
Me llamo Luis y soy el monstruo de esta historia. Todo empezó con el olor a pan caliente a las cuatro de la mañana, un olor que llegué a detestar porque significaba trabajo. Mis papás eran gente de campo, de manos rotas y espaldas cansadas, que solo sabían hacer una cosa: amasar harina para que yo no tuviera que ensuciarme nunca.
Desde chavito fui delicado. Si mi papá me pedía ayuda con la leña, yo hacía una mueca y decía: “Ay no, me duele la espalda”, aunque estaba más sano que un roble. Mi mamá, en lugar de corregirme, se reía y me defendía: “Déjalo, todavía es un niño”. No sabían que estaban criando a un parásito.
Crecí escuchándolos susurrar en la cocina que yo tenía que ser “alguien”, como si ellos no fueran nadie. Vendieron cosas que les dolía vender, juntaron monedas en una lata vieja y me mandaron a la ciudad a estudiar Derecho. Me fui en el tren sintiendo que el mundo me debía todo, sin voltear a ver a mi madre que se quedaba llorando en el andén.
En la ciudad me volví un vago con suerte. Pasaba las materias de panzazo, gastándome el dinero que mis viejos sudaban en el horno, y me creía superior a todos. Cuando por fin me gradué y regresé al pueblo, ya no era su hijo; era un extraño frío y arrogante.
No busqué trabajo. Me tiré en la cama a dormir hasta el mediodía mientras mi papá, ya viejo y cansado, seguía cargando bultos. Un día, sentado en la mesa, solté la frase que iniciaría el fin de todo:
—Papá, deja de hacer trámites. Mejor pon la tierra a mi nombre.
Se hizo un silencio pesado en la cocina. Mi papá me miró confundido. —¿Cómo así, hijo? —Es solo papeleo —mentí con una frialdad que hoy me congela la sangre—. Yo sé de leyes, he estudiado. Es para protegerlos.
Ellos se miraron, dudaron un segundo, pero al final confiaron. Porque yo era su orgullo, su “licenciado”. No sabían que al firmar ese papel, no estaban asegurando su futuro, estaban firmando su sentencia…
PARTE 2: LA FIRMA DEL DIABLO Y EL SILENCIO EN LA MESA
Ese momento en la cocina, con el papel sobre el mantel de hule floreado, fue el instante exacto en que vendí mi alma, aunque en ese entonces yo juraba que solo estaba siendo “inteligente”. Recuerdo el sonido de las moscas zumbando cerca de la ventana y el olor a frijoles refritos que venía de la estufa, un olor que se mezclaba con el sudor de mi padre. Él tenía la pluma en la mano, una pluma corriente de esas que mordisqueas cuando estás nervioso, y le temblaba el pulso. No porque desconfiara de mí, su único hijo, su orgullo, el “licenciado”, sino porque para un hombre de campo, poner su firma en algo que no entiende es como caminar a ciegas al borde de un barranco.
—¿Seguro que esto es lo mejor, Luis? —me preguntó mi papá, levantando la vista. Sus ojos estaban cansados, rodeados de esas arrugas profundas que se hacen de tanto entrecerrar la mirada frente al calor del horno. Tenía harina en las cejas, como siempre. Esa maldita harina que yo sentía que se me pegaba en los pulmones cada vez que entraba a esa casa.
—Papá, por favor —bufé, fingiendo una paciencia que no tenía, revisando mi reloj como si tuviera asuntos urgentes, cuando lo único urgente que tenía era largarme a dormir—. Ya te expliqué. Las leyes cambian. Si algo les pasa, el gobierno se queda con todo. Al ponerlo a mi nombre, yo protejo el patrimonio. Es para que ustedes estén tranquilos. Es un blindaje jurídico.
Usé esas palabras, “blindaje jurídico”, “patrimonio”, términos que sabía que le quedaban grandes, palabras que sonaban a ciudad, a oficina, a poder. Vi cómo mi mamá asentía desde la esquina de la mesa, secándose las manos en el delantal. Ella siempre fue mi cómplice silenciosa, la que allanaba el camino para mis caprichos.
—Hazle caso al niño, viejo —dijo ella con esa voz suavecita que tienen las madres cuando quieren paz—. Él estudió. Él sabe de letras. Nosotros nomás sabemos de masa.
Y ahí, con esa frase, mi padre bajó la cabeza, vencido por su propia humildad. Apretó la pluma y garabateó su nombre. Una firma chueca, lenta, dolorosa. Sentí un cosquilleo en el estómago, pero no era culpa. Era adrenalina. Era la sensación de que, por fin, tenía el control. Agarré los papeles antes de que la tinta se secara, los metí en mi carpeta de cuero sintético y les di una sonrisa que no me llegaba a los ojos.
—Van a ver que es lo mejor. Ahora sí, todo está en orden.
Esa noche, mis padres durmieron tranquilos, pensando que tenían un hijo que velaba por ellos. Yo dormí como un bebé, sabiendo que la casa, el terreno, el horno y hasta el aire que respiraban, ya eran míos. Legalmente míos. Y esa certeza, en lugar de hacerme más responsable, desató a la bestia.
Los primeros días después de la firma fueron de una calma tensa, como cuando el cielo se pone gris antes de la tormenta. Yo sentía que ya no tenía que fingir. Ya no tenía que ser el hijo agradecido. Ya tenía el título de propiedad en un cajón bajo llave. Eso cambió mi postura, mi forma de caminar, hasta mi forma de mirar a mi padre. Antes, aunque fuera un vago, le tenía cierto respeto al hombre que pagaba las cuentas. Ahora, él vivía en mi casa.
Empecé a levantarme cada vez más tarde. Si antes era a las diez, ahora daban las doce o la una de la tarde y yo seguía encerrado en mi cuarto, con las cortinas cerradas, ignorando el ruido de la panadería que empezaba desde la madrugada. Oía los golpes de la masa contra la mesa de madera, el clac-clac-clac del rodillo, el tintineo de las charolas. Ruidos que antes me hacían sentir culpable, ahora solo me irritaban. “¿No pueden hacer menos ruido?”, pensaba, tapándome la cabeza con la almohada. “Pinche gente escandalosa, no dejan descansar a la gente decente”.
Me había convencido a mí mismo de que mi “descanso” era merecido. Después de todo, había pasado años “quemándome las pestañas” en la universidad (aunque la realidad fuera que pasé más tiempo en bares que en bibliotecas). Según mi lógica retorcida, mi cerebro de abogado necesitaba reposo, mucho más que el cuerpo de bestia de carga de mi padre.
Una tarde, salí de mi cuarto en calzoncillos y camiseta, rascándome la barriga, directo a la cocina. Mi mamá estaba ahí, picando verdura, con las varices de las piernas palpitando de tanto estar parada.
—Sírveme algo, jefa. Tengo un hambre de perro —dije, sentándome y poniendo los pies sobre la silla de al lado.
Ella dejó el cuchillo y corrió a calentar unas tortillas. —Ay, mijo, qué bueno que despiertas. Tu papá estaba preguntando por ti. Dice que si le puedes ayudar a llevar unos pedidos al centro, que la camioneta anda fallando y él ya no ve bien de lejos para manejar.
Sentí una punzada de ira. ¿Yo? ¿El licenciado Luis? ¿Repartiendo bolillos como un chalán cualquiera? —Dile que no esté chingando —solté. La palabra salió fácil, vulgar. Mi mamá se detuvo en seco, con el comal en la mano. —Luis… no hables así de tu padre. —Hablo como se me da la gana. Y dile que contrate a alguien. Yo no estudié cinco años para andar de chofer de panadero. Que se ubique.
Mi madre me sirvió el plato en silencio. Le temblaba la mano al dejarlo en la mesa. No me dijo nada, pero sus ojos se llenaron de agua. Yo, en lugar de sentirme mal, me sentí poderoso. Me comí los huevos con chorizo con gusto, ignorando su llanto silencioso. Me estaba volviendo inmune a sus lágrimas. Me decía a mí mismo: “Son unos dramáticos. Todo les afecta porque son de rancho. No tienen carácter”.
Pero el verdadero infierno comenzó unas semanas después. El dinero que yo había traído de la ciudad (que en realidad era dinero que ellos me habían mandado y que yo había “ahorrado” malviviendo) se acabó. Mis vicios no eran baratos. Me gustaba la cerveza, los cigarros, y salir al pueblo vecino a aparentar que era alguien importante.
