
“¿Por qué a mí, Diosito? ¿Qué tanto mal hice para merecer esto?”
Esas eran las únicas palabras que salían de mi boca cada que me despertaba en ese cuarto de lámina, con el calor sofocante del desierto de Sonora quemándome la piel y el estómago rugiendo de puro vacío. No tenía nada. Ni un trabajo, ni familia que me diera la mano, ni un vaso de agua fría para aguantar el mediodía. Sentía que cargaba con una maldición, una mala racha que no se acababa nunca.
Un día, mientras arrastraba los pies por la arena caliente, deseando que todo se acabara de una vez, se me acercó un hombre que se veía diferente. Parecía en paz, como si el sol no lo quemara igual que a mí. Con mi último aliento, le rogué: “Usted que se ve que tiene llegada con los de arriba, pregúntele a Dios cuándo va a terminar este sufri*iento. Ya no aguanto más”.
Él se me quedó viendo con una compasión que me caló hasta los huesos y me prometió que preguntaría. Cuando volvió, su cara lo decía todo. “Mateo, me dijeron que te faltan siete años de puras tragedias. Es tu karma, tu destino escrito”, me soltó con la voz quebrada.
Sentí que el mundo se me venía encima. ¿Siete años más de este infierno? Me solté a llorar como un niño, sintiendo que mi espíritu se m*ría ahí mismo. Pero entonces, él me tomó de los hombros y me dio una única instrucción, un secreto que parecía una burla en mi situación:
“Hay una forma de cambiarlo, Mateo. Tienes que repetir estas palabras con toda tu fe, no importa si te está yendo de la patada o si te sientes en la gloria: ‘Gracias Dios por todo’. Solo eso. Repítelo hasta que te lo creas”.
Me quedé solo, confundido y con el sol pegándome de frente. ¿Dar gracias por no tener qué comer? ¿Por mi soledad? Al principio, las palabras me sabían a ceniza, pero no tenía nada más que perder. Empecé a decirlo mientras me moría de sed, mientras tiritaba de frío en la noche, mientras la vida me seguía escupiendo en la cara…
Y lo que empezó a pasar después de unas semanas, nadie en el pueblo se lo puede explicar. Algo cambió en el aire, algo cambió en mi sangre.
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PARTE 2: EL DESPERTAR EN EL INFIERNO Y EL PODER DE LA GRATITUD
Me quedé ahí, tirado en la tierra caliente de Sonora, sintiendo cómo el polvo se me pegaba a las lágrimas y la camisa rota ya no me servía de nada contra el sol que muerde. Las palabras de aquel hombre no habían sido un consuelo, me habían caído como una pedrada en la nuca. ¿Siete años? Siete años de mseria en este país es una sentencia de merte lenta. En México, si no tienes conectes, si no tienes dinero o un apellido que pese, no eres más que un bulto que estorba en la banqueta. Sentir que me faltaba casi una década de tragedias era como estar enterrado vivo y que todavía te pidan que des las gracias por la tierra que te está asfixiando los pulmones.
Esa noche, el hambre ya no era un dolor, era un animal negro instalado en mi estómago, devorándome desde adentro. Me senté en mi catre de madera vieja, escuchando el concierto de las ratas que corrían por las láminas oxidadas de mi cuarto, buscando algo que ni yo tenía. El aire estaba espeso, cargado de ese olor a olvido y a desesperanza que solo se respira en los barrios donde Dios parece que no da la vuelta. Me miré las manos a la luz de una vela m*sera: estaban callosas, sucias, vacías. Sentí un nudo de rabia que me subía por la garganta como bilis.
—¿Gracias, Diosito? —solté una carcajada amarga que se me volvió tos seca—. ¿Gracias por este jacal que se me cae encima cada que sopla el viento? ¿Gracias por no haber probado ni un pedazo de tortilla tiesa en dos días? ¿Qué clase de broma pesada es esta?
Pero justo cuando iba a soltar la mldición más grande, recordé la mirada de aquel hombre bajo el mezquite. No eran los ojos de un merolico de feria ni de un charlatán de esos que te bajan la luna. Era la mirada de alguien que ya había cruzado el fuego y no se había quemado ni un pelo. Con un hilo de voz, con un miedo de que las paredes se burlaran de mí, susurré al aire:
—Gracias… gracias por este techo, aunque deje pasar la lluvia y el frío. Gracias por mis manos, aunque hoy no tengan chamba. Gracias por este aire, aunque queme como el infierno.
