
El rugido de los motores de mi club, “Los Renegados”, rompía la calma de esa carretera polvorienta a las afueras de Ecatepec. El cromo brillaba bajo el sol implacable de México y el viento golpeaba mi cara, pero algo me hizo soltar el acelerador de golpe.
Mis “carnales” siguieron de largo, perdiéndose en el horizonte, pero yo no pude. Jack Reynolds se quedó atrás, pero aquí, yo soy Javier, y mis ojos no me engañaban.
Había una figura pequeña, parada en el acotamiento, luchando contra el viento que le azotaba la ropa desgastada. Era una niña, no mayor de siete años, con el cabello enmarañado y unos tenis llenos de polvo que pedían a gritos un cambio. Pero no fue su ropa lo que me paralizó; fue el pedazo de caja de cartón que sostenía con sus manitas temblorosas.
Decía, con letras chuecas de plumón negro: “Duque, buen perro. 50 pesos o lo que sea.”
Maté el motor de mi moto. El silencio cayó pesado, solo roto por los grillos y el jadeo del animal. Junto a ella, un Pastor Alemán imponente permanecía sentado, estoico, vigilando a su dueña con una lealtad que dolía ver.
Me quité los lentes oscuros. Mis botas pesadas crujieron en la grava al acercarme. La niña apretó el cartel contra su pecho, como si fuera un escudo. Tenía los ojos rojos, hinchados de tanto llorar.
—¿Vendes a tu perro, mija? —pregunté, mi voz salió más rasposa de lo que quería.
Ella asintió, tragando saliva.
—Sí, señor. Es buen perro. No muerde… a menos que me quieran hacer daño.
Miré al perro. Duque me sostuvo la mirada, movió la cola una sola vez y luego bajó la cabeza, avergonzado, como si entendiera la tragedia que estaba ocurriendo. No era un perro callejero; tenía el pelo limpio. Era familia.
—¿Por qué lo vendes? —insistí, sintiendo un nudo en la garganta que no sentía desde que perdí a mi propia hija años atrás.
La niña bajó la mirada a sus zapatos rotos. Su voz fue un susurro que me partió el alma.
—Mi mamá dice que pronto estaremos bien, pero no es cierto. No ha comido en dos días, señor. Dice que no tiene hambre, pero le ruge la panza. Yo y Duque compartimos unas galletas Marías que encontramos, pero… —se le quebró la voz— mamá necesita comer. Si vendo a Duque, tal vez pueda comprarle unos tacos o algo.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. La inocencia destrozada por la necesidad. Estaba dispuesta a perder a su único amigo, su protector, solo para que su madre no se m*riera de hambre.
En ese momento, Duque hizo algo que terminó de romper mis barreras. Levantó su pata y la puso suavemente sobre mi bota de cuero. Me miró fijamente y soltó un gemido bajo. No era un truco; era una súplica.
—¿Y tú crees que yo te lo voy a quitar? —le dije suavemente, agachándome a su altura.
—¿Lo cuidaría bien? —preguntó ella con lágrimas corriendo por sus mejillas sucias—. Le gustan las caricias en la panza.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolió. Sabía que no podía dejarla ahí. Pero tampoco podía comprar al perro y largarme. Había una historia detrás de esto, una que olía a abandono y desesperación.
—Te propongo algo —dije, poniéndome de pie y proyectando mi sombra sobre ellos—. No quiero tu perro. Pero quiero conocer a tu mamá.
La niña me miró asustada.
—Llevame a tu casa, niña. Ahora.
Lo que encontré al final de ese camino de tierra no solo me enfureció… me dio una razón para vivir que creí haber perdido para siempre.
LA VERDAD OCULTA EN EL CANTÓN OLVIDADO
El camino hacia la casa de la niña no era largo en distancia, pero cada paso se sentía como una marcha forzada hacia el infierno de la indiferencia humana. Empujaba mi Harley apagada, el peso de la máquina de trescientos kilos me ayudaba a mantener los pies en la tierra, mientras mis botas de cuero levantaban pequeñas nubes de polvo en aquel sendero de terracería olvidado por Dios y por el municipio.
Ecatepec tiene zonas donde el asfalto es un lujo y el gris del cemento sin acabar es el color oficial del paisaje. Mientras caminábamos, el sol de la tarde caía a plomo, quemando la nuca, pero a la pequeña Lupita parecía no importarle. Ella iba adelante, guiándome con una dignidad extraña para su edad, con una mano aferrada al lomo de Duque y la otra sosteniendo todavía ese maldito cartel de cartón que me había destrozado el alma minutos antes.
—Ya casi llegamos, señor —dijo ella, volteando a verme con esos ojos grandes y oscuros que habían visto demasiada miseria demasiado pronto.
—No me digas señor, dime Javier —gruñí, tratando de sonar amable, aunque mi voz de fumador empedernido siempre sonaba como si estuviera regañando a alguien.
—Está bien, Don Javier —respondió ella.
Duque caminaba pegado a su pierna, cojeando ligeramente. Me fijé bien y no era cojera por dolor, era cansancio. El animal estaba tan desnutrido como la niña, pero mantenía la cabeza alta, olfateando el aire, vigilando que ninguna amenaza se acercara a su pequeña humana. Ese perro valía más que la mitad de las personas que conocía.
El barrio se volvía más hostil conforme avanzábamos. Casas a medio terminar, varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores, perros callejeros ladrando desde azoteas sin barandal y grafitis de pandillas locales marcando territorio en paredes despintadas. La gente se asomaba por las ventanas o desde las cortinas de los negocios; me miraban con desconfianza. Un tipo como yo, con chaleco de cuero, parches de “Los Renegados” en la espalda, tatuajes subiendo por el cuello y empujando una bestia de acero, no solía traer buenas noticias por estos rumbos. Normalmente, si nosotros aparecíamos, era para cobrar deudas o arreglar problemas a golpes.
Pero hoy no. Hoy yo era el escolta de una niña de siete años y su perro.
—Es aquí —dijo Lupita, deteniéndose frente a una estructura que apenas calificaba como vivienda.
Sentí que la sangre se me helaba. No era una casa, era un cuarto de obra negra con techo de lámina de asbesto, rodeado por una malla ciclónica remendada con alambres y trozos de madera podrida. El patio era tierra pura, donde un triciclo viejo y oxidado yacía volcado, un recuerdo de tiempos mejores.
Duque se adelantó y empujó la puerta de madera hinchada con el hocico. Las bisagras chillaron, un sonido agudo y triste que resonó en el silencio de la calle.
—Pásale, Don Javier. Pero tenga cuidado con el escalón, está roto —advirtió la niña.
Dejé la moto apoyada en la pata de cabra afuera, asegurándome de bloquear el manubrio. Nadie en su sano juicio tocaría la moto de un Renegado, pero en la necesidad, el miedo a veces pierde contra el hambre. Me quité los guantes, los guardé en el casco y entré.
El cambio de luz me cegó por un instante. Adentro, el aire estaba viciado, pesado, caliente. Olía a encierro, a humedad y a ese olor inconfundible y metálico de la enfermedad. Mis ojos tardaron unos segundos en ajustarse a la penumbra. Las ventanas estaban cubiertas con trapos viejos para evitar que entrara el calor, pero solo lograban atrapar el bochorno adentro.
No había muebles, o al menos, no lo que uno consideraría muebles. Unas cajas de plástico servían de sillas, una mesa de madera coja recargada contra la pared y, en el rincón, un colchón tirado directamente sobre el suelo de cemento pulido.
Sobre el colchón había un bulto cubierto con una sábana delgada.
—¿Mamá? —susurró Lupita, acercándose con cautela—. Te traje a alguien. No vendí a Duque, pero… este señor quiere hablar contigo.
El bulto se movió. Una tos seca y rasposa rompió el silencio, una tos que sonaba dolorosa, profunda. La mujer se incorporó lentamente, apoyándose en un codo. Estaba pálida, con la piel pegada a los huesos, y unas ojeras profundas y moradas que le daban aspecto de calavera. Debía ser joven, quizás treinta y tantos años, pero la vida le había pasado una factura de cincuenta.
—¿Lupita? —su voz era un hilo quebradizo—. ¿Qué hiciste, mija? Te dije que no salieras… te dije que es peligroso.
Sus ojos se posaron en mí y el pánico la invadió. Intentó cubrirse más con la sábana, avergonzada de su estado, de su pobreza, de su vulnerabilidad ante un desconocido gigante vestido de cuero negro.
