
—¡Quítate, enano! Tú no alcanzas —me ladró mi hermano mayor, empujándome con su hocico húmedo y fuerte contra la paja sucia.
Caí de espaldas, pataleando como un inútil. Mis hermanos y hermanas se abalanzaron sobre mi mamá, Solecita, peleando por la leche. Yo intenté levantarme, pero mis patas temblaban. Nací siendo el más chiquito, el que “no se logró” bien.
—Déjenlo comer —suspiró mamá, pero estaba tan cansada que apenas podía levantar la cabeza.
Nadie le hizo caso. Se burlaban de mí. “Míralo, es tan pequeño que da lástima”, decían entre risitas crueles. Esa noche, en nuestro granero en el rancho, sentí un frío que me calaba hasta los huesos. No era solo el frío de la noche mexicana, era el frío del rechazo. Me fui a un rincón, lejos del calor de la manada, y cerré los ojos deseando ser diferente. Deseando ser grande.
El silencio del campo lo cubrió todo. Todos se durmieron, panzones y felices. Todos menos yo. El hambre y la tristeza no me dejaban pegar el ojo.
De repente, algo cambió.
No fue un ruido. Fue un olor. Un olor acre, picante, que me picó la nariz. Levanté las orejas. ¿Qué era eso?
—¿Mamá? —gimoteé.
Entonces lo vi. Un resplandor naranja bailando en las vigas de madera vieja. Humo. Una nube gris y espesa empezaba a bajar como una manta mortal.
—¡Fuego! —ladre con todas mis fuerzas—. ¡Despierten! ¡Nos vamos a quemar!
El pánico estalló en un segundo. Mis hermanos, esos que horas antes se sentían invencibles, ahora corrían en círculos, aullando de terror. Mamá corrió hacia la puerta grande del granero y rasguñó la madera.
—¡Está trancada! —gritó ella, con los ojos llenos de lágrimas por el humo—. ¡No abre!.
El calor aumentaba. Las llamas empezaban a lamer las paredes. Escuché el crujido de la madera a punto de ceder. Estábamos atrapados. Íbamos a m*rir ahí dentro.
—¡Miren! —gritó uno de mis hermanos—. ¡Hay un hueco abajo!
Corrieron hacia la rendija en la parte inferior de la puerta. El más fuerte intentó pasar, empujando con desesperación, pero sus hombros eran demasiado anchos. Se quedó atorado y tuvo que retroceder, tosiendo.
—¡No quepo! —lloró—. ¡Nadie cabe!
Mamá nos miró a todos, y luego su mirada se posó en mí. En el “enano”. En el inútil.
—Trébol… —susurró ella entre el humo asfixiante—. Tú… tú eres el único….
Miré el hueco. Miré el fuego que se acercaba. Miré a mis hermanos que ahora me veían no con burla, sino con súplica. Todo dependía de mí.
¿LOGRARÁ EL PEQUEÑO TRÉBOL SALVARLOS A TODOS O SERÁ DEMASIADO TARDE?
EL HÉROE MÁS PEQUEÑO DEL RANCHO: PARTE 2
Capítulo 1: El Paso de la Muerte
Mi corazón retumbaba contra mis costillas como un tambor en día de fiesta, pero no de alegría, sino de puro pánico. “Tú eres el único”, había dicho mamá. Esas palabras pesaban más que todas las burlas que había soportado desde que nací. Miré el hueco debajo de la puerta. Era apenas una rendija, una mueca torcida en la madera vieja y carcomida por los años. Para mis hermanos, esos gigantones que siempre me quitaban la comida, ese espacio era imposible. Para mí, el “enano”, el “renacuajo”, era una oportunidad. La única oportunidad.
El humo ya no era una molestia; era un monstruo gris que devoraba el aire. Mis hermanos tosían violentamente detrás de mí. Escuchaba los gemidos de Pecas, el más bravucón de todos, ahora reducido a un chillido agudo de terror. Eso me dio el empujón que necesitaba.
—¡Voy, mamá! —grité, aunque mi voz salió como un chirrido ahogado.
Me tiré al suelo, pegando la panza a la tierra fría y sucia del granero. Metí el hocico primero en la grieta. El aire fresco del exterior me golpeó la nariz húmeda como una bendición, un contraste brutal con el infierno que se estaba cocinando a mis espaldas. Empecé a arrastrarme.
—¡Ándale, Trébol! ¡Tú puedes, mijo! —escuché a mamá ladrar entre la humareda. Su voz se quebraba, y eso me dolió más que las astillas que se me estaban clavando en la piel.
Avancé unos centímetros, pero entonces sentí el terror absoluto: me atoré. Mis hombros, aunque pequeños, rozaban contra la madera astillada. Sentí cómo una vieja punta de clavo oxidado me rasguñaba el lomo. El dolor fue agudo, caliente. Quise retroceder, el instinto me gritaba que me alejara del dolor, pero los aullidos de mis hermanos me frenaron. Si yo retrocedía, ellos morían. Así de simple. No había plan B. No había un humano mágico que apareciera de la nada. Solo estaba yo, el perro que nadie quería, el que sobraba.
“Si he de morir, que sea intentando algo grande”, pensé. Cerré los ojos, ignoré el ardor en mi espalda y empujé con las patas traseras con una fuerza que no sabía que tenía. Pataleé contra el suelo, raspando mis garras hasta que sentí que algo cedía. ¡Ras! El sonido de mi propio pelo arrancándose se mezcló con el crepitar del fuego.
Y de repente, salí.
Caí de boca sobre el pasto húmedo del exterior. El aire limpio llenó mis pulmones de golpe, haciéndome toser. Me di la vuelta rápidamente. La puerta del granero se veía firme, pero por las rendijas superiores ya salían lenguas de fuego anaranjadas, bailando como demonios. Adentro, el caos era total. Los ladridos eran desesperados.
—¡Ayuda! ¡Trébol! ¡No nos dejes! —gritaban. Ya no se burlaban. Ya no era el enano. Ahora yo era su única esperanza.
No perdí ni un segundo lamiéndome las heridas. Me puse en pie, mis patitas temblando no de miedo, sino de adrenalina pura. Tenía una misión. Tenía que llegar a la casa grande.
Capítulo 2: La Carrera en la Oscuridad
La casa del patrón, Don Manuel, estaba al otro lado del patio principal. Para un humano, esa distancia no es nada, unos cuantos pasos largos. Pero para mí, un cachorro que cabía en la palma de una mano, aquello parecía un desierto inmenso y oscuro. La luna estaba escondida tras unas nubes negras, y las sombras del rancho parecían cobrar vida.
Eché a correr. Mis orejas largas se agitaban con el viento. El suelo estaba irregular, lleno de piedras y baches. Tropecé una, dos veces, rodando por la tierra, llenándome el hocico de lodo. Pero cada vez que caía, la imagen de mamá Solecita rodeada de llamas me levantaba como un resorte.
—¡Tengo que llegar! ¡Tengo que llegar! —me repetía mentalmente al ritmo de mis patitas golpeando el suelo.
El viento soplaba en contra, trayendo el olor a quemado que me recordaba que el tiempo se acababa. Al pasar cerca del gallinero, las gallinas estaban alborotadas por el olor a humo, cacareando como locas, pero ellas estaban encerradas y no podían hacer nada. Yo era el único libre.
