
El olor a tabaco barato y colonia fuerte inundó la cabina de mi vieja camioneta. A mi lado, escondido bajo una chamarra grasienta en el espacio para los pies, Luis contenía la respiración. El chamaco temblaba, consumido por la fiebre de su herida infectada y el frío que nos calaba hasta los tuétanos.
Afuera, la espesa neblina de la sierra de Durango apenas dejaba pasar la luz del sol. Un policía estatal, con un R-15 colgando del pecho y lentes oscuros, se asomó por mi ventana.
El motor de la vieja Ford F-150 cascabeleaba como si tuviera canicas adentro. Era nuestro único boleto a la capital para entregar la bitácora del C.D.A. al periodista Arturo Valdés.
—¿Usted de dónde viene tan temprano y con la troca tan amolada? —escupió el oficial hacia la carretera, mientras sus compañeros y s*carios de civil vigilaban el retén.
Mi mano derecha sudaba frío, aferrando la empuñadura helada de mi 9mm escondida debajo de mi muslo. Solo me quedaban nueve blas. Nueve tros entre nosotros y ese batallón. Estábamos deshechos, magullados y al borde de la hipotermia tras escapar de la mina. Si me descubrían, juré que me iba a llevar a tantos como pudiera. Lo hacía por mi hermano Beto, por la lealtad de nuestro perro Titán, y porque ya estoy harto de que en este país la gente buena tenga que esconderse de las l*cras.
—Vengo del aserradero viejo, jefe. A la troca se le fregó la marcha y me tocó pasar la noche arreglándola —mentí, forzando un acento cantadito de rancho.
Yo estaba cubierto de lodo, grasa y s*ngre seca. Parecía exactamente lo que era: un simple mecánico de pueblo arrastrado por la desgracia. El oficial me escudriñó de arriba a abajo con fastidio.
—Bájese del vehículo. Vamos a revisar.
El mundo se me vino abajo. Si abría esa puerta rechinante, iban a encontrar al niño y nuestra sentencia de merte estaría firmada. Apreté la pstola, listo para d*sparar al pecho del policía y embestir el bloqueo.
PARTE 2: El Peso de la Sangre y la Niebla
El oficial me escudriñó de arriba a abajo con fastidio. —Bájese del vehículo. Vamos a revisar. El mundo se me vino abajo. Si abría esa puerta rechinante, iban a encontrar al niño y nuestra sentencia de merte estaría firmada. Apreté la pstola, listo para dsparar al pecho del policía y embestir el bloqueo. Mi mano derecha sudaba frío, aferrando la empuñadura helada de mi 9mm escondida debajo de mi muslo. Solo me quedaban nueve blas. Nueve t*ros entre nosotros y ese batallón.
El tiempo pareció detenerse en esa carretera de la sierra. Podía escuchar el latido de mi propio corazón retumbando en mis oídos, compitiendo con el motor de la vieja Ford F-150 que cascabeleaba como si tuviera canicas adentro. Afuera, la espesa neblina de la sierra de Durango apenas dejaba pasar la luz del sol, dándole al retén un aspecto fantasmal, como si ya estuviéramos a las puertas del infierno.
—¿No me escuchó, cabrón? —ladró el policía estatal, ajustando el R-15 colgando del pecho —. Que se baje a la de ya.
Estaba a una fracción de segundo de jalar el gatillo. Mi dedo acarició el metal frío. Iba a apuntar directo a la placa de su chaleco, rezando para que el impacto lo tirara hacia atrás y me diera la ventana de tiempo necesaria para pisar el acelerador a fondo. Si me descubrían, juré que me iba a llevar a tantos como pudiera. Lo hacía por mi hermano Beto, por la lealtad de nuestro perro Titán, y porque ya estoy harto de que en este país la gente buena tenga que esconderse de las l*cras.
Pero entonces, un sonido rasposo y agudo rompió la tensión. Era el radio del oficial, enganchado en su hombro derecho. La estática escupió una voz frenética, distorsionada por la mala señal de la montaña:
«¡Clave roja, clave roja! ¡Se armó el despapaye en la zona de la mina vieja! ¡Ocupamos refuerzos, repito, nos están tirando con todo en la mina!»
El oficial desvió la mirada por un milisegundo, pero fue suficiente. El miedo en sus ojos, oculto tras los lentes oscuros, era palpable. Sabían que estábamos huyendo de ahí. Estábamos deshechos, magullados y al borde de la hipotermia tras escapar de la mina, pero al parecer, el caos que dejamos atrás con los explosivos improvisados de Beto seguía cobrando factura.
Aproveché ese instante de distracción divina. Solté la empuñadura de la 9mm y, con un movimiento rápido pero medido, saqué un fajo de billetes manchados de grasa y un poco de s*ngre seca de mi bolsillo izquierdo. Eran unos quinientos pesos arrugados.
—Jefe, jefe, escúcheme —le dije, bajando la voz, manteniendo ese acento cantadito de rancho, el de un simple mecánico de pueblo arrastrado por la desgracia —. Mire, la neta traigo prisa. Mi vieja está a punto de parir allá en el salto, y esta troca apenas y me da. A la troca se le fregó la marcha y me tocó pasar la noche arreglándola. No traigo nada, puro fierro viejo atrás. Tómese esto pal’ café y déjeme llegar con mi mujer, se lo ruego por lo que más quiera.
El policía miró el dinero. Luego miró hacia el asfalto, donde sus compañeros y scarios de civil vigilaban el retén, ya inquietos por el llamado de radio. El olor a tabaco barato y colonia fuerte inundó la cabina de mi vieja camioneta cuando el oficial se inclinó un poco más, evaluando la situación. Sabía que ir a la mina significaba toparse con plmo del bueno; quedarse en el retén era más seguro, pero detener a un pobre diablo roñoso no le iba a dar el ascenso ni la cuota que sus jefes del C.D.A. le exigían.
Sin decir una sola palabra, su mano enguantada arrebató los billetes.
—Ábrase a la ching*da, pues. Y si lo vuelvo a ver por aquí con esta carcacha, se lo va a cargar la tía de las muchachas —gruñó, golpeando el cofre de la troca dos veces con la palma abierta.
—Dios lo bendiga, jefe —mascullé, agachando la cabeza.
Metí primera. La caja de velocidades crujió con un lamento metálico que me heló la sangre, temiendo que la transmisión se quedara tirada justo ahí. Pero la vieja Ford jaló. Avanzamos a vuelta de rueda entre los conos anaranjados y las camionetas blindadas sin placas. Sentía las miradas de los s*carios clavadas en mi nuca, perforándome el cráneo. Mantuve la vista al frente, sudando a mares, con el cuerpo tenso como una cuerda de guitarra a punto de reventar.
Una vez que pasamos la curva y el retén desapareció tragado por la espesa neblina, pisé el acelerador hasta donde el motor me lo permitió. El paisaje de pinos oscuros y barrancos profundos se convirtió en un borrón gris.
A mi lado, escondido bajo una chamarra grasienta en el espacio para los pies, Luis contenía la respiración. Había estado tan quieto que por un segundo, el terror más absoluto me paralizó el pecho. ¿Y si ya no respiraba?
—¿Luis? —llamé, con la voz ronca, raspada por el polvo y la sed—. Ya pasamos, mijo. Ya puedes salir.
La chamarra se movió lentamente. Una cabecita cubierta de tierra y cabello apelmazado por el sudor asomó por el borde del asiento. El chamaco temblaba, consumido por la fiebre de su herida infectada y el frío que nos calaba hasta los tuétanos. Tenía apenas doce años, pero en sus ojos oscuros se reflejaba la tragedia de un hombre de cien. Su brazo izquierdo estaba envuelto en un trapo de taller que antes era rojo y ahora era de un tono marrón oscuro, rígido por la s*ngre coagulada.
—¿Nos… nos van a seguir, don Chema? —murmuró Luis, con los labios resecos y partidos. Le costaba articular las palabras.
—No, mijo. No nos siguen. Los libramos —mentí. Yo sabía perfectamente que en cuanto llegaran a la mina y vieran los cuerpos, y se dieran cuenta de que faltaba la libreta negra, iban a voltear el estado entero patas arriba para encontrarnos. Era nuestro único boleto a la capital para entregar la bitácora del C.D.A. al periodista Arturo Valdés. Esa bitácora tenía los nombres, las cuentas, las rutas de lavado y, lo más importante, los nombres de los políticos coludidos que permitían que el cártel usara las minas abandonadas como fosas clandestinas.
Yo estaba cubierto de lodo, grasa y s*ngre seca. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando un manchón negro en mi piel.
—Tienes que aguantar, ¿me oyes, Luisito? Necesito que te mantengas despierto. Dime algo. Platiquemos de algo.
Luis tosió, un sonido seco que le dolió en el pecho.
—Me duele mucho, don Chema… Siento como si me estuvieran quemando el brazo por dentro.
—Lo sé, lo sé, muchacho. Aguanta. Hay un pueblo a unos veinte kilómetros de aquí. La Ciudad de los Pinos. Ahí vive una señora, doña Chole. Ella conoce de hierbas, de medicina. Nos va a curar ese brazo y de ahí le damos directo a Durango.
—¿Por qué no fuimos al hospital del salto?
Suspiré, sintiendo el peso de la desesperación aplastándome los pulmones.
—Porque en los hospitales hay orejas, chamaco. Si llegamos tú y yo, t*roteados y pidiendo ayuda, antes de que nos pongan una venda ya tienen a tres trocas del cártel esperando en la puerta de urgencias. Aquí en la sierra, las paredes oyen y los pinos tienen ojos.
Seguimos avanzando. El camino se volvió más sinuoso, un camino de terracería que serpenteaba al borde de un barranco vertiginoso. El cascabeleo del motor era cada vez más fuerte. Le rogaba a todos los santos que la máquina no se desbielara. La Ford F-150 modelo 92 había sido de mi abuelo, luego de mi apá, y ahora mía. La conocía de pies a cabeza, y sabía que el sonido de las punterías significaba que nos estábamos quedando sin aceite. El retén no había sido una mentira del todo; a la troca se le fregó la marcha y me tocó pasar la noche arreglándola, y en el proceso, habíamos perdido líquidos vitales.
Mientras manejaba, mi mente, traicionera, me regresó a la noche anterior. Al infierno en la mina de San Patricio.
Habíamos ido buscando a Beto. Mi hermano menor llevaba tres meses desaparecido. Las autoridades me dieron la típica respuesta: «Andaba en malos pasos, señor. Seguro se fue con otra vieja o se enredó con la maña». Pero yo conocía a Beto. Él era ingeniero topógrafo, un hombre honesto que solo quería juntar lana para casarse con su novia, la Lupita. Hasta que un día fue a hacer un levantamiento de tierras cerca de San Patricio y no volvió.
Durante meses investigué por mi cuenta. Pagué sobornos, hablé con borrachos en las cantinas de los pueblos, hasta que un minero retirado me dijo que el C.D.A. estaba usando los túneles viejos de San Patricio. Fui con Titán, mi pastor belga, mi único compañero desde que mi mujer me dejó. Titán era un perro noble, entrenado a la mala para rastrear.
Cuando llegamos a la mina al amparo de la noche, lo que encontré no fue a mi hermano vivo. Encontré un campo de exterminio. Esclavos. Hombres, mujeres y hasta niños trabajando en procesar químicos para el cártel. Y en una oficina improvisada de lámina, vi al “Patrón” de la plaza, un gordo sádico, anotando todo en una bitácora negra.
Logré infiltrarme. Titán atacó a un guardia en silencio, directo a la yugular, salvándome la vida. Encontré la libreta. Pero también encontré a Luis, que estaba encadenado a una revolvedora de cemento. Lo intenté liberar, y ahí fue cuando todo se fue al demonio. Nos descubrieron.
Empezó la balacera. Titán se abalanzó contra dos scarios armados con cuernos de chivo para darnos tiempo de correr. El sonido de los dsparos acribillando a mi perro todavía me despierta por las noches, un eco fantasma que me destroza el alma. Lo hacía por mi hermano Beto, por la lealtad de nuestro perro Titán… Todo eso me daba la fuerza para no rendirme. En la huida, una b*la perdida le rozó el brazo a Luis. Corrimos por el monte durante horas, cayendo entre espinas y lodo, hasta que encontramos la camioneta que había dejado escondida.
