—¡Quítate esos trapos horribles ahora mismo y ponte el vestido que te dejé! —gritó mi madre, irrumpiendo en mi habitación como si fuera la directora de escena de mi propia vida.
Me miré al espejo. El delineador negro corrido y la ropa holgada eran mi escudo, mi única forma de ser invisible en esa escuela llena de “fresas” y juniors que juzgaban todo por la marca de tus zapatos. Pero para ella, solo era un obstáculo para el negocio familiar: yo.
—Mamá, acordamos que este año sería para mí. Para terminar la prepa como una persona normal —supliqué, sintiendo ese nudo familiar en la garganta.
Ella ni siquiera me miró a los ojos, estaba demasiado ocupada acomodando los cojines de la sala, tratando de que nuestra casa pareciera tan lujosa como antes, aunque yo sabía la verdad. Había visto las cartas del banco escondidas en la cocina. Estábamos quebrados.

—Barry va a estar aquí en menos de una hora, Valentina. Dice que tiene un trato de “una vez en la vida” para ti. Una franquicia entera.
—No me importa la franquicia. Acabo de conocer a alguien real. Alguien que no sabe quién soy ni cuánto dinero solía tener —intenté explicarle, pensando en Mateo y en cómo me había enseñado su escondite secreto en la escuela, lejos de las miradas de todos.
Mi madre se detuvo en seco. Su mirada cambió de ansiedad a una frialdad calculadora.
—El dinero no nos va a esperar a que tú juegues a la adolescente enamorada. Si no firmas ese contrato con Barry y finges esa relación con Zack Towers para la prensa, perderemos la casa. ¿Eso quieres?.
El timbre sonó. Era un sonido seco, como el de una sentencia.
—Ponte el vestido. Y sonríe —susurró ella, empujándome hacia el baño—. Hazlo por la familia.
Mis manos temblaban mientras escuchaba las risas falsas de mis padres saludando al productor en la sala. Me sentía como un producto en un estante, a punto de ser vendida. Pero no podía dejar de pensar en Mateo y en lo que pasaría si descubría que la chica rara que le gustaba era en realidad la estrella que él y todos los demás detestaban.
¿ESTABA A PUNTO DE PERDER LO ÚNICO REAL QUE TENÍA POR SALVAR A MIS PADRES DE LA RUINA?
PARTE 2: Entre Dos Mundos y Una Mentira Piadosa
Capítulo 1: La Cena de las Sonrisas Falsas
Bajé las escaleras sintiendo que cada escalón era una sentencia. Llevaba puesto ese vestido color salmón que mi madre había escogido, una prenda que costaba más que el sueldo de un año de una familia promedio, pero que a mí me picaba como si estuviera hecho de ortigas. Me había quitado el maquillaje negro, las botas de combate y, con ello, me había quitado mi armadura. Volvía a ser Valentina Jones, “La Novia de México”, la niña prodigio que sonreía en las portadas de revistas mientras por dentro se sentía vacía.
En la sala, el ambiente olía a perfume caro y a desesperación. Mis padres, Beatriz y Rodrigo, estaban sentados con Barry, el productor gringo que tenía los dientes tan blancos que casi necesitabas lentes de sol para mirarlo.
—¡Ahí está nuestra estrella! —exclamó Barry, levantándose con los brazos abiertos. —Valentina, querida, te ves espectacular. Un millón de dólares caminando.
—Hola, Barry —dije, forzando esa sonrisa que había practicado desde los cinco años.
—Siéntate, hija, siéntate —dijo mi papá, sirviendo una copa de vino con una mano que temblaba ligeramente. Yo sabía por qué temblaba. No era emoción, era miedo. Miedo a perder la casa, los autos, el estatus.
La cena fue un suplicio. Mientras cortaba un pedazo de carne que me costaba tragar, Barry hablaba sin parar sobre la “franquicia”. No era solo una película; querían juguetes, videojuegos, series derivadas. Querían ser dueños de mi cara por los próximos cinco años.
—Escucha, Val —dijo Barry, inclinándose sobre la mesa—. El estudio no solo quiere la película. Quieren el paquete completo. El chisme, el drama. Por eso, hemos arreglado unas cuantas “citas” con Zack Towers.
Casi me atraganto con el agua. —¿Zack Towers? —pregunté, incrédula—. ¿El influencer que se hizo famoso por lamer helados en el supermercado? Es un idiota, mamá. Es asqueroso.
—Es encantador en las redes sociales, cariño —intervino mi madre, con esa mirada de advertencia que decía “cállate y coopera”—. Además, las fans lo adoran. Serían la pareja del año.
—Pero yo no quiero salir con él. Ni siquiera me cae bien.
—No tienes que casarte con él, linda —rió Barry—. Solo necesitamos fotos. Un par de cenas, unos paseos de la mano donde los paparazzi “casualmente” los encuentren. Ya sabes cómo funciona el juego.
Miré a mis padres. Esperaba que alguno de ellos dijera: “No, mi hija no es un objeto de marketing”. Pero mi papá solo miraba su plato y mi mamá me sonreía con esa rigidez de quien está a punto de romperse.
—El pago inicial cubriría… muchas cosas —murmuró mi papá, sin mirarme.
Sentí un hueco en el estómago. No era por Zack, ni por la película. Era la confirmación de que para ellos, yo era la gallina de los huevos de oro. Mi libertad, mi último año de prepa, mi deseo de ser normal… todo eso tenía un precio, y Barry acababa de poner el cheque sobre la mesa.
Esa noche, firmé el pre-contrato. No porque quisiera, sino porque vi las cartas de cobro del banco asomando en el bolso de mi mamá. Éramos ricos en teoría, pero pobres en realidad. Y yo era el único activo liquidable de la familia Jones.
Capítulo 2: El Regreso a la Oscuridad
A la mañana siguiente, la transformación fue mi único consuelo. En cuanto el chofer me dejó a dos cuadras de la escuela (para que nadie viera el auto de lujo), corrí a un baño público de una gasolinera. Me quité la ropa de marca y me puse mis sudaderas gigantes, mis pantalones rotos y mis botas. Me pinté los ojos con tanto delineador negro que parecía un mapache en depresión. Me puse la peluca negra y despeinada.
Ahí, frente al espejo sucio de la gasolinera, Valentina Jones desapareció. Ahora era “Haley”, la chica rara, la gótica, la invisible.
Llegar a la escuela “Bookside” siendo Haley era una experiencia antropológica. Nadie me miraba. O mejor dicho, me miraban con asco o lástima, y eso me encantaba. Prefería ser ignorada por ser “fea” que ser acosada por ser famosa.
Caminé por los pasillos con los audífonos puestos, pero sin música, solo para escuchar lo que la gente decía. —Ahí va la fenómeno —susurró una chica del grupo de las porristas, las típicas fresas que en mis otras escuelas se habrían peleado por ser mis amigas. —¿De dónde saca esa ropa? ¿Del basurero? —rió otro.
Sonreí para mis adentros. Si supieran que la “basura” que llevaba puesta era una elección deliberada para alejarme de gente vacía como ellos.
Entonces lo vi. Mateo. Estaba sentado solo en una banca, dibujando en un cuaderno viejo. Mateo era… diferente. No era el típico guapo de revista como Zack Towers. Tenía el cabello desordenado, ropa que claramente había visto días mejores y una mirada que parecía cansada pero inteligente. Él era el único que me había hablado el primer día sin juzgarme.
—¡Hola, chica vampiro! —me saludó cuando me acerqué. —Hola, artista torturado —respondí, sentándome a su lado. Era la primera vez en años que me sentía nerviosa al hablar con un chico. No porque fuera famoso, sino porque él no sabía quién era yo. Le gustaba “Haley”, no la estrella de cine.
