
Vi el momento exacto en que a un hombre se le rompía el alma, no por un hueso roto, sino por un pedazo de plástico rechazado y un frasco de medicina.
Estaba en la sala de espera de la veterinaria. Ya saben a qué huele ahí: a desinfectante barato, pelo mojado y a ese miedo frío que se te mete en los huesos. Yo estaba en mi esquina, haciéndome güey con el celular.
No paso desapercibido, la neta. Mido casi dos metros, traigo los brazos tatuados hasta el cuello, chamarra de piel y botas de las pesadas. La gente, por instinto, se abre cuando paso, como si yo fuera la mala noticia del día.
Entonces se abrieron las puertas y entró un don como de otra época.
El señor tendría unos ochenta años. Ropa humilde, de esa que se ha lavado mil veces, y una gorra sencilla. Caminaba despacito, negociando cada paso con sus rodillas. A su lado venía un perro que me pegó justo en el recuerdo.
Un criollo, cruza de retriever, con el hocico ya todo canoso, como nieve sucia. Se notaba que tres patas le funcionaban, pero la cuarta nomás la arrastraba: clic… arrastra… clic… arrastra.
Llegaron al mostrador. La recepcionista, una chava que se veía que ya no podía con su alma de tanto jale, le soltó la bomba:
—Señor Ureña, la consulta, las pastillas para el dolor y los análisis… son cuatro mil quinientos pesos.
El don sacó una cartera vieja. Puso sus billetes en el mostrador, estirándolos con un cuidado que dolía ver: un billete de quinientos, dos de doscientos, unos de a cincuenta. Y luego, sacó la tarjeta de la pensión.
—El resto con esto, por favor —dijo bajito, con esa educación de antes.
La chava pasó la tarjeta. Y sonó ese pitido maldito. El que dice “nel”, el que dice “no hay”.
—Rechazada —dijo ella.
El señor Ureña se hizo chiquito ahí mismo.
—¿Se pueden… se pueden quitar los análisis? —preguntó, tragándose el orgullo—. Solo las pastillas. Las necesita para el frío.
—Sin valores recientes no podemos recetar, don. Lo siento —contestó ella.
El perro, el Tizón, se recargó en la pierna de su dueño, como diciendo “todo está bien, jefe”. Pero el don agachó la cabeza.
—La pensión cae a primeros de mes… faltan unos días. ¿Podría fiarme?.
Se hizo un silencio gacho, de esos que aprietan el pecho. La chava negó con la cabeza. No podían hacer excepciones.
El don empezó a guardar sus billetes, temblando. Y ahí vi, de reojo, una foto en su cartera: una señora riendo con un cachorro en brazos. Cerró la cartera de golpe y le susurró al perro:
—Vámonos, Tizón. Esta noche nos apañamos con la cobija.
En ese momento, sentí que algo me tronaba por dentro. Me levanté. Mis botas sonaron fuerte contra el piso y caminé directo al mostrador.
¿QUÉ HUBIERAS HECHO TÚ SI VIERAS ALGO ASÍ?
Parte 2: La Deuda de Bronce
Mis botas sonaron demasiado fuertes contra la loseta blanca, un clac-clac-clac seco y pesado que rompió el silencio incómodo de la sala de espera. Sentí las miradas de las otras dos personas que estaban sentadas al fondo clavándose en mi nuca. Seguramente pensaban lo de siempre: “Ahí va el problemático”, “ya se va a armar”, “ese tipo tiene pinta de malandro”. Y no los culpo, la neta. Con mi chamarra de cuero, la barba cerrada y los tatuajes asomando por el cuello como enredaderas de tinta negra, no parezco el tipo que se levanta para dar los buenos días. Parezco el que cobra las cuentas.
Pero esa noche, iba a cobrar una cuenta distinta. Una que tenía pendiente conmigo mismo desde hacía años.
Llegué al mostrador. El señor Ureña estaba encorvado, guardando sus billetes con manos temblorosas, intentando hacerse invisible, desaparecer por una grieta del suelo antes de que su dignidad terminara de desmoronarse frente a la chica de recepción. El perro, Tizón, me miró de reojo. Tenía esos ojos lechosos, velados por las cataratas, pero te juro que el animal entendía más de la situación que cualquiera de nosotros.
Sin decir “agua va”, saqué mi cartera. No la vieja de velcro que cargaba cuando era chavo, sino una de piel, de las que duran. Saqué la tarjeta de débito y la puse sobre el mostrador de formica fría. El plástico hizo un sonido ridículamente pequeño para lo mucho que pesaba el momento.
—Cóbrese todo —dije. Mi voz salió más grave de lo que esperaba, rasposa, como si llevara días sin usarla—. La consulta, las analíticas completas, el tratamiento para el dolor. Y… —señalé con la barbilla un estante detrás de la chica, donde había frascos de colores— añada dos botes de esos premios para las articulaciones. Los de glucosamina. Los buenos.
La recepcionista se quedó congelada. Tenía los ojos muy abiertos, pasando la vista de mi tarjeta a mi cara, y de mi cara al señor Ureña. Estaba acostumbrada a ver gente pelear por precios, a ver gente llorar por diagnósticos, pero no estaba acostumbrada a esto.
El señor Ureña se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio. Sus rodillas crujieron, un sonido seco, como madera vieja rompiéndose. Me miró de arriba abajo. Su primera reacción fue el miedo; lo vi en cómo tensó los hombros, en cómo dio medio paso atrás protegiendo al perro con su pierna sana. Vio al “gigante tatuado” invadiendo su espacio. Pero luego, cuando procesó mis palabras, el miedo se transformó en otra cosa. Orgullo. Ese orgullo mexicano, cabrón y duro, que nos hace decir “estoy bien” aunque nos estemos desangrando.
—No —dijo enseguida. Su voz era firme, aunque bajita—. No, joven. Yo no acepto limosna.
Me dolió la palabra. Limosna. Sonaba a lástima, a monedas tiradas al piso, a superioridad. Y yo no me sentía superior a nadie. Al contrario, me sentía pequeño frente a la inmensidad del amor que ese señor le tenía a su perro.
—No es limosna, jefe —le respondí, tratando de suavizar el tono, buscando una frase que no sonara a telenovela barata—. Digamos… que hoy me tocaba a mí. Es un préstamo del karma, si quiere verlo así.
El señor Ureña negó con la cabeza, apretando los labios. Sus manos, llenas de manchas de la edad y venas saltadas como ríos azules, apretaban su cartera vieja como si fuera lo único que lo anclaba al mundo.
—Es demasiado dinero. Usted no sabe quién soy, no tiene por qué… —se le quebró la voz, pero carraspeó para recomponerse—. Agradezco la intención, pero no. Vámonos, Tizón.
Hizo el amago de jalar la correa. El perro se levantó con dificultad, soltando un gemido sordo que me taladró el pecho. Clic… arrastra. Ese sonido. Ese maldito sonido de la pata que no responde.
—¡Espere! —exclamé, quizás demasiado fuerte.
Me interpuse entre él y la salida automática. No de forma agresiva, sino como una barrera. Respiré hondo. Sabía que el dinero no lo iba a convencer. El dinero ofende cuando el orgullo está herido. Necesitaba otra moneda de cambio. Necesitaba la verdad.
