Todos decían que él era un monstruo sediento de s*ngre, pero nadie sabía el infierno que vivía en silencio.

—¡Mira, mamá! ¿No es perfecto? —chilló Catalina, extendiendo su mano pálida para que la luz de la bombilla barata arrancara un destello al zafiro.

En la pequeña sala de nuestra casa, el aire olía a humedad y a desesperación disfrazada. Yo servía el té con las manos agrietadas por el jabón y el frío, invisible como siempre. Para mi familia, yo era solo un mueble más: útil, pero sin valor.

—Es digno de una señora de Mendoza —suspiró mi madre, con lágrimas de felicidad histérica en los ojos—. Sabía que tu belleza nos sacaría de este agujero.

—La belleza cuesta, mujer —interrumpió mi papá, Don Ramiro, con esa tos seca de fumador y la mirada cargada de deudas—. Y los Mendoza esperan una dote. Una dote que no tenemos.

El silencio cayó como una losa. Catalina dejó de sonreír. Fue entonces cuando los tres pares de ojos se giraron hacia mí. Sentí el peso de sus miradas como si fueran piedras a punto de lapidarme.

—Pero ya tengo la solución —dijo mi papá, clavando sus ojos grises y fríos en mí—. Una solución que traerá el dinero y tú, Isabela, serás quien lo consiga.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. —¿Yo, papá? ¿Cómo?

—Ha llegado una oferta de la Hacienda La Torre. Buscan una cuidadora personal para el heredero, el joven Alejandro. Pagan una fortuna.

La taza tembló en mi mano hasta que el té se derramó. ¿La Torre? Ese lugar era una leyenda maldita en el pueblo. Y Alejandro… le decían “El Heredero Loco”. Decían que aullaba por las noches, que destrozaba todo, que era una bestia incontrolable.

—¡Papá, no! —susurré, sintiendo que el horror me helaba la sngre—. Dicen que es peliroso. Que nadie dura una semana vivo ahí dentro.

—Son cuentos de viejas —escupió mi madre con desprecio—. Es tu deber, Isabela. Tu hermana nos dará un apellido; tú, al menos, danos el dinero para asegurarlo. Ya es hora de que sirvas para algo en tus 20 años de vida.

—Por favor… no me pidan esto —supliqué, con la voz convertida en un hilo.

¡PUM!

La mano de mi padre se estrelló contra la mesa, haciendo saltar las tazas. Su rostro se transformó en una máscara de furia que jamás olvidaré.

—¡Irás! —rugió, poniéndose de pie—. No es una pregunta, es una orden. Partes en dos días. Agradece que tu inútil existencia por fin dará frutos, o la puerta de esta casa se cerrará para ti para siempre. Prefiero que te enfrentes a un loco rico a que sigas siendo una carga aquí.

Me quedé paralizada, con las lágrimas quemándome los ojos, viendo cómo mi propia sangre me vendía al miedo.

LA LLEGADA A LA BOCA DEL LOBO

Los dos días siguientes pasaron como una pesadilla borrosa, de esas en las que quieres gritar pero la voz no te sale de la garganta. En mi casa, nadie me dirigió una palabra amable. El silencio era más hiriente que los gritos. Mi madre, Doña Carmen, preparó una bolsa pequeña y raída; no lo hizo con el cuidado de una madre que despide a una hija, sino con la prisa de quien saca la basura antes de que empiece a oler mal.

Dentro de la bolsa metió dos vestidos viejos que Catalina ya no quería porque decía que “olían a pobre”, un peine al que le faltaban dientes y un trozo de pan duro envuelto en una servilleta de tela manchada. Ese era mi equipaje para el fin del mundo. No hubo abrazos de despedida. No hubo un “cuídate, mija”, ni una bendición. Mi padre, Don Ramiro, ni siquiera levantó la vista de su periódico cuando salí por la puerta. Solo me extendió un papel arrugado con instrucciones escritas a mano, advirtiéndome con un gruñido que no hiciera nada que pudiera poner en peligro el pago.

—Si regresas antes de tiempo —dijo sin mirarme, con el humo de su cigarro creando una barrera gris entre nosotros—, no te molestes en tocar la puerta. Para nosotros, ya no existes hasta que traigas ese dinero.

Catalina ni siquiera bajó de su cuarto. Estaba demasiado ocupada probándose collares frente al espejo, planeando su nueva vida de rica, esa vida que yo iba a pagar con mi libertad y quizás con mi sangre.

La mañana de mi partida, el cielo estaba de un color gris panza de burro, amenazando con una tormenta que no terminaba de romper. Un carromato simple, contratado por los administradores de la hacienda, me esperaba en el camino de tierra. El carretero era un hombre mayor, de piel curtida como el cuero viejo y manos nudosas que aferraban las riendas con nerviosismo. Se llamaba Don Anselmo, o eso creo, porque apenas habló. Tenía la cara surcada por el tiempo y, sobre todo, por el miedo.

No me miró a los ojos cuando subí. Solo escupió un chorro de tabaco al suelo y chasqueó la lengua para que los caballos, dos bestias flacas y tristes, comenzaran a andar.

El viaje fue largo, silencioso y tortuoso. Dejamos atrás los campos familiares, las milpas secas y las colinas verdes de mi infancia para adentrarnos en un camino cada vez más salvaje y descuidado. El paisaje cambiaba con cada kilómetro, volviéndose más hostil. Los árboles parecían más oscuros, sus ramas retorcidas como dedos esqueléticos que arañaban el cielo plomizo. Un aire frío y húmedo se colaba en el carromato, calándome hasta los huesos, y un silencio antinatural, como si ni siquiera los pájaros se atrevieran a cantar en esas tierras malditas, lo envolvía todo.

Mi corazón latía desbocado, golpeando mis costillas como un pájaro enjaulado. Pensaba en las historias del pueblo. “El Heredero Loco”. Decían que tenía fuerza sobrehumana, que comía carne cruda, que sus gritos hacían que la leche de las vacas se agriara a kilómetros de distancia. Y yo, Isabela, la hija inútil, iba directa a sus fauces.

Después de varias horas, cuando el sol empezaba a morir sin haber brillado realmente, el conductor detuvo los caballos de golpe.

—Hasta aquí llego, señorita —dijo con voz ronca por el desuso, sin girar la cabeza—. El resto del camino debe hacerlo a pie.

Miré hacia adelante, confundida y aterrada. A unos cien metros, se alzaban unos portones monumentales de hierro forjado, negros y oxidados, que parecían las mandíbulas de una bestia metálica listas para cerrarse. Detrás de ellos, un camino de grava serpenteaba colina arriba hasta perderse en una niebla perpetua que ocultaba la casa principal. No se veía nada más que bruma y sombras.

—¿No puede llevarme hasta la entrada? —pregunté, el miedo haciendo que mi voz sonara débil, casi infantil.

El hombre negó con la cabeza vehementemente, persignándose tres veces seguidas con rapidez.

—Nadie que no trabaje ahí cruza esos portones, niña. Dicen que la tristeza de esa casa es una enfermedad contagiosa, y yo tengo familia que cuidar. Que Dios la acompañe, porque va a necesitarlo.

Sin decir más, bajó mi pequeña bolsa y la dejó en el polvo del camino. Dio la vuelta al carromato con una prisa desesperada, fustigando a los caballos como si el mismo diablo le pisara los talones. Me quedé allí, viendo cómo se alejaba, dejándome completamente sola, enfrentando la imponente y siniestra entrada de la Hacienda La Torre.

El viento sopló con un gemido lastimero a través de los barrotes de hierro, levantando remolinos de hojas secas que danzaban a mis pies como espectros. Me ajusté el chal sobre los hombros, temblando no solo de frío, sino de un pavor absoluto. Con el corazón latiendo con la fuerza de un tambor de guerra, comencé a caminar.

Cada paso sobre la grava crujiente resonaba en el silencio opresivo como un disparo. Crak, crak, crak. Al llegar a los portones, noté que uno de ellos estaba ligeramente entreabierto, como una invitación a una trampa mortal. Lo empujé. El metal protestó con un gemido largo y agudo que me puso la piel de gallina, un sonido que parecía decir: “huye mientras puedas”.

Al otro lado, el mundo parecía aún más oscuro. La niebla se arremolinaba a mis rodillas como si tuviera vida propia, intentando agarrarme, detenerme o arrastrarme. La mansión, que apenas se vislumbraba en la cima de la colina, parecía una silueta fantasmal, un gigante de piedra dormido. Las ventanas eran ojos vacíos y negros que me observaban fijamente.

Con la bolsa aferrada a mi pecho como un frágil escudo, crucé el umbral. De repente, una ráfaga de viento violenta cerró el portón detrás de mí con un estruendo metálico y definitivo: ¡CLANG!

Salté del susto, girándome hacia atrás. Estaba atrapada. Sabía que acababa de entrar en la boca del lobo. Di el primer paso hacia mi destino, un destino que se escondía detrás de los muros de esa prisión dorada.

El camino de grava parecía interminable, una lengua gris que ascendía hacia el corazón de la niebla. Con cada paso, sentía que estaba tirando mi vida anterior por un precipicio. Dejaba atrás no solo a mi cruel familia, sino también la luz del sol y el calor del mundo conocido.