—¿Sobreviviendo al zoológico? —preguntó, cerrando su cuaderno. —Apenas. Hoy casi me muerde una de las “Barbies” del pasillo tres. Mateo rió. Una risa honesta, sin pretensiones. —Te tengo otro tip de supervivencia —dijo, susurrando como si fuera un secreto de estado—. Sígueme.
Me llevó lejos de la cafetería, lejos del ruido, hacia la zona de las gradas del gimnasio. Nos metimos por un hueco en la reja y terminamos debajo de las gradas de madera. Olía a polvo y a madera vieja, pero era privado.
—Tip de supervivencia número uno: Cómo evitar la clase de deportes —dijo él, sentándose en el suelo—. Porque nadie quiere sudar y luego oler a vestidor todo el día. —Eres un genio —le dije, acomodándome a su lado—. El profe Soha nunca busca aquí.
Nos quedamos ahí, escuchando los silbidos del entrenador y los gritos de los otros estudiantes corriendo. Era nuestro pequeño búnker contra el mundo. —¿Por qué te escondes, Mateo? —le pregunté de repente. Quería saber más de él. Él se encogió de hombros. —No encajo, Haley. Nunca lo he hecho. Mira allá arriba —señaló hacia las aberturas de las gradas donde se veían los pies de los estudiantes—. Esos son los “futuros CEOs”, los hijos de papi que no te dejan sentar con ellos a menos que tu apellido salga en Forbes. Y allá están los atletas, que tienen el cerebro en los bíceps.
—Suena solitario —murmuré. —Te acostumbras —dijo él, mirándome a los ojos—. O te acostumbrabas. Hasta que llegaste tú.
Sentí que me sonrojaba debajo de la capa de maquillaje blanco. —¿Yo? Pero si soy… ya sabes, un fenómeno. —Eres real —dijo Mateo, y esa palabra me golpeó más fuerte que cualquier insulto—. En esta escuela, todos fingen. Fingen tener dinero, fingen ser felices, fingen ser perfectos. Tú… tú no finges. Te vistes como quieres, dices lo que piensas. Eso es valiente.
Me sentí la peor persona del mundo. “Tú no finges”, me dijo. Si supiera que todo en mí, desde mi nombre hasta mi cabello, era una mentira. Que en unas horas tendría que irme para “fingir” ser la novia de un influencer.
Capítulo 3: El Santuario Secreto y el Arte de la Verdad
Los días pasaron y mi doble vida se volvía cada vez más difícil de mantener. Por las mañanas era Haley, riendo con Mateo, burlándonos de los fresas, compartiendo audífonos. Por las tardes y noches era Valentina, probándome vestuario, leyendo guiones mediocres y aguantando las llamadas de Barry.
Un martes, Mateo me dijo que tenía algo especial que mostrarme. —¿Más especial que el escondite bajo las gradas? —bromeé. —Mucho más. Pero tienes que jurar que no le dirás a nadie. Ni aunque te torturen los de la sociedad de alumnos. —Lo juro por mi colección de delineadores.
Me llevó a la parte trasera del edificio de artes, por un pasillo que parecía abandonado. Abrió una puerta pesada que rechinó horriblemente. —Está un poco oscuro —advirtió. Entramos. Olía a químicos viejos y a papel. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, vi que las paredes estaban cubiertas de dibujos, pinturas y fotografías.
—Era el antiguo cuarto de revelado de fotografía —explicó Mateo, encendiendo una pequeña lámpara roja—. Creo que la escuela se olvidó de que existe. Así que lo convertí en mi santuario.
Me acerqué a las paredes. Los dibujos eran increíbles. Había retratos de gente de la escuela, pero no como se veían por fuera, sino como se sentían. El mariscal de campo se veía triste y pequeño. La chica popular se veía rota. —¡Wow! ¡Esto está… está padrísimo, Mateo! —exclamé, olvidando mi personaje por un segundo. —¿Te gustan? Pinto para sacar el odio, supongo. Ellos me odian, yo los pinto feos. Ahorramos tiempo.
Se acercó a una mesa y tomó un dibujo que estaba boca abajo. —Este… este lo hice pensando en ti —dijo, tímidamente. Me entregó el papel. Era un retrato mío, de Haley. Pero en el dibujo no me veía disfrazada. Me veía… libre. Había capturado una expresión en mis ojos que ni los mejores fotógrafos de Hollywood habían logrado. —Tardé dos días —admitió, rascándose la nuca. —Es hermoso, Mateo. De verdad. —Quédatelo. Va contigo.
En ese momento, estuve a punto de decirle todo. “Mateo, no soy quien crees. Soy la chica de la tele. Soy la que sale en los anuncios de champú”. Quería que me conociera a mí, a la verdadera Valentina, no a la máscara. Pero mi teléfono vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de mi mamá: “Recuerda, a las 5 pm viene el estilista. Cena con Zack a las 7. NO LLEGUES TARDE”.
La realidad me cayó encima como un balde de agua fría. Guardé el dibujo en mi mochila. —Tengo que irme —dije apresuradamente. —¿Tan pronto? ¿Te asusté con mi arte intenso? —bromeó él, pero vi la decepción en sus ojos. —No, no… es mi tía. Está enferma. Tengo que cuidarla. Otra mentira. Una más a la lista.
Capítulo 4: La Pesadilla de la Fama
Esa noche, estaba sentada en un restaurante de moda en Polanco, frente a Zack Towers. Él estaba más interesado en su reflejo en la cuchara que en mí. —Entonces, le dije a mi manager: “Güey, no puedo hacer el video si la luz no es perfecta, ¿sabes?” —decía Zack mientras masticaba con la boca abierta—. Oye, Val, acércate más para la foto. Un fotógrafo contratado por el estudio estaba “escondido” (muy mal escondido) en la mesa de enfrente. —Sonríe, nena. Que parezca que te cuento un chiste buenísimo.
Zack soltó una carcajada falsa y me agarró la mano. Sentí ganas de vomitar. Su mano estaba sudorosa y fría. —¿Ya terminamos? —susurré entre dientes, manteniendo la sonrisa congelada. —Tranquila, preciosa. Apenas vamos empezando. ¿Viste los likes en mi última historia? Estamos rompiendo el internet. #ValenZack es tendencia.
Pensé en Mateo. Pensé en su cuarto oscuro, en su arte honesto, en su ropa vieja. Daría todo lo que tengo en mi cuenta bancaria por estar comiendo unos tacos de canasta con él en la banqueta, en lugar de estar aquí comiendo caviar con este payaso.
Al llegar a casa, mis padres estaban eufóricos. —¡Las fotos salieron divinas! —gritó mi mamá—. Barry está encantado. Dice que van a duplicar la oferta si siguen así. —¿Vieron mi cara? —les pregunté, quitándome los tacones—. Me veo miserable. —Te ves como una estrella de cine —dijo mi papá, ignorando mi dolor—. Y gracias a esto, el banco nos dio una prórroga. Todo va a estar bien, hija. Todo va a estar bien.
Me fui a mi cuarto y saqué el dibujo de Mateo. Lo puse junto a mi cama. Era lo único real en mi vida. Y estaba aterrorizada de perderlo.
Capítulo 5: El Colapso
El jueves fue el día en que todo se derrumbó. Hacía un calor infernal. El sol pegaba fuerte y el aire acondicionado de la escuela se había descompuesto. Yo llevaba puesta mi “armadura”: una camiseta térmica, una camisa de manga larga y encima mi sudadera negra gigante con capucha. Además de la peluca, que me daba una comezón insoportable con el calor.
