Me obligaron a limpiar pisos en un hospital para ‘hacerme hombre’, pero terminé entregando mi corazón a una chica con los días contados. Mientras sus padres ignoraban a su hermana sana para enfocarse en la enfermedad, yo descubrí que el verdadero valor no está en cuánto tiempo tienes, sino en con quién decides gastarlo. ¿Puede un amor de verano durar para siempre cuando el reloj corre en tu contra?

Hola, soy Mateo. Y la neta, yo no quería estar ahí.

Mi papá, con sus ideas de la vieja escuela sobre “ser un hombre”, me obligó a hacer voluntariado en el hospital general de la ciudad. Según él, limpiar vómito y repartir gelatinas me daría carácter. Yo solo quería que la tierra me tragara. Caminaba por esos pasillos oliendo a desinfectante, arrastrando los pies, hasta que escuché los gritos.

No eran gritos de dolor físico, sino de algo peor: indiferencia.

—¡Mamá, papá! ¡Gané el primer lugar en el concurso de cuento! —decía una niña pequeña, Valentina, agitando un papel con una sonrisa que apenas se sostenía.

Sus padres ni siquiera voltearon. Estaban encima de la camilla de Ximena, su hermana mayor. Ximena se veía pálida, con esa mirada de quien ha visto demasiadas batas blancas, pero aún así, rodó los ojos con fastidio hacia sus propios padres.

—Ahora no, Valentina. ¿No ves que tu hermana se siente mal? —espetó la madre, sin soltar la mano de Ximena—. Siempre quieres ser el centro de atención. Qué egoísta eres.

Sentí un nudo en el estómago. Ximena no se estaba sintiendo mal en ese momento; de hecho, estaba intentando leer una revista. La “enfermedad” se había convertido en la única identidad de esa familia.

Me acerqué con el carrito de limpieza, intentando ser invisible, pero mis ojos se cruzaron con los de Ximena. Ella me vio verla. Me vio ver la injusticia.

—Perdónala —susurró Ximena cuando me acerqué a trapear cerca de su cama, refiriéndose a su madre—. Creen que protegerme es asfixiar a todos los demás.

—No es tu culpa —respondí, exprimiendo el trapeador con más fuerza de la necesaria—. Pero alguien debería decirles que tienen dos hijas, no una paciente y un fantasma.

Ximena soltó una risa seca, sin humor. —Me estoy mriendo, Mateo. Y creo que mis papás se mrieron conmigo el día del diagnóstico. Valentina es la única que sigue viva, y la están m*tando de soledad.

En ese momento, entró el doctor con una carpeta gruesa bajo el brazo. El ambiente cambió de tenso a helado. Los padres de Ximena se pusieron rígidos como tablas.

—Los nuevos escáneres muestran mucha progresión —dijo el médico sin rodeos—. Los tratamientos no están frenando nada.

La madre soltó un sollozo ahogado. El padre golpeó la pared. Valentina, en la esquina, arrugó su diploma premiado hasta hacerlo una bola de papel.

Y yo… yo sentí que el tiempo se detenía. Miré a Ximena. Ella no lloraba. Me miró fijamente y, con una voz que me partió el alma, dijo:

—Sácame de aquí. Por favor. No quiero que mi último recuerdo sea este cuarto gris.

Sabía que me metería en el problema más grande de mi vida. Sabía que mi papá me mataría si me involucraba. Pero verla ahí, marchitándose no por la enfermedad, sino por la tristeza…

TOMÉ SU MANO FRÍA Y TOMÉ UNA DECISIÓN QUE NADIE ESPERABA… ¿HASTA DÓNDE LLEGARÍAS POR CUMPLIR EL ÚLTIMO DESEO DE ALGUIEN QUE ACABAS DE CONOCER?

Aquí tienes la Parte 2 de la historia, narrada por Mateo. He profundizado en los detalles, las emociones y el contexto cultural mexicano para expandir la narrativa y sumergirte completamente en la experiencia de los personajes, manteniendo la fidelidad a los eventos del archivo original.


Parte 2: Flores Naranjas y Promesas Rotas

La cubeta de agua sucia pesaba más de lo normal ese día. O tal vez era mi alma la que pesaba. No lo sé. Después de escuchar el diagnóstico del doctor y ver la reacción tan fría, tan rota, de los padres de Ximena, algo cambió dentro de mí. Ya no estaba ahí solo para cumplir las horas de servicio social que mi papá me había impuesto para “hacerme hombre”. Ahora estaba ahí porque sentía que, si yo no lo hacía, nadie más iba a mirar a Ximena como a un ser humano, sino como a un expediente médico con fecha de caducidad.

Mi papá, el señor “Don Macho”, siempre me decía que el voluntariado en el hospital me enseñaría que la vida es dura. “Déjate de tus fotos y tus poemas, Mateo. Ve a ver sangre y muerte, eso te va a espabilar”, me decía mientras se tomaba su tercera cerveza frente al televisor . Lo que él no sabía es que sí me estaba enseñando algo, pero no lo que él quería. Me estaba enseñando que hay gente que está viva, respirando y caminando, pero que por dentro está más muerta que los pacientes de la morgue. Y que hay gente como Ximena, con los días contados, que tiene más vida en una sonrisa que mi papá en sus cincuenta años de amargura.

Regresé a la habitación B790 con el pretexto de trapear un derrame de jugo que en realidad no era tan grave. Solo quería verla. Quería asegurarme de que no se había desmoronado después de que el médico salió.

La encontré intentando alcanzar una servilleta que se había caído. Sus padres no estaban. Seguramente habían bajado a la cafetería a discutir sobre tratamientos experimentales o a pelearse con la máquina expendedora, esa que siempre se tragaba las monedas, como si la vida misma no les estuviera quitando ya suficiente .

—Deja eso, yo lo levanto —dije, soltando el trapeador y corriendo hacia ella.

Ximena me miró con esos ojos grandes y cansados, pero con un brillo desafiante. —No tienes que ayudarme, ¿sabes? —me dijo, retirando la mano—. Deberías irte a descansar un rato. Llevas todo el día dando vueltas con ese carrito.

—Ándale, no me digas qué hacer —bromeé, tratando de aligerar el ambiente—. Todavía no estoy muerto. Además, francamente, estoy harto de que la gente te trate como si fueras de cristal. O como un bebé indefenso.

Ella se detuvo. Me miró fijamente, sorprendida por mi franqueza. En este hospital, nadie le hablaba así. Todos le hablaban con ese tono suave y condescendiente que se usa con los niños o con los moribundos. —La última vez que chequé, no soy un bebé —respondió ella, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios pálidos—. ¿Y qué pasa si quiero ayudar a un chico guapo a limpiar? .

Sentí cómo se me subía la sangre a la cara. Chico guapo. Me dijo guapo. Yo, Mateo, el que se escondía detrás de una cámara y trapeaba pisos. Me quedé congelado un segundo, y ella soltó una risita. Fue el sonido más bonito que había escuchado en ese edificio lleno de pitidos de máquinas y llantos lejanos.

—Órale, pues. No voy a protestar —le contesté, pasándole un trapo limpio—. Ayúdame entonces. Pero si te regaña la jefa de enfermeras, yo no te conozco.

Nos pusimos a limpiar una mancha inexistente en la mesita de noche. Sus movimientos eran lentos, un poco temblorosos, pero decididos. En ese momento no había cáncer, no había diagnósticos fatales, no había padres ausentes. Solo éramos dos chavos, un trapo y una complicidad que empezaba a nacer entre el olor a alcohol y medicina.

—Oye, ten cuidado —le dije cuando casi tira un vaso de agua—. Tu mamá me va a matar si ve que te tengo haciendo… como dicen ellos… “trabajo gratis” .

—Que digan lo que quieran —suspiró ella, recargándose en las almohadas, agotada por el mínimo esfuerzo—. Prefiero sentirme útil cinco minutos que pasarme la vida viendo el techo y esperando… el final.

Esa frase me golpeó. Esperando el final.

—No digas eso —murmuré. —Es la verdad, Mateo. No me gusta mentir.

Salí de la habitación con el corazón a mil por hora. Necesitaba hacer algo. No podía simplemente trapear pasillos mientras ella se apagaba. Recordé algo que había mencionado antes, sobre las flores. A ella le gustaban las cosas vivas, las cosas con color.

Al día siguiente, tomé una decisión. Mi papá me había dado dinero para el camión y para un lonche, pero decidí caminar las cuarenta cuadras hasta el hospital y gastarme el dinero del pasaje y la comida en otra cosa. Fui al mercado de las flores, ese que está cerca del centro, donde las señoras te gritan “¡pásele joven, qué va a llevar para la novia!”.

