¿Qué harías si cada mañana apareciera un regalo misterioso en tu puerta? Para Don Pedro, lo que empezó como un noble gesto y un pan fresco, se transformó en la peor de sus pesadillas. Nadie en el barrio sabía nada, pero las cámaras de la policía revelaron un secreto que te pondrá la piel de gallina y te hará dudar hasta de tu propia sombra.

Soy Don Pedro, y mi vida solía ser tan tranquila como las mañanas aquí en el pueblo. Después de que mi esposa se quedó solo en mis recuerdos, la soledad se volvió mi única compañera. Mis hijos están lejos, haciendo su vida. Yo solo tenía mis rutinas y mi paz, hasta que un detalle extraño lo cambió todo.

Una madrugada, antes de que el sol asomara siquiera, encontré una barra de pan fresco y crujiente en mi porche. Al principio, pensé que era un gesto de buena voluntad de doña Elena, o del joven Miguel, que siempre andan ayudando. Pero pasaban los días, el pan seguía apareciendo y nadie se atribuía el regalo.

Intenté dejar notas preguntando: “Gracias por el pan, ¿quién eres?”. Las hojas desaparecían en la noche, pero el pan siempre regresaba, impecable. Una madrugada me escondí detrás de las cortinas con mi café humeante, esperando atrapar a mi benefactor en el acto. Cantó el gallo, salieron los primeros rayos del sol, y de repente, ahí estaba la bolsa de plástico. ¡Nadie a la vista!. Era como un fantasma.

Esa curiosidad se transformó rápido en una espinita punzante de incomodidad. Alguien conocía mis movimientos, mi casa. Sentí un escalofrío directo en los huesos. Compré una cámara para mi celular y la escondí entre las macetas, pero amaneció sin batería. El miedo y la mezcla de perplejidad me hicieron ir a la pequeña estación de policía de ladrillo rojo. El aire ahí olía a café rancio y papel viejo. El Sargento Morales, con su bigote espeso, me miró con incredulidad y hasta sonrió. Pensaba que era la locura de un viejo solitario.

Pero con terquedad de abuelo, les rogué y les mostré fotos. Terminaron poniendo cámaras profesionales de alta resolución, camufladas en la oscuridad de mi porche. Esa noche la ansiedad me asfixiaba el pecho y no pude pegar el ojo.

Y entonces… el teléfono sonó demasiado temprano. Era el sargento Morales. Su voz sonaba grave, urgente. “Don Pedro, venga a la estación. Tenemos algo”.

Llegué con las manos temblando y un nudo en el estómago. La cara del sargento estaba pálida en esa sala fría. El monitor iluminaba los rostros de los agentes en completo silencio. Le dio a “Play”.

PARTE 2: EL TERROR EN LA CINTA Y LA PESADILLA DEBAJO DE MI CAMA

El monitor iluminaba los rostros de los agentes en completo silencio. Le dio a “Play”.

El sargento Morales no me miraba. Tenía la vista clavada en la pantalla, con la mandíbula tan apretada que parecía que se le iban a romper los dientes. El silencio en esa pequeña oficina de la comandancia era sepulcral, solo interrumpido por el zumbido del viejo ventilador de techo que apenas movía el aire caliente y con olor a café quemado. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en las sienes.

En la pantalla, la grabación en blanco y negro mostraba mi porche. La cámara profesional, oculta magistralmente por los muchachos de Morales, tenía visión nocturna. Todo se veía en esa tonalidad verdosa y fantasmal. El reloj en la esquina inferior derecha marcaba las 02:14 a.m. Todo estaba quieto. Solo se veía el movimiento de las hojas de la bugambilia que mi difunta esposa, Carmelita, había plantado hace más de veinte años.

—Mire con atención, Don Pedro —murmuró uno de los oficiales jóvenes, tragando saliva.

A las 02:17 a.m., algo cambió. Una sombra oscura pareció despegarse de la pared del callejón contiguo a mi casa. Al principio, mi mente de anciano intentó racionalizarlo: “Es un perro callejero”, “Es el reflejo de las luces de un auto a lo lejos”. Pero no. La sombra tomó forma humana. Era una figura encorvada, extremadamente delgada, vestida con harapos que colgaban de su cuerpo como piel muerta. Se movía con una agilidad antinatural, casi errática, como si sus articulaciones estuvieran rotas y mal soldadas.

La figura avanzó hacia mi porche, pero no llevaba pan. Sus manos estaban vacías y sus dedos eran largos, huesudos. Se acercó directamente a mi puerta principal. Yo contuve la respiración. Esperaba que dejara algo y se fuera, pero en lugar de eso, la figura sacó un pequeño objeto metálico de sus ropas. En menos de cinco segundos, con una destreza escalofriante, manipuló la cerradura de mi puerta. La misma cerradura que yo aseguraba cada noche con doble llave, creyéndome a salvo en mi pequeño castillo.

La puerta se abrió sin hacer el más mínimo ruido. La figura entró a mi casa. A mi santuario. A mi hogar.

Sentí que el estómago se me caía a los pies. El sudor frío me empapó la camisa.

—Sargento… —mi voz salió como un hilo quebrado—. Ese infeliz entró a mi casa. ¿Dónde está el pan? ¿Por qué entró?

—Tranquilo, Don Pedro. Siga viendo. Esto apenas es el principio —respondió Morales, pasándose una mano temblorosa por su espeso bigote.

Morales cambió de cámara. Los policías no solo habían puesto vigilancia afuera, sino que, con mi permiso, habían colocado un par de cámaras pequeñas en el pasillo y en la sala, “solo por precaución”, me habían dicho. Ahora entendía por qué su insistencia.

La pantalla mostró ahora el interior de mi casa, la sala donde guardo el viejo televisor y los retratos de mis nietos. La figura se movía por mi casa con una familiaridad aterradora. Sabía exactamente qué maderas del suelo crujían y las evitaba. Caminaba en cuclillas, como un animal depredador acechando en la oscuridad. Pasó la sala y se dirigió hacia el pasillo que llevaba a mi habitación.

—¡Dios Santo, la Virgen me ampare! —grité ahogadamente al ver cómo esa cosa se paraba frente a la puerta de mi cuarto, la cual siempre dejo entreabierta por si necesito ir al baño en la madrugada.

La figura entró. La cámara del pasillo solo alcanzó a captar cómo se deslizaba hacia adentro.

—Sargento, ¿qué hizo ahí adentro? Yo estaba durmiendo… Yo estaba ahí, indefenso, a merced de ese loco.

Morales pausó el video. Su rostro, habitualmente curtido por el sol de México y endurecido por años de lidiar con rateros y borrachos, reflejaba un terror genuino.

—Don Pedro, no pusimos cámara dentro de su cuarto por respeto a su privacidad —me explicó, con un tono casi de disculpa—. Pero fíjese en la hora de la grabación.

El reloj marcaba las 02:20 a.m. cuando el sujeto entró a mi recámara.

Morales le dio al botón de adelantar. El tiempo en el video pasó rápidamente. Las 03:00 a.m. Las 04:00 a.m. Las 05:00 a.m. ¡Ese hombre estuvo dentro de mi cuarto, conmigo durmiendo a unos centímetros, durante casi tres horas!

El pánico se apoderó de mí. Recordé todas esas noches en las que sentí un frío repentino en la nuca, esas madrugadas en las que me despertaba con la sensación de que alguien me observaba, pero al encender la lámpara del buró, no había nadie. Pensaba que era la soledad jugando con mi mente, los fantasmas de la vejez, el recuerdo de mi Carmelita. Pero no. Era un demonio de carne y hueso que me observaba dormir. ¿Qué hacía durante esas tres horas? ¿Me miraba? ¿Me olía? ¿Sostenía un cuchillo sobre mi cuello decidiendo si esa noche sería mi última noche?

