
El ruido de los cubiertos contra la porcelana fina y el murmullo de los empresarios en Polanco siempre fue mi música de fondo. Yo, Elena Valenzuela, había construido un imperio en la Ciudad de México a base de carácter y frialdad. O al menos, eso es lo que todos creían.
Nadie veía la herida que llevaba abierta desde hacía 13 años. Nadie mencionaba a Marisol, mi hija, que se esfumó de la tierra como si se la hubiera tragado el asfalto.
Estaba almorzando con mi hijo Mateo, discutiendo contratos millonarios, cuando el ambiente exclusivo se rompió.
—¡Saquen a esa niña de aquí! —escuché que siseaba el gerente.
Levanté la vista. Era una pequeña, no mayor de siete años, con el cabello enmarañado y la carita manchada de tierra. Sus zapatos estaban rotos. Caminaba entre las mesas ignorando las miradas de asco de la “gente bien”, con los ojos fijos en la comida que no podía pagar.
Los guardias de seguridad se abalanzaron sobre ella. Sentí una mezcla de lástima y molestia; no quería ver la miseria de frente. Pero justo cuando pasaba por mi mesa, la niña se frenó en seco.
No miró mi plato de salmón. No miró mi bolso de diseñador.
Sus ojos oscuros y enormes se clavaron en mi mano derecha. Específicamente, en mi dedo índice.
Ahí brillaba mi anillo. Una pieza única de oro blanco y zafiro, diseñada exclusivamente para mí y para mi hija desaparecida. No existía otro igual en el mundo.
La niña alzó su dedito sucio, temblando, y con una voz que cortó el aire acondicionado del lugar, soltó la bomba:
—Mi mamá tiene un anillo igualito a ese.
El tenedor se me cayó de la mano. El silencio en la mesa fue sepulcral. Mateo se puso pálido. Sentí que el aire me faltaba, como si me hubieran golpeado en el estómago.
—¿Qué dijiste? —susurré, sintiendo cómo mis manos empezaban a temblar sin control.
—Que mi mamá tiene uno igual… y dice que es para protegernos —respondió ella con inocencia.
Me levanté de golpe, tirando la silla. Los guardias la tenían del brazo.
—¡SUÉLTENLA! —grité, perdiendo la compostura por primera vez en décadas—. ¡AHORA!
Me arrodillé frente a ella, sin importarme ensuciar mi traje de sastre en el piso del restaurante. La miré a los ojos y vi algo que me destrozó: tenía la misma mirada de Marisol.
—¿Dónde está tu mamá? —le rogué entre lágrimas—. ¡Llevame con ella!
La niña metió la mano en su bolsillo roto y sacó una foto arrugada que cambiaría mi vida para siempre.
PARTE 2: EL DESCENSO A LOS INFIERNOS Y LA LUZ EN LA OSCURIDAD
Mis dedos, acostumbrados a firmar cheques por cantidades que la mayoría de la gente no ganaría en diez vidas, eran incapaces de sostener aquel pedazo de papel fotográfico sin parecer una hoja seca al viento. El aire en el restaurante se sentía denso, cargado de un silencio que pesaba toneladas. Los murmullos de las mesas vecinas se habían apagado, o tal vez mis oídos habían dejado de registrar el mundo exterior para concentrarse únicamente en el universo que cabía en la palma de mi mano.
Bajé la vista hacia la fotografía.
No era una imagen digital, nítida y perfecta como las que Mateo solía mostrarme en su celular último modelo. Era una foto impresa, vieja, con las esquinas dobladas y una mancha de grasa en el borde inferior. Pero la imagen… Dios mío, la imagen era más clara que cualquier recuerdo que mi mente torturada hubiera intentado preservar durante trece años de insomnio.
Allí estaba ella.
No era la Marisol de veintidós años que salió de casa aquella mañana de octubre con una sonrisa brillante y un futuro prometedor. No era la niña mimada que vestía sedas y reía despreocupada en los jardines de nuestra casa en Lomas de Chapultepec. La mujer de la foto miraba a la cámara con una expresión que mezclaba el miedo con una determinación feroz. Su cabello, antes lustroso y peinado en los mejores salones, caía lacio y opaco sobre unos hombros cubiertos por un suéter barato que se veía un par de tallas demasiado grande. Tenía ojeras profundas, surcos oscuros bajo esos ojos que eran, inequívocamente, los míos.
Pero lo que me robó el aliento, lo que hizo que un sollozo se atorara en mi garganta amenazando con ahogarme, fue lo que ella sostenía en la foto. En sus brazos, apretada contra su pecho como si fuera el único tesoro en un mundo en ruinas, estaba un bebé. Una niña pequeña, de apenas unos meses, envuelta en una cobija rosa deshilachada.
Y en su mano, visible porque sostenía la cabecita del bebé, brillaba el anillo.
El zafiro capturaba la luz incluso en esa impresión de mala calidad.
—Es ella… —El susurro salió de mis labios sin que yo lo autorizara. Fue una exhalación, una plegaria respondida y una maldición al mismo tiempo—. Mateo… es ella.
Mi hijo, que se había mantenido de pie, rígido como una estatua de hielo, se inclinó bruscamente sobre mi hombro. Su rostro, habitualmente compuesto en una máscara de indiferencia ejecutiva, se descompuso. Sus ojos recorrieron la imagen, buscando el error, buscando la trampa, buscando la mentira que le permitiera volver a su vida segura donde su hermana era solo un fantasma y no una realidad dolorosa.
—Mamá, esto puede ser un montaje —dijo, aunque su voz temblaba. Ya no tenía la autoridad del vicepresidente de la compañía; sonaba como el niño pequeño que extrañaba a su hermana mayor—. Cualquiera puede editar una foto hoy en día. Esta niña… seguramente alguien la envió. Es una estafa, mamá. Nos quieren sacar dinero. ¡Seguridad!
—¡Cállate! —Le espeté con una furia que no sabía que poseía. Me giré hacia la niña, que había retrocedido un paso ante el tono agresivo de Mateo.
La pequeña estaba temblando. Sus manos, sucias y con las uñas mordidas, jugaban nerviosamente con el borde de su camiseta desgastada. Pero sus ojos no mostraban mentira. Mostraban hambre. Y mostraban miedo. Ese tipo de miedo que los niños no deberían conocer, el miedo de quien ha visto demasiado.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, manchando de rímel mi piel, algo que la Elena Valenzuela de hace una hora jamás habría permitido. Pero esa Elena ya no existía.
—¿Cómo te llamas, pequeña? —pregunté, tratando de suavizar mi voz, aunque sonaba ronca, rota.
La niña dudó. Miró a los guardias de seguridad que seguían cerca, como buitres esperando la orden para sacarla a la calle. Luego me miró a mí, a la mujer arrodillada en el suelo con un traje de miles de dólares.
—Valeria —dijo en un hilo de voz.
Valeria. El nombre golpeó mi pecho como un mazo. Recordé una conversación, años atrás, en un desayuno de domingo. Marisol me había dicho: “Si algún día tengo una hija, mamá, quiero que se llame Valeria. Significa ‘la que es valerosa’. Quiero que sea fuerte, como tú”.
Cerré los ojos un segundo, sintiendo cómo el dolor y la esperanza se mezclaban en un cóctel venenoso.
—Valeria —repetí, saboreando el nombre, haciéndolo real—. Valeria, escúchame bien. Nadie te va a hacer daño. Nadie. —Lancé una mirada fulminante al gerente del restaurante, que se había acercado con intención de intervenir—. Si alguien se atreve a tocarla, juro que compro este lugar solo para despedirlos a todos.
El gerente palideció y retrocedió, murmurando disculpas atropelladas.
Volví mi atención a la niña. A mi nieta. La palabra “nieta” era extraña, ajena, pero al ver la curva de su nariz y la forma de su barbilla, supe que la biología no miente. La sangre llama a la sangre.
—Valeria, necesito que me lleves con tu mamá. Ahora mismo.
La niña asintió, pero luego miró hacia la puerta de cristal del restaurante, hacia la calle.
—Está lejos —dijo—. Y es feo ahí. A mi mamá no le gusta que salga. Dice que los hombres malos nos buscan.
“Los hombres malos”. La frase me heló la sangre. Durante trece años, mi imaginación había creado mil escenarios sobre el destino de Marisol. Secuestro, trata, asesinato, fuga voluntaria. Pero escuchar a una niña de siete años hablar con tanta naturalidad sobre “hombres malos” confirmaba mis peores pesadillas: mi hija no solo estaba desaparecida, estaba escondida. Estaba huyendo.
Me puse de pie. Mis rodillas crujieron, pero no sentí dolor. La adrenalina estaba inundando mi sistema, borrando el cansancio, borrando los años.
—Mateo, paga la cuenta. Nos vamos.
—Mamá, no puedes irte con una niña de la calle a quién sabe dónde —Mateo me agarró del brazo, intentando detenerme—. Esto es peligroso. ¿Y si es una trampa? ¿Y si nos llevan a una emboscada? Somos blancos fáciles. Tenemos que llamar a la policía, dejar que ellos manejen esto.
—¡A la mierda la policía! —grité, y varios comensales soltaron exclamaciones de asombro. Elena Valenzuela nunca decía groserías. Elena Valenzuela nunca perdía el control—. La policía no hizo nada en trece años, Mateo. ¡Nada! Archivaron el caso a los seis meses. Dijeron que se había ido con un novio. Si Marisol está viva, si está ahí fuera sufriendo… voy a ir por ella. Y si tú tienes miedo, quédate aquí comiendo tu risotto. Pero yo me voy.
Me solté de su agarre y extendí mi mano hacia Valeria.
