
Me llamo Rosa. Y sí, soy la que todos señalaban con el dedo.
Para la gente de San Isidro, yo no era una vecina, era “la loca de la cueva”. Me veían bajar al pueblo con mi canastita de ixtle y mis hierbas, y en lugar de un “buenos días”, recibía susurros venenosos.
—Mira, ahí va. Vive como animal en ese agujero —decían en la cantina, entre tragos de mezcal, creyendo que yo no escuchaba.
Pero yo escuchaba todo. Y dolía.
Mi único delito fue ser pobre y llegar a la sierra sin familia, sin dinero y sin un apellido que pesara. Encontré paz en esa cueva fría que para ellos era vergüenza, pero que para mí fue libertad. Ahí, entre mi fogón y mis piedritas de colores, nadie me golpeaba, nadie me gritaba.
Hasta que esa tarde de octubre, el aire cambió.
El cielo se puso negro, pesado, como si estuviera enojado con nosotros. Yo conozco el monte; sé leer las señales. Los pinos se doblaban como si rezaran y supe que no era una lluvia cualquiera.
Aseguré mi entrada con piedras y miré hacia abajo. Quise correr, gritarles: “¡Escóndanse! ¡Viene feo!”. Pero me imaginé sus risas. “La loca exagera, no manches”.
Y entonces, se soltó el infierno.
El viento arrancaba láminas como si fueran papel. El arroyo se convirtió en un río bravo de lodo y furia. Desde mi altura, con el corazón en la garganta, los vi.
Eran cinco.
Estaban atrapados en la calle principal. Un señor ya mayor se cayó al suelo, sus piernas no le respondían. Una mujer abrazaba a dos niños, llorando, mientras un muchacho trataba de cubrirlos, pero el viento los empujaba como hojas secas.
Una lámina voló rozándoles las cabezas. Si no salían de ahí en segundos, el agua se los iba a tragar.
El miedo me paralizó. Eran los mismos que me miraban con asco. Los mismos que me negaban el saludo.
¿Por qué tenía que ser yo? ¿Por qué la vida me ponía en esta encrucijada?
Podía quedarme seca y segura en mi cueva. Nadie me culparía. Nadie sabría siquiera que los vi m*rir.
Pero el llanto de esos niños me llegó hasta el alma, más fuerte que el trueno.
Hice lo impensable.
Salí de la cueva. Me lancé directo hacia la bestia de viento y agua.
LO QUE PASÓ ABAJO CUANDO ME VIERON LLEGAR NO FUE UN RESCATE… FUE ALGO QUE CAMBIARÍA NUESTRAS VIDAS PARA SIEMPRE. ¿ESTABAN LISTOS PARA ACEPTAR LA MANO DE LA “LOCA”? ‼️
PARTE 2: EL DESCENSO AL INFIERNO Y EL SANTUARIO DE PIEDRA
El primer paso fuera de la cueva casi me cuesta la vida.
No exagero. En cuanto mis huaraches tocaron la piedra mojada de la entrada, el viento me recibió con una bofetada invisible que me tiró de rodillas. No era aire lo que corría por la Sierra Madre esa tarde; era rabia pura. Era como si el mismo Diablo hubiera decidido soplar para borrar a San Isidro del mapa. Me abracé a una raíz de mesquite que sobresalía de la pared de roca, sintiendo cómo el agua helada se me colaba hasta los huesos en cuestión de segundos. Mi rebozo, ese viejo pedazo de tela que había sido mi único abrazo en las noches frías, se empapó al instante, pesando como si cargara plomo.
“Regrésate, Rosa”, me gritó una voz en la cabeza. “Regrésate a tu fogón, a tu rincón seco. Ellos no moverían ni un dedo por ti”.
Miré hacia abajo, hacia el borrón gris y negro que era el pueblo. Entre la cortina de lluvia, apenas se distinguían las luces parpadeantes y las sombras de la destrucción. Pero sabía que estaban ahí. Esas cinco almas. La familia atrapada. Si yo no bajaba, el arroyo, que ya rugía como una bestia hambrienta, se los iba a llevar. Y Dios sabe que, aunque me hubieran escupido al pasar, yo no tenía el corazón para ver morir a nadie.
Me persigné rápido, una cruz mal hecha sobre el pecho empapado, y me lancé.
El camino que yo conocía de memoria, ese sendero de cabras por el que subía y bajaba con mis hierbas, había desaparecido. En su lugar había una resbaladilla de lodo chicloso y piedras sueltas. Bajaba casi a gatas, clavando las uñas en la tierra, raspándome las palmas, resbalando y cayendo de sentón una y otra vez. El dolor en las rodillas era agudo, pero el miedo era más fuerte.
—¡Virgencita, no me sueltes! —gritaba, pero el viento se tragaba mis palabras.
A medio camino, un pino viejo crujió con un sonido que pareció un disparo de escopeta. Lo vi venirse abajo a unos metros de mí, arrastrando piedras y arbustos, bloqueando el paso habitual. Tuve que rodear, metiéndome entre zarzales que me rasguñaban la cara y los brazos. Sentía la sangre caliente mezclarse con la lluvia fría en mis mejillas, pero no me detuve. Mi “locura”, esa de la que tanto se burlaban, en ese momento era mi gasolina.
Cuando por fin llegué al nivel del pueblo, el ruido era ensordecedor. Ya no era solo el viento; era el crujir de maderas, el estallido de vidrios y el rugido del agua. El arroyo, que normalmente era un hilo tranquilo donde las señoras lavaban ropa, se había desbordado, convirtiendo la calle principal en un río violento de color chocolate que arrastraba sillas, ramas, basura y hasta animales muertos.
Los vi. Estaban aferrados a un poste de luz de concreto, lo único sólido en medio de la corriente que les llegaba ya a la cintura.
El hombre mayor, el que yo había visto caer desde arriba, era Don Evaristo. Lo reconocí al instante. Era el dueño de la ferretería, el mismo que una vez me echó a gritos de su banqueta porque decía que mi presencia “espantaba a la clientela decente”. Ahora, el “decente” Don Evaristo tenía la cara desencajada por el terror, pálida como cera, y apenas podía sostenerse.
La mujer era su nuera, Lucía. La que siempre cruzaba la calle y jalaba a sus hijos cuando me veía venir, como si yo tuviera lepra. Tenía a los dos niños pegados al pecho, gritando cosas que yo no alcanzaba a oír. El muchacho joven, su hijo mayor, trataba de hacer escudo con su cuerpo contra la corriente, pero se notaba que las fuerzas se le acababan.
Me paré en la orilla, donde el agua todavía no era profunda pero ya jalaba con fuerza.
—¡DON EVARISTO! —grité con todo lo que me daban los pulmones.
Nadie me escuchó. El estruendo de la tormenta era dueño de todo.
Tuve que meterme.
El agua estaba helada, de ese frío que entumece los músculos y te hace doler los huesos. Di un paso y sentí cómo la corriente quería tirarme. Avancé otro. El lodo del fondo me chupaba los huaraches. Caminé luchando contra el peso del agua hasta llegar a donde estaban.
Toqué el hombro del muchacho y él se giró de golpe, con los ojos desorbitados, esperando ver a la muerte. Cuando vio mi cara, sus ojos se abrieron aún más. No era alivio lo que vi en su mirada al principio; era incredulidad.
—¿Rosa? —pudo articular sus labios, aunque no oí la voz.
—¡Tienen que salir de aquí! —les grité, escupiendo agua—. ¡El arroyo va a subir más! ¡Viene una cabeza de agua!
Lucía me miró. En sus ojos vi el momento exacto en que el orgullo se le rompió. Esa mujer que me miraba con desprecio, ahora me miraba como si yo fuera un ángel bajado del cielo, aunque yo me viera como una bruja mojada y llena de lodo.
—¡Ayúdanos, por favor! —chilló ella, extendiéndome una mano temblorosa—. ¡Mi suegro no puede caminar!
—¡Agárrense de mí! —ordené. Mi voz salió ronca, autoritaria, una voz que yo misma desconocía. No era la voz de la Rosa sumisa que agachaba la cabeza. Era la voz de la Rosa que sobrevivía sola en la montaña.
