
He visto al cuerpo humano aguantar cosas que harían temblar a la física. He visto gente salir caminando de autos hechos acordeón y chavos con huesos rotos intentando pararse por pura adrenalina. Pero ese martes de julio, con el sol cayendo a plomo sobre la unidad habitacional, descubrí que no hay desastre natural más peligroso que una vecina con un poco de poder y mucho tiempo libre.
Soy Mateo, paramédico desde hace seis años. Ese día, el calor no perdonaba; sentías que el pavimento te derretía las suelas. Mi compañera Tere y yo paramos en mi edificio porque tenemos permiso de la administración para hacer base ahí; es estratégico, nos permite llegar rápido a cualquier emergencia en la zona. O eso creíamos.
Bajamos apenas diez minutos para hidratarnos después de atender a un señor con golpe de calor. Al regresar, mi cerebro simplemente no procesó lo que veía. El cajón de estacionamiento estaba vacío. Solo quedaba una mancha de aceite y el calor vibrando en el asfalto.
—¿Dónde rayos está la unidad? —preguntó Tere, pálida.
Entonces la vi. La grúa ya estaba dando la vuelta en la esquina, arrastrando nuestra ambulancia como si fuera un trofeo de caza. Corrí gritando como loco: “¡Eh! ¡Es una ambulancia!”, pero el chofer ni volteó. Se la llevaron con todo: el equipo de reanimación, los medicamentos, el oxígeno.
Sabía perfectamente quién estaba detrás de esto. Fui directo a la oficina de administración. Ahí estaba ella: Doña Magda. La presidenta de la mesa directiva, esa señora que cree que administrar los condominios es gobernar un pequeño país. Estaba sentada, fresca, tecleando en su computadora sin una gota de sudor.
—¿Dónde está mi ambulancia? —exigí, entrando sin tocar.
Ella me miró por encima de sus lentes, con esa calma ensayada que te hiela la s*ngre.
—Buenas tardes, Mateo. El Reglamento de Condóminos, Sección 4, es claro: nada de vehículos comerciales o industriales en zonas residenciales. Tu… camión… estaba afeando la fachada.
—¡Es una unidad de emergencias, Magda! —grité, golpeando el escritorio—. ¡Adentro hay equipo que vale miles de pesos y que salva vidas! ¡Estamos en turno!
Ella sonrió, una sonrisa vacía y triunfante.
—Pues ahora está en el corralón. Si quieres recuperarla, prepara la tarjeta de crédito. Aquí las reglas se respetan, jovencito. No eres especial por usar uniforme.
Estaba a punto de perder los estribos cuando mi radio, que aún colgaba de mi cinturón, soltó el sonido que todos los paramédicos tememos.
Unidad 14, código rojo. Posible paro cardíaco. Dirección: Edificio C, Departamento 402.
El color desapareció de la cara de Magda en un segundo. El Departamento 402 es el suyo.
—¿402? —susurró ella, con la voz rota—. Mateo… ese es Arturo. Es mi esposo.
La miré a los ojos y sentí un hueco en el estómago.
—Lo sé, Magda. Pero no puedo hacer nada. Todo mi equipo, el desfibrilador y las medicinas… todo se acaba de ir en la grúa que tú pediste.
EL TIEMPO SE DETUVO Y EL SILENCIO EN ESA OFICINA GRITABA MÁS FUERTE QUE CUALQUIER SIRENA… ¿QUÉ HACES CUANDO EL ENEMIGO TE PIDE QUE LO SALVES PERO TE HA QUITADO LAS HERRAMIENTAS PARA HACERLO?
PARTE 2: MANOS VACÍAS, CORAZÓN DETENIDO
El silencio que siguió a mi declaración fue más pesado que el plomo. En esa oficina de administración, con el aire acondicionado zumbando como una mosca molesta, el mundo de Doña Magda se desmoronó. Esa mujer, que segundos antes se sentía la dueña del universo, la guardiana de la moral y la estética del condominio, se encogió. Literalmente. Vi cómo sus hombros, siempre rígidos por esa postura de superioridad, colapsaban. Su rostro, maquillado impecablemente para ocultar sus sesenta años, se agrietó en una mueca de terror puro.
—No… no puede ser —balbuceó, y por primera vez, su voz no sonaba a regaño, sino a súplica infantil—. Mateo, por favor. Tienes que ir. Tienes que hacer algo.
La miré. La ira me quemaba las entrañas. Quería gritarle. Quería decirle: “¿Ves? ¿Ves lo que pasa cuando juegas a ser Dios con las herramientas de los demás?”. Quería restregarle en la cara que el desfibrilador que su esposo necesitaba en ese preciso instante estaba rebotando en la plataforma de una grúa, alejándose por la Avenida Central gracias a su maldita firma.
Pero soy paramédico. Y hay una regla no escrita que te tatúas en el alma el primer día que te subes a la ambulancia: la vida es primero, el juicio viene después.
—¡Tere, vámonos! —grité por el radio, aunque sabía que ella ya estaba corriendo hacia el edificio C.
Me giré hacia Magda, que seguía petrificada en su silla ergonómica.
—¡Las llaves, Magda! —le ladré, olvidando los honoríficos y la cortesía—. ¡Dame las malditas llaves del departamento o tiramos la puerta!
Ella reaccionó como si le hubiera dado una descarga eléctrica. Buscó torpemente en su bolso de marca, tirando un labial, unas pastillas de menta y su celular al suelo, hasta que sacó el llavero. Me lo lanzó y, sin esperarla, salí disparado de la oficina.
El calor afuera seguía siendo brutal, pero ya no lo sentía. La adrenalina es una droga curiosa; borra el dolor, borra el cansancio y agudiza la visión hasta que todo parece moverse en cámara lenta. Corrí hacia el Edificio C. Tere ya estaba en la entrada, jadeando, con la mirada puesta en las escaleras.
—El elevador no sirve, Mateo —me dijo, con esa resignación que solo tenemos los que trabajamos en unidades habitacionales viejas—. Desde la semana pasada.
—Cuarto piso. A darle —contesté.
Subir cuatro pisos no suena a mucho. Intenta hacerlo después de una guardia de doce horas, con el estrés al tope y sabiendo que cada segundo que pierdes es tejido cardíaco que se muere. Pero lo peor no era el cansancio físico. Lo peor era la sensación de desnudez.
