Creyeron que era una bruja o la culpable de que el ganado estuviera enfermando, pero ella solo era una bióloga haciendo su trabajo. Mi perro la olfateó bajo la nieve cuando ya casi no le quedaba vida. La llevé a mi cabaña, le di calor y sopa, pensando que lo peor había pasado. Me equivoqué. Cuando vi las luces de las camionetas y escuché los gritos afuera de mi puerta, supe que tendría que defenderla no solo del frío, sino de la ignorancia y el odio de un pueblo asustado.

El golpe en la puerta de madera no sonó a visita de cortesía. Fue seco, autoritario, y retumbó en las paredes de mi cabaña como una amenaza.

Tormenta, mi pastor alemán, que hasta hace un segundo dormitaba junto a la chimenea, se levantó de un salto. El pelo de su lomo se erizó y un gruñido bajo, profundo, vibró en su pecho. Él sabía, igual que yo, que los problemas habían subido la montaña.

—Ya me encontraron —susurró Elena.

Estaba sentada en la orilla de mi catre, todavía envuelta en las cobijas de lana. Su cara, que apenas empezaba a recuperar algo de color tras días de estar perdida en la nieve, se volvió pálida de nuevo. Sus manos temblaban, y no era por el frío de la sierra. Era pánico puro.

—Tranquila —le dije, poniéndome de pie. Mis rodillas tronaron, un recordatorio de mis años en el ejército, pero mi pulso estaba firme.

Caminé hacia la puerta. Afuera, el viento aullaba entre los pinos, pero pude distinguir las voces. Eran los hombres del pueblo. Don Rulo y su gente.

Abrí la puerta sin quitar el seguro de la reja. El aire helado entró de golpe, cortando como navaja.

Ahí estaban. Cinco hombres con chamarras gruesas, sombreros calados hasta las cejas y c*chillos de monte al cinto. Se les notaba el enojo en los ojos y el aliento a mezcal barato en el aire.

—Sabemos que la tienes ahí, Joaquín —gritó Rulo, un hombre tosco que siempre buscaba a quién culpar de sus desgracias—. ¡Sácala! Los animales se están m*riendo abajo. El agua sabe a diablo. ¡Es ella! ¡Trajo la maldición!

Tormenta se plantó a mi lado, mostrando los colmillos, listo para atacar si daban un paso más.

—Ella no hizo nada, Rulo —respondí con la voz calmada que usaba antes, cuando tenía que negociar con gente peligrosa—. Lo que está m*tando a tu ganado no es una maldición, es el químico que están tirando los de la tala ilegal allá arriba. Ella tiene las pruebas.

—¡Puras mentiras! —escupió otro de los hombres, amagando con sacar algo de su morral—. ¡Entrégala o entramos por ella!

Sentí esa vieja tensión en la nuca. La que te avisa que las palabras se acabaron y que la volencia está a punto de tocar a tu puerta. Miré a Elena de reojo; estaba aterrada, encogida en la esquina. Miré a Tormenta, leal hasta la merte. Y luego miré a esos hombres cegados por el miedo.

No me fui a la sierra para pelear, pero tampoco iba a dejar que cometieran una injusticia en mi propia casa.

Di un paso al frente, llenando el marco de la puerta con mi estatura, y puse una mano sobre el lomo de mi perro para calmarlo, aunque mis ojos le decían a Rulo todo lo contrario.

—Si quieren pasar… —dije en voz baja, pero lo suficientemente claro para que me escucharan hasta el último de ellos—, primero van a tener que pasar sobre nosotros. Y les aseguro que Tormenta no ha cenado.

¿LOGRARÁ JOAQUÍN DETENER A LA TURBA FURIOSA O ESTO TERMINARÁ EN TRAGEDIA?

PARTE 2: EL ASEDIO EN LA NIEVE

El silencio que siguió a mi amenaza fue más pesado que la nieve que se acumulaba en el techo de lámina. Rulo me sostuvo la mirada unos segundos, sus ojos inyectados de sangre y rabia, buscando cualquier señal de debilidad en mi postura. Pero no encontró ninguna. Solo vio a un viejo soldado cansado de la guerra, pero dispuesto a librar una última batalla si lo empujaban lo suficiente. Vio a Tormenta, una bestia de cuarenta kilos de músculo y lealtad, con los dientes pelados y un gruñido que parecía venir de las entrañas mismas de la tierra.

—Estás cometiendo un error, Joaquín —dijo Rulo finalmente, escupiendo al suelo, justo a un centímetro de mi bota. Su voz ya no gritaba, pero el veneno en ella era más potente—. Cuando esa mujer traiga la desgracia completa al pueblo, tú vas a caer con ella. No digas que no te lo advertimos.

Hizo una seña brusca con la mano y los hombres retrocedieron, murmurando insultos y maldiciones entre dientes. No se fueron lejos. Los vi caminar hacia la linde del bosque, donde habían dejado sus camionetas, esas pick-ups viejas y oxidadas que rugían como demonios heridos.

Cerré la puerta con fuerza y pasé el cerrojo superior, luego el inferior, y finalmente, arrastré la vieja mesa de roble macizo para bloquear la entrada. Mis movimientos eran mecánicos, una danza de seguridad que mi cuerpo recordaba de tiempos peores, en lugares mucho más calientes y lejanos que la Sierra Tarahumara.

—¿Se fueron? —la voz de Elena era apenas un hilo de voz, temblorosa y frágil.

Me giré hacia ella. Se había puesto de pie, abrazándose a sí misma, sus nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba la cobija. Sus ojos, grandes y oscuros, reflejaban el terror puro de quien se sabe cazado.

—No —respondí, sin endulzar la verdad. En situaciones de supervivencia, la esperanza falsa es más peligrosa que una bala—. Solo se están reagrupando. El alcohol les da valor, pero el frío se los quita. Van a esperar a que oscurezca más, a que se empeden más, o a que lleguen refuerzos.

Me acerqué a la ventana lateral, esa pequeña apertura que daba hacia la barranca, y descorrí apenas un centímetro la cortina de jerga. Ahí estaban. Habían encendido los faros de las camionetas, apuntando hacia la cabaña, bañando nuestra fachada en una luz amarilla y fantasmal. Podía ver sus siluetas moviéndose, pasando botellas de mano en mano. No eran cinco, ahora contaba siete. Habían llamado a más gente.

—Tormenta, quieto —ordené en voz baja. El perro seguía erizado, patrullando el espacio entre la puerta y la ventana, sus uñas chasqueando rítmicamente contra la madera del suelo. Se sentó a mi lado, pero sus orejas seguían girando como radares, captando sonidos que mis oídos humanos, dañados por años de artillería y explosiones, ya no podían percibir.

—¿Por qué hacen esto? —preguntó Elena, dejándose caer de nuevo en el catre. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sucias de tierra y hollín—. Solo tomé muestras del agua. Solo quería ayudarles.

Suspiré y fui a la pequeña estufa de leña. Necesitábamos mantener el calor, y necesitábamos estar despiertos. Puse la cafetera de peltre sobre el comal. El olor a café quemado y canela pronto llenaría la habitación, un aroma a hogar en medio del asedio.

—La gente tiene miedo, Elena —dije, buscando en mi alacena hasta encontrar una caja de cartuchos del calibre 12. Estaba vieja, pero las municiones se veían bien. Comencé a cargar mi escopeta, una Mossberg que había visto mejores días pero que nunca se encasquillaba—. Y cuando la gente tiene miedo y es ignorante, busca culpables fáciles. Tú eres forastera, eres mujer y eres científica. Para ellos, eso es brujería o mala suerte. Es más fácil culparte a ti que enfrentarse a los narcos que están talando el bosque y lavando oro con mercurio río arriba.

Elena levantó la vista al escuchar el sonido metálico de los cartuchos entrando en la recámara.

—Es mercurio —confirmó ella, su voz ganando un poco de fuerza, impulsada por su indignación profesional—. Y cianuro. Los niveles en el arroyo “El Zorro” son letales. Por eso las vacas abortan. Por eso los niños del pueblo tienen ronchas en la piel. Tengo las pruebas en mi mochila. Las muestras, las fotos de las bombas de agua ilegales… Si logro llegar a la ciudad y entregarlas a la Fiscalía Federal, tendrán que intervenir.

Me detuve un momento y la miré. Era valiente, eso no podía negarlo. Había subido sola a la sierra, a territorio controlado por gente que te mata por mirarles feo, armada solo con tubos de ensayo y una cámara.

