Me arrojaron a la jaula con un perro de atque para “darme una lección”, pero no sabían que ese mnstruo y yo compartíamos un pasado secreto.

El aire dentro de esa bodega de concreto en las afueras olía a óxido, a aserrín húmedo y a puro machismo.

Mis manos no temblaban, aunque sabía que, del otro lado de la reja, una docena de hombres armados hasta los dientes esperaban verme llorar. Eran operadores tácticos, tipos duros que pensaban que yo, Elena Castillo, estaba ahí solo por el apellido de mi padre o por una “palanca”.

—¡Cierren la puerta! —gritó el Comandante Valladares. El sonido del cerrojo metálico retumbó como un disparo en mi pecho.

Valladares se pegó a la malla ciclónica, con esa sonrisa burlona que tienen los hombres que creen saberlo todo. Para él, esto no era una prueba de trabajo; era un espectáculo. Querían humillar a la “morra” nueva.

—Dicen que querías acción, Castillo —me gritó, y su voz hizo eco en las paredes frías—. Aquí la tienes. A ver si aguantas la presión como presumiste en tu currículum.

Desde la esquina más oscura de la jaula, algo se movió. Un gruñido bajo, de esos que te vibran en los huesos, rompió el silencio. De las sombras salió “El Diablo”.

No era un perro normal. Era un Malinois belga inmenso, puro músculo y nervio, con el pelaje oscuro como una noche sin luna. Sus ojos no tenían brillo, solo una intensidad vacía, la mirada de un animal que ha sido tratado como un a*ma y no como un ser vivo.

El “Chema”, un recluta joven y prepotente, sacó su celular. Estaba grabando. Quería capturar mi pánico, mi error, el momento exacto en que saliera corriendo para pedir piedad.

—¡Vas, princesa! —se burló el Chema, y las risas de los demás fueron como navajas.

Pero yo no me moví. No miré a los hombres. Mis ojos se clavaron en la bestia a tres metros de mí. El perro bajó la cabeza, tensando los cuartos traseros, listo para saltar directo a mi garganta.

Ellos veían un monstruo sediento de s*ngre. Yo veía algo que me rompió el corazón.

Ellos veían una herramienta de g*erra. Yo veía unos ojos que conocía mejor que los míos.

Ajusté mi postura. Respiré hondo, tragándome el miedo y la nostalgia. Ellos creían que habían encerrado a una oveja con el lobo… No tenían idea de que acababan de juntar a la manada.

El perro no ladró. Simplemente se lanzó. Fue una mancha negra en el aire, una b*la de cañón dirigida a mi pecho.

El Chema acercó el celular, esperando el impacto, esperando la s*ngre.

Pero justo cuando las fauces estaban a centímetros de mi cara, hice lo impensable. No levanté los brazos para protegerme. No grité. Solo susurré una palabra que llevaba tres años guardada en mi garganta…

LO QUE PASÓ A CONTINUACIÓN CAMBIÓ EL RESPETO DE ESA UNIDAD PARA SIEMPRE… ¡TIENES QUE VER CÓMO TERMINÓ ESTO!

PARTE 2: LA SANGRE NO OLVIDA

El Instante Eterno

El tiempo no existe cuando la m*erte te mira a los ojos. Dicen que ves pasar tu vida entera, pero eso es mentira de las películas. Cuando un Malinois de cuarenta kilos se desprende del suelo como un misil tierra-aire dirigido a tu yugular, no ves tu vida. Ves la física pura del impacto. Ves la tensión de los tendones en sus patas delanteras, la saliva volando de sus belfos negros, y la oscuridad absoluta en sus pupilas dilatadas.

El “Chema” contenía la respiración detrás de su celular. El Comandante Valladares ya tenía la mano en la funda de su a*ma, seguro de que tendría que dispararle a su activo más valioso para que no me arrancara la cabeza. En sus mentes, yo ya era historia. Un titular trágico en el periódico de mañana: “Hija de empresario muere en accidente de entrenamiento”.

Pero ellos no sabían escuchar.

El perro no ladró al saltar. Los novatos ladran; los profesionales mat*n en silencio. Él venía por el presa, directo, limpio.

No me moví. No levanté los brazos en esa estúpida posición de “V” que enseñan en los cursos básicos de defensa. Eso es para presas, y yo no soy presa.

Justo cuando el calor de su aliento golpeó mi cara, cuando la sombra de su cuerpo eclipsó la luz cenital de la bodega, solté el aire que guardaba en mis pulmones. No fue un grito. No fue una orden militar estándar. Fue un sonido gutural, seco, antiguo. Una vibración que nace en el diafragma y que no habíamos usado en tres años.

—¡PLATZ-Hek!

El sonido cortó el aire más rápido que sus colmillos.

Lo que sucedió después desafió toda lógica que esos hombres conocían. Fue como si el perro hubiera chocado contra un muro de cristal invisible a mitad del vuelo. Su cerebro reptiliano, conectado a ese comando por miles de horas de memoria muscular y lealtad genética, anuló su instinto de c*za.

El animal se contorsionó en el aire, una maniobra acrobática que solo esta raza puede hacer. Sus patas traseras buscaron tracción en la nada y cayó.

Bum.

El golpe seco de sus patas contra el concreto retumbó en la bodega. No cayó sobre mí. Aterrizó a escasos centímetros de mis botas tácticas. Derrapó, sus garras sacando chispas contra el suelo rugoso, dejando marcas blancas en el cemento gris.

El impulso lo hizo girar sobre sí mismo, un torbellino de pelo negro y furia contenida. Se reincorporó en una fracción de segundo, listo para atacar de nuevo, pero algo lo detuvo.

Se congeló.

Ya no era una máquina de mtar. Era una estatua de obsidiana. Sus orejas, que segundos antes estaban pegadas al cráneo en señal de aresión pura, se movieron. Una hacia adelante, la otra girando hacia mí, como antenas de radar captando una frecuencia fantasma.

El Silencio de los Culpables

El silencio que siguió fue más pesado que el plomo. Las risas burlonas de los operadores del otro lado de la reja m*rieron de golpe, asfixiadas en sus gargantas.

Podía sentir la confusión de Valladares. Podía oler su miedo. No miedo por mí, sino miedo a lo desconocido. Los hombres como él, acostumbrados a controlar todo a través de la fuerza y el grito, se aterrorizan cuando ven algo que no pueden explicar.

—¿Qué… qué carajos fue eso? —balbuceó el Chema. La luz roja de grabación de su celular seguía parpadeando, pero su mano ahora temblaba visiblemente.

Ignoré a los hombres. Mi universo entero se redujo a la criatura frente a mí.

El perro respiraba agitado, su pecho subiendo y bajando como un fuelle. Estaba confundido. Sus ojos, antes vacíos y oscuros, ahora escaneaban mi rostro con una mezcla de duda y esperanza que me estrujó el corazón.

Giré la cabeza lentamente hacia la reja, sin mover el resto de mi cuerpo, manteniéndome cuadrada frente al animal.

—Lo llaman “muerto de hambre” para hacerlo malo —dije. Mi voz sonó tranquila, fría, cortando la atmósfera cargada—. Lo mantienen en la oscuridad para hacerlo “agudo”. Creen que el aislamiento crea un guerrero.

Mis ojos se encontraron con los de Valladares. El tipo estaba pálido.

—Lo único que han hecho —continué, dejando que el desprecio goteara en cada sílaba— es romper su enfoque. Han tomado un instrumento de precisión y lo han usado como un martillo oxidado.