Normalmente, al subir esas escaleras, sentiría el peso familiar de la mochila de trauma en mi espalda, el tanque de oxígeno golpeándome la cadera, el monitor cardíaco en la mano. Ese peso es seguridad. Es saber que, pase lo que pase, tienes con qué pelear. Ahora, mis manos estaban vacías. Me sentía como un soldado yendo a la guerra en ropa interior y sin fusil. Solo tenía mi cerebro y mis dos manos. Y rece para que eso fuera suficiente.
Llegamos al 402. Mis pulmones ardían. Metí la llave en la cerradura, peleando con el temblor de mis manos, y giré. La puerta se abrió revelando un departamento que era la extensión perfecta de Magda: muebles cubiertos con plástico para que no se ensuciaran, olor a aromatizante de lavanda barato, y ni una sola cosa fuera de lugar.
Excepto Arturo.
Estaba tirado en la alfombra beige de la sala, junto al sofá. Un hombre grande, robusto, de esos que se ven bonachones, que siempre saludaban cuando sacaban la basura a escondidas de su mujer. Estaba boca arriba, con una mano garra sobre el pecho y la otra extendida hacia el teléfono fijo que había caído de la mesita.
—¡Escena segura! —gritó Tere por costumbre, aunque la única amenaza aquí era el tiempo.
Nos lanzamos al suelo junto a él.
—¡Don Arturo! ¿Me escucha? —Le grité al oído mientras le frotaba los nudillos en el esternón, una maniobra dolorosa diseñada para despertar a cualquiera que esté fingiendo o simplemente desmayado.
Nada. Ni un gemido. Ni un parpadeo.
Su piel estaba fría, pegajosa, y tenía ese color grisáceo-azulado que nosotros llamamos cianosis. Es el color de la muerte acercándose.
—Checando pulso y ventilación —dijo Tere, poniendo dos dedos en su cuello y acercando su oído a la boca de Arturo.
Pasaron cinco segundos. Cinco segundos eternos donde el único sonido era el tic-tac de un reloj de pared ridículamente grande que colgaba en la cocina.
—No tiene pulso, Mateo. No respira. Está en paro.
—¡Mierda! —Golpeé el suelo con el puño—. ¡Inicia compresiones!
Tere se posicionó, entrelazó sus dedos y comenzó a bombear el pecho de Arturo. Uno, dos, tres, cuatro… El sonido rítmico de las costillas crujiendo bajo la presión llenó la sala. Es un sonido feo, como pisar ramas secas, pero es necesario. Si no rompes un poco, no estás llegando al corazón.
Me llevé la mano al cinturón buscando el radio para pedir apoyo avanzado, pero me detuve. Nuestra ambulancia era el apoyo avanzado. La siguiente unidad más cercana estaba en la base norte, a por lo menos veinte minutos con el tráfico de la tarde.
—Central, aquí Alfa-14 a pie tierra —dije al radio, tratando de controlar mi voz—. Confirmamos código negro en Edificio C, 402. Paciente masculino de aprox 65 años en paro cardiorrespiratorio. Necesitamos unidad de soporte vital avanzado ¡YA! Nuestra unidad fue… remolcada. Repito, no tenemos equipo.
—Enterado, Mateo —respondió la operadora, y pude escuchar la incredulidad en su voz—. La unidad 22 va en camino, pero reportan tráfico pesado en Tlalpan. ETA (tiempo estimado de llegada) 18 minutos.
—¡En 18 minutos va a estar muerto! —grité—. ¡Diles que vuelen!
En ese momento, la puerta del departamento se abrió de golpe. Doña Magda entró tropezándose, con el cabello deshecho y los ojos desorbitados. Detrás de ella, un grupo de vecinos curiosos se asomaba, estirando el cuello para ver el chisme. En México, la tragedia es un imán.
—¡Arturo! —chilló Magda, lanzándose hacia nosotros.
—¡No se acerque! —le ordené, extendiendo un brazo para bloquearla sin dejar de mirar a Tere trabajar—. ¡Tere, cambio!
Tere se apartó y yo tomé su lugar instantáneamente. Entrelacé mis dedos, ubiqué el punto en el centro del pecho y dejé caer mi peso. Comprimir fuerte, comprimir rápido. 100 a 120 compresiones por minuto. Al ritmo de “La Macarena” o “Stayin’ Alive”, la canción que prefieras, siempre y cuando mantengas la sangre fluyendo al cerebro.
—¿Qué le hacen? ¡Lo están lastimando! —gritó Magda, intentando agarrarme del hombro.
—¡Señora, su corazón está detenido! —le grité, jadeando con cada empuje—. ¡Estamos intentando que la sangre llegue a su cerebro! ¡Si no hago esto, se muere!
—¿Dónde está la máquina? —preguntó ella, histérica, mirando a su alrededor—. ¡Esa cosa con los parches! ¡El oxígeno! ¡Pónganle oxígeno!
Tere se levantó y la encaró. Mi compañera es bajita, pero tiene el carácter de un pitbull cuando se trata de defender la escena.
—¡No tenemos la máquina, Magda! —le espetó Tere, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Usted mandó que se la llevaran! ¡El desfibrilador que podría reiniciar su corazón está en la grúa! ¡El oxígeno está en la grúa! ¡La adrenalina está en la grúa! ¡Lo único que tenemos son nuestras manos porque usted decidió que la ambulancia se veía fea!
El silencio de los vecinos en el pasillo fue sepulcral. Se escuchó un murmullo colectivo, un “no mames” susurrado por alguien en el fondo. Magda se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo que sonó más a un animal herido que a una mujer. Se dejó caer de rodillas, justo ahí, en su alfombra inmaculada, mirando cómo yo bombeaba el pecho de su marido.
—¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco…! —contaba yo en voz alta, manteniendo el ritmo.
El sudor me corría por la frente, entrando en mis ojos, picando como ácido. Mis brazos empezaban a arder. El RCP manual es agotador. Normalmente, te turnas cada dos minutos, y tienes un monitor que te dice si lo estás haciendo bien. Tienes un tanque de oxígeno conectado a una bolsa válvula-mascarilla para meter aire a los pulmones. Aquí no teníamos nada.
—Tere, ventilaciones —ordené.
Sin la bolsa de resucitación (el Ambu), teníamos que hacerlo a la antigua. Boca a boca. Es peligroso. Te expones a enfermedades, vómito, fluidos. Pero era Arturo. Era el señor que nos regalaba refrescos en Navidad. Tere no lo dudó.
Pinzó la nariz de Arturo, selló sus labios sobre la boca del hombre y sopló. El pecho de Arturo se elevó.
