
Me llamo Lupita. Nunca voy a olvidar el olor a tierra mojada y miedo de aquella madrugada. La Hacienda Santa Cruz estaba en silencio, solo roto por los gritos de la señora Amelia en el cuarto principal.
Llevaba horas en labor de parto. Yo estaba en la cocina, con las manos temblando, rezando para que todo saliera bien, cuando el silencio cortó la noche de golpe. Doña Sebastiana, la partera, salió pálida, con las manos manchadas de sangre.
—Son tres —susurró—. Pero algo está mal.
Entré con el agua caliente. La señora Amelia estaba empapada en sudor, con el cabello pegado a la frente y los ojos desorbitados. En la cama había dos bultitos blancos, idénticos, tranquilos. Pero Doña Sebastiana tenía un tercer envoltorio en los brazos.
Me acerqué. El bebé era distinto. Su piel no era pálida como la de sus hermanos; era morenita, oscura, como la mía, como la tierra del valle.
La señora Amelia lo miró con asco y terror. Sabía lo que significaba. Si el Patrón veía a ese niño, sabría que no era suyo.
—Saca eso de aquí —siseó entre dientes, sin siquiera tocarlo—. Ahora.
—Señora, es su hijo… —intenté decir.
—¡He dicho que te lo lleves! —gritó, con la voz quebrada por el pánico—. Llévalo lejos. Al monte. Que Don Rogelio no lo encuentre nunca. Si regresas con él, te juro que te mato.
Doña Sebastiana me puso el bulto en los brazos. Estaba calientito. Era inocente.
Salí al patio trasero. El viento frío me golpeó la cara y mis pies descalzos se hundieron en el lodo rojo. Miré hacia la casa grande, iluminada y cálida, y luego hacia la oscuridad del monte. El bebé empezó a llorar bajito, un sonido que se mezclaba con los grillos.
Mi corazón se rompió. Si lo dejaba ahí, moriría de frío o los animales se lo llevarían. Si volvía, la Patrona cumpliría su amenaza y me iría mal a mí y a mi propia hija que dormía en la choza.
Entonces, escuché el tropel. Caballos. Muchos.
El corazón se me heló. Era el Patrón, Don Rogelio. Había llegado antes de tiempo desde la ciudad. Escuché su voz grave gritando órdenes en la entrada principal.
Estaba atrapada. Con la prueba del pecado de la Patrona en mis brazos y el dueño de la hacienda bajando del caballo a unos metros de mí.
PARTE 2: EL PECADO ENTERRADO EN EL MONTE
El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado, tan fuerte que sentía que el sonido iba a despertar a los muertos. Me pegué contra la pared de adobe húmedo, justo detrás de las grandes tinajas de agua donde lavábamos la ropa. El frío de la barro se me metió hasta los huesos, pero no me moví. Ni un centímetro.
A escasos metros, las espuelas de plata de Don Rogelio tintinearon al chocar contra el suelo de piedra del patio. Ese sonido… ese maldito sonido lo conocía de memoria. Era el sonido de la autoridad, del miedo, del hombre que decidía quién comía y quién moría en la Hacienda Santa Cruz.
—¡Jacinto! —bramó el Patrón, con esa voz aguardentosa que le salía de la garganta cuando venía cansado y con ganas de pelea—. ¡Mueve el culo y agarra este caballo antes de que lo reviente!
El animal bufó, soltando vaho caliente en el aire frío de la madrugada. Yo apreté al bebé contra mi pecho, protegiendo su cabecita con el rebozo empapado. “No llores, mi vida, por lo que más quieras, no llores”, le rogué en silencio a la criatura. Si el niño soltaba un solo gemido, ahí mismo nos mataban a los dos. Don Rogelio no era hombre de preguntar primero; disparaba y luego veía qué había caído. Y si veía lo que yo cargaba —la prueba viviente de que su esposa, la inmaculada Doña Amelia, se había acostado con otro—, la sangre iba a correr como río en temporada de lluvias.
El bebé, ajeno a que su existencia era una sentencia de muerte, se removió buscando calor. Era tan chiquito. Sentí su boquita buscando mi piel a través de la tela mojada. Tenía hambre. Dios mío, acababa de nacer y ya el mundo lo estaba rechazando.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué no hay nadie recibiéndome? —gritó Don Rogelio de nuevo, golpeando su fusta contra su pierna—. ¡Parece un pueblo fantasma, carajo!
Escuché los pasos apresurados de Jacinto, el mozo de cuadra, que salió medio dormido de las caballerizas. —Perdone, Patrón, perdone usted. No lo esperábamos hasta la otra semana… —balbuceó el muchacho. —Pues ya llegué. ¿Y mi mujer? Vi luces en el cuarto principal.
Me mordí el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Si Don Rogelio subía ahora mismo, vería a Doña Amelia deshecha, a la partera limpiando sangre y dos bebés blancos en la cuna. Eso estaba bien. Pero si preguntaba por qué la casa olía a pánico, o si Doña Sebastiana no había escondido bien los trapos…
—La señora… la señora entró en labor, Patrón —dijo Jacinto con voz temblorosa.
Hubo un silencio. Un silencio pesado, de esos que calan más que el frío. —¿Ya? —preguntó Rogelio, y su voz cambió. Ya no era enojo, era… ¿ilusión? ¿Miedo?—. ¿Ya nació? —Sí, señor… creo que sí. Oí correr a la servidumbre.
Rogelio no esperó más. Escuché sus botas golpear con fuerza los escalones de madera de la entrada principal. La puerta pesada se abrió y se cerró con un estruendo que hizo vibrar el suelo bajo mis pies descalzos.
Estaba dentro. El aire se me escapó de los pulmones. Ya no estaba en el patio, pero el peligro no había pasado. Ahora estaba atrapada entre la casa y el monte, con la luz de la luna llena iluminando el patio como si fuera de día. Tenía que moverme. La orden de la señora Amelia retumbaba en mi cabeza como una maldición: “Llévalo lejos. Que Don Rogelio no lo encuentre nunca”.
Miré hacia la selva negra que rodeaba la hacienda. El monte. Ese lugar donde decían que vivían los nahuales, donde los capataces tiraban lo que ya no servía. Tenía que entrar ahí. Yo, sola, con un recién nacido y sin luz.
—Virgencita de Guadalupe, cúbrenos con tu manto —susurré, santiguándome con la mano que me quedaba libre.
Me deslicé por la sombra de la pared, arrastrando los pies para no hacer ruido en el lodo. Cada paso era una tortura. El barro rojo del valle es pegajoso, te atrapa como si la tierra misma quisiera tragarte. Mis pies se hundían, resbalaban. Una rama seca crujió bajo mi peso y me quedé paralizada, con los ojos cerrados, esperando el grito, el disparo, el ladrido de los perros.
Nada. Solo el viento silbando entre los cafetales.
Corrí. No sé de dónde saqué las fuerzas, tal vez del mismo terror. Corrí hacia los cafetales, agachada, casi a ras de suelo. Las hojas duras y cerosas del café me golpeaban la cara, las ramas me arañaban los brazos, pero no sentía dolor. Solo sentía el bulto caliente contra mi pecho.
El bebé empezó a inquietarse. El movimiento brusco lo estaba asustando. —Shhh, shhh, mi niño, mi cielito prieto —le susurraba entre jadeos—. Aguanta, aguanta un poquito más.
Llegué al límite de los cultivos. Frente a mí se alzaba la “Boca del Lobo”, como le decíamos a la entrada del monte virgen. Árboles gigantescos, antiguos, con raíces que parecían serpientes entrelazadas. La oscuridad ahí dentro era absoluta.
Entré. La temperatura bajó de golpe. El olor a tierra mojada se mezcló con el olor a podrido de las hojas muertas y la humedad encerrada. Aquí no llegaba la luna. Iba ciega, tanteando con una mano, abrazando al niño con la otra.
Tropecé. Caí de rodillas sobre unas piedras afiladas. El dolor fue agudo, caliente, pero mi instinto fue girar el cuerpo para no aplastar al bebé. Caí sobre mi costado, raspándome el hombro y la cara contra la corteza de un árbol caído.
El niño soltó un llanto. Fuerte. Claro. —¡No! —siseé, tapándole la boquita con mi mano suavemente, desesperada—. No, mi amor, cállate, te lo suplico.
El llanto se ahogó en mi palma, convirtiéndose en un quejido lastimero. Me quedé tirada en el suelo, con el corazón a mil, escuchando. ¿Me habrían oído? ¿Estarían los perros de caza sueltos? Los perros de Don Rogelio eran bestias entrenadas para cazar esclavos cimarrones y peones fugitivos. Si olían la sangre de mi rodilla o la leche del bebé…
Me levanté cojeando. Tenía que llegar a la “Choza del Muerto”. Era el único lugar que se me ocurría. Una vieja construcción de madera y paja que había pertenecido a un capataz que se ahorcó hace años. Nadie iba ahí. Decían que el diablo se aparecía a las tres de la mañana. Pues que se apareciera, pensé. Le tenía más miedo a Don Rogelio y a la furia de la Doña Amelia que al mismo Satanás.
Caminé lo que parecieron horas, aunque seguro fueron solo minutos eternos. El terreno subía y bajaba. Crucé un arroyo pequeño; el agua helada me entumeció los tobillos y lavó la sangre de mis heridas.
Finalmente, vi la silueta torcida de la choza recortada contra un claro de luz de luna. Estaba cayéndose a pedazos. El techo tenía agujeros enormes y la puerta colgaba de una sola bisagra oxidada.
Entré empujando la puerta con el hombro. El interior olía a humedad vieja y a excremento de ratas. Busqué a tientas en un rincón. Sabía que allí solía haber paja seca o costales viejos. Mis dedos tocaron algo suave pero polvoriento. Unos costales de yute abandonados.
