
—No la toques, te va a destrozar la mano.
Esa fue la única bienvenida que recibí. Ni un “buenas tardes”, ni una sonrisa. El encargado del refugio ni siquiera levantó la vista de su portapapeles; soltó la frase con esa frialdad mecánica de quien la ha repetido tantas veces que ya no siente nada.
Me detuve frente a la jaula sin retroceder un centímetro. Ahí estaba el cartel amarillo, con una esquina doblada y letras negras que gritaban una sentencia: MANEJO ESPECIAL — AGRESIVA. Lo leí despacio, como leo los diagnósticos médicos en el hospital antes de entrar a ver a un paciente crítico.
No me asustaban esas palabras grandes. En mi trabajo, esas etiquetas suelen decidir quién vive y quién mu*re.
Dentro estaba ella: Ceniza.
No era el típico animal callejero sucio; estaba impecable, casi digna, como si su limpieza fuera lo único que le quedaba en ese encierro. Pero sus ojos… sus enormes ojos verdes no miraban nada en concreto. Escaneaban. Calculaban. No pedía cariño, bufaba. Su cuerpo entero era una advertencia de “no te acerques”.
—Tres casas —siguió el encargado, todavía sin mirarme—. Tres devoluciones. Siempre lo mismo: no se deja tocar, ataca, es imposible.
Me agaché despacio, respetando su espacio, sin estirar la mano ni hacer ruidos tontos. Solo observé. Y lo que vi me golpeó el pecho.
Soy enfermero del turno nocturno en terapia intensiva. Sé leer el lenguaje del dolor y el miedo. He visto pacientes tratando de arrancarse los tubos y g*lpear a las enfermeras, no por maldad, sino porque el pánico los ha llevado al límite. Sabía distinguir la violencia de la defensa desesperada.
Ceniza no era mala. Ceniza estaba acorralada.
—Me la llevo —dije.
El encargado por fin me miró a los ojos. —¿Estás seguro? Es bajo tu propio riesgo.
Me entregó un transportador reforzado, de esos con rejillas gruesas, como si me estuviera dando un arma cargada. Tomé la caja con cuidado, sabiendo que lo que llevaba dentro no era peligro, sino algo frágil que estaba a punto de romperse.
Subí al auto. El camino a casa se convirtió en un infierno de bufidos y g*lpes secos contra el plástico. Ella se lanzaba contra las paredes, una y otra vez, hasta que quedó jadeando en una esquina, vencida por el movimiento.
No puse música. No dije una palabra. Solo conducía, sintiendo su respiración agitada detrás de mí, preguntándome si acababa de cometer el error más grande de mi vida o si, tal vez, los dos estábamos igual de rotos.
¿LOGRARÁ MATEO GANARSE LA CONFIANZA DE LA GATA MÁS TEMIDA DEL REFUGIO O TERMINARÁ EN EL HOSPITAL?
PARTE 2: Los Fantasmas de la Habitación 402
El motor del viejo Tsuru se apagó con ese estertor asmático que ya conocía de memoria, una sacudida final antes de dejarme en el silencio del estacionamiento de mi unidad habitacional. Eran las siete de la mañana. El sol apenas empezaba a pintar de naranja sucio los edificios de interés social, y el olor a pan dulce de la panadería de la esquina se mezclaba con el humo de los escapes del transporte público que ya rugía sobre la avenida.
Me quedé un momento con las manos en el volante, respirando el aire viciado de la cabina. Atrás, en el asiento trasero, el silencio era absoluto. Demasiado absoluto.
—¿Sigues viva, Ceniza? —pregunté en voz baja, mirando por el retrovisor.
Nada. Ni un bufido. Ni el sonido de garras contra plástico. Solo esa caja transportadora reforzada que parecía un búnker en miniatura. Si no hubiera sentido el peso muerto al cargarla, juraría que venía vacía.
Bajé del auto con el cuerpo entumecido por la guardia nocturna. Mis rodillas tronaron —el recordatorio constante de que cargar pacientes de noventa kilos deja factura— y abrí la puerta trasera. Tomé la transportadora. Pesaba. Pesaba no por la gata, que debía ser pura piel y huesos bajo ese pelaje gris, sino por la densidad del miedo que cargaba dentro. Sentí que llevaba una bomba de tiempo hacia mi departamento.
Subir los tres pisos hasta mi puerta fue una odisea silenciosa. Me crucé con Doña Lety, la vecina del 201, que barría su entrada con esa energía inagotable de las señoras mexicanas que parecen no dormir nunca.
—Buenos días, mijo. ¿Qué traes ahí? ¿Otra tele vieja que recogiste? —preguntó, estirando el cuello con esa curiosidad que en mi barrio es el sistema de vigilancia más efectivo que existe.
—No, Doña Lety. Es un gato —respondí, sin detenerme, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda.
—¿Un gato? ¡Ay, Mateo! Si tú apenas te cuidas solo. ¿Pa’ qué quieres animales? Huelen feo.
—Para que me haga compañía cuando llego de la guardia —mentí. No quería compañía. Quería salvar algo. Quería sentir que, por una vez en la semana, podía evitar que alguien muriera o fuera desechado.
Llegué al 304, metí la llave con dificultad y entré. Mi departamento olía a encierro y a café rancio de la mañana anterior. Era un espacio pequeño: una sala que servía de comedor, una cocinita donde apenas cabía el refrigerador y mi cuarto. Dejé la transportadora en medio de la sala, sobre la alfombra vieja que mi mamá me había regalado cuando me independicé.
Me senté en el sofá frente a la jaula.
—Bueno —dije, sintiéndome ridículo—. Ya llegamos. Esta es tu casa. No es el Ritz, pero aquí nadie te va a chingar.
El encargado del refugio me había dicho: “Déjala en un cuarto cerrado, no la fuerces”. Pero yo vivo en un departamento de soltero; aquí todo es un solo cuarto, excepto el baño. Así que decidí darle la sala.
Me acerqué a la rejilla. Estaba oscuro ahí dentro. Pude distinguir el brillo de dos monedas verdes al fondo. No parpadeaban.
Abrí los cerrojos metálicos. Clac. Clac. Sonaron como disparos en el silencio del departamento. Abrí la puertecita de reja.
Esperé una explosión. Esperé que esa bola de pelos saliera disparada hacia mi yugular, haciendo honor al cartel amarillo de “AGRESIVA”. Me preparé para el dolor, tensando los antebrazos.
Pero no pasó nada.
Absolutamente nada.
Me levanté, fui a la cocina, llené un plato con croquetas premium —esas que cuestan lo que gano en medio turno— y puse un tazón con agua fresca. Los dejé cerca de la puerta de la transportadora.
—Ahí tienes —dije al aire—. Cuando quieras, sales. Yo me voy a dormir.
Cerré las cortinas para dejar la sala en penumbra, me metí a mi cuarto y cerré la puerta. Me tiré en la cama con el uniforme puesto, oliendo a alcohol y a la tristeza aséptica del hospital. Cerré los ojos, pero la imagen de esos ojos verdes en la oscuridad de la jaula no me dejaba en paz. Estábamos igual, pensé antes de caer noqueado por el sueño. Los dos estábamos encerrados en jaulas que nosotros mismos habíamos construido para que no nos hicieran más daño.
DÍA 3: EL FANTASMA
Durante las siguientes 72 horas, viví con un fantasma.
