“¿Creyeron que era solo una secretaria de oficina y quisieron humillarme en el comedor… no sabían que mi ‘entrenamiento’ no fue en un escritorio, sino en el infierno de la Sierra.”

Entré al comedor de la Base Naval como lo hago siempre: en silencio, escaneando el perímetro. Para el resto del mundo, soy la Teniente Valeria, una simple oficial de logística con el uniforme impecable y una bandeja de desayuno en la mano. Una “Godínez” con rango, como dicen a mis espaldas.

Pero para mí, el comedor no es un lugar para comer; es un mapa de amenazas. Salidas, puntos ciegos, quién entra, quién sale. Los viejos hábitos de la unidad especial nunca se van, aunque ahora mi única “misión” sea contar cajas de suministros.

Apenas me senté con mis chilaquiles cuando empezaron las risitas.

En la mesa de al lado había cuatro cadetes. Ya saben el tipo: uniformes nuevos, voces fuertes y esa arrogancia peligrosa de quien nunca ha estado en un enfrentamiento real. Al principio eran murmullos.

Luego, subieron el volumen.

—Oye, Intendencia —gritó uno, con esa sonrisita burlona—. ¿Se te perdió la lista del súper? —Déjala —dijo otro, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Debe ser cansado estar sentadita en el aire acondicionado mientras los hombres hacemos el trabajo sucio.

Seguí comiendo. Ignorar a los idiotas es parte de la disciplina. Pero mi silencio solo les molestó más. Se sintieron valientes.

Se acercaron. Uno de ellos pateó la pata de mi silla “por accidente”. Otro estiró la mano y golpeó mi bandeja, tirando mi jugo sobre la mesa.

—Tranquila, mi teniente —dijo el líder, invadiendo mi espacio personal—. Solo estamos jugando.

Me levanté despacio. Respiré hondo. —Atrás. Ahora —dije. Mi voz no tembló.

El comedor se quedó en silencio por medio segundo. Luego, se rieron. —¿O qué? —retó uno.

Me rodearon. Sentí el aliento a café barato de uno en mi nuca. —Tú no perteneces aquí —susurró el más alto—. No tienes cara de haberte ganado esas barras.

En ese momento, mi mente cambió de canal. Ya no vi personas. Vi ángulos. Vi distancias. Vi debilidades.

Cuando uno me agarró del brazo para jalarme, rompiendo la manga de mi uniforme, algo hizo clic. El cuarto tipo, con los ojos desorbitados por la adrenalina barata, metió la mano al bolsillo y sacó una n*vaja.

Era pequeña, torpe, pero letal. Esa fue la línea.

EN ESE MOMENTO, EL TIEMPO SE DETUVO Y LA “OFICINISTA” DESAPARECIÓ PARA DAR PASO A LO QUE REALMENTE SOY… ¡¿QUIERES VER CÓMO TERMINÓ ESTO?!

EL PRECIO DEL SILENCIO (Parte 2)

El tiempo en una pelea real no funciona como en las películas. No hay cámara lenta, no hay música de fondo y, definitivamente, no hay piedad. Pero hay algo que sucede cuando has pasado tres años operando en la Sierra, durmiendo con un ojo abierto y el rifle abrazado como si fuera tu hijo: el cerebro aprende a filtrar el ruido.

Cuando vi esa hoja de metal barato brillar bajo las luces fluorescentes del comedor, el mundo a mi alrededor se volvió gris. Los murmullos de los otros comensales, el tintineo de los cubiertos contra los platos, el zumbido del aire acondicionado… todo desapareció. Solo quedamos nosotros cinco en una burbuja de hiperrealidad.

El cadete de la n*vaja —llamémosle “El Valiente”— tenía el agarre equivocado. Sostenía el arma como si fuera un picahielo, con el pulgar apoyado en la base del mango, el brazo rígido y temblando ligeramente. Un novato. Un niño jugando a ser sicario porque el uniforme le quedaba grande y el ego le apretaba demasiado.

—¿Qué pasa, “secre”? —siseó, acercando la hoja a mi cara. Quería asustarme. Quería ver lágrimas. Quería que la mujer “débil” de la oficina suplicara perdón para sentirse poderoso ante sus amigos.

Lo que él no sabía es que yo había desayunado miedo durante mil días seguidos antes de llegar a este escritorio.

—Baja eso —dije. Mi voz sonó extraña, incluso para mí. No era la voz de la Teniente Valeria de Logística. Era la voz de “La Sombra”, mi indicativo en la Unidad de Operaciones Especiales. Era una voz metálica, carente de cualquier emoción humana.

—¡Oblígame! —gritó, lanzando una estocada torpe hacia mi abdomen.

Fue su último error consciente en los siguientes cinco minutos.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi cerebro procesara la orden. Es lo que llamamos “memoria muscular”, pero es más que eso; es supervivencia grabada en el ADN a base de g*lpes y sangre.

Pivoté sobre mi pie izquierdo, un movimiento sutil de apenas diez centímetros, dejando que la hoja pasara silbando junto a mi cadera. Antes de que él pudiera recuperar el equilibrio, mi mano izquierda se cerró sobre su muñeca como una prensa hidráulica. Escuché el crujido satisfactorio de los tendones protestando bajo la presión. No usé fuerza bruta; usé biomecánica.

Giré su muñeca hacia afuera y hacia abajo. El n*vaja cayó al suelo con un ruido metálico sordo.

—¡Ahhh! —El grito del Valiente se ahogó cuando impacté mi palma abierta contra su barbilla, empujando su cabeza hacia atrás y desorientando su sistema vestibular. Cayó de rodillas, con los ojos en blanco, tosiendo y buscando aire.

Uno menos. Quedaban tres.

El silencio en el comedor se rompió. No con aplausos, sino con el sonido de sillas arrastrándose y botas golpeando el piso. Los otros tres cadetes, al ver a su líder en el suelo, no retrocedieron. El instinto de manada se apoderó de ellos. El orgullo herido es un combustible peligroso, y ahora, para ellos, ya no era una broma. Era una cuestión de honor machista. Una mujer los estaba humillando.

—¡Maldita l*ca! —gritó el más alto, el que me había dicho que no merecía mis barras. Se lanzó sobre mí con un gancho de derecha, amplio y telegrafiado desde la semana pasada.

Me agaché, pasando por debajo de su brazo. Sentí la ráfaga de aire sobre mi cabeza. Aproveché su impulso. Mientras él seguía avanzando por la inercia, le di una patada seca en la parte posterior de la rodilla derecha. Su pierna cedió instantáneamente. Cayó de bruces sobre la mesa donde yo había estado comiendo, llevándose consigo mi bandeja de chilaquiles. La salsa roja manchó su uniforme impecable, pareciendo una herida de guerra que no tenía.

El tercer cadete intentó agarrarme por la espalda. Un error clásico. Nunca abraces a alguien que sabe cómo convertir su cuerpo en un arma. Sentí sus brazos rodeando mis hombros, intentando inmovilizarme.

—¡Suéltala, imbécil! —escuché gritar a alguien a lo lejos, pero no podía esperar ayuda.

Bajé mi centro de gravedad, flexionando las rodillas, y golpeé mi cabeza hacia atrás, impactando directamente en su nariz. Sentí el crack del cartílago rompiéndose contra mi cráneo. Me soltó de inmediato, llevándose las manos a la cara mientras la sangre comenzaba a brotar entre sus dedos.

Quedaba uno. El cuarto. El que había pateado mi silla. Estaba parado a dos metros, mirando alternativamente a sus amigos gimiendo en el suelo y a mí. En sus ojos vi el momento exacto en que la bravuconería se convirtió en terror puro.

Me arreglé la manga rota de mi uniforme con calma, sin quitarle la vista de encima. —Tú decides —le dije, respirando rítmicamente por la nariz—. Puedes ayudar a tus amigos a ir a la enfermería, o puedes acompañarlos en camilla.

El chico levantó las manos, temblando. —Yo… yo no… mi Teniente, yo solo…

—¡ALTO! ¡TODO EL MUNDO AL SUELO! ¡AHORA!

La voz de trueno resonó en las paredes de concreto. La Policía Militar (PM). Finalmente.

Tres elementos de la PM entraron corriendo con las macanas en mano. Detrás de ellos venía el Capitán Mendoza, el oficial de guardia. Un hombre bajito, con bigote recortado y un temperamento conocido por ser tan corto como su paciencia.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —rugió Mendoza, mirando el caos. Mesas volcadas, comida en el piso, tres cadetes retorciéndose de dolor y yo, de pie en medio del desastre, con la respiración ligeramente acelerada pero en perfecta posición de firmes.

—¡Ella se volvió l*ca, mi Capitán! —gritó El Valiente desde el suelo, sosteniéndose la muñeca lastimada—. ¡Estábamos comiendo tranquilos y nos atacó! ¡Mire lo que nos hizo!

Mendoza me miró. Sus ojos recorrieron la escena. Vio a cuatro hombres jóvenes, fuertes, derrotados por una sola mujer de Intendencia. Su cerebro, condicionado por años de tradición y prejuicios, no podía procesar la lógica de la defensa propia. Solo veía el resultado: violencia desproporcionada.

—Teniente Valeria —dijo Mendoza, acercándose a mí con cara de pocos amigos—. ¿Tiene usted una explicación para haber enviado a tres cadetes a la enfermería antes de las 08:00 horas?

—Defensa propia, mi Capitán —respondí, manteniendo la vista al frente. Mi tono fue respetuoso pero firme—. Intentaron agredirme. Uno portaba un arma blanca.

—¡Mentira! —chilló el de la nariz rota, con la voz gangosa por la sangre—. ¡No teníamos nada! ¡Ella es una psicópata!

Mendoza miró al suelo. La n*vaja estaba allí, brillando bajo una mesa cercana. Pero también vio el estado de los cadetes.

