
LA MUJER QUE LLORÓ AL VER A BAXTER: EL SECRETO DE UN PASADO OLVIDADO
El tiempo se detuvo en ese rincón del estacionamiento. Juro que por unos segundos, el ruido de los cláxenes sobre la avenida, el rechinar de los carritos de supermercado y el bullicio de la gente entrando y saliendo de la tienda desaparecieron por completo. Solo estábamos ella, yo y el eco de esa pregunta imposible flotando en el aire caliente de la Ciudad de México: “¿Su perro se llama Baxter?”.
Mi primera reacción, totalmente visceral, fue mentir. Mi instinto de supervivencia, ese que desarrollas viviendo en una ciudad tan caótica y a veces peligrosa como esta, me gritaba que negara todo. “No, se llama Max”, “No, se equivoca”, “Déjeme en paz”. Cualquiera de esas respuestas hubiera servido para subirme al coche, poner los seguros y huir de ahí. Porque, seamos honestos, ¿qué probabilidades hay de que una desconocida que te ha estado siguiendo por los pasillos de un Walmart sepa el nombre real de tu perro de servicio? Las probabilidades son nulas, a menos que te hayan estado investigando, a menos que sea algo planeado, algo turbio.
Sin embargo, algo me detuvo. Quizá fue el tono de su voz. No había amenaza en ella, no había esa agresividad pasiva de los estafadores o la insistencia nerviosa de quien quiere sacarte algo. Había dolor. Un dolor crudo, palpable, de ese que te raspa la garganta solo de escucharlo.
Me quedé mirándola, con la mano aún aferrada al mango de la cajuela de mi coche, creando una barrera física entre nosotros. Baxter, que hasta ese momento había estado en su modo de trabajo —estoico, ignorando el entorno, concentrado en mis niveles de azúcar y en mi seguridad—, de repente hizo algo que nunca hace cuando trae el chaleco puesto: rompió la postura. Levantó la cabeza, olfateó el aire con una intensidad inusual y sus orejas, esas orejas de terciopelo que conozco mejor que mis propias manos, se giraron hacia ella como si fueran antenas captando una frecuencia olvidada.
—¿Cómo sabe usted su nombre? —repetí, pero esta vez mi voz salió menos agresiva, aunque seguía cargada de cautela. Sentí cómo el sudor frío me bajaba por la espalda, mezcla del calor del mediodía y la adrenalina que aún no terminaba de bajar.
La mujer, a quien el llanto le sacudía los hombros de una manera que me hizo sentir culpable por haber sospechado de ella, intentó hablar, pero las palabras se le atoraban. Se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón, como si intentara contener físicamente la emoción que la desbordaba. Era una imagen desoladora. Una señora mayor, vestida con sencillez pero con dignidad, parada entre el asfalto manchado de aceite y los coches mal estacionados, desmoronándose frente a un desconocido.
—Perdóneme… es que… —tomó aire, una bocanada profunda y temblorosa, tratando de recomponerse—. Yo… yo pensé que nunca más lo volvería a ver. Pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada allá adentro, en el pasillo de los cereales. Pero luego vi la mancha… esa manchita blanca en su pata delantera izquierda. Y su mirada. Dios mío, es su mirada.
Yo bajé la vista hacia la pata de Baxter. Efectivamente, ahí estaba la pequeña mancha blanca, apenas visible si no sabes que está ahí. Es un detalle minúsculo, algo que la mayoría de la gente pasa por alto porque se quedan impresionados con el chaleco rojo, con la seriedad del perro o simplemente con su tamaño. Nadie que no haya convivido íntimamente con él notaría ese detalle a metros de distancia.
Mis defensas empezaron a bajar, ladrillo a ladrillo, reemplazadas por una confusión abrumadora y una curiosidad creciente.
—Señora —dije, soltando por fin la cajuela y dando un paso pequeño, tentativo, hacia ella—, necesito que me diga quién es usted. ¿Conoce a Baxter?
Ella asintió frenéticamente, sacando un pañuelo de papel arrugado de su manga para secarse los ojos. Sus manos temblaban tanto que me preocupó que fuera a dejar caer su bolso.
—Yo no solo lo conozco, joven —dijo con la voz quebrada, pero con una firmeza que me erizó la piel—. Yo lo crié. Yo fui su mamá adoptiva.
El mundo se me vino encima. “Yo lo crié”. Esas tres palabras resonaron en mi cabeza como un eco lejano. Sabía, por supuesto, que los perros de servicio no nacen sabiendo cómo salvar vidas. Sabía que antes de llegar a mí, Baxter había pasado por un proceso largo y riguroso. Sabía que había existido una familia temporal, voluntarios que reciben a los cachorros a las ocho semanas de edad y los cuidan, los socializan y los aman hasta que tienen año y medio, solo para tener que entregarlos después para su entrenamiento formal.
Siempre había pensado en esa gente como héroes anónimos. Héroes sin rostro. Gente capaz de un sacrificio emocional que yo, honestamente, no sé si podría soportar: amar a un ser vivo con toda el alma sabiendo que tiene fecha de caducidad en tu vida. Sabía que existían, pero nunca, jamás, imaginé que me encontraría con uno de ellos en un estacionamiento cualquiera, un martes cualquiera.
—¿Usted es… del programa? —pregunté, sintiendo cómo se me hacía un nudo en la garganta.
—Sí —respondió ella, sorbiendo la nariz—. Fui madre de crianza para la escuela de perros guía. Baxter… bueno, nosotros lo llamábamos “Gordito” de cariño al principio porque era el más comelón de la camada, pero su nombre oficial siempre fue Baxter. Llegó a mi casa cuando era una bolita de pelo que cabía en mis dos manos.
La mujer empezó a buscar algo en su bolso con desesperación.
—Espere, espere, por favor no se vaya. Tengo que mostrarle… tengo fotos. Las llevo conmigo siempre. Nunca las borré, aunque he cambiado de teléfono tres veces.
Me quedé quieto, observándola. Baxter, a mi lado, estaba inquieto. Emitió un gemido muy bajito, un sonido agudo que casi nunca hace. Estaba oliendo el aire con fuerza, estirando el cuello hacia ella, tensando la correa. Él sabía algo. Su nariz, que es mil veces más sensible que mi intuición, ya le estaba diciendo lo que yo apenas empezaba a procesar.
La señora sacó un teléfono celular, un modelo no muy reciente, con la funda un poco gastada. Sus dedos torpes por el llanto y los nervios se deslizaban por la pantalla, buscando en la galería. El sol pegaba fuerte sobre el cristal del teléfono, haciendo difícil ver, así que me acerqué un poco más para hacer sombra.
—Mire —susurró, girando la pantalla hacia mí.
Y ahí estaba.
Mi corazón dio un vuelco. En la pantalla del celular, pixelada pero inconfundible, estaba la imagen de un cachorro de labrador chocolate. Tenía los ojos azules todavía, esa mirada tierna y desenfocada de los bebés. Estaba sentado sobre una alfombra beige, mordiendo lo que parecía ser una pantufla de cuadros.
—Esa pantufla era de mi difunto esposo —dijo la mujer, con una sonrisa triste—. Baxter se la robó el primer día y decidió que era su juguete favorito. Nunca tuve corazón para quitársela.