Sabía que Ceniza estaba en la casa porque el nivel de las croquetas bajaba milimétricamente durante la noche y porque la arena del arenero amanecía removida. Pero no la veía.
Mi rutina se volvió una danza extraña para no perturbar al espíritu que habitaba bajo mi sofá. Llegaba del hospital a las 7:00 AM, muerto de cansancio. Entraba de puntitas, casi sin respirar. Dejaba las llaves con suavidad sobre la mesa para no hacer ruido metálico. Me quitaba las botas en la entrada.
Miraba hacia el sofá. Nada. Solo la oscuridad debajo de los muebles.
—Buenos días, fantasma —susurraba.
Me sentaba a desayunar un cereal aguado mirando fijamente hacia los rincones, buscando una oreja, una cola, una señal de vida. A veces, me parecía ver una sombra deslizándose rápido hacia el cuarto de lavado, pero cuando giraba la cabeza, no había nada.
Era frustrante. En el hospital, estoy acostumbrado a la acción, a los monitores pitando, a la urgencia, a los gritos, a la sangre. La indiferencia silenciosa de esa gata me estaba poniendo los nervios de punta. ¿Para esto la había traído? ¿Para tener una presencia que me ignoraba y me temía?
Esa tercera noche, antes de irme al turno, me agaché y miré debajo del sofá con la linterna del celular.
Ahí estaba.
Hecha una bola compacta en el rincón más inaccesible, contra la pared. Estaba despierta. Siempre estaba despierta. Al recibir el haz de luz, sus pupilas se contrajeron en líneas negras verticales y soltó un bufido bajo, profundo, que vibró en el suelo de madera.
—¡Fffffff!
No era un bufido de ataque. Era un “déjame en paz”. Era el sonido de alguien que espera el golpe.
Apagué la luz de inmediato.
—Perdón —dije, sintiéndome un imbécil—. Perdón, Ceniza. No quería asustarte.
Me fui al trabajo con un nudo en la garganta. Esa mirada… yo conocía esa mirada.
Mientras conducía hacia el hospital, esquivando baches y taxistas suicidas sobre Tlalpan, mi mente viajó a seis meses atrás. Al paciente de la cama 4. El señor Ramírez.
El señor Ramírez había llegado politraumatizado después de un asalto. Lo habían golpeado entre tres para quitarle la quincena. Pasó tres semanas en terapia intensiva. Al principio, estaba sedado, intubado, lleno de cables. Pero cuando despertó, cuando le quitamos el tubo, no hablaba. No porque no pudiera, sino porque no quería.
Cada vez que me acercaba a cambiarle el suero o a limpiarlo, se ponía rígido. Sus ojos se abrían desmesuradamente. Si intentaba tocarle el hombro para consolarlo, se encogía, temblando. Las enfermeras del turno de la mañana decían que era un “paciente difícil”, que no cooperaba.
Yo sabía que no era difícil. Estaba aterrorizado. Su cuerpo recordaba los golpes antes que su mente. Para él, cualquier mano que se acercaba era una amenaza potencial.
Una noche, a las 3:00 AM, cuando la sala estaba en silencio, me senté a su lado. No lo toqué. No le revisé los signos vitales. Solo me senté a leer un libro en la silla de acompañante. Estuve ahí dos horas, simplemente existiendo a su lado, demostrándole que mi presencia no implicaba dolor.
Al tercer día de hacer eso, el señor Ramírez estiró su mano temblorosa y me tocó la manga del uniforme. Fue su manera de decir: “Ya te vi. Ya sé que no me vas a lastimar”.
Ceniza era el señor Ramírez. Y yo estaba cometiendo el error de querer forzar la conexión, de querer “arreglarla” rápido porque me sentía solo. Pero el trauma no tiene horario. El miedo no se cura con croquetas caras. El miedo se cura con tiempo y con la certeza absoluta de que el golpe no va a llegar.
DÍA 7: LA TREGUA
Llegó el viernes. Mi cuerpo pedía tregua. Había sido una semana brutal en la sala de urgencias: dos infartos, un accidente de moto terrible y la burocracia eterna del seguro social que te chupa el alma más rápido que cualquier enfermedad.
Llegué a casa a las 8:00 AM arrastrando los pies. Ni siquiera tenía hambre. Solo quería oscuridad y silencio.
Entré al departamento. Hacía frío. Se me había olvidado cerrar la ventana de la cocina y la lluvia de la madrugada había enfriado todo el lugar.
Tiré la mochila en el suelo y, por inercia, miré hacia el “rincón de seguridad” de Ceniza.
No estaba ahí.
El corazón me dio un vuelco. ¿Se había salido? ¿Se había escapado por la ventana abierta? Me entró el pánico. Corrí a la cocina. La ventana tenía mosquitero, estaba intacto.
—¿Ceniza? —la llamé, olvidando la regla del silencio.
Busqué en el baño. Nada. En mi cuarto. Nada. Debajo de la cama. Nada.
Sentí una opresión en el pecho. La idea de que le hubiera pasado algo, de que se hubiera lastimado escondiéndose en algún lugar imposible, me angustiaba más de lo lógico.
Y entonces, la vi.
Estaba arriba del refrigerador.
Era el punto más alto de la cocina. Estaba agazapada allí arriba, observándome con esa intensidad de francotirador. Sus orejas no estaban pegadas hacia atrás en modo de defensa total, sino ligeramente levantadas. Alerta, sí. Aterrorizada, tal vez un poco menos.
Había ganado terreno. Había salido del suelo para dominar las alturas.
Me recargué en la barra de la cocina y exhalé, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Ah, ahí estás, cabrona —susurré con una sonrisa cansada—. Buen lugar. Estratégico. Desde ahí controlas las dos entradas.
Ella no se movió. Solo me miró. Parpadeó. Una vez. Rápido.
No fue un parpadeo lento de amor, claro que no. Fue un parpadeo de “te estoy vigilando”. Pero no bufó.
Decidí que ese era mi límite. No iba a intentar bajarla. No iba a intentar tocarla. Me preparé un café soluble con agua del garrafón, con movimientos lentos y exagerados para que ella pudiera predecir cada acción mía. Voy a agarrar la taza. Voy a agarrar la cuchara. Voy a echar el agua.
Me senté en el suelo de la cocina, dándole la espalda al refrigerador, pero en un ángulo donde podía verla de reojo.
—¿Sabes? —le dije a mi taza de café, hablando lo suficientemente alto para que ella me escuchara—. Hoy fue una noche de la chingada. Se nos fue un chavo de veinte años. Veinte años, Ceniza. Motocicleta. No traía casco. Su mamá llegó gritando… y yo tuve que decirle que ya no podíamos hacer nada.
Tomé un sorbo de café amargo. Quemaba, pero me gustaba esa sensación. Me hacía sentir vivo.
—A veces pienso que no sirvo para esto —continué, confesándole a la gata lo que no me atrevía a decirle a nadie, ni a mis compañeros de trabajo, ni a mi familia—. La gente cree que los enfermeros somos de piedra. Que ya no sentimos. Pero cada grito se te queda grabado. Es como… como si te fueras llenando de piedras por dentro. Y llega un punto en que pesas tanto que ya no te puedes mover.
El silencio de la cocina era espeso. Solo se escuchaba el zumbido del motor del refri bajo las patas de Ceniza.