—Don Chema… —la voz de Luis me sacó de mis recuerdos. Su tono era apenas un hilo de voz.
Volteé a verlo. Sus labios estaban morados, y la piel de su rostro, pálida como el papel, brillaba por el sudor frío. Tenía los ojos entrecerrados.
—¡Hey, hey, Luis! ¡Abre los ojos, cabrón! —grité, dándole un golpecito en la mejilla sana—. No te me duermas. Ya casi llegamos, te lo prometo.
—Tengo… mucho frío…
Tomé la chamarra grasienta y se la acomodé mejor, cubriéndole hasta el cuello. Puse la calefacción de la troca, aunque lo único que salía por las ventilas era un aire tibio con olor a polvo y anticongelante quemado.
—¿Sabes qué vamos a hacer cuando lleguemos a la capital? —le empecé a platicar, intentando mantener su mente ocupada—. Vamos a ir con el periodista, le damos el cuaderno, y después te voy a llevar a comer los mejores tacos de barbacoa que has probado en tu vida. ¿Te gusta la barbacoa, Luisito?
Él asintió débilmente.
—Con… con mucha salsita roja…
—Con un chingo de salsita roja, claro que sí. Y un refresco de vidrio bien helado. Pero para eso necesito que le eches ganas. Eres un guerrero, chamaco. Sobreviviste a la mina. Una fiebre no te va a tumbar ahora.
El letrero de lámina oxidada y baleada apareció entre la niebla: “Bienvenidos a La Ciudad de los Pinos. Población: 800”.
El pueblo parecía un cementerio. Las calles empedradas estaban vacías. Las ventanas de las casas de adobe y techo de teja estaban cerradas a piedra y lodo. La gente aquí vive con el miedo metido en los huesos. Saben que si escuchan un motor que no conocen, lo mejor es esconderse y no asomar las narices.
Conduje lentamente hasta las afueras del pueblo, hacia una casita aislada cerca del río. Era una estructura humilde, rodeada de macetas con sábila, ruda y albahaca. Detuve la camioneta detrás de un gran pirul para que no se viera desde el camino principal. Apagué el motor. El silencio que siguió fue ensordecedor, solo interrumpido por el canto lejano de unos gallos desorientados por la niebla y la respiración agitada de Luis.
—Llegamos, mijo. Agárrate de mi cuello.
Me bajé, tomé mi 9mm y me la fajé en los pantalones. Saqué a Luis con cuidado. Pesaba tan poco que parecía un pajarito roto. Lo cargué en mis brazos y caminé rápido hacia la puerta de madera gastada. Toqué tres veces seguidas, pausa, y luego dos más. Era el código que usábamos hace años.
Pasaron unos segundos eternos. Sentí el impulso de patear la puerta, pero finalmente escuché el roce de los cerrojos. La puerta se abrió unos centímetros. El rostro arrugado y severo de doña Chole se asomó por la rendija. Sus ojos negros, profundos como pozos, me escudriñaron.
—Válgame la Virgen purísima… Chema. Eres un fantasma, muchacho. Te daban por muerto —susurró la anciana, abriendo la puerta por completo.
—Necesito su ayuda, doña Chole. El chamaco trae un b*lazo en el brazo y se me está yendo por la infección.
Ella no hizo preguntas. Su mirada se clavó en el estado de Luis y se hizo a un lado.
—Pásalo rápido, ponlo en la mesa de la cocina. Y cierra bien esa puerta, que dicen que andan los diablos sueltos por la sierra hoy.
Entramos. La casa olía a copal, a tierra húmeda y a frijoles de la olla. Puse a Luis sobre la mesa de madera tallada. Doña Chole fue directo a un mueble viejo y sacó un botiquín, botellas con alcohol de caña, vendas limpias y un cuchillo pequeño que puso a calentar directamente sobre la flama de la estufa de gas.
—¿Quién los viene persiguiendo, Chema? —preguntó ella, sin mirarme, mientras cortaba la manga de la camisa de Luis con unas tijeras.
—El C.D.A. —respondí, tragando saliva.
La mano de doña Chole se detuvo por un segundo. Se persignó rápidamente antes de volver al trabajo.
—Te metiste en la boca del lobo. Esa gente no perdona.
—Lo sé. Pero traigo conmigo algo que los puede hundir. Una bitácora. Solo necesito llegar a Durango, entregarla, y desapareceremos.
La anciana comenzó a limpiar la herida de Luis con el alcohol. El niño soltó un grito desgarrador, arqueando la espalda por el dolor insoportable. Yo me acerqué y le sujeté los hombros con firmeza pero con cariño.
—Shhh, ya pasó, ya pasó. Mírame a mí, Luis, mírame a mí —le ordenaba, mientras lágrimas de desesperación rodaban por las mejillas llenas de tierra del niño.
—La b*la ya no está, la traspasó —diagnosticó doña Chole, poniéndose unos lentes de lectura gruesos—. Pero la tela de la ropa se le quedó adentro y eso es lo que le está pudriendo la carne. Trae una infección perra. Le voy a tener que raspar, Chema. Agárralo fuerte porque esto va a ser como el mismo infierno.
Agarré a Luis. Le puse un trapo de cocina limpio en la boca. “Muerde fuerte, chamaco”, le susurré.
Lo que siguió en los próximos diez minutos fue una tortura. Cada quejido ahogado de Luis se me clavaba en el pecho como una daga. Recordé a mi hermano Beto. Recordé el momento en que me enteré que él no iba a volver. Juré proteger a este niño con mi vida. Él era inocente en este juego de poder y s*ngre.
Cuando doña Chole terminó, cosió la herida con destreza y le aplicó un ungüento verdoso que olía a hierbas amargas. Vendó el brazo firmemente.
—Le voy a inyectar un antibiótico de amplio espectro, de los fuertes que uso para los caballos, pero es lo único que le bajará esa fiebre de tajo —explicó ella, preparando una jeringa—. Va a dormir profundamente unas horas. Aprovechen para descansar. Se ven como si los hubiera masticado el diablo y escupido en la terracería.
—No podemos quedarnos mucho tiempo, doña Chole. Si nos encuentran aquí, a usted también me la quiebran, y no quiero cargar con más m*ertos en mi conciencia.
—Tú no te preocupes por esta vieja pelleja, Chema. Yo ya viví lo que tenía que vivir. Ve a lavarte la cara a la pila del patio. Te ves espantoso.
Asentí. Salí al pequeño patio trasero. El agua de la pila estaba helada. Metí las manos y me lavé el rostro con desesperación, frotando hasta que la piel me ardió, intentando quitarme no solo el lodo, la grasa y la s*ngre seca, sino también la culpa, el miedo y la impotencia.
Me apoyé contra la pared de adobe, respirando el aire frío de la sierra. Saqué de mi chaqueta interior la libreta negra del C.D.A. Sus tapas de cuero falso estaban húmedas. Era pesada. Dentro de ella estaba el destino del estado, de gobernadores, de jefes policiales, de scarios y empresarios. Era nuestro único boleto a la capital para entregar la bitácora del C.D.A. al periodista Arturo Valdés. Valdés era de los pocos íntegros que quedaban, de los que publicaban verdades incómodas a sabiendas de que cada letra les acercaba a la merte. Él sabría qué hacer. Él la enviaría a la capital del país, a la federación, lejos de la pudrición local.
Pero el camino aún era largo. Quedaban al menos cinco horas de carretera. Cinco horas sorteando retenes, patrullas estatales coludidas y “halcones” (informantes) apostados en cada caseta y entronque.
De pronto, un sonido me paralizó el corazón.
El ruido lejano, pero inconfundible, del motor de varias camionetas de ocho cilindros revolucionando al máximo. Venían por el camino de terracería que daba a la entrada del pueblo.
No era una, eran al menos tres.
Corrí hacia adentro de la casa. Doña Chole ya estaba apagando las luces y cerrando las cortinas de golpe.
—Ya están aquí —dijo ella, con una calma espeluznante.
Miré a Luis, que dormía profundamente sobre la mesa gracias al sedante.
—Me lo tengo que llevar. Si los enfrento aquí, van a destrozar su casa.
—Por la puerta trasera, muchacho. Hay una vereda que baja hacia el cauce del río seco. Sigue ese camino y te sacará a la vieja carretera estatal. Tu troca la van a encontrar, déjala. Tienen que irse a pie hasta llegar al siguiente ejido, ahí hay un paradero de traileros donde pueden conseguir un aventón.
—¿Y la camioneta? Si la ven, sabrán que estoy aquí.
—Yo me encargo de decirles que unos malandros la dejaron botada y se fueron corriendo para el cerro. Ándale, lárgate ya. Que Dios te ampare, muchacho.
Envolví a Luis en una cobija de lana gruesa que doña Chole me aventó. El niño apenas y pesaba, pero cargarlo por terreno escarpado en medio de la niebla iba a ser un reto suicida.
—Gracias, doña Chole. Si salgo de esta, le juro que le pago el favor.
—Vete ya, Chema.
Salí por la puerta trasera. La neblina seguía siendo espesa, un manto blanco que parecía tragarlo todo. Empecé a bajar por la vereda rocosa hacia el río seco. Las piedras resbalaban bajo mis botas gastadas. Atrás, escuché el frenazo brusco de las llantas rechinando contra la tierra frente a la casa de doña Chole. Gritos. Voces roncas ordenando catear el perímetro.
El corazón me martillaba contra las costillas. Me metí entre los matorrales espesos, sintiendo las espinas rasgar mi ropa y mi piel. Luis soltó un pequeño gemido en su sueño. “Calladito, mi niño”, le rogué mentalmente.
Caminamos por lo que pareció una eternidad a través del cauce del río seco. La humedad del ambiente calaba los huesos. Mi brazo derecho se acalambraba de tanto sostener al niño, pero no me atrevía a parar. Sabía que los halcones estarían peinando los cerros con reflectores y armas largas.
Mientras avanzaba tropezando en la oscuridad de la neblina, recordé la promesa que le hice a Beto la última vez que lo vi. Estábamos tomando unas caguamas banquetera afuera de la casa de nuestra madre. Él me hablaba de su boda, de sus planes de abrir una pequeña constructora. Yo le dije que siempre le iba a cuidar la espalda. Le fallé a mi sangre. No llegué a tiempo. Pero no le iba a fallar a este niño.
A lo lejos, luces amarillas y parpadeantes rompieron la monotonía de la neblina. Eran las farolas de la vieja carretera estatal. Habíamos llegado. Un poco más adelante se veía un resplandor más intenso: la cachimba, el paradero de traileros que doña Chole había mencionado.
El lugar estaba lleno de camiones de carga enormes, monstruos de acero descansando con los motores encendidos. Había pequeños puestos de comida, con lonas de colores y humo de carne asada subiendo hacia el cielo frío.
Me acerqué manteniéndome en las sombras, observando todo a detalle. Necesitaba encontrar un trailero dispuesto a llevarnos sin hacer preguntas. Pero entonces, vi algo que me congeló la sangre.
Aparcada justo en la entrada de la zona de comida, había una patrulla de la policía estatal. Y recargado en el cofre, fumándose un cigarro y platicando con un s*cario armado, estaba el mismo oficial del retén. El del R-15. El que me había escudriñado de arriba a abajo con fastidio.
Maldita sea. Habían cerrado el cerco.
No podía retroceder. Detrás de nosotros estaba el cártel peinando el monte; frente a nosotros, las autoridades compradas esperando a que asomáramos la cabeza. Volví a aferrar la empuñadura helada de mi 9mm escondida en mi pantalón. Solo me quedaban nueve blas. Nueve tros entre nosotros y ese batallón.
¿Iba a tener que abrirme paso a plmo en medio de todos estos civiles? ¿Y si lastimaba a alguien inocente? ¿Y si Luis recibía otra bla?
