Creyeron que siendo un viejo de la sierra no me daría cuenta, pero mi perro y yo expusimos su secreto millonario.

A mis 73 años, pensé que la Sierra de Durango ya no tenía secretos para mí. Vivía solo en mi jacal, lejos del ruido de la ciudad, lejos de los recuerdos que duelen. Mi única compañía era “El Pinto”, un perro corriente que rescaté de morir de hambre hace ocho años.

Nuestra rutina era sagrada: café de olla al amanecer, ver la niebla bajar por los pinos y luego, El Pinto se iba a “patrullar” el monte. Siempre volvía a medio día, cansado y feliz.

Pero esa mañana, todo cambió.

El Pinto regresó antes de tiempo. No venía jadeando por calor, venía nervioso, con los ojos bien abiertos. Traía algo en el hocico. Pensé que era basura de algún excursionista perdido.

—¿Qué traes ahí, muchacho? —le dije, extendiendo mi mano callosa.

El Pinto soltó lo que traía a mis pies. Me agaché, y al tocarlo, sentí un frío recorrer mi espalda que no tenía nada que ver con el clima. Eran billetes. Viejos, manchados de lodo y empapados, pero billetes reales.

Me quedé helado. En esta parte de la sierra no pasa nadie. No hay caminos, no hay gente. Solo barrancas y silencio.

—¿De dónde sacaste esto? —le pregunté, aunque sabía que no podía contestar con palabras.

El perro ladró, dio unos pasos hacia la espesura y volteó a verme, moviendo la cola con urgencia. Quería que lo siguiera.

Tomé mi machete, me persigné y seguí al animal. Bajamos por una vereda que yo nunca había caminado, hacia una quebrada profunda donde la luz del sol apenas toca el suelo. El aire olía a humedad y a algo más… a tiempo detenido.

El Pinto se detuvo frente a un montículo cubierto de enredaderas y musgo. Al principio no entendí qué veía. Luego, vi el metal oxidado asomando entre la tierra.

Era una camioneta de transporte antigua, de esas de los años 70. Estaba destrozada, medio enterrada por un deslave de hace décadas. La puerta estaba abierta, colgando de una bisagra. Y adentro… Dios mío, adentro había huesos. Restos humanos.

Mis piernas flaquearon. Yo conocía esa camioneta. Todo el pueblo hablaba de “El Robo de la Quebrada” de 1974. Decían que bandidos se la habían llevado. En esa camioneta iba mi hermano Tomás.

Durante 50 años lloré una tumba vacía. Pero al acercarme, vi algo que me heló la sangre: no había señales de bandidos. Había agujeros de b*la en la carrocería, pero los disparos venían desde adentro hacia afuera, como si se hubieran defendido de alguien que conocían.

Escarbé entre el lodo y encontré una caja de metal bajo el asiento del conductor. Adentro, envuelta en plástico, había una carta con mi nombre: “Para Joaquín”.

Reconocí la letra al instante. Era de Tomás.

Mis manos temblaban tanto que casi rompo el papel. Lo que leí en esa nota hizo que la tristeza se convirtiera en una furia ciega. No fueron ladrones. Fue la misma autoridad. Fue el Comandante que se sentaba a comer en nuestra mesa.

EL SECRETO QUE MI HERMANO GUARDÓ POR 50 AÑOS ESTABA A PUNTO DE EXPLOTAR EN MIS MANOS… ¡Y ALGUIEN VENÍA SUBIENDO POR LA VEREDA!

Aquí tienes la continuación de la historia, narrada con el estilo profundo, detallado y emocional que solicitaste, ambientada en la Sierra de México.

PARTE 2: LA CARTA DE SANGRE Y EL JURAMENTO DEL VIEJO

El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentí que se me iba a romper ahí mismo, junto a los huesos de mi hermano. “¡Y ALGUIEN VENÍA SUBIENDO POR LA VEREDA!”, había pensado hace un segundo, pero el sonido de las ramas quebrándose y las piedras rodando ladera abajo no era un pensamiento; era una amenaza real, tangible, que se acercaba.

—Quieto, Pinto… quieto —susurré, con la voz apenas siendo un hilo de aire.