—Por eso te traje —admití, bajando la voz—. Porque cuando te vi en esa jaula, con ese letrero de “Agresiva”, pensé: “Así me siento yo”. Yo también quiero bufarle a todo el mundo. Yo también quiero esconderme en un rincón y que nadie me toque. Pero tengo que ponerme el uniforme, sonreír y decir “todo va a estar bien”, aunque sea mentira.
No sé cuánto tiempo estuve hablando. Quizás diez minutos, quizás media hora. Le conté sobre mi ex, que me dejó porque decía que yo “siempre estaba ausente”, incluso cuando estaba en casa. Le conté que extraño los tacos de canasta que vendían afuera de mi escuela primaria. Le conté tonterías.
Y de repente, escuché un ruido.
Un sonido suave. Thump.
Me giré muy despacio.
Ceniza había bajado del refrigerador. No estaba cerca de mí, estaba en la entrada de la cocina, a unos tres metros. Pero ya no estaba en las alturas. Estaba en el mismo nivel que yo.
Su cola se movió levemente, un latigazo suave de lado a lado.
Me miró fijamente. Y entonces, lo hizo.
Cerró los ojos despacio. Los mantuvo cerrados un segundo. Y los volvió a abrir.
El “beso de gato”.
Leí sobre eso en internet la noche anterior. Dicen que cuando un gato te cierra los ojos así, te está diciendo que confía lo suficiente en ti como para perderte de vista un instante. Te está diciendo: “Sé que no me vas a atacar”.
Sentí un nudo en la garganta más grande que cuando murió el paciente de la moto. Mis ojos se llenaron de lágrimas estúpidas.
Le devolví el gesto. Cerré mis ojos lentamente. Uno, dos segundos. Los abrí.
—Gracias —susurré.
Ceniza dio media vuelta con una elegancia que contrastaba con su miedo y caminó hacia la sala, con la cola un poco menos baja que los días anteriores.
DÍA 12: EL ACCIDENTE
La confianza es un hilo de seda: precioso pero increíblemente fácil de romper. Y yo estuve a punto de romperlo por pendejo.
Era martes por la noche, mi noche libre. Estaba cocinando algo más elaborado que mis usuales quesadillas: picadillo. Estaba picando zanahorias y papas, escuchando una cumbia bajita en la radio para no sentirme tan solo.
Ceniza ya se atrevía a estar en la misma habitación que yo, siempre y cuando mantuviéramos una “distancia de seguridad” de dos metros. Ella se sentaba en el borde del sofá y me veía cocinar.
Estaba distraído tarareando, cuando el cuchillo resbaló.
No me corté grave, pero fue un tajo limpio en el dedo índice. La sangre brotó rápido.
—¡Ah, carajo! —grité por reflejo y solté el cuchillo.
El cuchillo cayó al suelo con un estrépito metálico que resonó en todo el departamento. Al mismo tiempo, di un pisotón de frustración.
Fue demasiado ruido. Demasiada violencia repentina.
Ceniza, que estaba dormitando en el sofá, pegó un salto vertical de casi un metro. El pánico se apoderó de ella instantáneamente. Sus instintos de supervivencia, forjados en calles crueles y jaulas frías, tomaron el control.
Salió disparada hacia el pasillo, pero en su carrera ciega, sus garras patinaron en la duela y chocó contra la mesita donde tenía una lámpara. La lámpara se tambaleó y cayó. El foco estalló.
¡CRASH!
El sonido de vidrios rotos fue el detonante final. Ceniza comenzó a correr en círculos, bufando, con el pelo erizado al doble de su tamaño. Parecía un demonio de humo.
—¡Ceniza, no! ¡Quieta! —intenté calmarla, acercándome.
Error.
Para ella, yo ya no era Mateo, el tipo que le daba comida. Yo era una amenaza gigante que gritaba y sangraba en un cuarto lleno de ruido y vidrios.
Cuando intenté acorralarla para que no pisara los vidrios, se sintió atrapada. Se lanzó hacia mí. No fue un ataque de caza, fue defensa pura.
Sentí el ardor inmediato en mi antebrazo. Tres líneas de fuego. Sus garras rasgaron la piel y la tela de mi camiseta.
Ella aprovechó mi retroceso para huir al baño y meterse detrás de la taza, en ese hueco imposible entre la cerámica y la pared.
Quedó un silencio sepulcral en la cocina. Solo se oía mi respiración agitada y el goteo de mi sangre en el suelo, mezclándose con los vidrios rotos.
Me miré el brazo. Sangraba bastante. Nada que necesitara sutura, pero sí una buena curación. Me dolía, pero más me dolía el alma.
“La echaste a perder”, me dije. “Acabas de confirmar todo lo que ella pensaba de los humanos. Que somos ruidosos, violentos y peligrosos”.
Limpié el desastre en silencio. Barrí los vidrios. Trapeé las gotas de sangre. Me lavé la herida con jabón neutro y me puse un vendaje improvisado.
Me senté frente a la puerta del baño. Estaba abierta, pero estaba oscuro adentro.
—Lo siento, chiquita —dije con la voz quebrada—. Soy un idiota. Se me cayó el cuchillo. Me asusté. No quería gritarte.
No hubo respuesta.
Me quedé ahí, sentado en el suelo del pasillo, recargado en la pared, durante horas. No quería irme a dormir y dejarla pensando que yo era el enemigo.
A eso de las tres de la mañana, el sueño me venció. Me quedé dormido ahí mismo, en el suelo duro, con la cabeza ladeada sobre mi hombro y el brazo herido palpitando.
EL DESPERTAR
Desperté por una sensación extraña. No era un ruido. Era calor. Y un peso.
Abrí los ojos con dificultad, desorientado. La luz del amanecer entraba grisácea por la ventana de la sala. Mi espalda me mataba por haber dormido en el suelo.
Miré hacia mis piernas.
Ceniza estaba ahí.
No estaba hecha bola lejos de mí. Estaba echada justo sobre mis espinillas. Su cuerpo tocaba el mío. Sentía su calor a través de mis pantalones de pijama.
Me quedé petrificado. No me atreví a respirar.
Ella estaba despierta. Estaba limpiándose una pata con esa meticulosidad obsesiva de los gatos, pasando su lengua rasposa por el pelaje gris.
De repente, se detuvo. Levantó la cabeza y me miró.
Estaba a centímetros de mi cara. Podía ver las motitas doradas dentro de sus ojos verdes. Podía ver sus bigotes largos y blancos vibrar.
Vio mi brazo vendado. Se acercó despacio, estirando el cuello. Olfateó el vendaje. Olía a sangre y a antiséptico.
Esperé que me mordiera. Esperé que recordara el grito de anoche y huyera.
Pero no.
Ceniza frotó su mejilla contra mi mano vendada. Una vez. Dos veces.
Un ronroneo comenzó a nacer en su garganta. No era un motor fuerte, era algo tímido, un ruidito oxidado, como si fuera una máquina que no se ha usado en años y apenas está arrancando. Prrr… prrr… prrr…
Sentí cómo se me rompía algo dentro del pecho, pero esta vez era una rotura buena, como cuando drenas un absceso y el dolor cede.
—Me lastimaste, ¿sabes? —le susurré, sin moverme.
Ella me miró, parpadeó lento y volvió a frotar su cabeza contra mi mano herida, marcándome. Diciendo: “Esto es mío. Este desastre de humano es mío”.
Levanté mi otra mano, la sana, con una lentitud geológica. Acerqué mis dedos a su cabeza. Ella se tensó un microsegundo, pero no se quitó.
