“¿Tú crees que soy banco?”, me gritó cuando le pedí para mis vitaminas. Su madre, desde la cocina, solo se rio y dijo que seguro el niño ni era de él. En ese pueblo el frío entra por las rendijas como el chisme, pero esa mañana, lo que me heló la sangre fue darme cuenta de que estaba totalmente sola.

Nunca voy a olvidar el sonido. No el ruido seco del g*lpe —ese ya me lo sabía de memoria—, sino lo que vino después: el silencio. Un silencio pesado, raro, como si hasta el aire de la casa se hubiera detenido a ver lo que Rodrigo me acababa de hacer.

Estaba tirada en el suelo, con una mano sobándome la mejilla que me ardía y la otra protegiendo mi panza de cinco meses, como si mi mano pudiera servir de escudo.

—¿Dinero para vitaminas? —me escupió, con la cara roja de puro coraje—. ¿Tú crees que soy banco?.

No le contesté nada. En esa casa ya había aprendido a la mala que abrir la boca era echarle gasolina al fuego. Mi único pecado fue pedir. Rodrigo aventó mis cosas contra la pared: mi peine chimuelo, mi libreta, todo volando como si mis cosas tuvieran la culpa de que no tuviéramos dinero.

Y luego, lo peor. Desde la cocina se escuchó la voz de doña Carmen, mi suegra. Esa señora tenía una dulzura que parecía miel, pero quemaba como ácido.

—Mira nada más, Rodrigo. Te atrapó con la panza. Seguro ni es tuyo… y todavía exige.

Cerré los ojos fuerte. Sus palabras dolían más que la bofetada. Desde que se mudó con nosotros “para ayudar”, mi vida se volvió un infierno. Me escondía la comida y me hacía fregar el piso de rodillas “para que el chamaco se acostumbrara al dolor”. Decía que yo era una floja y una mentirosa cada que me quejaba del dolor de espalda.

Yo siempre soñé con ser mamá. Cuando vi las dos rayitas en mayo, pensé que sería el día más feliz de mi vida. Pero Rodrigo ni me abrazó. Solo me preguntó a quién se lo quería endilgar. Y ahora, ahí estaba yo, humillada en el piso, escuchando cómo mi suegra le llenaba la cabeza de veneno mientras él respiraba agitado, listo para el siguiente round.

Sentí algo frío en el pecho. No fue valentía de película, fue una certeza: si me quedaba ahí, me iba a morir. Tal vez no hoy, pero pronto.

Me levanté despacito, sin hacer ruido. Rodrigo se había ido al patio a fumar y su mamá seguía refunfuñando entre las ollas. Fui al cuarto y saqué del brasier mis ahorros secretos: diecisiete pesos en monedas y billetes todos arrugados. Agarré la maleta de cartón que tenía guardada bajo la cama.

Doña Carmen gritó desde la cocina: —¡Más te vale tener la comida lista cuando regrese! ¡O ahora sí vas a saber lo que es una p*liza!.

No volteé. La mano me temblaba cuando toqué la perilla de la puerta…

NOMBRE DE LA PARTE 2: LA HUIDA Y EL PESO DEL SILENCIO

El aire frío de la calle me golpeó la cara como una toalla mojada, pero no me importó. Al contrario, sentí que por primera vez en meses mis pulmones se llenaban de algo que no era miedo, ni olor a cigarro barato, ni el aroma a guiso quemado con el que doña Carmen intentaba disimular su odio. Cerré la puerta detrás de mí con un cuidado que me dolía en los huesos. El clic de la chapa sonó en mi cabeza como un disparo de cañón. Me quedé congelada un segundo, con la mano todavía en la perilla de metal helado, esperando los gritos. Esperando escuchar los pasos pesados de Rodrigo corriendo desde el patio, o el chillido de silla arrastrada de mi suegra.

Uno, dos, tres segundos. Nada. Solo el ladrido lejano de un perro corriente y el viento silbando entre los cables de luz.

Me solté. Me ajusté el suéter roído que ya no me cerraba bien por la panza y apreté el mango de la maleta de cartón. Pesaba poco, ridículamente poco para contener una vida entera, pero al mismo tiempo sentía que arrastraba un ataúd. Mis pies, hinchados como tamales mal amarrados dentro de los zapatos viejos, dieron el primer paso hacia la banqueta de tierra.

No corrí. Quería hacerlo, mi corazón galopaba como caballo desbocado en mi pecho, pidiéndome a gritos que corriera, que volara, que desapareciera antes de que la puerta se volviera a abrir. Pero el instinto, ese animalito sabio que todas las mujeres maltratadas desarrollamos en la boca del estómago, me dijo: “No corras, María. Si corres, llamas la atención. Si corres, eres culpable. Camina. Camina como si fueras a la tienda por tortillas. Camina como si no te estuvieras robando tu propia vida”.

Así que caminé.

San Isidro del Monte a esa hora de la mañana parecía un pueblo fantasma, pero yo sabía que los pueblos en México tienen ojos en las paredes. Las cortinas se mueven apenas un milímetro. Las señoras barren la banqueta no por limpieza, sino para no perderse quién pasa y con quién. Sentía las miradas clavadas en mi nuca, aunque la calle estuviera vacía.

Bajé la cabeza, pegando la barbilla al pecho, tratando de hacerme chiquita, invisible. La maleta raspaba contra mi pierna con cada paso. Ras, ras, ras. Ese sonido me ponía los nervios de punta.

—Buenos días, María —escuché una voz y casi se me sale el corazón por la boca.

Me detuve en seco. Era don Anselmo, el viejito que vendía periódicos y dulces en la esquina. Estaba acomodando sus revistas viejas sobre una caja de frutas. Me miraba con sus ojos nublados por las cataratas, una mirada que no juzgaba, pero que veía demasiado.

Tragué saliva. La garganta la tenía seca, rasposa. —Buenos días, don Anselmo —murmuré sin levantar la vista.

—¿De viaje? —preguntó, señalando la maleta con la barbilla.

El pánico me subió por la espalda. Si le decía que sí, se lo contaría a alguien. Si le decía que no, era obvio que mentía. Rodrigo pasaba por ahí todas las tardes por sus cigarros sueltos. Don Anselmo hablaba. Todo el mundo hablaba.

—Voy… voy a llevarle una ropa a mi tía, la de la colonia Juárez —mentí. La mentira me salió torpe, aguada. Ni siquiera tenía una tía en la colonia Juárez.

El viejo se quedó callado un momento, masticando su palillo de dientes. Luego miró mi mejilla. Yo instintivamente me llevé la mano a la cara, tratando de tapar lo rojo, lo hinchado, la marca de la mano de Rodrigo que seguramente ya se estaba poniendo morada.

—Hace frío pa’ andar caminando sola, hija —dijo él, ignorando mi mentira, pero reconociendo mi urgencia—. Váyase por la orilla, que por el centro anda la patrulla y esos son muy preguntones.

Asentí, sintiendo las lágrimas picarme en los ojos. No me preguntó qué me pasó. No me ofreció ayuda. En este pueblo, la ayuda es peligrosa. Pero ese consejo, “váyase por la orilla”, fue su manera de decirme: Huye. Y que Dios te bendiga.

Apuré el paso. Doblé en la esquina, alejándome de la calle principal, y me metí por los callejones de terracería donde las casas eran más pobres, donde los muros de bloque gris no tenían enjarre y los techos eran de lámina que sonaba con el viento.

El dolor en la espalda baja empezó a punzar. Era un dolor sordo, caliente, que se irradiaba hacia mis caderas. Mi bebé se movió. Una patadita suave, como una burbuja reventando adentro de mí. —Aguanta, mi amor —susurré, acariciando la tela gastada de mi blusa sobre el vientre—. Aguanta tantito, que ya casi llegamos… aunque no sé a dónde, pero llegamos.

Mientras caminaba, los recuerdos me asaltaban sin permiso. No podía dejar de pensar en los diecisiete pesos que llevaba en el brasier. Diecisiete pesos. No me alcanzaba ni para el camión guajolotero que bajaba a la ciudad. No me alcanzaba para un desayuno decente. ¿Qué estaba pensando? ¿A dónde iba a ir una mujer embarazada, golpeada y sin dinero?

La voz de doña Carmen resonaba en mi cabeza: “Tú no sirves para nada. Sin mi hijo te mueres de hambre”.

Tal vez tenía razón. Tal vez era una inútil. Rodrigo se había encargado de hacérmelo creer cada día durante los últimos dos años. Antes, yo trabajaba. Antes, yo era María, la que hacía bordados bonitos, la que vendía tamales con su mamá los domingos, la que se reía fuerte. Pero Rodrigo me fue quitando todo eso, capa por capa, como quien pela una cebolla, hasta dejarme en puro hueso y llanto.