—Ese es el problema, niña —dije suavemente, dejando la escopeta cargada sobre la mesa, al alcance de la mano—. Rulo y esos hombres son idiotas útiles. Ellos creen que defienden al pueblo de tu “maldición”, pero lo más seguro es que los que manejan la mina les hayan llenado la cabeza de mentiras para que ellos hagan el trabajo sucio. Si te linchan, los narcos se libran de la testigo y el pueblo se queda con la culpa. Negocio redondo.

El viento sopló con fuerza afuera, haciendo vibrar los vidrios de las ventanas. La temperatura estaba bajando rápidamente. Si nos cortaban la luz o si lograban incendiar la cabaña, estábamos muertos. Y con la nieve bloqueando los caminos, la ayuda no llegaría. Estábamos solos.

—¿Tienes con quién comunicarte? —pregunté, sirviéndole una taza de café humeante.

Ella negó con la cabeza, tomando la taza con ambas manos para calentarse.

—Mi celular murió hace dos días. Y aquí no hay señal de todas formas. Se suponía que mi contacto en la universidad sabría si no regresaba hoy… pero para cuando alerten a las autoridades, será tarde.

Asentí. Era lo que imaginaba.

—Bien. Entonces dependemos de nosotros.

Me senté frente a ella, limpiando mi viejo cuchillo de monte con un trapo aceitoso. El brillo del acero pareció inquietarla, pero necesitaba que entendiera la gravedad de la situación.

—Escúchame bien, Elena. Esta noche va a ser larga. Ellos van a intentar entrar. Primero van a tratar de asustarnos, de cansarnos. Van a gritar, van a tirar piedras. Quieren que salgamos por nuestro propio pie. Si eso no funciona, intentarán forzar la puerta o romper las ventanas.

—¿Y qué hacemos? —preguntó, con los ojos muy abiertos.

—Aguantar —dije—. Mi cabaña está hecha de troncos gruesos. Aguanta balas de calibre pequeño. Las ventanas son el punto débil. Vamos a tener que cubrirlas.

Durante la siguiente hora, trabajamos en silencio. Clavé tablones de madera sobre las dos ventanas principales, dejando solo pequeñas rendijas para mirar y, si era necesario, disparar. Elena me ayudó a mover muebles, empujando con una fuerza que no parecía tener hace un rato. El miedo es un combustible potente si sabes cómo quemarlo.

Tormenta no dejó de gruñir ni un segundo. Se paseaba de un lado a otro, olfateando las rendijas de la puerta. De vez en cuando, ladraba fuerte, un aviso seco y contundente hacia el exterior.

De repente, un golpe sordo sacudió el techo. Luego otro.

—¡Están tirando piedras! —gritó Elena, agachándose instintivamente.

—Son piedras grandes —dije, escuchando el ruido rodar por la lámina—. Quieren que salgamos. Mantén la calma. No te acerques a las paredes. Quédate en el centro, cerca de la chimenea.

—¡Joaquín! ¡Sal, viejo cobarde! —la voz de Rulo se escuchaba amplificada, tal vez usaba un megáfono o simplemente gritaba con la fuerza de la borrachera—. ¡Danos a la bruja y te dejamos en paz! ¡No te busques pedos con el pueblo!

Me acerqué a la mirilla de la puerta. Habían hecho una fogata grande frente a la entrada del camino. Las llamas iluminaban sus caras distorsionadas por las sombras. Vi que uno de ellos tenía una botella con un trapo en la boca. Una bomba molotov.

Maldición.

—Elena, al suelo —ordené, mi voz cambiando al tono de mando que usaba con mis pelotones—. ¡Ahora!

—¿Qué pasa?

—Tienen fuego.

Antes de que pudiera terminar la frase, vi el arco de luz anaranjada cruzar el aire. La botella se estrelló contra el porche de madera, justo afuera de la puerta. El sonido del vidrio roto fue seguido inmediatamente por el rugido del fuego al prenderse con el combustible.

El olor a gasolina penetró por las rendijas.

—¡Se quema! ¡Se va a quemar la casa! —Elena entró en pánico, levantándose para correr hacia la puerta trasera.

La atajé del brazo, deteniéndola en seco.

—¡No salgas! ¡Eso es lo que quieren! Si sales por atrás, te van a cazar como a un conejo.

—¡Pero nos vamos a quemar vivos!

—La madera del porche está húmeda por la nieve, no va a prender tan rápido —le aseguré, aunque yo mismo calculaba mentalmente cuánto tiempo teníamos antes de que el calor fuera insoportable—. Necesito que llenes todas las ollas y cubetas que encuentres con agua del tinaco. ¡Muévete!

Mientras ella corría a la cocina, yo tomé el extintor que guardaba en la esquina. Era viejo, esperaba que tuviera presión. Abrí la puerta apenas unos centímetros. El calor me golpeó la cara. El fuego lamía los tablones del suelo del porche, pero, como había calculado, la nieve derretida y la madera empapada estaban retrasando la combustión.

Rocié el polvo químico con furia, ahogando las llamas más cercanas a la puerta.

¡BAM!

Un disparo. Astillas de madera saltaron del marco de la puerta, a centímetros de mi cara. Me tiré hacia atrás, cerrando la puerta de una patada y poniendo el seguro de nuevo.

—¡Tienen armas de fuego! —le grité a Elena, que venía con una cubeta de agua, derramando la mitad por el susto al escuchar el disparo.

—¡Dijiste que eran campesinos!

—Son campesinos en la sierra, Elena. Aquí hasta los niños saben usar un .22. Ese disparo fue de un rifle de caza.

Mi corazón latía con fuerza, ese ritmo familiar y peligroso. Tormenta estaba frenético, ladrando hacia la puerta, arañando la madera como si quisiera salir a comerse al tirador.

—Tormenta, ¡junto! —le grité. El perro obedeció a regañadientes, pegándose a mi pierna.

La situación había escalado. Ya no era una protesta, era un intento de homicidio. Disparar contra una casa habitada cruzaba una línea que Rulo y sus hombres no podrían despintar mañana cuando se les bajara la borrachera. Sabían que, si yo sobrevivía, iría por ellos. Eso significaba que ya no tenían intención de dejarnos salir vivos.

Miré el reloj en mi muñeca. Las 11:45 PM. Faltaban horas para el amanecer.

—Joaquín… —Elena estaba llorando en silencio, sentada junto a las cubetas de agua—. No quiero morir aquí. Tengo una hija. Tiene cinco años, se llama Sofía. Me está esperando en Chihuahua con mi mamá.

Esa confesión me golpeó más fuerte que la bala en el marco de la puerta. Una hija. Por supuesto. Siempre hay alguien esperando. Yo no tenía a nadie, excepto a Tormenta. Mi esposa se había ido hacía años, cansada de mis silencios y mis pesadillas de la guerra. Mis hijos eran adultos y apenas me hablaban. Pero Elena… ella tenía una vida completa por delante.

Me agaché frente a ella, tomándola por los hombros.

—Escúchame, Elena. Nadie va a morir hoy. Te lo prometo por mi madre que está en el cielo. Vas a ver a Sofía. Pero necesito que seas fuerte. Necesito que seas más que una bióloga asustada. Necesito que seas mi compañera de escuadrón. ¿Puedes hacer eso?

Ella me miró, sorbiendo los mocos, y asintió lentamente. Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano sucia.

—¿Qué tengo que hacer?

—Vamos a tener que salir —dije, mirando alrededor de la cabaña que había sido mi refugio durante los últimos cinco años. Me dolía dejarla, me dolía pensar que esos bastardos la quemarían o la saquearían, pero quedarse era una sentencia de muerte—. No podemos defender esta posición si deciden prenderle fuego a los cuatro costados. Y si tienen armas, eventualmente una bala va a encontrar un hueco entre los troncos.

—¿Salir? ¿A dónde? Está nevando y ellos están afuera.

—No vamos a salir por la puerta. Vamos a salir por abajo.

Levanté la alfombra de piel de oso (falsa, comprada en un mercado) que cubría el centro de la sala. Debajo había una trampilla de madera que conducía al espacio de almacenamiento bajo la cabaña, donde guardaba herramientas y conservas. Desde ahí, había un pequeño hueco en los cimientos que usaba para ventilar, lo suficientemente grande para que una persona se arrastrara hacia la parte trasera, hacia el bosque denso, lejos del camino principal donde estaban las camionetas.

—Es estrecho, va a estar oscuro y lleno de arañas, y hace un frío del carajo —le advertí—. Pero saldremos a espaldas de ellos.

—¿Y Tormenta? —preguntó, acariciando la cabeza del perro.