Toqué su cabeza. Su pelo era increíblemente suave, como seda, como humo sólido. Acaricié detrás de sus orejas.
El ronroneo subió de volumen. Ella empujó su cabeza contra mi mano, pidiendo más presión.
Ahí, tirado en el suelo de mi pasillo, con la espalda rota, un brazo rasguñado y oliendo a suelo sucio, me sentí más en paz que en los últimos cinco años de mi vida.
Entendí entonces lo que el encargado del refugio no sabía. Ceniza no necesitaba que la “domaran”. No necesitaba un dueño. Necesitaba un compañero de trinchera. Necesitaba a alguien que entendiera que el mundo es un lugar aterrador y ruidoso, y que a veces, lo único que puedes hacer es esconderte hasta que pase la tormenta.
Yo la había salvado de la jaula, sí. Pero mientras sentía la vibración de su ronroneo en mis piernas, supe que ella estaba a punto de devolverme el favor.
Me llamaron loco por traerla. Dijeron que me destrozaría. Y sí, me destrozó la mano. Pero también estaba empezando a destrozar esa soledad maldita que se me había pegado a la piel como una segunda enfermedad.
—Somos un par de casos perdidos, Ceniza —le dije, rascándole la barbilla.
Ella cerró los ojos y siguió ronroneando. Por primera vez en la historia, sus orejas no estaban hacia atrás. Estaban hacia adelante, escuchando el latido de mi corazón.
Y por primera vez en mucho tiempo, mi corazón no dolía.
PARTE 3: La Curva de Aprendizaje y los Demonios de la Calle
La cicatriz en mi antebrazo se había vuelto un mapa. Tres líneas rosadas, ligeramente abultadas, que cruzaban la piel morena como arroyos secos en un terreno baldío. En el hospital, mis compañeros pensaban que me había rasguñado con algún equipo médico oxidado o que, en el peor de los casos, algún paciente en delirio alcohólico me había atacado durante la guardia.
—¿Te peleaste con el diablo o qué, Mateo? —me preguntó Claudia, la jefa de enfermeras, mientras compartíamos un café aguado en la sala de descanso a las tres de la mañana.
Me miré el brazo y sonreí por dentro. —Algo así, Clau. Pero este diablo tiene bigotes y ronronea cuando cree que estoy dormido.
Habían pasado tres semanas desde “El Incidente” de la cocina. Tres semanas desde que Ceniza y yo firmamos nuestro tratado de paz en el suelo frío del pasillo. No voy a mentir diciendo que todo se volvió una película de Disney. No, la vida real no tiene montajes musicales donde todo se arregla en dos minutos. La vida real es lenta, incómoda y llena de retrocesos.
Nuestra convivencia se había transformado en una especie de “Guerra Fría” cariñosa. Ceniza ya no vivía debajo del sofá, pero tampoco era una gata faldera. Había reclamado territorios. El sillón individual era suyo. La parte superior del librero era su torre de vigilancia. Yo tenía permitido transitar por la sala y la cocina, siempre y cuando no hiciera movimientos bruscos ni ruidos estridentes.
Si caminaba despacio, ella me seguía con la mirada. Si me sentaba a ver la tele, ella se acercaba y se sentaba a medio metro. No encima, nunca encima. A medio metro. Lo suficientemente cerca para sentir su compañía, lo suficientemente lejos para salir corriendo si yo me volvía loco otra vez.
Era un progreso. Para un animal que había sido devuelto tres veces por “inmanejable”, el hecho de que me permitiera ponerle su plato de comida sin bufarme era un milagro médico.
Pero la verdadera prueba de fuego no iba a ser dentro del departamento. Los demonios de Ceniza no vivían solo en su memoria; a veces, la realidad tiene formas crueles de ponerte a prueba justo cuando crees que ya la libraste.
LA FIEBRE DEL SÁBADO POR LA NOCHE
Todo empezó un sábado que me tocaba descansar. En la Ciudad de México, los sábados no son días de silencio. Son días de cumbia a todo volumen en la vecindad de al lado, de vendedores de “se compran colchones” gritando por el altavoz, y del claxon incesante de la avenida.
Yo estaba lavando ropa a mano en el lavadero de la zotehuela, tallando mis uniformes quirúrgicos para sacarles las manchas de sangre y betadine, cuando noté algo raro.
El plato de comida de Ceniza estaba lleno.
Eran las dos de la tarde. Normalmente, para esa hora, el plato ya estaría vacío y pulido. Ceniza comía con la desesperación de quien pasó hambre en la calle; devoraba sus croquetas como si fueran a desaparecer.
Me sequé las manos en el pantalón y fui a buscarla.
—¿Ceniza? —llamé, chasqueando la lengua suavemente.
No estaba en el sillón. No estaba arriba del refri. No estaba en el librero.
Sentí ese frío familiar en el estómago. Ese frío que siento cuando el monitor cardíaco de un paciente cambia de ritmo repentinamente.
La encontré en mi cuarto, hecha un ovillo apretado dentro de mi clóset, encima de un montón de zapatos viejos.
—¿Qué pasa, flaca? —susurré, agachándome.
No levantó la cabeza. Su respiración era rápida y superficial. Al acercar mi mano, no bufó, ni siquiera se tensó. Simplemente se dejó tocar. Estaba caliente. Demasiado caliente. Y su pelaje, usualmente impecable y brillante como plata pulida, se veía opaco, erizado, sucio.
Soy enfermero de humanos, no veterinario. Pero la fiebre es un lenguaje universal. La toqué detrás de las orejas y en las patas. Ardía.
—Mierda —murmuré.
Traté de ofrecerle un poco de jamón de pavo, su pecado culposo favorito. Ni siquiera lo olió. Cerró los ojos con fuerza, como si la luz le doliera.
Ahí estaba el dilema.
Sabía que tenía que llevarla al médico. Pero también sabía que meterla en la transportadora, sacarla a la calle, subirla al coche y llevarla a un lugar lleno de olores extraños y perros ladrando podía romper todo lo que habíamos construido. Podía retraumatizarla.
Pero dejarla ahí, quemándose en fiebre, era negligencia.
Me senté en el suelo del clóset, luchando con mi propia ansiedad.
—Me vas a odiar, Ceniza —le dije, acariciando su lomo hirviendo—. Me vas a odiar con toda tu alma, pero prefiero que me odies viva a que me quieras muerta.
Saqué la transportadora del cuarto de trebejos. En cuanto el objeto de plástico apareció en su campo visual, Ceniza abrió los ojos. El terror brilló a través de la fiebre. Intentó levantarse para huir, pero sus patas traseras fallaron. Estaba débil.
Eso me asustó más que cualquier gruñido. Que no tuviera fuerzas para pelear significaba que estaba realmente mal.
No hubo persecución esta vez. La tomé en brazos, envuelta en una toalla vieja para evitar arañazos reflejos, y la metí en la caja. No peleó. Solo soltó un maullido largo, lastimero, un sonido que me partió el corazón en dos.
—Ya sé, ya sé. Soy el peor. Soy un traidor. Aguanta vara, chiquita.
EL INFIERNO SOBRE RUEDAS
El trayecto a la veterinaria fue una tortura psicológica diseñada a medida. El tráfico en la ciudad estaba imposible, como siempre. Un choque en el Eje Central nos tenía a vuelta de rueda.