Lo dije mil veces esa noche, como quien reza un rosario de locos. Al principio, las palabras me sabían a ceniza, a mentira podrida en la lengua. Pero conforme pasaban las horas, algo extraño pasó en mi cabeza. Mi mente, que siempre estaba buscando a quién echarle la culpa —al gobierno, a mi mala suerte, a mi familia que me dejó solo—, se quedó en silencio. Por primera vez en años, no estaba peleando contra el mundo. Estaba aceptando mi realidad para poder, por fin, cambiarla.
A la mañana siguiente, no me despertó el rugido de la tripa, sino una claridad que no conocía. Salí a caminar hacia el basurero municipal. En México, lo que para el rico es desperdicio, para el pobre es la última esperanza de vida. Buscaba fierro viejo para vender, pero lo que encontré fue mi boleto de salida.
Tirada entre montones de llantas quemadas, estaba una bicicleta de carga, de esas que usan los panaderos. Estaba hecha garras: el cuadro doblado, sin cadena, los rines oxidados por el salitre. Cualquiera la habría visto como chatarra, pero yo vi una herramienta de liberación.
—Gracias, Dios, por este regalo —dije en voz alta, y esta vez, mi corazón sintió un vuelco de verdad.
Me tomó tres días arrastrarla hasta mi jacal porque las llantas no servían. Me pasé otros cuatro días enderezando el cuadro a puros golpes de piedra y usando un tubo viejo como palanca. Durante esos días, no llovieron billetes del cielo, pero comí tortillas tiesas con sal que me regaló una vecina, y cada bocado lo agradecía como si fuera un banquete en una boda de pueblo. “Gracias por esta tortilla, Diosito, porque hay quien hoy ni el olor le llega”.
Cuando terminé la bici, me di cuenta de que no tenía ni un peso para la cadena. Me senté en la banqueta, empapado en sudor y frustración. La vieja mldición de los siete años me sopló al oído: “Ves, Mateo, no sirve de nada. Estás marcado, vas a mrir pobre”.
Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños. —Gracias, Dios, por este obstáculo. Gracias porque me estás enseñando a tener la paciencia que nunca tuve.
No pasaron ni diez minutos cuando un camión de redilas pasó volando frente a mi casa. Con el brinco de un bache, se le cayó una caja de madera pesada. Corrí para avisarle al chofer, un señor gordo de bigote canoso que se bajó m*ldiciendo a medio mundo.
—¡Chin…! Se me rompió el amarre y casi pierdo la mercancía —gritó el hombre.
Le ayudé a subir la caja, que pesaba como el m*smo plomo. Cuando terminamos, el hombre se limpió el sudor y vio mi bicicleta sin cadena. Se me quedó viendo y luego sacó un fajo de billetes del pantalón.
—¿Es tuya esa carcacha, chavo? —me preguntó—. Sí, patrón, pero no tengo para la cadena. —Toma —me dio doscientos pesos—. Por el paro que me hiciste. Y si de veras quieres chambear, vete mañana a la bodega de la central. Necesito a alguien que mueva mercancía ligera en bici porque las camionetas ya no caben con tanto tráfico en el mercado.
Se me detuvo el corazón. Doscientos pesos y una promesa de chamba. Para un rico no es nada, pero para mí era la diferencia entre seguir vivo o entregar el equipo.
Compré la cadena, le puse aceite quemado para que corriera y me presenté en la bodega. Trabajé como una m*la, de sol a sol. Cargaba cajas de jitomate, costales de harina de cincuenta kilos, garrafones de agua. Todo bajo el sol de 40 grados que te hace ver visiones. Y por cada caja que me acomodaba en el lomo, decía en mi mente: “Gracias por este peso, gracias por este cansancio que me recuerda que soy útil”.
La gente del mercado me empezó a conocer. Me llamaban “El Mateo Gracias”, porque siempre andaba con una sonrisa que no cuadraba con mis fachas. Doña Mary, la dueña de la fonda más perrona del mercado, me empezó a pedir que le llevara los pedidos a los traileros que se quedaban varados en la carretera.
Ahí fue donde la verdadera prueba me puso a temblar. Un jueves por la tarde, mientras pedaleaba con diez órdenes de comida caliente, un bache profundo que no vi por la polvareda me hizo volar. La bici cayó de lado, los trastes de peltre se abrieron y el mole se esparció por toda la tierra, mezclándose con el polvo.