—Él va primero. Él nos dirá si es seguro.

Empecé a preparar la “mochila de escape”. Metí una botella de agua, un poco de carne seca, una linterna, un botiquín básico y la munición extra. Elena metió sus cuadernos de notas y las tarjetas de memoria de su cámara en una bolsa de plástico, y se la guardó dentro de la chamarra, contra su pecho.

—Cuando yo te diga, bajas. No haces ruido. No prendes luz. Te agarras de mi cinturón y no te sueltas.

Apagué todas las luces de la cabaña, dejándonos en una oscuridad casi total, rota solo por el resplandor anaranjado de la fogata exterior que se colaba por las rendijas.

—¡Joaquín! —gritó Rulo de nuevo—. ¡Última oportunidad! ¡Ya viene “El Chato”! ¡Y ese güey no tiene paciencia!

El nombre me heló la sangre. “El Chato”. No era un mito. Era el jefe de plaza de la zona, el encargado de la tala y la siembra. Si Rulo había llamado al Chato, esto ya no era un linchamiento de pueblo. Era una ejecución del cártel.

—Tenemos que irnos ya —susurré, abriendo la trampilla. El olor a tierra húmeda y moho subió a recibirnos.

Hice bajar a Tormenta primero. El perro entendió el juego. Se deslizó en la oscuridad sin un sonido. Yo bajé después, ayudando a Elena. Cerré la trampilla sobre nosotros, dejándonos en la oscuridad absoluta bajo el piso de la cabaña.

Podíamos escuchar los pasos de los hombres arriba, en el porche. Estaban intentando echar la puerta abajo a golpes.

—¡Abran, hijos de la chingada!

Nos arrastramos por la tierra helada sobre nuestros codos y rodillas. El espacio era claustrofóbico. Sentía la respiración agitada de Elena en mi nuca. “Sigue avanzando, sigue avanzando”, me repetía a mí mismo.

Llegamos al hueco de ventilación en la parte trasera. Quité la rejilla con cuidado, mis dedos entumecidos protestando por el esfuerzo. El aire gélido de la noche nos golpeó.

Asomé la cabeza. La parte trasera de la casa daba hacia el bosque cerrado. Estaba oscuro, solo iluminado por la luna que se asomaba entre las nubes de tormenta. No había nadie de este lado; toda la atención estaba concentrada al frente.

—Vamos —susurré.

Salimos uno a uno, rodando hacia la nieve para minimizar nuestra silueta. Tormenta ya estaba ahí, camuflado entre las sombras de los pinos, esperando.

Nos pusimos de pie, agazapados, y corrimos hacia la línea de árboles. La nieve nos llegaba a las pantorrillas, haciendo cada paso una tortura lenta y pesada.

Apenas habíamos avanzado cincuenta metros entre los pinos cuando escuchamos un estruendo a nuestras espaldas. Me giré.

La puerta de mi cabaña había cedido. Vi siluetas entrando en tromba. Y luego, segundos después, un destello cegador. Alguien había disparado algo dentro, o tal vez tiraron más gasolina. Las ventanas estallaron hacia afuera y las llamas rugieron, devorando mi hogar, mis libros, mis recuerdos.

Elena ahogó un grito, tapándose la boca con la mano.

—No mires —le dije, empujándola suavemente para que siguiera caminando—. Sigue moviéndote.

Pero no habíamos recorrido ni cien metros cuando Tormenta se detuvo en seco y giró la cabeza hacia la derecha, hacia la profundidad del bosque. Su gruñido fue diferente esta vez. No era de advertencia, era de sorpresa.

Una luz potente, de una linterna táctica, nos cegó desde los árboles.

—¡Ahí están! —gritó una voz que no era la de Rulo. Era una voz más joven, más dura, con el acento norteño pesado de los que mandan—. ¡Que no se les vayan!

No eran los del pueblo. Eran los sicarios. Habían rodeado el perímetro.

—¡Corre, Elena! ¡Corre hacia la barranca! —grité, levantando la escopeta.

¡PUM!

Disparé al aire, hacia la luz, no para matar, sino para que se cubrieran y ganáramos segundos. La luz se apagó y escuché maldiciones y el sonido inconfundible de armas automáticas siendo amartilladas.

Nos lanzamos cuesta abajo, resbalando en la nieve y el lodo, rompiendo ramas con nuestros cuerpos. Las balas empezaron a zumbar a nuestro alrededor, chasqueando contra los troncos de los pinos como avispones enojados.

—¡Me dieron! —gritó Elena, tropezando y cayendo de cara a la nieve.

Me detuve en seco, derrapando, y me lancé hacia ella.

—¿Dónde? ¿Dónde te dieron?

—No… no sé, me duele el pie —gimió.

Revisé rápido. No era una bala. Se había torcido el tobillo al pisar mal en una raíz oculta. Pero en estas condiciones, un tobillo roto era tan letal como un disparo. No podía caminar.

Los pasos de los perseguidores se escuchaban cerca, bajando la ladera tras nosotros. Sus linternas bailaban entre los árboles, acercándose como ojos de depredadores.

—No puedo caminar, Joaquín, déjame —sollozó ella—. Llévate las pruebas. Sálvate tú. Tienes que contar la verdad.

Miré a Elena, tirada en la nieve, derrotada. Miré a Tormenta, que se había plantado entre nosotros y las luces que se acercaban, listo para morir mordiendo. Y me miré a mí mismo, un viejo soldado que pensó que su guerra había terminado hace mucho tiempo.

Recordé la promesa. “No te vas a morir aquí”.

Me colgué la escopeta a la espalda. Me agaché y, con un gruñido de esfuerzo que me desgarró la garganta, levanté a Elena en brazos, cargándola como a una niña. Pesaba poco, pero con la nieve y la pendiente, sentí que mis pulmones iban a estallar.

—Nadie se queda atrás —gruñí—. Tormenta, ¡ataque! ¡Retrasalos!

El perro no dudó. Se lanzó hacia la oscuridad, hacia las voces, convertido en una sombra letal. Escuché gritos de dolor y disparos desordenados segundos después.

Mi corazón se rompió al enviarlo al peligro, pero no tenía opción. Corrí. Corrí con el peso de Elena y el peso de mi conciencia, adentrándome en la parte más oscura y traicionera de la barranca, donde ni siquiera los narcos se atrevían a entrar de noche.

La noche apenas comenzaba, y la cacería estaba lejos de terminar. Lo que no sabían esos hombres es que no me estaban persiguiendo hacia una trampa; yo los estaba llevando a mi terreno. Y en la Barranca del Cobre, el terreno mata más rápido que las balas.

PARTE 3: LA CACERÍA EN LA BARRANCA: SOMBRAS Y ECOS

El aire en mis pulmones ya no era aire; era vidrio molido. Cada inhalación raspaba, quemaba y sabía a sangre y a pino congelado. Mis botas, viejas compañeras de mil marchas, resbalaban sobre la piedra caliza cubierta de una capa traicionera de escarcha negra, esa que no se ve hasta que ya estás en el suelo. Pero no me caí. No podía permitirme caer. Elena pesaba en mis brazos, un fardo de vida que se sentía cada vez más ligero por la adrenalina y, paradójicamente, más pesado por la responsabilidad.

A mis espaldas, el caos de disparos y ladridos que había marcado nuestra huida se había transformado en un silencio mucho más aterrador. Un silencio espeso, antinatural, que la montaña imponía como un sudario. No sabía si Tormenta estaba vivo o muerto. La imagen de mi perro lanzándose hacia la oscuridad, hacia las fauces de esos lobos con rifles de asalto, se repetía en mi mente en un bucle tortuoso. ¿Habría logrado morder a uno? ¿Habría escapado entre la maleza? O tal vez, y el pensamiento me provocó una punzada en el pecho más dolorosa que el esfuerzo físico, yacía ahora sobre la nieve teñida de rojo, con el último aliento escapando en forma de vapor hacia la noche estrellada. Tuve que morder el interior de mi mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre para obligarme a no dar la vuelta. “Nadie se queda atrás”, había gruñido yo mismo minutos antes, pero la guerra, y esto era una guerra, te obliga a romper tus propias reglas para salvar lo que queda.

Nos adentramos en la garganta de la Barranca. Aquí, la geografía cambiaba drásticamente. Dejamos atrás el bosque de pinos relativamente abierto donde nos habían emboscado y entramos en un terreno de despeñaderos verticales, matorrales espinosos y senderos de cabras que apenas merecían ese nombre. La oscuridad era absoluta, salvo por la luna que jugaba a las escondidas con las nubes de tormenta, ofreciendo destellos fugaces de abismos insondables a nuestra izquierda. Un paso en falso y no pararíamos de rodar hasta llegar al río, kilómetros abajo.