Dentro de la transportadora, Ceniza había empezado a jadear. Respiraba con la boca abierta, un síntoma que en los gatos indica estrés extremo o colapso inminente.
—Tranquila, ya vamos a llegar —le decía yo, golpeando el volante con frustración mientras un taxista se me cerraba violentamente—. ¡Muévete, imbécil!
Puse el aire acondicionado al máximo, aunque me congelara yo, para intentar bajarle la temperatura. Ella vomitó. Un líquido biliar, amarillo, que manchó la toalla dentro de la caja. El olor ácido llenó el auto.
—No pasa nada, mi vida, no pasa nada —repetía yo, sintiéndome el ser más inútil del planeta. En el hospital, con mis catéteres y mis medicamentos intravenosos, soy competente. Soy “el que resuelve”. Aquí, atrapado en el tráfico con una gata enferma, era solo otro chilango desesperado.
Llegamos a la clínica veterinaria “San Francisco de Asís” cuarenta minutos después. Estaba llena. Por supuesto que estaba llena.
Había un señor con un Rottweiler que no dejaba de ladrar, una señora con tres Chihuahuas histéricos y un chavo con una iguana que parecía muerta. El ruido era ensordecedor.
Entré con la transportadora cubriéndola con mi chamarra, como si llevara contrabando, tratando de aislar a Ceniza del caos auditivo. Me acerqué al mostrador.
—Tengo una emergencia —le dije a la recepcionista, una chica joven con cara de estar harta de la vida—. Mi gata tiene fiebre alta, no responde y está jadeando.
—Tiene que esperar turno, joven. El doctor está en cirugía.
—Es que no está respirando bien —insistí, usando mi tono de “enfermero de triaje”—. Escuche, soy enfermero. Sé reconocer un shock séptico o un golpe de calor. Necesita atención ya.
La chica me miró, vio mis ojeras, vio la mancha de vómito en mi playera (me había manchado al cargar la caja) y suspiró.
—Pásela al consultorio 2. Ahorita le aviso a la doctora Marina.
El consultorio 2 era pequeño, frío y olía a desinfectante industrial y miedo animal. Puse la transportadora en la mesa metálica. No la abrí. Esperé.
Ceniza estaba en silencio absoluto. Ese silencio de presa que sabe que el depredador está cerca.
La puerta se abrió y entró la doctora Marina. Era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo canoso recogido en una coleta y manos grandes y firmes. Me dio buena espina. Se parecía a las enfermeras veteranas del IMSS que te enseñan a canalizar venas invisibles.
—A ver, ¿qué traemos aquí? —preguntó sin preámbulos.
—Se llama Ceniza. Es rescatada. Tiene antecedentes de agresión severa por trauma —le solté el historial clínico de golpe—. Empezó hoy con letargo, fiebre al tacto, anorexia y vómito. Está muy estresada. Si la saco, puede que intente matarnos, o puede que se muera del susto. No sé cuál de las dos.
La doctora asintió, valorando la información.
—Ok. Vamos a hacerlo despacio. Tú la conoces mejor. ¿Quieres sacarla tú?
Tragué saliva. —Sí.
Abrí la reja. Metí la mano. Esperaba el mordisco. Esperaba la sangre. En cambio, sentí su nariz húmeda y caliente contra mi palma. Se estaba escondiendo en mi mano.
La saqué con cuidado. Estaba temblando tan violentamente que sus dientes castañeaban. La puse sobre la mesa fría. Inmediatamente, Ceniza intentó trepar por mi pecho, clavando sus garras en mi hombro, buscando altura, buscando refugio en mi cuello.
Me quedé helado. La gata que no se dejaba tocar, la gata que me había rasgado el brazo hace tres semanas, ahora se aferraba a mí como un niño asustado se aferra a su padre en medio de una multitud.
—Sosténla ahí —dijo la doctora, aprovechando que Ceniza me estaba abrazando el cuello para auscultarle el corazón y los pulmones—. Su corazón va a mil por hora, pero es el estrés. Tiene fiebre de 40.5. Está deshidratada.
—¿Qué tiene?
—Probablemente una infección viral o bacteriana que se reactivó por el estrés de la adaptación, o comió algo que le cayó fatal. Necesito ponerle suero, antibiótico y un antipirético. Va a dolerle el piquete. Agárrala fuerte.
Aquí venía la prueba.
Abracé a Ceniza contra mi pecho, envolviendo su cuerpo con mis brazos, inmovilizando sus patas pero dejándole la cara libre pegada a mi cuello. Podía sentir su corazón golpeando contra mi clavícula.
—Todo va a estar bien, flaca. Aquí estoy. Yo te cuido —le susurré al oído, ignorando que la doctora me viera hablarle como a una persona.
La doctora insertó la aguja en su pata trasera. Ceniza soltó un grito. No un maullido, un grito agudo y desgarrador. Sentí cómo sus músculos se tensaban para atacar, sentí cómo giraba la cabeza para morder lo primero que encontrara… que era mi cara.
Cerré los ojos, esperando el impacto. Sentí sus dientes rozar mi barbilla. Sus colmillos tocaron mi piel. Pero no mordió. Se detuvo.
Abrió la boca, jadeando, y en lugar de cerrarla sobre mi carne, recargó la frente contra mi mandíbula y gimió.
Me perdonó. En medio de su dolor y su pánico, reconoció quién la sostenía y decidió no lastimarme.
—Listo —dijo la doctora, retirando la aguja—. Fue muy valiente. Y tú también.
Salí de la veterinaria con tres frascos de medicina, una cuenta bancaria mucho más ligera y una sensación en el pecho que no podía describir. Ceniza iba dormida en la transportadora, noqueada por el medicamento y el cansancio.
Yo iba manejando de regreso a casa, llorando en silencio mientras el semáforo de Insurgentes cambiaba de rojo a verde. Lloraba porque me di cuenta de que, por primera vez en años, alguien había confiado en mí lo suficiente como para poner su vida (y su miedo) literalmente en mis manos.
LA LARGA NOCHE DEL ALMA
La recuperación no fue fácil. Los siguientes cuatro días fueron un borrón de jeringas, comida húmeda especial y desvelos.
Tuve que pedir dos días a cuenta de vacaciones en el hospital. —¿Por un gato, Mateo? No mames —me dijo el supervisor de turno por teléfono. —Es mi familia, jefe. Descuénteme los días si quiere, pero no voy a ir.
Me quedé. Convertí la sala de mi departamento en una unidad de cuidados intensivos improvisada. Puse toallas limpias en el sofá, acerqué el agua, controlé la temperatura del ambiente.
Ceniza estaba débil. Se pasaba el día durmiendo. Yo tenía que darle el antibiótico con una jeringa oral cada 12 horas.
La primera vez que lo intenté, me preparé para la batalla. Me puse guantes de cuero (por si acaso) y la envolví en una toalla (“taquito de gato”, le dicen).
Me acerqué con la jeringa. Ella me miró con sus ojos verdes, todavía vidriosos por la fiebre. Abrí su boca con suavidad. Ella resistió un poco, pero cedió. Trató de escupir la medicina, sacudió la cabeza, me llenó la cara de gotas pegajosas de antibiótico sabor “hígado artificial”.
—Guácala, ya sé —le dije, limpiándole el bigote—. Sabe a rayos, pero te cura.
Para el tercer día, la fiebre había cedido. Ceniza empezó a comer por su cuenta. Ya no se escondía. De hecho, había desarrollado un nuevo hábito a raíz de la enfermedad.
