
El viento levantaba el polvo de la calle sin pavimentar, golpeándome la cara como una advertencia. Mi ‘jefita’ me miraba desde la puerta, con los ojos rojos de tanto llorar y rezar.
—Mateo, por favor, métete. Sabes cómo se ponen las cosas cuando cae el sol. Esos vatos no preguntan, solo disparan —me suplicó, apretando el rosario contra su pecho.
Tenía razón. En mi barrio, en las orillas olvidadas del Estado de México, el silencio de la pandemia no trajo paz; trajo un vacío denso, pesado, que se llenaba rápido con el ruido de las motonetas y los gritos ahogados. Mis amigos, los morros con los que jugaba fútbol, ya no tenían balón. Tenían la mirada perdida, oscura, esa mirada de quien ha visto demasiadas cosas a los once años.
Me ajusté la mochila. Las correas se me clavaban en los hombros, pero no por el peso. Solo llevaba cinco libros. Los últimos cinco que me quedaban de la colección de mi abuelo Don Chuy. Olían a humedad y a tiempo, un olor dulce que contrastaba con el aroma a basura quemada que inundaba la colonia.
—Jefa, si no salgo yo, ¿quién va a salir? —le contesté sin voltear, porque si la veía a los ojos, me iba a quebrar—. El Kevin ya ni sale de su cuarto, y al Beto lo vi ayer con los de la esquina. Se nos están yendo, má.
Caminé hasta la esquina donde solía pararse el puesto de tacos, ahora abandonado. Sentía el sudor frío bajando por mi espalda. Un auto con los vidrios polarizados pasó despacio, bajando la velocidad justo a mi lado. El corazón me latía en la garganta, tan fuerte que pensé que se escucharía afuera. Apreté el libro de cuentos contra mi pecho como si fuera un chaleco antibalas.
Extendí la manta vieja sobre la banqueta rota. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae “El Principito”. Me senté. Esperé. El auto dio la vuelta en U y regresó. Bajaron el vidrio. No era un niño. Era uno de los “halcones” que vigilaban la zona, con esa mirada que te escanea el alma buscando miedo.
—¿Qué traes ahí, morro? ¿Merca? —preguntó, con la voz rasposa.
Tragué saliva. Sabía que una palabra mal dicha y mi historia terminaba ahí mismo. Levanté el libro, mostrándole la portada desgastada.
—No… traigo llaves —dije, con un hilo de voz que intenté que sonara firme.
—¿Llaves para qué o qué? —se burló, escupiendo al suelo.
—Para ir a otro lado donde no estemos aquí —le respondí.
El tipo se quedó callado un segundo, su mano seguía oculta dentro de su chamarra. El aire se sentía eléctrico, peli*roso. Entonces, apagó el motor…
¿QUÉ CREEN QUE PASÓ DESPUÉS CON EL HALCÓN?!
PARTE 2: LAS LLAVES DE PAPEL EN LA GARGANTA DEL LOBO
El motor del Tsuru tuneado se apagó, pero el zumbido en mis oídos no. Ese silencio repentino, en una calle acostumbra al ruido de la cumbia rebajada y los escapes abiertos, pesaba más que una losa de concreto. El tipo, el “halcón”, no bajó de inmediato. Se quedó ahí, detrás del vidrio abajo, tamborileando los dedos llenos de anillos sobre el volante forrado de peluche sintético. Mis pulmones se habían olvidado de cómo jalar aire. Apreté El Principito tanto que sentí que el aviador y el zorro se iban a asfixiar entre mis dedos sudorosos.
La puerta del auto se abrió con un gemido metálico oxidado. Unas botas industriales, manchadas de lodo seco y quizá de cosas peores, tocaron el pavimento roto de mi calle. El tipo se irguió. Era alto, flaco como un perro callejero, con una gorra echada hacia atrás y una cicatriz que le cruzaba la ceja como un relámpago mal cosido. En el barrio le decían “El Mechas”. No era un jefe, ni un patrón, pero en la cadena alimenticia de Ecatepec, él era el tiburón y yo apenas un charal nadando en aguas negras.
Se acercó despacio, con esa caminata tumbada que grita “la calle es mía”. Se detuvo frente a mi manta, esa tela vieja de cuadros que mi jefa usaba para los días de campo que nunca hacíamos. Miró los cinco libros como si fueran artefactos alienígenas, o peor, como si fueran evidencia de un crimen que no entendía.
—¿Llaves? —repitió, arrastrando la ‘s’ con ese acento cantadito y peli*roso que tenemos por acá—. A ver, morro, pásame esa madre. No me quieras ver la cara de pendejo. Si traes “grapas” escondidas entre las hojas, mejor cántalo ahorita y te va menos peor.
Me agaché, sintiendo que las rodillas se me volvían de agua, y le extendí el libro. Él lo tomó con una brusquedad innecesaria, sacudiéndolo con fuerza. Esperaba que cayeran bolsitas con polvo blanco o piedras, esperaba encontrar el negocio, la tranza. Pero solo cayeron dos cosas: un separador hecho con un boleto de metro viejo y una hoja seca de buganvilia que mi abuelo había guardado ahí años atrás.
El Mechas miró la hoja seca en el suelo, luego el libro, y luego a mí. Su ceño se frunció, confundido. La violencia se alimenta de certezas: “me debes”, “me pagas”, “te muer*s”. Pero esto… esto era una anomalía en su sistema.
—¿Qué pedo con esto? —gruñó, abriendo el libro al azar. Sus ojos se movían lentos, descifrando las letras con dificultad. Me di cuenta entonces, con un golpe de tristeza que superó al miedo, que el tipo que tenía el poder de decidir si yo regresaba a casa con dientes o sin ellos, apenas sabía leer—. ¿”Lo esencial… es in… inbi… sible”? ¿Qué mierda significa eso, eh? ¿Te estás burlando de mí?
Era el momento. Mi abuelo Don Chuy siempre decía: “El miedo es un perro, mijo. Si corres, te muerde. Si te quedas quieto y le hablas, a veces se sienta”. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el olor a smog y fritanga de la tarde.
—No, carnal. No es burla —mi voz salió más grave de lo que esperaba, tal vez porque la adolescencia me estaba golpeando justo en medio del terror—. Significa que las cosas más importantes no se ven con los ojos. Como el valor, o… o como el hambre de ser alguien. Se sienten, pero no se ven hasta que se demuestran.
El Mechas se quedó quieto. El viento movió las páginas del libro en sus manos. Por un segundo, vi algo en sus ojos oscuros, un destello que no era odio. Era curiosidad. Una curiosidad primitiva, infantil, que había sido enterrada bajo capas de violencia y necesidad.
—Léelo —ordenó, aventándome el libro de vuelta. Cayó sobre la manta—. Léelo tú. Yo no traigo mis lentes —mintió. Todos sabíamos que no usaba lentes, pero en el barrio el orgullo es lo único que tienes cuando no tienes nada.
Me senté de nuevo en el borde de la banqueta, con las piernas cruzando el límite imaginario entre mi seguridad y su territorio. Abrí el libro en la página del zorro. Y empecé a leer. Al principio, mi voz temblaba, tropezando con las comas y los puntos. Pero luego, la magia de Saint-Exupéry hizo lo que siempre hacía: borró el mundo.
Leí sobre domesticar. Leí sobre crear lazos. Leí sobre cómo ser único en el mundo para alguien más.
Mientras leía, el entorno cambió. No es que el barrio se volviera bonito de repente; la basura seguía ahí, los cables de luz seguían colgando como telarañas negras, y a lo lejos se escuchaban sirenas de patrullas que seguramente no llegarían a tiempo a ningún lado. Pero la tensión cambió. El Mechas se había recargado en el cofre de su Tsuru, cruzado de brazos, mirando al suelo. Ya no escaneaba la calle buscando enemigos. Estaba escuchando.
Pasaron diez minutos. Tal vez quince. Un par de vecinos se asomaron por sus ventanas, protegidas con herrería barata. Doña Lupe, la de la tienda, salió a barrer, pero sé que solo quería ver si ya me habían dado un “levantón”. Se quedó pasmada al ver al halcón escuchando un cuento.