La desesperación me acorralaba. Busqué frenéticamente una salida, un camión que estuviera a punto de arrancar. Y lo vi. Un tráiler de caja refrigerada, con las puertas traseras ligeramente entreabiertas, cuyo conductor apenas subía a la cabina del frente. Era nuestra única oportunidad. Una ruleta rusa.
Acomodé a Luis en mi hombro y, aprovechando un punto ciego entre las luces de la patrulla y los reflectores del estacionamiento, corrí. Corrí como si el mismo diablo me persiguiera, rezando para que la oscuridad y la niebla ocultaran nuestra huida…
PARTE 3: El Frío de la Verdad y el Asfalto
El Refugio de Hielo
Corrí como si el mismo diablo me persiguiera, rezando para que la oscuridad y la niebla ocultaran nuestra huida. Mis botas gastadas, manchadas de tierra y sngre seca, chapoteaban contra los charcos de diésel y agua sucia del estacionamiento. El peso de Luis sobre mi hombro, envuelto en esa pesada cobija de lana, se sentía como si estuviera cargando un costal de cemento, pero la adrenalina que me bombeaba el corazón no me dejaba sentir fatiga. A unos cincuenta metros, las luces rojas y azules de la patrulla estatal giraban perezosamente, iluminando por fracciones de segundo el rostro del mismo oficial del retén, el del R-15, que reía a carcajadas con el scario.
Si volteaban, estábamos mertos. No había más. Volví a aferrar la empuñadura helada de mi 9mm escondida en mi pantalón, recordando con amargura que solo me quedaban nueve blas. Nueve tros entre nosotros y ese batallón. ¿Iba a tener que abrirme paso a plmo en medio de todos estos civiles? ¿Y si lastimaba a alguien inocente? ¿Y si Luis recibía otra b*la?. El pánico me asfixiaba, pero mis piernas seguían moviéndose solas hacia ese inmenso camión blanco.
Llegué a la parte trasera del tráiler de caja refrigerada. Las puertas estaban ligeramente entreabiertas, aseguradas solo con una cadena suelta. El conductor acababa de subir a la cabina; escuché el rugido del motor diésel de dieciocho velocidades encendiéndose, haciendo vibrar el suelo bajo mis pies. Era nuestra única oportunidad. Una ruleta rusa.
Con el brazo derecho temblando de agotamiento, empujé la pesada puerta de acero lo suficiente para colarnos. Subí primero a Luis, empujándolo con cuidado sobre el piso de metal estriado, y luego me trepé yo, jalando la puerta detrás de mí justo cuando el camión dio un violento tirón hacia adelante. El golpe metálico de la puerta cerrándose resonó como un disparo, pero el ruido del motor lo ahogó.
Estábamos adentro. A oscuras. Y el frío… el frío era instantáneo, brutal y despiadado.
El interior olía a carne cruda, a ozono y a amoniaco. Tanteando en la negrura absoluta, sentí cajas de cartón apiladas y ganchos metálicos colgando del techo. Arrastré a Luis detrás de una gran tarima de madera en el fondo de la caja, buscando crear una barrera entre nosotros y la puerta por si el chofer decidía revisar la carga en algún punto.
—Don Chema… —susurró Luis, su voz temblando descontroladamente—. Está… está muy oscuro.
—Shhh, tranquilo chamaco, aquí estoy. No me muevo de tu lado —le respondí, acomodando la cobija de lana alrededor de su pequeño cuerpo tembloroso. Doña Chole le había inyectado un antibiótico para caballos que lo haría dormir, pero el impacto térmico lo había despertado a medias.
El sistema de refrigeración del tráiler se encendió con un zumbido sordo. Una ráfaga de aire helado nos golpeó directamente. Sabía que esto era peligroso. Estábamos huyendo de la hipotermia en la sierra, y ahora nos habíamos encerrado voluntariamente en un congelador rodante. Pero era preferible morir de frío a que nos encontraran los del C.D.A. y nos cortaran en pedazos por la libreta negra que llevaba guardada en mi chaqueta.
Me senté en el suelo de metal, pegué la espalda contra la pared congelada y jalé a Luis hacia mi pecho. Lo abracé fuerte, intentando transferirle el poco calor que me quedaba.
—¿A dónde vamos? —preguntó el niño, castañeteando los dientes.
—A la capital. A Durango —le dije, frotándole la espalda por encima de la cobija—. Era nuestro único boleto a la capital para entregar la bitácora del C.D.A. al periodista Arturo Valdés. Él va a publicar todo esto. Valdés era de los pocos íntegros que quedaban, de los que publicaban verdades incómodas a sabiendas de que cada letra les acercaba a la m*erte. Él nos va a ayudar.
—Me duele el brazo… me arde.
Sabía que la tela de la ropa se le había quedado adentro y eso era lo que le estaba pudriendo la carne antes de que Doña Chole se la raspara. La anciana había cosido la herida con destreza y le aplicó un ungüento verdoso , pero el dolor y la infección perra aún estaban ahí.
—Piensa en los tacos, Luisito. Piensa en esa orden de barbacoa con chingos de salsa roja. Te la prometí y te la voy a cumplir.
Ecos en la Oscuridad
El camión avanzaba dando bandazos en las curvas de la sierra. Cada bache era un suplicio. Durante las primeras dos horas, me mantuve en un estado de alerta absoluto. Con una mano aferraba a Luis, y con la otra sostenía mi 9mm. Si el camión se detenía en algún retén de los estatales coludidos y abrían esas puertas, yo iba a vaciar mi cargador. Lo haría por mi hermano Beto, por la lealtad de nuestro perro Titán, y porque ya estoy harto de que en este país la gente buena tenga que esconderse de las l*cras.
La oscuridad del remolque me jugaba trucos en la mente. Sin nada que ver, mis recuerdos se proyectaban vívidamente frente a mí.
Recordé la promesa que le hice a Beto la última vez que lo vi. Estábamos tomando unas caguamas banqueteras afuera de la casa de nuestra madre. Él me hablaba de su boda, de sus planes de abrir una pequeña constructora. Yo le dije que siempre le iba a cuidar la espalda. Él era ingeniero topógrafo, un hombre honesto que solo quería juntar lana para casarse con su novia, la Lupita. Hasta que un día fue a hacer un levantamiento de tierras cerca de San Patricio y no volvió.
Le fallé a mi sangre. No llegué a tiempo. Cuando llegué a la mina al amparo de la noche, lo que encontré no fue a mi hermano vivo; encontré un campo de exterminio. Hombres, mujeres y hasta niños trabajando en procesar químicos para el cártel. Esas imágenes me iban a perseguir hasta la tumba. El sonido de los dsparos acribillando a mi perro todavía me despierta por las noches, un eco fantasma que me destroza el alma. Titán se abalanzó contra dos scarios armados con cuernos de chivo para darnos tiempo de correr. Él dio su vida para que yo pudiera sacar a este chamaco de ese infierno.
Pero no le iba a fallar a este niño. Juré proteger a este niño con mi vida. Él era inocente en este juego de poder y s*ngre.
A tientas, saqué de mi chaqueta interior la libreta negra del C.D.A. Sus tapas de cuero falso estaban húmedas. Era pesada. Dentro de ella estaba el destino del estado, de gobernadores, de jefes policiales, de s*carios y empresarios. Saqué mi encendedor viejo del pantalón y lo encendí. La pequeña flama amarillenta iluminó un radio de medio metro, proyectando sombras monstruosas sobre las cajas de carne.
Abrí la libreta. Las páginas estaban llenas de números, coordenadas de fosas clandestinas, registros de cargamentos de droga y nóminas. Nombres de políticos de alto nivel que cenaban en los mejores restaurantes de México mientras en la sierra tenían a niños como Luis encadenados a una revolvedora de cemento. Apagué el encendedor para ahorrar gas. Esa libreta quemaba mis manos más que el frío que rodeaba mi cuerpo.
—Don Chema…
La voz de Luis me sacó de mis pensamientos. Estaba ardiendo. A pesar de que estábamos a unos cinco grados bajo cero dentro de la caja, la frente del niño sudaba a mares. La infección estaba peleando contra el antibiótico.
—Aquí estoy, mijo.
—Vi a mi mamá… —balbuceó, delirando por la fiebre—. Estaba en la puerta… me decía que me metiera a la casa porque iba a llover.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Tu mamá te está esperando en algún lado, Luisito. Pero ahorita te tienes que quedar conmigo, ¿escuchaste? No vayas hacia la puerta. Quédate conmigo. A huevo que vamos a salir de esta, cabrón. Eres muy fuerte. Sobreviviste a la mina. Una fiebre no te va a tumbar ahora.
Las horas pasaron agonizantes. El ruido ensordecedor de las llantas contra el asfalto me adormecía, pero el temblor de Luis me obligaba a mantenerme despierto. Mis dedos estaban entumecidos. Sentía que mi nariz y mis orejas se habían convertido en pedazos de vidrio listos para romperse. Le rogaba a Dios, a la Virgen, a quien fuera que escuchara allá arriba, que el camino se acortara.
De repente, el camión comenzó a frenar. El chirrido de los frenos de aire siseó fuertemente. El vehículo se detuvo por completo.
Agarré la 9mm y apunté hacia la oscuridad donde sabía que estaba la puerta.
Escuché voces afuera. Múltiples voces.
—¡Revisión de rutina, jefe! Apague su motor y preste para acá sus papeles.
Era un retén. Otra vez. Mi corazón retumbaba en mis oídos compitiendo con el silencio que dejó el motor apagado.
—Todo en orden, oficial. Traigo carne de res para los supermercados del centro. Voy tarde, ¿no me hace el paro de dejarme arrancar? —Esa era la voz del chofer, cansada y fastidiada.
—A ver, ábrame la caja tantito. Nomas pa’ checar que no traiga nada chueco. Ya sabe cómo está la maña ahorita.
Sentí que la sangre se me iba a los pies. Apreté la p*stola. Escuché los pasos pesados caminando por el costado del remolque. El tintineo de las llaves.
Me pegué a Luis contra el pecho y le tapé la boca con la mano, rezando para que no tosiera.
El pasador de metal de la puerta exterior crujió. La puerta derecha se abrió unos cuarenta centímetros, dejando entrar un rayo de luz pálida de madrugada que me cegó por un instante. Rápidamente cerré los ojos a medias para ajustar mi visión. Estábamos ocultos detrás de las inmensas tarimas de madera, pero si el policía subía al remolque y usaba una linterna, estábamos acabados.
—Uta madre, sí está bien frío aquí adentro, pare —dijo el policía, asomando apenas la cabeza por la rendija.
—Se lo dije, jefe. Pura carne congelada. Si dejo abierto mucho tiempo se me rompe la cadena de frío y me corren del jale.
Hubo una pausa que pareció durar un siglo. Vi el haz de luz de una linterna barrer rápidamente las primeras hileras de cajas de cartón. La luz pasó a centímetros de mi bota. Contuve la respiración hasta que sentí que los pulmones me estallaban.
—Órale pues, ciérrele y váyase con cuidado. Está cabrón el tramo de Sombrerete.
La puerta se cerró de golpe. El pasador se enganchó. El camión volvió a vibrar cuando el motor cobró vida. Solté todo el aire en un suspiro tembloroso y bajé el arma. Habíamos librado otra.
La Capital de las Sombras
No supe en qué momento me quedé dormido, pero me despertó el cambio brusco en el sonido de las llantas y las constantes paradas y arranques. Habíamos dejado la carretera. Ya no había baches de terracería, sino el liso rodar sobre asfalto pavimentado y el ruido intermitente del tráfico. Estábamos en la ciudad de Durango.
Revisé a Luis. Estaba profundamente dormido. El antibiótico y el cansancio extremo lo habían noqueado, pero su piel ya no ardía como antes. Respiraba de manera más regular. Doña Chole tenía razón, esa mujer era una santa con sus medicinas.
El tráiler hizo una maniobra brusca, retrocediendo lentamente mientras pitaba una alarma intermitente: Bip… bip… bip…. Estacionándose para descargar.
Era el momento.