Llegué al porche de la casa grande. Los escalones de madera parecían montañas. Salté el primero, resbalé, me golpeé la barbilla, pero subí. Salté el segundo. Salté el tercero. Estaba frente a la puerta principal, esa puerta enorme de roble que siempre estaba cerrada para nosotros los perros.
Ahora venía el verdadero problema. Yo era pequeño. Ridículamente pequeño.
Me alcé sobre mis patas traseras y empecé a rasguñar la madera.
—¡Patrón! ¡Don Manuel! —ladré con todas mis fuerzas—. ¡Despierte! ¡Se queman!
Pero mi ladrido no era el de un perro guardián imponente. No tenía el vozarrón de un Pastor Alemán ni la potencia de un Rottweiler. Mi ladrido era agudo, chillón. Sonaba más como un juguete de hule que como una alarma de emergencia.
—¡Guau! ¡Guau! —intenté hacerlo más grave, pero no podía. La desesperación me invadió. ¿Y si no me oían? ¿Y si mi tamaño volvía a ser mi maldición?
Rasguñé más fuerte, hasta que mis uñas sangraron un poco. Me lancé contra la puerta con todo mi peso, golpeándola con mi cuerpo una y otra vez. Pum. Pum. Pum. Era como si una mosca chocara contra un vidrio.
El silencio dentro de la casa era sepulcral. Don Manuel y su familia dormían profundo. Son gente de campo, trabajan de sol a sol y cuando caen en la cama, caen como piedras.
—¡Por favor! —gimoteé, sintiendo las lágrimas acumularse en mis ojos—. ¡Mamá se va a morir!
Miré hacia atrás. El granero ya no solo humeaba; el techo empezaba a brillar con un resplandor siniestro. El fuego estaba ganando.
Entonces recordé algo. La ventana de la recámara del patrón estaba baja, cerca de unos arbustos de rosales. Mamá me había dicho una vez: “Nunca te acerques ahí, Trébol, las espinas muerden”.
Corrí hacia los rosales. No me importaron las espinas. Me metí entre las ramas, sintiendo los pinchazos en mi piel sensible, y llegué justo debajo de la ventana. Salté, intentando alcanzar el vidrio, pero no llegaba.
Necesitaba hacer más ruido. Mucho más ruido.
Vi una maceta de barro vieja en la orilla del alféizar. Si pudiera… Si tan solo pudiera…
Tomé impulso, ignorando el dolor de mi cuerpo cansado, y salté con una furia que no sabía de dónde salía. Mis patas delanteras golpearon la base de la maceta. Se tambaleó. Caí al suelo. Salté de nuevo. ¡Zas!
La maceta cayó al suelo de cemento del porche y se hizo añicos con un estruendo que rompió el silencio de la noche. ¡CRASH!
Inmediatamente después, empecé a ladrar sin parar, aullando, mezclando mis ladridos con gemidos de angustia.
—¡¿Qué demonios?! —escuché una voz ronca desde adentro.
Se encendió una luz. ¡Bendita luz amarilla!
Escuché pasos pesados, el rechinido de la cama, y luego la ventana se abrió de golpe. Don Manuel asomó la cabeza, con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados.
—¿Quién anda ahí? —gritó, buscando con la mirada—. ¿Es un coyote? ¡Trae la escopeta, Lupe!
—¡No, no! —ladré yo, saltando para que me viera—. ¡Soy yo, el enano! ¡Mire el granero!
Don Manuel bajó la vista y me vio. Me vio ahí, chiquito, temblando, sangrando un poco por los rasguños, saltando como un loco y señalando con mi hocico hacia atrás.
El hombre frunció el ceño, confundido por un segundo, hasta que alzó la vista. Sus ojos se abrieron como platos al ver el resplandor naranja que iluminaba la noche. El reflejo del fuego bailaba en sus pupilas.
—¡Virgen Santísima! —gritó, y su voz fue un trueno—. ¡El granero! ¡Lupe, despierta a los muchachos! ¡Se quema el granero!
Capítulo 3: La Batalla contra el Fuego
Lo que siguió fue un borrón de caos y gritos, pero para mí fue la música más hermosa del mundo. Don Manuel salió corriendo en calzoncillos y botas, sin importarle el frío. Agarró la campana que colgaba en el porche y empezó a tocarla frenéticamente. ¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!
Las luces de las casitas de los trabajadores se encendieron una tras una. Hombres salían corriendo con cubetas, con mangueras, gritando órdenes.
—¡Abran la toma de agua! —¡Traigan la bomba! —¡Los animales! ¡Saquen a los animales!
Yo corría detrás de Don Manuel, aunque mis patas ya no daban para más. Quería estar ahí. Quería ver que salieran.
Cuando llegamos al granero, el calor era insoportable. La madera crujía como si estuviera gritando de dolor. Don Manuel intentó abrir la puerta grande, pero el pestillo estaba al rojo vivo y la madera se había hinchado por el calor.
—¡Está atorada! —gritó Don Manuel—. ¡Traigan el hacha! ¡Rápido!
Yo me acerqué al hueco por donde había salido. Escuchaba a mamá toser. Ya no ladraban. El silencio me aterrorizó. ¿Había llegado tarde? ¿Todo mi esfuerzo había sido en vano?
—¡Mamá! —ladré hacia el agujero—. ¡Aguanten! ¡Ya están aquí!
Un trabajador llegó corriendo con un hacha enorme. —¡Hágase para atrás, patrón!
El hombre levantó el hacha y soltó un golpe brutal contra la madera. ¡Crack! Saltaron astillas encendidas. Otro golpe. ¡Crack! Se abrió un boquete. Don Manuel no esperó a que terminaran; metió la bota y pateó lo que quedaba de la puerta hasta que esta cedió con un gemido lúgubre, cayendo hacia adentro entre una lluvia de chispas.
Una nube de humo negro salió disparada, envolviéndonos a todos. Yo me pegué al suelo para no respirar eso.
—¡Solecita! ¡Perritos! —gritó Don Manuel, tapándose la boca con un pañuelo y entrando valientemente al infierno.
Los segundos se hicieron eternos. Yo estaba ahí, parado en la entrada, sintiendo cómo el calor me chamuscaba los bigotes, con el corazón detenido. “Por favor, Diosito de los perros, que estén bien”, recé.
Y entonces, vi una silueta.
Don Manuel salió tosiendo, cargando a mamá Solecita en sus brazos. Ella estaba flácida, llena de hollín, con la lengua de fuera. Detrás de él, dos trabajadores traían a mis hermanos, agarrándolos como podían, sacándolos a rastras.
Los depositaron en el pasto, lejos del fuego, donde el aire era fresco.
—¡Agua! ¡Échenles agua! —ordenó el patrón.
Me acerqué corriendo a mamá. Le lamí la cara, desesperado, limpiando el hollín de su nariz. Sabía a humo y a ceniza.
—Mami, despierta, por favor despierta —lloraba yo bajito.
Solecita soltó un soplido, tosió fuerte, sacando una bocanada de humo gris, y abrió los ojos. Estaban rojos e irritados, pero vivos. Me vio. Y juro que en ese momento, vi una sonrisa en su hocico cansado.
—Trébol… —susurró—. Lo hiciste…
Mis hermanos también empezaron a reaccionar. Estaban aturdidos, negros como el carbón, tosiendo y vomitando un poco, pero vivos. Todos estaban vivos.
