SOLOS, SIN AGUA Y RODEADOS DE PELIGRO: NUESTRA PESADILLA REAL

Soy Lalo. Ver cómo esa lancha se alejaba y se convertía en un punto minúsculo en el horizonte fue el momento exacto en que mi estómago se hizo nudo. Ese bote era nuestra única salida y se había ido. Nos quedamos parados en la arena, mirándonos las caras, preguntándonos por qué demonios seguimos haciendo estas locuras.

Se suponía que iba a ser una experiencia divertida, una prueba de hombría entre compas, pero la realidad nos golpeó en la cara de inmediato. A pesar de lo bonita que se veía la isla, la civilización no ha podido sobrevivir aquí en más de 250 años. Y nosotros, un grupo de vatos de ciudad, íbamos a intentarlo por los próximos siete días.

El sol estaba cayendo a plomo. Hacía un calor insoportable y solo teníamos unas cuatro horas antes de que oscureciera por completo.

—Necesitamos armar un refugio de volada —dijo Beto, tratando de tomar el control—. Oigan, ¿por qué no acampamos aquí? Se ve bien.

Decidimos dividirnos. Beto y yo fuimos por madera, mientras los otros dos, Chuy y Paco, se quedaron preparando el campamento. El problema es que ni ellos sabían cómo preparar un campamento, ni nosotros sabíamos en lo que nos metíamos.

Fue entonces cuando nos dimos cuenta del peligro real. Justo encima de nosotros estaba el árbol más peligroso de la tierra. Tiene una savia venenosa que literalmente te puede m*tar si te toca. Nos quedamos helados. ¿Qué hacíamos parados ahí?

Mientras el pánico empezaba a subir, Beto se puso en modo “papá luchón” y empezó a construir el marco para el refugio. Yo intentaba ayudar, pero la neta, sentía que esa cosa se nos iba a caer encima en cualquier momento.

De repente, escuchamos gritos. —¡Güey, guachen esas gallinas! —gritó Paco. Vimos gallinas salvajes corriendo por la isla. Paco, que ya tenía hambre, quería agarrar una para cenar. —¡Por favor déjame comer pollo! —suplicaba, agarrando un cuchillo que encontramos. —No vamos a m*tar gallinas —le dije tajante.

La noche cayó rápido. Teníamos nuestra caja de supervivencia con comida y agua, y una bengala por si alguien salía herido. Parecía que teníamos todo bajo control, hasta que me di cuenta de algo terrible.

—Oigan, ¿el bloqueador solar no es inflamable? —pregunté. Ya estaba todo quemado por el sol del primer día.

Nos acostamos esperando descansar, rogando que no lloviera. Pero la isla tenía otros planes. Esa primera noche no dormimos nada; dimos vueltas y vueltas en la arena dura. Y lo peor no fue la incomodidad… lo peor fue descubrir que no estábamos solos. La isla estaba infestada de insectos que nos comieron vivos toda la noche.

Al amanecer, con los ojos hinchados y el cuerpo lleno de picaduras, me di cuenta de que nuestras provisiones de agua bajaban rápido. Teníamos diez garrafas y ya solo quedaban seis. Y apenas era el día dos.

—Voy a ser el adulto aquí —dije serio—. Todos necesitan ser más responsables con el agua o no la vamos a librar.

El ambiente se puso tenso. El hambre, el calor, los insectos y la sed empezaban a sacar lo peor de nosotros. Y entonces, vimos esas nubes negras formándose en el horizonte…

¿PODREMOS AGUANTAR SIN M*TARNOS ENTRE NOSOTROS O LA ISLA NOS VA A VENCER PRIMERO?

PARTE 2: LA LUCHA CONTRA LA NATURALEZA Y LA SED (DÍAS 2, 3 Y 4)

Esas nubes negras que vimos al final del primer día no eran solo vapor de agua; eran un recordatorio brutal de lo vulnerables que estábamos. Nos quedamos mirando el horizonte, con la piel ardiendo por el sol y el estómago rugiendo, y aunque la lluvia no nos golpeó con toda su fuerza en ese instante, el mensaje fue claro: si no mejorábamos nuestra situación, la isla nos iba a tragar vivos.

La primera noche había sido un infierno, pero el amanecer del Día 2 trajo una claridad dolorosa. Nos dolía todo. Y cuando digo todo, me refiero a músculos que ni sabía que tenía. Mi espalda estaba destrozada por haber dormido (o intentado dormir) sobre la arena compacta, que a esas alturas se sentía como concreto.

—El objetivo para hoy es simple, raza —dije, tratando de sonar motivado aunque por dentro quería llorar—. Necesitamos construir un refugio más grande y a prueba de lluvia.

Beto, que seguía en su papel de “papá de supervivencia”, asintió. —Necesitamos asientos más cómodos porque me duele el trasero, y necesitamos una mejor fogata. Mi trasero también me duele —confesó, y aunque sonaba gracioso, nadie se rió. El dolor era real.

Nos dividimos de nuevo. La misión: encontrar palos muy largos y resistentes para ponerlos en la parte superior de nuestro refugio. La lógica de Beto era impecable: si lográbamos darle inclinación al techo, cuando lloviera, el agua fluiría hacia atrás en lugar de colapsar las hojas y la lona sobre nosotros. Parecía sencillo en teoría, pero caminar por esa selva buscando “el palo perfecto” bajo un sol de 40 grados es otra historia. Cada paso era un esfuerzo. El calor te aplasta, te quita el aire.

Mientras Beto y yo jugábamos a ser arquitectos forestales, Paco y Chuy andaban en su propia misión de exploración. Y, como siempre sucede con esos dos, encontraron algo que nadie esperaba.

Escuché los gritos a lo lejos. —¡Güey! ¿Ves eso? —era la voz de Paco. —¿Qué es esa cosa naranja? —respondió Chuy.

Corrimos hacia la playa. Ahí, tirada en la orilla como un regalo extraño del océano, había una boya gigante. Una boya naranja, enorme. —Podrías usarlo como un asiento rebotante —dijo Paco, y sus ojos brillaron con esa picardía infantil que le sale cuando ignora el peligro. —¡Güey, es una boya! —gritó Chuy—. ¡Y mira, hay una red! ¡Podríamos usar la red para atrapar gallinas!

La red estaba llena de bichos, una cantidad asquerosa de insectos saliendo de ella, pero no nos importó. En nuestra situación, basura de mar es tesoro de náufrago. —Jimmy (Lalo), encontramos una boya del océano. Es como un asiento rebotante —me dijeron orgullosos cuando regresamos al campamento. —¿Se la robaron? —pregunté, medio en broma, medio en serio. —No. ¿Se la robó él? —Paco señaló al mar—. Llegó a la playa. Supongo que eso no es robar.

Esa boya se convirtió en nuestro trono. Fue una pequeña victoria moral. “Ok, me la quedo”, dije. Por el resto del día, Chuy, Beto y yo nos dedicamos a terminar la remodelación extrema del refugio. Fue un trabajo brutal. “Sigue, sigue”, nos decíamos mientras arrastrábamos troncos. A pesar de que el sol seguía entrando, Beto nos aseguró que el 90% del tiempo tendríamos sombra. Mientras tanto, Paco y Chuy consiguieron cocos. Ver a Paco abriendo un coco con ese cuchillo enorme me puso los nervios de punta. “Ten cuidado, es un cuchillo grande”, le advertí. Pero el sabor del agua de coco fresca… no mames, fue como un beso de vida.

Por supuesto, no pudieron evitar intentar atrapar a las gallinas de nuevo. “¡Oigan gallinas, corran, corran lejos!”, les gritaba yo, espantando a los animales para salvarlos de la inminente cacería de Paco. “Las salvé”, me dije a mí mismo.

El Día 2 llegaba a su fin. Nos sentamos bajo el nuevo refugio. —¿Cómo dirían que estuvo? —pregunté. —Estoy cansado, pero voy bien —admitió Beto. —Fantástico —dijo Chuy con un sarcasmo leve pero optimista. Creo que todos podíamos estar de acuerdo en que lo estábamos haciendo mucho mejor de lo que pensábamos.