Busqué rosas naranjas. No rojas, no blancas. Naranjas. Eran sus favoritas . Eran difíciles de encontrar, pero revolví tres puestos hasta que una doñita me armó un ramo decente.

Llegué al hospital sintiéndome como un contrabandista. Escondí las flores bajo mi chamarra porque la enfermera de la entrada, la que tiene cara de bulldog, siempre nos regañaba por meter cosas “no estériles”. Me deslicé por los pasillos, esquivando camillas y doctores, hasta llegar a la B790.

Toqué suavemente. —¿Se puede?

Ximena estaba sola otra vez. Siempre estaba sola, incluso cuando sus papás estaban ahí, porque ellos estaban presentes en cuerpo, pero sus mentes estaban en los estudios médicos. Al verme sacar las flores de la chamarra, sus ojos se iluminaron de una forma que jamás olvidaré. Fue como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de ella.

—¿Son para mí? —preguntó, con la voz quebrada. —Un pajarito me dijo que estas son tus favoritas —le guiñé el ojo, sintiéndome el galán de telenovela más torpe del mundo .

Ella tomó el ramo y aspiró el aroma profundamente, cerrando los ojos. Por un segundo, el hospital desapareció. —Gracias, Mateo. Me encantan. De verdad. Nadie… nadie me había regalado flores que no fueran de “recupérate pronto”. Estas se sienten… diferentes.

Me senté en la orilla de la cama, rompiendo como diez protocolos sanitarios, pero no me importó. Saqué mi celular. Quería mostrarle algo. Quería compartir con ella la única parte de mí que era real, la parte que mi papá odiaba.

—Oye, ¿te puedo enseñar algo? —le pregunté. —Claro. Deslicé la pantalla y le mostré mis fotos. No eran selfies, ni memes. Eran fotos artísticas. Paisajes urbanos, rostros de gente en el metro, atardeceres sobre los cables de luz de la ciudad.

—Wow… ¿tú tomaste estas? —preguntó, pasando las fotos con su dedo índice—. Tienes mucho talento, Mateo. —La mayoría sí. Algunas son de fotógrafos que admiro. Mira esta —le señalé una imagen de montañas verdes y auroras boreales—. Es de Islandia.

Se quedó mirando la pantalla un largo rato. —Islandia… —susurró—. Se ve mágico. —Es mi sueño —confesé, bajando la voz por si mi papá tenía micrófonos ocultos en las paredes—. Quiero viajar por el mundo como fotógrafo. Conocer gente, tal vez trabajar para National Geographic. Ver cosas que nadie más ve .

Ella me miró, y su expresión cambió. Se volvió seria, intensa. —Eso está increíble, Mateo. ¿Y por qué no lo haces? —Bueno… mi jefe quiere que estudie finanzas. Dice que la foto no deja varo, que es para vagos. Que necesito una carrera “de hombres” .

Ximena soltó un bufido de molestia. —No le pregunté qué quiere tu papá. Es tu vida, Mateo. ¿Qué quieres tú? .

Me quedé callado. Nadie me había hecho esa pregunta esperando una respuesta real. Todos asumían que haría lo que se me ordenara. —No sé, carnalita… a veces siento que no tiene sentido soñar, ¿sabes? La vida es… complicada.

—No tienes idea —dijo ella, y la ironía en su voz era palpable—. Mírame a mí. Yo daría lo que fuera por tener la oportunidad de elegir, aunque me equivocara. Tú tienes el tiempo, Mateo. No lo desperdicies viviendo la vida de otro.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Entró el papá de Ximena, el señor Tanner (o como se llamara, yo le decía “El Ogro” en mi mente). Venía hablando por teléfono, ignorándonos por completo, hasta que vio las flores.

—¿Y esto? —preguntó, colgando la llamada—. Ximena, sabes que el polen puede ser irritante. —Son bonitas, papá. Y me siento bien —defendió ella, abrazando el ramo como si fuera un salvavidas. —Como sea. Vengo a decirte que mañana empezamos el nuevo tratamiento. Es agresivo, pero el doctor dice que hay una posibilidad del 5% de estabilización. Así que descansa. Nada de distracciones —me lanzó una mirada asesina—. Y tú, voluntario, ¿no tienes basura que sacar? .

Me levanté, tragándome el coraje. —Sí, señor. Ya me iba.

Antes de salir, Ximena me hizo una seña. Me acerqué. —Me gustas —susurró rápido, aprovechando que su papá estaba buscando algo en su maletín. Me quedé helado. —¿Qué? —Que me gustas. Supongo que yo también te gusto, ya que te gastaste tus ahorros en rosas naranjas . —Este… sí. Sí. Me gustas —tartamudeé. —Pues invítame a una cita entonces —dijo ella con una sonrisa traviesa.

Salí del cuarto caminando sobre nubes, pero la realidad me golpeó en el pasillo. Ahí estaba Valentina, la hermana menor. Estaba sentada en el suelo, fuera de la habitación, con los audífonos puestos pero sin música, abrazando sus rodillas. Se veía tan pequeña, tan invisible.

Me senté a su lado. —¿Qué onda, Valen? Ella se quitó un audífono. Tenía los ojos rojos. —Hola, Mateo. —¿Cómo te fue en la escuela? Supe que ganaste el concurso de cuentos. ¡Felicidades! Eso está cañón, eh. Primer lugar . Ella se encogió de hombros. —Da igual. Mis papás ni siquiera vieron el diploma. Se quedó en el coche. —No da igual. Eres una escritora. Eso es grande. —A nadie le importa —dijo con amargura—. En la escuela, una chava llamada Jillian me tiró los libros hoy. Me dijo que soy una “buscadora de atención” porque siempre estoy triste. Le di un empujón y me suspendieron dos días . —¡¿Qué?! —exclamé—. ¿Y tus papás? —Vinieron por mí, pero… venían regañándome todo el camino. Dijeron que no tienen tiempo para mis berrinches, que Ximena está grave y yo solo doy problemas .

Sentí una furia subir por mi garganta. ¿Cómo podían ser tan ciegos? Tenían una hija muriendo y a la otra la estaban matando en vida. —No eres un problema, Valentina. Eres valiente. Y tu hermana… ella te adora. Me lo ha dicho. Se siente culpable por todo esto.

—No es culpa de Ximena —dijo Valentina rápidamente—. Es culpa de ellos. De mis papás. Han olvidado que existo. Soy como un mueble en su casa. Un mueble que estorba.

Justo en ese momento, los padres salieron de la habitación. —¡Valentina! ¡Vámonos! —gritó la madre sin detenerse—. Tenemos que ir a la farmacia antes de que cierren. Apúrate. Valentina se levantó, suspiró y me miró. —¿Ves? Adiós, Mateo. La vi alejarse, arrastrando los pies, convirtiéndose en esa sombra que sus padres habían creado.

Esa noche, en mi casa, la situación no fue mejor. Mi papá estaba esperándome. —Llegas tarde —dijo, sin apartar la vista de su plato de frijoles. —Me quedé platicando con una paciente. —Platicando… —se burló—. ¿Te pagan por platicar? No. Te mandé ahí para que hicieras contactos, para que vieras cómo funciona el mundo real. No para que andes de novio con enfermitas. —No le digas así —espeté, golpeando la mesa. Mi papá se levantó despacio. Era un hombre grande, intimidante. —Cuidado con el tono, Mateo. No sé qué te está pasando, pero te estás volviendo blando. Esas mujeres… te ven la cara de tonto, te sacan lo que pueden y luego se mueren o te dejan. El mundo no es para los soñadores, es para los que producen .

—Tú no sabes nada —le dije, retrocediendo hacia mi cuarto—. Ximena tiene más valor en un dedo que tú en todo tu cuerpo. Ella sabe lo que es vivir. Tú solo sabes sobrevivir y quejarte.

Cerré la puerta antes de que pudiera responderme. Me tiré en la cama y miré el techo. Las palabras de Ximena resonaban en mi cabeza: “Tú tienes el tiempo, Mateo. No lo desperdicies”.