Mientras tanto, los hombres luchaban contra el fuego. Las cubetas de agua pasaban de mano en mano. El chorro de la manguera seseaba contra las llamas. Tardaron casi una hora en controlar la bestia, pero salvaron la estructura principal y, lo más importante, salvaron a la manada.
Capítulo 4: El Peso del Perdón
Cuando el sol empezó a salir, pintando el cielo de morado y naranja, el rancho estaba en silencio otra vez. Pero era un silencio diferente. Olía a madera mojada y quemada. Todos estábamos exhaustos, tirados en el pasto húmedo frente a la casa grande.
Don Manuel estaba sentado en los escalones, limpiándose el sudor y el tizne de la frente. Me miraba. Tenía la mirada fija en mí.
—¿Saben qué? —dijo Don Manuel a su esposa, Doña Lupe, que nos había traído un tazón con agua fresca—. Si no fuera por este chiquitín, ahorita estaríamos lamentando una tragedia. Yo pensé que era una rata o un tlacuache haciendo ruido, pero el canijo no se rindió. Rompió mi maceta favorita el muy cabrón, pero nos salvó.
Doña Lupe sonrió y se acercó a mí. Me acarició la cabeza con una ternura que nunca había sentido de un humano.
—Es un héroe, Manuel. Un héroe chiquito.
Pero lo que más me importaba no era lo que dijeran los humanos. Lo que me importaba estaba pasando a mi lado.
Mis hermanos, ya un poco más recuperados y limpios (aunque todavía olían a chamuscado), se acercaron a mí. Formaron un semicírculo. Yo me encogí un poco, esperando el empujón de costumbre, la mordida en la oreja, la burla.
Pecas, el más grande, el que me había dicho que no servía para nada, dio un paso al frente. Bajó la cabeza. No me miraba a los ojos; miraba al suelo, avergonzado.
—Trébol… —dijo con voz ronca por el humo—. Yo… nosotros…
Se quedó callado. No sabía qué decir. ¿Cómo le pides perdón a alguien a quien has humillado toda su vida y que acaba de salvarte el pellejo?
—Pensamos que eras débil —dijo Luna, mi hermana—. Porque eres chiquito. Porque mamá te cuidaba más. Nos reíamos de ti porque no podías luchar con nosotros.
—Pero anoche… —interrumpió Pecas, levantando la vista. Sus ojos brillaban—. Anoche, tú fuiste el único que pudo salir. Tú fuiste el único valiente. Yo me congelé, Trébol. Me oriné del miedo ahí adentro. Y tú… tú corriste a la oscuridad.
Mamá Solecita, que nos observaba desde su lugar de descanso, levantó la cabeza con orgullo.
—El tamaño del cuerpo no importa, hijos —dijo ella con esa sabiduría que solo las madres tienen—. Importa el tamaño del corazón. Y su hermano tiene el corazón de un león.
Pecas se acercó más y, en lugar de morderme, me lamió la oreja. Fue un gesto torpe, rasposo, pero sincero.
—Perdóname, hermano —susurró—. Nunca más te volveré a decir enano. Bueno, sí te lo diré, pero será con cariño. Eres el Gran Enano.
Los demás se unieron. Me lamieron, me empujaron suavemente con el hocico, hicieron esa pila de cachorros que siempre hacían para dormir, pero esta vez, me dejaron estar en el medio. En el lugar más calientito. En el lugar de honor.
Capítulo 5: Un Nuevo Amanecer
Han pasado varios meses desde el incendio. El granero ya fue reparado; la madera nueva huele rico, a pino fresco. Las cicatrices en mi espalda, donde me rasguñé al salir por el hueco, ya sanaron, aunque el pelo me creció blanco en esa zona, como una medalla de guerra permanente.
Las cosas han cambiado mucho en el rancho.
Ya no soy “el perro que sobra”. Ahora tengo nombre oficial. Don Manuel me llama “Capitán”, aunque mamá me sigue diciendo Trébol. Tengo mi propio plato, y a veces, cuando Don Manuel está comiendo carne asada en el porche, me tira los trozos más jugosos a mí primero, antes que a los grandulones.
“Para el héroe”, dice, guiñándome un ojo.
Mis hermanos crecieron mucho más que yo. Son enormes, fuertes, y corren como el viento. Yo sigo siendo bajito, paticorto y con las orejas demasiado grandes para mi cabeza. Si nos ves juntos, sigo pareciendo el error de la camada.
Pero ya nadie se ríe.
Cuando jugamos a las luchitas, Pecas tiene cuidado de no aplastarme. Y si algún perro extraño del pueblo se acerca a la reja y me ladra por ser pequeño, mis cinco hermanos se ponen detrás de mí, erizando el lomo, listos para defender al “Jefe”.
Sin embargo, lo más importante que aprendí esa noche no fue sobre el fuego, ni sobre correr rápido. Aprendí que cada uno de nosotros tiene un propósito. Dios no se equivoca al hacernos.
A veces me siento en el porche por las tardes, mirando el atardecer caer sobre los campos de agave y maíz, sintiendo el viento fresco en mi nariz. Pienso en aquel hueco debajo de la puerta. Era un defecto de la madera, una rotura, algo imperfecto. Y yo era el defecto de la camada, el imperfecto. Pero fue precisamente esa imperfección la que encajó.
Si yo hubiera sido grande y fuerte como quería ser, todos estaríamos muertos. Mi “debilidad” fue mi mayor fuerza.
Así que, si tú, amigo que me estás escuchando, te sientes pequeño, o sientes que no encajas, o que todos son mejores que tú… recuerda mi historia. Recuerda al perro Trébol.
No necesitas ser el más grande para ser el más valiente. No necesitas ladrar más fuerte para ser escuchado. Solo necesitas estar dispuesto a pasar por el hueco estrecho, rasparte un poco la panza y correr en la oscuridad cuando todos los demás tienen miedo.
Porque a veces, los héroes no llevan capa, ni tienen músculos gigantes. A veces, los héroes son simplemente los que no se rinden, por muy chiquitos que sean.
—¡Capitán! ¡Vente a comer! —grita Don Manuel desde la cocina.
—¡Voy! —ladro yo, con mi ladrido agudo pero feliz.
Me levanto, sacudo la cola y corro hacia la casa. Mis hermanos vienen detrás de mí. Esta vez, yo voy guiando la manada.
Y se siente rete bien.
EL LEGADO DEL PEQUEÑO CAPITÁN: PARTE 3
Capítulo 6: Cuando el Cielo se Secó
Dicen los viejos del pueblo que el tiempo no perdona, y vaya que tienen razón. Han pasado ya cinco años desde aquella noche de fuego en el granero. Mi hocico, antes negro como el carbón, ahora pinta canas blancas, como si me hubiera embarrado de harina y ya no se me quitara. Mis patas ya no corren tan rápido como el viento, y cuando hace frío, siento un dolorcito sordo en los huesos, ahí donde me rasguñé saliendo del granero.
Pero en el rancho, la vida sigue.
Mis hermanos se volvieron unos perros enormes y toscos. Pecas es el más fuerte; puede derribar a un becerro solo con el pecho. Luna es la más rápida; atrapa conejos antes de que siquiera muevan las orejas. Pero yo, Trébol, sigo siendo el “Capitán”. Aunque soy la mitad de su tamaño, cuando ladro, todos callan y escuchan. Aprendieron que el tamaño no sirve de nada si no sabes por dónde caminar.