Me subí la manga de la chamarra de cuero despacio. Luego me arremangué la camisa negra que llevaba debajo. Dejé al descubierto mi antebrazo izquierdo. Ahí, entre calaveras y rosas geométricas, había un tatuaje diferente. No estaba hecho con líneas perfectas ni sombras modernas. Era un retrato tosco, en tinta negra que ya empezaba a verse verdosa por los años.
Era la cara de un perro. Un mestizo, orejón, con una cicatriz cruzándole el ojo derecho y una expresión de lealtad que el tatuador apenas había logrado capturar.
—Se llamaba Bronce —dije, señalando la tinta con el dedo índice—. No era de raza. Lo encontré en una caja de zapatos bajo la lluvia, cerca de un tianguis en Iztapalapa, cuando yo tenía veinte años.
El señor Ureña detuvo su paso. Bajó la vista hacia mi brazo y luego me miró a los ojos. Ya no me miraba como al delincuente de la esquina. Me miraba con curiosidad.
—Era un buen perro —continuó él, no como pregunta, sino como afirmación. Los que amamos a los perros nos reconocemos esas cosas.
—Era el mejor —asentí, y sentí ese nudo familiar en la garganta que pensé que ya había deshecho hace tiempo—. Pero yo… yo no fui el mejor dueño.
La recepcionista había dejado de teclear. La sala estaba en un silencio sepulcral. Hasta el perro pequeño que ladraba antes se había callado.
—Hace diez años, don, yo estaba tieso. De verdad. No tenía ni para caer muerto. Vivía al día, chambeando de lo que saliera, cargando cajas en la central de abastos, haciendo fletes. A veces comía yo, a veces comía el perro. Y cuando Bronce enfermó… fue algo del riñón. Empezó a orinar sangre. Dejó de comer.
Vi cómo los ojos del señor Ureña se humedecían. Él sabía de lo que hablaba. Estaba viviendo su propia versión de esa pesadilla.
—Lo llevé al veterinario —continué, sintiendo que las palabras me quemaban al salir—. Me dijeron que tenía cura. Que con un tratamiento y unas inyecciones se salvaba. Pero costaba tres mil pesos. En ese entonces, para mí, tres mil pesos eran como tres millones. Hice cuentas. Pedí prestado. Vendí una tele vieja. Pero me tardé. Lo fui dejando, pensando “mañana junto otro poquito”, “mañana lo llevo”.
Hice una pausa. Me costaba respirar. Miré a Tizón, que seguía recargado en la pierna del viejo, respirando con ese silbido de los pulmones cansados.
—No llegué, don. Para cuando junté la lana, Bronce ya no se levantaba. Se me fue una madrugada, en un colchón en el piso, mirándome. Se fue sufriendo porque yo no tenía suficiente en la cartera.
El señor Ureña soltó un suspiro largo, tembloroso. Bajó la guardia.
—Lo miré a los ojos cuando se apagaron —le dije, dando un paso más cerca, bajando la voz para que solo él me escuchara—. Y me juré, por mi madre y por lo más sagrado, que nunca más iba a dejar que un perro sufriera por dinero si yo podía evitarlo. Desde entonces… no aguanto estas escenas. No cuando puedo hacer algo.
Me quedé callado un segundo, dejando que la historia se asentara entre nosotros.
—No lo hago por usted, jefe. Con todo respeto. Lo hago por Bronce. Y lo hago por Tizón. Porque él no sabe de pensiones, ni de fin de mes, ni de tarjetas rechazadas. Él solo sabe que le duelen los huesos y que confía en usted para que deje de doler.
El señor Ureña se quedó inmóvil. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas como surcos de tierra seca, se llenaron de lágrimas. No lloró como un niño. Lloró como un hombre viejo, con lágrimas silenciosas que resbalan sin hacer ruido. Apartó la mirada un segundo, avergonzado de su vulnerabilidad, esa vergüenza tonta que nos enseñan a los hombres mexicanos desde chiquitos: que llorar es de débiles.
Pero ahí no había debilidad. Había amor puro.
Abrió su cartera de nuevo, muy despacio, como si fuera un relicario. Sacó la foto que yo había vislumbrado antes y me la extendió con mano temblorosa. La funda de plástico estaba opaca por el roce de los dedos a lo largo de los años.
—Ella es mi Nerea —dijo, con una voz tan suave que tuve que inclinarme para oírlo—. Se me fue hace tres años. Cáncer. Fue rápido y lento a la vez, ya sabe cómo es eso.
Asentí, aunque no sabía. Pero entendía la pérdida.
—Fue ella quien escogió a Tizón —siguió contando, acariciando la foto con el pulgar—. Lo sacamos de la perrera cuando todavía… cuando todavía todo era normal. Cuando la casa tenía ruido y risas. Tizón era un desastre, mordía los muebles, se orinaba en la alfombra… pero Nerea lo adoraba. Decía que tenía ojos de persona.
El señor Ureña levantó la vista de la foto y miró a su perro. Tizón, al sentir la mirada, movió la cola. Un golpe suave contra el suelo. Pum, pum, pum.
—Ya no está ella. Mis hijos… mis hijos viven en el norte, hacen su vida. Casi no llaman. Y este perro… —se le quebró la voz de nuevo, pero esta vez no intentó ocultarlo— este perro es lo último que, en mi casa, se parece a un hogar. Cuando llego y él me recibe, siento que todavía queda algo de Nerea ahí.
Le acarició la frente al perro, justo entre las orejas.
—Le prometí a ella, en el hospital, que cuidaría de él hasta el final. Y lo intento, joven. Lo intento cada día. Pero las medicinas han subido mucho, y la luz, y el gas… y uno se va haciendo chiquito, y el dinero se hace agua.
La chica de recepción se limpió una lágrima discretamente con el dorso de la mano. No hizo drama. Solo asintió hacia mí y luego hacia el señor, como diciendo: “Ya entendí”.
—Déjeme ayudarlo a cumplir esa promesa, don —le dije, volviendo a empujar mi tarjeta hacia la terminal—. Por Nerea. Y por Bronce. Hagamos equipo hoy.
El señor Ureña me sostuvo la mirada unos segundos interminables. Fue un duelo de miradas, pero no de reto, sino de reconocimiento. Vio que yo no buscaba aplausos. Vio que yo estaba sanando mi propia herida a través de la suya.
Finalmente, asintió. Un solo movimiento de cabeza, corto y digno.
—Está bien —susurró—. Pero solo si me deja invitarle un café algún día. O un taco. Algo.
Sonreí. Fue una sonrisa genuina, de esas que no me salen muy seguido.
—Trato hecho. Unos tacos de canasta cuando Tizón ande corriendo otra vez.
La chica pasó mi tarjeta. Esta vez, el pitido fue el correcto. Bip-bip. Aprobada. La impresora escupió el recibo con ese ruido mecánico que en ese momento me sonó a música celestial.
—Aquí tiene, joven —dijo la chica, entregándome el voucher y el bolígrafo.
Firmé rápido. Sin florituras. Solo mi garabato.
Mientras la chica preparaba la bolsa con las medicinas, el ambiente en la sala cambió. Ya no se sentía frío ni hostil. Se sentía humano. La recepcionista se movió rápido, sacando cajas, contando pastillas, metiendo los botes de premios.
—Le puse también unas muestras gratis de champú dermatológico —dijo ella, guiñándole un ojo al señor Ureña—. Para que Tizón huela a galán.
El señor Ureña esbozó una sonrisa tímida, mostrando unos dientes gastados pero limpios.