Pero, ingenuos de nosotros, no sabíamos lo que venía. Poco sabía yo que más tarde esa noche, las cosas se iban a poner mucho, mucho peor.

Antes de dormir, tuvimos que enfrentar la realidad de nuestra higiene. Si se preguntan por qué nos metimos al océano, miren a Chuy. Estábamos asquerosos. Sudor, tierra, arena, repelente, todo mezclado en una capa pegajosa sobre la piel. El mar era nuestra única ducha. Necesitábamos nuestra otra agua para cocinar y, ya saben, no morir de deshidratación.

Y ahí, flotando en el agua salada, llegó la conversación difícil. La que nadie quería tener pero que yo, como el que intenta mantener la cordura, tuve que iniciar. —¿Quieren saber qué noté, muchachos? —les dije, con el agua al cuello. —¿Qué cosa? —Teníamos diez carros de agua, y ahora bajamos a seis. Es el día dos. Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de las olas. —Lo sé —dijo alguien en voz baja. —Voy a ser el adulto aquí y solo decirlo: Todos necesitan ser más responsables con su consumo de agua. —Estoy de acuerdo —dijo Chuy. —Espera, ¿en qué estamos de acuerdo? —preguntó Paco, siempre despistado. —Beto, acepté por ti —le dijo Chuy. —Ok, perfecto. También está oscuro, necesitamos ir a la cama —cortó Beto.

Nos fuimos a dormir con esa preocupación en la cabeza. Seis botellas. Cinco días más. Las matemáticas no eran alentadoras.

LA PESADILLA DE LA NOCHE 2

Si pensamos que la primera noche fue mala, la segunda fue una tortura psicológica y física diseñada por el mismo diablo. A pesar de que mejoramos nuestro refugio, la segunda noche de sueño fue peor que la primera. No lo sabíamos, pero esta isla estaba infestada de unos bichos invisibles, jejenes o pulgas de arena, no sé, pero terminaron picándonos durante toda la maldita noche.

Por alguna razón, Chuy y yo nos llevamos la peor parte. Fue desesperante. Te acostabas y sentías un piquete. Te rascabas. Cinco segundos después, otro piquete en el tobillo. Luego en el cuello. No dormí nada anoche. Fue probablemente la cosa más miserable que he hecho en mi vida. Al amanecer, miré mi mano. —Mira cuántas picaduras de insectos tengo solo en mi mano —le mostré a la cámara, con la piel roja e hinchada. —¿Ves eso? —era horrible.

Mientras yo intentaba recuperar algo de sueño perdido, colapsado en la arena, ya se imaginarán qué estaban haciendo los “niños” sin supervisión. —Atrapar gallinas —dijo Paco. —No, vamos a atrapar peces —sugirió Chuy, pero la obsesión de Paco era fuerte. —Ayer, por esos escombros en la playa, Chuy y yo encontramos un montón de red. Hoy, los muchachos me van a ayudar a hacer una trampa para pollos.

El plan era básicamente poner una red gigante atada a una cuerda sobre un árbol, y luego atrapar una gallina. Ahora, si yo hubiera estado despierto para detenerlos, esto nunca hubiera sucedido. Pero dado el hecho de que sentía que literalmente me estaba muriendo en ese momento por el cansancio y la deshidratación, los muchachos oficialmente se rebelaron.

Durante los siguientes 30 minutos, cortaron la red en un cuadrado perfecto. Luego izaron la cuerda sobre el árbol, ataron la cuerda a las cuatro esquinas, y estaba lista. Tengo que admitir, viéndolo después, que les quedó bien. —Eso funciona. Eso está bastante bien —dijeron.

Cuando desperté y vi el artilugio, no lo podía creer. —¿Qué es esto? —pregunté. —¿Una trampa para atrapar gallinas? —respondió Paco inocentemente. —¿Puedo ver la cuerda? —No, no puedes. —¿Es eso lo que han estado haciendo todo este tiempo? Pensé que estaban haciendo algo realmente productivo —les reclamé. Seré honesto. Al principio, esto parecía una completa pérdida de tiempo, porque durante las siguientes 3 horas, esperaron y esperaron.

Fue una prueba de paciencia absurda. Paco, en particular, no estaba dispuesto a rendirse. Y finalmente, después de una espera eterna bajo el sol… —Sí. Mantenlo apretado, mantenlo apretado. ¡Paco, qué es eso! —gritó Chuy. La trampa cayó. —¡Lalo, lo atrapé! —gritó Paco eufórico. Habían atrapado un pollo. Fui a ver. —Oh, este pollito es bastante tranquilo en realidad —dije, sorprendido. Decidimos bautizarlo. —Este es el nuevo “Bryan”, en honor al pájaro del juego Raft —dije. Pero entonces surgió el dilema moral. Teníamos hambre, sí, pero… era Bryan. —¿Sabes qué? Con lo amable que has sido, estoy seguro de que una vez que bajes a Bryan, continuará pasando el rato con nosotros —le dije a Paco, usando psicología inversa para que no se lo comiera. —Bájalo. Hora de bajar a Bryan —dijo Paco. Levantaron la red. Bryan salió disparado. —¡Bryan, no, Bryan! ¿Qué le hiciste a Bryan? Pensé que era nuestro amigo —dije fingiendo tristeza. —Bueno, lo atrapé con una trampa, así que… —respondió Paco, con un punto muy válido.

LA AVENTURA A LA ISLA DE ROCA Y LA TORMENTA (DÍA 3)

Para cuando Bryan fue capturado y liberado, había bajado significativamente el calor, lo que honestamente nos dio a todos suficiente energía para una aventura espontánea. El aburrimiento en una isla desierta es peligroso; te hace hacer estupideces.

—¿Ven esa isla detrás de mí? —señalé un peñasco de roca en medio del mar. —Estamos a punto de ir a ella, Paco. —Hagámoslo.

Ahora sé lo que estás pensando. ¿Por qué nadar lejos de una isla perfectamente buena a una roca en medio del océano? Y honestamente, no tengo una buena respuesta para ti. Se siente realmente contraintuitivo. Creo que esto es un testamento de cuán aburridos estamos. —Siento que estamos desperdiciando mucha agua y energía —me quejé mientras nadábamos.

El trayecto fue más difícil de lo que parecía. —¡Güey, hay tantos peces ahí abajo! —gritó Paco con sus goggles puestos. —¿En serio? —Sí. Hay una mantarraya, mira todos esos peces.

Pero al acercarnos a la roca, la realidad del océano nos golpeó. Las olas eran enormes. —Esas olas se ven muy grandes allá. Y vienen directo hacia nosotros. Aquí viene una grande —alerté. Luchamos contra la corriente. Fue agotador. —Mira la isla allá en el fondo. Y aquí estamos. Mira esto —dije jadeando al llegar. El agua chocaba por ambos lados. Las rocas eran extra resbaladizas. —¿Estamos subiendo ahora? Oh Dios. Subimos gateando, cortándonos las manos con las piedras afiladas. —Oh, esto es una locura. Esto se ve genial. ¡Lo hicimos! —gritamos al llegar a la cima.

La vista era increíble, pero la euforia duró poco. —No sé por qué lo hicimos, pero lo hicimos. ¿Cómo nos bajamos de esto? ¿Y luego cómo volvemos a nuestra isla? —pregunté. —Bueno, la forma más rápida de bajar es saltando —dijo Paco. —Yo no voy a saltar —dije. El regreso fue un nado penoso, con los brazos pesados como plomo.

Llegamos a la playa justo a tiempo para que el clima cambiara drásticamente. Durante nuestras últimas horas de luz solar, sentí un par de gotas de lluvia. Notamos una tormenta acercándose en el horizonte. —El pronóstico decía que no se suponía que lloviera —dije preocupado. —Hay nubes monstruosas allá. Necesitamos prepararnos. Vamos chicos.

El pánico se apoderó del campamento. —¡Chuy, arréglalo! ¡Arregla la choza! —gritaban. —¡Oh, no! ¡Viene lluvia! ¡Protejan nuestras cosas! —ordené. Todos corrimos como locos. —Consigan tantas hojas de palma como puedan ahora mismo. ¡Chuy, más hojas!.

