
Me llamo Alejandro. A mis 45 años, tenía todo lo que un hombre podría soñar en la Ciudad de México: una empresa de tecnología en Santa Fe, cuentas bancarias con ceros infinitos y una vista panorámica desde mi oficina que envidiaría cualquiera. Pero la realidad era otra: estaba solo. Mi divorcio me había dejado vacío; mi exesposa se fue a Europa con una liquidación millonaria y sin hijos, algo que yo siempre quise y ella no.
Ese lunes, cancelé todo. Le dije a mi asistente que no me molestara. Me quité el traje italiano de 50 mil pesos, me puse unos jeans viejos de supermercado y una camisa de franela desgastada. Me miré al espejo y vi a un hombre común, sin el aura de poder, solo un tipo de mediana edad con ojos tristes.
Manejé mi vieja camioneta hasta una colonia popular, lejos de mi burbuja de cristal. Entré a “La Cocina de Doña Rosa”, un lugar sencillo que olía a café de olla y tortillas recién hechas. Me senté en una mesa del rincón.
Fue ahí donde la vi. Elena. Una mesera con el cansancio marcado en el rostro pero con la sonrisa más genuina que había visto en años. Me sirvió café y me trató con una dignidad que no había sentido en mis círculos de “amigos” millonarios. Pero lo que me atrapó fue la pequeña Sofía, su hija de seis años, que hacía la tarea en una mesa del fondo.
—¿Eres nuevo aquí? —me preguntó la niña con unos ojos enormes y curiosos.
Durante semanas volví a esa fonda. Me convertí en “Alejandro, el señor callado de la camioneta vieja”. Elena pensaba que yo era un obrero más, luchando día a día. Hasta que una tarde, llegué y el ambiente era pesado. Elena temblaba mientras limpiaba las mesas. Sofía estaba recostada en la banca, ardiendo en fiebre.
—Elena, ¿qué pasa? —le pregunté.
Ella intentó sonreír, pero se quebró.
—Es Sofía. Lleva dos días con fiebre. Necesito llevarla al médico particular porque en el centro de salud hay mucha fila y no tengo seguro, pero no me pagan hasta el viernes… —se tapó la cara con vergüenza—. Perdón, no te debo contar mis problemas.
El dolor en su voz era real. La desesperación de una madre que no tiene 2,000 pesos para salvar a su hija. Yo traía una cartera con efectivo que para mí era cambio, pero para ella era la vida.
Saqué 4,000 pesos. Se los puse en la mesa.
—Toma, llévala al doctor y tómate el día.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y miedo.
—No puedo aceptar esto, Alejandro. Apenas nos conocemos. ¿Cómo te voy a pagar?.
—No es un préstamo —le dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Es lo que hace un ser humano por otro.
Ella dudó, su orgullo luchaba contra su necesidad. En ese momento, estuve a punto de confesarle quién era realmente, de decirle que podía comprar el hospital entero si quisiera. Pero tuve miedo. Miedo de que la magia se rompiera. Miedo de que dejara de verme a mí y empezara a ver solo mi cartera.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI LA ÚNICA PERSONA QUE TE TRATA CON VERDAD DESCUBRE QUE TODA TU IDENTIDAD ES UNA MENTIRA?
Parte 2: El Precio de la Verdad y la Riqueza del Alma
Salí de “La Cocina de Doña Rosa” aquel día con el corazón martilleándome en el pecho. Mis manos, acostumbradas a firmar contratos por millones de dólares en rascacielos de Santa Fe, temblaban sobre el volante de mi vieja camioneta mientras conducía de regreso a mi otra vida. Esos 4,000 pesos que dejé en la mesa para las medicinas de Sofía no representaban ni una fracción de lo que gastaba en una cena de negocios, pero ver la gratitud y la vergüenza mezcladas en los ojos de Elena me había sacudido los cimientos.
Durante los días siguientes, no regresé. Me encerré en mi penthouse en Polanco. Caminaba descalzo sobre el mármol frío, mirando la ciudad desde las alturas, esa ciudad que parecía una maqueta brillante y lejana. Me serví un whisky de etiqueta azul, de esos que cuestan lo que una familia promedio gana en un mes, y me sentí miserable. ¿Qué estaba haciendo? ¿Jugando a ser pobre? ¿Era esto un experimento sociológico retorcido para aliviar mi aburrimiento?