Me quedé ahí, tirado en medio de la carretera, con las rodillas sangrando y la comida perdida. Sabía que Doña Mary me cobraría hasta el último centavo y que, lo más seguro, me correría de la chamba. El “karma” de los siete años parecía estarse riendo en mi m*sera cara.
Me levanté lentamente, sintiendo el ardor de los raspones. Vi a los traileros que me miraban desde lejos. Mi primer impulso fue soltar una ráfaga de m*ldiciones, gritarle al cielo que por qué me hacía esto a mí que por fin le estaba echando ganas. Pero apreté los dientes y, con las lágrimas de rabia quemándome los ojos, miré al cielo y grité con lo que me quedaba de aliento:
—¡GRACIAS, DIOS, POR ESTE ACCIDENTE! ¡NO ENTIENDO PARA QUÉ ME PASA, PERO GRACIAS PORQUE ESTOY VIVO Y TENGO FUERZAS PARA VOLVER A EMPEZAR!
Lo que pasó después me dejó frío. Un trailero que había visto todo desde su cabina se bajó. No venía a mentarme la madre por su comida. Venía con un botiquín y una botella de agua fría.
—Oye, chavo… —dijo el hombre, un tipo rudo de esos que parecen hechos de puro acero—. Te vi caer. Cualquier otro se hubiera puesto a m*ldecir y a patear la bici, pero tú te levantaste dando gracias. Me dejaste de a seis, chamaco.
El hombre me ayudó a curarme. Luego, sacó un billete de quinientos pesos. —Toma. Págale a la señora de la fonda y quédate con el resto para que arregles tu bici. Gente con esa actitud es la que necesita este México. Y fíjate bien lo que te digo… mi hermano tiene una pequeña flota de camionetas en la ciudad. Necesita choferes que sean honestos y, sobre todo, agradecidos, porque ya está harto de que los mañosos le roben. ¿Sabes manejar?
Se me olvidó el dolor de las rodillas. Se me olvidó que no había comido bien. En ese momento entendí que los siete años de tragedias no eran un castigo, eran un muro que yo m*smo había levantado con mis quejas de cada día. Al dar gracias, ese muro se estaba cayendo a pedazos.
Pero el destino, que a veces es my canijo, me tenía preparada la jugada más dura de todas. Justo cuando sentía que por fin iba a salir del hoyo, recibí un recado en la caseta del pueblo. Mi madre, la única mujer que me había querido de verdad, estaba en un hospital público de la capital, mriendo por una complicación del corazón que ocupaba una operación de miles de pesos.
¿Cómo podía dar gracias por la m*erte de mi jefa? ¿Cómo iba a agradecer que la vida me diera una oportunidad de trabajo justo cuando la mujer que me dio la vida se me estaba escapando de las manos?
Sentí que el mundo se me ponía negro otra vez. ¿Era esta la verdadera prueba de fuego? ¿O era el fin de mi fe recién nacida?
PARTE 3: EL VIACRUCIS HACIA LA ESPERANZA
El mundo se me desmoronó en un segundo, ahí parado frente a la caseta telefónica. El auricular sudado me pesaba como si fuera de plomo. Escuchaba el silencio de la línea y sentía que el alma se me escurría por los pies. La voz de mi hermana Rosa, allá en la capital, no parecía una voz humana; era un grito que venía desde lo más profundo de la m*seria.
—Mateo… mamá no aguanta más —me dijo entre sollozos que me rompían el pecho—. El doctor dice que el corazón se le está cansando de tanto luchar. O la operamos en tres días o ve buscando dónde enterrarla, porque aquí en el hospital civil no hay ni gasas, m*cho menos para una cirugía de ese calibre. ¡Cuesta una fortuna, Mateo! ¡Una lana que ni volviendo a nacer tres veces tendríamos!
Colgué el teléfono y me quedé viendo al infinito. Mis manos temblaban tanto que el auricular golpeó la madera de la caseta con un sonido seco, como el de una caja de m*erto cerrándose. Me salí a la calle y el sol de Sonora, ese sol que yo ya empezaba a ver con cariño, me pareció un insulto. ¿Cómo podía brillar tanto mientras mi madre se apagaba en una camilla fría?