La mansión se materializó frente a mí gradualmente, emergiendo de la bruma como un barco fantasma encallado en el tiempo. Era una construcción imponente de piedra oscura, con torretas de estilo gótico y enormes ventanales que, incluso a plena luz del día, parecían pozos de oscuridad. El jardín que la rodeaba debió haber sido espléndido alguna vez, un paraíso terrenal, pero ahora era un caos de rosales salvajes llenos de espinas, estatuas cubiertas de musgo que parecían llorar lágrimas verdes y fuentes silenciosas, cuyo murmullo había sido ahogado por la maleza y el olvido.

La pesada puerta de roble de la entrada principal se abrió antes de que tuviera tiempo de llamar, rechinando sobre sus goznes como un lamento antiguo.

Una mujer pequeña y esquelética, vestida enteramente de negro riguroso, me esperaba en el umbral. Su cabello gris estaba recogido en un moño tan apretado que parecía estirarle la piel de la cara hacia atrás, dándole una expresión de perpetua severidad, como si sonreír fuera un pecado capital. Sus ojos eran pequeños y duros, como canicas de vidrio negro.

—Debes ser la nueva —dijo la mujer. Su voz era tan seca y quebradiza como las hojas muertas del jardín—. Soy Doña Elvira, la ama de llaves. Sígueme y no toques nada.

Entré en la casa y un frío que no se debía solo a la temperatura del ambiente me envolvió por completo. El vestíbulo era cavernoso, con un piso de mármol pulido blanco y negro que reflejaba mi figura solitaria como un fantasma en un lago helado. Tapices descoloridos que representaban escenas de caza y batallas sangrientas colgaban de las paredes, y el aire olía a encierro, a cera vieja, a naftalina y a una tristeza tan densa que casi se podía masticar.

El silencio era la nota dominante. Un silencio profundo, pesado y antinatural, roto solo por el eco de mis propios pasos y el andar decidido y militar de la ama de llaves. Doña Elvira me guio a través de pasillos interminables, donde retratos de antepasados de mirada severa parecían seguirme con los ojos desde sus marcos dorados, juzgándome, preguntándose cuánto duraría esta nueva intrusa.

Mientras caminábamos, Doña Elvira comenzó a recitar una lista de reglas en un tono monótono y sin emoción, como quien lee una sentencia de muerte:

—Sus habitaciones están en el ala oeste, junto con las del señorito. Su día comienza a las 6 de la mañana y termina cuando yo lo decida. Las comidas del señorito se sirven a las 8, a la 1 y a las 7 sin falta. No debe hacer preguntas personales. No debe iniciar conversaciones que no sean estrictamente necesarias. Nunca, bajo ninguna circunstancia, debe contradecir al Señor Alejandro. Y lo más importante: jamás entre en su habitación sin anunciar su presencia tres veces. ¿Ha entendido, chamaca?

Asentí, sintiendo que la garganta se me secaba como un desierto.

—Sí, señora. He entendido.

—Bien —continuó, sin detener el paso—. Al resto del personal se le prohíbe hablar con usted sobre la situación del joven. Cualquier cosa que necesite saber, me la preguntará a mí y solo a mí. No quiero chismes ni cuentos.

Me llevó hasta una puerta maciza y reforzada al final de un pasillo aislado, lejos del resto de la vida de la casa. Esa era, obviamente, la entrada a la jaula. Doña Elvira sacó una pesada llave de hierro de su bolsillo, que colgaba junto a muchas otras en un aro metálico que tintineaba en su cintura. La introdujo en la cerradura y la giró con un clic seco que resonó en el pasillo como el cerrojo de una celda de alta seguridad.

—Él está adentro —susurró, bajando la voz por primera vez—. Tu primera tarea es llevarle la cena. La bandeja está ahí.

Señaló una pequeña mesa junto a la puerta donde reposaba una bandeja de plata con comida que ya empezaba a enfriarse: un poco de sopa, pan y carne.

—No espere que le dé las gracias —advirtió Doña Elvira, mirándome con una mezcla de lástima y desdén—. La mayoría del tiempo ni siquiera la mirará. Simplemente deje la comida, recoja la bandeja anterior y salga. Cuanto menos se meta con él, más fácil será su trabajo. Y si valora su vida, no lo provoque.

Con esa última advertencia, la ama de llaves dio media vuelta y se marchó. Sus pasos se desvanecieron en la inmensidad de la casa, dejándome sola, absolutamente sola, frente a la puerta del “Heredero Loco”.

Mis manos temblaban tanto que la vajilla de la bandeja tintineaba suavemente. Respiré hondo, tratando de calmar el pánico que amenazaba con hacerme tirar todo y salir corriendo. Pero recordé la cara de mi padre, la risa cruel de Catalina, y supe que no tenía a dónde ir. El infierno de afuera era peor que el infierno de adentro.

—Señor Alejandro… —anuncié mi presencia por primera vez. Mi voz sonó pequeña, frágil y ridícula en el pasillo silencioso.

Esperé. Nada.

—Señor Alejandro… —dije por segunda vez, un poco más fuerte.

Silencio absoluto.

—Señor Alejandro, voy a entrar con su cena —dije por tercera vez, cerrando los ojos un instante para encomendarme a la Virgen.

Al no recibir respuesta, empujé la puerta con el hombro y entré.

La habitación no era la mazmorra húmeda con cadenas que yo había imaginado en mis pesadillas. Era una estancia enorme, de techos altos, lujosamente amueblada, pero inmersa en una oscuridad perpetua y asfixiante. Las pesadas cortinas de terciopelo granate estaban corridas, bloqueando cualquier rastro de luz natural. El aire estaba viciado, caliente y cargado.

Una gran cama con dosel ocupaba una esquina, con las sábanas revueltas como si alguien hubiera luchado contra ellas durante horas. Una chimenea de mármol negro, sin encender, dominaba la pared opuesta. Pero lo que más me llamó la atención fue el desorden creativo y violento que impregnaba todo el lugar.

Había lienzos apilados contra la pared; algunos estaban volteados para que no se viera la pintura, otros mostraban trazos furiosos de pintura negra y roja, remolinos de caos que parecían gritar desde la tela. Libros abiertos y abandonados yacían en el suelo con las páginas dobladas o arrancadas, como pájaros muertos. Y junto a un gran ventanal con barrotes de hierro forjado, había un piano de cola magnífico, cubierto de una capa de polvo gris, con la tapa cerrada como un ataúd.

Y allí, sentado en un sillón de orejas con el respaldo hacia la puerta, estaba él. Alejandro de la Torre.

No era el monstruo peludo y babeante de las leyendas del pueblo. Era la figura de un hombre joven. Estaba sentado con la espalda encorvada, tensa. Tenía el cabello oscuro, demasiado largo y descuidado, cayendo sobre el cuello de una camisa de lino blanco que alguna vez fue elegante pero que ahora estaba arrugada y desabotonada en los puños.

Miraba fijamente a través de los barrotes de la ventana hacia el jardín moribundo, completamente ajeno a mi presencia, o tal vez ignorándome deliberadamente con una intensidad que dolía.

Me acerqué sigilosamente, como si pisara sobre cristales rotos. El olor en la habitación era una mezcla de sudor antiguo, pintura al óleo y algo metálico, como sangre seca o miedo. Dejé la bandeja con la cena en una mesita auxiliar y busqué con la mirada la del almuerzo. Estaba en el suelo, intacta. Ni siquiera había tocado el agua.

Me agaché para recogerla. Al hacerlo, el roce de mi vestido hizo un leve sonido. La espalda de Alejandro se tensó visiblemente. Sus hombros se alzaron como si esperara un golpe. Me congelé.

—Buenas noches, señor —susurré, apenas audible.

Él no se movió. No hizo ni un solo ruido. Era como una estatua tallada en dolor puro. No se giró para atacarme, ni para gritarme. Su inmovilidad era más aterradora que cualquier violencia. Recogí la bandeja vieja y salí de la habitación caminando hacia atrás, sin darle la espalda nunca, hasta que crucé el umbral y cerré la puerta, dejando escapar el aire que había contenido en mis pulmones todo ese tiempo.

Esa primera noche fue interminable. Mi habitación era un cuartucho pequeño destinado al servicio, con una cama estrecha y una ventana alta por la que apenas entraba la luz de la luna. Me acosté vestida, con los ojos abiertos, escuchando los sonidos de la casa. La madera crujía como huesos viejos. El viento silbaba.

Y entonces, a eso de las tres de la madrugada, lo escuché.

No fue un aullido de lobo. Fue un sonido mucho más humano y terrible. Fue el sonido de un objeto pesado rompiéndose contra una pared, seguido de un grito ahogado, un gemido de frustración tan profundo y cargado de angustia que me hizo ovillarme en la cama y taparme los oídos con la almohada.

—¡Elena! —creí escuchar entre sollozos lejanos—. ¡No!

El corazón se me encogió. El miedo inicial que había sentido se transformó lentamente en otra cosa, algo incómodo y pesado en el pecho. Compasión. Ese hombre no sonaba como un demonio; sonaba como alguien que se estaba quemando vivo por dentro.