Como yo había pasado esas noches durmiendo en el sofá para vigilarla, ella se acostumbró a mi presencia constante.
Esa noche de martes, ya recuperada, yo estaba acostado en el sofá viendo las noticias. Se hablaba de inseguridad, de economía, lo mismo de siempre. Apagué la tele, harto del ruido.
Sentí el peso. Ceniza subió al sofá. Caminó sobre mis piernas. Pero esta vez no se quedó ahí. Siguió subiendo. Caminó sobre mi estómago (sacándome el aire, porque aunque flaca, sus patitas son puntiagudas) y llegó a mi pecho.
Se detuvo ahí, justo sobre mi esternón. Me miró a la cara. Empezó a amasar. Mata-tetas, mata-tetas. Sus garras salían y entraban rítmicamente en mi playera vieja de los Pumas. Ronroneó. Un motor V8 potente y profundo.
Y luego, se dejó caer. Se derrumbó sobre mi pecho, hecha una bola de pelo caliente y vibrante, metiendo la nariz bajo mi barbilla.
Me quedé inmóvil, con los brazos a los costados, sintiendo su peso sobre mi corazón. Era una sensación extraña. Físicamente, era un peso ligero, tres o cuatro kilos. Emocionalmente, era un ancla que me impedía salir flotando hacia la nada.
Pensé en Don Goyo, el paciente de la cama 6 que había fallecido esa mañana mientras yo no estaba. Pensé en cómo nadie fue a reclamar su cuerpo en las primeras horas. Pensé en lo fácil que es desaparecer en una ciudad de veinte millones de habitantes.
Pero luego sentí la respiración de Ceniza acompasarse con la mía.
—Ya la hicimos, flaca —le susurré.
Ella suspiró en sueños y estiró una pata, tocándome la mejilla.
EL REFLEJO EN EL ESPEJO
Una semana después, regresé al trabajo. El hospital estaba igual: caótico, ruidoso, oliendo a cloro y desgracia. Pero yo me sentía diferente.
Estaba atendiendo a una señora mayor, Doña Rosita, que tenía una úlcera en la pierna y estaba muy asustada porque decían que tal vez tendrían que amputar. Estaba agresiva con las enfermeras. Les manoteaba, les gritaba que la dejaran en paz.
—Es una vieja grosera —me dijo una compañera, saliendo indignada del box—. No se deja curar.
Me asomé a verla. Doña Rosita estaba arrinconada en la cama, con los ojos desorbitados, abrazando su bolsa como si fuera un escudo.
Vi el cartel amarillo invisible en su frente: MANEJO ESPECIAL — AGRESIVA.
Sonreí. Sabía exactamente qué hacer.
Entré despacio, sin el carrito de curaciones, sin guantes visibles. Me quedé parado a una distancia respetuosa, sin mirarla directo a los ojos, escaneando el piso como si buscara algo, bajando mi amenaza corporal.
—Buenas noches, Doña Rosita —dije suavemente—. Qué frío hace hoy, ¿no?
Ella me miró, desconfiada, preparada para gritar. —¿Tú qué quieres? ¿Me vas a picar también?
—Ahorita no —dije, sentándome en la silla de visitas, lejos de la cama—. Solo venía a descansar un ratito los pies. ¿Le molesta si me siento aquí cinco minutos? La guardia está pesada.
Ella bajó un poco la guardia, confundida. —Pues siéntate. Pero no me toques.
—Trato hecho.
Me quedé ahí, en silencio, mirando la pared. Dejé que ella me observara. Dejé que me “olfateara”, que midiera mis intenciones. Pasaron diez minutos. Su respiración se calmó. Dejó de abrazar la bolsa con tanta fuerza.
—¿Te llamas Mateo? —preguntó, leyendo mi gafete entrecerrando los ojos.
—Sí, señora.
—Tienes cara de buena gente, Mateo. No como la otra bruja.
Me reí. —A veces todos somos un poco brujos cuando tenemos miedo, Doña Rosita. Oiga, tengo una gata en mi casa que es igualita a usted.
—¿Ah sí? —se interesó, la curiosidad ganándole al miedo.
—Sí. Se llama Ceniza. Al principio me quería arrancar los ojos. Ahora duerme en mi pecho. Es que a veces uno necesita saber que no le van a hacer daño para dejar de tirar zarpazos, ¿verdad?
Los ojos de Doña Rosita se llenaron de lágrimas. Asintió levemente. —Tengo miedo, hijo. No quiero que me corten mi pierna.
—Lo sé. Y es válido tener miedo. Pero si no me deja limpiarle esa herida, el miedo se va a volver realidad. ¿Qué le parece si hacemos un trato? Yo me acerco despacio. Si le duele o se asusta, usted me dice “alto” y yo me detengo. Usted tiene el control. ¿Va?
Doña Rosita me miró, luego miró mi mano extendida. —Está bien, Mateo. Pero despacito.
Esa noche pude hacerle la curación completa. No hubo gritos. Al final, me apretó la mano con sus dedos arrugados.
Al salir del turno a las 7:00 AM, el sol me pegó en la cara. Me sentía agotado, pero ligero.
Subí a mi Tsuru y manejé a casa. Paré en un puesto de tamales y compré dos verdes y un atole.
Llegué al departamento. Abrí la puerta.
Esta vez, no hubo necesidad de buscar. Ceniza estaba sentada justo en la entrada, en el tapete de “Bienvenido”. Me estaba esperando. Levantó la cola en forma de signo de interrogación y soltó un “Mireu” corto y agudo. Un saludo.
Dejé las llaves, me agaché y ella frotó su cabeza contra mis botas sucias del hospital.
—Hola, monstruo —le dije—. Ya llegué.
Me fui a la cocina a servirle su desayuno y mi tamal. Mientras comíamos, cada uno en su rincón pero juntos en la misma cocina, me di cuenta de que el cartel amarillo de la jaula ya no existía. Ni para ella, ni para mí.
Ya no éramos “Manejo Especial”. Éramos simplemente dos sobrevivientes compartiendo un departamento de 50 metros cuadrados en una de las ciudades más grandes del mundo, curándonos las heridas mutuamente, un ronroneo y un tamal a la vez.
Y por primera vez en mi vida, supe que al día siguiente, sin importar qué tan horrible fuera la guardia, yo querría regresar a casa. Porque ahora, finalmente, tenía una.
PARTE 4: La Teoría de los Vidrios Rotos (El Final)
Dicen que en la Ciudad de México el tiempo no pasa, se acumula. Se te amontona en las ojeras, en el tráfico de Viaducto a las seis de la tarde, en las capas de polvo que cubren los muebles aunque limpies diario. Pero con Ceniza, el tiempo empezó a tener otra consistencia. Dejó de ser una carga pesada y se convirtió en una rutina suave, medida en latas de atún, siestas compartidas y el sonido de sus garras sobre la duela flotante.
Habían pasado seis meses desde aquella noche de fiebre y antibióticos. Seis meses desde que el “monstruo” de la jaula decidió que yo no era un carcelero, sino un mueble caliente y confiable.
Mi departamento ya no parecía una celda de soltero. Ahora era un ecosistema. Había cajas de cartón estratégicamente ubicadas (porque, claro, le compras una cama de mil pesos y la gata prefiere la caja de Amazon donde venía el detergente). Había rascadores en las esquinas para salvar lo que quedaba de mi sofá. Y había pelo. Pelo gris en mi ropa, en mi comida, en mi nariz. Salir de casa sin un pelo de Ceniza en el uniforme se sentía como salir desnudo. Era mi amuleto contra la muerte que veía diario en el hospital.