—”Y cuando te hayas consolado, te alegrarás de haberme conocido” —terminé la frase y cerré el libro con suavidad.
El silencio volvió, pero ya no era pesado. Era reflexivo. El Mechas se aclaró la garganta, escupió un gargajo espeso al asfalto y se ajustó la gorra. La máscara de malandro volvió a caer sobre su rostro, pero ya no ajustaba tan perfecto como antes.
—Está… está chido el choro ese —dijo, evitando mi mirada—. Pero ponte trucha, morro. Aquí no es Francia, ni un asteroide. Aquí es el “Edomex”. Si los contras te ven aquí sentado, van a pensar que estás “posteando” (vigilando) para nosotros. Y te van a soltar un plomazo antes de preguntar qué libro lees.
—Solo quiero que los niños lean, Mechas. Nada más. No quiero pedos con nadie —dije, tratando de sostenerle la mirada.
Él se rió, una risa seca, sin alegría.
—Tú no quieres pedos, pero los pedos te quieren a ti. Mira… —Metió la mano a su bolsillo. Me tensé de nuevo. Sacó un billete de cincuenta pesos, arrugado y sucio, y lo tiró sobre la manta, justo encima de Cien Años de Soledad—. Renta el de las mariposas amarillas ese. Me lo llevo. Mañana te lo traigo. Y si no estoy aquí… pues ya te chingaste el libro.
Se dio la vuelta, subió a su auto y arrancó quemando llanta, dejando una nube de humo gris que me hizo toser. Me quedé ahí, con cincuenta pesos y un libro menos, pero con la vida intacta. El corazón me latía tan fuerte que dolía.
—¡Mateo! —El grito de mi mamá rompió el trance. Salió corriendo de la casa, con el rostro pálido—. ¡Métete, escuincle del demonio! ¡Casi me matas del susto!
Pero no me metí. Porque justo cuando ella me agarraba del brazo para jalarme adentro, vi algo más.
Del otro lado de la calle, escondido detrás de un poste de luz lleno de propaganda electoral vieja, había alguien. Era Kevin. Mi amigo Kevin, el que no salía de su cuarto desde que su papá “desapareció” el año pasado. Estaba pálido, más flaco de lo que recordaba, con ojeras profundas bajo los ojos. Pero estaba afuera.
Me solté del agarre de mi jefa con suavidad.
—Espera, má. Mira.
Kevin cruzó la calle. Caminaba rápido, nervioso, mirando a todos lados como si el suelo fuera lava. Llegó hasta la manta. No dijo hola. No me preguntó por el halcón. Solo señaló el libro de Harry Potter que tenía en la esquina de la manta, ese que le faltaban las primeras tres páginas.
—¿Es cierto? —preguntó Kevin, su voz ronca por el desuso—. ¿Es cierto que ahí salen magos?
—Sí, güey. Y dragones. Y un castillo donde no hay balaceras —le contesté, sonriendo por primera vez en semanas.
Kevin se sentó. Así, sin más. En la banqueta sucia, al lado de la mancha de aceite que dejó el coche del Mechas.
—Léemelo —pidió—. Mi jefa vendió la tele. Ya no tengo nada que hacer.
Y así, con el sol cayendo y pintando el cielo de ese color naranja tóxico y hermoso que solo se ve en la ciudad, empecé mi segunda lectura del día.
Los días siguientes fueron una mezcla extraña de rutina y adrenalina. Mi “biblioteca” no era más que esa manta y mi mochila, pero en el barrio, las noticias vuelan más rápido que las balas perdidas.
Al tercer día, ya no eran solo Kevin. Llegó la Sofi, una niña de ocho años que siempre traía la ropa de su hermano mayor, tres tallas más grande. Llegó “El Beto”, que, aunque andaba juntándose con los malandros de la esquina, todavía tenía la decencia de venir a escuchar historias un rato antes de irse a hacer quién sabe qué cosas malas.
La dinámica era simple pero estricta. Yo llegaba a las 4:00 PM. Extendía la manta. Nadie pagaba con dinero (excepto El Mechas esa primera vez, y cumplió: me devolvió el libro al día siguiente, aunque olía a tabaco barato). El pago era escuchar. O leer un párrafo si sabían.
Descubrí que en mi barrio había un analfabetismo funcional brutal. Chavos de catorce años que deletreaban como niños de primero. La escuela pública, cerrada por la pandemia y luego olvidada por el gobierno, había dejado un hueco enorme. Y yo, con mis 11 años y los libros del abuelo Chuy, estaba tratando de llenarlo con cucharaditas de fantasía.
Pero no todo era romántico. Estábamos en guerra. Una guerra silenciosa.
Una tarde, mientras leía El Llano en llamas de Rulfo (que irónicamente encajaba perfecto con nuestro paisaje árido y desesperado), un grupo de señoras pasó murmullando.
—Ese niño se busca problemas —dijo una, persignándose—. Debería estar en su casa. Está llamando la atención de La Maña.
—Déjalo, Doña Chonita —le contestó otra, una señora que vendía tamales y que a veces me regalaba uno de dulce—. Al menos no está fumando piedra.
El verdadero problema llegó una semana después. Mi colección de veinte libros ya se sentía corta. Los niños querían más. Ya se sabían el final de todos. Necesitaba renovar el stock, pero ¿con qué dinero? Mi jefa apenas sacaba para los frijoles y el gas lavando ropa ajena.
Fue entonces cuando se me ocurrió la idea que casi me cuesta todo.
El tianguis de los martes.
Ahí, entre los puestos de ropa de paca americana y las películas piratas, había un señor, Don Goyo, que vendía “chácharas”: cosas viejas, basura para unos, tesoros para otros. Yo había visto que tenía cajas de libros arrumbadas debajo de sus mesas, libros que usaba para nivelar las patas de sus tablones.
—Jefa, voy al tianguis —le grité desde la puerta. —¡No te tardes, Mateo! Y no te gastes lo del pan.
Caminé con mi mochila vacía, sintiendo el peso de mi misión. El tianguis era un laberinto de lonas rosas y olores mezclados: pescado crudo, perfume barato, sudor. Llegué al puesto de Don Goyo.
—¿Qué pasó, hijo? ¿Buscas refacciones para la licuadora? —No, Don Goyo. Vengo por sus libros. El viejo soltó una carcajada, mostrando sus dientes de oro. —¿Los libros? Esos son para prender el boiler, chamaco. Nadie lee ya. —Yo sí. Y mis amigos también. Se los cambio. —¿Por qué? ¿Qué traes? —Trabajo —dije firme—. Le ayudo a cargar los bultos cuando levante el puesto. Le barro el lugar. Le voy por los refrescos. Lo que quiera. Pero déjeme escoger diez libros.
Don Goyo me miró por encima de sus lentes sucios. Me analizó. Vio mis tenis rotos pero limpios, mi postura desafiante. —Cámara. Pero vas a sudar, eh. Aquí se carga pesado.
Ese día regresé a casa con la espalda molida, oliendo a fierro viejo y polvo, pero en mi mochila traía diez “nuevos” mundos. Una enciclopedia incompleta de animales, una novela de vaqueros, dos libros de texto de historia de los 90s, y una joya: Drácula.
Cuando llegué a mi esquina, la “biblioteca” estaba llena. Había cinco niños esperando. Pero había alguien más.
Recargado en la pared, con una camisa de seda que costaba más que mi casa entera, estaba “El Sapo”. Un lugarteniente del cártel local. Un tipo gordo, sudoroso, con fama de que le gustaba usar un bate de béisbol para “arreglar” deudas. A su lado, El Mechas se veía pequeño y asustado.
El Sapo estaba hojeando El Principito. Mis entrañas se congelaron. El Mechas me había advertido. “Los contras”. O peor, los propios jefes del barrio pensando que yo estaba moviendo algo chueco.
Caminé hacia ellos. Los niños se apartaron, corriendo a esconderse detrás de los coches estacionados. Kevin se quedó, pero estaba temblando visiblemente.
—Así que tú eres el “Licenciado” —dijo El Sapo, su voz retumbando como un trueno lejano. No me miró, seguía viendo el dibujo de la boa—. Me dicen que tienes mucho pegue con la chaviza. Que juntas más gente que el cura en misa de doce.