—Entra aire —dijo ella, escupiendo a un lado y limpiándose con la manga—. Sigue.
Volví a las compresiones. Dale, Mateo, dale. Me imaginaba el corazón de Arturo, ese músculo cansado, siendo aplastado entre el esternón y la columna, escupiendo un chorrito de sangre oxigenada hacia arriba, hacia las neuronas que empezaban a apagarse como luces en una tormenta.
—¿Por qué no llegan? —gimió Magda desde el suelo—. ¡Llámenlos otra vez!
—¡Están en el tráfico, señora! —respondió un vecino desde la puerta—. ¡Ya oigo una sirena, pero se oye lejos!
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora buscando soluciones. Sin desfibrilador, si Arturo tenía una fibrilación ventricular (su corazón temblando como gelatina), no podríamos sacarlo del paro. El RCP solo compra tiempo, no “arranca” el corazón. Necesitábamos el choque.
—¡Tere! —jadeé—. ¡Ve a mi auto! ¡En la cajuela tengo un botiquín personal! ¡No tiene monitor, pero tengo una mascarilla de bolsillo y creo que tengo aspirinas! ¡Corre!
—¡Tu auto está estacionado a tres cuadras!
—¡Corre, carajo!
Tere salió disparada, empujando a los vecinos.
Me quedé solo con Arturo y Magda. El esfuerzo físico era brutal. Llevábamos ya seis minutos. Seis minutos sin pulso propio es mucho tiempo. Las probabilidades bajaban con cada segundo.
—Arturo, no me hagas esto, cabrón —susurré, presionando con fuerza—. No te mueras hoy. No así.
Magda se arrastró hacia mí. Ya no era la presidenta. Ya no era la vecina molesta. Era una esposa viendo irse al amor de su vida.
—Perdóname… —susurraba ella, no sé si a mí o a él—. Perdóname, viejito. Solo quería que se viera bonito… solo quería orden…
—¡Háblele! —le dije sin dejar de comprimir—. ¡Dicen que el oído es lo último que se pierde! ¡Dígale que luche!
Ella tomó la mano inerte de Arturo.
—¡Arturo! ¡Arturo, mírame! —gritó, bañada en llanto—. ¡Soy yo, Magda! ¡No te vayas! ¡Te juro que no vuelvo a molestar a nadie! ¡Te juro que dejo la presidencia! ¡Pero no te vayas!
De repente, sentí algo. Una resistencia bajo mis manos. Arturo tosió. Fue un sonido gutural, horrible, acompañado de un espasmo en todo su cuerpo.
—¡Alto! —Me detuve y busqué el pulso carotídeo desesperadamente.
Ahí estaba. Débil, filiforme, rápido, pero estaba. Tum-tum… tum-tum…
—¡Tiene pulso! —grité.
Magda soltó un grito ahogado. Arturo abrió los ojos un milímetro, los puso en blanco y volvió a cerrarlos, soltando un gemido largo.
—¡Lo trajiste! ¡Lo trajiste de vuelta! —lloraba Magda.
—¡Todavía no cantamos victoria! —advertí, poniéndolo en posición de recuperación (de lado) para que no se ahogara si vomitaba—. Su corazón está muy inestable. Si vuelve a pararse… no sé si pueda traerlo otra vez sin equipo.
Los siguientes minutos fueron los más largos de mi vida. Estaba arrodillado en un charco de sudor, con la mano en el cuello de Arturo, sintiendo ese latido irregular que amenazaba con detenerse en cualquier momento. Miraba a Magda, que acariciaba la cabeza de su esposo con una ternura que jamás imaginé que tuviera.
Vi la ironía en su forma más cruel y pura. El reglamento, el orden, la fachada “limpia”… todo eso valía menos que cero en ese momento. La ambulancia “fea” era lo único hermoso que importaba, y ella la había desterrado.
A lo lejos, por fin, el aullido de una sirena se hizo fuerte. Muy fuerte. Se detuvo justo frente al edificio.
Pasos pesados en la escalera. Voces. Ruido de radios.
—¡Cuarto piso! —grité con lo que me quedaba de voz.
Entraron los paramédicos de la unidad 22. Traían todo. El monitor, el tanque de oxígeno verde brillante, la maleta roja llena de drogas milagrosas. Nunca me había alegrado tanto de ver a esos feos bastardos.
—¿Situación? —preguntó el jefe de la unidad.
—Paro presenciado de aprox 8 minutos. RCP inmediato. Retorno de circulación espontánea hace dos minutos. Está inconsciente pero ventila. No tengo datos, no tengo equipo… me remolcaron la unidad —dije, sintiendo cómo me temblaban las piernas al ponerme de pie.
Ellos se movieron rápido. Le pusieron el oxígeno, le colocaron los electrodos. El monitor empezó a pitar. Beep… beep… beep… Música celestial.
—Tiene un bloqueo completo —dijo el paramédico—. Hay que bajarlo ya y llevarlo a Cardiología.
Lo subieron a la camilla rígida. Entre cuatro lo bajamos por esas escaleras estrechas, con los vecinos pegados a las paredes, observando todo con un respeto silencioso. Magda iba detrás, aferrada a la mano de Arturo como si fuera su salvavidas.
Cuando salimos al estacionamiento, el sol ya estaba bajando. La luz naranja bañaba el lugar donde antes estaba mi ambulancia. Ahora estaba la unidad 22, con sus luces rojas girando, pintando las fachadas de los edificios.
Subieron a Arturo. Magda intentó subir.
—Solo un familiar —dijo el paramédico.
Ella asintió, humilde, sumisa. Se subió y se sentó en la banquita lateral, viéndose pequeña y frágil.
Antes de que cerraran las puertas, Magda me buscó con la mirada. Yo estaba parado en la banqueta, con el uniforme empapado, sucio, con las manos temblando por el esfuerzo. Tere acababa de llegar corriendo con mi botiquín personal, tarde, pero ahí estaba.
Magda no dijo nada. No hacía falta. Sus ojos lo decían todo: vergüenza, culpa y una gratitud que no le cabía en el pecho. Me sostuvo la mirada un segundo, asintió levemente, y luego las puertas se cerraron.
La ambulancia arrancó con la sirena a todo volumen, abriéndose paso entre los autos, llevándose al hombre que casi muere por un capricho administrativo.
Me dejé caer en la banqueta, justo en la mancha de aceite donde solía estar mi ambulancia. Tere se sentó a mi lado y me pasó una botella de agua tibia.