Un martes por la noche, mi papá entró a mi cuarto. Yo estaba acostado, leyendo una revista de autos, con la música alta. Él se quitó la gorra, un gesto de respeto que siempre hacía al entrar a cualquier lado, y se quedó parado en el marco de la puerta. Se veía más pequeño de lo que recordaba. Más encorvado. El polvo blanco de la harina le cubría hasta las pestañas.
—Hijo… tenemos que hablar —dijo con voz ronca. —¿Ahora qué? —respondí sin bajar la revista. —Luis, ya van tres meses. No has buscado trabajo. La gente en el pueblo pregunta… —¿Y qué me importa lo que diga la gente? Bola de chismosos —interrumpí. —No es la gente, hijo. Somos nosotros. El dinero no alcanza. La venta ha bajado. Necesitamos que ayudes. Si no vas a trabajar de abogado, por lo menos ayúdame en el horno. O búscate algo en el municipio. Pero no puedes seguir así, nomás echado.
Bajé la revista lentamente y lo miré. Lo miré con un desprecio que me asusta recordar. Lo vi sucio, viejo, ignorante. Y pensé: “¿Este viejo cree que puede mandarme en mi propia casa?”.
—Mira, papá —me levanté de la cama despacio, para intimidarlo—. Tú no entiendes cómo funciona el mundo profesional. Un abogado no va a pedir chamba de puerta en puerta como un limosnero. Yo estoy esperando la oportunidad correcta. Estoy analizando opciones. No me voy a meter de secretario en cualquier agujero nomás porque tú tienes prisa.
—Pero hijo, mientras “analizas”, nosotros nos estamos tronando el lomo. Tu madre ya no aguanta las rodillas. Yo… yo me siento cansado, Luis. Muy cansado. —Pues descansen —dije con cinismo—. Cierren la panadería si quieren. Al cabo que ni deja tanto. —¿Y de qué comemos? —preguntó él, abriendo los ojos, incrédulo ante mi estupidez. —Pues vendan algo. Tienen cosas ahí guardadas que no sirven para nada.
Mi padre apretó la gorra entre sus manos. Sus nudillos se pusieron blancos. Fue la primera vez que vi un destello de furia en sus ojos mansos. —No seas cínico, muchacho. Todo lo que tenemos te lo hemos dado. No hay más que vender. Lo único que queda es esta casa y el trabajo de nuestras manos. —Esta casa —lo corregí, levantando el dedo índice—, te recuerdo que está a mi nombre. Así que técnicamente, yo soy el que decide qué se hace aquí. Y yo decido que no me vas a venir a presionar a mi cuarto.
El golpe fue invisible, pero brutal. Mi padre retrocedió como si le hubiera dado una cachetada física. Abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Solo me miró. Me miró como si de repente, frente a él, no estuviera el niño al que le enseñó a andar en bicicleta, sino un desconocido peligroso. —Dios te perdone, Luis —susurró, y dio media vuelta.
Cerré la puerta de un portazo y le subí más volumen a la música. “Viejo ridículo”, pensé. “Me quiere hacer sentir culpable. Manipulador”. Esa era mi defensa: convertirme en la víctima. Me convencí de que ellos eran los egoístas por exigirme trabajar después de “tanto estudio”. ¿No veían que yo era un intelectual? ¿Qué sabían ellos de la fatiga mental?
Los días siguientes, la atmósfera en la casa se volvió irrespirable. Dejaron de hablarme. Ya no había “buenos días, mijo”, ni “¿quieres más café?”. La cocina se volvió un lugar de silencio absoluto. Solo se escuchaba el choque de los cubiertos contra los platos. Ellos comían rápido, con la cabeza gacha, y se iban a trabajar o a encerrarse en su cuarto. Yo me quedaba solo en la mesa, como un rey en un castillo vacío, y aunque en el fondo sentía una soledad fría, mi orgullo no me dejaba ceder.
Empecé a traer amigos del pueblo vecino. Vagos como yo, pero con dinero de sus padres o de negocios turbios. Metía cartones de cerveza a la sala. Poníamos música norteña a todo volumen a las tres de la tarde. Mi mamá pasaba por el pasillo con la canasta de pan y mis amigos se le quedaban viendo, burlones. —Oiga, Licenciado, ¿esa es la sirvienta? —dijo uno una vez, entre risas borrachas. Yo me quedé callado un segundo. Sabía que debía defenderla. Sabía que debía romperle la cara a ese imbécil. Pero miré a mi madre, con su ropa vieja, sus zapatos gastados, su cabello recogido en un chongo mal hecho… y sentí vergüenza. Vergüenza de ella. —Sí, algo así —murmuré, tomando un trago de cerveza.
Mi madre escuchó. Lo sé porque se detuvo, su espalda se tensó, y luego siguió caminando más rápido hacia la salida. Ese día maté algo dentro de ella. No fue con un cuchillo, fue con dos palabras. “Algo así”. Negué a la mujer que me parió por quedar bien con un par de idiotas que ni siquiera eran mis amigos.
La degradación fue lenta pero constante. Dejé de lavar mis platos. Dejaba la ropa sucia tirada en el baño esperando que “alguien” la lavara. Y lo peor es que mi madre lo hacía. Lo hacía en silencio, lavando mis camisas, mis calzoncillos, planchando mis pantalones, tal vez con la esperanza absurda de que si me trataba bien, yo volvería a ser su Luisito. Pero su sumisión solo alimentaba mi tiranía. Me sentía con derecho a todo.
Un domingo, la situación estalló por algo insignificante. El calor. Era mayo y el calor en el pueblo era insoportable. Yo estaba en la sala, sudando, tratando de ver la televisión. El horno de la panadería, que estaba pegado a la parte trasera de la casa, estaba a todo lo que daba. El calor traspasaba las paredes. Sentía que me cocinaba.
Me levanté furioso y fui a la panadería. Mi papá estaba sacando charolas de conchas, rojo como un tomate, empapado en sudor, respirando con dificultad. Mi mamá estaba barnizando los panes. —¡Apaguen esa chingadera ya! —grité desde la puerta. Mi papá se sobresaltó y casi se quema. —¿Qué pasa, hijo? —¡Que hace un calor del infierno en la casa! ¡No se puede estar! ¡Parece que vivimos en un volcán! ¡Apaguen el horno! —Luis, falta una horneada. Son los pedidos para la merienda. No podemos apagar ahora —dijo mi papá, tratando de mantener la calma. —¡Me vale madre los pedidos! —pateé un costal de harina que estaba en el suelo. Una nube blanca se levantó, ensuciando todo—. ¡Estoy harto de este calor, harto de este olor a levadura que se mete hasta en la ropa, harto de ustedes y su maldito pan!
Mi mamá soltó la brocha y se puso a llorar. Un llanto quedito, desesperado. —Hijo, de esto vivimos… de esto comes tú también —dijo ella. —¡Yo no necesito de sus migajas! —les grité, sintiéndome gigante, sintiendo que mis palabras eran verdades absolutas—. ¡Ustedes son unos mediocres! ¡Se la pasan esclavizados aquí por unos cuantos pesos! ¡Yo voy a ser grande, voy a tener dinero, y lo primero que voy a hacer es tirar este horno de mierda!
Mi padre dejó la charola en la mesa. Se limpió las manos en el trapo que colgaba de su cintura. Caminó hacia mí. Por un momento pensé que me iba a pegar. Me puse en guardia. Pero no. Se paró frente a mí, a un metro de distancia, y me miró con una tristeza tan profunda que sentí un escalofrío. No era odio. Era decepción. Y la decepción de un padre pesa más que su mano.
—Luis —dijo, con una voz que sonaba a despedida—. La casa ya es tuya. El terreno es tuyo. Nos lo pediste y te lo dimos. Pero el respeto… el respeto no te lo puedo firmar en un papel. Ese lo perdiste tú solito. Y sin respeto, no eres nadie. Aunque tengas mil títulos. Eres menos que nadie.
—¡Cállate! —le grité, porque sus palabras me dolían, me quemaban más que el horno—. ¡Si no les gusta cómo soy, lárguense! ¡Esta es mi casa! ¡Mía! ¡Tengo los papeles!
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto. Solo se oía el crepitar de la leña en el horno. Mi mamá se tapó la boca con las manos. Mi papá asintió lentamente, como si acabara de confirmar una sospecha terrible.