No trabajes, mi reina, yo te mantengo. No quiero que los otros hombres te miren. —Eso me dijo al principio. Y yo, tonta, enamorada, pensé que era amor. Pensé que me estaba cuidando. —No vayas con tu mamá, ella te mete ideas raras en la cabeza. Mejor quédate aquí, conmigo. —Y dejé de ver a mi madre, que en paz descanse. Murió hace un año y yo no pude ni despedirme bien porque Rodrigo dijo que el velorio estaba muy lejos y gastaríamos mucha gasolina.

La rabia me subió de golpe, caliente y amarga, mezclándose con el miedo. Me había robado hasta el duelo de mi madre. Maldito. Maldito él y maldita su madre y maldita yo por haberme quedado tanto tiempo.

Un perro salió de una reja mal cerrada y me ladró furioso, enseñando los dientes amarillos. Di un brinco y casi me tropiezo con una piedra. El tobillo se me dobló, pero no caí. Me agarré de una barda de ladrillo, raspándome la palma de la mano.

—¡Lárgate! —le grité al perro, con una voz que no reconocí. Una voz ronca, de animal herido. El perro, sorprendido, retrocedió y dejó de ladrar.

Me di cuenta de que estaba temblando. No de frío, sino de adrenalina. Seguí caminando, cojeando un poco. El pueblo se iba quedando atrás. Las casas se volvían más escasas, separadas por lotes baldíos llenos de hierba seca y basura quemada.

El sol empezaba a subir, pero no calentaba. Era un sol de octubre, blanco y lejano. Tenía sed. Mucha sed. No había tomado agua desde la noche anterior porque doña Carmen había cerrado la llave de paso de la cocina “para que no gastara”.

Llegué a la carretera vieja, esa que ya casi nadie usa desde que hicieron la autopista de cuota. Por aquí solo pasaban camiones de carga pesada y gente que no quería ser vista. Me senté un momento sobre una piedra grande al lado del camino para recuperar el aliento.

Saqué el dinero. Conté las monedas otra vez, como si por arte de magia fueran a multiplicarse. Un billete de veinte (que en realidad no era de veinte, era uno de diez muy viejo y siete pesos en monedas de a peso y de a cincuenta centavos). Diecisiete pesos.

Miré mis zapatos. La suela del derecho se estaba despegando de la punta, abriéndose como una boca hambrienta. —Ay, Diosito —suspiré, mirando al cielo—. Si existes, échame una mano, porque yo sola ya no puedo.

Fue entonces cuando alcé la vista y la vi de nuevo. La capilla.

Estaba lejos, en una colina a las afueras, separada del pueblo por un tramo de matorrales y camino de terracería empinado. La capilla de San Judas Tadeo.

Mi mamá era muy devota de San Judas. Decía que era el patrón de los casos difíciles y desesperados. —Cuando sientas que el mundo se te cierra, María, búscalo a él. Él no juzga, él resuelve —me decía mi mamá mientras amasaba la masa para los tamales.

La capilla se veía triste, abandonada. Las paredes blancas estaban manchadas de humedad y tierra. La cruz de hierro en el techo estaba chueca, vencida por el tiempo. Pero algo en ella me llamaba. No era una llamada religiosa, era algo más primitivo. Era un refugio. Un lugar donde nadie iba. Rodrigo nunca subiría hasta allá; él era ateo cuando le convenía y “muy católico” solo para criticar a los demás, pero le daba flojera caminar.

—Ahí —me dije en voz alta—. Ahí voy a descansar.

Me levanté. El dolor en la espalda era ahora un cuchillo caliente clavado en mis riñones. Cada paso costaba el doble que el anterior. El camino hacia la colina era pura subida, lleno de piedras sueltas y zanjas hechas por las lluvias.

A mitad de camino, tuve que detenerme. Me agarró un mareo fuerte. El mundo se puso negro por los bordes y sentí que las piernas se me hacían de trapo. Me hinqué en la tierra, soltando la maleta. —No, no, no… ahorita no —gemí.

El hambre. Era el hambre y el embarazo. Mi bebé necesitaba energía y yo no tenía nada para darle más que mi propia reserva. Busqué en mi bolsa del suéter. Encontré medio paquete de galletas Marías que había logrado esconder hacía dos días. Estaban todas quebradas, hechas polvo casi.

Me metí un puño de migajas a la boca. Estaban secas, pastosas, me costó pasarlas sin agua, pero me obligué a tragar. Sabían a gloria. Sabían a salvación. Me comí todo el polvo de galletas, lamiendo la envoltura de plástico brillante.

Me quedé ahí hincada unos minutos, respirando el polvo del camino, escuchando el zumbido de los insectos. Pensé en volver. Lo juro que lo pensé. Pensé: Si regreso ahorita, a lo mejor no se han dado cuenta de que me fui con la maleta. Les digo que fui a la tienda. Rodrigo me va a pegar, sí, pero luego me va a dar de comer. Tendré un techo.

Ese pensamiento es el más peligroso de todos. Es la trampa. Es la voz del miedo disfrazada de sensatez.

Entonces me toqué la mejilla otra vez. El ardor seguía ahí. Y recordé la mirada de él. No era la mirada de un hombre enojado. Era la mirada de alguien que odia. Si regresaba, la próxima vez no iba a ser una bofetada. Iba a ser una patada en la panza. Iba a ser un empujón por las escaleras. Iba a ser mi hijo muerto antes de nacer.

—Ni madres —dije. Y la grosería me dio fuerza.

Me puse de pie, sacudiéndome la tierra de las rodillas. Agarré la maleta con más fuerza y seguí subiendo.

Tardé casi una hora en llegar a la cima de la colina, aunque la distancia no era tanta. Mi cuerpo no daba para más. Cuando por fin estuve frente a la puerta de madera vieja de la capilla, sentí que había escalado el Everest.

La puerta estaba entreabierta, colgando de una bisagra oxidada. Empujé con el hombro.

El interior estaba en penumbras. Olía a cera vieja, a madera podrida y a excremento de paloma. Hacía frío, un frío distinto al de afuera, un frío de piedra antigua.

Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. El lugar era pequeño. Un altar de cemento al fondo, sin mantel, sin flores. Una estatua de San Judas Tadeo en una repisa, con la pintura descarapelada y una mano rota, pero con la mirada serena de siempre. Había unas bancas de madera apolillada, algunas volcadas.

Entré y dejé caer la maleta. El ruido hizo eco en las paredes vacías.

Caminé hacia el altar. No para rezar, sino porque necesitaba un lugar donde sentarme que no fuera el suelo. Me senté en el primer escalón del altar. El concreto estaba helado.

—Pues aquí estamos —le dije a la estatua rota—. Tú estás jodido y yo también. Hacemos buena pareja.

Me abracé las piernas y recargué la cabeza en mis rodillas. Y entonces, se rompió la presa. Lloré. Lloré como no había llorado en dos años. No fue un llanto bonito, de esos de telenovela donde sale una lágrima perfecta. Fue un llanto feo, con mocos, con gemidos que parecían aullidos, con el cuerpo sacudiéndose violentamente.

Lloré por el golpe. Lloré por el hambre. Lloré por mi mamá que no estaba. Lloré por el bebé que iba a nacer en la miseria. Lloré por mí, por la María que yo era antes, la que se reía, la que tenía sueños, y que sentía que se había muerto en esa casa maldita.

Lloré hasta que me dolió la cabeza y se me secó la garganta.

El silencio volvió a la capilla, pero ya no era tan pesado. El llanto limpia. Te deja vacía, pero limpia.

Me limpié la cara con la manga del suéter. Tenía que pensar. Tenía que hacer un plan. No podía vivir en una capilla abandonada. Necesitaba agua, comida.

Miré a mi alrededor buscando algo, lo que fuera. En una esquina, vi unos botes de veladoras vacíos y… ¿qué era eso? Me levanté y fui hacia allá. Detrás de una banca volteada, había una cobija. Vieja, sucia, de esas de lana gris que pican, pero era una cobija. Y al lado, una botella de plástico con agua a la mitad.

Me quedé paralizada. Alguien había estado aquí. O alguien vivía aquí.

El miedo volvió a entrar en mi cuerpo. ¿Y si era un drogadicto? ¿Un vagabundo peligroso? Pero la sed era más fuerte. Agarré la botella. La olí. No olía a alcohol ni a orina. Olía a agua. Me la empiné y bebí con desesperación, sin importarme los microbios ni de quién fuera. El agua tibia me supo a vida.

—¡Eh! —escuché una voz rasposa detrás de mí.

Solté la botella y me giré de un salto, pegando la espalda a la pared, usando la maleta como escudo ridículo.

En la entrada de la capilla, contraluz, había una silueta. Pequeña, encorvada. Entró cojeando. No era un hombre. Era una mujer. Una anciana, más bien. Vestía harapos, capas y capas de ropa vieja encima, una falda larga llena de lodo en la bastilla y un rebozo negro que le tapaba casi toda la cara.