Al día siguiente, el ambiente en el hospital era eléctrico, pero de una mala manera. Había una tensión pesada. Entré a la habitación de Ximena y la encontré vestida con ropa de calle, sentada en la cama, con su cámara en la mano. —¿Te dieron de alta? —pregunté esperanzado. —No. Me voy a escapar —dijo ella muy seria. —¿Qué? ¡No manches, Ximena! ¿Estás loca? —Tengo una presentación —dijo ella, ignorando mi pánico—. Valentina. Su escuela tiene el showcase hoy. Va a leer su cuento. El que ganó. —Pero tus papás dijeron que no iban a ir… —Exacto. Ellos no van a ir. Pero yo sí. Y tú me vas a llevar .

Me quedé boquiabierto. Era una locura. Si la sacaba del hospital y le pasaba algo, me iría a la cárcel. Mis horas de voluntariado se irían al diablo. Mi papá me mataría. Pero luego pensé en Valentina. Pensé en la niña empujada en la escuela, con el diploma arrugado en el coche. Pensé en Ximena, pidiendo vivir “de verdad” aunque fuera un poquito.

—Está bien —dije, sintiendo que me lanzaba a un abismo—. Pero tenemos que ser ninjas. ¿Puedes caminar hasta la salida trasera? —Puedo correr si es necesario —mintió ella, aunque se veía pálida.

Logramos salir por la zona de carga, entre cajas de suministros y botes de basura. Pedí un taxi con mis últimos pesos. En el camino, Ximena iba con la ventana abajo, dejando que el viento le pegara en la cara. Cerraba los ojos y sonreía. Parecía tan… normal. Tan viva.

Llegamos a la escuela justo cuando el director estaba presentando los premios. Nos colamos en la parte trasera del auditorio. Estaba oscuro. Vimos a Valentina subir al escenario. Se veía aterrorizada. Buscó con la mirada entre el público, esperando ver a sus padres. No estaban. Sus hombros cayeron. Entonces, Ximena se levantó, aunque le costaba trabajo, y aplaudió. —¡Esa es mi hermana! —gritó con todas sus fuerzas, rompiendo el silencio solemne del lugar.

Valentina alzó la vista. Nos vio. A Ximena, pálida pero radiante, y a mí, saludando como un idiota a su lado. La sonrisa que le salió a esa niña iluminó todo el auditorio.

Valentina comenzó a leer. Su cuento era sobre dos princesas. Una vivía en una torre de cristal que se hacía cada vez más alta (Ximena) y la otra se quedaba abajo, en las sombras, mientras el reino se olvidaba de ella . “La verdadera tragedia no es tener poco tiempo”, leyó Valentina con voz firme, “sino olvidar cómo gastar el tiempo que tienes” .

Cuando terminó, el aplauso fue estruendoso. Ximena lloraba en silencio. Yo le apreté la mano. —Lo hiciste —le dije. —Lo hicimos —corrigió ella.

Pero la magia se rompió cuando se encendieron las luces. En la entrada del auditorio estaban los padres de Ximena. Y mi papá. Alguien les había avisado. Se veían furiosos.

Los padres de Ximena corrieron hacia nosotros, no para abrazar a Valentina, sino para regañar a Ximena. —¡¿En qué estabas pensando?! —gritó la madre—. ¡Podrías haberte desmayado! ¡Te pusiste en riesgo! ¡Eres una irresponsable! . —¡Vine a ver a mi hermana! —gritó Ximena, poniéndose de pie y enfrentándolos por primera vez—. ¡Vine a hacer lo que ustedes no hacen! ¡Vine a ser su familia porque ustedes están demasiado ocupados siendo sus enfermeros!

El silencio fue sepulcral. —Ustedes dicen que quieren salvarme —continuó Ximena, con lágrimas en los ojos—. Pero me tienen encerrada. No me dejan vivir. Si me voy a morir, quiero hacerlo viviendo, no conectada a una máquina viendo cómo ignoran a Valentina.

Su padre, el Sr. Tanner, se quedó mudo. Miró a Valentina, que sostenía su premio contra el pecho, y luego a Ximena, que temblaba de rabia y agotamiento.

Mi papá se acercó a mí y me agarró del brazo con fuerza. —Te dije que no te metieras en problemas. Vámonos. Se acabó el voluntariado. Vas a estudiar finanzas y vas a dejar de perder el tiempo con esta gente defectuosa .

Me solté de su agarre con un tirón violento. Fue la primera vez que lo desafié físicamente. —¡Cállate, papá! —grité. Todos voltearon a vernos—. No quiero ser como tú. No quiero ser un amargado que mide la vida en billetes. Mira lo que hicimos hoy. Hicimos feliz a alguien. Eso vale más que toda tu maldita carrera de finanzas. No voy a seguir tu camino. Estoy en mi propio camino .

Mi papá me miró con una mezcla de sorpresa y desprecio, pero no dijo nada. Se dio la media vuelta y se fue. Sabía que al llegar a casa habría consecuencias, pero en ese momento, me sentí libre.

Los padres de Ximena, por su parte, parecían haber recibido una bofetada de realidad. La madre miró a Valentina y luego a Ximena. Empezó a llorar. —Perdónennos… —susurró—. Tienen razón. Hemos estado tan asustados de perderte, Ximena, que nos olvidamos de disfrutar que todavía te tenemos. Y nos olvidamos de ti, Valen .

Esa noche, hubo una tregua. Pero yo sabía que el tiempo corría. Los escáneres no mentían.

Un par de días después, Ximena me citó en la cafetería del hospital. Sus padres estaban ahí, pero esta vez no me miraron con odio. Se veían resignados, tristes, pero más humanos. —Tenemos un plan —dijo Ximena, poniendo un folleto sobre la mesa. Era de Islandia. —¿Qué? —pregunté. —Mis papás… accedieron. Voy a ir a Islandia. Usaré el dinero de mi fideicomiso. Es mi último deseo, Mateo. Quiero ver las auroras boreales antes de… ya sabes .

Sentí una alegría inmensa, seguida de un golpe de realidad. —Eso es increíble, Xime. De verdad. Mándame muchas fotos. Ella me miró y negó con la cabeza. —No, tontito. No voy a ir sola. Necesito un fotógrafo oficial. Alguien que capture el momento, como tú dices. Me quedé sin aire. —¿Yo? Pero… no tengo dinero. Mi papá me corrió de la casa después de lo del auditorio. Estoy durmiendo en casa de mi abuela. —Está todo pagado —intervino el papá de Ximena. Su voz sonaba ronca—. Consideralo un pago por… abrirnos los ojos. Y por cuidar a nuestras hijas cuando nosotros no pudimos.

No podía creerlo. Iba a ir a Islandia. Con la chica que amaba. Pero había una condición. Una condición cruel que la vida siempre impone. —Pero antes… —dijo Ximena, bajando la mirada— tengo que someterme a una última ronda de quimio. Para estar lo suficientemente fuerte para el viaje. Si paso eso… nos vamos .

Las semanas siguientes fueron un infierno. Verla debilitarse por el tratamiento fue peor que cualquier tortura. Se le cayó el cabello, perdió peso, su piel se volvió casi transparente. Hubo noches en las que pensé que no llegaría al avión. Yo me quedaba a su lado, leyéndole, mostrándole fotos de Islandia, prometiéndole que el frío de allá sería mejor que el frío del hospital.

Mi papá intentó contactarme una vez. Me mandó un mensaje: “Cuando fracases y te des cuenta de que el amor no paga la renta, no vengas llorando”. Lo borré sin contestar. Estaba ocupado sosteniendo la mano de Ximena mientras vomitaba. Eso era ser un hombre, no lo que él creía.

Finalmente, el doctor dio el visto bueno. Era arriesgado, sí. Podía pasar algo en el viaje. Pero quedarse era esperar la muerte. Irse era salir a buscarla, pero bajo nuestros propios términos.

El viaje en avión fue largo. Ximena durmió casi todo el camino, recargada en mi hombro. Valentina se había quedado con sus abuelos, pero nos dio una carta para que la leyéramos cuando viéramos la primera aurora.

Cuando aterrizamos en Reikiavik, el aire helado nos golpeó la cara. Ximena respiró hondo, y por primera vez en meses, vi color en sus mejillas. —Llegamos —dijo. Rentamos una camioneta y manejamos hacia la nada. Hacia las montañas, los glaciares, el silencio absoluto. Yo tomaba fotos de todo, pero mi objetivo favorito era ella. Ximena envuelta en tres chamarras, Ximena riéndose del viento, Ximena bebiendo chocolate caliente. Sabía que esas fotos serían mi tesoro cuando ella ya no estuviera.

La última noche, encontramos el lugar perfecto. Una colina alejada de las luces de la ciudad. El cielo estaba despejado. Esperamos horas. Hacía un frío que calaba los huesos, pero ella no se quería ir. —Va a aparecer —decía con fe ciega—. Lo sé.