—Esas son acusaciones graves, Teniente. Y el uso excesivo de la fuerza es un delito militar —Mendoza se frotó las sienes—. PM, espósenla. Llévenla a la comandancia. Y lleven a estos idiotas a la enfermería y luego a los separos. Quiero declaraciones de todos. Ahora.

Sentí el frío del metal en mis muñecas cuando el PM me esposó. No me resistí. Sabía que cualquier movimiento en falso ahora solo empeoraría las cosas. Me dejé llevar, caminando con la cabeza en alto entre las filas de mesas.

Podía sentir las miradas de todo el batallón clavadas en mí. Cientos de ojos. Ya no veían a la “Godínez”. Veían a una extraña. A una amenaza. Escuchaba los susurros mientras pasaba: “¿Viste eso?” “Le rompió la nariz de un cabezazo.” “¿Quién es ella realmente?”

Esa era la pregunta que había intentado evitar durante los últimos seis meses. ¿Quién es ella?

Mientras me escoltaban hacia el edificio de mando, bajo el sol implacable de la mañana mexicana, mi mente viajó tres años atrás.


Flashback: La Sierra Madre Occidental

El olor a pino quemado y pólvora. Eso es lo que recuerdo. Estábamos en una operación de reconocimiento profundo. Éramos un equipo fantasma. Nadie sabía que estábamos ahí, ni siquiera el mando local. Nuestra misión era localizar un laboratorio clandestino de fentanilo escondido en lo más denso de la montaña.

Yo no era “Teniente Valeria” en ese entonces. Era “Lince”. Especialista en infiltración y combate cuerpo a cuerpo.

Llevábamos tres días sin dormir, sobreviviendo a base de barras energéticas y agua de lluvia. El terreno era brutal: barrancos que caían al vacío, vegetación que te cortaba la piel y un calor húmedo que te asfixiaba.

Pero lo peor no era el terreno. Eran ellos. Nos emboscaron al amanecer. Eran veinte contra cinco. Recuerdo el sonido de las balas zumbando como abejas enojadas. Recuerdo a mi compañero, “El Ruso”, caer a mi lado con un impacto en el hombro. Recuerdo tener que arrastrarlo cien metros bajo fuego cruzado hasta cubrirnos detrás de unas rocas.

Ese día no ganamos por ser más fuertes. Ganamos porque éramos más inteligentes. Porque sabíamos controlar el pánico. Porque cuando se me acabaron las municiones y uno de los sicarios saltó a mi trinchera con un machete, no grité. Esperé. Esperé hasta ver el blanco de sus ojos, hasta sentir su olor a mezcal y sudor rancio, y usé mi cuchillo de combate con una precisión quirúrgica.

Ese día aprendí que la violencia no es algo de lo que uno deba enorgullecerse. Es una herramienta. Una herramienta horrible, sucia y necesaria cuando el mundo decide mostrarte sus dientes. Cuando regresé de esa misión, con el uniforme empapado en sangre ajena y propia, algo se rompió dentro de mí. Pedí mi cambio. Quería paz. Quería papeles, inventarios, listas de latas de atún y cajas de botas. Quería olvidar el sonido que hace la vida cuando se escapa del cuerpo de alguien.

Por eso soportaba las burlas en la oficina. Por eso dejaba que me llamaran “secretaria”. Porque sabía que si dejaba salir a “Lince”, las cosas terminarían mal.

Y hoy, por culpa de cuatro niños malcriados, “Lince” había salido a jugar.


De vuelta al presente: La Oficina del Coronel

Me sentaron en una silla de metal en la antesala de la oficina del Coronel Ibarra. Me quitaron las esposas, pero dejaron a un PM custodiando la puerta.

Pasó una hora. Luego dos. La adrenalina había desaparecido, dejando en su lugar un dolor sordo en mi hombro derecho —una vieja lesión que siempre se quejaba con la humedad o con los g*lpes— y una profunda sensación de cansancio.

Finalmente, la puerta de caoba se abrió. —Pase, Teniente —dijo el asistente.

Entré y me cuadré frente al escritorio. El Coronel Ibarra era un hombre de la vieja escuela. Cabello gris, rostro curtido por el sol y una mirada que podía pelar pintura. Estaba leyendo un informe preliminar, frunciendo el ceño.

—Descansen —dijo sin levantar la vista.

Adopté la posición de descanso, manos a la espalda, pies separados. —Teniente Valeria —empezó Ibarra, dejando los papeles sobre la mesa y quitándose los lentes de lectura—. Tengo aquí cuatro declaraciones de cuatro cadetes de primer año. Todos coinciden en una historia muy… creativa.

Hizo una pausa, mirándome fijamente. —Dicen que usted estaba emocionalmente inestable. Que empezó a gritar obscenidades sin provocación y que, cuando intentaron calmarla, usted los atacó brutalmente. El cadete Ramírez, el de la n*vaja, dice que él solo sacó el arma “para defenderse” porque temía por su vida.

Sentí una punzada de ira en el estómago, pero mi cara permaneció inexpresiva. —¿Tiene algo que decir al respecto, Teniente?

—Es falso, mi Coronel.

—Eso imaginé —suspiró Ibarra, recostándose en su silla—. Mire, Teniente. Sé que ser mujer en esta institución no es fácil. Sé que los muchachos pueden ser pesados. Pero mandar a tres elementos al hospital… uno tiene fractura de tabique, otro tiene una distensión severa de ligamentos en la muñeca y el tercero tiene una contusión en la rótula que probablemente lo deje fuera de servicio un mes. Eso es… excesivo.

—Era una situación de cuatro contra uno, mi Coronel. Había un arma blanca involucrada. Neutralicé la amenaza con la fuerza mínima necesaria para asegurar mi integridad física.

Ibarra soltó una risa seca. —¿Fuerza mínima? Teniente, usted es oficial de Logística. Se supone que cuenta calcetines. ¿Dónde aprendió a romper muñecas con esa facilidad? ¿En un curso de fin de semana de defensa personal?

Silencio. Ibarra se levantó y caminó alrededor del escritorio. —Esto se ve mal, hija. Muy mal. Los padres de esos muchachos van a preguntar qué pasó. El alto mando va a preguntar qué pasó. A menos que tenga una explicación muy buena, voy a tener que procesarla por agresión y conducta impropia. Podría perder su rango. Podría ir a prisión militar.

Lo miré a los ojos. —Mi Coronel, con todo respeto, le sugiero que revise mi Expediente 7-Bravo.

Ibarra se detuvo en seco. —¿Qué dijo?

—Expediente 7-Bravo. Mi número de servicio es el 89-44-L-Zulu. Solicito que verifique mi hoja de servicios completa, no solo la administrativa de los últimos seis meses.

El Coronel me miró con una mezcla de confusión y sospecha. El código “Zulu” al final de una matrícula no es común. Y la mención de un expediente 7-Bravo es algo que, en teoría, un oficial de Logística no debería ni conocer.

—Espere aquí —gruñó.

Se dirigió a su computadora segura. Lo vi teclear mi matrícula. Esperó unos segundos. El sistema debió pedirle una segunda clave de autorización, porque vi cómo se tensaban sus hombros. Tecleó de nuevo.

La pantalla parpadeó. Vi el reflejo azul de la luz del monitor en su cara. Sus ojos se abrieron ligeramente. Luego más. Se inclinó hacia la pantalla, como si no pudiera creer lo que estaba leyendo.

El silencio en la oficina se volvió denso, pesado. Solo se escuchaba el zumbido del ventilador de la computadora. El Coronel Ibarra leyó. Y leyó. Pasaron cinco minutos eternos.

Finalmente, se apartó del escritorio y se giró lentamente hacia mí. Ya no me miraba como a una teniente problemática de inventarios. Me miraba como si acabara de descubrir que tiene un tigre de bengala durmiendo en su sala.

—Operación “Tormenta Negra”, 2019 —murmuró, leyendo de memoria—. Infiltración y extracción de objetivo de alto valor en territorio hostil. Mención honorífica por valor distinguido. —Operación “Víbora de Cascabel”, 2020. Combate cercano en entorno urbano. Recuperación de inteligencia crítica. Herida en combate, rechazo de evacuación hasta completar misión. —Curso de Fuerzas Especiales GAFE. Primer lugar de su promoción en combate cuerpo a cuerpo y supervivencia.

Se quitó los lentes y los dejó caer sobre el escritorio con un ruido seco. —Dios santo… Usted fue parte del Grupo de Respuesta Inmediata de la Segunda Región. Usted es una Operadora de Nivel 1.

—Lo fui, mi Coronel. Ahora soy Intendencia.

Ibarra se pasó la mano por el pelo gris, visiblemente conmocionado. —¿Qué demonios hace una operadora de su calibre contando cajas de MREs en mi base?

—Solicité la transferencia por motivos personales, mi Coronel. Necesitaba… descomprimirme. El mando aceptó con la condición de mantener mi perfil bajo.

El Coronel soltó una carcajada nerviosa, casi histérica. —¿Perfil bajo? ¡Acaba de desmantelar a mi escuadra de cadetes “promesa” en menos de treinta segundos mientras desayunaba chilaquiles!

—Ellos iniciaron la agresión, señor. Yo solo terminé lo que ellos empezaron.

Ibarra negó con la cabeza, volviendo a su silla. Su actitud había cambiado por completo. La hostilidad había desaparecido, reemplazada por un respeto cauteloso y una pizca de temor.

—Siéntese, Valeria. Por favor.

Me senté, relajando la postura por primera vez.

—Mire —dijo Ibarra, entrelazando los dedos—. Esto cambia las cosas. Esos cadetes… son hijos de papás influyentes algunos, pero son unos idiotas. Si se sabe que intentaron agredir con un arma blanca a una oficial superior, y que esa oficial es una heroína de guerra condecorada… se les va a caer el mundo encima. Consejo de Guerra inmediato. Baja deshonrosa. Cárcel.

—Lo sé —dije.

—¿Quiere presentar cargos formales? —preguntó Ibarra. Su tono sugería que esperaba que dijera que sí. Tenía todo el derecho.