Me acerqué a Don Evaristo. El hombre estaba en shock, temblando incontrolablemente. —¡Don Evaristo! ¡Órale! ¡No se me muera aquí! —Le agarré el brazo con fuerza. Él me miró, y juro que vi vergüenza en su fondo, pero el instinto de supervivencia pudo más. Se apoyó en mí. Pesaba mucho, pero la adrenalina me dio fuerzas que no sabía que tenía.
—¡Muchacho, agarra a tu hermano! ¡Lucía, no sueltes a la niña! —grité, organizando aquel desastre—. ¡Vamos hacia la peña! ¡Ahí no llega el agua!
El regreso a la orilla fue una pesadilla. Cada paso era una batalla ganada a la muerte. El agua nos golpeaba las piernas con troncos y piedras. Una rama gruesa golpeó a Lucía en la espalda y casi suelta a la niña, pero alcancé a jalarla del vestido.
—¡No la sueltes, carajo! —grité, usando una grosería que nunca decía.
Cuando por fin pisamos tierra firme, lejos de la corriente principal, todos caímos al suelo, tosiendo y jadeando. Pero no estábamos a salvo. Estábamos a la intemperie, bajo la lluvia que caía como latigazos, y los techos de las casas cercanas estaban volando por los aires. Una lámina de zinc pasó volando a unos metros de nosotros y se incrustó en la pared de una casa como si fuera una navaja gigante. Si nos quedábamos ahí, algo nos iba a matar.
—No podemos quedarnos —dije, limpiándome el lodo de los ojos—. Tienen que subir conmigo. —¿Subir? ¿A dónde? —preguntó el muchacho, tiritando. —A la cueva —respondí seca.
Se hizo un silencio extraño, incluso en medio del huracán. Se miraron entre ellos. La famosa cueva. El lugar del “animal”. El agujero de la “loca”.
—Es eso o morirse aquí —les solté, sin darles tiempo a sus prejuicios—. Arriba está seco. Arriba el viento no pega igual.
Don Evaristo intentó hablar, pero solo le castañeaban los dientes. Asintió con la cabeza, derrotado.
El ascenso fue mil veces peor que mi bajada.
Si bajar sola fue difícil, subir cargando a un anciano y guiando a una mujer y tres niños bajo un huracán era una misión suicida. Pero no había de otra.
—Pisen donde yo piso —les instruí—. No pisen las piedras lisas, pisen donde haya pasto o raíz.
Yo iba adelante, cargando casi todo el peso de Don Evaristo sobre mi hombro derecho. El viejo pesaba como un costal de maíz mojado. Sentía su respiración agitada en mi oreja, y sus manos, esas manos que siempre contaban billetes, ahora se aferraban a mi ropa sucia como garras.
—Perdón… —susurró en un momento, cuando casi nos caemos los dos—. Perdón, Rosa.
No le contesté. No era momento para perdonar, era momento de sobrevivir.
El camino se había vuelto un río de lodo. Avanzábamos un metro y resbalábamos medio. Los niños lloraban, y Lucía, la siempre perfecta Lucía con sus zapatos limpios, ahora gateaba por el fango, empujando a sus hijos por las nalgas para que subieran.
—¡Ya falta poco! —les mentí. Faltaba más de la mitad.
Hubo un momento crítico. Llegamos a la parte donde el pino se había caído. El paso estaba bloqueado por el tronco enorme y las ramas espinosas. Abajo, el precipicio. Arriba, la pared de roca.
—No podemos pasar —gritó el muchacho, desesperado.
—Sí podemos —dije, aunque yo también dudaba—. Hay que pasar por debajo del tronco. Hay un hueco. Pero rápido, que la tierra se está aflojando.
Pasé yo primero, arrastrándome en el lodo, jalando a Don Evaristo. El espacio era estrecho, olía a tierra mojada y resina. El viejo gimió de dolor cuando una rama le raspó la pierna, pero lo jalé sin piedad.
—¡Pase, don, pase!
Luego pasaron los niños, llorando de miedo a la oscuridad del hueco. Y al final, Lucía y el muchacho. Apenas salió el último, un pedazo de tierra cedió y tapó el hueco por donde habíamos pasado. Nos quedamos mirando el derrumbe, con el corazón a mil.
—¡Sigan! —ordené.
Cuando por fin, después de lo que parecieron horas, vimos la boca negra de la cueva, fue como ver las puertas del cielo.
—¡Entren! ¡Al fondo! —les grité.
Entraron trastabillando, cayendo sobre el suelo de tierra seca. Yo entré al último y, con las pocas fuerzas que me quedaban, volví a colocar las piedras grandes en la entrada para bloquear el viento, dejando solo una rendija pequeña para que entrara algo de aire pero no el agua.
El silencio repentino nos golpeó.
Afuera, el mundo se estaba acabando. Adentro, solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el goteo de nuestra ropa empapada.
Estaba oscuro, apenas iluminado por los relámpagos que se colaban por las grietas. Me moví rápido, de memoria, porque esa era mi casa. Fui a mi rincón seco, donde guardaba mi yesca y mis leños protegidos con un cuero viejo.
—¿Qué… qué es este lugar? —preguntó la niña pequeña, con voz temblorosa.
—Es mi casa —dije, mientras frotaba el pedernal.
La chispa saltó y prendió la hoja seca. Soplé suavemente, alimentando la flama, y poco a poco, el fuego cobró vida. La luz anaranjada empezó a bailar en las paredes de roca, iluminando la escena.
Y entonces, los vi mirarme. Y ellos me vieron a mí.
Pero sobre todo, vieron mi cueva.
Se quedaron pasmados. Creo que esperaban encontrar un nido de ratas, basura, huesos, inmundicia. Lo que el pueblo decía que era.
En su lugar, la luz del fuego reveló mi piso barrido, limpio hasta no dejar ni una piedrita suelta. Vieron mis estantes hechos con piedras planas apiladas, donde tenía mis frascos de vidrio (que rescaté de la basura y lavé mil veces) llenos de hierbas secas, ordenados por tamaño y color. Vieron mi “cama”, un lecho elevado de ramas tejidas cubierto con mucho zacate limpio y seco, y mi cobija remendada, doblada perfectamente en la esquina.
Vieron mi altarcito: un nicho en la roca donde tenía una estampa vieja de la Virgen de Guadalupe que encontré tirada una vez, rodeada de esas piedritas de colores brillantes que juntaba en el río y flores secas de bugambilia.
Era pobre. Era una cueva. Pero estaba limpia, olía a copal y a hierbabuena, y tenía una dignidad que les cerró la boca.
—Siéntense cerca del fuego —les dije, rompiendo el momento—. Tienen que secarse o les va a dar pulmonía.
Se acercaron al fogón, tímidos, como si fueran intrusos en un templo. Don Evaristo se dejó caer cerca del calor, frotándose las manos moradas. Lucía abrazó a sus hijos y miró alrededor con los ojos muy abiertos.
—Rosa… —empezó a decir Lucía, pero se le quebró la voz.
—Ahorita no hablemos —la corté, no por grosería, sino porque no tenía fuerzas para reclamos ni disculpas—. Hay que calentar el cuerpo.
Me puse a trabajar. Puse mi ollita de barro con agua del hilito del manantial sobre el fuego. Busqué en mis frascos: gordolobo para el pecho, un poco de canela que guardaba como un tesoro para ocasiones especiales, y hierba de limón.
Mientras el agua hervía, saqué unos trapos secos que tenía guardados. Eran pedazos de ropa vieja que yo lavaba en el río, pero estaban limpios y secos.
—Tengan —se los di—. Séquense la cabeza y los pies. Es lo más importante.
Ellos obedecieron sin chistar. El “animal” les estaba dando órdenes y ellos, la gente “bien” de San Isidro, obedecían.
Cuando el té estuvo listo, lo serví en mi única taza buena y en un par de jarritos de barro despostillados que tenía.
—Beban despacio —les indiqué—. Está caliente.
Don Evaristo tomó el jarrito con sus manos temblorosas. Tomó un sorbo y cerró los ojos. Suspiró. Un suspiro largo y profundo.