—¡Hey, Haley! —me gritó Mateo en el pasillo—. Te vas a derretir, mujer. Quítate esas capas. —Estoy bien, tengo… tengo frío interno —inventé, secándome el sudor que me corría por la frente. —Estás loca. Pero oye, adivina qué. El profe Soha nos encontró.
—¿Qué? —Alguien le dijo de nuestro escondite bajo las gradas. Dice que si no corremos hoy, nos manda a detención un mes.
Maldición. Correr con este calor y con toda esta ropa era una misión suicida. Salimos a la pista de atletismo. El sol era cegador. —¡A correr, par de fenómenos! —gritó el entrenador Soha, sonando su silbato.
Empezamos a trotar. Al principio iba bien, pero después de la primera vuelta, sentí que el mundo empezaba a girar. El calor atrapado en mi sudadera era asfixiante. Mi respiración se volvió pesada. Los gritos de los demás estudiantes se oían lejanos, como si estuvieran bajo el agua. —¡Vamos, Haley! —escuché a Mateo a mi lado—. ¡Tú puedes!
Intenté dar un paso más, pero mis piernas se convirtieron en gelatina. El cielo azul se volvió negro. Lo último que sentí fue el impacto contra el pasto seco y las manos de Mateo intentando sostenerme.
—¡Haley! ¡Haley! —gritaba él. Sentí que alguien me rasgaba la sudadera para darme aire. —¡Está hirviendo! ¡Quítenle eso! —gritó el entrenador. Sentí que me quitaban la capucha. Y luego, sentí que la peluca se deslizaba.
Cuando abrí los ojos, unos minutos después, no estaba en el suelo, sino rodeada de caras curiosas. El entrenador me estaba echando agua en la cara. Mateo estaba arrodillado a mi lado, pálido del susto. Pero algo había cambiado en el ambiente. Ya no me miraban con asco. Me miraban con asombro. Me toqué la cabeza. Mi cabello real, castaño claro y brillante, estaba suelto. La peluca estaba tirada en el pasto, como un animal muerto. El maquillaje se me había corrido por completo con el agua.
—No mames… —dijo uno de los chicos populares—. Es Valentina Jones. El silencio fue absoluto. —¿Quién? —preguntó otro. —¡La actriz! ¡La de la película “Amor en Verano”! ¡Es ella!
Miré a Mateo. Su expresión pasó de la preocupación a la confusión, y luego, lentamente, a la comprensión dolorosa. —¿Valentina? —susurró él.
Me senté, mareada. —Mateo, puedo explicarlo… —empecé a decir, con la voz quebrada. Él se puso de pie, alejándose de mí como si yo fuera contagiosa. —¿Todo esto fue real? —preguntó, su voz temblando de rabia—. ¿O solo estabas haciendo “investigación” para un papel? ¿Jugando a ser la pobre niña rara para luego reírte con tus amigos famosos?.
—¡No! ¡No fue así! —intenté levantarme, pero me fallaron las fuerzas—. Todo fue real. Me gustas tú, Mateo. Me gusta estar contigo. —¡Corta el rollo! —gritó él. Nunca lo había visto tan enojado—. Todos aquí me odian, pero al menos son honestos. Tú… tú eres la peor de todos. Eres falsa.
—Mateo, por favor… —No te me acerques —dijo, y dio media vuelta. Las chicas populares, lideradas por la “Reina Dragón” Tish, se acercaron corriendo, empujando a Mateo para llegar a mí. —¡Oh por Dios! ¡Valentina Jones en nuestra escuela! ¡Soy tu fan número uno! ¿Me das tu autógrafo? —chilló Tish, sacando su celular para una selfie, ignorando por completo que hace cinco minutos me llamaba “basura”.
Vi la espalda de Mateo alejándose hacia el edificio de artes. Me sentí más sola rodeada de fans que cuando estaba sola bajo las gradas.
Capítulo 6: La Ruptura y la Realidad
Llegar a casa fue horrible. La noticia había volado. “Valentina Jones colapsa en escuela pública fingiendo ser gótica”. Estaba en todos los portales de chismes.
Mis padres estaban en la sala, pálidos. —¡Se arruinó todo! —gritaba mi papá—. El estudio llamó. Dicen que es un comportamiento errático. ¡Están reconsiderando el contrato! —¿Estás bien, hija? —preguntó mi mamá, pero su mirada estaba en el teléfono, leyendo las noticias.
—¿Les importa siquiera? —les grité, con lágrimas en los ojos—. ¡Me desmayé! ¡Perdí al único amigo que tenía! ¡Y ustedes solo se preocupan por el maldito contrato! Corrí a mi habitación y azoté la puerta. Me tiré en la cama y lloré hasta que me dolió el pecho.
Unas horas más tarde, escuché un ruido en la cocina. Bajé por agua y escuché a mis padres hablar en voz baja. —No sé qué vamos a hacer, Beatriz —decía mi papá, con voz quebrada—. Es el tercer banco que nos rechaza. Si no entra el dinero de la película, perdemos la casa el próximo mes. —Voy a buscar un tercer trabajo si es necesario —dijo mi mamá, sollozando—. Pero no podemos seguir presionando a Valentina. La vi hoy… estaba rota. Preferiría vivir debajo de un puente que verla sufrir así.
Me quedé helada en el pasillo. Siempre pensé que eran unos monstruos ambiciosos. Pero al escuchar eso… me di cuenta de que estaban desesperados. Estaban asustados. Y me amaban, a su manera retorcida.
Entré a la cocina. Se sobresaltaron y trataron de esconder las facturas. —Lo escuché todo —dije suavemente. —Hija, no te preocupes… —empezó mi papá. —Voy a hacer la película —dije, secándome las lágrimas—. Díganle a Barry que firmo mañana. Salvaré la casa.
Capítulo 7: El Sacrificio y la Sorpresa
A la mañana siguiente, Barry llegó con el contrato final. Yo estaba lista para firmar mi vida. Estaba muerta por dentro, así que ¿qué más daba? Pero justo cuando iba a poner la pluma sobre el papel, mi papá puso su mano sobre la mía. —No —dijo él. —¿Qué? —preguntó Barry, molesto. —No va a firmar —dijo mi mamá, levantándose con una firmeza que no le había visto en años—. Valentina, mírame. La miré. —Tu felicidad no tiene precio. Nos equivocamos. Nos cegamos por el dinero y el miedo a ser pobres. Pero somos una familia. Y si tenemos que vender la casa y vivir en un departamento pequeño, lo haremos. Pero no vas a hacer algo que odias para salvarnos.
—¿Están locos? —gritó Barry—. ¡Están rechazando millones! —Lárgate de mi casa, Barry —dijo mi papá, abriendo la puerta—. Mi hija se retira. Va a terminar la prepa. Como una chica normal.
Cuando Barry se fue, echando humo, mis padres me abrazaron. Fue el primer abrazo real en años. Lloramos los tres en la sala. No teníamos dinero, pero por primera vez, sentí que tenía papás.
—Ahora —dijo mi mamá, limpiándose los ojos—, tienes algo pendiente que arreglar, ¿no? Ese chico del que hablabas.
Capítulo 8: La Verdadera Identidad
Fui a la escuela al día siguiente. Sin disfraz. Sin maquillaje. Solo Valentina, con jeans y una camiseta simple. Todo el mundo murmuraba, pero no me importó. Fui directo al cuarto oscuro. Mateo estaba ahí, empacando sus cosas. —¿Qué haces aquí? —dijo, sin mirarme. —Vine a disculparme. En persona. Sin máscaras.