Avanzó hacia mí. Yo no podía moverme.

—Esa agua es mía —dijo la vieja. Su voz sonaba como hojas secas arrastradas por el viento.

Se bajó el rebozo. Tenía la cara surcada de arrugas profundas, como un mapa de carreteras viejas. La piel morena, curtida por el sol. Le faltaban varios dientes y tenía un ojo velado por una nube blanca, igual que don Anselmo. Pero el otro ojo… el otro ojo era negro, brillante, vivaz.

—Perdón… —logré balbucear—. Tenía mucha sed. Se la pago.

Busqué torpemente en mi brasier y saqué una moneda de cinco pesos. Se la tendí. La vieja miró la moneda y luego soltó una carcajada seca, que terminó en una tos fea.

—¿Pa’ qué quiero yo tu dinero aquí arriba, niña? Aquí no hay tienda. Guárdatelo.

Se acercó más. Olía a humo de leña y a hierbas. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi panza y luego en mi mejilla golpeada. Su expresión cambió. La dureza de sus arrugas se suavizó un poco.

—Te pegó tu hombre, ¿verdad? —no fue una pregunta. Fue una afirmación.

Bajé la mirada, avergonzada. ¿Por qué nos da vergüenza a nosotras? Él fue el animal, pero yo sentía la vergüenza quemándome la cara.

—Sí —susurré.

La vieja escupió en el suelo, hacia un lado. —Perros. Todos son unos perros malnacidos —masculló.

Se agachó con dificultad y recogió la botella de agua que yo había tirado. —Tómatela toda. Tienes dos bocas que alimentar —me la extendió.

La tomé con mano temblorosa. —Gracias.

—Soy la Chata —dijo ella, sentándose en una de las bancas que sí estaban paradas—. Vivo aquí atrás, en un cuartito que era del sacristán. Bueno, vivo donde me deja la noche.

—Soy María —dije.

—Lo sé —contestó ella.

Me quedé helada. —¿Cómo sabe?

—En el pueblo todo se sabe, muchacha. Y tú eres la nuera de la Carmen, ¿no? Esa víbora de dos patas. La he visto en el mercado, regateando los chiles hasta hacer llorar a las marchantas. Mala entraña tiene esa mujer.

Me sentí extrañamente aliviada. Alguien más lo veía. No estaba loca. Doña Carmen era mala.

—Me escapé —confesé. Las palabras salieron solas—. Ya no aguanté. Me iba a matar, Chata. O a él, o a mí.

La Chata asintió, sacando un cigarro de hoja mal liado de entre sus ropas. Lo prendió con un cerillo que raspó contra la suela de su zapato. —Hiciste bien. Las que se quedan, terminan en el panteón o en el manicomio. Pero… ¿y ahora qué?

Esa era la pregunta del millón. —No sé —admití, sintiendo el peso del mundo otra vez—. No tengo a dónde ir. No tengo familia. No tengo dinero.

La Chata echó el humo hacia el techo, mirando a San Judas. —Pues aquí no te puedes quedar mucho. En la noche baja mucho el frío y los coyotes andan cerca. Además… —me miró fijamente con su ojo bueno—, ese hombre te va a buscar. No por amor, sino por orgullo. A los hombres así no les gusta que se les escape su propiedad.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Tenía razón. Rodrigo me buscaría. Y si me encontraba aquí…

—¿Qué hago? —le pregunté, sintiéndome como una niña chiquita otra vez.

La vieja se quedó callada un largo rato, fumando. Luego se levantó y hurgó en un morral de ixtle que traía cruzado al pecho. Sacó un pedazo de pan duro y un trozo de queso fresco envuelto en papel estraza. —Come —me ordenó—. Luego pensamos. Con la tripa vacía no se piensa, solo se sufre.

Me senté a su lado y comí. El pan estaba duro como piedra, pero el queso sabía a gloria. Mientras masticaba, la Chata me contó historias del pueblo, historias de otras mujeres, historias de fantasmas. Su voz me arrullaba, me calmaba.

Pasaron las horas. La luz que entraba por la puerta empezó a cambiar, a volverse anaranjada. El atardecer.

—Tienes que irte antes de que oscurezca —dijo la Chata de repente, cortando su relato sobre un tesoro enterrado.

—¿A dónde?

—A la ciudad. Allá te pierdes entre la gente. Aquí eres un venado en campo abierto.

—Pero no tengo para el pasaje. El camión cuesta cincuenta pesos. Yo tengo diecisiete.

La Chata me miró. Suspiró, un sonido que pareció venir desde el fondo de la tierra. Se metió la mano en el escote, muy adentro, y sacó un pañuelo anudado. Lo deshizo con dedos torpes y artríticos. Había billetes. Billetes viejos, de veinte y de cincuenta, doblados mil veces.

—Ten —me extendió un billete de cien pesos.

Me quedé boquiabierta. —No, Chata, no puedo… eso es suyo.

—¡Agárralo, carajo! —me gritó, y me asusté—. Yo ya estoy vieja. Yo ya viví lo que tenía que vivir. Tú tienes una cría ahí adentro. Ese dinero lo junté pidiendo limosna en la carretera. Es dinero de la gente, y tú eres gente. Tómalo.

Me temblaban las manos al recibir el billete. Era suave, casi de tela por lo usado. —Gracias… se lo juro que se lo voy a pagar algún día.

—No me pagues nada. Solo vete y no vuelvas con ese cabrón. Prométemelo. Júralo por lo que más quieras.

Miré la estatua de San Judas. Miré mi panza. —Lo juro —dije con voz firme—. Por mi hijo, lo juro.

—Ándale pues. Vete por la vereda de atrás, la que baja directo a la carretera federal. Ahí pasan los camiones de paso, no tienes que ir a la terminal del pueblo. Hazle la parada al primero que veas que vaya al norte.

Me levanté. Agarré mi maleta. Sentía una mezcla de terror y esperanza que me mareaba. Me acerqué a la Chata y, sin pensarlo, le di un abrazo. Ella se puso tiesa al principio, pero luego me dio una palmada torpe en la espalda. —Vete, niña. Vete ya.

Salí de la capilla. El sol se estaba metiendo detrás de los cerros, pintando el cielo de rojo sangre y morado. El viento soplaba fuerte, levantando remolinos de polvo. Caminé hacia la parte trasera de la colina, buscando la vereda que me dijo la Chata.

Bajé con cuidado. Las piedras rodaban bajo mis pies. La luz se iba rápido. Cuando llegué a la carretera federal, ya casi era de noche. Los faros de los coches pasaban zumbando, iluminando el asfalto. Me paré en el acotamiento, abrazando mi maleta, temblando de frío.

Pasó un tráiler, levantando una ráfaga de viento que casi me tira. Pasó una camioneta llena de gente. Nadie paraba.

El miedo empezó a morderme otra vez. Estaba oscuro. Estaba sola en la carretera.

Entonces, vi unas luces a lo lejos. Un autobús. Levanté la mano. La agité con desesperación. —Por favor, por favor, párate —rogué.

El autobús empezó a frenar. Los frenos de aire chirriaron. Se orilló unos metros adelante de mí. La puerta se abrió con un siseo neumático.

Corrí hacia él. Subí los escalones de metal con dificultad. El chofer era un hombre gordo, con bigote de morsa, que escuchaba cumbias a todo volumen. —¿A dónde va, señorita? —me preguntó, mirándome por el retrovisor.

—A la ciudad —dije sin aliento—. ¿Pasa por la central del norte?

—Sí, pero son sesenta pesos.

Apreté el billete que me dio la Chata en mi mano sudada. —Aquí tiene.

Le di el billete. Él me dio el cambio y un boleto de papel delgadito. —Pásale, hay lugar atrás.

Caminé por el pasillo estrecho, agarrándome de los respaldos de los asientos. El autobús olía a desinfectante barato y a humanidad. La gente iba dormida o mirando sus celulares. Nadie me miró. Nadie sabía que me estaba escapando de la muerte.

Me senté en el último asiento, al lado de la ventana. Puse la maleta en mis piernas, protegiendo mi panza. El autobús arrancó, incorporándose a la carretera con un rugido de motor.

Miré por la ventana. Las luces de San Isidro del Monte se veían a lo lejos, como un puño de estrellas caídas en la oscuridad. Vi la colina. Vi la silueta apenas visible de la capilla. —Adiós —susurré.

El movimiento del autobús me mecía. El cansancio me cayó encima como una losa de concreto. Cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué iba a pasar mañana. No sabía dónde iba a dormir, ni qué iba a comer. Pero sabía una cosa: Rodrigo no estaba aquí. Doña Carmen no estaba aquí.

Mi bebé se movió otra vez. —Ya nos fuimos, mi amor —le dije en mi mente—. Ya nos fuimos.