El perro, que tantas veces había demostrado ser más listo que muchos cristianos, entendió. Se agazapó junto a mí, pegando su panza al lodo frío, con las orejas gachas y el pelaje del lomo erizado. Sus ojos, sin embargo, no miraban hacia la vereda, sino hacia mí, como si supiera que el verdadero peligro no era solo el que venía caminando, sino el que yo sostenía en mis manos temblorosas: la verdad.

Me arrastré como pude, ignorando el dolor punzante en mis rodillas de setenta y tres años, y nos metimos debajo de la parte trasera de la camioneta destrozada. El olor era insoportable. Una mezcla de óxido, tierra mojada y ese aroma dulzón y repugnante de la muerte antigua que, aunque vieja, nunca termina de irse. Tenía la cara pegada al chasis podrido donde mi hermano había pasado sus últimos instantes.

Los pasos se detuvieron.

Desde mi escondite, a través de una rendija entre la lámina oxidada y la maleza, vi unas botas. Eran botas tácticas, modernas, negras y llenas de lodo fresco. No eran las botas de un campesino, ni las huaraches de un indígena de la sierra. Eran botas de alguien que busca, de alguien que caza.

—Aquí no hay nada, te digo —escuché una voz ronca, joven, impaciente.

—El patrón dijo que el satélite marcó movimiento inusual en esta zona —respondió otra voz, más grave, más pesada—. Y el dron vio calor.

Me tapé la boca con la mano, sintiendo la textura áspera de mi propia piel. ¿Drones? ¿Satélites? En mi cabeza de viejo, esas cosas pertenecían a las noticias de la televisión, no a mi monte, no a mi sierra olvidada de Dios. Pero entonces comprendí algo terrible: lo que sea que mi hermano Tomás había descubierto o robado hace cincuenta años, todavía importaba. Alguien, medio siglo después, seguía vigilando esta tumba.

El Pinto soltó un gemido muy bajito, casi imperceptible. Apreté su hocico con suavidad, rogándole al cielo, a la Virgencita de Guadalupe y a todas las ánimas del purgatorio que no ladrara.

El hombre de las botas pesadas caminó hacia la cabina de la camioneta. Estaba a dos metros de mí. Si se agachaba, si se le ocurría mirar debajo, ahí terminaría la historia de Joaquín y su perro. Terminaría sin que nadie supiera la verdad.

—Es chatarra vieja, güey. Mira, está todo podrido. Seguro fue un venado o un coyote lo que vio la cámara —dijo el joven, pateando una llanta desinflada y carcomida.

El sonido del golpe resonó en el metal y en mis entrañas.

—Vámonos. Este lugar me da mala espina. Se siente… pesado —dijo el otro.

Se quedaron en silencio unos segundos que parecieron horas. Yo no respiraba. Sentía la humedad de la tierra traspasando mi pantalón, calándome los huesos, pero el frío real venía de la carta que tenía apretada contra el pecho, dentro de mi camisa.

Finalmente, las botas dieron media vuelta. Escuché cómo se alejaban, subiendo la vereda, rompiendo ramas sin cuidado, dueños del monte. Esperé. Esperé mucho tiempo. Esperé hasta que el sol cambió de posición y la luz dejó de entrar en la barranca, sumiéndonos en una penumbra gris.

Solo entonces, me atreví a salir.

—Vámonos, compañero —le dije al Pinto. Mi voz sonaba vieja, rota.

Subir de regreso fue un calvario. Cada paso era una lucha contra la gravedad y contra el peso de los años. Pero más pesaba la culpa. Cincuenta años pensando que Tomás se había ido de borracho, que se había largado con una mujer o que, en el peor de los casos, se había matado en una curva por manejar rápido. Cincuenta años permitiendo que mi madre, que en paz descanse, llorara todas las noches rezando por un hijo que creía perdido, cuando en realidad estaba asesinado y tirado como basura a unos kilómetros de casa.

Llegamos a mi jacal cuando la tarde ya caía. Cerré la puerta y pasé las tres trancas de madera. Bajé las cortinas de trapo. Encendí una veladora, no para alumbrar, sino para tener compañía.

Me senté en mi vieja silla de mimbre, esa que rechina con cada suspiro, y saqué la caja de metal y la carta.