Ese año, sin embargo, nos enfrentamos a un enemigo que no podíamos morder ni asustar con ladridos: La Gran Sequía.
El sol caía a plomo sobre el rancho de Don Manuel desde que amanecía hasta que anochecía. La tierra, antes café y húmeda, se partió en grietas que parecían bocas sedientas pidiendo agua al cielo. El arroyo que cruzaba la propiedad se convirtió en un camino de piedras polvorientas.
—Está canijo, Capitán —me decía Don Manuel por las tardes, sentado en su mecedora, mirando con tristeza las milpas secas—. Si no llueve pronto, vamos a tener que vender las vacas. No hay pastura.
Yo recargaba mi cabeza en su rodilla. Sentía su preocupación. Los perros olemos el miedo, pero también olemos la tristeza. Olía a polvo, a sudor viejo y a desesperanza.
Mis hermanos estaban inquietos. El calor los ponía de malas. Se peleaban por la poca sombra que daba el mezquite viejo del patio.
—Hace tanto calor que siento que se me derriten las orejas —se quejaba Bruno, jadeando con la lengua de fuera.
—Deja de lloriquear —le respondía yo—. Ahorren energía. No sabemos qué va a pasar.
Una tarde, llegó una camioneta desconocida al rancho. Bajó una mujer joven con una niña pequeña, de unos seis años. Era la nieta de Don Manuel, Rosita, que venía de la ciudad a pasar el verano, aunque este verano no parecía haber nada divertido en el campo seco.
Rosita era como yo: chiquita, con ojos grandes y curiosos. Desde que me vio, hubo esa conexión que solo existe entre cachorros y niños.
—¡Abuelo! ¡Mira ese perrito! ¡Parece un peluche! —gritó ella.
Mis hermanos, enormes e imponentes, la asustaron un poco. Pero yo me acerqué despacito, moviendo la cola, y le lamí la mano. Sabía a dulce de leche.
—Ese es el Capitán, mija —le dijo Don Manuel con orgullo—. Es el mero mero del rancho. Cuídalo y él te cuidará a ti.
Desde ese día, me convertí en la sombra de Rosita. Donde ella iba, yo iba. Si ella jugaba a las muñecas en el corredor, yo me acostaba a sus pies. Si ella salía a corretear gallinas (aunque el abuelo la regañara), yo iba detrás para asegurarme de que el gallo viejo no la picoteara.
Pero el calor no cedía. Y el aire se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que me erizaba el pelo del lomo. Algo venía. Algo grande y peligroso.
Capítulo 7: El Olor de la Tormenta
Fue un martes por la tarde cuando el olor cambió.
Estaba dormitando bajo el porche cuando mi nariz captó algo. No era polvo. Era humedad. Pero no una humedad fresca y rica; era un olor a tierra mojada revuelta con ozono y miedo. Levanté la cabeza y olfateé el viento.
El cielo, que había estado azul pálido y cruel durante meses, empezó a tornarse de un color extraño, como un moretón gigante: morado, verde y negro. Las nubes se amontonaban sobre la Sierra Madre como borregos asustados.
—Capitán… —murmuró Pecas, acercándose a mí—. No me gusta cómo se ve eso.
—Va a caer una tromba —dije yo, sintiendo un escalofrío—. De esas que tiran árboles.
Don Manuel salió de la casa, mirando al cielo. Se quitó el sombrero.
—¡Lupe! ¡Mete la ropa! ¡Y encierren a los animales! —gritó—. ¡Ahí viene el cordonazo!
El viento empezó a soplar de golpe, levantando remolinos de polvo que cegaban. Las láminas del techo empezaron a vibrar. Clac, clac, clac.
—¡Rosita! —gritó la mamá de la niña—. ¡Rosita, métete a la casa!
—¡Voy, mami! —gritó la niña desde el jardín.
Pero Rosita no entró. La vi correr hacia el viejo granero, ese que habíamos salvado hace años. Llevaba algo en las manos. Su muñeca favorita se le había caído cerca de donde guardaban las herramientas.
—¡Guau! —ladré, intentando avisar.
Corrí tras ella. El viento ya soplaba tan fuerte que casi me levantaba del suelo. Siendo tan pequeño, tenía que clavar las uñas en la tierra para no salir volando como una hoja seca.
Rosita entró al granero justo cuando el cielo se abrió. No fueron gotas lo que cayó, fueron cubetazos de agua helada. Y luego, el granizo. Bolas de hielo del tamaño de limones empezaron a bombardear el rancho. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Me metí al granero detrás de ella. El ruido ahí dentro era ensordecedor. El granizo golpeaba el techo de lámina como si mil martillos estuvieran cayendo al mismo tiempo.
—¡Tengo miedo, Capitán! —lloró Rosita, abrazando a su muñeca y acurrucándose en una esquina, entre pacas de paja.
Me pegué a ella. Mi cuerpo calientito contra el suyo.
—No pasa nada —intenté decirle con mis ojos, lamiéndole la mejilla—. Aquí estoy. El Enano te cuida.
Pero la tormenta no era normal. Era una furia de la naturaleza. Escuché un crujido terrible afuera. Un árbol cayendo. Y luego, el sonido que más tememos en el rancho: el rugido del agua.
El arroyo seco se había convertido en un monstruo. El agua bajaba de la sierra con una fuerza brutal, arrastrando piedras, troncos y lodo. Y el granero… el granero estaba en la parte baja del terreno.
Capítulo 8: La Trampa de Lodo
El agua empezó a entrar por debajo de la puerta. Al principio era solo un charco, pero en segundos se convirtió en un río de lodo frío que nos llegaba a las patas.
—¡Capitán! —gritó Rosita, subiéndose a las pacas de paja.
Yo ladraba hacia la puerta, pero el estruendo de la tormenta se tragaba mis ladridos. Nadie nos iba a oír. Teníamos que salir.
Intenté empujar la puerta, pero el lodo y las piedras que traía la corriente la habían atorado por fuera. Estábamos atrapados, igual que aquella vez con el fuego, pero ahora el enemigo era el agua y el frío.
El nivel del agua subía rápido. Ya cubría el suelo por completo. Las pacas de paja empezaban a flotar y deshacerse.
—¡Tenemos que subir! —pensé.
Miré hacia arriba. Había un tapanco, una especie de altillo donde guardaban costales viejos. Había una escalera de madera recargada en la pared.
Mordí el vestido de Rosita y tiré de ella hacia la escalera.
—¡Arriba! ¡Súbete! —le gruñí.
La niña entendió. Llorando y temblando, empezó a trepar los escalones de madera. Yo intenté seguirla, pero mis patas cortas resbalaban en la madera mojada. Caí al agua sucia una, dos veces. El agua me arrastraba. Sentí el pánico cerrándome la garganta. Nadar nunca fue mi fuerte; mis patas son muy cortas para mantenerme a flote con facilidad.
—¡Capitán! —gritó Rosita desde arriba. Se estiró y me agarró por el pellejo del cuello.
Con una fuerza que no parecía de una niña chiquita, y con mi desesperación por escalar, logré subir al tapanco. Nos tiramos en las tablas viejas, empapados, tiritando de frío. Abajo, el granero se había convertido en una alberca de agua negra y revuelta.