Y entonces, sucedió. Una cinta verde empezó a bailar en el cielo. Luego morada, luego rosa. Las auroras boreales. Era el espectáculo más impresionante que había visto en mi vida. Miré a Ximena. Estaba llorando, pero sonreía. Su rostro, iluminado por la luz celestial, se veía en paz. —Es mejor de lo que imaginé —susurró—. Gracias, Mateo. Gracias por traerme a la vida antes de irme .

La abracé fuerte, deseando poder congelar ese momento para siempre. Deseando poder transferirle un poco de mi tiempo, de mis años, para que se quedara conmigo. —Te amo, Ximena —le dije, y fue la verdad más grande que había pronunciado nunca . —Te amo, Mateo.

Sonó su teléfono. Era su mamá. Habíamos prometido contestar todas las llamadas. Ximena contestó, sin dejar de mirar el cielo. —Hola, ma. Es hermoso. Ojalá estuvieras aquí… ¿Qué? ¿Qué pasa? La expresión de Ximena cambió. De paz a confusión, y luego a shock. El teléfono casi se le cae de la mano. —¿Estás… estás segura?

Me miró, pálida como un fantasma. —¿Qué pasó? —le pregunté, asustado. ¿Había pasado algo con Valentina? ¿Su papá? Ximena colgó el teléfono lentamente. Me miró con los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas nuevas. —El doctor revisó los últimos estudios… los que me hicieron antes de salir. —¿Y? —mi corazón latía tan fuerte que dolía. —Dicen que el tumor se redujo. Que está en remisión. No saben cómo… dicen que es un milagro, o que el último tratamiento funcionó de repente… Mateo, está en remisión .

El mundo dejó de girar. Miramos las auroras boreales, bailando sobre nosotros. Ya no eran las luces del final. Eran las luces del principio. En medio del hielo de Islandia, rodeados de oscuridad, nos dimos cuenta de que la vida no se trataba de cuánto tiempo tienes, sino de con quién decides gastarlo… pero a veces, solo a veces, el destino te regala un poco más de tiempo para gastar.

Y yo sabía exactamente qué iba a hacer con el mío.

Parte 3: El Miedo a Vivir y el Arte de Renacer

Colgar ese teléfono fue la cosa más surrealista que he hecho en mi vida. Mi mano temblaba tanto que casi tiro el celular a la nieve. Ximena me miraba, y yo la miraba a ella, y entre nosotros, bajo esas luces verdes y púrpuras que danzaban en el cielo de Islandia, había un silencio que pesaba toneladas.

No era el silencio de la muerte, ese al que nos habíamos acostumbrado y que nos perseguía como una sombra. Era un silencio nuevo. Un silencio aterrador. Era el silencio de: “¿Y ahora qué?”.

—Remisión… —repitió Ximena, probando la palabra en su boca como si fuera un caramelo extraño, uno que no sabe si es dulce o amargo—. Mateo, dijeron remisión.

—Lo escuché —dije, y mi voz salió ronca, como si me hubiera tragado un puñado de grava—. No es una broma, ¿verdad? Tu mamá no bromearía con eso.

—No… no. El doctor revisó los marcadores. El nuevo tratamiento… funcionó.

De repente, Ximena soltó una carcajada. Pero no fue una risa de alegría pura al principio; fue una risa histérica, maníaca. Se llevó las manos a la cara y se dobló sobre sí misma en la nieve. Me asusté. Pensé que estaba teniendo un colapso nervioso. Me arrodillé junto a ella y la abracé.

—¡Hey, hey! Respira, flaca. Tranquila.

—¡Es que es ridículo! —gritó ella, levantando la cara empapada de lágrimas hacia el cielo—. ¡Vine aquí a despedirme! ¡Me gasté mis ahorros! ¡Hice las paces con el universo! ¡Y ahora me dicen que me quedo! ¡¿Quién escribe este guion?! ¡Es una telenovela mal hecha!

La abracé más fuerte, y entonces la risa se convirtió en llanto. Un llanto profundo, desgarrador, de esos que te limpian por dentro. Lloró por el miedo que tuvo, por el dolor de las agujas, por las noches que pensó que no amanecería. Y yo lloré con ella. Lloré porque ya había empezado a hacer el duelo de perderla, y tener que revertir ese proceso en un segundo fue un choque eléctrico para mi sistema.

Nos quedamos ahí, hechos bolita en la nieve islandesa, hasta que el frío se nos metió hasta los huesos.

—Creo que… creo que deberíamos ir por un chocolate caliente —dije finalmente, sorbiéndome los mocos—. O un tequila. Lo que encontremos primero.

Ximena se limpió los ojos con la manga de su chamarra térmica y me sonrió. Esa sonrisa ya no tenía fecha de caducidad. —Vamos a casa, Mateo. Tengo muchas cosas que hacer.

El Regreso a la Realidad

El vuelo de regreso fue muy diferente al de ida. Al venir, cada turbulencia se sentía como una amenaza; ahora, se sentía simplemente como parte del viaje. Ximena durmió casi todo el camino, pero esta vez no dormía por agotamiento vital, sino por paz. La veía respirar, subir y bajar el pecho rítmicamente, y no podía dejar de tomarle fotos con mi celular. Quería documentar el milagro.

Cuando aterrizamos en la Ciudad de México, el golpe de calor y el caos del aeropuerto nos recibieron como una bofetada familiar. El ruido, la gente corriendo, el olor a subway y café quemado. Estábamos vivos.

Sus padres y Valentina nos estaban esperando en llegadas internacionales. Apenas cruzamos las puertas automáticas, se desató el caos. La mamá de Ximena, que siempre había sido una mujer compuesta y rígida, corrió hacia nosotros derrapando con sus tacones y casi taclea a Ximena.

—¡Mi niña! ¡Mi niña! —lloraba, besándole toda la cara—. ¡Es un milagro! ¡Bendito sea Dios!

El papá, el Sr. Tanner, se unió al abrazo. Se veía diez años más joven que la última vez que lo vi. El peso de la inminente muerte de su hija se había levantado de sus hombros.

Pero mis ojos buscaron a Valentina. Ella estaba un paso atrás, sonriendo tímidamente, sosteniendo un cartel hecho a mano que decía: “Bienvenida a la vida, hermana”. Me acerqué a ella mientras los padres asfixiaban a Ximena.

—Ese cartel está chido, Valen —le dije, chocando el puño. —Gracias, Mateo —respondió ella, y luego susurró—. ¿Es verdad? ¿De verdad se va a quedar? —Sí, chaparra. Se queda. Vas a tener que aguantarla muchos años más. Prepárate para que te robe la ropa.

Valentina soltó una risita nerviosa. Ximena finalmente logró zafarse del abrazo de sus padres y corrió hacia Valentina. La levantó en el aire (bueno, lo intentó, todavía estaba débil) y la abrazó con una fuerza sorprendente. —Tú y yo tenemos mucho tiempo que recuperar —le dijo Ximena al oído, pero lo suficientemente fuerte para que sus padres escucharan—. Y vamos a empezar por que me enseñes a escribir cuentos.

Los padres se miraron entre ellos, incómodos pero conscientes. Sabían que el cáncer se había ido, pero las cicatrices emocionales que habían dejado en Valentina no se curarían con quimioterapia. Eso requeriría trabajo. Y yo iba a asegurarme de que lo hicieran.

—Bueno, bueno —dijo el Sr. Tanner, aclarándose la garganta y mirándome—. Supongo que… te debemos una, muchacho. El doctor dijo que el cambio de actitud, la positividad… que todo eso ayudó al sistema inmunológico. No sé si crea en esas cosas hippies, pero… gracias por llevarla.

—No fue nada, señor —respondí, manteniendo mi distancia—. Solo quería que viera las luces.

—Te llevaremos a tu casa —ofreció la mamá. Sentí un nudo en el estómago. “Mi casa”. No tenía casa. Mi papá me había corrido. —No se preocupen, yo tomo un taxi. Voy con mi abuela. Ximena me miró con preocupación, recordando mi situación. —Mateo… —Estoy bien —le aseguré, apretándole la mano—. Ve a descansar. Mañana te busco. Tienen que celebrar en familia.

El Enfrentamiento

No fui a casa de mi abuela inmediatamente. Sentía que necesitaba cerrar un ciclo. Necesitaba enfrentar al monstruo que vivía en mi propia casa. Tomé un camión hacia el barrio donde vivía mi papá.