—Señora, tranquila —me adelanté, levantando las manos para mostrar que estaban vacías—. No vengo a molestar. Me llamo Javier. Me encontré a su hija en la carretera.
La mujer, que después supe se llamaba Elena, miró a su hija con una mezcla de terror y alivio.
—Señor, no tenemos dinero… si viene a cobrar algo, o si busca problemas, por favor, aquí no hay nada —dijo ella, con la respiración agitada.
—No busco dinero, jefa —dije, usando el tono más suave que pude, el mismo que usaba con mi hija Sofi antes del accidente—. Vi el cartel. Vi lo que la niña quería hacer.
Elena cerró los ojos y dos lágrimas rodaron por sus mejillas hundidas.
—Le dije que no lo hiciera… —sollozó—. Le dije que no podíamos vender a Duque. Él es lo único que nos queda.
Duque, al escuchar su nombre, se acercó al colchón y lamió la mano de la mujer. Ella acarició la cabeza del animal con dedos temblorosos. Era una imagen que podría haber roto el corazón de una piedra.
Miré alrededor. La cocina era un rincón con una parrilla de gas de una sola hornilla conectada a un tanque pequeño que parecía vacío. Abrí el refrigerador viejo que zumbaba en la esquina. La luz de adentro parpadeó. Estaba vacío. Completamente vacío. Solo había una botella de agua a medio llenar y un limón seco. Ni leche, ni tortillas, ni huevos. Nada.
La rabia empezó a burbujear en mi estómago. No era rabia contra ellas, era rabia contra el mundo, contra el sistema, y contra quien sea que las hubiera dejado así.
—¿Cuánto tiempo llevan así? —pregunté, cerrando la puerta del refri con cuidado.
—Semanas… —murmuró Elena—. Desde que él se fue.
—¿Él? —pregunté, sintiendo que mis puños se cerraban solos.
Lupita se sentó en el suelo junto a Duque y empezó a jugar con las orejas del perro, tratando de no escuchar, pero atenta a cada palabra.
Elena suspiró, un sonido que parecía vaciarle los pulmones por completo.
—Mi esposo. Daniel. Teníamos una vida… no éramos ricos, pero comíamos. Él trabajaba en la construcción, era buen maestro de obra. Yo cosía ajeno. Teníamos planes, señor Javier. Queríamos echar el piso arriba, arreglar el cuarto de la niña.
La mujer hizo una pausa para toser de nuevo. Lupita corrió a darle un poco de agua del vaso que tenían junto a la cama.
—¿Qué pasó? —insistí. Necesitaba saber. Necesitaba un nombre. Necesitaba un culpable.
—Lo corrieron de la obra. Hubo recorte de personal. Le dieron su liquidación, un buen dinero. Pensamos que con eso podríamos poner un negocito, una tiendita de abarrotes aquí mismo. Pero… él cambió. Se empezó a juntar con gente mala. Gente de motos, como usted… con todo respeto.
Me tensé. El mundo de los clubes de motociclistas tiene códigos. Hay hermandades, hay respeto, pero también hay basura. Escoria que usa el chaleco para intimidar y delinquir.
—Empezó a beber —continuó Elena—. Se gastaba el dinero de la liquidación en las cantinas. Llegaba tarde, agresivo. Decía que yo lo asfixiaba, que Lupita era una carga, que él merecía ser libre, sentir el viento. Un día, simplemente empacó. Agarró lo que quedaba del dinero, vendió el cochecito que teníamos, un Vocho viejo, y se largó.
—Se llevó todo —dijo Lupita desde el suelo, con una voz pequeña pero llena de rencor—. Hasta los ahorros de mi alcancía se llevó. Dijo que los necesitaba para la gasolina.
Sentí una punzada en la sien. Un “padre” que le roba a su hija para largarse es lo más bajo que existe en la cadena alimenticia. Ni las ratas hacen eso.
—¿Sabe dónde está? —pregunté, mi voz volviéndose fría y calculadora.
Elena negó con la cabeza, pero luego dudó. Señaló hacia una caja de cartón en la esquina.
—Dejó algunas cosas que no le servían. Papeles viejos, basura… y una foto. La rompió, pero yo la pegué porque… porque Lupita sale en ella.
Caminé hacia la caja. Mis botas resonaban en el cuarto vacío. Rebusqué entre recibos de luz vencidos y propaganda electoral hasta que encontré el marco de madera barato. El vidrio estaba estrellado, pero la foto estaba ahí, unida con cinta adhesiva transparente.
Era una foto reciente. Daniel, un tipo moreno, robusto, con barba de candado y cara de pocos amigos, posaba junto a una moto negra, una chopper modificada. Tenía una mano sobre el manubrio y la otra sosteniendo una cerveza. Lupita, más pequeña, sonreía inocentemente en una esquina de la foto, ajena a la maldad del hombre.
Pero mis ojos no se quedaron en la cara de Daniel. Mis ojos bajaron a su pecho, a su chaleco de mezclilla.
Ahí estaba. El parche.
Sentí como si me hubieran inyectado hielo en las venas. El parche no era de cualquier club de fin de semana. Era un cráneo de ave con alas extendidas sobre un engrane.
“Los Buitres de Hierro”.
El aire se me escapó de los pulmones. Los Buitres. No eran solo una banda rival; eran enemigos jurados de Los Renegados. Años atrás, en una disputa por territorio y respeto en la frontera con Hidalgo, Los Buitres habían emboscado a dos de mis hermanos, “El Gato” y “Tigre”. Los dejaron inválidos. Fue una guerra que duró meses y dejó cicatrices que todavía picaban cuando hacía frío.
Y ahora resultaba que uno de esos malnacidos había abandonado a su propia sangre, a una niña y a una mujer enferma, para irse a rodar con esa pandilla de cobardes. La ironía era tan amarga que casi podía saborear la bilis en mi boca. Un Buitre dejando morir de hambre a su familia mientras él probablemente se gastaba el dinero robado en alcohol y mujeres baratas al otro lado de la ciudad.
Apreté el marco con tanta fuerza que el vidrio terminó de romperse, cortándome levemente el pulgar. El dolor me trajo de vuelta a la realidad.
—Conozco ese parche —dije en voz baja.
Elena me miró con miedo.
—¿Son amigos suyos?
Solté una risa seca, sin humor.
—No, señora. Son todo lo contrario. Son la razón por la que a veces el diablo no duerme tranquilo, porque sabe que tiene competencia.
Me giré hacia ellas. Vi a Lupita abrazando a Duque. Vi a Elena, derrotada, esperando que yo me fuera para seguir muriendo en silencio. Y de repente, ya no vi a Lupita. Vi a Sofi.
Mi hija Sofía tenía seis años cuando murió. Fue un accidente de coche. Yo manejaba. Un conductor borracho se pasó el alto y nos embistió. Yo salí con costillas rotas y una pierna destrozada; ella no salió. Desde ese día, vivo con un hueco en el pecho del tamaño del universo. He tratado de llenarlo con kilómetros de carretera, con peleas, con alcohol, con ruido. Pero el silencio de la ausencia de una hija es ensordecedor.
Ver a Lupita ahí, dispuesta a sacrificar su felicidad por su madre, me hizo sentir algo que creí muerto: Propósito.
No pude salvar a Sofi. No pude protegerla del metal retorcido y el destino cruel. Pero aquí, en este cuarto miserable de Ecatepec, había una niña que todavía respiraba, una madre que todavía podía salvarse.
Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón. Saqué mi cartera. No traía una fortuna, apenas unos tres mil pesos que había cobrado de una chamba en el taller mecánico esa mañana. Saqué todos los billetes.
Caminé hacia la mesa coja y los puse ahí, alisándolos con la palma de mi mano ensangrentada.
—Tenga, jefa —dije.
Elena abrió los ojos como platos.
—No, señor, yo no puedo aceptar eso… es mucho dinero, no tengo cómo pagarle.
—Nadie le está cobrando nada —la corté tajantemente—. Esto es para comida. Comida de verdad. Carne, leche, verduras. Y medicinas. Vaya a la farmacia de la esquina y compre lo que necesite para esa tos.
—Pero… ¿por qué? —preguntó ella, con la voz rota por el llanto inminente.
Me agaché frente a Lupita. Ella me miraba con asombro, aferrada a la peluda nuca de Duque.