—Pinche día, ¿no? —dijo ella, tomando un trago.
—Pinche día —coincidí.
Los vecinos seguían ahí, mirándonos. Algunos murmuraban. Una señora se acercó, una de las que siempre se quejaba del ruido de nuestras radios.
—Joven… —dijo tímidamente—. ¿Quiere un refresco? ¿Unas gorditas? Se ve que les bajó el azúcar.
Sonreí, cansado.
—No se preocupe, jefa. Gracias.
Esa noche, recuperamos la ambulancia. Tuvimos que pagar la multa y el arrastre, porque la burocracia no entiende de milagros ni de errores morales. Magda pagó todo. De hecho, pagó el doble. Llegó al corralón en taxi, todavía con la ropa de hospital, y liquidó la cuenta sin chistar.
Arturo sobrevivió. Le pusieron dos stents y un marcapasos. Dicen los doctores que si hubiéramos tardado un minuto más en iniciar el RCP, o si hubiéramos parado, no la contaba. Que fue un milagro que su cerebro no sufriera daño permanente.
Dos semanas después, volvimos a nuestra base en el edificio. Pero algo había cambiado.
El cajón de estacionamiento ya no era solo un cajón. Habían pintado líneas amarillas brillantes y un enorme letrero que decía: “RESERVADO UNIDAD DE EMERGENCIAS – PROHIBIDO ESTACIONARSE BAJO PENA DE REMOLQUE INMEDIATO”.
Y abajo, en letras más pequeñas, alguien (estoy seguro de que fue Magda) había mandado rotular: “Gracias por cuidarnos, incluso cuando no lo merecemos”.
Estaba revisando el aceite de la unidad cuando vi a Magda salir del edificio. Empujaba una silla de ruedas. Arturo iba sentado, un poco más delgado, más pálido, pero vivo. Estaba tomando el sol.
Ella nos vio. Se detuvo. No hubo discursos, no hubo abrazos de película. Simplemente levantó la mano en un saludo tímido. Arturo sonrió y nos hizo un gesto de “ok” con el pulgar.
Le devolví el saludo.
Subí a la ambulancia y encendí el motor. El radio sonó.
Unidad 14, persona caída en vía pública. Colonia Doctores.
—10-4, vamos en camino —respondí.
Miré a Tere.
—¿Lista?
—Lista. Y esta vez, traemos todo el juguete.
Salimos del estacionamiento, con la sirena aullando, rompiendo la paz de la tarde, afeando la fachada, haciendo ruido, estorbando el tráfico… y listos para salvar la vida del siguiente idiota, santo o pecador que nos necesitara. Porque al final del día, el karma puede ser una perra, pero nosotros somos paramédicos. Y nosotros no juzgamos; nosotros simplemente llegamos.
Fin de la Parte 2.
PARTE 3: CICATRICES BAJO EL UNIFORME Y EL ECO DE LAS SIRENAS
La sirena aullaba, abriéndose paso entre el tráfico de la tarde en la Ciudad de México, ese monstruo de asfalto y cláxones que nunca duerme y rara vez perdona. Íbamos hacia la Colonia Doctores, a atender a un “caído en vía pública”, que en nuestra jerga suele significar un borrachito dormido o alguien a quien le bajó la presión. Pero mi mente no estaba en la Doctores. Mi mente seguía atrapada en esa alfombra beige del departamento 402, sintiendo el crujido de las costillas de Arturo bajo mis manos y viendo la cara de terror de Magda.
Tere manejaba. Yo iba de copiloto, mirando por la ventana cómo los edificios se difuminaban en manchas grises y naranjas. Mis manos, apoyadas sobre mis rodillas, no dejaban de temblar. Es el “bajón”. Así le decimos. Ese momento en que la adrenalina se retira de tu cuerpo como una marea violenta y te deja encallado en la realidad, temblando de frío aunque hagan treinta grados, con un hambre voraz y unas ganas inmensas de llorar o de golpear la pared.
—¿Estás bien, carnal? —preguntó Tere sin quitar la vista del camino, esquivando hábilmente a un taxista que se nos cerró.
—Simón —mentí. Es la respuesta automática del mexicano. “¿Estás bien?” “Simón”. Aunque por dentro te estés deshaciendo—. Solo necesito unos tacos al pastor con mucha salsa cuando acabemos el turno. De esos que te hacen olvidar tu nombre.
Tere soltó una risita nerviosa. Ella también lo sentía. Lo que habíamos hecho allá atrás, en la unidad habitacional, desafiaba toda lógica y protocolo. Habíamos salvado una vida sin herramientas, peleando contra la muerte a puño limpio, impulsados por la pura desesperación y la rabia.
Pero esa noche, mientras masticaba mis tacos en un puesto callejero iluminado por un foco pelón, me di cuenta de que la historia no había terminado. Apenas estaba empezando.
El Video y el Juicio Digital
Vivimos en la era donde si no está grabado, no sucedió. Y desgraciadamente, alguien había grabado.
Dos días después del incidente, mi teléfono empezó a vibrar como si tuviera convulsiones. Mensajes de WhatsApp, notificaciones de Facebook, etiquetas en Twitter. Un vecino, uno de esos chavos que viven pegados al celular, había filmado todo desde el pasillo.
El video era caótico, vertical y movido, pero el audio era clarísimo. Se escuchaba mi voz gritando: “¡El equipo está en la grúa que tú pediste!”. Se veía a Magda de rodillas, derrotada, y a Tere y a mí trabajando sobre Arturo como poseídos.
El título del video era: “Lady Grúa mata a su esposo y paramédicos lo reviven a mano limpia. HÉROES”.
En cuestión de horas, tenía millones de reproducciones. Los comentarios eran una carnicería. A Magda la estaban destrozando. “Vieja bruja”, “Ojalá se pudra”, “El karma es canijo”. A nosotros nos llamaban ángeles, héroes sin capa, orgullo nacional.
La neta, me dio asco.
No me sentía un héroe. Me sentía un sobreviviente. Y ver cómo la gente, desde la comodidad de su inodoro, juzgaba una situación tan compleja, me revolvió el estómago. Sí, Magda había sido prepotente y absurda. Sí, su decisión casi mata a Arturo. Pero yo había visto su cara cuando se rompió. Yo había visto a la humana, no a la “Lady”. Nadie merece ser linchado públicamente por su peor momento, incluso si ese momento fue monumentalmente estúpido.