—¿Vienes conmigo, Valeria? Tengo un auto afuera. Te llevaré con tu mamá.
La niña miró mi mano. Era una mano suave, con manicura perfecta, adornada con joyas. Su mano era pequeña, áspera, con mugre bajo las uñas. Dudó un momento, pero el hambre y la desesperación en sus ojos ganaron. Extendió su manita y tomó la mía. Su tacto era frío.
—Tengo hambre —susurró.
—Te compraré todo lo que quieras —prometí, sintiendo cómo se me rompía el corazón en mil pedazos—. Vamos.
Caminamos hacia la salida. Sentía las miradas clavadas en mi espalda como agujas. La alta sociedad mexicana, siempre tan pronta a juzgar, tan rápida para el chisme. “¿Viste a Elena? Se volvió loca. Salió de la mano con una pordiosera”. Podía escuchar sus pensamientos, sus juicios silenciosos. No me importaba. Podría haber salido desnuda y no me habría importado, siempre y cuando eso me llevara a mi hija.
Al salir al sol brillante de la tarde en Polanco, el contraste fue cegador. Los valets corrían de un lado a otro trayendo autos de lujo. Mi chofer, Roberto, un hombre corpulento y exmilitar que llevaba años con nosotros, abrió los ojos como platos al verme salir con la niña.
—Señora Elena… —empezó a decir, pero lo corté con un gesto.
—Abre la puerta, Roberto. Y avisa a la camioneta de escolta que nos sigan de cerca. Vamos a hacer un viaje.
Mateo salió del restaurante segundos después, ajustándose el saco, con el rostro rojo de vergüenza y preocupación.
—Voy contigo —dijo, resignado, subiéndose al asiento del copiloto—. Pero si veo algo raro, llamo al comandante Ramírez.
Subí a Valeria al asiento trasero de la Suburban blindada. La niña tocó la piel de los asientos con asombro, sus ojos recorrían el interior lujoso como si estuviera en una nave espacial. Había una botella de agua Fiji en el portavasos. Se la ofrecí. La tomó y se la bebió en tres tragos, derramando un poco sobre su camiseta.
—Despacio, cariño, despacio —le dije, buscándome en el bolso una barra de granola o algo que pudiera darle. Encontré unas galletas importadas que solía llevar para mis bajones de azúcar. Se las di. Las devoró con una voracidad que me hizo querer llorar de nuevo.
—¿A dónde vamos, niña? —preguntó Roberto desde el volante, mirándola por el retrovisor con desconfianza.
Valeria tragó el bocado de galleta.
—A la colonia Doctores… no, más lejos. Por donde están los deshuesaderos. Cerca del canal.
—¿Iztapalapa? ¿Chalco? —preguntó Roberto, tensándose.
—No sé cómo se llama —dijo la niña—. Solo sé llegar viendo.
—Maneja hacia el oriente, Roberto —ordené—. Ella te irá diciendo.
El trayecto fue un viaje a través de las capas geológicas de la sociedad mexicana. Salimos de las calles arboladas y limpias de Polanco, donde las tiendas de Gucci y Louis Vuitton brillaban impolutas. Tomamos el Periférico, ese río de asfalto y smog que corta la ciudad como una cicatriz.
A medida que avanzábamos, el paisaje cambiaba. Los edificios de cristal y acero dieron paso a construcciones de concreto gris, a puentes peatonales oxidados, a espectaculares de publicidad despintados por el sol. El tráfico se volvió más denso, más agresivo. Peseros verdes y blancos se cerraban el paso, cláxones sonaban en una sinfonía de caos urbano.
Yo no quitaba la vista de Valeria. Ahora que el shock inicial había pasado, podía observarla mejor. Tenía el cabello castaño claro, como Mateo. Tenía mis orejas, pequeñas y pegadas a la cabeza. Pero su piel estaba curtida por el sol y el viento. Tenía una cicatriz pequeña en la barbilla.
—¿Tu mamá está enferma? —pregunté suavemente.
Valeria asintió, con la boca llena de galleta.
—Tos. Tose mucho. Y a veces escupe sangre. Dice que no tenemos dinero para el doctor.
Cerré los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas. Mi hija, mi Marisol, escupiendo sangre en algún agujero olvidado por Dios, mientras yo dormía en sábanas de hilo egipcio y me preocupaba por si las acciones de la bolsa bajaban un punto porcentual. La culpa era un ácido que me corroía las entrañas. ¿Cómo no la busqué más? ¿Cómo confié en los investigadores que me dijeron que “se había ido por voluntad propia”? ¿Cómo pude seguir viviendo?
—¿Y tu papá? —preguntó Mateo desde el asiento delantero, sin girarse.
La expresión de Valeria se oscureció. Dejó de masticar.
—No tengo papá. Mamá dice que él es el hombre malo. Dice que si nos encuentra, nos va a lastimar. Por eso nos escondemos. Por eso mamá vendió todo… menos el anillo.
—El anillo… —murmuré.
—Sí. Mamá dice que el anillo es mágico. Que un día nos iba a salvar. Que si yo se lo enseñaba a la persona correcta, todo cambiaría.
Miré mi propia mano. Pablo, mi difunto esposo, había mandado hacer esos anillos cuando Marisol cumplió quince años. “Para que siempre estén conectadas”, había dicho. “No importa dónde estén, estos anillos son un faro”. Pablo había muerto sin saber dónde estaba su princesa. Quizás, desde donde estuviera, había guiado los pasos de esta niña hasta mi mesa.
El auto comenzó a adentrarse en zonas que yo solo veía en los noticieros, en la sección de nota roja. Las calles se estrecharon. El asfalto desapareció, reemplazado por tierra compactada y baches que hacían saltar la suspensión de la camioneta blindada. Había perros callejeros famélicos escarbando en montañas de basura en las esquinas. Casas a medio construir, con las varillas expuestas apuntando al cielo como dedos acusadores, se amontonaban unas sobre otras en una arquitectura de la necesidad.
La gente en la calle se giraba a vernos. Una camioneta de lujo en este barrio era una anomalía, una provocación.
—Jefa, esto se está poniendo feo —dijo Roberto, su mano bajando discretamente hacia donde sabía que guardaba su arma—. Estamos en territorio de nadie. Aquí no entra ni la policía.
—Sigue —dije, implacable.
—¡Ahí! —gritó Valeria de repente, señalando con su dedo manchado de chocolate—. ¡En ese edificio gris! ¡Ahí vivimos!
Roberto frenó la camioneta frente a un bloque de departamentos que parecía haber sobrevivido a un bombardeo. La pintura, que alguna vez debió ser azul, se descascaraba revelando el concreto húmedo. Había ropa tendida en las ventanas, ondeando como banderas de rendición. La entrada era una reja de metal oxidada, torcida, que no ofrecía ninguna seguridad real.
—Mateo, quédate en el auto —ordené mientras abría la puerta.
—¡Estás loca! —Mateo saltó del asiento del copiloto y corrió a mi lado—. No te voy a dejar entrar ahí sola. Roberto, tú y Carlos, vengan con nosotros. Armas listas, pero discretas. No queremos armar un tiroteo.
Bajé del auto y el olor me golpeó. Era una mezcla de drenaje a cielo abierto, aceite quemado y algo rancio. Mis tacones Ferragamo se hundieron en el lodo de la acera. Me importó un bledo.
Valeria corrió hacia la reja y la empujó. Chirrió horriblemente.
—Es arriba. En el cuarto piso. No hay elevador —dijo la niña, mirándome con preocupación, como si dudara que una señora como yo pudiera subir.
—Guíame —le dije.
Empezamos a subir. Las escaleras eran estrechas, oscuras. Había grafitis en las paredes: nombres de pandillas, declaraciones de amor obscenas, dibujos burdos. En el segundo piso, una puerta se abrió y una mujer gorda con rulos en la cabeza se asomó. Nos miró con sospecha, sus ojos recorriendo mi ropa, luego a los guardaespaldas armados. Cerró la puerta de un portazo y escuché el sonido de varios cerrojos echándose.
Mi corazón latía tan fuerte que resonaba en mis oídos, ahogando mis propios pasos. Cada escalón era una tortura, no física, sino emocional. Cada piso que subíamos me acercaba a la verdad, y tenía terror de lo que iba a encontrar. ¿Y si Marisol me odiaba? ¿Y si estaba tan enferma que ya no me reconocía? ¿Y si llegaba demasiado tarde?
Llegamos al cuarto piso. El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por una bombilla que parpadeaba agonizante al final. El suelo era de cemento desnudo.
Valeria corrió hasta la última puerta a la derecha. Era de madera contrachapada, hinchada por la humedad, con el número “402” pintado con plumón negro.
La niña golpeó con un ritmo específico. Toc, toc-toc, toc.
—¡Mamá! —llamó—. ¡Mamá, abre! ¡Traje ayuda!
Hubo un silencio. Un silencio largo, angustioso. Miré a Mateo. Él estaba pálido, sudando, con la mandíbula apretada. Roberto y el otro guardaespaldas vigilaban el pasillo, con las manos cerca de sus cinturas, tensos como cuerdas de violín.
Escuché un arrastrar de pies al otro lado de la puerta. Luego, una tos. Una tos seca, profunda, dolorosa, que parecía rasgar los pulmones de quien la emitía.
—¿Valeria? —La voz era débil, temerosa—. ¿Hija, quién está contigo? Te dije que no…
—¡Mamá, es la señora del anillo! —gritó Valeria, dando saltitos de ansiedad—. ¡La encontré! ¡Tiene el anillo igualito!
El sonido de la cadena quitándose fue lento, metálico. La cerradura giró. La puerta se abrió despacio, gimiendo sobre sus goznes oxidados.