Le conté todo. Le conté sobre mis padres, sobre la bancarrota, sobre cómo me sentía sola desde los ocho años que empecé a actuar. —Te mentí sobre mi nombre, Mateo. Pero nunca te mentí sobre cómo me sentía. Solo quería saber qué se sentía que alguien me quisiera por mí, no por lo que puedo darles.
Mateo dejó de empacar, pero seguía de espaldas. —Es difícil creerte, Valentina. —Lo sé. Pero mira… te traje algo. Saqué de mi bolsillo un collar sencillo, hecho con un cordón de cuero y una piedra rara que habíamos encontrado juntos el primer día bajo las gradas. Lo había convertido en un dije.
Mateo se giró y vio el collar. Sus ojos se abrieron como platos. —Espera… —dijo, tocándose el cuello—. Yo… yo tengo uno igual. Sacó de debajo de su camisa un collar idéntico, viejo y desgastado.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté, confundida. —Me lo dio una niña… hace años. En un campamento de verano. Ella odiaba las actividades y yo le enseñé a esconderse. Le hice un collar para que me recordara.
Los recuerdos me golpearon como un rayo. El campamento. El niño tímido que me enseñó a saltar piedras en el río. —¿Mateo? —susurré—. ¿Tú eras… tú eras el niño del campamento “Bosque Azul”? —Tú prometiste escribirme —dijo él, con la voz rota—. Prometiste mandar un email. Esperé todos los días.
—¡Lo intenté! —exclamé, dando un paso hacia él—. Pero cuando regresábamos del campamento… hubo un accidente. Un camión se pasó el alto. Estuve en coma una semana. Las lágrimas corrían por mi cara. —Cuando desperté… mi vida había cambiado. Mis padres se volvieron sobreprotectores, me metieron en la actuación para pagar las cuentas médicas al principio, y luego… perdí todo. Perdí la laptop, perdí tu correo. Pensé que nunca te volvería a ver.
Mateo soltó su mochila y corrió hacia mí. Nos abrazamos con una fuerza desesperada. No era un abrazo de película, ni para las cámaras. Era un abrazo de dos almas que se habían perdido y se acababan de encontrar.
—Pensé en ti todos los días —me susurró al oído. —Y yo en ti.
Salimos de ese cuarto oscuro tomados de la mano. Al salir al pasillo, las miradas seguían ahí, los chismes seguían ahí. Zack Towers seguía siendo un idiota en Instagram y mi familia seguía en bancarrota. Pero mientras caminábamos hacia la salida, con el sol dándonos en la cara, supe que por primera vez en mi vida, no estaba actuando.
Esta era mi realidad. Y era perfecta.
PARTE 3: La Caída del Telón y el Inicio de la Vida Real
Capítulo 9: La Resaca de la Libertad
Caminar de la mano con Mateo hacia la salida de la escuela se sintió como el final de una película, de esas donde aparecen los créditos y la música sube de volumen. Pero la vida real no tiene créditos. La vida real continúa cuando la cámara se apaga, y la mía estaba a punto de volverse muy, muy complicada.
—¿Y ahora qué? —preguntó Mateo mientras llegábamos al portón de la escuela. El sol de la tarde en la Ciudad de México caía a plomo, iluminando el polvo que flotaba en el aire y el tráfico incesante de la avenida.
Apreté su mano, sintiendo la rugosidad de sus dedos manchados de carboncillo. Era la única ancla que tenía. —Ahora… supongo que enfrento la música. Mis papás rechazaron el contrato. Estamos oficialmente en la ruina.
Mateo me miró, y por primera vez no vi juicio ni idolatría, solo a un chico preocupado por la chica que le gustaba. —¿Qué tan en la ruina? —Nivel “vender la mansión y contar las monedas para el pesero” —intenté bromear, aunque el nudo en mi estómago decía otra cosa.
—Bueno —dijo él, con una sonrisa torcida que me derritió el corazón—, yo soy experto en vivir sin lana. Si necesitas clases particulares de cómo sobrevivir con 50 pesos a la semana, soy tu hombre. —Creo que voy a necesitar ese curso intensivo.
Nos despedimos con una promesa silenciosa de vernos al día siguiente. Subí al auto familiar por última vez. El chofer, Don Rogelio, me miró por el retrovisor con ojos tristes. Él sabía, mejor que nadie, que sus días con nosotros estaban contados. —A casa, señorita Valentina —dijo. —A casa, Don Rogelio. Mientras todavía sea nuestra.
Capítulo 10: La Subasta de los Recuerdos
Los siguientes días fueron un borrón de dolor y cajas de cartón. La noticia de que la familia Jones estaba en bancarrota se filtró más rápido que un chisme en un grupo de WhatsApp de tías.
“De la Alfombra Roja a la Calle: El Colapso del Imperio Jones”, titulaban las revistas.
Barry, el productor, no se fue en silencio. Se encargó de que todos en la industria supieran que éramos “difíciles”, “ingratos” y “poco profesionales”. El teléfono dejó de sonar para ofertas de trabajo y empezó a sonar solo para cobranzas.
El sábado fue el día más difícil. Tuvimos que hacer una venta de garaje “privada”, que básicamente era invitar a los buitres a picotear nuestros restos. Vi cómo extraños manoseaban mis vestidos de diseñador, esos que usé en estrenos y galas. —Te doy quinientos pesos por este —dijo una señora enjoyada, sosteniendo un vestido que había costado veinte mil. —Es un Versace, señora —dijo mi mamá, con la voz temblorosa. Tenía ojeras profundas que el maquillaje ya no cubría. —Es un trapo usado de una actriz acabada —respondió la mujer con desdén—. Tómalo o déjalo.
Mi mamá iba a llorar. Lo vi en sus ojos. Así que intervine. —Démelos —le arrebaté el billete de la mano y le lancé el vestido—. Y lárguese de mi casa.
Cuando la casa quedó vacía, se sentía enorme y fría. Los ecos de nuestras pisadas resonaban en el mármol. Mi papá, que había envejecido diez años en una semana, se sentó en el suelo de lo que solía ser la sala. —Les fallé —murmuró, escondiendo la cara entre las manos—. Prometí cuidar de ustedes y miren dónde estamos. Sin nada.
Me senté a su lado y puse mi cabeza en su hombro. Mi mamá se unió al otro lado. —No estamos sin nada, papá —le dije suavemente—. Estamos juntos. Y por primera vez en años, nadie nos está diciendo qué decir, qué vestir o cómo sonreír.
—Valentina tiene razón, Rodrigo —dijo mi mamá, acariciándole la espalda—. Tenemos salud. Tenemos a nuestra hija. Y ya no tenemos a Barry respirándonos en la nuca. Saldremos de esta. Como sea, pero saldremos.
Esa noche dormimos los tres en colchones inflables en el piso, comiendo pizza fría, riéndonos de la absurda tragedia de nuestra vida. Fue la mejor noche que había tenido en años.
Capítulo 11: Bienvenidos a la Realidad
Nos mudamos el lunes. Dejamos las Lomas de Chapultepec y aterrizamos en un pequeño departamento en la colonia Santa María la Ribera. No era un barrio malo, pero era… ruidoso. Vivo. El departamento tenía dos habitaciones diminutas, una cocina donde apenas cabía una persona y un baño con una regadera que tenía bipolaridad térmica: o te quemaba o te congelaba.
—Bueno —dijo mi papá, dejando la última caja en la sala—, es acogedor. —Es un agujero, papá —dijo la voz de la vieja Valentina, la diva. Pero la nueva Valentina, la que quería ser normal, lo corrigió—. Es nuestro hogar.