—Solo leemos, señor —dije. Mi voz no salió firme esta vez. Salió chillona, infantil.
El Sapo cerró el libro de golpe. ¡Pum! El sonido retumbó en la calle vacía.
—¿Sabes qué pasa cuando juntas gente en mi plaza sin permiso, Mateo? —Sabía mi nombre. Eso era lo peor. Que supiera mi nombre significaba que ya estaba en su radar—. Pasa que la gente empieza a hablar. Y cuando la gente habla, se organizan. Y cuando se organizan… dejan de tenernos miedo. Y eso no me conviene.
Se acercó a mí. Olía a loción cara y a pólvora. Se agachó para quedar a mi altura. Me puso una mano pesada en el hombro.
—Tienes dos opciones, mijo. O te largas con tus libritos a tu casa y juegas al Xbox como un niño normal… o empiezas a pagar piso.
¿Pagar piso? ¿Extorsión por leer cuentos en la calle? La absurdidad de la situación me dio un valor estúpido.
—No cobro nada —dije—. Es gratis. No tengo dinero.
El Sapo apretó mi hombro. Dolió. —Todos tienen algo, mijo. O trabajas para mí vigilando la esquina mientras lees tus pendej*das… o te quemamos los libros. Y a ver si no te quemas tú con ellos.
El aire se salió del mundo. Los niños miraban aterrados. El Mechas bajó la mirada, avergonzado pero impotente. Era el fin. Iba a tener que elegir entre ser un criminal o dejar de ser “el niño bibliotecario”.
En ese momento, algo pasó. Algo pequeño, pero enorme.
—Déjalo en paz.
La voz vino de atrás. Me giré. Era Doña Lupe. La de la tienda. Tenía una escoba en la mano. —Doña, no se meta —advirtió uno de los escoltas del Sapo. —¡Me meto porque es mi banqueta! —gritó otra voz. Era Don Pepe, el mecánico, saliendo de debajo de un chasis, con una llave inglesa en la mano.
Y luego salió la señora de los tamales. Y el señor de la ferretería. Y mi mamá, que salió con los ojos secos y una mirada de leona parida, sosteniendo nada más que su teléfono celular en la mano, grabando.
—Estamos transmitiendo en vivo, señor —dijo mi mamá, con una voz que nunca le había escuchado—. Para el “feis”. A ver si se atreve a tocar a un niño de once años frente a todo el barrio.
El Sapo miró a su alrededor. No eran muchos, tal vez diez vecinos. No eran un ejército. Él tenía armas; ellos tenían escobas y teléfonos. Podría haberlos matado a todos. Pero el narco, por más poderoso que sea, odia el ruido innecesario. Odiaba que se calentara la plaza por una estupidez. Matar a un niño por leer libros no es bueno para el negocio. Atrae a la Guardia Nacional. Atrae prensa.
El Sapo soltó mi hombro. Sonrió, una sonrisa de tiburón que sabe que perdió una presa pequeña pero que el océano sigue siendo suyo.
—Cámara, mi gente. Tranquilos. Solo estábamos cotorreando con el chamaco. Fomentando la cultura, ¿no? —Dijo sarcásticamente—. Te salvaste, Licenciado. Pero no te creas mucho. En este barrio, los finales felices solo pasan en tus libros.
Hizo una seña y sus hombres subieron a la camioneta blindada. El Mechas me lanzó una última mirada, una mezcla de alivio y advertencia: “Tuviste suerte”.
Cuando la camioneta se alejó, mis piernas finalmente cedieron. Me senté de golpe en la banqueta. Mi mamá corrió a abrazarme. Lloraba. Doña Lupe me sobar la cabeza.
—Ay, mijo, estás loco. Estás bien loco.
Pero esa tarde, leímos Drácula. Y nunca, en la historia de la literatura, un vampiro había dado menos miedo que la realidad que nos rodeaba.
Lo que no sabía era que el video de mi mamá no solo lo vieron mis tías. Ese video, tembloroso y pixelado, donde un niño enfrentaba a un narco con un libro en la mano, estaba empezando a compartirse. Una vez. Diez veces. Mil veces.
Al día siguiente, cuando salí con mi mochila, ya no estaba solo Kevin. Había una chica con una cámara profesional y un micrófono. —¿Eres Mateo? —preguntó—. Soy reportera del periódico El Universal. Queremos saber tu historia.
Yo miré mis zapatos, luego a mi mamá, luego a la calle polvorienta. No quería ser famoso. No quería ser un “influencer”. Solo quería que El Kevin dejara de pensar en su papá muerto y que El Beto no terminara como El Mechas.
—No me entreviste a mí —le dije a la reportera—. Entreviste a ellos. A los que vienen a leer.
La reportera sonrió y encendió la cámara.
Ese fue el principio del fin de mi anonimato. Y el comienzo de la verdadera “Biblioteca Viajera”. Porque los libros empezaron a llegar. Primero una caja de una maestra jubilada de Coyoacán. Luego, una camioneta llena desde una librería en la Roma. Gente rica, gente pobre, gente que sentía culpa y gente que sentía esperanza.
Mi cuarto se llenó. La sala se llenó. Tuvimos que apilar libros hasta en el baño.
—Mateo, ¿qué vamos a hacer con todo esto? —decía mi jefa, tropezando con una torre de enciclopedias. —Repartirlos, má. Si vienen los libros a mí, ¿cómo llegan a los que no caminan?
Y así nació el plan. No quedarnos en la esquina. Movernos. Ir a las “favelas” de los cerros, allá donde ni las rutas de combis suben. Donde el agua llega en pipa una vez al mes y la esperanza no llega nunca.
Pero el crecimiento trajo nuevos enemigos. No todos estaban felices con que el barrio se llenara de “gente externa” trayendo donaciones. El equilibrio de poder se estaba rompiendo. Y El Sapo no había olvidado su amenaza.
Un martes lluvioso, encontré mi mochila rajada. Alguien la había cortado con una navaja mientras la dejé en la entrada de la tienda. Adentro, había una nota clavada en un libro de poesía:
“Las letras no paran las balas. Primer aviso.”
Sentí el frío recorrer mi espalda. Miré hacia la calle oscura. Estaba lloviendo, y el agua se mezclaba con el lodo negro de Ecatepec. Sabía que esto ya no era un juego. Sabía que estaba poniendo en riesgo a mi mamá, a mis amigos.
Pero entonces vi a Kevin. Estaba sentado bajo el techo de lámina de la parada del camión, leyendo Harry Potter con la luz de su celular, protegiendo el libro de la lluvia con su propio cuerpo. Se reía solo. Por un momento, no estaba en el Estado de México. Estaba en Hogwarts.
Agarré la nota de amenaza, la hice bolita y la tiré al lodo.
—Fierro —susurré para mí mismo—. Si nos toca, que nos toque leyendo.
Me ajusté mi mochila rota, agarré otra nueva y más grande que me habían donado, y salí a la lluvia. La historia apenas comenzaba, y yo tenía muchas llaves que entregar antes de que me cerraran la puerta definitivamente.
PARTE 3: LA CRUZADA DE LOS CERROS Y EL RUGIDO DE ROCINANTE
La lluvia en Ecatepec no limpia, solo embarra. Transforma el polvo de las calles sin pavimentar en un chocolate espeso y pegajoso que te atrapa los tenis y te recuerda que, por más que quieras volar, el barrio te jala hacia abajo. Esa noche, después de encontrar la nota de amenaza en mi mochila rajada, no dormí. Me la pasé acostado en mi catre, escuchando cómo las gotas golpeaban la lámina de asbesto del techo, un ritmo desordenado que se metía en mis sienes.
“Las letras no paran las balas”.
La frase daba vueltas en mi cabeza, peleándose con los ronquidos de mi mamá en el cuarto de junto. Ella dormía con el celular en la mano, lista para grabar, lista para llamar al 911, lista para ser leona otra vez. Pero yo sabía que el 911 en nuestra zona es un chiste de mal gusto; a veces llegan tres horas tarde, a veces nunca llegan, y a veces, los que llegan son los mismos que cobran la cuota para los malandros.