—Está bien —dijo él. —¿Qué? —pregunté, descolocado. —Que está bien. Si eso es lo que quieres. Es tu casa. Nosotros… nosotros estorbamos aquí. —¡No, viejo, no! —gritó mi mamá, agarrándolo del brazo—. ¿A dónde vamos a ir? ¡Es nuestra casa de toda la vida! —Ya no, mujer. Ya no —dijo él, quitándose el delantal con lentitud ceremonial—. El licenciado tiene razón. Él es el dueño. Nosotros solo somos los panaderos.
Yo me quedé paralizado. No esperaba que aceptaran. Esperaba que me rogaran, que se humillaran, que me pidieran perdón por “molestarme”. Pero esa dignidad repentina de mi padre me desarmó. Y en lugar de recapacitar, en lugar de caer de rodillas y pedir perdón, mi maldito orgullo se endureció. No podía echarme para atrás. Si reculaba, perdía mi autoridad.
—Pues… pues piénsenlo bien —dije, tartamudeando un poco, pero tratando de sonar firme—. Porque yo voy a hacer cambios aquí. Y no quiero estorbos.
Me di la vuelta y regresé a mi cuarto. Me tiré en la cama, con el corazón latiéndome a mil por hora. “No se van a ir”, pensé. “No tienen a dónde ir. Mañana se les pasa el berrinche y me van a pedir perdón”.
Pero esa noche, no hubo ruido de sartenes para la cena. No me llamaron a comer. Escuché ruidos en la habitación de al lado. Ruidos de cajones abriéndose. Ruidos de cosas arrastrándose. Pasos lentos, pesados. Me asomé por la rendija de mi puerta. Vi a mi madre doblando ropa vieja y metiéndola en bolsas de plástico negro. La vi descolgar el crucifijo de la pared de la sala, ese Cristo viejo de madera que había estado ahí desde que yo nací. La vi acariciar los muebles, como despidiéndose.
“Es puro teatro”, me dije, intentando dormir. “Mañana van a estar aquí amasando como siempre”. Pero el miedo empezó a trepar por mi espalda. Un miedo frío. ¿Y si de verdad se iban? ¿Qué iba a hacer yo solo en esta casa? ¿Quién iba a cocinar? ¿Quién iba a pagar la luz? ¿Quién iba a hacer el pan? Pero mi ego era más grande que mi miedo. “Mejor”, pensé. “Que se vayan. Así vendo todo y me largo a la ciudad de verdad. Con el dinero de la casa y el terreno puedo poner un despacho. Puedo ser alguien. Ellos son el ancla que no me deja avanzar”.
Así pasé la noche, entre pesadillas y justificaciones, construyendo un castillo de mentiras para no sentirme la basura que era. Escuchaba susurros al otro lado de la pared. Mi madre llorando quedito, mi padre consolándola. —Dios proveerá, vieja. Dios no nos deja. Tenemos las manos. Mientras tengamos manos, no nos morimos de hambre. Pero aquí… aquí ya no hay amor. Y una casa sin amor es una tumba.
Esas palabras se me clavaron. “Una casa sin amor es una tumba”. Amaneció. No hubo olor a café. No hubo olor a pan. Hubo un silencio sepulcral. Me levanté a eso de las diez, con ojeras, sintiéndome enfermo. Salí a la cocina. Estaba vacía. Limpia. Demasiado limpia. No había platos sucios. No había nada en la mesa. Fui a su cuarto. La puerta estaba abierta. El colchón estaba desnudo. No había ropa en el armario. Solo quedaba un viejo almanaque en la pared y el olor a ellos, ese olor a jabón de lavandería y vejez.
Corrí al patio. El horno estaba apagado, frío, como una boca muerta. La leña estaba apilada. —¿Papá? —llamé, con la voz temblorosa. Nadie contestó. Salí a la calle. Miré hacia ambos lados. El sol pegaba fuerte sobre la tierra seca. —¿Mamá? Nada. Solo el polvo levantándose con el viento.
Se habían ido. De verdad se habían ido. Me dejaron la casa. Me dejaron el terreno. Me dejaron todo lo que yo les había exigido. Y sin embargo, parado ahí en medio del patio, rodeado de mis “posesiones”, sentí un vacío tan grande que pensé que me iba a tragar entero. Pero entonces, pasó un vecino. Don Chuy, el de la tienda. Se me quedó viendo con una mirada extraña, una mezcla de lástima y asco. —Ya vi que se fueron tus viejos rumbo al río —me dijo, escupiendo al suelo—. Qué vergüenza, muchacho. Qué poca madre tienes.
Ese insulto fue la chispa que volvió a encender mi ira. ¿Quién se creía él para juzgarme? ¡Todos estaban en mi contra! ¡Nadie entendía mi visión! —¡Váyase al diablo, viejo metiche! —le grité—. ¡Esta es mi propiedad!
Entré a la casa y azoté la puerta. “Ya gané”, me dije en voz alta, para que las paredes me escucharan. “Ya gané. Ahora soy el dueño de todo”. Fui al refrigerador. Estaba casi vacío. Solo había un poco de queso y agua. Me senté en la mesa, en la misma silla donde mi padre había firmado su sentencia, y miré a mi alrededor. La casa se veía enorme. Oscura. Hostil. De repente, me di cuenta de algo terrible. No sabía cocinar. No sabía lavar. No sabía ni cómo prender el boiler para bañarme con agua caliente. No sabía cómo funcionaban los contactos de la luz que a veces hacían corto. Era el dueño del barco, pero no sabía navegar.
Y lo peor no era eso. Lo peor era que, en el fondo, muy en el fondo de mi podredumbre, sabía que acababa de cometer el error más grande de mi vida. Pero mi soberbia no me dejaba correr tras ellos. “Que sufran un rato”, pensé con maldad. “Van a volver arrastrándose cuando vean que no tienen dónde caer muertos. Y entonces, entonces yo les pondré las reglas”.
Qué equivocado estaba. No sabía que los que tienen la conciencia limpia duermen tranquilos hasta debajo de un puente, mientras que los que tenemos el alma sucia, no encontramos paz ni en palacios de oro. Ese primer día de “libertad” fue el inicio de mi verdadera condena. Me serví un vaso de agua, y al beberlo, me supo amargo. Todo en esa casa empezaba a saber a traición.
PARTE 3: EL REINO DE LAS CENIZAS Y LA CAÍDA DEL LICENCIADO
La primera semana de mi “independencia” fue una borrachera de ego que se me bajó a golpe de realidad pura y dura. Al principio, el silencio de la casa me pareció un lujo. Por fin, pensaba yo, nadie me despierta con el ruido de las charolas, nadie me pregunta a qué hora llegué, nadie me mira con esa cara de perro apaleado cuando me levanto a las dos de la tarde. Me paseaba por la sala en calzones, rascándome la panza, sintiéndome el dueño del universo. Abría el refrigerador y me tomaba la leche directo del envase, dejando que se chorreara por mi barbilla, solo porque podía, solo porque ya no había una madre que me dijera “sírvete en un vaso, Luis”.
Pero la libertad, cuando no sabes qué hacer con ella, se pudre rápido. Muy rápido.
Al cuarto día, el fregadero era una montaña de platos sucios que olía a muerte. Había restos de huevo pegados que ya parecían cemento, manchas de salsa verde que se habían puesto negras y un zumbido constante de moscas que se habían adueñado de la cocina. Yo pasaba de largo, ignorando el desastre, diciéndome a mí mismo: “Al rato lo lavo, ahorita tengo cosas que pensar”. Pero el “rato” nunca llegaba.
La comida se acabó. El queso se puso duro y verde en las orillas. Las tortillas se hicieron piedra. Y ahí me di cuenta de algo humillante: el “Licenciado Luis”, el hombre que sabía de leyes y de amparos, no sabía hacerse ni un arroz. Intenté freír unos huevos y se me quemaron tanto que la cocina se llenó de un humo negro y asfixiante que hizo toser hasta a las paredes. Terminé comiéndome el huevo carbonizado, con sabor a ceniza, masticando mi propia inutilidad.
—Pinche estufa vieja —mascullé, culpando al aparato—. Todo en esta casa es una porquería.
Salí a la calle a buscar algo de comer con el poco dinero que me quedaba en la cartera. Al pasar por la tienda de Don Chuy, sentí las miradas. No eran miradas de respeto, como las que yo imaginaba que me merecía. Eran miradas afiladas, cuchillos por la espalda. Las señoras que barrían sus banquetas dejaban de platicar cuando yo pasaba y se susurraban cosas al oído. “Ahí va el malnacido”, alcancé a escuchar. “El que corrió a sus propios padres”.