Sentí que la vieja m*ldición de los siete años regresaba a cobrarme factura con intereses. “¿Ves, Mateo?”, me decía una voz oscura en la cabeza. “¿Ves cómo de nada sirve tu pinche agradecimiento? El destino ya te marcó y ahora se va a llevar lo que más quieres para que aprendas que los pobres no tienen derecho a milagros”.
Me desplomé en la banqueta, con la cabeza entre las rodillas. Estaba a punto de soltar la madre de todas las m*ldiciones, de escupirle al cielo mi rabia por ser pobre, cuando la imagen de aquel hombre del desierto se me apareció en la mente. “Repítelo hasta que te lo creas”, me había dicho con esa calma que solo tienen los santos o los locos.
Cerré los ojos con tanta fuerza que vi estrellas. Respiré el aire caliente que olía a tierra seca y, con la garganta apretada por un nudo de llanto, susurré:
—Gracias, Dios… por esta noticia. Gracias porque mi madre todavía respira en este momento. Gracias por este dolor que me recuerda que tengo corazón. Gracias por la falta de dinero, porque así me vas a enseñar cómo es que Tú provees cuando todo parece perdido.
Me sentía como un loco de remate. Pero seguí diciéndolo mientras caminaba hacia la bodega de Don Chente. Cada paso era un “gracias”. “Gracias por mis piernas que me llevan. Gracias por el aire que me falta”.
Llegué a la bodega de los trailers. Don Chente estaba amarrando una lona sobre su carga de jitomate. Me vio la cara de m*erto y se detuvo en seco.
—¿Qué pasó, chamaco? Parece que te chupó la bruja. —Mi jefa, Don Chente. Se me m*ere en la capital. Necesito llegar allá hoy mismo y no tengo ni para el diésel de un camión de segunda.
Don Chente escupió al suelo y se acomodó el sombrero de lado. —Súbete a la “Poderosa” —dijo, señalando su tráiler Kenworth que relumbraba bajo el sol—. Yo salgo para la Central de Abastos en diez minutos. No te cobro el pasaje, pero vas a ir de copiloto y no me vas a dejar dormir en toda la carretera, ¿entendido? Y llévate esa bici de carga, búscale un lugar ahí atrás, que en esa ciudad el tráfico muerde y la vas a ocupar si quieres moverte rápido.
El viaje fue un descenso al infierno y un ascenso al cielo al msmo tiempo. Fueron casi veinte horas de asfalto caliente. Cruzamos Sinaloa, Nayarit, Jalisco… y en cada kilómetro, mi mente era un campo de batalla entre la duda y la fe. Cuando el miedo me decía “Tu mamá ya m*rió, vas a llegar a un velorio”, yo respondía con los dientes apretados: “Gracias porque está en tus manos, Diosito. Gracias porque voy en camino”.
Don Chente me miraba de reojo. Él era un hombre de mundo, de esos que han visto aparecidos y asaltos en la noche. —Oye, Mateo, te oigo hable y hable solo. ¿Estás rezando el rosario o qué traes? —Estoy dando gracias, patrón. Por todo. Por el hambre, por el camino, por usted que me dio el aventón.
Don Chente soltó una carcajada ronca que retumbó en la cabina. —¡Estás bien zafado, mchacho! Pero te voy a decir algo que he aprendido en la ruta: en este oficio, la gente que se la pasa mldiciendo es la que primero se accidenta o se queda tirada. Los que van tranquilos y agradecidos son los que siempre llegan a su destino. Sigue con tus gracias, a ver si llegamos a tiempo.
Entramos a la Ciudad de México de madrugada. Esa ciudad es un monstruo que ruge y te asfixia. El esmog te quema los ojos y el ruido de los cláxones te aturde. Don Chente me dejó cerca del Hospital General. Antes de bajarme, sacó de su guantera un sobre maltratado y me lo puso en la mano.
—Toma. Son tres mil pesos. Era lo que traía para mis comidas y el hotel, pero yo aquí tengo conocidos que me fían. Ve con tu jefa y no me digas nada, que luego me pagas con una buena comida allá en el norte cuando regreses triunfante.
Se me hizo un nudo de lagrimas en la garganta. “Gracias, Dios, por el corazón de este hombre”, pensé mientras corría hacia la entrada del hospital con mi bici a cuestas.