La luz del pasillo golpeó el interior del departamento, revelando una penumbra densa. El olor a medicina barata y enfermedad salió al encuentro.
Y entonces la vi.
Estaba parada en el marco de la puerta, aferrándose al borde para no caer. Llevaba una bata vieja de franela. Estaba delgada, dolorosamente delgada. Sus pómulos sobresalían en su rostro, su piel tenía un tono amarillento, ceroso. Su cabello estaba recogido en un chongo desordenado.
Pero eran sus ojos. Esos ojos verdes que yo había visto en mis sueños cada noche durante trece años.
Ella parpadeó, tratando de enfocar la vista ante la silueta que tenía enfrente. Me vio a mí. Vio a Mateo detrás de mí.
Su rostro pasó de la confusión al shock absoluto. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Sus manos se aflojaron y vi cómo sus piernas fallaban.
—¿Mamá? —susurró, tan bajo que apenas fue audible.
—¡Marisol! —El grito salió de mis entrañas, desgarrador.
Me abalancé hacia ella justo cuando sus rodillas cedieron. La atrapé antes de que golpeara el suelo. Pesaba tan poco… Dios mío, era como sostener un pájaro herido. Sentí sus huesos a través de la bata.
Caímos juntas al suelo de la entrada. La abracé con una desesperación salvaje, enterrando mi cara en su cuello, oliendo su piel, su sudor, su vida.
—Mi niña, mi niña, mi niña… —repetía yo, llorando sin consuelo, mojando su hombro con mis lágrimas—. Estoy aquí. Mamá está aquí. Te encontré.
Marisol temblaba violentamente en mis brazos. Levantó una mano esquelética y tocó mi cara, como si quisiera asegurarse de que yo no era una alucinación provocada por la fiebre.
—¿Eres tú? —preguntó, con la voz rota—. ¿De verdad viniste? Pensé… pensé que nunca me encontrarías. Pensé que te habías olvidado de mí.
—Nunca —sollocé, besando su frente, sus mejillas, sus manos—. Te busqué cada día. Cada maldito día. Perdóname, mi amor, perdóname por tardar tanto.
Mateo cayó de rodillas a nuestro lado. El hombre de negocios, el tipo duro, se había esfumado. Estaba llorando como un niño.
—Hermanita… —dijo, tomando la mano de Marisol.
Marisol lo miró y una sonrisa débil, dolorosa, cruzó su rostro.
—Mateo… estás… estás viejo —bromeó, aunque le salió una tos que interrumpió la risa.
Valeria se metió entre nosotros, abrazando a su madre por la cintura, mirándonos con ojos grandes y brillantes.
—¿Ves, mamá? —dijo la niña—. Te dije que el anillo servía. Te dije.
Levanté la mano de Marisol. Allí estaba. Sucio, opaco por la falta de limpieza, con rasguños en el oro blanco, pero intacto. El zafiro seguía allí, testigo mudo de trece años de infierno. Junté mi mano con la suya. Los dos anillos brillaron en la penumbra, dos mitades de un todo que finalmente se reunía.
—Tenemos que sacarla de aquí —dijo Mateo, recuperando un poco la compostura, aunque su voz seguía húmeda—. Mamá, mira este lugar. No puede estar aquí ni un minuto más. Necesita un hospital.
Miré alrededor por primera vez. El “departamento” era un cuarto de cuatro por cuatro metros. Había un colchón en el suelo con cobijas grises. Una parrrilla eléctrica sobre una caja de madera. Un altar a la Virgen de Guadalupe en una esquina, con una vela casi consumida. No había muebles. No había nada. Solo pobreza extrema y desesperación.
La furia volvió a mí, caliente y poderosa. ¿Quién le había hecho esto a mi hija? ¿Quién la había obligado a vivir como un animal acorralado?
—Roberto —llamé, mi voz endureciéndose de nuevo—. Carga a mi hija. Nos vamos. Ahora.
—No… espera —Marisol intentó resistirse, aferrándose a mi brazo—. Mis cosas… la foto… no podemos irnos así, él… él puede volver. Si ve que no estamos…
—¿Quién es “él”, Marisol? —pregunté, sintiendo un instinto asesino que nunca había experimentado—. ¿Quién te hizo esto?
El terror cruzó los ojos de mi hija. Miró hacia la puerta como si el diablo fuera a entrar en cualquier momento.
—El padre de Valeria —susurró—. Él… él trabaja para gente muy mala, mamá. Me dijo que si intentaba volver a casa, los mataría a ustedes. Me dijo que sabía dónde vivían, dónde trabajaba Mateo… Me mandaba fotos de ustedes saliendo de la oficina. Por eso me escondí. Para protegerlos.
Sentí un frío glacial recorrer mi espalda. No había huido por rebeldía. No había huido por drogas. Había huido para salvarnos. Había sacrificado su vida, su comodidad, su salud, todo, para que nosotros estuviéramos a salvo. Había vivido en la miseria absoluta durante trece años para que ningún sicario se acercara a su hermano o a su madre.
Me sentí la mujer más pequeña y estúpida del mundo. Yo juzgándola en silencio, pensando que era una ingrata, y ella siendo una mártir.
—Ya no más —dije, poniéndome de pie y ayudando a Roberto a levantarla. Marisol estaba tan débil que apenas podía sostenerse—. Nadie nos va a tocar. Tengo suficiente dinero para contratar un ejército si es necesario. Ese bastardo no se va a acercar a ti, ni a Valeria, ni a nosotros nunca más.
—Pero mamá, ellos son peligrosos… son del cártel…
—Y yo soy Elena Valenzuela —dije, mirándola a los ojos con una intensidad feroz—. Y soy una madre que acaba de recuperar a su hija. Que venga el diablo si quiere, que lo estaré esperando.
Roberto cargó a Marisol en brazos como si fuera una pluma. Mateo tomó a Valeria de la mano.
—Vamos —ordenó Mateo a los guardias—. Ojos abiertos. Carlos, ve adelante. Roberto, tú llevas a mi hermana. Yo cubro la retaguardia con mamá y la niña.
Bajamos las escaleras en una procesión extraña y tensa. Marisol escondía la cara en el pecho de Roberto, temerosa de ser vista. Valeria se aferraba a la mano de Mateo con fuerza.
Al llegar a la planta baja, la tensión se disparó. Un grupo de hombres estaba parado cerca de nuestra camioneta. Eran tres tipos con aspecto de matones de barrio, tatuados, con camisetas de tirantes y miradas agresivas. Estaban inspeccionando la Suburban.
—¡Hey! —gritó uno de ellos al vernos salir—. ¿Qué hacen aquí? ¿Quién es la flaca?
Roberto no se detuvo. Siguió caminando hacia la camioneta con paso firme.
—Abran paso —dijo Carlos, el otro guardaespaldas, llevando la mano a su saco, mostrando claramente que estaba armado.
Los tipos se rieron, pero hubo un momento de duda. Vieron la calidad de los trajes, vieron la determinación en nuestros rostros, y sobre todo, vieron las armas.
—Esa es la mujer del “Beto” —dijo uno de los tipos, señalando a Marisol—. Oye, el Beto se va a enojar si se la llevan. Ella le debe lana.
—Díganle al “Beto” que si se acerca a ella, lo voy a buscar —intervine yo, parándome frente a ellos. Mi voz no tembló. Estaba canalizando toda la rabia de trece años perdidos—. Y díganle que Elena Valenzuela no deja deudas sin pagar.
Saqué de mi bolso un fajo de billetes que siempre llevaba para emergencias. Eran unos veinte mil pesos. Los lancé al suelo, al lodo, a sus pies.
—Ahí tienen para su “lana”. Y para que se compren una vida. Ahora, muévanse.
Los hombres miraron el dinero caer como lluvia. La codicia reemplazó a la agresividad. Se agacharon instintivamente a recoger los billetes.
Aprovechamos ese segundo. Roberto metió a Marisol en el asiento trasero. Yo empujé a Valeria y subí tras ella. Mateo y los guardias subieron de un salto.
—¡Arranca! —gritó Mateo.
La camioneta rugió y las llantas patinaron un poco en el lodo antes de agarrar tracción. Salimos de esa calle maldita a toda velocidad, dejando atrás el edificio gris, la miseria y el pasado.
Marisol estaba recostada en mi hombro, llorando en silencio. Valeria estaba sentada en el otro lado, mirando por la ventana cómo su mundo se alejaba.
—¿A dónde vamos? —preguntó Marisol con voz débil.
Acaricié su cabello sucio y enmarañado con una ternura infinita.
—A casa, mi amor. Vamos a casa.
—Pero… ¿es seguro?
—Haremos que sea seguro —prometí—. Voy a convertir la casa en una fortaleza. Nadie va a entrar. Nadie te va a sacar de ahí. Se acabó, Marisol. Se acabó la pesadilla.
Mientras la camioneta se incorporaba de nuevo al tráfico de la ciudad, dejando atrás la periferia gris para volver a las luces brillantes de la zona segura, saqué mi celular. Marqué el número del mejor hospital privado de la ciudad, el ABC de Santa Fe.
—Quiero la suite presidencial lista en veinte minutos —ordené sin preámbulos—. Activen el código azul. Traigo a un familiar en estado crítico. Desnutrición severa, posible tuberculosis, trauma psicológico. Quiero a los mejores especialistas esperándome en la entrada. Neumólogo, internista, psicólogo. Todo.
Colgué y miré a mi hija. Se había quedado dormida, agotada por la emoción y el esfuerzo. Se veía tan frágil… Pero estaba viva. Estaba aquí.
Miré a Valeria. La niña me observaba con curiosidad.
—¿Tú eres mi abuela? —preguntó.
Sonreí, y por primera vez en trece años, la sonrisa llegó a mis ojos.