Me hice el sordo. Me puse mis lentes oscuros, aunque estaba nublado, y caminé con la barbilla en alto, fingiendo que iba a una reunión importante. Pero por dentro, el estómago me rugía y la vergüenza me empezaba a picar como sarna.
Compré unas tortas en un puesto lejano, donde no me conocían, y regresé a encerrarme a mi fortaleza. Pero mi fortaleza se estaba cayendo a pedazos. Sin la mano de mi padre, el jardín se llenó de hierba mala en cuestión de días. Sin la escoba de mi madre, el polvo se acumulaba en los rincones formando pelusas grises que rodaban como plantas del desierto por el pasillo.
La soledad empezó a pesar. No era una soledad tranquila; era una presencia física, pesada, que se sentaba conmigo en el sofá. Empecé a hablar solo. —Ya verán cuando tenga mi despacho —le decía a la televisión apagada—. Van a venir a pedirme dinero y yo les voy a aventar monedas.
Pero el dinero no llegaba. Y las facturas, sí. Una mañana, encontré un papel debajo de la puerta. El recibo de la luz. Una cantidad que me hizo abrir los ojos como platos. ¿Cómo gastaban tanta luz? Ah, claro, el horno eléctrico industrial que mi papá a veces usaba para los pasteles finos. Y yo, en mi estupidez, había dejado las luces de la panadería prendidas dos noches seguidas porque me daba miedo la oscuridad del patio.
—No tengo para pagar esto —susurré, sintiendo el primer golpe real del pánico.
Revisé mis bolsillos. Nada. Revisé los cajones de mis padres, buscando algún “guardadito” que se les hubiera olvidado. Tiré sus cosas al suelo con desesperación. Encontré una caja de zapatos vieja debajo de la cama de ellos. La abrí con ansias, esperando ver billetes enrollados. No había dinero. Había fotos. Fotos mías. Yo de bebé, encuerado en una tina de plástico. Yo en el kínder, con mi diploma de papel china. Yo en la primaria, chimuelo. Yo en la graduación de la prepa, abrazado a ellos. Y detrás de una foto, con la letra temblorosa de mi mamá: “Para mi Luisito, la luz de mis ojos”.
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Aventé la caja contra la pared. Las fotos se desparramaron por el suelo como un rompecabezas de una vida que yo mismo había destruido. —¡Puro sentimentalismo barato! —grité, con la voz quebrada—. ¡Eso no paga la luz! ¡Eso no me da de tragar!
El hambre aprieta y el orgullo afloja, dicen. Pero mi orgullo era de hierro oxidado; no aflojaba, solo me infectaba más. Se me ocurrió la “gran idea”. La solución de los cobardes. Vender. Fui a la parte de atrás, a la panadería. El horno. Ese monstruo de ladrillo y metal que mi padre había construido con sus propias manos, ladrillo a ladrillo, sudor a sudor. Era el corazón de la casa. —Esto no me sirve de nada —me dije—. Yo soy abogado, no panadero. Esto es chatarra.
Llamé a un tipo del pueblo vecino que compraba fierro viejo y maquinaria usada. Un tal “El Tuercas”, un tipo con dientes de oro y mirada de buitre. Llegó en su camioneta destartalada, miró el horno, miró las batidoras industriales, las mesas de trabajo de madera maciza. —Te doy cinco mil pesos por todo el equipo de metal. Las mesas no las quiero, ocupan mucho espacio —dijo, escupiendo un pedazo de palillo. —¿Cinco mil? —protesté, aunque no tenía idea de cuánto valían—. Oiga, esto vale mucho más. Es equipo profesional. —Tómalo o déjalo, licenciado. Se ve que te urge la lana. Además, desmontar ese horno es un pedo. Me vas a hacer trabajar doble.
Sabía que me estaba robando. Sabía que esas batidoras valían diez veces más. Mi papá había ahorrado años para comprarlas. Eran su tesoro. —Dame seis y llévatelo todo ahorita —dije, sintiéndome sucio. —Trato hecho.
Ver cómo desmantelaban la panadería fue como ver una autopsia. Los golpes de los martillos rompiendo los ladrillos del horno sonaban como huesos quebrándose. Se llevaron las batidoras arrastrándolas, rayando el piso. El Tuercas me dio un fajo de billetes grasientos y se fue riendo. Me quedé parado en medio del local vacío. Ya no olía a pan. Olía a polvo y a traición. En el suelo quedó la marca de donde habían estado las máquinas, como la silueta de un muerto en la escena del crimen.
—Con esto aguanto —me dije, guardando el dinero—. Con esto me muevo a la ciudad y pongo mi despacho. Pero el dinero maldito se va como agua. En lugar de pagar la luz o comprar comida decente, me fui a la cantina. Necesitaba sentirme “alguien”. Necesitaba ruido, alcohol, lambiscones que me dijeran “Salud, Licenciado”. Invité las rondas. Me rodeé de parásitos peores que yo. —¡Así se hace, mi Lic! —me decía uno—. Usted sí sabe vivir. Qué bueno que se quitó el yugo de los viejos. Ya estaban chocheando, ¿no? —Sí, sí —respondía yo, con la lengua traposa y el corazón entumido—. Ya no dejaban vivir. Querían que fuera un gato como ellos.
Esa noche llegué a casa cayéndome de borracho. La casa estaba a oscuras. La luz la habían cortado esa misma tarde. Entré a tropezones, pateando muebles. —¡Maldita sea! —grité en la oscuridad—. ¡Ni para pagar la luz sirvió esta mierda! Me tiré en el sofá, vestido, y me quedé dormido con el vórtice del alcohol dándome vueltas en la cabeza.
Desperté con la peor cruda de mi vida. La cabeza me latía como si tuviera al Tuercas martillando dentro de mi cráneo. Tenía la boca seca, pastosa. Me levanté a buscar agua. No había agua en el garrafón. Abrí la llave del fregadero. Salió un hilo de agua café y luego… nada. También me habían cortado el agua. —No puede ser… —susurré, dejándome caer al suelo, recargado en los gabinetes llenos de hormigas—. No puede ser.
Pasaron dos semanas más. Dos semanas de infierno. Me bañaba a jicarazos con agua que sacaba de la pila del lavadero, que por milagro todavía tenía un poco acumulada, pero estaba llena de larvas de mosquito. Mi ropa fina de abogado estaba sucia, arrugada, oliendo a humedad. Me convertí en un fantasma en mi propia casa. Adelgacé. Se me hundieron los ojos. La barba me creció dispareja. Ya no salía ni a la tienda por vergüenza. Lo peor no era el hambre ni la sed. Lo peor eran las noches. Sin luz, la casa crujía. Escuchaba pasos. Juraba escuchar la voz de mi mamá cantando bajito en la cocina. —Luisito, ven a cenar… Me despertaba sudando, gritando: “¡Mamá!”, para luego darme cuenta de que estaba solo, en la oscuridad absoluta, rodeado de mis demonios.
Un martes por la tarde, el cielo se puso negro. Una tormenta de aquellas, de las que caen en el pueblo cuando Tláloc está enojado. Empezó a llover a cántaros. El viento aullaba golpeando las ventanas. De pronto, sentí una gota en la cabeza. Luego otra. El techo. El techo de la sala, que mi papá subía a impermeabilizar cada año religiosamente con sus rodillas doloridas, ahora era una coladera. Yo nunca me había preocupado por eso. “Eso lo hace el viejo”, pensaba siempre. El agua empezó a entrar. Chorros de agua sucia. Corrí a buscar cubetas. No encontraba. Las había vendido o tirado. Puse ollas, sartenes, hasta mis zapatos. Pero el agua ganaba. El agua empezó a mojar mis libros de derecho. Mis códigos civiles y penales se hinchaban con la humedad. —¡No, no, mis libros no! —lloraba yo, tratando de secarlos con una camisa sucia—. ¡Es lo único que tengo! ¡Soy abogado, carajo!
Y entonces, vi mi título. El famoso título enmarcado en vidrio y madera falsa, colgado en la pared de honor. Una gotera cayó justo encima, se filtró por el marco y el agua empezó a manchar la tinta. Mi nombre, “Luis Valenzuela”, se empezó a desdibujar. La palabra “Licenciado” se corrió como una lágrima negra. Traté de quitarlo, pero mis manos mojadas resbalaron y el cuadro cayó al suelo. Crak. El vidrio se rompió en mil pedazos.