Durante los primeros cinco días, la rutina fue exactamente esa: un ritual silencioso y desolador. Yo entraba, dejaba la comida, limpiaba la habitación en un silencio sepulcral mientras él permanecía inmóvil frente a la ventana, y luego me iba. Nunca se giraba. Nunca hablaba. A veces, encontraba platos rotos o libros destrozados por la mañana, y yo simplemente recogía los pedazos sin decir palabra, como quien limpia las heridas de un animal atrapado.

Me di cuenta de que no comía casi nada. Estaba perdiendo peso; la camisa le quedaba cada vez más grande. Vi sus manos una vez, apoyadas en el reposabrazos del sillón. Eran manos de pianista, de artista, con dedos largos y finos, pero estaban crispadas, con los nudillos blancos de tanta tensión.

Al quinto día, Isabela decidió que ya no podía soportar ser un fantasma más en esa casa de espectros. Si iba a morir ahí, al menos moriría intentando ser humana.

Era una tarde lluviosa. El cielo se había abierto y el agua caía a cántaros sobre la hacienda, convirtiendo el jardín en un pantano de barro. Entré con la cena. Él estaba en su posición habitual. Dejé la bandeja. Pero en lugar de salir corriendo como siempre, me detuve a una distancia prudente, cerca del piano polvoriento.

Mis manos sudaban. Mi corazón martilleaba contra mis costillas. “¿Qué estás haciendo, estúpida?”, me gritó mi propia mente. “Te va a matar”. Pero mi boca se abrió antes de que mi miedo pudiera cerrarla.

—Señor Alejandro —comencé. Mi voz tembló, pero salió—. Hoy, mientras caminaba por el jardín para venir al ala oeste, vi algo… curioso.

Silencio. La nuca de Alejandro seguía inmóvil. Pero noté que había dejado de tamborilear los dedos contra el brazo del sillón. Estaba escuchando.

Me sentí ridícula, pero algo me impulsó a continuar. Tenía que romper ese muro de hielo.

—Vi que un rosal ha sobrevivido al abandono —dije, tratando de sonar casual, aunque sentía que me faltaba el aire—. Está en medio de toda la maleza y las espinas secas. Tenía una única rosa roja, brillante, recién abierta. Era del color exacto del atardecer cuando el sol se esconde detrás de los cerros de mi pueblo.

Hice una pausa, esperando un grito, un objeto volando hacia mi cabeza. Nada.

—Me recordó… —continué, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo—, me recordó que incluso en los lugares más tristes, donde parece que todo está muerto, a veces la vida se abre paso. Es… es terca, la vida.

Y entonces sucedió. Un movimiento casi imperceptible.

Alejandro giró la cabeza. Lentamente. Muy lentamente. Como si sus vértebras estuvieran oxidadas por la falta de uso. Giró lo suficiente para que yo pudiera ver su perfil por primera vez bajo la penumbra de la habitación.

Se me cortó la respiración.

Era un rostro de una belleza trágica y devastadora. Tenía los pómulos afilados por la desnutrición, una mandíbula firme cubierta por una barba de varios días y unos ojos… Dios mío, sus ojos. Eran oscuros, profundos, hundidos en sombras de agotamiento y ojeras violáceas. Pero no había locura asesina en ellos. Había un pozo infinito de dolor.

No me miró directamente a los ojos, su mirada se posó en algún punto cerca de mis pies, pero su atención, por un breve y milagroso momento, se había desviado de la ventana y de sus demonios internos.

Fue la primera grieta en la muralla de su indiferencia. No dijo nada. Volvió a girarse hacia la ventana después de unos segundos que parecieron eternos. Pero yo supe, en ese instante, que me había escuchado.

Salí de la habitación con las piernas temblando, pero con una extraña calidez en el pecho. No le había hablado a la bestia. Le había hablado al hombre.

Esa pequeña interacción se convirtió en mi nuevo ritual, mi secreta rebelión contra las normas de Doña Elvira. Cada día le hablaba de pequeñas cosas que veía fuera de su prisión. La forma de las nubes que parecían borregos en el cielo, el canto de un pájaro solitario que se atrevía a posarse en el alféizar, el olor de la tierra mojada, el sabor del café que hacían en la cocina.

No esperaba una respuesta. Simplemente le ofrecía fragmentos del mundo exterior, como quien ofrece migajas de pan a un animal asustado y hambriento. Y él, poco a poco, empezó a comerse esas migajas.

Una semana después de mi llegada, la frágil rutina que habíamos construido se vio interrumpida por una presencia imponente y oscura.

Estaba limpiando el polvo de los libros en la habitación de Alejandro, aprovechando que él parecía extrañamente tranquilo ese día, cuando la puerta se abrió de golpe sin previo aviso.

Un hombre de unos cincuenta años entró en el ala oeste como si fuera el dueño del mundo. Vestía con una elegancia impecable: traje de paño inglés, chaleco de seda, reloj de oro colgando del bolsillo. Tenía una sonrisa que no llegaba a sus ojos, unos ojos azules, gélidos y calculadores.

Era Don Ricardo de la Torre, el tío y tutor legal de Alejandro. El hombre que firmaba mis cheques y controlaba el destino de todos en esa casa.

—Así que tú eres la nueva adquisición —dijo, examinándome de arriba abajo con una mirada condescendiente que me hizo sentir sucia. Su voz era suave, culta, pero tenía un trasfondo venenoso.

Hice una reverencia torpe, bajando la cabeza.

—Espero que estés resultando más fuerte que las anteriores, muchacha —dijo, ignorando por completo a Alejandro, que seguía en su sillón.

Sin embargo, vi cómo el cuerpo de Alejandro se ponía rígido como una tabla. Sus manos se aferraron al sillón con tal fuerza que los nudillos parecían a punto de estallar. Un temblor recorrió su espalda. Era miedo. Un miedo puro y visceral.

—Escúchame bien, niña —continuó Don Ricardo, acercándose a mí y bajando la voz para que solo yo lo escuchara, aunque sabía que Alejandro oía cada palabra—. Tu trabajo aquí no es ser su amiga. No es consolarlo. No es rehabilitarlo.

Se sacó un pequeño frasco de vidrio oscuro del bolsillo y me lo puso en la mano, cerrando mis dedos sobre él con fuerza. El frasco estaba frío.

—Tu trabajo es mantenerlo tranquilo y contenido. Sedado si es necesario. Que no cause problemas, que no se lastime y, sobre todo, que no moleste. Tu paga depende de tu capacidad para asegurar la paz en esta casa. ¿Está claro?

Miré el frasco. La etiqueta decía “Láudano”.

—Úsalo en su té de la noche si se pone… temperamental —añadió con una sonrisa cínica—. Una mente enferma necesita descanso forzado. Y mi sobrino está muy, muy enfermo. ¿Verdad, Alejandro?

Alejandro no respondió, pero un sonido gutural salió de su garganta, como un gruñido reprimido.

Don Ricardo soltó una carcajada seca, palmeó mi hombro con falsa familiaridad y salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de colonia cara y amenaza.

Me quedé allí parada, mirando el frasco de veneno en mi mano y luego al hombre en el sillón. Por primera vez entendí algo con una claridad aterradora. La prisión de Alejandro no estaba construida solo con barras de hierro y muros de piedra. Estaba construida con la voluntad de hierro de ese hombre.

Vi la crueldad detrás de la falsa preocupación de su tío. Y una sospecha terrible, oscura como la noche que se avecinaba, comenzó a germinar en mi corazón. ¿Estaba Alejandro realmente loco? ¿O lo estaban volviendo loco?

Esa noche, una tormenta feroz se desató sobre la hacienda, como si el cielo quisiera lavar los pecados de la tierra. El viento aullaba como un alma en pena y los truenos sacudían los cimientos de la vieja mansión. Los relámpagos iluminaban mi pequeña habitación con destellos espectrales.

Estaba despierta, mirando el techo, incapaz de dormir, pensando en el láudano que había escondido bajo mi colchón en lugar de ponérselo en el té.

De repente, un grito desgarrador atravesó las paredes.

No era un grito de rabia. Era un grito de puro terror y agonía.

—¡NO! ¡DÉJALA! ¡FUE MI CULPA, ELENA! ¡NOOO!

Salté de la cama con el corazón desbocado. Sin pensarlo, sin recordar las reglas de Doña Elvira ni las amenazas de mi padre, corrí descalza por el pasillo oscuro.

Al llegar cerca de la habitación de Alejandro, vi que dos hombres corpulentos, los guardias de la hacienda, ya se dirigían hacia la puerta. Uno de ellos llevaba una jeringa enorme en la mano. Iban a sedarlo a la fuerza.

—¡Apártate, niña! —me ordenó uno de ellos al verme llegar—. Tiene una de sus crisis. Vamos a callarlo.

Pero yo, en un impulso que no supe de dónde nació, me interpuse en su camino. Me planté frente a la puerta, bloqueando la entrada con mi propio cuerpo pequeño y tembloroso.

—¡Esperen! —grité, extendiendo los brazos—. ¡Por favor, déjenme intentar! ¡No le hagan daño!

Los hombres vacilaron, sorprendidos por mi audacia. Desde adentro, el sonido de cristales rotos fue seguido por un sollozo desgarrador que me partió el alma.

—Si no lo calma en dos minutos, entramos y lo hacemos a nuestra manera —gruñó el guardia de la jeringa.

Asentí frenéticamente y entré en la habitación, cerrando la puerta tras de mí.