Me dejé caer sobre ellos, agotada, temblando de frío y de shock. Destapé al bebé. Apenas podía verle la carita en la penumbra. Estaba tranquilo ahora, mirándome con unos ojos oscuros, profundos, que parecían entender todo. Era hermoso. Tenía la nariz de su madre, fina, aristocrática, pero la piel… la piel era nuestra. Era la prueba de que la sangre se mezcla sin pedir permiso, de que no hay muros que detengan la pasión o el error.
—¿Qué voy a hacer contigo? —le pregunté al aire viciado de la choza—. No puedo quedarme aquí.
Si no regresaba pronto a la Hacienda, notarían mi ausencia. La cocina tenía que estar lista al amanecer. Si Doña Sebastiana no me veía volver, pensaría que huí con el niño y, para salvar su propio pellejo, podría decir que yo lo robé. Y entonces sí, me buscarían con escopetas.
Pero dejarlo aquí… Miré alrededor. Las paredes tenían grietas por donde se colaba el viento. Había alacranes, seguramente víboras buscando calor. Y el hambre. El niño necesitaba leche.
Me desabroché la blusa. Yo no tenía leche, mi hija Citlali ya tenía seis años, pero el instinto fue más fuerte. Me puse al bebé en el pecho, solo para consolarlo, para darle algo caliente. Él buscó con desesperación, chupando con fuerza, y al no encontrar nada, empezó a llorar de frustración.
Las lágrimas me brotaron a mí también. Lágrimas calientes que lavaban la mugre de mi cara. —Perdóname —lloré—. Perdóname, chiquito.
Me quité el rebozo, ese que mi abuela me había tejido, el único que tenía bueno. Lo envolví con cuidado, haciendo un nido entre los costales de yute para que guardara el calor. —Voy a volver —le prometí, besando su frentecita—. Te lo juro por la Virgen de los Dolores que voy a volver antes de que salga el sol. Te voy a traer leche. Te voy a sacar de aquí.
El niño me miró, o eso sentí. Sus manitas se cerraron en el aire, como queriendo agarrarme. Sentí que me arrancaba un pedazo de alma al ponerme de pie. Me quité el escapulario de madera que llevaba al cuello y lo puse entre los pliegues de su manta. —Que los ángeles te cuiden, porque tu madre te abandonó y la mía me obligó.
Salí de la choza corriendo, sin mirar atrás, porque sabía que si volteaba, no tendría el valor para irme.
El regreso fue peor. Ya no cargaba el peso del bebé, pero cargaba el peso de la culpa, que pesaba toneladas. Corrí ignorando el dolor de la rodilla, ignorando los pulmones que me ardían. Cuando vi las luces de la Hacienda, me detuve en el arroyo para lavarme rápido. Me quité el lodo de la cara, de los brazos. Traté de arreglarme el vestido rasgado.
Entré por la puerta trasera de la cocina, la de servicio. Doña Sebastiana estaba ahí, calentando agua en una olla grande. Al verme entrar, soltó el cucharón. Estaba pálida, con ojeras profundas. —¡Lupita! —susurró, corriendo hacia mí—. ¡Virgen Santa! Pensé que te habías ido… pensé…
Me agarró de los hombros, sacudiéndome. —¿Lo hiciste? ¿Dónde está? —En el monte —dije, y mi voz sonó ronca, extraña, como si no fuera mía—. En la choza vieja. —¿Está… está…? —no se atrevió a terminar la frase. —Está vivo —le solté con rabia, quitándome sus manos de encima—. Lo dejé vivo. Pero tiene hambre y frío.
Sebastiana se persignó. —Mejor que muera de frío a que el Patrón lo encuentre. Si Don Rogelio ve a ese niño… nos mata a todas, Lupita. A ti, a mí, y a la Señora. —¡Es un inocente! —grité en un susurro. —¡Es un pecado! —replicó ella—. Y los pecados se pagan con sangre en esta casa. Arréglate. El Patrón está eufórico. Quiere ver a todo el servicio en la mañana para dar la noticia. Tienes que actuar normal.
—¿Normal? —me reí, una risa histérica que tuve que tragarme—. Acabo de dejar a un recién nacido tirado entre ratas y ¿tengo que servir el café sonriendo?
—Sí —dijo Sebastiana, dura como una piedra—. Si quieres que tu hija Citlali siga teniendo madre, sí.
La mención de mi hija me dio una bofetada de realidad. Citlali. Mi niña de seis años dormía en nuestra choza, ajena a todo. Si yo caía, ¿quién la cuidaría? ¿Quién la defendería de los capataces cuando creciera?
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. —Dame un delantal limpio —dije, muerta por dentro.
La noche pasó en una neblina. No pude dormir. Me quedé en la cocina, atizando el fuego, pelando maíz, haciendo cualquier cosa para no pensar en el frío que debía estar sintiendo el bebé en el monte. Cada vez que el viento aullaba afuera, yo sentía que era el llanto del niño llamándome.
Al amanecer, la hacienda despertó con una energía que daba asco. Don Rogelio había mandado matar dos cerdos y abrir barricas de vino. Gritaba a los cuatro vientos que Dios lo había bendecido con dos varones sanos y fuertes. “¡Los herederos!”, gritaba. “¡La dinastía Santa Cruz está asegurada!”.
Nadie sabía del tercero. El fantasma. El olvidado.
Me mandaron a llamar. —Lupita, sube al cuarto de la Señora —dijo Sebastiana, evitándome la mirada—. Necesita… necesita limpieza.
Subí las escaleras de madera fina, esas que brillaban de tanta cera. Mis piernas temblaban. Toqué la puerta. —Pase —dijo la voz de Amelia. Débil, pero imperiosa.
Entré. El cuarto olía a lavanda, a sangre seca y a encierro. Las cortinas estaban cerradas, dejando todo en penumbra. Amelia estaba sentada en la cama, recargada en almohadones de plumas. Estaba pálida como un fantasma, con los labios resecos. A su lado, en la cuna de caoba tallada, dormían los dos bebés blancos. Eran preciosos, no lo podía negar. Parecían ángeles de iglesia.
Pero faltaba uno.
Amelia giró la cabeza y me clavó esos ojos verdes que solían ser bonitos y ahora parecían pozos de locura. —Cierra la puerta —ordenó.
Obedecí. —Acércate.
Me acerqué hasta el borde de la cama. Ella me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente para alguien que acababa de parir trillizos. Sus uñas se clavaron en mi piel. —¿Lo hiciste? —preguntó, con los ojos desorbitados. —Sí, señora. —¿Dónde? —Lejos. En el monte. —¿Está muerto?
La pregunta flotó en el aire, cruel y desnuda. Tragué saliva. Podía mentirle. Podía decirle que sí para calmarla. Pero el odio me subió por la garganta. Quería que sufriera, aunque fuera un poco de lo que yo estaba sufriendo. —Lo dejé donde nadie lo encuentre —dije, evadiendo la respuesta—. Pero señora… es su sangre.
Amelia me soltó como si le quemara. Se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar, pero no era un llanto de madre dolida, era un llanto de niña caprichosa que tiene miedo de que la descubran. —¡No es mi sangre! —siseó—. ¡Es un error! ¡Fue un momento de debilidad! ¡Ese… ese hombre no significaba nada! Y ahora… mira lo que me hizo. Me mandó una maldición negra para arruinar mi vida.
“Ese hombre”. Un capataz, un peón, quién sabe. Amelia jugaba con fuego cuando el Patrón no estaba, y ahora el fuego había quemado a un inocente.
—Rogelio está feliz —dijo ella, limpiándose los ojos frenéticamente—. Cree que soy una santa. Me trajo joyas. Dice que soy la mejor mujer del mundo.
Se rió, una risita nerviosa que me heló la sangre. —Nadie puede saberlo, Lupita. Jamás. ¿Me oyes? Si abres la boca… no solo te mato a ti. Vendo a tu hija. La vendo a los burdeles de la frontera. ¿Me entendiste?
El frío me recorrió la espalda. No era una amenaza vacía. Amelia era capaz de eso y más. Tenía el poder, el dinero y la maldad. —Sí, señora. Soy una tumba.
—Bien. Ahora, cámbiame estas sábanas. Huelen a… huelen a culpa.
Pasé la mañana trabajando como autómata. Cambié sábanas, lavé ropa manchada, serví caldos. Pero mi mente estaba en la “Choza del Muerto”. Tenía que ir. Tenía que llevarle algo.
A eso de las once de la mañana, la oportunidad llegó. —Lupita, ve al río a lavar los trapos del parto —ordenó Sebastiana en voz alta, guiñándome un ojo disimuladamente—. Y llévate algo de comer, que te ves pálida.
Me dio un canasto con la ropa sucia, y debajo de los trapos, había metido una botella pequeña con leche de cabra y un pedazo de pan envuelto. Sebastiana tenía corazón, después de todo, aunque el miedo la tuviera amarrada.
Salí disparada. Hice como que iba al río, pero en cuanto me perdí de vista entre los árboles, giré hacia el monte. Ya era de día, y el monte se veía menos aterrador, pero más triste. La luz del sol se filtraba entre las hojas, revelando el barro, los insectos, la soledad.
Corrí hasta que el pecho me dolió. Llegué a la choza. —¡Mi niño! —llamé desde afuera, olvidando la precaución.
Silencio. No se oía el llanto.
Entré de golpe, con el alma en un hilo. El bulto seguía allí, entre los costales. Corrí y me arrodillé. Toqué su carita. Estaba fría.
—¡No, no, no! —grité, sacudiéndolo suavemente—. ¡Despierta! ¡Despierta, por favor!