De pronto, en la pantalla, a las 05:15 a.m., la figura salió de mi cuarto. Pero esta vez, no venía con las manos vacías.

Se dirigió a la cocina. La cámara de la sala lo captó abriendo mi alacena con sumo cuidado. Sacó harina, levadura, agua. ¡El maldito descarado se puso a amasar pan en mi propia cocina mientras yo dormía!

Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, no de tristeza, sino de pura, cruda y absoluta indignación y terror. Esa persona había convertido mi vida privada, mi dolor y mi soledad en su propio teatro macabro. Amasó el pan, lo metió en mi pequeño horno eléctrico, esperó pacientemente a que se cocinara. El olor a pan recién horneado, ese que yo encontraba tan reconfortante cada mañana, ahora me provocaba náuseas. Era el olor de la invasión.

A las 05:50 a.m., sacó el pan caliente, lo metió en una bolsa de plástico de la tienda de la esquina —una de mis propias bolsas recicladas que guardo en un cajón—, abrió la puerta principal, salió, dejó la bolsa en el porche y volvió a cerrar con llave desde afuera. Luego, se esfumó por el mismo callejón por el que había llegado.

—Ese pan… —susurré, sintiendo que iba a vomitar—. Ese pan que me he estado comiendo… lo hacía él, en mi casa, con mis cosas.

—Así es, Don Pedro —dijo el Sargento Morales, levantándose de su silla y poniéndose el cinturón con el arma de cargo—. Y eso no es todo. Fíjese por dónde se va.

Morales retrocedió el video a la cámara exterior. Cuando el sujeto cerró la puerta desde afuera y dejó el pan, no caminó hacia la calle principal. Se dirigió hacia la parte trasera de mi casa. Saltó la pequeña barda del patio de servicio, donde tengo el lavadero y el bóiler. Y desapareció ahí.

—No hay salida por ese patio, Don Pedro. La barda trasera mide tres metros y tiene alambre de púas. Ese sujeto nunca saltó a la calle de atrás. Él se quedó en su casa.

Sentí que las rodillas me fallaban. De no haber estado sentado, me habría desplomado sobre el frío suelo de baldosas de la comandancia.

—¿Me está diciendo… que ese hombre vive en mi casa?

—Me estoy diciendo que tenemos que ir para allá en este preciso instante, con todo el equipo. Ese hijo de la chingada podría seguir ahí metido.

El trayecto desde la comandancia hasta mi casa fue un borrón en mi memoria. Iba en la patrulla con Morales y dos oficiales más armados con rifles de asalto. Las torretas iban apagadas para no alertar a nadie. El pueblo apenas despertaba. Doña Elena ya estaba barriendo su banqueta y miró con asombro cómo tres patrullas se detenían frente a mi humilde hogar.

—Quédese aquí en el auto, Don Pedro —ordenó Morales, sacando su pistola.

Los policías rodearon la casa. Rompieron el candado del zaguán para no hacer ruido con mis llaves. Entraron con gritos, despejando cada cuarto. “¡Policía! ¡Las manos donde pueda verlas!”. Los gritos retumbaban en mi pecho. Desde la patrulla, veía a través de la ventana cómo los oficiales abrían cajones, miraban debajo de las camas, revisaban los clósets.

Pasaron veinte minutos que se sintieron como veinte años. Finalmente, Morales salió por la puerta principal. Estaba sudando a mares y su rostro estaba cenizo. Me hizo una seña con la mano para que bajara.

—Lo encontramos, Don Pedro. Bueno, encontramos su escondite. Tiene que ver esto con sus propios ojos, aunque le advierto que no es nada agradable.

Entré a mi propia casa como si fuera un extraño. El aire adentro se sentía viciado, sucio. Morales me guió por el pasillo, pasando mi habitación, y me llevó hacia el cuarto de visitas, ese que usaban mis hijos cuando venían de vacaciones en Navidad, pero que llevaba casi tres años cerrado.

—Mire debajo de la cama —me dijo un oficial joven, apuntando con su linterna.

Me agaché lentamente, sintiendo el dolor en mis articulaciones de viejo. El piso de madera debajo de la cama de latón había sido alterado. Alguien había aserrado un cuadrado perfecto en las tablas del suelo, creando una trampilla improvisada que daba a los cimientos de la casa, a ese espacio oscuro entre la tierra y la base de concreto de mi hogar.

El agujero desprendía un olor fétido y penetrante. Olía a sudor rancio, a orina acumulada, a animal encerrado.

—Bajamos a uno de los muchachos —explicó Morales, señalando el hueco—. Es una especie de cueva excavada en la tierra. El tipo debe llevar ahí meses. Y mire lo que sacamos.

Sobre la colcha floreada de la cama de visitas, los policías habían dispuesto los objetos encontrados en la madriguera de ese monstruo. Era un altar macabro, un museo de la perversidad y la locura.

Ahí estaban mis calcetines perdidos, esos que yo creía que la lavadora se tragaba. Estaba el reloj de pulsera que me regaló mi hijo en mi cumpleaños 60 y que yo juraba haber perdido en el mercado. Pero lo que me destrozó el alma, lo que me hizo sollozar como un niño, fue ver las cosas de mi Carmelita.

Estaban sus cepillos de cabello, con hebras de su pelo plateado aún enredadas. Estaba su camisón favorito, el azul de seda, sucio y lleno de manchas extrañas. Estaba el álbum de fotos de nuestra boda, que yo guardaba en el fondo de mi ropero bajo llave. Ese enfermo había estado robando pedazos de mi vida, pedazos de mi amada esposa, para construir un retorcido nido debajo de mis pies.

—También encontramos esto —dijo Morales, entregándome una libreta vieja, de esas de espiral.

Las páginas estaban llenas de anotaciones maníacas, escritas con letra temblorosa y en tinta roja. Empecé a leer. Eran registros detallados de mi vida diaria.

“Día 45: El abuelo Pedro tosió a las 3:15 a.m. Se levantó a tomar agua. Su respiración es más lenta hoy. Es mío. Es mi familia. Yo lo cuido.”

“Día 60: Hoy lloró mirando el retrato de mamá Carmelita. Yo también lloré bajo el piso. Le haré pan. El pan lo hace feliz. Si yo le doy de comer, él me pertenece.”

“Día 82: Puso cámaras afuera. El abuelo es inteligente, pero yo soy invisible. Yo soy el hijo que nunca lo abandona. El pan es el cuerpo de mi amor por él.”

Tiré la libreta al suelo. Estaba asqueado. Estaba aterrorizado. Un psicópata había estado viviendo bajo mis narices, convenciéndose a sí mismo de que era parte de mi familia, alimentándome como a una mascota, viéndome dormir, oliendo las ropas de mi mujer muerta.

—Sargento… —dije, sintiendo que me faltaba el aire—. ¿Dónde está? ¿Por qué no está ahí abajo?

—Escapó, Don Pedro —respondió Morales con frustración pateando una silla—. Debe haber notado el alboroto cuando fuimos a la comandancia en la madrugada, o tal vez tenía otro escape. Ese agujero conecta con el desagüe pluvial que da al arroyo seco a las afueras del pueblo. Ya mandé patrullas para allá, pero el cabrón se escabulló como una rata.

El terror, que había sido una punzada aguda, se transformó en una losa pesada de paranoia pura. Ese monstruo estaba libre. Conocía mi casa mejor que yo. Conocía mis miedos, mis hábitos. Sabía a qué hora despertaba, a qué hora me acostaba. Estaba suelto allá afuera, y estaba enojado porque su “familia” había descubierto su secreto.

Las noticias vuelan rápido en un pueblo pequeño de México. Para el mediodía, ya había una multitud de chismosos afuera del cordón policial. Doña Elena rezaba rosarios en la banqueta, persignándose cada vez que un policía sacaba una bolsa de evidencia. El joven Miguel, el del abarrote, me ofreció quedarme en su casa. Todos me miraban con lástima, pero también con ese morbo malsano que da el enterarse de las tragedias ajenas.

