“Todos decían que mi corazón era tan duro como el granito de la montaña, hasta que una mujer con manos suaves y voluntad de hierro cruzó mi puerta para quedarse.”

La montaña nunca me pidió amor, solo aguante, y por casi cuarenta años eso fue exactamente lo que le di.

Vivía solo en una cabaña que levanté con mis propias manos, donde los pinos son guardias silenciosos y el invierno se queda más tiempo del que debería. Abajo en el pueblo decían que mis hombros se formaron a hachazos y tormentas, y que mi voz se apagó porque no tenía con quién hablar. No discutía con ellos; aprendí hace mucho que necesitar a la gente puede romper a un hombre.

Pero la soledad empezó a retumbar más fuerte que el viento en las noches. Por eso acepté esa carta. No era una historia de amor, era un acuerdo: una mujer vendría a cambio de techo y seguridad.

La mañana que ella llegó, la escarcha se aferraba al mundo como vidrio delgado. Me dije a mí mismo que no esperara nada, porque la expectativa se convierte en decepción. Cuando la carreta apareció, se veía demasiado pequeña para un viaje tan largo.

Ella bajó. No era lo que esperaba. Era menuda, con el vestido gastado pero limpio, y cuando alzó la vista, no vi miedo, solo una calma que me inquietó.

Entramos. La cabaña estaba ordenada pero vacía de adornos, hecha para funcionar, no para estar a gusto. Señalé el cuarto pequeño y le solté las reglas con voz firme, sin mirarla a los ojos: esperaba trabajo compartido y espacio compartido. Nada de romance, nada de promesas dulces, nada de ilusiones.

Temí ver decepción en su cara. Pero ella sonrió. No con burla, sino con una comprensión tranquila. Me dijo que no había subido a la montaña buscando un cuento de hadas, sino un lugar a donde pertenecer y un hombre que cumpliera su palabra.

Esa noche, el viento golpeaba las paredes, pero por primera vez en años, el silencio no se sentía vacío. Yo creía que mi vida ya estaba escrita en piedra, hasta que un paso en falso en el hielo me dejó tirado y sangrando en la nieve, mirando al cielo roto por las ramas de los pinos… y el miedo real me golpeó por primera vez.

¿QUÉ PASA CUANDO UN HOMBRE QUE NO NECESITA A NADIE DE REPENTE DEPENDE DE UNA EXTRAÑA PARA NO M*RIR?

Parte 2: La Raíz en la Piedra

Capítulo 1: El Sonido del Silencio

Los primeros días con Elena en la cabaña fueron como caminar sobre un lago congelado: cada paso era calculado, con miedo a que el hielo se rompiera bajo nuestros pies y nos tragara el agua helada de la incomodidad. Yo estaba acostumbrado a un silencio absoluto, ese silencio que solo rompe el crujir de la madera o el aullido del coyote a la distancia. Pero ahora, el silencio tenía compañía.

No era que habláramos mucho. Yo no soy hombre de muchas palabras y ella, por lo que veía, tampoco gastaba saliva en tonterías. Pero la cabaña cambió. El aire cambió. Antes, cuando yo entraba después de cortar leña, la casa me recibía fría, indiferente. Ahora, al abrir la puerta, me golpeaba un olor distinto. A veces era el aroma del café de olla recién hecho, con ese toque de canela y piloncillo que yo nunca me tomaba la molestia de preparar para mí solo. Otras veces era el olor a jabón de ropa, a limpio, a mujer.

Yo la observaba de reojo, haciéndome el que revisaba mis herramientas o afilaba mi cuchillo. Esperaba que cometiera errores. Esperaba que se quejara de que la leña estaba húmeda, de que el viento se colaba por las rendijas, o de que la soledad de la montaña era insoportable para alguien acostumbrada al valle. Pero Elena tenía una fuerza callada. Aprendió a usar la estufa de leña más rápido que cualquier peón que hubiera contratado en el pasado. Trataba mis cosas, mis viejos cinceles, mis hachas melladas, con un respeto que me desconcertaba, como si entendiera que esas herramientas eran extensiones de mis propios brazos.