Me volví de nuevo hacia el perro. Estaba temblando. Pero yo sabía leer ese temblor. Los ignorantes detrás de la reja pensaban que era la adrenalina del ataque frustrado. Yo sabía que era la energía cinética de un soldado que acaba de reconocer a su General en el campo de batalla.

Di un paso hacia él.

—¡Castillo, aléjate! —ladró Valladares, recuperando su voz de mando, su mano aferrada a la pistola en su cadera—. ¡Ese animal es zona roja! ¡Es inestable! ¡Te va a destr…!

No me detuve.

Caminé directo hacia el espacio personal de la bestia. Rompí la burbuja de seguridad que cualquier entrenador sensato respetaría.

Cuando estuve a treinta centímetros de sus fauces, hice lo que para ellos pareció un suicidio asistido.

Me arrodillé.

Me puse a su nivel. Expuse mi cuello. Bajé mis defensas físicas para elevar mis defensas espirituales.

Para Valladares y su pandilla, yo estaba loca. Para el perro, yo estaba hablando en su idioma materno.

Extendí mi mano derecha. No con la palma abierta (un error de novatos que invita a una mordida), sino con el puño cerrado, nudillos hacia abajo, ofreciéndolo suavemente bajo su hocico.

El Aroma de la Memoria

El perro estiró el cuello. Sus fosas nasales se dilataron, inhalando profundamente.

Cerré los ojos un segundo, esperando. Sabía lo que estaba oliendo. No olía mi miedo, porque no lo tenía. Olía una mezcla muy específica. Olía la pólvora de mi ropa, el jabón neutro que uso, pero sobre todo, olía el aceite esencial de romero y cedro que siempre me pongo en las muñecas.

Y más allá de eso… olía a casa.

Olía a las mañanas frías en el rancho de mi padre en Sonora. Olía a la tierra roja del norte. Olía a las manos que lo recibieron cuando nació, cubierto de membrana, siendo el más pequeño de una camada de ocho.

Mi mente viajó tres años atrás, a un día nublado en la sierra.

Recuerdo el día que nació. Era una bola de pelo chillona que cabía en la palma de mi mano. Mi padre, un hombre duro de campo que rara vez sonreía, me miró y dijo: “Este no, Elena. Es muy chico. No va a servir para el trabajo pesado. Mejor lo vendemos como mascota”.

Pero yo vi algo en él. Vi cómo peleaba por la leche. Vi cómo gruñía antes de abrir los ojos. Le puse “Ares”, por el dios de la guerra, pero también porque era terco como él solo.

Yo misma lo alimenté con biberón cuando su madre lo rechazó. Yo fui la primera cosa que vio al abrir los ojos. Yo le enseñé a morder la manga de yute. Yo le enseñé a rastrear en los cañones secos donde se esconden las víboras. Dormía a los pies de mi cama. No era una mascota; era mi sombra.

Luego vino la crisis. El negocio familiar se vino abajo. Las deudas nos ahogaban. Tuvimos que vender los activos más valiosos para no perder el rancho. Y los contratistas del gobierno pagaban en dólares por perros de “Grado 1”.

Recuerdo el día que se lo llevaron. Lo subieron a una camioneta blindada con logotipos de una empresa de seguridad privada. Ares aullaba. Arañaba la jaula. Me miraba a través de los agujeros de ventilación con una desesperación que me ha perseguido en pesadillas durante mil noches.

—Es por el bien del rancho, mija —me dijo mi papá, con lágrimas en los ojos que trataba de ocultar.

Yo no lloré ese día. Prometí que lo encontraría. Prometí que, donde quiera que lo llevaran, yo iría por él.

Y ahí estaba yo. Tres años después. En una bodega asquerosa en el centro del país, frente al “monstruo” que ellos habían creado a base de soledad y golpes.

La Rendición del Guerrero

El perro soltó un suspiro largo, un sonido que parecía salir de lo más profundo de su alma. Su cola, esa bandera negra que había estado rígida, dio un movimiento tentativo. Uno solo. Wap.

Y entonces, el “Perro de Gerra”, el “Assino de la Unidad”, hizo algo que ninguno de esos hombres rudos había visto jamás.

Bajó la cabeza pesada y la metió con fuerza bajo mi barbilla, presionando su cráneo contra mi clavícula, buscando refugio. Soltó un gemido largo, agudo, roto. Un llanto.

No era el sonido de un animal. Era el llanto de un niño perdido que acaba de encontrar a su madre en medio de la multitud.

Sentí las lágrimas picarme en los ojos, pero no las dejé salir. No enfrente de estos cabrones.

—Shhh… ya estás aquí, gordo. Ya estás aquí —le susurré al oído, en ese tono suave que solo usaba con él.

Mi mano se hundió en el pelaje grueso de su cuello. Mis dedos encontraron instintivamente el lugar exacto detrás de su oreja derecha, ese punto nervioso que siempre lo hacía suspirar. Lo rasqué con fuerza, como a él le gustaba.

Sentí cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Los músculos de acero se relajaron. Se derritió contra mí, confiándome su peso, confiándome su vida.

—Su nombre no es Apex —dije, mi voz ganando fuerza, levantándose sobre el zumbido de los ventiladores industriales.

Me puse de pie lentamente. Ares se levantó conmigo, pegado a mi pierna izquierda como si estuviéramos soldados por un imán invisible.

Miré a Valladares. La furia que sentía era fría, calculadora, intelectual.

—Su nombre es Ares —declaré, clavando mis ojos en el Comandante—. Fue criado en las instalaciones de la Familia Castillo, en Sonora. Fue la selección principal de la camada, vendido al programa de Nivel 1 hace tres años. Yo misma firmé los papeles de transferencia. Yo misma lo entregué.

Valladares abrió la boca, pero no salió nada. El Chema bajó el celular, boquiabierto.

—Ustedes pensaron que era un perro difícil. Pensaron que era “incontrolable”. —Avancé un paso hacia la reja, y Ares avanzó conmigo, en perfecta sincronía, sus ojos ahora fijos en Valladares, no con agresión descontrolada, sino con una vigilancia protectora—. No es incontrolable, Comandante. Es inteligente. Es un perro que piensa. Y ustedes… ustedes lo han estado insultando con entrenamientos mediocres.

—Castillo… yo no sabía… —empezó Valladares, su arrogancia desmoronándose como un castillo de naipes.

—Claro que no sabía —lo interrumpí—. Porque usted no lee los expedientes. Usted solo ve números y dientes. Usted no ve el linaje.

Acaricié la cabeza de Ares. El perro se mantenía en posición de “Fuss” (junto), alerta pero tranquilo. La transformación era milagrosa. Ya no parecía una bestia rabiosa; parecía un rey. Se veía más alto, más noble y, paradójicamente, infinitamente más p*ligroso que antes. Porque un perro loco muerde al azar; un perro disciplinado muerde donde se le ordena.

—No me encerró en una jaula con un m*nstruo, Jefe —le escupí la palabra “Jefe” como si fuera veneno—. Me puso en una habitación con un miembro de mi familia al que ustedes han estado torturando.

El Cambio de Mando

El ambiente en la bodega había cambiado radicalmente. El miedo se había transformado en respeto, y el respeto en vergüenza. Los otros operadores, tipos duros con cicatrices y tatuajes, bajaron la mirada. Sabían que habían sido testigos de algo sagrado. Habían visto la lealtad en su forma más pura, y se dieron cuenta de lo pequeños que eran en comparación.

—Abre la puerta —ordené. No fue una petición.

Valladares no discutió. Hizo una seña al operador en los controles. El siseo hidráulico de la cerradura magnética rompió el silencio. La puerta de acero se deslizó, abriendo el camino hacia la libertad.

—Vamos, Ares —dije en voz baja.