—No puede quedarse aquí, Don Pedro —me dijo Morales mientras tomaba nota en su libreta—. Esta casa es una escena del crimen y, francamente, no es segura. Mandaremos tapar el hoyo y reforzaremos las cerraduras, pero por hoy, le sugiero que se vaya a un hotel o a casa de algún familiar en la ciudad.

—No voy a huir, Sargento —respondí, con una repentina llamarada de furia encendida en mis entrañas. Era terquedad, sí. Terquedad de un anciano que ya perdió a su mujer y que se niega a perder su hogar ante un enfermo mental—. Esta es la casa que construí con mis propias manos. Aquí murió mi Carmelita. No voy a dejar que un loco me corra de mi propio techo.

Morales me miró a los ojos, vio mi determinación y, sabiendo que discutir con un viejo testarudo es causa perdida, suspiró pesadamente.

—Bien. Pero dejaré a dos agentes apostados en su porche toda la noche. Armados hasta los dientes. Y yo dormiré en su sala. No me pienso arriesgar a que el ‘Panadero’, como ya le están diciendo los muchachos de la prensa local, intente regresar.

La tarde cayó pesada, teñida de un naranja oxidado. El ambiente se sentía espeso. Me pasé horas sentado en mi mecedora, con la escopeta calibre 12 de mi difunto padre atravesada en las piernas. Ya no era el anciano solitario y triste. Era un hombre acorralado defendiendo su cueva.

La noche llegó. Morales estaba en mi sillón reclinable, bebiendo café negro de un termo para mantenerse despierto. Los dos oficiales afuera hacían guardia, fumando cigarrillos cuyos destellos rojos se veían a través de la ventana.

Dieron las 02:00 a.m. La hora maldita. La hora en la que el monstruo solía arrastrarse bajo mis tablas.

El silencio era absoluto. Ni los grillos cantaban. La tensión era tan densa que se podía cortar con un machete. De repente, un ruido metálico y sordo rompió la calma. Venía de la parte trasera de la casa. Del patio del lavadero.

Morales desenfundó su arma al instante y me hizo señas de que no me moviera. Se acercó a la puerta de la cocina, pegando la espalda a la pared. El radio de su solapa crujió.

“Sargento, tenemos movimiento en la barda trasera. Alguien cortó la malla ciclónica. Estamos rodeando”.

—Copos, no disparen a menos que disparen primero. Quiero a este cabrón vivo —susurró Morales por la radio.

Escuché pasos arrastrados en el techo de lámina del lavadero. Un rasguño. Como uñas afiladas buscando una grieta. Luego, el sonido de algo cayendo pesadamente sobre los mosaicos del patio.

Morales abrió la puerta de la cocina de una patada, empuñando su pistola y encendiendo la potente linterna táctica. El rayo de luz cortó la oscuridad del patio y chocó directamente contra él.

Era un hombre desnutrido, con la piel llena de costras y tierra, los ojos desorbitados y febriles, y el cabello largo y enmarañado. En sus manos no llevaba un arma, llevaba una masa cruda de harina y agua. Estaba acorralado contra el lavadero, temblando, cegado por la luz.

—¡Tírate al suelo! ¡Las manos en la cabeza, ahora! —rugió Morales.

Los dos agentes entraron por el callejón trasero, apuntándole con sus rifles. El sujeto no se tiró al suelo. En cambio, su mirada enloquecida buscó a través de la puerta abierta de la cocina. Me vio. Me vio ahí parado en la oscuridad de la sala, aferrado a mi escopeta.

—¡Papá Pedro! —gritó con una voz gutural, aguda y rota, como si sus cuerdas vocales estuvieran rasgadas—. ¡Papá Pedro, no los dejes! ¡Traje la masa! ¡Tenemos que comer juntos! ¡Te amo, papá Pedro!

La sangre se me congeló. Era una escena grotesca. El hombre dio un paso hacia mí, levantando sus manos manchadas de masa pegajosa, como un niño buscando el abrazo de su padre.

—¡Alto ahí o disparo! —advirtió Morales.

El loco no hizo caso. Corrió hacia la puerta, hacia mí, soltando un alarido de desesperación. Los agentes no tuvieron que disparar. Morales, con la agilidad que su pesado cuerpo aún le permitía, se abalanzó sobre él como un tacleador de fútbol americano. Chocaron contra la pared del patio con un ruido sordo. El sujeto peleaba con la fuerza histérica de la locura, mordiendo, arañando, escupiendo saliva espesa.

Los otros dos oficiales se unieron al forcejeo, propinando rodillazos y golpes hasta que lograron someterlo. Le pusieron las esposas, pero él seguía retorciéndose como un gusano aplastado, gritando mi nombre.

—¡Es mi casa! ¡Carmelita me dijo que lo cuidara! ¡Carmelita me hablaba desde la tierra! ¡Papá Pedro, no me dejes!

Mientras lo arrastraban por el callejón hacia la patrulla, sus gritos desgarradores se iban desvaneciendo en la noche del pueblo. Me quedé ahí de pie, en el umbral de mi cocina, sintiendo un vacío inmenso y frío.

Morales se sacudió el polvo del uniforme, respirando agitadamente. Tenía un rasguño ensangrentado en la mejilla.

—Se acabó, Don Pedro. Lo agarramos. Ya está a salvo.

Yo asentí lentamente, pero sabía que Morales mentía. Nunca más volvería a estar a salvo. No del todo.

El sujeto, resultó ser un vagabundo del pueblo vecino que sufría de esquizofrenia severa. Había encontrado la trampilla de mi casa buscando refugio para la lluvia meses atrás, y su mente enferma había tejido una fantasía al escucharme hablar solo, al verme llorar por mi esposa. Robó las cosas de Carmelita, creyendo que su espíritu le ordenaba cuidarme. Me amasaba pan porque me vio comprarlo una vez y sonreír. Su amor retorcido era su manera de pertenecer a algo, a alguien.

Hoy, mi casa está reforzada. El piso fue sellado con concreto grueso. Puse rejas en las ventanas y adopté a un perro pastor alemán gigante que duerme a los pies de mi cama. El pueblo volvió a su rutina y la historia del “Panadero Fantasma” se volvió una leyenda urbana que se cuenta en las cantinas locales para asustar a los forasteros.

Pero para mí, no es una leyenda.

A veces, en las madrugadas silenciosas, cuando el reloj marca las 02:20 a.m., juro que escucho un rasguño tenue bajo las tablas del suelo. Mi perro levanta las orejas y gruñe hacia la oscuridad del pasillo. El corazón se me acelera y agarro con fuerza la escopeta de mi padre. Sé que atraparon al loco, sé que está en un pabellón psiquiátrico a cientos de kilómetros de aquí. La razón me dice que es imposible que esté bajo mi piso.

Pero el miedo es un parásito difícil de matar. Y el olor a pan recién horneado… ese olor que alguna vez fue el abrazo reconfortante de la mañana, ahora solo me provoca unas incontrolables ganas de vomitar.

PARTE 3: EL ECO DE LA LOCURA Y LA VERDAD EN LOS MUROS

A veces, en las madrugadas silenciosas, cuando el reloj marca las 02:20 a.m., juro que escucho un rasguño tenue bajo las tablas del suelo. Mi perro levanta las orejas y gruñe hacia la oscuridad del pasillo. El corazón se me acelera y agarro con fuerza la escopeta de mi padre. Sé que atraparon al loco, sé que está en un pabellón psiquiátrico a cientos de kilómetros de aquí. La razón me dice que es imposible que esté bajo mi piso. Pero el miedo es un parásito difícil de matar. Y el olor a pan recién horneado… ese olor que alguna vez fue el abrazo reconfortante de la mañana, ahora solo me provoca unas incontrolables ganas de vomitar.