Pensé en El Valiente y sus amigos. Pensé en sus caras de terror. Pensé en cómo sus vidas se arruinarían para siempre si los procesaban por motín y agresión a un superior. Eran estúpidos, sí. Eran arrogantes y machistas, sí. Pero también eran jóvenes. Probablemente entraron al ejército buscando algo, igual que yo hace diez años. Tal vez, solo tal vez, esta lección les serviría más que cinco años en una celda.

—No, mi Coronel —dije lentamente—. No quiero arruinarles la vida. Solo quiero que aprendan.

Ibarra levantó una ceja. —¿Qué propone?

—Que esto quede como un “entrenamiento no oficial de combate cercano”. Ellos retiran sus declaraciones falsas. Yo no presento cargos por el arma. Usted se encarga de que reciban el castigo disciplinario interno más severo que tenga, sin manchar su expediente permanente… todavía.

—Es usted muy generosa, Teniente. Más de lo que ellos merecen.

—No es generosidad, mi Coronel. Es estrategia. Si los expulsa ahora, se irán a la calle resentidos y violentos, y con lo que saben de armas, terminarán trabajando para “los malos” en dos semanas. Prefiero que se queden aquí, que sufran el entrenamiento, que aprendan disciplina y respeto a la mala. Si sobreviven, quizás algún día sean buenos soldados. Si no, se irán solos.

Ibarra asintió lentamente, una sonrisa de medio lado apareciendo en su rostro. —Tiene razón. Tiene toda la maldita razón. Es usted más inteligente que la mitad de mi Estado Mayor.

Tomó el teléfono de su escritorio. —¿Sargento de Guardia? Tráigame a los cuatro cadetes del incidente del comedor. Sí, los que están en la enfermería. Que vengan vendados, cojeando o arrastrándose, no me importa. Los quiero aquí en cinco minutos.


El Desenlace

Cuando los cuatro cadetes entraron a la oficina, parecían fantasmas. El de la nariz rota tenía un parche enorme en la cara y los ojos morados. El de la muñeca llevaba un cabestrillo. El de la pierna se apoyaba en el hombro del cuarto, que estaba pálido como una hoja de papel.

Al verme sentada allí, tranquila, junto al Coronel, se detuvieron en seco. El miedo en sus ojos era palpable. Esperaban que yo estuviera esposada, o llorando. No esperaban verme tomando un café que el asistente del Coronel me acababa de servir.

—¡Firmes! —gritó Ibarra. Los cuatro intentaron cuadrarse, gimiendo de dolor.

—He revisado los hechos —dijo el Coronel, su voz peligrosamente baja—. Y he descubierto que son ustedes una vergüenza para el uniforme que portan. Intentaron intimidar a una oficial superior. Mintieron en una declaración oficial. Y, lo más patético de todo, cuatro hombres “entrenados” fueron neutralizados por una sola mujer en menos tiempo del que toma hervir un huevo.

Los cadetes bajaron la mirada, avergonzados.

—¿Saben quién es ella? —preguntó Ibarra, señalándome. Nadie respondió.

—Ella no es una secretaria. Ella es una veterana de las Fuerzas Especiales con más misiones de combate real que todo este batallón junto. Mientras ustedes jugaban videojuegos en la secundaria, ella estaba cazando narcos en la sierra.

Vi cómo se les caía la mandíbula al suelo. El Valiente me miró con una mezcla de horror y admiración. De repente, la paliza que habían recibido tenía sentido para ellos. No habían perdido contra una chica de oficina; habían perdido contra una depredadora alfa.

—La Teniente ha decidido, en un acto de misericordia que yo no habría tenido, no procesarlos penalmente —continuó Ibarra—. Pero eso no significa que se van a ir gratis. A partir de mañana, sus francos quedan cancelados indefinidamente. Van a limpiar las letrinas de todo el cuartel con cepillos de dientes hasta que yo diga basta. Y todos los días, a las 05:00 horas, se reportarán con la Teniente Valeria para instrucción física remedial. Ella les enseñará lo que es ser un soldado de verdad. ¿Entendido?

—¡SÍ, MI CORONEL! —gritaron al unísono, temblando.

—Largo de aquí. Me dan asco.

Salieron de la oficina más rápido de lo que entraron, cojeando y ayudándose mutuamente.

Me levanté y me cuadré ante Ibarra. —Gracias, mi Coronel.

—No, gracias a usted, Teniente. Hacía falta alguien que pusiera orden en este gallinero. Por cierto… —me miró con una sonrisa cómplice—. Si alguna vez se aburre de contar cajas, mi unidad de inteligencia siempre tiene vacantes.

Sonreí por primera vez en el día. —Lo tendré en cuenta, señor. Pero por ahora, mis inventarios me esperan. Esas cajas no se van a contar solas.

Salí de la oficina y el sol de la tarde me golpeó en la cara. Caminé de regreso hacia mi almacén. Al pasar por el patio central, vi a un grupo de soldados cuchicheando. Cuando me vieron, se callaron de golpe. Pero esta vez, no hubo risitas. No hubo miradas lascivas. Se cuadraron. Hicieron el saludo militar con un respeto nítido, casi temeroso.

Devolví el saludo y seguí caminando. Mi hombro todavía me dolía. Tenía hambre; nunca pude terminar mis chilaquiles. Pero mientras cruzaba el patio, sentí una paz que no había sentido en meses.

La “Godínez” había muerto en ese comedor. La Teniente Valeria había regresado. Y aunque sigo prefiriendo la tranquilidad de mi oficina y el olor a papel viejo, ahora todos saben una verdad universal: Nunca despiertes al lobo, no importa cuán dormido parezca estar.

A veces, el hábito no hace al monje. A veces, el hábito solo sirve para ocultar el blindaje. Y si vuelven a tirar mi jugo… bueno, ya saben lo que pasará.

LA FORJA DE LOS ROTOS (Parte 3)

Las 04:30 de la mañana es una hora honesta. A esa hora no hay rangos, no hay apellidos, y definitivamente no hay mentiras. Solo hay oscuridad, frío y la voluntad de levantar el cuerpo de la cama cuando cada fibra de tu ser te ruega cinco minutos más.

Mientras me ataba las botas en la penumbra de mi dormitorio, podía sentir el cambio en el aire. Durante seis meses, despertar había sido un trámite burocrático: ducha, uniforme de oficina, café, inventarios. Pero hoy, mis manos temblaban ligeramente al ajustar los cordones. No por miedo. Nunca es miedo. Era esa vibración eléctrica que recorre la espina dorsal cuando el depredador que llevas dentro huele la oportunidad de salir de la jaula.

Me miré al espejo. La Teniente Valeria de Logística seguía ahí: el cabello recogido en un chongo perfecto, sin un solo pelo fuera de lugar. El uniforme planchado con almidón, las insignias brillando. Pero los ojos… los ojos eran diferentes. El “Lince” estaba despierto. Y tenía hambre.

Salí al patio de maniobras. El cielo sobre la base militar estaba teñido de un azul profundo, casi negro, salpicado por las últimas estrellas que se resistían a morir ante el amanecer. El aire olía a tierra húmeda y a diésel quemado, el perfume eterno de cualquier cuartel en México.

Caminé hacia la pista de atletismo, el lugar designado para la “instrucción remedial”. Mis botas golpeaban la grava con un ritmo constante, hipnótico. Crack, crack, crack.

A lo lejos, bajo la luz parpadeante de un poste de luz halógena, vi cuatro siluetas. Llegué a las 04:58. Ellos ya estaban ahí.

Si la escena del comedor había sido una tragedia griega, esto parecía una pintura de Goya sobre los desastres de la guerra. El “Escuadrón de los Lisiados”, como ya los habían bautizado en los pasillos de la tropa, daba pena ajena.

Ramírez, “El Valiente”, tenía la muñeca derecha envuelta en una venda elástica tan apretada que parecía una momia; su cara era un mapa de moretones amarillentos y púrpuras donde mi mano había conectado con su barbilla. El cadete de la nariz rota, González, respiraba por la boca, con un parche blanco cruzándole el rostro que lo hacía ver como un pirata de bajo presupuesto. El de la rodilla, López, se apoyaba en una muleta improvisada (probablemente una escoba vieja), y el cuarto, Hernández, el que no había recibido un golpe directo pero sí el trauma psicológico, temblaba como un chihuahua en invierno.

Me detuve frente a ellos. El silencio se extendió, pesado y denso.

—Buenos días, señoritas —dije. Mi voz no fue un grito. Fue un susurro que cortó el aire frío como una navaja de afeitar.

—¡Buenos días, mi Teniente! —intentaron gritar. Fue un coro desafinado de dolor y miedo.

Caminé lentamente alrededor de ellos, inspeccionándolos como si fueran ganado enfermo. Podía oler su miedo. Olía a ungüento muscular “Mariguanol” y a sudor rancio de nervios.

—El Coronel Ibarra me ha dado una tarea —comencé, deteniéndome frente a Ramírez. Él clavó la vista en el horizonte, evitando mis ojos a toda costa—. Me ha pedido que les enseñe a ser soldados. Pero tengo un problema.

Me acerqué a su oído. —Yo no entreno soldados. El Ejército entrena soldados. Yo entreno sobrevivientes. Y ustedes… ustedes cuatro son, con diferencia, lo más patético que he visto desde que encontré una zarigüeya muerta en la carretera a Sinaloa.

Ramírez apretó la mandíbula. Vi un destello de ira en sus ojos. Bien. La ira es combustible. La lástima es veneno.

—Tienen lesiones —dije, volviendo al frente—. Tienen dolor. Tienen el orgullo roto porque una “secretaria” les dio una paliza. ¿Creen que eso les da derecho a un trato especial?

Nadie respondió.

—¡PREGUNTO QUE SI CREEN QUE ESO LES DA DERECHO A DESCANSO! —Esta vez sí grité, el rugido de la instructora GAFE saliendo desde el diafragma.