Hubo una noche, recuerdo bien, que el frío calaba hasta los huesos. Yo estaba sentado cerca del fogón, remendando una correa de cuero. Ella estaba al otro lado de la mesa, doblando unos trapos. De repente, se levantó y puso una taza de barro cerca del fuego, en la piedra caliente, pero no para ella. La dejó ahí, en mi lado. Cuando terminé y fui a servirme agua, la taza estaba tibia, esperando mis manos. No dijo nada. Yo tampoco. Pero ese calor en las palmas de mis manos se sintió como un abrazo que no sabía que necesitaba. Me bebí el contenido despacio, sintiendo cómo algo dentro de mí, algo que llevaba años cerrado con candado, empezaba a aflojarse.

Me dije a mí mismo: “No te acostumbres, Elías. No le busques tres pies al gato”. Este matrimonio era un trato. Ella necesitaba techo, yo necesitaba quien cuidara la casa cuando mis huesos ya no pudieran. Supervivencia. Eso era todo. Pero es difícil mentirse a uno mismo cuando ves que alguien ha puesto una segunda cobija en tu silla sin que lo pidas , o cuando notas que tu abrigo, ese viejo abrigo de lana que huele a humo y sudor, está colgado más cerca del fuego para que se seque pronto. Esos no eran actos de una sirvienta; eran actos de cuidado. Y el cuidado es peligroso para un hombre que ha decidido ser una isla.

Capítulo 2: El Golpe de la Montaña

El invierno en la Sierra Madre no perdona. Aquí no hay medias tintas; o te adaptas o te mueres. Y aunque yo llevaba cuarenta años sobreviviendo, la montaña siempre guarda una trampa nueva para el que se confía.

Sucedió una mañana que parecía como cualquier otra. El cielo estaba pálido, casi blanco, anunciando más nieve. Decidí ir más lejos de lo habitual para revisar las trampas que había puesto en la quebrada norte. Elena me vio prepararme. No me dijo “ten cuidado”, ni “no tardes”. Solo me miró y me tendió un morral con algo de comida envuelta en un trapo. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos un segundo más de lo necesario. Asentí, me calé el sombrero y salí al frío.

El terreno estaba traicionero. La nieve se había derretido un poco el día anterior con el sol, y durante la noche se había vuelto a congelar, creando láminas de hielo negro ocultas bajo una capa fina de nieve fresca. Es el peor tipo de suelo: parece firme, pero es jabón puro.

Iba bajando por una pendiente rocosa que había cruzado mil veces. Conocía cada piedra, cada raíz. O eso creía. Pisé una laja cubierta de musgo y hielo. Fue cosa de un parpadeo. Mi bota resbaló como si no tuviera suela. El mundo giró violentamente. Traté de agarrarme de una rama de ocote, pero estaba seca y se partió en mi mano.

Caí.

El golpe fue seco, brutal. Mi cuerpo rebotó contra la roca y sentí un chasquido repugnante en el hombro, seguido de un dolor que me nubló la vista. Rodé unos metros más hasta detenerme contra un tronco caído. Me quedé ahí, bocabajo, tragando nieve, con el sabor a cobre de la sangre en la boca.

Intenté levantarme y un grito se me ahogó en la garganta. El dolor en el hombro era como si me hubieran clavado un cuchillo al rojo vivo. Me toqué el costado y sentí humedad tibia bajo la camisa: sangre.

Me giré para mirar al cielo. Las copas de los pinos se mecían indiferentes, recortando el cielo gris como agujas. Por un momento, el viejo instinto se apoderó de mí: “Aquí quedaste, Elías. Comida para los coyotes”. No sentí miedo a morir. Había vivido una vida larga y dura; la muerte era solo el final de la jornada. Pero entonces, una imagen cruzó mi mente.

No vi a mis padres, ni a mi juventud. Vi la cabaña. Vi el fuego encendido. Y vi a Elena.