Una vez que nos quedamos sin luz del día, nos acurrucamos bajo nuestro nuevo y mejorado refugio y esperamos una noche de lluvia. La peor parte de esto es lo desconocido. Está tan oscuro que ni siquiera puedes ver qué tan cerca está la lluvia. Estábamos aterrorizados de que el techo colapsara o de mojarnos y morir de hipotermia en la noche.

Resulta que tuvimos muchísima suerte. La tormenta terminó perdiéndonos por un pelo. Pero lo que puedo decir es que, más adelante, no seríamos tan afortunados.

EL MOTOR HUMANO Y LA PESCA IMPOSIBLE (DÍA 4)

—¿Qué hacemos, está lloviendo? —preguntó alguien en la oscuridad. —Güey, literalmente está diluviando, ayúdame a sostener esto —susurré. —Solo quiero ir a casa —escuché a Paco decir.

Buenos días a todos. Déjenme intentar eso de nuevo. ¡Buenos días a todos! —Buenos días —respondieron los cadáveres vivientes de mis amigos. —¿Tienen un caso de los lunes? —bromeé.

Después de cuatro días en la isla, nuestra rutina matutina consistía en lo siguiente: Primero, nos despertábamos y nos quejábamos de lo mal que dormimos. —Dormir anoche fue rudo —dije. Y luego usábamos el baño, a veces juntos. —Estoy nervioso haciendo pipí al mismo tiempo que ustedes, chicos —confesó Chuy. Y luego comíamos una vez más, una comida en bolsa. —Estamos un poco cansados de nuestras comidas en bolsa, así que digamos que tenemos una solución —anuncié.

La solución era desesperada: Pescar. Pero no pescar desde la orilla como gente normal. No. —Muy bien, hasta aquí llego. Diviértanse —dije desde la orilla. —Oh, bien. ¿Todo esto por unos peces? —se quejó Chuy. La teoría era que tenías que ir muy, muy lejos para encontrar peces de verdad. Los peces no iban a estar en el agua azul clara; iban a estar en el agua azul oscuro, en lo profundo.

—Así que… Esta será una muy buena idea, o una muy mala. Probablemente una mala —admití a la cámara. El plan era un poco peligroso, pero simple: Paco iba a actuar como un bote de motor humano y arrastrar a Beto y Chuy hacia las profundidades del océano. Y Beto, siendo el experto papá de supervivencia que es, iba a atrapar esos peces y traerlos a la orilla para que comiéramos.

—¿Tienen la cuerda? —grité. También traje alrededor de 500 pies (150 metros) de cuerda a la que están atados. Así que si en algún momento necesitan ayuda, simplemente los jalaremos. —¿Verdad, Chuy? —le pregunté al aire. —Sí. —¿La cuerda sigue bien? —Sí, tienes mucha cuerda. —Paco, ¿estás bien? —le grité. Ver a Paco nadando, arrastrando a dos hombres adultos mar adentro, era impresionante y ridículo. —¿Paco literalmente solo los está jalando? Deberíamos desatar la cuerda, Paco, porque eso es peso muerto —sugerí, preocupado de que se ahogara por el esfuerzo.

—Espero que no te arrepientas. Soltamos la cuerda. Ahora no teníamos conexión con ellos. Y estaban muy lejos de la playa. —No hay forma de que no se estén mareando allá afuera —dije. De repente, el clima volvió a cambiar. —Oh, mira esa tormenta. ¿Es una tormenta? —señalé al cielo. —Muchachos, mejor nos apuramos. —¿Eso es lluvia? —Sí, es lluvia. Algo me decía que la cuerda se rompió en algún lugar o algo salió mal. —¡Oh, no! —pensé. —¿Saben qué podemos hacer? Podemos empezar a pescar nosotros —dije a la cámara, tratando de distraerme. —Yo no empezaría a pescar todavía, él está en el agua —me corrigió mi conciencia.

—¡Chicos! —gritamos. —¡Su cuerda se soltó! ¿Ven algún pez allá abajo? —No veo nada —gritó Beto desde lejos. —Ninguno todavía. Tenemos la cuerda. De repente, hubo movimiento. —¡Oh, tienes algo? —¡Sí! ¡Sí! ¡Tenemos un pez! —gritaron eufóricos. —¡Agárrenlo, agárrenlo! —¡Sí! ¡Pez! ¡Sí! ¡Pez!.

Y después de 2 horas de pesca y quemar el equivalente a 200 peces en calorías, todo lo que tenían para mostrar era… un solo pez. Un pescado pequeño. —¿Esto está bien para comer? —preguntó Paco. —Sí, por supuesto. Literalmente sabe a pescado del supermercado —dijo Beto. —Quiero decir, sabes de dónde vienen los peces del supermercado, ¿verdad? —¿De dónde? —Del océano —le respondí sarcásticamente.

Cocinamos ese pobre pescado en la fogata. Sabía a gloria, simplemente porque nos lo habíamos ganado con sangre y sudor. Pero honestamente, seguíamos con hambre. Y aunque este pescado del océano fue sorprendentemente bueno, era hora de comer algo mucho mejor.

—S’mores —anuncié, sacando el arma secreta. —S’mores. Primero que nada, necesitas quemar las bacterias de tu palo —instruyó Beto. —Oh, no sabía eso, en realidad —dije. —Pareces como si hubieras hecho s’mores antes, Lalo. —Bueno, como un hombre que posee una compañía de chocolate… —empecé mi discurso. Paco, impaciente, casi tira todo. —¡Oh, Paco! ¿Qué estás haciendo? Oh, Dios. Tomé el chocolate Feastables, lo aplasté mientras el malvavisco estaba caliente. —Mira eso. Fue el mejor bocado de comida que habíamos tenido en cuatro días. El azúcar nos golpeó el cerebro como una droga.

Como un reloj, nos acostamos para ir a la cama y… empieza a llover. —¿Por qué es que siempre que hacemos videos de supervivencia, literalmente solo llueve cuando estamos tratando de dormir? —me quejé al universo. —Yo diría que fue un día muy exitoso —dijo Beto desde la oscuridad. —Sí. Estoy de acuerdo. Atrapaste una gallina. Yo atrapé un pez. Aquí están los tres días más de estupidez —concluyó Chuy. —Sí.

EL MISTERIO DE LAS RUINAS Y LA CABRA (DÍA 5)

Me desperté desorientado. El sol me daba en la cara. —Acabo de despertar, no tengo idea de qué día es. Es día… Cinco —calculé mentalmente. —Estaba a punto de decir eso —murmuró Paco.

Una de las razones por las que elegimos esta isla es que hay casas muy antiguas o ruinas, como quieran llamarlas, en esta isla. Y aunque están ubicadas en la cima de una montaña, sentí que era el momento. —Digo que hoy es el día en que las exploramos —propuse. —Estoy de acuerdo —dijo Beto. —Desacuerdo —dijo Chuy, siempre la contra.

Ahora que todos habíamos acordado (a la fuerza) ir a las ruinas, queríamos asegurarnos de no comenzar esta expedición con el estómago vacío. Y justo cuando estábamos comiendo nuestro desayuno en bolsa, Chuy notó algo más apetitoso en la playa.

—Allá en la orilla. ¿Qué es eso? —Hay una cabra. —No manches, güey. Hay una cabra —susurré. Paco se levantó de un salto, con esa mirada de depredador hambriento. —Paco, no puedes comer eso —le advertí. —No puedes detenerme —dijo y echó a correr. —¡No! ¡Corre cabra! —grité yo, corriendo tras él—. ¡Paco! —¡Corre, cabra! ¡Sal de aquí! —gritaba mientras bloqueaba a Paco. La cabra nos miró confundida y salió disparada hacia la selva. —¡Sí! —celebré. —¿Por qué harías eso? —me reclamó Paco, jadeando. —Es nuestro amigo. —No, no es, es comida. Una vez más, Lalo asustó mi comida —dijo Paco a la cámara, genuinamente molesto.

Y después de salvar a otro animal de las garras de Paco, era hora de aventurarse a las ruinas. —Muy bien, hagámoslo. El problema era el agua. Siempre el agua. —Casi nos quedamos sin agua, chicos —dijo Chuy revisando las botellas. —Necesito un poco para la aventura —dije. —Voy a tratar de llenar estos con agua de coco mientras se van —ofreció Chuy. —Vamos. Hagámoslo.