—Joaquín… —susurró Elena contra mi pecho. Su voz era un castañeteo de dientes—. Déjame… tienes que bajarme. No puedes… no puedes correr conmigo.

—Cállate —dije, pero sin la dureza de antes. Era una orden nacida de la necesidad de conservar oxígeno, no del enojo—. No voy a correr. Vamos a desaparecer.

Me detuve un segundo, recargando mi espalda contra una pared de roca fría y húmeda. Necesitaba orientarme. Mis años en el ejército me habían enseñado a leer el terreno, pero la Barranca del Cobre es un monstruo vivo. De día es majestuosa; de noche, es una trampa mortal. Escuché. Arriba, muy arriba, en el borde del cañón donde estaba mi cabaña ardiendo, se oían voces lejanas. Gritos de mando.

—¡Peinen la zona! ¡Bajen por los costados! —la voz del líder, ese joven con acento norteño pesado, rebotaba en las paredes de piedra, distorsionada por el eco.

No eran aficionados. No eran los borrachos del pueblo de Rulo. Estos tipos sabían cazar. Se desplegarían en abanico. Usarían la altura. Si nos quedábamos quietos, nos encontrarían. Si seguíamos moviéndonos a ciegas, nos mataríamos nosotros mismos en un barranco.

Ajusté a Elena en mis brazos. Su tobillo estaba hinchado; podía sentir el calor de la inflamación incluso a través de la bota.

—Escucha, Elena —susurré, pegando mi boca a su oído—. Vamos a bajar unos doscientos metros más. Hay una cueva vieja, un refugio de pastores raramuris que usaba hace años cuando salía a cazar venado. Si llegamos ahí, podemos escondernos y ver por dónde vienen.

—¿Y si nos ven antes? —preguntó, temblando incontrolablemente. El shock de ver su vida destruida y la casa quemada estaba empezando a pasar factura.

—No nos verán si no hacemos ruido. Ahora, abrázate fuerte a mi cuello. Voy a necesitar las manos libres para bajar por la piedra.

Comencé el descenso. Ya no era caminar, era un destrepe controlado. Mis rodillas, castigadas por la edad y el peso extra, gritaban en protesta cada vez que absorbían el impacto de un salto corto. La vegetación aquí era hostil; huizaches y nopaleras que se enganchaban en mi ropa y en la de Elena, rasgando tela y piel. Pero el dolor servía para mantenerme alerta.

Mi mente, entrenada para compartimentar el trauma, empezó a analizar la situación táctica. Teníamos una ventaja: el terreno. Ellos eran forasteros, sicarios de ciudad o de llanura, acostumbrados a camionetas blindadas y carreteras. Yo había vivido en esta sierra cinco años. Conocía el ritmo de la montaña. Sabía que las piedras sueltas te traicionan si pisas con el talón, que el viento sube por la cañada al amanecer y baja al anochecer, llevando o ocultando olores y sonidos.

—”El terreno mata más rápido que las balas” —murmuré para mí mismo, repitiendo mi mantra.

—¿Qué? —gimió Elena.

—Nada. Aguanta.

Un destello de luz barrió la pared de roca unos cincuenta metros arriba de nosotros. Me congelé, aplastándonos contra la grieta de la montaña. Eran linternas tácticas, potentes, cortando la oscuridad como espadas láser.

—Veo huellas aquí —dijo una voz arriba. Estaban cerca. Demasiado cerca.

—Síguelas, pendejo. No pueden haber ido lejos, el viejo va cargando al bulto —respondió otro.

Me hervía la sangre. “El bulto”. Así llamaban a una mujer, a una madre, a una científica que solo quería limpiar el agua de su propio país. Esa deshumanización era lo que les permitía jalar el gatillo sin remordimientos. Pero también era su debilidad. Nos subestimaban. Creían que éramos presas asustadas corriendo por nuestras vidas. No sabían que, en este laberinto de piedra, yo era el Minotauro.

Esperé a que el haz de luz pasara de largo. Retomé el movimiento, esta vez más lento, más deliberado. Cada vez que ponía un pie en el suelo, probaba la estabilidad antes de transferir el peso. Era una danza agonizante.

Finalmente, vi la entrada. Era apenas una sombra más oscura entre las sombras, una hendidura horizontal debajo de una saliente de roca caliza que parecía una visera gigante. La “Cueva del Coyote”, la llamaban los locales.

Me deslicé hacia el interior. El olor a guano de murciélago y tierra seca nos recibió. Era un espacio pequeño, de apenas tres metros de profundidad, pero seco y, lo más importante, invisible desde arriba.

Deposité a Elena en el suelo arenoso con el mayor cuidado posible. Ella soltó un gemido ahogado al mover la pierna.

—Lo siento —susurré. Saqué la pequeña linterna de mi mochila de escape y la cubrí con mi mano, dejando escapar solo un hilo rojo de luz entre mis dedos para no delatar nuestra posición.

Iluminé su tobillo. No se veía bien. Aunque no le había quitado la bota para evitar que la hinchazón le impidiera volver a ponérsela, se notaba la deformidad. Probablemente un esguince de tercer grado, quizás una fractura leve. De cualquier forma, no caminaría por días.

—Toma agua —le pasé la botella —. Sorbos pequeños.

Ella bebió con avidez, sus manos temblando tanto que el agua se derramaba por su barbilla.

—¿Qué vamos a hacer, Joaquín? —su voz se rompió—. Nos van a encontrar. Escuchaste lo que dijeron. Vieron las huellas.

Me senté frente a ella, sacando el viejo revólver que llevaba al cinto y la escopeta que traía a la espalda. Comencé a revisar la munición con dedos expertos, sin mirar.

—Vieron las huellas en la nieve y el lodo de arriba —expliqué con calma—. Pero aquí abajo es pura roca. Si caminé bien, perdimos el rastro hace cien metros. Van a tener que adivinar. Y la barranca es enorme.

—Pero son muchos…

—La cantidad no importa en un sendero donde solo cabe un hombre a la vez —dije, mirando hacia la entrada de la cueva—. Esto es las Termópilas, Elena. Solo que con más cactus y menos griegos.

Ella intentó sonreír, pero fue una mueca de dolor.

—Gracias —dijo de pronto, mirándome a los ojos—. Por no dejarme allá arriba. Por… por Tormenta.

El nombre del perro fue como un puñal. Bajé la mirada hacia mi escopeta.

—No me des las gracias todavía. No hemos salido.

Me acerqué a la entrada de la cueva y me tumbé boca abajo, posición de francotirador, observando el sendero que acabábamos de bajar. La luna se dignó a salir completamente, bañando la ladera en una luz plateada y espectral.

Podía verlos ahora. Tres siluetas bajando con dificultad por donde nosotros habíamos pasado. Se movían mal. Resbalaban, maldecían, hacían ruido. Su equipo táctico, chalecos y botas militares, era pesado e inadecuado para la escalada libre. Eran sicarios de choque, acostumbrados a la intimidación urbana, no cazadores de montaña.

—Tres tangos bajando —informé en voz baja, más para mí que para ella—. Separación de diez metros. Armas largas.

—¿Vas a… vas a dispararles? —preguntó Elena, aterrada.

—No —respondí—. Si disparo, el fogonazo delatará nuestra posición exacta y los que están arriba nos harán llover plomo y granadas. Además, no tengo suficientes cartuchos para un tiroteo sostenido.

—¿Entonces?

—Voy a dejar que pasen.

—¿Qué? ¡Pero nos van a ver!

—No si te quedas quieta y no respiras fuerte. Esta cueva está en un ángulo ciego si vienes bajando. Tienen que girar la cabeza hacia atrás y hacia abajo para verla. Y estarán demasiado ocupados mirando dónde ponen los pies para no matarse.

La tensión en la cueva subió hasta volverse casi sólida. Los pasos se escuchaban cada vez más cerca. El crujido de las botas sobre la grava. La respiración pesada de los hombres. El tintineo de las correas de los fusiles.

El primero pasó. Un hombre grande, robusto, resoplando como un toro. Pasó a tres metros de mi cara. Podía oler su loción barata mezclada con sudor agrio. No miró hacia la cueva. Siguió bajando, su linterna barriendo el sendero frente a sus pies.

