Soy mecánico y apenas tengo para comer, pero cuando vi a esas dos gemelas temblando bajo la tormenta en mi puerta, supe que esa noche no importaba mi pobreza, sino salvarlas.

El ruido de la lluvia esa noche no era normal, parecía que el cielo se estaba cayendo a pedazos sobre el techo de lámina de mi casita. El viento aullaba entre los árboles como avisando que algo malo pasaba allá afuera. Apenas había arropado a mi pequeña Sofía, rogando que el ruido no la despertara, cuando escuché un golpe seco en la puerta.

No era el toque de un vecino pidiendo azúcar. Era un sonido desesperado, urgente.

Me ajusté mi sudadera vieja para aguantar el frío que se colaba por las paredes y abrí. Me quedé helado. Frente a mí, bajo el aguacero, había dos muchachitas idénticas, de unos 16 años. Estaban abrazadas, temblando, con el cabello pegado a la cara y unos vestidos rojos que, aunque se veían caros, estaban hechos girones y no servían para este clima.

—Por favor… —susurró una de ellas.

Sus labios estaban pálidos, morados del frío, como si hubieran corrido kilómetros escapando de algo. Pero lo que más me impactó no fue su ropa fina ni la lluvia; fue esa mirada. En sus ojos no solo había frío, había un miedo profundo.

Mi vida ya era un caos. Desde que enviudé hace dos años, criar a Sofía solo ha sido una batalla. La lana no alcanza; mi chamba de mecánico apenas da para la renta y la comida, y he dejado que el techo gotee porque las medicinas de mi niña son primero. He aprendido a vivir con carencias, pero nunca aprendí a cerrar el corazón a quien lo necesita.

Me hice a un lado y las dejé pasar a la sala, sin importarme que el agua enlodada manchara mi alfombra gastada. Se quedaron ahí paradas, goteando, mirando a todos lados como si esperaran que alguien entrara a sacarlas a la fuerza.

—¿Están bien? —pregunté, pasándoles unas toallas.

Ellas no dijeron nada al principio, solo intercambiaron una mirada llena de secretos.

Fue entonces cuando vi por la ventana, a lo lejos, una camioneta negra tipo SUV detenida en la esquina, con el motor encendido bajo la lluvia. Mi instinto de padre se encendió como una alarma: esas niñas no estaban perdidas, se estaban escondiendo.

¿DE QUIÉN HUÍAN ESTAS NIÑAS RICAS Y QUÉ HACÍA ESA CAMIONETA NEGRA VIGILANDO MI CASA?!

PARTE 2: EL PESO DEL SILENCIO Y EL RUGIDO DEL MOTOR

Cerré la puerta. El golpe de la madera hinchada por la humedad resonó como un disparo en la pequeña sala, pero ni eso logró apagar el sonido de la lluvia que seguía castigando el techo de lámina. Pasé el cerrojo —un pedazo de metal oxidado que yo mismo había soldado hace años— y, por primera vez en la noche, sentí que mis manos temblaban. No era por el frío. Era por lo que acababa de ver allá afuera: esa camioneta negra, inmensa, con los vidrios polarizados tan oscuros que parecían agujeros negros tragándose la poca luz del alumbrado público.

Me giré hacia ellas. Las gemelas.

Ahí estaban, paradas en medio de mi sala, goteando agua sucia sobre el piso de cemento pulido que tanto me costaba mantener limpio. Se veían fuera de lugar, como si alguien hubiera recortado una foto de una revista de modas de Polanco y la hubiera pegado mal en un álbum de fotos de mi barrio, aquí donde el asfalto se acaba y empieza la terracería.

—Nadie las vio entrar —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque por dentro sentía que el corazón se me iba a salir del pecho—. Pero esa camioneta… ¿saben quién es?

Ninguna contestó. Se apretaron más la una contra la otra. Eran idénticas, de verdad. El mismo perfil afilado, las mismas cejas pobladas pero bien delineadas, y esos vestidos rojos… Dios, esos vestidos. Eran de una tela que brillaba incluso con la poca luz de mi foco ahorrador, seda o satín, algo que cuesta lo que yo gano en un año de arreglar vochos y tsurus. Pero ahora estaban desgarrados, manchados de lodo y sangre seca en los dobladillos.

—Necesitamos toallas secas —dijo la de la derecha. Su voz era temblorosa, pero tenía un tono de mando, de alguien acostumbrado a pedir y recibir.

Suspiré, pasándome la mano por la cara. Tenía grasa de motor en los dedos y seguramente me manché la frente, pero no importaba.

—Voy por ellas. No se muevan de aquí. Y por lo que más quieran, no se asomen a la ventana.

Caminé hacia el pasillo estrecho que llevaba a las recámaras. Mi casa es chica, una de esas construcciones que uno va haciendo cuarto por cuarto cuando cae un dinerito extra. Las paredes tienen esa pintura barata que se descascara con la humedad, y el olor a frijoles y aceite quemado de la cocina se mezcla siempre con el olor a humedad de la lluvia. Es una casa pobre, no me da pena decirlo, pero es digna. O eso me digo yo todas las noches para poder dormir.

Entré al baño y jalé las únicas dos toallas limpias que quedaban. Estaban ásperas por tanto lavarlas a mano, pero secaban, que es lo que importa. Al salir, me detuve un segundo frente a la puerta de Sofía. Estaba entreabierta.

Me asomé. Mi niña dormía, o eso parecía. Su respiración era pesada, ese silbido leve en el pecho que siempre me pone los pelos de punta. La medicina cuesta un ojo de la cara, y esta semana tuve que decidir entre pagar la luz o comprar el jarabe completo. Compré el jarabe, claro, pero ahora rezaba para que no nos cortaran el servicio en medio de esta tormenta. Verla ahí, tan frágil, abrazada a su oso de peluche al que le falta un ojo, me dio una punzada de culpa y, al mismo tiempo, de furia.

¿Qué derecho tenía yo de meter problemas en esta casa? Si esa gente de la camioneta venía armada, si eran narcos o secuestradores, ¿qué iba a hacer yo? ¿Defenderlas con mi llave inglesa?

Pero luego recordé los ojos de las muchachas en la sala. Ese terror. Un terror que yo conocía bien. Se parecía al que tenía mi esposa, Elena, la noche que se puso mala y no llegamos a tiempo al hospital porque el camión no pasó y no teníamos para un taxi. El miedo a la indefensión. El miedo a saber que, en este país, si no tienes lana, no eres nadie.

Regresé a la sala. Las gemelas no se habían movido ni un centímetro. Parecían estatuas de hielo.

—Tengan —les extendí las toallas.

Las tomaron rápido, sin dar las gracias, y empezaron a secarse el cabello y los brazos con desesperación. Al quitarse el exceso de agua, pude verlas mejor. Eran hermosas, de una belleza casi irreal, pero estaban flacas, demasiado flacas. Se les marcaban las clavículas de una forma que no era sana. Y tenían moretones.

Vi uno en el brazo de la que parecía más callada. Un moretón en forma de dedos, justo arriba del codo. Fresco. Violáceo.

Sentí un nudo en el estómago.

—Siéntense —les señalé el sofá viejo que había cubierto con una colcha para tapar los resortes salidos—. Voy a preparar algo caliente. ¿Café? ¿Té? No tengo mucho, pero algo caliente ayuda pal susto.

—Agua, por favor —pidió la que había hablado antes. La otra seguía muda, con la mirada clavada en el piso, temblando espasmódicamente.

Fui a la cocinita. Es un espacio de dos por dos, con una estufa de cuatro quemadores de la que solo sirven dos. Llené dos vasos de vidrio —esos que antes eran de veladoras— con agua del garrafón. Mis manos seguían manchadas de grasa, así que me las lavé con jabón de pasta antes de tocar los vasos. No quería que les diera asco.

“¿Qué estás haciendo, Mateo?”, me repetía mentalmente mientras veía el agua caer. “¿En qué te estás metiendo, cabrón?”.

Cuando regresé, las dos estaban sentadas en el borde del sofá, tensas, listas para salir corriendo. Les di el agua y bebieron como si llevaran días en el desierto.

—Gracias —susurró la callada. Fue la primera vez que escuché su voz. Era más suave, más rota que la de su hermana.

Me acerqué a la ventana, pegándome a la pared para no ser visto desde afuera. Levanté apenas una esquina de la cortina vieja de tela floreada.

La camioneta seguía ahí.

El motor estaba encendido; veía el humo blanco salir por el escape y mezclarse con la lluvia. Las luces delanteras estaban apagadas, pero las cuartos ámbar brillaban como ojos de depredador en la oscuridad. Estaban esperando. ¿Qué esperaban? ¿A que salieran? ¿A confirmar que estaban aquí?

—Siguen ahí —dije, sin voltear a verlas—. No se han ido.

Escuché un sollozo ahogado. Me giré. La chica callada se había tapado la cara con las manos. Su hermana la abrazaba con fuerza, con una protección feroz, casi animal.

—Tienen que decirme qué pasa —les dije, bajando la voz pero poniéndome serio—. No soy policía, no soy nadie. Soy mecánico. Pero tengo una hija durmiendo en el cuarto de al lado. Si esa gente va a entrar a tirar plomo, necesito saberlo ya para sacarla a ella por atrás.

La mención de mi hija pareció despertarlas de su trance. La hermana “fuerte” levantó la vista. Sus ojos eran de un color miel intenso, pero estaban inyectados de sangre por el llanto.

—No van a disparar… todavía —dijo ella. Su voz temblaba, pero trataba de mantener la compostura—. No pueden hacer ruido. No aquí. No con tanta gente viendo.

—¿Gente? —solté una risa nerviosa, seca—. Mija, estamos en la colonia Las Cruces. Aquí, si se escuchan balazos, la gente no se asoma, se tira al piso y apaga la luz. Aquí la policía llega tres horas tarde, si es que llega. No sé de qué mundo vengan ustedes, pero aquí las reglas son otras.

Ella me miró con sorpresa, como si acabara de descubrir que el mundo real existe.

—Mi nombre es Ana —dijo, enderezándose un poco—. Ella es Griselda.

—Yo soy Mateo.

—Mateo… —repitió Ana, como probando el nombre—. Escucha, Mateo. La persona que está en esa camioneta no es un secuestrador cualquiera. Es… es el jefe de seguridad de mi padrastro.

—¿Tu padrastro?

—Si te digo el apellido, nos vas a echar a la calle —intervino Griselda, bajando las manos de su cara. Tenía el rímel corrido, haciéndola parecer un fantasma triste.

—Pruébame —les reté. Me crucé de brazos, recargándome en el marco de la puerta de la cocina.

Ana dudó. Miró a su hermana, luego a la puerta, luego a mí.

—Valderrama —soltó.

El nombre cayó en la sala más pesado que un bloque de concreto.

Sentí un frío que no tenía nada que ver con la lluvia. ¿Valderrama? ¿Los dueños de las cadenas de hoteles? ¿Los que salen en las revistas de sociales cada semana inaugurando hospitales o posando en yates? Claro que sabía quiénes eran. En el taller, a veces, cuando el patrón dejaba el periódico, leíamos las noticias. Esa gente no tiene dinero; tiene poder. De ese poder que compra conciencias, que borra expedientes, que hace que la gente desaparezca sin dejar rastro.