Un terror nuevo, crudo y desconocido me invadió. No era miedo por mí. Era miedo por ella. Si yo moría aquí, ¿qué sería de ella? Estaba sola en medio de la nada, con el invierno apretando, sin saber cortar leña suficiente, sin saber usar el rifle si bajaban los lobos. La había traído a este infierno blanco y ahora la iba a dejar sola. “No”, gruñí, apretando los dientes hasta que me dolieron las muelas. “No le voy a hacer eso”.

Me obligué a levantarme. Fue la cosa más difícil que he hecho en mi vida. El dolor me hacía ver manchas negras. Cada paso de regreso a la cabaña fue una batalla. Me arrastré, caminé, caí y volví a levantarme. El viento se levantó, borrando mis huellas, intentando empujarme hacia abajo, pero la imagen de Elena esperando me servía de ancla.

No sé cuánto tiempo pasó. Pudieron ser horas. Cuando por fin vi el humo de la chimenea, sentí que las piernas se me hacían de trapo. Llegué a la puerta, puse la mano en la madera y empujé.

Caí al suelo de la entrada como un fardo, pesando el doble por el dolor y la vergüenza de mi debilidad.

Escuché pasos rápidos. Esperaba un grito, el sonido del pánico. Pero no. Elena estaba ahí en un instante. El sonido que salió de su boca fue un jadeo roto, como si algo dentro de ella se hubiera rasgado, pero no gritó.

—Elías —dijo mi nombre. Fue la primera vez que la escuché decirlo con tanta urgencia.

Manos pequeñas pero fuertes me agarraron. Me arrastró hacia el calor del fuego con una fuerza que no sabía que tenía. Sentí cómo rasgaba mi camisa. El aire frío golpeó mi piel, seguido inmediatamente por la presión de un paño caliente.

—Quédese quieto —ordenó. Su voz temblaba, pero sus manos no.

Yo entraba y salía de la consciencia. Veía su rostro inclinado sobre el mío, sus cejas fruncidas, los ojos rojos de contener las lágrimas. Me limpiaba la sangre, movía mi brazo. El dolor estalló de nuevo cuando intentó acomodar el hueso y solté un rugido.

—Lo siento, lo siento —murmuraba ella—, pero no voy a dejar que se muera, viejo necio. No me va a dejar sola con este desastre.

Esas palabras… “No me va a dejar”. En mi delirio, debí haberme sentido ofendido. ¿Quién se creía para darme órdenes? Pero en lugar de ira, sentí una calidez extraña en el pecho que nada tenía que ver con la fiebre. Me sentí querido. Me sentí necesario.

Capítulo 3: La Fiebre y la Verdad

Los días siguientes fueron una neblina. La fiebre me pegó fuerte, como suele pasar cuando el cuerpo recibe un golpe tan duro y el frío se mete en la sangre. Me vi reducido a lo que más odiaba: un inválido. Yo, Elías Montes, que cargaba troncos de encino en la espalda, ahora no podía ni levantarme para orinar sin ayuda.

La impotencia me quemaba más que la herida. Me sentía inútil, una carga. Intentaba apartarla, gruñía cuando se acercaba con la cuchara de caldo, giraba la cara hacia la pared.

—Déjame en paz, mujer —le dije una noche, con la voz rasposa—. No sirvo para nada así. Mejor me hubieras dejado allá afuera.

Elena dejó el plato en la mesa con un golpe seco que resonó en toda la cabaña. Se sentó en la silla junto a mi cama y me miró fijamente. La luz del quinqué le iluminaba medio rostro, haciéndola ver severa, casi imponente.

—Cállese la boca, Elías —me soltó. Nunca me había hablado así—. Usted cree que la fuerza es solo cargar piedras y aguantar el frío. Usted no sabe nada.

Se inclinó hacia mí, y por primera vez, empezó a hablar de verdad. No de cosas triviales, sino de lo que traía cargando en el alma.

Me contó de su primer marido. Un hombre “bueno” según el pueblo, pero que nunca la vio. Me dijo que vivió veinte años en una casa llena de gente, pero sintiéndose más sola que un perro callejero.