Me puse de pie lentamente, mis articulaciones crujieron como bisagras oxidadas. Estaba tan entumecido que apenas sentía las piernas. Me acerqué a las puertas traseras. En el momento en que escuché el freno de mano del camión accionarse, empujé la puerta izquierda con el hombro. Se abrió un poco, lo suficiente para ver que estábamos en la zona de andenes de un supermercado grande, en la parte trasera. Era apenas el amanecer, el cielo era de un gris plomizo. No había nadie alrededor de la parte trasera del camión; los trabajadores debían estar adentro preparándose para recibir la carga.
Volví por Luis, me lo eché a la espalda asegurando la cobija, y salté a la calle asfaltada.
Corrí hacia un callejón estrecho adyacente a los andenes y me escondí detrás de unos contenedores de basura gigantes que apestaban a verdura podrida. Esperé ahí, respirando agitadamente, viendo cómo dos trabajadores salían bostezando para abrir por completo las puertas del tráiler que acabábamos de abandonar.
Estábamos en la capital. Lo habíamos logrado.
El frío de la calle era soportable comparado con el congelador. Salí del callejón hacia una avenida principal. La ciudad apenas despertaba. Señoras barriendo las banquetas, puestos de atole y tamales abriendo sus cortinas de metal, microbuses pasando a toda velocidad levantando charcos. Caminábamos entre ellos como fantasmas. Yo, cubierto de lodo, grasa y s*ngre seca; Luis, pálido, casi inerte sobre mi espalda. Más de una persona se nos quedó viendo con cara de espanto, y un señor en un puesto de revistas incluso agarró el teléfono, probablemente pensando que éramos pordioseros o algo peor.
Necesitaba llegar a las oficinas del Diario El Independiente. Ahí trabajaba Arturo Valdés.
No tenía idea de dónde estaba, así que me acerqué al puesto de tamales más cercano. El olor a masa al vapor y salsa verde me revolvió el estómago de pura hambre.
—Jefa, buenos días —le dije a la señora, bajando la cabeza para que no viera bien el estado de mi rostro—. ¿De pura casualidad sabe para dónde queda el edificio del periódico El Independiente?
La señora, una mujer robusta con delantal, me miró de arriba abajo, frunciendo el ceño, pero la compasión venció a su desconfianza cuando vio la piernita sucia de Luis colgando de mi espalda.
—Pobre criatura, ¿qué le pasó, oiga?
—Tuvimos un accidente en la carretera, jefa. Vamos buscando a un familiar que trabaja ahí.
—Está del otro lado del centro, mijo. Tiene que agarrar la Avenida 20 de Noviembre todo derecho, y a unas diez cuadras, doblando a la izquierda en la calle Constitución. Ahí va a ver el letrero grande.
—Dios se lo pague.
Caminé esas diez cuadras como si fueran mil kilómetros. A cada patrulla de la policía municipal que pasaba, me metía en el portal de una casa o me escondía detrás de un poste. Estaba paranoico. Sentía que todo el mundo sabía quién era y qué traía en mi chaqueta.
Finalmente, llegué. Era un edificio viejo de tres pisos, de arquitectura colonial pero descuidada, con grandes ventanales y un letrero de letras metálicas despintadas que decía “EL INDEPENDIENTE – La verdad sin censura”.
Empujé la pesada puerta de cristal. La recepción olía a tinta fresca, papel y café viejo. Un guardia de seguridad regordete estaba sentado detrás de un escritorio, leyendo una revista de deportes. Al verme entrar, se puso de pie inmediatamente, llevando la mano a su tolete.
—Hey, hey, compa, no puede entrar aquí a pedir limosna. Salga, por favor.
—No vengo a pedir dinero —dije, con la voz más firme que pude sacar, aunque me salió rasposa y cansada—. Vengo a buscar a Arturo Valdés. Dígale que vengo de parte de la sierra. Dígale que traigo la bitácora de la mina de San Patricio.
El guardia frunció el ceño.
—El señor Valdés no recibe a nadie sin cita…
—¡Vaya a decirle, chingda madre! —le grité, perdiendo los estribos, dando un paso al frente y dejando que el guardia viera la empuñadura de mi pstola fajada en el pantalón.
El guardia palideció. Levantó las manos en gesto apaciguador y levantó el teléfono de su escritorio sin quitarme los ojos de encima. Murmuró unas palabras rápidas.
Menos de dos minutos después, las puertas del elevador se abrieron y de él salió un hombre alto, delgado, con el cabello entrecano despeinado, gafas de pasta gruesa y una camisa de cuadros arremangada. Tenía ojeras profundas, la mirada de un hombre que ha visto demasiada oscuridad en este país y se niega a cerrar los ojos.
Era Arturo Valdés.
El periodista me miró a mí, luego miró al niño inconsciente en mi espalda. Caminó rápidamente hacia mí, ignorando al guardia.
—¿Tú eres el que llamó desde el teléfono satelital hace una semana? ¿El hermano del topógrafo? —preguntó Valdés en voz baja, con un tono urgente.
—Chema. Me llamo Chema. Y este es Luis —respondí, sintiendo que las rodillas por fin me iban a fallar—. Lo saqué de San Patricio.
Valdés miró a Luis y su expresión se endureció.
—Pásale, rápido. Guardia, cierra la puerta principal y no dejes entrar a nadie, no me importa quién carajos sea.
Me guio hacia su oficina en el tercer piso, un cuarto atestado de archiveros desbordados, paredes cubiertas de notas adhesivas, mapas de la región marcados con chinchetas rojas y fotografías. Olía a tabaco y frustración.
Me ayudó a recostar a Luis en un sofá viejo de cuero desgastado que tenía en una esquina.
—Está muy mal, Chema. Necesita un hospital, ya.
—Si lo llevo a un hospital público, los del C.D.A. nos van a encontrar en diez minutos. Hay orejas por todos lados.
—Conozco a un médico forense retirado que atiende en una clínica privada aquí a dos cuadras. Es de extrema confianza. Él lo va a estabilizar sin hacer preguntas —dijo Valdés, sacando su celular—. Pero antes… dime que valió la pena. Dime que la traes.
Metí la mano derecha, entumecida y temblorosa, en mi chaqueta interior. Saqué la libreta negra. Sus tapas de cuero falso húmedas dejaron una marca oscura sobre el escritorio lleno de papeles de Valdés cuando la dejé caer ahí.
—Ahí está —dije, sintiendo de pronto un inmenso vacío en el pecho—. Nombres. Cuentas. Rutas. Coordenadas de las minas que usan de fosas. El “Patrón” anotaba todo ahí con su maldito puño y letra. Están los gobernadores, los jefes de policía, todos.
Valdés tomó la libreta con reverencia. Abrió las páginas centrales. Vi cómo sus ojos se abrían de par en par al leer las listas, y cómo su mandíbula se tensaba hasta blanquearse. Él sabía exactamente el peligro radioactivo que sostenía en sus manos. Valdés era de los pocos íntegros que quedaban, de los que publicaban verdades incómodas a sabiendas de que cada letra les acercaba a la m*erte. Él sabría qué hacer. Él la enviaría a la capital del país, a la federación, lejos de la pudrición local.
—Madre santa… —murmuró Valdés—. Lo sabíamos, Chema. Siempre lo supimos, pero no teníamos la prueba documental. Esto… esto va a hacer que el estado arda hasta los cimientos.
—Que arda —respondí, sentándome pesadamente en una silla frente a él, sacando mi 9mm y poniéndola sobre la mesa, completamente agotado—. Que arda todo, si con eso dejan en paz a nuestra gente. Lo hice por mi hermano Beto. Ya no me queda nada. Solo este chamaco.
Arturo Valdés levantó la vista de la libreta, sus ojos brillando con una mezcla de respeto y determinación.
—Le salvaste la vida a ese niño, Chema. Y nos acabas de dar el arma más poderosa contra esta escoria. Te prometo, por mi madre, que esta historia va a estar en primera plana en todos los periódicos de la capital mañana en la mañana. No la voy a publicar solo aquí, la voy a mandar a la Ciudad de México, a la fiscalía internacional, a todos lados. No van a tener dónde esconderse.
Valdés marcó un número en su teléfono celular.
—¿Doctor Solís? Soy Arturo. Necesito un favor urgente. Traigo a un niño con un impacto de b*la infectado y desnutrición. Mando a alguien para allá en este instante, ábreme la puerta de atrás. Sí. Nadie puede saberlo. Gracias.
Colgó y me miró.
—Mi editor jefe tiene una camioneta blindada en el estacionamiento subterráneo. Nos vamos ahora mismo a la clínica. Una vez que el niño esté seguro, tengo contactos en una casa hogar al otro lado del país donde pueden empezar de nuevo. Te voy a dar dinero y boletos de autobús. Tienen que desaparecer, Chema. Al menos por unos años.
Miré a Luis, que descansaba plácidamente en el sofá de cuero. La pesadilla había terminado. Habíamos cruzado el infierno, habíamos escapado de la mina de San Patricio, del R-15, de los s*carios de Durango, del frío congelante y de la muerte misma. Todo por un pedazo de papel con tinta.
Me acerqué a la gran ventana de la oficina de Valdés. El sol por fin había roto la espesa niebla de la mañana, bañando la ciudad de Durango con una luz cálida y dorada. Pude escuchar el bullicio de la ciudad viva, la gente trabajadora que sale a buscarse el pan todos los días sin saber que debajo de sus pies hay una guerra de monstruos.
Apoyé la cabeza contra el cristal. Recordé a mi perro Titán, al guardia que le salvó la vida , recordé a Doña Chole curando a Luis con sus hierbas.
—Don Chema… —escuché una vocecita débil detrás de mí.
Me giré rápidamente. Luis tenía los ojos abiertos. Estaba pálido, pero por primera vez desde que lo saqué de esa revolvedora de cemento, había un pequeño destello de luz en su mirada.
—Dime, mijo.
—¿Ya es hora de los tacos?
Una sonrisa, la primera en meses, rompió la máscara de dolor y suciedad de mi rostro. Mis ojos se llenaron de lágrimas calientes que no me molesté en limpiar.
—Sí, cabrón. Ya es hora. Con un chingo de salsita roja. Te lo prometí, ¿no?
Arturo Valdés guardó la libreta negra en una caja fuerte de acero empotrada en la pared, cerró la puerta con llave y nos hizo una seña con la cabeza.
El viaje recién comenzaba, pero al menos esta vez, ya no estábamos huyendo en la oscuridad. Habíamos traído la verdad a la luz. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que la memoria de Beto finalmente podía descansar en paz.
PARTE 4: El Sabor a S*ngre y Barbacoa
Arturo Valdés guardó la libreta negra en la caja fuerte de acero empotrada en la pared, cerró la puerta con llave y nos hizo una seña con la cabeza. El sonido de los cerrojos encajando fue como el golpe de un martillo de juez dictando sentencia. Esa caja fuerte ahora contenía el peso de cientos de mertos, la verdad sobre la mina de San Patricio y la condena de los scarios de Durango.
—Vámonos, ya —ordenó el periodista, agarrando un manojo de llaves y un saco viejo de pana que colgaba de un perchero—. El reloj está corriendo, Chema. Si mis fuentes en la fiscalía no me mienten, el C.D.A. ya debe haber encontrado tu vieja Ford F-150 abandonada en la sierra. En cuanto aten cabos, van a sitiar las salidas de la ciudad.
Me acerqué al sofá de cuero desgastado donde Luis descansaba. El niño me había preguntado por los tacos, esa promesa absurda que le hice para mantenerlo con vida, pero sus ojitos se volvieron a cerrar casi de inmediato. Estaba agotado. Su cuerpo pequeño había soportado el impacto térmico del camión refrigerado y la infección perra de su herida. Lo levanté en mis brazos con cuidado, sintiendo cómo sus huesos frágiles sobresalían bajo la pesada cobija de lana. Pesaba menos que un costal vacío.
—Yo te ayudo —dijo Valdés, abriendo la puerta de su oficina y asomándose al pasillo atestado de archiveros desbordados. Estaba desierto. El bullicio de la ciudad viva afuera contrastaba con el silencio sepulcral dentro del edificio del Diario El Independiente.