—Híjole… —se me escapó el aire—. ¿Ustedes son hijas de…?

—De su esposa —corrigió Ana con asco—. Nuestra madre se casó con él hace cinco años. Al principio todo era perfecto. Viajes, escuelas privadas, regalos… Pero luego…

—Luego la jaula se cerró —completó Griselda. Su voz se quebró—. No nos deja salir. No nos deja tener teléfono. No nos deja tener amigos. Nos tiene… nos tiene guardadas. Como muñecas. Dice que es por nuestra seguridad, porque hay muchos secuestros, pero…

—Pero él es el monstruo —dijo Ana, apretando los puños sobre su regazo, arrugando la tela fina del vestido—. Esta noche… esta noche había una fiesta. Una gala en la casa grande, allá en Lomas. Había mucha gente importante. Políticos, empresarios…

—¿Y qué pasó? —pregunté, sintiendo que la historia se ponía cada vez más turbia.

Ana tragó saliva. Miró hacia el pasillo donde dormía Sofía, como evaluando si yo era digno de la verdad.

—Escuchamos algo —dijo en voz baja—. Estábamos en el despacho, escondidas porque no queríamos bajar a saludar a sus amigos viejos y asquerosos. Y lo escuchamos hablar por teléfono. No hablaba de negocios de hoteles, Mateo. Hablaba de nosotras.

El silencio se hizo espeso. Solo se oía la lluvia.

—Hablaba de un “trato” —continuó Ana, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas de nuevo—. Dijo que ya estábamos listas. Que el “paquete” de dos por uno estaba listo para entregarse esta noche al socio del norte.

Sentí náuseas. No necesitaba que me explicaran más. “Paquete”. “Dos por uno”. Se me revolvió el estómago de pura rabia. Miré a estas niñas, que no eran más grandes que las amigas de mi sobrina, y pensé en la maldad que existe en el mundo, una maldad que ni yo, que he vivido en el barrio toda mi vida, podía terminar de comprender.

—Escapamos por la ventana del servicio —dijo Griselda—. Corrimos hasta la avenida y nos subimos al primer taxi que pasó. Le dimos mis aretes de diamante porque no traíamos dinero. Le dijimos que nos llevara lejos, donde fuera. Nos bajó en la entrada de la colonia porque no quiso entrar más al fondo por el lodo. Y desde ahí… corrimos.

—Pero esa camioneta… ¿cómo las encontraron tan rápido? —pregunté, volviendo a mirar la cortina.

—Tienen rastreadores —dijo Ana, tocándose un collar plateado muy fino que llevaba al cuello—. En las joyas. En los zapatos. En todo. Nos quitamos los zapatos hace cuadras, pero esto… —se jaló el collar con frustración, pero el broche parecía complejo, casi como un candado—. No me lo puedo quitar.

Me acerqué a ella.

—A ver —le dije.

Me incliné. Olían a perfume caro mezclado con lluvia y sudor de miedo. El collar era una cadena de platino, delgadita pero resistente, con un dije extraño, un pequeño cubo moderno. Examiné el broche. No era un broche normal. Era magnético, o de seguridad.

—Necesito unas pinzas de corte —dije—. Espérame.

Fui corriendo a mi caja de herramientas que guardo bajo el fregadero. Saqué las pinzas de corte, unas viejas, con el mango rojo lleno de grasa, pero con el filo bien cuidado.

Regresé a la sala.

—No te muevas —le dije a Ana.

Acerqué las pinzas a su cuello. Su piel estaba helada. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta. Sentí su pulso acelerado contra mis dedos.

Click.

La cadena se rompió. Hice lo mismo con la de Griselda.

—Dámelos —les ordené.

Tomé los dos collares. Pesaban. Eran platino puro. Valían más que mi casa entera, probablemente. Pero en ese momento, eran una sentencia de muerte.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Griselda.

—Ganar tiempo.

Fui a la cocina, abrí la puerta trasera que da al patiecito de servicio donde tiendo la ropa y donde vive “El Tuercas”, un perro callejero que adopté a medias con el vecino. El perro estaba hecho bolita en su rincón seco.

—Quieto, Tuercas —susurré.

Con toda la fuerza de mi brazo, lancé los collares hacia el terreno baldío que está detrás de mi casa, un lote lleno de hierba alta y basura donde los chavos se juntan a fumar. Los lancé lejos, hacia la derecha, lo más lejos que pude de mi casa.

Cerré la puerta y volví a entrar.

—Ahora a ver si muerden el anzuelo —dije, volviendo a la ventana de la sala.

Pasaron dos minutos eternos. Las gemelas me miraban fijamente, esperando el veredicto.

De repente, la camioneta negra aceleró. El motor rugió con una potencia que hizo vibrar los vidrios de mi ventana. Pero no avanzó hacia mi puerta. Giró las llantas bruscamente, patinando en el lodo, y arrancó hacia la calle paralela, hacia el baldío, siguiendo la señal de los rastreadores.

—¡Se movieron! —exclamé, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Las gemelas se abrazaron de nuevo, sollozando de alivio.

Pero el alivio me duró poco. Sabía que eso solo nos daba unos minutos. Quince, tal vez veinte, antes de que se dieran cuenta de que los collares estaban tirados entre la basura y que las chicas no estaban ahí. Y cuando regresaran… vendrían con todo.

—No podemos quedarnos aquí —dije, girándome hacia ellas. La adrenalina me estaba aclarando la mente—. Si regresan y no las encuentran en el baldío, van a empezar a tumbar puertas. Y la mía es la primera.

—¿A dónde vamos? —preguntó Ana, poniéndose de pie. Sus piernas temblaban, pero se obligó a estar firme.

—Tengo un vocho en el taller, aquí a la vuelta. Es viejo, pero el motor está arreglado. Corre como demonio —les expliqué rápido—. Pero tenemos un problema.

—¿Cuál?

Señalé hacia el pasillo.

—Mi hija. No puede caminar rápido. Y con esta lluvia… si la saco, le puede dar una neumonía.

Me quedé callado, debatiendo. Era la decisión más difícil de mi vida. Si nos quedábamos, nos mataban o se las llevaban. Si salíamos, arriesgaba a Sofía.

En ese momento, escuché un ruido que me heló la sangre.

No venía de la calle. Venía del pasillo.

Sofía estaba parada ahí, en el marco de la puerta de su cuarto. Llevaba su pijama de franela con dibujos de nubes y arrastraba su cobija. Tenía los ojos muy abiertos, mirando a las dos extrañas en nuestra sala.

—Papá… —dijo con su vocecita ronca por la tos—. ¿Quiénes son las princesas?

Griselda, al verla, se llevó la mano a la boca. La inocencia de mi hija chocaba brutalmente con la realidad de la noche.

—Son… son amigas, mi amor —dije, acercándome a ella y cargándola en brazos. Estaba calientita, febril. Maldita sea—. Vamos a jugar a los exploradores, ¿te acuerdas? Como cuando se va la luz.

—¿Vamos a salir? —preguntó Sofía, recargando su cabeza en mi hombro.

—Sí, mija. Vamos a dar un paseo en el coche.

Miré a las gemelas.

—Tienen que confiar en mí. Conozco este barrio como la palma de mi mano. Hay callejones por donde esa camioneta no cabe. Pero tienen que correr. ¿Pueden correr?

Ana miró sus pies descalzos, lastimados, y luego miró a su hermana. Asintió con una determinación que me sorprendió.

—Corremos —dijo.

Fui a mi cuarto y saqué de debajo del colchón mis ahorros. Unos pocos billetes enrollados en una liga. Me los metí al bolsillo. Agarré las llaves del taller y una chamarra gruesa para Sofía. A las chicas les di dos camisas de trabajo mías, de esas de tela dura con mi nombre “Mecánica Mateo” bordado en el pecho. Les quedaban enormes, como vestidos, pero eran mejor que nada.

—Cúbranse la cabeza —les ordené—. Que no se vea el cabello ni la cara.

Apagué las luces de la casa. Nos quedamos en total oscuridad, solo iluminados por los relámpagos que de vez en cuando estallaban en el cielo.

—Vamos a salir por atrás —les susurré—. Por el patio. Cruzamos la barda del vecino, Don Chuy. Él duerme como tronco, no nos va a oír. De ahí salimos al callejón que da al taller.

Abrí la puerta trasera. El viento nos golpeó la cara con fuerza, trayendo lluvia helada. Sofía se quejó y se escondió en mi cuello. Tapé su cabecita con la chamarra.

—Rápido —les indiqué a las gemelas.

Salimos a la intemperie. El lodo nos llegaba a los tobillos. Las chicas resbalaban, pero se sostenían la una a la otra. Yo iba adelante, cargando a Sofía con un brazo y usando el otro para apartar las ramas y los tendederos.

Saltar la barda fue un suplicio. Tuve que pasar primero a Sofía al otro lado, dejándola en el suelo mojado un segundo —me dolió el alma hacerlo— para poder ayudar a las gemelas a subir. Ana tenía fuerza, pero Griselda estaba al borde del desmayo. La jalé del brazo casi dislocándoselo para subirla.

Caímos del otro lado, en el patio de Don Chuy, entre gallinas dormidas que cacarearon bajito.

—Shhh, shhh —chisté.

Avanzamos pegados a la pared. Mi corazón latía al ritmo de los truenos.

Llegamos al callejón. Estaba oscuro como boca de lobo, lleno de basura y charcos profundos. Pero al fondo, a unos cincuenta metros, se veía la cortina de acero de mi taller. Mi santuario. Ahí estaba el vocho.

—Ya casi —les dije, tratando de animarlas, aunque yo mismo sentía que las piernas me fallaban.

De repente, un haz de luz barrió la entrada del callejón, a nuestras espaldas.

Nos tiramos al suelo, detrás de un contenedor de basura desbordado. El olor a podrido era insoportable, pero no nos movimos.

Una luz potente, de un reflector buscahuellas, iluminaba la lluvia, cortando la oscuridad. Venía de la calle principal.

La camioneta negra. Había regresado. Y no estaba sola.

Escuché el sonido de otra camioneta acercándose. Eran dos.

—No encontraron los collares… o ya los encontraron y saben que fue un truco —susurró Ana en mi oído. Estaba temblando tanto que me hacía vibrar a mí también.

—Están peinando la zona —dije—. Saben que no pudieron ir lejos a pie.

La luz pasó por encima de nosotros, iluminando la pared de ladrillo justo arriba de nuestras cabezas. Si el que manejaba el reflector hubiera bajado el ángulo diez grados, nos habría visto ahí, tirados en la inmundicia: un mecánico pobre, una niña enferma y dos herederas millonarias prófugas.

El vehículo pasó de largo, despacio, como un tiburón patrullando su territorio.

—Ahora —susurré—. ¡Corran al taller!

Nos levantamos y corrimos. Mis botas chapoteaban pesadamente. Sofía empezó a llorar, asustada por el movimiento brusco.

—Ya, mi amor, ya, es un juego, corre papá, corre —le decía al oído, desesperado.