Comencé a caminar hacia la salida. Ares se movía como una extensión de mi propia sombra. Sus pasos eran silenciosos, sus ojos escaneaban el perímetro, ignorando a los hombres que minutos antes se burlaban de él. Ahora, ninguno se atrevía a mirarlo a los ojos.

Al pasar junto al Chema, me detuve.

El novato estaba pálido, sosteniendo su iPhone como si fuera una granada sin seguro.

—Dame eso —le dije.

Me lo entregó sin rechistar, con las manos temblorosas.

La pantalla mostraba el video en pausa. La imagen congelada de Ares en el aire, sus fauces abiertas, y yo parada, esperando. Era una imagen brutal. Viral, sin duda. Pero no iba a permitir que la usaran para alimentar su morbo.

Con dos toques clínicos de mi pulgar, borré el video. Luego fui a la carpeta de “Eliminados recientemente” y lo borré de nuevo. Desaparecido para siempre.

Le devolví el teléfono, golpeándoselo suavemente en el pecho.

—La próxima vez que quieras aprender sobre “dinámicas de control canino” —le dije, acercándome tanto que pude ver el sudor en su frente—, asegúrate de no ser tú el que necesita la correa.

El Chema tragó saliva ruidosamente.

Me giré hacia Valladares por última vez. Él me miraba con una mezcla de enojo y admiración renuente. Sabía que había perdido el control de su unidad en el momento en que ese perro bajó la cabeza ante mí.

—La orientación ha terminado, Jefe —dije, y por primera vez, sonreí. Una sonrisa afilada, peligrosa—. Ahora, vamos a mi oficina. Tenemos que renegociar mi contrato. Y el de él.

Señalé a Ares.

—Porque a partir de hoy, nadie toca a este perro si no soy yo. Y si veo una sola cadena de castigo más en este recinto, juro por mi padre que les cierro el lugar.

Valladares asintió lentamente. Sabía que no estaba bromeando. Sabía que con una sola llamada a mis abogados, o peor, con una sola palabra a este perro, su carrera estaba acabada.

—Entendido, Castillo —murmuró.

—Bien.

Di media vuelta y seguí caminando hacia la luz del sol que entraba por el portón principal. El aire fresco golpeó mi cara, limpiando el olor a óxido y miedo de la bodega.

Sentí el hocico húmedo de Ares tocar mi mano. Bajé los dedos y entrelacé mi mano con su pelaje mientras caminábamos.

—Vamos a casa, compadre —le susurré—. Se acabó el encierro.

Salimos al patio de maniobras bajo el sol inclemente de México. Detrás de nosotros, dejamos a doce hombres armados en silencio, que acababan de aprender que la verdadera fuerza no está en el calibre de tu a*ma, sino en la lealtad de tu sangre.

Y yo… yo había recuperado la mitad de mi alma que me faltaba.

PARTE 3: LA MEMORIA DE LA MANADA

El Peso de la Luz

Salir de esa bodega fue como emerger de una tumba. La luz del sol del Estado de México, cruda y blanca a las dos de la tarde, nos golpeó de lleno. Mis pupilas, acostumbradas a la penumbra rancia del encierro, se contrajeron con dolor, pero no cerré los ojos. No quería perder de vista a Ares ni por un segundo.

El ruido de la ciudad lejana —el zumbido constante de los camiones en la autopista, el claxon de un pesero, el grito lejano de un vendedor de gas— rompió la burbuja de silencio mortal que habíamos dejado atrás.

Ares se detuvo en seco apenas sus patas tocaron la grava caliente del estacionamiento. Su cuerpo, que minutos antes era una máquina de guerra en tensión, ahora vibraba de una forma diferente. No era agresión; era sobrecarga sensorial. Llevaba meses, tal vez años, viviendo entre concreto, rejas y sombras. El mundo exterior, con sus olores a smog, tacos de canasta y pasto seco, era un tsunami para su nariz.

Me arrodillé junto a él, ignorando el polvo que manchaba mis pantalones tácticos.

—Tranquilo, pa’. Tranquilo —murmuré, pasando mis manos por sus costados.

Ahora, bajo la luz del día, pude ver el verdadero daño. La rabia me subió por la garganta como bilis caliente. Su pelaje, antes lustroso como el ala de un cuervo, estaba opaco y áspero. Tenía parches de piel irritada en los codos, marcas inconfundibles de dormir sobre cemento frío sin cama. Y lo peor: la cicatriz de un collar de castigo mal usado alrededor de su cuello, una línea de piel callosa y pelaje ralo que gritaba abuso.

—Hijos de su p*ta madre… —susurré. La maldición salió sola, cargada de una promesa de venganza.

Mis dedos tocaron el collar táctico grueso que llevaba puesto, una pieza de nailon rígido con una hebilla de grado militar.

—Quítate esa porquería —dije, más para mí que para él.

Con dedos que aún temblaban ligeramente por la adrenalina, solté el broche. El clic sonó definitivo. Le quité el collar pesado y lo dejé caer al suelo. Pum. Cayó como basura. Ares sacudió la cabeza violentamente, sus orejas golpeando contra su cráneo, disfrutando la libertad de su cuello por primera vez en quién sabe cuánto tiempo.

—¡Castillo!

La voz venía de atrás. No necesité voltear para saber que era Valladares. El sonido de sus botas militares crujiendo contra la grava lo delataba.

Ares se tensó. Un gruñido bajo, como un motor diésel en ralentí, empezó a vibrar en su pecho. Se giró para encarar al hombre, poniéndose instintivamente entre Valladares y yo.

—¡Quieto! —ordené suavemente, poniendo una mano en el lomo del perro. No quería que lo matara. No todavía. Valladares valía más vivo y humillado que muerto.

Me puse de pie y me giré despacio. El Comandante se había detenido a cinco metros de distancia. Ya no tenía la mano en el a*rma, pero su postura era defensiva, rígida. Detrás de él, en la puerta de la bodega, se asomaban las cabezas curiosas y asustadas del Chema y los otros reclutas.

—No puedes simplemente llevarte al activo —dijo Valladares, aunque su voz carecía de la autoridad que tenía adentro. Estaba tratando de negociar desde una posición de derrota—. Ese perro es propiedad de la empresa. Hay papeles, Castillo. Hay un inventario. Vale cuarenta mil dólares. Si te lo llevas, es robo federal.

Solté una risa seca, sin humor. Me ajusté las gafas de sol que tenía colgadas en el cuello de la camiseta.

—¿Robo? —repetí, dando un paso hacia él. Ares avanzó conmigo, sincronizado—. Hablemos de robos, Comandante. Hablemos de fraude.

Valladares frunció el ceño. —¿De qué hablas?

—Me contrataron porque su unidad está fallando —empecé a enumerar con los dedos, mi voz afilada—. Tienen una tasa de deserción del 40%. Sus perros “élite” no pasan las certificaciones internacionales. Los clientes se están yendo. Me trajeron aquí para arreglar su desastre.

Saqué mi celular del bolsillo.

—Tengo fotos, Valladares. Tengo videos de las condiciones de las perreras que vi al entrar. Tengo el testimonio de la condición física de este animal. Desnutrición, dermatitis por contacto, ansiedad por encierro. ¿Sabes qué pasa si mando esto a la Asociación Internacional de Perros de Trabajo? ¿O mejor aún, a los clientes corporativos que pagan por “seguridad de primer nivel”?

El color abandonó el rostro del Comandante. En el mundo de la seguridad privada en México, la reputación lo es todo. Si se corría la voz de que maltrataban a sus propios activos, se les acababan los contratos con las mineras y los bancos.

—Tú no harías eso —masculló.

