
El café recién hecho humeaba en la mesa, pero el ambiente en mi pequeña cocina estaba helado. No por el frío de la mañana en la sierra, sino por las miradas de los dos detectives sentados frente a mí. Mi hija Sofía, con su mochila rosa y sus ojos grandes llenos de curiosidad, nos miraba desde la puerta.
—Cielo, ve a tu cuarto a terminar la tarea, por favor —le dije suavemente, forzando una sonrisa que no sentía. —¿Estás en problemas, papá? —preguntó ella, sintiendo la tensión en el aire. —No, mi amor. Solo estamos platicando. Todo está bien.
En cuanto ella cerró la puerta, la sonrisa se me borró del rostro. El Comandante Rivas lanzó un expediente sobre mi mesa de madera gastada. El sonido resonó como un d*sparo seco.
—Señor Mateo, revisamos su declaración de anoche. Dijo que “solo pasaba por ahí” y que improvisó los primeros auxilios —dijo Rivas, inclinándose hacia adelante—. Pero el cirujano del hospital dice otra cosa. Dice que la sutura en el abdomen de la oficial Ramírez no la hizo un aficionado. Fue “precisión militar”. De hecho, dijo que esa técnica le salvó la vida porque le dio 10 minutos extra que no tenía.
Apreté los puños bajo la mesa. Las viejas cicatrices en mis nudillos ardían.
—Tuve suerte. Vi un tutorial en internet —mentí, manteniendo la voz firme.
El detective más joven se rio con sarcasmo mientras señalaba la pared de la sala. Ahí, en un marco viejo que olvidé quitar, colgaba una foto borrosa de hace quince años y una medalla oxidada.
—¿Un tutorial? —Rivas se levantó y caminó hacia mí, invadiendo mi espacio—. Usted no es un repartidor cualquiera, Mateo. Revisamos sus huellas. Ex Marina, médico de combate de Fuerzas Especiales, condecorado, experto en trauma táctico. Desapareció del mapa hace cinco años… justo después de que el c*rtel emboscara a su esposa.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Sentí cómo se me aceleraba el pulso, no de miedo, sino de una rabia antigua que creía enterrada.
—Esa oficial que salvó anoche… —susurró Rivas, mirándome a los ojos— estaba investigando a la misma gente que mató a su mujer. Y ahora saben que ella está viva gracias a usted.
Me levanté de golpe, tirando la silla. —Yo no soy esa persona. Ya no. Tengo una hija que necesita un padre, no un cadáver.
Rivas no retrocedió. Puso una mano sobre mi hombro, pesada como una lápida. —Ellos no olvidan, Mateo. Y ahora que usted se metió en su camino, van a venir a terminar el trabajo. La pregunta es: ¿Va a esperar a que lleguen aquí, a esta casa, con su hija en el cuarto de al lado? ¿O NOS VA A AYUDAR A CAZARLOS?
¿ESTABAS BUSCANDO UNA SEÑAL PARA VOLVER A PELEAR O UNA E
Aquí tienes la Parte 2 de la historia, narrada por Mateo (el personaje principal), extendida y detallada para sumergirte completamente en la atmósfera, la tensión y la emoción, utilizando un español mexicano auténtico.
PARTE 2: EL REGRESO DEL GUERRERO
Capítulo 1: La sombra en la puerta
El silencio en mi cocina era tan espeso que se podía cortar con el cuchillo cebollero que descansaba sobre la barra. El Comandante Rivas no había parpadeado desde que lanzó esa amenaza velada. Mi hija Sofía estaba al otro lado de esa puerta delgada de madera, probablemente mordiendo la punta de su lápiz mientras intentaba resolver fracciones, ajena a que su padre estaba siendo arrastrado de vuelta a un infierno del que había huido hacía cinco años.