Pegué mi oreja a su pecho. Nada. Espera… Sí. Ahí estaba. Un latido débil, muy débil, como el aleteo de una mariposa moribunda. Estaba vivo, pero apenas. El frío de la noche casi se lo había llevado.
Rápido, saqué la botella de leche. La había calentado un poco con mi propio cuerpo durante el camino. —A ver, mi amor, a ver… —Le mojé los labios con la leche. No reaccionaba. No tenía fuerza para succionar.
La desesperación me invadió. Si no comía, se moría. Hice lo único que se me ocurrió. Me metí un poco de leche en la boca y pegué mi boca a la suya, pasándole el líquido gota a gota, soplándole mi propio aliento caliente. —Traga, ándale, traga…
Sentí un pequeño movimiento en su garganta. Tragó. Lloré de alivio. Le di más. Poco a poco, el calor volvió a sus mejillas. Abrió los ojos despacito. Esos ojos oscuros me miraron de nuevo, y juro que en ese momento, ese niño dejó de ser el hijo de la Patrona para convertirse en mi hijo. De corazón, de alma. La sangre no importa cuando se comparte la vida y la muerte.
—Te voy a llamar Anacleto —le susurré—. Porque hoy es día de San Anacleto, y porque has vuelto de la muerte.
Me quedé con él todo el tiempo que pude. Lo limpié, lo envolví mejor con los trapos secos que traía escondidos. Pero tenía que volver. No podía quedarme a vivir en la choza.
—Voy a venir todos los días —le prometí—. Te voy a traer comida. Te voy a enseñar a sobrevivir. Nadie va a saber que existes, Anacleto. Serás el secreto del monte.
Salí de la choza con el corazón dividido. Cuando regresaba, cerca del lindero de los cafetales, escuché voces. Me tiré al suelo, escondiéndome entre la maleza alta.
Eran dos hombres a caballo. Uno era Don Rogelio. El otro era “El Tuerto”, el capataz más cruel de la hacienda. Estaban parados justo en el camino que yo tenía que cruzar.
—… te digo que vi huellas, Patrón —decía El Tuerto, escupiendo tabaco—. Huellas de pies descalzos que iban para el monte viejo. Y huellas de regreso. —Seguro alguna india que fue a verse con su macho —rio Rogelio, despreocupado—. Déjalos, hoy estoy de buenas. No voy a castigar a nadie por andar de calientes. Yo mismo tengo ganas de celebrar con mi mujer, en cuanto se recupere.
—Pero Patrón… las huellas iban cargadas. Se veía el peso en el lodo. Y regresaron ligeras.
Rogelio dejó de reír. —¿Cómo que cargadas? —Como si llevaran algo pesado. ¿Y si se robaron algo de la bodega? ¿O si escondieron algo?
Mi corazón dejó de latir. El Tuerto era un sabueso. —Mmm… —Rogelio miró hacia el monte, sus ojos pasando justo por encima de donde yo estaba escondida. Sentí su mirada como un peso físico—. No quiero ladrones en mi tierra. Mañana mandas a los perros a dar una vuelta por allá. Si encuentran a alguien escondido, o algo robado… ya sabes qué hacer.
—Sí, Patrón. Se los echamos a los perros.
Giraron los caballos y se fueron al trote hacia la casa grande. Me quedé tirada en la tierra, temblando. Mañana. Mañana soltarían a los perros.
Anacleto estaba en la choza. Si los perros lo olían… sería su fin. Una muerte horrible, destrozado por las fauces de esas bestias. No tenía tiempo. No podía esperar días. Tenía que sacarlo de ahí esta misma noche. ¿Pero a dónde? ¿A mi choza? Imposible, vivíamos amontonados, Citlali lo vería, los vecinos oirían el llanto. ¿Lejos de la hacienda? No podía irme sin que me atraparan.
Entonces recordé. Había una cueva. Más arriba, en los cerros, donde nacía el manantial. Era terreno difícil, lleno de piedras, donde los perros perdían el rastro por el agua. Pero era lejos. Y frío. Y yo estaba sola.
Me levanté y corrí hacia el río para terminar de lavar la ropa, para tener mi coartada. Mientras tallaba las sábanas llenas de sangre de Amelia, mi mente trazaba un plan desesperado. Esa noche, mientras la hacienda celebraba el nacimiento de los “gemelos”, yo tendría que cometer una locura.
Regresé a la casa. La fiesta ya se sentía en el aire. Habían matado gallinas, hacían mole. La música de violines empezaba a sonar. Entré a la cocina. —Llegaste tarde —me regañó Sebastiana, pero me pasó un plato de mole—. Come. Vas a necesitar fuerzas. Esta noche hay baile.
—¿Baile? ¿Con la señora recién parida? —El Patrón está loco de contento. Dice que quiere que todo el valle sepa. Van a venir los vecinos de las otras haciendas.
Eso era bueno. El ruido, la gente, el alcohol. Los guardias estarían distraídos. Pero también significaba que habría más ojos.
Caí la noche. La hacienda se iluminó con antorchas y faroles. Los carruajes empezaron a llegar. Gente rica, vestida de seda y terciopelo, riendo, ajenos a la tragedia que se escondía en el bosque. Yo servía copas, limpiaba mesas, con una sonrisa falsa pegada en la cara. Miraba el reloj de péndulo del pasillo cada vez que pasaba. Las diez. Las once.
A las doce, el alcohol ya había hecho efecto. Don Rogelio brindaba por décima vez. Me deslicé hacia la cocina, agarré un cuchillo de monte que usábamos para cortar carne, un frasco grande de leche, y una manta gruesa de lana que le robé a uno de los caballos de visita.
Salí por la puerta trasera. La oscuridad me recibió como una vieja amiga. Esta vez no corrí. Caminé rápido, sigilosa como un gato. Llegué a la choza del muerto con el corazón en la garganta. —Anacleto… —susurré.
El bebé estaba despierto. No lloraba. Me miraba con esos ojos enormes. Parecía saber que venía por él. Lo cargué. —Vámonos, mi valiente. Los perros no te van a tocar.
Salimos. Empezamos a subir el cerro hacia la cueva del manantial. El camino era empinado, lleno de rocas sueltas. Mis pies sangraban, pero no me importaba. De repente, un ruido a mis espaldas. Una rama rota. Me giré, cuchillo en mano.
Un par de ojos amarillos brillaban en la oscuridad. Un perro. Uno de los mastines de la hacienda se había soltado o escapado. Estaba parado en el sendero, a unos cinco metros de mí. Gruñía bajo, mostrando los colmillos blancos.
Me pegué contra la roca, poniendo al bebé detrás de mí. —Lárgate —le dije, con voz firme, aunque me temblaban las piernas—. ¡Vete!
El perro dio un paso adelante. Estaba listo para atacar. Apreté el cuchillo. Iba a morir peleando. No iba a dejar que tocaran a Anacleto.
El perro se agazapó para saltar. Cerré los ojos y lancé una estocada ciega al aire… Pero el ataque nunca llegó. Se oyó un silbido. Un silbido extraño, como de pájaro, pero humano. El perro se detuvo en seco. Bajó las orejas, gimió y salió corriendo con la cola entre las patas, perdiéndose en la noche.
Me quedé helada. ¿Quién había silbado? Miré alrededor. De entre las sombras de los árboles, salió una figura. Era un hombre. Alto, delgado, vestido con harapos. Se acercó a la luz de la luna. Casi grito.
Era “El Mudo”. Un indio viejo que vivía en las cuevas altas. La gente decía que era brujo, que hablaba con los animales. Nadie se metía con él, y él no se metía con nadie. Me miró. Miró el cuchillo en mi mano. Miró el bulto detrás de mi espalda.
No dijo nada. Claro, era mudo. Pero sus ojos… sus ojos no tenían maldad. Hizo un gesto con la mano. Señaló hacia arriba, hacia la cueva del manantial. Luego se señaló a sí mismo, y luego hizo un gesto de “cuna” con los brazos.
¿Me estaba ofreciendo ayuda? ¿Sabía lo que llevaba? No tenía opción. El perro podía volver, o traer a otros. Bajé el cuchillo. —¿Tú… tú nos vas a ayudar? —pregunté.
El Mudo asintió una vez. Se dio la vuelta y empezó a caminar cerro arriba, esperándome. Lo seguí. Esa noche, entregué el secreto de la Patrona al brujo del monte. Y así, Anacleto desapareció del mundo de los vivos para convertirse en leyenda.
Pero la historia no acabó ahí. Apenas empezaba. Porque los secretos enterrados tienen la mala costumbre de florecer, y sus raíces son venenosas. Regresé a la hacienda justo antes del amanecer. Me metí en mi catre, al lado de mi hija Citlali, oliendo a humo y monte. Citlali se despertó, media dormida. —Mami… ¿dónde estabas? —bostezó. —Shhh. En ningún lado, mi amor. Durmiendo. —Hueles a bosque —susurró ella, abrazándome—. Y a bebé.
Me tensé. Los niños ven y huelen lo que los adultos ignoran. —Son imaginaciones tuyas, duérmete.
Cerré los ojos, pero sabía que no habría paz para mí. Había salvado al niño, sí. Pero ahora tenía un cómplice peligroso en el monte, una patrona loca en la casa grande, y un capataz sospechoso vigilando mis pasos. Y Anacleto… Anacleto crecería. Y la sangre llama a la sangre.
Un día, esa verdad bajaría del monte para cobrarnos a todos.
PARTE 3: LA SANGRE LLAMA A LA SANGRE
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero eso es mentira de gente rica. Para los pobres, para nosotras las que servimos, el tiempo no cura; el tiempo pesa. Pesa como un costal de piedras en la espalda, pesa como el lodo seco en los zapatos, pesa como un secreto que te va pudriendo las entrañas poco a poquito.