—Pruébame —reté—. Tienes dos opciones, Jefe. Opción A: Me denuncias por robo. Yo presento mi evidencia, destruyo tu carrera, quemo a esta empresa en redes sociales y, de paso, demuestro que tu “perro asesino” prefiere irse con una mujer desarmada que quedarse con tus “machos alfa”.

Dejé que el silencio pesara. El viento levantó un remolino de polvo entre nosotros.

—¿Y la opción B? —preguntó él, derrotado.

—Opción B: Ares viene conmigo. Es parte de mi equipo ahora. Yo me encargo de su rehabilitación y entrenamiento, lejos de este agujero. Tú reportas que el perro está bajo “reasignación especial con el nuevo consultor experto”. Mantienes tu trabajo, la empresa mantiene su contrato conmigo, y nadie tiene que saber que un perro te hizo ver como un idiota.

Valladares miró al perro. Ares lo miraba fijamente, con esa calma depredadora que solo tienen los animales que saben que pueden matarte pero eligen no hacerlo. El Comandante sabía que había perdido. No solo había perdido al perro; había perdido el control moral de su tropa.

—Sácalo de aquí —gruñó Valladares, dándose la vuelta—. Pero si ese animal muerde a un civil, es tu bronca, Castillo.

—Si muerde a alguien —respondí mientras le daba la espalda—, será porque yo se lo ordené.

El Camino al Olvido

Mi camioneta, una Ford Lobo vieja pero fiel, estaba estacionada bajo la sombra escuálida de un mezquite. Abrí la puerta del copiloto.

Hop —ordené, golpeando el asiento de cuero desgastado.

Ares no dudó. De un salto ágil, a pesar de su delgadez, subió a la cabina. Se acomodó en el asiento, olfateando frenéticamente las vestiduras. Olía a mí. Olía a café viejo, a vainilla y a polvo. Olía a seguridad.

Me subí al lado del conductor y cerré la puerta. El silencio dentro de la cabina era sagrado. Solo nosotros dos.

Metí la llave en el contacto, pero no la giré. Mis manos, que habían estado firmes como rocas frente a los hombres, empezaron a temblar. Un temblor incontrolable que venía desde los huesos.

Me recargué en el volante y dejé escapar un sollozo. Uno solo. Seco y doloroso.

Sentí una nariz húmeda empujando mi codo. Ares. Me estaba consolando. Él, que había vivido en el infierno, me estaba consolando a mí.

Me volví y abracé su cuello gigante. Enterré mi cara en su pelaje sucio, aspirando su olor almizclado. Lloré. Lloré por los tres años perdidos. Lloré por la culpa que me carcomía cada día desde que vi esa camioneta llevárselo del rancho. Lloré porque mi padre ya no estaba para ver esto.

—Cuídalo bien, mija. Un perro así es una responsabilidad, no un juguete.

La voz de mi papá resonó en mi cabeza. Él había muerto seis meses después de que vendimos a Ares. Un infarto fulminante. Dicen que fue el corazón, pero yo sé que fue la tristeza. Perder la tierra, perder el ganado, perder el honor de los Castillo… fue demasiado para un hombre de su generación.

Y yo me había quedado sola. Sola con las deudas y con el apellido. Me convertí en “La Doña” por necesidad, endureciendo mi carácter, aprendiendo a pelear en un mundo de hombres, entrenando perros para otros porque era lo único que sabía hacer bien.

—Perdóname, gordo. Perdóname —le susurré al perro, mis lágrimas mojando su pelo negro—. Te juro que nunca más. Nunca más te voy a dejar.

Ares lamió mis lágrimas con su lengua rasposa. Un gesto tan simple, tan puro, que curó algo dentro de mí.

Me sequé la cara con la manga, respiré hondo y encendí el motor. El rugido del V8 fue nuestra fanfarria de salida.

—Vámonos a casa, Ares.

La Jungla de Asfalto

Conducir por el tráfico del Estado de México es un ejercicio de paciencia y agresividad, pero ese día me sentía intocable. Puse un corrido viejo en la radio, bajito, solo para llenar el espacio.

Ares iba sentado como un copiloto humano. Miraba por la ventana, fascinado por el caos. Los vendedores ambulantes sorteando coches, los microbuses echando humo negro, los grafitis en las paredes grises. De vez en cuando, volteaba a mirarme, como para asegurarse de que yo seguía ahí, de que no era un sueño febril provocado por el calor y el hambre.

Cada vez que me miraba, yo le guiñaba un ojo o le rascaba la cabeza.

—Sí, soy yo, cabrón. Soy yo.

Paramos en un semáforo en Ecatepec. Un limpiaparabrisas se acercó, botella de jabón en mano. Ares emitió un gruñido sordo, apenas perceptible, y sus ojos se clavaron en el chico que se acercaba al cristal. No ladró, no se lanzó contra el vidrio. Solo se puso en “modo guardia”.

—Está bien, Ares. Aus (déjalo) —le dije calmada.

El perro relajó la postura inmediatamente, aunque no quitó los ojos del extraño hasta que el semáforo cambió a verde y aceleré.

Ahí estaba la prueba. No lo habían roto. Su instinto de protección estaba intacto, solo necesitaba dirección. Valladares y sus idiotas habían tratado de reprimir su naturaleza con golpes, cuando lo que él necesitaba era un vínculo. Un Malinois no trabaja por comida ni por miedo; trabaja por amor a su líder. Y ese líder siempre había sido yo.

El Santuario

Llegamos a mi departamento en una colonia tranquila al sur de la ciudad. No era el rancho de Sonora, no había hectáreas para correr, pero tenía una terraza amplia y, lo más importante, era mío.

Bajar del coche fue otro ritual. Le puse una correa larga de cuero, suave, nada de cadenas. Caminamos hacia el edificio. Ares caminaba pegado a mi pierna, ignorando a un caniche que le ladró histéricamente desde la acera de enfrente. Él era un rey; no tenía tiempo para plebeyos.

Al entrar al departamento, le quité la correa. Ares comenzó a inspeccionar todo. Olfateó el sofá, la alfombra, la cama. Marcó mentalmente su nuevo territorio.

Fui a la cocina y saqué dos pechugas de pollo que tenía para mi cena. Las puse a hervir con un poco de arroz. Nada de croquetas secas hoy. Hoy comería como lo que era: familia.

Mientras la comida se cocinaba, lo llevé al baño.

—Vente, vamos a quitarte esa peste a cárcel —le dije.

Sorprendentemente, entró a la ducha sin protestar. El agua tibia comenzó a salir, llevándose la mugre negra y grasosa. El agua corría gris por el desagüe.

Usé mi propio champú. Froté su piel con suavidad, masajeando los músculos tensos de sus hombros y espalda. Pude sentir cada costilla, cada vértebra. Estaba flaco, demasiado flaco. Me prometí que en un mes estaría irreconocible.

Ares cerró los ojos bajo el chorro de agua caliente. Suspiró. Era la primera vez en años que sentía un toque amable que no fuera para exigirle algo.

Cuando terminamos y lo sequé con una toalla mullida, pareció crecer dos centímetros. Su pelo, aunque aún opaco, estaba limpio y olía a lavanda y menta.

Le serví el pollo con arroz en un tazón de cerámica. Comió con desesperación al principio, engullendo grandes bocados, hasta que puse mi mano suavemente en su lomo.

—Despacio. Nadie te lo va a quitar. Es todo tuyo.

Entendió. Bajó el ritmo. Masticó. Me miró entre bocado y bocado.

La Noche de los Fantasmas

La noche cayó sobre la Ciudad de México. Las luces de la ciudad pintaban el techo de mi habitación de naranja y ámbar.

