Mi madre vendió mi única salida de la pobreza para seguir apostando, sin saber que yo era una leyenda anónima de los e-sports a punto de ganar millones.

—¡Mamá! ¿Dónde está mi computadora? ¡Dime que no la llevaste al empeño otra vez!

Sentí un hueco en el estómago al ver el escritorio vacío. Solo quedaban los cables colgando como tripas de fuera y el polvo marcando el rectángulo donde antes estaba mi vida entera. Mi PC no era un juguete; era mi herramienta, mi sangre, mi única esperanza para largarme de este barrio.

Mi mamá ni siquiera volteó a verme. Estaba contando billetes arrugados en la mesa de la cocina, con ese olor a cigarro barato impregnado en la ropa.

—Bájale a tu drama, Valeria —me soltó con esa frialdad que me congelaba—. La renta vencía hoy y el casero ya no perdona. Además, te hice un favor. Todo el día estás ahí pegada como zombi en lugar de buscarte un trabajo de verdad o un novio con dinero, como el Santiago.

—¡Mamá, tenía un torneo hoy! —grité, sintiendo cómo las lágrimas me picaban—. ¡Ese premio pagaba tres veces la renta! ¡Me robaste mi futuro para irte a las maquinitas!

—A mí no me levantes la voz —me amenazó, guardándose el dinero en el escote—. Si fueras una buena hija, entenderías los sacrificios que hago. Y arréglate, que hoy viene la hija de mi amiga a quedarse en tu cuarto. Tú te vas al sillón.

Salí de la casa azotando la puerta, con la rabia atragantada en la garganta. Caminé sin rumbo hasta la escuela, mi único refugio, aunque fuera sábado. Fue ahí donde me topé con Santiago. Pensé que al menos él me daría un abrazo, pero cuando me vio llorando, solo puso esa cara de fastidio.

—Ay, Valeria, otra vez con tus problemas de dinero —dijo, revisando su celular—. La neta, ya me cansé. Mis papás tienen razón, no somos compatibles. Tú estás obsesionada con esos jueguitos y tu familia es… bueno, un desastre. Necesito a alguien de mi nivel. Cortamos.

Ahí estaba yo: sin computadora, sin novio, sin cuarto y sin dinero. Todo por lo que había luchado se desmoronaba. Me senté en las gradas de la cancha, deseando desaparecer.

Fue entonces cuando sentí una mano en mi hombro. Era Don Chuy, el conserje de la escuela, el único que sabía que yo era “La Máscara”, la gamer que todos admiraban en internet pero nadie conocía en persona.

—Mija, sécate esas lágrimas —me dijo con su voz rasposa—. A veces, cuando nos quitan todo, es porque nos toca construir algo mejor. Ven, te voy a mostrar algo que nadie ha visto en cuarenta años…

Lo que Don Chuy me mostró detrás de esa pared falsa cambió mi vida para siempre, pero también puso en riesgo todo lo que teníamos.

¿PUEDE UN CUARTO OLVIDADO EN UNA ESCUELA PÚBLICA SER LA CUNA DE UNA LEYENDA O SERÁ MI RUINA TOTAL?

Parte 2: El Santuario en las Sombras y la Traición Bajo mi Propio Techo

No sé si alguna vez han sentido que el mundo se les cierra, como si las paredes de su propia vida empezaran a encogerse hasta asfixiarlos. Así me sentía yo mientras caminaba detrás de Don Chuy por esos pasillos olvidados de la escuela. El eco de mis pasos resonaba contra el piso de linóleo desgastado, un sonido hueco que hacía juego con el vacío que sentía en el estómago después de que mi mamá vendiera mi computadora. Pero Don Chuy, con su andar lento y su manojo de llaves tintineando como campanas de iglesia vieja, parecía tener una misión.

—¿A dónde vamos, Don Chuy? —pregunté, limpiándome las lágrimas con la manga de mi sudadera—. Si nos ve el director o algún prefecto aquí, nos van a correr a los dos. Esta zona está prohibida, ¿no?

Don Chuy soltó una risita rasposa, de esas que suenan a tabaco y años de trabajo duro. Se detuvo frente a una puerta de metal pesada, cubierta de capas de pintura gris que se descarapelaban como piel quemada por el sol.

—Mija, ¿sabes cuánto tiempo tiene esto aquí? —me preguntó, señalando el pasillo oscuro—. Más tiempo del que tú llevas viva. Cuando yo estudiaba aquí, antes de que fueras siquiera un pensamiento, este era el sector sur de la escuela.

Me quedé mirando la puerta. Tenía un letrero oxidado que apenas se podía leer: “Taller de Mecánica y Oficios”.

—Aquí aprendíamos a usar las manos, Valeria —continuó él, con un brillo de nostalgia en los ojos—. Carpintería, electricidad, albañilería, soldadura…. Eran tiempos donde la escuela te enseñaba a ganarte la vida, no solo a memorizar libros para entrar a una universidad que la mitad de nosotros no podía pagar. Pero luego, el sistema cambió. Empezaron a obsesionarse con las estadísticas universitarias y dejaron de enseñar oficios útiles. Cerraron este sector y lo usaron de bodega para todo lo que ya no servía. Como nosotros, a veces, ¿no?

Esas palabras me golpearon. “Como nosotros”. Así me sentía yo: descartada, obsoleta, estorbosa. Don Chuy metió una llave larga y dentada en la cerradura. El mecanismo gimió, protestando por décadas de inactividad, pero finalmente cedió con un clac metálico que resonó en mis huesos.

—Pásale —dijo, empujando la puerta.

El olor me golpeó primero. Era una mezcla de aceite de motor viejo, aserrín rancio y humedad encerrada. Pero para mí, en ese momento, olía a oportunidad. Don Chuy buscó a tientas en la pared hasta que encontró el interruptor. Las luces fluorescentes del techo parpadearon una, dos, tres veces, zumbando como abejas furiosas antes de iluminar el espacio.

Me quedé boquiabierta. Era enorme.

Había mesas de trabajo cubiertas de polvo, herramientas antiguas colgadas en las paredes como reliquias de una civilización perdida, y al fondo, lo que parecía un aula de carrocería. Estaba sucio, sí, y parecía el escenario de una película de terror, pero estaba aislado. Estaba lejos del mundo que me estaba lastimando.

—¿Crees que esto sirva para tus cosas de juegos? —preguntó Don Chuy, rascándose la nuca—. Como estamos en el extremo más alejado de la escuela, nadie debería molestarte aquí. Ni tu mamá, ni ese novio tuyo que no te valora.

Caminé hacia el centro del salón, mis dedos trazando líneas en el polvo de una mesa de trabajo robusta.

—Don Chuy… esto es… —no tenía palabras—. Pero no tengo equipo. Mi mamá vendió mi PC. No tengo monitor, no tengo nada. Solo tengo mis manos y este lugar vacío.

—El ingenio mexicano, mija, el ingenio —me guiñó un ojo—. El club de teatro tiene un montón de madera sobrante de cuando construyeron los escenarios para la obra de primavera. Y escuché por ahí que la sala de maestros va a recibir una televisión nueva, así que van a tirar las viejas. Si somos listos, y si somos discretos, podemos armar algo.

—¿Pero no arriesgas tu trabajo? —le pregunté, sintiendo una punzada de culpa—. Si se enteran de que me dejaste entrar….

—Josué cree en ti —dijo Don Chuy, poniéndose serio—. Y si ese muchacho, que es más bueno que el pan, cree en ti, entonces yo también. Solo asegúrate de que no te atrapen.

Ese fue el momento en que mi tristeza se convirtió en determinación. Si mi propia madre no iba a apostar por mí, yo apostaría por mí misma, “doble o nada”, como le gustaba decir a ella.

La Transformación: De Ruinas a Fortaleza

Los días siguientes fueron una borrosidad de actividad frenética y clandestina. Mi vida se dividió en dos: la Valeria pública, que asistía a clases con ojeras y aguantaba las burlas de sus compañeros, y “La Máscara”, que cobraba vida en ese taller olvidado después de la escuela.