Apagué el celular. No quería leer más. La realidad es mucho más complicada que un video de 30 segundos en TikTok. La realidad huele a sudor, sabe a miedo y pesa.
El Regreso al Edificio: Un Nuevo Ecosistema
Como dije, dos semanas después volvimos a hacer base en el edificio. La administración había pintado el cajón y puesto el letrero. Pero el cambio verdadero no estaba en la pintura amarilla, estaba en la gente.
Antes, éramos invisibles. Éramos “la ambulancia que hace ruido”. A veces nos saludaban, a veces nos ignoraban. Ahora, era diferente.
La primera tarde que regresamos, apenas apagamos el motor en nuestro nuevo y flamante cajón exclusivo, se acercó Doña Chuy, la señora del 201 que vende tamales los fines de semana.
—Mijito —me dijo, extendiéndome un tupper caliente—. Les traje un atolito y unos de rajas. Para que agarren fuerzas. Lo que hicieron con Don Arturo… ay, Dios mío, todavía se me pone la piel chinita.
Acepté el atole con una sonrisa. Pero no fue solo ella. El guardia de seguridad de la entrada, que antes nos pedía identificación cada vez que entrábamos (aunque ya nos conocía de años), ahora nos levantaba la pluma del estacionamiento con un saludo militar y una sonrisa de oreja a oreja.
—Pásenle, jefes. Aquí está su casa.
Incluso los niños. Había un grupito de morros que siempre jugaban fútbol en el estacionamiento y a veces le daban balonazos a la ambulancia. Ahora, cuando llegábamos, paraban el juego. Uno de ellos, un chavito flaco llamado Iker, se acercó un día mientras yo lavaba el parabrisas.
—Oiga, don paramédico —dijo, pateando una piedrita—. ¿Es cierto que revivió al señor Arturo soplándole en la boca?
Me reí.
—Algo así, Iker. Le prestamos mis pulmones un ratito.
—Qué chido —dijo él, con los ojos muy abiertos—. Yo de grande quiero ser como usted. Para que nadie se muera en mi edificio.
Esa frase me pegó más fuerte que cualquier reconocimiento oficial. “Para que nadie se muera en mi edificio”. Ese niño entendía la misión mejor que muchos políticos.
Pero no todo era dulzura. Había una tensión en el aire cada vez que Magda aparecía. Los vecinos la miraban de reojo. El murmullo cesaba cuando ella pasaba. Se había convertido en una paria en su propio reino. Ya no era la presidenta de la mesa directiva; había renunciado al día siguiente del infarto de Arturo. Ahora era solo la vecina del 402, la que casi mata a su marido por soberbia.
La veía caminar rápido, con la cabeza gacha, cargando las bolsas del mandado. Se veía más vieja, más pequeña. La arrogancia se había evaporado, dejando un cascarón vacío lleno de culpa.
La Cena del Perdón
Un mes después, recibí una invitación. Un sobre color crema, perfumado, dejado en el parabrisas de la ambulancia.
“Mateo y Teresa: Nos gustaría mucho que vinieran a cenar a casa este sábado. Por favor. No aceptamos un no por respuesta. Atte: Arturo y Magdalena.”
Tere estaba dudosa.
—¿Tú crees que sea buena idea, Mateo? Qué incomodidad. ¿De qué vamos a hablar? “¿Se acuerda cuando casi se muere porque su esposa es una histérica?”
—Vamos a ir —le dije—. Necesitamos cerrar el ciclo. Y además, quiero ver a Arturo. Quiero ver que el trabajo valió la pena.
Llegamos al 402 a las 8 de la noche. Me había puesto una camisa decente y Tere llevaba una blusa bonita. Nos sentíamos raros sin el uniforme, vulnerables otra vez.
Nos abrió Magda. Llevaba un vestido sencillo, nada que ver con los trajes sastre que solía usar para “administrar”. No tenía maquillaje. Sus ojos se veían cansados, pero cuando nos vio, intentó sonreír.
—Pasen, pasen, por favor. Bienvenidos.
El departamento olía delicioso, a mole poblano y arroz. Ya no se sentía frío ni estéril. Los plásticos de los muebles habían desaparecido. Había fotos familiares en las mesas que antes estaban vacías.
Arturo estaba sentado en el sillón, el mismo sillón junto al cual había muerto y resucitado. Se veía delgado, sí, pero tenía color en las mejillas. Cuando nos vio entrar, intentó levantarse.
—¡Quieto ahí, don Arturo! —le dije rápido, acercándome para estrechar su mano—. No queremos otro susto.
Él me agarró la mano con fuerza. Mucha fuerza para alguien que acababa de salir de terapia intensiva. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Mateo… Teresa… —Su voz era rasposa, pero firme—. Gracias. Es una palabra muy chiquita, ¿verdad? Se queda corta. Me han dicho lo que pasó. Me han contado todo.
Se hizo un silencio incómodo. Magda estaba parada en la puerta de la cocina, retorciéndose las manos.
—Siéntense, por favor —dijo Arturo—. Magda hizo mole. Dice que es lo menos que puede hacer para empezar a pagar la deuda.
La cena fue, al principio, tensa. Hablamos del clima, del tráfico, de las medicinas de Arturo. Pero el elefante estaba en la habitación, sentado justo entre el salero y las tortillas.
Finalmente, fue Magda quien rompió el dique. Dejó su tenedor en el plato con un tintineo metálico y levantó la vista. Nos miró a los ojos, uno por uno.
—Fui una estúpida —dijo. Su voz no tembló, era firme, cargada de una aceptación dolorosa—. Una estúpida arrogante. Me importaba más que los coches estuvieran alineados y que la fachada se viera “de categoría” que la seguridad de las personas. Creí que el poder era eso: controlar, ordenar, mandar.
Miró a Arturo, y ahí sí se le quebró la voz.
—Y casi mato a lo único que realmente me importa. Cuando te vi ahí tirado, Mateo, y tú me gritaste que no tenías equipo… sentí que el infierno se abría bajo mis pies. Entendí que cada regla absurda que puse, cada multa que cobré, cada vez que me sentí superior… todo eso construyó la trampa en la que cayó mi esposo.
Se limpió una lágrima furiosa que rodaba por su mejilla.
—Sé que los vecinos me odian. Sé lo que dicen en internet. Y tienen razón. Me lo merezco. Pero quiero que sepan que… que aprendí. A la mala, pero aprendí.