Deslizó el dedo. Otra foto. Baxter un poco más grande, quizá de cuatro meses, con las patas desproporcionadamente enormes para su cuerpo, luciendo un chaleco azul brillante que decía “EN ENTRENAMIENTO”. Estaba en un parque, con la lengua de fuera, mirando a la cámara con esa expresión de felicidad pura que, a veces, cuando no está trabajando, todavía le veo.
—Aquí fue su primera visita al centro comercial —explicó ella, señalando la imagen—. Se asustó con las escaleras eléctricas. Tuve que cargarlo. Pesaba ya casi quince kilos, pero temblaba como una hoja.
Deslizó una vez más. La última foto. Esta me rompió el alma. Era una selfie, un poco borrosa. Salía ella, la misma mujer que tenía enfrente pero nueve años más joven, con menos canas y menos arrugas, abrazada al cuello de un Baxter ya casi adulto. Los ojos de ella estaban rojos e hinchados en la foto. Los de Baxter se veían tristes, como si entendiera lo que estaba pasando.
—Esta fue el día que lo entregué —dijo, y su voz se rompió de nuevo en un sollozo ahogado—. El día que lo llevé de vuelta a la escuela para que empezara su entrenamiento formal como perro guía para ciegos. Fue el día más triste de mi vida después de que murió mi marido. Sentí que estaba traicionando su confianza. Él me miraba como diciendo: “¿Por qué me dejas aquí? ¿Qué hice mal?”.
Me quedé sin palabras. Miré la foto y luego miré al perro que estaba a mi lado, mi compañero, mi sombra, mi salvavidas. De repente, ya no era solo mi perro. Vi toda la historia que cargaba en sus espaldas, todo el amor que había recibido antes de que yo siquiera supiera que lo necesitaba.
—Han pasado casi nueve años… —murmuré, haciendo los cálculos mentales.
—Nueve años, dos meses y cuatro días —corrigió ella con precisión dolorosa—. No ha habido un solo día en que no pensara en él. Me preguntaba si estaría bien, si sería feliz, si le darían buenas croquetas, si alguien le rascaría detrás de las orejas justo en ese punto donde le gusta…
Ella levantó la vista del teléfono y me miró a los ojos, con una vulnerabilidad que me desarmó.
—Sabe, joven… me dijeron que no lo logró.
Fruncí el ceño, confundido. —¿Cómo que no lo logró?
—Unos meses después de entregarlo, llamé a la escuela para preguntar por él. Tenía la esperanza de saber que ya se había graduado, que estaba ayudando a alguna persona ciega. Pero me dijeron que lo habían dado de baja del programa de perros guía.
—¿Por qué? —pregunté, ofendido en nombre de Baxter. Para mí, él es el perro más perfecto del mundo.
Ella sonrió entre lágrimas, una sonrisa llena de melancolía y cariño. —Me dijeron que era “demasiado sociable”. Que se distraía mucho porque quería saludar a todo el mundo. Que era demasiado cariñoso y empático, y que eso no servía para un perro guía, que necesita ignorar todo. Me dijeron que tenía “demasiado corazón” para el trabajo.
Se limpió una lágrima que corría por su mejilla. —Me sentí tan culpable… Sentí que yo había fallado. Que lo había mimado demasiado, que no fui lo suficientemente estricta. Pensé que por mi culpa él no tenía un propósito. Me imaginé que lo habrían dado en adopción a cualquier familia como mascota, y solo rezaba porque lo trataran bien. Nunca supe qué fue de él… hasta hoy.
La culpa en su voz era pesada. Llevaba casi una década cargando con la idea de que había arruinado el futuro del perro que amaba por haberlo querido demasiado.
Miré a Baxter. Él seguía fijo en ella, vibrando con una energía contenida. Entonces, tomé una decisión. A la mierda el protocolo. A la mierda las reglas de “no tocar al perro de servicio”. Hay momentos en la vida que son más grandes que las reglas.
—Señora —le dije suavemente—, ¿quiere saludarlo?
Sus ojos se abrieron como platos. —¿Puedo? Veo que trae su chaleco… sé que no se debe distraer a los perros de trabajo. No quiero causarle problemas.
—Por favor —insistí, y me agaché junto a Baxter para quitarle el chaleco. En cuanto el broche hizo clic y le retiré la prenda roja, Baxter entendió. Ya no estaba “en turno”.
—Baxter —le dije, señalándola—, saluda.
Lo que pasó en ese instante es algo que guardaré en mi memoria hasta el día que me muera. Baxter no caminó hacia ella; prácticamente voló. Dio un salto, algo que sus viejas articulaciones de diez años ya no suelen hacer, y se lanzó hacia ella. Pero no fue un salto brusco, fue un abrazo.
La mujer se arrodilló en el asfalto sucio sin importarle nada, y Baxter se fundió con ella. Empezó a lamerle la cara, las manos, las lágrimas. Emitía unos aullidos suaves, como de llanto, mientras movía la cola tan fuerte que todo su cuerpo se sacudía. Era el reencuentro de dos almas que se habían extrañado en silencio durante una vida entera.
—¡Mi niño, mi niño hermoso! —lloraba ella, hundiendo la cara en el cuello del perro, aspirando su olor—. ¡Te acuerdas de mí! ¡Dios mío, te acuerdas de mí!
Baxter le respondía con lamidas frenéticas, poniéndole las patas encima de los hombros, empujando su cabeza contra su pecho. Era alegría pura. Alegría sin filtros, sin tiempo, sin olvido. El perro profesional, serio y médico que yo conocía había desaparecido, y en su lugar estaba ese cachorro “demasiado sociable” del que ella hablaba.
La gente pasaba por el estacionamiento y se nos quedaba viendo. Algunos con curiosidad, otros con molestia porque estábamos estorbando un poco el paso entre los coches. Un señor con un carrito lleno de refrescos nos miró feo, pero a mí no me importó. Estaba siendo testigo de un milagro.
Me quedé de pie, observándolos, dándoles su espacio. Sentí una punzada extraña en el pecho. Celos, tal vez. O quizás era gratitud. Me di cuenta de que ese amor que Baxter me daba incondicionalmente todos los días, esa capacidad de conexión que tenía, no había nacido de la nada. Alguien la había sembrado. Esta mujer, con sus galletas caseras y sus mimos, había construido los cimientos del perro que hoy me mantiene vivo.
Después de unos minutos, que parecieron horas, ella se fue calmando. Baxter se sentó frente a ella, jadeando feliz, con la lengua de fuera, pero sin dejar de tocarla con la pata, como asegurándose de que no se fuera a ir otra vez.
La señora levantó la vista hacia mí. Tenía el maquillaje corrido y los ojos rojos, pero se veía radiante. —Gracias —susurró—. Gracias por dejarme hacer esto. No tiene idea de lo que significa para mí.
Se puso de pie con dificultad, sacudiéndose las rodillas. Luego, su mirada se posó en el chaleco rojo que yo tenía en la mano. Su expresión cambió, volviéndose seria, preocupada.
—Dígame la verdad, joven… —dijo, señalando el chaleco—. Me dijo que lo dieron de baja por ser demasiado cariñoso. ¿Qué trabajo hace ahora? ¿Es… es un perro de terapia?
Negué con la cabeza y sonreí. Aquí venía la mejor parte. La parte donde yo podía liberarla de su culpa.