—Gracias —dijo, y esta vez me miró a los ojos. Ya no había desprecio. Había miedo, sí, y cansancio, pero también había algo nuevo: reconocimiento. Me estaba viendo a mí, no a la loca.
La noche cayó por completo. Afuera, el huracán seguía rugiendo, golpeando la montaña como si quisiera derribarla, pero adentro, la cueva aguantaba. Mi cueva. Mi refugio.
Nos acomodamos como pudimos. Le cedí mi cama de zacate a Lucía y a los niños. Don Evaristo se acomodó sobre unos costales. Yo me senté en el suelo, recargada en la pared, vigilando el fuego.
Nadie dormía. El miedo a que la cueva se viniera abajo o a que el pueblo desapareciera nos mantenía despiertos.
—Yo dije que robabas las gallinas de Doña Chona —soltó de repente el muchacho, rompiendo el silencio. Estaba mirando el fuego.
Me giré a verlo. —¿Qué?
—Hace un mes. Cuando se le perdieron las gallinas. Yo le dije a todos en la plaza que seguro habías sido tú, para comértelas aquí arriba crudas.
Sentí un piquete en el pecho. Recordaba ese chisme. Recordaba cómo me apedrearon ese día cuando bajé por agua.
—Nunca he robado nada —dije suavemente—. Como quelites, verdolagas y lo que el monte me da. Y cuando tengo suerte, alguien me regala un taco. Pero robar, nunca.
El muchacho bajó la cabeza. —Ya lo sé. Ahora lo sé. Perdón.
Lucía se sorbió la nariz. —Y yo… yo les decía a mis hijos que si no se portaban bien, tú vendrías a llevártelos. Que eras una bruja.
Miré a los niños, que dormitaban en mi cama. —No soy bruja. Solo soy una mujer que no tuvo suerte en la vida, señora.
Don Evaristo, desde su rincón, carraspeó. —No, Rosa —dijo con voz ronca—. La suerte no tiene nada que ver. Tú tienes algo que nosotros no. Nosotros tenemos casas de ladrillo y techos caros, y mira… volaron con el viento. Tú tienes un agujero en la piedra, y aquí estamos, vivos gracias a ti.
Se hizo un silencio espeso. Las palabras flotaban en el aire, mezcladas con el humo de la leña.
—Me juzgaron sin conocerme —dije, y por primera vez dejé salir el dolor, no el coraje, sino la tristeza—. Me quitaron mi nombre y me pusieron “loca”. Y eso duele más que el frío, Don Evaristo. Eso duele más que el hambre.
El viejo asintió lentamente. —Lo sé. Y sé que nada de lo que digamos ahorita va a borrar eso. Pero quiero que sepas algo, Rosa. Si salimos de esta… si amanecemos… nadie en San Isidro va a volver a hablar mal de ti mientras yo tenga boca.
Quise llorar, pero me aguanté. No quería su lástima ni sus promesas de político. Solo quería que pasara la tormenta.
—Duerman —les dije—. Yo vigilo el fuego.
Y así pasaron las horas. Largas. Eternas.
Yo miraba las llamas y pensaba en las vueltas que da la vida. Ayer, yo era la basura del pueblo. Hoy, era la guardiana de sus vidas. En mi cueva, rodeada de mis cosas “sin valor”, tenía a la familia más rica del pueblo durmiendo en mi petate, tapados con mi cobija remendada.
La ironía era tan grande que casi me daba risa, si no fuera por la tragedia que rugía afuera.
Hacia la madrugada, el viento empezó a calmarse. Ya no era un aullido, sino un silbido triste. La lluvia bajó de intensidad.
Me acerqué a la entrada y moví una piedra.
El aire que entró olía a tierra revuelta, a pino roto y a humedad. Empezaba a clarear. Una luz gris, lechosa, se colaba por el horizonte.
—¿Ya pasó? —preguntó Lucía, despertándose de un salto.
—Lo peor ya —le contesté.
Despertaron a los demás. Estaban entumidos, sucios, con la ropa arrugada y manchada de lodo seco, pero vivos.
—Vamos a ver —dijo Don Evaristo, apoyándose en el muchacho para levantarse.
Salimos de la cueva.
Lo que vimos nos dejó sin aliento.
San Isidro ya no era San Isidro. Era un campo de batalla.
Desde la altura, se veía el desastre. Donde había calles, ahora había ríos de lodo. Faltaban techos por todos lados. La torre de la iglesia estaba mocha; la cruz había desaparecido. Árboles centenarios estaban arrancados de raíz como si fueran hierba mala.
Se escuchaban gritos lejanos, llantos, gente llamando a sus familiares.
Lucía se tapó la boca y empezó a llorar en silencio al ver su casa, o lo que quedaba de ella. El techo había desaparecido y una pared estaba derrumbada.
—Mi casa… —sollozó—. Todo nuestro esfuerzo…
—Están vivos —le recordé, poniendo una mano en su hombro. Ella se giró y me abrazó. Me abrazó fuerte, sin importarle mi olor a humo y a monte, ni mi ropa vieja. —Gracias, Rosa. Gracias.
Empezamos el descenso. El camino estaba destrozado, pero ya no llovía. El lodo estaba resbaloso, pero con la luz del día era más fácil ver dónde pisar.
Al llegar abajo, el pueblo era un caos. La gente deambulaba como zombis, cubiertos de barro.
Cuando entramos a la calle principal, algunos se nos quedaron viendo.
Imaginen la escena: Don Evaristo, el hombre más orgulloso del pueblo, venía apoyado en mí, en “la loca”. Lucía y los niños venían detrás, sucios pero sanos.
—¡Es Don Evaristo! —gritó alguien. —¡Están vivos! —gritó otro.
Corrieron a abrazarlos. Vecinos, amigos. Lloraban, se tocaban para ver si era real.
Yo me hice a un lado. Mi misión había terminado. Ya estaban con los suyos. Sentí esa punzada de soledad de siempre. Ellos pertenecían ahí, al pueblo. Yo pertenecía a mi cueva.
Di media vuelta para irme, para regresar a mi silencio antes de que empezaran las preguntas incómodas.
—¡Esperen! —La voz de Don Evaristo tronó, imponiéndose sobre el barullo.
Todos callaron.
El viejo se soltó de su hijo y se giró hacia mí. —¿A dónde vas, Rosa?
—A mi casa, Don —le dije.
—No —dijo él, negando con la cabeza—. Tú no te vas a ir a esconder allá arriba. No hoy.
Caminó hacia mí, cojeando, y se paró frente a todos. La gente miraba, confundida. ¿Qué hacía Don Evaristo hablando con la loca?
—Escúchenme todos —dijo el viejo, alzando la voz para que lo oyeran hasta los que estaban sacando lodo de sus casas—. Mírenla. Mírenla bien.
Sentí que la cara me ardía. Quería que la tierra me tragara.
—Ustedes la llaman “loca” —siguió Don Evaristo, señalándome—. La hemos llamado animal, bruja, pordiosera. Nos hemos burlado de ella. Le hemos negado un vaso de agua.
La gente empezó a bajar la mirada. Había vergüenza en el ambiente.
—Pues sepan una cosa —la voz de Don Evaristo se quebró, pero siguió—. Esta mujer, esta “loca”, anoche se jugó la vida por nosotros. Se metió al arroyo cuando nadie más lo hizo. Nos cargó. Nos dio su techo, su comida y su cama, mientras nosotros la tratábamos como basura.
El silencio era total. Solo se oía el correr del agua.
—Si yo estoy vivo, es por ella —dijo Lucía, dando un paso al frente y tomándome la mano—. Si mis hijos están vivos, es por Rosa.
—Desde hoy —sentenció Don Evaristo—, quien le falte al respeto a Rosa, me está faltando al respeto a mí. Quien le niegue ayuda, me la niega a mí. ¿Entendido?
Nadie dijo nada, pero vi cabezas asentir. Vi ojos llorosos. Vi arrepentimiento.
—Ven, Rosa —dijo el viejo—. Vamos a ver qué quedó de la tienda. Si hay comida, es tuya. Si hay cobijas, son tuyas.
—No quiero nada regalado, Don —le dije, con mi orgullo intacto.