Pasaron los años en la Hacienda Santa Cruz. Dieciocho años, para ser exacta. Dieciocho años de agachar la cabeza, de decir “sí, patrón”, “lo que ordene, señora”, mientras mi corazón vivía partido en dos: una mitad en la cocina, fregando platos y vigilando a mi Citlali, y la otra mitad allá arriba, en el monte, en esa cueva fría donde mi niño prieto se hacía hombre entre las bestias.
La hacienda cambió mucho en ese tiempo, y no para bien. Don Rogelio se hizo más rico, sí, pero también más amargo. El dinero le endureció el alma. Compró las tierras de los vecinos, llenó los corrales de ganado fino y mandó traer muebles de Europa que costaban más de lo que yo ganaría en cien vidas. Pero la casa grande se sentía vacía, fría, como un mausoleo de mármol.
Doña Amelia… Ay, Doña Amelia. La culpa se la comió viva, aunque ella nunca lo admitiera. Se volvió una mujer seca, nerviosa. Se pasaba los días encerrada en su cuarto, con las cortinas cerradas, bebiendo “tónico para los nervios” que apestaba a alcohol barato disfrazado de hierbas. A veces, cuando entraba a limpiarle el cuarto, la encontraba mirando a la nada, murmurando cosas sobre “ojos negros” y “maldiciones gitanas”. Nunca me preguntó directamente si el niño seguía vivo. Creo que prefería creer que yo lo había matado, porque la verdad le daba más miedo que el infierno.
Pero lo peor, lo que más me dolía ver, eran los gemelos. Luis y Fernando. Crecieron creyéndose los dueños del mundo, porque eso les enseñó su padre. Eran guapos, no lo voy a negar, con el cabello castaño claro y la piel blanca de su madre, pero tenían los ojos vacíos. Desde chiquitos fueron crueles. Primero con los insectos, arrancándoles las patas; luego con los gatos de la cocina; y finalmente, con la gente.
Luis era el peor. Era el vivo retrato de la arrogancia. Le gustaba humillar a los peones, golpear a los caballos con la fusta solo por placer, y mirar a las muchachas del servicio como si fueran carne en el mercado. Fernando era su sombra, más cobarde pero igual de malo porque le reía las gracias al hermano. Eran “los herederos”, los príncipes de Santa Cruz, pero por dentro estaban podridos.
Y mientras ellos dormían en sábanas de seda, mi Anacleto dormía sobre pieles de venado. Yo cumplí mi promesa. Cada semana, sin falta, subía al monte. Me inventaba cualquier excusa: que iba a buscar hierbas medicinales para la cocina, que iba a lavar al río alto, que iba a recoger leña. Doña Sebastiana, que Dios la tenga en su gloria porque murió hace cinco años, siempre me cubrió las espaldas hasta el último día. Ella se llevó el secreto a la tumba, santiguándose antes de morir y diciéndome: “Cuida a ese muchacho, Lupita, porque es hijo de Dios aunque el mundo diga que no”.
Esas subidas al monte eran mi única alegría y mi mayor tormento. Ver crecer a Anacleto fue un milagro. El Mudo —o “Tío Silencio”, como yo le decía en mi mente— hizo un trabajo que ningún padre de familia hubiera podido. Le enseñó a sobrevivir. Anacleto no aprendió a leer libros, pero aprendió a leer el viento, a saber cuándo venía la lluvia, a caminar sin hacer ruido, a cazar con arco y flecha.
Se puso alto, muy alto, más que Don Rogelio. Tenía el cuerpo fibroso, marcado por el trabajo duro y la escalada. Su piel, esa piel oscura que tanto asco le dio a su madre, brillaba bajo el sol como madera de caoba pulida. Pero lo que más impresionaba eran sus ojos. Tenía la mirada de Amelia, la forma, las pestañas largas, pero con una profundidad y una nobleza que ella jamás tuvo.
Él sabía quién era yo. El Mudo le explicó, a su manera, con señas y dibujos en la tierra, que yo era su “Nana”, la que le traía comida y ropa. Nunca le dijimos quién era su verdadera madre. ¿Para qué? Para qué envenenarle el alma diciéndole que la dueña de todo el valle lo había tirado a la basura. Él creía que era huérfano, encontrado en el monte. Y en cierto modo, era verdad.
Pero el secreto no podía durar para siempre. Las mentiras tienen patas cortas y la verdad siempre encuentra una grieta por donde salir.
Todo empezó a torcerse el verano de la gran sequía. Fue un año terrible. El cielo se puso blanco de tanto calor y no cayó una gota de agua en seis meses. La tierra se agrietó como piel vieja. Las vacas se morían de sed en los potreros, con las costillas marcadas y la lengua de fuera. El río que cruzaba la hacienda se convirtió en un hilo de lodo apestoso.
La gente del pueblo empezó a rezar, a sacar a los santos en procesión, pero el cielo no escuchaba. En la hacienda, el humor de Don Rogelio se puso negro. Veía morir su ganado y sentía que perdía dinero a carretadas. Andaba con el látigo en la mano todo el día, gritando, buscando culpables donde no los había.
Un martes por la tarde, estaba yo en la cocina desgranando un maíz que estaba más seco que piedra, cuando entró Citlali. Mi niña ya tenía veinticuatro años. Era preciosa, con mis ojos y mi fuerza, pero con una suavidad que yo nunca tuve. Trabajaba conmigo en la casa grande, y aunque sabía que había un secreto, nunca la dejé subir al monte conmigo. Hasta ese día.
—Mamá —me dijo en voz baja, cerrando la puerta para que las otras criadas no oyeran—. Los gemelos van a subir al Ojo de Agua.
Se me cayó la mazorca de las manos. El Ojo de Agua era el manantial que nacía en la cueva alta. Era el único lugar donde todavía quedaba agua limpia y abundante. Era el hogar de Anacleto y El Mudo.
—¿Qué dices? —pregunté, sintiendo que me faltaba el aire. —Los oí hablar en el comedor. Luis dice que van a “tomar posesión” del manantial. Dice que van a entubar el agua para traerla a la casa y que van a echar a tiros a cualquier “bicho” que viva ahí. Van con El Tuerto y con armas.
El Tuerto. Ese maldito capataz seguía vivo, más viejo, más feo y más malo. Había perdido el otro ojo en una pelea de cantina y ahora usaba un parche negro, pero veía más con su ojo bueno que cualquier águila. Siempre había sospechado de mí, siempre me miraba con malicia cuando regresaba del monte.
—¿Cuándo van? —pregunté, agarrando a Citlali de los hombros. —Mañana al amanecer.
No lo pensé. No había tiempo de pensar. —Cúbreme —le dije a mi hija—. Di que me dio la fiebre, que estoy vomitando en la choza. Di lo que sea, pero que no me busquen. —Mamá, es peligroso. El Patrón dijo que si alguien falta al trabajo mañana lo corre a latigazos. —Más peligroso es lo que va a pasar si esos diablos suben y encuentran lo que hay ahí.
Salí de la casa grande cuando el sol apenas se estaba poniendo. No esperé a la noche. Corrí. Corrí como hacía dieciocho años, con el corazón en la boca, pero ahora mis piernas ya no eran jóvenes. Me dolían las rodillas, me faltaba el aliento. Pero el miedo es el mejor combustible.
Llegué a la cueva ya de noche cerrada. —¡Anacleto! ¡Tío! —grité antes de entrar, para no asustarlos.
Salieron de la oscuridad. El Mudo, con el pelo completamente blanco y la piel arrugada como pergamino, y Anacleto… mi muchacho. Estaba afilando una lanza de madera endurecida al fuego. Me miró sorprendido. No era día de visita.
—Tienen que irse —les dije, jadeando, cayendo de rodillas en la entrada de la cueva—. Mañana vienen. Los hijos del Patrón. Vienen con armas. Quieren el agua.
Anacleto me levantó como si fuera una pluma. Me dio agua de una jícara. —Que vengan —dijo. Su voz era grave, profunda, una voz que se usaba poco pero que resonaba como trueno—. Esta es nuestra casa. El agua es de la montaña, no de ellos.
—No lo entiendes, hijo —le supliqué, agarrándole las manos callosas—. Ellos son… son malos. Tienen escopetas. Y traen al Tuerto. Si te ven… si te ven te van a cazar como a un animal. Tienen que esconderse más arriba, en los picos, donde no puedan subir los caballos.
El Mudo hizo señas rápidas, nerviosas. Él entendía el peligro. Había visto la crueldad de los hombres blancos muchas veces. Agarró a Anacleto del brazo y tiró de él hacia el fondo de la cueva, señalando la salida trasera que daba al barranco.
Pero Anacleto se soltó. Había algo en sus ojos esa noche. Un brillo de rebeldía que nunca le había visto. Tenía dieciocho años. Ya no era un niño asustado. Era un hombre que conocía su fuerza. —No voy a correr, Nana. He corrido toda mi vida. ¿Por qué tengo que esconderme como una rata? Yo no he hecho nada malo.
—¡Porque ellos son los dueños de todo! —grité, desesperada—. ¡Porque te van a matar sin preguntar!
—Pues que lo intenten —dijo, y clavó la lanza en la tierra—. Yo protejo al abuelo. Yo protejo el agua.
No hubo manera de convencerlo. El Mudo me miró con tristeza y resignación. Sabía que la sangre joven es caliente y sorda. Me quedé con ellos esa noche. No podía bajarlos, pero tampoco podía dejarlos solos. Si iba a haber desgracia, que me tocara a mí también.