La escena era dantesca. Alejandro estaba de pie en medio de la sala, iluminado solo por los relámpagos que entraban por la ventana sin cortinas. Tenía los ojos desorbitados por el pánico de una pesadilla aún viva en su mente. Tenía los puños cerrados y sangraban; había golpeado el espejo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones erráticas y violentas. Temblando de pies a cabeza.

Me acerqué a él lentamente, ignorando los cristales rotos que se clavaban en mis pies descalzos. No pensé en las reglas, ni en el láudano, ni en el miedo a morir. Solo vi a un ser humano sufriendo de una manera insoportable.

Él me vio. Alzó la mano como para defenderse o atacar, no lo sé.

—¡Vete! —rugió, con la voz rota—. ¡Vete antes de que te lastime! ¡Soy un monstruo!

Me detuve a dos pasos de él. Lo miré a los ojos, esos ojos negros llenos de lágrimas y locura inducida.

Y entonces hice lo único que se me ocurrió. Lo único que mi abuela hacía conmigo cuando yo tenía terrores nocturnos.

Empecé a cantar.

Era una vieja canción de cuna, una melodía simple y suave sobre estrellas y barcos de plata que navegan en la noche. Mi voz temblaba al principio, desafinada por el llanto contenido, pero poco a poco llenó la habitación, tejiendo una red de calma en medio del caos.

Duerme mi niño, que la noche es larga… las estrellas te cuidan, la luna te guarda… —canté, avanzando un paso más.

Alejandro dejó de temblar violentamente. Su respiración pesada comenzó a ralentizarse. Bajó los puños. Alzó la vista, sus ojos salvajes enfocándose en mí por primera vez con claridad. La furia y el pánico en su mirada se disolvieron, reemplazados por una vulnerabilidad abrumadora, como la de un niño perdido en la oscuridad.

Las lágrimas que no estaban allí por su pesadilla comenzaron a brotar, surcando su rostro pálido y mezclándose con el sudor.

Seguí cantando, sin dejar de mirarlo, transmitiéndole toda la paz que me quedaba. Él, completamente agotado, como si le hubieran cortado los hilos que lo sostenían, se dejó caer de rodillas entre los escombros de su propia furia.

Me arrodillé a su lado, sin importarme el vidrio en el suelo, terminando la canción en un susurro.

En el silencio que siguió, roto solo por el sonido de la lluvia contra los cristales y nuestros propios alientos agitados, él me miró. Fue una mirada directa, profunda, lúcida. Parecía verme por primera vez, no como un mueble, no como una sirvienta, sino como a una persona.

Sus labios se separaron. Estaban secos y agrietados. Con una voz ronca por el desuso y la angustia, pronunció una sola palabra que cambiaría todo entre nosotros.

—¿Por qué?

La pregunta quedó colgada en el aire, cargada de ozono y tristeza.

¿Por qué? No era una pregunta sobre la canción de cuna, ni sobre mi osadía al enfrentar a los guardias. Era una pregunta más profunda, más antigua, que emanaba del abismo de su soledad. ¿Por qué alguien, por primera vez en una eternidad, me muestra bondad en lugar de miedo o desprecio?

Lo miré, arrodillada a su lado, con mi vestido barato manchado de polvo y sangre. Vi en sus ojos oscuros, ahora límpidos por las lágrimas, un universo de dolor. No había locura allí. Solo una herida tan profunda que había fracturado su mundo.

—Porque cuando lo escuché gritar —respondí, mi voz suave pero firme, un ancla en medio de la tormenta—, no escuché a un loco, señor Alejandro. Escuché a un hombre que sufría. Y nadie… nadie debería sufrir solo.

Esa simple respuesta fue la llave maestra. Vi cómo algo se rompía dentro de él, pero esta vez no fue su mente, sino su coraza.

Alejandro no dijo nada más esa noche. Con infinita lentitud, se levantó y fue hacia su cama, derrumbándose en ella. Me quedé un momento, recogí los trozos más grandes de porcelana y espejo con cuidado para que no se cortara si se levantaba, y antes de salir, dejé un vaso de agua fresca en su mesita de noche, tirando el láudano por el desagüe de un lavabo cercano.

Por primera vez, al cerrar la puerta, el sonido del cerrojo no se sintió como el de una celda, sino como el de un refugio que acababa de ser protegido.

Sabía que había cruzado una línea. Sabía que Doña Elvira y Don Ricardo se enterarían. Pero esa noche, mientras regresaba a mi cuarto con los pies heridos pero el corazón extrañamente lleno, supe que la guerra por el alma de Alejandro acababa de comenzar, y yo era su única soldado.

LA ALIANZA EN LA JAULA DE ORO

La mañana siguiente llegó arrastrándose con una luz grisácea y perezosa, como si el sol tuviera miedo de iluminar los secretos de la Hacienda La Torre. Desperté con el cuerpo adolorido, entumecido por la tensión de la noche anterior y el frío de mi cuartucho. Mis pies, cortados por los cristales rotos, ardían bajo la sábana áspera. Pero más allá del dolor físico, sentía un peso distinto en el pecho: el peso de un secreto compartido.

Me levanté con cuidado, haciendo una mueca al apoyar los talones en el suelo frío. Me envolví los pies con tiras de tela limpia que arranqué de una enagua vieja, apretando los dientes para no soltar un gemido. Tenía que ser rápida. Tenía que ser invisible. Si Doña Elvira veía sangre en el suelo o notaba mi cojera, las preguntas lloverían como piedras, y yo no tenía un escudo para protegerme, ni a mí ni a él.

Al salir al pasillo, el silencio de la casa era diferente. Ya no era ese silencio vacío y muerto de los días anteriores. Ahora se sentía como el silencio de alguien que aguanta la respiración, esperando a ver qué pasa. El aire olía a tierra mojada tras la tormenta y al café fuerte que ya debía estar hirviendo en las cocinas, lejos, muy lejos del ala oeste.

Llegué a la puerta de Alejandro. Mi corazón dio un vuelco. ¿Y si todo había sido un sueño? ¿Y si al entrar me encontraba de nuevo con la bestia furiosa, con el hombre perdido en sus tinieblas? ¿Y si había olvidado mi canción y mi promesa?

Anuncié mi presencia tres veces, como dictaba la regla, aunque las palabras me supieron a ceniza en la boca. Nadie respondió. Empujé la puerta y entré.

La habitación estaba tal como la habíamos dejado, un campo de batalla de emociones y porcelana rota. Pero la atmósfera había cambiado. Ya no se sentía eléctrica ni peligrosa. Se sentía… triste. Una tristeza reposada, antigua.

Alejandro no estaba en el sillón frente a la ventana. Me asusté por un segundo, buscando con la mirada en la penumbra. Lo encontré sentado en el suelo, cerca de la chimenea apagada, con la espalda apoyada en el mármol frío. Tenía un libro en el regazo, pero no lo leía; simplemente pasaba los dedos por las letras doradas de la portada, una y otra vez, como si tratara de leer con el tacto.

Al escuchar mis pasos, levantó la cabeza. No hubo movimientos bruscos, ni hombros tensos. Sus ojos, rodeados de sombras violáceas que hablaban de noches sin sueño, se encontraron con los míos. Y en ellos vi algo que me robó el aliento: reconocimiento.

—Isabela —dijo.

No fue una pregunta. Fue una afirmación. Pronunció mi nombre con una voz grave, rasposa por los gritos de la noche anterior, pero extrañamente suave. Era la primera vez que un señor de su clase pronunciaba mi nombre sin que sonara a una orden o a un insulto.

—Buenos días, señor Alejandro —respondí, haciendo una pequeña reverencia y tratando de ocultar mi cojera al caminar hacia la mesa para dejar el desayuno.

—No me llames así —murmuró, cerrando el libro de golpe—. No después de anoche. Llámame Alejandro. Solo Alejandro.

Me quedé quieta, con la bandeja en las manos. Las reglas de Doña Elvira resonaron en mi cabeza: No hable. No confraternice. Usted es un mueble. Pero Doña Elvira no había estado ahí cuando él lloró en mis brazos. Doña Elvira no había visto al hombre detrás del monstruo.

—Está bien… Alejandro —acepté, sintiendo que al decir su nombre estaba firmando un pacto invisible.

Me acerqué a él con un cuenco de agua tibia y paños limpios que había traído escondidos en la bandeja.

—Sus manos —dije suavemente, señalando sus nudillos ensangrentados y costrosos—. Necesitan curación. Si se infectan, será peor.

Él miró sus propias manos como si pertenecieran a un extraño. Luego, asintió levemente y extendió los brazos hacia mí. Me arrodillé a su lado, ignorando el dolor en mis propios pies.

El contacto de mi piel con la suya fue eléctrico. Sus manos estaban frías, pero bajo la suciedad y la sangre seca, la piel era suave, noble. Limpié las heridas con cuidado, quitando los restos de vidrio y polvo. Él no se quejó, ni siquiera cuando el alcohol tocó la carne viva. Solo me observaba. Sentía sus ojos recorriendo mi rostro, estudiando mis facciones como si quisiera memorizarlas, buscando quizás la razón por la que una criada insignificante había decidido salvarlo.

—¿Por qué cojeas? —preguntó de repente.

Me detuve, con el paño suspendido sobre su mano izquierda.