La voz de mi conciencia me gritaba que era un fraude. Pero otra voz, más suave, me recordaba la sonrisa de Sofía y la calidez genuina de Elena. Me di cuenta de que, por primera vez en años, alguien me había mirado a los ojos sin ver el signo de pesos. Me habían visto a mí, a Alejandro, el hombre, no al CEO de Mitchell Tech Solutions.
La soledad de mi departamento, rodeado de obras de arte y silencio, se volvió insoportable. Necesitaba volver. No por curiosidad, sino por necesidad. Mi alma se estaba muriendo de hambre en medio de la abundancia, y la única comida que la nutría estaba en esa pequeña fonda con manteles de plástico.
El lunes siguiente, volví.
Cuando entré, la campanita de la puerta sonó y Elena levantó la vista. Su rostro se iluminó de una manera que hizo que se me olvidara respirar.
—¡Alejandro! —exclamó, secándose las manos en el delantal—. Pensé que ya no volverías. Me tenías preocupada.
—Tuve… tuve que salir de la ciudad por unos trabajos —mentí, odiándome un poco más—. ¿Cómo está Sofía?
Elena metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó un sobre blanco, arrugado.
—Está mucho mejor, gracias a Dios y gracias a ti. Ya volvió a la escuela. —Me extendió el sobre con manos temblorosas—. Aquí tienes. Son 500 pesos. Es todo lo que pude juntar esta semana, pero te juro que te pagaré cada centavo, aunque me tarde un año.
Miré el sobre. Sabía lo que le había costado juntar eso. Propinas, horas extra, quizás dejar de comprar algo para ella.
—Elena, por favor —rechacé el sobre suavemente—. No fue un préstamo. Fue un regalo para Sofía. Úsalo para comprarle libros, zapatos, o llévala al cine.
—No puedo, Alejandro. No es correcto. Tú también trabajas duro por tu dinero.
—Por favor —insistí, tomando sus manos por un segundo. Estaban ásperas por el trabajo duro, pero eran cálidas—. Me harías feliz sabiendo que ella está bien. Considéralo una inversión en su futuro veterinario.
Elena sonrió, con los ojos vidriosos, y guardó el sobre.
—¿Por qué eres tan bueno con nosotras? Ni siquiera nos conoces bien.
—Tal vez porque me recuerdan lo que realmente importa —respondí. Y esa fue la primera verdad que le dije en días.
La Rutina de la Doble Vida
Las semanas se convirtieron en meses. Mi vida se partió en dos. De 8:00 AM a 1:00 PM era James “Alejandro” Mitchell, el tiburón de la tecnología, gritando órdenes, revisando acciones y rechazando fusiones. Pero a la 1:30 PM, me cambiaba en el baño privado de mi oficina, guardaba el Rolex en la caja fuerte, me ponía mis botas de trabajo y manejaba hacia el otro lado de la ciudad.
Me convertí en parte del mobiliario de “La Cocina de Doña Rosa”. Aprendí que a Don Beto, el anciano que siempre pedía sopa de fideos, le gustaba hablar de fútbol y de sus nietos que ya no lo visitaban. Aprendí que la salsa verde de los martes picaba más porque Doña Rosa estaba de mal humor. Y aprendí todo sobre Elena y Sofía.
Me sentaba con Sofía a hacer la tarea. Yo, un hombre que diseñaba arquitecturas de nube complejas, me encontraba sudando para explicarle las fracciones a una niña de seis años.
—No, mira, Sofi —le decía, usando los sobres de azúcar—. Si tienes cuatro sobres y le das uno a tu mamá, te quedan tres cuartos.
—¡Ah! —decía ella, con esa chispa de inteligencia en sus ojos—. ¡Eres muy listo, Alejandro! Deberías ser maestro.
Elena nos observaba desde la barra mientras rellenaba los saleros, con una expresión suave que me hacía sentir que flotaba.
Poco a poco, Elena me abrió su corazón. Me contó su historia entre turno y turno, cuando la fonda se vaciaba. Había sido una estudiante brillante de enfermería en la UNAM. Tenía sueños, quería especializarse en pediatría. Pero entonces conoció al padre de Sofía. Se enamoró perdidamente. Cuando quedó embarazada, él se asustó. Le dijo que no estaba listo, que era muy joven, y se fue al norte, “al otro lado”, prometiendo enviar dinero. Nunca volvió a saber de él.
Sus padres, gente conservadora y estricta, la corrieron de la casa por “la vergüenza”. Tuvo que dejar la carrera, trabajar de mesera, limpiar casas, hacer lo que fuera para sobrevivir.