—¿Ayudarlos? —repetí, sintiendo cómo la bilis me subía por la garganta. Mi voz sonó rasposa, como si tuviera grava en la garganta—. Comandante, con todo el respeto que su placa merece, usted no sabe lo que me está pidiendo. Yo ya di mi cuota. Dejé mi sangre, mi cordura y a mi esposa en esa guerra. No le debo nada a nadie.
Rivas suspiró y se frotó las sienes. El detective joven, Ramírez, seguía mirando mis medallas en la pared como si fueran reliquias de un museo.
—Mateo, escucha —dijo Rivas, bajando el tono, cambiando la intimidación por una súplica honesta—. No te pido que te pongas el uniforme. No te pido que cargues un fusil. Pero esa gente… “La Maña”, el Cártel del Noreste, o como quieras llamarles esta semana… ellos no juegan. La oficial Valeria, a la que le salvaste la vida anoche con tus manos mágicas, era la única que tenía una pista sólida sobre la célula que opera aquí, en tu pueblo.
Me recargué en la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho. Mis cicatrices palpitaban. Siempre lo hacían cuando se mencionaba al cártel.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Ya la salvé. Hice mi buena acción. Ahora déjenme en paz. —Tiene que ver porque la emboscada de anoche no fue casualidad —interrumpió el detective joven, volteando por fin—. Usaron tácticas de infantería. Fuego cruzado, bloqueo de ruta, explosivos caseros. Son los mismos, Mateo. La misma firma que la del incidente hace cinco años. La misma gente que mató a tu esposa Sarah.
El nombre de Sarah golpeó el aire como un disparo. Cerré los ojos y, por un segundo, no estuve en mi cocina. Estuve de vuelta en esa carretera lodosa, con el olor a diesel quemado y el grito ahogado de Sarah mientras la vida se le escapaba entre mis dedos manchados de rojo.
—No digas su nombre —gruñí, abriendo los ojos con una furia que hizo que el detective joven diera un paso atrás—. Ustedes no tienen derecho.
Rivas se levantó de la silla. Era un hombre viejo, curtido por treinta años de patrullar calles olvidadas por Dios, y veía en sus ojos que estaba desesperado.
—Mateo, si no nos ayudas a entender cómo operan, cómo piensan, cómo anticipar sus movimientos… van a matar a Valeria. Van a ir al hospital y van a terminar lo que empezaron. Y no se van a detener ahí. Tú sabes cómo son. No dejan cabos sueltos. Y tú, mi amigo, ahora eres un cabo suelto.
Miré hacia el pasillo. Pensé en Sofía. Pensé en cómo ella me preguntaba por qué siempre me sentaba de espaldas a la pared en los restaurantes. Pensé en el miedo. Si venían por mí, ¿qué pasaría con ella? Rivas tenía razón, maldita sea. Al salvar a esa oficial, me había puesto una diana en la espalda.
—Consultor —dije finalmente. La palabra me supo a ceniza. —¿Qué? —preguntó Rivas. —Seré consultor táctico. Nada más. No voy al campo. No cargo arma. No hago arrestos. Solo les enseño a sus muchachos a no morirse y analizo la inteligencia que tengan. Y quiero protección discreta para mi casa las 24 horas. Si veo una sola camioneta sospechosa cerca de mi hija, el trato se cancela y yo mismo me encargo de todo. ¿Entendido?.
Rivas extendió la mano. Su agarre era firme. —Trato hecho, Mateo. Empezamos mañana.
Cuando se fueron, me quedé mirando mi muñeca desnuda. La pulsera de caucho negro que había llevado durante cinco años no estaba. La había perdido en el accidente, entre el lodo y la sangre, mientras cargaba a Valeria. Esa pulsera decía: Nunca abandones a un caído.
Tal vez, pensé mientras iba a abrazar a Sofía, nunca dejé de ser un soldado. Solo estaba en una pausa muy larga.