El segundo era más joven, flaco. Iba nervioso, apuntando su rifle a los arbustos. Se detuvo justo frente a nuestra posición. Mi dedo se tensó en el gatillo de la Mossberg. Si giraba la cabeza a la izquierda, tendría que volarle el pecho.

—¡Apúrale, ‘Chema’! —gritó el de abajo en un susurro agresivo—. ¡No te quedes atrás!

—Me pareció oír algo —dijo el flaco, girando la cabeza… hacia la derecha. Hacia el abismo.

—Es el puto viento, güey. Muévete. El Patrón quiere la cabeza del viejo antes de que amanezca.

El flaco escupió y siguió bajando.

El tercero pasó rápido, casi corriendo para alcanzar a sus compañeros.

Esperé cinco minutos completos, contando los segundos mentalmente, hasta que sus luces fueron solo luciérnagas lejanas bajando hacia el río.

—Pasaron —solté el aire que había estado conteniendo.

Elena estaba llorando silenciosamente, las lágrimas brillando en sus mejillas sucias.

—Ahora tenemos un problema —dije, volviéndome hacia ella—. Ellos están abajo. El resto de su gente está arriba. Estamos en un sándwich.

—¿Y ahora?

—Ahora esperamos. El amanecer juega a nuestro favor y en nuestra contra. Veremos mejor, pero nos verán mejor. Pero hay algo más…

Me arrastré hacia el fondo de la cueva donde había dejado mi mochila. Saqué un poco de carne seca.

—Come. Necesitas energía.

—No tengo hambre. Tengo ganas de vomitar.

—Come igual. Mastica despacio. Es combustible. Tu cuerpo está en shock y el frío te va a matar más rápido que una bala si no tienes calorías quemando dentro.

Mientras ella comía a regañadientes, mi mente militar trazaba el siguiente movimiento. No podíamos bajar, nos toparíamos con la vanguardia. No podíamos subir por donde vinimos, nos verían los de la retaguardia. Teníamos que movernos lateralmente. “Travesía”, le llamaban en alpinismo. Cruzar la cara de la montaña horizontalmente hasta encontrar otro barranco, otra ruta. Era peligroso, extenuante y lento. Pero era lo único que nadie esperaría.

De repente, un sonido rompió la noche. No fue un disparo. Fue un aullido.

Lejano, arriba, en el bosque. Un aullido largo, lastimero, pero potente.

Elena se enderezó de golpe, tirando el pedazo de carne.

—¡Es Tormenta!

Mi corazón dio un vuelco violento. Conocía ese aullido. No era de dolor. Era el aullido de llamada. El que usaba cuando encontrábamos un rastro de venado o cuando me perdía de vista en la niebla.

—Está vivo… —susurré, una sonrisa involuntaria rompiendo la costra de seriedad en mi cara.

—¡Está vivo, Joaquín! ¡Tenemos que ir por él!

—Baja la voz —chisté, aunque por dentro quería gritar con ella—. Sí, está vivo. Ese perro es el diablo encarnado. Pero no podemos ir por él. Él nos está diciendo dónde está. Y si está aullando, significa que ha despistado a los que estaban arriba o…

—¿O qué?

—O los está atrayendo hacia otro lado. Se está sacrificando de nuevo para alejarlos de nuestra bajada.

La culpa me golpeó de nuevo, pero mezclada con un orgullo feroz. Ese perro era mejor soldado que muchos hombres con los que había servido.

—Tenemos que movernos —dije, tomando una decisión—. Si Tormenta está distrayendo a los de arriba, y los tres idiotas están bajando al río, tenemos una ventana de oportunidad para hacer la travesía hacia el “Espinazo del Diablo”.

—¿El Espinazo del Diablo? El nombre no suena muy alentador.

—Es una cresta de roca que conecta con la siguiente montaña. Es estrecha, hace viento y si te caes, te mueres. Pero nadie en su sano juicio nos buscará ahí de noche.

—Pues parece que “sano juicio” es algo que ya no tenemos —dijo Elena, intentando ponerse de pie. Gritó de dolor y volvió a caer.

—No, no vas a caminar.

Me di la vuelta y señalé mi espalda.

—Sube.

—Joaquín, no vas a aguantar. Ya estás cansado. Tiemblas.

—Sube, carajo. No tenemos tiempo para discutir.

Ella se acomodó en mi espalda, pasando sus brazos por mi cuello y sus piernas por mi cintura. Era una carga incómoda, mucho peor que llevar una mochila táctica, porque el peso se movía y estaba vivo.

Salimos de la cueva. El frío era ahora un ente físico, mordiendo cada centímetro de piel expuesta. Comencé la travesía.

Paso. Respirar. Tantear la roca. Paso. Respirar.

Durante la siguiente hora, el mundo se redujo al círculo de luz tenue de la luna y al dolor en mis cuádriceps. Mi mente viajaba a lugares oscuros para evadir el sufrimiento físico. Recordaba a mi esposa. Recordaba el día que dejé el ejército. Recordaba la cara de Rulo y la promesa que le había hecho de que caería conmigo. “No voy a caer”, pensé. “Ellos van a caer”.

De pronto, Elena se tensó en mi espalda.

—Joaquín… luces. A la derecha. Al mismo nivel.

Me pegué a la roca, girando la cabeza.

A unos trescientos metros, en la misma cota de nivel que nosotros, vi dos haces de luz moviéndose horizontalmente.

—Maldita sea —mascullé—. Tienen un rastreador experto. Alguien dedujo la maniobra de flanqueo.

No eran los tres torpes de abajo. Este era otro equipo. Y se movían rápido.

—Nos van a alcanzar antes de llegar a la cresta —susurró Elena, su voz llena de pánico.

Miré a mi alrededor. Estábamos en una cornisa de apenas un metro de ancho. Arriba, pared vertical. Abajo, caída libre de cincuenta metros hacia una pendiente de piedras. No había cueva, no había árbol. Solo roca desnuda.

No podía correr más rápido que ellos con Elena a cuestas. Y si nos alcanzaban aquí, seríamos tiro al blanco.

—Bájate —ordené, soltándola suavemente contra la pared.

—¿Qué? ¿Qué vas a hacer?

Me quité la chamarra militar, quedándome solo con la camisa de franela a cuadros, exponiéndome al frío brutal. Hice un bulto con la chamarra y la coloqué sobre una roca saliente, de modo que, a la distancia y en la oscuridad, pareciera una figura agazapada.

—Les voy a dar un blanco —dije, sacando la escopeta y revisando que tuviera el cartucho en la recámara—. Tú te vas a arrastrar hasta esa grieta de ahí adelante, ¿ves esa sombra negra detrás del nopal?

—Sí…

—Métete ahí y no salgas, pase lo que pase. Cúbrete con la cobija gris que traes, se confunde con la piedra.

—¡Joaquín, te van a matar!

—Van a dispararle a mi chamarra primero. Eso me dará dos segundos. Es todo lo que necesito.

—¡No!

La agarré de la cara con una mano, mirándola fijamente a los ojos oscuros.

—Tienes una hija, Elena. Sofía. Tienes cinco años. Ella te espera. Yo soy un viejo que busca una buena muerte desde hace mucho. Haz lo que te digo. ¡Ahora!

La empujé hacia la grieta. Ella se arrastró, sollozando, y se ocultó.

Yo me moví unos diez metros hacia atrás, buscando una posición elevada detrás de una roca grande. Me acomodé, apoyando la Mossberg sobre la piedra fría. El metal me quemó la mejilla.

Esperé.

Las luces se acercaban. Ya podía escuchar sus voces, no gritaban, se comunicaban con chasquidos y silbidos. Profesionales. Eran dos.

Cuando estuvieron a cincuenta metros, apagaron las linternas. Sabían que estaban cerca. Usarían visores nocturnos o simplemente esperaban escuchar nuestra respiración.

El silencio volvió a reinar. Un duelo de paciencia. El frío me calaba los huesos, mis dedos estaban entumecidos, lo cual era fatal para un tirador. Me metí la mano del gatillo en la axila para calentarla.

Pasaron diez minutos eternos.

Entonces, vi movimiento. Una sombra se desprendió de la pared de roca. Avanzaba agachado, rifle en mano. Iba directo hacia el bulto de mi chamarra.

“Ven, hijo de perra. Ven por tu premio”, pensé.

El sicario se detuvo a diez metros de la chamarra. Levantó el rifle.

—¡Contacto visual! —gritó, rompiendo el silencio, y abrió fuego.

El rafagueo de su fusil automático destrozó la noche. Las balas impactaron en la roca y en mi vieja chamarra, haciéndola pedazos.

Fue mi señal.