Josué fue clave. Mi mejor amigo desde la primaria, el único que no me juzgaba por ser pobre o por ser mujer en un mundo de hombres gamers. Él apareció al día siguiente con una mochila pesada.

—¿Qué traes ahí? —le pregunté, mientras barría años de mugre del piso del taller.

—Un regalo —dijo, sacando una caja—. Sé que no puedes aceptar cosas caras, pero esto tiene una política estricta de “no devoluciones”.

Eran unos audífonos y una cámara. No eran los más nuevos, pero funcionaban.

—Josué, no puedo… —empecé a protestar, sabiendo que él tampoco nadaba en dinero.

—Shh. Es una inversión —sonrió—. Además, hice un trato. Te doy esto, y tú me ayudas a sacar un 10 en el próximo examen de mate. Si no paso, pierdo mi beca de béisbol, y mi jefa me mata. Trato hecho es trato hecho.

Con el equipo básico asegurado, nos pusimos a trabajar. Fue como uno de esos montajes de las películas, pero con más polvo y sudor real. Pasamos horas limpiando, moviendo cajas, y conectando cables. Usamos la madera del club de teatro para construir un escritorio personalizado, lo suficientemente amplio para el mousepad y los monitores viejos que rescatamos de la basura de la sala de maestros.

Don Chuy nos ayudó con la electricidad, asegurándose de que el cableado viejo del taller pudiera soportar la carga de la transmisión sin volar los fusibles de toda la escuela. Pintamos las paredes con restos de pintura que encontramos, creando un fondo que se viera “pro” en cámara.

—No manches, quedó perrón —dijo Josué un viernes por la tarde, limpiándose el sudor de la frente—. Literalmente se ve mejor que mi cuarto.

—Es nuestro secreto —dije, sintiendo por primera vez en semanas una chispa de esperanza—. El escondite secreto.

Pero había un problema. Mi identidad. Sabía que el torneo que se acercaba era importante. Los reclutadores de Team Shockwave estarían viendo. El mundo de los e-sports es brutal, y siendo honesta, es machista. Si veían a una chica, una “morra” de barrio con equipo remendado, no me tomarían en serio. Pensarían que soy una “gamer girl” que solo busca atención, no una jugadora de nivel profesional.

—Estoy preocupada —le confesé a Josué mientras probábamos la cámara—. Si saben que soy mujer, los equipos como Shockwave ni me van a pelar. Van a decir que soy puro marketing o que no tengo el nivel.

—¿Pero no van a escuchar tu voz? —preguntó Josué, conectando el micrófono.

—Ya pensé en eso. Usaré un modulador. Pero la imagen… necesito algo más.

Fue entonces cuando vi la máscara de soldar vieja colgada en la pared del taller. La tomé y le quité el polvo. Era tosca, industrial, perfecta.

—Voy a usar esto —dije, poniéndomela. El mundo se volvió oscuro y estrecho a través del visor, pero me sentí protegida—. Voy a transmitir el torneo con la máscara puesta. Seré un enigma. Solo importará mi habilidad, no mi cara, ni mi género, ni mi pobreza.

Josué me miró, asintiendo lentamente.

—Te ves ruda. Como un superhéroe del deshuesadero. Me late.

El Infierno en Casa

Mientras mi refugio secreto tomaba forma, mi casa se desmoronaba. Regresar al departamento cada noche era como entrar en una zona de guerra emocional.

Esa tarde, llegué a casa con las manos manchadas de pintura, tratando de esconder mi sonrisa de satisfacción. Pero la sonrisa se me borró en cuanto abrí la puerta. Había maletas en la sala. Maletas que no eran mías ni de mi mamá.

—Ah, llegaste —dijo mi madre, saliendo de la cocina con un cigarro en la mano. No estaba sola. Detrás de ella estaba un hombre que reconocí vagamente del casino, un tipo con cara de pocos amigos llamado Curtis, y una chica… Casandra (Casey). La nueva novia de Santiago, mi ex.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Qué hace ella aquí? —pregunté, señalando a Casandra.

—No seas grosera, Valeria —me regañó mi madre—. No nos dimos cuenta de que íbamos a tener visitas, pero Kelly, te presento a Curtis y a Casey. Van a vivir con nosotros.

—¿Qué? —mi voz salió como un chillido.

—Es una gran idea —dijo mi madre con ese tono cínico que usaba cuando quería justificar sus desastres—. No podemos pagar la renta, así que vamos a meter más inquilinos. Curtis puede ayudar con las facturas. Lo conocí en el casino y gana mejor dinero que yo.

—¿Y dónde van a dormir? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.

—Ve a tu cuarto y haz espacio para Casey —dijo mi madre, como si me pidiera que sacara la basura.

—¡Pero es mi cuarto! —grité.

—Era tu cuarto. Ahora es de quien paga. Tú te vas a dormir al garaje. O al sillón, si te portas bien.

Miré a Casandra. Ella me devolvió una sonrisa burlona, de esas que dicen “gané y tú perdiste”. Empezó a sacar mi ropa del armario y a tirarla al suelo como si fueran trapos viejos.

—Sabes, tal vez sea mejor si tiras tu ropa a la basura —dijo Casandra, levantando una de mis playeras favoritas con dos dedos, como si estuviera infectada—. De todas formas, no es nada linda. Novio reciente, ex reciente… todo se va.

Quise golpearla. Quise gritar. Pero miré a mi madre, que ya estaba sirviéndole una cerveza a Curtis, ignorándome por completo. Entendí que no tenía caso pelear. En esa casa, el dinero mandaba, y yo estaba en bancarrota.

Agarré lo que pude de mi ropa y me fui al garaje. Hacía frío, olía a gasolina y humedad, y las cucarachas corrían por las esquinas. Me tiré en un colchón viejo que teníamos ahí arrumbado y lloré. Lloré de rabia, de impotencia. Pero luego, recordé el taller en la escuela. Recordé la máscara.

“Tengo un lugar”, pensé. “Tengo un plan. Solo tengo que aguantar un poco más”.

El Encuentro con el Destino

La escuela se convirtió en mi único mundo real. Todo lo demás era una pesadilla de la que intentaba despertar. Pero incluso en la escuela, el fantasma de mi vida personal me perseguía.

Un día, mientras caminaba hacia la biblioteca (mi coartada para ir al taller), me topé con Santiago y Casandra. Iban de la mano, riéndose de algo en el celular de él. Cuando me vieron, Santiago puso esa cara de lástima fingida que me daba ganas de vomitar.

—Hola, Valeria —dijo—. Escuché lo de tu casa. Qué mala onda que tengas que dormir en el garaje. Si hubieras sido menos… intensa con los videojuegos, tal vez tu mamá no estaría tan desesperada.

—No tienes ni idea de lo que hablas, Santiago —repliqué, apretando los puños.

—Mi papá tiene razón —interrumpió él, mirando a Casandra para buscar aprobación—. Estás tirando tu vida con esos jueguitos. Aparentemente ni siquiera sabes cocinar o limpiar. Eres prácticamente inútil.

—¿Inútil? —solté una risa amarga—. Ya veremos quién es inútil cuando firme mi contrato.

—¿Contrato? —Casandra soltó una carcajada—. Por favor, Valeria. Sé realista. No vas a ir a la universidad, no tienes dinero, y ahora vives en un garaje. Eres una perdedora. Nosotros somos gente bien, con futuro. Tú… tú solo eres un pasatiempo que salió mal.

—No somos una buena pareja —añadió Santiago, dándome el golpe final—. Digo, estás obsesionada con los videojuegos, tus calificaciones están bajando… No creo que pueda tomarte en serio. Además, no quiero salir con alguien que se junta con un bicho raro como Josué.

Eso fue la gota que derramó el vaso. Insúltame a mí, está bien. Pero no te metas con Josué.

—Josué vale diez veces más que tú —le escupí—. Y te aseguro una cosa, Santiago: te vas a arrepentir de cada palabra.

Me di la media vuelta y corrí hacia el sector sur de la escuela. Necesitaba jugar. Necesitaba matar monstruos virtuales para no gritar en el mundo real.