Estábamos a salvo de ahogarnos, por ahora. Pero el frío… el frío era un enemigo silencioso. Rosita tenía los labios morados. Sus dientes castañeaban como castañuelas.
—Tengo frío… mucho frío… —susurraba ella, cerrando los ojos.
Sabía lo que eso significaba. Si se dormía con ese frío, tal vez no despertaría. Recordé a mis hermanos cuando eran cachorros, cómo nos dábamos calor unos a otros.
Me sacudí el agua lo mejor que pude y me acosté sobre su pecho. Extendí mi cuerpo todo lo que pude para cubrir sus órganos vitales, su corazoncito. Puse mi cabeza en su cuello para darle calor con mi aliento.
—No te duermas, Rosita. Háblame —gemí bajito.
Pasaron las horas. La tormenta rugía afuera, indiferente a nuestra suerte. La oscuridad cayó y no sabíamos si era de noche o si el mundo simplemente se había apagado.
Capítulo 9: El Llamado de la Manada
Mientras tanto, afuera, el caos reinaba. Supe después que Don Manuel casi se vuelve loco buscando a la niña.
—¡Rosita! ¡Capitán! —gritaban entre la lluvia.
Mis hermanos, Pecas, Luna y Bruno, estaban desesperados. Olfateaban el suelo, pero la lluvia borraba cualquier rastro. El agua lo lavaba todo.
Pero hay algo que el agua no puede borrar: el vínculo de la manada.
Pecas, ese perro gigante que alguna vez se burló de mí, se paró en el borde del porche, mirando hacia la oscuridad. Cerró los ojos y levantó la nariz. No buscaba un olor en el suelo. Buscaba en el aire. Buscaba mi olor.
—¿Dónde estás, hermano? —parecía decir su postura rígida.
De repente, en el tapanco del granero, sentí una punzada. Sabía que me estaban buscando. Tenía que hacer una señal. Pero ladrar no servía con tanto ruido de truenos.
Miré alrededor en la penumbra. El techo de lámina del granero tenía un agujero pequeño, producto del granizo o del óxido. Estaba justo encima de nosotros.
No podía ladrar lo suficientemente fuerte, pero podía hacer algo más agudo. Algo que cortara el viento.
Empecé a aullar.
No fue un ladrido de perro guardián. Fue un aullido largo, agudo y triste. Un aullido de lobo, de ancestro, que salía desde lo más profundo de mi pecho pequeño.
Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…
El viento se llevó el sonido, jugándolo entre los árboles.
En la casa, Pecas levantó las orejas.
—¡Es él! —ladró Pecas a Don Manuel. Corrió hacia la lluvia, hacia el granero inundado.
Don Manuel, aunque no entendía el idioma perro, entendió la acción.
—¡Los perros encontraron algo! ¡Vamos!
Don Manuel y el papá de Rosita corrieron tras mis hermanos, con linternas que apenas cortaban la cortina de agua.
Cuando llegaron al granero, el agua les llegaba a la cintura a los hombres.
—¡Está inundado! —gritó el papá de Rosita con horror—. ¡Si está ahí dentro…!
—¡Escuchen! —ordenó Don Manuel.
Desde adentro, volví a aullar. Auuuuuuuu…
—¡Están vivos! —gritó Don Manuel—. ¡Están en el tapanco!
Intentaron abrir la puerta, pero estaba bloqueada por troncos y lodo. No había forma de entrar por abajo.
—¡Por el techo! —gritó Don Manuel—. ¡Traigan la escalera larga!
Capítulo 10: El Rescate Aéreo
Escuché pasos en el techo. El ruido de las botas resbalando en la lámina. Luego, el sonido de unas cizallas cortando el metal.
Se abrió un boquete de luz. La linterna me cegó por un momento.
—¡Aquí están! —gritó una voz bendita.
Bajaron una cuerda. El papá de Rosita bajó rapelando como pudo. Cuando tocó el suelo del tapanco, abrazó a la niña con tanta fuerza que pensé que la iba a romper.
—¡Papi! —lloró ella, débilmente.
—Ya te tengo, mi amor. Ya te tengo.
El hombre miró hacia mí. Yo estaba temblando, exhausto, acurrucado en una esquina. Ya no tenía fuerzas ni para mover la cola.
—Y tú… —dijo el hombre, acariciándome la cabeza con una mano grande y cálida—. Tú le salvaste la vida. La mantuviste caliente.
Me cargó en un brazo y a Rosita en el otro. Nos subieron por el techo.
Afuera, la lluvia empezaba a calmarse. Cuando mis patas tocaron el suelo firme y lodoso, mis hermanos se abalanzaron sobre mí.
Esta vez no hubo burlas, ni juegos bruscos. Me rodearon, lamiéndome la cara, el lomo, las orejas. Me daban calor con sus cuerpos gigantes.
—Lo hiciste de nuevo, Enano —me dijo Pecas al oído—. Eres un perro de acero.
Don Manuel se acercó. Se arrodilló en el lodo, sin importarle sus pantalones. Me tomó la cara entre sus manos callosas. Tenía lágrimas en los ojos.
—Capitán Trébol —dijo con la voz quebrada—. No hay bistec en el mundo que pague lo que hiciste hoy. Eres familia. Eres de mi sangre.
Esa noche, me dejaron dormir en la cama de Rosita. Sí, adentro de la casa, sobre las cobijas limpias y suaves. Mamá Solecita, que ya estaba muy viejita y vivía dentro de la casa en un tapete, me miró desde su rincón.
—Descansa, mi valiente —me dijo—. Hoy te ganaste el cielo.
Capítulo 11: La Vejez de un Héroe
Los años pasaron volando después de la gran tormenta. El rancho reverdeció. La sequía se olvidó, y las milpas volvieron a dar maíz alto y dulce.
Yo envejecí.
Ahora, mientras les cuento esto, mis ojos tienen una nube blanca que no me deja ver bien de lejos. Mis oídos ya no captan el zumbido de las moscas como antes. Mis patas duelen mucho cuando va a llover.
Ya no puedo correr detrás de los conejos con mis hermanos. De hecho, Pecas y Luna se nos adelantaron en el camino; se fueron a dormir un día y ya no despertaron, partieron al rancho del cielo donde siempre hay huesos frescos. Los extraño todos los días. Ahora quedamos pocos de la vieja guardia.
Pero mi lugar en el rancho cambió. Ya no soy el perro activo que corretea vacas. Ahora soy el “Abuelo Trébol”.
Los nuevos cachorros, hijos de mis hermanos y de otros perros del vecindario, se sientan a mi alrededor por las tardes. Son inquietos, mordelones y brutos, igual que éramos nosotros. Se burlan de los más chiquitos.
El otro día, vi a un cachorro Pastor Alemán, grandote y torpe, empujando a un perrito mestizo que nació chiquito y flaco.
—¡Quítate, pulga! —le decía el grandulón.
Me levanté, con mis articulaciones crujiendo, y caminé hacia ellos. A pesar de mi vejez, a pesar de mi tamaño, y a pesar de que camino chueco, el cachorro grandote se quedó quieto y bajó la cabeza. Todos en el rancho conocen la leyenda del Capitán Trébol.