Salí de mi cobertura, apuntando al fogonazo de su arma.

¡BUM!

El estruendo de la escopeta calibre 12 fue ensordecedor en el cañón estrecho.

El sicario salió despedido hacia atrás como si lo hubiera golpeado un tren, cayendo al vacío sin un grito.

El segundo hombre, que estaba más atrás cubriendo a su compañero, disparó hacia mi fogonazo. Las balas silbaron sobre mi cabeza, arrancando esquirlas de piedra que me cortaron la frente. La sangre me entró en un ojo, cegándome parcialmente.

Recargué la corredera. ¡Clac-clac!

—¡Sal, viejo! ¡Te tengo! —gritó el segundo hombre.

Sabía dónde estaba yo. Yo no sabía exactamente dónde estaba él. Estaba en desventaja.

Me quedé inmóvil, pegado a la roca, sintiendo la sangre caliente bajar por mi cara. Mi corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.

Escuché el sonido de una granada al ser desanillada. “¡Ping!”.

Mierda.

Me lancé hacia adelante, rodando por el suelo de piedra, alejándome de mi cobertura.

La explosión sacudió la montaña. La onda expansiva me golpeó la espalda, lanzándome de bruces contra el suelo. Mis oídos zumbaban, un pitido agudo que borraba todo sonido del mundo.

Estaba aturdido. Traté de levantarme, pero el mundo daba vueltas. Perdí la escopeta en la caída.

Levanté la vista entre la nube de polvo y humo. Vi la silueta del segundo sicario acercándose. Caminaba tranquilo, seguro de su victoria. Tenía una pistola en la mano, listo para el tiro de gracia.

—Se acabó, soldado —dijo, su voz llegando a mí como a través de un túnel con agua.

Busqué mi cuchillo. No estaba. Se había caído.

Cerré los ojos, esperando el final. “Perdón, Elena. Perdón, Tormenta”.

De repente, una sombra gris, veloz como un rayo, saltó desde la cornisa superior, justo encima del sicario.

No hubo ladrido. Solo el sonido de dientes encontrando carne y el impacto de cuarenta kilos de furia.

El hombre gritó, un sonido agudo y terrorífico, mientras caía al suelo bajo el peso de la bestia. El arma se disparó al aire.

—¡Tormenta! —grité, recuperando la voz y la fuerza de golpe.

Me levanté tambaleándome, busqué una piedra grande, la primera que encontré, y me lancé sobre la lucha.

El sicario intentaba quitarse al perro de encima, golpeándolo con la cacha de la pistola. Tormenta tenía la mandíbula cerrada en el antebrazo del hombre, sacudiendo la cabeza con violencia, desgarrando músculo y tendón.

Llegué hasta ellos. No había honor en esto. No había reglas. Era él o nosotros.

Dejé caer la piedra con todas mis fuerzas sobre la cabeza del sicario.

El cuerpo se quedó quieto.

Tormenta soltó el brazo, jadeando, y se giró hacia mí. Tenía el pelaje lleno de sangre, y cojeaba de una pata trasera, pero estaba ahí. Me lamió la mano ensangrentada, su cola moviéndose tímidamente.

Caí de rodillas y abracé a mi perro, enterrando mi cara en su cuello sucio y áspero. Lloré. Lloré por primera vez en treinta años.

—Buen chico… buen chico… —sollozé.

—¿Joaquín? —la voz de Elena salió de la grieta, temblorosa.

Me limpié la cara con la manga, dejando una mezcla de sangre, polvo y lágrimas.

—Estamos bien —dije, mi voz ronca y gutural—. Estamos bien. Sal.

Elena salió, arrastrándose. Al ver el cuerpo del sicario y a Tormenta, se tapó la boca, pero luego se arrastró hacia el perro y lo abrazó también.

—Creí que habías muerto —le susurró al animal.

Me levanté, recuperando mi escopeta y tomando el rifle de asalto del sicario muerto. También tomé su radio, que estaba chisporroteando en el suelo.

—¿Qué dice? —preguntó Elena.

Acerqué el radio a mi oído.

—… equipo Bravo, reporten. Escuchamos detonación. ¿Cayeron? Cambio.

Miré a Elena. Miré a Tormenta. Miré el amanecer que empezaba a teñir de violeta y naranja los picos de la Sierra Madre Occidental. La luz revelaba la inmensidad de la barranca frente a nosotros, un laberinto de belleza y muerte.

Apreté el botón del radio.

—Aquí Joaquín —dije, mi voz firme y fría como el acero—. Sus hombres cayeron. Si quieren a la chica, van a tener que venir ustedes mismos al fondo del infierno. Los estaré esperando.

Solté el botón y arrojé el radio al abismo.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Elena, asustada pero mirándome con una nueva clase de respeto.

—Porque ahora saben que no estamos huyendo —dije, cargando el rifle del narco—. Saben que estamos cazando. Y el miedo, Elena, el miedo es peor que el frío.

Me agaché para levantarla de nuevo. Ella se aferró a mí, y Tormenta se puso en guardia a nuestro lado, cojeando pero listo.

—Vámonos —dije—. Conozco un camino antiguo que baja al río. Ahí hay balsas de los que hacen rafting en temporada. Si llegamos al río, ganamos.

Comenzamos a caminar, tres siluetas recortadas contra el amanecer sangriento de la sierra, dejando atrás los cuerpos y el miedo, adentrándonos en el corazón salvaje de México, donde la única ley es sobrevivir.

PARTE FINAL: EL RÍO DE LA REDENCIÓN, EL ÚLTIMO ALIENTO DE LA SIERRA

El sol de la Sierra Tarahumara no perdona. Cuando terminaron de disiparse las sombras violetas del amanecer, el astro rey salió no como una caricia, sino como un martillo de bronce golpeando el yunque de la barranca. Caminábamos, si es que a ese arrastre agónico se le podía llamar caminar, por un sendero que los venados habían olvidado y que los hombres sensatos evitaban.

Elena iba aferrada a mi espalda, su respiración caliente y entrecortada contra mi cuello. Ya no se quejaba. El silencio de ella me preocupaba más que sus gritos de dolor de la noche anterior; el silencio significaba que la adrenalina se estaba agotando y que el shock séptico o la hipotermia estaban empezando a negociar con su cuerpo. Yo sentía el peso de sus huesos, ligeros como los de un pájaro, pero cargados con la densidad de una promesa que no estaba dispuesto a romper. “Nadie se queda atrás”, me repetía, una letanía marcial que había sustituido a mis oraciones hace décadas.

Tormenta iba a la vanguardia, cojeando visiblemente de la pata trasera derecha, donde la lucha con el sicario le había cobrado factura. Su pelaje, normalmente brillante y majestuoso, era una costra de sangre seca, polvo de piedra caliza y lodo. De vez en cuando se detenía, giraba su cabeza de lobo hacia atrás y me miraba con esos ojos ámbar que parecían decir: “¿Todavía vienes, viejo? Porque yo no me voy sin ti”. Ese perro era más hombre que cualquiera de los bastardos que nos perseguían.

El rifle de asalto que le había quitado al narco muerto me golpeaba el costado con cada paso, un recordatorio metálico de que la violencia no había terminado, solo había cambiado de escenario. Había tirado el radio al abismo para cortar sus comunicaciones, pero también para sellar nuestro destino. Ya no había vuelta atrás. Habíamos desafiado al diablo en su propia casa y ahora teníamos que cruzar su patio trasero para salir.

El “camino antiguo” del que le hablé a Elena era en realidad una ruta de contrabando de plata del siglo XIX. Estaba erosionado, bloqueado por derrumbes y cubierto de uña de gato, esa planta espinosa que parece diseñada por un sadista para desgarrar la ropa y la piel.

—Joaquín… —susurró Elena, su voz sonando como hojas secas pisadas—. Tengo sed.

—Ya casi, mi hija, ya casi —mentí. Sabía que faltaban al menos dos kilómetros de descenso vertical para llegar al río Urique.

Me detuve un momento para ajustar el agarre en sus piernas. Mis brazos temblaban. No era solo fatiga; era el bajón de azúcar, la deshidratación y los sesenta años que cargaba en las costillas. Miré hacia arriba, hacia el borde del cañón, kilómetros sobre nuestras cabezas. No se veían camionetas, no se veían hombres, pero sabía que estaban ahí. El “Chato” no era de los que dejaban cabos sueltos, y menos después de que humilláramos a su equipo de élite en el Espinazo del Diablo. Estaban reagrupándose, buscando un ángulo, o tal vez esperando a vernos en el río para jugar al tiro al blanco desde las alturas.