Pero la vida, con su maldita costumbre de darte un golpe justo cuando bajas la guardia, tenía preparada una última prueba. Una que no tenía que ver con garras, ni con infecciones, sino con los fantasmas que uno no puede espantar con un “shhh”.
CAPÍTULO 1: EL APAGÓN
Era octubre. La temporada de lluvias se negaba a irse, aferrándose a la ciudad con tormentas eléctricas que convertían las calles en ríos de agua negra.
Ese jueves, mi turno en el hospital había sido, por falta de una palabra más suave, una carnicería. Había llegado un accidente de camión de pasajeros en la carretera a Puebla. Múltiples víctimas. Triage rojo por todos lados. Pasé doce horas corriendo, entubando, presionando heridas, viendo cómo la vida se escapaba entre mis dedos enguantados a pesar de todo nuestro esfuerzo.
Perdimos a una niña. Seis años. La misma edad que tenía mi sobrina.
Cuando salí del hospital, no sentía nada. Ese es el mecanismo de defensa: te apagas. Te vuelves un robot que camina, checa su tarjeta de salida y se sube al coche. Pero el silencio dentro de mi cabeza era ensordecedor.
Empezó a llover a cántaros a mitad de camino. El cielo se cayó sobre la ciudad. El limpiaparabrisas de mi Tsuru luchaba inútilmente contra la cortina de agua. El tráfico se detuvo por completo en Tlalpan.
Estuve dos horas parado en el mismo lugar, rodeado de cláxones furiosos y luces rojas. Mi mente empezó a reproducir la imagen de la niña. Una y otra vez. Sus tenis rosas. Su manita fría.
Sentí esa oscuridad vieja, esa “depresión funcional” que llevaba años cargando, trepar por mi nuca. Las ganas de llegar a casa, cerrar todo y no volver a levantarme nunca.
Cuando por fin logré estacionar el coche, estaba empapado antes de llegar a la puerta del edificio. Subí las escaleras arrastrando los pies, pesados como plomo.
Al entrar al departamento, las luces parpadearon y se fueron. ¡Pum! Oscuridad total. Un transformador había tronado en la cuadra.
Me quedé parado en la entrada, chorreando agua sucia de lluvia, en medio de la negrura absoluta.
—Ceniza —llamé, pero mi voz salió sin fuerza, ronca.
No hubo respuesta. Normalmente, ella me recibía en la puerta. Pero a Ceniza le aterraban los truenos. El ruido del cielo rompiéndose le recordaba, supongo, a los ruidos de la calle, a la violencia del mundo exterior.
Me quité los zapatos a tientas y tiré la mochila en algún lugar. No busqué una vela. No busqué la linterna del celular. No quería ver nada.
Me dejé caer en el sofá, mojado y sucio. Me cubrí la cara con las manos y, por primera vez en años, me quebré. No fue un llanto bonito de película. Fue un sollozo feo, gutural, de esos que te raspan la garganta y te dejan sin aire. Lloré por la niña de los tenis rosas. Lloré por Doña Rosita. Lloré por mí, por mi soledad, por lo cansado que estaba de ser fuerte.
El departamento estaba helado. Los truenos retumbaban haciendo vibrar las ventanas.
—No puedo más —susurré a la oscuridad—. Ya no puedo más con esto.
La idea de renunciar, de irme lejos, o simplemente de dejar de existir, bailaba en mi cabeza con una claridad peligrosa.
Entonces, sentí algo.
CAPÍTULO 2: EL RESCATE INVERSO
En medio de mi colapso, sentí un peso en el sofá. Un peso ligero, pero firme.
Ceniza.
Ella odiaba las tormentas. Usualmente, cuando tronaba así, se escondía debajo de la cama, en el rincón más oscuro, hecha una bola de terror tembloroso. Su instinto le gritaba que se protegiera.
Pero ahí estaba.
Había salido de su refugio. Había desafiado su propio pánico al escuchar el mío.
Sentí sus patas caminar sobre mis muslos. No buscaba calor. Me estaba buscando a mí. Se subió a mi pecho, justo donde dolía, justo donde se sentía el vacío. Estaba temblando. Podía sentir la vibración de su miedo contra mi camisa mojada. Cada trueno la hacía estremecerse, pero no se bajó.
Se quedó ahí, anclada a mí.
—Vete, Ceniza —balbuceé entre lágrimas—. Vete a esconder, tonta. Está feo aquí.
Ella me ignoró. Acercó su cara a la mía. Su nariz fría tocó mi mejilla húmeda por el llanto. Y entonces, empezó a hacerlo.
Empezó a lamer mis lágrimas.
Su lengua rasposa, como lija fina, pasaba por mis párpados, por mis mejillas, limpiando la sal, limpiando la pena. Era un gesto primitivo, animal, de una ternura brutal.
—Miu —dijo bajito. Un sonido que nunca había hecho. No era un maullido, era una pregunta. ¿Estás ahí?.
Me quedé paralizado. Ella tenía miedo del trueno, pero tenía más miedo de perderme. Esa gata, que había sido catalogada como “agresiva”, “intocable”, “monstruo”, estaba desafiando su propia biología para consolarme. Estaba poniendo su seguridad en segundo plano para asegurarse de que su humano no se ahogara en la oscuridad.
Levanté mis manos, temblando, y la abracé. Ella no se quejó de mi ropa mojada. Se acurrucó contra mi cuello, enterrando su cara en mi hombro, y empezó a ronronear.
Ese ronroneo en la oscuridad fue el sonido más potente del mundo. Más fuerte que la lluvia, más fuerte que los truenos, más fuerte que mis propios demonios. Era un motor de vida. Un recordatorio constante y rítmico: Aquí estamos. Seguimos vivos. No estás solo. No estás solo.
Nos quedamos así horas. No sé cuántas. El tiempo se detuvo. Yo lloraba hasta que me quedé seco, y ella ronroneaba hasta que se quedó dormida, agotada por el estrés de la tormenta, pero sin soltarme ni un segundo.
En esa oscuridad, entendí la verdadera naturaleza del intercambio. Yo no la había salvado a ella. Eso es lo que nos gusta pensar a los humanos para sentirnos héroes. “Ay, rescaté un gatito”. Puras mentiras. Nos habíamos encontrado en el borde del abismo. Yo le di un techo y croquetas. Ella me dio una razón para volver a casa y, esa noche, me dio una razón para no rendirme.
Ella era mi ancla. Yo era su puerto. Y los dos estábamos hechos de los mismos pedazos rotos.
CAPÍTULO 3: LA VISITA INESPERADA
La luz regresó a las cinco de la mañana, despertándonos con el zumbido repentino del refrigerador. Estábamos hechos un nudo en el sofá. Yo tenía el cuello torcido y la ropa seca pegada al cuerpo, pero me sentía extrañamente renovado. Como si la tormenta hubiera lavado todo lo malo.
Ese fin de semana, tuve una visita inesperada.
Era sábado. Estaba preparando chilaquiles (verdes, picosos, como deben ser) y Ceniza estaba en la ventana, “cazando” moscas a través del vidrio, haciendo ese ruidito chistoso con los dientes: ck-ck-ck.