—Ey, chamaco —le gruñí con mi voz rasposa de viejo—. Deja al chiquito en paz.
—Pero abuelo Trébol, es muy pequeño. No sirve para cuidar vacas —dijo el grandulón.
Sonreí, mostrando mis dientes gastados.
—Siéntense —les ordené.
Todos los cachorros se sentaron en círculo, con los ojos bien abiertos.
—Déjenme contarles una historia —empecé, mirando hacia el viejo granero que todavía sigue en pie—. Una historia sobre fuego, sobre agua, y sobre cómo el perro más pequeño del mundo salvó a este rancho dos veces, cuando los grandotes no pudieron hacer nada.
El perrito chiquito, el “pulga”, levantó la cabeza y me miró con esperanza. Vi en sus ojos el mismo miedo y la misma determinación que yo tenía hace años.
—¿En serio, abuelo? —preguntó.
—En serio, mijo. Escucha bien: El tamaño no está en las patas. Está aquí —y me toqué el pecho con la pata—. Y aquí —y me toqué la cabeza.
Les conté mi historia. Les conté del hueco en la puerta. Les conté de la maceta rota. Les conté de la noche fría en el tapanco con Rosita.
Cuando terminé, el sol ya se estaba poniendo. El cachorro grandote se acercó al chiquito y le lamió la oreja.
—Perdón, cuate —le dijo—. Vamos a jugar. Tú eres el líder hoy.
Suspiré, satisfecho. Mi trabajo aquí estaba hecho.
Capítulo 12: El Último Atardecer
Siento que mi tiempo se acerca. No tengo miedo. He vivido una vida plena. He amado y he sido amado. He comido carne asada de la mano del patrón. He dormido en camas suaves. Y lo más importante, he cumplido con mi deber.
Rosita, que ya es una adolescente y va a la secundaria, todavía se sienta conmigo en el porche. Me cepilla el pelo con cuidado para no lastimarme mis huesos viejos.
—Eres el mejor perro del mundo, Capitán —me susurra.
Yo cierro los ojos y disfruto del sol.
No sé qué pase después de esta vida. Pero si hay un cielo de perros, espero que haya un granero. Y espero que la puerta tenga un hueco pequeño. Porque me gustaría volver a entrar, una vez más, para ver a mi mamá Solecita y a mis hermanos, y decirles: “Miren, el Enano llegó. Y trajo historias para contar”.
Así que ya saben, amigos. Si alguna vez se sienten menos, si sienten que el mundo les queda grande, acuérdense de este viejo perro mexicano. Acuérdense de Trébol.
No dejen que nadie les diga que no pueden. No dejen que su tamaño, su color o su origen definan su destino. Ladren fuerte, aunque su voz sea aguda. Muerdan el miedo. Y cuando la vida les cierre la puerta en la nariz… busquen el hueco por abajo. Siempre hay un hueco. Y del otro lado, siempre está la gloria.
Aquí me despido. Don Manuel ya salió con mi plato de cena. Huele a caldito de pollo.
¡Ámonos, que aquí espantan y allá hay comida!
EL ÚLTIMO SUSPIRO DEL CAPITÁN: PARTE FINAL
Capítulo 13: El Peso de los Años y el Sol de Tarde
El tiempo es un hueso duro de roer, y a mí ya se me acabaron los dientes para masticarlo.
Últimamente, mis días se han vuelto simples, reducidos a un triángulo pequeño: mi cama acolchada en la esquina de la sala, el plato de agua en la cocina y el manchón de sol que entra por el ventanal del porche. Ese manchón de sol es mi mejor amigo ahora. Lo persigo. A medida que la tarde avanza y la luz se mueve por las baldosas de barro, yo me arrastro con ella. Mis caderas ya no obedecen como antes; se sienten oxidadas, como la bisagra de ese portón viejo que rechina con el viento.
Don Manuel, mi patrón, mi viejo compañero de batallas, también camina despacio. A veces, cuando cruza el pasillo y me ve intentando levantarme para saludarlo, se detiene, suspira con ese sonido rasposo de los pulmones cansados y se agacha con dificultad para sobarme la cabeza.
—No te levantes, Capitán. Descansa, viejo amigo —me dice con voz suave.
Pero yo soy terco. Soy un perro de rancho, y un perro de rancho se levanta cuando entra el patrón. Así que hago el esfuerzo, aprieto los dientes (los que me quedan), clavo las uñas en el tapete y me pongo en pie, aunque mis patas traseras tiemblen como gelatina. Le doy un lengüetazo en la mano, esa mano llena de manchas y venas saltadas que tantas veces me dio de comer.
—Eso es, mi valiente. Eso es —sonríe él, aunque sus ojos se ponen vidriosos.
Ya no soy el guardián que corretea coyotes. Ahora mi trabajo es otro. Mi trabajo es recordar.
Paso horas con los ojos cerrados, no durmiendo, sino navegando en mi memoria. Recuerdo el olor a humo de aquella noche en el granero. Recuerdo el frío del agua cuando abracé a Rosita. Recuerdo el sabor de la leche de mi madre, Solecita. Es curioso, pero los recuerdos de cuando era cachorro se sienten más frescos que lo que desayuné esta mañana.
Los nuevos perros del rancho me tienen un respeto que a veces me incomoda. Cuando salgo a hacer mis necesidades al jardín, se apartan. No juegan conmigo, no me saltan encima. Me miran como si yo fuera una estatua de cristal que se va a romper si la soplan muy fuerte.
Hay uno, un cachorro atigrado llamado “Furia”, que es todo energía. El otro día se acercó demasiado rápido, derrapando en la tierra.
—¡Cuidado, escuincle! —le ladré, o al menos intenté ladrar, porque salió más como una tos seca.
El cachorro se frenó en seco y bajó las orejas.
—Perdón, Tata Trébol. Solo quería ver si querías perseguir la pelota.
Lo miré. La pelota. Esa esfera de hule roja, mordisqueada y vieja que estaba tirada en el pasto. Sentí un impulso eléctrico en mi cerebro, una orden antigua: ¡Corre! ¡Atrápala! Pero mis patas me dijeron: No, compadre. Hoy no. Ni mañana tampoco.
—Ve tú, hijo —le dije, echándome lentamente sobre la hierba—. Corre por los dos. Corre tan rápido que el viento no te alcance.
Furia salió disparado, feliz, ignorante de que la juventud es un préstamo corto. Yo suspiré y cerré los ojos, sintiendo la brisa fresca de la sierra. El olor del campo mexicano, esa mezcla de tierra seca, boñiga de vaca y flores silvestres, llenó mis pulmones. Sabía a despedida. Y por primera vez, no sentí miedo. Sentí paz.
Capítulo 14: El Último Patrullaje
Un martes por la mañana, sentí algo diferente. No era dolor, porque el dolor ha sido mi compañero constante estos últimos años y ya nos tuteamos. Era algo más profundo. Una especie de desconexión. Sentí como si el hilo invisible que me ataba a este mundo se hubiera aflojado un poquito.
Supe, con esa certeza instintiva que tenemos los animales, que mi reloj de arena estaba tirando los últimos granitos.
Me levanté con mucho esfuerzo. Don Manuel estaba en la cocina tomando su café de olla. No quise molestarlo. Tenía que hacer algo antes. Tenía que despedirme de mi territorio.