—¡NO, MI TENIENTE!

—Bien. Porque al enemigo no le importa si les duele la rodilla. Al narco no le importa si tienen la nariz rota. A la muerte no le importa si están cansados. —Señalé hacia el extremo de la pista, donde había una pila de cajas de madera llenas de arena—. ¿Ven eso? Esas cajas pesan 25 kilos cada una. Contienen “suministros críticos”. Munición. Sangre. Agua.

Me acerqué a López, el de la muleta. —Cadete López, suelta esa escoba.

—Pero mi Teniente, mi rodilla…

—No te pedí un diagnóstico médico. Te di una orden. Suelta. La. Maldita. Escoba.

La soltó. Se tambaleó, haciendo una mueca de dolor agudo, pero se mantuvo en pie sobre su pierna buena.

—Van a tomar esas cajas —continué—. Y van a dar diez vueltas a la pista. Tienen una hora.

—¡Es imposible! —soltó González, tocándose la nariz—. ¡Estamos heridos!

Sonreí. Fue una sonrisa fría, sin alegría. —¿Imposible? Imposible es ver a tu mejor amigo desangrarse en tus brazos porque el helicóptero de extracción no puede aterrizar por la niebla. Imposible es aguantar tres días sin agua en el desierto de Sonora. Esto… esto es un paseo por la Alameda.

Miré mi reloj. —El tiempo corre. Si una sola de esas cajas toca el suelo, reiniciamos la cuenta. Y si no terminan en una hora… bueno, el Coronel Ibarra me dijo que las letrinas del batallón 52 necesitan una limpieza profunda con cepillos de dientes.

Se miraron entre ellos. Por un segundo, pensé que se rebelarían. Que tirarían la toalla y pedirían su baja. Hubiera sido lo más sensato. Pero entonces, Ramírez, con su mano buena, caminó hacia la primera caja. —Vamos —gruñó a los otros.

Ahí empezó el infierno. Y también, la redención.

SEMANA 1: LA DECONSTRUCCIÓN DEL EGO

Los primeros días no fueron entrenamiento físico; fueron una tortura psicológica diseñada meticulosamente. El cuerpo humano es capaz de soportar mucho más de lo que la mente cree, pero para acceder a esa reserva de energía, primero tienes que romper la barrera del “no puedo”. Y la única forma de romper esa barrera es colapsando el ego.

Estos muchachos eran “Fibras” de academia. De esos que se ven bonitos en el desfile del 16 de septiembre, con sus uniformes impecables y sus botas de charol, pero que se rompen la primera vez que tienen que dormir en el lodo. Creían que ser militar era tener autoridad. Yo tenía que enseñarles que ser militar es tener responsabilidad.

Cada mañana, a las 05:00, la rutina cambiaba. Un día los hice gatear 500 metros sobre grava volcánica mientras recitaban el código de honor. Otro día, los obligué a mantener una posición de sentadilla isométrica durante cuarenta minutos mientras yo me sentaba frente a ellos, bebiendo café caliente y leyendo el periódico en voz alta, ignorando sus piernas temblorosas y sus gemidos.

Pero lo más difícil para ellos no era el dolor físico. Era la humillación de ser mandados por “la de Intendencia”.

El tercer día, sucedió algo que esperaba. Estábamos en el área de carga. Les había ordenado mover 200 costales de arena de un camión a otro, y luego de regreso al primer camión. Un ejercicio inútil, sísifico, diseñado puramente para romper su moral.

Ramírez tiró un costal al suelo con rabia. El polvo se levantó, ensuciando mis botas. —¡Esto es una estupidez! —gritó, girándose hacia mí. El sudor le corría por la cara, mezclándose con la tierra—. ¡Usted solo se está vengando! ¡Esto no es entrenamiento militar! ¡Somos cadetes de infantería, no cargadores de la central de abastos!

El resto del grupo se detuvo. El aire se tensó. Caminé hacia él. Despacio. Con esa calma que pone nerviosa a la gente. —¿Crees que esto es venganza, Ramírez?

—¡Sí! —me desafió, aunque dio un paso atrás—. Nos tiene aquí moviendo tierra de un lado a otro. ¿Qué nos está enseñando? ¿A ser albañiles? Usted es de escritorio. No sabe lo que necesita un soldado de verdad en el campo.

Me quité la gorra. El sol ya estaba alto y quemaba. —Siéntense —ordené.

Dudaron, pero obedecieron. Se sentaron sobre los costales, jadeando.

—Año 2019. Operación Tormenta Negra —empecé a narrar, mi voz bajando de tono, obligándolos a inclinarse para escuchar—. Estábamos en la Sierra de Durango. Persiguiendo a un objetivo prioritario del Cártel. Éramos seis operadores. Llevábamos equipo ligero para movernos rápido.

Mis ojos se perdieron un momento en el recuerdo. El olor a pino. El zumbido de los mosquitos. —Al tercer día, nos quedamos sin agua. El punto de reabastecimiento estaba a diez kilómetros, montaña arriba. El encargado de logística de nuestra unidad, un cabo joven, había calculado mal el peso de las raciones y decidió priorizar munición sobre agua. “Para matar más malos”, dijo.

Miré a Ramírez a los ojos. —Al cuarto día, mi compañero, el Sargento Téllez, colapsó por un golpe de calor. Sus riñones empezaron a fallar. Tuvimos que cargarlo. ¿Saben cuánto pesa un hombre de 90 kilos con equipo completo en una pendiente de 45 grados? Nadie contestó. —Pesa una tonelada. Y cada paso que das, sientes que los pulmones te van a estallar. Tuvimos que abortar la misión. El objetivo escapó. Téllez murió en el helicóptero camino al hospital. Murió de sed, Ramírez. Murió porque alguien pensó que cargar agua era “trabajo de cargadores” y no de guerreros.

El silencio en el patio de maniobras era absoluto. Solo se escuchaba el viento moviendo las lonas de los camiones. —La logística no es mover cajas —dije, señalando los costales—. La logística es la diferencia entre volver a casa o volver en una bolsa negra. Ustedes se creen muy hombres porque saben disparar un fusil. Pero un fusil sin balas es un palo caro. Un soldado sin comida es un cadáver que respira. Un pelotón sin agua es un grupo de fantasmas.

Me agaché frente a Ramírez y toqué el costal que había tirado. —Este costal no es arena. Imagina que es el cuerpo de López. O de González. Imagina que están heridos y tienes que sacarlos del fuego cruzado. ¿Vas a tirarlos al suelo porque estás cansado? ¿Vas a quejarte de que pesan mucho?

Ramírez tragó saliva. Su mirada bajó al costal. Su arrogancia se estaba agrietando, dejando ver la vergüenza. —No, mi Teniente.

—Entonces levántalo. Y muévelo al otro camión. No porque yo lo diga. Sino porque si algún día tienes que cargar a tu hermano, más te vale que tengas la fuerza y la disciplina para no soltarlo, aunque te estés muriendo de dolor.

Ramírez asintió. No dijo nada. Agarró el costal, lo echó al hombro —el hombro bueno— y caminó hacia el camión. Los otros lo siguieron. Ese día no hubo más quejas. Empezaban a entender.

SEMANA 3: EL FANTASMA EN LA MÁQUINA

Para la tercera semana, sus cuerpos habían cambiado. La hinchazón de los golpes había bajado, reemplazada por músculos tensos y callos en las manos. López ya no usaba la muleta, aunque cojeaba ligeramente. La muñeca de Ramírez seguía vendada, pero ya la usaba para apoyarse.

Pero yo necesitaba algo más que fuerza bruta. Necesitaba astucia. El Coronel Ibarra me había dado luz verde para “ampliar el currículo”. Así que decidí enseñarles lo que realmente significa ser un fantasma.

—Hoy no vamos a correr —dije una noche. Los cité a las 22:00 horas, fuera de su horario habitual. Estaban confundidos. Llevaban ropa de civil, según mis instrucciones: jeans, camisetas oscuras, gorras. Nada militar.

—¿A dónde vamos, mi Teniente? —preguntó Hernández, que había demostrado ser el más observador del grupo.

—Vamos a cenar. Tacos.

Se miraron, incrédulos. ¿La bruja de Intendencia invitando los tacos? Los subí a mi camioneta particular, una pickup vieja y discreta. Salimos de la base y nos dirigimos al centro del pueblo cercano. Era viernes por la noche. La plaza estaba llena de gente, música de banda, vendedores ambulantes y parejas paseando.

Nos sentamos en una taquería con mesas de plástico en la banqueta. Pedí cinco órdenes al pastor y refrescos. Comieron con hambre. Hacía semanas que solo comían el rancho del comedor militar.

—Disfruten —dije, dándole un sorbo a mi Coca-Cola—. Pero no se relajen.

—¿Por qué? —preguntó González, con salsa roja en la comisura de los labios.

—Miren a su alrededor. Díganme qué ven.

Ramírez miró la plaza. —Gente, mi Teniente. Civiles. Puestos de elotes. Unos policías en la esquina.

—Superficial —repliqué—. Miren más profundo. Quiero amenazas. Quiero rutas de escape. Quiero perfiles.

Se quedaron callados, observando. —Ese tipo de allá —dijo Hernández, señalando discretamente con la cabeza hacia un hombre sentado solo en una banca, mirando su celular—. Lleva diez minutos ahí. No ve el teléfono, ve el reflejo de la pantalla para vigilar quién entra al banco.

Sonreí. —Bien, Hernández. ¿Qué más?

—La camioneta negra que dio la vuelta a la manzana dos veces —apuntó López—. Vidrios polarizados. Suspensión baja atrás, como si llevara carga pesada.

—Excelente. ¿Ramírez?

El líder del grupo frunció el ceño, escaneando el perímetro. —Los dos policías en la esquina… no son policías.

—¿Por qué?

—Botas —dijo Ramírez—. Llevan botas tácticas marca 5.11, nuevas. La policía municipal de este pueblo usa botas genéricas y viejas. Además, están demasiado parados, demasiado alertas. Y uno se toca la cintura cada vez que pasa una patrulla real.