—Sí, Valeria. Soy tu abuela. Y te prometo una cosa: nunca más vas a tener hambre. Nunca más vas a tener miedo.
La niña sonrió tímidamente y se recargó en el brazo de Mateo, cerrando los ojos.
El viaje de regreso fue silencioso, pero ya no era un silencio pesado. Era un silencio de alivio, de reconstrucción. Mientras veía las luces de la Ciudad de México pasar por la ventana, supe que la parte fácil había terminado. Encontrarla había sido un milagro. Ahora venía la parte difícil: sanarla. Sanarlas a las dos. Y enfrentar al monstruo que nos las había quitado.
Pero mientras acariciaba el anillo en la mano de mi hija dormida, supe que no había fuerza en la tierra, ni narco, ni matón, que pudiera contra una madre que ha recuperado lo que más ama.
La guerra acababa de empezar, y yo la iba a ganar.
PARTE 3: LA FORTALEZA DE CRISTAL Y EL PRECIO DE LA SANGRE
Las puertas automáticas de urgencias del Hospital ABC de Santa Fe se abrieron con un siseo que me sonó a gloria. Entramos como un huracán. Roberto, mi chofer y jefe de seguridad, cargaba a Marisol en sus brazos, gritando para que nos abrieran paso. Yo iba detrás, con los tacones repiqueteando contra el suelo inmaculado, sosteniendo la mano de Valeria tan fuerte que temí lastimarla, pero ella se aferraba a mí con la misma intensidad. Mateo cerraba la marcha, ladrando órdenes por el celular, movilizando cielo, mar y tierra.
—¡Necesito una camilla! ¡Ahora! —grité, y mi voz, acostumbrada a dominar salas de juntas, resonó en el pasillo esterilizado con una autoridad que no admitía réplicas.
Un equipo de enfermeras y médicos corrió hacia nosotros. El contraste era brutal. El blanco impoluto de sus uniformes contra la mugre, la grasa y la miseria que traíamos pegada en la ropa y en la piel desde aquel edificio en los suburbios olvidados.
—Signos vitales débiles —dijo una enfermera mientras colocaban a mi hija en la camilla—. Está hipotérmica. ¿Cuánto tiempo lleva así?
—Años… lleva años muriéndose —respondí, sintiendo que las piernas me fallaban.
Vi cómo se llevaban a Marisol a través de las puertas batientes de la unidad de choque. Quise ir tras ella, pero un médico me detuvo suavemente por los hombros.
—Señora Valenzuela, déjenos trabajar. Le prometo que haremos todo lo humanamente posible. Necesito que se quede aquí y llene los formularios, necesitamos su historial.
Me quedé parada en medio del pasillo, viendo cómo la camilla desaparecía. De repente, el mundo se detuvo. El ruido de los monitores, las voces, el timbre de los teléfonos, todo se convirtió en un zumbido lejano. Me miré las manos. Estaban manchadas del lodo de aquella calle sin nombre y, si miraba de cerca, podía ver rastros de la sangre seca que Marisol había tosido en mi hombro durante el trayecto.
—Abuela… —La voz pequeña me trajo de vuelta a la realidad.
Bajé la vista. Valeria estaba pegada a mi pierna, mirando todo con ojos desorbitados. Para ella, este hospital de lujo, con sus luces brillantes, sus pisos de mármol y su tecnología de punta, debía parecer una nave espacial o el palacio de un rey. Pero también veía el miedo en su postura. Estaba acostumbrada a que los lugares “de ricos” fueran hostiles para ella.
Me agaché, ignorando el dolor en mis rodillas y la ruina de mi traje Chanel.
—Todo va a estar bien, mi amor. Los doctores van a curar a tu mamá. Aquí nadie nos va a hacer daño.
—Huele a limpio —dijo ella, arrugando la nariz—. Huele a… medicina de la cara.
Sonreí con tristeza.
—Ven, vamos a sentarnos. ¿Tienes hambre todavía?
Nos llevaron a una sala de espera privada, lejos de las miradas curiosas. Mateo llegó minutos después, con dos cafés y un jugo de naranja. Se dejó caer en el sofá de cuero frente a mí, pasando las manos por su cabello. Se veía exhausto, envejecido diez años en las últimas tres horas.
—Ya hablé con el director del hospital —dijo Mateo, aflojándose la corbata—. Tienen instrucciones de que nadie, absolutamente nadie que no seamos nosotros, se acerque a Marisol. Puse a Carlos y a dos hombres más en la puerta de su habitación.
—Bien —dije, tomando un sorbo de café negro que me supo a ceniza—. ¿Y Roberto?
—Está afuera, coordinando con la agencia de seguridad. Mamá… tenemos que hablar de “él”. Del tipo ese. Del “Beto”.
Valeria, que estaba bebiendo su jugo con avidez, se tensó al escuchar el nombre. Dejó el vaso en la mesa de centro de cristal y se encogió en el sillón, abrazando sus rodillas.
—No hables de él aquí —susurró la niña—. Él tiene oídos en todos lados. Mamá dice que las paredes oyen.
Me acerqué a ella y le acaricié el cabello, que estaba tan enredado y sucio que me prometí a mí misma que esa misma noche la bañaría con los jabones más suaves que existieran.
—Aquí no, mi vida. Aquí mando yo. Y te juro por mi vida que ese hombre jamás, escúchame bien, jamás volverá a acercarse a ti.
Mateo me miró con una expresión sombría.
—Investigué un poco mientras veníamos —dijo en voz baja, sacando su celular—. Heriberto Guzmán, alias “El Beto”. No es un simple matón de barrio, mamá. Controla la distribución de droga en tres colonias del oriente. Tiene conexiones con la Unión. Es… es gente peligrosa de verdad. No son empresarios corruptos con los que solemos tratar. Estos tipos te cortan la cabeza y la mandan en una hielera.
Sentí un escalofrío, pero lo reprimí inmediatamente. El miedo no servía de nada ahora. El miedo era lo que había mantenido a mi hija secuestrada en vida durante trece años.
—No me importa si es el diablo en persona —dije con frialdad—. Él cometió el error de meterse con mi familia. Y ahora va a aprender que hay algo mucho más peligroso que un narco con un arma: una madre con recursos ilimitados y nada que perder. Quiero saber todo de él, Mateo. Dónde vive, quiénes son sus jefes, dónde guarda su dinero sucio, quién es su madre. Todo. Contrata a la agencia de inteligencia privada, la israelí que usamos para el caso del fraude el año pasado. Quiero un expediente completo en mi escritorio para mañana.
—Es una guerra, mamá.
—No, Mateo. Una guerra implica que hay dos bandos con posibilidades de ganar. Esto va a ser una masacre. Y nosotros vamos a ser los que sostengan el martillo.
Pasaron tres horas eternas. Valeria se quedó dormida en mi regazo, aferrada a mi saco como si fuera un salvavidas. Yo no me moví, apenas respiraba para no despertarla. Verla dormir, con esa carita inocente pero marcada por la dureza de la vida, me llenaba de una mezcla de amor y furia que me quemaba por dentro.
Finalmente, el doctor salió. Era el jefe de neumología, un hombre canoso y serio.
—Señora Valenzuela —dijo, quitándose los lentes—. Su hija está estable, pero su condición es crítica.
Me levanté con cuidado, dejando a Valeria acomodada en el sofá y cubriéndola con mi abrigo. Mateo se puso de pie a mi lado.
—Dígame la verdad, doctor. Sin rodeos.
El médico suspiró y miró su tabla de anotaciones.
—Tiene tuberculosis avanzada, afortunadamente no es la cepa resistente a los fármacos, pero sus pulmones están muy dañados. Tiene una anemia severa, desnutrición grado tres… básicamente, su cuerpo se ha estado consumiendo a sí mismo para sobrevivir. Pero eso no es lo peor.
—¿Qué es lo peor? —preguntó Mateo, con la voz temblorosa.
—Encontramos múltiples fracturas antiguas mal curadas. Tres costillas, el cúbito del brazo izquierdo, dos dedos de la mano… y cicatrices de quemaduras de cigarro en la espalda. Además de signos de… —el doctor dudó, buscando las palabras— abuso crónico. Su hija ha vivido un infierno, señora Valenzuela. Su cuerpo es un mapa de tortura.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Me tuve que apoyar en la pared para no caer. Quemaduras. Fracturas. Mi niña. Mi princesa a la que yo no dejaba ni que le diera el sol sin protector solar, había sido usada como cenicero y saco de boxeo por un animal durante una década.
Las lágrimas brotaron de mis ojos, calientes y dolorosas. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de odio. Un odio puro, destilado, cristalino.
—¿Puedo verla? —pregunté.
—Está sedada, pero sí. Solo unos minutos. Necesita descansar.
Entré a la habitación de terapia intensiva. El sonido rítmico del monitor cardíaco llenaba el silencio. Beep… beep… beep… El sonido de la vida aferrándose.
Marisol estaba conectada a tubos y cables. Su piel pálida se confundía con las sábanas. Me acerqué a la cama y tomé su mano. Estaba tan huesuda… Acaricié el anillo en su dedo, ese anillo que había sido su única conexión con nosotros, su única esperanza.
—Te lo prometo, mi amor —susurré en su oído, aunque sabía que no podía oírme—. Cada lágrima, cada golpe, cada gota de sangre… me las va a pagar. Lo voy a destruir. Voy a destruir todo lo que él ama, todo lo que él tiene, hasta que no quede nada más que polvo. Descansa, hija mía. Mamá se encarga ahora.
Salí de la habitación sintiéndome una persona diferente. La Elena Valenzuela que se preocupaba por la opinión pública, por las galas de beneficencia y por las apariencias, había muerto en esa habitación. Había nacido una loba.