—No es nada, señor… Alejandro. Me golpeé con un mueble.

—Mientes —dijo, y no había acusación en su tono, solo una certeza cansada—. Te cortaste anoche. Con el desastre que yo causé. Entraste descalza.

Bajé la mirada, avergonzada. No quería que sintiera culpa. Ya tenía demasiada carga sobre sus hombros.

—Sanará rápido. Tengo la piel dura, como buena campesina.

Alejandro soltó una risa amarga, corta y seca.

—Eres más noble que cualquiera de los que llevan mi apellido, Isabela. Y yo… yo soy el que debería estar curándote a ti.

Cuando terminé de vendarle las manos, él se quedó mirando las vendas blancas, inmaculadas, que contrastaban con su ropa sucia.

—Necesito… —empezó a decir, y su voz vaciló—. Necesito ver el sol.

Lo miré, sorprendida. Las cortinas habían estado cerradas durante dos años, según los chismes de la cocina. Eran el telón de su locura, la barrera que su tío había impuesto para que “el enfermo descansara”.

—Doña Elvira dice que la luz le altera los nervios —susurré, temerosa.

—Al diablo con Doña Elvira —dijo él, y por primera vez vi un destello de fuego en sus ojos, una chispa de la antigua autoridad que debió tener—. Abre las malditas cortinas, Isabela. Por favor.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. Agarré el pesado terciopelo granate, lleno de polvo, y tiré con fuerza. Las anillas chirriaron protestando, y la tela se abrió.

La luz de la mañana, pálida y lechosa, inundó la habitación. Reveló las partículas de polvo bailando en el aire, las montañas de libros, la suciedad en las esquinas, pero también reveló la amplitud del espacio.

Alejandro cerró los ojos ante el brillo repentino, pero no se apartó. Dejó que la luz le bañara el rostro, marcando aún más sus pómulos afilados y la barba descuidada. Suspiró, un sonido largo y profundo, como si estuviera bebiendo el aire.

—Gracias —susurró.

Ese momento de paz fue interrumpido por el sonido de pasos firmes y rápidos en el pasillo. Tac, tac, tac. El sonido del destino acercándose.

Alejandro se tensó de inmediato. Su postura se encorvó, sus ojos perdieron el brillo y volvieron a opacarse. Era un mecanismo de defensa automático: hacerse pequeño, hacerse el loco, desaparecer.

La puerta se abrió y Doña Elvira entró como una ráfaga de viento helado. Sus ojos de canica recorrieron la habitación: las cortinas abiertas, las vendas en las manos de Alejandro, la bandeja con el desayuno a medio terminar. Y finalmente, se posaron en mí.

—¿Qué significa esto? —siseó, su voz cargada de veneno—. ¿Quién le dio permiso para abrir las cortinas? ¡El señorito tiene fotofobia! ¡Le duele la luz!

—Él… —empecé a decir, pero Alejandro me interrumpió. O mejor dicho, su silencio me interrumpió. Permaneció inmóvil, mirando al vacío, fingiendo que no estábamos allí. Entendí el juego. No podía hablar. Si hablaba, si mostraba lucidez, su tío aumentaría la dosis, apretaría las cadenas.

—Yo las abrí, señora —mentí, alzando la barbilla—. Había mucho polvo. Necesitaba luz para limpiar los cristales que el señor rompió anoche. No podía dejar que se cortara.

Doña Elvira me miró con sospecha, estrechando los ojos. Se acercó a mí hasta que pude oler su aliento a menta vieja y amargura.

—Escuché los gritos anoche. Y el ruido. Los guardias dijeron que usted intervino. Que impidió que le administraran su medicina.

Sentí un sudor frío recorrer mi espalda.

—El señor se calmó solo, señora. No hizo falta la medicina. Pensé que Don Ricardo preferiría ahorrar el costo del médico si no era necesario. Solo… le canté una canción. Como a los niños.

La ama de llaves soltó una risita despectiva.

—¿Una canción? Vaya, ahora resulta que tenemos una niñera mágica. No se confíe, chamaca. La locura no se cura con cancioncitas de pueblo. La próxima vez, deje que los profesionales hagan su trabajo. Y cierre esas cortinas antes de irse. El patrón viene mañana y no quiere ver este desorden.

Cuando Doña Elvira salió, dando un portazo que hizo vibrar los cuadros, me giré hacia Alejandro. Él me miraba con una expresión de gratitud tan intensa que me hizo sonrojar.

—Gracias por mentir por mí —dijo en voz baja.

—No mentí del todo —respondí, comenzando a recoger los platos—. Usted no está loco, Alejandro. Está triste. Y el dolor no se cura con encierro ni con láudano.

Él se levantó y caminó hacia uno de los lienzos que estaban vueltos contra la pared. Con una mano temblorosa pero decidida, lo giró.

Era el retrato de una mujer joven. Rubia, de ojos azules como el cielo de verano, con una sonrisa que iluminaba el lienzo. Estaba pintado con una ternura y un detalle que quitaban el aliento. Se notaba que cada pincelada había sido dada con amor.

—Elena —susurró Alejandro. Su voz se rompió en esa única palabra.

Y entonces, la historia se derramó de él. Fue como si hubiera abierto una compuerta que llevaba años cerrada y oxidada. Me contó todo.

Me habló de Elena, su prometida. De cómo se amaban con esa locura dulce de la juventud, planeando un futuro lejos de la formalidad opresiva de su familia y de las ambiciones de su tío. Me habló del día fatídico, hace casi dos años. Un paseo a caballo por las colinas, las risas, el viento en el pelo de ella.

—La cincha de mi silla se rompió —dijo, apretando los puños hasta que los nudillos blancos resaltaron bajo las vendas—. Iba a todo galope. Caí. Me golpeé la cabeza y perdí el conocimiento. Cuando desperté, días después… Elena se había ido. Muerta. Se cayó tratando de ayudarme, dijeron. Se rompió el cuello.

Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas, perdiéndose en su barba. Yo escuchaba con el corazón encogido, olvidando por completo mi trabajo, mi familia, mi deuda.

—Mi dolor fue… cataclísmico —continuó—. Me encerré. Me negué a ver a nadie. Me ahogué en una culpa que me consumía. Yo debí revisar las sillas. Yo debí protegerla.

Se giró hacia mí, y su rostro se transformó. La tristeza dio paso a una rabia fría, calculadora.

—Y ahí fue cuando mi tío Ricardo, el hermano menor de mi padre, el hombre que siempre vivió a la sombra del éxito de los De la Torre, vio su oportunidad. Exageró mi luto. Compró a los médicos. Describió mi dolor como brotes de locura violenta e incurable. Dijo que el golpe en la cabeza me había dejado “permanentemente dañado”.

—¿Por qué? —pregunté, aunque en el fondo ya sabía la respuesta. La misma respuesta que movía a mi padre: dinero.

—Ambición, Isabela. Pura y sucia ambición. Conmigo declarado incompetente, él se convirtió en mi tutor legal. En el amo y señor de todo esto. Me encerró aquí, diciéndole al mundo que me protegía de mí mismo, cuando en realidad estaba protegiendo su nueva riqueza de su legítimo heredero.

Se acercó a mí, tomándome por los hombros. Su agarre era desesperado.

—No estoy loco, Isabela. Estoy de luto. Y soy un prisionero. Esas gotas que me dan… el láudano… me nublan la mente. Me hacen dormir por días, me provocan pesadillas, me hacen dudar de lo que es real. Pero tú… cuando tiraste el frasco anoche… hoy mi mente está clara. Por primera vez en meses, puedo pensar.

Todo encajaba. La severidad de la institutriz, las órdenes crueles de Don Ricardo, los barrotes en la ventana. No eran precauciones médicas; eran las herramientas de un carcelero.

—Yo le creo, Alejandro —dije. Y esas cuatro palabras parecieron darle más fuerza que cualquier medicina.

—Pero hay algo más —añadió, bajando la voz y mirando hacia la puerta con paranoia—. Algo peor.

Antes de que pudiera explicarme, un golpe en la puerta principal del ala oeste nos sobresaltó. Era la hora del almuerzo, pero el golpe no era de la servidumbre.

Era Doña Elvira de nuevo, pero esta vez traía algo en la mano. Una carta.

—Para usted, niña —dijo, extendiéndome el sobre con desdén—. Llegó del pueblo. Parece urgente. Su madre tiene una caligrafía espantosa, por cierto.

Tomé la carta con manos temblorosas. El sello de mi familia. Sabía que no podían ser buenas noticias. Doña Elvira se quedó esperando, con esa curiosidad morbosa de las viejas chismosas, pero no le di el gusto de abrirla frente a ella. Esperé a que se fuera, dejándonos nuevamente solos con la bandeja de comida.

Abrí el sobre. La letra de mi madre parecía arañar el papel.

“Isabela:

El dinero que enviaron de adelanto ya se acabó. Catalina necesita un ajuar más lujoso; los Mendoza están exigiendo un banquete de primera categoría. Si no consigues que te aumenten el sueldo o que ese viejo loco te dé una propina generosa para fin de mes, tu padre y yo consideraremos que has fallado. Y ya sabes lo que eso significa. No volveremos a mantener una boca inútil. Consigue más dinero. Róbalo si es necesario, a un loco no le hará falta. Pero no nos falles.

Tu madre.”