—No, señora. Baxter es un perro de alerta médica. Específicamente, alerta diabética y de crisis hipoglucémicas.
Ella parpadeó, procesando la información. —¿Alerta diabética?
—Tengo diabetes tipo 1 severa —expliqué, señalándome a mí mismo—. Mi azúcar en sangre puede bajar peligrosamente rápido sin que yo me dé cuenta. Puedo desmayarme, entrar en coma o incluso morir si no me atiendo a tiempo.
Me acerqué a Baxter y le acaricié la cabeza. —Lo que usted llamó “defecto”, eso de ser “demasiado sociable” y estar demasiado pendiente de la gente… eso es exactamente lo que lo hace el mejor perro del mundo para mí. Un perro guía necesita ignorar a su dueño y enfocarse en el camino. Pero un perro de alerta médica necesita estar obsesionado con su dueño. Necesita sentir mis cambios químicos, oler mi sudor, notar si me tiemblan las manos.
La mujer se llevó las manos a la boca, asombrada.
—Me ha salvado la vida dieciséis veces confirmadas —continué, y no era una exageración—. Dieciséis veces que él me despertó en la madrugada, o me empujó para que me sentara, o me trajo mi kit de glucosa antes de que yo siquiera supiera que me estaba bajando el azúcar.
—¿De verdad? —preguntó ella, con la voz llena de asombro.
—De verdad. Una vez, estábamos en el cine. Yo me sentía bien, solo un poco cansado. Baxter empezó a ladrar y a empujarme. Me obligó a salir de la sala. En cuanto llegamos al lobby, me desplomé. Si me hubiera quedado en la butaca oscura, tal vez no habría despertado. Él lo supo 20 minutos antes que yo.
La señora Eleanor (aunque en ese momento aún no sabía su nombre, para mí ya era parte de la familia) miró a Baxter con una mezcla de orgullo y reverencia. Ya no lo veía como el cachorro que “falló”, sino como el héroe en el que se había convertido.
—Siempre supo cuando algo no estaba bien —dijo ella, recordando—. Incluso de cachorro. Una vez, mi esposo se cayó en el jardín. Baxter tenía solo seis meses. Corrió hacia mí y me jaló del delantal hasta que lo seguí. Él simplemente… sabía.
—Ese instinto —le dije firmemente—, ese “exceso de corazón” que usted le dio, es lo que lo hace una máquina perfecta de detectar emociones y cambios físicos. Usted no falló, señora. Usted lo preparó para un destino diferente. Si él hubiera sido un perro guía “perfecto”, yo probablemente estaría muerto hoy.
Las lágrimas volvieron a sus ojos, pero esta vez eran diferentes. Eran lágrimas de alivio. De redención. Vi cómo se quitaba un peso de encima, una mochila de culpa que había cargado por nueve años.
Nos quedamos ahí platicando casi media hora más. El sol seguía pegando fuerte, pero ya no nos importaba. Me contó anécdotas increíbles. Me dijo que a Baxter le encantaba robar calcetines (¡todavía lo hace!), que le tenía pánico a la aspiradora (¡confirmado!), y que su lugar favorito para que le rascaran era justo detrás de la oreja derecha (su punto débil).
Era surrealista. Estaba hablando con una desconocida en el estacionamiento de un Walmart sobre las intimidades de mi perro, y sentía que la conocía de toda la vida. Había un hilo invisible que nos unía a los tres.
—Me tengo que ir —dijo finalmente, mirando su reloj con pesar—. Mi hija me debe estar esperando para comer.
—Espere —le dije—. No se vaya así.
Saqué mi celular. —Deme su número. O su correo. Quiero enviarle fotos. Quiero que sepa cómo está. No quiero que pasen otros nueve años sin que sepa de él.
Ella dudó un segundo, quizás por pudor, pero luego asintió con una sonrisa enorme. Intercambiamos números ahí mismo.
—Me llamo Eleanor —dijo, extendiéndome la mano.
—Roberto —respondí, estrechándola. Su mano se sentía frágil pero cálida.
Antes de irse, se arrodilló una última vez frente a Baxter. Le susurró algo al oído que no alcancé a escuchar, le dio un beso en la trufa húmeda y se levantó. Baxter intentó seguirla, pero yo sostuve la correa suavemente.
—Gracias por cuidarlo, Roberto —me dijo, mirándome fijamente—. Gracias por mantenerlo a salvo.
—Gracias a usted, Eleanor —respondí, sintiendo que la voz se me quebraba—. Gracias por criarlo así. Gracias por hacerlo tan… humano. Y gracias por dejarme ver que él está exactamente donde debía estar.
Ella sonrió, se dio la media vuelta y caminó hacia su coche, un sedán gris estacionado unas filas más atrás. La vi subir, vi cómo se limpiaba la cara en el espejo retrovisor antes de arrancar.
Yo me quedé ahí parado un momento más. Miré a Baxter. Él me miró a mí, movió la cola una vez y luego se sacudió, como quitándose la emoción de encima y volviendo a la realidad. Le puse el chaleco rojo de nuevo.
—¿Listo, amigo? —le pregunté.
Él se enderezó, cambió su postura. Volvió a ser el perro de servicio. El profesional. Pero en sus ojos, juraría que había un brillo nuevo. Un brillo de paz.
Subimos al coche. Mientras manejaba de regreso a mi departamento, con el tráfico de la tarde empezando a acumularse en Insurgentes, no podía dejar de pensar en lo extraña que es la vida. Salí a comprar leche y huevos, y regresé con el pasado de mi perro resuelto y con una nueva amiga.
Miré a Baxter por el retrovisor. Estaba dormido en el asiento trasero, soñando quién sabe qué cosas. Tal vez soñaba con pantuflas de cuadros y alfombras beige. Tal vez soñaba con la voz de Eleanor.
Ese día entendí que nuestros perros no son solo nuestros. Son el resultado de todas las manos que los acariciaron, de todas las voces que les hablaron con cariño, de todos los corazones que tocaron antes de llegar al nuestro. Baxter es mío, sí. Pero una parte de él, una parte fundamental, siempre será de ella. De la mujer que lloró en el estacionamiento porque pensó que había fallado, cuando en realidad, había creado un milagro.
Llegué a casa, dejé las bolsas del súper en la mesa y lo primero que hice fue tomarle una foto a Baxter, dormido en su cama, con las patas patas arriba.
Abrí WhatsApp, busqué el contacto “Eleanor – Mamá de Baxter” y le envié la foto con un mensaje:
“Ya llegamos a casa. Dice Baxter que gracias por las galletas imaginarias, y que espera verla pronto. P.D. Todavía duerme igual que cuando era cachorro”.
Vi las palomitas azules de “leído” casi de inmediato. Y luego, un mensaje que decía: “Escribiendo…”.
Sabía que esto no era el final de la historia. Era apenas el comienzo de un capítulo nuevo. Un capítulo donde Baxter tenía dos familias, y donde el amor, ese amor necio y resistente que cruza años y distancias, había ganado la partida.
Y todo gracias a que, por una vez en mi vida, no salí corriendo cuando alguien me habló en la calle. Todo gracias a que ella tuvo el valor de hacer esa pregunta: “¿Su perro se llama Baxter?”.
Sí, Eleanor. Se llama Baxter. Y es perfecto.