—Porque los perros no se venden, mija. Los amigos no se venden. Y porque ningún niño debería tener hambre.
Le acaricié la cabeza. Su cabello estaba enredado, pero se sentía suave.
—Voy a volver —les dije, poniéndome de pie y poniéndome los lentes oscuros para que no vieran que mis propios ojos se estaban cristalizando—. No están solas. Ya no.
Salí de esa casa como si me persiguieran los demonios. El sol seguía brillando afuera, pero el mundo se sentía diferente. Me subí a la Harley, encendí el motor y el rugido del escape V-Twin sacudió las ventanas de las casas vecinas.
Arranqué levantando tierra. No fui a mi casa. Fui directo al Club House de Los Renegados.
El trayecto fue borroso. Mi mente era un torbellino. Pensaba en Daniel. Pensaba en ese parche de Los Buitres. Pensaba en Lupita y su letrero de cartón. La rabia se transformó en un plan frío y calculado. No se trataba solo de caridad. Se trataba de justicia. Y en mi mundo, la justicia se sirve caliente y con olor a gasolina.
Llegué al taller que usábamos como sede. Era un galerón viejo con techo de lámina, lleno de herramientas, refacciones, olor a grasa y rock clásico sonando en una bocina vieja.
Mis “carnales” estaban ahí. El “Chato” estaba limpiando el carburador de su Shadow. “Rigo”, el más grande de todos, estaba comiéndose una torta cubana que parecía miniatura en sus manos gigantes. “Troy”, el novato, estaba barriendo el piso.
Entré sin quitarme el casco hasta llegar a la mesa central. Lo azoté contra la madera con tal fuerza que la botella de cerveza del Chato saltó y se derramó.
La música se detuvo. Todos voltearon a verme. Sabían leer mi lenguaje corporal. Sabían que cuando Javier azotaba el casco, algo gordo estaba pasando.
—¿Qué traes, Javier? —preguntó Rigo, limpiándose la salsa de la boca con el dorso de la mano—. ¿Quién se murió?
—Nadie todavía —gruñí, caminando de un lado a otro como león enjaulado—. Pero acabo de ver algo que me revolvió las tripas.
Les conté todo. Les hablé de la carretera. De la niña. Del perro. Del letrero de 50 pesos. Les describí la casa, el refrigerador vacío, la enfermedad de la madre. Vi cómo sus expresiones cambiaban. Los motociclistas podemos ser unos bastardos malhablados, podemos ser violentos si nos provocan, pero hay una regla sagrada: Con los niños no se mete nadie. Y ver sufrir a un niño es algo que no toleramos.
Cuando llegué a la parte de Daniel, hice una pausa dramática.
—La señora me enseñó una foto del marido que las abandonó —dije, mirando a cada uno a los ojos—. El cobarde que las dejó morir de hambre se llevó todo el dinero y se largó a rodar con otro club.
—¿Quiénes? —preguntó Troy, apretando el palo de la escoba.
—Los Buitres de Hierro —solté la bomba.
El silencio que siguió fue absoluto. Pude ver cómo se tensaban las mandíbulas. El Chato tiró el trapo con grasa al suelo con violencia.
—¡Hijos de su perra madre! —gritó Rigo, golpeando la mesa con su puño masivo, haciendo temblar las herramientas colgadas en la pared—. ¡Un Buitre! ¡Tenía que ser una de esas ratas!
—Abandonó a su propia hija para irse con ellos —continué, echando gasolina al fuego—. La dejó vendiendo a su perro en la carretera por un taco, mientras él probablemente se siente muy hombre rodando con nuestro parche enemigo.
Me paré en el centro del taller.
—No vamos a dejar esto así. Esa niña, Lupita… tiene la edad que tenía mi Sofi. Y no voy a permitir que pase una noche más con hambre.
—¿Qué necesitas, carnal? —preguntó el Chato, poniéndose de pie inmediatamente. Ya no había dudas, ni preguntas. Había acción.
—Necesitamos todo —ordené, asumiendo el mando—. Rigo, tú conoces al de la maderería, necesitamos láminas, barrotes, cemento. Esa casa se está cayendo a pedazos. Chato, agarra la camioneta, vamos a la central de abastos. Quiero comida para un mes. Leche, huevo, carne, verduras, croquetas para el perro. Las mejores croquetas que encuentres, nada de esas baratas que son puro aserrín.
—¡Simón! —respondieron al unísono.
—Troy —señalé al novato—, tú vas a investigar. Quiero saber dónde se meten Los Buitres estos días. Quiero saber en qué agujero está escondido ese tal Daniel. No vamos a ir hoy por él. Primero salvamos a la niña. Pero cuando la casa esté lista… vamos a ir a hacerle una visita de cortesía.
Troy asintió, con una sonrisa maliciosa cruzando su rostro joven.
—Consideralo hecho, Javier.
—¡Vámonos! —grité—. ¡Hoy no rodamos por placer! ¡Hoy rodamos por la familia!
El rugido de diez motocicletas encendiéndose al mismo tiempo dentro del taller fue ensordecedor. Era un sonido de guerra, pero esta vez, era una guerra contra la miseria.
Salimos en formación. Yo iba a la cabeza. Mientras aceleraba por la avenida principal de regreso a la zona pobre, sentí que el viento secaba el sudor de mi frente. Miré al cielo, que empezaba a teñirse de naranja con el atardecer.
“Esto va por ti, Sofi”, pensé. “Y por ti, Duque, buen perro”.
Llegamos al supermercado como una invasión vikinga. La gente se apartaba asustada al ver entrar a diez tipos barbudos, tatuados y vestidos de cuero, marchando por los pasillos empujando carritos de compras.
—¡Órale, Rigo, agarra pañales… ah no, la niña ya está grande! —bromeaba el Chato, tratando de aligerar la tensión, pero sus ojos estaban serios.
Llenamos tres carritos. La cajera nos miraba con las manos temblorosas mientras pasaba kilos de arroz, frijol, latas de atún, paquetes de galletas, juguetes y un costal gigante de croquetas “Pedigree”.
—¿Son… son para una fiesta? —preguntó la chica con voz tímida.
—No, señorita —le contesté, sacando un fajo de billetes que habíamos juntado entre todos, vaciando nuestros bolsillos y el fondo de “emergencias” del club—. Son para una princesa que perdió su castillo.
Pagamos y cargamos todo en la camioneta de apoyo que venía detrás de las motos. El sol ya se había ocultado cuando volvimos a enfilar hacia la casa de Lupita.
Al llegar, la calle estaba oscura. Solo una lámpara de alumbrado público parpadeaba a lo lejos. El ruido de nuestros motores rompió la noche. Vi cómo se encendían las luces de los vecinos. Cortinas moviéndose. Murmullos.
Nos estacionamos en fila frente a la casucha. Apagué el motor y el silencio volvió, pero esta vez se sentía cargado de electricidad positiva.
Lupita salió al patio, abrazada a Duque. El perro ladró, un ladrido fuerte y profundo, de advertencia.
—¡Tranquilo, Duque! —gritó la niña.
Elena se asomó por la puerta, apoyada en el marco, con una mano en el pecho. Al ver a diez hombres gigantes en su patio, casi se desmaya del susto.
—¡Buenas noches! —grité para que me escucharan—. ¡Llegó la caballería!
Me acerqué a la reja. Lupita corrió hacia mí.
—¡Don Javier! ¡Volvió!
—Te dije que volvería, mija. Y traje a mis amigos.
Mis carnales empezaron a bajar las cosas de la camioneta. Cajas y cajas de comida. Rigo cargaba el costal de croquetas al hombro como si fuera una pluma. El Chato traía un colchón nuevo que habíamos comprado de paso en una mueblería que estaba cerrando. Troy traía una caja de herramientas y unos focos LED para cambiar la iluminación de la casa.
Elena salió, arrastrando los pies, llorando abiertamente.
—No entiendo… —decía ella, cubriéndose la boca con las manos—. ¿Por qué hacen esto? Nadie hace esto por nadie hoy en día.
Me paré frente a ella, me quité las gafas oscuras y la miré fijamente.
—Señora, su marido es una basura que le da mal nombre a los hombres y peor nombre a los motociclistas. Nosotros no somos como él. Nosotros somos Los Renegados. Y Los Renegados cuidan a los suyos. Y desde hoy, usted, la niña y el perro, son parte de la manada.