—Gracias, señorita. Es usted muy amable.
Cuando la bolsa estuvo lista, la deslicé sobre el mostrador hacia él. Pesaba. Llevaba salud ahí dentro. Llevaba tiempo. Llevaba noches sin dolor.
—Tome —dije—. Aquí está todo. Las instrucciones vienen en la caja, pero igual dígale a la doctora que se las anote bien si tiene dudas.
El señor Ureña agarró la bolsa con las dos manos, como si estuviera recibiendo el Santísimo Sacramento o una joya invaluable. La abrazó contra su pecho un momento. Luego, dejó la bolsa en una silla y se giró hacia mí.
Pensé que me daría las gracias y ya. Pero hizo algo mejor.
Se cuadró frente a mí. A pesar de su espalda curvada por los años, se veía alto. Se quitó la gorra con una mano, dejando ver su cabello blanco y escaso, peinado con cuidado. Y me extendió la mano derecha.
—Soy Rogelio Ureña —dijo formalmente—. Servidor y amigo.
Le estreché la mano. Su piel era como papel de lija fino, seca y cálida. Pero el apretón… ¡qué apretón! No fue flojo ni tímido. Fue un apretón firme, corto, limpio. De esos que ya casi no se dan. De esos que dicen más que mil contratos firmados ante notario. De esos que dicen: “Lo he entendido. No lo voy a olvidar. Eres un hombre de palabra”.
—México —respondí, usando el apodo que me pusieron en el barrio—. Un gusto, Don Rogelio.
—Cuídese, muchacho —me dijo, sin soltarme la mano todavía, mirándome a los ojos con una intensidad que me puso la piel chinita—. Tiene usted un corazón que no le cabe en el pecho, aunque lo quiera esconder debajo de esa chamarra de cuero. Y no vaya como loco por la vida. Que gente como usted hace falta.
Se me escapó una risa nerviosa.
—Lo intentaré, Don Rogelio. Lo intentaré.
Soltamos las manos. Él se agachó —con esa ternura cuidadosa que solo tienen las personas que ya han perdido mucho— y le acomodó la correa a Tizón.
—Ándale, compañero. Ya nos vamos. Hoy cenamos premios —le dijo al perro.
Tizón pareció entender. Se levantó con un poco más de energía, o tal vez fue mi imaginación, pero su cola se movió con más ganas.
Los vi caminar hacia la salida. Las puertas automáticas se abrieron y el aire frío de la noche entró en la sala.
—Hasta luego —dijo Don Rogelio a la recepcionista, levantando la mano.
Yo me quedé ahí parado, recargado en el mostrador, viendo a través del cristal. Necesitaba ver el final de la escena. Necesitaba asegurarme de que se iban bien.
En el estacionamiento, bajo la luz amarillenta de una farola que parpadeaba, había un coche. Era un Datsun viejísimo, de esos color crema que ya casi son grises por el sol. Un coche que seguía rodando por pura terquedad y porque alguien le tenía cariño. Tenía un golpe en la defensa y calcomanías descoloridas en el parachoques.
Don Rogelio abrió la puerta del copiloto primero. Le habló bajito al perro. Tizón intentó subir, puso las patas delanteras en el asiento, pero las traseras no le dieron. Se resbaló.
Sentí el impulso de salir corriendo a ayudar, pero me detuve. No quería invadir más. Quería dejarle su dignidad intacta.
Y entonces vi lo que es el amor de verdad.
Don Rogelio, con sus ochenta años y sus rodillas que crujían, se agachó. Rodeó el cuerpo del perro con sus brazos flacos. Hizo fuerza. Se le notó el esfuerzo en la cara, en cómo apretó la mandíbula. Levantó los treinta y tantos kilos de Tizón en vilo. No lo aventó. Lo depositó en el asiento con una delicadeza absoluta, como si estuviera acostando a un bebé.
Cerró la puerta con cuidado. Rodeó el coche, se subió al lado del conductor y el motor arrancó al segundo intento, tosiendo un poco de humo negro.
Antes de salir del cajón de estacionamiento, sucedió.
El perro, que iba sentado de copiloto como un rey, giró la cabeza hacia la clínica. A través del cristal del Datsun y del ventanal de la veterinaria, nuestros ojos se encontraron.
No fue una escena de película de Hollywood. No hubo música de violines. Solo fue una mirada.
Una mirada tranquila, cálida, cansada… y de algún modo en paz. Como si el perro supiera exactamente lo que acababa de pasar. Como si Bronce, desde donde quiera que esté, me estuviera guiñando un ojo a través de ese perro viejo.
El Datsun se alejó despacio, perdiéndose en la avenida llena de baches y tráfico.
Me quedé allí un momento más, sintiendo cómo la adrenalina bajaba y dejaba paso a un cansancio rico, de ese que se siente cuando hiciste una buena chamba.
La recepcionista rompió el silencio.
—Oye… —dijo, con voz suave—. Eso fue… muy chido de tu parte. Nadie hace eso.
Me encogí de hombros, volviendo a ponerme mi máscara de tipo duro.
—Solo pagué una deuda —dije—. ¿Me cobras lo de mi gato? Solo vengo por su desparasitante.
Salí de la veterinaria diez minutos después. La noche estaba fría. Saqué un cigarro, aunque estoy tratando de dejarlo, y lo prendí. El humo subió hacia el cielo negro de la ciudad.
Pensé en Don Rogelio llegando a su casa vacía. Pensé en él abriendo la puerta, prendiendo la luz, tal vez poniendo la radio para que no haya tanto silencio. Pensé en él dándole su pastilla a Tizón, envolviéndola en un pedazo de jamón o de tortilla. Pensé en él sentándose en su sillón, mirando la foto de Nerea y diciéndole: “Cumplí, vieja. Hoy la libramos”.
Nos empeñamos en pensar que somos muy distintos. Vivimos levantando muros invisibles. “Nosotros” los jóvenes, “ellos” los viejos. “Nosotros” los que tenemos tatuajes, “ellos” los decentes. “Nosotros” los que tenemos para pagar, “ellos” los que no.
Pero a la hora de la verdad, cuando el dolor aprieta, todos somos iguales. Todos tenemos miedo de perder a quien amamos. Todos rezamos para que la tarjeta pase. Todos necesitamos, de vez en cuando, una mano que nos ayude a subir al coche cuando las piernas ya no nos dan.
Hay cosas que no necesitan idioma, carnal. El dolor no lo necesita. El amor tampoco. Y la lealtad de un perro, menos.
Si hoy tienes algo que te sostiene, agárralo fuerte. Besa a tu perro, abraza a tu abuelo, llámale a tu jefa. Y si alguna vez vas por la vida y ves a alguien que se le está rompiendo el mundo por doscientos pesos… si puedes, si te sobra un poquito, hazle el paro.
No para sentirte un héroe. No para subirlo al Face y que te den likes (aunque aquí me tienen contándolo, la ironía, ¿no?).
Hazlo solo porque, a veces, el mundo ya pesa bastante, y todos merecemos que alguien nos ayude a cargar el costal un ratito.
Hazlo porque, al final del día, todos somos Don Rogelio, todos somos Tizón, y todos esperamos que alguien nos tienda la mano antes de que se nos acabe el camino.
Apagué el cigarro contra la suela de mi bota, me subí el cuello de la chamarra y caminé hacia mi moto. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, el frío no se sentía tan gacho.