EL HILO INVISIBLE: CÓMO UNA EXTRAÑA SE CONVIRTIÓ EN FAMILIA
Ese mensaje de “Escribiendo…” en la pantalla de mi celular duró una eternidad. Fueron quizás dos minutos, pero en el tiempo de la ansiedad digital, se sintieron como horas. Yo estaba sentado en el sofá de mi departamento, con Baxter roncando suavemente a mis pies, todavía con esa sensación eléctrica en el cuerpo que te deja un encuentro con el destino. Por fin, el teléfono vibró. No fue un texto largo, ni un discurso solemne. Fue una foto.
Al abrirla, se me escapó una sonrisa que me dolió en las mejillas. Era una imagen vieja, escaneada o tomada de un álbum físico, con ese tono sepia y granulado de las fotos de hace una década. En ella, aparecía un Baxter diminuto, una bolita de pelo chocolate que apenas se distinguía del suelo, dormido profundamente dentro de una caja de zapatos que le servía de cuna improvisada. Al lado de la caja, se veía un par de zapatos de hombre, desgastados y viejos.
Debajo de la foto, llegó el texto de Eleanor: “Esa fue su segunda noche en casa. Lloraba mucho porque extrañaba a su mamá perruna, así que mi esposo puso su zapato al lado para que sintiera compañía. Se durmió al instante. Gracias, Roberto. Gracias por devolverme a mi Gordito. Bendiciones para los dos”.
Esa noche no pude dormir bien, pero no fue por el insomnio habitual ni por las preocupaciones de mi diabetes. Fue porque mi cerebro no dejaba de rebobinar la película del día. Repasaba cada gesto de Eleanor en el estacionamiento, la forma en que sus manos temblorosas acariciaron las orejas de terciopelo de Baxter , y sobre todo, esa confesión desgarradora de que ella creía haber fallado. Me di cuenta de que, sin querer, había tropezado con una herida abierta en el corazón de esa mujer y, milagrosamente, Baxter y yo teníamos la medicina para cerrarla.
Al día siguiente, la rutina volvió, pero ya no se sentía igual. La Ciudad de México seguía siendo ese monstruo caótico y ruidoso, pero ahora, entre los millones de desconocidos, había alguien que conocía el secreto de mi perro. Alguien que sabía que detrás del chaleco rojo de servicio , había un alma traviesa que robaba calcetines
Comenzamos despacio. Al principio, solo eran mensajes de WhatsApp por las mañanas. Yo le mandaba una foto de Baxter esperando su desayuno o listo para salir a caminar, y ella me respondía con “stickers” de bendiciones, piolines o corazones, muy al estilo de las mamás mexicanas. Pero poco a poco, los mensajes se convirtieron en audios.
—Buenos días, Roberto, buenos días, mi niño hermoso —decía su voz en el altavoz mientras yo me preparaba el café—. Espero que hoy tengan un día tranquilo. Aquí en el sur está lloviendo a cántaros, pónganle su impermeable si salen.
Baxter, juro que esto es cierto, reconocía su voz. Cuando ponía el audio, sus orejas giraban hacia el teléfono y soltaba un pequeño bufido, como buscando de dónde venía ese sonido familiar.
Pasó un mes exacto desde el encuentro en el Walmart cuando me animé a dar el siguiente paso. La relación digital era bonita, pero sentía que le debíamos algo más. Baxter se estaba haciendo viejo. Diez años en un labrador es entrar en la recta final. Sus bigotes ya estaban llenos de canas, y aunque su mente y su nariz seguían siendo agudas, su cuerpo empezaba a pedir tregua después de caminatas largas. No quería que Eleanor se perdiera esta etapa de su vida.
—Eleanor —le escribí un jueves por la tarde—, Baxter dice que extraña las galletas de su abuela. ¿Le gustaría venir a comer el domingo a la casa? Prometo cocinar algo decente, o si no, pedimos unos tacos, pero nos encantaría verla.
Su respuesta fue inmediata: “Ahí estaré. Llevo el postre”.
Ese domingo me levanté temprano a limpiar el departamento como si fuera a recibir a la realeza. Aspiré cada rincón (aunque Baxter odia la aspiradora, como bien me había confirmado Eleanor ), acomodé los cojines y escondí un poco el desorden de mi vida de soltero. Vivía en un departamento modesto en la colonia Narvarte, un lugar con buena luz y parques cerca, ideal para un perro.
Cuando sonó el timbre, Baxter estaba echado en su cama, tranquilo. Pero en cuanto abrí la puerta y el aire del pasillo trajo el aroma de Eleanor, el perro se transformó. No fue como en el estacionamiento, donde hubo sorpresa y shock. Esto fue reconocimiento puro y duro. Se levantó, sus uñas hicieron clic-clic-clic rápido sobre la duela, y llegó a la puerta justo cuando ella cruzaba el umbral.
Eleanor venía cargada con bolsas. Traía un refractario con algo que olía a gloria, una bolsa de papel que supuse traía pan dulce, y una cajita de metal.
—¡Hola, hola! —saludó ella, pero sus ojos se fueron directo al suelo, hacia el perro que ya estaba haciéndole fiestas alrededor de las piernas.
Baxter, olvidando sus diez años y su artritis incipiente, saltó. No fue un salto completo, más bien un levantamiento de patas delanteras para buscar sus manos. Eleanor dejó las bolsas en el suelo sin importarle nada y se agachó.
—¡Hola, mi Gordito! ¡Hola, mi amor! —le decía, mientras él le llenaba la cara de besos.
Esa tarde, mi departamento se llenó de una luz que no había tenido en años. Comimos, platicamos, y por primera vez, sentí que la soledad que a veces acompaña a mi enfermedad se disipaba un poco.
Eleanor me contó más sobre su vida. Había enviudado hacía doce años. Su esposo había sido un hombre bueno, amante de los animales. Después de su muerte, la casa se le vino encima. El silencio era ensordecedor. Por eso se metió al programa de cachorros de asistencia. Necesitaba ruido, necesitaba vida, necesitaba a alguien a quien cuidar para no dejarse morir de tristeza.
—Baxter fue el cuarto perro que crié —me contó mientras tomábamos café y comíamos las galletas que ella había horneado (que, por cierto, eran deliciosas, de mantequilla con nuez)—. Y fue el más difícil de entregar.
—¿Por qué? —pregunté, dándole un sorbo a mi taza.
—Porque él llegó justo en el aniversario de la muerte de mi esposo. Fue como… no sé, como si me lo hubieran mandado para decirme que todo iba a estar bien. Dormía conmigo, se acurrucaba en el lado vacío de la cama. Cuando se lo llevaron, sentí que perdía a mi marido por segunda vez. Y cuando me dijeron que “no servía”, sentí que yo había desperdiciado esa oportunidad de honrar su memoria.
Me estiré y tomé su mano sobre la mesa. —Eleanor, mire a ese perro —señalé a Baxter, que dormía plácidamente en la alfombra, con la panza llena de premios que ella le había dado a escondidas—. Él no es un desperdicio. Él es mi ángel guardián. Y usted le enseñó a volar.
A partir de ese día, Eleanor se convirtió en la “Tía Eleanor”. Ya no era una extraña del Walmart, era parte de nuestra manada. Venía a visitarnos cada dos semanas, y yo hablaba con ella casi a diario.
Pero la verdadera prueba de fuego, el momento que cimentó nuestra relación para siempre, ocurrió unos tres meses después, en un martes cualquiera.