Tere, que siempre ha sido más dura que yo, suavizó la mirada. Extendió su mano por encima de la mesa y tomó la de Magda.
—Magda, todos cometemos errores. El suyo fue grande, sí. Pero aquí está Arturo. Está comiendo mole con nosotros. Eso es lo que cuenta. Lo que importa es qué va a hacer usted a partir de ahora.
Arturo soltó una carcajada suave.
—Pues de entrada, ya no es presidenta. Y ya le dije que si vuelve a regañar a alguien por poner una maceta en el pasillo, me divorcio.
Todos reímos. Fue una risa catártica, liberadora. La tensión se rompió como un vaso de cristal.
Esa noche, salimos de ahí no solo con la panza llena, sino con el corazón tranquilo. Habíamos salvado a Arturo físicamente, pero creo que esa noche, entre todos, salvamos un poco a Magda también.
El Legado de la Ambulancia Fea
Lo que pasó después me sorprendió todavía más. Pensé que Magda se escondería, que se iría del edificio por la vergüenza. Pero subestimé la capacidad de redención de una mujer mexicana terca.
Un mes después de la cena, llegamos a la base y encontramos a un grupo de personas reunidas en el salón de usos múltiples. Había gente de protección civil y varios vecinos. Y al frente, con un pizarrón y un puntero, estaba Magda.
Me acerqué a escuchar.
—…y por eso, compañeros, es vital que tengamos un plan de protección civil real. No de papel. He estado revisando los tiempos de respuesta y los accesos. Necesitamos rampas aquí y allá. Necesitamos liberar los pasillos de las bicicletas. Y he conseguido un curso de primeros auxilios gratuito para todos los condóminos este sábado. Quiero que todos sepan hacer RCP. Porque la próxima vez… la próxima vez la ambulancia podría tardar por el tráfico, no por una grúa, y tenemos que saber qué hacer mientras llegan Mateo y Teresa.
Me quedé helado. Magda estaba usando su energía obsesiva, la misma que usaba para prohibir cosas, para organizar la seguridad del edificio. Había canalizado su culpa en acción.
Me vio en la entrada y me guiñó un ojo.
—Ahí están nuestros expertos —anunció—. Ellos van a supervisar que hagamos las cosas bien.
Ese sábado, el estacionamiento se llenó de vecinos practicando compresiones sobre maniquíes de plástico. Ver a Magda arrodillada, enseñándole a Doña Chuy cómo colocar las manos sobre el pecho, fue una imagen que nunca voy a olvidar. Había transformado su peor error en la mayor fortaleza de la comunidad.
El Ecosistema de la Tragedia y la Esperanza
Pasaron los meses. La vida siguió su curso. Atendimos partos en taxis, balaceados en fiestas patronales, abuelitas con la cadera rota y niños con fiebre. La rutina del paramédico es una montaña rusa infinita.
Pero en esa unidad habitacional, las cosas eran distintas. Se creó una especie de “cultura de la emergencia”.
Una tarde, tuvimos una llamada en el quinto piso del Edificio B. Un señor con un tanque de oxígeno que se había acabado. Cuando llegamos, el elevador (milagrosamente) funcionaba, pero estaba detenido en el piso 3.
Antes de que pudiera maldecir, vi a tres vecinos corriendo por las escaleras.
—¡Nosotros lo bajamos, jefe! —gritó uno de los chavos que antes se drogaba en las escaleras de emergencia—. ¡Ya sabemos cómo cargar la silla!
Y lo hicieron. Bajaron al señor con una coordinación que ya quisieran muchos camilleros del IMSS. Cuando llegamos abajo, el camino hacia la ambulancia estaba despejado. Nadie se había estacionado en doble fila. Magda estaba ahí, cronómetro en mano, supervisando.
—Tres minutos con cuarenta segundos —dijo, asintiendo con aprobación—. Mejoramos el tiempo.
Sonreí. Esa comunidad había entendido que la emergencia no es solo problema del que trae el uniforme. Es problema de todos.
Reflexión Final: El Peso del Uniforme
Escribo esto un año después de aquel día de julio. Estoy sentado en la parte trasera de la ambulancia, esperando a que nos despachen. Está lloviendo. El sonido de la lluvia sobre el techo de metal es hipnótico.
Miro mis manos. Son manos normales. Tienen callos, cicatrices chiquitas, uñas cortas. No son mágicas. No tienen superpoderes. Pero esas manos, y las de Tere, y las de miles de colegas en todo México, son a veces la única barrera entre un “hasta luego” y un “adiós para siempre”.
A veces me preguntan por qué sigo en esto. La paga es mala, los horarios son brutales, ves cosas que te quitan el sueño y te arruinan el apetito. Te insultan en el tráfico, te avientan el coche, te regatean la vida.
¿Por qué lo hago?
Lo hago por momentos como el de Arturo abriendo los ojos. Lo hago por la mirada de Magda cambiando de la soberbia a la gratitud. Lo hago porque, en un país donde tantas cosas fallan, donde la justicia a veces parece un chiste y la seguridad un mito, la ambulancia es una promesa.
Es la promesa de que, no importa quién seas, no importa si eres rico o pobre, si eres la presidenta del condominio o el chavo que limpia los vidrios, si te rompes, alguien va a venir. Alguien va a correr hacia ti cuando todos los demás corren en dirección contraria.
Y a veces, esa promesa se cumple a pesar de todo. A pesar de las grúas, a pesar de los reglamentos estúpidos, a pesar del tráfico de Tlalpan.
Aprendí que el verdadero enemigo no es la muerte; la muerte es inevitable, es parte del trato. El verdadero enemigo es la indiferencia. Es creer que las reglas valen más que las personas. Es olvidar que todos, absolutamente todos, somos frágiles.
Hoy, mi ambulancia tiene un pequeño golpe en la defensa trasera y le rechina un poco la suspensión. Sigue siendo “fea” para los estándares de una revista de arquitectura. Pero para los vecinos de la unidad, esa caja de metal ruidosa y abollada es lo más hermoso del mundo. Porque saben que adentro vamos nosotros. Y saben que, si nos necesitan, vamos a llegar, aunque tengamos que tirar la puerta, aunque tengamos que correr cuatro pisos, aunque tengamos que pelear contra el mismo diablo o contra la administración.
El radio suena, rompiendo mis pensamientos.
Unidad 14, colisión vehicular con prensados. Periférico y Reforma.
Siento ese chispazo eléctrico en la columna vertebral. El miedo y la emoción mezclados en un cóctel adictivo.