Sonó el timbre. Me extrañó. Yo no recibo visitas. Abrí la puerta. Era el encargado del refugio. El hombre del portapapeles. El que me había dicho “No la toques”.
Traía una carpeta bajo el brazo y cara de incomodidad. —Buenos días, Mateo. Perdón que caiga sin avisar. Estamos haciendo rondas de seguimiento a las adopciones de “alto riesgo”. Protocolo nuevo.
Me tensé. “¿Alto riesgo?”. —Pásale —dije, haciéndome a un lado.
El hombre entró, escaneando el departamento con ojos críticos. Buscaba señales de desastre. Muebles destrozados, olor a orina, sangre en las paredes. El departamento estaba limpio (gracias a mi insomnio obsesivo). Olía a café y a salsa verde.
—¿Y la gata? —preguntó, sacando una pluma—. ¿Sigue aquí o… ya la devolviste a otro lado?
Su tono sugería que esperaba lo peor. Que quizás la había tirado a la calle o que la tenía encerrada en el baño.
—Está en la sala —señalé.
Caminamos hacia la sala. Ceniza estaba echada en la parte superior del rascador más alto, bañada por un rayo de sol que entraba por la ventana. Parecía una reina egipcia de humo.
Al ver al encargado, se tensó. Reconoció el olor. El olor a refugio, a jaula, a miedo. Sus orejas se fueron hacia atrás. Sus pupilas se dilataron. Soltó un bufido bajo.
El encargado retrocedió un paso, validando su teoría. —Ya veo. Sigue agresiva. Mira, Mateo, si no puedes con ella, no hay penalización por devolverla. Es un animal feral. A veces, la eutanasia es lo más huma…
No dejé que terminara la frase. Sentí una furia fría subirme por el estómago. —Cállate —le dije, tranquilo pero firme.
El hombre me miró sorprendido. —¿Perdón?
—No hables de ella así. Y no te atrevas a mencionar esa palabra en esta casa. Siéntate.
El encargado, intimidado quizás por mi tono de enfermero en crisis, se sentó en el sofá. —Ceniza —llamé suavemente.
Ella me miró. Sus ojos verdes cambiaron el foco del intruso a mí. Extendí mi mano y chasqueé los dedos, la señal que habíamos inventado para “ven”.
El encargado negó con la cabeza. —No va a bajar. Esos gatos no…
Ceniza bajó. No bajó corriendo. Bajó despacio, estirándose, demostrando que ella controlaba el tiempo. Caminó por la alfombra, ignorando al encargado como si fuera un bulto de basura, y vino directo a mí.
Se frotó contra mis piernas, arqueando el lomo, marcándome con fuerza. Me agaché. Ella se paró sobre sus patas traseras y puso las delanteras en mis rodillas, estirándose para que le rascara la barbilla. Empezó a ronronear. El sonido llenó la habitación.
Miré al encargado. Tenía la boca abierta. —No es agresiva —le dije, mirando a Ceniza a los ojos—. Es selectiva. Tiene estándares altos. No deja que cualquiera la toque porque sabe lo que vale. Y sabe quién la lastimó.
El hombre guardó silencio un largo rato. Vio cómo la gata “peligrosa” me daba un cabezazo cariñoso en la mano. Cerró su carpeta. —En cinco años… nunca había visto que un caso código rojo terminara así —admitió, con un tono de respeto a regañadientes—. ¿Qué hiciste?
Sonreí, rascándole detrás de la oreja a mi compañera. —Nada. Solo le di espacio. Y dejé que ella decidiera cuándo confiar. A veces, lo único que necesitamos es que alguien deje de jodernos y nos espere, ¿no crees?
El encargado asintió, se levantó y me tendió la mano. —Felicidades, Mateo. Cierro el expediente. Adopción exitosa.
Cuando se fue, cerré la puerta con doble llave. Ceniza me miró desde el sofá, con esa expresión de superioridad que solo tienen los gatos que saben que ganaron. —Le cerraste la boca, flaca —le dije. Ella parpadeó lento. Obvio.
CAPÍTULO 4: EPÍLOGO – UN AÑO DESPUÉS
Hoy es Navidad. O bueno, Nochebuena. En el hospital me tocó guardia, por supuesto. A los solteros siempre nos clavan las guardias festivas. “Tú no tienes hijos que esperar, Mateo”, dicen.
Antes me dolía. Me daba coraje. Hoy, me da igual.
Salí a las 10:00 PM. La ciudad estaba extrañamente tranquila, con ese silencio sagrado que solo cae sobre México una vez al año. Se olía a ponche, a pólvora de cohetes lejanos y a frío.
Llegué a casa. Traía una bolsa con sobras de la cena del hospital (pavo seco y ensalada de manzana) y un regalo. Abrí la puerta.
El departamento estaba calientito. Había dejado un calefactor pequeño prendido. En el árbol de Navidad (un pino sintético pequeño que compré en el mercado), brillaban luces de colores. Y debajo del árbol, estaba ella.
Ceniza. Más gorda. Mucho más gorda. Su pelaje ya no era gris opaco, era brillante, plateado, suave como visón. Sus ojos ya no tenían miedo. Tenían paz. Y un poco de juicio, porque llegaba tarde.
—Feliz Navidad, Grinch —le dije.
Saqué su regalo. Una lata de paté de salmón importado, de esas carísimas que solo venden en tiendas fifi. La abrí. El sonido del metal al abrirse hizo que viniera trotando, con la panza moviéndose de lado a lado. Maulló. Un maullido fuerte, exigente. ¡Dame!.
Mientras ella comía con gusto, me serví una copa de sidra barata y me senté en el suelo, junto a ella. Miré por la ventana. Las luces de la ciudad parpadeaban como millones de estrellas caídas. En algún lugar allá afuera, había miles de personas solas. Miles de animales en jaulas. Miles de enfermos en camas de hospital.
El mundo seguía siendo un lugar duro. Cruel, a veces. Pero miré a mi lado. Ceniza terminó de comer, se lamió los bigotes y se subió a mis piernas. Se hizo bolita, suspiró y se durmió instantáneamente, confiando plenamente en que yo vigilaría su sueño.
Acaricié su lomo. Sentí las cicatrices viejas bajo su pelo, y miré las mías en mi brazo y en mi alma. Ya no dolían. Eran mapas. Mapas de cómo llegamos hasta aquí.
Recordé el cartel amarillo: MANEJO ESPECIAL. Tal vez todos somos de manejo especial. Tal vez todos necesitamos una etiqueta de advertencia que diga: “Cuidado, muerdo porque tengo miedo. Pero si te esperas un poco… sé ronronear”.
Levanté mi copa hacia la ciudad. —Salud, Ceniza. Ella movió una oreja en sueños.
No necesitaba nada más. Ni familia perfecta, ni casa grande, ni huir de mi realidad. Tenía un departamento de interés social, un trabajo que me rompía la espalda pero me llenaba el espíritu, y una gata que me había enseñado a amar las partes rotas de mí mismo.
Y por primera vez, la soledad no se sentía como un cuarto vacío. Se sentía como un espacio libre, listo para llenarse de paz.
—Buenas noches, flaca —susurré, apagando las luces del árbol.
En la oscuridad, dos ojos verdes brillaron un segundo antes de cerrarse, y el ronroneo comenzó de nuevo, la mejor canción de cuna que un enfermero insomne podría pedir.
FIN.