Esa noche, la casucha en obra negra se transformó. Troy y yo instalamos luz eléctrica decente, tirando cables nuevos desde el poste (con una pequeña “mordida” al sistema, al estilo mexicano). Rigo y el Chato limpiaron el patio, sacando la basura y los escombros. Otros cocinaron unos tacos de bistec en un anafre improvisado en el patio.
El olor a carne asada llenó el aire, reemplazando el olor a enfermedad.
Me senté en un bloque de cemento, viendo cómo Lupita se comía un taco con una voracidad que me dolía, pero con una sonrisa que iluminaba todo el barrio. Duque estaba a su lado, devorando un plato lleno de croquetas y carne.
El perro levantó la vista, masticando, y me miró. Movió la cola. Un simple movimiento, pero para mí fue como una medalla de honor.
Sin embargo, mientras veía esa escena de alegría, mi mente estaba en otro lado. Mi mente estaba visualizando la foto de Daniel.
“Disfruta tu libertad mientras puedas, Buitre”, pensé, apretando los dientes. “Porque ya te ubicamos. Y cuando terminemos de arreglar este techo, voy a ir a buscarte. Y te voy a enseñar lo que significa la lealtad.”
La noche avanzaba, y las risas de mis hermanos bromeando con Lupita llenaban el vacío. Por primera vez en años, no me sentía solo. Pero la misión apenas comenzaba. La redención tiene un precio, y a veces, ese precio se paga con sangre. Y yo estaba dispuesto a cobrar la factura.
—Jefe —me susurró Troy al oído, interrumpiendo mis pensamientos. Me mostró la pantalla de su celular.
Era un perfil de Facebook. “Daniel ‘El Alacrán’ Morales”. Foto de perfil: Él con su chaleco de Los Buitres, brindando en un bar llamado “La Última Gota” en la zona roja de la ciudad. La publicación era de hace dos horas. Decía: “Aquí disfrutando la vida loca, sin ataduras, puro pa’ delante con la hermandad.”
Sentí cómo se me calentaba la sangre. Sin ataduras. Así llamaba a dejar a su hija morir de hambre.
Miré a Lupita, que ahora reía mientras el Chato le enseñaba cómo hacer sonar el claxon de su moto.
Miré la pantalla del celular de nuevo.
—Prepara las motos mañana temprano, Troy —le dije en voz baja, para que Elena no escuchara—. Mañana vamos a ir a ese bar.
—¿A hablar? —preguntó Troy.
Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos.
—No, carnal. Mañana no vamos a hablar. Mañana vamos a darle a ese “Alacrán” una lección de anatomía. Vamos a ver si sus “hermanos” Buitres lo defienden cuando vean llegar a la tormenta.
La noche en Ecatepec nunca había sido tan hermosa y tan peligrosa al mismo tiempo. La niña dormía segura, con la panza llena. El perro vigilaba. Y nosotros, Los Renegados, estábamos listos para la guerra.
LA CACERÍA DEL ALACRÁN Y EL JUICIO DEL ASFALTO
El amanecer en Ecatepec tiene un color particular; una mezcla de gris smog y naranja quemado que te recuerda que estás en una jungla de concreto donde solo los fuertes sobreviven. Me desperté antes de que sonara la alarma, con esa sensación eléctrica recorriéndome la espalda, la misma que sentía en mis años mozos antes de una pelea grande. Mis nudillos ya me palpitaban, como si supieran que hoy iban a conocer hueso ajeno.
Me levanté de mi catre en la parte trasera del taller. El olor a aceite de motor y gasolina vieja es mi perfume de cada mañana, pero hoy se mezclaba con algo más: el aroma metálico de la venganza. Me vestí con la calma de un verdugo. Primero las botas, ajustando bien los cordones; cada tirón era un recordatorio de que hoy caminaríamos sobre terreno hostil. Luego los jeans reforzados, la playera negra y, finalmente, el chaleco. Mi “cut”. La piel curtida de ese chaleco había visto lluvia, sangre, asfalto y lágrimas. Al ponérmelo, dejé de ser Javier, el mecánico que llora a su hija muerta, y me convertí de nuevo en el Presidente de “Los Renegados”.
Salí al patio principal del taller. Mis carnales ya estaban ahí. No tuve que decirles la hora; la lealtad tiene su propio reloj. Rigo estaba revisando la presión de las llantas de su Road King, su rostro, normalmente bonachón, era una máscara de piedra. El Chato limpiaba sus lentes oscuros con una devoción casi religiosa. Troy, el novato, estaba nervioso, rebotando sobre las puntas de sus pies, con la adrenalina de la juventud queriendo salir disparada.
—¿Todos listos? —pregunté, mi voz rompiendo el silencio matutino.
—Simón, jefe —respondió Rigo, su voz retumbando como un trueno lejano—. Las nenas están listas y nosotros también.
Me acerqué a ellos. No era una rodada de domingo. No íbamos a desayunar barbacoa a Tres Marías. Íbamos a meternos en la boca del lobo.
—Escuchen bien —dije, mirándolos uno por uno—. Vamos a un bar controlado por Los Buitres. Es territorio enemigo. No quiero héroes, quiero soldados. No vamos a matar a nadie, porque no quiero que ninguno de ustedes termine en el Reclusorio Norte por una rata como Daniel. Pero vamos a dejar un mensaje. Un mensaje que les va a doler hasta cuando respiren. ¿Entendido?
—Entendido —respondieron al unísono.
—El objetivo es Daniel Morales, alias “El Alacrán” —continué—. A él lo quiero vivo y consciente el mayor tiempo posible. Los demás Buitres… si se meten, se llevan su merecido. Si se quedan quietos, los dejamos mirar.
—¿Y si sacan “cuetes”? —preguntó el Chato, refiriéndose a las armas de fuego.
Me toqué la cintura, donde llevaba una llave inglesa de acero sólido escondida, y negué con la cabeza.
—Los Buitres son muchas cosas, pero no son estúpidos. Saben que si sacan una pistola en un bar, la policía les cae y les cierran el negocio. Esto se va a arreglar a la vieja escuela. Puños, botas y cadenas.
Nos subimos a las máquinas. El ritual de encender diez motores V-Twin al mismo tiempo es algo que nunca deja de erizarme la piel. Es el sonido del poder. Salimos del taller en formación diamante. Yo en la punta. Rigo y el Chato a mis flancos. Troy y los demás cerrando la formación.
Rodar por las calles del Estado de México es un deporte extremo. Esquivando combis asesinas, baches que parecen cráteres lunares y conductores distraídos en el celular. Pero hoy, parecía que el Mar Rojo se abría ante nosotros. Los coches se apartaban. La gente en las paradas de autobús se nos quedaba viendo. Había algo en nuestra postura, en la velocidad constante y agresiva con la que tomábamos las curvas, que gritaba peligro.
Mi mente, sin embargo, no estaba en la carretera. Estaba en la cara de Lupita. Recordaba cómo devoraba ese taco anoche, con esa mezcla de hambre animal y gratitud infinita. Y luego, la imagen se superponía con la cara de Daniel en Facebook, sonriendo con su cerveza, presumiendo su “libertad”.
“Libertad”, pensé con amargura. La libertad no es abandonar a los tuyos. La libertad no es dejar que tu hija se pare en la carretera a vender a su perro. Eso es cobardía disfrazada. Y hoy, le iba a arrancar el disfraz a golpes.
Cruzamos la frontera hacia la zona roja, un área industrial venida a menos donde los bares de mala muerte, los hoteles de paso y los deshuesaderos conviven en una armonía decadente. El bar “La Última Gota” estaba al final de una calle mal pavimentada, un edificio de ladrillo pintado de negro con luces de neón parpadeantes que, incluso de día, intentaban vender vicio barato.
Había una fila de motos estacionadas afuera. Harleys, algunas japonesas modificadas, todas con el estilo sucio y agresivo que caracteriza a Los Buitres. Reconocí algunas. Sabía que “El Sargento”, el líder de esa facción de Los Buitres, probablemente estaría ahí. Era un tipo peligroso, un exmilitar que había perdido el juicio y la brújula moral hace mucho tiempo.
Hice una señal con la mano y nos detuvimos bloqueando la salida de sus motos. Una declaración de guerra silenciosa. Apagamos los motores. El silencio repentino fue más intimidante que el ruido.