Arrugué la carta, sintiendo cómo el veneno de mi familia se filtraba en el pequeño santuario que habíamos construido. Me sentí atrapada entre dos fuegos: la avaricia despiadada de mi propia sangre y la tiranía de Don Ricardo. Querían que robara al único hombre que me había tratado con dignidad.

Alejandro notó el cambio en mi rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Tu luz se ha apagado.

Dudé un momento. La vergüenza me quemaba. ¿Cómo decirle que yo también era una mercenaria, que me habían vendido como ganado? Pero miré sus ojos, limpios y expectantes, y supe que ya no podíamos permitirnos secretos.

Le extendí la carta. Él la leyó, y vi cómo su mandíbula se tensaba con una furia fría.

—Así que a ti también te ven como un objeto —dijo con amargura—. Una herramienta para sus propios fines.

—Me van a echar a la calle si no consigo más dinero —confesé, con lágrimas de impotencia en los ojos—. Y si me echan… ¿quién cuidará de usted? Le volverán a dar el veneno. Lo volverán a encerrar en la oscuridad.

Alejandro rompió la carta en pedazos pequeños y los dejó caer al suelo.

—No dejaré que te lleven. Eres la única amiga que tengo. Eres mi conexión con la vida.

—Pero no tenemos poder, Alejandro. Somos dos prisioneros en su propia casa. Usted no tiene acceso a su dinero, y yo no tengo nada.

Alejandro se quedó pensativo, caminando de un lado a otro de la habitación. Su cojera mental había desaparecido; ahora se movía con la energía de un hombre que ve una salida, por estrecha que sea.

—Mi tío es un hombre astuto, pero descuidado en su arrogancia —dijo finalmente. Se detuvo frente a mí, y sus ojos brillaban con una intensidad nueva—. Él cree que me ha derrotado por completo. Cree que soy un niño asustado que ha olvidado quién era. Pero recuerdo. Isabela, recuerdo cosas que él cree enterradas.

Se inclinó hacia mí, conspirador.

—Antes de que me aislaran por completo, cuando todavía podía deambular por la casa bajo vigilancia, encontré algo. El diario personal de mi padre. Él nunca confió del todo en Ricardo. Siempre anotaba sus sospechas, sus negocios, sus conversaciones privadas.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. —¿Un diario?

—Sí. Mi tío lo buscó por todas partes después de la muerte de mi padre, pero nunca lo encontró. Porque yo lo escondí.

—¿Dónde? —susurré.

—En el lugar más peligroso y obvio de todos —respondió Alejandro con una media sonrisa sombría—. En su propio despacho. Detrás de un libro falso en la biblioteca. Estoy seguro de que en ese diario hay pruebas de sus manejos sucios, quizás incluso pruebas de que él planeó el “accidente” de mi padre años atrás. Si conseguimos ese diario, Isabela, si se lo entregamos al juez Velasco en la capital… todo esto se acaba. Recuperaré mi nombre, mi fortuna y mi libertad. Y te juro por la memoria de Elena que tú y tu familia jamás volverán a pasar hambre.

El aire en la habitación se volvió eléctrico. La idea era una locura. Un riesgo monumental. El despacho de Don Ricardo era territorio prohibido, vigilado constantemente por Doña Elvira y los guardias. Entrar allí era sentencia de muerte, o peor, de manicomio para él y de cárcel para mí.

—El despacho está cerrado siempre —dije, temblando ante la magnitud del plan—. Doña Elvira tiene la llave colgada en su cintura. Nunca se la quita.

—Se la quita para bañarse —dijo Alejandro—. Y hay una copia. Una llave maestra que mi padre guardaba para emergencias. Sé dónde la esconde Elvira: debajo de la maceta de helechos en el pasillo principal, la que está junto a la armadura. Ella es criatura de hábitos, nunca cambia de escondite.

Me tomó las manos. Las suyas ya no estaban frías; ardían con fiebre de esperanza.

—No puedo hacerlo solo, Isabela. Si salgo de este pasillo, los guardias me verán. Pero tú… tú eres invisible para ellos. Eres “la criada”, “el mueble”. Nadie sospecha de los muebles.

Sentí un vértigo helado recorriéndome la espalda. El pavor me atenazó la garganta, dibujando en mi mente todas las consecuencias terribles de un fracaso: la cara furiosa de Don Ricardo, la desolación fría de un manicomio real para Alejandro, y para mí, la expulsión a un mundo que me despreciaba, ahora con la mancha de ladrona y conspiradora.

Era un riesgo absoluto. Una apuesta de todo o nada contra un enemigo que controlaba cada aspecto de nuestras vidas.

Pero entonces miré a Alejandro. Vi la nueva llama de determinación en sus ojos, una fragua encendida sobre las cenizas de su desesperación. Pensé en mi propia vida, en la carta de mi madre, en ser tratada como mercancía por mi propia sangre.

Me di cuenta de que, de una forma u otra, yo ya estaba en una prisión. La diferencia era que esta, la lucha por la libertad de Alejandro, era una causa noble. Era la primera vez en mi vida que alguien depositaba tal confianza en mí. Me veía no como una sirvienta o una carga, sino como una aliada. Como una igual.

La lealtad hacia el hombre que me había mostrado bondad y la incipiente rebelión contra mi propio destino miserable se fundieron en una sola y poderosa certeza.

—Mañana —dije, y mi voz sonó extraña, fuerte—. Mañana Don Ricardo viaja al pueblo para reunirse con el notario. Se lleva a los guardias principales.

Alejandro asintió, apretando mis manos.

—Y necesitamos que se lleve a Elvira también.

—Yo me encargaré de eso —aseguré, mi mente trabajando a toda velocidad—. Mateo, el chico de las caballerizas… le tenía mucho aprecio a su padre. Me ha mirado con pena varias veces. Puedo convencerlo de que invente un recado urgente que obligue a Elvira a ir al pueblo.

—¿Correrías ese riesgo conmigo? —preguntó Alejandro, con la voz cargada de emoción.

—Ya no tengo nada que perder, Alejandro. Mi familia me vendió. Usted es lo único real que tengo ahora.

—Entonces es un pacto —dijo él.

Durante las siguientes horas, nos convertimos en estrategas, susurrando planes en las horas muertas de la tarde mientras el resto de la casa dormitaba la siesta. El plan que urdimos era tan audaz como frágil, dependiente de una sincronización perfecta y una dosis considerable de suerte.

Al día siguiente, la tensión en el aire era casi insoportable. Desde la ventana del pasillo, vi cómo preparaban el carruaje de Don Ricardo. Bajé a las cocinas con el corazón en la garganta y busqué a Mateo.

Era un muchacho joven, con cara de buena gente y manos sucias de grasa. Me acerqué a él con cautela.

—Mateo —susurré—. Necesito un favor. Por la memoria de Don Alberto.

El chico me miró, asustado al principio, pero cuando le hablé de la tristeza de Alejandro, de cómo lo estaban matando en vida, sus ojos se llenaron de lágrimas. Aceptó.

Media hora después, vi la escena desde la ventana del cuarto de Alejandro. Mateo corría hacia Don Ricardo y Doña Elvira, agitando un papel falso. Gestos de molestia. Gritos. Y finalmente, Doña Elvira subiendo al carruaje con cara de pocos amigos.

El plan había funcionado. El carruaje se alejó, levantando una nube de polvo que se llevó a nuestros carceleros.

La casa quedó en un silencio expectante. Teníamos cuatro horas. Cuatro horas para encontrar el diario, cuatro horas para robar la verdad y salvar nuestras vidas. O cuatro horas para condenarnos para siempre.

Regresé a la habitación. Alejandro estaba de pie junto a la puerta, pálido pero firme.

—¿Se han ido? —preguntó.

—Se han ido.

—Es la hora, Isabela.

Abrí la puerta de la habitación, esa puerta que había sido su frontera con el mundo durante dos años. Alejandro dio un paso hacia el pasillo. Sus piernas temblaron, pero no se detuvo.

Juntos, nos adentramos en las sombras de la mansión, dos fantasmas desafiando al destino, caminando hacia el despacho del diablo para robarle su secreto más oscuro. No sabíamos que lo que encontraríamos en ese diario sería mucho peor de lo que jamás imaginamos. No era solo fraude. No era solo ambición. Era sangre. Sangre fresca y sangre antigua.

Y no sabíamos que el carruaje de Don Ricardo no había ido tan lejos como pensábamos.

LA REVELACIÓN, EL CASTIGO Y LA REDENCIÓN FINAL

El pasillo estaba desierto. Las sombras se alargaban como dedos espectrales sobre las alfombras raídas, y el único sonido era el de nuestra respiración entrecortada y el latido desbocado de mi corazón, que parecía querer salirse del pecho para correr a esconderse.

—Es ahora o nunca —susurró Alejandro. Su voz, aunque baja, tenía una firmeza que no había escuchado antes. La locura inducida por el láudano se estaba disipando, dejando ver al hombre de acero que había debajo.

Caminamos hacia la puerta del despacho. Mis manos sudaban frío. Me agaché junto a la maceta de helechos, tal como él me había indicado. La planta estaba medio seca, con las hojas marrones crujiendo al tacto. Metí los dedos en la tierra húmeda y fría, buscando a tientas.