Pero la vida no es un cuento de hadas. Y la libertad cuesta cara. Mientras el sueño me vencía, no me di cuenta de que el hombre sentado dos filas adelante, un tipo con gorra y chamarra de cuero, había estado mirándome por el reflejo del vidrio desde que subí. Y ahora, sacaba su teléfono y marcaba un número.

El autobús devoraba kilómetros de asfalto, alejándome de mi infierno, pero llevándome hacia una oscuridad diferente, una donde los lobos no siempre ladran, a veces sonríen.

Me quedé dormida con la mano en el vientre y el cambio de la Chata apretado en el puño, sin saber que la verdadera prueba apenas estaba por comenzar.

NOMBRE DE LA PARTE 3: LA JAULA DE CEMENTO Y LOS DIENTES DEL LOBO

El sueño me soltó de golpe, no suavemente como cuando una despierta en su cama, sino con un jalón brusco, como si alguien me hubiera sacudido el alma. Abrí los ojos y lo primero que vi fue mi propio reflejo en la ventana oscura del autobús: una mujer ojerosa, con el cabello pegado a la frente por el sudor frío y los ojos desorbitados de quien no sabe dónde está. Afuera, el mundo era una mancha negra que pasaba a toda velocidad, salpicada de vez en cuando por luces lejanas que parecían ojos de animales acechando en el monte.

El autobús zumbaba. Ese ruido constante del motor diésel y el rechinido de la carrocería se me habían metido hasta los dientes. Mi bebé, mi pequeño frijolito, estaba quieto. Me llevé la mano al vientre, sobándolo despacito, buscando esa conexión, ese “aquí estamos, no te me asustes”.

—¿Mala noche? —dijo una voz a mi lado, o más bien, desde el asiento de enfrente, a través del hueco entre los respaldos.

Me tensé como cuerda de violín. Era él. El tipo de la chamarra de cuero y la gorra. El que había visto por el reflejo antes de quedarme dormida. No me había dado cuenta de que se había cambiado de lugar. Ahora estaba en el asiento diagonal al mío, con el cuerpo girado hacia el pasillo, invadiendo mi espacio vital sin tocarme, solo con su presencia.

Me enderecé en el asiento, jalando mi maleta de cartón más cerca de mi pecho, usándola como trinchera. —Un poco —contesté seco, con la voz rasposa por la sed y el sueño. No quería hablar. Mi instinto, ese que La Chata me había dicho que escuchara, estaba gritando alarmas rojas en mi cabeza.

El tipo sonrió. Tenía una sonrisa ensayada, de esas que enseñan demasiados dientes y no llegan a los ojos. Sus ojos eran oscuros, inquietos, escaneándome como si yo fuera un producto en un estante. —Te ves cansada, flaca. Y con esa panza… está cabrón viajar así, ¿no? —Su tono quería ser amable, compadre, pero había una urgencia debajo, como un vendedor que necesita cerrar el trato.

—Estoy bien —corté, mirando hacia la ventana.

—Me llamo Elías —insistió, ignorando mi rechazo—. Voy pa’ la capital. ¿Tú también vas al Norte?

La Capital. La Central del Norte. La ciudad monstruo. —Sí —murmuré.

—Híjole, llegar a la ciudad a estas horas está gacho. Es peligroso pa’ una mujer sola. Y más en tu estado —hizo una pausa, como esperando a que yo le pidiera ayuda—. ¿Te espera alguien? ¿Tu marido?

La mención del “marido” me hizo sentir un hueco en el estómago. Rodrigo. La imagen de su cara roja de coraje se me cruzó por la mente. —Sí —mentí. La mentira salió más rápida esta vez, más afilada—. Mi esposo me va a recoger en el andén. Es policía.

La sonrisa de Elías no vaciló, pero sus ojos se entrecerraron un milímetro. —Ah, qué bueno. Qué bueno. Porque la neta, la Central está llena de rateros y gente mala. Uno nunca sabe.

Se quedó callado un rato, masticando un chicle con la boca abierta. El sonido clac, clac, clac me estaba taladrando el cerebro. Yo intentaba hacerme chiquita contra la ventana, deseando fusionarme con el vidrio, desaparecer.

—Oye —volvió a hablar, sacando una mano del bolsillo de su chamarra. Di un respingo, pensando que iba a sacar un arma, pero sacó una barra de amaranto y un jugo de cartón—. Te escuché que le sonaban las tripas hace rato. Ten. Pa’l bebé.

Miré la comida. Mi estómago rugió traicionero, un sonido vergonzoso y fuerte. No había comido nada más que el pan duro y el queso que me dio La Chata hacía horas. La sed me tenía la lengua como lija. —No, gracias —dije, aunque se me hacía agua la boca. Mi mamá siempre decía: “Nada es gratis en esta vida, María, y menos lo que te dan los desconocidos”.

—Ándale, no me hagas el feo. No tiene veneno —se rio, abriendo el jugo y dándole un trago él mismo para demostrarme—. ¿Ves? Está chido. Cómetelo, neta. Me da cosa ver a una embarazada pasando hambre. Mi jefa me mataría si supiera que no te invité.

La mención de su madre, ese truco barato para generar confianza, casi me hace reír de la rabia. Pero el hambre es un perro que muerde fuerte. Y mi bebé necesitaba azúcar. Con mano temblorosa, agarré la barra y el jugo. —Gracias —dije bajito.

—De nada, flaca. Pa’ eso estamos, pa’ ayudarnos entre la raza.

Comí con desesperación, tragándome la dignidad junto con el amaranto. Elías me miraba comer. No decía nada, solo miraba. Sentí su mirada recorriendo mi cuello, mis hombros, mi vientre. Me sentí sucia, como si me estuviera tocando con los ojos.

—¿Y de qué huyes? —preguntó de repente, cuando me terminé el jugo.

Casi me atraganto. —¿Qué?

—Nadie viaja con una maleta de cartón y zapatos rotos, sola y embarazada, si no está huyendo de algo. ¿Te pegaba?

El aire se me atoró en el pecho. ¿Tan obvia era? ¿Tan transparente era mi desgracia? —Eso no es asunto suyo —respondí, tratando de sonar valiente, pero mi voz tembló.

Elías se encogió de hombros. —Tranquila, no te esponjes. Solo digo que… yo conozco gente. En la ciudad. Gente que ayuda a chavas como tú. Refugios, trabajos sencillos… ya sabes. Si tu “esposo policía” no llega —dijo esto último con un sarcasmo que me heló la sangre—, yo te puedo echar la mano. Tengo una prima que tiene una pensión cerca de la Villa. Barata, limpia. No te pide papeles ni preguntas.

Ahí estaba. La trampa. El cebo. San Isidro del Monte era un infierno, pero era un infierno que yo conocía. La ciudad era un abismo oscuro y este hombre me estaba ofreciendo una escalera que seguro bajaba más profundo.

—Gracias, pero no necesito nada —dije firme, volteándome completamente hacia la ventana, dándole la espalda.

Él no insistió más. Pero no se movió. Se quedó ahí, vigilando, como un coyote esperando a que la presa se canse.

Pasaron dos horas más. El paisaje afuera empezó a cambiar. La oscuridad absoluta del campo se llenó de luces. Primero pocas, luego racimos de focos amarillentos en los cerros, casas de bloque gris apiladas unas sobre otras desafiando la gravedad. La mancha urbana. El monstruo de concreto.

Entramos a la Ciudad de México. El tráfico, incluso a esa hora de la madrugada, era pesado. El autobús empezó a frenar y arrancar. Frenón, acelerón, frenón. Las luces de neón de los anuncios, los espectaculares gigantes, los puentes peatonales que parecían costillas de metal sobre la carretera… todo me abrumaba. Me sentía una hormiga entrando a un hormiguero gigante y furioso.

—Ya vamos a llegar —dijo Elías, poniéndose de pie y estirándose. Su chamarra de cuero crujió—. ¿Segura que no quieres que te acompañe a la salida? La Central es un laberinto.

—Segura.

El autobús entró a los andenes de la Central del Norte. El ruido de los motores retumbaba bajo el techo de lámina inmenso. El olor a diésel quemado y a orina era penetrante. En cuanto el autobús se detuvo y la puerta se abrió con ese siseo neumático, me levanté de un salto. Mis piernas estaban entumidas, los pies tan hinchados que sentía que los zapatos me iban a estallar. Agarré mi maleta y me metí al pasillo antes que nadie, empujando un poco a una señora que venía dormida.

—¡Con permiso, con permiso! —decía yo, urgida por bajar.

Bajé los escalones casi tropezando. El frío del andén era distinto al del pueblo. Era un aire viciado, cargado de esmog y cansancio. Caminé rápido hacia la sala de espera, buscando la luz, buscando gente.

—¡Espera, María! —escuché la voz de Elías detrás de mí.

¿Cómo sabía mi nombre? Me paré en seco. El corazón me golpeaba las costillas. Nunca le dije mi nombre. La Chata… ¿Le dijo don Anselmo? No, imposible. Doña Carmen. Rodrigo. En el pueblo todo se sabe. “Ese hombre te va a buscar”.