Nos bajamos. Nadie se quitó el casco todavía. Caminamos hacia la entrada. Dos gorilas en la puerta, tipos que eran más esteroides que cerebro, se nos quedaron viendo e intentaron bloquear el paso.
—El bar es privado, carnales —dijo uno de ellos, cruzándose de brazos, intentando parecer rudo frente a diez Renegados.
Rigo se adelantó. Con sus casi dos metros de altura y ciento treinta kilos de peso, hizo que el gorila pareciera un niño de primaria.
—No venimos a beber —gruñó Rigo, con una voz que hacía vibrar el suelo—. Venimos a sacar la basura.
El gorila dudó. Miró a su compañero. Sabían contar. Diez contra dos no eran buenas probabilidades. Y detrás de nosotros, la vibra asesina era palpable. Se hicieron a un lado lentamente.
—No queremos pedos con Los Renegados —masculló el otro portero—. Pero adentro es cosa suya.
Entré primero. Mis botas golpearon el piso pegajoso del bar. Adentro estaba oscuro, solo iluminado por luces rojas y azules y la pantalla de una televisión transmitiendo un partido de fútbol repetido. La música estaba alta, un corrido pesado que hablaba de narcos y traiciones. El aire apestaba a cigarro barato, orines y cerveza rancia.
Mis ojos se acostumbraron rápidamente a la penumbra. Había unas cinco mesas ocupadas. En el fondo, cerca de la barra, estaba el grupo grande. Los Buitres. Eran unos doce. Reían, gritaban, manoseaban a un par de meseras que se veían cansadas de la vida.
Y ahí estaba él.
Daniel “El Alacrán”. Estaba sentado en el centro, como si fuera el rey del mundo. Llevaba el chaleco nuevo, impecable, el parche de los Buitres brillando en su espalda. Tenía una caguama en una mano y un cigarro en la otra. Se reía de algo que decía el hombre a su lado, un tipo calvo con una cicatriz que le cruzaba la cara: El Sargento.
Caminé directo hacia ellos. Mis carnales se desplegaron en abanico detrás de mí, bloqueando cualquier ruta de escape y asegurando el perímetro.
La música se detuvo de golpe cuando el barman vio lo que estaba pasando. El silencio cayó como una guillotina. Las risas de la mesa de Los Buitres se apagaron una por una. Daniel fue el último en darse cuenta. Se giró, con la sonrisa todavía a medias en su rostro borracho, y se topó con mi pecho.
Levanté la vista lentamente. Me quité los lentes oscuros y los colgué en mi chaleco.
—¿Quién invita la siguiente ronda? —pregunté, con una voz suave, casi cordial, pero con la frialdad de una tumba.
Daniel parpadeó, confundido. Sus ojos, inyectados en sangre por el alcohol y quién sabe qué más, tardaron en enfocarme. Cuando lo hizo, vi el destello de reconocimiento. Y luego, el miedo. Puro y absoluto miedo.
—¿Javier? —balbuceó, soltando el cigarro que cayó sobre su propio pantalón—. ¿Qué… qué haces aquí?
El Sargento se puso de pie despacio. Era un hombre que imponía respeto, incluso entre enemigos. Nos miró a nosotros, luego a mí.
—Javier “El Fantasma” —dijo El Sargento, usando mi viejo apodo—. Tienes huevos para meterte a mi casa sin invitación. ¿Vienes a buscar guerra, Renegado?
—No vengo por guerra, Sargento —respondí sin apartar la vista de Daniel, que se estaba haciendo pequeño en su silla—. Vengo por justicia. Y vengo por él.
Señalé a Daniel con un dedo acusador.
—¿Por “El Alacrán”? —El Sargento soltó una risa ronca—. Es mi prospecto estrella. Trajo buena lana al club, pagó su entrada con creces. Si te metes con él, te metes con todos Los Buitres.
—Tu “prospecto estrella” —dije, escupiendo las palabras— es una rata mentirosa. ¿Les contó de dónde sacó esa lana?
Daniel intentó levantarse, tirando la silla.
—¡Cállate! —gritó, con la voz aguda del pánico—. ¡Sargento, este tipo está loco! ¡Son Los Renegados, siempre nos han odiado! ¡Quieren jodernos!
—Siéntate, Daniel —ordené. No grité. No hizo falta. La autoridad en mi voz fue tal que sus rodillas cedieron y cayó de nuevo en el asiento.
Metí la mano en mi chaleco. Varios Buitres se llevaron las manos a sus cinturas, pensando que sacaría un arma. Saqué la foto arrugada que había tomado de la casa de Elena. La foto donde Daniel, Lupita y su esposa sonreían, antes de que él decidiera destruir sus vidas.
La lancé sobre la mesa, deslizándose entre las botellas de cerveza hasta detenerse frente al Sargento.
—Mírala —le dije al líder de Los Buitres.
El Sargento, desconfiado, bajó la mirada. Vio la foto. Vio la fecha impresa en la esquina. Hace menos de seis meses.
—¿Y esto qué? —preguntó El Sargento, frunciendo el ceño—. El Alacrán dijo que no tenía familia. Que era soltero. Que estaba libre para el club 24/7.
—Les mintió —dije, elevando la voz para que todos en el bar escucharan—. Tiene una esposa muriéndose de tuberculosis en un cuarto de obra negra en Ecatepec. Y tiene una hija de siete años.
Un murmullo recorrió el bar. Hasta los Buitres más duros se incomodaron. El código “biker”, incluso entre los clubes 1% (los fuera de la ley), tiene líneas rojas. Puedes ser un criminal, puedes vender drogas, puedes pelear… pero la familia es sagrada. Abandonar a los hijos es de cobardes.
—Eso es mentira… —intentó decir Daniel, pero su voz temblaba tanto que nadie le creyó.
—Ayer me encontré a tu hija en la carretera, Daniel —continué, dando un paso hacia él. Cada palabra era un golpe—. Estaba parada bajo el sol, con un cartel de cartón. Estaba vendiendo a su perro, a Duque… ¿te acuerdas de Duque? Estaba vendiendo a su único amigo por cincuenta pesos para comprarle comida a tu esposa. Porque tú te llevaste todo. Te llevaste los ahorros. Te llevaste el coche. Te llevaste hasta las monedas de la alcancía de la niña.
El silencio en el bar era sepulcral. Se podía escuchar el zumbido del refrigerador de las cervezas.
—¿Es cierto eso, Alacrán? —preguntó El Sargento, girándose hacia Daniel. Su voz ya no era de camaradería; era el gruñido de un depredador que huele debilidad en su manada.
—No… no, jefe… yo… yo necesitaba el dinero para la moto… para el parche… —Daniel estaba sudando frío, acorralado.
—¡Admitiste que robaste a tu hija para pagar tu entrada al club! —bramó Rigo desde atrás.
Javier no esperó más. La rabia que había contenido desde el día anterior explotó.
—Se acabó la charla —dije.
De un movimiento rápido, agarré a Daniel por las solapas de su chaleco nuevo y lo levanté como si fuera un muñeco de trapo. Lo arrojé contra la mesa contigua, rompiendo botellas y vasos.
El caos se desató.
Dos Buitres intentaron saltar sobre mí, pero mis carnales estaban listos. Troy interceptó a uno con un placaje de fútbol americano que lo mandó a volar contra la rockola. Rigo agarró a otro por el cuello y lo estampó contra la barra.
—¡Nadie se mete! —gritó El Sargento, levantando una mano para detener a sus hombres—. ¡Esto es entre El Fantasma y El Alacrán!
El Sargento había entendido. Si defendía a un hombre que dejaba morir de hambre a su hija, perdía el respeto de su propia gente. Me estaba dando luz verde.
Daniel intentó gatear para escapar, resbalando en los vidrios rotos y la cerveza derramada. Lo alcancé en dos zancadas. Le di una patada en las costillas que le sacó todo el aire. El sonido de huesos crujiendo fue música para mis oídos.
—¡Levántate! —le grité—. ¡Para robar a una niña eras muy hombre! ¡Párate y pelea!
Daniel se giró, con la nariz sangrando y la cara llena de terror. Sacó una navaja del bolsillo.
—¡No te me acerques, cabrón! —chilló, tirando tajos al aire desesperadamente.
Me reí. Una risa fría y oscura.
—¿Vas a usar eso? —le dije, sacando mi llave inglesa del cinto—. Mala elección.