Bronce, donde quiera que estés, carnalito… esta fue por ti.
Parte 3: Los Ecos del Silencio y el Motor de la Vida
Me subí a la moto esa noche sintiendo que el aire de la ciudad tenía un sabor diferente. Ya no sabía a esmog y a prisa, sino a esa calma rara que te queda después de una tormenta. Arranqué el motor, y el rugido de la máquina vibró en mi pecho, compitiendo con los latidos que todavía traía acelerados. Mientras sorteaba los baches de la avenida y esquivaba los taxis que se te cierran a la mala, no podía sacarme de la cabeza la imagen de ese Datsun color crema alejándose, con un perro viejo mirando por la ventana como si fuera el copiloto de una nave espacial.
Pensé que ahí acabaría la cosa. Que sería una anécdota más para contarle a la banda en el taller o para rumiar yo solo en las noches de insomnio. “Hice mi buena acción del año, ya me gané mi cachito de cielo”, pensé. Pero la vida, o el destino, o como quieras llamarle a esa fuerza necia que nos mueve, tenía otros planes. Porque cuando uno abre una puerta, aunque sea solo un poquito, a veces el viento la termina de abrir de par en par.
Pasaron dos semanas. La rutina de la Ciudad de México te traga rápido si te dejas. Entre la chamba en el taller de customización, las broncas con los proveedores que no traen las piezas, y el tráfico desquiciante del Periférico, la cara de Don Rogelio se me empezaba a desdibujar. Pero había algo que no se me olvidaba: la mirada de Tizón. Esa mirada era un ancla.
Un martes, de esos martes grises que parecen lunes disfrazados, me tocó ir a buscar unas refacciones a una colonia vieja, por los rumbos de la Santa María la Ribera. Es una zona de contrastes, donde ves casonas porfirianas cayéndose a pedazos junto a edificios nuevos sin alma. Iba yo caminando, cargando una caja de pistones, cuando vi algo que me frenó en seco.
Estacionado en doble fila, frente a una panadería de esas de barrio que huelen a bolillo recién hecho desde la esquina, estaba el Datsun.
No había duda. Era el mismo color crema deslavado, el mismo golpe en la defensa trasera que parecía una cicatriz de guerra, y las mismas calcomanías setenteras en el vidrio. El corazón me dio un vuelco. Me acerqué despacio, como quien se acerca a un animal salvaje para no espantarlo.
Ahí estaba Don Rogelio. Estaba sentado en el asiento del conductor con la puerta abierta, comiéndose una concha de vainilla con una lentitud ceremonial. A su lado, en el asiento del copiloto, Tizón dormitaba con la cabeza apoyada en el tablero, recibiendo el calorcito del sol que entraba por el parabrisas.
Toqué el techo del coche con los nudillos. Toc-toc.
Don Rogelio respingó, tirando unas migajas sobre su pantalón. Volteó con cara de susto, seguramente esperando a un tránsito o a algún gandalla cobrándole piso. Pero cuando me vio, sus ojos, detrás de esas gafas bifocales, se iluminaron. No hubo miedo. Hubo reconocimiento.
—¡Muchacho! —exclamó, y juro que su sonrisa me alegró el día más que si me hubiera encontrado un billete de quinientos—. ¡Don México! ¿Qué hace usted por estos rumbos?
—Ya ve, jefe, la ciudad es un pañuelo —le contesté, recargándome en la puerta—. Ando correteando la chuleta, buscando unas piezas. ¿Y usted? ¿Cómo sigue el paciente?
Don Rogelio le dio una palmada suave al perro. Tizón abrió un ojo, me vio, y movió la cola dos veces, perezoso pero contento.
—Mírelo, ahí va. Las pastillas fueron mano de santo, joven. Esa misma noche durmió de un tirón. Y yo también, para qué le miento. Ya camina un poquito mejor, aunque el frío de las mañanas todavía lo agarra entumido. Pero ahí la llevamos, ¿verdad, campeón?
Me quedé platicando con él ahí, a media calle. Me contó que había ido a comprar el pan porque a Tizón le gustaba lamer las migajas de las orejas de hojaldre. Me contó que el Datsun andaba fallando del carburador. Y yo, sin pensarlo mucho, le dije:
—Oiga, Don Rogelio. ¿Se acuerda que me debía unos tacos?
El señor se puso serio un momento, recordando su promesa.
—Claro que sí. La palabra de un hombre es su firma. ¿Tiene tiempo ahorita?
—El tiempo se hace, jefe.
Y así fue como terminamos comiendo tacos de canasta en la esquina de un parque cercano. Él se pidió tres de chicharrón y yo cinco de adobo. Nos sentamos en una banca de concreto, con Tizón echado a nuestros pies sobre una mantita que Don Rogelio sacó de la cajuela.
Fue ahí, entre mordida y mordida, limpiándonos la salsa verde de los dedos, donde la historia dejó de ser una anécdota y se convirtió en amistad.
Don Rogelio me habló de su vida. No desde la queja, sino desde la nostalgia bonita. Me contó que había sido carpintero ebanista durante cuarenta años. Me habló de sus manos, de cómo antes podían tallar flores en la madera de caoba y ahora apenas podían sostener la taza de café sin temblar.
—La vejez es una ladrona silenciosa, México —me dijo, mirando a unos niños jugar en los columpios—. Te va quitando cosas poquito a poco. Primero la fuerza, luego la vista, luego los amigos… y al final, te quita las ganas.
—¿Y usted ya perdió las ganas, don? —le pregunté, directo, porque con la gente mayor no sirven los rodeos.
Me miró fijamente, luego bajó la vista hacia Tizón.
—A veces. Cuando la casa está muy callada. Cuando veo la silla de Nerea vacía en el comedor. A veces sí me dan ganas de soltar el cuerpo y dejarme ir. Pero luego este canijo —señaló al perro con el pie— me pide de comer, o me pide salir a orinar, o simplemente se me recarga en la pierna. Y entiendo que todavía tengo chamba aquí. Mi turno no ha acabado mientras él me necesite.
Esa frase me pegó duro. “Mi turno no ha acabado”. Cuánta gente conozco, chavos de mi edad, sanos, fuertes, que andan por la vida como zombis, sin propósito, buscando llenar el vacío con pisto o con likes en Instagram. Y aquí tenía a un señor de ochenta años, con la cartera vacía y el cuerpo gastado, aferrándose a la vida solo por lealtad a un perro viejo.
—Usted es un roble, Don Rogelio —le dije.
—No, hijo. Soy un mueble viejo apolillado. Pero todavía aguanto una barnizada.
Nos reímos. Una risa franca.
A partir de ese día, me convertí en una constante en su vida. No sé bien por qué. Quizás porque yo también me sentía solo. Quizás porque, en el fondo, yo seguía buscando el perdón de Bronce, y cuidar a Tizón era mi penitencia y mi redención.
Empecé a visitarlos los domingos. Llegaba a su casa, una vivienda modesta en una unidad habitacional de los setentas. Era un departamento en planta baja, chiquito pero impecable. Olía a cera para pisos y a hierbabuena. En la sala, como un altar permanente, estaba la foto de Nerea, ahora rodeada de flores frescas y una veladora siempre encendida.