La Preparación Final

Faltaban horas para el torneo. El ambiente en el taller secreto era eléctrico. Josué estaba ajustando la iluminación, asegurándose de que la máscara se viera intimidante bajo las luces. Yo estaba sentada frente a los monitores, mis dedos volando sobre el teclado en una partida de calentamiento.

—El ping está estable —dije, mirando las estadísticas en la pantalla—. Los FPS están volando. Don Chuy hizo un milagro con la conexión.

—¿Estás lista? —preguntó Josué—. Esto es grande, Val. Si ganas esto, si Team Shockwave te ve…

—Lo sé —interrumpí, sintiendo el peso del mundo en mis hombros—. Es mi boleto de salida. Es la casa, es la universidad, es callarle la boca a mi mamá, a Santiago, a Casandra. Es todo.

—Oye —Josué se acercó y puso una mano en mi hombro—. Eres una leyenda. Eres “La Máscara”. Ya ganaste el torneo de League of Legends pasado, esto es pan comido para ti. Solo entra ahí y destrúyelos.

—Gracias, Josué —le sonreí, aunque él no podía verlo bien por la máscara que tenía en la mesa—. Por cierto, ¿qué pasó con el examen de mate?

—¡Ah! —sacó un papel arrugado de su bolsillo y me lo mostró—. 100%. Nunca había sacado una A en mi vida. El profe Kevin estaba en shock.

—¡Eso es todo! —chocamos los puños.

Pero la alegría duró poco. Mi celular vibró. Era un mensaje de mi mamá.

“Se fue la luz en el depa. Necesito que vengas AHORA a ayudarme a limpiar el refrigerador antes de que se eche a perder la comida. Deja tus estupideces y ven.”.

Leí el mensaje y sentí que el pánico me invadía. El torneo empezaba en 30 minutos. Si me iba ahora, perdería mi oportunidad. Perdería todo.

—¿Qué pasa? —preguntó Josué, viendo mi cara pálida.

—Se fue la luz en mi casa. Mi mamá quiere que vaya a limpiar el refri.

—No puedes ir —dijo Josué firmemente—. Esto es más importante que unos cartones de leche echados a perder.

—Si no voy, me va a matar. Y si Casey y Curtis están ahí… me van a hacer la vida imposible.

—Escúchame —Josué me tomó por los hombros—. Tu mamá te empeñó la computadora. Te mandó al garaje. Metió a tu ex y a su novia en tu cuarto. No le debes nada hoy. Hoy es TU día. Apaga el celular.

Dudé un segundo. La culpa, esa vieja amiga tóxica, me susurraba al oído que era una mala hija. Pero luego pensé en el garaje frío, en las burlas de Santiago, en la mirada vacía de mi madre mientras apostaba el dinero de la renta.

Apagué el celular.

—Tienes razón. Que se pudra el refrigerador. Vamos a ganar esto.

El Torneo Comienza

Me puse la máscara. Ajusté el modulador de voz. Inicié la transmisión.

El contador de espectadores empezó a subir. 100… 500… 1000… 5000. La gente estaba curiosa. “¿Quién es esta chica enmascarada?”, leía en el chat. “¿Es hombre? ¿Es mujer? ¿Por qué está en un búnker?”.

—Bienvenidos —dije, y mi voz salió profunda y distorsionada por los parlantes—. Soy La Máscara. Y hoy, voy a enseñarles cómo se juega de verdad.

La partida comenzó. Mis manos se movían por instinto. Era como tocar el piano, pero a 200 kilómetros por hora. Farmear, gankear, rotar. Cada clic era preciso. Mi campeón se movía por el mapa como un fantasma, eliminando enemigos antes de que supieran qué los golpeó.

En el chat, la gente se volvía loca. “¡Es un dios!” “¡Miren ese macro juego!” “¡Team Shockwave, firmen a este tipo!”

No sabían que “este tipo” era una chica de 17 años sentada en una escuela pública, usando internet robado y una computadora hecha de basura reciclada.

Pasaron las rondas. Cuartos de final. Semifinal. Estaba arrasando. La adrenalina me hacía temblar las piernas, pero mis manos estaban firmes como rocas.

—Estás en la final —susurró Josué, que estaba monitoreando el chat y la conexión como un halcón—. Contra FakerFan23. Es duro.

—Me lo como vivo —murmuré.

Pero entonces, sucedió lo impensable.

Escuché un ruido afuera del taller. Pasos. Voces. No eran los pasos lentos de Don Chuy. Eran pasos rápidos, tacones, y la voz inconfundible del director de la escuela y… ¿mi mamá?

—Te digo que el GPS de su celular dice que está aquí —era la voz de Casandra. ¡Maldita sea! Había olvidado desactivar la ubicación compartida con Santiago, y seguro él se la dio.

—¡Valeria! ¡Sal de ahí ahora mismo! —gritó mi madre.

—Kelly, sé que estás ahí —dijo el director—. Abre esta puerta.

Miré a Josué. Sus ojos estaban abiertos como platos.

—Nos encontraron —susurró.

—Faltan diez minutos para terminar la partida —dije, tecleando furiosamente mientras mi personaje defendía la base—. No puedo parar. Si me desconecto, pierdo por abandono.

—¡Abran la puerta o llamo a la policía! —gritó mi madre.

Bam, bam, bam. Empezaron a golpear la puerta de metal. El sonido retumbaba en el taller como disparos.

—¡Un tiro! —grité al micrófono, concentrándome en el juego—. ¡Voy por ti!

—¡Valeria! —el grito de mi madre era histérico.

Josué corrió hacia la puerta y puso su espalda contra ella, tratando de ganar tiempo.

—¡Sigue jugando! —me gritó Josué—. ¡Yo los detengo!

La pantalla estaba llena de explosiones de colores. Mi equipo estaba avanzando hacia el nexo enemigo. Solo necesitaba unos minutos más. Pero la puerta del taller empezó a ceder. Las bisagras viejas chillaban bajo la presión.

De repente, la puerta se abrió de golpe, empujando a Josué al suelo.

Entraron todos. El director, con la cara roja de furia. Mi madre, que parecía una banshee. Casandra, con su sonrisa de triunfo. Y Santiago, grabando todo con su celular.

—¡Ajá! —gritó Casandra—. ¡Miren su guarida de ratas!

—¿Qué significa esto? —bramó el director, mirando las paredes pintadas, los monitores, el cableado ilegal—. ¿Un cuarto secreto? ¿Cómo te atreves?

—¡Apaga eso ahora mismo! —mi madre se abalanzó hacia mí.

—¡NO! —grité, con la máscara aún puesta—. ¡Estoy a punto de ganar!

Mi madre no escuchó. Se acercó a la mesa y, con un movimiento rápido y cruel, buscó el cable de corriente principal.

—¡Te dije que dejaras esos juegos! —gritó.

—¡Mamá, no! ¡Es mi futuro! ¡Es Team Shockwave! —supliqué, mis manos aún en el teclado, viendo cómo mi personaje daba el golpe final al nexo.

Tirón.

La pantalla se fue a negro. El zumbido de la computadora murió. El silencio que siguió fue ensordecedor.

Me quité la máscara lentamente, sintiendo las lágrimas correr por mis mejillas. Me giré para verlos. Mi madre tenía el cable en la mano, respirando agitadamente.

—Lo arruinaste —susurré, con la voz rota—. Lo arruinaste todo.

—Te estoy salvando de ti misma —dijo ella, tirando el cable al suelo—. Voy a llevar toda esta chatarra al empeño. Y tú… tú estás en problemas serios.

El director dio un paso adelante. —Valeria, estás suspendida. Tal vez expulsada. Esto es vandalismo, uso indebido de propiedad escolar, robo de electricidad…

—Y doble castigo —añadió mi madre, cruzándose de brazos—. Te vas a dormir al garaje indefinidamente. Y olvídate de salir.

Sentí que me desmayaba. Todo el esfuerzo. Todas las horas. La ayuda de Don Chuy, el sacrificio de Josué. Todo a la basura por la avaricia de mi madre y la envidia de Casandra.

Santiago se rió. —Te lo dije, Val. No tienes futuro.