—No es regalo, mujer —me sonrió, una sonrisa cansada pero sincera—. Es justicia. Y además… creo que voy a necesitar una socia que sepa de hierbas, porque la farmacia se la llevó el río y tú eres la única que sabe curar aquí.
Me quedé parada ahí, en medio del lodo y la destrucción, sintiendo por primera vez en tres años que el sol me calentaba de verdad. No el sol de la sierra, sino el sol del calor humano.
Miré hacia mi cueva, allá arriba, chiquita y oscura. Seguiría siendo mi refugio, sí. Pero quizás, solo quizás, ya no tenía que ser mi prisión.
—Ándele pues —le dije, y le ofrecí mi brazo para que se apoyara—. Vamos a ver qué salvamos.
Caminamos juntos hacia las ruinas del pueblo. La tormenta nos había quitado todo, pero a mí, curiosamente, me lo había dado todo. Me había devuelto mi nombre.
Ya no era la loca. Era Rosa. Y San Isidro, aunque roto, empezaba a verse diferente.
PARTE 3: LA CURANDERA DEL PUEBLO Y LA RAIZ DEL PERDÓN
Caminar del brazo de Don Evaristo por la calle principal de San Isidro fue, sin duda, el trayecto más largo y extraño de mi vida. No porque la calle fuera inmensa —apenas eran unas cuadras de tierra ahora convertidas en fango—, sino porque sentía el peso de cien pares de ojos clavados en mi espalda. El silencio del pueblo solo se rompía por el sonido chicloso de nuestros pasos despegándose del lodo y algún sollozo lejano.
Yo, Rosa, la mujer que hasta ayer caminaba pegada a las paredes para no ensuciar la vista de los “decentes”, ahora iba sostenida por el hombre más rico de la región. Sentía su brazo temblar bajo la tela mojada de su camisa. No temblaba de frío, ni siquiera de miedo; temblaba porque su mundo, ese que él creía hecho de concreto y dinero eterno, se había desmoronado en una sola noche. Y yo, que nunca tuve mundo, era su único pilar.
Llegamos a lo que quedaba de su tienda y farmacia. O más bien, a lo que ya no quedaba.
La fachada de “La Providencia”, con sus letras doradas que siempre brillaban al sol, estaba partida a la mitad. El techo de lámina y vigas había colapsado hacia adentro, como si un gigante lo hubiera aplastado con el puño. Adentro, donde antes había estantes ordenados con latas de atún, sacos de frijol y vitrinas llenas de medicinas de patente, ahora solo había una mezcla irreconocible de vidrio roto, cartón deshecho y lodo pestilente.
Don Evaristo se soltó de mi brazo y dio dos pasos hacia el desastre. Se llevó las manos a la cabeza y soltó un gemido que me partió el alma, un sonido seco, como de rama vieja al quebrarse.
—Todo… —murmuró—. Se acabó todo. Las medicinas, Rosa. El antibiótico, la insulina, las vendas. No queda nada.
El muchacho, su nieto mayor, se acercó pateando un frasco de jarabe para la tos que flotaba en un charco sucio. Estaba roto. El líquido rojo se mezclaba con el agua negra.
—Abuelo, podemos rescatar algunas latas —dijo el chico, tratando de sonar animado, aunque se le notaba el miedo en la voz—. Mira, allá al fondo se ven unos costales de arroz que a lo mejor no se mojaron tanto.
Pero Don Evaristo no escuchaba. Estaba mirando el mostrador de la farmacia, aplastado bajo una viga maestra.
—La gente se va a enfermar —dijo el viejo, girándose hacia mí con los ojos vidriosos—. Rosa, tú sabes de esto. Con tanta agua estancada, con los animales muertos que bajaron del cerro… se nos vienen las infecciones. Se nos viene el cólera, el tétanos, las fiebres. Y yo… yo no tengo ni una aspirina para darles.
Me quedé parada ahí, apretando mi rebozo empapado. Tenía razón. El huracán solo había sido el primer golpe. Lo que venía después —la enfermedad y el hambre— solía ser más cruel porque mataba despacio.
Miré a mi alrededor. La gente empezaba a acercarse. Ya no me miraban con asco. Me miraban con una mezcla de curiosidad y desesperación. Veían a su patrón derrotado y, sin quererlo, sus ojos buscaban otra respuesta.
—No necesitamos aspirinas, Don Evaristo —dije. Mi voz salió firme, sorprendiéndome a mí misma.
El viejo me miró, confundido. —¿Cómo que no? ¿Estás loca? Perdón… no quise decir…
—No se preocupe —le sonreí levemente—. Pero escúcheme. Sus pastillas se deshicieron con el agua. Sus jarabes son vidrio molido. Pero el monte… —señalé hacia la sierra que se alzaba verde y majestuosa detrás de la neblina—, el monte sigue ahí. Y el monte es la farmacia de Dios. Esa no cierra nunca.
Don Evaristo se enderezó un poco. Lucía, que venía cargando a la niña más pequeña, se acercó a nosotros.
—¿Qué podemos hacer, Rosa? —preguntó ella. Era la primera vez que me pedía consejo sin que fuera una orden disfrazada.
Respiré hondo. El olor a tierra mojada me llenó los pulmones. Ya no era la rechazada. En ese momento, era la única que sabía qué hacer.
—Necesitamos un lugar seco —ordené. La autoridad me nacía de las entrañas, quizás heredada de mi abuela curandera—. La escuela está en alto, ¿verdad? ¿Le pasó algo al techo?
—Creo que aguantó —dijo el muchacho—. Es de concreto.
—Bien. Vamos a mover a los heridos y a los niños allá. Necesitamos hacer fuego, mucho fuego. Hay que hervir agua. Mucha agua. Nadie toma una gota del arroyo ni de los pozos hasta que haya hervido. Y necesito… —miré al muchacho—, necesito que tú y tus amigos, los que tengan piernas fuertes, vengan conmigo.
—¿A dónde? —preguntó él.
—Vamos a recolectar. Si la medicina de frasco se acabó, vamos a traer la de raíz.
La transformación de la escuela primaria “Benito Juárez” en hospital improvisado fue cosa de horas. Fue impresionante ver cómo la desgracia une a la gente más rápido que cualquier fiesta. Los hombres, bajo las órdenes de Don Evaristo —que recuperó el color en cuanto tuvo una tarea que hacer—, limpiaron los salones, sacaron el lodo a cubetadas y acomodaron los pupitres para hacer camas improvisadas con tablas y cartones secos.
Pero el verdadero reto empezó cuando llegó el Doctor Cantú.
El Doctor Cantú era un hombre de ciudad, de esos que siempre andaban de bata blanca impecable aunque estuviera comprando tortillas. Era el médico del centro de salud, un hombre de ciencia, de libros gordos y palabras complicadas. Cuando entró al salón que habíamos destinado para las “consultas”, y me vio a mí machacando hierbas en un molcajete que alguien rescató, se puso rojo de coraje.
—¿Pero qué está pasando aquí? —bramó, ajustándose los lentes que tenían una pata pegada con cinta adhesiva—. Evaristo, ¿qué hace esta… mujer aquí? Esto es un área médica, no un mercado de brujería.
Don Evaristo, que estaba organizando unas latas de atún, se detuvo. Yo dejé de machacar el estafiate, sintiendo cómo se me encogía el estómago. La vieja costumbre de agachar la cabeza quiso volver, pero recordé la noche anterior. Recordé que salvé a cinco personas cuando la ciencia no pudo.
—Doctor —dijo Don Evaristo con voz calmada pero dura—, la farmacia no existe. El centro de salud está bajo un metro de lodo. No tenemos nada. Y Rosa… Rosa es la única que tiene algo.
—¡Esto es irresponsable! —gritó Cantú, manoteando hacia mi molcajete—. ¡Esas hierbas son cuentos de viejas! Necesitamos antibióticos, suero, analgésicos. Si le damos “tés mágicos” a la gente con infecciones, se nos van a morir. Yo no voy a ser cómplice de esto.
Me limpié las manos en mi falda y me levanté. Era chaparrita a lado del doctor, pero me sentí alta.
—Doctor —le dije, mirándolo a los ojos. Él parpadeó, sorprendido de que “la muda” hablara—. Tiene razón. Un té no es lo mismo que una inyección. Pero dígame, ¿tiene usted la inyección?