—Yo era un mueble más para él —dijo ella, con la voz baja pero firme—. Lavaba, cocinaba, criaba, y él miraba a través de mí como si fuera de vidrio. Cuando murió y quedé viuda, el pueblo me tuvo lástima. Pero yo no sentí dolor, Elías. Sentí pánico. Porque me di cuenta de que había desperdiciado mi vida siendo invisible.

Sus ojos brillaban con lágrimas que no dejaba caer.

—Por eso vine aquí. No porque quisiera que me mantuvieran. Vine porque quería honestidad. Quería un lugar donde el silencio fuera real, no fingido. Donde si un hombre no me habla, es porque es callado, no porque me ignora.

Me quedé helado. Sus palabras me golpearon más fuerte que la roca en la montaña. Yo siempre pensé que mi soledad era un escudo, una fortaleza. Ella me estaba enseñando que la soledad acompañada, cuando hay verdad de por medio, es otra cosa.

—Yo… —carraspeé, la garganta seca—. Yo nunca esperé que cambiaras nada aquí, Elena. Me preparé para compartir el techo, no la vida. Pensé que solo querías sobrevivir.

Ella me puso una mano fresca sobre la frente afiebrada.

—No vine a ser aguantada, Elías. Vine a pertenecer. Y usted, viejo terco, pertenece a alguien ahora, quiera o no. Así que tómese el caldo y cállese.

Esa noche dormí mejor que en cuarenta años.

Conforme fui sanando, la primavera empezó a empujar al invierno fuera de la montaña. Fue lento, como todo lo bueno. Primero el deshielo de los arroyos, que sonaban como risas a lo lejos. Luego, los parches de tierra negra apareciendo entre la nieve. Y finalmente, las flores silvestres, pequeñas y valientes, brotando entre las piedras.

Mi hombro sanaba, aunque sabía que siempre me dolería con los cambios de tiempo. Pero algo más había sanado. Ya no me costaba trabajo sentarme con ella en el porche al atardecer. Ya no buscaba excusas para irme al bosque. Empezamos a trabajar la tierra juntos, hombro con hombro. Plantamos un pequeño huerto donde el sol pegaba más fuerte. Ver sus manos en la tierra, cuidando esos brotes verdes con tanta delicadeza, me llenaba de un orgullo extraño.

Yo siempre creí que ser fuerte era resistir los golpes del mundo solo. Ahora veía fuerza en cuidar algo frágil, en ayudarlo a crecer.

Capítulo 4: Los Buitres del Valle

Pero la paz es frágil, y el mundo de abajo, el del valle, nunca deja de intentar morder lo que no es suyo.

Fue a finales de la primavera. Estábamos reparando una cerca que la nieve había tirado cuando escuchamos voces. No eran voces de campo, eran voces de ciudad, ruidosas y arrogantes.

Me asomé entre los árboles y vi a tres hombres subiendo por el sendero. Traían trajes que no eran para el monte y portafolios de cuero. Sentí que se me erizaba la piel de la nuca. Instinto puro: proteger.

—Métete a la casa —le dije a Elena, interponiéndome entre ella y el sendero.

—¿Quiénes son? —preguntó ella, limpiándose las manos en el delantal.

—Nadie bueno. Métete.

Pero ella no se movió. Se quedó un paso detrás de mí, a mi derecha.

Los hombres llegaron al claro. Jadeaban por la subida, sudando la gota gorda. El que iba al frente, un tipo con cara de comadreja y lentes redondos, sacó un papel doblado y lo agitó como si fuera una bandera o un arma.

—¿Señor Elías Montes? —preguntó, aunque sabía perfectamente quién era yo.

—¿Qué quieren? —respondí, sin soltar el martillo que traía en la mano.

—Venimos a notificarle. Estas tierras han sido reevaluadas. El ferrocarril va a pasar por la ruta norte y necesitamos el derecho de vía. Según los registros del municipio, su reclamo sobre esta propiedad no es válido.

