos aquellos dos muchachos peleados a muerte por una herencia. Éramos viejos. Viejos correosos, de piel tostada y manos grandes, pero con la mirada tranquila de quien ya no tiene nada que demostrarle a nadie.
El Pedregal ya no se llamaba así. La gente, de puro cariño, le empezó a decir “El Milagro de los López”. Y vaya que era un milagro. Donde antes solo había espinas y alacranes, ahora había huertas de nogales que daban una sombra fresca y tupida. Había viñedos, pequeños pero orgullosos, que producían un vino dulce y fuerte que vendíamos en la feria del pueblo. Y el agua… el agua nunca dejó de correr.
Era una tarde de octubre, de esas que huelen a tierra mojada y a cempasúchil porque ya se acerca el Día de Muertos. Yo estaba sentado en mi mecedora, en el pórtico de la casa que construí con mis propias manos, piedra por piedra, junto a María. María ya no tenía el pelo negro azabache; ahora era una cascada de plata, pero sus ojos seguían teniendo ese brillo travieso que me enamoró cuando me llevó aquella canasta de comida al agujero.
—¿En qué piensas, viejo? —me preguntó, acercándome un jarro de café de olla.
—En Toño —le contesté, mirando hacia el camino—. Hace dos días que no baja al pueblo. Y con la tos que trae, me tiene con el pendiente.
—Pues ve a verlo. No te quedes con la espina. Llévale unos tamales que acabo de hacer.
Agarré mi sombrero, ese sombrero viejo que ya tenía la forma de mi cabeza, y caminé hacia la casa grande. Ya no había cercas entre nosotros. Hacía años que las habíamos tirado todas. Ahora era un solo terreno inmenso, verde y vivo, donde el ganado de Toño pastaba junto a mis huertas sin pleitos.
Llegué a la casa grande. Estaba cambiada. Toño había mandado quitar los lujos innecesarios. Había convertido los antiguos graneros en salones de clase para los hijos de los peones. “La educación es la única agua que quita la sed de ignorancia”, decía él ahora, jugando al filósofo. Me daba risa, pero también orgullo. Quién iba a decir que el hermano avaricioso terminaría regalando libros y becas.
Lo encontré en la terraza trasera, mirando el atardecer. Estaba envuelto en una cobija a cuadros, sentado en su silla de ruedas. La diabetes y los años le habían cobrado factura a sus piernas, pero su mente seguía afilada como machete nuevo.
—Llegas tarde, cabrón —me dijo sin voltear, con esa voz rasposa que ya le costaba sacar—. Pensé que te habías quedado dormido en la mecedora.
—Traje tamales —le dije, mostrándole el itacate—. De los de María. De rajas con queso, como te gustan.
Se le iluminó la cara.
—Pásale, siéntate. Ahorita le digo a Lupe que nos traiga el atole.
Nos sentamos en silencio un rato, viendo cómo el sol se escondía detrás de la sierra, pintando el cielo de naranja y morado. El sonido del agua corriendo por los canales de riego era nuestra música de fondo, un recordatorio constante de nuestra historia.
—¿Te acuerdas del día que le pegaste a la piedra azul? —preguntó de repente.
—Cómo no me voy a acordar. Todavía me duele el hombro cuando llueve.
Toño soltó una risita seca que terminó en tos. Cuando se recuperó, me miró fijamente. Sus ojos estaban nublados por las cataratas, pero me veían más allá de la piel.
—Ese día no solo rompiste la piedra, Pablo. Me rompiste a mí. Y te juro que fue lo mejor que me pudo pasar. Si no hubiera sido por ese chorro de agua en la cara, yo me hubiera muerto solo, amargado y rico, en esta casa enorme.
—No digas eso.
—Es la verdad. Papá… papá nos jodió la cabeza a los dos, Pablo. A mí me hizo creer que valía por lo que tenía. A ti te hizo creer que no valías nada. Y los dos estábamos equivocados.
Tomó un trago de atole, tembloroso.
—He estado pensando mucho últimamente. Ya me queda poca cuerda, carnal.
—No empieces con tus dramas. Tienes más vida que un gato.
—No, escúchame. —Se puso serio—. He estado arreglando mis papeles con el notario. No quiero dejar desmadres como dejó el viejo.