El doctor abrió la boca y la cerró. Apretó los puños. —No. No la tengo.
—Entonces, ¿qué prefiere? —seguí, suavemente—. ¿Dejarlos que se retuerzan de dolor y fiebre sin hacer nada, o dejarme intentar bajarles la calentura con lo que mi abuela me enseñó y que ha funcionado en esta tierra desde antes que existieran las pastillas?
Hubo un silencio tenso en el salón. Varias señoras que estaban barriendo se detuvieron a escuchar.
—El estafiate es antibiótico natural, doctor —le expliqué, señalando la hierba machacada—. El tepezcohuite cierra las quemaduras y raspones para que no se pudran. La corteza de sauce quita el dolor igual que sus pastillas blancas. No soy doctora, señor. No sé leer sus libros. Pero sé leer la tierra. Y ahorita, la tierra es lo único que nos queda.
El Doctor Cantú me sostuvo la mirada unos segundos más. Luego, soltó un suspiro largo, de esos que desinflan el ego. Se quitó los lentes y se talló los ojos cansados.
—Corteza de sauce… —murmuró—. Ácido acetilsalicílico. Es el principio activo de la aspirina.
Me miró de nuevo, esta vez sin coraje, sino con una resignación cansada. —Está bien, Rosa. Está bien. Tú preparas tus… remedios. Pero yo reviso a los pacientes primero. Yo digo quién está grave y quién no. Trabajamos juntos. Pero si veo que algo hace daño, te saco de aquí. ¿Trato?
—Trato —dije.
Y así, nació la alianza más extraña que San Isidro había visto jamás: la ciencia y la tradición, el doctor de bata (ahora manchada de lodo) y la loca de la cueva, trabajando codo a codo en un salón de escuela que olía a gis y a epazote.
Esa tarde, organicé la expedición. Necesitábamos insumos, y rápido.
El muchacho, nieto de Don Evaristo, se llamaba Mateo. Él y tres de sus amigos, esos mismos que semanas atrás me habían tirado piedras al río para ver si me mojaba, ahora estaban parados frente a mí, con costales vacíos al hombro y machetes en la mano, esperando instrucciones.
—No vamos a cortar por cortar —les advertí antes de subir—. A la planta se le pide permiso. Si arrancan la raíz completa, matan la planta y ya no hay para mañana. Solo cortamos las hojas que necesitamos, o las ramas viejas. ¿Entendido?
—Sí, Rosa —dijeron en coro, cabizbajos. Mateo ni siquiera me podía mirar a la cara de la vergüenza.
Subimos por la ladera. El paisaje era desolador y hermoso a la vez. El huracán había tirado árboles grandes, pero había dejado al descubierto parches de hierbas que antes estaban escondidos. El olor a pino roto y resina era tan fuerte que mareaba.
Caminábamos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de respeto. Yo iba señalando y ellos cortaban.
—Esta es árnica —les dije, apuntando a unas flores amarillas que habían sobrevivido milagrosamente detrás de una roca—. Es oro puro para los golpes. Y miren allá, esa es gordolobo. Esa peludita. Esa va a salvar a muchos de la tos que va a dejar la humedad.
Mateo se acercó a cortar el gordolobo con cuidado. Se espinó un dedo y chupó la sangre, pero no se quejó. —Oye, Rosa… —dijo de repente, sin dejar de trabajar.
—¿Mande?
—Lo de las gallinas… —se detuvo—. Lo de Doña Chona. Yo sabía que no eras tú. De hecho… fui yo quien dejó la puerta del corral abierta sin querer porque entramos a robar unos huevos para tirarlos en la pared de la escuela. Se escaparon por mi culpa. Pero cuando preguntaron… se me hizo fácil decir que te había visto.
Suspiré y arranqué una ramita de manzanilla silvestre. La estrujé para que soltara el aroma. —¿Y por qué, Mateo? ¿Qué te hice yo?
El chico se encogió de hombros, con los ojos aguados. —Nada. No nos hiciste nada. Pero… eras diferente. Y aquí en el pueblo, lo diferente asusta o da risa. Eras la rara. Era fácil culparte porque nadie te defendía.
Me dolió. Claro que me dolió. La crueldad de los niños a veces es la más honesta y la más brutal. Pero miré sus manos sucias de tierra, trabajando para llevar medicina a su gente.
—Pues ya ves —le dije—. Lo diferente a veces es lo que te salva.
Mateo asintió, tragándose el nudo en la garganta. —Perdón, Rosa. De verdad. Soy un imbécil.
Le di una palmada en el hombro. —Ya pasó. Ahora apúrale, que esa nube de allá no me gusta y tenemos que bajar antes de que caiga el sereno.
Bajamos con los costales llenos. Me sentía como una reina regresando de la guerra con el botín. Pero la verdadera batalla estaba abajo.
La primera noche en el “hospital” fue una prueba de fuego. Literalmente.
Teníamos a más de cuarenta personas refugiadas en la escuela. Muchos con cortes profundos por los vidrios y láminas, otros con hipotermia. Pero lo que más me preocupaba eran los niños.
Alrededor de las tres de la mañana, un grito desgarrador despertó a los que lograban dormir. Era Doña Clara, una mujer joven. Su hijo, Pablito, de unos cinco años, estaba ardiendo en fiebre.
El Doctor Cantú corrió a verlo. Yo fui detrás. El niño estaba rojo, sudando frío, y deliraba. Tenía una herida fea en la pierna, un corte profundo que se había hecho cuando intentaban salir de su casa inundada. La pierna estaba hinchada y caliente, con unas líneas rojas que subían hacia la ingle.
—Infección severa —dijo Cantú, pálido—. Septicemia. Necesita penicilina intravenosa ¡ya!
Se volvió hacia la mesa vacía. Golpeó la madera con frustración. —¡Maldita sea! ¡Se nos va a ir! Sin antibióticos no aguanta hasta mañana.
Doña Clara empezó a aullar de dolor. —¡Haga algo, doctor! ¡No me deje que se muera mi niño!
El Doctor Cantú me miró. En sus ojos ya no había arrogancia, solo pánico. —Rosa… la fiebre está en 40. Si no baja, le van a dar convulsiones. ¿Tienes… tienes algo?
Sentí el peso del mundo en mis hombros. Una cosa es curar un dolor de panza o un raspón, y otra es pelear contra una infección que ya está en la sangre. Pero no podía decir que no.
—Necesito agua hirviendo, ajos, y las telarañas —dije rápido.
—¿Telarañas? —preguntó el doctor, escandalizado.
—Sí. Las que están en el techo del almacén, las que están limpias y tupidas. Y necesito la miel virgen que trajo Don Evaristo de lo que rescató.
Mientras alguien corría por las cosas, yo saqué mi bolsa de tesoros. Saqué la corteza de sauce y el manojo de hierba del cáncer (así le llamamos a una planta roja del monte, muy fuerte para las infecciones).
—Doctor, usted bájale la fiebre con paños de agua fresca en la frente y en las axilas. Yo me encargo de la pierna.
Preparé el cataplasma. Machaqué los ajos (el mejor antibiótico que existe, decía mi abuela) con la hierba del cáncer. Limpié la herida con agua hervida con sal. El niño lloraba y se retorcía.
—Agárrenlo fuerte —pedí. Mateo y otro hombre sujetaron al niño.
Puse la mezcla directa en la herida abierta. El niño pegó un grito que debió escucharse hasta el cerro, y luego se desmayó del dolor o del cansancio. Luego, coloqué la telaraña limpia encima (sirve para coagular y cerrar) y sellé todo con miel y vendas de trapo limpio.
—Ahora, el té —dije.
Hice que el niño bebiera traguitos de infusión de corteza de sauce para el dolor y la fiebre.
Nos sentamos a esperar.
Fueron las dos horas más largas de mi existencia. El Doctor Cantú no se despegaba del niño, tomándole el pulso cada cinco minutos. Doña Clara rezaba el rosario en un rincón, con un murmullo incesante que se mezclaba con la lluvia suave que había vuelto a caer.