Ahí entendí lo que es la pobreza digna. Don Rogelio no tenía lujos. Su televisión era de esas de caja, su estufa tenía que prenderse con cerillos, y sus muebles eran los mismos que seguramente compró cuando se casó. Pero no faltaba nada esencial. Y lo que faltaba, él lo suplía con ingenio.
Le arreglé el carburador al Datsun una tarde de sábado. Me llené de grasa hasta los codos mientras él me pasaba las herramientas y me contaba historias de cuando llevó a sus hijos a Acapulco en ese mismo coche, hace treinta años.
—¿Y sus hijos, don? —le pregunté, mientras ajustaba una tuerca—. ¿Neta no vienen?
Su cara se ensombreció un poco.
—Vienen… en Navidad. A veces. Están ocupados, hijo. La vida allá en el norte es muy rápida. Tienen sus deudas, sus problemas. Me mandan dinero de vez en cuando. No me quejo. Pero el dinero no te da un abrazo, ¿verdad?
—No, don. El dinero no calienta.
Ese día, un vecino pasó por la banqueta. Un tipo de esos metiches que se creen los dueños de la calle. Se nos quedó viendo feo. A mí, por mis tatuajes y mi facha de motociclista, y a Don Rogelio por estar conmigo.
—Oiga, vecino —gritó el tipo—, ¿todo bien? ¿No lo están molestando?
Me tensé. Ya me sabía ese cuento. Iba a soltar la llave inglesa y a contestarle una majadería, pero Don Rogelio se me adelantó. Se levantó, se limpió las manos en un trapo y caminó hacia la reja con una autoridad que no le conocía.
—Buenas tardes, Ramírez —dijo Don Rogelio, con voz fuerte—. Le presento a mi amigo. Me está haciendo el favor de arreglarme el coche porque, como usted sabe, los mecánicos cobran muy caro y yo no tengo su suerte. Así que sí, todo está excelente. Gracias por su preocupación, pero ocúpese de lo suyo.
El vecino se puso rojo, balbuceó algo y se fue rápido. Don Rogelio regresó sonriendo.
—A la gente le gusta juzgar el libro por la pasta, México. Pero yo ya estoy muy viejo para leer prólogos. Yo voy directo al contenido. Y usted es buena literatura.
Sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Ese viejo ebanista me estaba puliendo a mí también, quitándome las astillas de la desconfianza.
Los meses pasaron. Llegó el otoño y con él, el viento frío que levanta el polvo de la ciudad. Tizón tuvo una buena racha. Gracias a las pastillas y a los premios de glucosamina, lo vi trotar en el parque. Lo vi perseguir una pelota, aunque solo fueran tres metros. Lo vi sonreír. Sí, los perros sonríen, y quien diga que no, es que nunca ha tenido uno.
Pero el tiempo es un carnicero que no perdona.
Llegó diciembre. La ciudad se llenó de luces, de nochebuenas y de villancicos en los centros comerciales. Pero en la casa de Don Rogelio, las luces se empezaron a apagar.
Tizón dejó de comer.
Primero fueron las croquetas. Don Rogelio me llamó preocupado.
—No quiere, México. Le puse caldito de pollo y nada. Solo huele el plato y se voltea.
Fui a verlo. El perro estaba echado en su cama, una colchoneta vieja cubierta con franelas. Al verme, intentó levantarse, pero sus patas traseras fallaron por completo. Se arrastró un poco y soltó un suspiro largo, pesado. Sus ojos, antes lechosos pero vivos, ahora estaban apagados, hundidos.
Lo acaricié. Su cuerpo estaba flaco. Se le sentían las costillas bajo el pelo áspero.
—Don Rogelio… —empecé a decir, pero no pude terminar.
Él estaba sentado en una silla de madera, mirándonos. Tenía las manos entrelazadas, apretándose los dedos hasta que se le ponían blancos.
—Ya sé, hijo. Ya sé.
Esa semana fue un infierno lento. Yo iba diario después del trabajo. Le llevaba suero, latas de comida húmeda de la más cara, de esa que huele a paté fino. Le daba de comer con una jeringa en el hocico. Tizón tragaba por complacernos, pero se veía que ya no estaba ahí.
La veterinaria, la misma chica que nos atendió la primera vez, vino a la casa. Le pagué la visita a domicilio. Lo revisó en silencio. Escuchó su corazón, palpó su abdomen.
Cuando se levantó, nos llevó a la cocina para no hablar frente al perro.
—Señor Ureña —dijo ella, con una suavidad que se agradecía—, sus riñones ya no funcionan. Está intoxicándose por dentro. No tiene dolor agudo ahorita, pero… está muy cansado. Su cuerpo ya dio lo que tenía que dar.
Don Rogelio se recargó en la pared. Parecía que se había encogido diez centímetros en esos días.
—¿Cuánto tiempo…? —preguntó.
—Días. Quizás horas. Podemos intentar ponerle suero intravenoso, pero… sería alargarlo sin sentido. Sería egoísta.
La palabra flotó en el aire. Egoísta.
Don Rogelio cerró los ojos. Vi cómo pasaba toda su vida por su mente. Vi cómo se despedía de Nerea otra vez.
—No —dijo firme—. Nerea me odiaría si lo hago sufrir. Ella siempre decía que hay que saber cuándo retirarse de la fiesta.
La doctora asintió.
—Cuando usted esté listo, llámeme. Puedo venir a ayudarlo a dormir. Aquí, en su casa. Sin miedo.
Esa noche me quedé con él. No me pidió que me quedara, pero tampoco me dijo que me fuera. Nos sentamos en el suelo de la sala, junto a Tizón. Puse música bajita en mi celular, boleros viejos que a Don Rogelio le gustaban. Sabor a mí, Bésame mucho.
Hablamos de todo y de nada. Hablamos de fútbol, de política, de las mejores taquerías. Evitábamos el tema central, pero el tema estaba ahí, respirando con dificultad entre nosotros.
A eso de las tres de la mañana, Tizón se movió. Empezó a gemir, un sonido bajo, angustiante. Intentaba acomodarse y no podía. Jadeaba.
Don Rogelio se inclinó sobre él.
—Ya, mi niño. Ya, Tizón. Aquí está papá. Tranquilo.
El perro lo miró. Y en esa mirada, vi el final. No había miedo en el perro, había súplica. “Ya estoy cansado, jefe. Déjame ir”.
Don Rogelio lo entendió. Empezó a llorar, un llanto desgarrador que me partió el alma en mil pedazos. Me miró con desesperación.
—Háblale a la doctora, México. Por favor. Ya es hora.
Llamé. La veterinaria llegó en veinte minutos. Parecían horas.
El procedimiento fue rápido. Don Rogelio abrazó la cabeza de Tizón, susurrándole cosas al oído que solo ellos dos entendían. Yo le sostenía una pata, acariciando las almohadillas rugosas. Sentí cómo el calor se iba yendo poco a poco. Sentí cómo el último latido golpeó contra mi palma y luego… silencio.
Un silencio absoluto.
Don Rogelio no se movió durante mucho tiempo. Se quedó ahí, abrazado al cuerpo inerte de su último vínculo con su esposa, con su pasado, con su vida de familia.
Yo me salí al patio un momento. Necesitaba aire. Necesitaba llorar yo también, pero no quería que él me viera. Lloré por Tizón, lloré por Bronce, lloré por Don Rogelio y lloré por mí. Lloré porque la vida es hermosa pero es bien puta a veces.
Cuando regresé, Don Rogelio estaba tapando al perro con la manta. Se levantó con dificultad.