—¿Está ahí? —preguntó Alejandro, mirando nerviosamente hacia el final del pasillo, temiendo que algún guardia hubiera quedado rezagado.

Mis dedos rozaron el metal frío.

—Sí —respondí, sacando la llave maestra. Estaba oxidada, pero sólida.

Con un temblor que no podía controlar, introduje la llave en la cerradura. Giró con un chirrido que, en el silencio sepulcral de la casa, sonó como un disparo de cañón. Nos congelamos, esperando que las puertas se abrieran y los guardias nos cayeran encima. Pero nada pasó. La casa seguía en su letargo.

Entramos.

El despacho de Don Ricardo era un monumento a su ego. Olía a tabaco caro, a cuero viejo y a una maldad rancia que se te pegaba en la garganta. Una enorme mesa de caoba dominaba el centro, llena de papeles desordenados, y las paredes estaban forradas de libros que, estaba segura, él jamás había leído. Eran solo decoración, una fachada de sabiduría para ocultar su podredumbre.

—La biblioteca —dijo Alejandro, señalando la pared del fondo—. Sección de filosofía. A mi tío siempre le gustó la ironía de rodearse de libros sobre la virtud mientras cometía sus pecados.

Nos acercamos a la estantería. Alejandro recorrió los lomos de los libros con el dedo índice, contando en voz baja.

—Tercero desde la izquierda, segunda repisa —murmuró—. Es un libro falso.

Levanté la mano para cogerlo al mismo tiempo que él. Nuestros dedos se rozaron en la penumbra. Fue un contacto fugaz, piel contra piel, pero sentí una corriente eléctrica que me recorrió entera, desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello. Nos miramos. En sus ojos oscuros, iluminados apenas por la luz que se filtraba entre las cortinas pesadas, ya no vi al “loco” ni al “señorito”. Vi a un hombre. Y él me vio a mí. En medio del peligro mortal, hubo un segundo de paz absoluta.

—Juntos —dijo él.

Sacamos el libro falso. Detrás, en un hueco excavado en la madera, había un pequeño cuaderno de cuero negro con las iniciales A.D.T. grabadas en oro desvaído. El diario de Don Alberto.

Nos sentamos en el suelo, ocultos tras la gran mesa, y abrimos el cuaderno. Las páginas estaban llenas de una caligrafía elegante y firme. Pasamos las hojas rápidamente, buscando las fechas cercanas al accidente.

—Aquí —señaló Alejandro. Su dedo temblaba.

Leímos en silencio.

“15 de octubre. Ricardo ha estado haciendo preguntas extrañas sobre la resistencia de las correas de cuero de las monturas. Dice que es por seguridad, pero su mirada me inquieta. Hay una frialdad en él que no reconozco.”

Alejandro pasó la página con rabia.

“18 de octubre. He descubierto un pago considerable y no autorizado hecho por Ricardo a uno de los mozos nuevos de las caballerizas, un tal ‘El Tuerto’, hombre de mala reputación. Cuando lo confronté, dijo que era un anticipo. El mozo ha desaparecido esta mañana. Temo que mis sospechas no sean delirios de viejo. El hedor de la ambición de mi hermano ahoga la razón.”

Alejandro alzó la vista. Estaba pálido como el mármol, con los ojos llenos de lágrimas de furia.

—No fue un accidente —dijo, con la voz rota por el horror—. Fue un asesinato. Intentó matarme a mí y a Elena. Cortaron las cinchas. Elena murió en mi lugar.

La revelación cayó sobre nosotros como una losa. No era solo que Don Ricardo fuera un ladrón y un estafador. Era un fratricida. Un monstruo capaz de matar a su propia sangre por dinero.

En ese preciso instante, el destino nos jugó la carta más cruel de todas.

Desde el exterior, llegó el sonido inconfundible de ruedas de carruaje crujiendo sobre la grava. Crak, crak, crak. Y el relincho de caballos frenando bruscamente frente a la entrada principal.

El pánico nos golpeó con la fuerza de un mazo.

—¡Es él! —jadeé—. ¡Ha vuelto! ¡Es demasiado pronto!

—¡Maldita sea! —Alejandro se puso de pie, aferrando el diario contra su pecho—. Debió olvidar algo o sospechó. ¡Tenemos que salir!

Pero era tarde. Oímos el portazo del carruaje y la voz de trueno de Don Ricardo ladrando órdenes en el vestíbulo. Pasos rápidos y furiosos se acercaban por el pasillo. Pasos que venían directos hacia el despacho.

No había salida. Estábamos atrapados en la ratonera.

La perilla de bronce de la puerta comenzó a girar lentamente. El clic del mecanismo sonó como una sentencia de muerte.

La puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared. En el umbral se recortaba la silueta de Don Ricardo, y detrás de él, el rostro pálido y aterrorizado de Doña Elvira.

Sus ojos de serpiente recorrieron la escena en un segundo: el libro falso en el suelo, la vela parpadeando y, finalmente, el diario en las manos de Alejandro.

No gritó. No se asustó. En su lugar, una sonrisa lenta y gélida se dibujó en sus labios. La sonrisa del depredador que encuentra a la presa exactamente donde quería.

—Vaya, vaya —dijo, entrando y cerrando la puerta tras de sí con una calma que helaba la sangre—. Parece que la mascota aprendió a abrir su propia jaula. Y tú… —me miró con un asco infinito—, la mosca muerta que resultó tener aguijón. Debí suponerlo. La bondad es siempre la máscara más efectiva de la traición.

Alejandro dio un paso al frente, poniéndose entre su tío y yo. A pesar del miedo, se irguió con una dignidad que llenó la habitación.

—Se acabó, Ricardo —dijo, con voz de trueno—. Sabemos lo que hiciste. Está todo aquí. El sabotaje, el pago al mozo. Asesinaste a mi padre y mataste a Elena.

Don Ricardo soltó una carcajada seca. Caminó hacia el mueble bar y se sirvió una copa de brandy, como si estuviéramos en una charla social.

—¿Confesar? ¿A quién? ¿Tú, el loco oficial de la región, y ella, una sirvienta ladrona? —Dio un sorbo, mirándonos por encima del cristal—. Sí, claro que saboteé tu montura. Tu padre iba a dejártelo todo. Yo, un hombre de mi talento, relegado a las migajas. ¡No podía tolerarlo!

Su rostro se torció en una mueca de odio puro.

—La muerte de tu insoportable prometida y tu locura fueron un regalo del cielo. Me permitieron ser tu “salvador”. Y ahora, este pequeño robo nocturno es la prueba final que necesitaba para encerrarte de por vida en un manicomio de verdad, donde nadie escuche tus gritos.

Se abalanzó sobre Alejandro y le arrebató el diario. Alejandro, debilitado por meses de encierro y mala alimentación, intentó resistirse, pero Ricardo era fuerte.

—¡Guardias! —gritó.

Los dos hombres corpulentos entraron.

—Llévense al señorito al sótano de castigo —ordenó Ricardo—. Encadénenlo. Que se pudra ahí hasta que arregle su traslado al sanatorio.

—¡No! —grité, lanzándome contra ellos—. ¡Dice la verdad! ¡Es un asesino!

Uno de los guardias me empujó con tal fuerza que caí al suelo, golpeándome la cabeza. Desde el piso, vi cómo arrastraban a Alejandro. Él luchaba como un león, pero eran demasiados.

—¡Isabela! —gritó él, mirándome por encima del hombro. En sus ojos no había derrota, sino una promesa silenciosa.

Cuando se lo llevaron, Don Ricardo se agachó frente a mí. Apestaba a alcohol y victoria.

—Y tú, escuincla miserable… —siseó—. Tu historia aquí terminó. Mañana al amanecer te largarás de mis tierras. Sin paga. Sin referencias. Y me aseguraré de que todo el pueblo sepa que eres una ladrona que se aprovechó de un enfermo mental. Nadie te dará trabajo. Morirás de hambre.

Se levantó, alisándose el chaleco, y arrojó el diario de su hermano al fuego de la chimenea. Las llamas lamieron el cuero y devoraron la verdad en segundos.

—Elvira, enciérrala hasta que salga el sol.

EL POZO DE LA DESESPERACIÓN

Esa noche fue la más larga de mi vida. Encerrada en mi cuarto, no lloré por mí. Lloraba por él. Imaginaba a Alejandro en el sótano de castigo, ese lugar del que los sirvientes hablaban en susurros, lleno de ratas y humedad. Me sentía culpable. Mi plan había fallado. Lo había condenado.

Mientras tanto, en las entrañas de la tierra, Alejandro vivía su propio infierno.

El sótano era un agujero negro. El frío calaba hasta los huesos y el suelo estaba cubierto de inmundicia. Las cadenas le mordían las muñecas. La oscuridad era total. La desesperación, esa vieja amiga que lo había acompañado durante dos años, intentó abrazarlo de nuevo. Estás loco, le susurraba la oscuridad. Nadie te creerá. Elena está muerta por tu culpa.

Pero entonces, en medio de la negrura, vio mi rostro en su memoria. Recordó mi mano sobre la suya. Recordó que alguien había creído en él.

La furia reemplazó al miedo. Buscó a tientas en el suelo. Sus dedos tocaron algo duro y tiznado: un trozo de carbón. Y recordó que en el bolsillo de su camisa llevaba un papel arrugado: una vieja lista de la compra que yo había tirado y él había guardado como un tesoro.