Capítulo 2: El despertar de la fuerza
A la mañana siguiente, dejé a Sofía en la escuela con un beso en la frente más largo de lo habitual. —Pórtate bien, chamaca. Papá tiene un trabajo especial hoy. —¿Vas a repartir muchas cajas? —preguntó ella, inocente. —Algo así, mi amor. Algo así.
Manejé mi vieja camioneta hasta la estación de policía. Al entrar, las miradas se clavaron en mí. Ya corrían los rumores. “El repartidor que es Rambo”, decían. “El médico brujo”. Ignoré los susurros y fui directo a la oficina de Rivas.
Pero antes de empezar, tenía que verla.
Rivas me llevó al hospital del condado. La habitación olía a antiséptico y flores baratas. Valeria estaba despierta, pálida, con tubos conectados a sus brazos, pero viva. Cuando me vio entrar, sus ojos se abrieron como platos.
—Eres tú —susurró. Su voz era débil, pero tenía acero en el fondo—. El hombre de la lluvia.
Me acerqué a la cama, incómodo. No me gustaban los hospitales. Me recordaban a todo lo que no pude salvar. —Hola, oficial. Me alegra ver que el color te volvió a la cara. —Me dijeron que me cargaste casi un kilómetro con el abdomen abierto —dijo ella, intentando sonreír, aunque hizo una mueca de dolor—. Y que la sutura que hiciste fue… —Fue lo que tenía que hacerse —la corté, restándole importancia—. ¿Cómo te sientes? —Como si me hubiera atropellado un tren. Pero viva. Gracias a ti.
Valeria buscó algo en la mesa de noche. Con mano temblorosa, tomó una cajita de plástico y me la extendió. —Creo que esto es tuyo. Se te cayó cuando me sacaste del auto. Lo encontré atorado en mi uniforme.
Abrí la caja. Ahí estaba. Mi pulsera negra. Nunca abandones a un caído. La tomé y sentí un peso regresar a mi muñeca, un peso familiar y reconfortante.
—Gracias —dije, colocándomela de nuevo. —El Capitán Rivas me dijo que vas a ayudarnos —dijo ella, mirándome fijamente—. Que vas a entrenar al equipo. —Solo voy a dar unos consejos. Nada serio. —Mateo —me llamó por mi nombre por primera vez—. Ellos son buenos chicos, pero no saben a lo que se enfrentan. Son policías de pueblo. Nunca han visto la guerra. Enséñales. Por favor. No quiero que nadie más termine como yo… o como tu esposa.
Me quedé helado. Rivas le había contado. —Ella sabía lo que hacía —dije secamente—. Igual que tú. —Enséñales a sobrevivir —insistió ella—. Eso es todo lo que pido.
Asentí una vez, di media vuelta y salí de la habitación. Tenía trabajo que hacer.
Capítulo 3: Escuela de Supervivencia
La sala de entrenamiento de la estación era un chiste. Unas cuantas colchonetas viejas, un pizarrón manchado y quince oficiales mirándome con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Eran jóvenes. Demasiado jóvenes. Veía en sus caras esa arrogancia típica de quien cree que la placa lo hace invencible.
—Buenos días —dije, parándome al frente sin ninguna nota—. Soy Mateo. El Comandante Rivas dice que necesitan ayuda. Yo digo que necesitan un milagro.
Un murmullo de molestia recorrió la sala. Uno de los oficiales, un tipo grande llamado Torres, se cruzó de brazos. —Oiga, amigo, con todo respeto. Nosotros arrestamos ladrones y narcomenudistas todos los días. ¿Qué nos va a enseñar un repartidor que no sepamos ya?
Sonreí. Esa era la reacción que esperaba. —Torres, ¿verdad? Ven acá.
Torres se levantó, sonriendo a sus compañeros, pensando que iba a intimidarme. Se paró frente a mí, sacándome media cabeza de altura. —Atácame —le dije. —¿Qué? —Saca tu cuchillo de práctica y atácame. Intenta cortarme el cuello. —Oiga, no quiero lastimarlo… —¡Hazlo! —grité con mi voz de sargento instructor, esa que no había usado en años.