El miedo se convirtió en pánico líquido corriendo por mis venas. No volteé. Empecé a caminar más rápido, casi corriendo, cojeando por el dolor de espalda. Entré al edificio principal de la terminal. Era inmenso. Techos altísimos, luces blancas que lastimaban los ojos, pisos de loseta brillante que reflejaban a las cientos de personas que caminaban como zombis con maletas, cajas, bolsas de mandado.

Miré hacia atrás de reojo. Elías venía a unos diez metros, caminando con calma, sin correr, hablando por celular. Me miró y me sonrió. Me estaba pastoreando.

Me mezclé entre un grupo de gente que acababa de bajar de un camión de Veracruz. Eran muchos, traían cajas de huevo amarradas con mecate. Me hice chiquita entre ellos, usando sus cuerpos como escudo. Necesitaba un policía. Busqué uniformes. Vi a dos guardias recargados en una columna, platicando y riéndose, con las macanas colgando del cinturón. Caminé hacia ellos.

Pero antes de llegar, vi que Elías se acercaba a otro hombre que estaba parado cerca de la salida. Un hombre grandote, con corte militar y cara de pocos amigos. Elías me señaló. El grandote asintió y tiró su cigarro al piso. Eran dos. Y los guardias… los guardias ni siquiera volteaban a ver a la gente. En México sabemos que a veces la ley y el crimen duermen en la misma cama. Si iba con ellos y Elías les daba una mordida, me entregaban ahí mismo.

No podía salir por la puerta principal. Me iban a agarrar afuera, en los taxis. El baño.

Giré bruscamente a la derecha y me metí al baño de mujeres. Empujé la puerta y el olor a cloro y suciedad me golpeó. Estaba lleno. Mujeres lavándose los dientes, cambiando pañales, maquillándose. Me fui hasta el fondo, al último cubículo, y me encerré. Puse el seguro. Me recargué contra la puerta metálica, respirando agitada, sintiendo que me iba a desmayar.

—Piensa, María, piensa —me susurré, agarrándome la cabeza. Las lágrimas querían salir, pero no las dejé. Si lloraba, perdía.

Escuché voces afuera. —Oiga, doña, ¿no vio entrar a una muchacha flaquita, panzona, con una maleta de cartón? Es mi hermana, se siente mal y traemos sus medicinas.

Era la voz de Elías. Estaba preguntándole a la señora de la limpieza que cobraba la entrada. —Pues entran muchas, joven. Yo no me fijo. Pero si es hombre no puede pasar. ¡Sálgase! —le contestó la señora con voz de mando. Bendita señora.

—Sí, sí, perdón. Aquí la espero afuera.

Estaba atrapada. Estaba afuera, esperándome como el lobo afuera de la casa de los cerditos. Miré el cubículo. Paredes rayadas con plumón: “Te amo Kevin”, “Puto el que lo lea”, números de teléfono. Miré hacia arriba. El techo era alto. No había ventanas. Miré mi maleta. Mi pobre maleta de cartón. Ahí traía mi única mudada de ropa, mi suéter, la foto de mi mamá. Si salía con ella, me reconocían al instante. Tenía que dejarla.

Me dolió el alma. Era soltar lo poco que me quedaba de mi vida pasada. Pero mi vida valía más que unos trapos viejos. Saqué el suéter extra y me lo puse encima del que ya traía, aunque me asaba de calor. Me solté el pelo, que siempre traía en una trenza apretada, y me lo alboroté para que me tapara la cara. Saqué los billetes que me quedaban y me los metí en el zapato, debajo de la plantilla, dejando solo veinte pesos en la bolsa.

Dejé la maleta en el rincón del baño. —Adiós —le dije.

Esperé diez minutos. Veinte. Escuchaba a la gente entrar y salir. Cuando entró un grupo grande de muchachas, como estudiantes, que venían haciendo mucho ruido, riéndose y platicando, decidí que era el momento. Salí del cubículo. Me lavé la cara rápido con agua fría. Me pegué al grupo de muchachas. —Con permiso, con permiso —me metí en medio de ellas.

Salimos del baño. Mis ojos barrieron el pasillo. Ahí estaba Elías, recargado en la pared de enfrente, mirando el celular. El grandote estaba unos metros más allá, vigilando la otra dirección. Caminé pegada a una chica gordita que traía una mochila enorme. Me encorvé más, fingiendo que cojeaba del otro pie, tapándome la cara con el cabello.

Pasamos frente a él. Sentí su mirada barrer el grupo. Contuve la respiración. Mi bebé se quedó quieto, como si él también supiera que no debía moverse. —…y entonces le dije que no, güey, que se pasaba de lanza… —decía la chica a mi lado. Seguimos caminando. No me gritó. No me agarró del brazo. Lo pasé.

Seguí caminando sin voltear, con el corazón martillándome en la garganta. Llegamos a la salida al metro. El grupo se dispersó. Yo me seguí derecho, bajando las escaleras hacia el metro Autobuses del Norte. No sabía usar el metro. En mi vida me había subido a uno. Solo había visto fotos. Vi que la gente compraba boletos o pasaba tarjetas. Yo no tenía tarjeta. Me acerqué a la taquilla. —Un boleto, por favor —dije, extendiendo mis últimos cinco pesos que traía en la mano. La señora me dio un boletito de papel chiquito.

Pasé los torniquetes. No sabía a dónde iba. Solo sabía que tenía que alejarme de ahí. Bajé al andén. El ruido del tren llegando era ensordecedor, un rugido metálico que hacía vibrar el piso. La gente se empujaba para entrar. Me dejé llevar por la marea humana. Me metieron al vagón a empujones. Quedé aplastada contra una puerta.

El tren arrancó. Me agarré de un tubo de metal. Miré a la gente. Caras cansadas, caras dormidas, caras enojadas. Nadie me miraba. Aquí, en la panza de la bestia, yo era invisible de verdad. Respiré. Había escapado. Por ahora.

Me bajé cinco o seis estaciones después, ni siquiera vi el nombre. Salí a la superficie. Era de noche todavía, o muy temprano en la madrugada. El cielo estaba gris oscuro, sucio. Estaba en una avenida ancha, con edificios viejos y cortinas de acero cerradas con candados. Había basura en las esquinas. Había indigentes dormidos en cartones, bultos de ropa que respiraban.

Caminé. Caminé sin rumbo. El dolor de espalda era insoportable. Sentía piquetes en el vientre. —No nazcas hoy, por favor, no nazcas hoy —rezaba bajito.

Me senté en la banqueta, afuera de una tienda cerrada. El frío del cemento me traspasaba la ropa. Me abracé las rodillas. Estaba sola. Completamente sola en una ciudad de veinte millones de personas. Sin maleta, con cien pesos en el zapato y un hijo en camino.

De repente, una sombra se proyectó sobre mí. Levanté la vista, aterrorizada, esperando ver a Elías o a un policía. Pero era una mujer. Una mujer de la calle, con el cabello enmarañado y oliendo a solvente. —Ese es mi lugar —me dijo, con voz pastosa.

Me levanté rápido, pidiendo perdón. —No sabía, disculpe.

—Lárgate. Aquí no queremos fuereños. Me alejé cojeando. El rechazo de una indigente me dolió más que el hambre. Hasta en la miseria había jerarquías, y yo estaba hasta abajo.

Llegué a una plaza pequeña con árboles secos. Había una iglesia antigua en una esquina, con las puertas cerradas y enrejadas. Me acerqué a las rejas. —San Judas —susurré, agarrando los barrotes fríos—. Me dijiste que viniera. Ya estoy aquí. ¿Y ahora qué?

No hubo respuesta. Solo el ruido de una sirena de ambulancia a lo lejos, aullando como un animal herido. Me senté en los escalones de la iglesia, pegada a la reja. El cansancio me venció. No podía dar un paso más. Si el lobo me encontraba aquí, pues que me comiera. Ya no tenía fuerzas para correr.

Cerré los ojos y caí en un sopor negro, lleno de pesadillas donde Rodrigo y Elías se reían de mí mientras yo corría en cámara lenta.

Desperté con la luz del sol dándome en la cara. El ruido de la ciudad había cambiado. Ya no era un zumbido lejano, era un estruendo de cláxones, voces, motores, música. Abrí los ojos. Había gente pasando frente a mí. Oficinistas corriendo, señoras con bolsas de mandado, niños con uniforme escolar. Me miraban con asco o con lástima, y se apartaban para no rozarme.

Me intenté levantar, pero las piernas no me respondieron. Estaban rígidas. —¡Órale, quítese de ahí que estorba! —un hombre con una manguera estaba lavando la banqueta de la iglesia, echándome el agua a los pies.

Me levanté como pude, mojándome los zapatos rotos. —Perdón, perdón.