Llegamos a la cortina del taller. Saqué las llaves. Mis manos estaban mojadas y resbaladizas. La llave no entraba.

—¡Maldita sea! —grité por lo bajo.

—¡Vienen de regreso! —chilló Griselda, mirando hacia atrás.

Las luces de la camioneta se veían al final del callejón, dando la vuelta. Nos habían visto o habían escuchado algo. El motor rugió, acelerando hacia nosotros.

Metí la llave a la fuerza, giré y empujé la puertecita peatonal que tiene la cortina.

—¡Adentro!

Las empujé al interior del taller, que olía a gasolina y aceite viejo, un olor que para mí significaba hogar. Entré yo al final y cerré la puerta justo cuando los faros de la camioneta iluminaban la cortina de acero.

¡BAM!

Algo golpeó la cortina metálica desde afuera. No fue un choque. Fue un disparo. O un golpe con un tubo. El metal retumbó.

—¡Abran! —gritó una voz grave y distorsionada desde afuera—. ¡Sabemos que están ahí!

Me quedé paralizado un segundo. Estábamos atrapados. Mi taller solo tiene esa entrada y una ventanita alta en el baño.

—El coche —dije—. ¡Suban al coche!

El vocho, mi viejo proyecto de restauración, un Sedán modelo 90 color azul cielo, estaba en la rampa, pero con las llantas puestas.

—¡Papá, tengo miedo! —gritó Sofía.

—Súbete atrás con ellas, mi vida. ¡Agáchate en el piso!

Metí a las tres en el asiento trasero.

—¡Abajo! ¡Cúbranse con los asientos!

Corrí a la mesa de trabajo. Busqué desesperadamente algo. ¿Qué? ¿Un arma? No tengo armas. Soy un hombre de paz. Agarré una llave Stilson enorme, pesada, de hierro forjado.

Los golpes en la cortina se hicieron más fuertes. El metal empezaba a doblarse. Eran varios hombres intentando forzarla.

Miré el vocho. Miré la cortina.

Si arrancaba el coche… el ruido del motor me delataría aún más. Pero no tenía opción.

Me subí al asiento del conductor. Las llaves estaban puestas. Siempre las dejo puestas.

—Dios, si existes, haz que esta carcacha prenda a la primera —rezó mi voz interior.

Giré la llave.

Rrr-rrr-rrr…

El motor tosió. Estaba frío.

—¡Por favor! —grité, golpeando el volante.

Afuera, escuché el rechinar de metal contra metal. Estaban metiendo una palanca por debajo de la cortina para levantarla. Vi cómo la hoja de acero empezaba a subir lentamente, dejando ver unas botas tácticas negras y el pavimento mojado.

Giré la llave otra vez, pisando el acelerador a fondo.

¡VROOOOM!

El motor del vocho rugió, cobrando vida con una explosión de humo y potencia. Era un motor modificado, mi orgullo, con pistones más grandes y un escape libre. El sonido fue ensordecedor dentro del taller cerrado.

Los hombres afuera gritaron algo que no entendí.

—¡Agárrense fuerte! —les grité a las chicas atrás.

Metí reversa. Las llantas chillaron sobre el concreto liso del taller.

No iba a esperar a que abrieran. Iba a salir. Pero la cortina estaba cerrada.

Miré hacia la pared del fondo del taller. Era de ladrillo hueco, vieja y mal hecha, daba a un callejón trasero que bajaba hacia el río. Era una locura. Era suicida. Pero era la única salida que no estaba bloqueada por asesinos.

Cambié a primera velocidad. Aceleré el motor hasta que las revoluciones gritaron.

—¡Agárrense! —repetí.

Solté el embrague de golpe.

El vocho salió disparado hacia adelante, no hacia la cortina, sino hacia la pared trasera.

El impacto fue brutal. Los ladrillos explotaron hacia afuera, el polvo y los escombros volaron por todas partes. El coche se sacudió violentamente, el parabrisas se estrelló, pero seguimos avanzando. Salimos volando —literalmente— hacia la oscuridad del callejón trasero, cayendo pesadamente sobre el lodo.

La suspensión crujió, pensé que se había roto el eje, pero las llantas traccionaron.

—¡Estamos vivos! —gritó Ana, con una mezcla de histeria y euforia.

No me detuve. Aceleré por el camino de tierra, derrapando, bajando hacia el río, mientras escuchaba a lo lejos los disparos de los hombres que se habían quedado en la entrada principal del taller, disparando inútilmente al aire o a la cortina vacía.

Estábamos huyendo. Yo, un mecánico viudo con deudas, mi hija enferma, y dos gemelas perseguidas por uno de los hombres más poderosos de México. Y lo único que teníamos era medio tanque de gasolina y una llave Stilson en el asiento del copiloto.

Miré por el retrovisor. Sofía estaba abrazada a Griselda. Ana miraba hacia atrás, con los ojos llenos de una determinación fría.

—¿Y ahora? —preguntó Ana.

—Ahora salimos de la ciudad —dije, limpiando el sudor de mi frente con la manga—. Conozco un lugar en la sierra. Un pueblo fantasma donde mi abuelo tenía una casa. Ahí no hay señal de celular, ni cámaras, ni gente.

—¿Crees que lleguemos? —preguntó Griselda, su voz temblando por el rebote del coche en los baches.

Miré el camino oscuro que se abría frente a los faros tuertos de mi vocho (uno se había roto al atravesar la pared). La lluvia seguía cayendo, limpiando el lodo del parabrisas estrellado.

—No sé —admití—. Pero si nos quedamos, nos matan. Así que más nos vale llegar.

Manejé en silencio por un rato, esquivando las calles principales, usando las rutas que solo los taxistas viejos y los ladrones conocen. Cruzamos el puente viejo que nadie usa porque dicen que se va a caer. Sentí cada crujido de la madera bajo las llantas.

De pronto, Ana se inclinó hacia adelante, entre los dos asientos delanteros.

—Mateo —dijo.

—¿Qué?

—Gracias.

La miré un segundo por el espejo. Ya no parecía la niña rica y altanera del principio. Parecía una guerrera cansada.

—No me des las gracias todavía —le contesté—. La noche es larga y el tanque es chico.

Justo cuando creí que habíamos despistado a todos, que estábamos llegando a la salida a la carretera federal, vi unas luces azules y rojas parpadeando en el retén de adelante.

Policía.

Frené de golpe, derrapando un poco.

—¿Son ellos? —preguntó Griselda con pánico.

—No, es la policía estatal —dije—. Un retén.

—¿Podemos pedirles ayuda? —preguntó Ana esperanzada.

Me reí con amargura.

—Mija, en este país, si Valderrama los tiene en la nómina, esos policías son más peligrosos que los sicarios de la camioneta. Si nos paramos ahí y ven quiénes son ustedes, nos entregan en bandeja de plata.

—Entonces, ¿qué hacemos? —Ana miró a los lados. Estábamos en una avenida encajonada. Muros de contención a los lados. No había retorno. Y atrás… atrás vi luces acercándose rápido.

Estábamos atrapados entre el retén y lo que sea que viniera detrás.

Miré a Sofía, que se había vuelto a dormir por el movimiento del coche. Miré mis manos callosas sobre el volante desgastado.

—Sujétense —dije, sintiendo una calma extraña, la calma del que ya no tiene nada que perder—. Vamos a hacer algo estúpido.

—¿Más estúpido que atravesar una pared? —preguntó Ana.

—Mucho más.

Puse el vocho en segunda. Apagué las luces.

—¿Qué haces? —susurró Griselda.

—Vamos a pasar por en medio. Sin luces. A toda velocidad. Antes de que sepan qué los golpeó.

Era una locura. El espacio entre las patrullas estacionadas era estrecho. Si calculaba mal, nos estrellaríamos a 80 kilómetros por hora.

Aceleré. El motor rugió en la oscuridad. El coche se convirtió en un misil ciego bajo la lluvia.

Los policías estaban tomando café bajo un toldo, distraídos por la tormenta. No esperaban que un loco con las luces apagadas se les viniera encima.

Me acerqué. 50 metros. 30 metros. 10 metros.

Encendí las luces altas justo en el último segundo para cegarlos.

—¡AHHHH! —gritaron las chicas atrás.

¡ZUUUUUM!

Pasamos entre las dos patrullas, raspando los espejos laterales de ambas. Escuché el sonido de plástico rompiéndose y los gritos de sorpresa de los oficiales.

—¡ALTO! —oyó que gritaban, pero ya estábamos del otro lado.

El vocho se sacudió, pero mantuve el control. Volví a apagar las luces y tomé la primera salida a la terracería que vi, metiéndonos en el monte, desapareciendo en la noche mexicana como si fuéramos fantasmas.

Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Pero estábamos fuera. Por ahora.

Miré el tablero. La gasolina estaba bajando más rápido de lo normal.

—Creo que rompimos el tanque al salir del taller —dije, sintiendo un sudor frío.

—¿Qué? —Ana se inclinó—. ¿Qué significa eso?

—Significa que tenemos unos veinte kilómetros antes de quedarnos tirados en medio de la nada —dije—. Y la sierra está a cincuenta.

Las gemelas se quedaron en silencio. Sofía tosió en sueños.

—Dios aprieta pero no ahorca —murmuré, más para mí que para ellas—. Pero hoy sí que nos está apretando el cuello bien gacho.

La lluvia arreció, lavando el camino, borrando nuestras huellas, pero también haciendo el lodo más peligroso. Y en la oscuridad de la carretera, solo mis faros tuertos iluminaban el destino incierto que nos esperaba.

(Esta historia continuará…)

PARTE 3: ENTRE LA NIEBLA Y LOS LOBOS

El olor a gasolina cruda dentro del Vocho era tan fuerte que me picaba la garganta. No era ese olor dulzón y familiar de mi taller, el que se te impregna en la ropa y te hace sentir útil después de una jornada de chamba. No. Este era el olor del fracaso. Era el olor de una hemorragia mecánica que nos estaba desangrando litro por litro sobre el asfalto mojado.

Miré el indicador de combustible. La aguja, que de por sí bailaba como loca en estos carros viejos, ya estaba besando la línea roja de la reserva.

—¿Cuánto falta, Mateo? —preguntó Ana desde el asiento de atrás. Su voz intentaba sonar firme, pero el miedo se le colaba en las vocales.

—No coman ansias —respondí, clavando la vista en el camino de terracería que apenas iluminaba mi único faro—. Estamos entrando a la zona de “La Herradura”. Aquí el camino se pone feo, así que agárrense.

La verdad es que no tenía idea de cuánto faltaba. Mi abuelo murió hace quince años y la última vez que subí a su cabaña yo era un chamaco que apenas le llegaba a la cintura. Mi memoria dibujaba un mapa borroso entre cerros y barrancas, pero la noche y la lluvia estaban decididas a borrar cualquier punto de referencia.

El motor tosió. Una, dos veces. Un jaloneo violento sacudió el chasis.

—¿Qué fue eso? —chilló Griselda.

—El carro tiene hambre y ya no hay comida —murmuré entre dientes.