—Tormenta, busca agua —ordené con voz ronca.

El perro olfateó el aire seco. No había humedad cerca, solo polvo y roca caliente. Pero él bajó las orejas y siguió avanzando hacia abajo. Él sabía que la única agua estaba en el fondo.

Continuamos el descenso. Mi mente empezó a jugarme trucos. Veía sombras moviéndose en la periferia de mi visión. Veía la cara de mi esposa muerta entre los nopaleras, mirándome con desaprobación por haberme metido en otra guerra ajena. “No es ajena”, le respondía mentalmente. “Es por la tierra. Es por el agua. Es por la niña que espera a esta mujer”.

De repente, el sonido cambió. El zumbido del viento en los acantilados fue reemplazado por un rugido sordo, profundo, como el de una bestia respirando bajo la tierra.

El río.

—¿Escuchas eso? —le dije a Elena, sacudiéndola suavemente para que no perdiera la consciencia.

—Suena… suena a lluvia —murmuró ella.

—Es el Urique. Está crecido.

Llegamos al fondo de la barranca una hora después. El cambio de temperatura fue brutal. Arriba hacía frío; aquí abajo, atrapado entre las paredes de piedra, el calor era húmedo y sofocante, un microclima tropical que contrastaba con la nieve de la cumbre. La vegetación se volvió densa, selvática.

Ahí estaba el río. Verde esmeralda, revuelto, espumoso, chocando contra las rocas gigantes con la fuerza de un tren de carga. Era hermoso y aterrador.

Me dirigí hacia la zona donde sabía que operaba una empresa de turismo de aventura en verano. Estaba desierto, por supuesto. Era invierno y nadie en su sano juicio hacía rafting con estas temperaturas en el agua. Encontré el cobertizo de madera oculto bajo unos árboles de mango silvestre. El candado estaba oxidado.

—Bájame —pidió Elena.

La dejé suavemente sobre la arena de la orilla. Ella gimió al estirar la pierna herida. El tobillo estaba morado, del tamaño de una toronja.

—Quédate con Tormenta.

Me acerqué al cobertizo. No tenía llaves, ni ganzúas. Levanté el rifle del narco y usé la culata para golpear el candado. Uno, dos, tres golpes secos. El metal cedió. Abrí las puertas de par en par.

Dentro había tres balsas neumáticas apiladas, remos, chalecos salvavidas y cascos. Olía a hule y humedad.

—Bingo —susurré.

Arrastré una de las balsas hacia afuera. Estaba desinflada. “Maldita sea”. Busqué frenéticamente hasta encontrar la bomba manual. Mis brazos, que ya ardían por el esfuerzo de cargar a Elena, protestaron violentamente mientras comenzaba a bombear aire.

Fush, fush, fush.

El sonido era demasiado fuerte en el silencio del cañón. Cada bombeo era un faro sonoro.

—Joaquín… —la voz de Elena tenía un tono de alerta nuevo.

Dejé de bombear. Tormenta estaba de pie, mirando hacia el río, hacia la curva que venía del norte. Sus orejas estaban erguidas, girando como antenas parabólicas. Gruñó, un sonido bajo que venía de su pecho profundo.

—¿Qué ves, chico?

Entonces lo escuché yo también. No era el río. Era un zumbido mecánico, rítmico. Un motor.

—Lancha —dije, sintiendo cómo se me helaba la sangre—. Vienen por el agua.

Me equivoqué al pensar que solo vendrían por arriba. El cártel usaba el río para mover mercancía cuando las carreteras estaban vigiladas. Tenían lanchas rápidas con motores fuera de borda modificados para aguas bajas.

—¡Sube a la balsa! —le grité a Elena, lanzando los chalecos salvavidas dentro. La balsa estaba a medio inflar, fofa y blanda, pero tendría que servir.

—¡No está lista! —gritó ella, arrastrándose hacia el bote.

—¡No importa! ¡Sube!

Cargué a Elena y la tiré dentro de la balsa de hule. Tormenta saltó ágilmente detrás de ella, ladrando hacia la curva del río. Empujé la embarcación hacia el agua helada. La corriente nos agarró de inmediato, jalándonos con una fuerza brutal.

Salté dentro justo cuando la primera bala impactaba en el agua, levantando un géiser de espuma a un metro de mi cabeza.

—¡Abajo! —bramé, cubriendo a Elena con mi cuerpo mientras tomaba el rifle.

Una lancha de aluminio, pintada de camuflaje, apareció por la curva. Iban tres hombres. Uno manejaba el motor, dos iban de pie en la proa con rifles AR-15. Nos vieron y aceleraron.

La corriente nos arrastró hacia el centro del cauce. La balsa giraba descontrolada. No tenía control, no me había dado tiempo de poner los remos en los toletes.

—¡Toma un remo! —le grité a Elena—. ¡Úsalo como timón! ¡Solo trata de mantenernos rectos!

Me hinqué en la parte trasera de la balsa, usando el borde de goma como apoyo para el rifle. Respiré hondo, tratando de estabilizar mi pulso en medio del caos de los rápidos que empezaban a sacudirnos.

La lancha se acercaba rápido. El motor rugía.

—¡Párenlos! ¡Que no lleguen a los rápidos de “La Lavadora”! —escuché gritar a uno de los sicarios.

“La Lavadora”. Conocía ese paso. Era un clase IV, peligroso incluso para expertos. Para una balsa mal inflada y tres fugitivos, era una sentencia de muerte. Pero también era nuestra única salvación. La lancha de aluminio no podría pasar por ahí sin volcarse o romperse contra las rocas.

Apunté. No a los hombres. Al motor.

Esperé a que la balsa se estabilizara un milisegundo en la cresta de una ola.

¡Bang! ¡Bang!

Disparé en semiautomático. Las balas rebotaron en el casco de metal de la lancha. Fallé.

Ellos respondieron con fuego automático. Tat-tat-tat-tat-tat.

Las balas perforaron la parte superior de uno de los pontones de la balsa. Escuché el silbido del aire escapando.

—¡Nos estamos desinflando! —chilló Elena, remando con desesperación con una mano mientras se cubría la cabeza con la otra.

—¡Sigue remando!

Tormenta ladraba furioso a los atacantes, corriendo de un lado a otro de la balsa, sin miedo a las balas.

La lancha estaba ya a cincuenta metros. Podía ver las caras de los sicarios, sus sonrisas crueles. Sabían que nos tenían.

Me quedaban pocas balas en el cargador. Tenía que hacer que contara. Respiré. Dejé que el mundo se volviera lento. Ignoré el agua helada que me empapaba, ignoré el dolor en mis rodillas, ignoré el miedo. Me convertí en el arma.

La lancha saltó sobre una ola, exponiendo el motor fuera de borda.

Apreté el gatillo. Tres disparos rápidos.

El motor explotó en una nube de humo negro y chispas. La lancha dio un bandazo violento hacia la izquierda, perdiendo propulsión. La corriente la tomó, girándola de lado.

—¡Agárrense! —grité.

Entramos en los rápidos. El mundo se convirtió en espuma blanca, rugido y violencia. La balsa se dobló por la mitad al golpear una ola estática, casi lanzándonos al agua. Elena gritó, pero se aferró a las cuerdas de seguridad. Tormenta clavó las uñas en el suelo de goma.

Miré hacia atrás un segundo. La lancha de los sicarios, sin motor, entró de costado en el primer rápido. Golpeó una roca sumergida. Vi cómo el casco de aluminio se doblaba como una lata de refresco y los tres hombres salían disparados al agua turbulenta. En estos rápidos, con botas y chalecos tácticos pesados, no tenían oportunidad. El río, el juez más antiguo de la sierra, dictó su sentencia.

Pero nosotros no estábamos a salvo. Nuestra balsa perdía aire rápidamente. Estábamos navegando en un trapo de hule.

—¡Izquierda! ¡Rema a la izquierda! —le grité a Elena, viendo una roca gigante que partía el río en dos. Si chocábamos, nos haríamos pedazos.

Ella remó con una fuerza que no sabía que tenía, impulsada por el terror puro. Yo clavé mi remo en el agua, usándolo como palanca, mis músculos gritando en agonía.

Logramos esquivar la roca por centímetros, pero la corriente nos escupió hacia un remolino. La balsa giró una, dos, tres veces, mareándonos, tragando agua.

—¡Tormenta! —el perro resbaló y cayó al agua.

—¡No! —me lancé hacia el borde, soltando el remo.

Vi su cabeza negra y café surgir entre la espuma blanca. Braceaba con desesperación, pero la corriente era demasiado fuerte. Se alejaba.