Me quedé mirando los vidrios rotos sobre mi título mojado. Ahí, en el suelo, llorando bajo la lluvia que caía dentro de mi propia sala, entendí. Ese papel no valía nada. Yo no era nadie. Sin el respaldo de esas dos personas que se partían el lomo para que el techo no goteara, para que hubiera luz, para que hubiera comida, yo era solo un niño inútil jugando a ser adulto. Mi “blindaje jurídico” no podía detener el agua. Mis leyes no podían matar el hambre. Mi soberbia no me daba calor.
Esa noche, tiritando de frío, mojado, con fiebre, toqué fondo. Me acurruqué en un rincón seco del pasillo, abrazándome las piernas. —Perdón… —susurré, por primera vez con sinceridad—. Perdón, papá. Perdón, mamá. Pero el perdón no se come. El perdón, cuando llega tarde, es solo un eco.
Al día siguiente, la fiebre me había bajado un poco, pero el hambre era un animal salvaje arañándome las tripas. No tenía nada. Ni un peso. Ni un pan duro. Salí de la casa. La luz del sol me lastimó los ojos. Parecía un vagabundo. Caminé hacia la tienda de Don Chuy. No iba a comprar. Iba a mendigar. Entré. Don Chuy estaba leyendo el periódico. Me vio y arrugó la nariz. —¿Qué quieres, Luis? Aquí no fiamos. Y menos a ti. —No vengo a pedir fiado, Don Chuy —mi voz sonaba rota, humilde—. Solo… solo quiero saber dónde están. —¿Quiénes? —Mis papás. Usted dijo… usted dijo que se fueron al río. Don Chuy me miró largo rato. Bajó el periódico. Suspiró. —Ah, ahora sí te acuerdas que tienes padres, ¿verdad cabrón? Cuando tienes la tripa vacía, ahí sí te acuerdas. —Por favor… —sentí que las rodillas se me doblaban. —Están en los terrenos baldíos, pasando el puente viejo. Donde la gente pobre levanta sus jacales. Ahí se metieron. Como animales, Luis. Como animales, gracias a ti.
Salí de la tienda arrastrando los pies. El camino al río era largo, de terracería. El sol me quemaba la nuca. Mis zapatos de “abogado”, esos mocasines que me costaron lo que mi papá ganaba en un mes, se llenaron de lodo y piedras. Me salieron ampollas. Me caí dos veces. Pero seguí caminando. No sé si era arrepentimiento o desesperación, pero algo me jalaba hacia allá.
Al llegar a la zona del río, el olor cambió. Olía a humedad, a leña quemada, a miseria. Vi casitas hechas de cartón, de lámina vieja, de plásticos. Y entonces, los vi. O más bien, vi el humo. Un hilito de humo blanco salía de una chimenea improvisada con un tubo oxidado. Y el olor… El viento me trajo el olor. No olía a basura. No olía a río sucio. Olía a pan. En medio de la nada, en medio de la tierra, olía a pan recién horneado.
Me acerqué, escondiéndome detrás de un arbusto seco. Habían levantado una choza pequeña con tablas y láminas. Pero afuera, bajo un árbol mezquite, mi papá había construido un horno. No era el horno grande de ladrillo de la casa. Era un horno de barro, pequeño, redondo, como los de antes, como los de los ranchos. Y ahí estaba él. Mi papá. Se veía más flaco, sí. Su ropa estaba más vieja. Pero estaba amasando sobre una tabla apoyada en dos piedras. Y chiflaba. Estaba chiflando una canción vieja. No se veía triste. Se veía… libre. Y mi mamá estaba al lado, avivando el fuego con cartones. Se reía de algo que él le decía. —¡Ay viejo, te llenaste la nariz de harina! —le decía ella, y le limpiaba la cara con cariño.
Se veían felices. Sin casa. Sin dinero. Viviendo en un jacal a la orilla del río. Pero se tenían el uno al otro. Y tenían su oficio. Tenían su dignidad intacta. Yo, en cambio, tenía la casa grande, los papeles, el título universitario… y estaba vacío, sucio y solo.
Di un paso para salir de mi escondite. Iba a gritar “¡Papá!”. Pero me detuve. Vi llegar a gente. Vecinos de las otras casitas pobres. —Don Pancho, ¿ya salió el pan? —Ya mérito, doña Lupe. Espérese tantito. —¡Qué rico huele, Don Pancho! Usted sí que tiene mano santa. Mi papá sonrió, una sonrisa amplia, sin dientes postizos que seguramente había tenido que vender, pero llena de luz. —El pan se hace con amor, doña Lupe. Si no, no infla.
Esa frase me pegó como un balazo. “Si no, no infla”. Yo era ese pan sin levadura. Yo era la masa agria que no sirvió. Me di cuenta de que si salía en ese momento, si iba y me tiraba a sus pies, iba a arruinarles esa paz que habían encontrado. Yo era el veneno de sus vidas. Me dio vergüenza. Una vergüenza tan grande que me hizo retroceder. No merecía su pan. No merecía su mirada bondadosa.
Me di la vuelta y corrí. Corrí de regreso hacia el pueblo, llorando como el niño cobarde que siempre fui. Corrí hasta que los pulmones me ardieron. Llegué a la casa vacía, a mi mausoleo. Entré y vi el desastre. Vi el hueco donde estaba el horno. Vi mi título roto en el suelo. Esa noche tomé la decisión final. No podía seguir ahí. No podía vivir rodeado de los fantasmas de mi traición.
Busqué los papeles de la casa. Esos malditos papeles por los que había vendido mi alma. “Voy a venderla”, pensé. “La voy a vender y les voy a llevar el dinero. Se los voy a dejar ahí, escondido, y me voy a largar para siempre. Es lo único bueno que puedo hacer por ellos”.
Al día siguiente, fui a la notaría del pueblo. Me puse mi mejor traje, aunque me quedaba grande y olía un poco mal. Me eché loción barata para disimular. El notario, un viejo amigo de la familia que conocía a mis padres de toda la vida, me recibió con cara de pocos amigos. —Licenciado Valenzuela. ¿Qué lo trae por aquí? —dijo sin darme la mano. —Vengo a vender la casa, Licenciado. Quiero hacer el trámite rápido. Tengo un comprador interesado en la capital y necesito liquidez.
El notario me miró por encima de sus lentes. Abrió un expediente. —La casa de la calle Hidalgo, número 45. La propiedad de Francisco y María Valenzuela. —Mía —corregí rápido—. Propiedad mía. Hicimos la donación hace unos meses. Aquí está la escritura. Puse el documento sobre el escritorio con arrogancia, tratando de recuperar mi antigua postura. El notario tomó el papel. Lo leyó. Hizo una mueca extraña. Luego se levantó, fue a un archivero y sacó otro documento. —Mire, muchacho… —dijo, y su tono cambió. Ya no era de desprecio, era de lástima. Una lástima profunda—. Creo que no leíste bien lo que firmaste. O tal vez tus padres, en su ignorancia que tú tanto desprecias, fueron más sabios de lo que crees. O quizás Dios protege a los inocentes.
—¿De qué habla? —sentí un frío en la espalda—. El papel dice que la casa es mía. Donación pura y simple. —Sí, es una donación. Pero mira esta cláusula aquí. La cláusula de usufructo vitalicio. Y esta otra, la cláusula de reversión por ingratitud. —¿Qué? —me quedé helado. Yo no recordaba eso. Yo había redactado el borrador, pero el notario… el notario era este hombre que tenía enfrente. —Tus padres vinieron conmigo antes de firmar el documento final que tú preparaste. Tu padre estaba llorando, Luis. Me dijo: “Mi hijo quiere la casa, dice que es para protegernos. Yo confío en él, pero tengo miedo”. Y yo, como su amigo y como abogado decente, incluí estas cláusulas en la escritura definitiva. La que firmaron ese día en la cocina.
El mundo se me detuvo. —¿Qué… qué significa eso? —tartamudeé, aunque como abogado debía saberlo. —Significa, pedazo de imbécil —dijo el notario, perdiendo la compostura—, que tú eres el dueño en papel, sí. Pero ellos tienen el derecho de vivir ahí hasta que se mueran. Y lo más importante: la ley permite revocar la donación si el donatario (o sea, tú) comete actos de ingratitud, abandono o maltrato contra los donantes.