—Gracias —me dijo. Y esa sola palabra pesó más que todo el oro del mundo.
Los días siguientes fueron extraños. Ayudé a Don Rogelio con los trámites de la cremación. Enterramos la urna en una maceta grande en su patio, junto a un rosal que Nerea había plantado.
Yo tenía miedo de que Don Rogelio se dejara morir. Lo visitaba diario. Le llevaba comida porque sabía que él no cocinaba. A veces lo encontraba sentado en el sillón, mirando la nada, con la correa de Tizón en las manos.
—No me deje caer, don —le decía yo—. Acuérdese que tenemos pendiente la afinación del Datsun.
—Sí, muchacho. Sí. Nomás dame chance. El motor está frío.
Pero poco a poco, el instinto de supervivencia ganó. O tal vez fue la terquedad.
Un mes después de la muerte de Tizón, llegué a su casa y lo encontré diferente. Se había rasurado. Tenía puesta una camisa planchada. La casa olía a café.
—Siéntate, México —me dijo, señalando la mesa del comedor.
Había puesto dos tazas y un panqué. También había una caja de madera pequeña sobre la mesa. Una caja antigua, tallada a mano, preciosa.
—He estado pensando mucho —comenzó a decir, tomando un sorbo de café—. Pensando en Nerea, en Tizón, en mis hijos… y en ti.
Me puse nervioso.
—Usted llegó a mi vida en el momento más oscuro, hijo. Cuando yo pensaba que ya no había decencia en el mundo, usted llegó con sus tatuajes y su cara de pocos amigos y me dio una lección de humanidad.
—No diga eso, don. Yo solo…
—Cállese y escuche —me interrumpió con una sonrisa—. Usted dice que tenía una deuda con su perro Bronce. Que sentía culpa.
—Sí. Todavía la siento a veces.
Don Rogelio puso su mano sobre la caja de madera.
—Yo soy viejo, México. He visto muchas cosas. Y le voy a decir algo: la culpa es un saco de piedras que no sirve para construir nada. Solo sirve para cansarte. Usted no le falló a Bronce. Usted hizo lo que pudo con lo que tenía en ese momento. Era un niño, prácticamente.
Abrió la caja. Adentro había herramientas. Gubias, formones, cinceles pequeños. Herramientas de ebanista. Estaban viejas, pero afiladas y brillantes. Se notaba que habían sido cuidadas con amor durante décadas.
—Estas fueron mis primeras herramientas —dijo, acariciando el mango de madera de un formón—. Con estas construí la cuna de mis hijos. Con estas hice la mesa donde comía mi familia. Son mi tesoro más grande.
Empujó la caja hacia mí.
—Quiero que te las quedes.
Me quedé helado.
—No, don Rogelio. No puedo. Eso es su vida. Es… es demasiado.
—Acéptalas, cabrón —me dijo, usando la grosería con un cariño inmenso—. Mis hijos no las quieren, ellos compran todo hecho en China. Y mis manos ya no sirven para usarlas. Pero las tuyas sí.
Me miró las manos. Mis manos llenas de cicatrices del taller, con grasa bajo las uñas.
—Usted es un artesano también, México. Arregla motos, arregla máquinas… arregló mi corazón roto. Quiero que tenga esto. Y quiero pedirle un favor a cambio.
Tragué saliva, incapaz de hablar. Solo asentí.
—Quiero que use estas herramientas para hacer algo. Lo que sea. Pero hágalo pensando que la vida sigue. Que la madera, aunque esté vieja, si la tratas con cariño, vuelve a brillar.
—Se lo prometo —logré decir, con la voz rota.
—Y otra cosa —añadió, poniéndose serio—. Ya suelte a Bronce. Déjelo descansar. Él ya lo perdonó hace mucho. Los perros no guardan rencor, hijo. Eso es cosa de humanos. Si Tizón me viera ahorita triste, me mordería los tobillos. Ellos quieren que seamos felices. Así que hazle ese honor a tu perro: sé feliz. Vive chingón. Sin culpas.
Nos quedamos en silencio un rato largo. Pero ya no era un silencio pesado. Era un silencio de paz.
Salí de ahí con la caja de herramientas bajo el brazo y el corazón ligero. Sentí que me habían quitado un chaleco de plomo que llevaba cargando diez años.
Caminé hacia mi moto. El sol estaba poniéndose, pintando el cielo de la CDMX de un naranja intenso, casi rojo.
No crean que la historia termina con un final de cuento de hadas donde Don Rogelio se gana la lotería o yo me vuelvo millonario. No. Don Rogelio sigue viviendo en su departamentito, contando sus pesos para llegar a fin de mes. Yo sigo en el taller, peleándome con las tuercas y llegando a mi casa oliendo a gasolina.
Pero algo cambió.
Ahora, los domingos, paso por Don Rogelio. Lo subo al sidecar que le adapté a mi moto (sí, le construí un sidecar, y vieran qué chulo se ve el viejo con sus gafas de aviador y su casco). Nos vamos a Xochimilco, o a la Marquesa, o simplemente a dar el rol por la ciudad.
Ya no tiene a Tizón. Y yo ya no tengo a Bronce. Pero nos tenemos el uno al otro.
El otro día, mientras comíamos unas quesadillas en la carretera, se nos acercó un perro callejero. Un flaco, sarnoso, muerto de hambre.
Don Rogelio se le quedó viendo. Yo también.
—Está muy flaco —dijo el don.
—Sí —dije yo—. Necesita una buena desparasitada.
Nos miramos. Sonreímos.
—¿Cree que quepa en el Datsun? —preguntó él.
—Yo creo que sí, don. Y si no, lo acomodamos.
Pagamos la cuenta. Don Rogelio agarró un pedazo de chicharrón y llamó al perro.
—Vente, Campeón. Vamos a casa.
Y ahí supe que la deuda estaba saldada. No con dinero. Sino con vida. Porque al final, banda, nadie se salva solo. Nos salvamos en manada. Y a veces, la manada es un viejo ebanista, un motociclista tatuado y un perro que aparece cuando menos lo esperas para recordarte que, mientras haya un corazón latiendo, siempre hay una segunda oportunidad.
Así que si me ven en la calle con el don y el nuevo perro, no se espanten. No somos la mala noticia. Somos la prueba de que en este México cabrón, donde a veces parece que todo está podrido, todavía florecen cosas buenas en las grietas del asfalto.
Ahí se ven, raza. Cuuiden a sus viejos. Amen a sus perros. Y nunca, nunca dejen que una tarjeta rechazada defina quiénes son.
Parte 4: La Madera, El Asfalto y La Manada Eterna
Subir a Campeón al Datsun no fue misión sencilla. El pobre animal era un saco de huesos tembloroso que olía a coladera y a miedo rancio. Cuando intenté cargarlo, me tiró una mordida al aire, no por agresivo, sino por puro pánico. Era la reacción de quien ha recibido más patadas que caricias en su vida. Don Rogelio, con esa calma de monje tibetano que se cargaba, se quitó su suéter —uno de lana gris que seguramente le tejió Nerea hace veinte años— y me dijo:
—Envuélvalo, México. Que no vea el movimiento, que sienta el calor.