La casa se veía igual de gris y triste que siempre. Había botellas de cerveza vacías en el porche. Mi papá estaba en su sillón, viendo el fútbol, como si el mundo no hubiera cambiado. Como si yo no hubiera cruzado un océano y regresado.

Entré sin tocar. Él se giró lentamente. —Mira quién volvió. El hijo pródigo. ¿Se te acabó el dinero de la noviecita? ¿Ya te botó? .

Respiré hondo. Antes, sus palabras me hubieran hecho sentir pequeño, insignificante. Ahora, después de ver la grandeza de los glaciares y la fragilidad de la vida, sus insultos me parecían ridículos. Patéticos.

—No, papá. Ella está bien. Entró en remisión. Se salvó. Él soltó un bufido despectivo. —Suerte. La suerte se acaba, Mateo. Igual que el dinero. ¿Y tú qué ganaste? ¿Unas fotos bonitas? ¿Eso va a pagar la luz? ¿Eso te va a dar de comer cuando seas viejo? Sigues siendo un soñador inútil. Te dije que esas mujeres te usan y te tiran.

Caminé hasta pararme frente al televisor, bloqueando su vista del partido. —Me gané algo que tú nunca has tenido, papá. Me gané el respeto de alguien por ser quien soy, no por lo que puedo proveer. Me gané la paz de saber que hice lo correcto. —¡Lo correcto no llena el refrigerador! —gritó él, poniéndose de pie. Era un hombre imponente, acostumbrado a intimidar con su tamaño y su voz.

Pero yo ya no tenía miedo. —Tal vez no. Pero tu amargura tampoco. Tienes un trabajo, tienes dinero, tienes tu casa… ¿y quién te visita, papá? ¿Quién te llama para saber cómo estás? Nadie. Mamá se fue porque la asfixiaste. Yo me fui porque me asfixiaste. Estás solo. Y vas a morir solo si sigues pensando que ser un hombre es ser un patán sin sentimientos .

Mi papá levantó la mano, como si fuera a golpearme. Me quedé quieto, sin parpadear. Lo miré a los ojos. —Hazlo —lo reté—. Pégame. Demuéstrame que tengo razón. Que es lo único que sabes hacer.

Su mano tembló en el aire. Sus ojos, inyectados en sangre por el alcohol y la ira, vacilaron. Vio algo en mí que no había visto antes. Ya no era el niño que lloraba cuando le gritaban. Era un hombre que había visto la muerte a los ojos y había regresado sonriendo. Bajó la mano lentamente. Se dejó caer en el sillón, derrotado no por la fuerza, sino por la verdad. —Lárgate —murmuró, sin mirarme—. Lárgate y no vuelvas. Haz tu vida de artista muerto de hambre. A ver cuánto duras.

—Duro lo que tenga que durar —dije, tomando mi mochila—. Pero al menos será mi vida.

Salí de esa casa y, por primera vez, no sentí que huía. Sentí que avanzaba. El aire de la calle olía a libertad. Y a tacos al pastor. Pasé por una taquería, me comí cinco con todo y me gasté los últimos pesos que me quedaban. Sabían a gloria.

La Nueva Normalidad

Los meses siguientes fueron una montaña rusa de otro tipo. La recuperación de Ximena no fue mágica ni instantánea. Hubo días malos. Días en los que el miedo regresaba, días en los que se sentía culpable por haber sobrevivido cuando otros chicos del pabellón de oncología no lo lograban.

Yo conseguí trabajo en un estudio de fotografía local, editando bodas y bautizos. No era National Geographic, pero era una cámara en mis manos y dinero en mi bolsillo. Vivía con mi abuela, que me recibía cada noche con un plato de avena caliente y me preguntaba por “la muchacha de los milagros”.

La dinámica en casa de los Tanner también cambió. No fue perfecto. Los hábitos viejos tardan en morir. A veces, la mamá de Ximena volvía a ser sobreprotectora, queriendo envolverla en burbujas de plástico. —Mamá, voy a ir al cine con Mateo, no a la guerra —le decía Ximena. —Lleva suéter. Y gel antibacterial. Y no comas palomitas, tienen mucha sal.

Pero lo más importante fue ver a Valentina florecer. Ximena cumplió su promesa. Cada sábado, las dos hermanas se iban a un taller de escritura creativa. Y lo mejor de todo: sus papás empezaron a ir a sus presentaciones. Recuerdo una tarde, unos seis meses después de Islandia. Estábamos en la sala de su casa. Valentina estaba leyendo un nuevo cuento. Ya no eran historias tristes sobre torres y princesas olvidadas. Ahora escribía sobre aventuras, sobre dos hermanas que cazaban dragones. Cuando terminó, el Sr. Tanner aplaudió tan fuerte que despertó al gato. —¡Esa es mi hija! —dijo, con un orgullo genuino que hizo sonrojar a Valen.

Ximena me apretó la mano bajo la mesa. —Lo logramos —susurró. —Lo lograste tú —le corregí—. Tú eres la que se negó a morirse.

El Portafolio

Un año después. El correo llegó un martes por la mañana. Yo estaba limpiando lentes en el estudio. “Estimado Mateo: Nos complace informarle que su serie fotográfica ‘Luz en la Oscuridad’ ha sido seleccionada para la exposición de Nuevos Talentos del Centro de la Imagen.”

Casi se me cae la cámara. Había enviado las fotos de Islandia, y una serie documental sobre la recuperación de Ximena, sin decirle a nadie. Eran fotos crudas. Ximena sin cabello, Ximena riendo con Valentina, Ximena mirando las auroras.

La noche de la inauguración, estaba nervioso como nunca. Me puse mi único traje bueno (comprado en una tienda de segunda mano, pero bien planchado por mi abuela). Cuando llegué a la galería, Ximena ya estaba ahí. Llevaba un vestido naranja, por supuesto. Su cabello había crecido, un corte pixie que le quedaba increíble. Se veía saludable, fuerte. Estaba parada frente a la foto principal: ella bajo la aurora boreal, con la cara iluminada por la esperanza.

—Te ves guapa en esa foto —le susurré al oído. Ella se sobresaltó y se giró para abrazarme. —¡Mateo! ¡Es increíble! ¡Mira esto! ¡La gente está viendo tus fotos! —Están viendo nuestra historia —le dije.

De repente, vi entrar a alguien que no esperaba. Valentina venía empujando, literalmente, a sus padres hacia adentro. El Sr. y la Sra. Tanner se veían fuera de lugar en una galería de arte moderna, pero ahí estaban. Se detuvieron frente a una serie de tres fotos. La primera: Los padres de espaldas, ignorando a Valentina en el hospital. La segunda: Ximena y Valentina abrazadas en el escenario de la escuela. La tercera: Los cuatro (padres e hijas) comiendo helado en un parque, riendo.

Me tensé. Esa primera foto era una crítica directa a ellos. Pensé que se enojarían. El Sr. Tanner miró la foto un largo rato. Luego miró a Valentina, que estaba a su lado, nerviosa. Él puso su mano sobre el hombro de su hija menor. —Fuimos unos idiotas, ¿verdad? —dijo en voz baja. —Un poco, papá —admitió Valentina con valentía—. Pero ya mejoraron.

La Sra. Tanner se secó una lágrima discreta. Se giró hacia mí. —Tienes buen ojo, Mateo. Capturas… la verdad. Aunque duela. —La verdad es lo único que vale la pena capturar, señora —respondí.

—Felicidades, hijo —me dijo el Sr. Tanner, extendiéndome la mano. Era la primera vez que me llamaba “hijo” y no “muchacho” o “voluntario”. Y su apretón de manos fue firme, de respeto.

El Futuro Incierto (y por qué eso es bueno)

Más tarde esa noche, Ximena y yo nos escapamos de la fiesta. Nos sentamos en una banca de la Alameda, comiendo esquites. La ciudad zumbaba a nuestro alrededor, llena de vida.

—¿Te acuerdas cuando pensábamos que no llegarías a los 18? —le pregunté. —Me acuerdo —dijo ella, echándole más limón a su esquite—. Ahora tengo 19. Y no tengo ni idea de qué voy a hacer con mi vida. Mis papás quieren que estudie, yo quiero viajar… a veces me da miedo, Mateo. Tener tanto futuro por delante asusta más que no tener ninguno. Cuando te mueres, solo tienes que preocuparte por morir. Cuando vives… tienes que preocuparte por todo lo demás.