Empezamos la caminata. La montaña se veía mucho más alta desde abajo. —Sí. Sigan adelante. Estaré ahí en un segundo —les dije, quedándome atrás para hablar con la cámara. Y lo que ellos no saben es que en realidad tengo una sorpresa esperándonos en la cima de las ruinas. Tendrá sentido en un momento. —Eso fue un poco raro, cómo te quedaste atrás y hablaste con la cámara —dijo Paco sospechando. —Sí, algo así como tú perdiendo 1.5 millones de dólares —le regresé la broma para desviar el tema. —Oh, sí. Sígueme, pandilla. Lalo, creo en ti.

Por un segundo, pensé que una colina era la montaña. Olvidé que ni siquiera habíamos llegado a la base de la montaña real. El camino era brutal, lleno de maleza y rocas sueltas. —Mira qué tan lejos hemos venido de nuestra playa —dije, mirando hacia atrás. El campamento se veía minúsculo. De repente, el clima nos regaló una imagen increíble. —Güey, ¿es eso un arcoíris? ¿Arcoíris justo ahí? —Oh sí. ¿Qué diablos? Eso es increíble. Pero mi optimismo duró poco al analizar la imagen completa. —No voy a ser un aguafiestas, pero eso es lluvia justo ahí. ¿Esa nube gigante? Esa nube gigante con la lluvia subiendo —señalé. —Estás siendo un aguafiestas —me dijo Paco. Desde la altura, podíamos ver el campamento. —Oigan, pueden ver a Chuy desde aquí. Güey, está construyendo el refugio. ¡Chuy nos está haciendo la cena! —gritó Paco. —¡Chuy! ¡Te puedo ver! —gritamos. Él nos escuchó y levantó la mano. —Saluda si eres un nerd —murmuró Paco. —Oh, está saludando. —Sigan adelante.

La luz empezaba a caer. —¿Va a estar oscuro cuando volvamos por este camino? —preguntó alguien. —Sí. —¿Cómo vamos a ver? —Oh, resolveremos eso después —dije con una confianza que no sentía. —Eso va a ser desafortunado si alguien se cae. —¿Estás bien? —¿Estás bien? Estoy vivo.

Finalmente, después de una subida que pareció eterna, llegamos. —¿Ven eso justo allá? Chicos, vamos. Vengan por aquí. Ante nosotros se alzaban unos muros de piedra antiguos, comidos por la selva. —Bienvenidos a las ruinas. Esto es realmente enfermo —dije admirando la historia del lugar. Pero había algo que no encajaba con la arqueología. —Güey, ¿por qué hay simplemente una caja amarilla? —preguntó Paco, señalando un contenedor industrial en medio de las ruinas. —Sí, ¿qué es esta cosa? —Me alegra que preguntes —sonreí—. Le pagué a unos tipos 10,000 dólares para mover esta caja aquí arriba. —¿En serio? —Chuy (bueno, el otro Chuy, Nolan), hay una palanca en tu mochila. —¿Qué creen que hay aquí? —pregunté. —¿Pizza? —dijo Paco esperanzado. Abrimos la caja con un crujido metálico. —Sabías que nos íbamos a quedar sin agua, así que pusiste agua extra en esta caja… —empezó a decir Paco, dándose cuenta de mi plan maestro.

Pero lo que había adentro era mucho mejor que solo agua. Era nuestra salvación para los últimos días. O eso creíamos. Porque la bajada de esa montaña, en la oscuridad, con una tormenta persiguiéndonos, sería otra historia completamente diferente.

CONTENIDO DE LA PARTE 3: EL DESCENSO INFERNAL, LA DELIRIO DEL SEXTO DÍA Y EL DULCE SABOR DEL RESCATE

La palanca metálica chirrió contra el metal oxidado de la caja amarilla, un sonido agudo que cortó el silencio de la selva como un grito. Paco, Beto y yo contuvimos la respiración. Mis manos temblaban, no solo por el esfuerzo de abrir el contenedor, sino por la mezcla de adrenalina y el miedo latente a que la tormenta que se avecinaba nos atrapara allí arriba. Paco había bromeado con que había pizza, una fantasía nacida del hambre voraz que nos carcomía las entrañas desde hacía cinco días. Pero lo que sus ojos vieron cuando finalmente levantamos la pesada tapa hizo que sus pupilas se dilataran como platos.

—¡No mames! ¡No mames, Lalo! —gritó Paco, cayendo de rodillas frente a la caja como si estuviera ante un altar sagrado.

No era pizza. Era algo mejor. O al menos, en ese contexto de privación primitiva, parecía el tesoro de Moctezuma. Dentro de la caja, perfectamente conservadas en hieleras térmicas que yo había mandado colocar días antes, había cortes de carne premium, bolsas de carbón seco, refrescos helados y, sí, debajo de todo eso, unas cajas de pizza que, aunque frías, olían a gloria. Pero eso no era todo. Había algo más crítico para nuestra situación inmediata: linternas de alta potencia y ponchos para la lluvia.

—¿Es real? Dime que no estoy alucinando por la deshidratación, güey —balbuceó Beto, con la voz quebrada. —Es real, carnal. Es real —le dije, sintiendo una satisfacción inmensa al ver sus caras. Por un momento, el dolor de espalda, las picaduras de insectos y la sed desaparecieron.

Nos abalanzamos sobre la comida como animales. No hubo modales, no hubo cubiertos, no hubo “buen provecho”. Fue un festín salvaje. Arrancamos pedazos de carne fría con los dientes, mezclándolos con tragos largos y dolorosos de refresco carbonatado que nos quemaba la garganta reseca. La sensación del azúcar entrando en nuestro torrente sanguíneo fue casi violenta; sentí un zumbido en la cabeza, una euforia repentina. Paco lloraba mientras masticaba una rebanada de pizza.

—Te amo, Lalo. Te amo, güey, neta, perdóname por querer comerme a la cabra —decía con la boca llena.

Pero la montaña, esa testigo silenciosa de nuestra glotonería, no nos iba a dar tregua. Mientras reíamos y comíamos, el cielo sobre nosotros terminó de cerrarse. Lo que había comenzado como una amenaza gris en el horizonte se convirtió en una cortina negra que se tragó la poca luz que quedaba del atardecer.

—Chicos… —dijo Beto, dejando caer un hueso de costilla—. Ya no se ve el campamento.

Miramos hacia abajo. La selva, que minutos antes era un tapiz verde y denso, ahora era un abismo negro. Y entonces, sentimos el primer golpe. No fue una gota, fue un cubetazo. El cielo se rompió.

—¡Vámonos! ¡Ya! —ordené, guardando lo que pudimos en las mochilas—. ¡Saquen las linternas de la caja!

El descenso, que había imaginado difícil, se convirtió instantáneamente en una pesadilla logística. El camino por el que habíamos subido, lleno de tierra suelta y rocas, se transformó en cuestión de segundos en un tobogán de lodo resbaladizo.

—¡Cuidado! —grité cuando el viento nos golpeó de costado, casi tirándonos al suelo.

Encendimos las linternas. Los haces de luz blanca cortaban la lluvia, pero apenas iluminaban dos metros por delante. La vegetación proyectaba sombras alargadas y distorsionadas que parecían manos tratando de agarrarnos.

—¡No veo nada! ¡Mis lentes se empañaron! —gritaba Paco, que iba detrás de mí. —¡Agárrate de mi mochila, no te sueltes! —le respondió Beto.

El regreso no fue caminar; fue una caída controlada. Cada paso era una apuesta. Clavaba el talón en el lodo, rezando para encontrar una raíz o una roca firme, pero la mayoría de las veces el suelo cedía y me deslizaba un metro o dos hasta chocar contra un árbol. El agua bajaba por la ladera formando pequeños ríos que arrastraban piedras y ramas, golpeándonos en los tobillos.

En un momento de pánico puro, escuché un crujido seco seguido de un grito ahogado. —¡Paco! —gritó Beto.

Me giré, barriendo la oscuridad con mi linterna. Paco había resbalado cerca de un borde que, si bien no era un precipicio mortal, era una caída de unos cinco metros hacia un matorral espinoso. Estaba colgando de una rama, con los pies pataleando en el aire y la cara llena de barro.