Yo había tenido una semana pesada en el trabajo (soy diseñador gráfico freelance y a veces los plazos de entrega son brutales). Había dormido mal y, estúpidamente, había descuidado un poco mis horarios de comida y mis dosis de insulina. Eleanor había pasado esa tarde “de rápido” porque quería traerme un caldo de pollo, ya que le había comentado que me sentía un poco agripado.
Estábamos en la sala. Ella estaba doblando una ropa que yo tenía acumulada en el sillón (porque así era ella, no podía estar quieta sin ayudar), y yo estaba en la computadora terminando un diseño.
De repente, Baxter se levantó de su cama. No hizo ruido. Solo se acercó a mi silla y me dio un golpe seco con el hocico en el muslo.
Yo estaba tan concentrado en la pantalla que lo ignoré. —Ahorita no, Bax —murmuré, quitándolo suavemente.
Pero él insistió. Me dio otro golpe, más fuerte, y soltó un ladrido corto y agudo. Wuf.
Eleanor se detuvo en seco. —Roberto —dijo ella, con voz alerta—, ¿qué quiere?
—Nada, seguro quiere salir o quiere una galleta de las que trajiste —dije, restándole importancia. Pero al intentar mover el mouse, noté que mi mano no respondía bien. Estaba temblando.
Baxter empezó a gemir y a rascar mi pierna con desesperación. Luego, hizo algo que solo hace en emergencias críticas: se paró en dos patas y puso las delanteras sobre mis hombros, obligándome a hacerme hacia atrás en la silla, casi tirándome.
—Roberto, te ves pálido —dijo Eleanor, soltando la ropa y acercándose rápido.
En ese momento, sentí el bajón. Fue como si alguien hubiera desconectado la electricidad de mi cuerpo. La visión se me puso borrosa, un túnel negro empezó a cerrarse a mi alrededor y sentí ese sudor frío y pegajoso que anuncia el desastre. Hipoglucemia severa. Estaba bajando demasiado rápido.
—Baxter… —intenté decir, pero la lengua se me trabó.
El perro bajó de mis hombros y corrió hacia la cocina. Eleanor, bendita mujer, no entró en pánico. Se quedó quieta un segundo, observando.
—¡El kit! —gritó ella, entendiendo lo que pasaba.
Baxter regresó corriendo de la cocina arrastrando el estuche naranja brillante donde guardo mi glucómetro y las tabletas de glucosa de emergencia. Lo dejó a mis pies y ladró fuerte, mirándome a los ojos con una intensidad que daba miedo.
Yo intenté agacharme, pero no tenía fuerza. Me estaba yendo. Mi cabeza cayó hacia atrás.
Lo siguiente que sentí fueron unas manos firmes sosteniéndome la cabeza y algo dulce entrando en mi boca. Eleanor estaba ahí, arrodillada a mi lado. Había abierto el kit (que Baxter le había empujado hacia ella con la nariz) y me estaba frotando gel de glucosa en las encías, tal como yo le había explicado una vez que se hacía en caso de que yo no pudiera tragar.
—Respira, mijo, respira —me decía, con voz calmada pero firme—. Aquí estoy. Baxter está aquí. No te vas a ir.
Baxter estaba pegado a mi otro lado, lamiéndome la mano frenéticamente para mantenerme consciente, con su cuerpo presionando contra mis piernas para darme calor y estimulación.
Poco a poco, la oscuridad retrocedió. El azúcar empezó a entrar en mi torrente sanguíneo. El temblor paró. Abrí los ojos y vi dos pares de ojos mirándome con la misma preocupación: los ojos café oscuro de Eleanor y los ojos ámbar de Baxter.
Me dejé caer en el suelo, agotado. Eleanor me abrazó. Sentí cómo su corazón latía a mil por hora contra mi hombro.
—Dios mío, Roberto —susurró—. Qué susto me diste.
Miré a Baxter. Estaba sentado, vigilante, sin dejar de olfatearme, confirmando que mis niveles químicos volvieran a la normalidad.
—Lo hizo… —dije con la voz ronca—. Me avisó. Yo no le hice caso, pero él insistió.
Eleanor acarició la cabeza del perro con una reverencia casi religiosa. —Me trajo el estuche —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Fue a la cocina, lo agarró y me lo trajo. Yo no sabía dónde estaba. Si él no me lo trae…
No terminó la frase. No hacía falta.
Ese día, la última sombra de duda que pudiera quedar en el corazón de Eleanor se desvaneció para siempre. Ella vio, en vivo y a todo color, cómo ese cachorro “demasiado sociable” y “distraído” se convertía en un profesional de élite cuando la vida de su humano estaba en peligro. Vio que el amor que ella le había dado no lo había hecho débil; lo había hecho leal.
—¿Ves? —le dije cuando ya pude sentarme en el sofá y tomarme un refresco para estabilizarme—. Te dije que me había salvado dieciséis veces. Ahora son diecisiete. Y esta cuenta también es tuya.
Eleanor lloró, pero esta vez fue diferente a la del estacionamiento. No era dolor, ni siquiera alivio. Era orgullo. Puro y duro orgullo de madre.
—Mi niño listo —le decía a Baxter, besándole la trufa—. Mi niño héroe.
A partir de ese incidente, Eleanor se volvió indispensable. No solo por el cariño, sino por la seguridad. Hicimos un pacto tácito. Ella tenía una copia de las llaves de mi departamento. Si yo no contestaba el teléfono o si Baxter ladraba de cierta forma en una videollamada, ella vendría. Me convertí en el hijo que ella no tuvo, y ella en la madre que yo necesitaba en esta ciudad inmensa.
Pero el tiempo, ese enemigo silencioso, no perdona.
Unos seis meses después, noté que a Baxter le costaba más subirse al coche. Ya no saltaba. Tenía que subir primero las patas delanteras y esperar a que yo le cargara la cadera. Su hocico, que cuando lo conocí a los dos años era color chocolate puro, ahora era casi completamente blanco, como si hubiera metido la cara en harina.
Una tarde, estábamos caminando en el Parque Hundido, uno de nuestros lugares favoritos. Eleanor venía con nosotros, caminando despacio del brazo conmigo. Baxter iba suelto (es un parque donde se permite), olfateando árboles, pero sin alejarse más de tres metros de mí.
—Se está cansando más rápido —observó Eleanor, viendo cómo Baxter se echaba en el pasto después de solo diez minutos de juego.
—Sí —admití, sintiendo ese nudo en la garganta que me acompañaba últimamente—. El veterinario dice que sus caderas están desgastadas. Displasia leve, pero con la edad duele más.
Nos sentamos en una banca. El sol de la tarde caía sobre la ciudad, bañando todo en una luz dorada. Baxter vino y se echó a nuestros pies, suspirando con satisfacción.
—Tengo miedo, Eleanor —confesé, mirando al perro—. Tengo miedo del día que ya no pueda trabajar. Y tengo pánico del día que ya no esté. No sé cómo vivir sin él. No sé cómo ser diabético sin él, pero sobre todo, no sé cómo ser yo sin él.
Eleanor me apretó el brazo. Ella sabía de pérdidas. Ella era una experta en el arte doloroso de decir adiós.