Caminé hacia la esquina. El olor a comida me golpeó. Un puesto de tamales. El vapor salía de la olla de aluminio, oliendo a masa, a chile, a hoja de maíz. El estómago se me retorció con violencia. Me acerqué. La señora de los tamales era gorda, con un delantal blanco impecable. Despachaba rápido. —¿De qué va a querer, güera? —me preguntó sin mirarme, sirviendo un atole.

Metí la mano a mi zapato, disimuladamente, y saqué el billete de veinte pesos que había dejado a la mano. Estaba húmedo por el sudor. —Uno de verde, por favor.

La señora me vio la mano sucia, el billete arrugado, mi cara de espanto. Se detuvo un segundo. Me miró a los ojos. Sus ojos eran duros, de comerciante, pero no crueles. —¿Para llevar o para ir comiendo?

—Para ir comiendo.

Me dio el tamal en un papel de estraza y un vaso de atole. —Son veintidós pesos.

Se me cayó el alma a los pies. —Solo… solo tengo veinte —dije, sintiendo la vergüenza quemándome. Le extendí el billete. —Mejor no me dé el atole.

La señora chasqueó la lengua. —Ándele, tenga. Luego me los paga. No me gusta que me desprecien el atole.

Agarré la comida con manos temblorosas. El calor del vaso me revivió los dedos. —Gracias, señora. Dios se lo pague.

Me fui a comer a una jardinera cercana. Devoré el tamal. La salsa verde picaba, pero era un picor sabroso, que despertaba. El atole de arroz me calentó el pecho. Mientras comía, observé. Estaba cerca del centro. Veía edificios de gobierno a lo lejos. Vi a un grupo de mujeres barriendo la calle. Llevaban chalecos naranjas. Vi a otras mujeres vendiendo dulces en canastas.

—Trabajo —pensé—. Necesito trabajo. Hoy.

Me terminé el atole. Me sentía un poco más fuerte. El miedo seguía ahí, agazapado en mi nuca, pero el sol y la comida ayudaban. Empecé a caminar, preguntando en los locales. —Oiga, ¿no necesita quien le lave los pisos? —No. —Oiga, ¿no necesita ayuda en la cocina? —No, ya estamos completos. —Oiga, ¿lavandera?

Nadie quería a una embarazada mugrosa sin referencias. “Vete a tu casa, niña”, me dijo un carnicero. “¿Quién te va a contratar así? Si te pasa algo aquí, me meto en un broncón”.

Llegó el mediodía. El sol caía a plomo. Me sentía mareada otra vez. Llegué a un mercado grande. Mercado de la Merced, decía un letrero despintado. Era un mundo aparte. Pasillos interminables de frutas, verduras, carne, ropa, brujería. El ruido era ensordecedor: “¡Pásale marchanta, qué va a llevar!”, “¡Bara, bara, bara!”, música de banda, gritos de cargadores con diablitos que te atropellaban si no te quitabas.

Me metí entre los puestos, buscando sombra. Y entonces, lo vi. En un puesto de hierbas y veladoras, había una imagen de San Judas Tadeo. Grande, de tamaño natural. Me quedé parada frente a él. Al lado del puesto, había una señora sentada en un banquito, desgranando chiles secos. Era una mujer mayor, de pelo blanco recogido en un chongo, con un mandil de cuadros. Se le cayó un chile al suelo. Intentó agacharse, pero le dolían las rodillas, hizo una mueca de dolor.

Yo, por instinto, me agaché rápido (aunque me costó por la panza) y recogí el chile. —Tenga, señora.

La mujer me miró. Tenía la cara bondadosa. —Gracias, hija. Ya estas rodillas no sirven pa’ nada.

Se me quedó viendo. —Traes cara de que te urge chamba —dijo, directa.

—Sí, señora. De lo que sea. Lavo, plancho, barro, desgrano chiles… lo que sea.

La señora me miró la panza. —¿Y cuándo te alivias?

—Faltan como tres meses… creo.

La mujer suspiró. —Mira, yo no puedo pagarte mucho. Pero mi ayudante se fue ayer con el novio y me dejó tirada la chamba. Necesito quien me ayude a limpiar la hierba y acomodar la mercancía. Te doy cien pesos al día y una comida. ¿Le entras?

Sentí que se me doblaban las rodillas. Cien pesos. Comida. —Sí. Sí, le entro.

—Pues pásale. Deja tus cosas ahí atrás… ah, no traes cosas. Bueno, lávate las manos en esa cubeta y ponte a separar la manzanilla.

Me metí al puesto. Olía a romero, a albahaca, a copal. Un olor limpio. Un olor a refugio. Me lavé las manos. El agua estaba fría. Empecé a trabajar. Mis manos recordaban cómo moverse. Separar, limpiar, amarrar. La señora, que se llamaba Doña Toña, no me preguntó nada. Solo me daba instrucciones. —Ese es pirul, ese va allá. Cuidado con la ruda que mancha.

Trabajé toda la tarde. Me dolía la espalda, se me hincharon más los pies, pero no me importó. Estaba segura. Estaba oculta entre montañas de hierbas. Elías y Rodrigo y el mundo entero podían irse al diablo.

Cuando cayó la tarde, Doña Toña empezó a recoger. —Bueno, hija. Ya estuvo por hoy. Ten. Me dio un billete de cien pesos y una torta de jamón que había sacado de su bolsa. —Gracias, Doña Toña.

—¿Tienes dónde quedarte? —preguntó, mientras cerraba la cortina de metal.

Hubiera querido mentir. Pero estaba cansada de mentir. —No.

Doña Toña me miró. Negó con la cabeza. —Ay, Dios. No cabe duda que Dios aprieta pero no ahorca, pero contigo se pasó de rosca. Se rascó la cabeza. —Mira, yo vivo en un cuartito aquí a la vuelta, en una vecindad. Es un huevo, apenas quepo yo y mis gatos. Pero… pues el piso está parejo. Si quieres tirar unos trapos ahí, pos vente. Pero nomás unos días, ¿eh? En lo que te acomodas.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Otra vez. —Con el piso tengo, señora. Gracias.

Caminamos juntas hacia la salida del mercado. La ciudad ya estaba oscura otra vez. Pero esta vez, yo no iba sola. Llegamos a la vecindad. Un edificio viejo, despintado, con ropa tendida en los barandales y niños jugando fútbol en el patio. Entramos a su cuarto. Olía a gato y a Vick VapoRub. Había un altar enorme a la Virgen de Guadalupe en una esquina, lleno de lucesitas de navidad.

Doña Toña me dio una cobija y señaló un espacio entre la cama y el ropero. —Ahí. Y cuidado con el “Satanás”, ese gato es medio rasguñón.

Me acomodé en el suelo. El piso estaba duro, pero estaba bajo techo. Me comí la torta despacito, saboreando cada bocado. Doña Toña prendió la tele. Estaban pasando las noticias. —…y en otras noticias, se reporta el hallazgo de una mujer golpeada en la carretera cerca de San Isidro del Monte… —dijo el locutor.

Me atraganté con la torta. Doña Toña le subió al volumen. —…al parecer fue un ajuste de cuentas o un asalto. La mujer, de aproximadamente 30 años, no ha sido identificada…

No era yo. Pero San Isidro del Monte estaba en las noticias. El miedo me regresó de golpe. Rodrigo. ¿Qué estaría haciendo Rodrigo? ¿Me estaría buscando? ¿O pensaría que esa muerta era yo? Si pensaba que era yo… tal vez dejaría de buscar. O tal vez no.

Miré a la Virgen en el altar. —Protégeme, madrecita —le pedí mentalmente—. Que no me encuentre. Que piense que me morí. Que me deje en paz.

Doña Toña apagó la tele. —Mundo loco, ¿verdad? Ya duérmete, chamaca. Mañana hay que madrugar. Llega la flor temprano.

Me acosté. El gato “Satanás” se acercó, me olió la cara y se acurrucó en mis pies. Ronroneaba. Puse la mano en mi panza. —Estamos vivos, Frijolito —le susurré—. Estamos vivos y tenemos cien pesos y un gato. Ya ganamos hoy.

Cerré los ojos. La ciudad rugía afuera, llena de lobos como Elías y de monstruos como Rodrigo. Pero aquí adentro, en este cuartito de tres por tres, olía a hierbas santas y había una viejita que roncaba suavemente. La jaula de cemento era enorme y fría, pero yo había encontrado una grieta donde esconderme. Y por primera vez, pensé que tal vez, solo tal vez, iba a lograrlo. Pero no sabía que el destino es tramposo, y que el pasado tiene patas largas para alcanzarte, incluso entre veinte millones de almas.

NOMBRE DE LA PARTE 4: LA SANGRE NUEVA Y EL ADIÓS AL MIEDO

Los días en el Mercado de la Merced no pasan, se atropellan. Son una mezcla chiclosa de olores, gritos, empujones y un cansancio que se te mete en los huesos hasta que se te olvida cómo se sentía descansar. Pero para mí, ese caos bendito fue mi medicina.