Torres se sobresaltó y lanzó un golpe torpe. En menos de un segundo, desvié su muñeca, giré sobre mi eje y lo tenía inmovilizado contra el suelo con su propio brazo torcido detrás de la espalda, presionando un punto de presión en su cuello que lo dejó boqueando por aire.
La sala se quedó en silencio absoluto. Solté a Torres y lo ayudé a levantarse. —Primer lección: La calle no es un ring de boxeo. En la calle no hay reglas. Si dudas un segundo, te mueres.
Durante las siguientes dos semanas, transformé ese gimnasio en un infierno controlado. Les enseñé que la medicina táctica es tan importante como disparar.
—¡Taponar la herida! —les gritaba mientras practicaban con maniquíes y carne de cerdo cruda—. ¡No tengan miedo de meter los dedos! Si no sienten el hueso, no están presionando lo suficiente. ¡El paciente va a gritar! ¡Ustedes sigan presionando! ¡Su dolor no importa, su vida sí!.
Les enseñé a usar torniquetes con una sola mano, a moverse bajo fuego, a limpiar esquinas sin exponer el cuerpo. Les enseñé a pensar como el enemigo.
—El cártel no pelea justo —les explicaba frente al pizarrón—. Ellos usan emboscadas en forma de “L”. Ponen un señuelo aquí —dibujé una X—, y cuando ustedes se acercan, los barren desde dos flancos. Si ven un auto abandonado con las luces prendidas, no se acerquen. Es una trampa. Si ven a alguien tirado pidiendo ayuda en una zona roja, no corran. Evalúen.
Poco a poco, el escepticismo desapareció. Empezaron a llamarme “Jefe” o “Profe”. Veía cómo sus movimientos se volvían más fluidos, más seguros. Estaban dejando de ser policías de tránsito para convertirse en una unidad táctica. Pero yo sabía que el entrenamiento es una cosa y la realidad es otra muy distinta.
Capítulo 4: La Guarida del Lobo
Tres semanas después, llegó la información que estábamos esperando. Inteligencia había localizado la bodega donde el cártel almacenaba las armas y las drogas que movían por la región. Era una fábrica textil abandonada en las afueras, rodeada de monte.
Estábamos en la sala de conferencias, con mapas y fotos satelitales pegados en la pared. El aire estaba cargado de electricidad. —Muy bien —dijo Rivas—. Entramos mañana al amanecer. Equipo Alfa por la puerta principal, Bravo por la trasera. Rápido y limpio.
Miré el mapa y algo me hizo ruido. Un instinto que me picaba en la nuca. —Esperen —dije, interrumpiendo al Comandante. Me acerqué al mapa—. ¿Ven esta estructura aquí? La salida de emergencia del lado sur. —Sí, está bloqueada por escombros según el dron —dijo Ramírez. —No está bloqueada —corregí—. Está camuflada. Si yo fuera ellos, y supiera que viene la policía, dejaría esa salida “bloqueada” para que ustedes no pongan hombres ahí. Es su ruta de escape. O peor, es un cuello de botella para emboscarlos cuando intenten rodear.
Rivas me miró, sopesando mis palabras. —¿Qué sugieres? —Muevan al equipo Bravo 50 metros más atrás, en la línea de árboles. Y no entren hasta que Alfa haya asegurado el perímetro. Y por el amor de Dios, cuidado con las puertas. A esta gente le encantan las trampas explosivas. Cables trampa, placas de presión. Miren al suelo, no solo al frente.
Rivas asintió. —Hagan lo que dice Mateo. Modifiquen el plan.
Esa noche, no pude dormir. Limpié mis botas viejas, aunque no iba a usarlas en combate. Repasé el plan en mi cabeza una y otra vez. Valeria, ya dada de alta pero aún en recuperación, me llamó por teléfono.