Se levantó y golpeó la mesa. —Y correrlos de su propia casa, dejarlos en la miseria y humillarlos, encaja perfectamente en la definición legal de ingratitud. Me aventó los papeles a la cara. —Esa casa no es tuya, Luis. Nunca lo fue realmente. Si tus padres quisieran, con una sola firma te quitan todo. Pero no lo han hecho. ¿Sabes por qué? Yo no podía hablar. Tenía un nudo en la garganta que me asfixiaba. —Porque te aman —dijo el notario con asco—. Porque a pesar de que eres una basura, siguen esperando que cambies. Pero no puedes vender esa casa. Nadie te la va a comprar con un usufructo vitalicio y con tus padres vivos. Estás atado de manos.
Salí de la notaría tambaleándome. No tenía casa para vender. No tenía dinero. No tenía familia. Y ahora sabía que mi “gran jugada maestra”, mi “blindaje jurídico”, había sido una farsa. Mis padres, en su “ignorancia”, estaban protegidos por la misma ley que yo creía dominar. Y yo, el gran abogado, había caído en mi propia trampa.
Regresé a la casa. Pero ya no pude entrar. Me quedé parado en la banqueta, viendo la fachada. La pintura se estaba cayendo. Las ventanas estaban sucias. Se veía triste. Ya no era mi trofeo. Era mi prisión. Me senté en la banqueta y me puse las manos en la cara. ¿Qué iba a hacer? ¿Regresar al río y decirles la verdad? ¿Decirles que intenté vender su casa y no pude? Eso sería matarlos de nuevo. No. Tenía que hacer algo más. Algo que doliera. Algo que de verdad, por primera vez en mi vida, costara trabajo.
Me levanté. Me sequé las lágrimas con la manga sucia de mi saco. Caminé hacia el centro del pueblo. Fui a la construcción que estaban haciendo cerca de la plaza. Busqué al capataz. Un hombre gordo, sudoroso, que gritaba órdenes. —Oiga —le dije. Me miró de arriba abajo, viendo mi traje sucio y mis zapatos finos llenos de lodo. —¿Qué quieres, catrín? ¿Vienes a venderme seguros? —No. Quiero trabajo. El capataz soltó una carcajada. —¿Trabajo? ¿Tú? ¿De qué? ¿De supervisor de nubes? —De lo que sea —dije, apretando los dientes—. De peón. De albañil. De lo que sea. —Mira, manitas suaves —se burló—. Aquí se viene a sudar. Aquí te vas a romper las uñas. No durarías ni una hora. —Pruébeme —dije, con una furia que no sabía de dónde salía—. No tengo a dónde ir. Necesito comer.
El capataz me vio a los ojos. Vio el hambre. Vio la desesperación. —Órale pues. Carga esos bultos de cemento y llévalos al segundo piso. Son cincuenta bultos. Si terminas antes de que se meta el sol, te doy chamba y te pago el día. Si no, te largas y no te doy ni un peso.
Me quité el saco. Me quité la corbata. Me remangué la camisa blanca, que ya era gris. Me acerqué al primer bulto. Pesaba 50 kilos. Intenté levantarlo y sentí que la espalda se me partía. Mis piernas temblaron. “Ay no, me duele la espalda”, escuché mi propia voz de niño mimado en mi cabeza. “Cállate”, me dije. “Carga el maldito bulto”. Lo levanté con un gemido de dolor. El cemento áspero me raspó la piel del cuello. El polvo se me metió en la nariz. Subí el primer escalón. Cada paso era una tortura. Pero entonces recordé a mi papá. Recordé su espalda encorvada cargando los sacos de harina. Años y años de sacos de harina. Para que yo comiera. Para que yo estudiara. Llegué arriba y solté el bulto. Jadeando, bajé por el otro.
Ese día, el Licenciado Luis murió. Ese día, bajo el sol implacable, cargando bultos de cemento hasta que las manos me sangraron y las piernas se me acalambraron, nació algo nuevo. No sé si un hombre bueno, pero al menos, un hombre que empezaba a entender cuánto pesa la vida real. Terminé los cincuenta bultos. Vomité dos veces del esfuerzo. Lloré de dolor. Pero terminé. El capataz me dio unos billetes arrugados. —Te espero mañana a las 7, Valenzuela. Trae ropa de trabajo, no vengas de payaso.
Agarré el dinero. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae. No fui a la cantina. Fui a la tienda. Compré un kilo de harina. Manteca. Azúcar. Levadura. Regresé a la casa oscura. No tenía horno, lo había vendido. Pero tenía el patio. Tenía leña. Y recordé cómo mi papá improvisó el horno en el río. Hice una fogata. Busqué una olla vieja de hierro. Esa noche, con las manos llenas de cemento y sangre, empecé a amasar. No sabía las cantidades. No tenía la “mano santa” de mi papá. La masa me quedó pegajosa. Lloré sobre la harina, y mis lágrimas salaron la mezcla. —Tiene que inflar —repetía, amasando con furia, con dolor—. Tiene que inflar, por favor Dios, que infle.
Era mi penitencia. No iba a buscarlos todavía. No tenía derecho. Primero tenía que aprender a ser un hombre. Primero tenía que aprender a hacer pan. Y mientras veía la olla sobre el fuego en la soledad de la noche, juré que no descansaría, que cargaría todos los bultos de cemento del mundo, hasta recuperar cada ladrillo, cada máquina y cada gramo de dignidad que les había robado.
Pero el destino es caprichoso, y a veces, el arrepentimiento no llega a tiempo para detener la tragedia que ya viene en camino. Porque mientras yo amasaba mi culpa, en el río, el cielo se estaba nublando de nuevo, y el agua empezaba a subir… y nadie les avisó a los que vivían en la orilla.
PARTE FINAL: EL PAN DEL PERDÓN Y EL RENACER DEL FUEGO
El estruendo del trueno sacudió las ventanas de la casa vacía, y ese sonido fue como la campana que anuncia el fin del mundo. Mientras yo estaba ahí, con las manos llenas de masa pegajosa y lágrimas saladas, mirando una olla vieja sobre una fogata miserable en el patio, el cielo se rompió definitivamente. No era una lluvia normal. Era una cortina de agua densa, violenta, de esas que en el pueblo decíamos que “se estaba cayendo el cielo a pedazos”.
De repente, el olor a tierra mojada fue reemplazado por otro olor que conozco bien desde niño, un olor que presagia desgracia: el olor a río revuelto. Ese aroma a lodo podrido y vegetación arrancada que sube cuando el cauce se desborda.
—El río… —susurré, y la sangre se me heló.
La imagen de la choza de mis padres, hecha de cartones y láminas viejas, en la parte baja del bordo, me golpeó la mente como un martillazo. Don Chuy lo había dicho: “Están en los terrenos baldíos, pasando el puente viejo”. Esa zona era una trampa mortal. Cada diez años el río reclamaba lo suyo, y esa noche, el río venía con hambre.
Olvidé la masa. Olvidé mi orgullo. Olvidé que estaba sucio, cansado y adolorido por cargar bultos de cemento. Salí corriendo a la calle bajo el diluvio. El agua me llegaba a los tobillos en la banqueta, y la corriente ya arrastraba bolsas de basura y ramas.
Corrí como un poseído. Mis zapatos de “Licenciado”, ya destrozados por la obra, resbalaban en el pavimento mojado. Me caí una, dos veces, raspándome las palmas de las manos, esas manos que apenas empezaban a conocer el trabajo duro. Me levanté escupiendo agua y lodo, gritando al viento: —¡Espérenme! ¡Por favor, Dios, que no sea tarde!
El camino hacia el puente viejo era una boca de lobo. No había luz. Los postes se habían caído o la tormenta había tronado los transformadores. Solo los relámpagos iluminaban el paisaje de pesadilla por segundos breves y terroríficos.
Al llegar a la bajada del río, el pánico me cerró la garganta. El agua ya no estaba en el cauce; estaba devorando la orilla. El rugido del agua era ensordecedor, como un tren de carga pasando a un metro de distancia.
—¡Papá! ¡Mamá! —grité, pero mi voz era un susurro ridículo contra la furia de la naturaleza.
Bajé resbalando por la ladera lodosa. El barro me succionaba los pies. Vi gente corriendo, sombras desesperadas cargando colchones, perros ladrando, niños llorando. Las casitas de cartón se deshacían como papel mojado.
Busqué el árbol de mezquite. Busqué el hornito de barro. Y los vi. El agua ya les llegaba a las rodillas. Estaban intentando tapar el techo de su jacal con un plástico azul que el viento les arrebataba de las manos. Mi padre, necio como él solo, intentaba sostener una viga que se vencía. Mi madre abrazaba una caja de plástico, seguramente con lo poco que habían logrado rescatar de su vida anterior.