Regresé a la sala de espera. Valeria estaba despierta, comiendo unas galletas que una enfermera le había traído. Al verme, sonrió con la boca llena.
—¿Viste a mi mamá? ¿Ya no tose?
—Está durmiendo, mi cielo. Los doctores le dieron una medicina mágica para que descanse. Se va a poner bien. Pero ahora, tú y yo tenemos una misión.
—¿Qué misión? —preguntó ella, intrigada.
—Ir a casa. Necesitamos darte un baño, ponerte ropa bonita y comer comida de verdad, no galletas.
—¿A tu casa? —preguntó, abriendo los ojos—. ¿Al castillo?
—Algo así. Pero primero, vamos a hacer unas compras.
Salimos del hospital bajo un dispositivo de seguridad que habría envidiado el presidente de la república. Tres camionetas blindadas nos escoltaban. Roberto manejaba con la mirada fija en los espejos, paranoico, buscando cualquier señal de peligro.
Llegamos a un centro comercial exclusivo en Santa Fe, pero entramos por la zona de carga para evitar a la prensa, que seguramente ya estaría oliendo la historia. Hice que cerraran la tienda de ropa infantil para nosotras.
Valeria caminaba entre los percheros llenos de vestidos de colores, abrigos de lana y zapatos de charol como si estuviera en un sueño. Tocaba las telas con reverencia, sin atreverse a tomarlas.
—Escoge lo que quieras, mi amor —le dije—. Lo que te guste.
—¿Todo cuesta mucho dinero? —preguntó en voz baja—. Mamá dice que no hay que gastar, que el dinero se acaba rápido.
Me agaché a su altura.
—El dinero de la abuela no se acaba nunca, Valeria. Es infinito, como el mar. Puedes llevarte toda la tienda si quieres.
Ella escogió un vestido azul cielo, sencillo, y unos tenis blancos con luces que se encendían al pisar. Cuando se los puso y dio un pisotón en el suelo, viendo las luces parpadear, soltó una carcajada. Fue el sonido más hermoso que había escuchado en años. Una risa pura, infantil, que había sobrevivido a la oscuridad.
Compramos ropa para una semana, pijamas de algodón, juguetes, libros de colorear. Cuando salimos, el maletero de la camioneta iba lleno.
El trayecto a mi casa en Lomas de Chapultepec fue rápido. Cuando el portón de hierro forjado se abrió y entramos en la propiedad, Valeria pegó la cara a la ventana.
—¡Es enorme! —exclamó—. ¿Aquí vives tú sola?
—Vivía sola —corregí—. Ahora vivimos nosotras.
La casa era una mansión de estilo colonial moderno, con jardines inmensos, fuentes y muros altos cubiertos de hiedra. Pero esa noche, no se veía como un hogar. Se veía como una fortaleza. Había guardias armados patrullando el perímetro. Las luces de seguridad estaban encendidas al máximo.
Entramos. El servicio, encabezado por Martita, mi ama de llaves de toda la vida, estaba esperando en el vestíbulo. Martita había llorado a Marisol tanto como yo. Cuando vio a Valeria, se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.
—Ay, Dios mío… es igualita… es igualita a la niña Marisol —lloró Martita, acercándose con timidez.
—Martita, ella es Valeria. Mi nieta. Necesita un baño caliente, mucha espuma y una cena de campeones. Prepárale lo que quiera.
—¿Hay quesadillas? —preguntó Valeria con timidez.
—Las mejores del mundo, mi niña —dijo Martita, secándose las lágrimas y tomando la mano de la niña—. Ven, vamos a la cocina.
Me quedé sola en el vestíbulo, bajo la inmensa lámpara de araña de cristal. El silencio de la casa, habitualmente opresivo, ahora se sentía diferente. Había vida otra vez. Pero también había peligro.
Me fui a mi despacho y cerré la puerta. Me serví un trago de tequila, doble, sin hielo. Me lo bebí de un golpe, sintiendo el ardor bajar por mi garganta. Encendí mi computadora y revisé los correos que Mateo me había enviado.
Ahí estaba. El informe preliminar sobre Heriberto Guzmán.
Había fotos. Un hombre de unos treinta y cinco años, con cara de pocos amigos, cicatrices de acné y tatuajes en el cuello. “El Beto”. Se dedicaba al narcomenudeo, extorsión a comerciantes y robo de autopartes. Pero lo que me heló la sangre fue leer sus antecedentes: dos cargos por homicidio, desestimados por “falta de pruebas” (léase: testigos amenazados o muertos), y varias denuncias por violencia doméstica de parejas anteriores.
Este animal había tenido a mi hija bajo su yugo. La había golpeado. La había quemado. Y probablemente, la había amenazado con lastimar a Valeria si intentaba irse.
Mi celular personal sonó. Era un número desconocido. Normalmente no contestaba, pero algo en mi instinto me dijo que lo hiciera.
—¿Bueno? —dije, seca.
—¿Doña Elena Valenzuela? —Una voz masculina, rasposa, con un acento de barrio marcado y un tono burlón—. Qué milagro escuchar su voz tan fina.
Sentí que se me erizaban los pelos de la nuca.
—¿Quién habla?
—Ya sabe quién habla, suegra. Soy el papá de su nieta.
El vaso de cristal que tenía en la mano crujió bajo la presión de mis dedos.
—Escúchame bien, pedazo de mierda —siseé—. Si crees que me vas a intimidar, no tienes idea de con quién te estás metiendo.
Él soltó una carcajada desagradable, como de hiena.
—Uy, qué miedo. Doña Elena la millonaria. Mire, doña, vamos a hablar claro. Usted se llevó algo que es mío. Mis dos viejas. La flaca y la chamaca. Y eso no se hace. Es una falta de respeto.
—Ellas no son tuyas. Son personas, no cosas. Y ya no están a tu alcance.
—Eso cree usted —dijo él, y su voz bajó de tono, volviéndose amenazante—. Usted tiene muchos muros y muchos guardias, pero yo tengo paciencia. Y tengo gente. La chamaca es mi hija, tengo derechos. Y la flaca… bueno, la flaca sabe muchas cosas de mis negocios. No me conviene que ande por ahí suelta, hablando con la policía.
—Marisol no va a hablar con nadie porque no necesita hacerlo. Yo me voy a encargar de ti mucho antes de que la policía mueva un dedo.
—No me amenace, doña. Mejor negociemos. Usted tiene mucha lana. Yo soy un hombre de negocios también. Si me da cinco millones de pesos, a lo mejor me olvido del asunto. Me voy al norte y las dejo en paz. ¿Qué dice? ¿Cinco melones por la tranquilidad de su familia? Es una ganga.
La ira me cegó momentáneamente. ¿Me estaba extorsionando? ¿Después de lo que le hizo a mi hija?
—No te voy a dar ni un centavo —dije, midiendo cada palabra—. Lo único que te voy a dar es un boleto de ida al infierno. Y te sugiero que disfrutes tus últimas horas de libertad, o de vida, porque ya sé quién eres, dónde estás y a quién le rezas.
—Híjole, suegra, se puso brava. Bueno, pues si así lo quiere… aténgase a las consecuencias. Por cierto, bonito vestido azul el que le compró a la niña. Le quedan bien los tenis con luces.
Colgó.
El teléfono se me resbaló de la mano y cayó sobre el escritorio. Sabía el color del vestido. Sabía lo de los tenis.
Nos había estado vigilando. Nos había seguido desde el hospital hasta la casa, o tenía a alguien dentro del centro comercial. El miedo, frío y viscoso, intentó apoderarse de mí, pero lo transformé en acción.
Grité llamando a Roberto. Él entró en segundos, con la pistola en la mano.
—¡Señora! ¿Qué pasa?
—Nos están vigilando. Ese bastardo sabe qué ropa trae Valeria. Revisa a todo el personal. Revisa las cámaras del centro comercial, manda a alguien a hackearlas si es necesario, quiero saber quién nos siguió. Y duplica la guardia. Quiero hombres en el techo, en el jardín, en la calle. ¡Que no entre ni una mosca!
—A la orden, jefa.
Esa noche no dormí. Me senté en un sillón junto a la cama de Valeria. Ella dormía profundamente, limpia, alimentada, en una cama con sábanas de seda que costaban más que todo el edificio donde había vivido. Abrazaba un oso de peluche gigante que le habíamos comprado. Se veía tan pacífica…
Pero yo sabía que la paz era una ilusión. El enemigo estaba afuera, acechando en las sombras. Y había demostrado que podía vernos, que podía acercarse.
Al día siguiente, dejé a Mateo a cargo de la seguridad de la casa y fui al hospital. Marisol había despertado.
Cuando entré a la habitación, la encontré mirando por la ventana hacia los edificios de Santa Fe. Ya no tenía los tubos en la garganta, pero seguía con oxígeno. Al verme, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mamá…
Me acerqué y la abracé con cuidado.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un camión… pero estoy viva. Mamá… ¿dónde está Valeria?
—Está en casa. En la mansión. Está feliz, Marisol. Comió quesadillas, se bañó con agua caliente y durmió en una cama de princesa. Mateo y Martita la están cuidando como si fuera el tesoro más grande del mundo.
Marisol suspiró aliviada, pero luego su expresión se endureció.
—Él va a venir, mamá. No va a parar. Beto… es vengativo. Es loco. Una vez… una vez mató a un perro frente a Valeria solo porque le ladró. Me dijo que eso nos pasaría si lo desobedecíamos. Tienes que tener cuidado. No sabes de lo que es capaz.
—Él me llamó anoche —confesé.
Marisol se puso pálida, el monitor cardíaco aceleró su ritmo. Beep-beep-beep.