Habían pasado exactamente tres meses desde aquella noche en que el Sargento Morales y sus muchachos sacaron a ese infeliz de mi patio. Tres meses desde que mi hogar, el santuario que construí con mis propias manos y donde murió mi amada Carmelita, se convirtió en la escena de un crimen de locura. El pueblo volvió a su rutina y la historia del “Panadero Fantasma” se volvió una leyenda urbana que se cuenta en las cantinas locales para asustar a los forasteros. Pero la gente del pueblo me miraba diferente. Doña Elena ya no solo me daba los buenos días; me miraba con esa lástima pastosa que se le reserva a los desahuciados o a los locos. El joven Miguel, el de la tienda de abarrotes, tartamudeaba cuando me cobraba el mandado. Yo me había convertido en el viejo del cuento de terror.

Hoy, mi casa está reforzada. El piso fue sellado con concreto grueso. Puse rejas en las ventanas y adopté a un perro pastor alemán gigante que duerme a los pies de mi cama. Le puse de nombre “Sultán”. No es un perro amigable; es un animal de trabajo, descartado por una agencia de seguridad privada por ser demasiado territorial. Para mí, era perfecto. Sus ojos color ámbar siempre estaban escudriñando, sus orejas siempre atentas al más mínimo crujido de la madera vieja de la casa. Él se convirtió en mi ancla con la realidad. Si Sultán estaba tranquilo, yo me obligaba a estar tranquilo.

Pero el miedo te cambia la química del cerebro. Te vuelve un prisionero en tu propia fortaleza. Empecé a perder peso. Las ojeras bajo mis ojos parecían moretones oscuros y profundos. Me pasaba las noches en vela, sentado en la mecedora de la sala, con el frío acero de la escopeta calibre 12 acariciándome las yemas de los dedos, esperando. ¿Esperando qué? La mente es traicionera. Yo sabía que el vagabundo, ese hombre enfermo que había robado las cosas de mi Carmelita y que creía ser mi hijo postizo, estaba encerrado en un manicomio del estado. Morales me había enseñado los papeles del traslado. Me había asegurado que lo tenían bajo medicación pesada, en un cuarto acolchado, babeando sobre una camisa de fuerza.

Aun así, la paranoia no me soltaba. Revisaba las cerraduras de las puertas hasta que me sangraban los nudillos. Contaba las rejas de las ventanas. Daba golpes al piso de concreto grueso que los albañiles habían vaciado sobre la antigua trampilla, asegurándome de que sonara sólido, macizo, impenetrable.

Fue un martes, en la madrugada del Día de Muertos. El aire en el pueblo estaba impregnado del olor a copal, a cempasúchil marchito y a la humedad de las primeras heladas de noviembre. Yo estaba en mi cama, en ese estado de duermevela que los viejos conocemos tan bien, donde no estás dormido pero tampoco estás despierto.

El reloj digital de mi buró marcaba las 02:14 a.m., la misma maldita hora en la que todo había empezado meses atrás.

De repente, Sultán se levantó de un salto. No gruñó de inmediato. Simplemente se quedó rígido, como una estatua tallada en sombra, con la mirada fija en la puerta entreabierta de mi recámara. Los pelos de su lomo se erizaron formando una cresta amenazante.

Sentí ese escalofrío familiar y helado bajando por mi columna vertebral. Me senté lentamente, tratando de no hacer crujir los resortes del colchón, y deslicé mi mano temblorosa hasta la culata de la escopeta que descansaba junto a mi pierna.

—Tranquilo, muchacho… —susurré, con la voz rota por la falta de uso en la madrugada.

Sultán emitió un gruñido bajo, cavernoso, que le vibraba en el pecho. Pero no miraba hacia el pasillo. Miraba hacia la pared. La pared que dividía mi cuarto del pasillo central de la casa.

Y entonces, lo sentí.

Primero fue sutil, como un recuerdo lejano llevado por una brisa invisible. Pero en cuestión de segundos, se volvió denso, sofocante, inconfundible.

El olor a levadura fermentada. El calor de la harina tostándose. La dulzura de la masa caliente.

El olor a pan recién horneado.

El estómago se me revolvió con una violencia brutal. Las incontrolables ganas de vomitar me asaltaron, quemándome la garganta. No podía ser. Era imposible. El piso estaba sellado. El vagabundo estaba a kilómetros de distancia. Estaba solo en la casa con mi perro.

Me levanté de un salto, ignorando el dolor punzante en mis rodillas artríticas. Corté cartucho en la escopeta, el sonido metálico de la acción retumbando en el silencio de la casa con la fuerza de un trueno. Sultán soltó un ladrido ensordecedor y corrió hacia el pasillo.

Salí detrás de él, con el arma levantada, apuntando hacia la oscuridad. Encendí la luz del pasillo. Nada. Todo estaba en su lugar. Los cuadros de mis nietos, el viejo reloj de péndulo, la alfombra desgastada.

Pero el olor era más fuerte aquí. Provenía de la cocina.

Caminé con pasos pesados, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enloquecido en una jaula. Llegué al umbral de la cocina. Sultán estaba ahí, gruñéndole a la mesa del centro.

Sobre el mantel de plástico floreado que Carmelita había comprado en el mercado, había una bolsa de papel de estraza. Estaba manchada de grasa en la base, humeando ligeramente en el aire frío de la madrugada.

Solté un grito ahogado y retrocedí, chocando contra el marco de la puerta.

La escopeta temblaba en mis manos. Apunté hacia la estufa, hacia el horno apagado, hacia la puerta trasera que estaba cerrada con tres cerrojos y una barra de acero. Las ventanas tenían sus rejas intactas. El techo no tenía tragaluces.

Alguien había entrado. Alguien había burlado mi fortaleza de concreto y acero. Alguien me había dejado pan. Otra vez.

Caminé hacia la mesa como si estuviera acercándome a una bomba a punto de estallar. Con el cañón de la escopeta, empujé la bolsa de papel. La bolsa se abrió y rodó sobre el mantel un pan dulce, una concha de vainilla, perfectamente horneada, aún caliente al tacto.

Debajo del pan, había un trozo de papel de cuaderno cuadriculado, arrancado a tirones. Estaba manchado de masa y algo que parecía óxido.

Me acerqué, entrecerrando los ojos, y leí las letras garabateadas con una caligrafía temblorosa, casi infantil, escrita con tinta roja. La misma maldita caligrafía de la libreta espiral que el Sargento Morales había encontrado en la madriguera debajo de mi cama.

“Papá Pedro. Ya no estoy debajo. Ahora estoy adentro. La casa nos cuida. Come. Para que seamos uno.”

El grito que salió de mi garganta no fue humano. Fue el alarido de un animal acorralado y despojado de su cordura. Agarré la mesa de la cocina y la volqué con una fuerza que no sabía que aún poseía. El pan salió volando, estrellándose contra la pared y desmoronándose en el piso de linóleo.

Sultán no paraba de ladrar, pero no le ladraba al pan. Le ladraba a la pared de la alacena. A la pared de ladrillo sólido que colindaba con el callejón.

Llamé a Morales. No me importó que fueran las tres de la mañana. No me importó si pensaba que era un viejo loco. Le grité por el teléfono celular con tanta histeria que él ni siquiera hizo preguntas. “Llego en diez minutos, Don Pedro. No se mueva. Quédese con el perro”, fue lo único que dijo.

Esos diez minutos fueron una eternidad. Me senté en el suelo de la sala, abrazando el cuello de Sultán, con la escopeta apuntando al pasillo oscuro. La casa de repente se sentía viva. Sentía que las paredes respiraban. Escuchaba crujidos que antes atribuía al asentamiento de los cimientos, pero que ahora sonaban como pasos. Pasos lentos. Pasos sigilosos.