—¿Vas a ir? —preguntó. —Voy a estar en el camión de comando. Mirando las pantallas. Eso es todo. —Cuídalos, Mateo. Son mi familia. —Haré lo que pueda, Valeria. Descansa.
Capítulo 5: Fuego y Sangre
El amanecer era gris y frío. Estaba sentado en la parte trasera del camión blindado de comando, rodeado de monitores y radios. Rivas estaba a mi lado, con los auriculares puestos. Veíamos las cámaras corporales de los oficiales mientras se acercaban a la bodega en silencio total.
—Equipo Alfa en posición —susurró la voz de Torres por la radio. —Equipo Bravo listo en el bosque —confirmó otro. —Ejecuten —ordenó Rivas.
En las pantallas, vi cómo reventaban la puerta principal. Bang, bang, bang. Granadas aturdidoras. Gritos. —¡Policía! ¡Al suelo!
El caos se desató. Los narcos no se rindieron; respondieron con fuego de armas automáticas. Veía los destellos en las cámaras borrosas. —¡Tenemos contacto! ¡Lado derecho! —gritaba Torres. —¡Cúbrete, cúbrete!
Mi corazón latía al ritmo de los disparos. Mis manos se movían solas sobre la mesa, como si quisiera controlar a los hombres a distancia. —Torres, no te quedes en el pasillo, eres un blanco fácil —murmuré, aunque no podía oírme. —¡Oficial caído! ¡Oficial caído! —gritó alguien.
Se me heló la sangre. —¿Quién es? ¡Reporte! —Es Gómez, tiene un rozón en la pierna. ¡Estamos bien, seguimos avanzando! —Apliquen torniquete y sigan —dijo Rivas.
La batalla duró diez minutos eternos. Poco a poco, los oficiales ganaron terreno. Sometieron a cuatro sospechosos. Pero faltaba el líder. El hombre que la inteligencia identificó como “El Buitre”, el jefe de plaza local.
—El objetivo corre hacia la puerta trasera —dijo un vigía del dron—. Va hacia la salida sur. —¡Se los dije! —grité—. ¡Equipo Bravo, atentos!
En la pantalla, vi a El Buitre correr desesperado hacia la puerta que yo había señalado. Iba armado y llevaba un chaleco táctico. —¡Alto! ¡Policía! —gritaron los del Equipo Bravo, saliendo de los árboles justo donde les dije que se pusieran.
El Buitre se detuvo en seco. Estaba rodeado. Sonrió a la cámara de uno de los oficiales y sacó un detonador de su bolsillo. —¡Atrás o volamos todos! —gritó el narco. Su voz se escuchó por la radio del oficial.
Todo se detuvo. Los oficiales congelaron sus posiciones. —Tiene un detonador —dijo Rivas, pálido—. Si lo aprieta, esa bodega debe estar llena de explosivos. Matará a todo mi equipo adentro.
Miré la pantalla con intensidad, mis ojos de francotirador buscando un detalle, una debilidad. La cámara de alta definición del oficial más cercano hizo zoom en la mano del narco. —Espera… —dije, entrecerrando los ojos—. Rivas, dile que no dispare todavía. —¡Mateo, va a volar el edificio! —¡Mira el cable! —señalé la pantalla—. El cable que sale del detonador. Es rojo. —¿Y qué? —Sigue la línea. No va a su chaleco. Va al marco de la puerta.
Mi mente procesó la información en milisegundos. Recordé los dispositivos que usaban en Medio Oriente. —Es un interruptor de hombre muerto, pero está conectado a la puerta, no a la carga principal. Si él suelta el botón, no pasa nada. Pero si abre esa puerta… si la puerta se mueve, el circuito se cierra y explota.