Yo estaba sentada en el suelo, con los ojos cerrados, pidiéndole a mi abuela que guiara mis manos, que no me dejara fallar. “Si este niño se muere, me van a linchar. Van a decir que la bruja lo mató”, pensé con miedo. Pero luego pensé en el niño, en su vida, y el miedo se volvió compasión.
A las cinco de la mañana, el Doctor Cantú soltó un suspiro. —Bajó —susurró.
Abrí los ojos de golpe. —¿Qué?
—La fiebre. Bajó a 38. El pulso está más estable.
Doña Clara se lanzó a los pies del doctor, besándole las manos. —¡Gracias, doctor! ¡Gracias, doctor!
El Doctor Cantú, con una humildad que le desconocía, retiró las manos suavemente y me señaló a mí, que seguía en el rincón oscuro.
—A mí no me dé las gracias, señora. Yo solo puse los trapos húmedos. La que le salvó la pierna, y seguramente la vida a su hijo, fue Rosa.
Doña Clara se giró lentamente. Era una de las mujeres que se cambiaba de banqueta cuando me veía. Se levantó, caminó hacia mí y, frente a todo el refugio que observaba en silencio, se arrodilló y me abrazó las rodillas.
—Perdóname, Rosa. Perdóname por todo. Gracias. Que Dios te bendiga mil veces.
La levanté del suelo, sintiéndome torpe. —No se hinque, señora. Vaya con su hijo.
Esa noche, nadie volvió a llamarme “loca”.
Los días siguientes fueron de trabajo brutal, pero de una extraña alegría. El pueblo estaba destruido, sí, pero la gente estaba más viva que nunca.
Se organizaron las ollas comunes. Las mujeres cocinaban en fogones grandes en el patio de la escuela con lo que se rescataba: frijoles, arroz mojado que se lavaba y se secaba al sol, tortillas hechas a mano.
Yo, Rosa, la solitaria, ahora tenía un lugar en la mesa grande.
Un mediodía, mientras comíamos un caldo de frijoles que me supo a gloria, vi acercarse a una figura conocida. Era Doña Chona. La de las famosas gallinas. Caminaba despacio, con su bastón. Yo me tensé. Esa vieja tenía la lengua más afilada de San Isidro.
Se paró frente a mí. Todos en la mesa callaron, esperando el pleito. Mateo se puso tenso a mi lado, listo para confesar su crimen de nuevo si era necesario.
Doña Chona traía algo envuelto en un trapo bordado. —Rosa —dijo, con su voz rasposa.
—Doña Chona —respondí.
—Me dijeron lo que hiciste por el nieto de Evaristo. Y lo que hiciste por el Pablito anoche.
—Solo hice lo que había que hacer.
La vieja asintió. Desempaquetó lo que traía. Era un par de tamales de elote, calientitos. De dónde sacó elote en medio de este desastre, solo Dios y ella sabían.
—Toma —me los extendió—. Son para ti.
Me quedé viendo los tamales. —No tiene por qué…
—Cállate y come —me regañó, pero sin veneno—. Y quiero pedirte un favor. Tengo las reumas alborotadas con tanta humedad. Dicen que tú sabes sobar y que tienes una pomada de árnica que hace milagros. ¿Crees que… crees que tengas tiempo para sobar a esta vieja chismosa?
Sonreí. Una sonrisa amplia, que me llegó a los ojos. —Claro que sí, Doña Chona. En cuanto acabe de comer.
La vieja se sentó a mi lado y le dio un coscorrón a Mateo. —Y tú, escuincle, ya sé que fuiste tú el de los huevos. Luego arreglamos cuentas tú y yo.
Todos en la mesa soltaron la carcajada. Fue la primera vez que se escucharon risas de verdad en San Isidro desde que el cielo se cayó.
Pasaron dos semanas. El camino principal se despejó y llegaron los camiones del ejército con ayuda. Trajeron despensas, doctores militares y medicinas.
El Doctor Cantú recibió a sus colegas con gusto, pero cuando le ofrecieron hacerse cargo de todo, él los detuvo.
—Aceptamos la ayuda, claro —les dijo—. Pero aquí en San Isidro tenemos un sistema mixto. Yo veo la parte alopática, y mi colega, la señora Rosa, ve la parte tradicional. Y créanme, van a querer aprender de ella, porque sus tasas de recuperación de heridas son mejores que las mías.
Los militares me miraron raro, con mi ropa humilde y mis trenzas, pero saludaron con respeto.
Esa tarde, Don Evaristo me mandó llamar.
Estaba supervisando la limpieza de su terreno. Ya habían tirado los escombros de la farmacia. —Rosa, ven acá —me dijo. Se le veía más viejo, más cansado, pero sus ojos tenían brillo otra vez.
—Dígame, Don.
—Voy a reconstruir. “La Providencia” va a volver a abrir. Pero va a ser diferente.
Se sacó un papel del bolsillo. Era un dibujo mal hecho, un plano trazado a lápiz. —Aquí va la tienda de abarrotes. Aquí la farmacia de medicinas de caja. Y aquí… —señaló un anexo grande, con ventanas amplias hacia el jardín—, aquí va el “Consultorio de Medicina Natural Rosa”.
Me quedé helada. —¿Qué?
—Lo que oíste. No vas a volver a vender tus hierbas en la banqueta como si fueras limosnera. Vas a tener tu espacio, tus estantes, tu lugar para consultar. Vamos a ser socios, Rosa. Mitad y mitad de lo que salga de ahí.
—Don Evaristo… yo no tengo dinero para invertir…
—Tú pusiste la inversión más grande, mujer —me interrumpió, poniéndome una mano en el hombro—. Pusiste tu vida. Pusiste tu saber cuando el mío no valía un cacahuate. Además… —bajó la voz y se le quebró un poco—, tú me devolviste a mi familia. Eso no se paga con un local. Eso no se paga con nada.
Sentí que las lágrimas me traicionaban. Lloré ahí mismo, frente al patrón, frente a los albañiles. Lloré todo lo que no había llorado en tres años de soledad, de frío en la cueva, de burlas.
—Acepto, Don Evaristo. Pero con una condición.
—La que quieras.
—Que la cueva se queda como está.
Él me miró extrañado. —¿Te vas a seguir quedando ahí? Rosa, te puedo conseguir un cuarto, una casita…
Negué con la cabeza, sonriendo mientras me secaba las lágrimas con el rebozo. —No, Don. Ya no voy a vivir ahí. Aceptaré el cuartito que dice. Pero la cueva se queda. Quiero ir a limpiarla, ponerle flores a la Virgencita y dejarla lista.
—¿Lista para qué?
—Para quien la necesite. Para el próximo que llegue sin nada, sin nombre y con el corazón roto. Para que sepa que ahí hay refugio. Porque esa cueva no es un agujero de animales, Don. Esa cueva es un santuario.
Don Evaristo asintió, comprendiendo. —Trato hecho, socia.
Al atardecer, subí a la cueva por última vez para recoger mis pocas cosas.
El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de naranjas y morados, colores de esperanza. San Isidro se veía diferente desde arriba. Todavía había techos azules de plástico, todavía había lodo, pero ya había humo saliendo de las chimeneas, había luces encendidas y había ruido de gente viviendo.
Entré a la cueva. Estaba tal cual la dejamos esa mañana después de la tormenta. Mi cama de zacate, mi fogón apagado.
Recogí mi estampa de la Virgen, mis piedras de colores y mi taza sin asa.
Me paré en la entrada y miré hacia adentro. —Gracias —le susurré a la piedra fría—. Gracias por cuidarme cuando nadie más quiso. Gracias por hacerme fuerte.
Sentí una brisa suave, ya no de huracán, sino de caricia, que me rozó la cara.
Empecé a bajar. El camino ya no era una trampa mortal. Era un sendero que me llevaba a casa.
A medio camino, vi a alguien subiendo. Era Mateo. —¡Rosa! —gritó, agitando la mano—. ¡Apúrate! ¡Mi mamá hizo mole para celebrar y dice que si no llegas no empezamos!
Sonreí y apuré el paso.
Ya no era “la loca”. Ya no era la sombra. Me llamo Rosa. Soy curandera. Soy socia de la farmacia. Soy amiga.