Me acosté en la cama, agotada hasta la médula. Ares estaba echado en la alfombra, al pie de la cama.

—Sube —le dije, golpeando el colchón.

Dudó. En el entrenamiento militar, subir a los muebles está estrictamente prohibido. Es una ofensa capital. Me miró confundido.

—Sube, Ares. Es una orden —insistí, sonriendo.

Saltó con cuidado, haciéndose un ovillo a mis pies, tal como lo hacía cuando era un cachorro en Sonora. Sentir su peso en la cama, su calor irradiando a través de las sábanas, fue el mejor sedante que he tenido en años.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño.

Pero la paz no duró toda la noche.

A eso de las tres de la mañana, me despertó un sonido. Ares estaba “corriendo” en sueños, sus patas moviéndose frenéticamente en el aire. Estaba gimiendo, un sonido agudo y angustioso. Sus labios estaban retraídos, mostrando los dientes.

Estaba teniendo una pesadilla.

En su mente, seguía en la jaula. Seguía siendo golpeado. Seguía esperando un ataque.

Me acerqué a él con cuidado para no asustarlo si despertaba de golpe.

—Ares… Ares, despierta —susurré.

Abrió los ojos de golpe y lanzó una mordida al aire, desorientado. Sus mandíbulas chasquearon a centímetros de mi mano.

Me quedé inmóvil.

Él me miró, con los ojos desorbitados, el pecho agitado. Tardó un segundo en reconocer dónde estaba. Tardó un segundo en ver que no era el Chema con un palo, sino yo.

La vergüenza inundó su cara. Bajó las orejas y lamió mi mano, pidiendo perdón.

—No pasa nada, mi amor. No pasa nada —lo abracé, atrayendo su cabeza grande hacia mi pecho—. Ya pasó. Ya nadie te va a hacer daño.

Se quedó así, con la cabeza en mi pecho, escuchando los latidos de mi corazón, hasta que su respiración se sincronizó con la mía.

Me di cuenta entonces de que el rescate no había terminado al salir de la bodega. Apenas empezaba. Sanar las heridas del cuerpo es fácil; un poco de comida y medicina. Pero sanar la mente… eso nos tomaría tiempo. A los dos.

Yo también tenía mis cicatrices. La soledad, la presión de ser “La Doña”, la dureza que había tenido que adoptar para sobrevivir.

Miré por la ventana hacia la luna llena que se asomaba entre las nubes contaminadas.

—Tenemos trabajo que hacer, Ares —le susurré a la oscuridad—. Mañana empezamos el verdadero entrenamiento. No para que seas un arma para ellos, sino para que seas libre.

Un Nuevo Amanecer

A la mañana siguiente, me desperté antes de la alarma. Ares ya estaba despierto, sentado junto a la cama, mirándome con una intensidad tranquila.

Me levanté y me estiré. Me sentía diferente. Más fuerte. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentía sola.

—¿Listo para trabajar? —le pregunté.

Sus orejas se levantaron. Trabajo. Esa palabra la conocía. Pero esta vez, el trabajo sería diferente.

Me puse mi ropa deportiva. Tomé la correa. Salimos a correr.

No fuimos a un parque. Fuimos a la montaña, al Ajusco. Necesitábamos tierra, no pavimento.

Mientras corríamos por los senderos empinados, entre pinos y aire frío, vi la transformación. Ares no corría como un perro paseando; corría como un lobo patrullando su territorio. Pero cada vez que yo cambiaba de dirección, él giraba conmigo. Sin órdenes. Sin gritos. Pura conexión telepática.

Nos detuvimos en un claro con vista a la ciudad inmensa. Me senté en una roca y Ares se sentó a mi lado, vigilando el horizonte.

Saqué mi teléfono. Tenía veinte llamadas perdidas de la oficina central de la empresa de seguridad. Correos electrónicos de los directivos preguntando qué había pasado con el Comandante Valladares y por qué había reportes de un “incidente” en la bodega.

Sonreí.

Marqué el número del CEO de la empresa, el gringo que firmaba los cheques.

—¿Castillo? —contestó al primer tono—. ¿Qué demonios está pasando? Valladares dice que te robaste un equipo táctico.

—Buenos días a usted también, señor Henderson —dije, mi voz tranquila y dominante—. No robé nada. Salve una inversión. Y de paso, reestructuré su programa de entrenamiento.

—¿De qué hablas?

—Valladares está fuera. Es incompetente y un riesgo de responsabilidad civil. A partir de hoy, yo tomo el control total de la unidad K9. Y mi primera condición es simple: mis métodos, mis tiempos, mi gente.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Y si digo que no? —preguntó Henderson.

—Entonces le envío los videos del maltrato animal a la prensa y renuncio. Buena suerte encontrando a alguien que pueda manejar a esos perros después de lo que han visto.

Henderson suspiró. Era un hombre de negocios. Sabía cuándo estaba acorralado.

—Está bien, Castillo. Haz lo que tengas que hacer. Pero quiero resultados. Quiero a esa unidad lista en tres meses.

—La tendrá lista en dos —aseguré—. Pero Ares se queda conmigo. Es mi segundo al mando. Y su sueldo se deposita en mi cuenta.

—Hecho.

Colgué.

Miré a Ares. Me estaba mirando, lengua fuera, feliz.

—¿Escuchaste eso, socio? —le dije, rascándole detrás de la oreja—. Acabamos de conseguir un ascenso.

Ares ladró. Un ladrido fuerte, profundo y alegre que rebotó en las montañas.

Ya no éramos la chica nueva y el perro de guerra. Éramos La Doña y El General. Y la Ciudad de México no tenía idea de lo que le esperaba.

La vida nos había separado para hacernos fuertes por nuestra cuenta, pero nos había reunido para hacernos invencibles juntos. La sangre no olvida. Y la manada… la manada siempre encuentra el camino a casa.

PARTE 4: LA DANZA DE LOS COLMILLOS

El Fantasma del Espejo

Me miré al espejo del baño a las cinco de la mañana. Las ojeras bajo mis ojos contaban una historia de insomnio, pero la firmeza en mi mandíbula contaba una historia de guerra. Me lavé la cara con agua helada, sacudiéndome los últimos restos de la pesadilla recurrente: mi padre vendiendo el rancho, la camioneta llevándose a Ares, el silencio ensordecedor de la casa vacía en Sonora.

Pero hoy el silencio era diferente.

Escuché el clic-clac rítmico de uñas sobre la duela de madera en el pasillo. Ares asomó la cabeza por la puerta del baño. Ya no era el esqueleto cubierto de piel que saqué de la bodega hacía tres semanas. Su pelaje, gracias a una dieta de carne cruda, aceite de salmón y suplementos que me costaban la mitad de mi sueldo, empezaba a brillar con ese tono negro azulado del carbón. Sus costillas ya no gritaban hambre; ahora sus músculos se ondulaban bajo la piel con una promesa de potencia.

—Buenos días, General —le dije, secándome la cara con la toalla.

Ares se sentó y emitió ese gemido grave que hacen los Malinois cuando están impacientes por trabajar. Sabía qué día era. Los perros saben. Leen tu cortisol, leen tu ritmo cardíaco, leen la forma en que te amarras las agujetas de las botas.

Hoy no era un día de paseo en el Ajusco. Hoy volvíamos al infierno.

Hoy era mi primer día oficial como Jefa de la Unidad K9 de Black Shield Security. Y tenía a doce hombres esperando que fracasara. Doce “machitos” mexicanos que no soportaban la idea de recibir órdenes de una mujer, y mucho menos de una que había humillado a su anterior comandante con un solo susurro.