La adaptación fue brutal. Adiós chofer, hola Metrobus. Adiós chef privado, hola a aprender a cocinar arroz sin que se bata (spoiler: se batió las primeras cinco veces). Adiós colegio privado de élite… bueno, no. Gracias a una beca que mi papá logró negociar por “talento artístico” (irónico, considerando que me había retirado), pude quedarme en Bookside para terminar el año. Pero ahora era la chica becada, la que llegaba en transporte público, no la que llegaba en limusina.
Mi primera mañana viajando en metro fue una odisea. La gente me empujaba, el calor era insoportable y alguien me pisó los tenis blancos dejándolos grises. Pero cuando salí a la superficie y respiré el aire contaminado de la mañana, sentí una extraña satisfacción. Estaba haciendo lo que hacían millones de mexicanos todos los días. Estaba luchando.
Llegué a la escuela sudada y despeinada. Mateo estaba en la entrada, esperándome con dos cafés de tienda de conveniencia en la mano. —Café soluble con extra azúcar para la clase trabajadora —dijo, extendiéndome el vaso. —Eres mi salvador —tomé un sorbo. Sabía a gloria—. ¿Cómo supiste que necesitaba esto? —Porque te ves como si hubieras peleado con un oso en el metro. —Casi. Fue una señora con bolsas de mandado en la estación Hidalgo. Ella ganó.
Nos reímos y entramos a la escuela. La dinámica había cambiado. Ya no era la “fenómeno gótica”, ni la “estrella inalcanzable”. Ahora era “la famosa quebrada”. Tish y su séquito de “Dragonas” no sabían cómo tratarme. Por un lado, seguía siendo famosa. Por otro, sabían que mi ropa ya no era de temporada.
—Oye, Valentina —me gritó Tish en el almuerzo—. Escuché que te mudaste. ¿Es cierto que ahora vives por el centro? Qué… pintoresco. Sentí la sangre subirme a la cara. Mateo, que estaba sentado a mi lado comiendo una torta que él mismo había preparado, se tensó. —Sí, Tish —respondí, mirándola directamente a los ojos—. Me mudé. Y es increíble. La gente es real, la comida es mejor y no tengo que escuchar a gente como tú pretendiendo que sus vidas son perfectas.
Tish se quedó callada. El resto de la mesa contuvo el aliento. —Vámonos —le dije a Mateo. Nos levantamos y dejamos a la realeza escolar con la palabra en la boca. —Eso fue… intenso —dijo Mateo mientras caminábamos hacia nuestro refugio bajo las gradas. —Fue la verdad. Ya me cansé de actuar, Mateo. En el set y en la vida.
Capítulo 12: La Tentación y el Segundo Acto
Los meses pasaron. La situación económica en casa no mejoraba. Mi papá consiguió trabajo como conductor de aplicación, manejando un auto rentado doce horas al día. Llegaba a casa con la espalda destrozada y los ojos rojos del cansancio. Mi mamá, que nunca había trabajado en una oficina, consiguió un puesto de recepcionista en una clínica dental. La veía llegar con los pies hinchados, tratando de mantener la compostura.
Yo me sentía inútil. Veía las facturas acumularse sobre la mesa de formica de la cocina. Veía cómo mis papás se servían porciones más pequeñas de comida para que yo pudiera comer bien. La culpa me carcomía.
Una tarde, mientras hacía la tarea, mi celular sonó. Número desconocido. —¿Bueno? —Valentina, querida. Soy Barry. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. —¿Qué quieres, Barry? —Solo ver cómo estás. He oído rumores… tristes. Tu padre manejando un Uber, tu madre contestando teléfonos. Qué desperdicio de talento, Val.
—Estamos bien —mentí, apretando el teléfono. —No tienes que mentirme. Sé que están ahogándose. Escucha, la oferta sigue en pie. Bueno, no la misma oferta. Es la mitad del dinero, porque, ya sabes, tu reputación está un poco dañada. Pero sigue siendo suficiente para sacar a tus papás de ese cuchitril y devolverles su dignidad.
Me quedé en silencio. La mitad del dinero seguía siendo una fortuna. Podría comprar una casa decente. Podría hacer que mi papá dejara de manejar doce horas al día. —Solo tienes que decir que sí, Val. Una firma, y todo este sufrimiento de “clase media baja” desaparece. Vuelves a ser la princesa. —Déjame pensarlo —susurré, y colgué.
Esa noche no pude dormir. Miraba el techo manchado de humedad de mi cuarto y pensaba en el contrato. ¿Era egoísta de mi parte querer una vida normal mientras mis papás sufrían? ¿No era mi deber usar mi talento para ayudarlos?
Al día siguiente, busqué a Mateo en el cuarto oscuro. Estaba revelando unas fotos nuevas. —Me llamó Barry —solté de golpe. Mateo se detuvo en seco. La luz roja del cuarto hacía que su expresión fuera indescifrable. —¿Y qué te dijo? —Me ofreció volver. Menos dinero, pero suficiente. —¿Y qué vas a hacer? —preguntó, su voz era neutral, pero sentí el miedo en ella.
—No lo sé, Mateo. Veo a mis papás sufrir. Siento que es mi culpa. Si firmo, todo se arregla. Pero… te perdería. Me perdería a mí misma otra vez. Mateo se acercó y tomó mis manos. Estaban manchadas de químicos de revelado, pero se sentían cálidas. —Val, tus papás rechazaron el dinero porque te aman. Porque te prefieren a ti, real y feliz, que a una hija rica y miserable. Si firmas eso por culpa, vas a odiarlos a ellos y ellos se van a odiar a sí mismos por permitirlo.
—Pero, ¿cómo sobrevivimos? —pregunté, con lágrimas en los ojos—. El amor no paga la renta, Mateo. —No. Pero el talento sí. El talento real. No el prefabricado por Barry. —¿De qué hablas? —Mira esto.
Me mostró una de las fotos que estaba secando. Era yo. Pero no posando. Era una foto que me tomó desprevenida, sentada en el suelo del departamento nuevo, riendo con mi mamá mientras intentábamos armar un mueble barato. La foto era cruda, honesta y hermosa. —Tienes una historia, Valentina. Una historia real. No la basura que Barry quiere vender. Cuéntala. A tu manera.
Capítulo 13: El Proyecto “Verdad”
La idea de Mateo se plantó en mi cerebro y floreció. Siempre me había gustado escribir, pero nunca me habían dejado. Los guiones siempre venían de Hollywood, las entrevistas estaban guionizadas. Esa noche, abrí mi vieja laptop (que milagrosamente no habíamos vendido) y empecé a escribir. No un guion. Un blog. O más bien, un canal de video, pero diferente.
Lo titulé: “La Vida Después del Corte”.
En el primer video, no usé luces de estudio. No usé maquillaje profesional. Me senté en mi cama, con el ruido de la calle de fondo, y hablé. Hablé de la bancarrota. Hablé de cómo se siente perderlo todo y darse cuenta de que no tenías nada en primer lugar. Hablé de Mateo (sin decir su nombre, protegiendo su privacidad) y de cómo un collar de piedras valía más que un diamante. Hablé de mis papás trabajando duro y de lo orgullosa que estaba de ellos.
—Me llamo Valentina Jones —dije a la cámara al final—. Fui actriz. Fui gótica falsa. Fui millonaria. Ahora soy solo una chica tratando de terminar la prepa y pagar la renta. Y esta es mi verdad.
Subí el video sin decirle a nadie, excepto a Mateo. Me fui a dormir esperando que lo vieran diez personas.