Doña Toña no mentía cuando dijo que el cuarto era un huevo. Apenas cabíamos las dos, el altar de la Virgen que siempre tenía la veladora prendida (aunque no tuviéramos para frijoles) y el Satanás, ese gato pinto que al principio me bufaba cada que me veía la panza, como si supiera que ahí dentro venía competencia. Pero ese cuarto, con su olor a humedad y a medicina vieja, era el palacio más seguro que yo había pisado en mi vida.

Mi rutina se volvió sagrada. Levantarse a las cuatro de la mañana, cuando la ciudad todavía es una boca de lobo y el frío cala hasta el alma. Lavarse la cara con el agua helada del tambo comunitario en el patio de la vecindad, donde te encontrabas con las otras inquilinas: la señora de los tamales, las muchachas que trabajaban en las cantinas del centro, los albañiles que salían con los ojos rojos de sueño. Nadie preguntaba nada. En la Ciudad de México, el anonimato es la única religión que todos respetan. “Buenos días”, y a lo que sigue.

Caminábamos al mercado esquivando charcos de agua negra y basura. Doña Toña, a pesar de sus rodillas chuecas, caminaba con un paso firme que yo, con mis seis y luego siete meses de embarazo, apenas podía seguir. —Mueve las patas, hija, que la clientela no espera —me decía, arrebujada en su rebozo.

El puesto de hierbas se convirtió en mi escuela y mi trinchera. Aprendí a diferenciar la ruda del romero, la manzanilla del gordolobo. Aprendí que la gente en esta ciudad carga dolores que no se curan con pastillas. Venían señoras llorando porque el marido se fue con otra, y Doña Toña les vendía “veladora de Ven a Mí” y un ramito de hierbas para “limpiar el aura”. Venían chavos flacos, con la piel gris por el vicio, pidiendo algo para los nervios. Venían madres buscando remedio para el mal de ojo. Y yo ahí, limpiando, amarrando, cobrando, escuchando.

—Tú escucha, María —me decía Toña mientras comíamos tacos de guisado en un banquito de plástico—. El dolor de la gente es igual en todos lados. Nomás cambia el código postal.

Pero el miedo… el miedo es un animal terco. Aunque pasaron las semanas y nadie vino a preguntar por mí, yo vivía con el radar prendido. Cada vez que veía una gorra parecida a la de Elías, el corazón se me paraba. Cada vez que escuchaba una voz norteña, ronca como la de Rodrigo, sentía que las piernas se me hacían de atole. Me dejé crecer el pelo y me lo pinté de negro con un tinte barato que compramos ahí mismo en el mercado. Me puse ropa holgada que Doña Toña consiguió en la paca: pants aguados, suéteres de hombre. —Ya no pareces tú —me dijo Toña un día, viéndome al espejo roto que tenía colgado en la pared. —Esa es la idea —le contesté. Pero por dentro pensaba: Ya no sé ni quién soy. La María que bordaba servilletas y soñaba con una casita pintada de azul se había quedado muerta en la carretera. La que veía en el espejo era una sobreviviente, con la mirada dura y las manos ásperas.

Llegó diciembre. La ciudad se volvió loca. Las calles del centro se llenaron de luces, de gente cargando bolsas, de piñatas colgando en cada esquina. El olor a ponche y a pino peleaba con el esmog. Para mí, fue el mes más difícil. La nostalgia pega más duro cuando todo el mundo finge ser feliz. Me acordé de las navidades con mi mamá, cuando hacíamos buñuelos y nos reíamos de tonterías. Me acordé, con una punzada de dolor que me dio coraje, de la primera Navidad con Rodrigo, cuando me regaló una cadenita de plata y me juró que yo era su reina. ¿Cómo puede un hombre ser cielo y luego infierno? ¿En qué momento se le pudrió el alma?

Una tarde, un 24 de diciembre lluvioso y frío, estábamos cerrando el puesto temprano. El mercado estaba a reventar de gente comprando los insumos para la cena. —Vámonos, hija, que quiero alcanzar a comprar un pollo rostizado —dijo Toña.

Estaba barriendo las últimas hojas secas del piso cuando sentí una mirada. No una mirada cualquiera. Esa sensación eléctrica en la nuca que te avisa que eres presa. Me enderecé despacio, con la escoba en la mano como si fuera un arma. Al otro lado del pasillo, entre un puesto de carnicería y uno de chiles secos, había un hombre. De espaldas. Chamarra de mezclilla con borrega en el cuello. Botas picudas. Se parecía a Rodrigo. La misma altura, la misma forma de pararse, con el peso en una pierna, arrogante. El mundo se me puso en silencio. Los gritos de “¡Llévele, llévele!” se apagaron. Solo escuchaba mi sangre zumbando en mis oídos. Bom, bom, bom.

El hombre se giró. Vi su perfil. La nariz aguileña. La barba cerrada. Se me cayó la escoba. El ruido del palo golpeando el cemento sonó como un balazo. El hombre volteó a verme directamente. Me quedé paralizada. Mis pies estaban clavados al piso. Mi panza, enorme ya de ocho meses, se puso dura como piedra. Me encontró. Dios mío, me encontró.

El hombre dio un paso hacia mí. Cerré los ojos, esperando el golpe. Esperando el grito: “¡Aquí estás, perra maldita!”. —Oiga, seño… —dijo una voz.

Abrí los ojos. El hombre estaba frente a mí. Me miraba con extrañeza. No era Rodrigo. De cerca, era diferente. Tenía una cicatriz en la ceja que Rodrigo no tenía. Sus ojos eran cafés claros, no negros como el carbón. Y su acento… su acento era chilango, cantadito. —Se le cayó su escoba —me dijo, señalando el suelo.

El aire regresó a mis pulmones de golpe, quemándome. Me agaché temblando, casi cayéndome, a recoger la escoba. —Gracias… gracias —balbuceé. El hombre se encogió de hombros y se fue, perdiéndose entre la gente.

Me tuve que sentar en el banquito. Me puse a llorar. No de tristeza, sino de la descarga de adrenalina. Doña Toña regresó en ese momento con el pollo. Me vio temblando, pálida como un papel. —¿Qué pasó? ¿Te sientes mal? ¿Viene el chamaco? —preguntó alarmada, soltando el pollo. —No… no —me sequé las lágrimas con rabia—. Creí ver… creí que era él.

Toña suspiró y se sentó a mi lado, pasándome un brazo por los hombros. —Ay, mi niña. El miedo tiene ojos grandes. Ves fantasmas donde hay gente. —Es que nunca se va a ir, Toña. Siempre voy a estar esperando que aparezca. —Pues que espere sentado el cabrón —dijo ella, con esa voz rasposa de tanto fumar—. Y si aparece, aquí somos un chingo. Tú ya no estás sola en un rancho olvidado de Dios. Aquí, si te toca un pelo, le echamos a los carniceros. Le echamos al barrio entero.

Esa noche, cenando pollo rostizado con tortillas frías en el cuarto, entendí algo. Rodrigo no estaba ahí. Rodrigo estaba a cientos de kilómetros, probablemente emborrachándose y culpándome de su miseria. El monstruo no estaba debajo de la cama. El monstruo estaba en mi cabeza. Y si quería que mi hijo naciera libre, tenía que sacarme al monstruo yo solita.

Enero llegó con sus vientos helados y la famosa “cuesta de enero” donde no caía ni una moneda. Mi embarazo llegó a término. Me sentía una ballena varada. Se me hincharon tanto los pies que ya no me entraban ni las chanclas de Toña. La espalda me mataba. Pero seguía yendo al mercado. No podía darme el lujo de quedarme acostada. —Ese niño va a salir chambeador —bromeaban las vecinas del puesto—. Ya sabe lo que es ganarse la papa.

Fue un martes. Un martes gris y aburrido de febrero. Estaba acomodando unos ramos de pirul cuando sentí la primera contracción. No fue como en las películas, que se rompe la fuente y corres. Fue un dolor sordo, bajito, que me rodeó la cintura y me apretó fuerte, como un cinto de cuero. Me quedé quieta, respirando. —Pasa —le dije a mi panza. Pero no pasó. A los diez minutos, vino otra. Más fuerte. Doña Toña me vio la cara. —¿Ya? —Creo que sí. —¡Ay, Dios santísimo! —Toña, que había enfrentado policías, inspectores y borrachos sin pestañear, se puso pálida—. ¡Lupita! —le gritó a la del puesto de al lado—. ¡Cuídame el changarro! ¡Se nos viene el chilpayate!

Lo que siguió fue una odisea que solo pasa en la Ciudad de México. No teníamos dinero para un taxi. Tuvimos que salir a la avenida y parar un pesero. El chofer no nos quería subir. —¡No, jefa, si me pare ahí, me mancha los asientos! —gritaba el tipo. —¡Cállese el hocico y maneje o le rompo la madre! —le gritó Toña con tal furia que el chofer obedeció.