Asentí, impresionada. —Exacto. Son “halcones” o sicarios disfrazados cuidando la plaza. Bienvenidos al mundo real, niños.

Sus caras cambiaron. De repente, los tacos ya no sabían tan bien. La realidad de México les golpeó en la cara. La guerra no estaba solo en la Sierra; estaba ahí, a dos metros, disfrazada de normalidad.

—En la oficina, yo soy invisible —les expliqué—. Soy la “Godínez”. Nadie me mira. Nadie sospecha de mí. Eso es lo que tienen que aprender. No sirve de nada ser el más fuerte si te ven venir a un kilómetro. Tienen que aprender a mezclarse. A ser grises.

Saqué un billete de 500 pesos y lo dejé en la mesa. —Su examen de esta noche es simple. Tienen que regresar a la base. A pie. Son 8 kilómetros.

—Fácil —dijo González.

—No he terminado. Tienen que entrar al cuartel, llegar a mi oficina en el edificio administrativo, dejar una nota en mi escritorio y salir de nuevo hasta el estacionamiento de visitas. Sin ser vistos.

Abrieron los ojos como platos. —¿Entrar al cuartel sin permiso? —susurró López—. ¡La guardia nos va a disparar si nos ven saltando la barda!

—Entonces no dejen que los vean. Si los atrapan, yo negaré todo. Diré que se fueron de pinta y los arrestarán. Si lo logran, mañana tienen el día libre.

Me levanté y caminé hacia mi camioneta. —Tienen tres horas. Corran.

Los dejé ahí, en medio de la plaza, rodeados de halcones y policías falsos, con nada más que su ingenio. Regresé a la base, entré a mi oficina, apagué las luces y me senté en la oscuridad a esperar.

Pasó una hora. Dos horas. Escuché a las patrullas de la PM haciendo sus rondas habituales. Escuché los perros ladrar a lo lejos. A las 02:45 de la mañana, quince minutos antes del límite, escuché un ruido casi imperceptible en el ducto de ventilación. Luego, la cerradura de mi ventana hizo un clic suave. Una tarjeta de crédito deslizándose por el marco.

La ventana se abrió. Cuatro sombras se deslizaron dentro de la oficina. Se movían bien. En silencio. Coordinados. Ramírez dejó un papel en mi escritorio. Cuando se giraron para salir, encendí la lámpara de escritorio.

—¡Mierda! —exclamó González, saltando del susto.

Estaban sudados, llenos de lodo y grasa, con la ropa rasgada en algunos puntos. Habían cruzado el perímetro, evadido las torres de vigilancia, burlado a los perros y entrado al edificio más seguro de la base.

Tomé el papel. Decía: “La Intendencia siempre entrega a tiempo”.

Solté una carcajada. Una carcajada real, sincera. —No está mal —dije—. Pero López hizo demasiado ruido en el ducto. Y Hernández dejó una huella de lodo en la alfombra. Si yo fuera el enemigo, estarían muertos.

Ellos sonrieron, jadeando. Había orgullo en sus caras. No el orgullo arrogante del comedor, sino el orgullo tranquilo de quien ha logrado algo difícil. —Vayan a bañarse. Aestan. Mañana duermen hasta tarde.

Cuando salieron, me quedé mirando la nota. Ya no eran los niños malcriados. Eran una unidad. Mi unidad.

EL INCIDENTE DEL COMEDOR (SEGUNDA PARTE)

La reputación es un arma de doble filo. En la base, ya nadie se burlaba de mí, pero los rumores sobre mi “escuadrón especial” de inadaptados empezaron a generar fricción con otras compañías. Especialmente con la Compañía Bravo de Infantería, los “protegidos” del Capitán Mendoza (el mismo que me quiso arrestar). Ellos eran los “verdaderos” soldados, según ellos.

Una tarde, un mes después del inicio del entrenamiento, entré al comedor. Mis cuatro muchachos estaban comiendo en una mesa apartada. Se veían diferentes. Se sentaban con la espalda recta, comían rápido y en silencio, escaneando el lugar. Hábitos adquiridos.

Un grupo de sargentos de la Compañía Bravo pasó junto a ellos. —Miren, ahí están las mascotas de la secretaria —dijo uno en voz alta—. ¿Qué les enseña hoy? ¿A doblar servilletas tácticas?

Hubo risas. Esperé la reacción. Hace un mes, Ramírez se habría levantado a pelear. Habría gritado. Habría sacado una navaja.

Ramírez siguió comiendo. Cortó su carne con calma. —Oye, te estoy hablando, inútil —insistió el sargento, empujando el hombro de Ramírez—. ¿Es cierto que les hace lavar sus calzones a mano?

Ramírez dejó los cubiertos. Se limpió la boca con la servilleta. Levantó la vista. —Sargento —dijo con una voz tranquila, casi aburrida—. Estamos comiendo. Si quiere un consejo sobre cómo doblar ropa, pase a mi dormitorio a las 18:00. Le puedo dar una clase. Pero ahora, por favor, déjenos terminar.

El sargento se puso rojo. —¿Te estás burlando de mí, recluta?

El sargento levantó la mano para agarrar a Ramírez por el cuello. En menos de un segundo, sucedió. No fue Ramírez. Fue Hernández. El chico tímido. Se levantó como un resorte, agarró el brazo del sargento, aplicó una llave de torsión al codo y lo inmovilizó contra la mesa. Sin golpes. Sin sangre. Solo control puro y técnica.

—El Cadete Ramírez le pidió espacio, mi Sargento —dijo Hernández suavemente—. Por favor, respete nuestra comida.

El comedor se quedó mudo. Otra vez. Pero esta vez no era yo. Eran ellos. Hernández soltó al sargento, quien retrocedió sobándose el brazo, mirando al chico con incredulidad. —Vámonos —dijo el sargento a sus hombres, tratando de recuperar algo de dignidad—. No vale la pena ensuciarse con estos locos.

Cuando se fueron, me acerqué a su mesa. Ellos se pusieron de pie de inmediato. —Siéntense —dije—. Buen control, Hernández. Pero la próxima vez, no uses la mesa. Es propiedad del gobierno y si la rompes, te la cobro.

Ellos sonrieron. —Sí, mi Teniente.

LA PRUEBA DE FUEGO: CÓDIGO ROJO

Todo iba demasiado bien. Y en el ejército, cuando todo va bien, es porque algo terrible está a punto de pasar.

Fue un martes a las 11:00 AM. Sonó la sirena. No la sirena de práctica. La sirena de “Ataque Inminente / Situación Real”. WAAAAAAA-WAAAAAAA-WAAAAAAA.

Mi radio crepitó. —¡Atención a todas las unidades! ¡Código Rojo en el Sector 4! ¡Convoy de suministros emboscado en la carretera federal! ¡Tenemos heridos! ¡Se requiere apoyo inmediato!

El Sector 4 estaba a solo quince minutos de la base. Era una zona caliente, controlada por facciones rivales que peleaban por las rutas de trasiego.

Corrí hacia el centro de mando táctico. El Coronel Ibarra estaba gritando órdenes. —¡Manden a la Bravo! ¡Quiero helicópteros en el aire ya! —Señor, los helicópteros están en mantenimiento —respondió un capitán pálido—. Y la Bravo está en maniobras en el campo de tiro, tardarán 30 minutos en equiparse y salir.

—¡Maldita sea! —Ibarra golpeó la mesa—. ¡Mis hombres están bajo fuego ahora! ¿Qué tenemos disponible?

—Solo la guardia perimetral y… personal administrativo.

Ibarra me vio entrar. Nuestras miradas se cruzaron. —Valeria… —dijo, dudando.

—Tengo un vehículo y cuatro hombres listos, mi Coronel —dije sin dudarlo—. Podemos estar ahí en diez minutos.

—Son cadetes, Valeria. No han terminado su básico. —Están listos. Confíe en mí. O mejor dicho, confíe en “Lince”.

Ibarra apretó los dientes. Sabía que no tenía opción. —Ve. Pero si les pasa algo a esos muchachos, te fusilo yo mismo. —Entendido.

Salí corriendo al patio. Mis cuatro muchachos ya estaban ahí, formados, al escuchar la alarma. —¡A la camioneta! ¡Ahora! —grité. No preguntaron. No dudaron. Saltaron a la barda de mi pickup personal. Yo había guardado un “kit de emergencia” en el doble fondo de la caja: chalecos, cascos y cinco fusiles G3 viejos pero funcionales que había “tomado prestados” de armería para “revisión de inventario”.

—¡Pónganse los chalecos! —les ordené mientras arrancaba el motor y salía quemando llanta hacia la puerta principal—. ¡Armas calientes! ¡Seguro puesto hasta que vean blanco!

—¿A dónde vamos, mi Teniente? —preguntó Ramírez desde la ventana trasera, pasándole un cargador a González. Su voz tenía un ligero temblor, pero sus manos eran firmes.

—A la fiesta. Un convoy de Logística fue atacado. Vamos a sacarlos.

Vi sus caras por el retrovisor. Hubo un momento de silencio. Iban a entrar en combate real. No una simulación. No tacos en el pueblo. Balas de verdad. —Escuchen —dije, mirando el camino mientras esquivaba un taxi—. Olviden los rangos. Olviden el miedo. Somos Logística. Nosotros no dejamos a nadie atrás. ¿Entendido?

—¡FIBRA! —gritaron los cuatro.

Llegamos al sitio en doce minutos. El escenario era un caos. Un camión de transporte militar estaba volcado a un lado de la carretera, humeando. Dos Hummers de escolta estaban siendo acribillados desde una loma cercana por sicarios con armas automáticas. Los soldados estaban inmovilizados detrás de los vehículos, sin poder levantar la cabeza.

Frené la camioneta a 200 metros, fuera de la línea de visión directa de la loma, usando un talud de tierra como cobertura. —¡Abajo! —ordené.