A la mañana siguiente, mi teléfono casi explota. El video tenía tres millones de visitas. Los comentarios no eran de odio. Bueno, había algunos haters, siempre los hay. Pero la mayoría eran de gente normal. “Gracias por ser honesta”. “Mi familia también perdió todo en la pandemia, me identifico contigo”. “Por fin alguien famoso que no finge que su vida es perfecta”.
Incluso Zack Towers comentó: “Wow. Respeto. 🔥”. (Probablemente su manager lo escribió, pero contaba).
Capítulo 14: El Contraataque
El éxito del video trajo una nueva ola de atención, pero esta vez era diferente. No era la prensa sensacionalista, eran marcas que querían asociarse con la “nueva” Valentina. Marcas reales, con valores. No franquicias de juguetes plásticos.
Pero Barry no estaba feliz. Apareció en la puerta de nuestro departamento dos días después. No venía solo. Venía con un abogado. —Violación de contrato —dijo, agitando un papel frente a la cara de mi papá—. Valentina firmó un acuerdo de confidencialidad hace años. No puede hablar de la “industria” de esa manera negativa. Vamos a demandarlos por todo lo que… bueno, por lo poco que les queda.
Mi papá se puso pálido. Mi mamá empezó a temblar. Yo sentí una furia fría subir por mi pecho. —No puedes demandarme por contar mi vida, Barry. —Mírame hacerlo, niña. Voy a enterrarlos en litigios hasta que tus nietos nazcan debiéndome dinero. A menos… —A menos que firme el contrato de la película —completé. —Exacto. Firma, borra el canal, y olvida todo esto. Volvemos al plan original. Zack, la alfombra roja, el dinero.
Era una emboscada. Estábamos acorralados. Miré a Mateo, que estaba en la esquina de la sala (había venido a estudiar). Él sacó su teléfono discretamente. —Tienes 24 horas —dijo Barry, y se dio la media vuelta para irse.
—¡Espera! —gritó Mateo. Barry se giró, mirándolo con asco. —¿Quién es este mugroso? —Soy el novio de Valentina —dijo Mateo, con una firmeza que me sorprendió—. Y acabas de amenazar a una menor de edad y a su familia con extorsión en una propiedad privada. Mateo levantó su teléfono. —Y estamos en vivo.
Barry palideció. Miró el teléfono de Mateo. La pantalla mostraba que estaba transmitiendo en mi canal. Los comentarios volaban tan rápido que eran ilegibles. —¿Qué hiciste? —susurró Barry. —Lo que tú me enseñaste —le dije, poniéndome al lado de Mateo—. Usar los medios. —¡Hola a todos! —dijo Mateo a la cámara—. Acaban de escuchar a Barry, el famoso productor, amenazando con destruir a una familia humilde si Valentina no se convierte en su marioneta. ¿Qué opinan?
El chat era una carnicería. “#CancelBarry” “Déjenla en paz” “¡Llamen a la policía!”
Barry intentó arrebatarle el teléfono a Mateo, pero mi papá, recuperando su dignidad de golpe, se interpuso. Mi papá no era un hombre violento, pero era grande. —Tócalo y te juro que no sales caminando de aquí —dijo mi papá con voz grave. Barry miró el teléfono, miró a mi papá, y luego a mí. Sabía que había perdido. En la era de internet, su carrera estaba acabada si ese video seguía corriendo. —Corten la transmisión —dijo, sudando. —Solo si firmas una renuncia total —dije yo—. Liberas a mi familia de cualquier deuda, contrato o cláusula pasada, presente y futura. Nos dejas en paz para siempre.
—Estás loca. —Y tú estás en vivo frente a 50 mil personas ahora mismo —sonrió Mateo—. Y subiendo. Barry gruñó, sacó una pluma de su saco y miró a su abogado. El abogado negó con la cabeza, indicando que no había salida. El daño a su imagen sería irreparable si seguía peleando. Barry pidió un papel. Escribió la renuncia a regañadientes, firmó y salió del departamento cubriéndose la cara.
—¡Corte! —gritó Mateo, finalizando el live.
El silencio en el departamento duró tres segundos antes de que estalláramos en gritos. Mi mamá abrazó a Mateo tan fuerte que casi lo asfixia. Mi papá lloraba y reía al mismo tiempo. —¡Lo vencimos! —gritaba yo—. ¡Realmente lo vencimos!
Capítulo 15: La Graduación y el Nuevo Comienzo
Seis meses después.
El auditorio de Bookside estaba lleno. Las togas y birretes volaban por el aire. Había logrado terminar la preparatoria. No con promedio perfecto (las matemáticas siguen siendo mi enemiga), pero lo logré. Mis papás estaban en primera fila. Mi papá llevaba un traje que compramos en una tienda de segunda mano, pero lo lucía con más orgullo que cualquier Armani. Mi mamá lloraba a mares, grabando con su celular (que tenía la pantalla estrellada, pero funcionaba).
Y ahí estaba Mateo. Con su toga, mirándome desde el escenario. Había ganado el premio de arte de la escuela y una beca completa para la Universidad Nacional de Artes.
Después de la ceremonia, nos reunimos en el patio. —Lo logramos, chica vampiro —dijo él, abrazándome por la cintura. —Lo logramos, artista torturado.
Nuestra vida no era perfecta. Seguíamos viviendo en el departamento pequeño. Mi papá seguía manejando el taxi por aplicación, aunque ahora tenía su propio auto gracias a los ingresos de mi canal de YouTube, que se había convertido en un espacio para hablar de salud mental en adolescentes y realidad detrás de la fama. No éramos millonarios, pero nunca nos faltaba para los tacos del viernes.
—Tengo un regalo de graduación para ti —dijo Mateo. Me entregó un sobre. Lo abrí. Eran dos boletos de autobús. —¿A dónde? —pregunté. —Al bosque. Al lugar donde fue el campamento. Pensé… pensé que podríamos reescribir ese final. Sin accidentes de camión esta vez.
Sonreí, sintiendo que el corazón me iba a explotar. —Me parece el plan perfecto.
Miré a mis padres, que estaban charlando animadamente con la mamá de Mateo. Se veían felices. Se veían en paz. La Valentina Jones que quería fama y fortuna había muerto ese día bajo las gradas. La Valentina que estaba aquí, con su novio artista, su familia imperfecta y sus tenis sucios, era infinitamente más feliz.
Me acerqué a Mateo y lo besé. No fue un beso de película. Fue mejor. Fue un beso con sabor a promesa, a futuro y a libertad.
—¿Lista para la aventura? —preguntó él. —Siempre —respondí.
Tomé su mano, y juntos caminamos hacia la salida, listos para enfrentar cualquier guion que la vida nos tuviera preparado, sabiendo que esta vez, nosotros éramos los directores.
PARTE 4: El Arte de Vivir Sin Guion
Capítulo 16: La Ruta del Silencio y el Ruido
El autobús de la línea económica no era precisamente una limusina con asientos de piel, pero para mí, se sentía como el carruaje más lujoso del mundo. El aire acondicionado funcionaba a medias, y el conductor tenía puesta una lista de reproducción de cumbias a todo volumen, pero ahí estaba yo, Valentina Jones, con la cabeza recargada en el hombro de Mateo, viendo pasar los paisajes verdes y marrones de la carretera hacia el estado de Hidalgo.
Habían pasado dos semanas desde la graduación. Dos semanas de despedidas, de cerrar ciclos en la escuela Bookside y de prepararnos para este viaje. No era un viaje turístico; era una peregrinación. Íbamos al lugar donde nuestras vidas se habían cruzado por primera vez y donde, trágicamente, se habían separado de forma violenta.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Mateo, sacando un sándwich aplastado de su mochila. —Un poco —admití, aceptando la mitad del sándwich—. No por el bosque, sino por lo que significa. Es volver al lugar donde tú perdiste todo y yo perdí la memoria de nosotros. —No perdimos todo, Val. Nos pusimos en pausa. Una pausa muy larga y dolorosa, pero pausa al fin.