Las luces rojas y azules de las patrullas destellaron a través de las cortinas de mi sala. Morales golpeó la puerta principal con fuerza.

—¡Policía! ¡Don Pedro, abra, soy Morales!

Quité los cuatro seguros de la puerta con manos torpes y lo dejé entrar. Venía con tres elementos más, armados y con los rostros tensos. Morales me miró de arriba abajo. Yo debía parecer un fantasma. Estaba en pijama, descalzo, empapado en sudor frío y temblando incontrolablemente.

—¿Qué pasó? —preguntó Morales, entrando con el arma desenfundada.

—Volvió… Sargento, ese hijo de la chingada volvió. Entró a mi cocina. Dejó pan. Dejó una nota.

Morales frunció el ceño con profunda incredulidad.

—Don Pedro, eso es imposible. Verificamos hace una semana. El ‘Panadero’ sigue en el pabellón de alta seguridad psiquiátrica de la capital. Yo mismo hablé con el director. Lo tienen sedado por su agresividad. No puede ser él.

—¡Venga y véalo usted mismo! —le grité, tirando de su manga policial.

Lo llevé a la cocina. Le señalé el pan destrozado en el suelo y la nota arrugada. Morales se agachó, recogió el papel con un guante de látex y leyó el mensaje. Su rostro, curtido y severo, palideció de golpe. Trago saliva con dificultad.

—Revisen la casa. De arriba a abajo. Cada centímetro —ordenó a sus hombres con voz ronca.

Durante una hora, los policías buscaron. Revisaron los seguros de las puertas. Intactos. Revisaron las rejas de las ventanas. Intactas. Revisaron el techo de lámina del patio. Sin alteraciones. Revisaron el piso de concreto que tapaba la antigua trampilla. Completamente sólido, sin una sola grieta.

—No hay por dónde, Don Pedro —dijo Morales, secándose el sudor de la frente—. La casa está hermética. Parece una bóveda de banco. Nadie pudo haber entrado sin forzar una cerradura o romper un cristal.

—¡El pan no apareció ahí por obra del Espíritu Santo, Morales! —bramé, perdiendo los estribos—. ¡El perro lo sintió! ¡Sultán estaba ladrándole a la pared de la alacena!

Morales miró al perro, que seguía inquieto, olfateando nerviosamente la base de los muros de la cocina.

—Sargento —dijo uno de los oficiales jóvenes, el mismo que me había mostrado el video meses atrás—. Hay algo extraño en el plano de esta casa. Cuando acordonamos el perímetro exterior, medí la distancia desde la ventana del callejón hasta la puerta trasera. Son doce metros por fuera. Pero por dentro, desde la sala hasta la cocina… apenas son diez metros. Faltan casi dos metros de construcción.

Me quedé paralizado. La casa era vieja. Había sido construida por mi padre, luego ampliada por mí, parche sobre parche, durante cincuenta años. Nunca me detuve a medir los espacios milimétricamente. Carmelita siempre se quejaba de que el pasillo era demasiado angosto, pero lo atribuíamos a la mala planeación de los albañiles de la época.

Morales sacó su linterna táctica y caminó hacia la pared de la alacena en la cocina. La misma pared a la que Sultán no dejaba de gruñirle.

Comenzó a golpear la pared con el mango metálico de su cuchillo táctico.

Toc, toc, toc. Sonaba a ladrillo sólido.

Avanzó un metro. Golpeó de nuevo.

Toc, toc, toc. Sólido.

Llegó a la esquina, donde la alacena se unía con la pared del pasillo. Golpeó.

Pum, pum, hueco.

El sonido fue tan distinto, tan revelador, que todos en la sala contuvimos la respiración. Sonaba a madera falsa, a un tabique engañoso que escondía el vacío detrás de él.

Morales y yo nos miramos a los ojos. Había un terror silencioso compartido entre nosotros. La pesadilla no había terminado cuando sellamos el suelo. Solo la habíamos encerrado. O peor aún, nos habíamos encerrado con ella.

—Tráeme el mazo de la patrulla. Ahora —ordenó Morales al oficial joven.

Los minutos que tardó el oficial en regresar con el pesado mazo de hierro fueron agónicos. Sultán, sintiendo la tensión, empezó a ladrar frenéticamente hacia esa pared hueca, mostrando los colmillos, listo para destrozar lo que fuera que estuviera del otro lado.

Morales tomó el mazo. Se cuadró frente a la pared cubierta de yeso descarapelado.

—Atrás, Don Pedro. Cúbrame con la escopeta. Si algo sale de ahí, no dude en tirar.

Morales alzó el mazo con sus gruesos brazos y lo dejó caer con toda su furia contra la pared. El golpe resonó como un cañonazo en el interior de la casa. El yeso voló en pedazos, creando una nube de polvo blanco que nos hizo toser.

Detrás del yeso, no había ladrillos. Había un panel de madera contrachapada, podrida por la humedad, encajada a la perfección para disimular la estructura real.

Morales dio tres mazazos más, destrozando la madera. El agujero que se abrió reveló una oscuridad absoluta y un tufo que me golpeó la cara como una bofetada física.

No era el olor de un animal encerrado bajo el piso. Era el olor sofocante de la inmundicia humana añejada, mezclada con el aroma dulzón y nauseabundo de levadura y masa cruda descompuesta.

Morales encendió su linterna y metió el haz de luz por el boquete.

Lo que vimos nos dejó sin aliento.

Allí, entre la pared de la cocina y el muro exterior que daba al callejón, había un espacio vacío. Un pasadizo estrecho, de no más de un metro de ancho, pero que corría a lo largo de toda la casa. Era una antigua cámara de aire, quizás dejada por un error de construcción, o quizás un escondite construido durante la época de los Cristeros en México, algo común en las casas antiguas de los pueblos.

Y alguien había estado viviendo ahí.

El pasillo oscuro estaba forrado con pedazos de colchones viejos, ropa sucia y cartones. Había docenas de botellas de plástico llenas de orina amarilla y espesa. Había huesos de pollo roídos, cáscaras de fruta podridas, y… pequeñas bolas de masa seca esparcidas por todas partes.

Pero lo más aterrador no fue la basura. Fueron las paredes de ese escondite.

Estaban tapizadas, de arriba a abajo, con fotografías. Cientos de ellas. Fotos mías. Fotos de Carmelita. Fotos de mis hijos cuando eran niños. Fotos que habían sido arrancadas de mis álbumes familiares sin que yo me diera cuenta. Y entre las fotos, había recortes de cabello, pedazos de tela de la ropa de mi esposa, e inscripciones hechas en la pared con carbón y algo oscuro que parecía sangre seca.

—Padre Santo… —susurró el oficial joven, persignándose al ver la macabra galería.

Morales avanzó por el estrecho pasillo con el arma al frente. El polvo flotaba en la luz de la linterna como pequeños insectos.

—Sargento, ¡cuidado! —le grité desde el boquete, sin atreverme a entrar.

Al fondo del pasillo hueco, la luz iluminó un altar grotesco. Sobre una caja de madera vieja, había una estatuilla de la Santa Muerte, rodeada de veladoras consumidas. Frente a ella, estaba un vestido de mi difunta esposa, Carmelita. El vestido estaba manchado, rasgado, y acomodado sobre un maniquí casero hecho con palos y paja.

Y acurrucado junto a ese maniquí, de espaldas a nosotros, había una figura humana.

Era más alto que el vagabundo que habíamos arrestado. Estaba completamente desnudo, cubierto de suciedad y costras. Su columna vertebral sobresalía bajo su piel desnutrida, dándole un aspecto monstruoso, parecido al de una gárgola demacrada.

—¡Policía! ¡Levanta las manos lenta y claramente! —rugió Morales, apuntando su pistola a la cabeza de la figura.