Me levanté a las tres de la mañana, con cuidado de no pisar las torres de libros que ahora invadían mi habitación. El olor a papel viejo se mezclaba con el de la humedad. Drácula me miraba desde la mesa de noche, El Principito desde el suelo. Me sentía culpable. Esos libros, esas “llaves”, habían puesto una diana en la espalda de mi familia. ¿Valía la pena? ¿Valía la pena arriesgar a mi jefa por contarle un cuento a un niño que probablemente terminaría reclutado por el cártel en dos años?
Miré por la ventana hacia la calle vacía y oscura. Solo se veían las luces parpadeantes de las veladoras en el altar de la Virgen de Guadalupe en la esquina. Y entonces, vi una sombra. Un punto rojo que brillaba y se apagaba. Un cigarro. Había alguien vigilando mi casa. No sabía si era gente de El Sapo o si era El Mechas cuidándome las espaldas, pero la sensación de estar en una pecera rodeada de gatos hambrientos me revolvió el estómago.
Al día siguiente, la “fama” mostró su cara más fea. No eran solo libros lo que llegaba. Empezaron a llegar los “turistas del desastre”. Gente de la ciudad, “whitexicans” con ropa de marca y camionetas limpias, que venían a “conocer al niño bibliotecario”, tomarse una selfie para su Instagram, dejar una bolsa de libros que ni habían leído y largarse rápido antes de que les robaran los espejos.
—Ay, qué valiente eres, mijito —me dijo una señora con lentes de sol enormes, apretándome el cachete como si yo fuera una mascota—. Mira, amor, tómame una foto aquí con él, que se vea la pobreza atrás, para que se vea auténtico.
Me tragué el coraje. Kevin los miraba con odio desde la banqueta, jugando con una navaja oxidada que había encontrado.
—Deberíamos cobrarles la foto, Mateo —me susurró Kevin cuando la señora se subió a su BMW—. Cinco varos la selfie. Sacaríamos más que con lo que nos da tu jefa pal recreo.
—No somos un zoológico, Kevin —le contesté, acomodando una caja de enciclopedias—. Y esos libros no son para que ellos se sientan bien, son para que nosotros nos sintamos libres. Pero tienes razón en algo… aquí en la esquina ya no podemos estar. Estamos muy expuestos. Y ya llenamos la casa.
Mi jefa salió secándose las manos en el delantal. —Mateo, ya no cabemos. Tu tía Chayo dice que nos presta un cuarto en su casa, pero allá arriba, en la colonia La Presa. —No, má. No vamos a esconder los libros. Vamos a moverlos.
Necesitábamos un vehículo. Mi mochila ya no aguantaba, y mis hombros tampoco. La “Biblioteca Viajera” tenía que hacer honor a su nombre. Fui a ver a Don Pepe, el mecánico que nos defendió con la llave inglesa.
—Don Pepe, necesito un paro. El viejo se limpió la grasa de las manos con una estopa negra. —¿Qué pasó, Licenciado? ¿Te falló la bicicleta? —No tengo bici, Don Pepe. Necesito algo para mover cajas. Muchas cajas. Y necesito que aguante la subida al cerro.
Don Pepe se rascó la calva, manchándose de aceite. Me llevó al fondo de su taller, un cementerio de fierros oxidados y sueños rotos. Quitó una lona azul y ahí estaba: un triciclo de carga, de esos amarillos que usan los panaderos o los que venden tamales, pero este estaba en los puros rines, oxidado y triste.
—Era de mi compadre que vendía garrafones —dijo Don Pepe—. Si lo arreglas, es tuyo. Pero necesitas llantas de moto, morro. Las de bici no aguantan el peso de la cultura.
Esa semana, la “Misión Rocinante” comenzó. Kevin, El Beto (que cada vez pasaba menos tiempo en la esquina y más con nosotros) y yo, nos pusimos a chambear. Lavamos coches, barrimos banquetas, y vendimos el cobre de unos cables viejos que nos regaló Don Goyo. Con la lana, compramos llantas reforzadas, una cadena gruesa y pintura azul.
Transformamos el triciclo. Le pusimos una caja de madera alta, con repisas inclinadas para que los libros no se cayeran en las subidas. Kevin le pintó flamas a los lados (según él para que corriera más rápido) y yo le escribí en el frente, con letras blancas: “LA NAVE DE LOS SUEÑOS”. Aunque en secreto, yo le llamaba Rocinante, como el caballo flaco y leal del Quijote, porque nuestra lucha también parecía una locura contra gigantes.
El primer viaje oficial fue un viernes. Nuestro objetivo: “El Mirador”.
El Mirador no es un lugar turístico. Es la zona más alta del cerro, donde el pavimento se acaba y empiezan las calles de tierra y piedra. Donde las casas son de madera y cartón, y donde la policía ni siquiera sube a recoger los cuertpos. Allá arriba, el Sapo tenía menos control, pero había otras pandillas, “clikas” de chavos más jóvenes y más violentos, adictos al cristal y al poder inmediato.
—¿Seguro que quieres subir, carnal? —me preguntó El Beto, mirando la pendiente pronunciada de la calle—. Allá arriba los de la “Clika 18” te bajan los tenis nomás por deporte.
—Allá arriba hay niños que nunca han bajado al centro, Beto —le dije, amarrando la última caja de libros con un lazo elástico—. Si Mahoma no va a la montaña… la biblioteca sube al cerro. ¡Fierro!
Empujar a Rocinante cuesta arriba fue un suplicio. El triciclo pesaba como un pecado mortal. Mis piernas ardían, el sudor me empapaba la playera y los pulmones me silbaban por el esfuerzo y el smog. Kevin empujaba del lado izquierdo, Beto del derecho, y yo jalaba del manubrio. Parecíamos hormigas cargando un terrón de azúcar gigante.
Pasamos por calles donde la gente nos miraba desde las ventanas con desconfianza. Perros flacos nos ladraban, persiguiendo las llantas. Un grupo de cholos en una esquina nos chifló.
—¡Eh, ese! ¿Venden paletas o qué? —gritó uno. —¡No, vendemos viajes! —gritó Kevin, más valiente de lo normal. —¿Viajes? ¿Traen mota o qué? —se rieron. —¡Mejor que eso! —les contesté sin detenerme, porque si parábamos, el triciclo se nos iba para atrás.
Llegamos a la cancha de El Mirador después de una hora. Mis piernas temblaban. La cancha era un pedazo de tierra aplanada con dos porterías sin red y un aro de basquetbol chueco. Había vidrios rotos por todos lados y grafitis territoriales.
Acomodamos a Rocinante en el centro. Abrimos las puertas de la caja de madera. Desplegamos la manta.
Al principio, nadie se acercó. Solo nos miraban desde lejos. Unos niños jugaban con una pelota desinflada. Unas señoras lavaban ropa en lavaderos comunitarios. Éramos los forasteros, los invasores.
Saqué mi arma secreta: un megáfono viejo que me prestó Doña Lupe.
—¡Atención, atención! —mi voz sonó metálica y distorsionada—. ¡Hoy no venimos a vender nada! ¡Hoy venimos a regalar! ¡Historias de miedo, de risa, de magia! ¡Acérquense sin compromiso! ¡El que adivine una adivinanza se lleva un dulce!
La mención del dulce rompió el hielo. Un niño chiquito, con la cara sucia de tierra y moco, se acercó tímidamente. —¿Tienes de dinosaurios? —preguntó. Sonreí. Busqué en la sección de “Ciencia y Animales”. Saqué un libro ilustrado de Jurassic Park. —Tengo al T-Rex, carnalito. ¿Quieres ver cómo ruge?
En veinte minutos, teníamos a quince niños alrededor. Les leí Donde viven los monstruos. Cuando llegué a la parte donde Max empieza la fiesta monstruo, los niños rugieron conmigo, mostraron sus garras y bailaron en la tierra. Por un momento, olvidaron que no tenían agua en sus casas, olvidaron que sus papás no estaban, olvidaron el hambre. Eran monstruos libres, reyes de su propia isla.
Pero la felicidad en el barrio dura lo que dura un gas en una canasta.