Pero entonces, algo pasó. Josué, que se había levantado del suelo, estaba mirando su celular con los ojos desorbitados.

—Oigan… —dijo Josué, con voz temblorosa—. Oigan, esperen.

—Cállate, niño —le espetó mi madre.

—No, en serio. Miren esto —Josué levantó el teléfono hacia nosotros.

En la pantalla, Twitter (o X) estaba explotando. El hashtag #LaChicaEnmascarada era tendencia número uno mundial.

—¿Qué? —preguntó Casandra, perdiendo su sonrisa.

—El stream no se cortó antes de que la gente viera quién eras —dijo Josué, sonriendo de oreja a oreja—. Y tampoco se cortó antes de que Team Shockwave viera lo que pasó.

—¿De qué hablas? —pregunté, confundida.

—Tu transmisión se hizo viral, Val —explicó Josué, mostrándome un tuit oficial de la cuenta verificada de Team Shockwave—. Miren lo que dicen: “La jugadora más impresionante que hemos visto. Y la interrupción más injusta. Queremos firmar a la Chica de la Máscara AHORA. Bono de entrada masivo para ayudarla a salir de esa situación.”.

Hubo un silencio sepulcral en el taller. Mi madre palideció. Santiago dejó caer su mano con el celular. El director se quedó con la boca abierta.

Josué me miró y me mostró la cifra que ofrecían. Era suficiente para comprar una casa. No una casa cualquiera. Una mansión comparada con nuestro departamento.

—Valeria… —la voz de mi madre cambió instantáneamente. De furia pasó a una dulzura empalagosa y falsa—. Hija… ¿eso son dólares?

Me levanté de la silla. Me sentía más alta. Más fuerte. Miré a mi madre, luego a Santiago, luego a Casandra. Y finalmente, miré a Don Chuy, que estaba en la puerta sonriendo con orgullo, y a Josué, mi verdadero equipo.

—Parece que ya no tendré que dormir en el garaje —dije, con una calma que me asustó a mí misma—. Voy a comprar mi propia casa.

—¡Cariño! —mi madre intentó abrazarme—. ¡Sabía que podías hacerlo! Solo espera un segundo, podemos arreglar esto. Dame una parte del dinero, tengo el presentimiento de que en el casino puedo multiplicarlo….

Di un paso atrás, esquivando su abrazo. —Mamá, la única persona que merece una parte de esto es Josué. Y Don Chuy.

Agarré mi mochila. Josué tomó el equipo. Don Chuy nos abrió paso.

—Vámonos —les dije—. Tenemos una casa que comprar.

Mientras salíamos del taller, dejando atrás a mi madre gritando y a Santiago boquiabierto, supe que la partida real apenas comenzaba. Y esta vez, yo tenía el control.

Parte 3: El Sabor de la Libertad y la Última Trampa

I. El Ruido del Silencio

Caminar por ese pasillo escolar después de haber dejado atrás a mi madre, al director y a mi exnovio fue una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Mis tenis chirriaban contra el piso encerado, un sonido agudo que parecía marcar el ritmo de mi corazón desbocado. A mi lado, Josué cargaba el equipo como si llevara las joyas de la corona, y Don Chuy caminaba con esa calma imperturbable de quien ha visto todo y ya nada le asusta.

No volteé hacia atrás. Sabía que si lo hacía, vería la cara descompuesta de mi madre, esa mezcla de furia y avaricia que tanto daño me había hecho. Sabía que vería a Santiago con su celular, probablemente borrando el video o inventando una excusa para sus redes sociales. Pero no me importaba. Por primera vez en diecisiete años, el cordón umbilical tóxico que me ataba a la miseria y a la manipulación se había roto. Y no se rompió suavemente; se rompió de golpe, con el estruendo de una verdad revelada ante miles de personas en internet.

Salimos al estacionamiento de la escuela. El aire de la tarde me golpeó la cara, fresco y libre.

—No manches, Val —rompió el silencio Josué, soltando una risa nerviosa que se convirtió en una carcajada—. ¿Viste la cara de Casandra? Parecía que se había tragado un limón entero. ¡Y tu jefa! Perdón que lo diga así, pero cuando vio la cifra del contrato, los ojos se le pusieron como de caricatura.

—No hables de ella —dije, sintiendo un nudo en la garganta. No era tristeza, era el residuo de la adrenalina—. Para mí, en este momento, no tengo madre. Una madre no te vende tu futuro para jugar a las maquinitas. Una madre no mete a tu reemplazo en tu propia cama.

Don Chuy se detuvo junto a su vieja camioneta, una carcacha que tosía humo negro pero que siempre arrancaba.

—Mija, lo que hiciste ahí adentro… eso fue valor —dijo, poniendo una mano pesada y callosa en mi hombro—. Pero ahora viene lo difícil. El dinero cambia a la gente que te rodea, pero no dejes que te cambie a ti. Esa oferta de Team Shockwave es real, pero tienes que ser inteligente.

—Lo sé, Don Chuy. Pero no puedo regresar a esa casa. No voy a dormir en el garaje ni una noche más.

—Ni tendrás que hacerlo —dijo Josué, sacando su celular—. Mira esto. Mi teléfono no ha dejado de sonar. Tengo correos de representantes, mensajes de marcas… La gente te ama, Val. “La Máscara” es un ícono ahora. Dicen que representas la lucha del barrio contra el sistema.

Me recargué en la camioneta, mirando al cielo anaranjado del atardecer mexicano.

—Necesitamos un lugar —murmuré—. Un lugar nuestro. Donde nadie nos pueda correr, donde nadie nos pueda empeñar las cosas.

—Con ese bono de firma… —Josué hizo cálculos rápidos en el aire—, te alcanza para algo más que una renta. Te alcanza para comprar. Y no cualquier cosa.

—Entonces eso haremos —decidí, sintiendo una fuerza nueva—. Pero no lo haré sola. Ustedes vienen conmigo.

—¿Yo? —Don Chuy se rió, negando con la cabeza—. Mija, yo soy un viejo conserje. Tengo mi cuartito…

—Usted fue el único adulto que me ayudó cuando mi propia sangre me dio la espalda —le interrumpí—. Usted me abrió la puerta cuando todos me la cerraron. Somos un equipo. Josué, tú, yo. Esa es mi familia ahora.

II. La Casa de los Sueños (y la Pesadilla de la Mudanza)

Los siguientes días fueron un torbellino. Nos quedamos en un motel barato las primeras dos noches, pagado con los últimos ahorros de Josué y lo poco que yo tenía, mientras se formalizaba el contrato con Team Shockwave. Cuando el depósito finalmente cayó en mi cuenta bancaria recién abierta, me quedé mirando la pantalla del cajero automático por cinco minutos enteros. Había tantos ceros que pensé que era un error del sistema.

Era dinero real. Dinero que significaba poder. Dinero que significaba “no más hambre”, “no más humillaciones”.

La búsqueda de la casa fue rápida. No quería una mansión en la zona más exclusiva y “fresa” de la ciudad donde me mirarían mal por mis tatuajes o mi ropa. Quería algo grande, seguro, pero con alma. Encontramos una casa de dos pisos en una colonia tranquila, con un jardín grande y, lo más importante, un sótano perfecto para armar el setup de streaming más brutal de la historia.

El día que nos entregaron las llaves, sentí algo que nunca había sentido: pertenencia.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Josué, parado frente a la fachada color crema de la casa—. Digo, ponerla a nombre de los tres… es un compromiso muy cañón.

—Más cañón es que te corran de tu casa por no tener para la renta —respondí, girando la llave en la cerradura—. Entren. Bienvenidos a la “Gaming House” oficial.

Entrar ahí fue como respirar por primera vez. Olía a pintura fresca y a madera limpia, no a humedad ni a cigarro. Recorrimos las habitaciones corriendo como niños chiquitos.

—¡Pido el cuarto con balcón! —gritó Josué. —¡Ni lo sueñes, ese es mío! —le contesté, correteándolo por las escaleras.

Don Chuy se quedó en la cocina, pasando la mano por la encimera de granito con una sonrisa de incredulidad.