Lo hice taquito. El perro se quedó tieso, con los ojos desorbitados, pero dejó de pelear. Lo acomodamos en el asiento trasero sobre la manta que todavía tenía pelos de Tizón. El Datsun arrancó con su tos habitual y nos incorporamos a la carretera federal, con el sol cayendo a plomo y una nueva vida respirando agitada en el asiento de atrás.
El camino de regreso a la ciudad fue silencioso, pero de un silencio distinto al del funeral. Este silencio estaba cargado de preguntas. ¿Qué estábamos haciendo? ¿Estábamos listos para empezar de cero? Yo miraba a Don Rogelio por el retrovisor de la moto (porque yo iba escoltando al Datsun) y veía cómo de vez en cuando estiraba la mano hacia atrás para tocar el bulto de lana gris.
Llegamos a su casa ya de noche. Bajamos al Campeón. Al pisar el suelo de la sala, el perro se orinó del miedo. Un charco amarillo se extendió sobre el piso de loseta impecable de Don Rogelio.
Me tensé. Esperé el regaño, el gesto de fastidio. Pero el don solo soltó una risa suave.
—Bautizado queda el departamento —dijo, yendo por la jerga y la cubeta—. No te preocupes, muchacho. El miedo se limpia con agua y jabón. El abandono es lo que cuesta más trabajo tallar.
Esa noche me quedé ahí. No podía dejar al don solo con el paquete. Improvisamos una cama con cojines viejos. Campeón no quiso comer, se hizo bolita en una esquina, dándonos la espalda, protegiendo su vulnerabilidad contra la pared.
—Dale tiempo —me dijo Don Rogelio, sirviéndome un café de olla—. La confianza es como la madera fina, México. No se puede barnizar si no la has lijado primero, y eso toma horas, días, años.
Y así empezó nuestra nueva rutina.
La rehabilitación de Campeón fue una maestría en paciencia. Al principio, el perro era un fantasma. Se escondía debajo de la mesa, no ladraba, apenas comía si lo mirábamos. Tenía cicatrices viejas en el lomo, marcas de alambre o de peleas callejeras. Le faltaba un pedazo de oreja. Era la viva imagen de la derrota.
Pero Don Rogelio tenía un don. Un don que no se aprende en la universidad. Se sentaba en el suelo, a dos metros del perro, y le leía el periódico en voz alta. Le leía las noticias de deportes, los horóscopos, hasta los anuncios clasificados.
—”Se vende refrigerador en buen estado” —leía el don con voz monótona—. ¿Tú crees que nos hace falta un refri nuevo, Campeón? No, verdad, el nuestro todavía enfría las chelas del México.
Poco a poco, el sonido de su voz fue derrumbando los muros del perro. A la segunda semana, Campeón aceptó una salchicha de mi mano. A la tercera, se atrevió a subir al sofá junto al don. Y al mes, escuchamos su primer ladrido. Fue un ladrido ronco, oxidado, cuando tocaron el timbre. Don Rogelio y yo nos miramos y celebramos como si el perro hubiera recitado un poema de Nezahualcóyotl.
Mientras Campeón sanaba por dentro, yo intentaba sanar otra cosa. Tenía la caja de herramientas de ebanista en mi taller, encima de un banco de trabajo, mirándome. No me atrevía a abrirla. Sentía que no tenía el derecho, que mis manos torpes de mecánico, acostumbradas a la fuerza bruta y a la grasa, iban a arruinar el filo delicado de esos formones.
Un sábado, Don Rogelio llegó al taller en el Datsun (que milagrosamente seguía rodando). Campeón venía con él, sacando la cabeza por la ventana, ya con el pelo más brillante y unos kilos más de peso.
El don entró, vio la caja cerrada y negó con la cabeza.
—Las herramientas se oxidan si no trabajan, hijo. Igual que las personas. ¿Qué esperas?
—Tengo miedo de desafilarlas, jefe. O de echar a perder la madera. Yo sé soldar fierro, sé enderezar chasis. Pero la madera… la madera está viva. Si me equivoco, no puedo fundirla y empezar de nuevo.
Don Rogelio se acercó, abrió la caja y sacó un cepillo de carpintero pequeño.
—La madera perdona si la tratas con respeto —me dijo, poniéndome el cepillo en la mano—. No busques la perfección. La perfección es para las máquinas. Busca la honestidad. Quiero que hagamos algo.
—¿Qué?
—Una casa para Campeón. La que tiene es prestada. Necesita su propio cantón. Su propiedad.
Fuimos a una maderería en la Doctores. Don Rogelio escogió tablas de pino de primera. Me enseñó a ver la veta, a oler la resina, a golpear la tabla con los nudillos para escuchar si estaba sana por dentro.
Pasamos los siguientes cuatro fines de semana trabajando en esa casa. Fue, sin exagerar, una de las mejores experiencias de mi vida.
Don Rogelio dirigía, yo ejecutaba. Me enseñó a hacer ensambles de “cola de milano” para no usar clavos.
—El clavo oxida la madera, la hiere —me explicaba, mientras sus manos temblorosas guiaban las mías firmes sobre el formón—. El ensamble es como un abrazo. Las dos piezas se sostienen mutuamente por pura fuerza de voluntad y geometría. Así deben ser las relaciones, México. Sin forzar. Que encajen solitas.
Hubo momentos de frustración. Rompí una tabla por darle muy duro con el martillo. Me llené de astillas. Maldije en arameo y en caló de Tepito. Pero el don nomás se reía y me pasaba una lija.
—Lija, muchacho. Lija hasta que tus dedos no sientan dónde termina una madera y empieza la otra. Lija tus corajes.
Cuando terminamos la casa, no era una simple casita de perro. Era una mansión. Le pusimos techo a dos aguas con teja asfáltica, le grabamos su nombre, CAMPEÓN, en el frente con letras góticas (mi toque personal), y la barnizamos con aceite de linaza hasta que brilló como el oro.
Cuando Campeón entró en ella por primera vez, dio tres vueltas, rascó el piso y se echó con un suspiro de satisfacción que hizo vibrar las paredes de madera.
—Ahí está —dijo Don Rogelio, limpiándose el aserrín de la frente—. Ahora sí, ya tiene raíces.
Pero la historia no podía quedarse solo en nosotros tres. La vida, cuando es buena, se desborda.
Un día, mientras estábamos en el parque con Campeón (que ya corría y jugaba, aunque seguía teniendo esa mirada cautelosa de quien no se fía del todo), se nos acercó un chavo. Un morro de unos dieciséis años, flaco, con la mirada perdida y los brazos llenos de cortes mal cicatrizados. Iba pateando una lata, buscando pleito con el mundo.
Se quedó viendo la moto con el sidecar.
—Está chida tu nave —me dijo, retador.
—Está chida porque la armé yo, carnal —le contesté, midiéndolo. Sabía que traía bronca.
—¿Y qué? ¿Te crees muy vergas o qué? —soltó el morro, escupiéndole al piso cerca de mi bota.
Me levanté de la banca. Campeón gruñó bajito. Don Rogelio me puso una mano en el antebrazo.
—Tranquilo, México —me susurró—. Ese perro también tiene miedo. ¿No lo ves?
Miré al chavo otra vez. Y sí. Detrás de la pose de malandro, detrás de la agresividad barata, vi los mismos ojos que tenía Campeón cuando lo sacamos de la carretera. Vi hambre, vi soledad, vi ganas de que alguien lo viera de verdad.
Don Rogelio se levantó, apoyándose en su bastón (ya lo usaba más seguido).