De repente, una piedra voló y golpeó la lámina de metal del triciclo. ¡CLANG! El sonido fue seco y violento. Los niños se callaron de golpe y corrieron a esconderse detrás de la caja de madera.
Miré hacia arriba, hacia un muro de contención. Ahí estaban. Tres tipos. No eran niños, pero tampoco adultos. Tendrían unos 16 o 17 años. Tatuajes en el cuello, playeras de tirantes, y esa actitud retadora de quien no tiene nada que perder. Eran de la “Clika 18”.
Uno de ellos, el líder al parecer, bajó saltando las piedras con agilidad felina. Traía un bat de béisbol arrastrando.
—¿Quién les dio permiso de poner su puesto aquí, put*s? —dijo, escupiendo cerca de mis tenis.
Beto se puso tenso. Él conocía a estos vatos. —Tranquilo, “El Cuervo”. Solo son libros. Es para los morros —dijo Beto, tratando de mediar.
El Cuervo se rió. Tenía los dientes manchados de amarillo. —¿Libros? ¿Y eso pa’ qué me sirve a mí? Aquí la única ley es la de la Clika. Si quieren estar aquí, tienen que pagar la renta.
Otra vez la misma historia. El Sapo abajo, El Cuervo arriba. Todo era territorio, todo era dinero.
—No traemos dinero, Cuervo —dije, poniéndome frente al triciclo, protegiendo mi biblioteca—. Solo traemos esto. —Señalé los libros.
El Cuervo miró los libros con asco. Agarró uno al azar. Era La Historia Interminable. Arrancó la portada de un tirón. El sonido del cartón rompiéndose me dolió más que un golpe.
—Papel —dijo El Cuervo, tirando los pedazos—. Sirve pa’ limpiarse el culo o pa’ prender la fogata.
Levantó el bat. Iba a romper a Rocinante. Iba a destruir semanas de trabajo. Kevin agarró una piedra. Beto cerró los puños. Iba a haber sangre. Y nosotros íbamos a perder.
—¡Espérate! —grité.
El Cuervo detuvo el bat en el aire. —¿Qué? ¿Vas a llorar?
—Te apuesto el triciclo —dije rápido, sintiendo que el corazón se me salía—. Te apuesto el triciclo y todos los libros. Si ganas, te lo quedas. Lo vendes, lo quemas, lo que quieras.
El Cuervo bajó el bat lentamente, interesado. —¿Y cuál es la apuesta, “cerebrito”? ¿A los madrazos?
—No. A leer —dije. Los ojos de Beto se abrieron como platos. Kevin se llevó la mano a la frente—. Te leo una página. De ese libro que rompiste. Si te aburres, si no te interesa, te llevas todo. Pero si quieres saber qué pasa después… nos dejas quedarnos hoy.
Los otros dos pandilleros se rieron. —Órale, Cuervo. Está fácil. Quítale su carrito al ñoño.
El Cuervo me miró con desprecio, pero su orgullo estaba en juego frente a sus subalternos. —Jalo. Pero hazlo rápido, que me estoy aburriendo.
Recogí La Historia Interminable del suelo. Estaba sucio, sin portada, humillado. Lo abrí en el capítulo donde Atreyu tiene que pasar por la Esfinge, donde tiene que enfrentar su verdadero ser.
Empecé a leer. No con voz de cuento de hadas. Con voz de barrio. Con voz de quien cuenta una bronca real. Leí sobre la desesperanza. Leí sobre la “Nada” que se comía el mundo, esa oscuridad que borraba los colores, los sueños y la gente. Describí la Nada no como una nube mágica, sino como lo que sentíamos todos los días en Ecatepec: el vacío, el olvido, el miedo a desaparecer sin que a nadie le importe.
—”…y la Nada avanzaba, y los que caían en ella no morían, simplemente dejaban de existir, se les olvidaba quiénes eran, se volvían grises, sin alma…” —leí, mirando fijamente a El Cuervo.
El silencio en la cancha era total. Los niños escuchaban. Los pandilleros escuchaban. El Cuervo había bajado el bat por completo. Su mirada ya no estaba en mí, estaba en algún punto vacío del horizonte, tal vez recordando a amigos que “la Nada” (el vicio, la cárcel, la muer*e) se había tragado.
Terminé la página. Cerré el libro maltrecho.
—¿Y bien? —pregunté—. ¿Te lo llevas?
El Cuervo se quedó callado un momento largo. Se pasó la lengua por los labios secos. —Esa madre… la “Nada”… ¿sí se chinga al caballo? —preguntó, con voz ronca.
—Artax se hunde en el pantano de la tristeza —le dije—. Porque deja de tener esperanza.
El Cuervo asintió lentamente. —Está denso.
Se dio la vuelta, mirando a sus compinches. —Vámonos. Hoy ando de buenas.
Caminó unos pasos y luego se detuvo. Me miró por encima del hombro. —Oye, tú, el de los cuentos. La próxima semana… ¿traes la segunda parte? O bueno, lo que sigue.
—Aquí voy a estar —le prometí.
—Más te vale. Si no, te busco.
Se fueron, perdiéndose entre los callejones laberínticos del cerro. Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis piernas se doblaron y me senté en la tierra. Kevin soltó la piedra. Beto me dio una palmada en la espalda que casi me tira.
—¡Te la rifaste, cabr*n! —gritó Beto—. ¡Pensé que nos iban a picar!
—La “Nada” nos está comiendo a todos, Beto —dije, limpiando el polvo de la primera página del libro—. Solo que ellos no sabían cómo se llamaba.
Ese día, la Biblioteca Viajera ganó su primera batalla territorial sin tirar un solo golpe. Pero el regreso fue donde la realidad nos cobró la factura.
Bajábamos ya de noche. Las calles del cerro no tienen alumbrado público. Solo la luna y las luces lejanas de la Ciudad de México, que brilla allá abajo como una galaxia inalcanzable. Rocinante bajaba rápido, teníamos que frenarlo con fuerza para que no nos ganara el peso.
Llegamos a la zona intermedia, “La Frontera”, donde termina el territorio de la Clika 18 y empieza el de El Sapo. Es tierra de nadie. Un arroyo seco lleno de basura y llantas viejas cruza el camino.
De repente, una luz intensa nos cegó. Faros de una camioneta. Bloqueaban el camino.
—Ya valió —susurró Kevin.
No era la camioneta blindada de El Sapo. Era una patrulla municipal. Pero en el Estado de México, a veces una patrulla da más miedo que una Suburban negra. Bajaron dos oficiales. Gordos, con los uniformes desabotonados. —Buenas noches, jóvenes. Revisión de rutina. Contra la pared.
Nos empujaron contra la pared de ladrillo. Nos manosearon buscando armas o droga. —¿Qué traen en el carromato ese? —preguntó el oficial más viejo, alumbrando con su linterna a Rocinante. —Libros, jefe. Solo libros —dije, con la cara pegada al ladrillo frío. —¿Libros? Mmm. A ver, pareja, checa si no traen chupe o grapas ahí metidas.
El otro policía empezó a tirar los libros al suelo. Los pisaba con sus botas llenas de lodo. Rompió una caja. —No hay nada, comandante. Pura basura de papel.
—Mmm. Pues están obstruyendo la vía pública. Y a estas horas, andar con este armatoste es sospechoso. Nos lo vamos a tener que llevar al corralón.
—¡No! —grité, volteándome—. ¡Es nuestro transporte! ¡No estamos haciendo nada malo!
El policía me soltó una cachetada. ¡Zas! Me ardió la cara, los oídos me zumbaron. —¡A mí no me grites, pinche mocoso! Aquí la autoridad soy yo. Si quieres tu triciclo, son quinientos pesos ahorita. O se va al corralón y allá te sale en cinco mil.
Quinientos pesos. No traíamos ni para un refresco. —No tenemos dinero —dije, tragándome las lágrimas de rabia e impotencia.
—Entonces camínale. El triciclo se queda. Súbanlo a la batea, pareja.
Entre los dos policías, cargaron a Rocinante, con todo y libros, y lo aventaron a la parte trasera de la patrulla pick-up. Escuché la madera crujir. Escuché mis libros golpearse. Se estaban llevando mi sueño, secuestrado por los que se supone que nos cuidan.