Se lanzó hacia mí en un ataque torpe. Esquivé la navaja con un movimiento lateral que había practicado mil veces y le descargué la llave inglesa en el hombro derecho, el brazo armado.
El grito de Daniel fue desgarrador. La navaja cayó al suelo. Su clavícula estaba destrozada.
Lo agarré del cabello y lo arrastré hacia el centro de la pista. Él lloraba, suplicaba.
—¡Por favor, Javier! ¡Te pago! ¡Te doy el dinero! ¡No me mates!
Lo solté y cayó de rodillas. Me agaché a su altura, respirando agitadamente, con la adrenalina a mil.
—No te voy a matar, Daniel. Eso sería muy fácil. La muerte es un descanso, y tú no te mereces descansar. Vas a vivir. Vas a vivir sabiendo que eres una basura.
Lo levanté una vez más y le conecté un derechazo directo a la mandíbula. Sentí cómo se le aflojaban los dientes. Cayó noqueado, un bulto inerte en el suelo sucio del bar.
Me puse de pie, limpiándome la sangre de los nudillos en mis jeans. Miré alrededor. La pelea había terminado tan rápido como empezó. Mis carnales tenían controlada la situación. El Sargento miraba el cuerpo de Daniel con asco.
Caminé hacia El Sargento. Estábamos cara a cara, dos líderes de tribus rivales en medio de un campo de batalla de vidrios rotos.
—Ahí tienes a tu “prospecto” —le dije, señalando al bulto en el suelo—. Un hombre que abandona a su sangre no sirve para ningún club. Si traiciona a su hija, te va a traicionar a ti a la primera oportunidad.
El Sargento asintió lentamente. Escupió al suelo, cerca de la cabeza de Daniel.
—Tienes razón, Fantasma. Los Buitres no queremos basura así.
El Sargento se agachó, sacó un cuchillo de monte de su funda y, con un movimiento brutal, cortó los hilos del parche en la espalda del chaleco de Daniel. Arrancó el emblema de Los Buitres, dejando el cuero rasgado.
—Ya no es un Buitre —dijo El Sargento, tirando el parche a la basura—. Hagan con él lo que quieran. Pero llévenselo de aquí antes de que decida matarlo yo mismo por hacerme quedar mal.
—Nos vamos —dije.
Pero antes, me agaché sobre Daniel. Le revisé los bolsillos. Saqué su cartera. Estaba gorda. Billetes de quinientos y de mil. El dinero de la liquidación que no se había gastado todavía, o quizás dinero de algún negocio chueco de los Buitres. No me importaba.
Conté el dinero rápidamente. Había cerca de veinte mil pesos. También le quité el reloj, un cronógrafo vistoso que seguro había comprado con el dinero de Elena, y una cadena de oro del cuello.
—Esto es la pensión alimenticia atrasada —murmuré.
Hice una señal a Rigo y al Chato.
—Cárguenlo. Lo vamos a dejar donde pertenece.
—¿Al hospital? —preguntó Troy.
—No. Al basurero que está a la salida. Que se despierte entre la mierda, que es donde debe estar.
Salimos de “La Última Gota” con la cabeza en alto. Nadie nos detuvo. Los Buitres nos vieron salir con un respeto reticente. Habíamos entrado a su casa, golpeado a uno de los suyos y salido caminando. Pero sabían que teníamos la razón moral. En el código de la calle, la moral a veces pesa más que el plomo.
Dejamos a Daniel, inconsciente y gimiendo, en un montón de bolsas de basura detrás de una tienda de conveniencia a las afueras de la colonia. Le dejé un mensaje escrito en un cartón que encontré ahí mismo, usando un plumón que traía en la moto. Se lo puse en el pecho.
“POR TRAIDOR A SU SANGRE”.
Cuando volvimos a montar las motos, el sol estaba en su punto más alto. El calor era sofocante, pero yo sentía un frío limpio por dentro.
—¿Ahora qué, jefe? —preguntó el Chato, encendiendo su cigarro con manos que todavía temblaban un poco por la pelea.
—Ahora vamos a terminar el trabajo —dije, guardando el fajo de billetes en el bolsillo interior de mi chaleco, justo sobre mi corazón—. Vamos a llevarle el mandado a la jefa.
El regreso a la casa de Elena fue diferente. Ya no íbamos con rabia. Íbamos con la satisfacción del deber cumplido. Nos detuvimos en una farmacia grande y compramos las medicinas caras que Elena necesitaba, un nebulizador y vitaminas para la niña y el perro.
Cuando llegamos a la casucha, Lupita estaba en el patio, cepillando a Duque con un cepillo viejo. Al escuchar los motores, el perro corrió hacia la reja, ladrando, pero esta vez movía la cola en círculos, reconociendo el sonido de sus nuevos amigos.
Me bajé de la moto y entré. Elena estaba sentada en el borde de la cama, se veía un poco mejor, el color empezaba a volver a sus mejillas gracias a la comida de anoche y al descanso.
Me acerqué a ella y saqué el dinero, el reloj y la cadena de oro. Lo puse todo en sus manos.
—Señora —dije, mi voz suave de nuevo—. Se encontró esto. Es suyo. Es lo que Daniel se llevó.
Elena miró el dinero, incrédula. Sus manos temblaban tanto que casi se le caen los billetes.
—Pero… ¿cómo? ¿Él se los dio? —preguntó, mirándome con ojos llenos de miedo y esperanza.
—Digamos que tuvimos una conversación muy persuasiva —respondí con una media sonrisa—. Él entendió que había cometido un error. No la va a volver a molestar, Elena. Se lo prometo. Si se acerca a menos de un kilómetro de esta casa, Los Renegados lo sabremos.
Lupita se acercó y vio el dinero. No entendía el valor de los billetes, pero entendía que su mamá estaba llorando de alivio, no de tristeza.
—¿Ya no tenemos que vender a Duque? —preguntó la niña, jalando mi pantalón.
Me hinqué frente a ella. Duque se acercó y me lamió la cara, quitándome un poco de polvo y sangre seca que ni cuenta me había dado que tenía.
—No, mija —le dije, tomándola por los hombros—. Duque se queda. Y tú te quedas. Y tu mamá se queda. Nadie se va a ir a ningún lado.
Me levanté y miré a mis carnales, que estaban en la puerta, sonriendo como idiotas sentimentales. Tipos que hace una hora estaban rompiendo huesos en un bar, ahora tenían los ojos aguados viendo a una niña abrazar a su perro.
—Rigo, Troy —ordené—. Mañana quiero que traigan cemento y varilla. Vamos a terminar de colar ese techo. Y Chato, averigua qué papeles se necesitan para que la niña vuelva a la escuela.
—¡A la orden, jefe! —respondieron.
Salí al patio. El sol empezaba a bajar de nuevo, pintando el cielo de Ecatepec de tonos violetas. Saqué un cigarro y lo encendí. La primera calada me supo a gloria.
Había sido un día largo. Había violencia, sí. Había dolor. Pero también había justicia.
Miré hacia la casa. Escuché la risa de Lupita.
“Sofi”, susurré al humo del cigarro. “Espero que estés viendo esto, mi amor. Papá hizo algo bueno hoy”.
Sentí una ráfaga de viento fresco golpearme la cara, a pesar del calor. Era como una caricia.
La historia de Lupita y Duque no terminaba aquí. Apenas empezaba. Pero la parte más oscura, la del hambre y el abandono, se había quedado atrás, tirada en un basurero junto con un motociclista traidor que aprendió, a la mala, que la familia no se toca.
Me subí a mi Harley.
—¡Vámonos, Renegados! —grité—. ¡Mañana hay que trabajar!
Y mientras nos alejábamos, con el sonido de nuestros escapes retumbando como tambores de guerra y paz, supe que había encontrado mi camino de vuelta a casa. No a una casa de ladrillos, sino a la casa donde vive el alma: la redención.
EL RENACER DE LOS GIRASOLES
Los días siguientes al enfrentamiento en “La Última Gota” pasaron como una bruma extraña, una mezcla de trabajo duro y una paz que no había sentido en años. Ecatepec seguía siendo el mismo monstruo de asfalto y polvo, pero para mí, el aire se sentía más ligero.