Me puse el uniforme: pantalones cargo negros, una playera táctica ajustada y una gorra con la visera curvada. No me puse rangos ni insignias. No necesitaba chapas de metal para saber quién mandaba.

—Vamos a enseñarles, Ares. Vamos a enseñarles qué significa ser de la familia Castillo.

El Regreso a la Guarida

El tráfico de la Ciudad de México hacia la zona industrial de Naucalpan estaba pesado, como siempre. El Periférico era un río de metal y frustración. Los cláxons sonaban, los vendedores de chicles sorteaban la muerte entre los carriles, y el sol de la mañana ya picaba en la piel a través del vidrio.

Ares iba en el asiento trasero de la Lobo, ahora equipado con un arnés de seguridad profesional. Miraba por la ventana con una calma estoica. Durante las últimas semanas, habíamos trabajado en su “switch” de encendido y apagado. Le enseñé que el mundo no es una amenaza constante. Le enseñé que podía observar sin reaccionar.

Pero al acercarnos al portón de Black Shield, sentí cómo su energía cambiaba. Se tensó. Sus orejas se pegaron un poco hacia atrás. Reconocía el lugar. Reconocía el olor a diésel quemado, a miedo y a encierro.

—Ey, mírame —le dije, mirando por el retrovisor.

Ares conectó sus ojos ámbar con los míos en el espejo.

—Ya no eres un prisionero, cabrón. Eres el dueño del lugar. ¿Entendido? Cabeza arriba.

Aceleré y entré al complejo. Los guardias de la entrada se cuadraron al ver mi camioneta, pero sus saludos fueron rígidos, forzados. El chisme vuela rápido en estas empresas. Todos sabían que yo era la “bruja” que había corrido a Valladares. Todos esperaban el show.

Estacioné en el lugar reservado para “Comandante”. Me bajé y abrí la puerta trasera. Ares bajó de un salto, aterrizando con la solidez de un yunque. No ladró. Se quedó en posición de “Fuss” (junto) a mi lado izquierdo, escaneando el perímetro.

Caminamos hacia la zona de entrenamiento.

Ahí estaban. Los doce apóstoles del desastre. Estaban formados en línea, con sus uniformes impecables y sus caras de pocos amigos. El Chema estaba ahí, mirando al suelo. Pero había alguien más. Un tipo que no estaba la vez pasada.

Era enorme. Un ropero de casi dos metros, con brazos como troncos y una cara que parecía tallada en piedra volcánica. “El Toro” Muñoz. Había oído hablar de él. Era un ex-Fuerzas Especiales, famoso por ser brutal en el combate cuerpo a cuerpo y por tener problemas con la autoridad. Había estado de baja médica cuando pasó lo de Valladares, pero ahora estaba de regreso, y su postura dejaba claro que no le impresionaba mi currículum.

Me paré frente a ellos. El silencio se podía cortar con un cuchillo.

—Buenos días, señores —dije. Mi voz no fue un grito, pero tuvo la proyección suficiente para que me escucharan hasta en la cafetería.

Nadie respondió. El Toro me miró de arriba abajo, deteniéndose con desdén en Ares.

—¿Este es el famoso chucho maravilla? —preguntó El Toro, cruzándose de brazos. Su voz era grave, rasposa, como si desayunara grava—. Se ve flaco. Parece perro de azotea.

Las risitas nerviosas recorrieron la fila. El Chema se atrevió a sonreír.

Sentí el calor subirme por el cuello, pero mantuve la cara de póker. Ares sintió mi ira, pero no se movió. Su disciplina era mi mejor arma.

—Se llama Ares —dije, dando un paso hacia Muñoz—. Y este “perro de azotea” tiene más entrenamiento en una pata que tú en todo tu cuerpo, Muñoz.

El Toro soltó una carcajada seca. —Eso dicen, Doña. Pero aquí no estamos en el rancho de papi. Aquí trabajamos con amenazas reales. Secuestros, narcomenudeo, protección ejecutiva de alto riesgo. Necesitamos perros que muerdan, no mascotas que sepan dar la patita.

Ahí estaba. El desafío directo. Estaba midiendo mi fuerza. Si retrocedía ahora, si mostraba un gramo de debilidad, perdía el mando para siempre.

—Bien —dije, asintiendo lentamente—. Tienes razón. Las palabras se las lleva el viento. Vamos a ver quién muerde y quién ladra.

Me giré hacia el grupo.

—¡Equipo completo! ¡A la “Casa de la Muerte”! ¡Ahora!

La Casa de la Muerte

La “Casa de la Muerte” era una estructura de entrenamiento en la parte trasera del complejo. Un edificio de dos pisos hecho de bloques de concreto, diseñado para simular intervenciones tácticas en espacios cerrados (CQB). Tenía pasillos estrechos, esquinas ciegas, escaleras traicioneras y habitaciones oscuras.

Era el lugar donde los egos iban a morir.

Entramos. El olor a humedad y pólvora vieja impregnaba las paredes.

—Muñoz —llamé—. Ponte el traje completo. Vas a ser el figurante.

El Toro sonrió con arrogancia. Ponerse el traje de protección (el “traje de gordo”, como le decimos, un acolchado completo de kevlar y yute que te hace parecer el muñeco Michelin) es pesado y caluroso, pero te da una sensación de invencibilidad.

—Con gusto, Jefa. A ver si su perro aguanta un manotazo.

Mientras Muñoz se equipaba, reuní al resto.

—Escuchen bien —les dije, mirando a cada uno a los ojos—. Lo que vieron hace tres semanas con Valladares fue control. Hoy van a ver combate. Pero quiero que entiendan una cosa: la verdadera fuerza de un binomio K9 no es que el perro muerda. Cualquier perro callejero muerde si lo asustas. La fuerza es que el perro piense bajo presión.

Muñoz salió del vestidor. Parecía un tanque acolchado. Llevaba un bastón de agitación en la mano derecha y una pistola de fogueo en la izquierda.

—¿Cuál es el escenario? —preguntó, golpeando el bastón contra su pierna.

—Escenario de alta amenaza —respondí—. Sujeto armado y atrincherado en el segundo piso. Hostil y agresivo. Disparos activos. El objetivo es neutralizar sin fuerza letal por parte del operador humano. El perro decide.

Muñoz se rió bajo el casco. —El perro decide… va a salir corriendo a la primera detonación.

—Sube y escóndete, Muñoz. Tienes dos minutos.

El Toro subió las escaleras haciendo ruido, golpeando las paredes, gritando obscenidades para ir calentando el ambiente.

Me quedé sola en la planta baja con Ares y el resto del equipo observando desde la pasarela de seguridad.

Me arrodillé junto a Ares. Le quité la correa. No había collares eléctricos, no había gritos.

Pass auf (Atento) —susurré.

Ares cambió. Sus pupilas se dilataron. Su cuerpo bajó su centro de gravedad. Ya no estaba “paseando”. Estaba cazando.

El Ascenso al Infierno

—¡Búsqueda! —ordené.

Ares salió disparado hacia las escaleras, pero no subió corriendo como loco. Subió pegado a la pared, revisando el ángulo superior antes de exponer el cuerpo. Táctica pura.

Yo lo seguí a tres metros de distancia, pistola de entrenamiento en mano.

Al llegar al descanso de la escalera, sonó el primer disparo. ¡PUM!

El eco en el concreto fue ensordecedor. Muñoz disparó la salva justo cuando Ares asomó la nariz.

Cualquier perro mal entrenado se habría asustado o se habría lanzado ciegamente hacia el ruido, exponiéndose a un segundo tiro.