—Nunca pensé que viviría en un lugar así —dijo en voz baja—. Gracias, mija.

—No me de las gracias, Don Chuy. Gracias a usted por enseñarme que las cosas viejas y olvidadas pueden tener una segunda vida. Como este equipo.

Esa noche, pedimos pizzas. Tantas pizzas que podríamos haber alimentado a un batallón. Nos sentamos en el suelo de la sala vacía, rodeados de cajas, comiendo y riendo. Por primera vez, no tenía miedo de que llegara mi mamá a gritarme, o de que se fuera la luz por falta de pago.

—Brindo por esto —dijo Josué, alzando una rebanada de pepperoni—. Por “La Máscara”, por la nueva casa y porque Santiago y Casandra se deben estar retorciendo de la envidia.

Chocamos las rebanadas de pizza. Todo parecía perfecto.

Pero, como en todo buen videojuego, cuando crees que has limpiado el nivel y estás a salvo, es cuando aparece el jefe final. Y mi “jefe final” no iba a dejarme ir tan fácil. La envidia tiene el sueño ligero, y en mi antiguo barrio, los chismes vuelan más rápido que la fibra óptica.

III. El Contraataque de los Mediocres

Regresar a la escuela el lunes fue… interesante. Ya no era la chica invisible que se escondía en la biblioteca. Ahora, todos me miraban. Algunos con admiración, pidiéndome fotos o autógrafos en sus cuadernos. Otros, las chicas populares amigas de Casandra, me miraban con desdén, murmurando cosas cuando pasaba.

—Dicen que se ganó el dinero haciendo trampa en el juego —escuché susurrar a una chica en el baño. —Dicen que abandonó a su mamá enferma y pobre para irse a vivir de lujos —decía otra.

Los rumores eran veneno, plantados estratégicamente. Sabía de dónde venían. Mi madre no se iba a quedar callada. Había perdido su mina de oro y su orgullo estaba herido. Pero lo que más me preocupaba no eran los chismes sobre mí; yo tenía la piel dura. Me preocupaba Josué.

Josué no era como yo. Él dependía de esa beca de béisbol para tener un futuro. Su familia era buena, pero no tenían recursos. Y su punto débil, el talón de Aquiles que todos conocían, eran sus calificaciones.

El miércoles por la tarde, estábamos en la cafetería planeando el stream de inauguración de la casa, cuando el altavoz de la escuela carraspeó.

“Alumno Josué Hernández, favor de presentarse en la dirección inmediatamente. Repito, Josué Hernández a la dirección.”

Josué se puso pálido. Soltó el sándwich que estaba comiendo.

—¿Qué hice ahora? —preguntó, con la voz temblorosa. —Seguro es para felicitarte por el 100 en el examen de mate —dije, tratando de animarlo, aunque sentí un mal presentimiento en el estómago—. Ve, yo te espero aquí.

Pero Josué no regresó a la cafetería. Pasó una hora. Dos horas. Sonó el timbre de salida y él no aparecía. Fui a la dirección, pero la secretaria, una señora con cara de bulldog que siempre me había odiado, me impidió el paso.

—Está en una reunión privada con el director y el consejo escolar. No puedes pasar, Valeria. Vete a tu casa nueva y deja que los adultos arreglen esto.

Esa noche, Josué llegó a la casa con los ojos rojos e hinchados. Se dejó caer en el sofá nuevo sin decir una palabra.

—¿Qué pasó? —le pregunté, sentándome a su lado. Don Chuy salió de su habitación, preocupado.

—Me quitaron el examen —susurró Josué—. Dijeron que hice trampa.

—¿Qué? —salté del sofá—. ¡Pero si estudiaste como loco! ¡Yo te vi! ¡Don Chuy te vio repasando las fórmulas en el taller mientras yo calibraba los monitores!

—Dicen que hay “evidencia convincente” —Josué hizo comillas con los dedos, con amargura— de que copié las respuestas de uno de los “mejores estudiantes”.

—¿De quién?

Josué levantó la vista, y vi la traición reflejada en sus ojos.

—De Santiago.

Sentí como si me hubieran echado un balde de agua helada. Santiago. Claro. Él era el “niño genio” de la clase, el favorito de los maestros, aunque todos sabíamos que sus papás pagaban tutores caros para que le hicieran la tarea.

—Es una trampa —dije, caminando de un lado a otro de la sala—. Están tratando de pegarme a mí a través de ti. Saben que si pierdes la beca, te destruyen. Y saben que tú eres mi punto débil.

—El director dijo que encontraron mis “acordeones” en mi banca —continuó Josué, con la voz rota—. ¡Yo no uso acordeones, Val! Y dicen que mis respuestas son idénticas a las de Santiago, incluso en los errores.

—Santiago copió tus respuestas o cambió los exámenes —intervino Don Chuy, con el ceño fruncido—. Ese muchacho tiene acceso a la sala de maestros porque es el asistente del profesor de historia. Lo he visto merodeando.

—Me van a suspender, Val —Josué se tapó la cara con las manos—. Adiós béisbol. Adiós universidad. Adiós todo. Mi mamá me va a matar.

La rabia que sentí en ese momento fue diferente a la que sentí con mi madre. Aquella era una rabia caliente, explosiva. Esta era una rabia fría, calculadora.

—No vas a perder nada —dije, tomándolo de las manos y obligándolo a mirarme—. Escúchame bien, Josué. No estamos solos. Ahora tenemos recursos. Tenemos voz. Y vamos a pelear esto.

IV. La Guerra Fría en la Prepa

Al día siguiente, me presenté en la dirección. No como la alumna becada y asustada, sino como la propietaria de una casa y socia de una empresa internacional. Exigí ver al director.

Cuando entré, ahí estaban. El director, con su traje barato y su actitud prepotente. Y sentados frente a él, los padres de Santiago. El señor y la señora “Perfectos”, mirándome con esa condescendencia que reservan para la servidumbre.

—Valeria, esto no te incumbe —dijo el director.

—Me incumbe porque Josué es mi familia y vive bajo mi techo —dije, plantándome frente al escritorio—. Y sé que esto es una mentira. Josué estudió. Santiago es el que siempre ha necesitado ayuda extra.

—Cuidado con lo que dices, jovencita —dijo el padre de Santiago, ajustándose la corbata—. Mi hijo es un estudiante modelo. No tiene necesidad de hacer trampa. En cambio, tu amigo… bueno, sabemos de dónde viene. Y sabemos que tú ahora tienes dinero “fácil”, tal vez piensas que puedes comprar calificaciones.

—Mi dinero es honesto —repliqué, mirándolo a los ojos—. Ganado con talento, algo que su hijo no conoce. Exijo una prueba. Si dicen que Josué copió, que haga el examen otra vez. Ahora mismo. Aquí. Delante de todos.

El director se burló. —No tenemos por qué…

—Hágalo —interrumpió la madre de Santiago, con una sonrisa venenosa—. Que lo haga. Así demostraremos que fue suerte o trampa. Pero si reprueba, no solo pierde la beca. Quiero que sea expulsado por deshonestidad académica.

—Y si aprueba —contraataqué—, quiero una disculpa pública. Y quiero que se investigue a Santiago por falso testimonio.

Hubo un silencio tenso. El director miró a los padres de Santiago, luego a mí.

—Muy bien. Mañana a primera hora. Un examen nuevo, diferente, supervisado por mí personalmente.

Salí de la oficina temblando, pero no de miedo. Temblando de furia. Fui a buscar a Josué.

—Vas a tener que estudiar hoy como nunca en tu vida —le dije—. No vamos a dormir.

Esa noche, la “Gaming House” se convirtió en una sala de estudio intensivo. Olvidamos los videojuegos. Usamos los pizarrones blancos que habíamos comprado para estrategias de League of Legends para resolver ecuaciones de cálculo diferencial. Don Chuy nos traía café y tortas cada hora.

—¡Concéntrate, Josué! —le gritaba yo cuando veía que se le cerraban los ojos a las tres de la mañana—. ¡La integral de e a la x es e a la x! ¡No se te puede olvidar!

—Ya no puedo, Val… mi cerebro está frito.