—¡Vámonos, Tere! —grito, pasando al frente.
Tere enciende las luces. El azul y el rojo iluminan la lluvia. La sirena ruge, pidiendo paso, gritándole a la ciudad que se quite, que ahí vamos.
Magda, que estaba barriendo la entrada del edificio bajo un paraguas, nos ve salir. Se cuadra, como un soldado, y nos hace un saludo marcial.
Acelero a fondo. El motor ruge.
Somos la Unidad 14. Somos feos, somos ruidosos, somos tercos. Y estamos en servicio.
Fin de la Parte 3.
PARTE 4: EL ECO DE LAS SIRENAS Y LA CICATRIZ EN EL ASFALTO
El sonido de la lluvia golpeando el techo de la ambulancia siempre me ha parecido una especie de confesionario. Ahí, encerrado en esa caja de metal mientras el cielo se cae sobre la Ciudad de México, es donde uno realmente piensa. Donde uno digiere los gritos, la sangre y el silencio.
Ha pasado un año desde el “Incidente del 402”. Un año desde que Magda decidió que la estética de su estacionamiento valía más que la vida de su esposo, y un año desde que Tere y yo tuvimos que jugar a ser dioses con las manos vacías.
Muchos piensan que una historia así termina cuando el paciente sale del hospital. Creen que salen los créditos, suena una música bonita y todos viven felices. Pero la vida real no es una película de Hollywood. La vida real deja secuelas, deja dudas y, a veces, deja lecciones que te tatúas en el alma.
Esta es la crónica de lo que pasó después del milagro.
La Cena del Perdón
Tres semanas después de que Arturo volviera a casa, recibimos la invitación. No fue un mensaje de WhatsApp ni una llamada fría. Fue una carta, escrita a mano, en papel color crema, dejada en el parabrisas de nuestra unidad.
“Mateo y Teresa: Sabemos que no hay palabras ni dinero que paguen lo que hicieron. Pero necesitamos verlos. Necesitamos mirarlos a los ojos sin el uniforme de por medio. Los esperamos el sábado a las 8. No aceptamos un no. — Arturo y Magda.”
Tere estaba nerviosa. —¿Y si es una trampa? —bromeó mientras subíamos las escaleras del Edificio C—. ¿Y si nos cobra el piso que ensuciamos con nuestras botas?
Me reí, pero yo también sentía un nudo en el estómago. Subir esas escaleras ya no era solo subir; era recordar. Cada escalón me traía el eco de mis propios jadeos y el peso del miedo de aquel día.
Cuando Magda abrió la puerta, casi no la reconocí. La “Dama de Hierro”, la presidenta de la mesa directiva que nos medía los tiempos de entrada y salida, había desaparecido. Frente a nosotros había una mujer pequeña, vestida con ropa sencilla, sin maquillaje, con el cabello recogido en un chongo despeinado. Sus ojos, antes afilados como cuchillos detrás de sus lentes, se veían cansados, rodeados de ojeras profundas, pero brillaban con una humildad que me desarmó.
—Pasen… por favor, pasen —dijo, haciéndose a un lado. Su voz era suave, casi un susurro.
El departamento olía a mole poblano y a tortillas calientes. Ya no se sentía como ese quirófano estéril lleno de plásticos que recordaba. Había vida. Había desorden. Había un periódico abierto en la mesa, unas pantuflas tiradas junto al sofá.
Arturo estaba sentado en su sillón reclinable. Se veía más delgado, más pálido, y se notaba el bulto del marcapasos bajo su camisa de cuadros. Pero estaba vivo. Cuando nos vio, intentó levantarse.
—¡Quieto ahí, jefe! —le dije rápido, acercándome para saludarlo—. No queremos que se le suba la presión.
Él me agarró la mano. Tenía un apretón firme, cálido. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. —Mateo… —dijo con la voz entrecortada—. Dicen que me fui. Dicen que ya estaba tocando la puerta de San Pedro y que ustedes me jalaron de los pies.
—Fue trabajo de equipo, Don Arturo. Usted no se quería ir todavía.
La cena fue, al principio, una danza incómoda de cubiertos chocando contra la porcelana y frases corteses sobre el clima y el tráfico. Pero el elefante estaba en la habitación, sentado justo en medio de la mesa, entre la salsera y el tortillero.
Fue Magda quien rompió el dique. Dejó su tenedor con un tintineo seco y levantó la vista. Nos miró a Tere y a mí, uno por uno, con una intensidad dolorosa.
—Fui una estúpida —dijo. No hubo temblor en su voz, solo una aceptación brutal de la realidad—. Una estúpida arrogante y ciega.
El silencio en la mesa se hizo denso. Arturo le puso la mano sobre el brazo, pero ella siguió.
—Creí que “administrar” era controlar. Creí que si todo se veía bonito por fuera, si los pasillos brillaban y no había “ruido visual” como esa ambulancia vieja de ustedes, entonces todo estaba bien. Me obsesioné con la fachada y me olvidé de lo que vive adentro.
Se quitó los lentes y se limpió una lágrima furiosa con el dorso de la mano.
—Cuando te vi ahí tirado, Arturo… y tú, Mateo, me gritaste que no tenías el equipo por mi culpa… sentí que el suelo se abría. En ese segundo, todo mi “poder”, todo mi reglamento, todas mis multas… todo valía menos que basura. Ustedes, con las manos vacías y sucios de sudor, eran más poderosos que yo. Yo casi mato a lo único que amo en este mundo por un capricho.
Tere, que siempre ha sido de pocas pulgas y corazón duro, se ablandó. Estiró la mano por encima de la mesa y tomó la de Magda.
—Señora, ya pasó. Arturo está aquí. Está comiendo mole. Eso es lo único que cuenta. El “hubiera” no existe. Lo que importa es el “ahora”. Todos la cagamos. La diferencia es qué hace uno después de cagarla.
Arturo soltó una risita nerviosa que rompió la tensión. —Además, ya renunció a la presidencia. Y ya le dije que si vuelve a regañar a un niño por jugar con la pelota en el pasillo, me infarto otra vez a propósito.
Todos soltamos una carcajada. Fue una risa catártica, liberadora, que limpió el aire de fantasmas. Esa noche, no cenamos con la “villana” del edificio. Cenamos con una mujer que había mirado al abismo y había sobrevivido para contarlo.
La Revolución de Doña Magda
Pensé que ahí acabaría la historia. Que Magda se retiraría a vivir su vergüenza en silencio. Pero subestimé la fuerza de una mujer mexicana con culpa y tiempo libre.