Bajamos. El sonido de los AK-47 golpeando el metal era ensordecedor. —Situación —dije rápido—. El enemigo tiene la altura. Nuestros chicos están atrapados abajo. Si no neutralizamos esa loma, los van a hacer pedazos.

Analicé el terreno. Había una zanja de riego seca que corría paralela a la carretera y subía por el flanco derecho de la loma, oculta por matorrales. —Ramírez, toma a González y López. Vayan por la zanja. Flanqueen por la derecha. No disparen hasta que estén a tiro de piedra. Quiero fuego de supresión. —¿Y usted? —preguntó Ramírez. —Hernández viene conmigo. Vamos a hacer de cebo y a sacar a los heridos del camión mientras ustedes distraen a los malos.

Ramírez asintió. Vi en sus ojos al líder que podía llegar a ser. —¡Muévanse!

Ellos corrieron hacia la zanja, agachados, moviéndose como les había enseñado: rápido, bajo, usando el terreno. Yo miré a Hernández. El chico más joven. —¿Listo, hijo? —Sí, mi Teniente. Tengo miedo. —Yo también. El miedo te mantiene vivo. Úsalo. Vamos.

Corrimos hacia los vehículos volcados. Las balas levantaban polvo a nuestros pies. Me deslicé detrás de una llanta del camión volcado. —¡Informe! —le grité a un sargento herido que estaba disparando a ciegas. —¡Teniente! ¡Gracias a Dios! ¡Tenemos tres bajas! ¡El conductor está atrapado en la cabina!

—¡Hernández, fuego de cobertura hacia la loma! —grité. El cadete se asomó y disparó ráfagas cortas, controladas. Pam-pam. Pam-pam. Su fuego hizo que los sicarios agacharan la cabeza un segundo.

Aproveché ese segundo. Me metí en la cabina aplastada. El conductor, un cabo joven, tenía la pierna atorada entre los pedales y el tablero. Sangraba profusamente de la cabeza. —¡Te tengo! —le dije, sacando mi cuchillo para cortar el cinturón de seguridad. —¡No me deje, mi Teniente! —Nunca.

Desde la loma, los disparos se intensificaron. Estaban concentrando todo el fuego en nosotros. El blindaje del camión no aguantaría mucho más. —¡Hernández! ¡Necesito más fuego! —grité, tirando del conductor con todas mis fuerzas. —¡Se me acaba la munición! —respondió Hernández, cambiando cargador con manos temblorosas pero rápidas.

De repente, el fuego enemigo se detuvo. Escuché disparos desde el flanco derecho de la loma. Disparos precisos. G3. ¡CRACK-CRACK-CRACK!

Miré hacia arriba. Ramírez, González y López habían llegado a la posición. Habían tomado a los sicarios por sorpresa desde el costado. Vi caer a dos atacantes. Los otros, al verse flanqueados, empezaron a correr hacia sus camionetas para huir.

—¡Fuego efectivo! —gritó Ramírez por la radio portátil—. ¡Enemigo en retirada!

Logré liberar la pierna del conductor. Lo arrastré fuera de la cabina. —¡Médico! —grité. El enfermero del convoy se acercó corriendo.

En ese momento, llegaron los refuerzos de la Bravo. Dos camiones llenos de infantería y un vehículo blindado. El Capitán Mendoza saltó del primer camión. Vio el camión volcado. Vio a los sicarios huyendo. Y vio a mis cuatro cadetes bajando de la loma, con los fusiles humeantes, cubriendo la retirada.

Me acerqué a Mendoza, llena de tierra, aceite y sangre del conductor. —Situación controlada, Capitán —dije, limpiándome el sudor de la frente—. El área es segura. Puede proceder con la evacuación.

Mendoza miró a los cadetes, que se reunían a mi alrededor. Ramírez tenía una herida superficial en la mejilla por una esquirla de piedra. López cojeaba más que antes. Pero estaban de pie. Estaban vivos. Y tenían esa mirada. La mirada de los mil metros. La mirada de quien ha visto al diablo y le ha escupido en la cara.

—¿Fueron ellos? —preguntó Mendoza, atónito. —Sí, señor. Son mis chicos de Logística.

Mendoza asintió lentamente. Se quitó la gorra y se rascó la cabeza. —Buen trabajo, Teniente. Buen trabajo, soldados.

La palabra “soldados” flotó en el aire. No “cadetes”. No “niños”. Soldados. Ramírez sonrió. Una sonrisa cansada, llena de polvo, pero la sonrisa más genuina que le había visto.

EPLÍLOGO DE LA PARTE 3: EL REGRESO

Esa noche, en el cuartel, no hubo celebración ruidosa. Estábamos sentados en la banqueta fuera de mi oficina. Les invité unas cervezas (totalmente prohibido, pero yo era la oficial al mando y nadie iba a decirme nada esa noche).

Estábamos en silencio, mirando las estrellas. El mismo cielo bajo el que habíamos empezado hace semanas. —Mi Teniente… —dijo Ramírez, rompiendo el silencio. —¿Qué pasa?

—Gracias. —¿Por qué? Casi los mato hoy. —No. Gracias por no dejarnos ser unos idiotas. Gracias por… bueno, por enseñarnos que el hábito no hace al monje.

Tomé un trago de mi cerveza. —No se acostumbren. Mañana a las 05:00 los quiero en la pista. Esas cajas de arena no se van a mover solas. Y López, si vuelves a cojear así, te voy a hacer correr de manos.

Rieron. Pero entonces, mi celular vibró. Era un mensaje encriptado. Solo tres palabras. “Lince. Te necesitamos.”

Miré a mis muchachos. Estaban listos. Yo había cumplido mi misión con ellos. Pero el pasado… el pasado siempre vuelve a cobrar sus deudas. Guardé el teléfono. —Disfruten la cerveza, niños —dije, levantándome—. Porque parece que las vacaciones se acabaron. Para todos.

El viento sopló frío, trayendo olor a pólvora y tormenta. La verdadera guerra apenas estaba por comenzar.

[CONTINUARÁ…]

LA SANGRE NO SE LAVA CON AGUA (Parte Final)

Dicen que uno nunca deja realmente la Sierra. Puedes bajar de la montaña, puedes ponerte un uniforme limpio, puedes fingir que te importan los inventarios de latas de atún, pero la Sierra se te mete en la sangre. Es como un virus latente, esperando el momento justo para despertar y recordarte quién eres en realidad.

Ese mensaje en mi celular —“Lince. Te necesitamos.”— no fue una invitación. Fue una sentencia.

Esa noche no dormí. Me quedé en mi oficina, con la luz apagada, mirando el teléfono como si fuera una granada sin seguro. Sabía lo que significaba. El Alto Mando no activa a operadores retirados o “en descanso” para misiones rutinarias. Si me llamaban a mí, a la “Lince”, significaba que las cosas se habían ido al infierno y que necesitaban a alguien capaz de caminar entre las llamas sin quemarse. O al menos, sin gritar mientras se quema.

A las 04:00 AM, mi puerta se abrió. No fue un golpe, fue el Coronel Ibarra. Entró sin llamar, con esa cara de perro viejo que huele la tormenta. Traía dos cafés negros y un folder amarillo con el sello de “CLASIFICADO – SOLO OJOS”.

—No me digas —dije, sin levantar la vista de mi escritorio vacío—. ¿Es por lo del convoy de ayer?

Ibarra se sentó frente a mí, dejando el café sobre la mesa. Se veía más viejo que el día anterior. —Ojalá fuera solo eso, Valeria. Lo del convoy fue un síntoma. La enfermedad es mucho peor.

Empujó el folder hacia mí. —Inteligencia Naval interceptó comunicaciones después del ataque que repelieron tus muchachos. Los sicarios que emboscaron el convoy no buscaban armas o municiones genéricas. Buscaban algo específico que venía en ese transporte. Algo que ni tú ni yo sabíamos que estaba ahí.

Abrí el folder. Fotos satelitales. Perfiles biométricos. Y una hoja de embarque marcada con códigos que me helaron la sangre. —Precursores químicos de nueva generación —leí en voz alta—. Y planos de drones artillados.

—Iban camuflados como refacciones mecánicas —explicó Ibarra—. Alguien muy arriba vendió la ruta. Los narcos sabían exactamente qué camión golpear. Y lo peor no es eso. Lo peor es quién está detrás.

Pasé la página y vi la foto. Un hombre de unos cuarenta años, cicatriz en la ceja, mirada muerta. “El Fantasma”. Mi viejo némesis. El hombre al que perseguí durante la Operación Tormenta Negra. El hombre que mató a mi sargento. El hombre que juré que había muerto en aquel bombardeo en Durango hace tres años.

—Está vivo —susurré. Sentí un sabor metálico en la boca. Adrenalina pura.

—Vivo y operando a cuarenta kilómetros de aquí —confirmó Ibarra—. Tiene una fortaleza en la zona de “La Quebrada”. Es terreno imposible. Selva, barrancos, cuevas. Inteligencia cree que está montando un laboratorio para producir fentanilo sintético a escala industrial y usando los drones para distribuirlo cruzando la frontera sin ser detectado.

—¿Y qué tengo que ver yo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—El General Zaragoza quiere un ataque quirúrgico. Nada de bombardeos masivos que salgan en las noticias. Quiere un equipo pequeño que se infiltre, confirme el objetivo, destruya el laboratorio y, si es posible, elimine al Fantasma.

Ibarra se inclinó hacia adelante. —El problema es que mis Fuerzas Especiales están desplegadas en Michoacán. La Compañía Bravo es buena para choques frontales, pero son ruidosos. Entrarían disparando y el Fantasma escaparía por sus túneles antes de que el primer soldado pise tierra. Necesito a alguien que conozca su modus operandi. Alguien que ya haya estado en su cabeza.

—Me estás pidiendo que vuelva —dije.

—Te estoy pidiendo que acabes lo que empezaste en 2019. Pero hay un detalle, Valeria. No puedo darte un equipo completo. No tengo operadores de Nivel 1 disponibles.