Bajamos por las escaleras de emergencia, evitando el elevador. Cada paso me dolía. Mis botas gastadas, manchadas de tierra y s*ngre seca, dejaban marcas tenues en los escalones de concreto. Mis articulaciones crujían como bisagras oxidadas. Estaba tan entumecido por las horas dentro de ese inmenso camión blanco que apenas sentía las piernas. Pero el instinto de supervivencia es una bestia terca.
El sótano del edificio era un estacionamiento oscuro, iluminado solo por lámparas fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. Olía a humedad, a orines de gato y a aceite de motor. Valdés nos guio hacia una esquina apartada donde descansaba una camioneta Suburban color gris plomo.
—Es la de mi editor jefe —explicó Valdés, quitando la alarma con un pitido sordo. Acercó su mano a la ventana del copiloto y golpeó el cristal con los nudillos—. Blindaje nivel cinco. Aguanta impactos de R-15 y granadas de fragmentación. Sube al niño en la parte de atrás, acuéstenlo en los asientos.
Abrí la pesada puerta, que se sentía como la escotilla de un submarino. Acomodé a Luis en los asientos de piel suave, acomodando la cobija de lana alrededor de su pequeño cuerpo tembloroso. Me subí junto a él, manteniendo mi 9mm en la mano , aunque recordando con amargura que solo me quedaban nueve b*las.
Valdés arrancó el motor. Era un rugido profundo, muy diferente al cascabeleo agónico de mi vieja troca. Salimos a la luz del sol, que por fin había roto la espesa niebla de la mañana. Durango se extendía frente a nosotros: una ciudad colonial, llena de iglesias de cantera y gente trabajadora que sale a buscarse el pan todos los días. Señoras barriendo las banquetas, puestos de atole abriendo sus cortinas de metal. Me sentía como un extraterrestre, un fantasma que traía el olor a m*erte en medio de tanta normalidad.
—Arturo… —rompí el silencio, con la voz rasposa—. ¿De verdad vas a publicar esa madre? Los nombres, las coordenadas de las fosas clandestinas…. Sabes que no te van a dejar vivir, cabrón.
Valdés me miró por el espejo retrovisor. Sus ojeras profundas parecían más marcadas bajo la luz del día.
—Chema, tengo cuarenta y cinco años. Hace cinco, me levantaron a un compañero fotorreportero por publicar la foto de un lugarteniente del C.D.A. Lo encontramos una semana después en bolsas de basura a las afueras del salto. He vivido con miedo todos los perros días de mi vida desde entonces. ¿Y sabes qué? Ya me cansé. Valdés era de los pocos íntegros que quedaban, de los que publicaban verdades incómodas a sabiendas de que cada letra les acercaba a la merte. Si no suelto esto, la sngre de tu hermano Beto, de toda esa gente en la mina… sus m*ertes van a ser en vano.
Miré por la ventana. Un nudo me apretó la garganta al recordar la promesa que le hice a Beto la última vez que lo vi. Yo le dije que siempre le iba a cuidar la espalda. Le fallé a mi sangre. Pero Arturo tenía razón. La bitácora del “Patrón” era el arma más poderosa contra esta escoria.
—No la voy a publicar solo en El Independiente —continuó Valdés, dando una vuelta brusca en una calle estrecha del centro histórico—. Ya hablé con mis contactos en Proceso y Animal Político en la Ciudad de México. También mandé correos encriptados a un par de organizaciones internacionales de derechos humanos. Les dije que si no me reporto en cuarenta y ocho horas, suelten todo. El reloj ya empezó a contar, Chema. Esto va a hacer que el estado arda hasta los cimientos.
Llegamos a un barrio residencial tranquilo, de casas grandes con portones altos. Valdés detuvo la Suburban blindada frente a un zaguán de hierro forjado negro. Tocó el claxon dos veces, pausa, y luego una vez más.
El zaguán se abrió automáticamente. Entramos a un patio interior pavimentado. Al fondo, una pequeña puerta blanca con una discreta cruz roja pintada en la pared. Valdés apagó el motor y nos bajamos.
—Este es el lugar. El doctor Solís ya nos está esperando —dijo, asintiendo hacia la puerta. Valdés conocía a un médico forense retirado que atendía en una clínica privada aquí a dos cuadras.
La puerta se abrió y apareció un hombre de unos sesenta años, calvo, con bata blanca impecable y mirada cansada pero aguda. No hizo preguntas. No nos pidió nombres. Solo miró a Luis, que colgaba inerte de mis brazos.
—Pásenlo a la camilla del fondo. Rápido —ordenó el doctor Solís, con voz firme.
La clínica clandestina parecía un quirófano de hospital de primer nivel condensado en un cuarto de cuatro por cuatro metros. Olía intensamente a cloro, yodo y alcohol esterilizado. Recosté a Luis en la camilla de acero inoxidable. Bajo la luz blanca y dura de la lámpara quirúrgica, el niño se veía aún peor. Pálido, demacrado, cubierto del lodo y la grasa de la sierra.
El doctor sacó unas tijeras de trauma y cortó la cobija y lo que quedaba de la ropa de Luis. Cuando descubrió el brazo izquierdo, el olor a carne infectada inundó la habitación, superando el aroma a desinfectante. Doña Chole la había cosido con destreza y le aplicó un ungüento verdoso, pero debajo de los puntos caseros, la piel estaba tensa, roja y caliente al tacto.
—Tiene tejido necrótico severo y fiebre muy alta —diagnosticó Solís, conectando a Luis a un monitor de signos vitales. El aparato empezó a emitir un bip… bip… bip… rítmico pero acelerado—. La señora de la sierra hizo lo que pudo, le salvó la vida al controlar la hemorragia, pero esa b*la arrastró mucha suciedad. Necesito abrir de nuevo, limpiar profundamente hasta el hueso, y meterle antibióticos intravenosos de última generación.
—Haga lo que tenga que hacer, doc. Por favor —le rogué, sintiendo que las rodillas por fin me iban a fallar.
—Voy a sedarlo por completo. Ustedes dos, salgan al pasillo. Esto no va a ser bonito.
Valdés me puso una mano en el hombro y me jaló hacia una pequeña sala de espera contigua. Me dejé caer en una silla de plástico, frotándome la cara con las manos sucias. La adrenalina que me bombeaba el corazón no me dejaba sentir fatiga, pero ahora que estábamos estáticos, el peso de las últimas veinticuatro horas me cayó encima como un yunque.
Recordé el sonido de los dsparos acribillando a mi perro todavía me despierta por las noches, un eco fantasma que me destroza el alma. Titán se abalanzó contra dos scarios armados con cuernos de chivo para darnos tiempo de correr. Él dio su vida para que yo pudiera sacar a este chamaco de ese infierno. Empecé a llorar. Lloré en silencio, temblando, dejando que las lágrimas calientes limpiaran surcos en el lodo de mis mejillas.
Valdés se acercó con un vaso de café humeante y una botella de agua embotellada.
—Toma. Hidrátate y métete cafeína al cuerpo. Todavía no terminamos, Chema.
Tomé el vaso y le di un sorbo. El café me quemó la garganta, pero el calor me revivió un poco.
—¿Qué sigue, Arturo? —pregunté, mirando el suelo de linóleo blanco—. Entregué la libreta. Llegamos a la capital. ¿A dónde chingdos voy ahora? Si regreso a mi pueblo, soy hombre merto. Si me quedo en Durango, me encuentran y me destazan.
Valdés se sentó frente a mí, sacando un sobre manila abultado del bolsillo interior de su saco de pana. Lo puso sobre sus rodillas.
—Te voy a dar dinero y boletos de autobús. Aquí adentro hay cincuenta mil pesos en efectivo. Es todo lo que pude sacar del fondo de emergencia del periódico sin levantar sospechas. También hay dos actas de nacimiento nuevas, de un contacto que tengo en el registro civil. A partir de hoy, tú te llamas José María Torres, y él es tu hijo, Luis Torres. Son originarios de un pueblito en Veracruz.
Me quedé mirando el sobre, atónito.
—Tienen boletos de autobús VIP comprados a nombre de sus nuevas identidades. El autobús sale de la central camionera del sur en tres horas. Va directo a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Es un viaje de casi treinta horas, pero los alejará de todo el territorio del C.D.A. Allá en Chiapas, tengo contactos en una casa hogar al otro lado del país donde pueden empezar de nuevo. Te conseguirán un trabajo de mecánico, y a Luis lo meterán a la escuela.
—¿Y tú, Arturo? ¿Qué va a pasar contigo cuando publiques la nota?
Valdés sonrió, una sonrisa triste y torcida. Se ajustó las gafas de pasta gruesa.
—Yo me voy a esconder. Tengo una casa de seguridad en la sierra de Nayarit que nadie conoce. Me llevaré mi equipo de satélite y seguiré mandando la información desde allá. Cuando las autoridades federales intervengan el estado y el ejército entre a limpiar el desmadre del “Patrón”, tal vez pueda volver. Pero por ahora, me convierto en un fantasma, igual que tú.
Estuvimos sentados en esa sala de espera por casi dos horas. Escuchábamos el zumbido de los monitores y las órdenes esporádicas del doctor Solís. Cada minuto era una tortura, esperando que la puerta se abriera con malas noticias. Pero finalmente, el médico salió. Se quitó los guantes de látex ensangrentados y los tiró al bote de basura especial.
—Ya está —dijo Solís, suspirando de cansancio—. Le saqué pedazos de tela de mezclilla oxidada que le estaban necrosando el músculo. Limpié todo, suturé con cuidado y le pasé dos cargas de cefalosporina por la vena. Le bajó la fiebre casi a lo normal. Es un niño increíblemente fuerte. Sobreviviste a la mina, y a esta fiebre.
—¿Se va a recuperar? —pregunté, poniéndome de pie de un salto.
—Sí. Pero necesita reposo absoluto y seguir tomando el antibiótico por vía oral durante catorce días. Le preparé una mochila pequeña con todo el medicamento, gasas estériles y soluciones para que tú le hagas las curaciones en el camino. Ya está despertando de la anestesia ligera. Puedes pasar a verlo.
Entré al cuartito blanco. Luis estaba recostado, con el brazo izquierdo inmovilizado y envuelto en vendajes blancos e impecables. Su rostro ya no brillaba por el sudor frío de la fiebre. Al escuchar mis pasos, giró la cabeza lentamente.
Sus ojos oscuros me miraron. Ya no había delirio en ellos, solo una profunda fatiga y la inocencia arrebatada a la fuerza.
—Don Chema… —susurró, con la voz pastosa por los medicamentos.
—Aquí estoy, mijo. No me muevo de tu lado —le respondí, acercándome y acariciándole el cabello apelmazado.
—¿Ya no me va a arder el brazo?
—No, chamaco. Ya te curó el doctor. Te sacó toda la porquería que traías adentro. Ya estamos a salvo. Vamos a agarrar un camión bien lejos de aquí.
Luis esbozó una levísima sonrisa. Cerró los ojos por un segundo y luego los volvió a abrir.
—Me rugen las tripas, don Chema. ¿Y mi barbacoa?
Solté una carcajada húmeda, limpiándome la nariz con el dorso de la mano. Ese chamaco tenía más pantalones que muchos hombres que conocía. Le había prometido esa orden de barbacoa con chingos de salsa roja. Te la prometí y te la voy a cumplir.
Volteé a ver a Valdés, que estaba recargado en el marco de la puerta observando la escena.
—Arturo, neta, ¿no hay por aquí unos tacos? El niño se los ganó a pulso.
Valdés rio por lo bajo.
—Estás loco, Chema. Somos los hombres más buscados del estado de Durango en este momento. Si salimos por tacos, nos van a acribillar en la calle.
—Yo voy —intervino el doctor Solís, quitándose la bata blanca y poniéndose una chamarra casual—. A dos cuadras, en la esquina de Independencia, se pone don Rigo. Vende la mejor barbacoa de res de la zona. Yo paso por el desayuno casi todos los días, no levantaré sospechas. ¿Cuántas órdenes traigo?