Sentí que la sangre me hervía. ¿No válido? Cada tabla de esa cabaña la corté yo. Cada metro de tierra lo limpié con mi sudor. Mi padre murió en esta montaña.

—Lárguense —dije, bajando la voz a ese tono que hace que los perros retrocedan—. Esta es mi tierra. Tengo los papeles.

—Sus papeles son antiguos, señor —dijo el hombre, con una sonrisita burlona—. Y usted es solo un viejo viviendo en medio de la nada. Si no firma la cesión y desaloja, vendremos con el alguacil y más hombres. Tienen dos semanas.

Dio un paso adelante para entregarme el documento. Yo apreté el martillo. Estaba listo para partirle la cabeza si daba un paso más.

—¡Váyase! —le grité.

Entonces, Elena dio un paso al frente. No se escondió detrás de mí. Se puso a mi lado, tan sólida como un roble.

—Un momento —dijo ella. Su voz no temblaba. Era la voz de una mujer que ha aguantado demasiado para dejarse intimidar por tres catrines—. Usted dice que los registros no son válidos. ¿Dónde está la prueba? ¿Dónde está la orden del juez firmada y sellada? Porque ese papel que trae ahí parece un simple aviso de la compañía, no una orden legal.

El tipo de los lentes parpadeó, sorprendido. No esperaba que la “mujer del montañés” supiera leer, y mucho menos hablar.

—Señora, esto es asunto de…

—Soy su esposa —lo cortó ella—. Y esta es nuestra casa. Si van a echarnos, van a tener que traer algo mejor que amenazas vacías. Y más les vale que traigan al juez en persona, porque no nos vamos a mover.

El hombre la miró con desprecio, pero vi la duda en sus ojos. Guardó el papel, refunfuñando.

—Volveremos —amenazó—. Y no seremos tan amables.

Se dieron la media vuelta y bajaron tropezando por el sendero.

Cuando se perdieron de vista, sentí que las rodillas me temblaban, no de miedo, sino de la adrenalina que bajaba. Me giré hacia Elena. Ella estaba pálida, pero mantenía la cabeza alta.

—Tenías que haberte metido —le reclamé, aunque sin fuerza.

—¿Y dejar que te enfrentaras solo a esos buitres? —me respondió—. Ya te dije, Elías. Estamos en esto juntos.

Esa noche, la cabaña se sentía pequeña. La amenaza flotaba en el aire. Yo miraba la mesa, pensando en cómo pelear contra gente con dinero y leyes torcidas. Me sentía acorralado.

—Voy a bajar mañana —dije—. Voy a arreglar esto. Si tengo que sacarlos a balazos…

Elena puso su mano sobre la mía. Su piel estaba áspera por el trabajo, y eso me gustó.

—No, Elías. A balazos no. Vamos a bajar, sí. Pero vamos a ir los dos. Y vamos a llevar la caja de documentos de tu padre. La verdad necesita voz, no solo fuerza.

Intenté decirle que no, que era peligroso, que mejor se quedara segura. Me miró con esa mirada que había aprendido a reconocer, esa que decía “no discutas conmigo”.

—¿Me vas a seguir alejando? —preguntó suavemente—. ¿Empujar a la gente es tu única forma de manejar el miedo?

Me quedé callado. Tenía razón. Siempre había empujado al mundo lejos para que no me lastimara. Pero si la empujaba a ella, me quedaría con la nada. Y la nada ya no era suficiente.

Capítulo 5: La Raíz Profunda

Bajamos al pueblo al amanecer. Yo me sentía pequeño entre tanta gente, con el ruido de las carretas y las miradas curiosas. Pero Elena caminaba a mi lado, con su vestido de domingo y el rebozo bien puesto, como si fuera la dueña de la calle. Su presencia me enderezó la espalda.

Entramos a la oficina del registro. Al principio, el secretario no nos quería atender. Pero Elena no se movió del mostrador. Habló con calma, con educación, pero con una firmeza implacable. Sacó los viejos papeles amarillentos de mi padre. Exigió ver los libros de registro originales, no las copias nuevas.