—A veces siento que fallé, Alejandro —me confesó una tarde lluviosa, mientras mirábamos las gotas correr por el ventanal—. Quería darle más a Sofía. Quería que su mamá fuera enfermera, no solo la que sirve el café.
—Eres la mejor madre del mundo —le dije con firmeza—. Sofía es una niña feliz, educada y llena de amor. Eso no se compra con títulos ni con dinero. Eso se lo has dado tú.
Ella suspiró y miró sus manos.
—Quiero volver a estudiar. He estado ahorrando, metiendo monedas en un bote. Pero siempre pasa algo. Se rompe la lavadora, Sofía necesita uniforme nuevo, sube la renta… Parece que el universo no quiere que salga de aquí.
Sentí un impulso casi incontenible de sacar mi chequera y pagarle la carrera completa, comprarle una casa y resolverle la vida en un segundo. Pero me contuve. Sabía que si lo hacía, destruiría la igualdad que habíamos construido. Ella valoraba mi amistad porque creía que yo entendía su lucha, no porque fuera su salvador millonario.
El Dibujo que Cambió Todo
Una tarde de noviembre, la atmósfera en la fonda era especialmente hogareña. El olor a pan de muerto y chocolate caliente llenaba el aire. Yo estaba en mi rincón habitual, revisando unos correos en mi celular (que siempre escondía cuando ella se acercaba), cuando Sofía corrió hacia mí.
—¡Alejandro, Alejandro! —gritó, saltando sobre el asiento frente a mí—. ¡Hice algo para ti!
Me extendió una hoja de papel de cuaderno. Era un dibujo hecho con crayones de cera. Había una casa chueca con una chimenea humeante, un sol amarillo con cara feliz en la esquina, y tres figuras de palitos tomadas de la mano.
Una figura tenía cabello rubio largo (Elena), la pequeña tenía un vestido rosa (Sofía), y la tercera figura era un hombre alto con camisa a cuadros azul.
Debajo, con letras infantiles y coloridas, decía: “MI FAMILIA”.
Sentí un nudo en la garganta tan grande que no podía hablar. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Había cerrado tratos de mil millones de dólares, había aparecido en portadas de revistas, había viajado en jets privados, pero nada, absolutamente nada, me había hecho sentir tan importante como ese dibujo de papel barato.
—Está… está hermoso, Sofía —logré decir, con la voz quebrada—. ¿Este soy yo?
—Sí —dijo ella con total naturalidad—. Eres como mi papá. Bueno, yo no tengo papá, pero si pudiera escoger uno en la tienda de papás, te escogería a ti. Porque nos cuidas y haces reír a mi mamá.
Elena se acercó en ese momento, trayendo mi café. Escuchó las últimas palabras de Sofía y se quedó helada. Su rostro palideció.
—Sofía, hija, no digas eso —dijo Elena con voz tensa—. Alejandro es nuestro amigo, pero no es… no podemos molestarlo con esas cosas. Ve a terminar tu tarea.
Sofía bajó la mirada, confundida por el cambio de tono de su madre, y se fue arrastrando los pies.
Elena se giró hacia mí, avergonzada.
—Perdónala, Alejandro. Es una niña, se imagina cosas. No quiero que te sientas incómodo ni obligado a nada. Sé que tú tienes tu vida y nosotras… bueno, nosotras somos esto.
La miré a los ojos. Ya no podía más. No podía seguir fingiendo que solo era un amigo casual, ni podía seguir ocultando quién era.
—Elena, siéntate un momento, por favor.
—Tengo que atender las mesas…
—Por favor. Ya casi no hay gente. Doña Rosa no se enojará.
Ella se sentó, nerviosa, jugando con una servilleta.
—Sofía no me incomoda —empecé, eligiendo mis palabras con cuidado—. De hecho, es el honor más grande que he recibido en mi vida. Y lo que dijo… yo siento lo mismo. Estos meses con ustedes han sido los mejores de mi vida.
Elena levantó la vista, sorprendida.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que me he enamorado, Elena. Me he enamorado de la risa de Sofía, de la calidez de este lugar, y me he enamorado de ti. De tu fuerza, de tu dignidad, de cómo luchas contra el mundo por tu hija.
Elena se sonrojó violentamente, pero no apartó la mirada.
—Alejandro, yo… yo también siento algo. Pero somos muy diferentes. Tú eres un hombre libre y yo tengo una hija, deudas, problemas…
—Hay algo más que debo decirte —la interrumpí. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se escucharía en toda la fonda—. Algo que debí decirte desde el principio. No he sido honesto contigo.