—¡No te sueltes, cabrón! —le grité, la adrenalina borrando cualquier rastro de cansancio.

Beto y yo nos arrastramos por el lodo hacia él. La lluvia era tan fuerte que apenas podíamos escuchar nuestros propios pensamientos. El agua nos entraba por la nariz y la boca, ahogándonos. Agarré la muñeca de Paco; estaba resbaladiza por la mezcla de lluvia y sudor. —¡A la cuenta de tres! ¡Uno, dos, tres! —Tiramos con todas nuestras fuerzas.

Paco subió a rastras, tosiendo y temblando, con los ojos desorbitados. —Pensé que me iba, güey. Pensé que me iba —repetía. —Estás bien, estás bien. Sigue caminando. Si nos quedamos quietos nos da hipotermia —le dije, aunque yo mismo estaba temblando de frío.

La bajada nos tomó lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo cuarenta minutos. Cuarenta minutos de infierno, golpes, rasguños y el miedo constante de romperse una pierna en medio de la nada, sin señal de celular y con un botiquín básico que estaba abajo en la playa.

Cuando finalmente el terreno se niveló y escuchamos el rugido familiar de las olas rompiendo en la orilla, casi lloro de alivio. Vimos una luz tenue a lo lejos: la fogata de Chuy. O lo que quedaba de ella.

—¡Chuy! —gritamos.

Llegamos al campamento empapados, cubiertos de lodo de pies a cabeza, pareciendo criaturas del pantano. Chuy (Nolan) salió del refugio, que milagrosamente seguía en pie gracias a las hojas extra que habíamos puesto.

—¡Están vivos! —gritó, corriendo a abrazarnos sin importarle el lodo—. ¡Pensé que se habían matado! ¡Escuché truenos y pensé “ya valió, se murieron”! —Casi, carnal. Casi —dijo Beto, dejándose caer en la arena mojada bajo el techo del refugio.

Esa noche, la quinta noche, fue la prueba de fuego de nuestra moral. Teníamos la panza llena gracias a la carne de la caja amarilla, pero estábamos mojados hasta los huesos. La ropa se nos pegaba al cuerpo y el viento que venía del mar era helado. Nos acurrucamos los cuatro juntos, como cachorros, tratando de compartir el calor corporal. El olor a humedad, a sudor rancio y a humo de leña mojada era penetrante.

—¿Valió la pena? —preguntó Chuy en la oscuridad, mientras la lluvia golpeaba la lona sobre nosotros. Pensé en la vista desde la cima, en la adrenalina, en la pizza, pero también en el miedo real que sentí cuando Paco resbaló. —Sí —dije, aunque no estaba 100% seguro—. Al menos tendremos una buena historia para contar si salimos de esta.

DÍA 6: EL DELIRIO Y LA ESPERA ETERNA

El amanecer del sexto día trajo una calma extraña. La tormenta había pasado, dejando la isla lavada y brillante, pero nosotros estábamos destrozados. Mis articulaciones chirriaban al moverme. Tenía cortes en las manos que ardían con la sal del aire.

Este era el día peligroso. Psicológicamente, saber que solo falta un día es tortuoso. El tiempo se dilata. Un minuto parece una hora. Ya no teníamos misiones épicas. Ya no había ruinas que explorar ni refugios que construir. Solo quedaba esperar. Y la espera te hace pensar.

Nos sentamos en la orilla, mirando el mar infinito. —Mañana nos vamos —dijo Paco, rompiendo el silencio. Estaba dibujando círculos en la arena con un palo. —Mañana dormimos en una cama —añadió Beto, con la mirada perdida. —¿Qué es lo primero que van a comer? —preguntó Chuy. —Tacos. Tacos al pastor. Con mucha piña y salsa de la que pica —dijo Paco sin dudarlo—. Y una coca bien fría. De vidrio. —Yo quiero una ducha —dije yo—. Una ducha de agua caliente de una hora. Quiero quitarme esta capa de sal que siento que ya es parte de mi ADN.

Para matar el tiempo y no volvernos locos, decidimos hacer un último intento de pesca, pero esta vez desde la orilla, sin locuras de nadar mar adentro. Fue patético. Estábamos tan débiles que apenas podíamos lanzar la línea. No pescamos nada, pero nos reímos. Nos reímos de nuestra propia desgracia, de lo flacos que nos veíamos.

—Mira mis costillas, güey —decía Paco levantándose la camisa—. Parezco radiografía. —Tú siempre has sido flaco, no te hagas —le bromeó Beto.

Pero la realidad era que sí habíamos bajado de peso. El hambre, a pesar del festín de ayer, era una constante. El cuerpo consume sus reservas a una velocidad aterradora cuando estás bajo estrés constante.

A mitad del día, el calor volvió con venganza. Nos refugiamos en la sombra, y ahí, en ese estado de semi-inconsciencia provocado por el calor, tuvimos las conversaciones más profundas. Hablamos de nuestras familias, de nuestros miedos, de lo afortunados que éramos en nuestras vidas normales y de lo poco que lo apreciamos.

—Nunca voy a volver a dejar el agua corriendo mientras me lavo los dientes —dijo Chuy, mirando nuestra última botella de agua. Nos quedaba menos de un litro para los cuatro. Tendríamos que racionar cada gota hasta que llegara el barco mañana a mediodía. —Es loco cómo damos todo por sentado —reflexioné—. Tenemos un grifo mágico en casa que escupe agua potable infinita, y nos quejamos si sale tibia. Aquí, daría mi dedo meñique por un vaso de agua con hielo.

La tarde del sexto día se arrastró. El sol comenzó a bajar, pintando el cielo de naranjas y violetas. Sería nuestro último atardecer en la isla. Había una mezcla de melancolía y desesperación. Queríamos irnos, sí, pero también sabíamos que, de alguna manera retorcida, íbamos a extrañar esto. La simplicidad. Aquí, tus únicos problemas son: comer, beber, dormir, no morir. No hay correos electrónicos, no hay deudas, no hay tráfico, no hay redes sociales (irónicamente, aunque estábamos grabando para ellas). Solo éramos nosotros cuatro y la naturaleza.

—Oigan —dijo Beto, poniéndose serio—. Gracias. —¿Por qué? —pregunté. —Por no dejarme morir ayer. Y por traerme. A pesar de que me duele todo, esto… esto es vida, cabrones. Nos dimos un abrazo grupal, apestosos y sucios. —Ya, no se pongan sentimentales que lloro y me deshidrato más —dijo Paco, rompiendo el momento como siempre.

LA ÚLTIMA NOCHE

La noche cayó y, por primera vez, no llovió. El cielo estaba despejado, cuajado de estrellas. Tantas estrellas que te mareaban. Vimos la Vía Láctea clarita, cruzando el firmamento.

—Guachen eso —señalé hacia arriba. Nos quedamos tumbados en la arena fría, mirando el universo. —¿Creen que hay aliens viéndonos y diciendo “mira a esos idiotas en la isla”? —preguntó Paco. —Definitivamente —dije—. Deben estar apostando a ver quién se rompe primero.

Gastamos los últimos leños que nos quedaban en una fogata grande. Ya no necesitábamos guardar madera para mañana. Quemamos todo. El fuego iluminaba nuestras caras demacradas, barbudas y quemadas. Nos sentíamos como náufragos de película. Dormir fue imposible. La ansiedad del rescate nos mantenía alerta. Cada sonido del mar nos parecía un motor. —¿Escucharon eso? —Es una ola, Paco. Duérmete. —No, sonó como un motor. —Paco, son las 3 de la mañana. El barco viene a mediodía. Cállate.

DÍA 7: LA LIBERACIÓN

El sol salió el séptimo día y nunca me había sentido tan feliz de ver la luz. Era el día. Desmontamos el campamento. Teníamos una regla estricta: dejar la isla mejor de lo que la encontramos. Recogimos cada plástico, cada cuerda, cada envoltura de las comidas. Enterramos las cenizas de la fogata. Desarmamos la estructura del refugio para que la naturaleza retomara su curso. Fue un trabajo simbólico. Borrar nuestra huella.