Ares no. Al escuchar el disparo, se tiró al suelo. Platz. Instantáneo. Se hizo un blanco pequeño. Esperó un segundo, evaluó la dirección del sonido y luego avanzó reptando, en silencio, como una sombra líquida.

Los reclutas en la pasarela soltaron murmullos de asombro. Nunca habían visto a un perro hacer una “evaluación táctica” por su cuenta.

Llegamos al pasillo del segundo piso. Estaba oscuro. Muñoz estaba escondido en la última habitación a la derecha.

—¡Salgan o los mato! —gritó El Toro, golpeando la pared con el bastón. El ruido era atronador.

Ares me miró. Esperaba la luz verde.

Hice una seña con la mano. Adelante.

Ares avanzó por el pasillo. Al llegar a la puerta de la habitación, Muñoz salió de golpe. Era una montaña de yute y violencia.

—¡AAAAHHH! —gritó Muñoz, levantando el bastón para intimidar al perro. Disparó dos veces más al suelo. ¡PUM! ¡PUM!

El instinto de un perro normal es morder lo primero que se mueve: el brazo del bastón. Es una trampa. Si muerdes el bastón, el agresor te golpea o te dispara con la otra mano.

Ares ignoró el brazo del bastón.

Hizo una finta hacia la izquierda, engañando a Muñoz, y cuando el hombre giró su cuerpo pesado para bloquear, Ares se lanzó hacia el lado derecho, directo al brazo armado, el que tenía la pistola.

La mordida fue quirúrgica. Crac.

Ares cerró las mandíbulas sobre el antebrazo protegido de Muñoz. La fuerza del impacto fue tal que la pistola de fogueo salió volando de la mano del hombre.

—¡Mierda! —gritó Muñoz, esta vez con dolor real, a pesar del traje.

Pero aquí venía la verdadera prueba. Muñoz, furioso y humillado, soltó el bastón y empezó a golpear al perro con el puño libre en las costillas. Golpes duros. Ilegales en un entrenamiento deportivo, pero reales en la calle.

Vi la furia en los ojos de Muñoz. Quería lastimarlo. Quería romperlo.

Mi corazón se detuvo. Si Ares se asustaba, si soltaba, Muñoz ganaba. Si Ares se volvía salvaje y empezaba a desgarrar buscando carne, yo perdía el control y tendría que sacrificarlo.

—¡Ares, Fester (Firme)! —grité.

Ares no soltó. A pesar de los golpes, cerró los ojos, apretó la mordida y sacudió la cabeza con una violencia controlada, usando la propia inercia de Muñoz para desequilibrarlo.

En dos segundos, El Toro, el hombre de dos metros, estaba en el suelo. Ares estaba encima de él, manteniendo la mordida en el brazo, inmovilizándolo completamente.

Muñoz intentó levantarse, pero Ares gruñó. Un gruñido que venía de las cavernas del infierno, directo a la cara del hombre. No te muevas o te arranco el brazo.

Muñoz se quedó quieto.

El silencio volvió a la Casa de la Muerte. Solo se escuchaba la respiración agitada del hombre y el jadeo constante del perro.

Caminé despacio hasta ellos. Me paré sobre Muñoz, mirándolo desde arriba.

—Suelta el a*rma, Muñoz —dije con ironía, pateando la pistola de fogueo lejos de su alcance.

El Toro me miró a través de la rejilla del casco. Estaba sudando a mares. Estaba vencido.

—Dile que me suelte —jadeó.

—¿Por qué? —pregunté suavemente—. Pensé que era un perro de azotea. Pensé que no aguantaba un manotazo.

—Castillo… ya. Estuvo bueno.

Me incliné hacia Ares. Puse mi mano sobre su cabeza.

Aus.

Ares abrió la boca al instante. Ni un segundo de duda. Soltó el brazo de Muñoz, pero no se alejó. Se quedó sentado a diez centímetros de la cara del hombre, ladrándole una sola vez. ¡WUF!

Un ladrido de victoria. Un ladrido que decía: “Te perdoné la vida porque ella me lo dijo”.

La Lección de Anatomía

Ayudamos a Muñoz a levantarse. Se quitó el casco. Estaba rojo, empapado en sudor y, para mi sorpresa, tenía una mueca de respeto en la cara. Se frotó el brazo a través del traje.

—Muerde duro el cabrón —admitió, escupiendo al suelo—. Me va a dejar moretón, seguro.

—Te tuvo piedad —le dije—. Si hubiera querido, te hubiera ido a la pierna o a la ingle cuando te tiraste al suelo. Fue a desarmar. Eso es inteligencia, Muñoz. Eso no se enseña con golpes; se enseña con confianza.

Salimos al patio. Los reclutas nos miraban como si hubiéramos bajado de una nave espacial. El Chema tenía la boca abierta.

—Reunión. Ahora —ordené.

Se formaron rápido. Esta vez, las espaldas estaban más rectas. Esta vez, cuando miraban a Ares, no veían a un perro flaco; veían a un operador de nivel Tier 1.

—Lo que acaban de ver —empecé, caminando frente a la fila— es el estándar. A partir de hoy, olvidan todo lo que Valladares les enseñó sobre “dominar” al perro. Aquí no dominamos. Aquí colaboramos. Ustedes son la mitad del cerebro; el perro es la otra mitad. Si una mitad falla, los dos mueren.

Me detuve frente al Chema.

—Tú. ¿Cómo se llama tu perro?

—Eh… se llama “Tyson”, Jefa.

—¿Y dónde está Tyson ahora?

—En… en las perreras, encerrado.

—Sácalo. Saca a todos los perros. A partir de hoy, nadie se queda en las jaulas durante el día. Vamos a limpiar esas perreras. Vamos a cambiar dietas. Y quiero que cada uno de ustedes pase al menos dos horas al día solo socializando con su perro. Sin correas, sin órdenes. Jueguen. Acaricien. Conozcan a su compañero.

Hubo miradas de duda.

—¿Jugar, Jefa? —preguntó uno de los veteranos—. Son perros de ataque. Si jugamos se vuelven blandos.

—Ares duerme en mi cama —dije, señalando a la bestia negra que estaba sentada, impasible, a mis pies—. Anoche durmió con la cabeza en mis pies. Y hace diez minutos derribó a Muñoz en menos de treinta segundos. ¿Te pareció blando?

El veterano negó con la cabeza, tragando saliva. —No, Jefa.

—El vínculo es el arma. Entiendan eso y sobrevivirán. Ignórenlo y terminarán mordidos o muertos.

El Sabotaje Invisible

La tarde pasó volando. Puse a los hombres a trabajar. Limpiamos las perreras con cloro y agua a presión. Tiramos los sacos de comida barata que tenían gorgojos y ordené un cargamento de alimento premium.

Ares me seguía a todas partes, supervisando. Parecía el capataz de la obra.

Pero algo no estaba bien.

Mientras revisaba el inventario de medicinas en la pequeña clínica veterinaria del complejo, Ares se puso inquieto. Empezó a olfatear el aire cerca de los ductos de ventilación. Gruñía bajito.

—¿Qué pasa, gordo? —pregunté, dejando la lista de inventario.

Ares rascó la rejilla de ventilación.

Me acerqué. Había un olor extraño. No era el olor habitual de la clínica. Olía a… almendras amargas. Y a gas.

Mi mente trabajó rápido. Gas.

Corrí hacia la salida de la clínica. —¡Todos afuera! ¡Evacúen el edificio B! ¡Ahora!

Los hombres me miraron sorprendidos, pero el tono de urgencia en mi voz los movilizó. Muñoz, que estaba cerca, reaccionó primero.