El miedo cruzó por sus ojos.
—¿Qué pasa? ¿Eres casado? ¿Tienes problemas con la ley?
—No, nada de eso. —Respiré hondo—. Mi nombre sí es Alejandro, pero no soy el hombre que crees que soy. No trabajo en la construcción ni en una oficina pequeña. Soy Alejandro Mitchell. Soy el dueño de Mitchell Tech Solutions.
Ella me miró sin comprender. El nombre no le sonaba.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que… —dudé, pero tenía que decirlo—. Significa que tengo mucho dinero, Elena. Soy multimillonario. Ese edificio que se ve a lo lejos, la torre de cristal en el centro… es mía. Mi fortuna se estima en miles de millones.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador de los refrescos. Elena me miraba como si me hubiera salido otra cabeza. Luego, soltó una risita nerviosa.
—Es una broma, ¿verdad? ¿Estás ensayando para una obra de teatro?
Saqué mi teléfono, el real, el de última generación que rara vez mostraba. Busqué mi nombre en Google y le mostré la pantalla. Ahí estaba yo, en la portada de la revista Expansión, con traje italiano y mirada dura. El titular decía: “Alejandro Mitchell: El Rey del Software en Latinoamérica”.
Elena tomó el teléfono. Miró la foto. Me miró a mí. Miró la foto de nuevo. Sus manos empezaron a temblar, y el teléfono cayó sobre la mesa con un golpe seco.
Se puso de pie bruscamente, tirando la silla hacia atrás.
—¿Por qué? —susurró. Su voz no era de asombro, era de dolor.
—Quería saber qué se sentía ser normal —expliqué apresuradamente, poniéndome de pie también—. Quería que alguien me tratara como a una persona, no como a una cuenta bancaria. Mi esposa me dejó por dinero, mis amigos solo quieren favores… Estaba harto.
—¿Y nosotros fuimos tu experimento? —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran de furia—. ¿Venías aquí a reírte de la pobre mesera y sus problemas de dinero? ¿Esos 4,000 pesos que me diste… para ti eran qué? ¿Como tirar una moneda a un mendigo?
—¡No! Jamás. Elena, créeme…
—¡No me mientas más! —gritó, atrayendo la mirada de Doña Rosa y los pocos clientes—. Has estado mintiendo durante meses. Cada vez que decías que entendías lo difícil que era llegar a fin de mes, ¡mentías! Cada vez que te comías un taco aquí fingiendo que era tu cena, ¡te estabas burlando! Tienes miles de millones y nos viste sufrir por centavos.
—Lo hice porque quería conectar contigo de verdad. Si te hubiera dicho quién era, nunca me habrías mirado igual.
—¡Exacto! Porque somos de mundos diferentes. Pero tú decidiste engañarnos. Jugaste a la casita con mi hija. Hiciste que te quisiera… —Su voz se quebró—. Vete. Vete ahora mismo.
—Elena, por favor, déjame explicarte…
—¡Vete! No quiero ver tu dinero, ni tu camioneta disfrazada, ni tu cara falsa. No vuelvas a acercarte a mi hija.
Doña Rosa salió de la cocina con el ceño fruncido.
—Señor, creo que es mejor que se retire —dijo la anciana con firmeza, poniéndose del lado de Elena.
Miré a Sofía, que nos observaba desde su mesa con los ojos abiertos de par en par, asustada. Quise ir hacia ella, explicarle, pero sabía que solo empeoraría las cosas.
Salí de la fonda bajo la lluvia que empezaba a caer, sintiéndome más pobre que el día que llegué, aunque tenía la tarjeta Black Centurion en mi bolsillo.
El Abismo y la Reflexión
Los siguientes tres días fueron un infierno. Volví a mi oficina, a mis juntas, a mi “éxito”. Pero todo me sabía a ceniza. Despedí a un gerente por incompetente y no sentí nada. Cerré un trato con una empresa japonesa y no sentí nada.
Me sentaba en mi sala gigante y miraba el espacio vacío. Pensaba en Elena limpiando mesas, preocupada por la renta. Pensaba en Sofía preguntando por qué su amigo Alejandro ya no iba.
Entendí que Elena tenía razón. Había sido egoísta. Había usado su realidad como un escape para mi fantasía. Sí, mis sentimientos eran reales, pero la base de nuestra relación era una mentira. La confianza es la moneda más valiosa, mucho más que el dólar o el euro, y yo estaba en bancarrota moral con ella.