—Parece como si nunca hubiéramos estado aquí —dijo Chuy, mirando el claro de arena vacío. —Excepto por el olor. El olor a hombre sucio se va a quedar aquí por siglos —bromeé.

Nos sentamos en la orilla, con las maletas listas, escaneando el horizonte. Las horas pasaban. Las 10 am. Las 11 am. —¿Y si se olvidaron de nosotros? —la paranoia de Paco volvía. —No se olvidaron, Paco. Pagué la mitad por adelantado. Si quieren la otra mitad, tienen que venir —le aseguré, aunque por dentro tenía un nudo en el estómago. ¿Y si el barco se averió? ¿Y si no nos encuentran? Nos quedaba agua para… bueno, ya no nos quedaba agua. Nos habíamos bebido el último sorbo hace una hora como brindis final.

Y entonces, lo vimos. Un punto blanco en la línea azul. Luego la estela de espuma. Luego el sonido. Ese bendito zumbido de un motor fuera de borda. —¡Vienen! ¡Ahí vienen! —gritamos, saltando y agitando los brazos como locos, aunque nos veían perfectamente.

El barco se acercó. El capitán nos saludó con la mano. Cuando la proa tocó la arena, sentí que las piernas me fallaban del alivio. —¡Súbanse, vámonos! —gritó el capitán en español. Subir al barco fue torpe. Estábamos débiles. Pero en cuanto mis pies tocaron la fibra de vidrio del bote, supe que se había acabado.

El motor rugió y el barco dio la vuelta. Miré hacia atrás, hacia la playa que había sido nuestro hogar, nuestra prisión y nuestra escuela durante una semana. Se veía tan pacífica, tan inocente desde lejos. Las palmeras se mecían suavemente. La montaña donde casi nos matamos se veía majestuosa.

—Adiós, isla del infierno —gritó Paco, haciéndole una seña obscena a la selva. —Adiós, Bryan —dijo Chuy, despidiéndose del pollo imaginario.

Mientras el barco ganaba velocidad y el viento nos golpeaba la cara, el capitán nos pasó una hielera. —Cortesía de la casa —dijo. La abrimos. Botellas de agua helada. Nunca, en toda mi vida, el agua me había sabido tan bien. Me bajé la botella de un trago, sintiendo cómo la vida volvía a mi cuerpo.

Miré a la cámara una última vez, con el pelo revuelto, los labios partidos y una sonrisa que no me cabía en la cara. —Sobrevivimos. Siete días. Sin lujos, sin ayuda, solo nosotros contra la naturaleza. Y ganamos. Bueno, empatamos, porque la naturaleza nos dio una paliza, pero seguimos vivos. Hice una pausa, mirando a mis amigos, mis hermanos de batalla. —No intenten esto en casa. Neta. Vayan a un hotel con todo incluido. Pidan servicio a la habitación. Abracen a su mamá. Soy Lalo, y nos vemos en la próxima locura. Cambio y fuera.

El barco saltó sobre una ola, lanzando espuma hacia nosotros. Nos reímos. Una risa histérica, libre, pura. Estábamos volviendo a casa. Estábamos volviendo a la vida. Y aunque apestábamos y nos dolía hasta el alma, nunca me había sentido más vivo que en ese momento.

CONTENIDO DEL EPÍLOGO: EL SHOCK DE LA CIVILIZACIÓN, LA CRUDA REALIDAD Y LA HUELLA IMBORRABLE DE LA ISLA

El rugido del motor fuera de borda era la música más hermosa que había escuchado en mi vida. Dejábamos atrás esa mancha verde y traicionera en el horizonte, esa isla que nos había masticado y escupido durante una semana entera. Me quedé mirando la estela de espuma blanca que dejaba el bote, hipnotizado. Era como si esa línea de agua agitada fuera la frontera física entre el infierno y el mundo de los vivos.

—¿Están bien? —preguntó el capitán, un hombre de piel curtida que nos miraba con una mezcla de diversión y lástima. Nos había pasado esa hielera milagrosa momentos antes.

—Mejor que nunca, jefe —respondió Paco, aunque su voz sonaba rasposa y débil. Tenía una botella de agua pegada a la boca como si fuera un bebé con su biberón.

El viaje de regreso a tierra firme duró unos cuarenta y cinco minutos, pero en mi mente, fue un viaje de transición dimensional. Mientras la isla se hacía pequeña, mi cerebro empezó a procesar lo que acababa de pasar. Habíamos sobrevivido. No era un videojuego, no era un set de filmación con catering escondido detrás de los árboles. Había sido real. El hambre que nos había consumido las reservas , la sed que nos hizo dudar de nuestra cordura , y el miedo genuino de esa tormenta en la montaña. Todo había sido real.

Cuando el puerto apareció en la distancia, con sus casas de colores, sus barcos pesqueros y, lo más importante, sus postes de electricidad, sentí un nudo en la garganta. Civilización.

—Veo coches —susurró Chuy, señalando una carretera costera—. Veo un camión de Coca-Cola. —No manches, voy a llorar —dijo Beto, y no estaba bromeando. Sus ojos estaban vidriosos.

El barco atracó en un muelle de madera que olía a pescado y gasolina. Para cualquier turista, ese olor podría ser desagradable. Para nosotros, olía a progreso. Olía a humanidad. Al intentar bajar del bote, mis piernas de “marinero de tierra firme” fallaron. El suelo de madera no se movía como la arena o el barco, y esa estabilidad repentina me mareó.

—Cuidado ahí, Survivor —dijo el capitán, sosteniéndome del brazo. Su agarre fue firme. —Tienen un transporte esperándolos arriba.

Caminamos por el muelle como un grupo de zombies salidos de una película de terror de bajo presupuesto. La gente se nos quedaba viendo. Y no los culpo. Imaginen la escena: cuatro vatos barbones, quemados por el sol hasta tener la piel color ladrillo, con la ropa llena de lodo seco de la tormenta de la noche anterior , oliendo a una mezcla de humo, sudor rancio y marisma. Éramos un espectáculo.

Un par de turistas gringos con camisas hawaianas inmaculadas se apartaron de nuestro camino arrugando la nariz. —Jesus, what happened to them? —escuché que susurraba la mujer. Paco se giró, con una sonrisa desdentada y loca, y les dijo en su inglés roto: —We fought a chicken named Bryan. And won. Los turistas aceleraron el paso, aterrorizados. Nosotros soltamos una carcajada que sonó más a tosferina que a risa.

EL PRIMER CONTACTO: LA CAMIONETA Y EL AIRE ACONDICIONADO

Al final del muelle, una van blanca con los vidrios polarizados nos esperaba. El conductor, un señor local contratado por mi equipo de producción, abrió la puerta corrediza. En el momento en que esa puerta se abrió, sucedió el milagro. Una ráfaga de aire acondicionado gélido nos golpeó la cara. —¡Dios mío! —gimió Beto, cerrando los ojos y dejando que el aire frío le acariciara la cara quemada. Nos subimos amontonados. El contraste térmico fue brutal. Pasamos de los 35 grados húmedos del exterior a los 20 grados secos y artificiales del interior. Mi piel, que había estado pegajosa y caliente durante 168 horas seguidas, se erizó completamente.

—Oiga, don —le dije al conductor—. Súbale al aire. Al máximo. Por favor. —¿Seguros? Se van a enfermar con el cambio —dijo él, mirándonos por el retrovisor. —No nos importa. Congélenos —dijo Chuy, recargando la cabeza en el asiento de tela suave. —Oh, siento tela. No es arena. Es tela suave.

El trayecto al hotel fue silencioso. Nadie hablaba. Todos estábamos pegados a las ventanas, mirando el mundo pasar. Veíamos gente caminando con celulares en la mano, tiendas de conveniencia, perros callejeros, anuncios espectaculares. Todo me parecía hiperrealista, como si le hubieran subido la saturación a la vida. Los colores eran demasiado brillantes; los ruidos, demasiado fuertes. Mi cerebro, acostumbrado al sonido monótono de las olas y el viento, no sabía cómo filtrar el claxon de los coches o la música de reggaetón que salía de una tienda.