—Sí puedes. Porque ellos creen que eres tonto. Creen que porque somos de barrio, somos ignorantes. Creen que necesitamos robar para ganar. ¿Les vas a dar la razón?

Josué se lavó la cara con agua helada y regresó a la mesa. —No. Ni madres.

V. El Día del Juicio

La mañana del examen, la escuela parecía un estadio antes del gran partido. El rumor se había corrido: Josué vs. El Sistema. “El amigo de La Máscara” contra la élite de la escuela.

Josué entró a la sala de conferencias solo. Yo tuve que quedarme afuera, paseando por el pasillo como león enjaulado. Santiago pasó por ahí con Casandra, riéndose.

—Pobre diablo —dijo Santiago al pasar—. Va a salir llorando.

—Espera y verás —le dije, sin siquiera voltear a verlo.

El examen duraba dos horas. Fueron las dos horas más largas de mi existencia. Más largas que cualquier partida clasificatoria, más largas que las noches en el garaje.

Finalmente, la puerta se abrió.

Josué salió. Tenía la cara inexpresiva. El director salió detrás de él, con el examen en la mano y una expresión que no pude descifrar. Los padres de Santiago se levantaron de la banca donde esperaban.

—¿Y bien? —preguntó el padre de Santiago, con suficiencia—. ¿Ya podemos proceder con la expulsión?

El director se aclaró la garganta. Se veía incómodo. Se aflojó el cuello de la camisa.

—He calificado el examen —dijo, mirando el papel—. Es un examen diferente al anterior, con problemas de mayor dificultad diseñados para evitar la memorización simple.

—Dígalo ya —presionó la madre de Santiago.

—El alumno Josué Hernández… —el director hizo una pausa dramática, mirando a Josué con una mezcla de sorpresa y, por primera vez, respeto— ha obtenido una calificación de 98 sobre 100. Solo falló en un signo en la última derivada.

El pasillo se quedó en silencio absoluto. Podría haberse escuchado caer un alfiler.

—¡Eso es imposible! —gritó Santiago, perdiendo la compostura—. ¡Seguro hizo trampa otra vez! ¡Tenía un auricular o algo!

—Lo revisé antes de entrar, Santiago —dijo el director, secamente—. No tenía nada. El muchacho sabe la materia.

Me acerqué a Josué y lo abracé tan fuerte que casi lo derribo. —¡Te lo dije! ¡Te lo dije, cabrón!

Josué estaba llorando, pero esta vez eran lágrimas de alivio.

—Pero eso no es todo —dijo el director, girándose hacia Santiago—. Al revisar las respuestas de Josué y compararlas con el examen anterior… y con el tuyo, Santiago, noté algo interesante. Los errores que supuestamente Josué te copió… son errores muy específicos. Errores que solo alguien que tiene las respuestas clave mal copiadas cometería.

—¿Qué está insinuando? —preguntó el padre de Santiago, poniéndose rojo.

—Estoy insinuando que voy a abrir una investigación sobre cómo Santiago ha estado obteniendo sus calificaciones perfectas últimamente. Y sobre quién puso esos “acordeones” en la banca de Josué.

Santiago palideció. Casandra, viendo que el barco se hundía, soltó la mano de su novio y dio un pasito lateral para alejarse de él.

VI. La Victoria Verdadera

Salimos de la escuela como héroes. Literalmente. Un grupo de chicos del equipo de béisbol estaba esperando afuera y cargaron a Josué en hombros.

Pero lo mejor vino unos días después. Estábamos en la casa, finalmente instalados. Don Chuy estaba en el jardín regando las plantas (ahora era nuestro “gerente de instalaciones” oficial y vivía con nosotros, lejos de su cuartito húmedo). Yo estaba en pleno stream, con miles de personas viendo.

Sonó el timbre.

Miré el monitor de seguridad. Eran los padres de Santiago. Y Santiago.

Fui a la puerta, pero no abrí la reja. Me quedé del otro lado, mirándolos.

—Valeria, hija —dijo la madre de Santiago, con una sonrisa tan falsa que dolía verla—. ¿Cómo estás? Vimos tu transmisión el otro día. ¡Qué maravilla! No sabíamos que eras tan… emprendedora.

—Hola —dije secamente.

—Queríamos venir a disculparnos —dijo el padre, empujando levemente a Santiago hacia adelante—. Hubo… malentendidos. Santiago está muy arrepentido. Sabes que él te quiere mucho. Tal vez fuimos duros contigo.

Santiago me miró con ojos de cachorro apaleado. —Val, perdóname. Casandra me manipuló. Yo siempre te quise a ti. Podemos volver a intentarlo. Ahora que tienes esta casa… digo, ahora que estamos bien, podríamos ser la pareja poderosa de la escuela.

Me reí. Me reí con ganas, una risa que venía desde el fondo de mi alma sanada.

—¿Saben qué es lo triste? —les dije—. Que ustedes creen que el dinero borra la memoria. Creen que porque ahora tengo una casa y una cuenta llena, voy a olvidar cómo me trataron cuando no tenía dónde dormir. Cómo me humillaron. Cómo trataron de destruir a mi mejor amigo.

—Valeria, sé razonable… —empezó la mujer.

—Soy muy razonable. Por eso no los quiero cerca de mi propiedad. Santiago, tu oportunidad pasó hace mucho. Y no la perdiste cuando me dejaste; la perdiste cuando te convertiste en una persona sin escrúpulos.

—¡Pero te amamos! —gritó Santiago, desesperado.

—No —le corregí—. Aman mi éxito. Aman lo que represento ahora. Pero yo ya tengo una familia.

Señalé hacia atrás. Josué estaba en la puerta principal, comiéndose una manzana, sonriendo. Don Chuy estaba podando un arbusto, vigilando.

—Esta es mi familia. La que estuvo conmigo en el garaje. La que creyó en mí cuando era una “inútil”. Lárguense de aquí antes de que llame a la policía por invasión de propiedad privada.

Cerré la reja en sus narices y caminé de regreso a la casa.

Entré a la sala. Josué me pasó un control de la consola.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Mejor que nunca —respondí, sentándome en el sofá más cómodo del mundo—. Oye, ¿llamó mi mamá?

—Sí, hace rato. Dejó un mensaje de voz llorando, diciendo que el casero la corrió y que Casandra y Curtis se fueron y la dejaron sola con la deuda. Preguntó si podía venir a quedarse en el “cuarto de huéspedes”.

—¿Y qué hiciste?

—Bloqueé el número, como me pediste.

Suspiré, sintiendo una punzada de pena, pero sabiendo que era lo correcto. No puedes salvar a alguien que no quiere ser salvado y que te arrastra al fondo.

—Bien hecho.

Don Chuy entró con una jarra de agua de limón. —Bueno, muchachos, ¿qué sigue? ¿Más torneos? ¿Más drama?

Miré a mi alrededor. Mi casa. Mis amigos. Mi vida.

—No, Don Chuy —sonreí—. Lo que sigue es vivir. Jugar, ganar y vivir. Pero bajo nuestras propias reglas.

Encendí la cámara de nuevo. Me puse la máscara, solo por diversión, y le hablé a mis seguidores.

—Hey, gente. Estamos de vuelta. Y les tengo una historia nueva. Se trata de cómo ganamos el nivel más difícil de todos: la vida real.

Aquí tienes la Parte 4 (El Gran Final) de la historia. He extendido la narrativa para cerrar todos los arcos emocionales, explorar la madurez de los personajes y ofrecer una conclusión satisfactoria y detallada, cumpliendo con la extensión y el estilo mexicano solicitados.

Parte 4: El Legado de la Máscara y el Verdadero “GG”

I. La Cruda (Emocional) después de la Fiesta

Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero nadie te dice que la calma puede ser tan ruidosa. Los primeros meses viviendo en la “Gaming House” (o “La Fortaleza”, como Don Chuy la bautizó) fueron una mezcla extraña de euforia y miedo. Miedo a despertar y estar de nuevo en el garaje. Miedo a que el contrato de Team Shockwave fuera una broma macabra. Miedo a que mi cuenta bancaria marcara ceros otra vez.