—¡Vámonos! ¡Déjenlo! —les grité, llegando hasta ellos con el agua a la cintura. La corriente jalaba con fuerza, queriendo arrastrarnos.
Mi papá volteó y me vio. En medio de la oscuridad y la lluvia, sus ojos brillaron. No sé si fue miedo o alivio, pero su grito fue de advertencia. —¡Luis, vete! ¡Esto se va a llevar todo! —¡No me voy sin ustedes! —bramé, agarrándolo del brazo. Sentí su piel fría, sus huesos frágiles bajo la camisa mojada. Estaba temblando incontrolablemente. —¡El horno, Luis! ¡El horno se va a deshacer! —gritaba él, mirando su pequeña construcción de barro que el agua empezaba a disolver. —¡A la chingada el horno, papá! ¡Tú eres mi padre, no un pinche horno!
Lo jalé con una fuerza que no sabía que tenía. La fuerza de la desesperación. Cargué a mi madre, que estaba paralizada por el frío y el terror. Ella pesaba tan poquito… Dios mío, ¿cuándo se había vuelto tan liviana? Sentí sus costillas contra mi pecho y quise morir de culpa ahí mismo. La había matado de hambre y tristeza, y ahora el río quería terminar el trabajo.
—¡Súbete a mi espalda, mamá! —le ordené. Ella se aferró a mi cuello como una niña chiquita. Con un brazo sostuve a mi padre y con el otro aseguré las piernas de mi madre. —¡Caminen! ¡Fuerte! ¡No se suelten!
Luchamos contra el lodo. Cada paso era una batalla. El agua subía rápido, traicionera. Un tronco golpeó mi pierna y sentí un crujido, un dolor agudo, pero la adrenalina era mi anestesia. “No te caigas, basura”, me repetía a mí mismo. “Si te caes, se mueren. Carga. Carga como cargaste el cemento”.
Subimos la ladera a gatas, clavando las uñas en la tierra mojada. Cuando por fin llegamos al camino firme, miré hacia abajo. Un relámpago iluminó el valle. El jacal ya no estaba. El árbol de mezquite se había doblado. El hornito de barro había desaparecido bajo el agua café. Se habían quedado sin nada. Absolutamente sin nada. Otra vez. Y esta vez, la naturaleza había terminado lo que mi ambición comenzó.
Mis padres cayeron de rodillas en el asfalto, abrazados, llorando bajo la lluvia. Perdieron su refugio, su dignidad de independientes, su pequeño rincón de paz. Me acerqué a ellos, jadeando, con el dolor de la pierna palpitando. —Vamos a casa —les dije. Mi papá levantó la vista. Tenía lodo en la cara. —No tenemos casa, Luis. Ya no. —Sí tienen —dije, y la voz se me quebró—. Tienen la suya. La que nunca debió dejar de serlo. Vamos, por favor. No pueden quedarse aquí.
No discutieron. No tenían fuerzas para discutir. Estaban vencidos. El camino de regreso fue un calvario silencioso. Yo iba cojeando, ayudando a mi padre a caminar, mientras mi madre se apoyaba en mi hombro. Nadie nos miró; el pueblo estaba encerrado, protegiéndose de la tormenta. Éramos tres fantasmas empapados arrastrando nuestras miserias por la calle principal.
Llegamos a la casa grande. La fachada se veía lúgubre bajo la lluvia. No tenía llaves; las había perdido en el río. Rompí el vidrio de una ventana con el codo, sin importarme la sangre que brotó, y abrí la puerta. Entramos. La casa estaba helada. Oscura. Olía a humedad y a encierro. —Esperen aquí —dije.
Busqué velas. Encontré un cabo en un cajón. Lo encendí. La luz tenue iluminó el desastre de mi vida: muebles sucios, botellas vacías en un rincón, el hueco vacío de la panadería. Mis padres miraron todo con tristeza, pero no dijeron nada. Estaban tiritando tan fuerte que se oía el castañetear de sus dientes.
—Tienen que quitarse esa ropa mojada —les dije. Fui a mi cuarto. Saqué mis trajes. Esos trajes italianos ridículos que había comprado con el dinero de su sudor. —Pónganse esto. Es lo único seco que hay. Mi papá se puso uno de mis sacos. Le quedaba enorme. Se veía cómico y trágico a la vez. Mi madre se envolvió en una cobija que olía a humedad, pero que al menos estaba seca.
Los llevé a la recámara principal. Mi recámara. La que yo les había prohibido pisar. —Acuéstense ahí. —No, hijo, vamos a ensuciar la colcha… estamos llenos de lodo —dijo mi mamá, intentando sentarse en el suelo. —¡Maldita sea, mamá! —grité, y luego bajé la voz, avergonzado por mi tono—. La colcha vale madre. La cama es suya. Siempre fue suya. Acuéstense, por favor.
Los tapé. Se quedaron dormidos casi al instante, vencidos por el agotamiento. Yo me senté en una silla de madera frente a la cama, vigilando su respiración, temblando de frío, con mi pierna palpitando y el corazón hecho pedazos. Esa noche no dormí. Pasé la noche velando su sueño, rezando a un Dios en el que había dejado de creer, pidiendo que no les diera neumonía, que no se enfermaran por mi culpa.
A la mañana siguiente, la tormenta había pasado, pero la fiebre había llegado. Mi papá ardía. Mi mamá tosía con un sonido seco que me partía el alma. No tenía dinero. Lo del día anterior lo había gastado en los ingredientes del pan que nunca horneé. Miré a mi alrededor. ¿Qué me quedaba? Mi reloj. Un reloj “fino” que compré a meses sin intereses para apantallar a mis “colegas”. Corrí al pueblo. Fui a la casa de empeño. Me dieron una miseria, pero fue suficiente para comprar antibióticos, alcohol, sopas y un poco de fruta.
Regresé y me convertí en enfermero. Yo, que me daba asco cambiar un pañal a mis sobrinos, ahora limpiaba el vómito de mi padre. Yo, que exigía que me sirvieran el desayuno en la cama, ahora les daba sopa en la boca cucharada a cucharada. —Perdón… —les decía cada vez que les daba una pastilla—. Perdónenme.
Estuvieron en cama una semana. Una semana donde el tiempo se detuvo. Cuando por fin se levantaron, estaban débiles, pálidos. Eran ancianos. El río y mi traición les habían robado diez años de vida en unos meses. La casa seguía sin luz y sin agua. —Tengo que trabajar —les dije una mañana, mientras desayunábamos un poco de avena con agua—. No se preocupen por nada. Descansen.
Regresé a la obra. El capataz me vio llegar cojeando, con la misma ropa sucia de hace días. —Pensé que no volverías, Licenciado. Creí que te habías ahogado o rajado. —Necesito dinero, jefe. Doble turno si se puede. Se me quedó viendo. Vio algo en mis ojos que no estaba antes. Ya no había soberbia. Había hambre. Había necesidad real. —Órale. Pero si te desmayas, te descuento el día.
Y así empezó mi penitencia real. Trabajaba de sol a sol. Cargaba bultos, mezclaba cemento, paleaba arena. Mis manos, antes suaves y cuidadas, se llenaron de callos, se partieron, sangraron y se volvieron a curar, haciéndose duras como el cuero. Mi espalda se ensanchó. Mi piel se quemó bajo el sol. Los albañiles, que al principio se burlaban de mí y me ponían apodos como “El Licenciadito” o “Manitas de Seda”, empezaron a respetarme. No porque fuera bueno, sino porque no me rajaba. Porque me veían comer frijoles fríos en un rincón y seguir chingándole sin quejarme. —Échale, Luis, que ese muro no se levanta solo —me decía “El Chato”, un maistro albañil que me enseñó a pegar ladrillo—. Así mero, con ganas. El cemento huele el miedo, igual que los perros.
Cada sábado, cobraba mi raya. Ni un peso para alcohol. Ni un peso para cigarros. Compraba comida buena para mis viejos. Pagaba un abono a la luz. Pagaba un abono al agua. Y lo que sobraba… compraba ladrillos.
Llegaba a casa molido, oliendo a sudor y cal. Mis padres ya estaban despiertos. La casa estaba limpia. Mi mamá, aunque débil, barría. Mi papá intentaba arreglar cosas pequeñas. No hablábamos mucho. El silencio entre nosotros era un muro grueso, difícil de tirar. Ellos me miraban con cautela, como si esperaran que en cualquier momento el “monstruo” regresara y los corriera de nuevo. Eso me dolía más que el cansancio físico: su desconfianza justificada.