—¿Se sienten raros? —pregunté. —Siento que estoy en una simulación —respondió Paco—. Siento que sigo en la isla y estoy soñando esto.

EL HOTEL: EL PARAÍSO DE LOZA Y AGUA CALIENTE

Llegamos al hotel. No era un palacio, pero era un hotel de cuatro estrellas decente en la costa. Para nosotros, era el Taj Mahal. Entramos al lobby arrastrando nuestras mochilas sucias. El suelo era de mármol pulido y brillaba tanto que podías verte reflejado. El aire olía a lavanda y productos de limpieza. La recepcionista, una chica joven con un uniforme impecable, levantó la vista y sus ojos se abrieron con alarma. Probablemente pensó que éramos vagabundos que venían a asaltar el lugar.

—Tenemos reservación a nombre de Jimmy… bueno, Lalo —dije, tratando de sonar civilizado a pesar de mi apariencia. —Ah… sí. Sí, claro —tartamudeó ella, tecleando rápido en su computadora, probablemente queriendo despacharnos lo antes posible para que no espantáramos a los demás huéspedes. —Aquí están sus llaves. Habitaciones 204 y 206. Disfruten su estancia.

Subimos al elevador. El espejo del elevador fue nuestro primer encuentro con la realidad. —¡No mames! —exclamó Paco al verse—. ¡Parezco el Náufrago pero en versión mexicana y barata! Nos miramos. Estábamos demacrados. Mis pómulos se marcaban demasiado. Tenía ojeras profundas y moradas. Mi barba había crecido de forma irregular y tenía costras de sal en las cejas. Beto tenía un rasguño feo en el brazo que se veía infectado. Chuy simplemente se veía gris. —Damos miedo, raza —dije—. Necesitamos arreglar esto.

Entramos a las habitaciones. Beto y yo compartíamos una. Lo primero que hicimos no fue saltar a las camas. Fue ir al baño. Abrí la llave del lavabo. Agua. Agua cristalina, limpia, corriente. Metí las manos bajo el chorro. La sensación del agua dulce resbalando por mis dedos fue casi erótica. Me eché agua en la cara, una y otra vez, tratando de quitarme la sal. —Voy a meterme a la regadera —anuncié—. Si no salgo en dos horas, manden una expedición de rescate.

Me quité la ropa, que estaba rígida por la sal y el sudor. Literalmente, mis pantalones se quedaron parados solos en el suelo cuando me los quité. Entré a la ducha. Giré la perilla hacia el lado rojo. “Caliente”. Esperé unos segundos. Y entonces, cayó. Agua caliente. Vapor. Presión. Gemí. No tengo vergüenza en admitirlo. Gemí de placer. Sentir el agua caliente golpeando mi espalda adolorida, disolviendo la mugre, abriendo los poros… fue una experiencia religiosa. Me quedé ahí parado, sin moverme, durante diez minutos, solo dejando que el agua corriera. Luego, agarré el jabón. Un jabón pequeño de hotel con olor a avena. Empecé a frotar. Y vi cómo el agua que corría hacia el desagüe se volvía negra. Café oscura. Era la isla yéndose por la cañería. Tuve que enjabonarme tres veces para que la espuma saliera blanca. Me lavé el pelo cuatro veces. El acondicionador se sentía como seda.

Cuando salí de la ducha, envuelto en una toalla blanca y esponjosa, me sentí como un hombre nuevo. Un hombre renacido. Beto ya estaba dormido en la cama, envuelto en la bata, roncando como un oso. Me acerqué al espejo. Ya no había mugre, pero el daño estaba ahí. Mi piel estaba pelándose por la quemadura del primer día. Tenía picaduras de insectos en todo el torso y las piernas que se veían rojas e irritadas. Había perdido peso, se notaba en mis hombros.

EL BANQUETE DE LOS DIOSES (Y DE PACO)

Una hora después, nos reunimos todos en la habitación de Paco y Chuy. Estábamos limpios, rasurados (o al menos recortados) y oliendo a champú barato. Pero teníamos un problema urgente: el hambre seguía ahí. Esa caja amarilla en la montaña nos había dado un respiro, pero nuestros estómagos exigían una compensación por los siete días de privación.

—Pedí servicio al cuarto —dijo Paco, con una sonrisa maliciosa—. Pedí todo. —¿Qué es todo? —pregunté. En ese momento, tocaron a la puerta. Entraron dos meseros empujando carritos cubiertos con manteles blancos. El olor inundó la habitación y nuestras bocas se hicieron agua instantáneamente. Destaparon las bandejas. Era obsceno. Había una montaña de hamburguesas con queso. Había papas a la francesa. Había un plato enorme de nachos. Había club sandwiches. Y, en el centro, como la joya de la corona, una fuente con tacos al pastor. —Tacos… —susurró Paco, con lágrimas en los ojos—. Con piña. Y salsa de la que pica.

Nos sentamos en el suelo, alrededor de la comida. Nadie habló durante los primeros diez minutos. Solo se escuchaba el sonido de la masticación y los suspiros de satisfacción. Agarré un taco. La tortilla estaba caliente, suave. La carne adobada estaba jugosa. La piña le daba ese toque dulce y ácido. Le puse salsa verde. Mordí. La explosión de sabor en mi boca fue tan intensa que tuve que cerrar los ojos. Mi lengua, acostumbrada al sabor insípido del pescado hervido o al coco, no sabía cómo procesar tantas especias. Picaba, pero era un picor delicioso, un picor mexicano que me recordaba quién era y de dónde venía.

—Esto es vida —dijo Chuy, con la boca llena de hamburguesa—. Nunca voy a volver a quejarme de la comida de mi mamá. Nunca. —Oigan, ¿se acuerdan de cuando Paco casi se come a la cabra? —dije, riendo entre bocados. —No me juzguen —se defendió Paco, señalándonos con una papa frita—. El hambre te hace cosas locas, güey. Veía a esa cabra y veía birria con patas.

Comimos hasta que nos dolió la panza. Literalmente. Nuestros estómagos, encogidos por la falta de comida, se rebelaron ante el exceso de grasa y carbohidratos. Pero no nos importó. Nos tiramos en las camas, con “el mal del puerco” más glorioso de la historia, viendo la televisión por cable. Estaban pasando una caricatura tonta, pero nos reímos como idiotas. La simplicidad de ver colores moviéndose en una pantalla sin tener que preocuparse por si iba a llover o no era un lujo.

LA NOCHE DEL INSOMNIO Y EL FANTASMA DE LA ISLA

Esa noche, sin embargo, la realidad nos pasó factura de otra manera. Apagamos las luces. Las camas eran nubes. Las almohadas eran suaves. El aire acondicionado zumbaba suavemente. Estaba perfecto para dormir 20 horas seguidas. Pero no pude. Daba vueltas en la cama. El silencio era ensordecedor. En la isla, nunca había silencio absoluto. Siempre estaba el mar, el viento en las palmeras, los grillos, el sonido de mis compañeros respirando o moviéndose incómodos en la arena. Aquí, el aislamiento acústico de la habitación me hacía sentir encerrado. Me levanté y fui a la ventana. Abrí la cortina. El mar estaba ahí fuera, oscuro y tranquilo. Sentí una punzada extraña. No era nostalgia, exactamente. Era… ¿culpa? Estaba aquí, seguro, lleno, limpio. Pero una parte de mi cerebro seguía en modo supervivencia. Una parte de mí estaba esperando que Beto gritara que venía la lluvia. Una parte de mí estaba calculando cuántos sorbos de agua me quedaban, aunque tenía un frigobar lleno a dos metros.

Salí al balcón. Chuy estaba ahí, mirando la luna. —¿Tampoco puedes dormir? —le pregunté. —No —dijo sin mirarme—. Cierro los ojos y siento que me pican los bichos. Y me siento… culpable. —¿Culpable de qué? —De estar cómodo. Es estúpido, ¿no? Hace 24 horas estaba rezando por esto. Y ahora que lo tengo, me siento raro. Como si no lo mereciera tan fácil. —Se llama estrés postraumático leve, supongo —dije, encendiendo un cigarro que había encontrado (aunque no fumo, necesitaba hacer algo con las manos)—. O simplemente es que nos acostumbramos a estar alertas. Tu cuerpo sigue pensando que estás en peligro. —Extraño a Bryan —dijo de repente. Me reí. —Era un buen pollo. —Neta, güey. Allá… todo era simple. Aquí —señaló hacia las luces de la ciudad a lo lejos—, todo es complicado. Mañana tengo que contestar correos. Tengo que pagar la renta. Tengo que ver qué onda con mi ex. Allá, mi único problema era que Paco no se matara o que no nos cayera un coco en la cabeza. Asentí. Entendía perfectamente a lo que se refería. La “libertad” de la supervivencia es adictiva. Te quita el peso de la vida moderna. Te convierte en un animal básico, y hay cierta paz en eso.