Cumplí mi palabra. A la mañana siguiente, el taller de “Los Renegados” se convirtió en una base de operaciones logísticas, pero no para arreglar motos, sino para reconstruir una vida. Rigo llegó con una camioneta de redilas prestada, cargada hasta el tope de sacos de cemento gris, varillas de media pulgada y bloques. El Chato, que siempre había sido bueno con los números y la burocracia —algo raro para un tipo que parecía un vikingo tatuado—, traía una carpeta amarilla bajo el brazo con los requisitos de la SEP para reinscribir a Lupita en la primaria.
Llegamos a la casa de Elena temprano. El sol apenas despuntaba, pintando de rosa las nubes de smog sobre el valle. Al vernos llegar, Duque no ladró en alerta; ladró de alegría, corriendo en círculos alrededor de mi Harley como si fuera un cachorro y no un perro viejo y cansado. Lupita salió detrás de él, con el cabello peinado y una sonrisa que le faltaban dos dientes frontales, pero que brillaba más que el cromo recién pulido.
—¡Llegaron! —gritó, saltando sobre el montón de arena que Rigo acababa de descargar.
—A trabajar, cabrones —ordené, bajándome de la moto y quitándome el chaleco de cuero para quedarme en una camiseta de tirantes vieja.
Lo que siguió fue una semana de transformación. No solo de la casa, sino de nosotros mismos. Ver a diez motociclistas rudos, acostumbrados a las peleas de bar y a la carretera, mezclando cemento, levantando muros y pintando paredes, fue un espectáculo que el barrio no olvidaría.
Los vecinos, que al principio nos miraban con miedo y cerraban sus cortinas, empezaron a salir. Primero fue Doña Chole, la señora de la tiendita de enfrente, que nos trajo una jarra de agua de jamaica bien fría a mediodía.
—Para el calor, muchachos —dijo, con una timidez que me conmovió.
Luego fue el señor de la ferretería, que nos prestó una revolvedora sin cobrarnos renta. “Es para una buena causa”, dijo. La bondad, descubrí, es contagiosa. Como un virus, pero de los buenos. Cuando la gente ve que alguien está dispuesto a ayudar sin pedir nada a cambio, se acuerdan de que ellos también tienen corazón.
Arreglamos el techo. Quitamos esas láminas de asbesto cancerígenas y colamos una losa de concreto sólida. Impermeabilizamos. Instalamos un baño digno, con azulejos que sobraron de la remodelación de la casa de la tía de Troy. Pintamos la fachada de un color amarillo brillante, “Amarillo Girasol” decía el bote, porque Lupita dijo que quería que su casa pareciera una flor gigante.
Mientras trabajábamos, Elena mejoraba. Las medicinas y la buena comida hicieron milagros. Ya no era el fantasma que encontré en aquel colchón. Ahora salía al patio, se sentaba en una silla de plástico (que también compramos nueva) y nos veía trabajar, a veces con lágrimas en los ojos, a veces riendo de las tonterías que decía el Chato para mantener el ánimo.
—Javier —me dijo una tarde, mientras yo instalaba la nueva reja de la entrada—. No sé cómo pagarles todo esto. El dinero que le quitaron a Daniel… se va a acabar. Y todo este material… la mano de obra…
Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo.
—Elena, el dinero de Daniel es para que usted empiece de nuevo. Ponga su tiendita. O compre telas y vuelva a coser. Lo que nosotros hacemos aquí… esto no se paga con dinero. Esto se paga viendo a la niña sonreír.
Ella asintió, incapaz de hablar por el nudo en la garganta.
—Además —añadí, guiñándole un ojo—, mis muchachos necesitaban hacer ejercicio. Se estaban poniendo panzones de pura cerveza.
Rigo, que escuchó desde el techo, me lanzó una bola de papel de cemento mojado que me dio en la espalda. Todos reímos.
El día que terminamos la obra, organizamos una carne asada para inaugurar la “Casa Girasol”. Vinieron todos. Incluso las esposas y novias de algunos miembros del club. El patio, que antes era tierra y basura, ahora tenía un piso de cemento firme y unas jardineras donde Lupita había sembrado semillas de girasol.
La música sonaba bajito. No corridos pesados, sino algo más alegre, cumbias viejitas que hacían mover los pies.
Estaba yo recargado en mi moto, viendo la escena. Lupita corría con los hijos de Rigo, jugando a las traes. Duque dormía plácidamente a la sombra, gordo y feliz. Elena platicaba con la esposa del Chato, intercambiando recetas o consejos de vida.
—Se ve bien, ¿no? —dijo Troy, parándose a mi lado con una cerveza en la mano.
—Se ve de poca madre, Troy —respondí.
—¿Crees que Daniel vuelva? —preguntó, su tono volviéndose serio.
Miré hacia la calle, hacia la oscuridad más allá de la luz del nuevo foco que habíamos puesto.
—No —dije con seguridad—. Daniel es un cobarde. Los cobardes no vuelven al lugar donde fueron derrotados. Además, sabe que si asoma la nariz por aquí, no va a salir caminando. Los Buitres lo expulsaron. Está solo. Y un perro solo en la calle no dura mucho.
La noche cayó suavemente. Cuando llegó la hora de irnos, Lupita se acercó a mí. Traía algo escondido en la espalda.
—Don Javier… —dijo, mirando al suelo.
—¿Qué pasó, mija?
—Le hice algo.
Sacó un sobre hecho con una hoja de cuaderno doblada. Estaba un poco arrugado y manchado de tierra, pero para mí valía más que un cheque en blanco.
Lo tomé con mis manos callosas y lo abrí con cuidado.
Adentro había un dibujo. Eran crayolas sobre papel. Había una moto negra con alas de fuego. Encima de la moto, un monigote grande con barba y lentes oscuros (ese era yo, supuse). Y al lado, volando como angelitos, otros monigotes con chalecos. Abajo, con letras de colores y faltas de ortografía encantadoras, decía:
“Para el Señor Javier y los Ángeles de la Moto. Gracias por no comprar a Duque. Gracias por salvar a mi mamá. Los quiero mucho. Att: Lupita y Duque.”
Sentí que los ojos me ardían. Maldita sea, el humo del cigarro, me dije a mí mismo, aunque no estaba fumando.
Me agaché y abracé a la niña. Fue un abrazo torpe, fuerte, de esos que intentan transmitir todo lo que las palabras no pueden. Ella olió a jabón barato y a inocencia. Por un segundo, solo un segundo, sentí que estaba abrazando a Sofi de nuevo.
—Gracias a ti, Lupita —le susurré al oído—. Tú me salvaste a mí también.
Nos fuimos de ahí con el corazón lleno. El rugido de las motos al alejarse no sonaba a amenaza, sonaba a despedida temporal, a una promesa de “nos vemos luego”.
Pasaron las semanas. El otoño llegó a Ecatepec, trayendo vientos fríos y cielos grises, pero la Casa Girasol seguía brillando. Yo pasaba a visitarlas seguido. A veces solo para dejar un garrafón de agua, a veces para ver si necesitaban algo.
Elena cumplió su palabra. Con el dinero recuperado y un poco de ayuda extra del club, compró una máquina de coser industrial usada. Empezó a hacer uniformes escolares para los niños del barrio. “Confecciones Elena” le puso, aunque el letrero lo pintó el Chato y le quedó un poco chueco.
Lupita volvió a la escuela. El primer día de clases, fui yo quien la llevó en la moto (con casco y a diez kilómetros por hora, claro). Verla entrar por el portón de la primaria, con su mochila nueva y su uniforme impecable hecho por su mamá, fue uno de los momentos más orgullosos de mi vida. Los otros papás se me quedaban viendo raro, al motociclista barbudo despidiendo a la niña, pero me importaba un carajo.
—¡Estudia mucho, mija! —le grité.
—¡Sí, tío Javier! —me gritó de vuelta.
“Tío”. Ya había subido de rango. De “Señor” a “Don Javier” y ahora a “Tío”. Sonreí todo el camino de regreso al taller.
Pero la vida, como la carretera, tiene curvas inesperadas.
Unos dos meses después, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Javier “El Fantasma”?
—¿Quién habla? —pregunté, limpiándome la grasa de las manos con una estopa.
—Soy el oficial Ramírez, de la policía municipal. Tengo a un sujeto aquí en los separos… dice que te conoce. Que tú puedes responder por él.
—¿Quién es? —pregunté, pensando que sería alguno de mis carnales que se había metido en líos un viernes por la noche.