La miré. La amaba tanto que dolía. —Pues asústate —le dije—. Ten miedo. Equivócate. Estudia algo inútil o vete de mochilera. Lo que sea. Pero hazlo tú. Ya no eres la “niña que muere”. Eres Ximena. Y Ximena puede hacer lo que se le dé la gana.

Ella sonrió y recargó su cabeza en mi hombro. —¿Y tú? Ahora que eres un fotógrafo famoso… —Famoso en mi colonia —me reí—. Yo voy a seguir tomando fotos. Quiero ir a Oaxaca, a Chiapas. Quiero retratar gente real. —¿Necesitas una asistente? —preguntó ella—. Soy buena cargando tripiés. Y ya tengo experiencia viajando.

La besé. Un beso que sabía a maíz, mayonesa y esperanza. —Estás contratada. Pero te advierto, la paga es mala. —No me importa el dinero —dijo ella, citando mis propias palabras—. Estoy en mi propio camino.

Epílogo: La Lección

A veces pienso en mi papá. Supe que sigue solo en esa casa. A veces me dan ganas de ir, pero luego recuerdo que hay puertas que es mejor dejar cerradas para poder abrir otras. Él eligió su soledad. Yo elegí mi caos.

La vida es rara, carnal. Un día estás trapeando vómito en un hospital pensando que tu vida es una basura, y al otro estás bajo las auroras boreales con el amor de tu vida, presenciando un milagro. Aprendí que no necesitas esperar a que alguien se esté muriendo para tratarlo bien. Aprendí que no necesitas un diagnóstico terminal para empezar a cumplir tu lista de deseos. Y sobre todo, aprendí que “ser hombre” no es aguantarse las lágrimas ni tener mucho dinero. Ser hombre es tener los pantalones para amar, para perdonar y para perseguir lo que te hace sentir vivo, aunque todo el mundo te diga que estás loco.

Valentina publicó su primer cuento en una revista literaria juvenil la semana pasada. Se llama “La Torre de Arena que se Convirtió en Castillo”. Me lo dedicó a mí y a Ximena. Y Ximena… bueno, Ximena está aquí a mi lado, planeando nuestra próxima ruta en el mapa. Quiere ver la selva.

Así que, si estás leyendo esto, y estás esperando el “momento perfecto” para hacer eso que quieres, o para decirle a alguien que lo quieres… deja de esperar. El reloj no se detiene. Y no todos tenemos la suerte de una segunda oportunidad como Ximena. Hazlo ahora. Vive ahora. Porque al final, no somos los años que duramos, somos los momentos que nos quitan el aliento.

Y créanme, yo tengo una colección entera de esos momentos.

FIN.


—————TÍTULO DE LA PUBLICACIÓN (Para esta parte final)————–

  1. “Creí que iba a Islandia a despedirme del amor de mi vida, pero una llamada lo cambió todo. De planear un funeral a planear una vida juntos: así es como el destino se burló de nuestros planes.”

  2. “Mi papá me dijo que el amor no paga la renta y me corrió de casa. Un año después, mis fotos de ‘la chica que sobrevivió’ están en una galería y él sigue solo. La mejor venganza es ser feliz.”

  3. “Regresar de la muerte es más difícil de lo que parece. Ximena se salvó, pero tuvimos que sanar a una familia entera que había olvidado cómo vivir sin miedo. Esta es la parte que las películas no te cuentan.”

  4. “¿Qué haces cuando el diagnóstico cambia de ‘terminal’ a ‘remisión’? Nos quedamos pasmados bajo la aurora boreal. Aprendimos que vivir da más miedo que morir, pero vale cada segundo.”

—————-TEXTO PARA FACEBOOK (Parte 3)—————-

El teléfono sonó en medio de la nieve y el silencio de Islandia se rompió para siempre.

—¿Remisión? —preguntó Ximena. Su voz temblaba más que cuando pensábamos que era el final.

Yo la miraba, con los copos de nieve cayéndome en las pestañas, incapaz de procesar lo que escuchaba. Habíamos ido allí a despedirnos. Habíamos gastado hasta el último centavo, habíamos llorado todas las lágrimas. Y de repente, la vida nos decía: “Broma, todavía no terminamos”.

Esa llamada no solo salvó a Ximena. Nos obligó a todos a despertar.

El regreso a México fue un choque de realidad. Ver a los padres de Ximena, el Sr. y la Sra. Tanner, no como los villanos que ignoraban a su hija menor, sino como personas rotas que intentaban recomponerse, fue impactante. Pero lo más fuerte fue ver a Valentina. La “hermana invisible” que por fin tenía el protagonismo que merecía.

Pero mi batalla no había terminado. Tenía que enfrentar a mi propio padre. A ese hombre que me llamó “débil” por enamorarme de una chica enferma, que me dijo que el arte y la empatía no servían para nada. Regresé a esa casa gris, me paré frente a él y le dije lo que debí decirle hace años. No con gritos, sino con la certeza de quien sabe quién es.

—El dinero no compra tiempo, papá. Y tú estás muy pobre de tiempo y de amor.

Salí de ahí sin mirar atrás.

Un año después, Ximena y yo estamos en una galería. Mis fotos están en la pared. Nuestra historia está ahí. Y adivinen quiénes llegaron… Los padres de Ximena, tomados de la mano de Valentina.

La vida no es perfecta. Ximena todavía tiene miedo al futuro. Yo todavía estoy construyendo mi carrera. Pero estamos aquí. Estamos vivos. Y aprendimos, a la mala, que no hay que esperar a un diagnóstico terminal para empezar a vivir de verdad.

Esta es la conclusión de nuestra historia. De cómo un voluntario que limpiaba pisos y una paciente con fecha de caducidad encontraron la manera de reescribir el final.

Parte 4: El Arte de Reparar lo que Nunca Estuvo Roto (La Vida Después)

La gente piensa que el “felices para siempre” es el final de la película. Ya sabes, la música sube de volumen, los protagonistas se besan, la cámara se aleja hacia el cielo y aparecen los créditos. Pero nadie te dice qué pasa el lunes siguiente por la mañana. Nadie te cuenta que el “felices para siempre” incluye pagar la renta, lidiar con el tráfico de la Ciudad de México en hora pico, y aprender a dormir sin miedo a que la persona a tu lado deje de respirar.

Esta es la historia de nuestros lunes por la mañana.

Capítulo 1: El Síndrome del Superviviente

Los primeros seis meses después de que Ximena entró en remisión fueron, irónicamente, los más difíciles. Uno pensaría que estaríamos de fiesta todos los días, rompiendo piñatas y bebiendo tequila. Pero la mente es traicionera.

Ximena cayó en una depresión extraña. Los doctores le llamaban “síndrome del superviviente”. Ella se había pasado los últimos tres años preparándose para morir. Su identidad era “la chica con cáncer”. Su agenda estaba llena de citas médicas, tratamientos y despedidas. Cuando todo eso desapareció, quedó un vacío enorme.

Un martes, llegué a nuestro pequeño departamento en la colonia Narvarte —un lugar viejo con piso de duela que rechinaba y una ventana que daba a una pared de ladrillos— y la encontré sentada en el suelo de la cocina, rodeada de cajas de cereal. No estaba llorando. Solo estaba mirando la nada.

—¿Xime? —pregunté, dejando mi mochila de la cámara en el sofá—. ¿Qué onda, amor?

Ella me miró con ojos vacíos. —No sé qué hacer, Mateo. —¿Cómo que no sabes qué hacer? —me senté a su lado. —Hoy me desperté y no me dolía nada —dijo ella, con la voz temblorosa—. No tenía que ir al hospital. No tenía que tomarme veinte pastillas. Tenía todo el día libre. Y me aterró. Siento que… siento que debería estar haciendo algo grandioso. Sobreviví, Mateo. Debería estar curando el hambre mundial o escribiendo la próxima gran novela mexicana. Pero lo único que hice fue ver tres horas de videos en TikTok y comer Zucaritas. Soy un fraude.

Le tomé la mano. Estaba fría. —No eres un fraude, flaca. Eres una persona de 19 años. La gente de 19 años ve TikTok y come cereal. Eso es vivir. —Pero yo no soy normal —insistió ella, golpeando el suelo—. Se supone que soy un milagro. Los milagros no desperdician el tiempo.

Entendí entonces que la presión de estar viva era casi tan pesada como la certeza de morir. Todos esperaban que ella fuera extraordinaria porque se había salvado. Sus papás, los médicos, incluso yo, la tratábamos como si fuera de cristal sagrado.