La patrulla arrancó, dejándonos en la oscuridad, con el olor a gasolina quemada y la humillación ardiendo en la piel.
Kevin estaba llorando en silencio. Beto pateó una piedra con furia. —¡Pinches puercos! ¡Son unos rateros!
Yo me quedé parado, viendo las luces rojas de la patrulla alejarse. Me toqué la mejilla donde me habían pegado. Ardía. Pero algo más ardía dentro de mí. Una furia fría. Una determinación que no conocía.
—No vamos a dejar que se lo lleven —dije. —¿Estás loco, Mateo? Tienen armas. Son la ley —dijo Kevin. —No son la ley. Son bandidos con placa. Y sé a dónde van. Al depósito que está junto a la delegación.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Beto—. ¿Asaltar la delegación?
—No. Vamos a pedir ayuda. Pero no a la policía.
Saqué mi celular. Tenía 15% de batería. Entré a Facebook. Hice un “En Vivo”. Mi cara se veía iluminada por la pantalla azul, con la marca roja de la mano del policía en mi mejilla. Atrás, la oscuridad del arroyo seco.
—Hola. Soy Mateo, el de los libros —empecé, mirando a la cámara—. Acabo de bajar del cerro de leerle a los niños. Y la patrulla número MX-452 me acaba de robar mi triciclo. Me golpearon. Me robaron los libros que ustedes me donaron. Estoy en la calle Olivos. Si alguien está viendo esto… no dejen que ganen los malos. Por favor.
Terminé el video. Lo subí.
—¿Crees que sirva? —preguntó Kevin. —No sé. Pero mi abuelo decía que si gritas lo suficientemente fuerte, hasta los muertos despiertan.
Caminamos hacia mi casa, derrotados. Tardamos una hora. Cuando llegamos a la avenida principal, cerca de la delegación, vimos algo raro. Había luces. Muchas luces. No de patrullas. De mototaxis. En Ecatepec, los mototaxis son una fuerza de la naturaleza. Son miles. Y son organizados.
Y ahí estaban. Un enjambre de mototaxis bloqueando la entrada de la delegación. Y no solo ellos. Había señoras. Había vecinos. Y en medio de todos, estaba El Mechas.
Sí, el halcón. Estaba arriba de su Tsuru, hablando con otros tipos. Cuando me vio llegar caminando, cansado y golpeado, bajó del coche. Se acercó a mí. Me miró la cara hinchada.
—¿Fue la 452? —preguntó. —Sí.
El Mechas escupió al suelo. —Esos “puercos” no respetan los códigos. Se meten con la gente del barrio. Y tú… tú eres del barrio, Licenciado. Aunque seas un ñoño.
Se giró hacia la multitud. —¡Eh, banda! ¡Aquí está el morro! ¡Dicen que la 452 trae su nave!
La gente empezó a gritar. “¡Que la devuelvan!”, “¡Rateros!”, “¡Con los niños no!”. Era surrealista. Malandros, señoras de la iglesia, mototaxistas y niños, todos unidos por un triciclo lleno de libros viejos. El Sapo no estaba ahí, pero su gente estaba “autorizando” el alboroto porque a nadie le cae bien la policía corrupta, ni siquiera a los narcos. Era una tregua extraña, un momento de justicia torcida.
Un comandante salió de la delegación, asustado por la turba. —¡A ver, a ver! ¡Qué desmadre traen!
—Devuélvanle sus cosas al niño y aquí no pasó nada —gritó Doña Lupe, agitando su escoba como una lanza.
Cinco minutos después, la patrulla MX-452 regresó. Los policías que me robaron venían pálidos. Bajaron el triciclo. Estaba un poco golpeado, algunos libros se habían caído, pero estaba ahí. Rocinante había vuelto.
El policía que me pegó no me miró a los ojos. Dejó el triciclo y se metió corriendo a la delegación.
La gente aplaudió. El Mechas se me acercó y me dio un golpe suave en el hombro. —Ya ves, morro. Las letras no paran las balas… pero el barrio sí para a los puercos. —Gracias, Mechas. —No me des las gracias. Solo… apúrate a leer esa madre de los dragones, que me quedé picado con lo que le leíste al Kevin el otro día. Y no le digas a nadie.
Esa noche, empujando a Rocinante de regreso a casa, rodeado de Kevin y Beto, me sentí invencible. Teníamos golpes, teníamos enemigos en la policía y en el cártel, y vivíamos en el lugar más peli*roso del mundo. Pero teníamos libros. Y teníamos gente dispuesta a salir a la calle por ellos.
Llegué a casa. Mi mamá me curó la cara con árnica y me dio un caldo de pollo caliente. —Te dije que te ibas a meter en problemas, Mateo. —Sí, jefa. Pero problemas buenos.
Me fui a mi cuarto. Estaba agotado. Pero antes de dormir, vi algo nuevo. Entre las donaciones, alguien había dejado una caja que no había abierto. La abrí. Eran libros de texto. De derecho. De leyes. La Constitución comentada. “Derechos Humanos para principiantes”. Y una nota anónima encima: “Para que aprendas a defenderte no solo con cuentos, sino con leyes. Sigue así, colega. Un abogado que cree en ti”.
Sonreí. Agarré la Constitución. Pesaba. La abrí. “Artículo 3. Todo individuo tiene derecho a recibir educación…”
Leí hasta que mis ojos se cerraron. Mañana iríamos a otro cerro. Mañana Rocinante cabalgaría de nuevo. Porque la “Nada” seguía ahí afuera, comiéndose a los niños, y nosotros éramos la Resistencia de Papel.
Pero lo que no sabía, era que el verdadero enemigo, El Sapo, estaba viendo todo esto. Y que la tregua de esa noche no era el final de la guerra, sino el comienzo de algo mucho más oscuro. El Sapo no iba a permitir que el barrio tuviera sus propios héroes. Porque un pueblo que lee, es un pueblo que ya no baja la cabeza. Y eso, para un tirano, es más peli*roso que una pistola.
Dicen que en el barrio la calma nunca es verdadera; es solo el momento en que la bestia toma aire antes de soltar el siguiente mordisco. Después de la noche en que recuperamos a “Rocinante” de las garras de la policía, Ecatepec amaneció con una atmósfera extraña, como si el aire estuviera cargado de estática. La gente me saludaba diferente. Ya no era “el huerquillo loco de los libros”; ahora era “el Licenciado”, dicho con un respeto que me pesaba más que mi mochila llena de enciclopedias.
Esa mañana, me senté en la mesa de la cocina con la Constitución que había encontrado en la caja misteriosa. Mi mamá hacía tortillas a mano, el sonido rítmico del clap-clap-clap de la masa contra sus palmas era mi metrónomo.
—¿Qué tanto lees ahí, Mateo? —preguntó ella, sin dejar de palmear la masa—. Esas letras son para gente de traje, no para nosotros los de mezclilla.
—Te equivocas, jefa —le contesté, subrayando el Artículo 3 con un lápiz mordido—. Estas letras son el escudo. El problema es que nadie nos enseñó a usarlo. El Sapo y los policías creen que la ley es lo que ellos dicen, porque nosotros no sabemos leer lo que realmente dice el papel.
La tregua con El Sapo duró exactamente tres días. Tres días de gloria donde la Biblioteca Viajera llegó más lejos que nunca. Subimos hasta “La Cueva”, un asentamiento irregular donde ni siquiera llega la luz eléctrica, y leímos cuentos a la luz de fogatas hechas con huacales. Kevin, que antes tartamudeaba al leer, ahora recitaba pasajes de Harry Potter con una teatralidad que dejaba a los niños con la boca abierta. Beto, por su parte, había dejado de juntarse con los malandros de la esquina para convertirse en nuestro “jefe de logística”; nadie cargaba cajas más rápido que él, y nadie defendía a Rocinante con tanta fiereza.
Pero el cuarto día, la realidad nos alcanzó. Y no llegó con gritos, llegó con fuego.
Era la madrugada de un jueves. Me despertó el olor. Ese olor agrio, químico y penetrante de la gasolina, seguido inmediatamente por el crepitar de algo que se consume. Salté del catre. La ventana de la sala brillaba con un resplandor naranja danzante.