Pero también sabía otra cosa: no podía perderlas. No podía volver a mi vida vacía de lujos estériles. Tenía que luchar por ellas, pero esta vez, sin máscaras.
El viernes tomé una decisión. No iba a comprar su perdón. Iba a ganármelo.
La Reconquista
Regresé a la fonda. No llevé mi camioneta vieja, pero tampoco llegué en mi limusina. Llegué en un auto sedán normal. Entré vestido con ropa casual, pero limpia y de buena calidad. Ya no fingía ser obrero, pero tampoco iba de magnate. Iba como Alejandro.
Elena estaba en la barra. Cuando me vio, su cuerpo se tensó.
—Te dije que no volvieras —dijo fríamente, sin mirarme.
—Solo escúchame cinco minutos. Si después de eso quieres que me vaya, me iré y no volveré a molestarte jamás.
Ella dudó, miró a Doña Rosa, quien asintió levemente.
—Cinco minutos. En la mesa de afuera. No quiero que Sofía te vea.
Salimos a la banqueta. El ruido de la calle llenaba el silencio entre nosotros.
—Elena —comencé—, tienes razón. Fui un cobarde. Te mentí porque tenía miedo de que solo vieras mi dinero. Pero al hacerlo, no respeté tu inteligencia ni tu dignidad. Te pido perdón por eso.
Ella cruzó los brazos, defensiva.
—¿Y qué quieres ahora? ¿Comprar la fonda? ¿Comprarme a mí?
—No. Quiero que sepas la verdad completa. —La miré fijamente—. Tengo mucho dinero, sí. Pero he sido el hombre más pobre del mundo hasta que te conocí. Mi dinero no me abraza por las noches. Mi dinero no me hace dibujos de “mi familia”. Mi dinero no me mira con la admiración con la que me mira Sofía.
Di un paso hacia ella.
—Me dijiste que somos de mundos diferentes. Y es cierto. Tú vives en el mundo real, donde el amor cuesta esfuerzo, donde la lealtad vale oro. Yo vivía en un mundo de plástico. No quiero que vengas a mi mundo, Elena. Quiero quedarme en el tuyo. Quiero ser parte de tu vida, no como el millonario que salva el día, sino como el hombre que te ama.
—Es fácil decirlo —respondió ella, con la voz temblorosa pero menos dura—. Pero tú te aburrirás. Un día extrañarás tus viajes a París y tus cenas de lujo, y nos verás a nosotras, comiendo quesadillas en Iztapalapa, y te arrepentirás.
—Ponme a prueba —dije—. No me voy a ir. Voy a venir aquí todos los días. Voy a esperar. Voy a demostrarte que esto no es un capricho.
Y eso hice.
Durante los siguientes seis meses, fui a la fonda cada día. Pero cambié mi enfoque. No intenté impresionarla con regalos costosos. En cambio, usé mis recursos con inteligencia y discreción para ayudar a la comunidad, no solo a ella.
Descubrí que la escuela pública del barrio tenía computadoras viejas que no servían. Doné un laboratorio de cómputo completo, anónimo. Vi que Doña Rosa tenía problemas con los proveedores. Usé mis contactos para conseguirle mejores precios en los insumos, ayudando a que su negocio prosperara sin darle dinero directamente.
Con Elena, fui paciente. Escuchaba sus problemas y, en lugar de sacar la billetera, le ofrecía consejos, apoyo emocional, presencia.
Un día, ella llegó llorando. El edificio donde vivían iba a ser clausurado por fallas estructurales tras un temblor leve. Tenían que desalojar en una semana.
—No tengo a dónde ir, Alejandro. Las rentas están carísimas.
Esta vez no dudé, pero fui honesto.
—Elena, tengo una casa en esta colonia. Es una casa sencilla que compré hace poco como inversión (era verdad, la había comprado esperando este momento, pero era una casa modesta, de tres recámaras, con un pequeño jardín). Está vacía. Te la puedo rentar al mismo precio que pagas ahora por tu cuarto.
Ella me miró con sospecha.
—¿Es caridad?
—Es un negocio —sonreí—. Necesito alguien que cuide la casa para que no se deteriore. Y prefiero que seas tú.
Aceptó. Al mudarse, vio que la casa era segura, limpia y digna. Sofía tenía su propio cuarto por primera vez en su vida.
Poco a poco, la barrera se rompió. Elena vio que, aunque tenía dinero, mis manos estaban dispuestas a ensuciarse ayudándola a pintar la casa, a cargar cajas, a arreglar el jardín. Vio que mi compromiso era real.