La figura no se movió de inmediato. Emitió un sonido perturbador. No era un gruñido. Era una risita aguda, infantil, completamente disociada de la espantosa realidad.

Lentamente, se dio la vuelta.

Cuando la luz de la linterna iluminó su rostro, el sargento Morales soltó un grito de asombro que rayaba en el terror puro.

Yo no lo podía creer. Sentí que las piernas se me volvían de agua. Me apoyé en la escopeta para no caer.

El hombre frente a nosotros tenía el mismo rostro, los mismos ojos desorbitados, la misma boca torcida y los mismos rasgos que el psicópata esquizofrénico que habíamos mandado al manicomio tres meses atrás.

¡Eran idénticos! Gemelos.

—Papá Pedro… —susurró el hombre desnudo, con una voz que imitaba la cadencia de su hermano encerrado, pero con un tono aún más perturbado, más roto—. Mi hermano te hacía el pan en el suelo. Yo te lo horneaba en mi mente. Pero se lo llevaron. Me dejaron solo en la oscuridad. Tú nos separaste. ¡TÚ ME QUITASTE A MI FAMILIA!

El estallido de furia fue instantáneo. El gemelo oculto no se rindió. Con un rugido animal que hizo temblar los muros falsos, se abalanzó contra el sargento Morales, empuñando un cuchillo de cocina afilado y oxidado que había estado ocultando detrás de su espalda.

El espacio era demasiado estrecho para que Morales pudiera maniobrar. El hombre se le echó encima, derribando al pesado sargento contra el suelo lleno de inmundicia. El cuchillo bajó en un arco mortal, buscando el cuello del policía. Morales logró interponer su brazo izquierdo; la hoja oxidada se hundió en el antebrazo del oficial, haciéndolo gritar de dolor.

—¡Sargento! —gritaron los oficiales desde afuera del boquete, intentando apuntar sus armas, pero temiendo disparar en la oscuridad y darle a su jefe.

Yo no lo pensé. El instinto de supervivencia, ese que me obligó a atrincherarme en mi propia casa, tomó el control.

Solté la escopeta, que era inútil en un espacio tan reducido, y solté la correa de mi perro.

—¡Sultán, ataca! ¡ATACA!

El pastor alemán, que había estado a punto de volverse loco de frustración, entró por el boquete como un proyectil oscuro y letal. El perro no ladró. Los perros de protección que van a matar, atacan en silencio.

Sultán se lanzó sobre la espalda del gemelo psicópata, clavando sus enormes colmillos en el hombro desnudo del hombre con la fuerza de una prensa hidráulica. El crujido del hueso rompiéndose resonó en el pasillo hueco.

El monstruo soltó un alarido de agonía insoportable, soltando el cuchillo que tenía clavado en el brazo del Sargento. Se giró para golpear al perro, pero Sultán, entrenado para someter, le sacudió el hombro con violencia, arrancándole un trozo de carne y obligándolo a caer de rodillas.

Los oficiales jóvenes entraron por el boquete, iluminando la escena caótica. Se lanzaron sobre el hombre ensangrentado, propinándole golpes con las culatas de sus armas largas hasta que el sujeto quedó inconsciente y babeando sangre en el piso polvoriento.

Morales se puso de pie, sosteniéndose el brazo ensangrentado. Respiraba agitadamente, mirando con asco infinito al monstruo derrotado.

—Puta madre… —murmuró el Sargento, apretando los dientes por el dolor—. Por eso… por eso decía el cabrón en la estación que “la casa nos cuida”, hablando en plural. Había dos. Eran dos enfermos mentales. Uno vivía en la tierra, y el otro vivía en las paredes.

Esa madrugada, la ambulancia y las patrullas se llevaron todo. Se llevaron al Sargento Morales al hospital, se llevaron al gemelo monstruoso atado y sedado a la comandancia, y se llevaron las últimas gotas de cordura que me quedaban.

Los investigadores de la fiscalía pasaron una semana desmantelando las paredes de mi casa. Descubrieron que los hermanos vagabundos habían usado la casa vecina, abandonada desde hacía años, para acceder al hueco del techo de mi vivienda y descender entre las paredes. Uno cavó la tierra debajo de mi cuarto; el otro se acomodó entre los ladrillos. Crearon un ecosistema de locura, una hermandad de psicopatía parasitaria en el mismo lugar donde yo lloraba a mi esposa.

Se comunicaban a través de las maderas. Uno robaba los ingredientes, el otro hacía la masa en la oscuridad de la pared, y luego el de abajo la horneaba cuando yo dormía. Creían que eran mis hijos. Creían que yo era su dios senil al que debían ofrendar pan para no ser abandonados.

Hoy, finalmente me he mudado.

Vendí la casa que construí con mis propias manos por una miseria. No soportaba la idea de volver a pisar esos suelos, de volver a mirar esas paredes. Me compré un pequeño departamento en un cuarto piso en la ciudad de Guadalajara. No hay tierra debajo de mí, ni espacios entre mis paredes de yeso plano.

Sultán está siempre a mi lado, tumbado en la alfombra, con un ojo abierto vigilando la puerta de acero reforzado que instalé en el recibidor. Morales me llama de vez en cuando; se jubiló poco después del ataque y su brazo nunca sanó por completo.

La razón me dice que estoy a salvo. La lógica, los reportes médicos y los muros del penal de máxima seguridad me dicen que los dos hermanos “Panaderos Fantasmas” nunca volverán a ver la luz del sol.

Pero las heridas del alma no responden a la lógica.

A veces, cuando voy caminando por la calle, sintiendo el bullicio de la ciudad, de repente el viento cambia de dirección. Pasa por una panadería y el viento caliente empuja el olor hacia mí. El olor dulce, cálido, hogareño de la masa fermentada y la harina tostada en el horno.

Me paralizo en medio de la banqueta. El estómago se me contrae violentamente. Las manos me empiezan a temblar y el sudor frío me empapa la camisa. Las incontrolables ganas de vomitar me invaden en medio de la calle, bajo la mirada extrañada de los transeúntes.

No huelo a comida. Huelo a invasión. Huelo a locura. Huelo a los ojos desorbitados observándome dormir a través de una grieta en la pared.

El olor a pan recién horneado será, hasta el último de mis días, el olor de mi más profunda e imborrable pesadilla.

PARTE FINAL: EL PRISIONERO DEL CUARTO PISO Y LA CICATRIZ INVISIBLE

Vendí la casa que construí con mis propias manos por una miseria. Me deshice de ella como quien se arranca un miembro gangrenado para salvar el resto del cuerpo, aunque en el fondo sabía que la infección ya corría por mi torrente sanguíneo. No soportaba la idea de volver a pisar esos suelos, de volver a mirar esas paredes. Cada ladrillo, cada viga de madera, cada rincón ensombrecido de esa propiedad en el pueblo se había transformado en un testamento de mi propia vulnerabilidad. Huí. Huí con la cobardía de un hombre que ha visto el rostro del infierno y sabe que el infierno tiene la misma cara de un hombre desnutrido y enloquecido.

Me compré un pequeño departamento en un cuarto piso en la ciudad de Guadalajara. Fue una decisión calculada, dictada por la pura y dura paranoia. Busqué un lugar donde las leyes de la física y la arquitectura jugaran a mi favor. No hay tierra debajo de mí, ni espacios entre mis paredes de yeso plano. Cuando el agente inmobiliario me mostraba los departamentos, yo no preguntaba por la luz natural, la cercanía a los mercados o el precio del mantenimiento; yo llevaba una cinta métrica y golpeaba los muros con los nudillos, escuchando atentamente. Buscaba el sonido seco y sordo del bloque de cemento sólido. Si escuchaba el más mínimo eco, si percibía la existencia de tablaroca hueca, me daba la media vuelta y me iba sin dar explicaciones. El agente llegó a pensar que yo era un ingeniero excéntrico o un anciano senil. No me importaba. Solo yo sabía que estaba buscando un sarcófago seguro donde enterrarme en vida.