—Tres de barbacoa maciza, bien reportadas, con tortillas de harina y su consomé. Y mucha salsa roja, doc, por favor. Ah, y una Coca-Cola de vidrio bien helada para el campeón aquí presente —pedí, sacando unos billetes manchados de grasa que aún traía en el bolsillo, pero Valdés me detuvo la mano.
—Yo invito, Chema. Guárdate tu feria. Doc, tome mi cartera y tráiganos un banquete. Es nuestra última comida en el purgatorio.
Mientras el doctor iba por los alimentos, Valdés y yo nos dedicamos a prepararnos. Me metí al baño de la clínica. Me quité la ropa acartonada de lodo, sudor y pánico. El agua tibia de la regadera me supo a gloria. Vi el agua turbia y cobriza arremolinarse en la coladera, llevándose consigo la costra de la sierra de Durango. Me puse ropa limpia que Valdés traía de repuesto en su camioneta: unos jeans gastados, unas botas de trabajo limpias y una sudadera gris con capucha. Por primera vez en meses, me vi al espejo y no vi a un animal acorralado. Vi a José María Torres.
Cuando salí, el inconfundible y divino olor a carne cocida al vapor, cilantro, cebolla y chile seco inundaba la pequeña clínica. El doctor Solís había regresado con bolsas de plástico humeantes.
Acomodamos la camilla de Luis para que quedara semi sentado. Valdés sirvió los tacos en platos de unicel. Le pasé un taco a Luis, cuidando que no usara su brazo lastimado. El niño le dio una mordida lenta y pausada. Cerró los ojos. Masticó.
La salsa roja picaba, pero era un picor que te recordaba que estabas vivo. Luis se comió tres tacos enteros y se tomó la mitad del refresco de vidrio. Lo vi chuparse los dedos manchados de grasa y salsa. Una sonrisa genuina, la primera en meses, rompió la máscara de dolor y suciedad de mi rostro. Habíamos traído la verdad a la luz, y estábamos comiendo tacos. Parecía un milagro.
—Listos —dijo Valdés, limpiándose la boca con una servilleta de papel y mirando su reloj de pulsera—. Faltan cuarenta y cinco minutos para que salga su autobús. Tenemos que movernos a la terminal. Doc, no sé cómo agradecerle.
—Haciendo que esos infelices paguen, Arturo —respondió el doctor, estrechándole la mano con firmeza—. Cuidense mucho. Que Dios los bendiga.
Salimos por la misma puerta discreta al patio trasero. Subimos a la Suburban blindada. Luis iba recostado en el asiento trasero, abrazando la mochila con sus medicinas como si fuera un tesoro, con el estómago lleno y el semblante relajado. Yo me senté en el asiento del copiloto, sintiendo el peso del sobre manila con nuestras nuevas vidas pegado a mi pecho.
El trayecto hacia la central camionera fue tenso. La ciudad ya estaba completamente despierta. El tráfico era denso. A cada patrulla de la policía municipal que pasaba, mi corazón daba un vuelco. Estaba paranoico. Sentía que todo el mundo sabía quién era y qué traía. Pero gracias a los vidrios polarizados oscuros de la camioneta, éramos invisibles.
Llegamos a la Central de Autobuses del Sur. Era un hervidero de gente, vendedores ambulantes de chicles y cobijas, altavoces anunciando salidas a decenas de destinos. Valdés detuvo la camioneta en la zona de descenso rápido.
—Hasta aquí llego yo, Chema. No puedo bajarme con ustedes, hay demasiadas cámaras de seguridad —dijo Valdés, volteando a verme. Sus ojos brillaban con una mezcla de respeto y determinación.
—Arturo… no tengo palabras, cabrón. Le salvaste la vida a este niño y me diste una salida. Eres un héroe, neta.
—Los héroes están m*ertos, Chema. Tu hermano Beto fue un héroe. Tú eres un sobreviviente. Y este chamaco… este chamaco es el futuro que estamos tratando de rescatar. Prométeme que no van a volver a mirar atrás.
—Te lo juro por mi apá y por Beto. No miraremos atrás.
Le di un fuerte apretón de manos a Valdés. Un pacto sellado con el sudor de la tragedia.
Me bajé de la Suburban y abrí la puerta trasera. Ayudé a Luis a bajar, asegurándome de que su brazo estuviera protegido. Me eché la mochila de medicamentos al hombro izquierdo, y con el brazo derecho lo rodeé por la cintura para apoyarlo al caminar.
Cerramos la puerta. Valdés nos hizo un último gesto militar con la mano, puso la camioneta en marcha y se perdió entre el tráfico pesado de la avenida. Estábamos solos.
Caminamos hacia las puertas de cristal de la terminal. El olor a diésel quemado y a limpiador de pisos me golpeó la cara. Miré a mi alrededor. Había decenas de personas, familias, estudiantes, rancheros. Y también había “halcones”. Sabía cómo identificarlos. Tipos recargados en las columnas, con cangureras, gorras hundidas hasta las cejas, fingiendo mirar el celular pero escrutando a cada pasajero que entraba.
Apreté el paso, bajando la cabeza, ocultando mi rostro bajo la capucha de la sudadera gris.
—Córrele, mijo. Agacha la mirada y no voltees a ver a nadie —le susurré a Luis.
Fuimos directo al andén de salidas. El andén 14. Ahí estaba estacionado un inmenso autobús Volvo de doble piso, color azul metálico. El letrero luminoso al frente decía: “TUXTLA GUTIÉRREZ – DIRECTO”.
El chofer, un hombre uniformado, estaba revisando los boletos en la puerta.
Saqué el sobre manila, extraje los boletos y las identificaciones falsas con manos temblorosas. Si los halcones habían recibido nuestra descripción, este era el momento en el que nos caerían encima. Sentí la empuñadura de mi 9mm rozar mi costado bajo la sudadera. Si intentaban llevarnos de vuelta, iba a vaciar mi cargador.
—Boletos e identificaciones, por favor —pidió el chofer, con voz aburrida.
Le entregué los papeles. Él miró los boletos. Miró las credenciales relucientes. Luego nos miró a nosotros. Su vista se detuvo un segundo de más en el brazo vendado de Luis. El sudor frío me recorrió la espina dorsal.
—Tuvimos un accidente en el rancho, patrón —me adelanté a decir, fingiendo acento jarocho, tratando de sonar relajado—. Se cayó del caballo el chamaco. Vamos de regreso a casa con la abuela para que lo cuide.
El chofer asintió lentamente. Picó los boletos con una perforadora.
—Asientos 41 y 42. Planta alta, al fondo. Que tengan buen viaje, señores Torres.
—Gracias a Dios —murmuré.
Subimos las estrechas escaleras alfombradas del autobús. Llegamos a nuestros asientos en la penúltima fila. Eran reclinables, anchos y cómodos. Senté a Luis junto a la ventana y yo tomé el asiento del pasillo. Guardé la mochila y el sobre en el compartimiento superior.
Cinco minutos después, el motor del autobús rugió con un sonido grave y tranquilizador. Sentimos el suave tirón hacia atrás cuando el vehículo comenzó a maniobrar para salir del andén.
Me asomé por la ventana por encima del hombro de Luis. Vi la terminal alejarse, vi las calles de Durango convertirse en un borrón a medida que tomábamos la autopista principal. El letrero verde de la SCT anunciaba: “MÉXICO – SUR”.
Habíamos dejado la carretera de la sierra. Ya no había baches de terracería, ni retenes coludidos, ni s*carios pisándonos los talones.
Luis recargó la cabeza sana sobre el respaldo y cerró los ojos. Su respiración se volvió profunda y tranquila. Respiraba de manera más regular. Estaba a salvo.
Me dejé caer contra mi propio asiento. La pesadilla había terminado. Saqué mi celular viejo del bolsillo. Lo había mantenido apagado para evitar rastreos. Lo encendí por última vez. Marqué la sección de fotos. Había una foto de Beto y yo en una carne asada, sonriendo, con unas cervezas en la mano. Y otra foto de Titán, mi pastor belga, con la lengua de fuera, acostado en el patio de mi casa.
Toqué la pantalla con el pulgar, acariciando el rostro de mi hermano y el hocico de mi perro.
—Lo logramos, carnal —le susurré a la pantalla, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Pagué la deuda. La libreta ya está en manos de Valdés. Se los va a llevar la ching*da a todos. Descansa en paz, Betito. Descansa, Titán.
Apagué el teléfono. Saqué la batería, la rompí con las manos y metí las piezas en bolsas diferentes de mi chamarra para tirarlas en el primer paradero que hiciéramos. No dejé ningún rastro de Chema, el mecánico.
Me recosté. El zumbido del aire acondicionado y el rodar de las llantas sobre el pavimento eran como una canción de cuna. Cerré los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que la memoria de Beto finalmente podía descansar en paz.
TRES DÍAS DESPUÉS
El calor en Tuxtla Gutiérrez era húmedo y pegajoso, radicalmente distinto al frío congelante de las montañas de Durango. Estábamos sentados en la plaza central de un pequeño barrio a las afueras de la ciudad chiapaneca, frente a una parroquia antigua.
Luis estaba comiendo un helado de limón, balanceando las piernas en la banca del parque. Llevaba una playera limpia de algodón, y aunque su brazo seguía vendado, ya podía mover los dedos sin sentir ese dolor punzante que lo hacía gritar. Se veía como un niño normal otra vez.
Yo tenía un ejemplar del periódico Proceso en las manos, que había comprado en un kiosco cercano.
La portada estaba impresa en letras rojas y negras inmensas, ocupando toda la plana. La foto central era una copia escaneada de una página de la libreta negra, mostrando claramente la caligrafía burda del “Patrón”.
“LA BITÁCORA DEL INFIERNO: EXTERMINIO Y CORRUPCIÓN EN LAS MINAS DE DURANGO”
El subtítulo rezaba: “Investigación del periodista Arturo Valdés revela la colusión de altos mandos políticos, fuerzas policiales y el C.D.A. en fosas clandestinas y esclavitud en la sierra. Caen los primeros gobernadores.”
Leí el artículo completo. Valdés había cumplido su palabra. No omitió nada. Los nombres, las coordenadas, los registros de cargamentos de droga y nóminas. Nombres de políticos de alto nivel que cenaban en los mejores restaurantes de México mientras en la sierra tenían a inocentes esclavizados. La noticia había provocado un terremoto político a nivel nacional. La fiscalía federal había mandado al ejército a tomar el control del estado. Habían detenido a docenas de funcionarios y jefes de policía. El C.D.A. estaba siendo desmantelado desde sus cimientos.
Doblé el periódico y lo dejé a un lado. Miré hacia el cielo despejado del sur. Valdés era de los pocos íntegros que quedaban, y lo había arriesgado todo por la verdad.
—¿Qué dice el periódico, apá? —me preguntó Luis, dándole una lamida a su helado. Me llamó “apá” con tanta naturalidad que el corazón me dio un brinco. Se estaba adaptando rápido a su nueva identidad de Luis Torres.
Sonreí, recargando los brazos sobre las rodillas.
—Dice que los malos ya no pueden esconderse, mijo. Dice que ganamos la guerra.
Luis asintió, satisfecho con la respuesta.
—Oiga, apá… el helado está bueno, pero como que me volvió a dar hambre. ¿Cree que aquí en el sur vendan tacos de barbacoa?
Solté una carcajada limpia, libre, que resonó en toda la plaza. Me levanté y le froté la cabeza cariñosamente.
—Pues vamos a buscar, chamaco. Y si no hay, te los preparo yo mismo. Con un chingo de salsita roja.
Caminamos juntos alejándonos de la plaza, perdiéndonos entre las calles coloridas del sur, listos para empezar de nuevo. La s*ngre y la niebla habían quedado atrás; ahora, por fin, caminábamos hacia la luz.
PARTE FINAL: El Sol del Sur y las Cicatrices del Alma
Caminamos juntos alejándonos de la plaza, perdiéndonos entre las calles coloridas del sur, listos para empezar de nuevo. El calor en Tuxtla Gutiérrez era húmedo y pegajoso, radicalmente distinto al frío congelante de las montañas de Durango. Atrás había quedado esa sensación de tener el aliento helado persiguiéndote la nuca; aquí, el aire pesaba, olía a tierra mojada, a selva espesa y a humo de leña dulce. Mientras caminábamos, veía a Luis mirando todo con ojos de asombro. La s*ngre y la niebla habían quedado atrás; ahora, por fin, caminábamos hacia la luz.