—Roberto —dijo suavemente—, el duelo es el precio que pagamos por el amor. Y es un precio muy alto, pero vale cada centavo. Cuando mi esposo murió, pensé que mi vida se acababa. Pero mira… —señaló a Baxter—. El amor se transforma. El amor que yo tenía por mi marido se convirtió en la necesidad de cuidar a este cachorro. Y el amor que le di a este cachorro, ahora se ha convertido en cuidarte a ti.
Se agachó y le rascó a Baxter detrás de la oreja derecha, su punto mágico. La pata trasera del perro se movió por reflejo, y los tres nos reímos.
—Cuando llegue el momento de que se retire —continuó ella—, no estarás solo. Él no se va a ir a ningún lado. Solo cambiará de trabajo. Dejará de ser tu enfermero para ser solo tu perro. Y yo estaré aquí para ayudarte a cuidarlo, igual que él te cuidó a ti.
—¿Y cuando se vaya? —pregunté, con la voz temblando.
—Cuando se vaya… —Eleanor miró al cielo, pensativa—. Cuando se vaya, lloraremos. Lloraremos mucho. Pero te prometo algo, Roberto. Yo estaré ahí contigo. No vas a pasar por eso solo. Yo lo recibí en este mundo cuando era una bolita de pelo que cabía en mis manos, y prometo que estaré contigo sosteniéndole la pata cuando tenga que irse. Cerramos el círculo juntos.
Esa promesa fue el regalo más grande que alguien me ha dado. En una ciudad donde la gente evita mirar a los ojos, donde todos corren y nadie se detiene, yo había encontrado una ancla.
Pasaron los meses. Llegó el cumpleaños número once de Baxter. Le hicimos una fiesta. Eleanor horneó un pastel especial de carne y zanahoria (apto para perros). Le pusimos un gorrito ridículo que aguantó exactamente tres segundos antes de quitárselo con la pata. Tomamos fotos. Muchas fotos.
En una de ellas, estamos los tres. Yo estoy sentado en el suelo, abrazando a Baxter por el cuello. Eleanor está sentada en el sofá detrás de nosotros, con una mano en mi hombro y la otra en la cabeza del perro. Los tres estamos sonriendo. Si ves la foto, no pensarías que somos dos extraños que se conocieron en un estacionamiento por casualidad. Pensarías que somos una familia de toda la vida.
Y en cierto modo, lo somos.
A veces pienso en las probabilidades. ¿Qué hubiera pasado si ese día yo hubiera ido al Superama en vez de al Walmart? ¿Qué hubiera pasado si Eleanor hubiera decidido no salir de casa porque estaba triste? ¿Qué hubiera pasado si yo hubiera sido grosero y me hubiera ido sin escucharla?
Pero luego miro a Baxter, dormido a mis pies mientras escribo esto, soñando, moviendo las patas como si corriera en campos eternos. Y entiendo que no hubo casualidad.
Eleanor dice que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Yo no soy muy religioso, pero creo en el instinto. Creo en ese “algo” que hizo que Baxter se detuviera ese día, rompiera su entrenamiento y mirara a esa mujer.
Él sabía. Él siempre supo.
La historia de Baxter no es solo la historia de un perro que detecta azúcar. Es la historia de cómo un perro tejió los hilos rotos de dos personas solitarias y los unió en un nudo ciego, imposible de desatar.
Hoy, Baxter ya está semi-retirado. Ya no lo llevo al cine ni a lugares muy concurridos. Usa su chaleco rojo menos tiempo. Pasa más horas durmiendo al sol en el balcón de Eleanor (sí, ahora a veces se queda a dormir en su casa los fines de semana para que yo pueda salir o viajar, y él es feliz porque ella lo consiente más que yo).
El otro día, Eleanor me mandó un mensaje.
“Gracias por prestarme al Gordito este fin de semana. Me hizo compañía mientras veía mis telenovelas. Por cierto, encontró la pantufla vieja de mi marido que tenía guardada en el clóset. Se durmió con ella. Creo que nunca olvidó”.
Leí el mensaje y lloré. Pero fueron lágrimas buenas. Lágrimas de gratitud.
Porque al final del día, todos buscamos lo mismo que Baxter: alguien que nos reconozca entre la multitud, alguien que sepa nuestro nombre verdadero, y alguien que nos diga que, a pesar de nuestros defectos, de ser “demasiado sociables” o “demasiado intensos”, somos perfectos tal como somos.
Yo encontré eso en un perro. Y gracias a ese perro, lo encontré en una madre postiza llamada Eleanor.
Así que si alguna vez estás en un estacionamiento en la Ciudad de México y ves a alguien llorando o mirando a un perro con nostalgia, no te asustes. No huyas. Detente. Pregunta.
A lo mejor, solo a lo mejor, estás a punto de conocer a la parte de tu familia que no sabías que te faltaba.
EL ÚLTIMO PASEO Y LA PROMESA CUMPLIDA
Dicen que los perros viven menos que nosotros porque ya nacen sabiendo amar de la forma en que a los humanos nos toma la vida entera aprender. Es una frase bonita, de esas que ves en Facebook y le das “like” sin pensar mucho. Pero cuando tienes a un ser como Baxter a tu lado, esa frase deja de ser un cliché y se convierte en una verdad absoluta, una sentencia de tiempo que empieza a correr en tu contra desde el primer día.
El retiro oficial de Baxter llegó un mes después de ese paseo en el Parque Hundido. No hubo ceremonia, ni diplomas, ni aplausos. Simplemente, una mañana de lunes, en lugar de ponerle su chaleco rojo de alerta médica, tomé su collar de cuero viejo, ese que solo usaba para estar en casa, y se lo abroché.
—Hoy no hay trabajo, socio —le susurré, rascándole detrás de la oreja derecha, justo donde Eleanor me había enseñado que era su punto débil.
Él me miró confundido. Dio unos pasos hacia el lugar donde colgaba el chaleco, lo olfateó y luego me miró a mí, como preguntando: “¿Estás seguro? ¿Quién te va a cuidar?”. Fue un momento durísimo. Ver a un perro de trabajo perder su propósito es como ver a un artista perder las manos. Se sentía inútil. Durante las primeras semanas, cada vez que mi alarma de glucosa sonaba (ahora dependía totalmente de la tecnología y de mi propio cuidado), Baxter se levantaba de un salto, aunque sus caderas crujieran, y trataba de correr hacia mí.
—No, Bax, tranquilo. Estoy bien —le decía yo, obligándolo a echarse de nuevo.
Ahí es donde entró Eleanor. Bendita Eleanor. Si Baxter era el cuerpo de la operación, ella se convirtió en el alma que sostenía el barco. Cumpliendo el pacto tácito que habíamos hecho, ella empezó a venir casi a diario. Pero ya no venía solo de visita; venía a trabajar. Su trabajo era enseñarle a Baxter a ser un “perro normal”.
—Mira, Gordito —le decía ella, sentada en la alfombra de mi sala, con una paciencia infinita—, ya no tienes que estar alerta. Ahora tu único trabajo es dejarte querer.
Le traía juguetes que no eran de entrenamiento. Le traía huesos gigantes de carnaza. Y poco a poco, Baxter entendió. Entendió que su guardia había terminado. Se volvió más lento, dormía más horas. Su hocico, que ya estaba blanco, se llenó de más canas hasta parecer un abuelito sabio.
Pero la vejez es cruel, y en los perros grandes, es galopante.