—Oye, hijo —le dijo al chavo—. ¿Te gusta la madera?
El chavo se sacó de onda.
—¿Qué?
—La madera. Ese sidecar tiene vistas de caoba. ¿Sabes lo difícil que es curvar la caoba sin que se astille?
El chavo se quedó callado, bajando la guardia un milímetro.
—Nel.
—Si quieres, un día te enseño. Mi amigo aquí tiene un taller. Y a veces nos faltan manos para lijar. Se paga con comida y con oficio. No damos lana, pero damos algo mejor: te enseñamos a que no te tiemblen las manos.
El chavo nos miró como si fuéramos marcianos. Me miró a mí, el grandulón tatuado, y al viejo con el bastón. Soltó una risa nerviosa.
—Están locos los rucos.
Se dio la vuelta y se fue. Pero no pateó la lata. Se la llevó en la mano.
—No va a volver —dije yo, sentándome.
—Volverá —sentenció Don Rogelio—. El hambre de pertenecer es más fuerte que el orgullo.
Y volvió. Tres días después, el morro, que se llamaba Kevin, apareció en la puerta del taller.
—Vine a ver lo de la madera —dijo, mirando al suelo.
Así fue como la manada creció.
No se imaginen que fundamos una ONG o algo así. No. Solo éramos nosotros. Yo, Don Rogelio, Campeón, y ahora el Kevin. Le enseñamos a usar las herramientas de la caja sagrada. El morro resultó tener talento. Tenía paciencia, algo raro para su edad. Descubrimos que su jefa trabajaba todo el día y su jefe se había largado hacía años. El Kevin buscaba un padre, y encontró un abuelo y un hermano mayor.
Don Rogelio revivió. Enseñar le dio un segundo aire. Ver al Kevin concentrado tallando una pata de silla le devolvió el brillo a los ojos que se le había apagado con Tizón.
—Mira, México —me decía en voz baja, viendo al chavo trabajar—. Estamos pasando la estafeta. Estas herramientas no van a morir conmigo. Ni contigo. Van a seguir construyendo.
Pasaron los meses y llegó el invierno otra vez. El frío en la CDMX cala, pero ese año, el frío nos hizo los mandados.
El momento que definió todo, el cierre de este ciclo, ocurrió una noche de diciembre, cerca de Navidad. Estábamos en el taller. Habíamos organizado una “posada” improvisada. Teníamos un anafre con ponche (con su piquete de tequila, obvio), tamales y música de José Alfredo Jiménez.
El Kevin había traído a su mamá, una señora bajita y cansada que no paraba de darnos las gracias y de llorar cada vez que veía a su hijo reírse sanamente. Campeón andaba entre las piernas de todos, moviendo la cola, engordando a base de tamal de dulce que se le caía “accidentalmente” al don.
En medio de la fiesta, Don Rogelio pidió la palabra. Golpeó su vaso de plástico con una cuchara.
—Familia —dijo. Y esa palabra retumbó en las paredes de lámina del taller—. Familia. Hace un año, yo estaba en una veterinaria contando monedas, sintiendo que el mundo se me acababa. Sentía que ya no tenía lugar aquí. Mi Nerea se había ido, mi Tizón se estaba yendo, y yo… yo solo esperaba mi turno.
Se hizo un silencio respetuoso. El Kevin dejó de comer.
—Pero entonces, un ángel con chamarra de cuero y cara de asaltante se cruzó en mi camino —dijo señalándome, y todos se rieron. Yo me puse rojo hasta las orejas—. Y me enseñó que la sangre no es lo único que nos une. Nos une el dolor, sí, pero más nos unen las ganas de levantarnos.
Levantó su vaso con ponche.
—Brindo por los que ya no están. Por Nerea, el amor de mi vida. Por Bronce, que enseñó a este cabrón a tener corazón. Por Tizón, que aguantó hasta que supo que yo no me iba a quedar solo. Y brindo por los que estamos. Por el Kevin, que tiene manos de artista. Por Campeón, que nos eligió. Y por México… mi hijo prestado.
Ahí sí ya no aguanté. Se me salieron las lágrimas. De esas lágrimas gordas y saladas que no te da vergüenza mostrar. Fui y abracé al viejo. Sentí sus huesos frágiles, su olor a loción barata y a aserrín. Lo abracé con la fuerza que no pude abrazar a mi padre, con el cariño que le guardé a Bronce y no pude darle.
—Gracias, jefe —le susurré.
—Gracias a ti, hijo. Me devolviste la vida.
Esa noche, cuando todos se fueron y me quedé cerrando el taller, me senté un momento en el sidecar de la moto. Campeón se subió de un salto y se sentó a mi lado, mirando hacia la calle oscura.
Pensé en la tarjeta rechazada. En ese pedazo de plástico que pudo haber sido el final de una historia triste, pero que se convirtió en la llave de todo esto.
Pensé en cuántos Don Rogelios hay allá afuera. Cuántos viejos solos en sus casas, esperando una llamada, contando los días. Cuántos perros buscando una mano que no les pegue. Cuántos Kevins a punto de tomar el camino equivocado porque nadie les ha dicho que sirven para algo más que para cagarla.
Nos empeñamos en vivir blindados. Subimos los vidrios del coche en el semáforo. Miramos el celular en el metro para no hacer contacto visual. Nos da miedo involucrarnos porque “no es mi problema”.
Pero la neta, banda, sí es nuestro problema.
Si yo no me hubiera levantado esa noche en la veterinaria, Don Rogelio se hubiera ido a su casa humillado y solo. Tizón habría sufrido. Yo seguiría cargando mi culpa. El Kevin seguiría pateando latas.
Una acción. Una pinche acción pequeña. Un “yo pago”. Un “¿cómo está?”. Un “vente, vamos a echar un taco”. Eso es lo que cambia el juego.
Hoy, Don Rogelio ya camina más lento. Sé que el tiempo nos está ganando la carrera. Sé que llegará el día en que tenga que usar mis herramientas para hacerle algo más definitivo que una silla o una casa de perro. Sé que tendré que despedirlo.
Y me va a doler. Me va a doler como el infierno.
Pero no tengo miedo. Ya no. Porque sé que cuando ese día llegue, no voy a estar solo. Voy a tener a la manada. Voy a tener las enseñanzas que me dejó. Voy a tener la certeza de que exprimimos cada gota de tiempo juntos.
Y sobre todo, voy a tener la paz de saber que Bronce, Tizón y Nerea nos están guardando un lugar en donde sea que vayan las almas buenas, seguramente un lugar con mucho pasto, muchas pelotas y donde nunca, jamás, te rechazan la tarjeta.
Así que, si llegaron hasta aquí leyendo este testamento de un motociclista sentimental, les pido un favor.
No me den like. No me compartan.
Salgan a la calle. Busquen a su Don Rogelio. Busquen a su Campeón. Arreglen algo que esté roto, ya sea un mueble, un coche o el día de alguien. Usel las herramientas que tengan, sean las que sean.
Porque al final del día, todos somos mecánicos del alma, carnales. Y el mundo… el mundo es un taller que nunca cierra.
Prendí la moto. Campeón ladró, listo para el viento en la cara.
—Vámonos a casa, perro —le dije.
Y nos fuimos, perdiéndonos en las luces de esta ciudad monstruosa y hermosa, sabiendo que mientras rodemos juntos, siempre habrá un camino de regreso.
FIN.