Teníamos una dirección escrita en un pedazo de papel arrugado que Arturo Valdés me había dado junto con el sobre manila. Allá en Chiapas, tengo contactos en una casa hogar al otro lado del país donde pueden empezar de nuevo. Tardamos casi dos horas en encontrar el lugar, navegando por rutas de colectivos que no conocíamos, esquivando el tráfico ruidoso y desordenado de la capital chiapaneca. Finalmente, llegamos a una estructura de altos muros blancos, despintados por la humedad y el salitre. Arriba del portón de herrería forjada, un letrero de azulejos rezaba: Casa Hogar San Juan Bosco.
Toqué el timbre. El sonido metálico resonó en el interior del patio. Me sudaban las manos. A pesar de que la noticia de la portada del Proceso afirmaba que el C.D.A. estaba siendo desmantelado desde sus cimientos, la paranoia no se apaga como un interruptor. Cada ruido brusco, cada mirada de un transeúnte, me hacía recordar que hace apenas unos días yo sentía que todo el mundo sabía quién era y qué traía. Instintivamente, llevé mi mano a mi cintura, bajo la playera suelta, pero mi 9mm ya no estaba ahí. La había tirado al fondo de un río en Veracruz, durante una de las paradas del inmenso autobús Volvo de doble piso. Ya no era Chema el mecánico armado; ahora era José María Torres.
La puerta se abrió con un rechinido. Un hombre de unos sesenta años, vestido con una guayabera blanca de lino y pantalones oscuros, nos miró a través de unos lentes redondos. Tenía el cabello completamente cano y una sonrisa amable, de esas que parecen esculpidas por años de paciencia.
—Buenas tardes —dije, tratando de mantener mi acento neutro, borrando cualquier rastro del norte—. Buscamos al Padre Manuel. Venimos de parte de un amigo periodista. De Arturo.
El hombre asintió lentamente, abriendo la puerta por completo. No hubo sorpresa en su rostro.
—Pasen, por favor. Yo soy el Padre Manuel. Arturo me llamó por una línea segura hace un par de días. Me dijo que esperara a José y a su hijo Luis.
Entramos. El patio era un oasis de tranquilidad. Había árboles de mango inmensos que daban una sombra generosa, niños corriendo detrás de una pelota ponchada de fútbol, y el sonido lejano de mujeres cantando mientras lavaban ropa en unos lavaderos de granito. Era un mundo completamente diferente al averno de las minas abandonadas de San Patricio.
El Padre Manuel nos guio hasta una pequeña oficina espartana. Olía a incienso y a papel viejo. Nos ofreció agua fresca de jamaica. Luis se tomó su vaso de un solo trago. A pesar del helado de limón que se había comido en la plaza, el calor del sur le estaba pasando factura.
—Me alegra que hayan llegado con bien —dijo el sacerdote, sentándose detrás de su escritorio—. Arturo me contó lo esencial. Sé que vienen huyendo de algo terrible. Aquí no hacemos preguntas sobre el pasado. Aquí todos somos sobrevivientes de algo, José.
—Gracias, padre. Neta, no tenemos a dónde más ir. Nos traemos la ropa que traemos puesta, un poco de lana y… —miré a Luis, que estaba entretenido viendo un crucifijo de madera en la pared— y muchas ganas de vivir en paz. Te conseguirán un trabajo de mecánico, y a Luis lo meterán a la escuela, me había prometido Valdés, y venía a cobrar esa promesa.
—La paz se construye todos los días, hijo —respondió el Padre, acomodándose los lentes—. Tengo un cuarto pequeño en la parte trasera del complejo. Era la antigua bodega de herramientas, pero la acondicionamos con dos camas individuales, un ventilador y un pequeño baño. Pueden quedarse ahí el tiempo que necesiten. En cuanto a Luis… mañana mismo lo inscribimos en la secundaria técnica que está a tres cuadras. Tenemos un acuerdo con el director. A nadie le importará de dónde vienen, siempre y cuando el muchacho estudie.
Sentí que un nudo se deshacía en mi pecho. Volteé a ver a mi chamaco.
—¿Escuchaste eso, mijo? Vas a regresar a la escuela.
Luis asintió, aunque vi un destello de duda en sus ojos oscuros, esos mismos ojos en los que ya no había delirio, solo una profunda fatiga y la inocencia arrebatada a la fuerza.
—¿Y tú, apá? —me preguntó Luis, dándole una lamida a sus labios resecos. Me llamó “apá” con tanta naturalidad que el corazón me volvió a dar un brinco. Se estaba adaptando rápido a su nueva identidad de Luis Torres —. ¿Tú qué vas a hacer?
—Yo me voy a buscar la vida, chamaco. Lo que sé hacer. Llenarme las manos de grasa.
El Padre Manuel sonrió, asintiendo.
—De hecho, José, a unas cuantas calles de aquí, sobre el Libramiento Sur, hay un taller mecánico muy grande. El dueño es Don Chuy, un buen feligrés de la parroquia. Yo puedo extenderte una carta de recomendación mañana a primera hora. Si eres tan bueno con los motores como me dijo Arturo, Don Chuy te contratará de inmediato.
Esa noche, en el pequeño cuarto de block pintado de blanco, encendimos el ventilador de pedestal que apenas y lograba mover el aire caliente y espeso. Luis se quedó profundamente dormido casi al tocar el colchón. Su respiración se volvió profunda y tranquila. Respiraba de manera más regular. Estaba a salvo. Su brazo seguía vendado, ya podía mover los dedos sin sentir ese dolor punzante que lo hacía gritar , y la herida estaba sanando limpia, gracias a que el doctor Solís le sacó pedazos de tela de mezclilla oxidada que le estaban necrosando el músculo y le pasó dos cargas de cefalosporina por la vena.
Pero yo no podía dormir.
Me quedé sentado en el borde de mi cama, en la oscuridad, escuchando el canto ensordecedor de los grillos y las chicharras de la selva chiapaneca. Cerré los ojos e intenté relajarme, pero el zumbido de mi mente era más fuerte. Mi cuerpo estaba en el sur, pero mi cabeza seguía atrapada en la sierra de Durango.
Mis recuerdos eran traicioneros. Cada vez que cerraba los ojos, veía el retén de la policía estatal, el R-15 colgando del pecho de aquel oficial, la cara de mi perro Titán, mi pastor belga, con la lengua de fuera, acostado en el patio de mi casa. Recordé el sonido de los dsparos acribillando a mi perro todavía me despierta por las noches, un eco fantasma que me destroza el alma. Titán se abalanzó contra dos scarios armados con cuernos de chivo para darnos tiempo de correr. Él dio su vida para que yo pudiera sacar a este chamaco de ese infierno.
Y luego estaba Beto. Mi hermano. Yo le dije que siempre le iba a cuidar la espalda. Le fallé a mi sangre. A pesar de que la bitácora del “Patrón” era el arma más poderosa contra esta escoria , y de que Valdés había cumplido su palabra y no omitió nada, nada de eso me iba a devolver a mi hermano. La noticia había provocado un terremoto político a nivel nacional , la fiscalía federal había mandado al ejército a tomar el control del estado , y habían detenido a docenas de funcionarios y jefes de policía. Pero Beto seguía m*erto. Esa era la cruda y maldita realidad.
Me levanté en silencio, fui al pequeño lavabo del baño y me eché agua en la cara. Me vi en el pequeño espejo astillado. Por primera vez en meses, me vi al espejo y no vi a un animal acorralado. Vi a José María Torres. Tenía que dejar ir a Chema. Chema había m*erto en la sierra de Durango. José tenía que ser el padre que Luis necesitaba.
A la mañana siguiente, las cosas empezaron a moverse rápido. Acompañé a Luis a la secundaria técnica. Compramos uniformes, libretas, lápices. Verlo caminar por el patio de la escuela, con su mochila al hombro y su brazo vendado, me llenó de un orgullo extraño, un orgullo que no sabía que podía sentir por alguien que no llevaba mi sangre.
Después, me fui caminando hacia el Libramiento Sur. El sol picaba como fuego sobre la piel. Encontré el taller de Don Chuy. Era un galerón inmenso con techo de lámina, lleno de tractocamiones, camionetas estaquitas y coches sedán desarmados. El olor a gasolina cruda, a aceite quemado y a líquido de frenos me golpeó en la cara. Para mí, ese olor era mejor que cualquier perfume francés. Era el olor de la normalidad.
Me acerqué a un hombre gordo, sudoroso, que estaba limpiándose las manos con un trapo rojo lleno de estopa.
—¿Don Chuy? —pregunté.
El hombre me escudriñó de arriba a abajo.
—¿Qué se le ofrece, pariente?
—Vengo de parte del Padre Manuel. Me llamo José Torres. Soy mecánico. Especialista en motores a diésel, transmisiones y suspensión. Busco jale.
Don Chuy leyó la carta del sacerdote, escupió al suelo de tierra y luego señaló un viejo motor Cummins desarmado sobre una mesa de trabajo.
—Ese cabrón me está dando dolores de cabeza desde hace dos días. Si me puedes armar la cabeza, calibrar las punterías y hacer que prenda antes de las tres de la tarde, tienes el puesto. Pago por semana, sin prestaciones, pura comisión por jale sacado. ¿Le entras?
Me arremangué la camisa.
—Présteme una llave de media y un torquímetro, patrón.
Esa tarde, a las dos y media, el motor Cummins rugió a la primera vuelta de llave. Don Chuy se rio a carcajadas y me dio una palmada en la espalda que casi me tira. Así empezó mi nueva vida.
Los meses siguientes fueron una rutina bendita. De lunes a sábado, me partía el lomo en el taller de Don Chuy. Trabajaba horas extras, agarrando cuanto carro me pusieran enfrente. Mis articulaciones, que hace no mucho crujían como bisagras oxidadas por el frío de aquel inmenso camión blanco, ahora dolían por el esfuerzo honesto, por apretar tuercas y levantar fierros. Ese cansancio me ayudaba a no pensar. Me ayudaba a dormir sin soñar con la mina de San Patricio.
Luis también floreció. Al principio, era un muchacho retraído. Se sentaba en la parte de atrás del salón y no hablaba con nadie. Cuando había simulacros de sismo en la escuela y sonaba la alarma, Luis entraba en pánico y se escondía debajo de los escritorios, temblando, reviviendo el trauma de cuando estábamos escondidos mientras el C.D.A. cateaba la zona. Pero el Padre Manuel y yo estuvimos ahí. Poco a poco, con paciencia, su herida física cerró por completo, dejando solo una cicatriz queloide en forma de estrella en su brazo izquierdo. La cicatriz del alma tardaría más, pero Luis era increíblemente fuerte. Sobreviviste a la mina, y a esta fiebre, me repetía yo mismo cuando lo veía reír. Empezó a hacer amigos, a jugar fútbol por las tardes, a ser un adolescente.
Y todas las noches, religiosamente, después de cenar frijoles de la olla y huevos en la casa hogar, me sentaba en el patio a leer los periódicos nacionales. Compraba todos los que llegaban a Tuxtla. El Universal, La Jornada, Milenio. Seguía el rastro de nuestra propia explosión.
Las noticias no paraban. Arturo Valdés había iniciado un incendio forestal político que nadie podía apagar. El reloj ya empezó a contar, Chema. Esto va a hacer que el estado arda hasta los cimientos, me había advertido aquella mañana en Durango. Y vaya que ardió.
Leía con fascinación y repulsión los detalles de los juicios. El gobernador de Durango fue desaforado y arrestado por nexos con el crimen organizado, tras comprobarse que su firma avalaba los permisos falsos de las minas abandonadas, esos nombres de políticos de alto nivel que cenaban en los mejores restaurantes de México mientras en la sierra tenían a inocentes esclavizados. Vi fotografías en los diarios del “Patrón”, ese gordo sádico que nos había arruinado la vida, esposado y con chaleco antibalas, siendo trasladado a una prisión de máxima seguridad en Almoloya.