Y esta es mi historia. La historia de cómo un huracán destruyó mi pueblo para que pudiéramos construir uno nuevo, uno donde cabemos todos. Donde la medicina cura el cuerpo, pero el perdón… el perdón cura el alma.
Y colorín colorado, este cuento… no se ha acabado. Apenas empieza.
PARTE FINAL: LA COSECHA DE LOS TIEMPOS NUEVOS Y EL LEGADO DE LA PIEDRA
El olor a mole poblano es algo que no se olvida. Es un aroma denso, complicado, que huele a chocolate, a chiles tostados, a especias que picaron la nariz de quien las molió y a horas de paciencia frente a la cazuela. Esa noche, mientras bajaba del cerro apurando el paso detrás de Mateo, ese olor me golpeó antes de llegar a la puerta de la casa de Lucía. Para cualquier mexicano, ese olor es sinónimo de fiesta; para mí, que llevaba años comiendo tortillas frías y quelites hervidos con sal, ese olor era la promesa de que el mundo, efectivamente, había cambiado de eje.
Llegué a la puerta. Era una casa que había perdido la mitad del techo del patio, y las paredes de afuera todavía tenían la marca café del nivel del agua, como una cicatriz de guerra que la cal no había tapado todavía. Mateo empujó la puerta de madera hinchada por la humedad.
—¡Pásale, Rosa! ¡Mamá, ya llegó! —gritó el muchacho, con esa confianza nueva que me tenía.
Entré. Me sentí chiquita. Mis huaraches, aunque limpios, pisaban un piso de mosaico que, aunque estaba opaco por el lodo reciente, seguía siendo piso de “gente bien”. Me quedé parada en el umbral, estrujando mi rebozo, con ese miedo viejo de ensuciar lo ajeno.
Lucía salió de la cocina secándose las manos en el delantal. Tenía la cara chapeteada por el calor del fogón. Al verme parada ahí, con la duda en los ojos, no me dijo “buenas noches” ni me ofreció asiento. Caminó directo a mí y me dio un abrazo que olía a canela y a jabón de lavandería.
—Bienvenida a tu casa, Rosa —me dijo al oído. Y lo dijo en serio. No era cortesía de dientes para afuera.
Esa cena fue mi bautizo. No hubo agua bendita, hubo mole con pollo y arroz rojo. Don Evaristo, sentado en la cabecera de una mesa que cojeaba un poco (otra víctima del huracán), sirvió tequila en unos vasitos de veladora.
—Por San Isidro —dijo, alzando el vaso con mano temblorosa pero firme—. Y por la mujer que nos enseñó que las raíces aguantan más que el cemento.
Todos brindaron mirándome. Yo me tomé el tequila de un golpe, sintiendo cómo me quemaba la garganta y me calentaba el pecho, borrando el frío de tres inviernos en la cueva. Comí. Comí hasta que me dolió la panza, comí riendo de las tonterías que decía Mateo, comí escuchando a los niños pelearse por la pieza de pollo. Comí familia.
Los meses que siguieron fueron de puro polvo y ruido. San Isidro se convirtió en un hormiguero. El gobierno mandó láminas, cemento y varilla, pero fueron las manos del pueblo las que levantaron las paredes.
Yo vivía en el cuartito que Don Evaristo me acondicionó en la parte de atrás de lo que quedaba de su casa. Al principio, me costaba dormir. El colchón se me hacía demasiado blando, sentía que me hundía. Extrañaba la dureza de la tierra y el sonido del viento colándose por las grietas. Varias noches me desperté asustada, buscando el techo de piedra y encontrando vigas de madera. Tenía que salir al patio a respirar el sereno para calmarme. “Ya no eres animal de cueva, Rosa”, me repetía. “Ahora eres gente”.
La reconstrucción de “La Providencia” fue mi nueva rutina. Don Evaristo cumplió su palabra, pero yo no fui una socia silenciosa.
—Aquí no, Don —le discutí un día al arquitecto que trajeron de la capital, un tipo estirado que quería poner puro vidrio y aluminio—. Si usted encierra las hierbas en cajas de plástico y les pone aire acondicionado, se mueren. La planta necesita respirar.
El arquitecto rodó los ojos y miró a Don Evaristo buscando apoyo. —Señor, con todo respeto, el diseño moderno requiere climatización para conservar los fármacos…
—Los fármacos de caja póngalos en el refri si quiere —interrumpí, terca como mula de cerro—. Pero mi consultorio tiene que tener ventana al jardín, y las paredes tienen que ser de adobe o ladrillo, no de esa tabla-roca que se deshace con un estornudo. El adobe respira. Mantiene la hierba fresca sin secarla.
Don Evaristo se rascó la cabeza, mirándonos a los dos. Luego soltó una carcajada. —Hazle caso a la socia, arquitecto. Si ella dice adobe, ponemos adobe. Y si quiere que el piso sea de tierra apisonada, también lo hacemos.
No pedí piso de tierra, pero sí pedí un jardín trasero. Mientras los albañiles levantaban la estructura principal, Mateo y yo nos dedicamos a la tierra. Limpiamos el patio trasero de la farmacia, sacamos escombros, cascajo y fierros retorcidos. Trajimos tierra negra del monte, costal por costal.
Ahí sembré mi verdadera farmacia. No en frascos, sino en la tierra. Sembré sábila para las quemaduras, ruda para los sustos y los corajes, toronjil para los nervios, vaporrub para el pecho, epazote para las lombrices. Hice caminitos de piedra de río.
El Doctor Cantú pasaba a vernos casi a diario. Su relación conmigo se volvió una especie de juego de ajedrez amistoso.
—Rosa, por favor, no le vayas a dar a Doña Meche ese té de orégano cargado, que se le sube la presión —me advertía, con el ceño fruncido.
—No se preocupe, doctor —le contestaba yo, mientras podaba una bugambilia—. El orégano es para el pozole. A Doña Meche le voy a dar té de alpiste y zapote blanco para que se le baje la presión, y usted le va a checar la tensión mañana.
Él refunfuñaba, pero al día siguiente llegaba con una sonrisa torcida. —Ciento veinte sobre ochenta. No sé cómo demonios lo haces, pero funciona. Ten, te traje esto.
Y me regalaba un libro. “Anatomía básica para enfermería”, o “Atlas de plantas medicinales de América”. —Para que sepas qué es lo que estás curando, mujer. No todo es intuición —me decía.
Y yo, que apenas sabía leer y escribir lo básico, me ponía a estudiar en las noches con la ayuda de Mateo, que se sentaba conmigo a explicarme las palabras raras. “Hipertensión”, “sistema linfático”, “dermatitis”. Las palabras eran nuevas, pero las dolencias eran las mismas que mi abuela curaba con rezos y cataplasmas. Aprendí que la ciencia y la tradición no están peleadas; son como el maíz y el frijol, crecen mejor cuando se siembran juntos.
El día de la inauguración de “La Nueva Providencia” amaneció con un sol radiante, de esos que pican en la piel. Todo el pueblo estaba ahí. Habían colgado papel picado de colores en la calle (que ya estaba pavimentada de nuevo) y la banda municipal afinaba sus trompetas.
Yo me puse un vestido nuevo que Lucía me cosió. Era sencillo, blanco con bordados de flores en el cuello, pero para mí era el vestido de una reina. Me trencé el pelo con listones rojos. Me miré en el espejo de cuerpo entero que ahora tenía en mi cuarto y no me reconocí. Ya no veía a la mujer encorvada y temerosa. Veía a Rosa. Simplemente Rosa.
Don Evaristo cortó el listón junto con el Presidente Municipal, que vino a echarse su discurso político. Pero cuando terminaron los aplausos de protocolo, Don Evaristo pidió el micrófono.
—Un momento —dijo, y su voz retumbó en las bocinas—. Falta lo más importante.
Caminó hacia la puerta lateral, donde estaba la entrada a mi consultorio, tapada con una manta. Me hizo señas para que me acercara. Me temblaban las piernas más que el día del huracán.
—Esta parte de la farmacia —dijo el viejo, con los ojos aguados— no es un negocio. Es un pago de una deuda que tenemos todos. Rosa, haz los honores.