—Escúchame bien —le dije, tomándola por los hombros—. El milagro no es que ganes un Nobel mañana. El milagro es que tengas el lujo de aburrirte. El milagro es que puedas tener un día improductivo y que haya un mañana para intentarlo de nuevo. Tienes derecho a ser ordinaria, Ximena. Tienes derecho a ser una chava normal que a veces no sabe qué hacer con su vida.

Ella se recargó en mi hombro y soltó un suspiro largo, como si llevara horas conteniendo el aire. —Enséñame —susurró—. Enséñame a ser normal. A mí se me olvidó.

Y así, nuestra misión cambió. Ya no se trataba de tachar cosas de una lista de deseos antes de morir. Se trataba de construir una rutina. Le enseñé a cocinar arroz (se le quemó tres veces, pero la cuarta salió decente). Adoptamos un gato callejero al que le pusimos “Kafka” porque era dramático y siempre se veía angustiado. Empezamos a ir al mercado sobre ruedas los domingos a comer barbacoa y pelear por el precio de la fruta.

Poco a poco, Ximena dejó de ser “la paciente” y volvió a ser Ximena. Se inscribió en la universidad para estudiar Historia del Arte. No porque quisiera salvar al mundo, sino porque le gustaban los cuadros bonitos y los museos olían a viejo, y eso le encantaba.

Capítulo 2: La Cámara y el Caos

Mientras Ximena aprendía a vivir, yo aprendía a sobrevivir. Mi papá tenía razón en una cosa: el arte es una amante celosa y cara. Después de la exposición en la galería, tuve mis quince minutos de fama local, pero la fama no paga la luz.

Trabajaba como loco. Aceptaba todo. Bodas, XV años, bautizos, fotos de menú para fondas económicas, retratos corporativos para gente que quería verse “profesional pero accesible” en LinkedIn.

Recuerdo una boda en Xochimilco. Hacía un calor infernal. La novia estaba histérica porque el novio había llegado crudo. Yo estaba tratando de equilibrar mi cámara, el flash y evitar caer en un canal. —¡Oye, fotógrafo! —me gritó el tío borracho de la novia—. ¡Sácame una foto con la botella! ¡Que se vea que hay presupuesto!

Sonreí, tomé la foto y seguí chambeando. A veces, mientras editaba fotos de gente desconocida a las 3 de la mañana con los ojos ardiendo, pensaba en las palabras de mi papá: “Te vas a morir de hambre”. Pero luego, miraba hacia la cama. Ahí estaba Ximena, durmiendo profundamente, con Kafka hecho bolita en sus pies. Y el cansancio valía la pena. Mi papá medía el éxito en cuentas bancarias; yo lo medía en la tranquilidad de la respiración de ella.

Sin embargo, el fantasma de mi padre seguía ahí. No había vuelto a hablar con él desde el día que me fui. Sabía por chismes de vecinos que seguía en la misma casa, cada vez más solo, cada vez más agrio.

Un día, me lo topé. Iba caminando por el centro para entregar unas fotos impresas. Lo vi salir de una cantina a las 2 de la tarde. Se veía más viejo. La camisa estaba manchada. Caminaba arrastrando los pies. Me detuve en seco. El instinto infantil de correr y esconderse me golpeó el pecho. Pero luego recordé quién era yo. Él levantó la vista y me vio. Sus ojos tardaron un segundo en enfocar. —Mateo —gruñó. No fue un saludo, fue un reconocimiento de existencia. —Hola, papá.

Hubo un silencio incómodo, roto solo por el ruido de los cláxones y los vendedores ambulantes gritando “¡Lleve la mica, el cargador!“. —Te ves… bien —dijo él, y sonó casi como una acusación. —Estoy bien. Tengo trabajo. Tengo a Ximena. Él soltó una risa seca, que terminó en tos. —Ya veremos cuánto dura. Todo se acaba. —Sí, papá. Todo se acaba —le respondí con calma—. Pero mientras dura, está chido. Deberías intentarlo alguna vez. Disfrutar algo.

Él me miró con una mezcla de odio y una tristeza profunda que intentaba ocultar. Esperaba que yo le pidiera perdón, o que le pidiera dinero, o que le gritara. Pero yo ya no tenía nada que pedirle ni nada que reclamarle. —Cuídate, papá —le dije.

Me di la media vuelta y seguí caminando. No sentí triunfo. No sentí lástima. Sentí ligereza. A veces, perdonar no significa volver a invitar a alguien a tu mesa; significa desearles que encuentren su propio camino, lejos del tuyo.

Capítulo 3: Los XV Años de Valentina (y la redención de los Tanner)

Si Ximena era el milagro, Valentina era la guerrera silenciosa. Llegó el momento de sus quince años. En México, esto es sagrado. Pero Valentina, fiel a su estilo, no quería un vestido ampón ni chambelanes bailando reguetón. Quería una fiesta temática de libros, en un jardín, con música indie.

Los Tanner, que antes hubieran impuesto su voluntad (o peor, hubieran ignorado el evento por estar cuidando a Ximena), esta vez se desvivieron. La Sra. Tanner se volvió experta en decoración vintage. El Sr. Tanner aprendió a cocinar los postres favoritos de Valen.

La noche de la fiesta, Ximena y yo estábamos en una esquina del jardín, viendo la escena. Valentina llevaba un vestido color lila sencillo, converse y una corona de flores. Se veía radiante. Estaba rodeada de amigos de su taller de escritura. El Sr. Tanner se acercó al micrófono para el brindis. Le temblaban las manos. —Buenas noches a todos —dijo, y su voz se quebró un poco—. Durante mucho tiempo, en esta familia hubo mucha oscuridad. Hubo miedo. Y por culpa de ese miedo, cometimos el error de no ver la luz que teníamos justo enfrente.

Valentina bajó la mirada, sonrojada. —Valentina —continuó su papá, mirándola directamente—. Tú fuiste nuestra luz cuando nosotros estábamos ciegos. Soportaste nuestra negligencia con una paciencia que no merecíamos. Hoy no solo celebramos tus quince años. Celebramos que nos enseñaste a ser padres de nuevo. Te amamos, hija. Perdónanos por tardar tanto en decírtelo como debíamos.

Todo el jardín se quedó callado. Vi a la Sra. Tanner limpiarse las lágrimas. Valentina corrió y abrazó a su papá. Fue un abrazo real, de esos que cierran heridas viejas. Ximena se recargó en mí. —¿Ves eso? —me dijo—. Eso es mejor que cualquier tratamiento médico. Sanar el corazón también cuenta. —Definitivamente —coincidí, besándole la frente—. Oye, hablando de celebraciones… ¿crees que tu papá se enoje si me robo un centro de mesa? —Mateo, ¡por Dios! —se rio ella, dándome un codazo.

Capítulo 4: El Susto

La vida es cíclica. Justo cuando te sientes seguro, te recuerda que somos frágiles. Dos años después de Islandia. Estábamos planeando un viaje a Oaxaca. Ximena estaba en el baño cepillándose los dientes. De repente, escuché un ruido seco. Como un costal de papas cayendo al suelo. —¿Xime? Corrí al baño. La encontré desmayada en el piso. El pánico que sentí en ese momento no se compara con nada. Fue un frío absoluto que me paralizó la sangre. —¡Ximena! ¡Ximena!

Despertó unos segundos después, desorientada. —¿Qué pasó? —murmuró. —Te desmayaste. Vámonos al hospital. Ahora.

El camino a urgencias fue un déjà vu horrible. El olor a desinfectante, las luces blancas, las enfermeras corriendo. Llamé a los Tanner. Llegaron en tiempo récord. El miedo había regresado a sus caras. Ese miedo viejo y conocido. —¿Es el cáncer? —preguntó la Sra. Tanner, mordiéndose las uñas—. ¿Regresó? —No sabemos —dije, tratando de mantener la calma aunque por dentro estaba gritando.

Le hicieron estudios. Tomografías. Análisis de sangre. Las horas en la sala de espera fueron eternas. Yo caminaba de un lado a otro. Pensaba en Islandia. Pensaba en si había aprovechado bien estos dos años extra. Pensaba en que no estaba listo para dejarla ir. Nunca se está listo.

Finalmente, salió el doctor. No era el oncólogo de siempre, era uno de urgencias. —Familia de Ximena Tanner. Nos lanzamos sobre él. —¿Qué tiene? —preguntó el Sr. Tanner. El doctor sonrió levemente. —Tiene una infección estomacal severa y deshidratación. Probablemente algo que comió le cayó muy mal. —¿Infección? —repetí, incrédulo—. ¿No es… ya saben qué? —No. Sus marcadores tumorales están perfectos. Está limpia. Solo necesita suero, antibióticos y dejar de comer tacos de la calle por un tiempo.