Lo que encontré adentro me partió el alma en mil pedazos. El hospital parecía una zona de gerra. Gente durmiendo en las sillas, en el piso, el olor a mseria y a enfermedad por todos lados. Encontré a mi hermana Rosa en el pasillo del cuarto piso. Estaba hecha un trapo viejo, con los ojos rojos de tanto llorar y la ropa sucia de días.
—Mateo… llegaste —sollozó apenas me vio—. El doctor dice que si no conseguimos el depósito para la clínica privada hoy msmo antes del mediodía, van a pasar a otro paciente al quirófano y a mamá la van a dejar aquí en “cuidados paliativos”… que es lo msmo que dejarla m*rir sin hacer nada. ¡Son cien mil pesos, Mateo! ¡Cien mil! ¿De dónde los vamos a sacar nosotros? ¡Ni vendiendo nuestros órganos llegamos a esa cantidad!
Me quedé frío. Cien mil pesos en México es una fortuna inalcanzable para alguien que hace unos meses m*ndigaba un vaso de agua. Sentí que la realidad me golpeaba con un mazo en la nuca. Miré por la ventana del hospital hacia los edificios de lujo que se veían a lo lejos. ¿Por qué ellos sí tienen vida y nosotros no?
Pero cerré los ojos y respiré hondo. No iba a caer en la trampa de la queja m*sera. —Gracias, Dios, por estos cien mil pesos que nos faltan en este momento —dije en voz baja.
Rosa me miró como si me hubiera vuelto m*no de repente. —¿Qué te pasa? ¿Te volviste loco en el desierto? ¡Nuestra madre se nos va y tú das gracias! —Es que si no agradezco lo que no tengo hoy, nunca lo voy a ver llegar mañana, Rosa. Tenme fe, hermana.
Salí del hospital con la bicicleta de carga. Necesitaba moverme, necesitaba que el aire me pegara en la cara. Empecé a pedalear por las calles de la capital, repitiendo mi mantra como un loco: “Gracias por esta ciudad. Gracias por este caos. Gracias por la oportunidad de ser probado”.
De repente, en una esquina de la colonia Roma, vi a un señor de traje elegante, m*y fino, que intentaba cambiar la llanta de un Mercedes-Benz último modelo. Se veía desesperado, sudando a chorros, con el gato hidráulico mal puesto y a punto de que el carro se le cayera encima. La gente pasaba de largo, nadie quería ayudar a un rico en problemas.
Me detuve en seco. —¿Le ayudo, jefe? —le dije con la sencillez de mi gente del norte. El hombre me miró con una desconfianza total, pero vio mi bici de carga y mi cara de hombre honesto. —Por favor, joven. Tengo una junta de negocios de la que depende el futuro de mi empresa y no puedo llegar así, todo sucio y tarde.
En diez minutos le cambié la llanta. Mis manos, ya hechas a la rudeza del desierto y a los golpes de mi bici, lo hicieron ver como si fuera un juego de niños. El hombre sacó su cartera y me quiso dar un billete de quinientos.
—No es por el dinero, patrón —le dije, limpiándome la grasa en el pantalón—. Lo hice porque hoy aprendí que hay que dar gracias por las oportunidades de ayudar a otros. Quédese con su dinero, solo le pido un favor: pídale a Dios por mi jefa, que está allá en el hospital público m*riendo porque no tenemos para la cirugía.
El hombre se detuvo en seco. Guardó su billete y me miró con una curiosidad que le nacía desde adentro. —¿Qué tiene tu madre, m*chacho?
Le conté la historia en dos patadas. Los siete años de mseria, el consejo del hombre del mezquite, los cien mil pesos que eran el muro entre la vida y la merte de mi madre.
El hombre se quedó callado un momento, viendo al vacío. Luego se subió a su coche y me dijo con voz firme: —Espérame aquí, Mateo. No te muevas de esta esquina.
A la media hora regresó. No venía solo. Venía con una mujer que resultó ser la directora de una fundación médica my fregon. —Mateo —dijo el hombre—, yo no creo mcho en los santos, pero hoy tú me diste una lección de hombría. Yo perdí a mi madre hace un año porque no estuve ahí para ella. No voy a dejar que tú pases por lo msmo por falta de dinero. Mi fundación va a apadrinar la cirugía de tu madre en la mejor clínica de este país. Vámonos al hospital ahora m*smo.