—¿Qué? ¿Qué te dijo?
—Quería dinero. Cinco millones. Y me describió la ropa de Valeria. Nos siguió ayer.
Marisol empezó a hiperventilar.
—¡Te lo dije! ¡No estamos seguras! ¡Tenemos que irnos! ¡Vámonos a otro país, mamá! ¡A Europa, a Estados Unidos, donde sea! ¡Aquí nos va a matar!
La sujeté por los hombros, obligándola a mirarme.
—¡Escúchame, Marisol! ¡Mírame! —Le levanté la barbilla—. No vamos a huir. Pasaste trece años huyendo, escondiéndote como una rata, viviendo en la inmundicia por miedo. ¿Y de qué sirvió? Solo sirvió para que él te controlara, para que te rompiera los huesos y el alma. Ya no más.
—Pero él tiene armas, tiene gente…
—Y yo tengo poder, Marisol. Poder real. No el poder de un pandillero de cuarta que asusta a los vecinos. Tengo el poder que mueve a los jueces, que mueve a la policía, que compra lealtades. Mateo ya está moviendo hilos. Hemos contratado seguridad privada de élite, exmilitares, no guardias de centro comercial. Esta noche, ese tal Beto va a entender que mordió una mano que lo puede aplastar.
—No quiero que nadie muera, mamá… —sollozó ella.
—Yo tampoco quería que te quemaran la espalda con cigarros —dije con dureza, y ella se estremeció—. A veces, la única forma de acabar con un monstruo es convirtiéndote en uno más grande.
Salí de la habitación para dejarla descansar, aunque sabía que no dormiría tranquila. En el pasillo, me encontré con Mateo. Tenía una expresión extraña en la cara.
—Mamá, tienes que ver esto. Llegó a la casa hace media hora. Un mensajero de Uber Eats.
Me entregó una caja de cartón pequeña, de esas de pastelería barata.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Levanté la tapa con manos temblorosas. Adentro no había un pastel. Había una muñeca. Una muñeca vieja, de trapo, sucia y sin un ojo.
Reconocí la muñeca al instante por las historias que Valeria me había contado la noche anterior mientras la bañaba. “Tenía una muñeca que se llamaba Lupita, pero papá la rompió y la tiró a la basura cuando se enojó”.
Junto a la muñeca había una nota escrita con letras recortadas de revista, un cliché de película de terror que en la vida real resultaba espeluznante.
“La próxima vez no será la muñeca. Tic, tac, suegra.”
Sentí una oleada de náuseas. Él había estado dentro de su casa. Había guardado la muñeca rota como un trofeo, o la había recuperado de la basura solo para esto. Era un psicópata. Disfrutaba el juego psicológico.
—Rastrearon al repartidor? —pregunté.
—Sí. Un pobre diablo que no sabe nada. Le dieron cincuenta pesos en la calle para entregar el paquete. No vio la cara del tipo, llevaba gorra y cubrebocas.
Cerré la caja con fuerza, aplastando la tapa.
—Se acabó el juego, Mateo. Llama al Comandante Rangel, el de la Federal. Dile que quiero cobrar el favor que me debe por haber salvado la carrera de su hijo cuando lo del desfalco. Dile que quiero un operativo en Iztapalapa esta misma noche. Quiero que levanten cada piedra hasta encontrar a Heriberto Guzmán. Y si se resiste… diles que no me importa si llega vivo o muerto al ministerio público.
—Mamá… eso es ordenar una ejecución extrajudicial. Si esto se sabe…
—Si esto se sabe, dirán que fue un enfrentamiento entre bandas o que se resistió al arresto. Pasa todos los días en este país, Mateo. Por una vez, que la injusticia juegue a nuestro favor. Haz la llamada.
Mateo asintió y se alejó con el teléfono en la oreja.
Regresé a la mansión. Valeria estaba en el jardín, jugando con uno de los guardias. El hombre, un gigante de dos metros con chaleco antibalas y un rifle de asalto colgado al hombro, estaba agachado jugando a las muñecas con ella. La escena era tierna y aterradora al mismo tiempo. La inocencia protegida por la violencia.
Me senté en la terraza, observándolos. De repente, el jefe de seguridad, Roberto, se acercó corriendo, con el rostro pálido.
—Señora… tenemos una situación.
—¿Qué pasa ahora? ¿Otro paquete?
—No, señora. Es el sistema de cámaras perimetrales. Alguien las hackeó. Estamos ciegos en el sector norte, el que da a la barranca.
Me puse de pie de un salto. La barranca era el punto débil de la propiedad, un terreno escarpado y lleno de vegetación densa que colindaba con el muro trasero.
—¡Alerta roja! —gritó Roberto por su radio—. ¡Brecha en el sector norte! ¡Protejan a la niña! ¡Todos al jardín!
El guardia que jugaba con Valeria reaccionó al instante. Soltó la muñeca, cargó a Valeria en un brazo como si fuera un saco de papas y con la otra mano empuñó su arma, corriendo hacia la casa.
—¡Abuela! —gritó Valeria, asustada.
—¡Métanla al cuarto de pánico! —grité yo, corriendo tras ellos.
De repente, se escuchó un estruendo. ¡CRASH!
El portón principal, el de acero reforzado, se sacudió violentamente. Un camión de volteo, viejo y pesado, acababa de embestirlo. El metal chilló y se dobló, pero aguantó.
—¡Ataque frontal! —gritó otro guardia—. ¡Es una distracción! ¡Están entrando por atrás!
Disparos. Escuché disparos secos, pop-pop-pop, viniendo desde el jardín trasero.
El caos se desató. Los guardias corrían, gritaban órdenes. Yo fui empujada por Martita hacia el interior de la casa.
—¡La niña! ¡Dónde está la niña! —gritaba yo, histérica.
—¡Ya la tiene “Oso”! ¡Ya la metieron al búnker! —me gritó Roberto, empujándome hacia el pasillo—. ¡Usted también, señora! ¡Adentro, rápido!
Corrí hacia la biblioteca, donde estaba la entrada oculta al cuarto de seguridad. Pero antes de llegar, vi una sombra cruzando el ventanal del comedor. Alguien había saltado el muro.
Un hombre vestido de negro, con pasamontañas, rompió el cristal de la ventana con la culata de su arma y entró rodando en la sala.
Me quedé paralizada. Estaba a cinco metros de mí. Levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron. No era el Beto. Era uno de sus sicarios.
Levantó el arma apuntándome.
—¡Quieta, vieja!
En ese momento, mi vida no pasó ante mis ojos. No vi recuerdos de mi infancia ni de mis negocios. Solo vi la cara de Marisol en el hospital y la sonrisa de Valeria con sus zapatos de luces.
—¡Al suelo! —rugió una voz a mi derecha.
Roberto apareció de la nada y disparó dos veces. BAM. BAM.
El sicario cayó hacia atrás, chocando contra una vitrina llena de porcelana Lladró, que se hizo añicos sobre él. La sangre manchó la alfombra persa.
Roberto me agarró del brazo y me arrastró hacia la biblioteca.
—¡Adentro! ¡Adentro!
Entramos al cuarto de pánico y él cerró la puerta de acero macizo, girando la rueda de seguridad. El sonido de los disparos afuera se apagó, reemplazado por el zumbido del sistema de ventilación.
Ahí estaba Valeria, acurrucada en un rincón, llorando, abrazada por Martita. El guardia “Oso” estaba vigilando los monitores de seguridad, que mostraban el caos en el jardín.
Había al menos diez hombres armados intentando entrar en la casa. Nuestros guardias estaban repeliendo el ataque, intercambiando fuego nutrido.
Me acerqué a Valeria y la abracé con todas mis fuerzas.
—Ya pasó, mi amor, estamos seguras aquí. Esta puerta no la abre ni una bomba.
Miré los monitores. Vi cómo una patrulla de la policía llegaba finalmente, seguida de dos camionetas negras sin marcas. Eran los refuerzos de Mateo. Los atacantes, al ver que llegaba la caballería, empezaron a replegarse, saltando los muros, huyendo como las ratas que eran.
Pero uno de ellos se detuvo antes de saltar. Se quitó el pasamontañas y miró directamente a una de las cámaras de seguridad que aún funcionaba.
Era él. Heriberto Guzmán. El Beto.
Sonrió. Una sonrisa llena de dientes amarillos y maldad pura. Se pasó el dedo por el cuello en un gesto inconfundible y luego lanzó algo hacia la cámara. La pantalla se fue a negro.
Había venido a mi casa. Había roto mi fortaleza. Había intentado secuestrar a mi nieta en mi propia sala.
Cuando el tiroteo cesó y Mateo nos dio la señal de que era seguro salir, la casa era un desastre. Cristales rotos, muebles volcados, agujeros de bala en las paredes donde colgaban cuadros de Tamayo y Toledo. El cuerpo del sicario ya había sido retirado, pero la mancha de sangre seguía en la alfombra.
Mateo llegó corriendo, con el chaleco antibalas puesto sobre su traje. Me abrazó con fuerza.
—¿Están bien? Dios mío, mamá…
—Estamos bien —dije, separándome de él. Mi voz ya no temblaba. Estaba gélida.
Caminé hasta el lugar donde había estado la cámara que el Beto rompió. En el suelo, había un objeto metálico. Me agaché a recogerlo.
Era una bala. Pero no una bala cualquiera. Tenía un nombre grabado con navaja en el plomo.
“VALERIA”
Apreté la bala en mi puño hasta que sentí que el metal se calentaba.
—Mateo —llamé, sin voltear—. Cancela la orden al Comandante Rangel.
—¿Qué? ¿Por qué? Mamá, acaban de atacar tu casa. Necesitamos a la policía más que nunca.