La rutina cambió drásticamente. Ya no me levantaba con los gritos de mi madre o el olor a cigarro rancio. Ahora, me despertaba el olor a chilaquiles verdes o huevos con machaca que Don Chuy preparaba religiosamente a las 8:00 AM.

—¡A desayunar, campeones! —gritaba desde la cocina, con esa alegría de quien ha recuperado las ganas de vivir.

Josué y yo bajábamos las escaleras con cara de sueño, él con su pijama de Star Wars y yo con una camiseta gigante de mi equipo. La cocina era nuestro centro de operaciones. Ahí, entre tazas de café de olla y tortillas calientes, planeábamos el día. Porque ser streamer profesional y jugadora de e-sports no es solo sentarse a picar botones; es una “chamba” de tiempo completo.

—Hoy tienes entrenamiento de puntería a las 10, revisión de video con el coach coreano a las 12, y a las 4 tienes la entrevista con la revista Gamer MX —me leía Josué desde su tablet. Se había tomado muy en serio su papel de manager. Había cambiado el bate de béisbol por las hojas de cálculo, y la neta, era un crack negociando.

—¿Otra entrevista, güey? —me quejé, mordiendo una tortilla—. Ya dije todo lo que tenía que decir. “Sí, era pobre, sí, mi mamá me vendió la PC, sí, gané”. Ya chole con el drama, quiero hablar del juego.

—El drama vende, Val —me recordó Josué, ajustándose los lentes—. Y necesitamos patrocinadores para el proyecto que traemos en mente. Así que te peinas, te pones la máscara un rato para las fotos y sonríes… bueno, sonríes con los ojos.

Don Chuy nos servía más café. Él se encargaba de que no perdiéramos el piso. Si nos veía muy “alzados” o “divas”, nos ponía a lavar los platos o a barrer el patio.

—El dinero compra la casa, pero no la educación —nos decía, dándonos un zape cariñoso en la nuca—. Aquí nadie es más que nadie. Tú serás “La Máscara” en internet, pero aquí eres Valeria y te toca sacar la basura.

Esa normalidad, esa disciplina doméstica, fue lo que me salvó de volverme loca. Porque afuera… afuera el mundo seguía girando y los buitres seguían acechando.

II. Ecos del Barrio: La Caída de los Antagonistas

Aunque intenté bloquear a mi pasado, el pasado tiene la mala costumbre de colarse por las grietas. No supe nada de mi madre durante tres meses, hasta que un día, tuve que volver a mi antigua colonia. No por nostalgia, sino por burocracia. Tenía que recoger unos papeles de mi nacimiento en el registro civil que estaba cerca de ahí, y necesitaba mi INE vieja.

Fui en un Uber, con gorra y lentes oscuros, rogando que nadie me reconociera. El barrio se veía igual: gris, ruidoso, con los perros callejeros ladrando en las esquinas y la música de banda retumbando en las tiendas. Pero yo lo veía diferente. Ya no lo veía como una prisión, sino como un escenario que había superado.

Al salir del registro civil, pasé cerca de la casa de empeño. Esa maldita casa de empeño donde terminó mi primera computadora. Y ahí la vi.

Mi madre.

Estaba parada afuera, discutiendo con el encargado de la ventanilla a través del cristal blindado. Se veía más delgada, más demacrada. Llevaba la misma ropa que usaba cuando me corrió de la casa. No tenía esa arrogancia de antes; ahora solo se le veía desesperación.

—¡Le juro que es oro de verdad! —le gritaba al dependiente, tratando de empeñar un anillo que reconocí: era el de su abuela, lo único de valor que le quedaba—. ¡Deme algo, lo que sea, necesito recuperar mi suerte!

Me quedé paralizada en la banqueta. Una parte de mí, esa niña pequeña que solo quería que su mamá la quisiera, quiso correr, darle dinero, sacarla de ahí. “Tengo millones ahora”, pensé. “Podría darle mil pesos y no me afectaría”.

Pero luego recordé el garaje. Recordé a Curtis y Casandra en mi cuarto. Recordé el cable de la computadora arrancado.

Don Chuy tenía una frase: “No puedes calentar a quien ama el frío sin congelarte tú mismo”.

Si le daba dinero, se lo gastaría en las tragamonedas en una hora. Si la llevaba a mi casa, vendería mis consolas mientras dormía. Ella no había cambiado. Su “vicio” no eran solo las apuestas; era el caos.

Me di la media vuelta. El corazón me dolía, sí, un dolor sordo y profundo. Pero seguí caminando. Me subí al coche que me esperaba y no miré atrás. Ese día entendí que el verdadero éxito no es solo tener dinero, sino tener la paz mental para saber cuándo soltar.

La justicia kármica también alcanzó a los demás. Josué, que mantenía informantes en la escuela (los de intendencia lo adoraban gracias a Don Chuy), me contó el chisme completo.

Santiago y Casandra duraron lo que dura un suspiro. En cuanto los padres de Santiago le cortaron el flujo de efectivo tras el escándalo de las trampas (el director cumplió su amenaza e investigó, encontrando que Santiago había comprado exámenes durante dos años), Casandra lo dejó. Le dijo que sin “status” él no era nada.

Lo irónico es que Casandra tampoco salió ilesa. Su reputación de “niña bien” se desplomó. En la prepa, la crueldad social es moneda de cambio, y ella pasó de ser la reina de la colmena a la paria. Nadie quería juntarse con la chica que casi arruina la vida de la streamer más famosa del país. La vi una vez en un centro comercial, trabajando en un stand de fundas para celulares. Cuando me vio, se escondió detrás del mostrador. No sentí satisfacción, ni burla. Solo sentí… nada. Indiferencia. Y eso, creo, es la mayor victoria.

III. El Proyecto “Renacer”: Devolviendo el Favor

Pasó un año. Mi carrera estaba en la cima. Había ganado dos torneos internacionales, tenía mi propia línea de ropa y los patrocinadores hacían fila. Pero algo me faltaba. Me sentía en deuda. No con mi madre, ni con la sociedad en general, sino con ese lugar específico que me dio las herramientas cuando no tenía nada: El Sector Sur de la escuela. El taller de Don Chuy.

—Quiero comprarlo —le dije a Josué una noche mientras cenábamos tacos al pastor en el jardín.

—¿Comprar qué? —preguntó él, limpiándose la salsa de la boca.

—El taller. El sector sur de la prepa. Quiero que deje de ser una bodega y vuelva a ser lo que Don Chuy dijo que era: un lugar para aprender oficios. Pero actualizado.

Don Chuy, que estaba regando sus rosales (sus “hijos verdes”), se detuvo en seco. Se quitó el sombrero y me miró con los ojos vidriosos.

—Mija, eso cuesta un dineral. Y la escuela es pública, es del gobierno, es un lío burocrático.

—Tengo abogados, Don Chuy. Y tengo el dinero. Y si el gobierno no quiere soltarlo, les haré una oferta que no podrán rechazar: yo pago la remodelación completa, pongo el equipo, y ellos solo tienen que poner a los maestros.

La reunión con el director fue, por falta de una mejor palabra, poética. El mismo hombre que me quería expulsar y llamar a la policía, ahora me recibía con café gourmet y galletitas finas en su oficina. Sudaba frío. Sabía que yo tenía el poder mediático para destruir su carrera si contaba los detalles de cómo permitió el acoso escolar y el favoritismo hacia Santiago.

—Valeria… digo, Señorita Kelly… qué honor tenerla aquí —tartamudeaba.

—Vamos al grano, Director —dije, poniendo una carpeta sobre su escritorio—. Quiero donar tres millones de pesos a la escuela.

El hombre casi se atraganta con su saliva. —¿Tres… millones? Eso es… extraordinario. Podríamos pintar la fachada, arreglar la cancha de fútbol…

—No —lo corté—. El dinero está etiquetado. Específicamente para la rehabilitación del Sector Sur. El antiguo taller de oficios.

—Pero… esa zona está abandonada…

—Exacto. Y va a dejar de estarlo. El proyecto incluye un laboratorio de computación de última generación para diseño y programación, un taller de robótica, y sí, la reapertura de los talleres de carpintería, electricidad y mecánica. Porque no todos van a ser abogados o médicos, Director. Y los chavos necesitan saber usar sus manos.