Jalé el cordón. La manta cayó. Ahí estaba, pintado a mano en un letrero de madera barnizada: “CONSULTORIO DE MEDICINA TRADICIONAL Y HERBOLARIA – ROSA MARTÍNEZ”
Martínez. Mi apellido. El apellido que casi había olvidado, el de mi padre que nunca conocí y mi madre que se fue muy pronto. Don Evaristo se había encargado de investigar, de buscar mi acta de nacimiento en algún registro civil olvidado, para devolverme mi identidad completa.
La gente aplaudió. No fue un aplauso de compromiso. Fue un aplauso fuerte, con chiflidos y gritos de “¡Eso es todo, Rosa!”, “¡Vivan las hierbas!”.
Ese día atendí mi primera consulta “oficial”. Fue el cura del pueblo, el Padre Tomás. Un hombre serio, que siempre me había mirado con desconfianza por aquello de las “limpias” y los remedios. Entró a mi consultorio, que olía a madera nueva y a copal. Se sentó en la silla frente a mi escritorio.
—Buenas tardes, Rosa —dijo, quitándose el sombrero. —Buenas tardes, Padre. ¿Qué le duele? —El alma, hija. Y las rodillas. Pero creo que van juntas.
Me contó que sentía culpa. Culpa por no haber abierto la iglesia durante el huracán, por miedo a que se mojaran los santos, mientras yo abría mi cueva. Lo escuché en silencio. Preparé una mezcla de alcohol con romero y ruda.
—Mire, Padre —le dije, untándole la pomada en las rodillas huesudas—. Los santos son de madera, esos se secan y se pintan. La gente no. Pero Dios no está enojado. Dios estaba allá arriba, en la cueva, atizando el fuego conmigo. Así que quítese esa culpa, que esa pesa más que el cemento y es la que no lo deja caminar.
El cura me miró, sorprendido por mi teología de monte. Se rió. —Tienes razón, Rosa. Tienes mucha razón. Salió caminando mejor. Y yo supe que mi “medicina” iba más allá de las plantas.
Pasaron tres años. San Isidro floreció. La tragedia del huracán se convirtió en una historia que los viejos contaban a los niños, exagerando cada vez más la altura de las olas y la fuerza del viento. Pero había una parte que no exageraban: la noche en la cueva.
Mi vida entró en una paz que nunca imaginé posible. Las mañanas las dedicaba a “La Providencia”. Trabajaba codo a codo con una enfermera joven que contrató el Doctor Cantú. Era curioso ver cómo la gente llegaba y decía: “Doctor, me duele la cabeza, ¿qué me tomo?” y él a veces respondía: “Tómese esta pastilla para el dolor agudo, pero vaya con Rosa para que le dé algo para los nervios, porque lo que usted trae es estrés de tanto trabajo”. Éramos un equipo.
Mateo se fue a la ciudad a estudiar Agronomía. —Voy a volver, Rosa —me prometió el día que se fue, con su maleta llena de ilusiones—. Voy a aprender a mejorar la tierra, a que las cosechas aguanten más el agua y el viento. Y voy a estudiar tus plantas, para saber por qué curan y hacer que crezcan mejor.
Lloré cuando se fue, pero era llanto de orgullo. Ese muchacho que tiraba piedras ahora iba a ser ingeniero.
Pero lo más importante, lo que cerró el círculo de mi destino, fue lo que pasó con la cueva.
Un invierno, llegó al pueblo una caravana de migrantes. Gente del sur, de otros países, que caminaban hacia el norte persiguiendo un sueño difícil. Llegaron cansados, con los pies deshechos, hambre y frío. El pueblo, recordando su propia desgracia, se movilizó para darles comida. Pero no había dónde meterlos a todos para dormir. El albergue parroquial estaba lleno.
Entonces, me acordé. —Don Evaristo —le dije—, necesito las llaves de la camioneta. —¿Para qué, Rosa? —Para subir cobijas y agua a la cueva.
Subí con un grupo de migrantes. Eran tres familias. Cuando llegamos a la entrada de la cueva, sentí esa vibra antigua, ese poder de la montaña. La cueva estaba limpia. Yo subía cada mes a barrer y a cambiar las flores de la Virgen. Tenía leña seca apilada. Tenía garrafones de agua que yo había ido subiendo poco a poco, “por si las dudas”.
—Pasen —les dije, abriendo el paso—. No es un hotel, pero la tierra es tibia y el viento no entra.
Una mujer hondureña, con un bebé en brazos, miró el interior iluminado por las lámparas de batería que llevamos. Vio el altarcito de la Virgen de Guadalupe, lleno de mis piedritas de colores y milagritos de metal que la gente del pueblo había empezado a dejar ahí como ofrenda.
—Es hermoso —susurró ella—. Parece una iglesia.
—Es mejor —le contesté—. Es la panza de la madre tierra. Aquí nadie los va a lastimar.
Esa noche, me quedé con ellos un rato, avivando el fuego, igual que aquella noche del huracán. Pero ahora no tenía miedo. Ahora tenía la certeza de que mi sufrimiento, esos años de soledad y desprecio, habían servido para esto. Dios me había entrenado. Me había enseñado a sobrevivir en la nada para poder enseñarles a otros que, incluso cuando no tienes nada, si tienes fe y un techo de piedra, lo tienes todo.
La cueva se convirtió oficialmente en “El Refugio de Rosa”. El pueblo se organizó. Don Evaristo mandó poner un barandal en la parte peligrosa del sendero. El cura mandó bendecir la entrada. Los niños de la escuela subían de excursión (con mucho cuidado y permiso) para aprender sobre las plantas y dejar una piedra pintada en la entrada. Lo que fue un lugar de vergüenza, el agujero de la loca, se convirtió en el orgullo de San Isidro. “Aquí arriba”, decían los vecinos señalando la montaña, “aquí arriba Dios nos salvó”.
Hoy, estoy sentada en el porche de mi casita, viendo caer la tarde. Mis manos ya tienen más arrugas y mis rodillas truenan cuando va a llover (soy mejor que el servicio meteorológico, dice Mateo, que ya volvió y ya es ingeniero).
Miro hacia atrás y me parece que fue otra vida aquella en la que me escondía de las miradas. A veces, cuando el viento sopla fuerte y baja de la sierra con ese silbido característico, cierro los ojos y vuelvo a sentir el frío de aquella noche. Vuelvo a sentir el peso de Don Evaristo en mi hombro, el lodo en mis piernas, el terror de ser arrastrada por el agua. Pero luego abro los ojos y veo mi jardín. Veo a Doña Clara pasar con Pablito, que ya es un adolescente alto y fuerte, y me saludan con la mano. —¡Adiós, madrina! —me grita Pablito. Sí, fui su madrina de confirmación.
Veo a Don Evaristo, ya muy viejito, sentado en la plaza jugando dominó, haciendo trampa como siempre y riéndose a carcajadas.
La gente dice que yo curé al pueblo. Que mis hierbas y mis tés los sanaron. Pero están equivocados. Fue el pueblo el que me curó a mí. Me curaron cuando aceptaron mi mole. Me curaron cuando me dieron los buenos días. Me curaron cuando dejaron de ver a la “loca” y empezaron a ver a la mujer.
El perdón no es olvidar que te lastimaron. Yo no olvido las piedras, ni los insultos. El perdón es recordar eso y decidir que no te va a definir. El perdón es entender que la gente lastima porque tiene miedo, y que cuando se les quita el miedo, son capaces de milagros. Yo perdoné a San Isidro. Y San Isidro se perdonó a sí mismo a través de mí.
Tomo un sorbo de mi té de toronjil. Está tibio y dulce. Mañana tengo que subir al monte. Se me acabó la árnica y dicen que va a helar, así que necesito preparar pomada para las reumas de los viejos. Subiré despacio, pidiendo permiso a la tierra, saludando a los pinos. Y cuando pase por la cueva, me detendré un momento. Pondré una piedra más en la entrada, una piedra de color azul brillante que encontré ayer en el río. Le daré las gracias a mi vieja amiga de piedra.
Y luego bajaré. Porque mi hogar ya no es la cueva. Mi hogar es aquí, abajo, entre el ruido, el amor, el dolor y la vida de mi gente. Soy Rosa Martínez. La curandera de San Isidro. Y soy, por fin, libre.
[FIN]