El Vocho dio un último estertor, como un animal cansado que se niega a dar un paso más, y el motor se apagó. El silencio que siguió fue aterrador. Solo se escuchaba el golpeteo furioso de la lluvia sobre el techo curvo y el silbido del viento que se colaba por los empaques podridos de las ventanas. Nos quedamos a oscuras, en medio de la nada, con el único sonido de nuestra propia respiración agitada.

—Se acabó —dije, golpeando el volante con la palma de la mano. La frustración me quemaba el pecho—. Hasta aquí llegó la máquina.

—¿Qué quieres decir con que hasta aquí llegó? —Ana se inclinó hacia adelante, su rostro era una mancha pálida en el retrovisor—. No podemos pararnos. Dijiste que nos mataban si nos quedábamos.

—Y lo sostengo. Pero este carro ya no es un vehículo, es un ataúd de metal si nos quedamos aquí sentados esperando a que nos encuentren. —Me giré para verlas. En la penumbra, sus ojos brillaban con pánico—. Tenemos que caminar.

—¿Caminar? —Griselda soltó una risa histérica—. ¿Ahí afuera? ¿Con estos vestidos? ¿Sin zapatos? Mateo, es una locura.

Miré a Sofía, que dormitaba en el regazo de Griselda. Su frente brillaba de sudor a pesar del frío. La toqué; estaba ardiendo. La fiebre estaba subiendo. Sentí una punzada de terror más grande que cualquier amenaza de sicarios. Si mi niña empeoraba aquí, sin medicinas, sin un techo seco…

—No tenemos opción —sentencié, abriendo mi puerta. El viento helado entró de golpe, trayendo olor a pino mojado y tierra negra—. Esos tipos no van a tardar en encontrar el rastro de aceite que fuimos dejando. Si seguimos el camino a pie, podemos cortar por el monte. El Vocho los va a distraer un rato. Pensarán que seguimos dentro o que corrimos por la carretera.

Salí al lodo. El frío me caló hasta los huesos al instante, traspasando mi camisa de trabajo empapada. Mis botas se hundieron en el fango chicloso de la sierra. Rodeé el auto y abrí la puerta trasera.

—Vamos, arriba. Ana, tú ayuda a tu hermana. Griselda, pásame a Sofía con cuidado.

Griselda me entregó a mi hija como si fuera de cristal. Sofía gimió, molestia por el movimiento, y se aferró a mi cuello. Pesaba. Dios, cómo pesaba, no de kilos, sino de responsabilidad. La tapé bien con la chamarra, asegurándome de que su carita quedara protegida contra mi pecho.

—Mis pies… —sollozó Griselda al pisar las piedras del camino.

Ana la sostuvo del brazo con fuerza.

—Aguántate, Gris. Imagina que es una de esas clases de crossfit extremas que tanto te gustaban, ¿va? Solo que aquí si pierdes, te mueres.

Ese comentario, tan fuera de lugar y tan “fresa”, me sacó una media sonrisa amarga. Estas niñas vivían en otro planeta, pero al menos Ana tenía agallas.

—Empujen —les ordené, señalando el auto.

—¿Qué?

—Tenemos que sacarlo del camino. Si pasa la camioneta y lo ve a media brecha, sabrán que acabamos de bajarnos. Si lo escondemos entre los matorrales, ganamos tiempo.

Entre los tres, resbalando en el lodo, con la lluvia cegándonos, empujamos el Vocho. Mis músculos gritaban, mi espalda, jodida por años de cargar motores sin faja, protestaba con pinchazos agudos. Pero el miedo es el mejor combustible. Logramos meter el auto en una zanja cubierta de hierba alta y ramas secas. Lo cubrimos lo mejor que pudimos con lo que encontramos a mano.

—Ahora, al monte —señalé hacia la pendiente oscura que subía a nuestra izquierda—. Mi abuelo decía que para llegar al cielo primero hay que subir el infierno. Esa vereda lleva a las peñas.

Empezamos el ascenso.

Si manejar fue difícil, caminar era una tortura. La sierra de noche no es romántica; es hostil. Las ramas te golpean la cara como látigos invisibles, las piedras resbaladizas esperan ansiosas para torcerte un tobillo, y el frío es una entidad viva que busca robarte el calor del cuerpo.

Yo iba adelante, abriendo paso con un brazo, cargando a Sofía con el otro. Ana y Griselda venían detrás, agarrándose de mis camisas viejas que les quedaban como túnicas ridículas sobre sus vestidos de gala destrozados. Escuchaba sus jadeos, el sonido de la tela fina desgarrándose con las espinas, los sollozos ahogados de Griselda cada vez que pisaba una piedra afilada.

—¿Por qué haces esto, Mateo? —preguntó Ana después de unos veinte minutos de caminata agónica. Su voz salía entrecortada por el esfuerzo.

Me detuve un segundo para recuperar el aliento y acomodar a Sofía, que empezaba a tiritar.

—¿Hacer qué?

—Esto. Ayudarnos. —Ana se limpió el lodo de la cara con el dorso de la mano. Incluso sucia y en la miseria, tenía un porte altivo—. Podrías habernos entregado. Podrías haber dicho que no sabías nada. Te habrían dado dinero. Esa gente siempre da dinero por soplones.

La miré a los ojos, apenas visibles bajo la luz de la luna que intentaba asomarse entre las nubes de tormenta.

—Mija, en mi barrio, cuando alguien toca tu puerta pidiendo ayuda, no preguntas cuánto trae en la cartera. Preguntas qué le duele. —Escupí a un lado—. Además, vi cómo las miraban esos tipos en la camioneta. No eran miradas de gente que busca a sus hijas perdidas. Eran miradas de carniceros buscando su ganado. Y yo… yo no soy partidario de que se trate a la gente como mercancía.

—Mi padrastro… Valderrama… —Ana tragó saliva, como si el nombre le supiera a veneno—. Él dice que todos tienen un precio. Que el pobre es pobre porque quiere, o porque es tonto.

—Pues tu padrastro es un pendejo con dinero, con todo respeto —solté, reanudando la marcha—. El dinero compra muchas cosas, sí. Compra silencio, compra leyes, compra comodidad. Pero no compra lealtad de la buena. Y definitivamente no compra el sueño tranquilo. Yo duermo tranquilo, Ana. A pesar de las goteras y las deudas, yo no le debo almas al diablo.

Seguimos subiendo. El terreno se volvía más empinado. Mis piernas ardían. Sofía empezó a toser, una tos seca y perruna que retumbaba en mi pecho.

—Papá… tengo sed… —susurró.

—Ya casi, mi amor. Ya casi llegamos a un lugar donde hay agua. Aguanta un poquito más.

—¿Falta mucho para la casa de tu abuelo? —preguntó Griselda. Ya no lloraba, había entrado en ese estado de shock donde el cuerpo se mueve por inercia.

—No sé —admití, porque mentirles ya no servía de nada—. Pero conozco estas peñas. Hay unas cuevas más arriba, unos refugios que usaban los cristeros hace años. Si llegamos ahí, estaremos secos.

De pronto, un sonido cortó el aire. No era un trueno.

Era el rugido de motores. Varios. Y venían de abajo, de donde habíamos dejado el Vocho.

Nos congelamos. Me tiré al suelo, jalando a las chicas conmigo hacia los arbustos. Sofía se despertó asustada, a punto de llorar, pero le tapé la boca suavemente con mi mano.

—Shhh, mi vida, jugamos a las escondidillas —le susurré al oído, rogando que me creyera.

Desde nuestra posición elevada, podíamos ver la carretera a lo lejos, como una serpiente negra. Vimos las luces. Tres, cuatro camionetas. Se detuvieron justo donde el camino se ensanchaba, cerca de donde escondimos el Vocho.

Vimos las linternas. Haces de luz potentes, de grado militar, barriendo la vegetación. Se movían con disciplina, con orden. No eran matones de barrio; eran profesionales.

—Encontraron el aceite —susurró Ana, apretando mi brazo con tanta fuerza que me clavó las uñas—. Saben que el coche murió ahí.

—Van a encontrar el Vocho en cuestión de minutos —dije, sintiendo un sudor frío—. Y cuando vean que está vacío, van a subir. Tienen perros. O drones. Esa gente usa tecnología que ni la policía tiene.

—¿Drones? —Griselda miró al cielo con terror.

—Sí. Si tienen térmicos, estamos fritos.

Teníamos que movernos. Ya no podíamos ir despacio.

—Escúchenme bien —les dije, girándome hacia ellas. Mi cara estaba a centímetros de las suyas—. Se acabaron las quejas. Se acabó el cansancio. Si nos quedamos aquí, nos cazan. Tenemos que llegar a la línea de árboles de allá arriba. El bosque es más denso, ahí los drones no ven bien.

—No puedo… —Griselda negó con la cabeza—. Mis pies están sangrando, Mateo. De verdad.

Miré sus pies. Efectivamente, iba descalza sobre piedras y espinas. La sangre se mezclaba con el lodo.

Sin pensarlo dos veces, me quité mis botas.

—Ponte esto.

—¿Qué? No, tú…

—¡Póntelas! —siseé—. Yo tengo callos hasta en el alma, mis pies aguantan más que los tuyos. ¡Póntelas y corre!

Griselda me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero obedeció. Metió sus pies lastimados en mis botas viejas y grandes. Ana se quitó los restos de sus sandalias y se envolvió los pies con trozos de su vestido rasgado.

Yo me quedé en calcetines. Sentí el frío del suelo morder mis plantas al instante, pero la adrenalina era un anestésico poderoso.

Corrimos. O intentamos correr. Era una escalada desesperada, resbalando, cayendo de rodillas, levantándonos. Yo cargaba a Sofía como un balón de fútbol americano, protegiéndola de las ramas. Mis calcetines se empaparon y se rompieron a los pocos metros. Sentí piedras afiladas cortándome la piel, pero no me detuve.

Abajo, los ladridos empezaron. Perros. Traían perros de rastreo.

—¡Más rápido! —apremié a las gemelas.

Llegamos a la cresta del cerro. El viento aquí arriba soplaba con furia, aullando como un demonio. Pero frente a nosotros se abría un valle oscuro, densamente arbolado. El bosque de coníferas.

—Adentro, métanse entre los árboles —les indiqué.

Nos internamos en la espesura. El olor a pino era intenso. El suelo aquí era una alfombra de agujas secas que amortiguaban un poco mis pasos y el frío, pero seguía siendo una tortura.

Caminamos durante lo que parecieron horas. El sonido de los perros se escuchaba a veces cerca, a veces lejos, traído y llevado por el viento caprichoso de la sierra. No sabíamos si nos seguían o si estaban peinando otra zona.

De repente, Ana se detuvo en seco.

—Luz —dijo, señalando al frente.

Entrecerré los ojos. A lo lejos, entre la bruma y los troncos, se veía un resplandor débil. Naranja.

—¿Fuego? —preguntó Griselda.

—Puede ser una fogata. O una casa.

—¿Vamos? —preguntó Ana.

Dudé. En la sierra, encontrarse con gente puede ser la salvación o la condena definitiva. Podían ser campesinos, leñadores… o gente que “cuida la plaza”. Narcos que usan la sierra para sembrar o esconder laboratorios.