No lo podía creer. El depósito de cien mil pesos fue pagado en ese m*smo instante por transferencia. La ambulancia llegó por mi madre y la llevaron entre sirenas a la mejor clínica. La operación duró ocho horas que parecieron siglos. Por cada minuto, yo decía: “Gracias, Dios, por las manos de los cirujanos. Gracias por la vida que regresa”.
Cuando el cirujano salió y nos sonrió, supe que el milagro estaba completo. Mi madre iba a vivir.
Hoy, manejo mi propia empresa de fletes en Sonora. Aquel empresario del Mercedes es mi socio y mi hermano de vida. Miro hacia atrás y entiendo que la m*ldición no era el destino, era mi propia queja. El agradecimiento es la llave maestra.
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PARTE 4: EL RETORNO AL DESIERTO Y EL ROSTRO DEL DESTINO (GRAN FINAL ÉPICO)
Habían pasado exactamente siete meses desde que salí de la Ciudad de México con el alma reconstruida y mi madre, Doña Guadalupe, recuperada por lo que los médicos llamaban “un milagro de la biología”, pero que yo sabía que era el resultado de una fuerza que no se estudia en los libros. Durante ese tiempo, trabajé sin descanso en la empresa del Licenciado Estrada, aprendiendo que la verdadera riqueza no es el fajo de billetes que traigas en la bolsa, sino la paz con la que apoyas la cabeza en la almohada cada noche. Pero había una deuda pendiente que me quemaba el pecho, un llamado que venía desde las entrañas de la tierra sonorense. Necesitaba regresar a ese pedazo de desierto donde todo empezó, para buscar al hombre que me salvó la vida con cuatro palabras que, en su momento, me supieron a una bofetada de realidad.
—Mateo, hijo, ya no tienes nada que ir a hacer a ese lugar olvidado de la mano de Dios —me decía mi madre mientras preparaba un café en nuestra cocina nueva, una cocina con azulejos brillantes y comida de sobra en la alacena—. Ese desierto solo nos dio hambre, soledad y lágrimas. Quédate aquí, donde estamos seguros, donde ya nadie nos mira con lástima por ser pobres.
—No, mamá —le respondí, dándole un beso en la frente mientras cargaba mi maleta en la camioneta que el Licenciado Estrada me había regalado por mi lealtad—. No voy a buscar las lágrimas. Voy a dar las gracias. Uno no puede habitar una casa nueva si no ha bendecido las ruinas de la anterior. Si no regreso a donde fui m*serable para agradecer lo que aprendí, mi fortuna será de papel y se la llevará el primer viento fuerte que sople. Necesito que el desierto sepa que ya no soy su prisionero, sino su hijo que aprendió a caminar sobre el fuego.
El viaje de regreso fue una odisea espiritual de más de dos mil kilómetros. Ya no iba escondido en la cabina de un tráiler, oliendo a diésel y a desesperación, con el miedo constante de que la policía me bajara por no tener ni una identificación que me avalara como ciudadano. Ahora manejaba yo, cruzando los estados de nuestro México con una claridad mental que nunca antes había conocido. Al cruzar la frontera de Sonora, el calor me recibió no como un látigo, sino como el abrazo cálido de un viejo amigo que te ha estado esperando. El desierto, que antes me parecía un cementerio de sueños, ahora se veía majestuoso, una catedral de arena y luz bajo un sol que ya no me quemaba la piel, sino que me iluminaba el alma.
Llegué al pueblo justo cuando el sol empezaba a besar el horizonte, pintando el cielo de unos tonos naranja, violeta y carmesí que solo se ven en el norte del país. Todo parecía suspendido en una fotografía vieja: los mismos perros flacos buscando sombra, el mismo polvo levantado por el viento que se cuela por todas partes, la misma quietud de los pueblos que parecen esperar algo que nunca llega. Pero yo era otro. Pasé frente a lo que quedaba de mi vieja choza de lámina. El viento hacía que las láminas sueltas chillaran, un sonido que antes me causaba pavor y que ahora me llenaba de una compasión profunda por el hombre que solía vivir ahí, atrapado en su propia queja.
Me bajé de la camioneta y me quedé parado frente a las ruinas de mi pasado. Me quité el sombrero y cerré los ojos, respirando el aroma a tierra seca y mezquite.