Salí por la puerta entreabierta de la cocina hacia el patio trasero. El aire de la mañana estaba fresco y húmedo. Mis patas se hundían en el rocío.
Empecé mi patrullaje final.
Caminé lento, paso a pasito, hacia el granero. Ya no era el mismo granero de madera vieja de mi infancia; lo habían remodelado con ladrillo y lámina nueva hace años. Pero el lugar… el lugar guardaba la memoria. Me acerqué a la puerta grande. Olfateé la base del marco. Ahí, hace una vida, hubo un hueco. Un hueco por donde un cachorro insignificante se arrastró para salvar a su familia.
Cerré los ojos y casi pude escuchar los ladridos desesperados de mi madre. —Gracias, mamá —pensé—. Gracias por empujarme a ser valiente.
Seguí caminando. Fui hasta los corrales de las vacas. Las vacas me miraron con sus ojos enormes y tranquilos. Una de ellas, una pinta vieja, estiró el cuello y me resopló aire caliente en la cara. Nos entendimos. Ella también era vieja. Ella también sabía que el ciclo se cierra.
Bajé, con mucho cuidado para no resbalar, hacia el arroyo. Ahora estaba tranquilo, un hilo de agua cristalina cantando entre las piedras. Me acerqué a la orilla y bebí un poco. El agua estaba fría, deliciosa. Me vi reflejado en el charco.
¿Quién era ese perro? Vi un rostro blanco, lleno de arrugas. Los ojos nublados por las cataratas, azules como el cielo pálido. Las orejas caídas y desgastadas. Ya no quedaba nada del cachorro café y brillante. Pero detrás de esos ojos cansados, todavía estaba yo. Trébol. El Capitán.
—No te ves tan mal para ser un vejestorio —me dije a mí mismo, y moví la cola una sola vez. Tap, sonó contra el lodo.
Me senté ahí un buen rato, escuchando los pájaros. Un colibrí pasó zumbando cerca de mi nariz. En México decimos que los colibríes son mensajeros de las almas.
—Todavía no —le dije al pajarito—. Dame un ratito más. Tengo que despedirme de mi niña.
El regreso a la casa fue un calvario. Mis fuerzas se habían agotado en la ida. Cada paso era una victoria. Me detuve tres veces a jadear, sintiendo que el corazón me aleteaba en el pecho como una mariposa atrapada.
Cuando llegué al porche, estaba exhausto. Me desplomé en mi tapete.
Don Manuel salió en ese momento. Me vio. Vio cómo respiraba, vio que no me podía acomodar bien.
—¿Qué traes, Capitán? —preguntó, dejando su taza en la mesa con un golpe seco de preocupación. Se arrodilló a mi lado—. ¿Te sientes mal, muchacho?
Le lamí la mano. No tenía fuerzas para levantar la cabeza. Solo pude mirarlo y decirle con los ojos: Ya es hora, patrón. Ya me cansé.
Capítulo 15: La Reunión de la Manada Humana
Esa tarde, la casa se llenó de un silencio respetuoso. Don Manuel hizo unas llamadas.
—Rosita, ven al rancho. Trébol está… Trébol está malito —lo escuché decir por el teléfono, con la voz quebrada.
Rosita llegó una hora después. Ya no era la niña que rescaté de la inundación. Era una mujer joven, universitaria, alta y bonita. Llegó corriendo, aventó su mochila en el sofá y se tiró al suelo junto a mí.
—¡Capitán! ¡Mi gordo! —lloró ella, hundiendo su cara en mi cuello.
Su olor… su olor seguía siendo el mismo. Dulce, a cariño, a inocencia. Me esforcé por mover la cola. Thump. Thump. Dos golpes débiles contra el suelo. Era todo lo que podía ofrecerle.
—Aquí estoy, mi niña —intenté decirle con un gemido suave—. No llores. No me gusta verte llorar.
La familia se reunió en la sala. Doña Lupe, más viejita también, se sentó en su sillón rezando el rosario en voz baja. El papá de Rosita estaba ahí, mirando por la ventana con los brazos cruzados, ocultando sus ojos rojos.
Nadie quería que me fuera, pero todos sabían que retenerme era egoísta.
Llamaron al veterinario del pueblo, el Doctor Suárez. Un hombre bueno que me había puesto mis vacunas toda la vida. Llegó con su maletín. Entró despacio, se quitó el sombrero.
—Buenas tardes —dijo en voz baja—. ¿Cómo está el campeón?
Me revisó. Escuchó mi corazón. Tocó mi panza. Luego miró a Don Manuel y negó con la cabeza suavemente.
—Sus riñones ya no funcionan, Manuel. Y su corazón está muy cansado. Le está costando respirar. Podemos darle medicina para el dolor, pero… solo estaríamos alargando lo inevitable.
Don Manuel asintió. Se limpió una lágrima que corría por su mejilla curtida por el sol.
—No quiero que sufra, Doctor. Él nunca dejó que nadie sufriera. No se lo merece.
—Entiendo —dijo el veterinario—. ¿Quieren hacerlo aquí? ¿En su casa?
—Sí. Aquí es su lugar.
Me prepararon. Rosita me acomodó la cabeza en sus piernas. Me acariciaba las orejas suavemente, susurrándome cosas bonitas.
—Te acuerdas cuando me robabas mis calcetines, Trébol? —decía entre sollozos—. Te acuerdas cuando me cuidaste en la tormenta? Eres el mejor perro del universo. Te voy a extrañar tanto…
Yo quería decirle que no me iba a ir del todo. Que los perros nunca nos vamos. Nos quedamos en las esquinas de la casa, en las sombras protectoras, en el polvo que baila en la luz. Pero no podía hablar. Solo podía amarla con la mirada.
El doctor preparó una inyección.
—Va a ser como dormirse, Capitán —me dijo el doctor, acariciándome el lomo—. Un sueñito muy profundo y rico. Sin dolor.
Sentí el piquete. Apenas una molestia.
Y entonces, empezó a suceder.
El dolor en mis caderas empezó a desvanecerse. Era como si me quitaran una mochila pesada llena de piedras que había cargado por años. Mis patas se sintieron ligeras. El aire entró en mis pulmones más fácil.
Miré a Don Manuel. Me estaba agarrando la pata delantera. —Vete tranquilo, amigo. Buen chico. Buen trabajo. Ya cumpliste.
Miré a Rosita. Su rostro estaba borroso, pero su amor brillaba como un faro.
Mi respiración se hizo lenta. Inhala… exhala… El cuarto se empezó a poner oscuro, pero no era una oscuridad de miedo. Era una oscuridad cálida, como estar dentro de una madriguera segura.
Los sonidos de sus llantos se fueron alejando, como si estuvieran bajo el agua. Adiós, patrón. Adiós, mi niña. Gracias por quererme aunque fui el más chiquito.
Cerré los ojos por última vez en este mundo. Y solté el último suspiro.
Capítulo 16: El Puente del Arcoíris (Versión Rancho)
Cuando abrí los ojos, lo primero que noté fue la luz. No era la luz del sol que quema. Era una luz dorada, perfecta, que no lastimaba.
Me puse de pie. Y ¡oh, sorpresa! No me dolió nada. Me miré las patas. Ya no estaban flacas y temblorosas. Estaban fuertes, musculosas. Mi pelo brillaba, cobrizo y blanco, espeso y suave. Me sentí lleno de una energía explosiva, como si me hubiera bebido un rayo.