Me giré. Mis ojos debían de reflejar el mismo infierno, porque Mateo dio un paso atrás.
—Porque la policía lo va a arrestar. Lo van a meter a la cárcel, y en dos años saldrá por buena conducta o se escapará. O seguirá dirigiendo sus negocios desde adentro. Eso no me sirve.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Voy a ponerle un precio a su cabeza. Un precio tan alto que hasta su propia madre querrá entregarlo. Quiero que todo el bajo mundo de la Ciudad de México sepa que quien me traiga a Heriberto Guzmán, vivo, recibirá cincuenta millones de pesos en efectivo. Sin preguntas.
Mateo abrió la boca, asombrado.
—Cincuenta millones… eso va a desatar una cacería humana, mamá. Se van a matar entre ellos por ese dinero.
—Exacto. Voy a convertir su vida en un infierno. No va a poder dormir, no va a poder comer, no va a poder confiar en nadie. Sus amigos, sus socios, sus amantes… todos lo verán como un cheque de lotería caminando. Lo voy a acorralar. Y cuando no tenga a dónde ir… entonces iré yo por él.
Miré hacia la planta alta, donde Martita estaba llevando a Valeria a dormir nuevamente, tratando de calmarla.
—Nadie toca a mi nieta —sentencié—. Que empiece la cacería.
PARTE FINAL: LA CACERÍA DEL LOBO Y EL RENACER DE LAS CENIZAS
Dicen que el dinero no compra la felicidad, y tal vez tengan razón. Pero en la Ciudad de México, el dinero compra algo mucho más inmediato y letal: lealtades. O mejor dicho, compra la falta de ellas.
Cuando solté la cifra de cincuenta millones de pesos por la cabeza de Heriberto Guzmán, alias “El Beto”, no solo puse un precio; desaté un terremoto en el subsuelo de la capital. La noticia no salió en el noticiero de la noche con Javier Alatorre, ni en los periódicos de circulación nacional. No, esa noticia viajó por los canales que realmente importan en las sombras: grupos de WhatsApp encriptados, murmullos en las cantinas de mala muerte de la Doctores, susurros entre los “halcones” que vigilan las esquinas de Tepito y la Guerrero.
En menos de veinticuatro horas, el Beto pasó de ser un depredador a ser la presa más codiciada del país.
Mateo entró a mi despacho la mañana siguiente al ataque. Yo no había pegado el ojo, vigilando los monitores de seguridad con una taza de café negro que ya estaba fría.
—Mamá —dijo, dejando una tablet sobre mi escritorio—. Está funcionando. Demasiado bien.
Miré la pantalla. Eran reportes de inteligencia.
—Sus propios lugartenientes lo están dejando solo. Nadie quiere estar cerca de él. Saben que si los ven con el Beto, corren el riesgo de que alguien dispare primero y averigüe después para cobrar la recompensa. Se le voltearon, mamá. Hasta su “mano derecha”, un tal “El Tuercas”, mandó un mensaje anónimo diciendo que está dispuesto a venderlo si le garantizamos protección.
Sonreí, pero no fue una sonrisa de alegría. Fue una mueca fría, calculadora.
—Dile al Tuercas que tiene trato. Pero lo quiero vivo. Quiero verle la cara a ese infeliz cuando se dé cuenta de que perdió.
Los días siguientes fueron una guerra de nervios. La casa seguía siendo un búnker. Valeria no salía al jardín sin tres escoltas armados hasta los dientes. Yo intentaba mantener la normalidad para ella, jugábamos a las muñecas, veíamos películas de Disney, coloreábamos libros interminables. Pero cada vez que sonaba un teléfono, el aire se congelaba.
Marisol seguía en el hospital, recuperándose lentamente. Sus pulmones sanaban, pero su alma estaba llena de vidrios rotos. Iba a verla todas las tardes, escoltada por una caravana de seguridad. Le contaba que el cerco se estaba cerrando, que pronto podría respirar tranquila. Ella solo asentía, con la mirada perdida, temerosa de creer que la pesadilla podía terminar.
Finalmente, la llamada llegó un martes lluvioso, de esas lluvias chilangas que inundan el Viaducto y paralizan la ciudad.
Era Roberto, mi jefe de seguridad.
—Jefa. Lo tenemos.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Dónde?
—En una bodega abandonada por la zona de Ecatepec. El Tuercas nos dio la ubicación exacta. Dice que el Beto está solo, armado y desesperado. Se le acabó el dinero, se le acabó la droga y se le acabaron los amigos. Está acorralado como una rata.
—Prepara la camioneta, Roberto. Voy para allá.
—Señora, es peligroso. Déjenos a nosotros…
—¡He dicho que voy! —grité, golpeando el escritorio—. Ese hombre tocó a mi familia en mi propia casa. Yo voy a ver cómo termina esto.
El viaje hacia Ecatepec fue un descenso a la oscuridad. La lluvia golpeaba los cristales blindados de la Suburban. Iba vestida con un chaleco antibalas debajo de mi abrigo de lana italiana, una combinación ridícula que resumía perfectamente mi vida en ese momento: lujo y violencia entrelazados.
Llegamos a la zona industrial. Era un paraje desolado, lleno de esqueletos de fábricas y perros callejeros que buscaban refugio del aguacero. Había tres camionetas nuestras ya posicionadas, rodeando una bodega de lámina oxidada.
Mateo estaba ahí, empapado, hablando con el líder del equipo táctico israelí que habíamos contratado. Al verme bajar, corrió hacia mí.
—Mamá, por favor, quédate en el auto. Van a entrar ahora.
—Quiero escuchar, Mateo. Dame un radio.
Me puse el auricular y escuché la respiración agitada de los hombres que se acercaban a la entrada.
“Equipo Alfa en posición. Bravo cubriendo la retaguardia. Entramos en tres, dos, uno…”
Se escuchó el estruendo de una puerta siendo derribada. Luego, gritos.
“¡Policía! ¡Al suelo! ¡Al suelo!” (Aunque no eran policías, gritaban eso para confundirlo).
Hubo disparos. Secos, rápidos. Me encogí instintivamente, abrazándome a mí misma.
“¡Tengo visual! ¡Está armado! ¡Suelta el arma, cabrón! ¡Suéltala o te mueres aquí mismo!”
Hubo una pausa tensa. Pude imaginar al Beto, sucio, hambriento, apuntando con una pistola temblorosa a un escuadrón de élite que no dudaría en volarle la tapa de los sesos.
“¡No me maten! ¡No me maten, me entrego!”
La voz del Beto sonó patética, aguda, llena de terror. El gran “macho”, el matón que golpeaba mujeres y amenazaba niñas, estaba llorando.
“Objetivo asegurado. Está limpio. Lo tenemos.”
Suspiré, y sentí que trece años de aire contenido salían de mis pulmones.
—Tráiganlo —ordené por el radio.
Minutos después, dos hombres arrastraron a Heriberto Guzmán fuera de la bodega. Lo tiraron al lodo frente a mi camioneta, iluminado por los faros de halógeno.
Se veía lamentable. Estaba en los huesos, con la ropa hecha jirones, el rostro lleno de moretones y barro. Sangraba de una ceja. Cuando levantó la vista y me vio, parada ahí bajo la lluvia, protegida por un paraguas que sostenía Roberto, sus ojos se abrieron con reconocimiento.
Me acerqué. Roberto intentó detenerme, pero lo aparté.
Me paré a un metro de él. El hombre que había destruido la vida de mi hija. El hombre que había engendrado a mi nieta solo para usarla como moneda de cambio.
—¿Dón… dónde están mis cinco millones? —balbuceó, con una risa nerviosa, casi demente—. Me dijiste que negociaríamos…
Lo miré con un desprecio tan absoluto que ni siquiera sentí asco. Era como mirar una cucaracha.
—No hay negociación con la basura —dije, mi voz apenas audible sobre el sonido de la lluvia—. Te dije que te ibas a arrepentir. Te dije que yo era peor que tú.
—Me van a matar… —gimió él, mirando a los hombres armados a mi alrededor—. Por favor, doña, no deje que me maten. Tengo miedo.
—¿Miedo? —Me agaché, quedando cara a cara con él—. ¿Miedo es lo que sentía Marisol cuando le apagabas cigarros en la espalda? ¿Miedo es lo que sentía Valeria cuando rompiste su muñeca? Tú no sabes qué es el miedo, Heriberto. Pero lo vas a aprender.
Me puse de pie y me dirigí a Mateo.
—Llama a la policía. Al Comandante Rangel. Dile que aquí tiene su regalo. Entrégaselo con el moño puesto. Y asegúrate de que Rangel sepa que, si este hombre llega a tener un abogado de oficio, o si llega a ver la luz del sol en los próximos cincuenta años, mi donación anual al fondo de pensiones de la policía se cancela permanentemente. Quiero que se pudra en el Reclusorio Oriente, en la zona más oscura y miserable que tengan. Que cada día de su vida recuerde que está ahí porque se metió con una Valenzuela.
Beto empezó a gritar mientras lo levantaban y lo esposaban, pero yo ya le había dado la espalda. Subí a mi camioneta, cerré la puerta y, por primera vez en semanas, me permití cerrar los ojos sin ver monstruos.
La cacería había terminado. Ahora comenzaba la reconstrucción.
Los meses siguientes fueron como aprender a caminar de nuevo después de un accidente grave. Lento, doloroso, pero lleno de pequeños milagros.
Marisol salió del hospital tres semanas después. Cuando llegó a la casa de Lomas, estaba tan delgada que la ropa le nadaba, pero sus ojos ya no tenían esa sombra de terror perpetuo. Valeria corrió a recibirla y el abrazo que se dieron en el vestíbulo hizo llorar hasta a los guardias de seguridad más duros.