—¡Mamá! ¡Fuego!
Corrimos a la sala. No era la casa la que se quemaba, gracias a Dios. Era el patio delantero. Ahí donde estacionábamos a Rocinante bajo un techo de lámina.
Salí descalzo, ignorando los gritos de mi madre. La imagen se me grabó en la retina para siempre: Rocinante, nuestra “Nave de los Sueños”, estaba envuelto en llamas. El fuego lamía la madera pintada de azul, las llantas reforzadas se derretían soltando un humo negro y tóxico. Pero lo que me rompió el alma no fue el triciclo. Fueron los libros. Habíamos dejado dos cajas cargadas, listas para la ruta de la mañana.
Vi cómo las páginas de El Principito se enroscaban y se volvían ceniza gris que flotaba hacia el cielo nocturno. Vi cómo una enciclopedia de Historia de México ardía, borrando siglos de memoria en segundos.
—¡Agua! ¡Trae cubetas! —gritó Kevin, que apareció de la nada, con los ojos desorbitados, viviendo en la casa de al lado.
Entre los vecinos, a cubetazos de agua sucia y manguerazos sin presión, logramos apagar el incendio. Pero el daño estaba hecho. Rocinante era un esqueleto de metal chamuscado. Y en el suelo, clavado con una navaja en el tronco del único árbol seco de mi patio, había otro mensaje. Esta vez no era una nota de papel. Era una rata muerta, con un letrero de cartón amarrado al cuello:
“El que juega con fuego, se quema. Se acabó la biblioteca. Atte: El Patrón.”
Me quedé parado frente a los restos humeantes, con el lodo y la ceniza manchándome los pies. Mi mamá lloraba abrazada a Doña Lupe. Kevin pateaba el suelo, maldiciendo. Beto estaba sentado en la banqueta, con la cabeza entre las manos, llorando en silencio.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. No era miedo. El miedo se había quemado junto con los libros. Lo que quedaba era una frialdad absoluta, una claridad cristalina.
—Se acabó, Mateo —dijo mi mamá, jalándome del brazo—. Ya no más. Mañana mismo nos vamos con tu tía a Puebla. No voy a esperar a que quemen la casa con nosotros adentro.
Me solté de su agarre. Fue la primera vez en mi vida que desobedecí a mi madre con tal firmeza.
—No nos vamos a ir, jefa. —¿Estás loco? ¡Mira esto! ¡Es El Sapo! ¡Nos van a matar! —Si nos vamos, ellos ganan. Si nos vamos, les decimos a todos esos niños que tenían razón: que la violencia es más fuerte que nosotros. Que leer es peli*roso. Que soñar es un error.
Caminé hacia los restos de Rocinante. Toqué el metal caliente. Me quemé la yema de los dedos, pero no quité la mano. Necesitaba ese dolor para despertar.
—No vamos a escondernos —dije, volteando a ver a mis amigos y a los vecinos que se habían asomado—. Vamos a hacer lo contrario. Vamos a hacer la biblioteca más grande que este barrio haya visto. Y la vamos a poner donde más les duela.
—¿Dónde? —preguntó Beto, levantando la vista.
—En la plaza principal. Frente a la iglesia. Donde ellos se juntan a vender.
La locura de mi plan era suicida. La plaza era el centro de operaciones de El Sapo. Ahí “despachaban”. Ahí llegaban los clientes en sus autos de lujo. Ir ahí no era provocar; era invadir.
Pasamos las siguientes 48 horas en un frenesí febril. La noticia del incendio corrió por Facebook y WhatsApp como pólvora. Pero esta vez, la reacción fue distinta. Ya no solo eran “likes” y “compartir”. La gente estaba enojada. Quemar libros es un tabú antiguo; incluso en un lugar tan golpeado como Ecatepec, hay líneas que, cuando se cruzan, despiertan una indignación ancestral.
Llegaron donaciones de madera. Un carpintero de la colonia se ofreció a construir estantes. No teníamos triciclo, así que usaríamos mesas. Tablones. Cajas de fruta. Lo que fuera.
El domingo por la mañana, marchamos hacia la plaza. No éramos tres niños. Éramos cincuenta personas. Niños con sus mochilas escolares vacías, listas para ser llenadas. Abuelas con sus sillas plegables. El señor de los elotes empujando su carrito. Y al frente, Kevin, Beto y yo, cargando las cajas de libros que habían sobrevivido en el interior de mi casa.
Llegamos a la plaza. Estaba ocupada, como siempre, por los “halcones” y los vendedores de El Sapo. Cuando nos vieron llegar, se tensaron. Los radios empezaron a sonar.
—¿Qué pedo con estos? —escuché decir a uno.
Ignoramos sus miradas. Empezamos a montar. En medio del kiosco grafiteado, pusimos las mesas. Desplegamos los libros. Eran menos que antes, pero cada uno valía por mil. Puse la Constitución en el centro, abierta en el Artículo 3, sostenida por una piedra para que el viento no la cerrara.
Y empezamos a leer.
No usamos micrófono esta vez. Leímos a coro. Elegimos un poema de Nezahualcóyotl. “Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces…”
Nuestras voces rebotaban en las paredes de la iglesia vieja y en las fachadas de los negocios cerrados. La gente que salía de misa se detuvo. Los que iban al mercado se detuvieron.
A los veinte minutos, llegó la camioneta negra. La Suburban blindada. El silencio cayó como una guillotina. La música de banda que salía de una bocina cercana se apagó.
Bajó El Sapo. Esta vez no venía solo. Venían seis hombres con él. Armas largas visibles, aunque las trataban de disimular pegadas al cuerpo. El mensaje era claro: Esto es una ejecución pública.
El Sapo caminó hacia el kiosco, subiendo los escalones con pesadez. Sus botas de piel de avestruz resonaban en la madera. Se detuvo frente a mi mesa. Frente a la Constitución.
—Te dije que te largaras, Mateo —su voz era baja, tranquila, terrorífica—. Te di una oportunidad. Te quemé tu juguete para que entendieras. Pero veo que eres lento de aprendizaje.
—No soy lento —le respondí. Mis piernas temblaban tanto que tuve que recargarme en la mesa para no caer. Pero mi voz, curiosamente, no tembló—. Es que usted no entiende, Don Sapo. Usted cree que quemando madera quema las ideas. Pero las ideas no arden.
El Sapo soltó una carcajada burlona. —Qué poético. A ver si esa poesía te para una bala 9 milímetros.
Hizo una seña a sus hombres. Cortaron cartucho. El sonido metálico clack-clack hizo que varias señoras gritaran. La gente empezó a retroceder. El miedo, ese viejo perro conocido, estaba mordiendo de nuevo. Kevin se puso pálido, pero no corrió. Se paró a mi lado. Beto, al otro.
—¡Lárguense! —gritó El Sapo—. ¡Tienen un minuto para desaparecer esta basura antes de que empiece a tirar plomo!
Parecía el final. Realmente pensé que iba a morir ahí, a los once años, abrazado a un libro de leyes. Cerré los ojos, esperando el estruendo.
Pero entonces, escuché un sonido diferente. No fue un disparo. Fue un motor. Un motor viejo, ahogado, tosiendo. Un Tsuru blanco se subió a la banqueta, rompiendo el cerco de seguridad de los sicarios, y se frenó en seco entre los hombres armados y nosotros.
La puerta se abrió. Bajó El Mechas. No traía arma. Traía un libro en la mano. Harry Potter y la Piedra Filosofal, el que le había prestado a Kevin.
El Sapo lo miró con incredulidad. —¿Qué haces, Mechas? Quita tu chatarra de ahí.
El Mechas caminó hasta quedar frente a su jefe. Temblaba. Se notaba que estaba aterrorizado. Sudaba frío. Pero se plantó ahí, flaco y desgarbado.
—No, jefe. Hoy no.
—¿Cómo dijiste, pendejo? —El Sapo se puso rojo de ira.
—Dije que hoy no —repitió El Mechas, alzando la voz—. Ya estuvo. Con los morros no. Con los libros no.
—¿Te estás volteando, Mechas? ¿Sabes lo que les pasa a los traidores?