Me tensé. La palabra “testamento” siempre traía fantasmas a nuestra mesa.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunté, intentando sonar casual.
—Todo “El Paraíso” va a pasar a nombre de la cooperativa del pueblo. Las tierras, la casa, los tractores. Todo. Va a ser de los trabajadores, de la gente que se ha partido el lomo con nosotros estos cuarenta años. Ellos la han trabajado, ellos la merecen.
Me quedé mudo. Toño, el terrateniente, el que medía cada centímetro de su propiedad con celo, iba a regalarlo todo.
—¿Y tú qué dices? —me preguntó, nervioso—. Sé que por ley te tocaría una parte si yo no tengo hijos, pero…
—Toño —lo interrumpí, poniéndole la mano sobre la suya, arrugada y manchada—. Es lo más chingón que has hecho en tu vida. Yo no quiero tu tierra. Yo tengo mi pedazo, tengo a María, tengo a mis nietos. Tengo más de lo que soñé. Que se la quede el pueblo.
Suspiró aliviado, como si se hubiera quitado un costal de cemento de encima.
—Gracias, hermano. Sabía que entenderías. Pero hay una cosa más.
—¿Qué?
—Quiero que me prometas algo. Cuando yo me muera… no quiero que me entierren en el cementerio municipal, allá con las lápidas de mármol frío.
—¿Entonces dónde? ¿Te quieres momificar o qué?
—Quiero que me entierres en El Pedregal. Ahí, junto al sauce donde te casaste. Cerquita del ojo de agua. Quiero escuchar el agua toda la eternidad. Y quiero que en mi tumba no pongas “Antonio López, el hacendado”. Ponle: “Aquí descansa Toño, el que aprendió a compartir”.
Se me hizo un nudo en la garganta del tamaño de una tuna.
—Está bien, viejo necio. Te lo prometo. Pero falta mucho para eso.
—No tanto, Pablo. No tanto.
Y tenía razón. Toño se nos fue tres meses después, en una madrugada fría de enero. Se fue dormido, tranquilo, sin dolor. Cuando lo encontramos, tenía una foto vieja en la mesita de noche: éramos nosotros dos de niños, antes de las herencias, antes del odio, montados en un burro y riéndonos a carcajadas.
El funeral fue algo que nunca se había visto en la región. No vinieron políticos ni gente de dinero. Vino el pueblo. Vinieron los campesinos con su ropa de domingo, las señoras con sus rebozos negros, los niños con flores del campo. Todos lloraban a Don Toño, “el patrón bueno”.
Cumplí mi promesa. Lo enterramos bajo el sauce, junto al manantial. Mientras bajaban el cajón, el agua seguía brotando, glug-glug, cantándole su canción de despedida.
Después de enterrar a mi hermano, me sentí solo de una manera nueva. No era la soledad del abandono, era la soledad de quien pierde a su testigo. Toño era el único que sabía realmente lo que habíamos pasado. El único que conocía el peso exacto del pico y el sabor exacto del polvo.
Pero la vida sigue, y la vida en el campo no te da permiso de tirarte a la tristeza. Había que seguir cuidando las nueces, había que seguir revisando los canales.
Un día, mi nieto mayor, Pablito, vino a verme. Tenía 18 años, la misma edad que yo tenía cuando murió mi padre. Era un muchacho despierto, fuerte, con los ojos de su abuela María. Estaba estudiando agronomía en la capital, pero venía cada fin de semana.
—Abuelo —me dijo, sentándose conmigo en el manantial—. En la universidad me preguntan mucho por el sistema de riego que inventaste con mi tío Toño. Dicen que es ingeniería hidráulica empírica de alto nivel.
Me reí.
—¿Ingeniería qué? No, mijo. Eso fue pura necesidad y maña. El agua nos dijo por dónde quería ir, y nosotros nomás le abrimos camino.
Pablito se quedó mirando el agua hipnotizado.
—Abuelo… ¿tú crees que todavía quedan milagros?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque a veces veo las noticias, veo cómo está el mundo… seco, violento, egoísta. Y pienso que a lo mejor lo de ustedes fue suerte. Que ya no hay de eso.