Amaneció. Un amanecer rojo, sangriento, presagio de muerte. Desde la altura de la cueva, vimos la polvareda. Venían a caballo. Eran tres. Luis, Fernando y El Tuerto. Se veían pequeños desde arriba, pero el brillo de los cañones de sus rifles era inconfundible.
Tardaron dos horas en subir el sendero empinado. Nosotros estábamos escondidos detrás de unas rocas grandes, cerca del nacimiento del agua. Anacleto tenía su arco preparado. El Mudo tenía un machete viejo. Yo tenía una piedra en la mano, temblando como hoja al viento.
Llegaron al claro. Se bajaron de los caballos, sudando y maldiciendo. —¡Vaya lugar! —dijo Luis, pateando una cubeta vieja que usábamos—. Aquí hay gente, Fernando. Mira esto.
—Indios mugrosos —escupió Fernando—. Se han adueñado de nuestra agua mientras nuestro ganado muere. ¡Eh! ¡Si hay alguien ahí, salgan ahora mismo o les meto plomo! —gritó, disparando al aire. El estruendo retumbó en las paredes del cañón. Los pájaros salieron volando asustados.
Nadie se movió. —Déjame buscar, patroncito —dijo El Tuerto, bajando de su mula—. Yo huelo a la gente. Aquí huele a viejo y a… —olfateó el aire—… a mujer.
Mi corazón se detuvo. Había dejado mi rebozo cerca de la fogata apagada. El Tuerto caminó hacia la entrada de la cueva. Anacleto tensó el arco. Iba a disparar. Si mataba al Tuerto, los gemelos nos acribillarían.
—¡No! —susurré, pero fue tarde. Anacleto soltó la flecha. No apuntó a matar, apuntó a advertir. La flecha silbó y se clavó en el sombrero del Tuerto, haciéndolo volar de su cabeza.
—¡Emboscada! —gritó El Tuerto, tirándose al suelo y sacando su revólver. Los gemelos empezaron a disparar a lo loco contra las rocas. Las balas picaban la piedra cerca de nuestras cabezas, soltando esquirlas que nos cortaban la cara. —¡Salgan, cobardes! —gritaba Luis, riéndose, disfrutando el tiroteo—. ¡Vamos a cazarlos como conejos!
Anacleto se giró hacia mí. —Quédate abajo —me ordenó. Y antes de que pudiera detenerlo, saltó por encima de la roca. Era rápido, increíblemente rápido. Parecía un puma. Saltó de piedra en piedra, esquivando las balas, bajando hacia ellos.
—¡Ahí está! ¡Es uno solo! —gritó Fernando, apuntando. Pero Anacleto ya estaba encima de él. Le dio un golpe con el arco en el pecho que lo tiró de espaldas, sacándole el aire. Luis giró su rifle, pero Anacleto le pateó la mano y el arma salió volando.
Quedaban frente a frente. Luis, el patrón rubio, y Anacleto, el salvaje moreno. Hermanos de sangre, enemigos de vida. Luis sacó un cuchillo de caza de su cinto. Era bueno peleando, le habían pagado maestros de esgrima y defensa. Pero Anacleto peleaba por su vida.
Se trenzaron a golpes. Rodaron por el suelo polvoriento. Yo miraba horrorizada, incapaz de moverme. Eran idénticos en la furia. Los mismos gestos, la misma forma de apretar la mandíbula. El Tuerto, que se había levantado, apuntó su arma hacia Anacleto. —¡No! —grité, saliendo de mi escondite—. ¡No dispare!
El Tuerto me vio. Su único ojo se abrió con sorpresa y luego con una malicia infinita. —¿Lupita? —dijo, bajando un poco el arma—. ¡Vaya, vaya! Con que aquí era donde venías a “lavar”.
En ese momento, Anacleto logró inmovilizar a Luis. Lo tenía contra el suelo, con el antebrazo en su cuello. Luis estaba rojo, asfixiándose. —¡Suéltalo, indio de mierda! —bramó Fernando, que se recuperaba y buscaba su rifle.
Anacleto miró a Luis a los ojos. Y Luis miró a Anacleto. La distancia era nula. El sudor les corría por la cara. Y entonces pasó. Luis dejó de forcejear un segundo. Se quedó mirando fijamente la cara de Anacleto. —Tú… —jadeó Luis—. Tú tienes…
No terminó la frase. Fernando disparó. La bala le dio a Anacleto en el hombro. Un chorro de sangre brotó, manchando la camisa blanca de Luis. Anacleto gritó y rodó hacia un lado, herido.
—¡Mátenlo! —chilló Fernando—. ¡Maten a esa bestia! El Tuerto levantó el revólver para dar el tiro de gracia.
—¡ES SU HERMANO! —El grito salió de mi garganta antes de que pudiera pensarlo. Fue un grito desgarrador, que rasgó el aire y detuvo el tiempo.
El silencio que siguió fue más fuerte que los disparos. El Tuerto se congeló con el dedo en el gatillo. Fernando se quedó con la boca abierta. Luis, que se estaba levantando del suelo, se limpió la sangre de la cara y miró a Anacleto, que se agarraba el hombro herido, respirando con dificultad. —¿Qué dijiste? —preguntó Luis, con una voz que helaba la sangre. Se giró hacia mí—. ¿Qué dijiste, gata inmunda?
Yo estaba llorando, temblando, sabiendo que acababa de firmar mi sentencia de muerte y quizás la de todos. Pero ya no podía callar. La verdad estaba ahí, tirada en el suelo, sangrando. —Es su hermano —repetí, sollozando—. Nacieron la misma noche. Son trillizos. La señora Amelia… ella me obligó a esconderlo. Porque salió moreno. Porque no quería que el Patrón supiera.
Luis miró a Anacleto. Luego se miró las manos. Luego miró a Fernando. Empezó a reírse. Una risa seca, histérica, de loco. —¿Mi hermano? —dijo, pateando a Anacleto en las costillas—. ¿Este animal es mi hermano? ¿Estás diciendo que mi madre, la santa Doña Amelia, parió a este negro?
—Es la verdad… mírele la cara. Mírele los ojos. Son los ojos de su madre. El Tuerto se acercó. Agarró a Anacleto del pelo y le levantó la cara bruscamente para examinarlo. Anacleto gruñó de dolor, pero no bajó la mirada. El capataz lo estudió un momento. Luego miró a Luis. —Se parece, patrón —dijo El Tuerto con voz grave—. Tiene la nariz de la señora. Y la forma de la frente. Y… —miró el hombro sangrando de Anacleto—… tiene la misma marca de nacimiento en el cuello que usted, don Fernando. Esa manchita roja en forma de frijol.
Fernando se llevó la mano instintivamente a su cuello. El horror se pintó en sus caras. No era el horror de descubrir un familiar, era el horror de la vergüenza. El racismo y el clasismo que habían mamado desde la cuna les impedía ver a un ser humano; veían una mancha en su honor, un error asqueroso.
—Esto no puede salir de aquí —dijo Luis, y su voz cambió. Se volvió fría, calculadora. Ya no era un niño rico jugando a la guerra. Era un hombre decidiendo un asesinato—. Si mi padre se entera de que mi madre tuvo… esto… nos deshereda a todos. O la mata a ella. Y a nosotros nos convertirá en el hazmerreír de todo México. Hermanos de un indio.
Miró al Tuerto. —Mátalos —ordenó Luis—. A los tres. A la criada, al viejo y al… bastardo. Que parezca un accidente. Que se cayeron por el barranco.
El Tuerto sonrió, mostrando sus dientes amarillos. —Con gusto, patrón.
Levantó el arma apuntando a mi cabeza primero. Cerré los ojos. “Perdóname, Citlali”, pensé. Pero el disparo no sonó. Lo que sonó fue un silbido. Y luego, un crujido seco. Abrí los ojos. Una piedra, del tamaño de un puño, había golpeado al Tuerto en la sien. El capataz cayó como un costal de papas, inconsciente o muerto, no lo sé.
Miré hacia arriba. En la entrada de la cueva, El Mudo estaba de pie. Ya no parecía un viejo inútil. Tenía una honda en la mano y una furia en los ojos que daba miedo. Y detrás de él… detrás de él empezaron a salir sombras. No eran personas. Eran perros. Pero no perros normales. Eran coyotes. Una manada de coyotes que vivían en las cuevas altas y que Anacleto había alimentado durante años.
Los animales gruñían, mostrando los dientes, bajando lentamente hacia los gemelos. Luis y Fernando retrocedieron, pálidos de terror. Sus rifles estaban descargados o tirados. —¡Vámonos! —gritó Fernando, corriendo hacia los caballos. Luis dudó un segundo, mirando a Anacleto con un odio infinito. —Esto no se queda así —escupió—. Voy a volver con todos los hombres de la hacienda. Y te voy a quemar vivo.
Corrió hacia su caballo. Montaron a duras penas, mientras los coyotes les mordían los talones a las bestias. Salieron galopando camino abajo, dejando al Tuerto tirado en la tierra.
Me arrastré hacia Anacleto. —¡Hijo! ¡Hijo! —Le rompí la camisa para ver la herida. La bala había atravesado la carne del hombro, pero no parecía haber tocado hueso ni pulmón. Sangraba mucho. —Estoy bien, Nana —dijo, haciendo una mueca de dolor—. Estoy bien.
El Mudo bajó cojeando. Revisó al Tuerto. Le dio una patada. El capataz gimió. Estaba vivo. El Mudo me miró y me hizo una seña clara: pasarse el dedo por el cuello. Había que rematarlo. Si despertaba y hablaba…
—No —dijo Anacleto, deteniendo al Mudo—. No somos como ellos. —¡Anacleto, por Dios! —lloré—. ¡Si lo dejas vivo, le va a contar a Don Rogelio! ¡Nos van a cazar!