Pero Sofía estaba hirviendo. Su respiración era cada vez más superficial. Sentí su pechito vibrar con cada inhalación. Neumonía. Si no conseguía calor y medicina pronto, la persecución no importaría porque mi hija se me iba a morir en los brazos.

—Vamos —decidí—. Pero con cuidado. Yo me acerco primero. Ustedes se quedan atrás hasta que yo les haga una señal.

Nos acercamos sigilosamente. El resplandor venía de una pequeña construcción de adobe y madera, casi camuflada con el entorno. Salía humo de una chimenea improvisada. No había vehículos afuera. Solo un caballo amarrado bajo un techito de lámina.

Les hice seña a las chicas de que se agacharan detrás de un tronco caído.

Avancé solo, pisando con cuidado para no crujir las ramas secas, aunque mis pies descalzos y entumecidos apenas sentían el suelo. Me acerqué a la única ventana, que no tenía vidrio, solo un postigo de madera entreabierto.

Miré hacia adentro.

Lo que vi me desconcertó.

Era una habitación sencilla, iluminada por una chimenea de leña y varias veladoras. En las paredes había colgados manojos de hierbas secas: manzanilla, gordolobo, ruda. Olía a incienso y a café de olla.

En el centro, sentada en una silla de pino, había una mujer anciana. Muy anciana. Su piel era como corteza de árbol, llena de arrugas profundas, y su cabello era una trenza blanca y larga que le caía por la espalda. Estaba desgranando maíz en una palangana.

No parecía peligrosa. Parecía… atemporal.

Pero lo que me puso los pelos de punta fue que, sin voltear a la ventana, la anciana habló.

—Pásale, Mateo. Ya se estaba enfriando el café.

Me quedé helado. ¿Cómo sabía mi nombre? Mi corazón dio un vuelco. ¿Era una trampa? ¿Tenía un radio escondido?

Retrocedí un paso, listo para correr.

—No te asustes, hijo —dijo la anciana, dejando la mazorca y girando lentamente la cabeza hacia la ventana. Sus ojos eran blancos, velados por cataratas. Era ciega—. Los muertos hablan mucho cuando hay tormenta. Y tu esposa Elena lleva rato gritando tu nombre en el viento, pidiendo que no deje que se apague la luz de la niña.

Sentí que las rodillas me fallaban. Elena. Mencionó a Elena.

—¿Quién es usted? —pregunté con la voz temblorosa, olvidando por un momento a los sicarios y los perros.

—Soy Doña Chole. La curandera de San Juan. Tu abuelo me traía mezcal cuando le dolían los huesos. Pásale, y trae a las muchachas esas que huelen a miedo y a dinero ajeno. Y sobre todo, trae a la niña. La muerte la anda rondando, pero aquí no entra sin mi permiso.

Hice una seña a las gemelas. Salieron de los arbustos, temerosas. Cuando vieron la casa y a mí parado en la puerta, corrieron.

Entramos. El calor de la casa nos golpeó como un abrazo. Era un calor seco, oloroso a leña y hierbas.

—Cierren bien —ordenó Doña Chole sin levantarse—. Y pongan la tranca. Los lobos de dos patas andan cerca.

Ana cerró la puerta y colocó una tranca de madera gruesa. Griselda se dejó caer al suelo, cerca del fuego, y empezó a llorar en silencio, aliviada por el calor.

—Pon a la niña aquí —dijo la anciana, señalando un catre cubierto con pieles de borrego cerca del fuego.

Acosté a Sofía. Doña Chole se acercó, moviéndose con una seguridad impresionante para ser ciega. Puso sus manos nudosas sobre la frente de mi hija.

—Fuego malo —murmuró—. Trae susto y trae frío de agua.

Empezó a darle órdenes a las gemelas.

—Tú, la de la voz mandona —señaló a Ana—, busca en ese frasco de vidrio. Hay manteca con hierbas. Tráela. Y tú, la llorona —señaló a Griselda—, deja de moquear y calienta paños en el comal, pero que no quemen. ¡Órale!

Para mi sorpresa, las gemelas obedecieron al instante. Ana, la heredera millonaria, metió la mano en un frasco grasiento sin chistar. Griselda se secó las lágrimas y corrió al fogón.

Doña Chole empezó a frotar el pecho y la espalda de Sofía con la pomada, murmurando rezos en una lengua que no entendí, tal vez náhuatl o purépecha. El olor era fuerte, a eucalipto y alcanfor.

Yo me dejé caer en una silla, sintiendo cómo el agotamiento me caía encima como una losa de cemento. Miré mis pies. Estaban destrozados, cortados y azules.

—Hay café en la olla —dijo la anciana sin dejar de atender a Sofía—. Sírvanse. Van a necesitar fuerza. La noche es larga y “El Carnicero” no se cansa fácil.

—¿El Carnicero? —preguntó Ana, deteniéndose con el frasco en la mano.

—Así le dicen al que los viene siguiendo —dijo Doña Chole—. Un hombre sin alma. Valderrama le paga para limpiar sus porquerías. Ha subido a la sierra muchas veces a tirar… basura.

—¿Sabe quién es Valderrama? —pregunté.

La anciana soltó una risa seca, como hojas crujiendo.

—Aquí en la sierra se sabe todo, muchacho. Se sabe quién siembra, quién cosecha y quién mata. Valderrama es dueño de medio estado, pero cree que es dueño de todo. Quiere vender a estas niñas como vendió estas tierras a las mineras canadienses. Por pedazos.

Ana se estremeció.

—¿Nos va a entregar? —preguntó, directa.

—Si quisiera entregarlas, ya estarían muertas —respondió Doña Chole con severidad—. Aquí se respeta la vida. Pero escuchen bien: esta casa es segura por ahora porque está bendita y porque está oculta en la niebla. Pero cuando salga el sol, la niebla se va. Y ellos traen ojos en el cielo.

—Drones —dije.

—Pájaros de metal —asintió ella—. Tienen que irse antes del amanecer. Pero no pueden irse por donde vinieron.

—¿Por dónde entonces? —pregunté—. Estamos rodeados.

—Hay un camino viejo. El camino de las minas olvidadas. Va por debajo de la tierra. Cruza el cerro y sale del otro lado, cerca de la carretera federal que va al norte, lejos de los retenes de Valderrama.

—¿Por debajo de la tierra? —Griselda abrió los ojos con terror—. ¿Un túnel?

—Minas, niña. Túneles viejos, inestables, llenos de fantasmas y de gas si no te fijas. Pero es la única forma de cruzar sin que los vean desde arriba.

—Es un suicidio —murmuré.

—Quedarse es muerte segura. Irse es una oportunidad —Doña Chole terminó de envolver a Sofía en los paños calientes. Mi hija suspiró profundamente y su respiración pareció calmarse un poco—. La fiebre bajará en unas horas. Pero necesita un médico de verdad, no hierbas viejas. Tienen que llegar al pueblo de San Mateo, del otro lado. Ahí está el Padre Anselmo. Él no le tiene miedo a Valderrama.

Me tomé el café de un trago. Quemaba, pero me reanimó.

Pasamos las siguientes horas en una tensa vigilia. Ana y Griselda se quedaron dormidas en el suelo, abrazadas. Yo no pude pegar el ojo. Me quedé viendo el fuego y escuchando el viento, esperando en cualquier momento oír la puerta romperse. Doña Chole se sentó en su mecedora, rezando el rosario en voz baja.

A eso de las cuatro de la mañana, el sonido cambió.

El viento trajo algo más que lluvia. Trajo voces.

Doña Chole se detuvo en medio de un Ave María.

—Ya llegaron —dijo, apagando la vela de un soplido.

Me levanté de un salto, ignorando el dolor de mis pies.

—¿Dónde?

—Abajo. En la cañada. Los perros olieron algo. Están subiendo.

Desperté a las chicas.

—¡Arriba! ¡Ya!

Sofía seguía dormida, pero su frente estaba menos caliente. La envolví en la cobija de lana.

—Tomen —Doña Chole nos dio una linterna vieja y un morral con tortillas duras y queso—. Salgan por la puerta trasera. Sigan el sendero de piedras blancas hasta la entrada de la mina. Está tapada con tablas, pero están podridas. Empujen fuerte.

—¿Y usted? —preguntó Ana—. Si la encuentran…

—A mí no me hacen nada. Soy la bruja del cerro. Me tienen miedo. Y si me matan, me hacen un favor, ya estoy cansada de ver tanta maldad. ¡Vayanse!

Salimos a la oscuridad helada de la madrugada. La lluvia había parado, pero había una niebla espesa, lechosa, que no dejaba ver a más de dos metros.

—Sigan las piedras blancas —repetí, buscando el suelo con la linterna tapada con mi mano para que no se viera tanto la luz.

Avanzamos a tientas. Escuchábamos los ladridos de los perros mucho más cerca. Estaban a menos de quinientos metros, calculé.

Encontramos la entrada de la mina. Era un agujero negro en la ladera del cerro, cubierto con tablones viejos cruzados.

—Ayúdenme —les dije a las chicas.

Empujamos. La madera crujió y cedió, cayendo hacia adentro con un estruendo que me pareció ensordecedor en el silencio de la noche.

—¡Ahí! ¡Escuché algo! —gritó una voz masculina a nuestras espaldas, no muy lejos.

—¡Corre, corre! —empujé a las gemelas hacia la oscuridad de la mina.

Entramos. El olor a humedad, a tierra encerrada y a óxido nos golpeó. Encendí la linterna y alumbré hacia adentro. El túnel era estrecho, sostenido por vigas de madera que parecían a punto de colapsar. Había rieles viejos en el suelo para los carros de mineral.

—¡Busquen en la entrada de la mina! —gritó la voz afuera. Vimos haces de luz bailando en la niebla, acercándose a la entrada.

—Tenemos que bloquear la entrada —dije, desesperado.

Miré las vigas del marco de la entrada. Estaban muy podridas.

—Si tiro esto, se cae el techo de la entrada —dije—. Pero nos quedamos encerrados. Solo habrá salida hacia adelante.

—¡Hazlo! —gritó Ana—. ¡Ya vienen!

Vi la silueta de un hombre armado aparecer en la boca del túnel, recortada contra la niebla gris.

—¡Ahí están! —gritó el hombre, levantando un rifle.

No lo pensé. Agarré la llave Stilson que todavía traía fajada en el cinto —ni me había dado cuenta— y golpeé con todas mis fuerzas la viga maestra del lado derecho.

La madera podrida estalló.

El techo de la entrada se vino abajo. Toneladas de tierra y roca cayeron entre nosotros y el hombre armado. El estruendo fue brutal, el polvo nos llenó la boca y los ojos. Escuché un disparo justo antes de que la luz del exterior desapareciera por completo, dejándonos en la oscuridad absoluta, solo rota por el haz tembloroso de mi linterna vieja.

Estábamos vivos. Pero estábamos atrapados bajo la montaña.

—¿Están todos bien? —pregunté, tosiendo por el polvo.

—Sí… —respondió Griselda, llorando otra vez—. Pero estamos encerrados. Nos vamos a morir aquí.