Mi nuevo hogar es una caja de zapatos de concreto suspendida en el aire. Desde mi ventana veo el tráfico incesante de la avenida López Mateos, un río de luces rojas y blancas que nunca se detiene. El ruido de la ciudad es ensordecedor: cláxones, sirenas de ambulancias, el rugir de los camiones de carga, los gritos lejanos de vendedores ambulantes. Para cualquier persona de mi edad, este bullicio sería una tortura, una agresión constante contra la paz que uno busca en la vejez. Para mí, es un sedante. El ruido constante me asegura que estoy rodeado de humanidad, de testigos, de vida normal. El silencio absoluto del pueblo era el lienzo sobre el que la locura dibujaba sus atrocidades; aquí, en la ciudad, el ruido ahoga cualquier rasguño imaginario.

Sultán está siempre a mi lado, tumbado en la alfombra, con un ojo abierto vigilando la puerta de acero reforzado que instalé en el recibidor. Ese perro es la única razón por la que mi corazón sigue latiendo a un ritmo medianamente normal. Su respiración pesada y acompasada es mi metrónomo. A veces, me paso horas sentado en un sillón individual, observando cómo se le levanta y baja el pecho negro y fuego. Si él duerme profundamente, significa que no hay moros en la costa. Si él levanta las orejas, mi mano vuela instintivamente hacia el bastón de roble con empuñadura de bronce que ahora uso no para caminar, sino como un garrote improvisado. La escopeta de mi padre se quedó en el pueblo; las leyes de la ciudad no me permitían tenerla en un edificio de departamentos, pero mi mente sigue sintiendo el peso del acero frío entre mis manos.

Morales me llama de vez en cuando; se jubiló poco después del ataque y su brazo nunca sanó por completo. Aquella noche, el gemelo que vivía en la pared le destrozó tendones y nervios clave con ese cuchillo oxidado. Cuando platicamos por teléfono, puedo escuchar la amargura en su voz, el arrastre de las palabras de un hombre que dedicó su vida a combatir rateros de poca monta y borrachos de cantina, solo para ser derribado por un monstruo salido de un cuento de terror.

—Ayer fui a rehabilitación, Don Pedro —me dijo Morales en nuestra última llamada, su voz sonando a través del auricular con una estática distante—. El doctor dice que recuperé el cuarenta por ciento de la movilidad en la mano izquierda. No puedo sostener ni una taza de café sin que me tiemble como si tuviera Parkinson. Pero bueno, al menos sigo vivo para contarlo, ¿no?

—Estamos vivos, Sargento —le respondí, aunque la palabra “vivos” se sentía vacía, hueca—. ¿Ha sabido algo de… de ellos?

Siempre dudaba antes de hacer esa pregunta. Era un masoquismo absoluto. Quería saber, necesitaba saber, pero al mismo tiempo la información era un veneno que me quitaba el sueño durante semanas.

—Hablé con un contacto en la fiscalía hace unos días —respondió Morales, bajando el tono de voz como si temiera que alguien nos escuchara—. Los cabrones siguen en el penal de máxima seguridad psiquiátrica de Puente Grande. La razón me dice que estoy a salvo. La lógica, los reportes médicos y los muros del penal de máxima seguridad me dicen que los dos hermanos “Panaderos Fantasmas” nunca volverán a ver la luz del sol. Están en celdas separadas, aislados el uno del otro. Los psiquiatras dicen que su condición ha empeorado. Sin la codependencia de su delirio compartido, sin su “familia”, se han sumido en un estado catatónico. El que vivía en su techo… el de la pared… ni siquiera come si no le muelen la comida. Se arrancó las uñas arañando la puerta de acero de su celda, tratando de cavar para encontrar a su hermano.

Escuchar eso debería haberme dado paz. Debería haberme hecho sentir justicia, alivio, cierre. Pero las heridas del alma no responden a la lógica. El saber que existía una locura tan profunda, tan oscura, capaz de construir un ecosistema parasitario en las entrañas de mi hogar, había roto mi percepción de la realidad. ¿Cómo puedes volver a confiar en el mundo cuando descubres que la pesadilla no está debajo de la cama, sino respirando el mismo aire que tú, robando las fotos de tu esposa muerta, creyendo que eres un dios senil al que hay que adorar con harina y levadura?

Los días en Guadalajara se convirtieron en un ejercicio de supervivencia pasiva. Mi rutina se volvió espartana. Me levanto cuando sale el sol, me preparo un café negro, alimento a Sultán y me siento a mirar por la ventana. Las salidas a la calle son expediciones militares meticulosamente planeadas. No bajo al supermercado a menos que sea estrictamente necesario. Cuando lo hago, camino rápido, pegado a las paredes, mirando por encima de mi hombro, analizando a cada mendigo, a cada vagabundo que se cruza en mi camino.

La ciudad está llena de indigentes. Hombres rotos, mujeres perdidas, almas vagando por las aceras con la mirada perdida en abismos que solo ellos pueden ver. Antes de la pesadilla, yo los miraba con compasión. Sacaba unas monedas, les ofrecía una bendición. Ahora, los veo y siento un terror gélido que me paraliza los músculos. Me pregunto qué fantasías retorcidas se esconden detrás de esos ojos sucios. Me pregunto si alguno de ellos está buscando a un “Papá Pedro”. Si alguno de ellos me está siguiendo para construir un altar de la Santa Muerte con mi ropa sucia.

A veces, cuando voy caminando por la calle, sintiendo el bullicio de la ciudad, de repente el viento cambia de dirección. Guadalajara es una ciudad de panaderías tradicionales, de hornos de leña en las colonias viejas, de expendios que abren desde la madrugada. Es imposible escapar de ellas. Y entonces, ocurre. Pasa por una panadería y el viento caliente empuja el olor hacia mí. El olor dulce, cálido, hogareño de la masa fermentada y la harina tostada en el horno.

En una fracción de segundo, el tiempo se colapsa. Ya no estoy en una avenida iluminada de Guadalajara. Vuelvo a estar en la oscuridad de mi casa en el pueblo. El ruido de los camiones se desvanece y es reemplazado por el eco hueco de un mazo golpeando la pared de tablaroca. Vuelvo a sentir el tufo de orina vieja y humanidad podrida.

Me paralizo en medio de la banqueta. El estómago se me contrae violentamente. Las manos me empiezan a temblar y el sudor frío me empapa la camisa. Es una reacción física incontrolable, un ataque de pánico brutal que me roba el oxígeno de los pulmones. Trato de agarrarme de un poste o de la pared más cercana, mientras la gente pasa a mi lado esquivándome, mirándome de reojo como si yo fuera el loco, como si yo fuera el indigente perturbado.

Las incontrolables ganas de vomitar me invaden en medio de la calle, bajo la mirada extrañada de los transeúntes. He llegado a doblarme sobre una jardinera municipal, expulsando bilis amarga y ácida, mientras Sultán me empuja con el hocico, tratando de sacarme del trance, gimiendo de preocupación.

No huelo a comida. Huelo a invasión. Huelo a locura. Ese aroma dulzón se ha convertido en la firma química del terror. Huelo a los ojos desorbitados observándome dormir a través de una grieta en la pared. Cierro los ojos y los veo. Veo a los gemelos. Uno arrastrándose entre la tierra húmeda de los cimientos, amasando con manos sucias de barro; el otro agazapado en un hueco de sesenta centímetros de ancho, acomodando el vestido de mi Carmelita sobre un maniquí de paja a la luz de una veladora parpadeante.