Lo miré con ternura. Era la misma duda que yo tuve. La misma oscuridad.
—Mijo, ven acá.
Lo llevé hasta la roca madre, esa donde di el primer golpe. Todavía se veía la cicatriz en la piedra, la grieta original por donde salió la vida.
—Toca ahí —le dije.
Puso su mano sobre la piedra húmeda y fresca.
—¿Qué sientes?
—Está fría. Vibra un poquito.
—Eso que sientes no es agua. Es fe. El milagro no es que salga agua, Pablito. Agua hay en muchos lados. El milagro es que un hombre desesperado le pegue a una piedra seca creyendo que hay algo más. El milagro es atreverse a creer cuando todo el mundo te dice que estás loco.
Le di un golpecito en el pecho.
—Los milagros no se acabaron. Nomás que ahora les toca a ustedes buscarlos. A lo mejor tu piedra no es de roca. A lo mejor es una injusticia, o una enfermedad, o un miedo que no te deja moverte. Pero tienes que pegarle. Tienes que pegarle con todo hasta que se rompa.
Pablito me abrazó. Y en ese abrazo sentí que el ciclo se cerraba. Yo había recibido un desierto y estaba entregando un jardín. Mi padre me dio una lección a la mala, y yo se la estaba pasando a mi nieto a la buena.
Los años siguieron pasando. María se me fue adelantando un par de años después. Se fue suavecita, como una brisa. “Te espero en el otro lado del río”, me dijo antes de cerrar los ojos. Y yo me quedé aquí, un poquito más, esperando mi turno.
Ahora, cuando me siento en las tardes bajo el sauce, hablo con ellos. Hablo con Toño, con María, con papá. Les cuento cómo van las cosechas. Les cuento que la cooperativa va viento en popa, que ya exportan nuez a otros países. Les cuento que el pueblo ya no es pobre.
Y a veces, cuando el viento sopla entre las hojas de los nogales, me parece escuchar la voz de mi padre.
“Lo hiciste bien, muchacho. Lo hiciste bien”.
No sé si es mi imaginación o si de verdad los muertos nos hablan. Pero ya no me importa. Lo que me importa es lo que veo: vida.
Veo a las nuevas generaciones corriendo por los caminos que abrimos. Veo que nadie se muere de sed en este valle. Y veo que, en la entrada del pueblo, pusieron un letrero grande que dice: “Bienvenidos a El Milagro. Aquí la fe rompió la piedra”.
Así que, compadre, si llegaste hasta aquí leyendo esta historia de viejos y de tierra, te voy a dar un último consejo, de parte de un hombre que ya va de salida.
No tires la toalla. Nunca.
No importa qué tan seco se vea tu panorama. No importa qué tan grande sea la deuda, o la enfermedad, o la soledad. No importa si tu propio hermano se burla de ti, o si tu padre no creyó en ti.
Tú tienes algo adentro que es más duro que cualquier piedra. Tienes una chispa de Dios. Tienes la capacidad de cambiar tu realidad a punta de chingadazos y de amor.
Si sientes que estás en un hoyo y no ves la salida, no mires para arriba buscando quién te saque. Mira para abajo y sigue escarbando. Porque a veces, la salida no es subir, es profundizar. Es llegar al fondo de ti mismo, donde está tu verdad, tu fuerza, tu agua viva.
Y cuando la encuentres… compártela. Porque un milagro que no se comparte, se pudre. El agua estancada apesta. El agua que corre, canta.
Sé un río, no un pantano.
Esta es mi herencia. No tengo dinero para dejarles, ni títulos de propiedad. Les dejo esta historia. La historia de Pablo y Toño. La historia de cómo el odio secó la tierra y el perdón la hizo florecer.
Ya se está metiendo el sol. Mis huesos viejos ya piden descanso. Voy a ir a sentarme un ratito junto a la tumba de mi hermano, a fumarme un cigarro a escondidas del doctor y a platicarle las novedades.
Gracias por escucharme. Gracias por creer.
Y acuérdate: mientras tengas fuerza para levantar el pico, todavía hay esperanza.
Dale un golpe más.
El último.
El que rompe la oscuridad.
¡Que Dios los bendiga a todos! Y que nunca les falte agua fresca en el alma.
Fin.