Me reí. Una risa seca, sin humor. —¿Entonces qué? ¿Me vas a mandar sola? ¿Rambo versión mexicana?

Ibarra negó con la cabeza. —No sola. Tienes a cuatro hombres que ya demostraron que te seguirían hasta las puertas del infierno.

Me quedé helada. —No. Ni lo pienses. Son cadetes. Llevan un mes de entrenamiento real. Ayer tuvieron suerte. Mandarlos contra el Fantasma es mandarlos al matadero.

—Ayer no fue suerte, Valeria —replicó Ibarra con firmeza—. Fue liderazgo. Tú los forjaste. Vi el reporte de Mendoza. Se movieron como profesionales. Flanquearon, comunicaron, ejecutaron. Son lo mejor que tengo disponible ahora. Y lo más importante: son invisibles. Nadie sabe quiénes son. Para el Cártel, son cuatro reclutas inútiles que limpian letrinas.

Me levanté y caminé hacia la ventana. El patio estaba vacío y oscuro. Pensé en Ramírez, con su orgullo reconstruido. En Hernández y su puntería. En López y González. Eran mis muchachos. Había pasado de odiarlos a respetarlos, y de respetarlos a… quererlos, a mi manera retorcida.

—Si los llevo, es probable que no regresen todos —dije, sintiendo un nudo en la garganta.

—Si no vas, el Fantasma inundará las calles con esa porquería y morirán miles. Es aritmética, Teniente. Aritmética cruel, pero necesaria.

Me giré. El “Lince” tomó el control. La duda se archivó en una caja mental para procesarla después (o nunca). —Quiero equipo completo. Visión nocturna de cuarta generación, supresores, drones de reconocimiento, explosivos C4. Y quiero carta blanca. Si entramos, entramos a matar. Nada de “capturar para interrogar”. El Fantasma no sale vivo de ahí.

Ibarra asintió. —Tienes luz verde. Salen al anochecer.

LA PREPARACIÓN: VESTIDOS PARA MATAR

A las 06:00 AM, reuní a mi “Escuadrón de los Rotos” en el búnker de suministros. Cuando entraron, bostezando y estirándose, esperaban otra sesión de cargar cajas de arena. En su lugar, encontraron una mesa llena de armamento de grado especial. Fusiles FX-05 Xiuhcoatl modificados, pistolas Sig Sauer, chalecos balísticos nivel IV, cascos con monturas para NVG (visión nocturna).

El silencio fue absoluto. —Cierren la boca, se les van a meter las moscas —dije, limpiando una corredera.

—Mi Teniente… —Ramírez miró el arsenal como si fuera Navidad—. ¿Qué es esto?

—Esto es su graduación anticipada. Los miré a los ojos, uno por uno. —Tenemos una misión. No es entrenamiento. No es rescate de convoy. Es una operación de “Búsqueda y Destrucción”. Objetivo de alto valor. Probabilidad de contacto enemigo: 100%. Probabilidad de éxito: baja. Probabilidad de muerte: alta.

Vi cómo tragaban saliva. López se puso pálido. —No tienen que ir —continué, suavizando la voz por primera vez—. Esto es voluntario. Pueden darse la vuelta, salir por esa puerta y volver a sus vidas de cadetes normales. Nadie les dirá nada. Yo me encargaré de justificarlo. No son Fuerzas Especiales. Nadie los culpará por querer vivir.

Esperé. El zumbido del aire acondicionado era lo único que se escuchaba. González miró a Ramírez. Ramírez miró a Hernández. Hernández asintió levemente.

Ramírez dio un paso al frente. —Mi Teniente, con todo respeto… si usted va sola, la van a matar. Y entonces, ¿quién nos va a gritar a las cinco de la mañana?

Hubo risas nerviosas. —Además —dijo Hernández, tomando un casco de la mesa—, ya nos cansamos de las cajas de arena. Queremos ver de qué estamos hechos.

Sentí un orgullo feroz en el pecho. Eran unos idiotas. Unos valientes idiotas. —Bien. Entonces escuchen con atención, porque no voy a repetir esto. A partir de ahora, sus nombres no existen. Ramírez, eres “Alfa”. González, “Bravo”. López, “Charlie”. Hernández, eres “Delta”. Yo soy “Lince”. —En la zona de operación, solo existe el silencio y la violencia de acción. Si dudan, mueren. Si se separan, mueren. Si tienen piedad, mueren. ¿Entendido?

—¡FIBRA!

Pasamos las siguientes doce horas en un curso intensivo. Les enseñé a moverse con los visores nocturnos (que te joden la percepción de profundidad si no estás acostumbrado), a colocar cargas de demolición y a usar señales manuales complejas. No era suficiente tiempo. Nunca es suficiente tiempo. Pero tenía que bastar.

LA INFILTRACIÓN: EN LA BOCA DEL LOBO

Nos insertaron en helicóptero a diez kilómetros del objetivo, en medio de la nada, a las 02:00 AM. La noche estaba cerrada, sin luna. Perfecta para nosotros. Caminamos por la selva baja durante tres horas. El terreno era horrible: espinas, barrancos resbaladizos, insectos. López resbaló dos veces, pero se levantó sin emitir sonido. Habían aprendido bien.

Llegamos al perímetro exterior de “La Quebrada” a las 05:00 AM, justo antes del amanecer náutico. Desde nuestra posición elevada, usamos los binoculares térmicos. La fortaleza del Fantasma era impresionante. Un complejo de tres edificios rodeado de muros de concreto, torres de vigilancia y patrullas constantes con perros.

—Demasiada seguridad —susurró Alfa (Ramírez) a mi lado—. No podemos entrar sin que nos vean.

—No vamos a entrar por la puerta —dije—. Vamos a entrar por donde nadie espera. Señalé hacia el acantilado que daba a la parte trasera del complejo. Era una caída vertical de ochenta metros hacia un río seco. —El desagüe principal sale por ahí. Es un tubo de metro y medio de diámetro. Si mis planos son correctos, lleva directo al sótano del edificio principal, donde está el laboratorio.

—¿Vamos a escalar eso? —preguntó Charlie (López), mirando el abismo. —No. Vamos a bajar haciendo rapel. En silencio.

La bajada fue tensa. Una piedra suelta, un ruido metálico, y estaríamos muertos. Pero bajamos. El tubo de desagüe olía a químicos y podredumbre. Entramos con el agua hasta los tobillos. —Máscaras de gas —ordené.

Avanzamos por el túnel durante veinte minutos. El olor a acetona y ácido clorhídrico se hacía más fuerte. Estábamos cerca. Llegamos a una rejilla. Miré a través de ella. Estábamos en el cuarto de calderas del sótano. Delta (Hernández) sacó las cizallas y cortó los barrotes con cuidado quirúrgico.

Entramos.

EL CONTACTO: CAOS CONTROLADO

El sótano era un laboratorio inmenso. Mesas largas llenas de polvo blanco, prensas de pastillas, bidones azules con etiquetas de advertencia. Había unos diez hombres trabajando, con máscaras y batas blancas, custodiados por cuatro sicarios armados con AK-47.

Hice la señal de mano: 1, 2, 3, 4 objetivos armados. Fuego simultáneo a mi orden. Nos desplegamos detrás de unas cajas. Apunté a la cabeza del sicario más lejano. Alfa tomó al de la derecha. Bravo y Charlie a los del centro.

—Ejecutar —susurré por el comunicador.

Pfft-Pfft-Pfft-Pfft. Cuatro disparos con supresor sonaron casi al unísono, como estornudos metálicos. Los cuatro guardias cayeron al suelo antes de saber que estaban muertos. Los “cocineros” (los químicos) se quedaron paralizados.

—¡Al suelo! ¡Manos en la cabeza! —grité, saliendo de la cobertura. Obedecieron aterrorizados.

—Delta, pon las cargas en los pilares principales y en los precursores —ordené—. Tienes tres minutos. Alfa, Bravo, vigilen las escaleras. Charlie, asegura a los civiles.

Todo iba perfecto. Demasiado perfecto. Y entonces, sonó la alarma. No una sirena. Una voz en los altavoces. “Sé que estás aquí, Lince. Te olí desde que bajaste del helicóptero.”

La voz del Fantasma. Las puertas de acero del sótano se cerraron de golpe con un estruendo hidráulico. Selladas. —¡Trampa! —gritó Alfa.

Un gas verde empezó a salir de los ductos de ventilación. —¡Máscaras bien ajustadas! —grité—. ¡Es gas nervioso!

—¡Están bloqueando la señal del detonador! —gritó Delta, peleando con el control remoto de los explosivos—. ¡No puedo activarlos a distancia!

—¡Tenemos que salir! —Charlie golpeó la puerta blindada—. ¡Está cerrada herméticamente!

La voz del Fantasma volvió a sonar, riendo. “Bienvenida a tu tumba, Valeria. ¿Te gustan mis nuevas instalaciones? Este gas disuelve el tejido pulmonar en cinco minutos si te quitas la máscara. Y en diez, corroe los filtros. Tienen un reloj de arena, mis amigos.”

Miré a mis muchachos. Podía ver el pánico en sus ojos a través de los visores de las máscaras. Estábamos encerrados, con una bomba de tiempo química y sin salida.

—¡Cálmense! —mi voz sonó distorsionada por la máscara—. ¡Piensen! ¡Somos Logística! ¡Todo problema tiene una solución técnica!

Miré alrededor. Calderas. Tuberías de alta presión. —¡Delta! —llamé—. ¿Esas cargas de C4? —¡Sí, mi Teniente! —¡Ponlas en esa puerta! ¡Carga direccional! ¡Usa todo lo que tengas! —¡Si detono eso aquí dentro, la onda expansiva nos va a reventar los tímpanos y probablemente nos mate! —respondió Delta.