Las mentiras empezaron a agrietarse. Un empleado viejo, don Anselmo, se acordó de mí y de mi padre.

—Yo recuerdo cuando registraron el lindero norte —dijo el viejo, ajustándose los anteojos—. Fue en el año del gran incendio. Aquí está la firma.

El tipo de los lentes, que estaba ahí en una esquina, se puso pálido. La presión creció. Resultó que el ferrocarril quería ahorrarse dinero pasando por mi tierra sin pagar, asumiendo que el “viejo loco de la montaña” no pelearía o no tendría los papeles.

Ganamos. No hubo balazos, ni gritos. Solo la verdad puesta sobre la mesa por una mujer que se negó a ser ignorada.

Salimos de la oficina con el sol de la tarde dándonos en la cara. Me detuve en la banqueta y la miré. Realmente la miré. Vi las arrugas alrededor de sus ojos, la cana en su sien, la fuerza en su mandíbula.

—Me alegra que te hayas quedado —le dije. Las palabras salieron torpes, pero eran las más sinceras que había dicho en mi vida.

Ella sonrió, y esa sonrisa iluminó más que el sol.

—Nunca quise irme, Elías.

El camino de regreso a la montaña fue distinto. El sendero ya no era solo una ruta de escape del mundo; era el camino a casa. Cuando vimos la cabaña, con el humo subiendo recto hacia el cielo azul, la vi diferente. Ya no era un refugio contra todo; era un hogar.

El verano pasó tranquilo. La milpa creció, el jardín de Elena floreció. Nos sentábamos por las tardes a ver cómo cambiaba la luz en el valle. A veces hablábamos, a veces no. El silencio ya no pesaba; era un silencio cómodo, lleno, como cuando uno está satisfecho después de una buena comida.

Me di cuenta de que la buscaba sin pensar. Le pasaba las herramientas, le preguntaba qué opinaba sobre el clima, escuchaba su risa cuando algo le causaba gracia. Me había enamorado de ella sin darme cuenta, como quien se duerme poco a poco hasta que cae profundo.

Una noche, ya entrado el otoño, cuando el aire empezaba a oler a nieve otra vez, estábamos frente al fuego. Las llamas bailaban, pintando sombras en las paredes.

La miré y sentí una opresión en el pecho, pero no de dolor, sino de gratitud. No podía imaginarme la vida sin ella. La idea de volver a estar solo me aterraba más que la muerte.

Había construido mi vida para sobrevivir solo. Ahora quería vivirla con ella.

Me aclaré la garganta. Ella levantó la vista de su costura.

—Elena —dije. Mi voz sonaba ronca—. Yo… yo nunca planeé esto. Nunca planeé el cariño. Pensé que necesitar a alguien era de débiles.

Ella dejó la aguja y me miró atenta.

—Estaba equivocado —continué, forzando las palabras a salir—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Y no sé qué hice para merecer que te quedaras, pero le agradezco a Dios todos los días por eso.

Ella se levantó, se acercó a mi silla y se arrodilló a mi lado, poniendo sus manos sobre las mías.

—El amor no te quita fuerza, Elías —me dijo suavemente, mirándome a los ojos—. Te la comparte. Y tú y yo… somos más fuertes juntos que cualquier tormenta que nos mande esta sierra.

Sentí cómo un peso enorme, uno que llevaba cargando desde niño, finalmente caía de mis hombros. Me incliné y besé su frente. Olía a leña y a rosas.

El invierno llegó de nuevo. La nieve cubrió los caminos, el viento aulló como lobo hambriento y el frío intentó colarse por las ventanas. Pero esta vez, no me importó. Tenía suficiente leña. Tenía comida en la despensa. Y más importante, tenía a Elena sentada al otro lado del fuego.

Me había preparado para un matrimonio frío y sin amor en la montaña. Esperaba solo sobrevivir en silencio. Pero lo que encontré… lo que encontré fue mi vida entera.

Soy Elías Montes, el hombre de la montaña. Y ya no estoy solo.


Fin.

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