¿Qué clase de castigo divino es este? Mi Carmelita solía hornear pan. Durante nuestros cuarenta años de matrimonio, la casa entera se llenaba de ese aroma los fines de semana. Era el olor de nuestro amor, de nuestra juventud, de los domingos por la mañana cuando los niños aún eran pequeños y corrían por el patio. Esos malditos monstruos no solo me robaron mi paz, mi seguridad y mi casa; me robaron mis recuerdos más sagrados. Contaminaron el amor de mi esposa y lo pervirtieron hasta convertirlo en un fetiche monstruoso.

La terapia psicológica a la que me obligaron mis hijos —los pocos que aún me hablan seguido— fue un fracaso absoluto. Me senté frente a un hombre joven de traje pulcro en una oficina con aire acondicionado en Providencia. Él me hablaba de Trastorno de Estrés Postraumático, de anclajes emocionales, de desensibilización sistemática. Me sugirió que intentara amasar pan yo mismo, en un ambiente controlado, para “reclamar” mi memoria olfativa. Me levanté de la silla de cuero, lo miré a los ojos y le dije con la voz más fría que pude encontrar:

“Doctor, usted lee los monstruos en los libros. Yo dormí con ellos bajo mis pies y detrás de mi cabeza. Si me vuelve a sugerir que toque un gramo de harina, le juro por la memoria de mi difunta esposa que le rompo la nariz con este bastón.”

No volví a ir. No hay pastilla ni charla que pueda borrar la imagen del gemelo desnudo, riendo con esa vocecita aguda e infantil mientras apuñalaba al Sargento Morales en medio de la inmundicia.

La soledad en la ciudad es diferente a la soledad en el pueblo. Allá, la soledad era un silencio nostálgico. Aquí, es un aislamiento defensivo. Mis días se acortan, mi mundo se encoje. Las paredes de mi departamento, aunque sólidas y de concreto, a veces me parecen demasiado cercanas. Por las noches, me acuesto en la cama y me quedo mirando el techo blanco, liso, sin texturas.

Una noche, en pleno mes de septiembre, una tormenta eléctrica azotó Guadalajara. La lluvia caía a cántaros, golpeando los cristales con la furia de una ametralladora. Los relámpagos iluminaban mi habitación con destellos blancos y fantasmales. De repente, un rayo cayó cerca y el transformador de la cuadra estalló con un chispazo verde. Todo el edificio se quedó a oscuras.

La oscuridad total es mi peor enemigo. Sin la luz artificial, mi mente comienza a traicionarme de inmediato. Agarré mi bastón y encendí la linterna de mi celular. Sultán estaba alerta, sentado a mi lado, emitiendo un gruñido bajo que vibraba en su garganta. Estaba gruñendo hacia el pasillo del departamento.

“Es solo la tormenta, Sultán”, le susurré, tratando de calmarlo a él y de paso, calmarme a mí mismo.

Pero el perro no se relajaba. Caminó lentamente hacia la puerta principal, olfateando la rendija inferior por donde entraba una ligera corriente de aire del pasillo del edificio.

Y entonces, a través de la oscuridad, abriéndose paso entre el olor a ozono y asfalto mojado que traía la tormenta, llegó.

Sutil al principio. Luego más intenso.

El olor a mantequilla caliente. A levadura despertando. A pan dulce horneándose.

Un grito silencioso se atoró en mi garganta. El corazón empezó a golpear mis costillas con una fuerza agónica. Retrocedí, tropezando con la alfombra, hasta pegar mi espalda contra la pared más lejana de la sala.

“No, no, no…”, murmuré, cerrando los ojos con fuerza, apretándome las sienes con las manos temblorosas. “Están encerrados. Están en Puente Grande. El concreto es sólido. Estoy en un cuarto piso”.

Pero el olor se hacía más fuerte. Era imposible. Era absolutamente imposible. A menos que… a menos que la locura fuera contagiosa. A menos que el terror hubiera echado raíces en mi cerebro y ahora yo estuviera alucinando olores, creando fantasmas de la nada.

Me arrastré por el suelo hasta la puerta principal, con Sultán a mi lado. Pegué la oreja a la madera pesada y reforzada de la puerta.

Escuché un ruido. Un golpe seco en el pasillo. Luego, el sonido de una bolsa de papel arrugándose.

La sangre se me congeló en las venas. El aire abandonó mis pulmones. ¿Habían escapado? ¿Me habían encontrado en la ciudad de cinco millones de habitantes? ¿O acaso los monstruos no eran reales y yo siempre estuve loco?

Con la mano temblando tan violentamente que apenas podía sostener la linterna del celular, acerqué el ojo a la mirilla de la puerta.

Afuera, en la penumbra del pasillo iluminado solo por las luces de emergencia rojas del edificio, no vi a un monstruo desnudo ni a un vagabundo desnutrido.

Vi a mi vecina del departamento 4B. Una muchacha joven, estudiante de gastronomía, que se acababa de mudar la semana anterior. Estaba empapada por la lluvia, sosteniendo una enorme bolsa de papel estraza llena de pan dulce de una panadería cercana, intentando abrir la puerta de su departamento con las llaves en la mano mientras hablaba por celular usando el altavoz.

—…sí, amiga, ya llegué al depa. Me agarró el aguacero pero alcancé a comprar las conchas y los cuernitos para el desayuno de mañana. Qué bueno que pasé por la panadería 24 horas…

La chica abrió su puerta y entró, el sonido de la bolsa de papel desapareciendo detrás de la madera.

Solté el aire que tenía contenido en un gemido lastimero. Me dejé caer de rodillas en el piso de mi propio recibidor, abrazando a Sultán por el cuello y escondiendo mi rostro en su pelaje duro. Lloré. Lloré no de alivio, sino de una desesperación profunda, abyecta y aplastante.

Lloré porque me di cuenta de la peor de las verdades.

Los gemelos psicópatas estaban encerrados en una prisión de concreto y acero a kilómetros de distancia, sí. Las paredes de mi departamento eran sólidas, sí. Yo había escapado físicamente de la escena del crimen, sí.

Pero yo era el verdadero prisionero.

Mi mente se había convertido en mi propia celda de máxima seguridad. Los gemelos no necesitaban estar escondidos en las paredes de mi casa para seguir torturándome; se habían escondido en los pliegues de mis recuerdos, en las conexiones de mis neuronas, en mis instintos más primitivos de supervivencia.

Habían logrado su objetivo macabro. Querían ser parte de mí, querían fundirse conmigo, ser mi “familia” en la oscuridad. Y de una forma perversa e indestructible, lo habían logrado. Vivirían conmigo hasta el día de mi muerte. Cada vez que oliera levadura, cada vez que escuchara un crujido de madera, cada vez que la oscuridad cayera sobre mí, ellos estarían ahí.

El dolor de la pérdida de Carmelita había sido un dolor puro, un dolor de amor. El terror que estos monstruos me inyectaron era un veneno corrosivo que lo pudría todo.

Miré la puerta reforzada de mi departamento. Miré los cerrojos de alta seguridad. Miré mis manos temblorosas y viejas.

Soy Don Pedro. Fui un hombre valiente. Construí un hogar con mis manos. Amé a una mujer con toda mi alma. Crie hijos de bien. Sobreviví a la muerte y a la soledad.

Pero fui derrotado por una barra de pan.

Me levanté del suelo lentamente, con la ayuda de mi bastón, sintiendo el peso de los años y el peso de la locura invisible sobre mis hombros. Caminé hacia la ventana de mi cuarto piso y miré la ciudad de Guadalajara, inmensa, ajena a mi tragedia.

El olor a pan recién horneado será, hasta el último de mis días, el olor de mi más profunda e imborrable pesadilla. Una condena perpetua dictada sin juicio, un castigo sin crimen. Y mientras esperaba que amaneciera, sabiendo que el sueño nunca llegaría, comprendí que los monstruos más terribles no son los que te matan, sino los que te obligan a vivir conociendo lo frágil que es la barrera entre la seguridad de un hogar y el abismo de la locura total.

Fin.

BTV

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