Anacleto se levantó con esfuerzo. Miró hacia el valle, hacia la hacienda que se veía a lo lejos como una mancha blanca en el verde. —Ya lo saben —dijo—. El secreto se acabó, Nana. Ya no hay vuelta atrás. Luis se lo dirá a su padre para salvar a su madre, o inventará que yo los ataqué. De todas formas, vendrán por nosotros.
Tenía razón. La guerra había empezado. —Tenemos que irnos —dije—. Lejos. A la costa. O al norte. —No —dijo Anacleto con firmeza—. No puedo correr con esta herida. Y el abuelo no aguantará el viaje. Además… —miró hacia la hacienda con una intensidad que me asustó—… esa es mi casa también. Esa es mi tierra.
—¿Qué estás diciendo? —Que ya me cansé de esconderme. Soy sangre de su sangre. Y si quieren guerra, les voy a dar guerra.
Atamos al Tuerto de pies y manos y lo metimos en el fondo de la cueva, amordazado. Esa noche curé a Anacleto con hierbas y telarañas para parar la sangre. La fiebre le subió un poco, pero era fuerte como un roble. Yo no pude dormir. Sabía que abajo, en la casa grande, el infierno se estaba desatando.
Y así fue. Al día siguiente, no subieron hombres. Subió el humo. Desde nuestra altura, vimos cómo prendían fuego a la parte baja del monte. Don Rogelio quería ahumarnos, obligarnos a bajar como ratas. El fuego empezó a subir, devorando los árboles secos por la sequía. Las llamas eran enormes, rugían como dragones.
—¡Nos van a quemar! —gritó El Mudo con señas desesperadas. Estábamos atrapados. El fuego venía de abajo y atrás teníamos el barranco imposible de bajar.
Pero entonces, Anacleto hizo algo que nunca olvidaré. Se paró en el borde del precipicio, mirando al cielo blanco y sin nubes. Se quitó el escapulario de madera que yo le había dado de bebé, ese que tenía tallada a la Virgen de la Lluvia. Levantó los brazos. No sé si rezó. No sé si maldijo. No sé si fue casualidad o si de verdad la sangre de sus ancestros indígenas tenía poder. Pero gritó. Un grito largo, gutural, que resonó más fuerte que el fuego.
Y el cielo respondió. Una nube negra, solitaria, apareció de la nada sobre el pico de la montaña. Fue rápido. El viento cambió de golpe. El olor a ozono llenó el aire. Y cayó el agua. No fue una lluvia normal. Fue un diluvio. Una cortina de agua helada y furiosa que cayó solo sobre el monte, apagando el incendio, convirtiendo la ceniza en lodo, salvándonos la vida.
Abajo, en la hacienda, dicen que vieron el milagro. Dicen que vieron cómo la lluvia protegía al “Nahual”. Pero el milagro trajo algo peor. Esa noche, cuando la lluvia paró, vi luces subiendo. Muchas luces. Antorchas. Pero no venían a pelear. Venía una sola persona a caballo, con una bandera blanca.
Era Citlali. Llegó empapada, llorando. —Mamá… —me dijo cuando la abracé—. Mamá, tienes que bajar. —¿Qué pasa? ¿Nos perdonan? —No… —Citlali miró a Anacleto con terror y pena—. El Patrón… Don Rogelio… le dio un ataque cuando los gemelos le contaron. Está medio muerto en la cama. —¿Y entonces? —Es la Señora. Doña Amelia. —¿Qué hizo?
Citlali tragó saliva. —Doña Amelia se volvió loca del todo. Dice que quiere ver a su hijo. Dice que quiere pedirle perdón antes de morir. Y dice… dice que si Anacleto baja y se presenta, ella confesará todo ante el cura y le dará su parte de la herencia. Pero si no baja… —Citlali se echó a llorar—. Si no baja, ha jurado que quemará la choza donde vivimos nosotras, con mi abuela adentro.
Era una trampa. Olía a trampa a kilómetros. Pero miré a Anacleto. Él estaba escuchando. —Quiere verme —dijo él. —Te quiere matar —le dije yo. —Es mi madre —susurró él. Y en esa palabra había tanto dolor, tanta necesidad de pertenecer, que se me rompió el alma.
—No vayas —le rogué—. Vámonos al norte. Anacleto se puso la camisa manchada de sangre. Agarró su arco. —Voy a bajar —dijo—. Pero no voy a bajar como su hijo. Voy a bajar como su juez.
Miró a Citlali. —Llévame.
Bajamos los tres. El Mudo se quedó arriba, cuidando al Tuerto. El descenso fue silencioso. La hacienda estaba en calma, una calma tensa, eléctrica. Entramos por el patio principal. No había guardias. Eso me asustó más que si hubiera un ejército. Las puertas de la casa grande estaban abiertas de par en par.
Entramos. Mis pies sucios de lodo mancharon las alfombras persas. Anacleto caminaba con la cabeza en alto, mirando todo con curiosidad y desprecio. El lujo que le habían negado. La vida que le habían robado. Llegamos al salón principal.
Allí estaban. Doña Amelia, sentada en un sillón de terciopelo rojo, vestida de negro riguroso. Parecía un cadáver maquillado. A su lado, de pie, los gemelos Luis y Fernando, con trajes limpios pero con las caras golpeadas de la pelea de ayer. Tenían las manos en los bolsillos. Armados, seguro. Y en una silla de ruedas, babeando, con medio cuerpo paralizado por el derrame, estaba Don Rogelio. Sus ojos se movían frenéticamente al vernos entrar.
—Has venido… —susurró Amelia. Su voz era un hilo de voz de tumba. Anacleto se detuvo a tres metros de ella. —Me mandaste llamar.
Amelia se levantó con dificultad. Caminó hacia él. Temblaba. Extendió una mano huesuda para tocarle la cara. Yo quería gritar, quería ponerme en medio, pero Citlali me sujetó el brazo. “Espera”, me susurró.
Amelia tocó la piel oscura de Anacleto. —Eres tú… —dijo, con una sonrisa torcida—. El pecado. Mi pecado. —Soy tu hijo —dijo Anacleto, firme.
La sonrisa de Amelia se borró. Sus ojos verdes destellaron con odio puro. —No —dijo—. Tú no eres mi hijo. Tú eres la prueba de mi vergüenza. Y las pruebas… se eliminan.
Dio un paso atrás y gritó: —¡AHORA!
Luis y Fernando sacaron las pistolas al mismo tiempo. Pero no apuntaron a Anacleto. Apuntaron a Don Rogelio. ¡BAM! ¡BAM! Dos disparos. El cuerpo del viejo Patrón se sacudió en la silla de ruedas y cayó inerte. Yo grité. Citlali gritó.
¿Qué estaba pasando? Luis se giró hacia nosotros, con la pistola humeante. Sonreía. —Pobre papá —dijo con sarcasmo—. El shock de ver al bastardo fue demasiado para su corazón. Y el bastardo… bueno, el bastardo se volvió loco, mató a mi padre y luego intentó matarnos a nosotros. Tuvimos que defendernos.
Era el plan perfecto. Matar al padre para heredar ya, y culpar al hermano perdido para deshacerse de él y limpiar el honor de golpe. Matar dos pájaros de un tiro.
—¡Malditos! —gritó Amelia—. ¡Maten a la criada y a la india también! ¡Que no queden testigos!
Fernando apuntó a Anacleto. —Adiós, hermanito.
Cerré los ojos esperando el fin. Pero no contaban con algo. No contaban con que Anacleto no había bajado solo. Desde las sombras del pasillo, desde las ventanas abiertas, empezaron a entrar. No eran coyotes esta vez. Eran los peones. Los trabajadores de la hacienda. Jacinto, Pedro, los mozos de cuadra, las cocineras. Entraron con machetes, con palos, con piedras.
Llevaban años sufriendo el abuso de los gemelos y de Don Rogelio. Años viendo cómo morían sus hijos de hambre mientras los patrones tiraban comida. Y alguien les había avisado. Citlali. Mi hija, mi valiente hija, no solo había subido a buscarme. Antes de subir, había pasado por las barracas. Había contado la verdad. Había dicho que el “Nahual” no era un monstruo, sino un hijo despojado, uno de los nuestros, que venía a hacer justicia.
—¡Baje el arma, don Luis! —gritó Jacinto, el capataz nuevo, con un machete en la mano. La sala se llenó de gente pobre, sucia, pero digna. Los gemelos se quedaron pálidos. Eran tres contra cincuenta.
Amelia miró a su alrededor, viendo cómo su mundo se desmoronaba. —¡Fuera de mi casa! —chilló—. ¡Animales!
Anacleto aprovechó la distracción. En un movimiento rápido, le quitó el arma a Fernando y le dio un culatazo en la nariz que lo dejó inconsciente. Luis soltó su pistola, levantando las manos, temblando como el cobarde que era.
Anacleto se paró en medio del salón. Miró el cuerpo muerto de Don Rogelio. Miró a su madre, que se mesaba los cabellos, loca. Miró a sus hermanos derrotados. Y luego me miró a mí.
—Esta casa está maldita —dijo Anacleto—. Quédense con ella. Quédense con su oro y su sangre. Yo no quiero nada de esto.
Se dirigió a la puerta. Los peones se apartaron con respeto para dejarlo pasar. Pero antes de salir, se detuvo frente a Amelia. —Me diste la vida —le dijo—. Pero ella —me señaló a mí— me enseñó a vivirla. Tú perdiste tres hijos esta noche, señora. Porque estos dos —señaló a los gemelos— son basura, y yo… yo ya no existo para ustedes.