El declive fuerte empezó seis meses después de su cumpleaños número doce. Primero fue la dificultad para levantarse. Luego, la incontinencia. Me partía el alma ver su cara de vergüenza cuando se le escapaba la pipí en su propia cama. Él, que siempre había sido tan limpio, tan profesional, me miraba con una tristeza infinita, bajando las orejas.
—No pasa nada, campeón —le decía yo, limpiando el desastre con un nudo en la garganta y una sonrisa falsa para que él no notara mi dolor—. A todos nos pasa.
Eleanor y yo nos convertimos en enfermeros de tiempo completo. Compramos tapetes absorbentes, aprendimos a ponerle pañales especiales para perro, y acondicionamos la sala para que no tuviera que caminar sobre la duela resbalosa.
Una noche lluviosa de agosto, la situación llegó al punto de no retorno.
Baxter intentó levantarse para tomar agua y sus patas traseras simplemente no respondieron. Se desplomó con un gemido seco, un sonido que nunca le había escuchado. No era un ladrido, era un grito de auxilio. Corrí hacia él. Intenté levantarlo, pero era peso muerto. El dolor en sus ojos era insoportable. Jadeaba con la boca abierta, la lengua morada, y sus ojos ámbar, esos ojos que me habían vigilado durante años, estaban vidriosos, perdidos en el pánico.
Llamé a Eleanor. Eran las 2 de la mañana.
—Eleanor, es Baxter. Creo que es el momento —le dije, llorando abiertamente al teléfono.
No me preguntó nada. No dijo “¿estás seguro?” ni trató de calmarme con falsas esperanzas. Solo dijo tres palabras con una firmeza de acero: —Voy para allá.
Llegó en quince minutos. Vestía un pants y una chamarra puesta encima de la pijama, con el cabello revuelto, pero su presencia llenó el departamento de una paz instantánea. Se arrodilló junto a Baxter, que seguía tirado en la alfombra, respirando con dificultad.
En cuanto la vio, Baxter intentó mover la cola. Fue un movimiento apenas perceptible, un leve golpe contra el suelo, pero fue suficiente para rompernos el corazón.
—Hola, mi amor. Hola, mi niño valiente —le susurró ella, acariciando su cabeza con ambas manos, pegando su frente con la de él—. Ya estoy aquí. La abuela está aquí.
Baxter se relajó visiblemente. Su respiración se volvió menos agitada. Eleanor empezó a tararearle una canción de cuna, la misma que me contó que le cantaba cuando era un cachorro de ocho semanas y lloraba en la caja de zapatos.
Hablamos con el veterinario de confianza, el Dr. Arriaga, un hombre santo que entendía lo que Baxter significaba para mí. Nos dijo que podía venir a la casa al amanecer. Que era lo mejor. Que ya no había calidad de vida, solo dolor.
Esas horas de espera, desde las 3 hasta las 7 de la mañana, fueron las más largas y las más hermosas de mi vida. Nos sentamos en el suelo, alrededor de él. Hicimos un campamento de despedida. Eleanor trajo la famosa pantufla de cuadros de su esposo , esa que había guardado como una reliquia y que Baxter había “robado” en su última visita. Se la puso entre las patas delanteras. Baxter la olió profundamente y recargó la barbilla sobre ella.
—¿Te acuerdas, Roberto? —dijo Eleanor, con la voz suave, mientras acariciaba el lomo del perro—. ¿Te acuerdas cuando pensabas que te estaba siguiendo para robarte?
Solté una risa triste, llena de mocos y lágrimas. —Pensé que eras una secuestradora. O una loca.
—Y mírame ahora —dijo ella, mirándome con un cariño maternal—. Aquí estoy, robándote el dolor para que no te pese tanto.
—Eleanor —le dije, tomando su mano sobre el cuerpo tibio de Baxter—, tengo miedo. No sé quién soy sin él. Él es mi sombra. Mi páncreas artificial. Mi mejor amigo.
—Lo sé, mijo. Lo sé. Pero él ya cumplió su misión. Y la cumplió con excelencia. —Eleanor se inclinó hacia el perro—. Escúchame bien, Baxter. Fuiste el mejor perro del mundo. Fuiste el orgullo de esta vieja. No fallaste en nada. Ese “exceso de corazón” que dijeron que tenías, fue lo que salvó a este muchacho. Ahora te toca descansar. Ve a buscar a mi viejo. Ve a buscar a Jorge. Dile que le mando besos y que te dé todas las galletas que quieras.
Cuando el sol empezó a salir y la luz gris de la mañana se filtró por las ventanas de la colonia Narvarte, el timbre sonó. Era el doctor.
No entraré en los detalles clínicos, porque esos no importan. Lo que importa es el amor. Lo que importa es que Baxter no estuvo solo ni un segundo. Yo sostenía su cabeza, mirándolo a los ojos, diciéndole una y otra vez: “Te amo, gracias, te amo, gracias”. Y Eleanor… Eleanor cumplió su promesa.
Ella estaba a sus pies, sosteniendo sus patas traseras, esas patas que ya no servían pero que habían recorrido kilómetros a mi lado. Ella estaba cerrando el círculo. Ella lo recibió en este mundo con un abrazo, y con un abrazo lo estaba despidiendo.
—Ya puedes irte, Gordito —susurró ella en el momento final—. Todo está bien. Roberto se queda conmigo. Yo lo cuido.
Sentí el último suspiro de Baxter. Fue un suspiro largo, como si soltara una carga pesada. Y luego, la quietud. Esa quietud absoluta que te hiela la sangre. El “brillo de paz” que yo había visto en sus ojos años atrás, ahora era eterno.
Nos quedamos ahí, abrazados al cuerpo inerte de mi perro, llorando hasta que nos quedamos secos. Dos desconocidos unidos por un hilo invisible, llorando la muerte del ser que había atado ese nudo.
Los días siguientes fueron una neblina. La casa se sentía enorme, vacía, llena de ecos. Cada vez que se me caía algo al suelo, esperaba escuchar el clic-clic de sus uñas corriendo a ver qué era. Cada vez que abría la puerta, esperaba su saludo. Pero solo había silencio.
Eleanor no me dejó solo. Literalmente. Se instaló en mi departamento por tres días. Durmió en el sofá. Me obligó a comer. Me checaba los niveles de azúcar cada dos horas como si fuera una generala del ejército.
—Tienes que cuidarte, Roberto —me regañaba cuando yo no quería comer—. Baxter se va a enojar si te dejo morir de una hipoglucemia ahora que él no está. Sería una falta de respeto a su trabajo.
Tenía razón. Por respeto a Baxter, tenía que seguir vivo.
Decidimos cremarlo. Eleanor trajo una urna de madera preciosa, tallada a mano, que había comprado en un mercado de artesanías en Coyoacán.
—Es madera de copal —me dijo—. Para que su espíritu siempre encuentre el camino a casa.
Pero el momento más significativo, el momento donde realmente entendí que la muerte no es el final en nuestra cultura mexicana, llegó un par de meses después. Llegó en noviembre. Día de Muertos.
Yo nunca había sido muy de poner altar. Ponía una veladora y ya. Pero Eleanor… Eleanor es de la vieja escuela.
—Vamos a ponerle su ofrenda al Gordito —anunció ella llegando a mi casa el 31 de octubre con cajas llenas de flores de cempasúchil, papel picado y calaveritas de azúcar.