EL REGRESO A CASA Y LA LECCIÓN DEL GRIFO

Al día siguiente volamos de regreso a la Ciudad de México. El aeropuerto fue un caos. El ruido, la gente corriendo, los anuncios. Nos sentíamos abrumados. Me puse audífonos con cancelación de ruido solo para poder respirar. Cuando llegué a mi departamento, lo primero que hice fue dejar las maletas en la entrada y caminar hacia la cocina. Me paré frente al fregadero. Abrí la llave. El agua salió a borbotones. Clara, fresca, infinita. Me quedé mirándola fijamente. Recordé el Día 4, cuando estábamos racionando las últimas botellas y Chuy estaba nervioso por orinar. Recordé cómo una simple botella de agua caliente nos parecía un tesoro. Y ahí estaba yo, viendo cómo litros y litros de agua potable se iban por el desagüe sin ningún propósito. Cerré la llave de golpe. Sentí un escalofrío. —Nunca más —me prometí en voz alta—. Nunca más voy a dar esto por sentado.

Los siguientes días fueron de reintegración. Mi familia me recibió como si hubiera vuelto de la guerra. Mi mamá lloró al ver lo flaco que estaba y me preparó pozole (que comí con gusto, pero con moderación, aprendiendo de la lección de los tacos). Pero lo más curioso fue lo que pasó en el grupo de WhatsApp que tenemos los cuatro. El nombre del grupo solía ser “Proyecto Isla”. Ahora lo habíamos cambiado a “Sobrevivientes”. Nadie mandaba memes. Nadie mandaba tonterías. Los mensajes eran diferentes. “Oigan, hoy me bañé con agua fría porque extrañaba la sensación”, escribió Beto. “Fui al súper y casi lloro en el pasillo de las aguas. Hay demasiadas opciones”, puso Paco. “Extraño ver las estrellas sin contaminación lumínica”, puso Chuy. Estábamos conectados por esa experiencia. Nadie más podía entenderlo. Podíamos contárselo a nuestros amigos, a nuestras novias, a nuestros seguidores, pero solo nosotros sabíamos lo que se sentía realmente estar ahí, en la oscuridad, con miedo y hambre.

LA EDICIÓN Y LA RESPUESTA VIRAL

Pasé las siguientes dos semanas encerrado en mi estudio, editando el material. Ver las imágenes fue revivir el trauma, pero también fue increíble ver nuestra transformación. Al principio del video, éramos ruidosos, arrogantes, “influencers” jugando a ser exploradores. Para el final, en el Día 7, éramos humildes. Había una mirada diferente en nuestros ojos. Una mirada de respeto hacia la naturaleza. Cuando edité la parte de la tormenta en la montaña, se me puso la piel de gallina. La cámara captaba el miedo en los ojos de Paco cuando resbaló. No hubo necesidad de añadir música dramática; el sonido del viento y nuestros gritos ahogados eran suficientes.

Subí el video. “7 DÍAS VARADOS EN UNA ISLA DESIERTA – DOCUMENTAL COMPLETO” La respuesta fue explosiva. Millones de vistas en horas. Pero lo que más me impactó fueron los comentarios. No eran los típicos “Jajaja Paco es un tonto”. La gente conectaba con la lucha. “Güey, cuando abrieron la caja de comida lloré con ustedes”. “La parte donde Lalo habla del agua me hizo levantarme y cerrar bien la llave de mi baño”. “Se ve que sufrieron de verdad. Respeto máximo”.

Me di cuenta de que no solo habíamos hecho un video de entretenimiento. Habíamos documentado una experiencia humana cruda. La vulnerabilidad de cuatro hombres enfrentándose a sus límites y encontrando fuerza en su amistad.

REFLEXIÓN FINAL: ¿POR QUÉ LO HACEMOS?

Ahora, escribiendo esto desde la comodidad de mi silla ergonómica, con un café latte a mi lado (con hielo, mucho hielo), me pregunto: ¿Lo volvería a hacer? Mi cuerpo grita “¡No, estás loco!”. Mis cicatrices en las manos todavía están sanando. Mi espalda todavía me reclama por haber dormido en la arena. Pero mi alma… mi alma dice otra cosa.

Vivimos en un mundo demasiado cómodo. Tenemos todo al alcance de un clic. Comida, transporte, entretenimiento, parejas. No tenemos que luchar por nada básico. Y eso, aunque suene extraño, nos debilita. Nos hace olvidar de qué estamos hechos. En esa isla, descubrí que soy más fuerte de lo que pensaba. Descubrí que Beto, a pesar de sus quejas, es un líder nato bajo presión. Que Chuy, aunque pesimista, tiene un corazón de oro y trabaja duro. Y que Paco… bueno, Paco sigue siendo un caos, pero es un caos que te mantiene cuerdo con su risa cuando todo lo demás está mal.

La comodidad es una droga lenta. Te adormece. La supervivencia te despierta. Te da una bofetada en la cara y te grita “¡Estás vivo, cabrón!”. Esa sensación de atrapar un pez después de horas de intentarlo vale más que cualquier hamburguesa comprada en Uber Eats. Esa sensación de compartir una lata de refresco caliente entre cuatro amigos como si fuera champaña vale más que cualquier fiesta en un antro exclusivo.

EL FUTURO

Ayer me reuní con los muchachos. Ya nos vemos más sanos. Hemos recuperado el peso. Las picaduras ya no se ven. Estábamos cenando (pizza, irónicamente) y hubo un silencio. Paco me miró. Tenía esa chispa peligrosa en los ojos. La misma que tenía cuando vio la boya naranja en el mar. —Oye, Lalo… —empezó. —No —dije instintivamente. —Escúchame, güey. Estaba viendo mapas en Google Earth… —Paco, cállate. —Hay una zona en la selva amazónica… Todos nos quedamos callados. Beto dejó su rebanada de pizza. Chuy se ajustó los lentes. Deberíamos haber dicho que no. Deberíamos haberle lanzado la pizza a la cara y haber salido corriendo. Pero no lo hicimos. Vi una sonrisa pequeña formarse en la cara de Beto. Vi a Chuy sacar su celular, probablemente para buscar vuelos o equipo de supervivencia. Y yo… yo sentí esa cosquilla en el estómago. Esa mezcla de miedo y emoción.

—¿La selva? —pregunté, tratando de sonar desinteresado. —Sí. Sin playa. Pura jungla. Jaguares, anacondas, toda la cosa —dijo Paco emocionado. Suspiré. Sabía que estaba perdido. Sabía que estábamos condenados a buscar esa incomodidad de nuevo. —Dame un mes —dije finalmente—. Déjame recuperarme. Y luego… luego lo hablamos.

Así somos. Humanos. Buscadores de problemas. Adictos a sentirnos vivos. La isla nos cambió, sí. Pero no nos curó de nuestra locura. Al contrario, la alimentó. Así que, si están leyendo esto, disfruten su agua caliente. Disfruten su cama suave. Abracen a su mamá. Pero no se olviden de salir de vez en cuando a que les dé el aire, a ensuciarse las manos, a pasar frío. Porque es ahí, fuera de la zona de confort, donde realmente sucede la magia.

Soy Lalo. Sobreviví a la isla. Sobreviví a mis amigos. Y, por desgracia para mi madre, creo que esto apenas está empezando. Nos vemos en la próxima aventura. Cambio y fuera.

(P.D: Si alguien ve a un pollo llamado Bryan en una isla del Pacífico, díganle que Paco le manda saludos y que todavía se siente mal por lo de la trampa).

FIN.

BTV

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