El camino al Hospital General fue eterno. Cada bache —y en esta ciudad los baches son cráteres lunares— era una tortura. Yo iba mordiendo mi suéter para no gritar. Recordaba las palabras de mi suegra: “Las embarazadas de verdad aguantan. Tú eres floja”. —¡Chinga a tu madre, Carmen! —grité en medio de una contracción. La gente en el pesero se me quedó viendo asustada. Doña Toña me agarró la mano. —Eso, sácalo. Mienta madres, que eso ayuda a empujar.

Llegamos a urgencias. Había gente hasta en los pasillos. Olor a alcohol, a sangre, a sufrimiento. Nos hicieron esperar. “No ha dilatado suficiente”, dijo una enfermera con cara de pocos amigos que ni siquiera me miró a los ojos. Me dejaron en una silla de metal en la sala de espera durante cuatro horas. Cuatro horas de dolor que venía en olas, cada vez más altas, cada vez más violentas.

En esas horas, volví al infierno. El dolor físico me trajo recuerdos que tenía bloqueados. Sentí los golpes de Rodrigo otra vez. Sentí su peso sobre mí cuando me forzaba. Sentí la impotencia. Empecé a llorar, pero no de dolor, sino de pánico. —No puedo, Toña, no puedo —gemía—. No tengo fuerza. Estoy rota. Me rompieron hace mucho.

Doña Toña se agachó frente a mí, agarrándome la cara con sus manos callosas. —Mírame, María. Mírame a los ojos. Levanté la vista. —Tú no estás rota. Estás doblada, pero no rota. Los que te hicieron daño son los que están podridos por dentro. Tú estás a punto de hacer un milagro. Vas a sacar una vida de tu cuerpo. ¿Tú crees que una mujer débil hace eso? —Tengo miedo de que se parezca a él —confesé lo que más me aterraba—. Tengo miedo de verle la cara a mi hijo y ver a Rodrigo.

Toña negó con la cabeza, firme. —Ese niño es tuyo. Es de tu sangre, de tu comida, de tu lucha. Lo que puso el otro no importa. Tú lo hiciste, hueso por hueso. Así que amárrate los ovarios, María Esperanza Velázquez, y entra ahí a pelear por tu hijo.

Me llamaron. Entré sola a la sala de parto. No dejaban pasar familiares. Fue brutal. Fue sangriento. Fue lo más difícil que he hecho en mi vida. No hubo anestesia. Sentí cómo mi cuerpo se abría, cómo se desgarraba para dar paso a la vida. Pujé. Pujé con rabia. Pujé pensando en cada golpe, en cada humillación, y convirtiendo eso en fuerza bruta. Pujé por mi mamá. Pujé por La Chata. Pujé por mí.

Y entonces, el silencio se rompió. Un llanto. Fuerte, claro, exigente. —Es un varón —dijo el doctor, levantando una cosa morada y arrugada cubierta de sangre y vernix.

Me lo pusieron en el pecho. Estaba caliente. Pesado. Abrí los ojos para verlo, con el corazón en la garganta, temiendo ver los ojos de Rodrigo. El bebé abrió sus ojitos. Eran dos ranuras hinchadas. Me miró. O eso sentí yo. No se parecía a nadie. Se parecía a él mismo. Tenía mi boca. Tenía mi barbilla. Le toqué la manita y me agarró el dedo con una fuerza increíble. No sentí miedo. Sentí una ola de amor tan grande, tan salvaje, que borró todo lo demás. Borró el dolor, borró el hambre, borró a Rodrigo. —Gabriel —susurré. No sabía de dónde había salido el nombre, pero supe que era ese—. Te llamas Gabriel. Porque traes buenas noticias.

Me quedé en el hospital dos días. Cuando me dieron de alta, surgió el problema. El registro. La trabajadora social llegó con los papeles. —Nombre del padre —preguntó, con la pluma sobre el papel. El cuarto se quedó en silencio. Doña Toña estaba a mi lado, cargando la pañalera que había conseguido regalada. Mi corazón empezó a latir rápido. Si ponía el nombre de Rodrigo… si algún día él lo buscaba… si los papeles llegaban al pueblo… Pero si no lo ponía, mi hijo sería “hijo natural”. En México, eso todavía pesa. La gente juzga. “Bastardo”, dirían.

Miré a Gabriel, dormido en mis brazos, ajeno a todo. Levanté la vista hacia la trabajadora social. —No tiene padre —dije, con voz clara y fuerte. La mujer levantó una ceja, juzgona. —¿Madre soltera? —Madre autónoma —corrigió Doña Toña desde la esquina, cruzada de brazos.

—Solo mis apellidos —dije—. Gabriel Velázquez. Así se va a llamar. La mujer escribió. Sentí que me quitaba una cadena de cien kilos de encima. Mi hijo era mío. Y de nadie más. Rodrigo Herrera no existía en este papel. Se había acabado su linaje de violencia. Aquí empezaba el mío.

Salimos del hospital. El sol de la tarde nos recibió. La ciudad seguía rugiendo, indiferente, ruidosa, sucia y hermosa. Tomamos un taxi (esta vez Toña pagó con gusto). Llegamos a la vecindad. Los vecinos habían colgado un letrero mal hecho en la puerta de mi cuarto: “Bienvenido Gabriel”. Habían juntado una cuna vieja, ropita usada, paquetes de pañales. Esa noche, sentada en la cama con mi hijo comiendo de mi pecho, el Satanás ronroneando a mis pies y Doña Toña roncando en el suelo, supe que había ganado.


(Un año después)

—¡Pásale, marchanta! ¡Tengo ruda fresca, tengo albahaca pa’ la buena suerte! Mi voz ya no tiembla. Mi voz resuena en el pasillo 4 del mercado de la Merced. He cambiado. Tengo los brazos más fuertes de cargar cajas y cargar niño. Tengo ojeras permanentes, pero ya no son de llorar, son de no dormir porque a Gabriel le están saliendo los dientes. Gabriel está en un corralito improvisado detrás del mostrador, jugando con una sonaja hecha de una botella de plástico con frijoles. Es un niño risueño, gordito, con unos ojos enormes que se comen el mundo. Doña Toña ya casi no viene. Sus rodillas ya no le dan. Yo me encargo del puesto. Le llevo su dinero y su comida todos los días. Ahora ella es la que me espera.

A veces, cuando la lluvia golpea el techo de lámina del mercado, todavía me acuerdo. Me acuerdo del frío de San Isidro del Monte. Me acuerdo del sonido de la puerta cerrándose. Pero ya no me paralizo. Hace poco, me enteré por una paisana que vino a comprar hierbas que Rodrigo se juntó con otra mujer. Dicen que le pega. Dicen que ella está embarazada. Me dolió el corazón por ella. Recé por ella esa noche. Le pedí a San Judas que le diera la fuerza para agarrar su maleta de cartón. Pero por mí… por mí ya no sentí nada. Ni odio. El odio ata. Y yo me solté.

Estoy ahorrando. Tengo un frasco de mayonesa lleno de billetes escondido. Quiero poner mi propio puesto. Quiero que Gabriel vaya a la escuela. Quiero comprarle zapatos nuevos, no de los que le quedan grandes. No soy rica. A veces comemos puro arroz. A veces tengo miedo de que suban la renta. Pero soy libre. Nadie me dice qué hacer. Nadie me levanta la mano. Nadie me dice que no sirvo.

Miro mis manos. Están maltratadas, con tierra bajo las uñas, con callos. Son manos feas, diría Rodrigo. Son manos hermosas, digo yo. Son las manos que construyeron una vida desde las cenizas.

Llega una clienta. Una muchacha joven, con lentes oscuros aunque está nublado, y un moretón asomando apenas en el cuello de su blusa. Tiembla. Me mira con miedo. —¿Tiene… tiene algo para la tristeza? —pregunta bajito.

Dejo lo que estoy haciendo. Me limpio las manos en el delantal. La miro a los ojos. Veo el mismo abismo que yo tenía hace un año y medio. Veo el silencio. Salgo del mostrador. —Tengo algo mejor —le digo suavemente—. Tengo un té que calma los nervios… y tengo tiempo para escuchar. Siéntate, mija. Aquí nadie te va a hacer daño.

La muchacha se sienta. Se quita los lentes. Llora. Y yo empiezo a hablar. Le cuento que hay salida. Le cuento que duele, pero se puede. Le cuento que la libertad huele a miedo al principio, pero luego huele a gloria.

Porque mi historia no se terminó cuando me subí a ese camión. Mi historia se escribe cada día que amanezco sin golpes. Y ahora, mi historia sirve para que otras escriban la suya. Gabriel se ríe en su corralito. El sonido más bonito del mundo. El sonido de que la cadena se rompió.

FIN.

BTV

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