—¡Joaquín, el lazo! —gritó Elena, lanzándome la cuerda de rescate que venía en el kit de la balsa.

Atrapé la cuerda. Me amarré un extremo a la cintura y, sin pensarlo dos veces, me lancé al río.

El frío fue como mil agujas clavándose en mi piel al mismo tiempo. El agua me quitó el aire. Abrí los ojos bajo el agua turbia, no veía nada. Salí a la superficie, boqueando.

—¡Ahí! ¡A tu derecha! —me guiaba Elena desde la balsa, que seguía girando en el remolino.

Vi a Tormenta. Estaba tratando de mantenerse a flote, pero su pata herida no le respondía. Se estaba hundiendo.

Nadé. Nadé con la furia de un hombre que se niega a perder lo único puro que le queda en la vida. La corriente me golpeaba contra las piedras, sentí costillas crujir, pero seguí braceando.

Lo alcancé. Agarré a mi perro del chaleco táctico improvisado que le había hecho con correas. Él me miró, con pánico en los ojos, y dejó de luchar, confiando en mí.

—Te tengo, cabrón. Te tengo.

—¡Jala! —le grité a Elena.

Ella tiró de la cuerda. La balsa, atrapada en el remolino, actuó como ancla. Usando la cuerda, logré acercarme lo suficiente para agarrar el borde.

Con un esfuerzo sobrehumano, empujé a Tormenta hacia adentro. Elena lo agarró de la piel del cuello y lo metió a la balsa. Luego me ayudaron a subir a mí.

Caí en el suelo de goma, tosiendo agua, temblando incontrolablemente. Estábamos vivos. Habíamos pasado “La Lavadora”. El río se calmaba unos metros más adelante.

La balsa, ahora casi totalmente desinflada, flotaba como una hoja muerta hacia la orilla arenosa de una pequeña playa fluvial.

Nos arrastramos fuera del agua. Nos dejamos caer en la arena caliente por el sol del mediodía. Nadie dijo nada durante mucho tiempo. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el suave lamido del agua contra las piedras.

Tormenta se acercó a mí, cojeando, y se sacudió el agua, bañándome. Me lamió la cara. Reí. Una risa ronca, dolorosa, que se convirtió en llanto y luego en risa de nuevo.

—Lo logramos —dijo Elena, mirando al cielo azul—. Lo logramos, Joaquín.

—Todavía no —dije, sentándome con dificultad—. Tenemos que llegar al pueblo de Urique. Está a cinco kilómetros caminando por la orilla. Pero ya no nos siguen. El río se encargó de ellos.

Elena sacó de su chamarra la bolsa de plástico sellada. Ahí estaban las tarjetas de memoria, las muestras de agua, las pruebas.

—Esto va a cambiar todo —dijo ella, apretando la bolsa contra su pecho—. Van a pagar. La mina, el cártel, los políticos que los protegen.

—Ojalá —dije, exprimiendo mi camisa de franela—. Pero por lo menos, tú vas a volver con Sofía.

Caminamos esos últimos kilómetros como fantasmas. Un viejo cojo, una mujer herida y un perro héroe. Cuando llegamos al primer camino de terracería cerca del pueblo, una camioneta vieja, cargada de costales de maíz, se detuvo.

El conductor, un señor mayor con sombrero de paja, nos miró con los ojos muy abiertos.

—¡Ay, Dios santísimo! —exclamó—. ¿Qué les pasó? Parecen salidos de la guerra.

Miré a Elena, miré a Tormenta y miré mis manos llenas de cicatrices nuevas y viejas.

—Así es, amigo —le dije, subiendo a la caja de la camioneta—. Salimos de la guerra. Pero ganamos. Llévenos a un teléfono, por favor.

SEIS MESES DESPUÉS

La cafetería en la ciudad de Chihuahua tenía aire acondicionado, algo a lo que todavía no me acostumbraba después de tantos años en la sierra. El tintineo de las tazas y las conversaciones banales de la gente me parecían ajenos, como si yo fuera un extraterrestre visitando este planeta de comodidad y seguridad.

—¿Joaquín?

Levanté la vista del periódico. Ahí estaba Elena. Se veía diferente. Limpia, maquillada, con ropa de ciudad. Ya no cojeaba, aunque vi una leve vacilación en su paso. Pero lo más importante era su mirada: ya no tenía ese velo de terror. Sus ojos brillaban.

Y de su mano, una niña pequeña, con trenzas y un vestido rosa, me miraba con curiosidad.

—Hola, Elena —me puse de pie, alisando mi camisa. Me había afeitado la barba desaliñada, dejándome solo un bigote cuidado. Me sentía desnudo sin ella.

—Ella es Sofía —dijo Elena, agachándose para estar a la altura de la niña—. Sofía, él es el señor Joaquín. El amigo del que te hablé. El que nos salvó a mamá y a mí.

La niña me estudió con seriedad un momento, luego sonrió y me extendió una mano pequeña.

—Gracias, señor Joaquín —dijo con esa voz dulce que solo tienen los niños que no conocen la maldad del mundo—. ¿Y dónde está el perro héroe? ¿Dónde está Tormenta?

Sonreí, y esta vez la sonrisa llegó a mis ojos. Señalé hacia la ventana grande que daba a la calle.

Ahí, en la banqueta, amarrado a un poste pero acostado plácidamente al sol, estaba Tormenta. Ya estaba viejo, el hocico se le había puesto más blanco, y la cicatriz en su pata trasera le daba un andar peculiar, pero se veía en paz. Estaba siendo acariciado por dos estudiantes universitarios que pasaban por ahí.

—Está ahí afuera, cuidando el perímetro —le dije a la niña—. Siempre cuidando.

Elena se sentó frente a mí y puso una carpeta sobre la mesa.

—Salió la sentencia hoy —dijo en voz baja—. Clausura definitiva de la mina. Veinte órdenes de aprehensión, incluyendo al “Chato” y a tres funcionarios estatales. Rulo y los suyos están cooperando para reducir su condena.

Asentí, tomando un sorbo de café. Sabía mejor que el que hacía en mi vieja cafetera de peltre, pero extrañaba el sabor a humo de leña.

—Se hizo justicia, entonces.

—Se hizo justicia —confirmó ella—. Pero nada me va a devolver la tranquilidad completa. A veces despierto en la noche escuchando los disparos.

—Eso nunca se va del todo, Elena —le dije, poniendo mi mano callosa sobre la de ella—. Pero aprendes a vivir con ello. Aprendes que el silencio no siempre es una amenaza. A veces, es solo paz.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Volverás a la sierra?

Negué con la cabeza.

—Mi cabaña es cenizas. Y creo que ya tuve suficiente aislamiento. Me ofrecieron un trabajo aquí en la ciudad. Entrenando perros para búsqueda y rescate en Protección Civil. Dicen que tengo “experiencia”.

Elena rió, una risa clara y genuina.

—Eres el mejor que hay, Joaquín.

Sofía jaló mi manga.

—¿Puedo ir a acariciar a Tormenta?

—Claro que sí —dije—. Él ha estado esperando conocerte. Después de todo, eres la razón por la que peleó tanto.

Vimos a la niña salir y abrazar al perro enorme. Tormenta, la bestia que había destrozado el brazo de un sicario para salvarme, se dejó caer panza arriba, moviendo la cola, lamiendo la cara de la niña.

Sentí un nudo en la garganta. Esa imagen valía cada bala, cada golpe, cada noche de frío, cada pesadilla.

Había perdido mi casa, mi soledad y mi anonimato. Pero había ganado algo que pensé que había muerto en mí el día que dejé el uniforme: un propósito. Y, quizás, una familia.

Me terminé el café, dejé unas monedas en la mesa y miré a Elena.

—Vamos —le dije—. Tormenta quiere un helado. Y creo que yo también.

Salimos a la luz del sol, no el sol cruel de la barranca, sino un sol cálido de tarde de domingo. Un sol que no quemaba, sino que iluminaba el camino a casa. Porque a veces, para encontrar tu verdadero hogar, primero tienes que perderlo todo y sobrevivir al infierno para recuperarlo.

Y mientras caminábamos los cuatro por la calle, con Tormenta cojeando orgulloso a mi lado, supe que la historia no terminaba aquí. Las historias de supervivencia nunca terminan; solo se transforman en leyendas que se cuentan para recordarnos que, incluso en la oscuridad más profunda de México, siempre hay alguien dispuesto a encender una luz. O a morder al diablo si intenta apagarla.

FIN.

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