—¡Muévanse! ¡Fuera! —gritó, empujando a los reclutas.

Apenas habíamos sacado a los últimos perros y hombres al patio central cuando escuchamos el fuzz y luego una pequeña explosión sorda dentro de la clínica. No fue fuego, fue una tubería de gas que reventó. Si hubiéramos estado adentro con las luces encendidas o si alguien hubiera prendido un encendedor…

El olor a gas inundó el patio.

Me quedé mirando el humo que salía por las ventanas. Me temblaban las manos. Alguien había aflojado esa válvula. Las válvulas de gas no se revientan solas en un día tranquilo.

Muñoz se acercó a mí. Ya no tenía la arrogancia de la mañana. Tenía la cara cenicienta.

—Eso no fue accidente, Castillo —murmuró, mirando el edificio—. Alguien manipuló la línea.

—Lo sé —dije, sintiendo un frío en el estómago que no tenía nada que ver con la temperatura.

Miré a mi alrededor. A los rostros de los hombres. El Chema estaba asustado. Los otros parecían confundidos. ¿Quién? ¿Quién odiaba tanto este cambio como para intentar matarnos? ¿O era un mensaje?

Ares estaba a mi lado, mirando fijamente hacia el techo del edificio administrativo, al otro lado del patio. Sus orejas estaban en punta, fijas en un punto lejano.

Seguí su mirada.

En la azotea del edificio administrativo, vi una silueta. Solo un segundo. Una figura oscura que nos observaba con binoculares. Apenas me vio mirar, desapareció.

No era nadie de mi equipo. Todos estaban en el patio.

—Tenemos un intruso —dije en voz baja.

Muñoz me escuchó. —¿Qué?

—Ares lo vio. En la administración.

Sin pensarlo, corrí hacia el edificio principal. —¡Muñoz, asegura el perímetro! ¡Chema, llama a la policía! ¡Ares, conmigo!

Subimos las escaleras del edificio administrativo de dos en dos. Mi corazón latía en mis oídos. Saqué mi a*rma personal, una Glock 19 que siempre llevaba oculta en la espalda. Esta vez no era entrenamiento.

Llegamos a la azotea. La puerta de acceso estaba forzada.

Salimos al techo. El viento golpeaba fuerte. No había nadie.

Pero Ares corrió hacia la orilla que daba a la calle trasera. Ladró furioso.

Me asomé. Abajo, en el callejón, vi una motocicleta negra arrancar a toda velocidad. El conductor llevaba casco negro y una chamarra de cuero sin insignias. Se perdió en el tráfico de la tarde en segundos.

Guardé el a*rma. Respiré hondo, tratando de calmar la adrenalina.

Miré el suelo de la azotea. Había algo tirado cerca de donde había estado el hombre.

Me acerqué. Era un collar de perro. Pero no cualquier collar. Era un collar viejo, de cuero desgastado, con una placa de bronce oxidada. Lo levanté.

La placa decía: “Propiedad de R. Castillo”.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Ese collar… ese collar era de Thor, el primer perro que mi padre entrenó hace veinte años. Un perro que había muerto de viejo en el rancho mucho antes de que perdiéramos todo.

Ese collar debería estar en una caja de recuerdos en la casa embargada de Sonora. O perdido en la basura.

¿Cómo había llegado aquí?

—Esto es personal —susurré.

Ares se acercó y olfateó el collar en mi mano. Soltó un gemido triste. Él también reconocía el olor, aunque fuera antiguo. Olía a mi padre.

Muñoz llegó a la azotea, jadeando, con la pistola en la mano. —¿Lo vieron? ¿Quién era?

Apreté el collar en mi puño hasta que los bordes de metal se me clavaron en la piel. Me giré hacia Muñoz. Mis ojos debían verse terribles, porque el gigante dio un paso atrás.

—No sé quién era, Muñoz —dije, con una voz que sonaba a hielo roto—. Pero cometió un error.

—¿Cuál? —preguntó él.

—Trajo fantasmas a una pelea de perros.

Miré a la ciudad que se extendía ante nosotros, un monstruo de concreto y secretos. Alguien sabía quién era yo. Alguien sabía lo que significaba este apellido. Y alguien quería asustarme.

Pero se les olvidó algo. Se les olvidó que yo ya no era la niña que lloraba cuando se llevaban sus cosas.

Miré a Ares. Él me devolvió la mirada, firme, listo.

—Muñoz —dije—. Cancela la llamada a la policía.

—¿Qué? Pero el gas… el intruso…

—La policía no va a resolver esto. Esto se arregla en casa. Quiero turnos dobles de guardia esta noche. Quiero cámaras nuevas en todo el perímetro. Y quiero que investigues quién compró los activos del Rancho Castillo en la subasta hace tres años. Nombres, direcciones, prestanombres. Todo.

Muñoz me miró un momento, evaluando. Luego, asintió. Un asentimiento de soldado a comandante. —A la orden, Jefa.

—Y una cosa más.

—¿Diga?

—Diles a los muchachos que el entrenamiento de hoy fue un éxito. Que nadie entre en pánico. Pero que a partir de mañana, empezamos el entrenamiento de combate urbano real. Nada de trajes. Nada de juegos.

—¿Estás segura?

—Nos acaban de declarar la guerra, Toro —dije, levantando el collar viejo al sol—. Y yo no pienso perder.


La Noche de la Revelación

Esa noche, de vuelta en mi departamento, no pude dormir. El collar estaba sobre mi mesa de noche, como un amuleto maldito.

Ares estaba inquieto, patrullando el departamento, yendo de la puerta a la ventana. Sabía que algo andaba mal.

Me serví un tequila. Solo uno. Para los nervios.

Me senté en el sofá y acaricié a Ares, que vino a poner su cabeza en mi regazo.

—¿Quién nos odia tanto, eh? —le pregunté—. ¿Quién guardaría un collar viejo por años solo para dejármelo aquí?

Mi teléfono vibró. Un número desconocido.

Dudé, pero contesté.

—¿Bueno?

Hubo silencio al otro lado. Solo una respiración rasposa. Y luego, una voz. Una voz que me heló la sangre porque sonaba vagamente familiar, como un eco de mi infancia, pero distorsionado por el odio.

Bonito perro, Elena. Sería una lástima que terminara como su padre.

—¿Quién eres? —grité—. ¡¿Quién carajos eres?!

Pregúntale a Valladares por qué lo corriste. Pero sobre todo… pregúntale quién le pagaba extra para mantener al perro roto.

Clic. Colgaron.

Me quedé con el teléfono en la mano, escuchando el tono de desconexión.

Valladares. El idiota no era solo incompetente. Era un títere. Alguien le pagaba para arruinar a Ares. Para mantenerme lejos. O para destruir el legado de los Castillo.

Miré a Ares. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

La tristeza se convirtió en una furia fría y calculadora. Me terminé el tequila de un trago.

—Muy bien —dije al aire—. Quieren jugar sucio. Vamos a jugar sucio.

Me levanté y fui a mi armario. Saqué una caja vieja que había traído del rancho. Adentro había cuadernos de notas de mi padre. Fórmulas de entrenamiento, contactos, secretos del negocio. Y una vieja pistola Colt .45 que había sido de mi abuelo.

Cargué el a*rma. El sonido del metal deslizando fue reconfortante.

Ares se puso de pie, alerta.

—Descansa, General —le dije, apagando la luz—. Mañana vamos a cazar. Pero no vamos a cazar con mordidas. Vamos a cazar con verdades.

Y si tengo que quemar toda la ciudad para encontrar quién tiene tu correa, lo haré. Porque ahora no solo somos un equipo. Somos una venganza esperando suceder.

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