Tomé el micrófono, rompiendo mi regla de no intervenir directamente. —¡Equipo Bravo, escuchen! ¡Soy Mateo! ¡El detonador es un señuelo para la puerta! ¡Si abre la puerta, explota! ¡No dejen que toque la manija! ¡Disparen ahora! ¡Neutralicen antes de que toque la puerta!.
Hubo un segundo de duda. Confianza ciega. Eso era lo que les pedía. —¡Haganlo! —rugió Rivas.
Pum. Un solo disparo. Seco. Preciso.
En la pantalla, El Buitre cayó hacia atrás como un saco de papas. El detonador rodó por el suelo. No hubo explosión. La puerta permaneció cerrada.
—Objetivo abatido —dijo la voz temblorosa del oficial—. Situación controlada. Bodega segura.
Rivas soltó el aire que había estado conteniendo y se dejó caer en su silla. —Madre mía… —susurró—. Casi los perdemos. Me quité los auriculares, mis manos temblando ligeramente por la adrenalina residual. —Siempre es “casi”, Comandante. Hasta que deja de serlo.
Capítulo 6: La Medalla que no quería
Esa noche, la estación era una fiesta, pero una fiesta sobria. Había abrazos, palmadas en la espalda, pero también miradas de mil metros. Sabían que habían estado al borde de la muerte.
Estaba recogiendo mis cosas para irme a casa cuando Rivas pidió silencio en la sala central. —Atención todos. Hoy dimos un golpe histórico. Desmantelamos la célula que ha aterrorizado a este condado por años. Y todos regresaron a casa. Eso no fue suerte. Eso fue preparación.
Todos los ojos se volvieron hacia mí. Me sentí pequeño, a pesar de mi tamaño. Solo quería irme a casa a ver a Sofía.
Valeria, caminando con una muleta, se adelantó entre la multitud. Llevaba algo en las manos. —Mateo —dijo, con voz clara—. Nos salvaste la vida. A mí esa noche en la lluvia, y a todo el equipo hoy. Nos enseñaste a pelear, pero más importante, nos enseñaste a cuidarnos unos a otros.
Abrió una caja de terciopelo. Adentro brillaba una Estrella de Plata, mi vieja medalla, la que habían visto en mi pared. Rivas la había mandado a limpiar y montar. —Esta medalla estaba acumulando polvo en tu casa —dijo Valeria—. Pero pertenece aquí. En el Muro de Honor. Para que nunca olvidemos lo que es el verdadero valor. No el de las películas, sino el de un hombre que, teniendo todas las razones para odiar al mundo, decidió salvarlo.
Traté de negarme. —No lo hice por eso. No soy un héroe. —Lo sabemos —sonrió ella—. Por eso te la damos.
Ella colgó la medalla en la pared, junto a las fotos de los oficiales caídos en el cumplimiento del deber. Miré la foto de un oficial joven que murió hace años y luego miré a los vivos que me rodeaban. Sentí que algo se rompía dentro de mí, pero de una buena manera. Como un hueso que sana correctamente.
—Gracias —dije, con la voz quebrada. Rivas me estrechó la mano. —Te debemos todo, Mateo. —No me deben nada —respondí, mirando a los oficiales jóvenes que ahora me saludaban con respeto militar—. Solo prométanme una cosa: lleguen a casa con sus familias. Todas las noches. Esa es la única misión que importa.
Capítulo 7: Un año después
El sol de la tarde entraba por las ventanas del centro comunitario. Había veinte sillas dispuestas en semicírculo. No eran policías, ni soldados. Eran maestros, amas de casa, conductores de camión. Gente común.
Me paré al frente, vistiendo una camiseta polo con un logo sencillo: Capacitación de Primera Respuesta Rowan.
—Bienvenidos a todos —dije sonriendo—. Me llamo Mateo. Hoy vamos a aprender algo simple pero vital: cómo salvar una vida cuando todo sale mal.