—No —dije, alumbrando hacia el túnel profundo que se perdía en la oscuridad—. Doña Chole dijo que hay salida. Vamos a cruzar.

Empezamos a caminar hacia las entrañas de la tierra. El aire era pesado, difícil de respirar. Cada paso resonaba con eco. Sofía se despertó en mis brazos.

—Papi, está muy oscuro —susurró.

—Sí, mi amor. Pero somos topos ahora. Los topos son valientes.

Caminamos por lo que pareció una eternidad. El túnel se bifurcaba a veces, pero seguíamos la corriente de aire, como me había enseñado mi abuelo: “Si el aire te da en la cara, vas hacia la salida”.

De repente, la linterna parpadeó.

—No… —murmuré.

Parpadeó otra vez y la luz se volvió amarilla, débil. Las pilas se estaban muriendo.

—Mateo… la luz… —Ana se acercó a mí, aterrada.

—Apáguenla —dije—. Hay que guardarla para cuando sea indispensable. Vamos a caminar a tientas. Una mano en la pared, la otra en el hombro del de adelante.

Nos quedamos en tinieblas totales. Una oscuridad tan densa que pesaba sobre los ojos. Avanzamos arrastrando los pies, tocando la roca fría y húmeda. El miedo empezaba a jugar con mi mente. Oía susurros. Oía pasos detrás de nosotros. ¿Eran ecos? ¿O había otra entrada y nos estaban siguiendo?

Pasaron horas. O minutos. El tiempo no existe ahí abajo.

Griselda tropezó y cayó.

—¡Ya no puedo! —gritó, su voz rompiéndose en mil ecos—. ¡Prefiero que me maten afuera a morir aquí como rata!

—¡Cállate! —le gritó Ana—. ¡Levántate!

—¡No! ¡Déjenme aquí!

Estalló una discusión entre ellas. Los gritos rebotaban en las paredes, ensordecedores.

—¡SILENCIO! —grité yo.

Se callaron.

—Escuchen —susurré.

—¿Qué?

—Agua.

A lo lejos, muy tenue, se oía el rumor de agua corriendo.

—Donde hay agua, hay salida —dije, sintiendo una chispa de esperanza.

Encendí la linterna por un segundo para orientarnos. El túnel bajaba abruptamente hacia una caverna más grande.

Bajamos resbalando. El sonido del agua se hizo más fuerte. Llegamos a una bóveda natural enorme. Un río subterráneo cruzaba por en medio, negro y rápido.

Y al otro lado del río… luz.

Una grieta en el techo de la caverna, muy arriba, dejaba entrar un rayo de luz de sol. Era de día. Habíamos pasado la noche bajo tierra.

—¡Luz! —gritó Sofía.

Corrimos hacia la orilla del río. Pero había un problema. El puente que cruzaba, un puente de madera antiguo de la época de la minería, estaba colapsado en el centro. Faltaban unos tres metros de tramo.

Y el río… el río se veía profundo y traicionero.

—Tenemos que saltar —dijo Ana, evaluando la distancia.

—Con Sofía no puedo saltar eso —dije, midiendo el hueco. Eran tres metros. Con impulso, tal vez. Cargando a una niña, imposible.

—Lánzala —dijo Ana.

—¿Qué?

—Tú salta primero. Griselda y yo te la lanzamos. Luego saltamos nosotras.

Era una locura. Pero mirar atrás, a la oscuridad del túnel, era peor.

—Bien. —Le di a Sofía a Ana—. No la sueltes. Por lo que más quieras.

Tomé impulso. Mis pies descalzos y heridos dolieron al correr sobre la piedra, pero ignoré el dolor. Salté.

Volé sobre el agua negra. Aterricé del otro lado, rodando sobre la madera podrida del puente. Una tabla se rompió bajo mi pierna, y casi caigo al agua, pero me agarré de los travesaños.

Me levanté, jadeando.

—¡Lista! —le grité a Ana.

Ana cargó a Sofía. Mi niña estaba aterrorizada, pero no lloraba. Era valiente, mi Sofía.

—¡A la cuenta de tres! —gritó Ana—. ¡Uno… dos… TRES!

Lanzó a Sofía con todas sus fuerzas.

El cuerpo pequeño de mi hija voló sobre el vacío. Estiré los brazos tanto que sentí que se me salían de las cuencas.

La atrapé.

Sus bracitos me rodearon el cuello y el impacto me tiró hacia atrás, pero no la solté. Caímos en la madera segura.

—¡Bien! —grité—. ¡Ahora tú, Griselda!

Griselda estaba temblando en el borde. Miraba el agua negra abajo.

—¡No puedo! ¡Está muy lejos!

—¡No pienses, salta! —le gritó Ana—. ¡Es eso o Valderrama!

Griselda cerró los ojos, tomó aire y corrió. Saltó.

Aterrizó mal. Sus pies tocaron el borde, pero resbaló.

—¡AHHH!

Se fue para abajo.

—¡GRISELDA! —gritó Ana.

Me lancé al suelo y estiré la mano. Logré agarrar su muñeca justo cuando quedaba colgando sobre el río. El tirón casi me arrastra a mí también.

—¡La tengo! —gruñí, clavando mis pies en la madera—. ¡Ana, salta ya! ¡Ayúdame a subirla!

Ana no lo dudó. Saltó con una agilidad felina, aterrizando a mi lado. Entre los dos, jalamos a Griselda hacia arriba.

Quedamos los cuatro tirados en el puente, respirando agitadamente, mientras el rayo de luz nos iluminaba como una bendición divina.

Salimos de la cueva una hora después. Tuvimos que escalar un derrumbe de rocas para llegar a la grieta, pero lo logramos.

Salimos a una ladera boscosa, brillante por el sol de la mañana. El aire era puro y fresco. Estábamos del otro lado de la montaña.

—Lo logramos… —susurró Griselda, abrazando a su hermana.

Miré el paisaje. Abajo, en el valle, se veía un pueblo pequeño con una iglesia de cúpula azul. San Mateo. El lugar que dijo Doña Chole.

Pero algo no estaba bien.

Entrecerré los ojos. No se veía gente en las calles. No salía humo de las chimeneas.

Y en la plaza principal, frente a la iglesia, había tres camionetas negras estacionadas. Idénticas a las que nos perseguían.

—No… —murmuré, sintiendo que el alma se me caía a los pies.

—¿Qué pasa? —preguntó Ana, siguiendo mi mirada.

—Llegaron antes —dije—. Rodearon la montaña por la carretera. Nos están esperando.

—¿Cómo sabían que vendríamos aquí?

Metí la mano a mi bolsillo para sacar el pañuelo con el que me limpiaba el sudor. Y entonces mis dedos tocaron algo duro. Algo pequeño.

Saqué el objeto. Era un botón. Un simple botón negro que se me había caído de la camisa hace rato… o eso creía.

Lo miré de cerca. Tenía una pequeña luz roja parpadeando, casi imperceptible.

—No me jodas… —susurré.

—¿Qué es eso? —preguntó Griselda.

—No era solo en las joyas —dije, mirando a Ana con horror—. Ana… ¿quién te dio esa ropa que traías ayer?

—La nana… la empleada de confianza de mi padrastro. Ella nos ayudó a “escapar” del cuarto.

La comprensión me golpeó como un mazo. No escaparon. Las dejaron salir. Era una cacería deportiva. Nos estaban rastreando no por las joyas, sino por algo que ellas traían encima desde el principio. O tal vez…

Miré el botón en mi mano.

—Lo pusieron en mi ropa —dije, recordando el momento en que abracé a las chicas para subirlas al Vocho, o cuando cargué a Sofía. O tal vez “El Tuercas” traía algo. No, era el botón. Este botón no es mío.

Lo lancé lejos, hacia el barranco.

—Saben dónde estamos —dije—. Saben que vamos a bajar al pueblo.

—¿Entonces a dónde vamos? —Ana estaba al borde del colapso.

Miré hacia el otro lado, hacia la parte más alta y salvaje de la sierra, donde solo hay nieve y águilas.

—Al único lugar donde sus camionetas no suben —dije, cargando a Sofía de nuevo, aunque mis brazos ya no respondían—. Arriba. A la Nieve de Chepe.

—¿Nieve? —Griselda tiritó—. Moriremos congelados.

—Es eso o que las vendan —dije—. Ustedes deciden.

Las gemelas se miraron. Ana tomó la mano de Griselda.

—Arriba —dijo Ana.

Empezamos a caminar hacia la cumbre, alejándonos de la salvación falsa del pueblo, adentrándonos en el corazón helado de la montaña, mientras abajo, en la plaza, veía cómo figuras minúsculas empezaban a desplegarse, mirando con binoculares hacia donde estábamos nosotros. La carrera no había terminado; apenas empezaba la etapa más brutal.

(Esta historia continuará…)

PARTE FINAL: LA CUMBRE DE LOS OLVIDADOS

El frío de la sierra alta no es como el frío de la ciudad. En la ciudad, el frío te molesta, te obliga a ponerte un suéter o a cerrar la ventana. Aquí arriba, camino a la Nieve de Chepe, el frío es una bestia con dientes invisibles que te muerde la carne hasta llegar al hueso. No pide permiso; simplemente entra en tu cuerpo y empieza a apagar tus órganos, uno por uno, como quien va bajando los interruptores de una casa vacía.

Dejamos atrás la vista del pueblo de San Mateo, con sus camionetas negras esperando como buitres de acero en la plaza . Ya no podíamos mirar atrás. Cada paso hacia la cumbre era una declaración de guerra contra la gravedad y contra nuestro propio instinto de supervivencia, que nos gritaba que nos tiráramos al suelo y nos rindiéramos.

—Papá… me duelen los ojos —susurró Sofía. Su voz era apenas un hilo de vapor en el aire helado.

La acomodé mejor en mis brazos. Mis bíceps estaban acalambrados, duros como piedras, y sentía un dolor punzante en la espalda baja, ahí donde los años de mecánico me habían dejado hernias y recuerdos. Pero el dolor era bueno. El dolor significaba que todavía estaba vivo.

—Cierra los ojitos, mi amor —le dije, pegando mi boca a su gorrito de lana para darle algo de calor con mi aliento—. Imagina que vamos a ver a Santa Claus. Él vive en la nieve, ¿te acuerdas? Vamos a su casa.

Ana y Griselda caminaban a mi lado. El cambio en ellas era brutal. Ya no quedaba rastro de las niñas ricas de Polanco. Sus vestidos rojos, esos que costaban miles de pesos, eran ahora trapos sucios y desgarrados, envueltos en mis camisas de trabajo y manchados de lodo y sangre seca. Griselda, que horas antes lloraba por un rasguño, ahora avanzaba con la mirada fija en el suelo, poniendo un pie delante del otro con una determinación mecánica. Llevaba mis botas viejas , que le quedaban enormes, y cada paso era un esfuerzo torpe y ruidoso. Ana, con los pies envueltos en girones de tela, iba dejando pequeñas manchas rojas en la nieve que empezaba a aparecer entre las rocas.

—Mateo —dijo Ana, rompiendo el silencio que solo interrumpía el viento—. ¿Qué hay ahí arriba?