—¡Es eso o morir derretidos! —Señalé una fila de grandes tanques de mezcla de acero inoxidable—. ¡Nos metemos ahí dentro! ¡El acero nos protegerá de la onda expansiva!

Delta corrió a la puerta y empezó a pegar el C4. Alfa, Bravo y Charlie ayudaron a meter a los químicos (que ya estaban convulsionando porque sus máscaras eran baratas) dentro de uno de los tanques vacíos. Nosotros nos metimos en otro.

—¡Fuego en el hoyo! —gritó Delta, saltando dentro del tanque con nosotros. Nos cubrimos los oídos y abrimos la boca para igualar la presión.

¡BOOOOM!

El mundo se volvió blanco. El sonido fue físico, un golpe en el pecho que me sacó el aire. El tanque de acero vibró como una campana gigante. Caímos unos sobre otros. El polvo y el humo llenaron todo. Tosí, verificando que mi máscara siguiera sellada. —¿Están vivos? —Creo que sí… —gimió Bravo.

Nos asomamos. La puerta blindada ya no existía. Había un agujero humeante en la pared. —¡Vamos! ¡Arriba! —Los empujé fuera del tanque.

Salimos al pasillo, entre el humo y los escombros. La explosión había alertado a todo el complejo. Escuchábamos gritos y botas corriendo hacia nosotros. —Formación diamante —ordené—. Avanzamos hacia el nivel superior. El Fantasma debe estar en el centro de mando, en el tercer piso.

Subimos las escaleras disparando. Fue un combate brutal. Cuarto por cuarto. Pasillo por pasillo. Mis muchachos peleaban como demonios. Ramírez era una máquina, cubriendo sectores. Hernández no fallaba un tiro. Pero eran demasiados.

En el segundo piso, una ráfaga de ametralladora nos inmovilizó. —¡Charlie! —gritó González. López había caído. Una bala le había dado en la pierna, justo encima de la rodilla (la misma rodilla que le dolía). —¡Estoy bien! ¡Sigan! —gritó López, arrastrándose hacia una columna y devolviendo el fuego.

—¡No te dejamos! —Ramírez lo agarró del chaleco y lo arrastró—. ¡Logística no deja a nadie!

Llegamos al tercer piso. Estábamos agotados, sin munición y heridos. Solo quedaba una puerta doble de madera fina. La oficina del jefe. Pateé la puerta.

Ahí estaba. El Fantasma. Estaba sentado detrás de un escritorio enorme, tranquilo, con una pistola dorada en la mano y un chaleco antibalas sobre su camisa de seda. Pero no estaba solo. Tenía a una mujer agarrada por el pelo, usándola de escudo humano. Y detrás de él, dos guardaespaldas enormes con ametralladoras ligeras apuntándonos.

—Valeria —sonrió—. Qué persistente. Mira lo que le hiciste a mi casa.

Nosotros éramos cinco (López apoyado en la pared). Ellos eran tres, pero tenían la ventaja táctica y un rehén. —Suéltala —dije, apuntándole a la cabeza.

—No lo creo. Bajen las armas o la chica muere. Y luego ustedes. Miré a mis muchachos. Estaban apuntando a los guardaespaldas. El aire se sentía denso, como melaza.

—¿Crees que vas a salir de aquí? —le pregunté para ganar tiempo—. La explosión de abajo rompió las líneas de gas. Todo este edificio va a volar en cualquier momento.

El Fantasma dudó. Sus ojos se movieron hacia la ventana un microsegundo. Ese microsegundo fue todo lo que necesité.

—¡AHORA! —grité.

No disparé al Fantasma. Disparé a la lámpara de araña enorme que colgaba sobre sus guardaespaldas. La lámpara cayó con un estruendo de cristal y metal, aplastando a uno de los gorilas y distrayendo al otro.

Al mismo tiempo, Hernández (Delta), el mejor tirador que había visto en años, hizo el disparo imposible. Disparó a la mano del Fantasma. La bala le arrancó el pulgar y la pistola dorada voló lejos. La rehén se soltó y se tiró al suelo.

—¡A él! —rugió Ramírez. Ramírez y González se lanzaron sobre el guardaespaldas restante como lobos, derribándolo a golpes de culata.

Yo salté sobre el escritorio y le metí una patada en el pecho al Fantasma, tirándolo contra la pared. Intentó sacar un cuchillo de su bota. Le pisé la mano con mi bota táctica llena de lodo y sangre. —Se acabó —le dije, poniendo el cañón de mi pistola en su frente.

El Fantasma me miró, jadeando, con odio puro. —Mátame, perra. Vendrán otros.

—Que vengan —dije—. Estaremos listos.

Pero no disparé. No porque tuviera piedad. Sino porque el Coronel Ibarra tenía razón. La justicia es mejor que la venganza. Y ver a este hombre pudriéndose en una celda de máxima seguridad el resto de su vida era un castigo mejor que una bala rápida.

—Espósenlo —ordené.

LA EXTRACCIÓN: BAJO FUEGO

Sacar al Fantasma de ahí fue peor que entrar. El edificio estaba en llamas. Los restos de su ejército privado intentaban recuperarlo. Bajamos peleando cada metro. López iba colgado del hombro de Ramírez. Yo arrastraba al Fantasma, que no paraba de insultarnos.

Llegamos al techo. El helicóptero de extracción estaba en camino, pero tardaría cinco minutos. Cinco minutos eternos. Nos cubrimos detrás de los ductos de aire acondicionado. Las balas repiqueteaban a nuestro alrededor como granizo.

—¡Nos están rodeando! —gritó González—. ¡No tenemos munición! Me quedaba un cargador. A Hernández le quedaban dos.

—¡Usen las granadas de humo! —ordené—. ¡Marquen la zona de aterrizaje!

Lanzamos el humo morado. Escuché el sonido bendito de las aspas. Un Black Hawk de la Marina apareció entre el humo, barriendo la azotea con sus miniguns, convirtiendo a los sicarios en carne molida.

—¡Suban! ¡Suban!

Subimos a López primero. Luego tiramos al Fantasma al piso del helicóptero como un saco de papas. Cuando el último de nosotros subió y el helicóptero despegó, vi cómo el edificio de abajo colapsaba en una nube de fuego y polvo. Las cargas de Delta en los precursores químicos finalmente habían detonado.

Me senté en el suelo del helicóptero, exhausta. Me quité la máscara y el casco. El aire fresco de la mañana me golpeó la cara. Miré a mis muchachos. Estaban sucios, sangrando, quemados. Ramírez tenía la cara negra de hollín. López tenía la pierna vendada de urgencia. González y Hernández parecían haber salido de una mina de carbón.

Pero estaban sonriendo. Se pasaban una cantimplora de agua y reían como maníacos. La risa de los sobrevivientes.

Ramírez me miró y me extendió la mano. La estreché. —Buen trabajo, Lince —dijo. —Buen trabajo, Alfa.

EPÍLOGO FINAL: EL NUEVO ORDEN

Dos meses después.

El comedor de la Base Naval estaba lleno a la hora del desayuno. Entré con mi bandeja. Chilaquiles rojos, huevos estrellados y jugo de naranja. Mi uniforme estaba impecable. El pelo recogido. La Teniente de Logística había vuelto.

Caminé hacia una mesa. El silencio se hizo en el comedor. Pero no era un silencio de burla. Era un silencio de respeto absoluto. Los soldados dejaban de comer para mirarme pasar. Algunos se ponían de pie discretamente.

Llegué a la mesa donde estaban ellos. Ya no eran cadetes. Llevaban los parches de Cabo en sus mangas. Ramírez, González, López y Hernández. López ya no cojeaba. Ramírez tenía una cicatriz fina en la mejilla que lo hacía ver rudo.

—¿Está ocupado? —pregunté. Se levantaron de un salto, cuadrándose con una precisión que haría llorar a un sargento mayor. —¡Nunca para usted, mi Teniente! —gritó Ramírez.

—Siéntense, por favor.

Me senté con ellos. Empezamos a comer. Nadie hablaba de la misión. Nadie hablaba del Fantasma (que ahora cantaba como un canario en una prisión federal) ni de la medalla al Valor Heroico que nos habían dado en una ceremonia privada sin cámaras. Esas cosas se quedan entre nosotros.

—Oiga, mi Teniente —dijo Hernández, rompiendo el hielo—. ¿Es cierto lo que dicen los rumores?

—¿Qué rumores?

—Que el Coronel Ibarra la quiere proponer para comandar la nueva unidad de Operaciones Especiales de Inteligencia. Y que… bueno, que usted pidió que nosotros fuéramos su equipo base.

Sonreí, pinchando un pedazo de tortilla. —No sé de qué hablas, Cabo. Yo soy de Logística. Cuento cajas.

Ellos intercambiaron miradas cómplices. Sabían la verdad. Sabían que las cajas de arena habían quedado atrás. Sabían que ahora, éramos la manada.

—Por cierto —dije, limpiándome la boca—. Mañana a las 05:00. Traigan ropa de correr. Y… traigan sus cepillos de dientes.

Se quedaron helados. —¿Por qué, mi Teniente? ¿Hicimos algo mal?

—No. Pero me enteré que los nuevos cadetes de la Compañía Charlie dejaron el baño hecho un asco. Y alguien tiene que enseñarles lo que es la humildad, ¿no?

Ramírez sonrió. Esa sonrisa de lobo. —Entendido, mi Teniente. Ahí estaremos.

Terminé mi café. Miré alrededor del comedor. La vida seguía. Los inventarios seguían. Pero yo ya no tenía que esconderme. Había encontrado mi lugar. No en la Sierra solitaria, ni detrás de un escritorio aburrido. Mi lugar estaba ahí, en medio de esos cuatro guerreros imperfectos, forjados en el fuego y el chilaquil.

Soy Valeria. Soy Lince. Y si alguna vez intentas tirar mi jugo o meterte con mi gente… bueno, solo recuerda que las apariencias engañan, y que en México, hasta la secretaria más tranquila puede ser la tormenta que destruya tu mundo.

FIN.

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