—Es una visión muy… noble —dijo él, sin poder negarse ante la cifra.

—Tengo dos condiciones —añadí, cruzando los brazos.

—Lo que sea.

—Primero: El nuevo edificio se llamará “Centro de Innovación y Oficios Jesús ‘Chuy’ Martínez”.

Don Chuy, que estaba sentado a mi lado, soltó un sollozo ahogado. Le apreté la mano por debajo de la mesa.

—Y segundo —continué, mirando al director a los ojos—: Quiero que haya un programa de becas alimenticias. Ningún alumno debe estudiar con hambre. Y ningún alumno debe ser juzgado por sus zapatos rotos. Si me entero de que discriminan a alguien por su situación económica, retiro el fondo y los demando por malversación. ¿Trato?

El director tragó grueso y extendió la mano. —Trato hecho, Señorita Kelly.

IV. La Inauguración y el Cierre del Círculo

Seis meses después, estábamos cortando el listón rojo. El viejo pasillo oscuro y tenebroso donde Don Chuy me llevó aquella tarde desesperada había desaparecido. Ahora había ventanales grandes, luz natural, paredes pintadas de colores vibrantes y el zumbido constante de maquinaria nueva y computadoras procesando datos.

Había prensa, claro. Había alumnos. Incluso había gente del gobierno queriendo colgarse la medalla, pero yo no dejé que nadie opacara a la verdadera estrella.

—Este lugar —dije al micrófono, frente a cientos de estudiantes—, no es un regalo mío. Es un regalo de un hombre que creyó en una niña que no tenía nada. Don Chuy me enseñó que la basura de unos es el tesoro de otros. Que una computadora vieja puede ser la llave al mundo. Y que no importa si vienes del barrio o de las lomas; lo que importa es el “hambre” que tengas de salir adelante.

Don Chuy subió al estrado. Le temblaban las manos, pero cuando vio la placa dorada con su nombre en la entrada del edificio, se enderezó. Parecía diez años más joven.

—Estudien —dijo simplemente al micrófono—. Y no dejen que nadie les diga que no sirven. Si una silla rota se puede arreglar, una vida rota también.

Los aplausos fueron ensordecedores. Josué estaba a mi lado, grabando todo para el canal.

—Lo logramos, Val —me susurró—. Neta, lo logramos.

—Sí —respondí—. Pero falta una cosa.

—¿Qué?

—Ganar el mundial.

V. El Nivel Final: El Campeonato Mundial en Seúl

La vida da muchas vueltas. Un año después de la inauguración del centro, estaba en un estadio en Corea del Sur. El estadio estaba lleno. Cincuenta mil personas gritando. Las luces estroboscópicas me cegaban momentáneamente.

Mi equipo, Team Shockwave, había llegado a la final contra los campeones reinantes de China. Era la primera vez que un equipo con una jugadora mexicana llegaba tan lejos.

Estaba sentada en mi cabina insonorizada. Mis manos, que antes temblaban por el frío del garaje, ahora estaban calientes y listas. Tenía el mouse personalizado que Josué me había diseñado. Tenía mis audífonos de alta gama. Pero en mi mochila, guardada como amuleto, todavía traía esa vieja máscara de soldar.

El marcador estaba 2-2. La partida decisiva. “Silver Scrapes” sonaba en los altavoces, la canción que pone la piel de gallina a cualquier gamer.

—Valeria, ¿me copias? —era la voz de mi entrenador por los audífonos.

—Fuerte y claro.

—Ellos van a ir por ti. Saben que eres el carry. Te van a lanzar todo lo que tienen.

—Que vengan —respondí en español, sabiendo que mis compañeros no entendían pero sentían la intención—. Estoy acostumbrada a jugar contra la corriente.

La partida comenzó. Fue brutal. Sangre digital derramada en cada línea. Me acorralaron, me persiguieron. Hubo un momento, al minuto 35, donde pensé que perdíamos. Mataron a tres de mi equipo. Quedábamos solo el soporte y yo contra cinco de ellos.

El comentarista gritaba en inglés: “It’s over! Shockwave is going down!” (¡Se acabó! ¡Shockwave va a caer!).

Pero entonces, vi la apertura. Un error milimétrico del rival. Un paso en falso.

Recordé las palabras de Don Chuy: “El ingenio mexicano, mija”.

No jugué como decían los manuales coreanos. No jugué a la defensiva. Jugué con el instinto de supervivencia que aprendí cuando me querían quitar mi casa. Me lancé hacia adelante. Un suicidio táctico, dirían algunos. Una genialidad, dirían otros.

Mis dedos volaron. Q-W-E-R. Flash. Esquivé. Disparé.

Uno cayó. Dos cayeron.

—¡PENTAKILL! —gritó el narrador, su voz rompiéndose—. ¡KELLY HAS DONE IT! (¡Kelly lo ha hecho!).

Destruimos el nexo enemigo mientras el estadio se venía abajo. Me quité los audífonos y el rugido de la multitud me golpeó como una ola física. Lloré. No pude evitarlo. Lloré abrazada a mis compañeros de equipo.

Cuando levantamos la copa, pesaba. Pesaba mucho. Pero no pesaba tanto como la pobreza. No pesaba tanto como la desesperanza.

Josué corrió al escenario, saltándose la seguridad, con la bandera de México en la mano. Me la puso sobre los hombros.

—¡Viva México, cabrones! —gritó, y aunque la transmisión internacional le puso un “bip”, todos leímos sus labios.

En las gradas VIP, vi a Don Chuy. Había viajado por primera vez en avión en su vida para verme. Estaba llorando a mares, agitando su sombrero viejo. Le lancé un beso.

VI. Epílogo: La Vista desde la Cima

Regresamos a México como héroes nacionales. Hubo desfiles, entrevistas, portadas de revista. Pero mi momento favorito no fue ninguno de esos.

Fue una semana después de regresar. Estaba en el balcón de mi habitación en la “Fortaleza”. Era de noche. La ciudad brillaba a lo lejos. Tenía una taza de té en la mano.

Josué entró, trayendo una caja de pizza.

—Oye, Val. ¿Viste esto?

Me mostró su celular. Era un video de un niño, un chavito de unos 12 años, grabando desde un cuarto humilde, con paredes de lámina.

“Hola, soy Juanito”, decía el niño en el video. “Y quiero ser como La Máscara. No tengo compu, juego en mi celular con la pantalla rota. Pero voy a ir al Centro Don Chuy a aprender a armar mi propia PC. Gracias, Kelly, por enseñarnos que se puede”.

Sentí un calor en el pecho que ninguna victoria en el juego me había dado.

—Eso es, Josué —le dije—. Ese es el verdadero premio.

—Sí —Josué sonrió, tomando una rebanada de pizza—. Oye, por cierto… ¿te acuerdas de Santiago?

—¿Qué pasó?

—Me mandó una solicitud de amistad en Facebook ayer.

—¿Y qué hiciste?

—Le mandé una foto de nosotros levantando la copa en Corea y luego lo bloqueé.

Solté una carcajada. —Eres terrible.

—Soy justo.

Don Chuy apareció en la puerta del balcón. —Muchachos, ya dejen el chisme. Mañana hay que ir al centro, llegaron las nuevas impresoras 3D y no entiendo ni papa de cómo se conectan.

—Ya vamos, Don Chuy —dije.

Me quedé un segundo más mirando las estrellas. Pensé en mi mamá, y le deseé paz, donde quiera que estuviera. Pensé en la Valeria del pasado, la que lloraba en las gradas de la escuela, y le susurré: “Aguanta. Todo va a valer la pena”.

Entré a la casa, cerré la puerta del balcón y dejé el frío afuera. Adentro, había calor, había risas, había familia. Y esa, mis amigos, fue la mejor partida de mi vida.

FIN.

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El zumbido de los servidores era lo único que se escuchaba por encima de los gritos desesperados del Ingeniero Jasso. Llevaba cinco minutos trapeando el mismo cuadro…

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