Levanté la vista. La cumbre del Chepe se alzaba imponente, una muela de granito y hielo que rasgaba las nubes.

—Nada —admití, porque la mentira ya no nos servía de cobijo—. Hay una vieja estación meteorológica que el gobierno abandonó en los ochenta. Unas antenas oxidadas y una caseta de concreto.

—¿Y eso nos va a salvar? —preguntó ella, sin detenerse.

—La altura nos va a salvar, Ana. Esas camionetas de lujo que tiene tu padrastro son 4×4, sí, muy bonitas, mucha piel y mucha pantalla táctil. Pero no están hechas para esto. Los motores se ahogan sin oxígeno, las llantas patinan en el hielo negro. No pueden subir.

—Pero ellos sí —replicó ella, señalando hacia abajo con la cabeza—. A pie.

Miré hacia el valle. A lo lejos, minúsculos como hormigas, se veían puntos negros moviéndose sobre la línea de árboles que habíamos dejado atrás. Eran rápidos. Eran profesionales. “El Carnicero” y sus hombres no se habían quedado tomando café en el pueblo.

—Que suban —gruñí—. Aquí arriba el aire es delgado. Si no eres de aquí, si no tienes pulmones de serrano, te mareas, vomitas, te desmayas. Ellos traen armas, chalecos, equipos pesados. Nosotros traemos miedo. Y el miedo pesa menos, Ana. El miedo te da alas.

Seguimos subiendo. La vegetación cambió drásticamente. Los pinos altos y majestuosos dieron paso a arbustos retorcidos, chaparros, quemados por el hielo. Y luego, solo roca y blancura.

La Nieve de Chepe hacía honor a su nombre. Una capa blanca cubría todo, crujiendo bajo nuestros pasos. El sol estaba alto, pero no calentaba; al contrario, la luz se reflejaba en la nieve y nos lastimaba la vista.

Sofía dejó de tiritar.

Eso me aterrorizó más que cualquier bala. Cuando dejas de temblar en el frío extremo, es porque tu cuerpo se está rindiendo. Es la hipotermia profunda.

—Griselda, Ana —les dije, deteniéndome detrás de una roca grande para protegernos del viento—. Necesito que se peguen a ella.

Me senté en el suelo helado y coloqué a Sofía en mi regazo. Les hice señas a las gemelas para que nos abrazaran. Hicimos una bola humana, un nudo de extremidades, respiraciones y latidos.

—Hablemos —dije, tratando de mantenerlas despiertas—. Cuéntenme algo. Lo que sea.

—¿De qué quieres hablar? —preguntó Griselda, sus dientes castañeteando como castañuelas.

—De su vida. De la verdad. ¿Por qué las odia tanto Valderrama? Nadie manda matar a sus hijastras solo por capricho.

Ana suspiró. Su aliento creó una nube blanca frente a mi cara.

—No es odio, Mateo. Es negocios. —Se frotó los brazos—. Mi madre… ella no era tonta. Sabía con quién se había casado. Antes de morir, cambió su testamento. Valderrama pensó que heredaría todo el imperio hotelero, las acciones, las cuentas en Suiza. Pero mi madre dejó todo en un fideicomiso.

—A nombre de ustedes —adiviné.

—Sí. Pero con una cláusula: si moríamos antes de los 18 años, el dinero pasaba a él. Cumplimos 18 la próxima semana.

Solté una risa amarga, una carcajada seca que sonó extraña en aquel desierto blanco.

—Dinero. Siempre es el maldito dinero. Ustedes valen más muertas que vivas para ese cabrón.

—Para él somos números —dijo Ana con asco—. Activos que hay que liquidar. Por eso el “trato” con el socio del norte. No era para casarnos, Mateo. Era para desaparecernos. Trata de blancas. Si nos vendía, él se quedaba con el dinero del fideicomiso y además cobraba por nosotras. Negocio redondo.

Sentí una rabia volcánica subirme por el pecho. Miré a Sofía, tan inocente, víctima colateral de la avaricia de un hombre que probablemente estaba sentado en su despacho con aire acondicionado, bebiendo whisky, esperando la llamada que confirmara que el “problema” había sido eliminado.

—No van a cumplir 18 años —dije con voz grave.

Griselda sollozó.

—No, escúchame —la tomé del hombro—. No van a cumplir 18 años muertas. Van a cumplirlos vivas. Y cuando tengan ese dinero, van a usar cada centavo para destruir a ese hijo de perra. ¿Me oyen? Lo van a aplastar.

—¿Cómo? —preguntó Ana, mirándome con ojos llorosos—. Míranos, Mateo. Estamos congeladas, solas, en la punta de un cerro.

—No estamos solos.

Saqué de mi bolsillo el encendedor que siempre cargaba, aunque ya no fumaba. Y saqué la estopa con grasa que traía en el bolsillo trasero, un hábito de mecánico que nunca se quita.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Griselda.

—Vamos a hacer una señal de humo —dije—. Pero no cualquiera. Vamos a quemar los arbustos secos. Vamos a hacer que nos vean desde la carretera federal, desde el pueblo, desde el espacio si es necesario.

—Si hacemos fuego, ellos sabrán exactamente dónde estamos —dijo Ana.

—Ya lo saben, mija. Tienen drones, ¿recuerdas? . El fuego no es para escondernos. Es para pedir ayuda a quien sea que esté mirando. A la Marina, a los forestales… a Dios.

Me levanté y empecé a arrancar ramas secas de los arbustos enanos. Las manos me sangraban, la piel se me pegaba a la madera helada, pero junté una pila considerable.

—Ana, busca más piedras. Griselda, protege a Sofía.

En diez minutos teníamos una pira lista. Prendí la estopa. El fuego tardó en agarrar por la humedad y la altura, pero la grasa ayudó. Pronto, una columna de humo negro y espeso empezó a subir al cielo azul, contrastando violentamente con la blancura de la nieve.

—Ahora a esperar —dije, volviendo a sentarme con ellas.

Pero la espera fue corta. Y no llegó la ayuda.

Llegó el zumbido.

Primero pensé que era una abeja gigante, un sonido irritante y constante.

—¡Abajo! —grité, empujando a las chicas al suelo.

Un dron pasó zumbando sobre nuestras cabezas a una velocidad increíble. Era negro, mate, con cuatro rotores y una cámara que giraba buscándonos como un ojo cíclope.

—Nos vieron —dijo Griselda, tapándose la cabeza con las manos.

El dron se detuvo en el aire, a unos veinte metros de altura. Se quedó ahí, estático, observándonos. Sentí una violación a mi privacidad más profunda que si me hubieran desnudado. Ese aparato estaba transmitiendo nuestras caras, nuestra miseria, a una pantalla donde alguien, tal vez El Carnicero, sonreía.

Y entonces, el dron hizo algo que no esperaba. Dejó caer algo.

Un objeto pequeño, cilíndrico.

—¡Rueden! —grité, cubriendo a Sofía con mi cuerpo.

El objeto golpeó la nieve a unos metros y estalló. No fue una explosión de fuego. Fue un estallido sordo, seguido de un gas blanco y denso.

Gas lacrimógeno.

—¡No respiren! —bramé, cerrando los ojos.

La nube nos envolvió. El picor en la garganta y los ojos fue instantáneo y brutal. Sofía tosió violentamente, despertándose en pánico. Ana y Griselda arcadearon.

—¡Arriba! ¡Tenemos que salir de la nube! —Las jalé a ciegas, tropezando con las rocas.

Corrimos hacia arriba, hacia donde el viento limpiaba el gas. Llegamos jadeando a la estructura de concreto de la vieja estación meteorológica. Era apenas un cubo gris, grafiteado, sin puertas ni ventanas, solo huecos oscuros.

Nos metimos dentro. Olía a orina vieja y a abandono, pero las paredes cortaban el viento helado.

—Mis ojos… —lloraba Griselda, frotándose la cara con nieve sucia.

—No te talles —le ordené—. Límpiate con tus lágrimas. Deja que salgan.

Me asomé por el hueco de la puerta.

Ahí venían.

A unos trescientos metros abajo, saliendo de la línea de rocas, vi las siluetas. Eran cinco. Vestían de negro táctico, camuflajeados para la noche, no para la nieve, lo que los hacía resaltar como moscas en un vaso de leche. Avanzaban despacio, con armas largas.

Uno de ellos, el que iba al frente, era enorme. Llevaba una boina roja y no traía máscara. Caminaba con una arrogancia que reconocí de inmediato. El Carnicero .

—Mateo —dijo Ana, poniéndose a mi lado. Se había limpiado los ojos y ahora su mirada era dura, fría como el hielo—. No podemos correr más. Aquí se acaba el camino.

Tenía razón. Detrás de la estación solo había un precipicio de quinientos metros de caída libre hacia la barranca norte.

—Sí —dije, mirando a mi alrededor. La estación estaba vacía. Solo basura, latas oxidadas, cables viejos… y una estructura de metal en el techo, los restos de una antena parabólica.

Mi mente de mecánico empezó a trabajar a mil por hora. No tenía armas. No tenía fuerza. Pero tenía una estructura inestable y gravedad.

—Escúchenme bien —les dije, girándome hacia ellas—. Van a entrar por esa puerta. No tienen prisa. Saben que estamos atrapados.

—¿Qué hacemos? —preguntó Griselda, abrazando a Sofía en la esquina más lejana.

—Ustedes, nada. Yo voy a salir a recibirlos.

—¡Estás loco! Te van a matar —gritó Ana.

—Me van a matar de todas formas, Ana. La diferencia es si me matan de rodillas o me matan peleando. —Le agarré los hombros—. Pero necesito que hagan algo. Cuando yo salga, quiero que griten. Que lloren. Que suenen aterrorizadas. Que crean que ya se rindieron.

—Eso no será difícil —murmuró Griselda.

—Y tú, Ana… —Busqué en el suelo y encontré un tubo de metal oxidado, parte de la antigua barandilla, de medio metro de largo, con un extremo irregular y filoso—. Toma esto. Escóndelo en tu manga. Si entran… si yo caigo y ellos entran… vas a los ojos. Al cuello. Sin dudar. ¿Entendiste?

Ana tomó el tubo. Su mano temblaba, pero sus ojos no.

—Entendido.

Salí de la caseta.

El viento soplaba fuerte, levantando polvo de nieve. Los cinco hombres estaban ya a cincuenta metros. Se detuvieron al verme salir con las manos en alto.

—¡Alto ahí! —gritó uno de los hombres.

El gigante, El Carnicero, levantó una mano para detener a su escuadrón. Se acercó unos pasos más. Su cara era una máscara de cicatrices y brutalidad. Sonrió, mostrando unos dientes amarillos.

—Mira nada más —dijo. Su voz era profunda, resonante—. El mecánico valiente. Te has ganado un premio, cabrón. Nos has hecho sudar la gota gorda.

—Es bueno para la salud —respondí, manteniendo la voz firme aunque por dentro me estaba deshaciendo—. El ejercicio es bueno pal corazón.

El Carnicero soltó una carcajada.

—Tienes huevos, mecánico. Lástima que te los voy a cortar. ¿Dónde están las niñas?