El alivio colectivo fue tan fuerte que casi nos caemos. Nos empezamos a reír. Una risa nerviosa, liberadora. —Tacos… —dijo Ximena cuando entramos a verla. Estaba pálida, pero viva—. Malditos tacos de suadero. Me traicionaron. —Te dije que esa salsa se veía sospechosa —le regañé, besándole la mano con devoción—. Casi me matas del susto, mujer. —Hierba mala nunca muere, Mateo —bromeó ella, pero vi en sus ojos que ella también había tenido miedo.

Esa noche, me quedé en el sillón incómodo del hospital cuidándola. Mientras dormía, me di cuenta de algo. El miedo siempre va a estar ahí. Cada dolor de cabeza, cada mareo, nos va a recordar lo que pasamos. Pero no podemos dejar que el miedo maneje el coche. Tiene que ir en el asiento de atrás.

Capítulo 5: La Propuesta (y por qué no fue en París)

Después del susto de los tacos asesinos, decidí que no quería esperar más. Había estado ahorrando para comprar un lente nuevo para mi cámara, pero el lente podía esperar. No quería una propuesta de película. No quería llevarla a París ni contratar un mariachi. Quería algo que fuera nosotros.

La llevé a la azotea de nuestro edificio en la Narvarte. Había colgado unas series de luces navideñas (aunque era mayo) y había puesto una mesa plegable con tacos (de un lugar limpio esta vez) y un vino barato. La vista no era la Torre Eiffel. Eran tinacos, antenas y la ropa tendida de la vecina. Pero se veía el cielo de la ciudad, ese cielo naranja y contaminado que, si lo miras con amor, es hermoso.

—¿Qué celebramos? —preguntó Ximena, sentándose y agarrando un taco. —Celebramos que estamos aquí. Celebramos que sobreviviste a los tacos pasados. Y celebramos que te aguantas mis ronquidos.

Ella se rio. —Tus ronquidos son terribles, es verdad. Deberías ir al otorrino. —Lo haré. Pero antes… tengo una pregunta.

Me arrodillé. El piso estaba sucio y me raspé la rodilla, pero no importó. Saqué la cajita. No era un diamante gigante. Era un anillo sencillo, con una piedrita color ámbar. Naranja. Como las rosas. Como las auroras boreales.

—Ximena… tú me enseñaste que la vida no se mide en tiempo, sino en profundidad. Me enseñaste a ver el mundo a través de un lente diferente. No puedo prometerte que viviremos cien años. Nadie puede. Pero te prometo que, dure lo que dure esto, cada día voy a intentar que valga la pena. Te prometo hacerte reír cuando tengas miedo. Te prometo comprarte flores naranjas aunque no sea tu cumpleaños. Y te prometo ser tu compañero en este viaje loco, hasta que se nos acabe el rollo de la cámara. ¿Te quieres casar con este fotógrafo cursi?

Ximena dejó el taco en el plato. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Eres un tonto —dijo, llorando y riendo—. Claro que sí. Sí, sí, sí.

Nos abrazamos ahí, entre tinacos y smog, y fue el momento más perfecto de mi vida.

Capítulo 6: El Futuro (Cinco años después)

Si me preguntaras ahora, cinco años después de Islandia, cómo es mi vida, te diría que es maravillosamente caótica. Ximena y yo nos casamos seis meses después de la propuesta. Fue una boda pequeña en un jardín en Coyoacán. Valentina fue la dama de honor y leyó un poema que hizo llorar hasta al juez del registro civil. Mis abuelos fueron. Mi papá no. Le envié una invitación, por paz mental, pero no contestó. Está bien. Su silla vacía no pesó; se llenó con el amor de la gente que sí quería estar.

Ximena terminó su carrera y ahora trabaja en una fundación que ayuda a niños con enfermedades terminales a cumplir sus sueños a través del arte. Es dura. A veces llega a casa llorando porque perdió a uno de sus “niños”. Pero dice que es su manera de pagar la deuda con el universo. Ella les da lo que nadie le dio al principio: esperanza y dignidad.

Yo logré abrir mi propio estudio. “Estudio Luz del Norte”, se llama. Me va bien. No soy rico, pero no nos falta nada. Sigo tomando fotos documentales. Mi serie sobre Ximena se convirtió en un libro. Se vende bien, y donamos las ganancias a la investigación del cáncer.

Valentina ya está en la universidad, estudiando Letras. Es una mujer segura, fuerte, que no se deja pisotear por nadie. A veces viene a cenar a la casa y nos quedamos platicando hasta la madrugada. La relación con sus papás es buena. No perfecta, pero real. Van a terapia familiar. Se esfuerzan.

Y hay una noticia más. Hace unos meses, Ximena empezó a sentirse rara. Cansada. Con náuseas. El pánico, otra vez. Siempre el pánico. Fuimos al doctor. Mismos pasillos, misma ansiedad. Pero esta vez, la noticia fue diferente. —Felicidades —dijo el doctor—. Van a ser papás.

Yo casi me desmayo (creo que es mi turno de ser el dramático). Ximena se tocó el vientre, incrédula. Después de tanta quimio, de tanta radiación, nos habían dicho que era casi imposible. Pero aquí estamos. Esperando a una niña. Ya tenemos el nombre. Se va a llamar Aurora. Por obvias razones.

Conclusión Final

Estoy escribiendo esto mientras veo a Ximena dormir. Su panza ya se nota un poco. Kafka está dormido sobre ella, ronroneando como un motor viejo. Afuera llueve. Es una de esas lluvias de la Ciudad de México que lavan todo el polvo y dejan el aire oliendo a tierra mojada.

Si pudiera viajar en el tiempo y hablar con el Mateo de 17 años, ese chavo enojado que trapeaba pisos y odiaba al mundo, le diría: “Aguanta, carnal. Todo tiene sentido. El dolor, el miedo, la rabia… todo te está preparando para amar de una forma que la mayoría de la gente no entiende”.

Le diría que el verdadero acto de rebeldía no es gritarle a tu papá o escaparte de la escuela. El verdadero acto de rebeldía es ser feliz en un mundo que insiste en que seas miserable. Es amar con todo el corazón sabiendo que un día lo vas a perder todo, y aun así, decidir que vale la pena el riesgo.

Nuestra historia empezó con una sentencia de muerte y se convirtió en un manual de vida. No somos especiales. No somos héroes. Solo somos dos personas que decidieron mirar hacia arriba en la noche más oscura y encontraron luces de colores.

Y ahora, con una hija en camino, sé que la aventura apenas comienza. Tengo mi cámara lista. Tengo a mi musa. Y tengo tiempo. No sé cuánto. Nadie lo sabe. Pero te aseguro una cosa: no voy a desperdiciar ni un solo segundo.

Gracias por leer nuestra historia. Y por favor, si tienes a alguien a quien amas, suelta el celular (bueno, después de darle like a esto) y ve a decírselo. Hazlo ahora. Porque la vida es un parpadeo. Y créeme, no quieres perderte el espectáculo.

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Fingí estar inconsciente para saber qué pensaban de mí, pero la confesión de la muchacha del servicio me dejó helado…

Durante años, me construí una fama en la ciudad. Me llamaban “El témpano de hielo”. Distante, controlado, imposible de leer. Pero la verdad es que estaba agotado….

El hombre más rico de la ciudad tenía todo el dinero del mundo, pero ni un solo peso podía comprarle un minuto más de vida a su pequeño hijo. Los médicos, con sus títulos elegantes, ya habían tirado la toalla y nos mandaron a rezar, pero yo sabía algo que ellos no. En mi pueblo, mi abuela me enseñó secretos que la ciencia ignora. Mientras el “patrón” se derrumbaba en el piso de mármol, yo apretaba en mi bolsillo un frasquito viejo con un líquido oscuro. ¿Me atrevería a desafiar a los doctores y arriesgar mi trabajo, o incluso mi libertad, por una corazonada?

Soy Ana. Y nunca pensé que mis manos, curtidas por el cloro y el trabajo duro, tendrían que sostener la vida del hijo de mi patrón. El…

El silencio en esa casona era aterrador: La pequeña Liliana llevaba dos semanas sin probar alimento tras el trágico accid*nte de su madre, y su padre estaba dispuesto a dar toda su fortuna por un milagro.

Me llamo Ana y, honestamente, cuando crucé el portón de aquella inmensa casona en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, mis manos temblaban. No…

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