Pero yo tenía un plan. Por las noches, después de trabajar 12 horas en la obra, me iba al patio trasero. Prendía una lámpara de baterías y empezaba a mezclar. No pan. Mezclaba cemento. Empecé a reconstruir el horno. No podía comprar el equipo industrial que vendí. Eso costaba una fortuna. Pero podía construir uno de ladrillo refractario, a la antigua, como el que tenía mi abuelo, como el que mi papá añoraba. Mi papá me veía desde la ventana de la cocina. Lo veía asomarse, observar cómo pegaba ladrillo por ladrillo, cómo medía la bóveda. Nunca salía. Nunca decía nada. Pero sabía que me estaba viendo.
Pasaron tres meses. La casa ya tenía luz. Ya tenía agua. Mis padres habían recuperado un poco de color. Y en el patio, se alzaba un horno nuevo. No era perfecto. Estaba un poco chueco de un lado. Pero era sólido. Lo había hecho con mis manos, con mi sangre, con el dinero de mi sudor. Esa tarde, llegué de la obra con un costal de harina de primera calidad sobre el hombro. Entré a la cocina. —Papá —le dije. Él estaba sentado en la mesa, desgranando frijoles. —Mande —dijo, sin mirarme. —El horno está listo. Traje leña de mezquite. Traje harina. Se hizo un silencio largo. —Yo ya no tengo fuerza para amasar, Luis —dijo él, mirando sus manos artríticas—. Se acabó. —Tú no —dije, tragando saliva—. Yo. Yo voy a amasar. Pero necesito que me enseñes. Porque no sé. Soy un inútil y no sé.
Levantó la vista. Me miró a los ojos. Vio al hombre sucio, quemado por el sol, con las manos llenas de cicatrices que tenía enfrente. Ya no veía al abogado petulante. Veía a un obrero. Se levantó despacio. Se limpió las manos en el pantalón. —Vamos a ver qué hiciste allá atrás —dijo.
Salimos al patio. Mi mamá nos siguió. Mi papá inspeccionó el horno. Tocó los ladrillos. Metió la cabeza para ver el tiro de la chimenea. —Está chueco el arco —dijo seco. —Lo sé. —Pero tiene buen tiro. Si aguanta el calor, sirve. Me miró. —Préndelo. Vamos a ver si no explota.
Encendí la leña. El fuego rugió. El humo salió limpio por la chimenea. El horno empezó a calentarse. Entramos a la cocina. Puse la harina en la mesa. —Enséñame, papá. Por favor. Y ahí, en esa mesa donde meses atrás firmó su sentencia, empezó la verdadera lección. No de leyes. De vida.
—El agua no se echa de golpe, atrabancado —me regañó, dándome un manotazo en la mano—. Es poco a poco. La harina tiene sed, pero no la ahogues. Yo amasaba con torpeza. Mis músculos de albañil eran fuertes, pero brutos. —No la golpees, no es mezcla de cemento —decía mi mamá, arrimándose tímida—. Es masa, hijo. Trátala con cariño. Es como un bebé. —Así —dijo mi papá, metiendo sus manos en la masa junto a las mías.
Sus manos viejas y mis manos jóvenes y maltratadas se mezclaron en la harina. Sentí su calor. Sentí su ritmo. —Siente la masa, Luis. Si está tensa, déjala descansar. Si está aguada, dale cuerpo. El pan no miente. Si tú estás enojado, el pan sale duro. Si estás triste, sale salado. Tienes que estar en paz.
Cerré los ojos. Intenté buscar paz en mi desastre interior. Pensé en ellos. No en la culpa, sino en el amor. En todo lo que me dieron. —Los quiero —susurré, sin dejar de amasar—. Los quiero un chingo. Y soy un pendejo. Mi papá se detuvo un segundo. Suspiró profundo. —Sí, eres un pendejo —dijo con la voz quebrada—. Pero eres nuestro pendejo. Y tienes buenas manos para el trabajo, al final de cuentas.
Esa madrugada, horneamos. El olor a pan inundó la casa, el patio, la calle. Olía a gloria. Olía a hogar. Cuando salieron las primeras conchas, doradas, humeantes, nos sentamos en la banqueta del patio a comerlas con café de olla. No eran perfectas. Estaban un poco quemadas de la base. Pero sabían a cielo. —Le falta azúcar —dijo mi mamá, riendo. —Es el estilo rústico —dije yo, con la boca llena, sonriendo por primera vez en años.
A la mañana siguiente, me bañé, me rasuré y me puse el único traje que no había arruinado. —¿A dónde vas? —preguntó mi papá con recelo. —Tengo un pendiente. Regreso en una hora.
Fui a la notaría. El notario me recibió con la misma cara de asco de la última vez. —¿Otra vez aquí? Ya te dije que no puedes vender. —No vengo a vender, Licenciado. Vengo a deshacer. Saqué un fajo de billetes arrugados, manchados de cal y sudor. Mis ahorros de tres meses de cargar cemento. —Quiero revocar la donación. Quiero que la casa vuelva a nombre de Francisco y María Valenzuela. Y quiero pagar los honorarios. Aquí está. No sé si alcanza, pero le pago el resto a la semana.
El notario miró los billetes sucios. Me miró las manos callosas. Me miró la cara quemada por el sol. Sonrió levemente. —Con esto alcanza para los trámites, muchacho. Siéntate. Vamos a redactar esto.
Salí de ahí con la escritura nueva en la mano. Llegué a casa. Mis papás estaban sacando otra tanda de pan. Ya habían puesto un letrero de cartón afuera: “Se vende pan caliente”. Entré y puse el papel sobre la mesa, en el mismo lugar maldito. —Papá, mamá, vengan. Se acercaron, limpiándose la harina. Vieron el papel. Vieron el sello oficial. —¿Qué es esto? —preguntó mi papá, con miedo. —Es la casa —dije—. Es suya otra vez. Legalmente. Ya no es mía. Nunca debió serlo.
Mi padre tomó el papel. Lo leyó despacio, moviendo los labios. Luego me miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Hijo… no tenías que… —Sí tenía. Era lo único que tenía que hacer. Mi papá hizo algo que me sorprendió. Rompió el papel a la mitad. —¡Papá! —gritamos mi mamá y yo. —Son papeles, Luis —dijo él, tirando los pedazos a la basura—. Son chingados papeles. Ya entendí que los papeles no sirven para nada si el corazón está podrido. Y ya entendí que tu corazón ya sanó. —Pero… la seguridad legal… —empecé a decir con mi voz de abogado. —La seguridad es esto —dijo, señalando el horno, señalando a mi mamá, señalándome a mí—. La familia es la seguridad. La casa es de quien la trabaja. Y tú… tú la estás trabajando más que nadie. Así que deja de joder con papeles y ponte a barnizar esos bolillos, que ya hay gente esperando afuera.
Me quedé pasmado. Luego, una risa nerviosa me salió del pecho y se convirtió en carcajada. Mi mamá me abrazó. Mi papá me dio una palmada fuerte en la espalda, de esas que te sacan el aire y te acomodan las ideas. —¡Órale, cabrón! ¡A trabajar!
Han pasado dos años desde entonces. El “Licenciado Luis” murió en esa obra de construcción. Nadie lo extraña. Era un tipo insoportable. Ahora soy Luis, el panadero. El horno de ladrillo que construí sigue ahí, y hornea el mejor pan de la región. La gente viene de otros pueblos a comprar nuestras conchas y nuestros cuernitos. Mi título de abogado… bueno, mi papá lo pegó con cinta adhesiva y lo colgó en la panadería, justo encima de la caja registradora. Cuando los clientes preguntan: “¿Oiga, el panadero es licenciado?”, mi papá se hincha como pavo real y dice: —Sí, es abogado. Pero es mejor panadero. Y es mejor hijo.
A veces, cuando estoy amasando a las cuatro de la mañana, y veo a mis viejos descansando, tomando su café tranquilos, pienso en lo cerca que estuve de perderlo todo. Miro mis manos, toscas, fuertes, marcadas, y doy gracias. Gracias por el río que se llevó mi soberbia. Gracias por el cemento que me enseñó humildad. Y gracias a ellos, que me enseñaron que un título te da estatus, pero el trabajo y el amor te dan nombre.
Si pasan por el pueblo, lleguen a la Panadería “El Renacer”. Pregunten por Luis. Les invito un pan caliente. Invita la casa. Nuestra casa.