El viaje duró cuatro horas. Al llegar al pueblo cercano al antiguo campamento “Bosque Azul”, el cambio de aire fue inmediato. Olía a pino, a tierra mojada y a leña quemada. Nos bajamos del autobús con nuestras mochilas al hombro, pareciendo dos mochileros cualquiera, no la ex-actriz famosa y el artista emergente.
Caminamos por un sendero de terracería que Mateo recordaba vagamente. —Creo que era por allá, cerca del río —señaló. Mientras caminábamos, el silencio del bosque nos envolvió. Lejos del caos de la Ciudad de México, de las notificaciones del celular, de las deudas y de las miradas ajenas, sentí que mi respiración se sincronizaba con el viento en los árboles.
Llegamos a las ruinas del campamento. Ya no funcionaba. Las cabañas de madera estaban podridas y cubiertas de musgo. El comedor donde nos habíamos conocido era solo una estructura esquelética. Mateo se detuvo frente a lo que solía ser la zona de fogatas. Se quitó la gorra y se pasó la mano por el cabello, visiblemente conmovido. —Aquí fue —susurró—. Aquí me enseñaste a saltarte la clase de nudos para ir a ver las ardillas. Y aquí te di el collar.
Me acerqué a él y lo abracé por la espalda. Sentí cómo su cuerpo temblaba ligeramente. Para mí, este lugar era un recuerdo borroso recuperado; para él, era el último lugar donde había sido un niño feliz antes de que el accidente de sus padres le arrebatara la infancia. —Gracias por traerme —le dije al oído—. Y gracias por esperarme. —Siempre te esperaría, Val. Aunque me tomara cien años.
Nos sentamos en un tronco caído y dejamos que el atardecer cayera sobre nosotros. No hacía falta hablar. En ese silencio compartido, sanamos heridas que ni siquiera sabíamos que seguían abiertas.
Capítulo 17: La Tentación tiene Dientes de Oro
Regresar a la realidad fue un golpe seco. La Ciudad de México no perdona a los soñadores si no tienen con qué pagar la renta. Mi canal, “La Vida Después del Corte”, seguía creciendo, pero el algoritmo es una bestia hambrienta. Si no subía contenido diario, las vistas bajaban. Y si las vistas bajaban, los patrocinadores (que pagaban nuestra renta y las medicinas de la presión de mi papá) se ponían nerviosos.
Un martes por la tarde, recibí un correo electrónico. No era de Barry, gracias al cielo, sino de una agencia de talentos nueva, “NeoStar”. Querían reunirse conmigo. —Ve —dijo mi mamá, mientras doblaba ropa ajena (había empezado a lavar y planchar para los vecinos para tener un ingreso extra)—. Escuchar no cuesta nada, hija.
Fui a la reunión en una oficina hipster en la colonia Roma. Todo era cristal, plantas suculentas y gente joven con laptops caras. El agente, un tipo llamado Sebastián, me recibió con una sonrisa que me recordó demasiado a la vieja industria. —Valentina, eres un fenómeno —dijo sin rodeos—. Tu narrativa de “chica rica caída en desgracia que se levanta” es oro puro. Queremos potenciarla. —¿Potenciarla cómo? —pregunté, desconfiada. —Reality show. Cámaras en tu casa 24/7. Queremos ver a tu papá manejando el taxi, a tu mamá planchando, a tu novio pintando en la miseria. A la gente le encanta la “pobreza digna”. Te pagaremos muy bien.
Sentí una náusea profunda. Querían convertir nuestra lucha, nuestra dignidad recuperada, en un circo. Querían monetizar las ojeras de mi padre y el cansancio de mi madre. —¿Quieren que actúe ser pobre para la cámara? —pregunté. —No actuar, querida. Solo… exagerar un poco el drama. Si se pelean por dinero, mejor. Si lloran, bonos extra.
Me levanté de la silla. —Mi vida no es un show, Sebastián. Y la dignidad de mi familia no está a la venta. —Piénsalo, Valentina. El dinero resolvería todo. Podrías comprarles esa casa que perdieron. —Ya tenemos un hogar —dije firmemente—. Y prefiero comer frijoles en paz que caviar siendo tu payaso.
Salí de ahí temblando, pero orgullosa. Al llegar a casa, les conté a mis padres. Esperaba que se decepcionaran por el dinero perdido, pero mi papá soltó una carcajada. —¡Bien hecho, hija! —exclamó, dándole una mordida a un taco de chicharrón—. Que se vayan al diablo. Aquí somos pobres, pero honrados. Y nadie va a venir a grabarme roncando en el sofá.
Esa noche, grabé un video titulado “Por qué dije NO a un millón de pesos”. Fue el video más visto de mi historia. La gente no quería drama falso; quería integridad. Y sin saberlo, acababa de consolidar mi carrera como una voz confiable en internet.
Capítulo 18: El Fantasma del Pasado
Seis meses después, la vida nos lanzó una curva inesperada. Estaba acompañando a Mateo a una galería pequeña en Coyoacán. Él iba a presentar sus primeras obras profesionales. Estaba nervioso, arreglándose la corbata barata que le había comprado. —Te ves guapísimo —le dije, besándole la mejilla. —Siento que voy a vomitar —respondió él, riendo nerviosamente.
Entramos a la galería. Había poca gente, pero el ambiente era cálido. Sus cuadros, retratos crudos de la vida urbana, estaban colgados en las paredes blancas. De repente, vi una figura conocida en la entrada. Llevaba un traje que se veía caro pero viejo, desgastado en los codos. Tenía el cabello más ralo y una mirada huidiza. Era Barry.
Mi corazón se detuvo. Mateo lo vio y se tensó, poniéndose delante de mí instintivamente. Barry nos vio. Por un momento, pensé que vendría a gritarnos, a insultarnos. Pero su mirada no tenía odio. Tenía… derrota. Se acercó lentamente. Olía a alcohol barato y a tabaco rancio. —Valentina… Mateo —dijo, con voz rasposa. —¿Qué haces aquí, Barry? —pregunté, manteniendo la distancia. —Solo… pasaba. Vi el cartel. “El arte de la verdad”, ¿no? Irónico.
Miró los cuadros de Mateo. Se detuvo frente a uno que me retrataba a mí durmiendo en el autobús, con la boca ligeramente abierta, sin maquillaje, real. —Antes hubiera dicho que esa foto no vende —murmuró Barry—. Que nadie quiere ver a una estrella babeando. —Y por eso te quedaste solo, Barry —dije suavemente.
Él soltó una risa amarga. —Lo perdí todo, ¿sabes? Después de su video… nadie quiso trabajar conmigo. Los estudios me cerraron las puertas. Mi esposa me dejó. Ahora vivo en un motel por Tlalpan. Me quedé helada. El hombre que había controlado mi vida, el monstruo que me aterraba, ahora era solo un hombre triste y roto.
—No vengo a pedir nada —dijo él, retrocediendo—. Solo quería ver… quería ver si valió la pena. Si destruir mi carrera valió la pena para ustedes. Miré a Mateo, miré sus cuadros, pensé en mis padres cenando tranquilos en casa. —Sí, Barry. Valió cada segundo. Barry asintió, derrotado. —Me alegro por ti, niña. De verdad. Tienes algo que yo nunca pude comprar. Se dio la media vuelta y salió a la noche lluviosa. Nunca lo volví a ver. Pero ese encuentro cerró el último capítulo de mi miedo. Ya no era la víctima. Era la sobreviviente.