—Gracias, Dios, por esta choza de lámina que me enseñó que el alma no necesita lujos para ser inmensa —susurré, y sentí cómo un peso de años se desprendía de mis hombros—. Gracias porque aquí fue donde me rompiste el orgullo para poder sembrar en mí la semilla de la humildad. Gracias por cada noche que pasé con el estómago vacío, porque hoy sé que el pan más rico es el que se comparte con el que tiene las manos vacías.
Caminé con paso firme hacia el gran mezquite milenario, el lugar sagrado donde aquel hombre me dio el secreto del agradecimiento. Pero no había nadie. Solo la sombra alargada del árbol y el silencio denso del crepúsculo. Decidí ir a la fonda de Doña Mary, el único lugar que parecía ganarle la batalla al tiempo. Al entrar, el tintineo de la campana en la puerta hizo que Doña Mary levantara la vista de su comal. Se quedó petrificada, con la espátula en el aire, viéndome como si viera a un aparecido.
—¡Mateo! ¡Válgame la Virgencita! —exclamó, persignándose tres veces—. Si no fuera por esa mirada de hombre bueno que conservas, juraría que eres tu propio fantasma que viene a cobrarme lo que no le di. Te ves… te ves como un hombre de éxito, hijo. ¿Qué te pasó en la gran ciudad?
—Estoy vivo, Doña Mary. Estoy más vivo de lo que nunca estuve en cuarenta años de arrastrarme por la tierra. Dígame, ¿ha visto al señor que se sentaba bajo el mezquite? El hombre de la camisa de manta, el que parecía saberlo todo sobre mi destino y el de los demás. He vuelto desde muy lejos solo para agradecerle.
Doña Mary dejó la espátula sobre la mesa y se acercó a la barra, mirándome con una mezcla de tristeza y asombro que me erizó la piel hasta la nuca.
—Mateo… bajo ese mezquite no se ha sentado nadie en más de treinta años. Desde que se m*rió el viejo ermitaño del pueblo, ese árbol ha estado solo, acumulando polvo y leyendas. La gente decía que tú ya estabas perdiendo la razón por culpa del calor y el hambre acumulada. Te veíamos ahí, hablando solo, gritándole a la nada, llorando como un niño perdido en la feria. Lo único que había bajo ese árbol eras tú y tu propia sombra desesperada.
Sentí un escalofrío que me heló la sangre, a pesar del calor que salía del comal. ¿Había sido todo una alucinación de mi mente herida? ¿Había inventado a ese hombre en un arranque de locura para no m*rir de soledad y abandono? Salí de la fonda sin decir palabra y caminé de regreso al mezquite bajo la luz de la primera estrella de la noche, que brillaba con una intensidad inusual. Me senté en el mismo lugar de siempre, cerré los ojos y puse las palmas de mis manos sobre la tierra seca.
Entonces, en la profundidad de ese silencio que solo existe en el corazón del desierto, lo escuché. No era una voz que vibrara en el aire, sino una frecuencia que tronaba dentro de mi propio pecho, una vibración que alineaba cada átomo de mi ser con el universo entero.
“Mateo, nunca hubo un extraño bajo este árbol. El hombre que viste era el Mateo que ya había vencido, el Mateo que ya era libre de sus cadenas mentales, el Mateo que entendió que la mseria es solo una ilusión de la mente que vive en la queja. Yo no vine de fuera para salvarte; yo desperté dentro de ti el día que aceptaste dar gracias por tu propio dolor. La gratitud no es una respuesta a lo que recibes del mundo, es la causa de lo que el mundo te va a entregar por derecho”*.
Me quedé en silencio absoluto, llorando lágrimas de una alegría que no cabe en las palabras ni en los diccionarios. Entendí que el milagro no fue el dinero del Licenciado Estrada, ni la cirugía exitosa de mi madre, ni el trabajo nuevo que me dio dignidad. El milagro real fue el cambio de mi propia voz interior. El hombre del desierto era mi propia chispa divina, la misma que habita en ti que estás leyendo esto, esperando a que dejes de m*ldecir tu situación actual para empezar a crear tu propia gloria con tus palabras.
No me fui del pueblo esa noche. Con el apoyo del Licenciado Estrada, compré el terreno del mezquite y las hectáreas a la redonda. Hoy, en ese mismo lugar donde casi me rindo ante la m*erte, se levanta la “Casa de la Gratitud Mateo”, un complejo que incluye una escuela de artes para niños y un centro de sanación para personas que han perdido el rumbo por las adicciones o la pena. No es una institución de caridad común; es un lugar donde la primera lección de cada mañana es aprender a decir “gracias” por lo que duele, porque el dolor es el cincel con el que la vida esculpe nuestras alas de libertad.