—Sí sé. —El Mechas levantó el libro—. Sé lo que pasa. Pero también sé lo que pasa cuando uno no tiene nada más que miedo. Este morro… —me señaló— me enseñó que hay otros mundos. Que no todo es esta mierda de vida que llevamos. Yo nunca tuve opción, jefe. Mi papá me puso una pistola en la mano a los doce años. Pero estos morros… ellos sí pueden tener opción.
El Mechas se giró hacia mí y me lanzó el libro. Lo atrapé en el aire. —Léeles, Licenciado. Léeles fuerte.
El Sapo sacó su pistola fajada al cinto. Apuntó a la cabeza de El Mechas. —Muévete o te mueres.
El Mechas cerró los ojos y abrió los brazos en cruz. —Pues dale. Pero vas a tener que matarnos a todos.
Y en ese momento, sucedió el milagro de Ecatepec. No bajaron ángeles del cielo. Fue la gente. Doña Lupe dio un paso al frente. —Sí, vas a tener que matarnos a todos —dijo. El señor de los elotes dio un paso al frente. Mi mamá, con el celular grabando en una mano y una piedra en la otra, dio un paso al frente. Y luego diez. Y luego veinte. Y luego cien.
La plaza se cerró alrededor de los sicarios. Era un mar de gente harta. Gente cansada de pagar piso, cansada de esconder a sus hijas, cansada de callar. No tenían armas, pero eran una masa compacta, una pared humana.
Los hombres de El Sapo miraban a todos lados, nerviosos. Un sicario puede disparar contra tres, contra cinco. Pero ¿contra doscientos vecinos que los conocen, que saben dónde viven sus mamás, que son sus propios primos o tíos?
—Jefe… —murmuró uno de los escoltas—. Hay mucha gente. Están grabando todos. Esto se va a poner muy caliente si disparamos.
El Sapo miró a su alrededor. Vio los celulares apuntándole como cientos de ojos digitales. Vio el odio en los ojos de las abuelas. Vio la determinación en los ojos de los niños. Se dio cuenta de que había perdido algo más importante que el territorio: había perdido el respeto basado en el terror absoluto. El miedo había cambiado de bando.
Bajó la pistola lentamente. Guardó el arma con un movimiento brusco. —Disfruten sus cuentos —escupió con veneno—. Esto no se queda así. El hambre siempre regresa. Y cuando tengan hambre, van a venir a pedirme trabajo.
Subió a su camioneta. Sus hombres lo siguieron, atropelladamente. La Suburban arrancó, abriéndose paso entre la multitud que golpeaba las ventanas con las manos abiertas.
Cuando se fueron, la plaza estalló. No en gritos de júbilo, sino en un llanto colectivo, un suspiro gigante que llevaba años atorado en la garganta del barrio. El Mechas cayó de rodillas, vomitando de los nervios. Corrí hacia él.
—¡Mechas! ¡Mechas! ¿Estás bien? Me miró, limpiándose la boca con la manga. Sonrió, mostrando sus dientes chuecos. —No mames, Licenciado… me cagué de miedo. Neta. —Yo también, carnal. Yo también.
Ese día no leímos más. Ese día celebramos estar vivos.
EPÍLOGO: 4 AÑOS DESPUÉS Hoy, con 15 años, Jesús (Mateo) sigue haciendo lo mismo. Pero ya no está solo.
Han pasado cuatro años desde “El Día del Kiosco”, como le llaman ahora en la colonia. Muchas cosas cambiaron. Y otras, tristemente, siguen igual.
El Sapo no regresó al barrio. Dicen que lo agarraron en Tijuana seis meses después, o tal vez sus propios jefes le dieron “cran” por perder el control de la plaza. No lo sé, y sinceramente, ya no me importa. La violencia no desapareció mágicamente; Ecatepec sigue siendo Ecatepec. Siguen robando en las combis, sigue habiendo baches lunares, y el agua sigue faltando.
Pero nosotros cambiamos.
Estoy sentado en la “Biblioteca Comunitaria Don Chuy”, un local que antes era una bodega abandonada y que el municipio nos cedió (después de mucha presión en redes sociales y muchas citas del Artículo 3). Tenemos techo, tenemos luz, y tenemos miles de libros.
Ya no soy el niño de la mochila. Mido un metro setenta, la voz me cambió y tengo vello en la cara. Pero sigo sintiendo la misma emoción cada vez que abro una caja de donaciones.
Miro a mi alrededor. Kevin está en una mesa, ayudando a un niño de primaria con su tarea de matemáticas. Kevin terminó la secundaria con promedio de 9. Quiere ser ingeniero. Dice que quiere construir casas que no sean de lámina.
Beto… Beto es otra historia. Le costó más trabajo salir. Tuvo una recaída con las drogas hace dos años. Fue duro. Tuvimos que ir a sacarlo de un anexo horrible. Pero aquí está. Es el encargado del taller de lectura para chavos banda. Nadie les habla como él. Les lee a Revueltas, a José Agustín, literatura de la Onda. Les enseña que se puede ser rudo y culto a la vez.
Y El Mechas… El Mechas no tuvo un final de cuento de hadas. La vida real cobra sus facturas. Unos meses después de enfrentarse al Sapo, unos tipos lo balearon en otra colonia. Sobrevivió, pero quedó cojo de una pierna y perdió la movilidad de un brazo. Ya no puede ser halcón, ni sicario, ni nada de eso. Ahora trabaja con nosotros. Es el guardián de la biblioteca. Se sienta en la entrada, con su bastón y su cicatriz, y vigila que nadie entre a robar o a molestar. —Aquí se entra a leer, cabrones, no a ligar —les grita a los adolescentes. Es el mejor bibliotecario del mundo. Aprendió a leer bien. Se acabó Harry Potter y ahora es fanático de Paco Ignacio Taibo II. Dice que le gustan las historias de detectives porque “ahí siempre agarran al malo, no como aquí”.
Hay cinco niños más que recorren otros barrios con mochilas parecidas. Son la nueva generación. Los llamamos “Los Caminantes”. Cada uno tiene su ruta. Les damos un kit de inicio: una mochila resistente, veinte libros seleccionados y un chaleco naranja que dice “CULTURA EN MOVIMIENTO”. Ya no los molestan. Los narcos locales aprendieron que meterse con los bibliotecarios es meterse con las mamás, con las abuelas, con el barrio entero. Nos ganamos el derecho a existir.
A veces, cuando camino por las calles de tierra, veo a niños sentados en las banquetas, no con el celular viendo videos de TikTok, sino pasando las páginas de un libro viejo. Veo esa chispa en sus ojos. Esa desconexión momentánea de la realidad gris que los rodea. Veo cómo viajan a Narnia, a Macondo, a Hogwarts.
Y todos ellos saben que lo que llevan en la espalda… no son libros. Son llaves. Llaves para abrir las rejas mentales que nos ponen desde que nacemos en este código postal. Llaves para escapar de la estadística que dice que vamos a terminar muertos o en la cárcel antes de los veinte.
Ayer, una niña nueva llegó a la biblioteca. Tenía unos diez años, tímida, con los zapatos rotos. —Oye… —me dijo—. ¿Es cierto que aquí prestan sueños?
Sonreí, recordando al niño de once años que se sentó en una esquina con miedo y cinco libros heredados.
—Sí —le contesté, extendiéndole mi credencial de bibliotecario—. Pero ten cuidado. Son peli*rosos. —¿Por qué? —preguntó ella, asustada. —Porque una vez que empiezas a soñar, ya nadie te puede encerrar.
Le di Matilda de Roald Dahl. —Empieza con este. Te va a enseñar que, aunque seas chiquita, puedes mover cosas con la mente.
La niña tomó el libro, lo abrazó contra su pecho y salió corriendo hacia la luz de la tarde. Miré a Rocinante II, el nuevo triciclo estacionado afuera, brillante y listo para salir. La “Nada” sigue ahí afuera, acechando, buscando huecos para colarse. Pero mientras tengamos tinta, papel y un poco de valor, aquí nadie se rinde. Aquí, en el barrio, las historias no solo se cuentan; se viven, se sangran y nos salvan.
Soy Mateo. Soy mexicano. Y esta es mi resistencia.
FIN