Pero no todo fue color de rosa. Hubo pesadillas. Muchas. Noches en las que Valeria se despertaba gritando que “el hombre malo” estaba en el clóset. Noches en las que encontraba a Marisol sentada en el suelo del baño, con la luz apagada, temblando.
Contratamos a los mejores terapeutas. No escatimé en gastos. Dr. Rosenblueth para Marisol, Dra. Carmen para Valeria. Poco a poco, las piezas rotas empezaron a encajar.
Mateo también cambió. La experiencia lo había sacudido hasta la médula.
—Mamá —me dijo una noche durante la cena, seis meses después del rescate—. No puedo seguir en la empresa. No así.
Dejé los cubiertos sobre la mesa, temiendo que quisiera irse lejos.
—¿Qué quieres decir?
—Ver lo que pasó… ver cómo vive la gente allá afuera, la realidad de Valeria antes de que la encontraras… me hizo darme cuenta de que construir edificios de lujo no llena nada aquí adentro —se tocó el pecho—. Quiero estudiar Psicología. Quiero ayudar a familias que pasan por traumas. Quiero que lo que vivimos sirva de algo.
Miré a mi hijo. Ya no era el ejecutivo arrogante que solo pensaba en el siguiente contrato. Era un hombre con propósito.
—Tienes todo mi apoyo, Mateo —le dije, tomándole la mano—. Y no solo eso. Vamos a usar la empresa para financiarte.
Fue ahí cuando nació la idea de la Fundación Valeria.
Valeria, con su inocencia brutal, fue la que plantó la semilla. Un día, mientras dibujaba en su nuevo estudio (un cuarto lleno de luz que le habíamos acondicionado), me preguntó:
—Abuela, tú tienes mucho dinero, ¿verdad?
—Sí, mi amor. Bastante.
—¿Y por qué no compras casas para los otros niños de la calle? Los que no tienen abuelas ricas.
La pregunta me golpeó como un mazo. Tenía razón. Yo había salvado a mi nieta porque tenía el poder y el dinero. ¿Pero qué pasaba con los miles de “Valerias” que seguían allá afuera, invisibles, hambrientas?
Esa misma noche redacté el acta constitutiva. La Fundación Valeria no sería una de esas organizaciones de beneficencia para que las señoras ricas se tomen fotos en eventos de gala. Sería un refugio real. Compramos un edificio antiguo en el centro, lo remodelamos y creamos un centro integral: comedor, escuela, dormitorios, atención psicológica y legal para madres e hijos víctimas de violencia.
Marisol, para mi sorpresa, pidió dirigir el área de acogida.
—Yo sé lo que sienten, mamá —me dijo con una firmeza que no le conocía—. Yo sé lo que es llegar sin nada y con miedo. Ellas confiarán en mí.
Y así fue. Mi hija, la “niña bien” que se había perdido, encontró su vocación ayudando a otras a encontrarse. Y en el proceso, conoció a Roberto… no mi chofer, sino otro Roberto. Un profesor de literatura voluntario en la fundación. Un hombre bueno, tranquilo, que la miraba como si fuera la obra de arte más preciosa del mundo, cicatrices y todo.
Dos años. Pasaron dos años volando.
Y llegó el día. El día que en México es sagrado: los quince años.
Valeria iba a cumplir quince.
La organización fue faraónica, pero no por el lujo desmedido, sino por el significado. Valeria no quiso un salón de fiestas exclusivo. Quiso hacerlo en el patio central de la Fundación.
—Quiero que estén mis amigos, abuela. Todos. Los del colegio y los de la calle.
La tarde de la fiesta, el patio estaba irreconocible. Flores de cempasúchil y buganvilias adornaban cada rincón. Papel picado de colores vibrantes cruzaba el techo. Había puestos de comida típica: tacos al pastor, elotes, esquites, aguas frescas de horchata y jamaica. Nada de canapés franceses aburridos; esto era una fiesta mexicana de verdad.
Yo estaba en el camerino improvisado, ayudando a Valeria a ajustarse el vestido. No era el típico vestido ampón de merengue. Era un diseño elegante, color azul zafiro (como mi anillo, como el anillo de su madre), con bordados oaxaqueños hechos a mano.
Se miró al espejo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ya no era la niña sucia del restaurante. Era una jovencita hermosa, alta, con una mirada inteligente y bondadosa.
—Te ves preciosa, mi vida —le dije, conteniendo mis propias lágrimas.
—Gracias, abuela. —Se giró y me tomó las manos—. Gracias por salvarme. Gracias por salvar a mi mamá.
—Ustedes me salvaron a mí, Valeria. Yo estaba muerta en vida hasta que tú entraste a ese restaurante y señalaste mi anillo.
Salimos al patio y la ovación fue ensordecedora. Mateo estaba ahí, con su novia Clara, una compañera de la facultad. Marisol estaba radiante, tomada de la mano de su Roberto, luciendo un anillo de compromiso sencillo pero hermoso que él le había dado hacía una semana.
La fiesta fue mágica. Hubo vals, sí, pero bailamos con “Tiempo de Vals” de Chayanne porque Valeria dijo que era un clásico indispensable. Hubo risas, hubo baile, hubo vida.
En un momento de la noche, Roberto (mi jefe de seguridad, que ahora era más familia que empleado) se acercó a mí con una copa de champaña.
—Señora Elena, mire eso —señaló hacia la pista de baile.
Valeria estaba bailando con un grupo de niños de la fundación. Reían a carcajadas. Marisol bailaba con Mateo, haciendo payasadas como cuando eran adolescentes.
—¿Quién lo diría, jefa? Hace dos años estábamos sacándolas del infierno a punta de pistola.
—El infierno no es eterno, Roberto. Si tienes el coraje de cruzarlo.
Entonces, Roberto (el novio de Marisol) pidió la palabra en el micrófono. Se hizo un silencio expectante.
—Buenas noches a todos. Sé que este es el día de Valeria, y ella es la reina de la noche. Pero ella me dio permiso para hacer algo muy especial hoy.
Se giró hacia Marisol, que lo miraba confundida. Roberto se arrodilló.
—Marisol, desde el día que te vi en la biblioteca de la fundación, supe que eras la mujer más valiente que había conocido. Me has enseñado que las cicatrices no son marcas de vergüenza, sino mapas de supervivencia. Te amo. Y quiero pasar el resto de mi vida construyendo un futuro contigo, donde nadie te vuelva a lastimar. ¿Te casarías conmigo?
Marisol se llevó las manos a la boca. Valeria gritó de emoción y empezó a saltar.
—¡Di que sí, mamá! ¡Di que sí!
—¡Sí! —gritó Marisol, llorando de felicidad—. ¡Claro que sí, tonto!
El lugar estalló en aplausos. Yo sentí que el corazón se me hinchaba tanto que no cabía en mi pecho. Mi familia. Mi familia rota, remendada, cicatrizada, pero hermosa. Estaban felices. Estaban seguros.
Cuando la fiesta terminó y los últimos invitados se fueron, nos quedamos nosotros cuatro en el centro del patio, rodeados de flores y confeti. Elena, Mateo, Marisol y Valeria. Tres generaciones.
Valeria se acercó a mí.
—Abuela, falta una cosa.
—¿Qué cosa, mi amor?
—El regalo. Pero no el tuyo para mí. El mío para ti.
Sacó una cajita de terciopelo de su bolsa. La abrí.
Adentro había un anillo. Pero no era de diamantes ni de zafiros costosos. Era un anillo de plata, sencillo, hecho artesanalmente. Tenía grabado un pequeño árbol de la vida.
—Lo hice en el taller de joyería de la fundación —dijo Valeria—. El árbol somos nosotros. Las raíces eres tú, abuela. Porque nos sostuviste cuando vino la tormenta.
Me quité mi anillo de zafiro de miles de dólares, ese que había iniciado todo, y me puse el anillo de plata de mi nieta en el mismo dedo. Se sentía más valioso que todas las joyas de la corona británica juntas.
—Es perfecto —susurré.
—Abuela —dijo Valeria, mirándome a los ojos con una seriedad que me recordó a mi propia mirada en el espejo—. Tío Mateo dijo que todo empezó con un anillo. Que el anillo nos unió.
Miré mi mano, donde la plata brillaba bajo la luz de la luna. Luego miré a Marisol, que acariciaba su anillo de compromiso. Y recordé el anillo que le había dado a Valeria horas antes.
—No, mi cielo —le respondí, abrazándolas a las dos—. El anillo solo fue la señal. Lo que nos unió fue el amor. Ese amor terco, bravo, mexicano, que no se raja. Ese amor que es capaz de incendiar el mundo con tal de proteger a los suyos.
Miré al cielo estrellado de la Ciudad de México. En algún lugar, Pablo debía estar sonriendo, viéndonos.
—Gracias —le susurré al viento.
Esa noche, cuando llegué a casa y me quité los zapatos, me senté en mi sillón favorito. La casa estaba en silencio, pero ya no era un silencio vacío. Era un silencio lleno de paz.
Sabía que allá afuera el mundo seguía siendo duro. Sabía que habría nuevos retos. Pero ya no tenía miedo. Había aprendido la lección más importante de mi vida, una lección que no se enseña en las escuelas de negocios ni se aprende en los consejos de administración.
Aprendí que el verdadero poder no es tener a quién mandar, sino tener a quién cuidar.
Y mientras acariciaba el anillo de plata en mi dedo, sonreí. Porque Elena Valenzuela, la “Dama de Hierro”, finalmente tenía un corazón que latía. Y latía fuerte.
La pesadilla había terminado. El sueño apenas comenzaba.
FIN