Anacleto salió a la noche. Yo corrí tras él. Citlali también. —¿A dónde vas? —le pregunté en el patio. —Al monte, Nana. A donde pertenezco. Pero ya no voy a esconderme. El Tuerto hablará. La gente hablará. Sabrán quién soy. —Te van a buscar la policía, los rurales… te acusarán de la muerte del Patrón. —Que me busquen —sonrió por primera vez, una sonrisa triste pero libre—. El monte es grande. Y ahora sé que no estoy solo.
Me dio un beso en la frente. Agarró la mano de Citlali y la apretó un segundo, con una promesa muda en los ojos. Y desapareció en la oscuridad, rumbo a la sierra.
Regresé a la casa. Los peones tenían retenidos a los gemelos. Amelia lloraba sobre el cadáver de su marido. Sabía que mi vida en la Hacienda Santa Cruz había terminado. Teníamos que huir esa misma noche, Citlali y yo, antes de que llegaran las autoridades del pueblo. Pero mientras empacaba mis cuatro trapos, sentí una paz extraña. El secreto había salido. La herida estaba abierta, sangrando, pero al aire libre, donde podía sanar. Mi hijo prieto era libre. Y la leyenda del “Justiciero del Monte” apenas acababa de nacer.
Dicen que en los años que siguieron, durante la Revolución, bajaba un hombre de la sierra con un ejército de indios y campesinos. Dicen que no perdonaba a los hacendados abusivos. Dicen que tenía la piel oscura y los ojos verdes de un fantasma. Yo no sé si es verdad. Yo solo sé que cada noche, prendo una vela y rezo por él. Por Anacleto. El hijo que el destino despreció y que el amor salvó.
PARTE FINAL: EL JUICIO DEL VIENTO Y LA TIERRA
Salimos de la Hacienda Santa Cruz con la noche pegada a la espalda, como si la oscuridad misma nos viniera persiguiendo para cobrarnos la osadía. Citlali y yo no miramos atrás. No había nada que mirar, solo el eco de dos disparos que habían acabado con una era de tiranía y el silencio sepulcral de una casa grande que, por fin, empezaba a oler a muerto de verdad y no solo a alma podrida.
Caminamos hasta que los pies se nos ampollaron y las ampollas se reventaron, sangrando sobre los huaraches viejos. El miedo no se nos quitó hasta que cruzamos tres pueblos y llegamos a San Juan del Río, un lugar donde nadie conocía nuestros nombres ni nuestra historia. Allí, entre callejones de piedra y gente que vivía al día, nos volvimos invisibles.
Nos alquilamos en un cuartucho de adobe que olía a humedad y a frijoles rancios, pero para nosotras era un palacio porque la puerta tenía tranca y la llave la teníamos nosotras. Nadie nos gritaba, nadie nos mandaba callar. Yo empecé a lavar ajeno y a tortear para vender en el mercado; Citlali, con esa fuerza que le heredó al monte, aprendió a coser y a leer mejor de lo que cualquier patrón hubiera querido.
Pero el olvido es un lujo que los pobres no tenemos.
Las noticias vuelan, y en México, las malas noticias tienen alas de zopilote. A las pocas semanas, en el mercado, entre el regateo de los jitomates y el chisme de las comadres, escuché lo que pasó después de nuestra huida.
Decían que en la Hacienda Santa Cruz el diablo se había soltado. Decían que Don Rogelio había muerto de un “infarto fulminante” provocado por el dolor de ver sus tierras invadidas por la chusma —mentira podrida que los ricos inventaron para tapar el parricidio—. Decían que Doña Amelia había enloquecido, que se paseaba por los corredores vestida de negro, gritando nombres que nadie conocía, y que los gemelos, Luis y Fernando, habían tomado el control.
Y vaya control. Si con el padre la vida era dura, con los hijos se volvió un infierno. Aumentaron las cuotas, bajaron los sueldos, volvieron a usar el látigo y el derecho de pernada con las muchachas. La hacienda, que antes brillaba de limpia, se empezó a caer a pedazos porque el odio no sabe construir, solo sabe exprimir. La gente empezó a huir, los campos se quedaron baldíos y el ganado se murió de pura tristeza o de hambre.
Pero lo que más me hacía temblar, lo que me hacía persignarme cada vez que soplaba el viento del norte, eran los otros rumores. Los que se contaban en susurros, mirando a los lados por si pasaban los Rurales.
Hablaban de un hombre en la sierra.
Al principio decían que era un bandido. Luego, que era un espanto. Decían que bajaba de las peñas cuando la luna estaba llena, montado en un caballo negro que no hacía ruido al galopar. Decían que asaltaba las diligencias de los ricos, pero no se quedaba con el oro; lo repartía entre los peones de las rancherías olvidadas.
Lo llamaban “El Prieto”. Otros le decían “El Ojos de Gato”. Pero yo sabía quién era. Mi corazón de madre postiza, ese que no necesita sangre para sentir, me decía que mi Anacleto no había muerto, ni se había perdido. Se estaba forjando. El hierro se golpea en caliente para hacerse espada, y la vida lo estaba golpeando duro allá arriba.
Pasaron los años. Uno tras otro, lentos y pesados como carretas de bueyes. Mi pelo se puso blanco como la ceniza del fogón. Citlali se hizo mujer, una mujer seria, de mirada profunda, que ya no soñaba con vestidos bonitos, sino con justicia. Se juntaba con gente rara, con maestros rurales y obreros que hablaban de un tal Ricardo Flores Magón y de un papelito que llamaban “Regeneración”. Yo no entendía mucho de política, yo solo entendía de hambre y de dolor, pero veía en sus ojos el mismo fuego que vi en los de Anacleto aquella noche en la cueva.
Y entonces, el país estalló. Fue como cuando pones una olla de frijoles al fuego y le tapas la salida al vapor. Tarde o temprano, la tapa vuela y quema a todos. Era 1910. El nombre de Madero sonaba en todas las bocas. “Sufragio Efectivo, No Reelección”, gritaban. Pero en el campo, el grito era otro. Era “Tierra y Libertad”.
San Juan del Río se llenó de soldados federales y luego de revolucionarios. El mundo se volvió un caos de pólvora y sangre. Una tarde, Citlali llegó corriendo a la casa. Venía pálida, con el rebozo mal puesto. —Mamá —me dijo, con la voz entrecortada—. Tienes que venir. Han llegado noticias de Santa Cruz.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un piquete en el pecho—. ¿Se murió la Doña? —No. Es la guerra. Una tropa de alzados bajó de la sierra. Dicen que van a tomar la hacienda. Dicen que el comandante que los lidera quiere ajustar cuentas con los patrones.
Me agarré del marco de la puerta para no caerme. —¿Quién es el comandante? Citlali me miró a los ojos y sonrió, una sonrisa triste y orgullosa. —Le dicen “El General Coyote”. Pero la gente del pueblo dice que tiene la piel oscura y los modales de un príncipe perdido.
No lo dudé. Agarré mi chal, cerré la puerta de aquel cuartucho que nos había refugiado diez años y le dije a mi hija: —Vámonos. Tengo que verlo. Tengo que ver cómo termina esto.
El viaje de regreso fue un calvario. Los caminos estaban llenos de retenes, de colgados en los postes de telégrafo, de mujeres buscando a sus hijos entre los muertos. México estaba pariendo una nueva era y el parto era doloroso. Tardamos tres días en llegar a las afueras del Valle de Santa Cruz.
Lo que vimos desde la loma me heló la sangre y me la calentó al mismo tiempo. La hacienda, aquella fortaleza inexpugnable donde serví mi juventud, estaba sitiada. Humo negro salía de los graneros. Se escuchaban disparos de máuser, secos y rítmicos, como latigazos. Nos acercamos con cuidado, mezclándonos con los grupos de campesinos que miraban desde lejos, esperando ver caer a los que se creían dioses.
—¡Ya entraron! —gritó un viejo desdentado—. ¡Los muchachos del General Coyote ya rompieron el portón!
Corrimos. Mis piernas viejas sacaron fuerzas de la memoria. Quería llegar. Tenía que llegar antes de que la sangre tapara la verdad. Entramos al patio principal. Era un campo de batalla. Había cuerpos de guardias blancas tirados en la fuente, tiñendo el agua de rojo. Los peones de la hacienda, armados con machetes y palos, se habían unido a los revolucionarios. Era la venganza de décadas de humillación.
Y allí, en medio del caos, frente a las escalinatas de la casa grande, estaba él. Anacleto.
Ya no era el muchacho flaco y asustado que curé en la cueva. Era un hombre hecho y derecho. Llevaba un traje de charro gastado, color negro, lleno de polvo y carrilleras cruzadas al pecho. Un sombrero de ala ancha le cubría del sol, pero no podía ocultar esos ojos. Esos ojos verdes que brillaban como esmeraldas en medio de un rostro de bronce. Estaba montado en un caballo alazán, imponente, quieto en medio de la balacera, dando órdenes con una mano mientras con la otra sostenía las riendas.
—¡No quemen la casa! —gritaba con esa voz de trueno—. ¡La casa es del pueblo! ¡Solo saquen a las ratas!
Dos hombres arrastraron a los gemelos fuera de la mansión. Luis y Fernando. Dios mío, cómo los había tratado el tiempo y el vicio. Estaban gordos, abotagados, con la piel manchada por el alcohol. Lloraban y pataleaban como cerdos cuando los llevan al matadero. Los tiraron al polvo, a los pies del caballo de Anacleto.
El silencio se hizo en el patio. Cientos de ojos miraban la escena. El juicio final había llegado a Santa Cruz.
Anacleto bajó del caballo despacio. Sus espuelas de plata tintinearon. Ese sonido… me recordó al de Don Rogelio, pero este no era un sonido de miedo, era un sonido de justicia. Se paró frente a sus hermanos. Luis levantó la cabeza, con la nariz llena de sangre y moco. —¡Piedad! —chilló—. ¡Te damos lo que quieras! ¡Oro! ¡Tierras! ¡Todo es tuyo, hermano, todo es tuyo!