El día que finalmente me perdonó fue en la graduación de kínder de Sofía. Yo estaba ahí, en primera fila, con mi cámara, gritando más fuerte que nadie cuando dijeron su nombre.
Al salir, Sofía corrió hacia mí y me abrazó las piernas. Elena se acercó, me tomó la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—Gracias por quedarte —me susurró al oído—. Gracias por ser real.
Un Futuro Construido con Amor
No fue un cuento de hadas instantáneo. Hubo desafíos. Mis socios no entendían qué hacía con una “mesera”. Sus amigos desconfiaban del “rico”. Pero el amor, cuando es verdadero, derriba cualquier muro social.
Le pagué la carrera de enfermería a Elena, pero ella insistió en seguir trabajando medio tiempo para pagar sus propios libros y transporte. Quería sentir que era su logro, y yo respeté eso más que nada. Verla estudiar en las noches, cansada pero feliz, me llenaba de un orgullo que ninguna acción en la bolsa podía igualar.
Dos años después de aquel primer café, nos casamos. No fue en un hotel de lujo en la Riviera Maya. Fue en el patio de la casa que ahora era nuestro hogar, con tacos de canasta, mariachis y toda la gente del barrio. Doña Rosa lloró como una magdalena.
Sofía fue la niña de las flores.
El proceso de adopción fue largo y burocrático, pero seis meses después de la boda, fuimos ante el juez.
—Sofía —le preguntó el juez, un hombre mayor con lentes gruesos—, ¿estás segura de que quieres que el señor Alejandro sea tu padre legalmente?
Sofía, que ya tenía ocho años, me miró con esa sonrisa que me había salvado la vida.
—Señor juez, él ya es mi papá desde hace mucho. Solo queremos que usted nos dé el papelito para que todos los demás lo sepan.
Todos en la sala rieron, y yo tuve que secarme las lágrimas discretamente.
Epílogo: La Verdadera Riqueza
Han pasado diez años desde entonces.
Ahora estamos sentados en la sala de nuestra casa. Sigue siendo la misma casa en el barrio, aunque la hemos remodelado. Elena es jefa de enfermeras en el hospital pediátrico local. Yo sigo dirigiendo mi empresa, pero he cambiado mi enfoque. He creado fundaciones para madres solteras, becas para niños de escasos recursos y programas de mentoría. Ya no trabajo 80 horas a la semana; trabajo lo suficiente para mantener el negocio, y el resto del tiempo es para ellas.
Sofía, ahora una adolescente de 16 años, inteligente y vivaz, entra a la sala con su laptop.
—Papá, mamá, tengo que leerles mi ensayo para la clase de ética. El tema es “La persona más influyente en mi vida”.
Elena y yo nos miramos y sonreímos.
—Adelante, hija —dijo Elena, recostando su cabeza en mi hombro.
Sofía se aclaró la garganta y comenzó a leer:
“Muchos piensan que la riqueza se mide en los coches que manejas o en la marca de ropa que usas. Yo solía pensar que ser rico era tener muchos juguetes. Pero un día, un hombre entró en la fonda donde trabajaba mi mamá. Parecía un hombre común, con ropa vieja y mirada triste. No sabíamos que era millonario. Pero él tampoco sabía que era pobre.
Él era pobre de espíritu, pobre de amor, pobre de propósito. Y nosotras, mi mamá y yo, aunque contábamos las monedas para el camión, éramos ricas en esperanza y cariño.
Ese hombre es mi padre, Alejandro. Él me enseñó que el dinero es una herramienta, no un destino. Me enseñó que la verdadera generosidad no es firmar un cheque, sino dar tu tiempo. Él pudo habernos dado todo lo material y haberse ido, pero nos dio lo único que no se puede recuperar: su vida.
Hoy sé que somos la familia más rica de México. No por la cuenta de banco de mi papá, sino porque cuando nos sentamos a cenar, no hay máscaras, no hay precio, solo hay amor. Y esa es una fortuna que ninguna crisis económica puede quitarnos.”
Sofía terminó de leer. Hubo un silencio sagrado en la habitación.
Me levanté y abracé a mis dos mujeres, a mi universo entero. Recordé a aquel Alejandro solitario en su penthouse frío y agradecí a la vida por haberme dado el valor de entrar a esa fonda, pedir un café y dejar que un par de extrañas me enseñaran a ser humano.
A veces, tienes que perderte para encontrarte. Y a veces, tienes que estar dispuesto a perderlo todo para ganar lo único que vale la pena.
Fin.