—Adentro. Están congeladas, asustadas y listas para irse a casa. —Mentí—. Pero hay una condición.

—¿Condición? —El tipo escupió al suelo—. Tú no estás en posición de negociar, mugroso.

—La niña —dije, señalando la caseta—. Mi hija. Ella no vio nada. No sabe nada. Déjenla ir. Bajen con las gemelas, hagan lo que tengan que hacer. Pero dejen a mi niña aquí. Alguien la encontrará.

El Carnicero me miró con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—Qué tierno. Un padre abnegado. —Se acercó más. Estaba a diez metros. Sus hombres apuntaban sus rifles automáticos a mi pecho—. ¿Sabes cuál es el problema, Mateo? Que Valderrama es muy limpio. No le gustan los cabos sueltos. Y tu hija… tu hija es un cabo suelto muy ruidoso.

Sentí el frío del metal en mi alma. Iban a matarnos a todos. Sofía incluida.

—Entonces no hay trato —dije, bajando las manos lentamente.

—Nunca hubo trato, pendejo. —Levantó su pistola—. ¡Mátenlo!

En ese segundo, hice lo único que podía hacer. No me tiré al suelo. No corrí.

Me di la vuelta y salté hacia la pared de la caseta, agarrándome de los cables oxidados que bajaban de la antena gigante en el techo.

—¡Fuego! —gritó El Carnicero.

Las balas repiquetearon contra el concreto, sacando chispas y polvo. Sentí un golpe caliente en mi hombro izquierdo, como un martillazo, pero la adrenalina bloqueó el dolor. Tiré de los cables con todo mi peso, con toda la fuerza de mis años levantando motores, con toda la desesperación de un padre.

La estructura de la antena, ya debilitada por décadas de óxido y vientos huracanados, crujió. Era un esqueleto de acero de varias toneladas que se mantenía en equilibrio precario sobre el borde del techo, justo encima de la entrada.

—¡CUIDADO! —gritó uno de los sicarios.

Pero fue tarde.

Con un gemido metálico ensordecedor, la antena se desprendió.

Yo me solté y caí en la nieve, rodando hacia un lado.

La estructura de acero cayó como la mano de un dios vengativo justo frente a la puerta de la caseta, aplastando la nieve y lanzando escombros por todas partes.

No les cayó encima a los sicarios, estaban demasiado lejos. Pero bloqueó la entrada de la caseta. Y, más importante, el impacto en el suelo inestable de la cumbre provocó lo que yo esperaba.

El suelo bajo sus pies se movió.

Estábamos en una cornisa de nieve acumulada por el viento, una “cornisa de nieve” que sobresalía del borde real de la montaña. El peso de la antena al caer y la vibración del impacto rompieron la tensión superficial.

—¡LA NIEVE! —gritó El Carnicero.

Se escuchó un crack seco, como un disparo de cañón.

Una grieta se abrió bajo las botas de los sicarios. La cornisa entera, un bloque de nieve y hielo de diez metros de ancho, se desprendió.

Vi sus caras de terror. Vi cómo intentaban correr hacia atrás, hacia tierra firme. Dos de ellos lograron saltar. Pero El Carnicero y otros dos, los más pesados, los que traían más equipo, no tuvieron oportunidad.

El suelo desapareció bajo ellos.

No hubo gritos cinematográficos. Solo un silencio repentino mientras caían al vacío, tragados por la blancura de la barranca. La montaña se los había comido.

Quedaban dos.

Estaban en el suelo, aturdidos, a unos metros de la orilla del precipicio recién formado. Se levantaron tambaleándose, mirando hacia el abismo donde su jefe había desaparecido.

Luego me miraron a mí.

Yo estaba tirado en la nieve, sangrando del hombro. No tenía armas. No tenía antena.

Uno de ellos levantó su rifle.

—Hijo de tu… —empezó a decir.

Pero no terminó la frase.

Una piedra voló por el aire y le golpeó en la cabeza. No fue una pedrada cualquiera. Fue un misil lanzado con furia. El hombre se tambaleó.

Ana salió de detrás de la caseta (había salido por una ventana trasera rota). Tenía piedras en las manos y el tubo de metal en la cintura.

—¡Déjalo! —gritó ella.

El otro sicario giró su arma hacia Ana.

—¡NO! —grité, intentando levantarme, pero las piernas no me respondían.

BANG.

Un disparo sonó.

Cerré los ojos, esperando ver caer a Ana.

Pero Ana seguía de pie.

El sicario que le apuntaba cayó de rodillas, con una expresión de sorpresa. Luego cayó de cara a la nieve. Detrás de él, a lo lejos, en otra cresta de la montaña, vi un destello.

Otro disparo.

El segundo sicario, el que había recibido la pedrada, tiró el arma y levantó las manos, mirando hacia la cresta lejana.

—¡No disparen! —gritó—. ¡Me rindo!

Me giré hacia donde había venido el tiro.

Entre la niebla y la nieve, aparecieron figuras. No vestían de negro. Vestían uniformes de camuflaje gris pixelado. Cascos. Chalecos con las letras “MARINA”.

Un helicóptero Black Hawk gris apareció por detrás de la cumbre, rugiendo como un ángel de metal, levantando una tormenta de nieve con sus aspas.

—¡Al suelo! ¡Manos en la cabeza! —se escuchó por un altavoz.

Me dejé caer de espaldas en la nieve. El cielo azul giraba sobre mí. El dolor del hombro explotó de repente, quemándome todo el brazo.

Ana corrió hacia mí. Griselda salió de la caseta con Sofía en brazos.

—¡Mateo! —Ana se arrodilló a mi lado, presionando sus manos frías sobre mi herida—. ¡Mateo, aguanta!

—Llegaron… —susurré, sonriendo como un idiota—. El fuego… vieron el humo.

—Sí, cabezón, vieron el humo —dijo Ana, llorando y riendo al mismo tiempo—. Lo lograste.

Un infante de marina se acercó corriendo, con el arma lista pero bajada. Se arrodilló junto a nosotros.

—¿Están bien? —preguntó con acento costeño—. Recibimos reporte de incendio y disparos. ¿Quién es el civil herido?

—Es un héroe —dijo Ana con una voz que no admitía discusión—. Y necesita un médico ahora mismo.

—¡Médico! —gritó el marino hacia el helicóptero que estaba aterrizando.

Sentí que me cargaban. Sentí el viento de las aspas. Vi a Sofía siendo subida al helicóptero por Griselda. Vi a Ana sosteniendo mi mano hasta que me subieron a la camilla.

Y luego, todo se volvió negro. Pero no era un negro de miedo. Era un negro de descanso.

EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS

El taller huele a pintura fresca. Ya no huele a humedad ni a fracaso. El letrero de afuera ahora dice “Mecánica Mateo y Asociados”, con letras grandes y azules. La cortina de acero es nueva, reforzada.

Estoy debajo de un Sentra 2018, cambiando las balatas. Mi hombro me duele cuando hay humedad, una punzada recordatoria, pero funciona bien. La cicatriz es fea, pero Sofía dice que parece un relámpago, así que me gusta.

—¡Papá! —escucho el grito de Sofía desde la oficinita.

Salgo limpiándome la grasa de las manos. Sofía está sentada en el escritorio nuevo, haciendo su tarea. Ya no tose. Sus mejillas están rosadas y ha subido de peso. Los doctores del Hospital Naval hicieron un milagro con sus pulmones, y el tratamiento posterior… bueno, digamos que ya no tengo que decidir entre pagar la luz o la medicina.

—¿Qué pasó, mija?

—Te buscan.

Miro hacia la entrada.

Un auto deportivo plateado, bajito, se ha estacionado frente al taller. No es un Vocho. Es un Audi.

Del auto bajan dos mujeres jóvenes. Llevan jeans de diseñador, gafas de sol y blusas sencillas pero elegantes. Tienen el cabello corto, moderno.

Ana y Griselda.

Se quitan las gafas al verme. Sonríen.

Me acerco a ellas. No sé si abrazarlas o darles la mano. Ellas deciden por mí. Me abrazan las dos al mismo tiempo, casi tumbándome.

—Hueles a grasa —dice Griselda, arrugando la nariz, pero sin soltarme.

—Y ustedes huelen a dinero, como siempre —bromeo, separándome para verlas—. ¿Cómo están? ¿Cómo va todo?

—Bien —dice Ana. Su mirada sigue siendo fuerte, pero ya no hay miedo. Hay paz—. El juicio contra los socios de Valderrama empieza el lunes. Vamos a testificar.

Valderrama no llegó a juicio. Cuando la noticia se hizo viral —gracias a un video que Ana grabó desde el hospital contando todo—, y cuando la Marina entregó el reporte de lo que encontraron en la camioneta del Carnicero, el “respetable empresario” intentó huir en su jet privado. Lo detuvieron en Toluca. Dicen que se “cayó” en las regaderas del penal del Altiplano hace dos semanas. Nadie hizo muchas preguntas.

—¿Están listas? —pregunté.

—Estamos listas —dijo Griselda. Ella cambió mucho. Ya no es la sombra de su hermana. Está estudiando Derecho. Quiere defender a mujeres que no tienen voz—. Recuperamos el control del fideicomiso. Y venimos a traerte esto.

Ana me extendió un sobre manila.

—¿Qué es esto? —pregunté, retrocediendo—. Ya les dije que no quiero su dinero. El taller va bien, el seguro médico de Sofía está pagado…

—No es dinero, necio —dijo Ana, poniéndome el sobre en el pecho—. Ábrelo.

Lo abrí. Eran escrituras.

Las escrituras de la casa de mi abuelo en la sierra. Y las escrituras de un terreno grande junto a mi taller.

—Queremos que expandas el negocio —dijo Ana—. Y la casa de la sierra… la mandamos arreglar. Doña Chole dice que le hace falta un vecino que no sea fantasma. Es tuya. Para que lleves a Sofía a ver la nieve cuando quiera, pero en helicóptero, no caminando.

Se me hizo un nudo en la garganta. No supe qué decir.

—Gracias —alcancé a murmurar.

—No —dijo Ana, tomándome la mano con esa fuerza que descubrió en la montaña—. Gracias a ti, Mateo. Tú nos enseñaste que no importa qué tan rota esté la máquina, si el motor tiene corazón, sigue andando.

Sofía salió corriendo de la oficina y se lanzó a las piernas de Griselda.

—¡Princesas!

—Hola, pequeña guerrera —Griselda la cargó y le dio vueltas.

Me quedé ahí, viendo la escena. El sol de la tarde entraba por la cortina, iluminando el polvo que flotaba en el aire como si fuera oro molido. Pensé en Elena. Pensé en esa noche de lluvia. Pensé en el Vocho azul que quedó abandonado en la sierra, oxidándose bajo las estrellas.

La vida es rara. A veces te manda una tormenta para ahogarte, y a veces, solo a veces, te manda la tormenta para limpiarte el camino.

Me sequé una lágrima disimuladamente con el dedo lleno de grasa, sonreí y volví al trabajo. Había muchos coches que arreglar, y por primera vez en mucho tiempo, tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo.

FIN

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