A cada joven que llega destruido por la vida, les muestro mis manos, aún marcadas por las cicatrices de la necesidad del pasado, y les digo con la voz llena de verdad: —Tú no eres pobre porque te falte dinero en la cuenta del banco. Eres pobre porque tu boca solo sabe pedir limosna y tu corazón solo sabe quejarse de lo que no tiene. Empieza a dar gracias por esa ropa vieja que te cubre, por ese suelo duro donde hoy descansas, por esa soledad que te obliga a conocerte. Porque en el momento en que agradeces de verdad tu infierno, el infierno deja de tener poder sobre ti y se convierte en el combustible que te hará volar más alto que nadie.
He visto milagros que desafían toda lógica y toda ciencia. He visto a m*jeres sanar de enfermedades terminales cuando empezaron a bendecir sus cuerpos en lugar de odiarlos por fallarles. He visto a hombres recuperar familias que daban por perdidas cuando dejaron de culpar al mundo y empezaron a dar gracias por la oportunidad de pedir perdón y volver a empezar desde las cenizas.
Hace poco, un muchacho se me acercó, tal como yo me acerqué a aquel hombre hace meses en este mismo desierto. Estaba al borde del abismo, con los ojos vacíos. —Señor Mateo —me dijo—, ¿por qué a mí me pasa todo lo malo del mundo? ¿Por qué Dios me odia tanto? Lo miré con todo el amor y la firmeza que solo da el haber pasado por lo msmo y le dije: —Porque eres el elegido para demostrarle a los demás que se puede salir de la oscuridad más profunda. Pero no saldrás peleando con tus sombras, saldrás agradeciendo que las sombras te enseñaron a buscar la luz. Repite conmigo ahora msmo: “Gracias Dios por esta crisis, porque ella es la escalera que me llevará a mi verdadera gloria”.
El muchacho hoy es uno de los líderes más fuertes de mi fundación. Su vida cambió no porque el mundo se volviera más bueno o más blando con él, sino porque él se volvió más agradecido con cada reto que el mundo le puso enfrente.
Mi historia de los siete años de tragedia que se volvieron siete meses de milagros no es un relato de suerte o de azar. Es una fórmula matemática del espíritu humano. La queja resta energía, el agradecimiento la multiplica al infinito. Si hoy te sientes perdido en el desierto, si sientes que el sol de la adversidad te quema y no hay una gota de agua a la vista, te reto con toda mi alma a que hagas lo que yo hice.
No me creas a mí solo por mis palabras. Haz la prueba tú mismo en tu propia vida. Deja de m*ldecir tu situación por injusta que parezca. Deja de buscar culpables en el pasado o en el gobierno. Mira al cielo, o mira a la tierra que pisas, o mírate con honestidad al espejo, y di con toda la fe de la que seas capaz, aunque te duela: —Gracias Dios por todo. Gracias por lo que tengo hoy y gracias por lo que me falta para aprender. Gracias por el dolor que me hace fuerte y gracias por la alegría que me hace eterno.
Cierro este relato bajo el mismo mezquite donde un día deseé que la tierra me tragara para no sufrir más. Ahora el árbol está más verde que nunca, rodeado de flores que nadie pensó que crecerían en esta arena reseca. El desierto ha florecido porque un hombre decidió cambiar su lenguaje y su vibración. Y mientras el sol se oculta tras los cerros, siento la presencia de aquel hombre de manta blanca, que no es otro que el Dios que vive en cada uno de nosotros, sonriendo ante el triunfo de la gratitud.
¿QUIERES QUE TU PROPIO MILAGRO COMIENCE EN ESTE PRECISO SEGUNDO EN QUE TERMINAS DE LEER? 🛑
La m*ldición de la queja se termina hoy para ti. Escribe “GRACIAS POR TODO” en los comentarios con toda tu intención. No lo hagas por una red social, hazlo por tu propio destino. Deja que estas palabras limpien tu camino de piedras y abran de par en par las puertas de la abundancia que te pertenecen por derecho divino. ¡Comparte este milagro si crees de corazón que México es tierra de fe, lucha y gratitud infinita! 👇🙏🇲🇽
FIN.