Escribió a ciegas. Una nota desesperada. Un nombre. Don Emilio de Velasco. El mejor amigo de su padre, un jurista poderoso en la capital que siempre había odiado a Ricardo.

Psst… Señor Alejandro…

Una voz llegó desde la rejilla de ventilación, allá arriba, a ras del suelo del jardín.

—¡Mateo! —susurró Alejandro.

—Lo vi todo, patrón —dijo el muchacho, con voz temblorosa—. Sé que Don Ricardo es el malo. ¿Qué hago?

Alejandro se estiró hasta que los músculos parecieron desgarrarse, alzando el papel hacia la rejilla.

—Toma esto. Ve a la capital. Busca a Don Emilio de Velasco. Cabalga como si el diablo te persiguiera, chamaco, porque mi vida depende de ello.

—Volaré, señor —prometió Mateo. Y sus pasos se alejaron corriendo en la noche.

EL CAMINO DE LA VERGÜENZA

Al amanecer, me echaron como a un perro. El carretero me dejó tirada en la entrada de mi pueblo, sin mirarme a la cara, como si yo fuera contagiosa.

Caminé hacia la casa de mis padres con el alma hecha pedazos. Mis vestidos estaban sucios, mi pelo revuelto, mis ojos hinchados. Cada paso era una tortura. Sabía lo que me esperaba.

Cuando empujé la puerta de mi casa, el silencio que me recibió fue peor que cualquier golpe.

Mi madre, Doña Carmen, me miró desde su mecedora con asco. Catalina, que se probaba un velo de novia frente al espejo, se detuvo y soltó una risita cruel. Y mi padre… Don Ramiro se levantó de la mesa con una tormenta en la cara.

—Así que vuelves —dijo, y su voz era un látigo—. Con las manos vacías y la cabeza gacha. El fracaso tiene tu cara, Isabela.

—Papá, déjame explicarte… —supliqué.

—¡Cállate! —rugió—. Recibimos la nota del administrador. Dicen que te despidieron por conducta inmoral y robo. ¡Nos has deshonrado!.

—¡Es mentira! —grité, llorando—. ¡Me tendieron una trampa!

—¡Ladrona! —chilló Catalina—. ¡Por tu culpa los Mendoza pensarán que somos gentuza! ¡Has puesto en peligro mi boda!.

Mi madre se levantó, fría como el hielo.

—Te lo advertimos. Si fallabas, no había lugar para ti aquí. Recoge tus trapos y lárgate. No quiero ver tu cara de mártir nunca más.

Mi padre me agarró del brazo y me arrastró hacia la puerta. Me iba a tirar a la calle. Me iba a dejar morir de hambre.

—¡Fuera! —gritó, alzando la mano para golpearme.

Y entonces, el mundo se detuvo.

Un estruendo de cascos de caballos llenó la calle. No era un carro de bueyes. Era el sonido de la caballería. Un carruaje negro, pulido como un espejo, tirado por cuatro sementales frisones, frenó en seco frente a nuestra choza miserable. El escudo de la familia De la Torre brillaba en la puerta.

Mi padre se quedó con la mano en el aire, paralizado.

La puerta del carruaje se abrió. Bajó primero un hombre mayor, de porte aristocrático y mirada severa: Don Emilio de Velasco. Detrás de él, dos oficiales de la policía rural, armados.

Y finalmente, bajó él.

Alejandro.

Pero no era el espectro encorvado de la habitación oscura. Estaba erguido, limpio, afeitado. Vestía un traje negro impecable que le daba un aire de príncipe oscuro. El sol de la mañana se reflejaba en su cabello y en sus ojos ya no había miedo. Solo fuego.

Caminó hacia nosotros. Mi familia retrocedió, temblando. Los vecinos empezaron a asomarse.

—Don Ramiro Valbuena —dijo Don Emilio con voz de juez supremos—. Soy el albacea de la hacienda La Torre. Hemos venido a aclarar ciertos asuntos.

Alejandro se adelantó, ignorando a mi padre y clavando sus ojos en mí.

—Escuché sus últimas palabras —dijo Alejandro, dirigiéndose a mi familia con una calma aterradora—. La llaman inútil. La acusan de deshonor. Permítanme decirles la verdad.

Se giró hacia la multitud que se congregaba.

—Mi tío, Ricardo de la Torre, ha sido arrestado esta mañana. Está encadenado, acusado de fraude, secuestro y del intento de asesinato que le costó la vida a mi prometida Elena hace dos años.

Un grito ahogado recorrió a los presentes. Mi madre se llevó la mano al pecho.

—Fue esta mujer —continuó Alejandro, señalándome—, Isabela, a quien ustedes desprecian. Fue ella la única que tuvo el valor de buscar la verdad cuando todos miraban a otro lado. Fue su bondad la que me devolvió la razón. Fue su valentía la que me salvó la vida.

Se acercó a mi padre, que ahora parecía un enano a su lado.

—El deshonor no está en ella, señor Valbuena. El deshonor está en aquellos que, teniendo un tesoro de lealtad en su propia casa, intentaron venderlo por treinta monedas de plata.

Don Ramiro se puso rojo de vergüenza y miedo. Catalina parecía a punto de vomitar.

Alejandro llegó hasta mí. Con una delicadeza infinita, apartó un mechón de pelo sucio de mi cara.

—Mateo llegó a tiempo —me susurró, solo para mí—. Don Emilio vino anoche con los Rurales. Encontraron el sótano. La confesión de mi tío, al verse acorralado, fue suficiente. Somos libres, Isabela.

Luego, sacó un fajo de billetes de su bolsillo. Eran más pesos de los que mi familia vería en diez vidas. Se los entregó al alguacil del pueblo, que miraba con la boca abierta.

—Con esto quedan saldadas todas las deudas de la familia Valbuena —anunció en voz alta—. Es el último acto de caridad que la fortuna De la Torre tendrá con ustedes.

Su voz se endureció como el acero.

—Pero el dinero viene con una condición. A partir de este momento, Isabela queda liberada de cualquier obligación o vínculo con ustedes. No le dirigirán la palabra. No la buscarán. Para ella, y para el mundo decente, ustedes han dejado de existir.

Y entonces, hizo lo impensable.

Ahí, en medio del polvo de la calle, frente a mi familia petrificada y al pueblo entero, el gran Alejandro de la Torre hincó una rodilla en el suelo.

Tomó mi mano agrietada entre las suyas, besando mis nudillos lastimados.

—Isabela Valbuena —dijo, y su voz tembló de emoción pura—. Me enviaron un carcelero y encontraste un hombre. Viste lo peor de mí y sacaste lo mejor. Me enseñaste a vivir de nuevo.

Las lágrimas corrían por mi cara, limpiando la suciedad y la vergüenza.

—No quiero pasar ni un día más de mi nueva vida sin ti a mi lado. Delante de quienes nunca vieron tu valor, te pregunto: ¿me harías el inmenso honor de ser mi esposa?.

El mundo desapareció. Solo existía él. Asentí, incapaz de hablar, y susurré la única palabra que importaba.

—Sí.

EPÍLOGO: EL JARDÍN DE LAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Seis meses después.

La Hacienda La Torre estaba irreconocible. Las cortinas pesadas habían desaparecido, reemplazadas por visillos blancos que dejaban entrar la luz del sol a raudales. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y la brisa traía el aroma dulce de las flores.

El jardín, antes un cementerio de maleza, ahora era un paraíso de rosas rojas, meticulosamente restaurado. Se escuchaban risas y música en los pasillos donde antes solo habitaba el silencio y el miedo.

Yo, Isabela de la Torre, caminaba por mi casa. No como una señora ociosa, sino como el corazón de aquel lugar. Habíamos convertido la prisión en un hogar, un refugio no solo para nosotros, sino para todos los que trabajaban allí. Mateo, ahora jefe de cuadras, silbaba feliz mientras cepillaba a los caballos.

En el pueblo, se decía que los Valbuena vivían consumidos por su propia amargura. El compromiso de Catalina se rompió; los Mendoza no quisieron emparentar con gente marcada por el escándalo. Vivían de las sobras de la generosidad que Alejandro les había arrojado aquel día, despreciados por los vecinos.

Su mayor castigo era vernos felices desde lejos.

Salí al jardín al atardecer. Alejandro estaba allí, junto al rosal antiguo, el que había sobrevivido a todo. Se veía sano, fuerte, con las manos manchadas de tierra fértil en lugar de sangre.

Al verme, cortó una rosa roja. Perfecta. Idéntica a la que yo le había descrito en aquella primera tarde de confidencias, cuando éramos dos náufragos en la oscuridad.

Me la entregó con esa sonrisa que ahora iluminaba mis días.

—La primera señal de vida —dijo suavemente.

Tomé la rosa y apoyé mi cabeza en su hombro, sintiendo la solidez de su cuerpo y la paz que habíamos conquistado a pulso.

—Y el comienzo de la nuestra —respondí.

Ya no éramos prisioneros del pasado, ni de la crueldad de otros, ni de nuestras propias tristezas. Éramos los arquitectos de nuestro futuro. Dos almas que se habían encontrado en la más profunda oscuridad y habían encendido una luz que nada, ni nadie, podría apagar jamás.

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