Anacleto lo miró con una lástima infinita. —No soy tu hermano —dijo suavemente—. Tú perdiste el derecho a llamarme así cuando intentaste cazarme como animal. Y no quiero tu oro, Luis. El oro no compra lo que ustedes perdieron.
—¿Qué quieres entonces? —gimió Fernando—. ¡Déjanos ir! —Quiero que trabajen —dijo Anacleto.
Hubo un murmullo de sorpresa entre la gente. ¿Trabajar? ¿No los iba a fusilar? —¿Qué? —preguntó Luis, confundido. —Esta tierra —Anacleto señaló los campos quemados— necesita manos. Ustedes la envenenaron con su avaricia. Ahora la van a curar con su sudor. No van a morir hoy. Eso sería demasiado fácil. Van a vivir. Van a vivir como vivieron mis abuelos, como vivió mi Nana. Van a saber lo que es levantarse antes del sol y acostarse con dolor de espalda y la panza vacía. Y si intentan huir… —Anacleto miró a sus hombres—… entonces sí, la justicia del monte los alcanzará.
Los peones vitorearon. Era un castigo peor que la muerte para aquellos soberbios. Ser iguales. Ser nadie.
—¡Falta una! —gritó alguien—. ¡Falta la bruja!
La puerta principal se abrió de nuevo. Salió Doña Amelia. Estaba sola. Nadie la arrastraba. Caminaba con dificultad, apoyada en un bastón de ébano. Llevaba un vestido de encaje antiguo, amarillento por los años, y joyas que brillaban ridículamente bajo el sol del mediodía. Su pelo era una maraña blanca y sus ojos… sus ojos estaban perdidos en algún lugar donde el tiempo no existía.
Bajó las escaleras sin mirar a los gemelos que lloraban en el polvo. Caminó directo hacia Anacleto. Se detuvo frente a él. Lo miró de arriba abajo, ladeando la cabeza como un pájaro curioso. —Rogelio… —susurró ella, con una sonrisa de niña enamorada—. Llegaste tarde a la fiesta, Rogelio. Los músicos ya se fueron.
Anacleto se quitó el sombrero. —No soy Rogelio, señora. Amelia parpadeó. Su cara se contorsionó en una mueca de confusión y luego, de repente, de lucidez aterradora. —Ah… —dijo, retrocediendo un paso—. Eres tú. El del monte. El que lloraba en la oscuridad. —Soy Anacleto.
Amelia soltó una carcajada seca, que sonó como hojas muertas pisadas. —Anacleto… Qué nombre tan feo te puso la sirvienta. Yo te iba a poner Alejandro. Como un rey. Pero naciste manchado. Naciste sucio.
La gente contuvo el aliento. El insulto flotaba en el aire. Anacleto no se movió. No mostró ira. Solo una profunda tristeza. —La suciedad se quita con agua, madre —dijo él—. Pero lo que tú tienes en el alma, ni todo el fuego de este infierno te lo va a limpiar.
—¿Me vas a matar? —preguntó ella, desafiante, levantando la barbilla—. Hazlo. Termina lo que empezaste al nacer. Arruinaste mi vida. Me quitaste mi pureza.
Anacleto negó con la cabeza. —Yo no te quité nada que tú no hubieras entregado ya. Y no, no te voy a matar. Nadie la va a tocar —gritó, para que todos oyeran—. Esta mujer es un fantasma. Déjenla vagar por su casa vacía. Que sus únicos compañeros sean sus recuerdos y su culpa. Que le sirvan la comida en plato de plata, pero que nadie le dirija la palabra. Ese será su castigo. La soledad absoluta.
Amelia lo miró con odio, pero también con miedo. Por primera vez, entendía que había perdido el poder. Se dio la media vuelta, temblando, y subió las escaleras de regreso a su mausoleo, murmurando cosas que nadie entendió.
Anacleto se giró hacia la multitud. Su mirada barrió las caras de los campesinos, de los soldados, hasta que se detuvo en un rincón del patio. Se detuvo en mí. Y en Citlali.
El tiempo se detuvo otra vez. Caminó hacia nosotras. La gente se abrió paso con respeto, como si pasara un santo. Yo sentí que las piernas me fallaban. Estaba tan grande, tan hombre, tan ajeno y tan mío a la vez. Se paró frente a mí. Olía a pólvora, a sudor de caballo y a monte. El mismo olor que traía aquella noche que se despidió.
—Nana… —dijo, y la voz se le quebró. Ya no era el General. Era mi niño. —Mi muchacho… —sollocé, estirando mis manos viejas para tocarle la cara, para asegurarme de que era de carne y hueso—. Estás vivo. —Gracias a ti —susurró, y me abrazó. Fue un abrazo que me recompuso todos los huesos rotos del alma. Me apretó fuerte, sin importarle que yo fuera una vieja lavandera y él el jefe de la revolución en la zona. Lloró en mi hombro, y yo lloré en su pecho lleno de cananas.
Luego miró a Citlali. —Hermanita —le dijo, sonriendo. Citlali, que nunca lloraba, tenía los ojos llenos de lágrimas. —Llegaste tarde, menso —le dijo ella, golpeándole el brazo—. Ya casi liberábamos la hacienda nosotras solas. Anacleto se rió. Una risa franca, limpia, que contagió a los que estaban cerca.
Esa noche, hubo fiesta en Santa Cruz. Pero no fue fiesta de patrones. Fue fiesta de pueblo. Se mataron las vacas de Don Rogelio y se hizo barbacoa para todos. Se abrieron las bodegas de vino y se brindó por la libertad. Los violines tocaron corridos, no valses. Yo me senté en un rincón, viendo cómo Anacleto bailaba con Citlali, viendo cómo la gente lo miraba con esperanza.
Pero yo sabía que esto no era el final feliz de los cuentos. Sabía que la guerra apenas empezaba. Sabía que Anacleto tendría que irse, que el destino de los héroes es morir jóvenes o vivir lo suficiente para ver cómo sus sueños se tuercen. Sin embargo, esa noche, solo esa noche, todo estaba bien.
Al amanecer, Anacleto vino a buscarme. Estábamos en la cocina, esa misma cocina donde años atrás yo temblaba de miedo con él en brazos. —Me tengo que ir, Nana —dijo, tomando café de olla en un jarro de barro—. Zapata nos llama en el sur. Villa se mueve en el norte. Esto es grande. —Lo sé, hijo. —Quiero que te quedes aquí. La hacienda es de ustedes ahora. Repártanla. Hagan una escuela. Que los niños aprendan a leer para que nadie los engañe nunca más. Cuida a Citlali. O mejor dicho, deja que ella te cuide a ti.
—¿Y tú? —le pregunté, sintiendo ese nudo en la garganta que nunca se va cuando uno despide a un hijo—. ¿Cuándo vuelves? Anacleto miró por la ventana, hacia el monte, hacia esa sierra azul que lo vio crecer. —Yo soy de allá, Nana. Y allá terminaré. Pero mientras haya un injusticia, mientras haya un niño despreciado por su color o su cuna, ahí andaré. No me reces como a un muerto, rézale a la vida.
Me besó las manos. —Te quiero, mamá Lupita. Tú fuiste mi verdadera madre. La sangre te la da cualquiera, pero el amor… el amor se suda y se llora.
Se montó en su caballo y salió al galope, seguido por su tropa. Lo vi perderse en el polvo del camino, con el sol naciente a sus espaldas, convirtiéndose en leyenda antes de desaparecer en el horizonte.
Han pasado muchos años desde ese día. Tantos que ya perdí la cuenta. Mis ojos ya casi no ven, están nublados por las cataratas, pero mi memoria está más clara que el agua del manantial. La Hacienda Santa Cruz ya no existe como tal. Ahora es el pueblo de “Villa Anacleto”. La casa grande es una escuela técnica donde los chamacos aprenden a cultivar la tierra y a leer libros gordos. Doña Amelia murió al poco tiempo de que se fueron los revolucionarios. La encontraron seca en su cama, con los ojos abiertos, mirando al techo. Nadie lloró. Los gemelos… bueno, Luis murió de una fiebre tifoidea trabajando en el campo. Fernando sobrevivió, pero se volvió un borrachín del pueblo que contaba historias de grandeza que nadie creía. Murió solo, en una zanja.
Citlali se casó con un maestro rural y tuvo tres hijos. Uno de ellos, el más chico, salió morenito, con los ojos verdes y grandes. Le pusimos Anacleto.
¿Y mi Anacleto? El General Coyote. Dicen que murió en una emboscada en Chinameca, junto a Zapata. Otros dicen que lo vieron cabalgando hacia el norte, para unirse a Villa. Y hay quien jura, los más viejos, que nunca murió. Que cuando las balas lo tocaron, se convirtió en coyote y se subió a la sierra, a cuidar el agua y el monte.
Yo no sé qué creer. Solo sé que estoy cansada. Mis huesos me dicen que ya es hora de ir a descansar, de ir a buscar a Doña Sebastiana y contarle que cumplimos. Estoy sentada en mi mecedora, en el corredor de la casa que Citlali construyó. El sol de la tarde me calienta la cara. Cierro los ojos y huelo a tierra mojada. Va a llover. Y en el sonido del viento que baja de la montaña, escucho un silbido. Un silbido dulce, como de pájaro, pero humano.
Sonrío. Ya vienen por mí. El monte me llama. La sangre llama a la sangre, pero el amor… el amor nos llama a todos a casa.
Ahí voy, mi niño. Ahí voy.
(FIN)