—Dice llamarse Daniel Morales. Lo recogimos todo golpeado en una zanja. Parece que se quiso meter a robar en una bodega de la zona industrial y los veladores le dieron una paliza. Está mal, Javier. Y nadie quiere venir por él.
Suspiré, cerrando los ojos. Daniel. La basura siempre flota.
—Voy para allá —dije. No sé por qué lo hice. Quizás para cerrar el ciclo. Quizás para asegurarme de que no fuera una amenaza nunca más.
Llegué a la delegación. El olor a cloro y orina era peor que en “La Última Gota”. El oficial Ramírez me llevó a las celdas.
Ahí estaba. Daniel. Pero ya no era “El Alacrán”. Ya no era el tipo arrogante del bar. Estaba destrozado. Tenía un ojo cerrado por la hinchazón, el brazo en cabestrillo (probablemente el mismo que yo le había roto y que nunca sanó bien) y estaba sucio, flaco, temblando de frío o de abstinencia.
Cuando me vio, intentó sonreír, pero solo le salió una mueca de dolor.
—Javier… —graznó—. Sabía que vendrías. Eres… eres un hombre de palabra.
—No vine a sacarte, Daniel —le dije frío, agarrando los barrotes con mis manos—. Vine a ver que siguieras vivo. Y a decirte que te olvides de ellas.
—No tengo a dónde ir… —lloró—. Los Buitres me dieron la espalda. Nadie me da trabajo. Tengo hambre, Javier.
Me miró con los mismos ojos de desesperación que tenía Lupita aquel día en la carretera. Pero en él no había inocencia. Había consecuencias.
—Tienes hambre —repetí—. Qué irónico. Tu hija también tuvo hambre. Tu esposa también. ¿Sabes qué hicieron ellas? No robaron. No se rindieron. Lucharon. Tú elegiste el camino fácil, Daniel. Y el camino fácil siempre termina en un barranco.
Saqué un billete de quinientos pesos de mi cartera. Lo pasé a través de los barrotes y lo dejé caer al suelo húmedo de la celda.
—Cómprate algo de comer cuando salgas. O úsalo para largarte lejos de aquí. Pero si te vuelvo a ver cerca de Ecatepec, si te vuelvo a ver cerca de Lupita… la próxima vez no habrá policía que te salve de mí.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida.
—¡Javier! —me gritó—. ¡Diles que lo siento! ¡Diles que las quiero!
Me detuve en seco. No volteé.
—Eso se demuestra con hechos, no con palabras. Y tus hechos ya hablaron demasiado fuerte.
Salí de la delegación y el sol me golpeó la cara. Respiré hondo. Se había acabado. El fantasma de Daniel ya no nos perseguiría. Era solo un mal recuerdo, una sombra que se desvanecía con la luz.
Esa tarde, pasé por la casa de Elena. No le dije nada de Daniel. No tenía caso. Ellas estaban en paz, y yo no iba a ser quien trajera nubes de tormenta a su cielo despejado.
Lupita estaba en la banqueta, sentada junto a Duque, vendiendo algo en una mesita plegable.
Me detuve. El corazón me dio un vuelco. ¿Estaba vendiendo cosas de nuevo por necesidad?
Me bajé rápido de la moto.
—¿Qué haces, mija? —pregunté preocupado.
Ella me miró y sonrió.
—¡Vendo dibujos, tío Javier! —dijo emocionada—. ¡Y pulseras que me enseñó a hacer mi mamá!
Sobre la mesa había dibujos de motos, de perros, de flores. Y pulseras tejidas de hilo de colores.
—Ah… —solté el aire que había contenido—. ¿Y para qué estás juntando dinero?
—Para comprarle un collar nuevo a Duque. El que tiene ya está muy viejito. Y para comprarte un regalo a ti.
Me reí. Una carcajada genuina que salió desde el fondo de mi panza.
—A mí no me tienes que comprar nada, chamaca. Con que me des uno de esos dibujos me doy por bien servido.
—Escoge uno —dijo ella, muy profesional.
Escogí uno donde salíamos Duque y yo, lado a lado.
—¿Cuánto es? —pregunté, sacando mi cartera.
—Para ti es gratis —dijo ella—. Porque eres de la familia.
Familia. Esa palabra resonó en mi cabeza todo el camino de regreso al taller.
Había perdido a Sofi. Ese dolor nunca se iría del todo. Pero había ganado algo más. Había ganado una sobrina postiza, una hermana en Elena, y un perro leal que ahora era la mascota oficial honoraria de Los Renegados.
Esa noche, en el taller, convoqué a una junta.
—Señores —dije, parado frente a mis hermanos—. Hemos pasado por mucho. Peleas, carreteras, pérdidas. Pero lo que hicimos estas últimas semanas… eso es lo que realmente significa llevar este parche.
Todos asintieron. Estaban cansados, sucios de trabajar en sus propias vidas, pero orgullosos.
—Propongo un cambio —continué—. A partir de hoy, una parte de las cuotas del club se va a destinar a un fondo. Un fondo para ayudar a familias en el barrio. Gente que esté como estaba Elena. No vamos a salvar al mundo, cabrones, no somos Superman. Pero podemos salvar nuestro pedazo de mundo.
—¡A huevo! —gritó el Chato—. ¡Apoyo la moción!
—¡Secundo! —dijo Rigo.
Fue unánime.
Y así, “Los Renegados” ganaron una nueva reputación. Ya no éramos solo los tipos duros que hacían ruido con las motos. Éramos los que llegaban cuando nadie más lo hacía. Los que llevaban despensas, los que arreglaban techos, los que protegían a los que no podían protegerse.
Meses después, en el aniversario de la muerte de Sofi, fui al cementerio. Siempre iba solo. Llevaba flores, me sentaba frente a su lápida y le platicaba cómo iba mi vida. Normalmente, salía de ahí deprimido, directo a una cantina a ahogar las penas.
Pero esta vez fue diferente.
Llegué a la tumba y puse un ramo de girasoles. Los había cortado del jardín de Lupita esa mañana.
—Hola, mi amor —dije, tocando la piedra fría—. Te traje flores. Son de una amiga. Se llama Lupita. Te caería bien. Le gustan los perros y dibuja chueco como tú.
Me senté en el pasto. El sol calentaba mis hombros.
—Te extraño, Sofi. Todos los días. Pero… ya no duele tanto. Creo que encontré la forma de honrarte. No llorando, ni peleando. Sino cuidando a otros. Creo que eso te gustaría. Ser un guardián, como tú me decías.
Me quedé ahí un rato, en silencio, escuchando el viento mover las hojas de los árboles. Y por primera vez en años, sentí que ella me escuchaba. Sentí paz.
Al salir del cementerio, vi que alguien me esperaba en la entrada.
Era Lupita, sentada en la parte de atrás de la moto de Rigo, con un casco que le quedaba enorme. Elena venía en la camioneta del Chato.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté sorprendido.
—No queríamos que estuvieras solo hoy —dijo Elena, bajándose de la camioneta y dándome un abrazo—. Sabemos qué día es.
Lupita corrió y me agarró la mano.
—Vamos a comer helado, tío Javier. Yo invito. Vendí muchos dibujos ayer.
Miré a mis carnales. Miré a esta familia improvisada, remendada con pedazos de corazones rotos y lealtad inquebrantable.
—Vamos por ese helado —dije, cargando a Lupita en mis brazos.
Subimos a las motos. El motor de mi Harley cobró vida, un latido metálico y poderoso.
Mientras rodábamos por la carretera, con el sol poniente a nuestras espaldas y el viento en la cara, pensé en aquel cartel de cartón: “Vendo a mi mejor amigo”.
Qué equivocados estábamos todos. Las mejores cosas de la vida no se venden. La lealtad no se vende. El amor no se vende. La redención no se compra. Se ganan. Se construyen con acciones, con sudor, con valentía.
Yo soy Javier, “El Fantasma”. Soy un motociclista. Soy un renegado. Pero sobre todo, soy un hombre que aprendió que, a veces, para encontrarte a ti mismo, primero tienes que perderte en el servicio a los demás.
Y mientras tenga gasolina en el tanque y fuerza en los brazos, seguiré rodando. Porque siempre hay alguien en el camino esperando una mano amiga. Siempre hay un girasol esperando florecer entre las grietas del asfalto.
Aceleré. El horizonte estaba abierto. Y por primera vez, el camino no era una huida. Era un destino.
FIN