Cada vez que veía a un policía corrupto caer, a un scario sentenciado, sentía que le estaba quitando una piedra de encima a la lápida de mi hermano Beto. La bitácora del “Patrón” era el arma más poderosa contra esta escoria. Yo pagué la deuda. La libreta ya está en manos de Valdés. Se los va a llevar la chingda a todos. Descansa en paz, Betito. Descansa, Titán.
Sin embargo, a pesar de la victoria, había un vacío. Valdés se ajustó las gafas de pasta gruesa y me dijo: Yo me voy a esconder. Tengo una casa de seguridad en la sierra de Nayarit que nadie conoce. Y así fue. Se convirtió en un fantasma, igual que nosotros. A veces me preguntaba si Arturo estaría bien, si el frío de la sierra nayarita sería tan cabrón como el de Durango, si seguiría fumando como chacuaco mientras tecleaba verdades incómodas a sabiendas de que cada letra les acercaba a la m*erte.
Pasó casi un año exacto desde el día que llegamos a Chiapas. Era un domingo de finales de octubre. Ya no vivíamos en el cuartito de la Casa Hogar. Con mi sueldo de mecánico, habíamos rentado una pequeña casita de interés social en una colonia tranquila. Tenía un patio trasero de tierra, dos cuartos y una cocina modesta. Era nuestra.
Esa mañana, Luis me despertó temprano. Se paró en el marco de la puerta de mi cuarto, ya vestido con unos shorts y huaraches.
—Oiga, apá… el helado está bueno, pero como que me volvió a dar hambre. ¿Cree que aquí en el sur vendan tacos de barbacoa?.
Había repetido esa frase, casi como una broma interna nuestra, durante meses. La realidad es que habíamos buscado por todo Tuxtla. Comimos cochito horneado, tamales de chipilín, sopa de pan, todo riquísimo. Pero barbacoa estilo norte, de esa maciza con consomé grasosito y tortillas de harina gruesas… nada. No existía en mil kilómetros a la redonda.
Me levanté de la cama, me estiré haciendo crujir mi espalda y le sonreí.
—Pues vamos a buscar, chamaco. Y si no hay, te los preparo yo mismo. Con un chingo de salsita roja.
—Ya fuimos a todos los mercados, apá. Aquí pura carne de res asada o tasajo. No saben hacer barbacoa de pozo.
—Ah, ¿conque no saben? —dije, agarrando una pala que tenía recargada en la pared del patio—. Pues hoy, señor Luis Torres, vamos a traer un pedacito del norte al sur. Yo le había prometido esa orden de barbacoa con chingos de salsa roja. Te la prometí y te la voy a cumplir.
Nos fuimos temprano al mercado de abastos. Compré una cabeza entera de res, pencas de maguey, garbanzos, chiles secos de todos los colores: guajillo, pasilla, chile de árbol para que picara como el diablo. Compré masa para tortillas, cebolla, cilantro y leña de encino. Regresamos a la casa sudando como puercos por el calor del mediodía.
Pasamos todo el día en el patio. Le enseñé a Luis cómo cavar el hoyo en la tierra.
—Tiene que estar profundo, mijo. Como de un metro. Para que el calor se encierre bonito —le explicaba, mientras él sacaba la tierra con un bote de plástico.
Metimos la leña, las piedras de río, encendimos el fuego hasta que las piedras quedaron al rojo vivo. Acomodamos la olla con el consomé y los garbanzos, luego la rejilla, y encima, la carne envuelta en las pencas de maguey asadas que desprendían un olor ahumado y terroso. Tapamos todo con tierra y costales de yute húmedos.
Esa noche, mientras esperábamos que la carne se cociera bajo tierra, nos sentamos en unas sillas de plástico en el patio, viendo las brasas sobrantes de otra fogata pequeña que hicimos para espantar a los mosquitos.
Luis estaba callado. Miraba el fuego con intensidad. Ya tenía trece años. Había pegado un estirón. Su rostro había perdido la redondez infantil y empezaban a marcarse las facciones de un joven duro.
—¿En qué piensas, chamaco? —le pregunté, destapando una cerveza bien fría. A él le había comprado una Coca-Cola de vidrio bien helada, como la de aquel día en el consultorio del Doc Solís.
—En el norte —dijo en voz baja, sin dejar de mirar el fuego—. En doña Chole. En el doctor Solís. En el periodista.
Tomé un trago de mi cerveza. El sabor amargo me bajó por la garganta.
—Yo también, mijo. Todos los días.
—¿Usted cree que alguna vez podamos regresar? —me miró a los ojos. Había una mezcla de nostalgia y miedo en su voz.
Suspiré, sintiendo el peso de la verdad. Prométeme que no van a volver a mirar atrás. Te lo juro por mi apá y por Beto. No miraremos atrás. Esas habían sido las últimas palabras que intercambié con Valdés. Un pacto sellado con el sudor de la tragedia.
—No, Luisito. El norte ya no es para nosotros. La gente como nosotros… cuando salimos de las brasas, ya no podemos volver a acercarnos al fuego. Allá éramos fantasmas. Aquí, aquí somos de verdad. Aquí tú tienes una escuela, yo tengo un trabajo donde la gente me respeta. Tenemos una casa.
—A veces… a veces tengo miedo de que nos encuentren, apá. Que un día se abra la puerta de la escuela y esté ahí el “Patrón” o uno de esos s*carios.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas, y lo miré fijamente, con toda la seriedad del mundo.
—Escúchame bien, Luis. Esos cabrones están pudriéndose en la cárcel. La bitácora los hundió. Pero aunque no lo estuvieran, tú ya no eres ese niño asustado encadenado a una revolvedora. Y yo ya no soy un mecánico acorralado. Si alguna vez el diablo se atreve a pisar este patio, le juro a Dios que lo entierro yo mismo en ese hoyo que acabamos de hacer para la barbacoa. No voy a dejar que nadie te vuelva a tocar.
Luis me sostuvo la mirada. Luego, lentamente, esbozó una levísima sonrisa. Cerró los ojos por un segundo y luego los volvió a abrir.
—Lo sé, apá.
A la mañana siguiente, desenterramos la olla. El inconfundible y divino olor a carne cocida al vapor, cilantro, cebolla y chile seco inundaba no solo nuestra casa, sino toda la cuadra. La carne de la cabeza de res se deshacía con solo mirarla. El consomé estaba espeso, de un color rojo intenso, hirviendo de sabor.
Hice unas tortillas de harina a mano, rústicas y gruesas, pasándolas por el comal de la estufa. Serví la barbacoa maciza, bien reportada. Y muchísima salsa roja de chile de árbol.
Nos sentamos en la pequeña mesa del comedor. Le pasé un taco a Luis. El niño le dio una mordida lenta y pausada. Cerró los ojos. Masticó.
Vi cómo se le escurría un poco de grasa por la barbilla. La salsa roja picaba, pero era un picor que te recordaba que estabas vivo.
—¿Qué tal quedó? —pregunté, conteniendo el aliento, esperando el veredicto del experto.
Luis se tragó el bocado, tomó un sorbo de su Coca-Cola, me miró y sonrió con todos los dientes.
—Está ching*na, apá. Sabe a casa.
Habíamos traído la verdad a la luz, y estábamos comiendo tacos. Parecía un milagro. Y en ese momento, supe que habíamos ganado la guerra. Dice que los malos ya no pueden esconderse, mijo. Dice que ganamos la guerra. No solo le ganamos al cártel, le ganamos a la m*erte, al olvido y a la desesperanza.
Años después.
El tiempo en Chiapas se mueve diferente. No se mide en invierno o verano, se mide en temporada de secas y temporada de lluvias. Las lluvias aquí son diluvios bíblicos que lavan la tierra y se llevan todo lo malo por las coladeras de las calles empinadas.
Han pasado cinco años desde que nos bajamos de aquel autobús en la central de Tuxtla.
Luis acaba de cumplir dieciocho años. Ya es más alto que yo, con los hombros anchos y los brazos fuertes. Juega como defensa central en un equipo de fútbol llanero y está por graduarse de la preparatoria con buenas calificaciones. El Padre Manuel nos ayudó a conseguirle una beca para la universidad estatal. Quiere estudiar Ingeniería Civil. Quiere construir puentes. Me hace pensar tanto en mi hermano Beto, que era ingeniero topógrafo. A veces, cuando lo veo hacer sus dibujos en la mesa del comedor, siento que una parte del alma de Beto reencarnó en las manos de este chamaco.
Yo tengo cuarenta y siete años, aunque mi espalda dice que tengo sesenta. Don Chuy se retiró el año pasado y me traspasó el taller del Libramiento Sur por una cantidad razonable que le voy pagando mes con mes. Ahora yo soy el patrón. Tengo a tres chalanes trabajando para mí, muchachos a los que trato de enseñarles no solo a aflojar bujías, sino a ganarse la vida por la derecha, sin meterse en pendejadas.
Hace un mes, recibí una carta en el taller. No traía remitente. Venía sellada desde un pequeño pueblo pesquero en la costa de Nayarit. Al abrirla, solo había un recorte de periódico antiguo y una nota escrita a mano en cursivas apresuradas:
“Los fantasmas también pueden ver el sol. Abrazo a Luis. A.”
Arturo Valdés. El cabrón seguía vivo. Valdés era de los pocos íntegros que quedaban, y lo había arriesgado todo por la verdad. Sonreí al ver la nota, la quemé con mi encendedor y eché las cenizas al bote de basura lleno de estopa sucia. No necesitábamos guardar evidencias del pasado.
Hoy es domingo. El taller está cerrado. Estamos sentados en la plaza central del pequeño barrio a las afueras de la ciudad chiapaneca, frente a la misma parroquia antigua a la que llegamos hace un lustro, asustados y rotos.
Luis está comiendo un helado de limón, balanceando las piernas en la banca del parque. Lleva una playera limpia de algodón, y aunque su brazo izquierdo tiene una cicatriz notable, la luce sin vergüenza. Se veía como un hombre normal.
Yo tengo un periódico en las manos, pero ya no estoy buscando noticias de s*carios ni de balaceras en Durango. Estoy leyendo la sección de deportes.
El sol del mediodía nos baña la cara. Cierro los ojos y respiro profundo. Aún duele. Las cicatrices del alma nunca desaparecen por completo. Todavía extraño a Beto. Todavía extraño a Titán. A veces, en las madrugadas silenciosas, me pregunto qué habría sido de mi vida si nada de esto hubiera pasado. Si nunca hubiera pisado la mina de San Patricio, si nunca hubiera encontrado esa libreta, si nunca hubiera cargado a Luis en aquel inmenso camión blanco.
Pero luego abro los ojos, miro a mi hijo bromeando con la vendedora de helados, y sé que cada segundo de agonía valió la pena.
México es un país duro, cabrón y muchas veces injusto. Es un país que sangra por mil heridas y donde parece que la neblina nunca se va a disipar. Pero también es un país donde un mecánico roñoso puede convertirse en padre, donde una anciana con hierbas puede salvarte la vida, donde un periodista con una pluma puede derribar a un imperio del mal, y donde el olor a barbacoa un domingo por la mañana es suficiente motivo para seguir viviendo.
—Apá —me llama Luis, sacándome de mis pensamientos. Señala hacia el cielo—. Va a llover. Las nubes se están poniendo negras allá por el cañón.
Doblo el periódico, me levanto y me sacudo el polvo de los pantalones.
—Que llueva, chamaco. Ya no somos de azúcar. Y de todos modos, la barbacoa ya está enterrada en el patio de la casa, cocinándose a fuego lento.
Caminamos juntos alejándonos de la plaza, perdiéndonos entre las calles coloridas del sur, listos para enfrentar lo que venga. La s*ngre y la niebla habían quedado atrás; ahora, por fin, caminábamos hacia la luz. Y esta vez, no había prisa, ni miedo, ni remordimientos. Solo el camino por delante, y la certeza de que, sin importar lo oscura que sea la noche, el sol siempre, siempre, termina saliendo por el sur.
FIN.