Al fondo del salón, Sofía, que ya tenía trece años, estaba sentada haciendo su tarea, pero de vez en cuando levantaba la vista y me miraba con un orgullo que me llenaba el pecho. Ya no preguntaba por las cicatrices. Ahora sabía que eran marcas de un mapa que me había llevado hasta aquí.
Empecé la clase demostrando RCP en un maniquí. —La mayoría de la gente se congela cuando ve un accidente —les explicaba—. Es normal tener miedo. Pero si sus manos saben qué hacer, pueden anular ese miedo. La memoria muscular toma el control.
Una señora levantó la mano. —¿Y si me equivoco? ¿Y si hago daño? —Entonces comete el error —respondí—. Hacer algo siempre es mejor que no hacer nada. Yo he cometido muchos errores. Pero aquí sigo. Y la gente a la que ayudé, también sigue aquí.
La puerta se abrió y entró una mujer vestida de civil, con una placa colgada al cinto. Era Valeria. Se veía fuerte, saludable. Ya no era una oficial novata; ahora era Detective.
—Hola, extraño —dijo ella cuando terminó la clase y los alumnos se fueron. —Detective Ramírez —saludé—. Felicidades por el ascenso. —No lo habría logrado sin tu entrenamiento.
Caminamos hacia el estacionamiento mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Valeria me entregó una carpeta amarilla. —Pensé que querrías ver esto. Cerramos el caso de tu esposa. Me detuve en seco. Tomé la carpeta con manos que de repente se sentían pesadas. —¿Cómo? —Las pruebas de ADN de la redada en la bodega. Encontramos a los tres hombres responsables. Están bajo custodia, Mateo. Van a pasar el resto de sus vidas en una celda de máxima seguridad. Se acabó. Se hizo justicia.
Abrí la carpeta y vi las fotos de los criminales. Esperaba sentir furia, odio, deseo de venganza. Pero no sentí nada de eso. Solo sentí un vacío silencioso. Una paz extraña. —Gracias —dije, cerrando la carpeta—. No me la devuelve, pero… —Pero significa que no murió en vano —completó ella.
Nos quedamos en silencio un momento, viendo cómo Sofía corría hacia la camioneta. —¿Alguna vez piensas en volver? —preguntó Valeria—. ¿De tiempo completo? El Comandante siempre tiene una plaza para ti. Negué con la cabeza, mirando a mi hija. —Aquí es donde pertenezco. Enseñando a la gente normal. Es más tranquilo. Y la paga es verlos perder el miedo. —Y menos peligroso —añadió ella con una sonrisa. —Eso también.
Sofía bajó la ventanilla de la camioneta. —¡Papá! ¡Tengo hambre! ¡Vámonos a los tacos! —¡Ya voy, tragona! —le grité.
Valeria me dio un abrazo rápido. —El mundo necesita más gente como tú, Mateo. —El mundo necesita más gente como todos nosotros —respondí—. Todos tenemos algo que dar.
Subí a mi vieja camioneta. El motor rugió con ese sonido familiar y reconfortante. Miré por el espejo retrovisor. Colgado ahí, balanceándose suavemente, estaba mi pulsera negra: Nunca abandones a un caído.
Ya no la llevaba en la muñeca. Ya no la necesitaba pegada a mi piel para recordarme quién era. Ahora la llevaba ahí, a la vista, como un recordatorio de que el pasado es un lugar de referencia, no de residencia.
Miré a Sofía, que buscaba música en la radio. —¿Lista para cenar, mija? —Sí, papá. Oye, ¿mañana me enseñas eso de los vendajes otra vez? Quiero practicar. Sonreí, metiendo primera velocidad. —Claro que sí. Pero primero, tacos.
Arranqué hacia el atardecer. Fui soldado, fui médico, fui un hombre roto. Pero ahora soy Mateo. Soy padre. Soy maestro. Y por primera vez en mucho tiempo, soy libre.
FIN.
XCUSA PARA SEGUIR HUYENDO?