Capítulo 19: La Universidad de la Vida (y la UNAM)
Pasaron dos años. La vida se estabilizó en una “nueva normalidad”. Yo entré a estudiar Comunicación en la UNAM. Sí, la chica que solía tener tutores privados ahora corría por “Las Islas” de Ciudad Universitaria para llegar a clase de Semiótica. Me encantaba. Me encantaba ser una más entre miles de estudiantes. Nadie me pedía autógrafos (bueno, a veces sí, pero eran muy respetuosos). Me sentía parte de algo más grande.
Mateo, por su parte, despegó. Su arte, honesto y visceral, empezó a llamar la atención. No de las grandes galerías elitistas, sino de colectivos urbanos, de muralistas, de gente que valoraba el mensaje social. Empezamos a colaborar. Él pintaba, yo documentaba. Creamos un proyecto llamado “Rostros Invisibles”, donde entrevistábamos a gente común de la Ciudad de México: la señora de los tamales, el organillero, el estudiante foráneo. Mateo los pintaba y yo contaba sus historias.
Nuestra relación maduró. Ya no éramos los adolescentes escondidos bajo las gradas. Ahora éramos socios, compañeros de vida. Teníamos peleas, claro. Peleas por quién lavaba los platos, por el dinero (que a veces seguía escaseando), por el estrés de los exámenes. Pero nunca, ni una sola vez, dudamos de que éramos el equipo perfecto.
Un día, mientras comíamos quesadillas en un puesto cerca de la facultad, Mateo me miró muy serio. —Val, tengo que decirte algo. Dejé mi quesadilla de flor de calabaza, preocupada. —¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Me ofrecieron una beca. Para una residencia artística. —¡Eso es increíble, amor! —grité—. ¿Dónde? —En Barcelona. Por un año.
El mundo se me vino encima por un segundo. Un año. Lejos. —¿Y… la vas a tomar? —pregunté, con un nudo en la garganta. Mateo me tomó la mano sobre la mesa de plástico rojo. —No si tú no vienes conmigo. —Mateo, yo tengo la universidad, mi canal, mis papás… —Lo sé. Por eso les dije que solo aceptaba si podía convertir la residencia en un proyecto dual. Tú y yo. Documentando el arte migrante. Ya consiguieron los fondos. Te pagan el viaje y la estancia.
Me quedé boquiabierta. —¿Hiciste eso por mí? —No, Val. Lo hice por nosotros. No funciono sin mi musa. Y tú necesitas ver el mundo real, no solo a través de una pantalla. ¿Qué dices? ¿Nos vamos a conquistar España con nuestros acentos mexicanos y nuestras ganas de comernos el mundo?
Miré mi quesadilla. Miré el tráfico de Insurgentes. Miré a este chico maravilloso que había conocido fingiendo ser gótica. —Digo que sí. Pero con una condición. —¿Cuál? —Que llevemos una dotación industrial de salsa Valentina. No pienso sobrevivir en Europa sin picante. Mateo soltó una carcajada que hizo voltear a todos en el puesto. —Trato hecho.
Capítulo 20: La Despedida y el Legado
Antes de irnos a España, había una cosa más que hacer. Mis papás. La situación económica había mejorado gracias al canal y a sus trabajos estables, pero seguían viviendo al día. Con los ahorros de dos años de trabajo duro en redes sociales y colaboraciones, logré juntar una cantidad decente. No era para comprar una mansión, pero sí para algo importante.
El domingo antes de nuestro viaje, senté a mis papás en la sala. —Tengo una sorpresa —les dije. —¿Estás embarazada? —preguntó mi papá, casi atragantándose con su café. —¡No, papá! ¡Por Dios! —me reí—. Es algo mejor. Les entregué una carpeta. Mi mamá la abrió con manos temblorosas. Eran las escrituras de un pequeño terreno en las afueras de la ciudad, cerca de Cuernavaca. Un lugar tranquilo, con clima perfecto. —Sé que siempre quisieron retirarse en un lugar tranquilo —dije—. No es una casa construida todavía, pero es el terreno. Es suyo. Ya está pagado. Pueden construir poco a poco, a su gusto. Sin hipotecas, sin bancos, sin Barrys.
Mi mamá se echó a llorar, abrazando la carpeta contra su pecho. Mi papá se levantó y me abrazó tan fuerte que casi me rompe una costilla. —Hija… no tenías que hacer esto. Es tu dinero. —Es nuestro dinero, papá. Ustedes sacrificaron su comodidad por mi felicidad. Ustedes rechazaron millones para salvarme. Esto es lo mínimo que puedo hacer. Gracias por enseñarme que el amor vale más que el oro.
Esa tarde, celebramos con un pastel de tres leches y música de Juan Gabriel a todo volumen. Vi a mis padres bailar en la sala pequeña, felices, sin preocupaciones. Y supe que había cerrado el círculo. La deuda estaba saldada, no con el banco, sino con la vida.
Capítulo 21: Epílogo – Cinco Años Después
Barcelona, España. El sol del Mediterráneo entraba por la ventana de nuestro estudio compartido. El olor a pintura al óleo y a café recién hecho llenaba el aire. Estaba editando el último episodio de nuestra serie documental para Netflix. Sí, Netflix. Al final, llegué a las grandes ligas, pero bajo mis propios términos. Como productora y directora, no como actriz marioneta.
Mateo estaba al fondo, terminando un lienzo enorme. —¿Estás lista, Val? —preguntó—. La entrevista es en una hora. —Nací lista, guapo.
Teníamos una entrevista para un medio internacional. El tema: “El éxito redefinido”. Me miré al espejo. Tenía 23 años. Tenía algunas líneas de expresión nuevas por tantas risas y desveladas. No usaba ropa de marca, usaba ropa cómoda y colorida que compraba en los mercados locales. Mi celular vibró. Era una videollamada de mis papás. Contesté. Aparecieron en pantalla, bronceados y sonrientes, desde el jardín de su casita en Cuernavaca, que ya estaba casi terminada. —¡Hola, mi niña internacional! —gritó mi mamá—. ¡Mira, ya pusimos los rosales que nos mandaste! —Se ven hermosos, ma. ¿Cómo está papá? —Aquí peleando con la manguera, pero feliz. ¡Te mandamos bendiciones para la entrevista! ¡Diles que eres mexicana y a mucha honra! —Siempre, ma. Los amo.
Colgué con una sonrisa inmensa. Mateo se acercó y me rodeó la cintura. —¿Quién lo diría? —dijo, besándome el cuello—. La chica gótica y el chico invisible terminaron siendo los más visibles de todos. —No somos visibles por ser famosos, Mateo. Somos visibles porque somos reales.
Salimos a la calle. La brisa marina nos golpeó la cara. Pensé en aquella niña de 17 años, asustada, escondida bajo capas de ropa negra y maquillaje, creyendo que su vida había terminado porque había perdido su dinero. Si pudiera viajar en el tiempo, iría a ese momento bajo las gradas, le tomaría la mano y le diría: “Aguanta. Lo que viene es difícil, va a doler, te vas a caer mil veces. Pero te juro, por todo lo sagrado, que valdrá la pena. Porque al final del camino, no encontrarás fama. Encontrarás algo mejor: te encontrarás a ti misma.”
Mateo me apretó la mano. —¿En qué piensas? —En que esta es la mejor película que he vivido. Y ni siquiera necesitamos guion. —Y lo mejor —dijo él, guiñándome un ojo— es que apenas vamos en la primera temporada.
Caminamos juntos hacia el horizonte, dos mexicanos conquistando su propio destino, paso a paso, beso a beso, verdad a verdad.
FIN