Un mes después, al llegar a nuestra base, notamos algo extraño en la entrada del edificio. Junto a los buzones, había una caja de cristal nueva, brillante, con un letrero rojo neón encima.
Me acerqué a ver. Era un Desfibrilador Externo Automático (DEA). De los buenos. De esos que te hablan y te dicen qué hacer.
Junto a la caja, había un cartel impreso: “ZONA CARDIOPROTEGIDA. En caso de emergencia, rompa el vidrio. Este equipo fue donado por la Familia del Depto 402 para uso de todos los vecinos.”
Y más abajo, un anuncio: “CURSO DE PRIMEROS AUXILIOS OBLIGATORIO Y GRATUITO. Sábado 10 am. Imparte: Protección Civil (Gestionado por Magdalena). Habrá tamales.”
Ese sábado, me quedé a ver. El salón de usos múltiples estaba a reventar. Había abuelitas, niños, el guardia de seguridad, la señora que vende Avon. Y al frente, con un maniquí de plástico, estaba Magda.
No estaba dirigiendo desde una silla. Estaba de rodillas en el suelo, sudando, comprimiendo el pecho del muñeco al ritmo de “Stayin’ Alive”. —¡Fuerte y rápido! —le gritaba a Doña Chuy, que intentaba practicar—. ¡No tengan miedo de romper costillas! ¡Tengan miedo de que se les muera!
Me quedé helado. Magda había tomado su peor error, su trauma más grande, y lo había convertido en una armadura para toda la comunidad. Ya no le importaba si el DEA se veía “feo” en la pared del lobby. Le importaba que estuviera ahí.
Había entendido la lección más importante de la emergencia: La seguridad no es que no pasen cosas malas; la seguridad es saber qué hacer cuando pasan.
El Ecosistema de la Esperanza
El cambio en el edificio fue radical. Se creó una especie de “cultura de la protección”. Si llegábamos con la sirena encendida, el guardia ya tenía la pluma levantada antes de que nos viéramos. Los vecinos no se asomaban a chismear; se asomaban para preguntar: “¿Necesitan ayuda para cargar?”. Los niños dejaron de jugar cerca de la ambulancia, no por miedo, sino por respeto. “Ahí duerme la bestia que salva gente”, les escuché decir.
Y nuestro cajón de estacionamiento… ah, eso fue lo mejor. Ya no era solo un espacio vacío. Magda mandó pintar, de su bolsillo, una enorme Estrella de la Vida azul y dorada en el pavimento. Y en la pared, un rótulo que decía: “RESERVADO PARA UNIDAD 14. HÉROES DE ESTA CASA. PROHIBIDO ESTACIONARSE BAJO PENA DE ENFRENTAR A MAGDA.”
Me reí mucho la primera vez que lo vi. Era su forma de decirnos: “Aquí pertenecen”.
El Último Examen
La prueba de fuego llegó seis meses después. Era una tarde tranquila. Estábamos lavando la unidad cuando escuchamos gritos en el área de juegos. Gritos de verdad, de esos que te hielan la sangre.
—¡El niño! ¡Se ahoga!
Salimos corriendo. No esperamos a subirnos a la ambulancia. Agarramos la mochila de trauma y corrimos. Al llegar al jardín, vi una escena que me detuvo en seco.
No había caos. No había gente corriendo en círculos gritando estupideces. Había un círculo de vecinos ordenados. Y en el centro, Doña Chuy (sí, la de los tamales) tenía agarrado a un niño de unos 7 años por la espalda. Le estaba aplicando la maniobra de Heimlich con una técnica perfecta. Puño cerrado sobre el ombligo, jalón fuerte hacia arriba y adentro.
—¡Uno! ¡Dos! —contaba Magda, que estaba a su lado, lista para recibir al niño si caía inconsciente.
En el tercer jalón, el niño escupió un dulce rojo brillante que salió disparado como una bala. El niño jaló aire, un sonido agudo y maravilloso, y se soltó a llorar.
El aplauso de los vecinos fue ensordecedor. Doña Chuy temblaba, abrazando al niño. Magda se dejó caer en el pasto, suspirando.
Cuando llegamos nosotros, ya no había emergencia. Solo había un susto y un niño llorando en brazos de su mamá. Magda me vio. Me guiñó un ojo desde el suelo. —Llegaron tarde, muchachos —dijo, sonriendo con orgullo—. Aquí ya nos cuidamos solos.
Nunca me había sentido tan feliz de ser innecesario.
Reflexión Final: Por Qué Lo Hacemos
Escribo esto mientras termino mi turno. Mis botas pesan, mi espalda duele y tengo hambre. La historia de la ambulancia remolcada se hizo viral, sí. Hubo entrevistas, hubo ruido. Pero el ruido pasa. Los likes se olvidan.
Lo que queda es lo que se construye en el silencio.
A veces me preguntan por qué sigo siendo paramédico en un país donde nos pagan mal, donde nos asaltan, donde la gente nos insulta en el tráfico porque llevamos prisa. ¿Por qué aguantar a las “Magdas” del mundo?
Lo hago porque, de vez en cuando, las Magdas cambian. Lo hago porque el ser humano es capaz de lo peor, de la burocracia más absurda y la crueldad más estúpida, pero también es capaz de aprender, de redimirse y de salvarse a sí mismo.
Aprendí que mi trabajo no es solo poner vendas y dar RCP. Mi trabajo es ser el recordatorio constante de que somos frágiles. La ambulancia, con su sirena ruidosa y sus colores chillones, es un monumento rodante a nuestra propia mortalidad. Le recordamos a la gente que hoy estás aquí, peleando por un cajón de estacionamiento, y mañana puedes estar en el suelo rogando por un poco de aire.
Magda aprendió a la mala. Arturo pagó el precio con un pedazo de su corazón. Pero gracias a eso, hoy hay un edificio en la Ciudad de México donde la vida vale más que el reglamento.
Guardo mis cosas. Cierro la bitácora. Tere enciende el motor. —¿A casa, pareja? —pregunta. —A casa —respondo.
Salimos del estacionamiento. Paso junto al cajón pintado, junto al letrero de advertencia, junto a la ventana del 402 donde ahora brilla una luz cálida. La sirena duerme por ahora. Pero estamos listos. Porque al final del día, el karma puede ser una perra, pero nosotros somos la Unidad 14. Y nosotros siempre llegamos.
FIN.