—¡Guau! —ladré. Y mi ladrido sonó potente, claro, fuerte.
Miré a mi alrededor. No estaba en una sala con un veterinario. Estaba en un campo. Pero no cualquier campo. Era el campo más hermoso que jamás había visto. El pasto era verde esmeralda y me llegaba a la panza. Había arroyos de agua cristalina por todas partes. Había árboles llenos de sombra y huesos de carnaza tirados por ahí como si fueran frutas.
A lo lejos, vi una figura sobre una loma. Una perra Spaniel, con las orejas largas y una mirada dulce.
¿Podía ser?
—¿Mamá? —pregunté.
Ella levantó la cabeza. Movió la cola.
—¡Trébol! —ladró ella.
Y entonces, detrás de ella, aparecieron más cabezas. Un perro grandote con manchas en la nariz. ¡Pecas! Una perra rápida y ágil. ¡Luna! ¡Bruno! ¡Todos!
—¡Capitán! —ladraron a coro—. ¡Ya llegaste!
Eché a correr. Corrí como no había corrido en diez años. Mis patas volaban sobre el pasto. El viento me golpeaba la cara y me reí con la lengua de fuera.
Llegué hasta ellos y nos hicimos una bola de pelos, lengüetazos y ladridos felices. Pecas me tiró al suelo jugando, y yo me dejé caer, rodando por la hierba, mordiéndole la oreja jugando.
—Te tardaste mucho, enano —me dijo Pecas, riendo—. Ya te estábamos guardando el mejor lugar bajo el árbol.
—Tenía cosas que hacer —dije yo, jadeando de felicidad—. Tenía que cuidar a la niña.
—Lo sabemos —dijo mamá Solecita, lamiéndome la frente—. Te vimos desde aquí. Estamos muy orgullosos de ti, hijo.
Caminamos juntos hacia una especie de granja enorme que se veía al fondo. Había miles de perros ahí. Perros de todas las razas, jugando, durmiendo, comiendo. No había correas. No había rejas. No había “no entres ahí”. Todo era nuestro.
Pero antes de irme a jugar, me detuve. Sentí un tirón en el corazón.
Me di la vuelta y miré hacia abajo, hacia el borde de una nube. Desde ahí, se veía el rancho de Don Manuel. Se veía chiquito, como de juguete.
Vi mi cuerpo viejo tirado en la alfombra. Vi a Don Manuel llorando abrazado a Doña Lupe. Vi a Rosita besando mi nariz fría.
Quise gritarles: ¡Ey! ¡No lloren! ¡Estoy bien! ¡Mírenme, ya puedo correr!
Pero mamá se acercó a mí.
—No te pueden oír ahorita, mijo —me explicó—. Su dolor es muy fuerte. Pero con el tiempo, te escucharán. Te escucharán en el viento. Te sentirán cuando sueñen contigo.
—No quiero que estén tristes —dije.
—La tristeza es el precio del amor, Trébol —dijo ella—. Pero se les pasará. Y un día, cuando sea su momento, ellos vendrán aquí. Y tú serás el primero en correr a recibirlos. ¿Te imaginas? Don Manuel volviendo a tirarte la pelota.
La imagen me hizo mover la cola como helicóptero. —Sí… lo esperaré. Los esperaré a todos.
—Anda, vamos —dijo Pecas—. Hay un banquete de salchichas hoy.
Di una última mirada a mi familia humana. —Adiós. Gracias por darme una vida tan bonita. No se olviden del Enano.
Y me di la vuelta, corriendo hacia la luz eterna, rodeado de mis hermanos, listo para la aventura más grande de todas.
Capítulo 17: El Legado de Trébol (Epílogo en la Tierra)
En el rancho, la vida siguió, porque la vida es necia y siempre sigue.
Enterraron al Capitán Trébol debajo del viejo árbol de mezquite, cerca del granero, en el lugar donde le gustaba ver el atardecer. Rosita puso una piedra de río grande y lisa encima, y con pintura blanca escribió:
“AQUÍ DESCANSA EL CAPITÁN TRÉBOL. EL PERRO MÁS CHIQUITO CON EL CORAZÓN MÁS GRANDE. HÉROE DEL FUEGO Y DEL AGUA. AMADO PARA SIEMPRE.”
Pero la historia no terminó en la tumba.
Unos meses después, Rosita llegó al rancho con una caja de cartón. Don Manuel estaba sentado en el porche, todavía con la mirada un poco triste, viendo el lugar vacío donde solía echarse Trébol.
—Abuelo —dijo Rosita—. Te traje algo.
—No quiero perros, mija —dijo él, negando con la cabeza—. Ninguno va a ser como el Capitán. Ya estoy muy viejo para criar otro.
—Solo míralo, abuelo. Por favor.
Rosita abrió la caja.
Del interior salió una cabecita tímida. Era un cachorro Spaniel. Pero no era perfecto. Tenía una oreja parada y la otra caída. Y era diminuto, mucho más pequeño que un cachorro normal. Era el más débil de su camada. Nadie lo quería.
El cachorro miró a Don Manuel. Temblaba de miedo.
Don Manuel se quedó helado. Sus ojos se abrieron. El cachorro dio un paso torpe, tropezó con sus propias patas y soltó un ladrido agudo, chillón. ¡Yip!
Don Manuel sintió que el corazón le daba un vuelco. Se le dibujó una sonrisa lenta en la cara, esa sonrisa que no había tenido en meses.
Extendió su mano callosa. —Ven acá, chiquitín… —susurró.
El cachorro, sintiendo la bondad en ese hombre, corrió hacia él y se le subió a las botas, mordiéndole las agujetas.
—¿Cómo se llama? —preguntó Don Manuel, levantando al perrito con una sola mano y poniéndolo a la altura de sus ojos.
—No tiene nombre todavía —dijo Rosita, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Pero creo que tú sabes cuál debe ser.
Don Manuel miró al cachorro. El perrito le lamió la nariz.
—Se llamará… —Don Manuel pensó un momento. No podía llamarlo Trébol. Ese nombre era sagrado. Pero podía ser un homenaje—. Se llamará “Suerte”. Porque tenemos mucha suerte de haberlo encontrado. Y porque va a necesitar suerte para llenar los zapatos del que estuvo antes.
Don Manuel abrazó al cachorro contra su pecho, justo donde duele cuando se extraña a alguien.
—Bienvenido a casa, Suerte. Tienes mucho que aprender. Pero no te preocupes, aquí en el rancho sabemos que los chiquitos pueden hacer cosas grandes.
Y mientras el sol se ponía, pintando el cielo de naranja y morado, una ráfaga de viento sopló a través del árbol de mezquite. Las hojas se agitaron haciendo un sonido suave, como un susurro.
Si ponías mucha atención, entre el sonido del viento, podías escuchar un ladrido lejano, alegre y vibrante. Un ladrido que decía:
¡Eso es! ¡Ese es mi patrón! ¡Quiérelo mucho, Suerte! ¡Yo te echo la mano desde acá arriba!
Y así, la leyenda del Capitán Trébol se convirtió en algo más que una historia. Se convirtió en una promesa: Mientras haya alguien dispuesto a amar a los que parecen débiles, los héroes nunca mueren. Solo cambian de guardia.
FIN.