Limpiamos una mesa en la sala. Eleanor me enseñó a hacer el camino de pétalos de cempasúchil desde la puerta hasta el altar, “para que el olor de la flor lo guíe y no se pierda entre los vivos”, me explicó.
Pusimos la foto de Baxter. No la del cachorro, ni la de perro viejo. Pusimos una foto donde salía con su chaleco rojo, en su mejor momento, mirando a la cámara con esa dignidad de rey que tenía. Y al lado, pusimos la foto que Eleanor me había mandado aquel primer día: el cachorro en la caja de zapatos con el zapato viejo.
Pusimos sus juguetes favoritos. Pusimos su collar. Y, por supuesto, Eleanor puso un plato con las galletas de mantequilla y nuez que tanto le gustaban, y yo puse la pantufla de cuadros.
—¿Crees que venga? —le pregunté a Eleanor esa noche, mientras tomábamos chocolate caliente frente al altar iluminado por las velas. Me sentía como un niño preguntando por Santa Claus, pero la necesidad de creer era física.
Eleanor sonrió, y la luz de las velas se reflejó en sus ojos. —Claro que va a venir. Los perros no necesitan permiso para cruzar. Ellos tienen pase VIP en el cielo. Además, ¿tú crees que se va a perder estas galletas?
Nos quedamos en silencio, mirando la flama de las veladoras bailar. Y juro, por lo más sagrado que tengo, que en ese momento sentí un olor familiar. No olía a flores, ni a incienso, ni a chocolate. Olía a perro mojado y a las frituras de maíz que a veces le olían las patas.
Sentí un peso en mis pies. Esa sensación inconfundible de cuando Baxter se echaba sobre mis zapatos para calentarme.
Miré a Eleanor. Ella tenía los ojos cerrados y una sonrisa serena en los labios. —Ya llegó —susurró ella—. Hola, Gordito.
Lloré, pero fue un llanto dulce. Fue el llanto de saber que el amor no se destruye, solo se transforma. Baxter ya no estaba en cuerpo para traerme mi kit de glucosa, pero estaba ahí, en el aire, en la memoria, y sobre todo, estaba vivo en el vínculo que había creado entre Eleanor y yo.
Pasó un año. La vida siguió, como siempre hace, terca e imparable.
Mi diabetes sigue ahí, dando lata. Ahora uso un monitor continuo de glucosa de última generación que se conecta a mi celular y suena como una alarma nuclear si me baja el azúcar. Es eficiente, sí. Pero no tiene nariz húmeda ni mueve la cola.
Eleanor y yo seguimos siendo inseparables. Vamos al cine, comemos los domingos. Ella me presenta como su “hijo adoptivo” con sus amigas del bingo. Y yo la presento como mi “mamá postiza” con mis colegas.
Un domingo de primavera, estábamos comiendo en una terraza en la Roma. Eleanor se veía nerviosa. Jugaba con la servilleta.
—Roberto —dijo de repente—, fui a la escuela.
—¿A qué escuela? —pregunté, distraído con mi taco.
—A la escuela de perros guía. A la fundación donde crié a Baxter.
Dejé el taco en el plato. Se me heló la sangre. —¿Para qué?
—Me llamaron. Tienen una camada nueva. Labradores dorados. Tienen ocho semanas. Necesitan familias de crianza temporal.
Me le quedé viendo. —Eleanor… ¿vas a hacerlo otra vez? ¿Después de lo que sufriste con Baxter? ¿Después de lo que lloramos cuando murió?
Ella me miró con una determinación que me recordó al día en el estacionamiento. —Justamente por eso, Roberto. Porque dolió tanto, significa que valió la pena. El dolor de la despedida no se compara con la alegría de haberlo tenido. Y hay mucha gente ahí afuera, gente como tú, que necesita un milagro con cuatro patas. Yo ya estoy vieja, quizá no me queden muchos años, pero todavía tengo amor para dar. No quiero guardármelo. El amor se echa a perder si no se usa.
Hizo una pausa y sacó su celular. —Y… bueno, pregunté si de casualidad conocían a alguien que necesitara un perro de alerta médica en un futuro. Les hablé de ti. Les dije que eres un dueño responsable, que entiendes el trabajo.
—Eleanor, no —la interrumpí, sintiendo pánico—. No puedo. No quiero otro perro. Nadie va a ser Baxter.
—Nadie te pide que sea Baxter —dijo ella con firmeza—. Baxter es irreemplazable. Pero tu corazón es grande, Roberto. Y tu seguridad es importante. No puedes vivir con miedo a tus bajones de azúcar para siempre.
Me mostró la foto en su celular. Un cachorro dorado, con cara de travieso, mordiendo la correa de un entrenador.
—Se llama “Fideo” —dijo ella, riendo—. Porque es largo y flaco y se mueve como gelatina. Me lo entregan el martes. Voy a criarlo por un año. Y si todo sale bien… si pasa las pruebas… tiene preferencia para ser asignado a un usuario con experiencia previa. O sea, tú.
Miré la foto del tal Fideo. No sentí el flechazo instantáneo que tuve con Baxter. Pero sentí curiosidad. Sentí una pequeña chispa de esperanza encendiéndose en la oscuridad de mi duelo.
—¿Fideo? —pregunté, levantando una ceja—. ¿Qué clase de nombre es ese?
—Uno que le queda perfecto. ¿Qué dices? ¿Me ayudas a criarlo? Necesito un “tío” que lo saque a pasear los fines de semana y que le enseñe a no tenerle miedo a las escaleras eléctricas. Tú eres experto en eso.
Suspiré, derrotado por su lógica y por su amor inmenso. Miré al cielo, hacia las nubes que pasaban sobre la Ciudad de México. Me imaginé a Baxter allá arriba, moviendo la cola, probablemente con la pantufla en la boca, dándonos su aprobación. Él no querría que estuviéramos tristes. Él querría que siguiéramos la cadena. Que otro perro tuviera la oportunidad de ser un héroe “demasiado sociable”.
—Está bien, Eleanor —le dije, tomando su mano—. Vamos por Fideo. Pero te advierto una cosa: si sale travieso, es culpa tuya.
Ella soltó una carcajada que hizo girar cabezas en el restaurante. —Trato hecho.
Pagamos la cuenta y nos fuimos caminando despacio por la avenida Álvaro Obregón. La ciudad rugía a nuestro alrededor, viva, intensa, hermosa. Yo iba del brazo de la mujer que me regaló la vida dos veces: una a través de un perro, y otra a través de su propia presencia.
No sé qué nos depare el futuro con Fideo. No sé si llegará a ser mi perro de servicio o si terminará siendo la mascota de alguien más. Pero de algo estoy seguro: mientras Eleanor y yo estemos juntos, honrando la memoria de aquel labrador chocolate que nos unió en un estacionamiento, todo estará bien.
Porque los hilos invisibles no se rompen con la muerte. Se estiran, se enredan, cambian de color, pero nunca, nunca se sueltan. Y a veces, solo a veces, esos hilos tienen forma de correa, huelen a galletas de nuez y terminan en una trufa húmeda que te dice, sin palabras: “Aquí estoy. No estás solo”.
Gracias, Baxter. Gracias por todo, socio. Misión cumplida.
(Fin)