La caja estaba oxidada por fuera, pero sellada con cera y plomo. Con ayuda de mi navaja, la abrí. Lo que vi me hizo retroceder. No era solo dinero. Había libretas. Pequeñas libretas de contabilidad, de esas de tapa dura que se usaban antes. Y fotos. Fotos en blanco y negro, y algunas a color, polaroids desvaídas por el tiempo.

Pero primero, la carta.

El papel estaba amarillento, quebradizo. La tinta azul estaba un poco corrida por la humedad, pero la letra de Tomás era inconfundible. Esa letra picuda, nerviosa, que yo tanto le criticaba cuando íbamos a la escuela rural.

Mis manos temblaban tanto que tuve que poner el papel sobre la mesa para poder leer. Y mientras leía, sentí que el tiempo se doblaba, que regresaba a 1974, y la voz de mi hermano llenaba el silencio de mi cocina.

“Para Joaquín,

Si estás leyendo esto, es que ya me cargó la chingda. No tengo mucho tiempo, carnal. Estoy escribiendo esto con la camioneta parada en el vado seco, esperando a que baje la luna, porque sé que me vienen siguiendo. Y no son rateros, Joaquín. Ojalá fueran rateros.*

Perdóname. Perdóname por no haberte dicho en qué andaba. Tú siempre fuiste el bueno, el derecho, el que cuidaba a amá. Yo siempre fui el ambicioso, el que quería sacar a la familia de la pobreza rápido, sin esperar a que las cosechas de maíz nos dieran de comer.

¿Te acuerdas del Comandante Riquelme? ¿Ese que va a la casa los domingos a comer el mole de amá? ¿El que nos palmea la espalda y nos dice ‘hijos’? Es el diablo, Joaquín. Es el mero diablo.

Hace seis meses me ofreció ‘jales’ extras con la camioneta. Dijo que era para mover maquinaria agrícola al otro lado del estado. Me pagaba bien. Demasiado bien. Yo, de pendejo, no pregunté. Con ese dinero le compramos las medicinas a papá antes de que muriera, ¿te acuerdas? Pensaste que era dinero de la venta de ganado. No era.

Pero hace tres días, la carga se rompió. Una de las cajas se cayó cuando pasé un bache. No era maquinaria, Joaquín. Eran armas. Y no eran armas para el ejército. Eran para venderlas a los grupos que están empezando a controlar la sierra. Y peor aún, había documentos. Papeles que dicen quién está vendiendo las tierras de los ejidos a empresas extranjeras sin que los campesinos sepan. Riquelme no es solo un policía corrupto; es el nexo. Él está vendiendo nuestro suelo, nuestra sangre.

Lo encaré. Fui estúpido. Fui a su oficina y le dije que ya no quería ser parte de eso, que iba a hablar. Se rio de mí. Me dijo: ‘Tomás, tú eres una hormiga. Y las hormigas no hablan, las pisan’.

Esta noche intenté huir. Saqué todo lo que pude de su caja fuerte personal —el dinero que ves aquí y las pruebas— y arranqué. Quería llegar a la capital, buscar a un periodista, a alguien decente. Pero me cerraron el paso en el puente viejo. Me dispararon. Estoy herido, carnal. Tengo una bala en el costado y estoy perdiendo mucha sangre.

Logré despistarlos metiéndome a la brecha antigua, la que lleva a la Barranca del Diablo. Sé que la camioneta no va a aguantar mucho más. Voy a tratar de esconder esto. Si me encuentran, me van a mtar. Si no me encuentran, me voy a morir aquí desangrado.*

Joaquín, escucha bien: NO CONFÍES EN NADIE. Si Riquelme sigue vivo cuando leas esto, él es el culpable. Él me mató. No dejes que amá crea que fui un mal hombre. Dile que lo intenté. Dile que quería comprarle una casa de material en el pueblo.

Este dinero es tuyo. Es sucio, pero úsalo para irte, para salvarte. Y las libretas… esas libretas son la sentencia de muerte de Riquelme y de todos los políticos que comen de su mano. Si puedes, haz que el mundo sepa la verdad. Si no, quémalas y vete lejos.

Te quiero, carnal. Cuida al perro viejo (el Sultán, que ya debe estar muerto para cuando leas esto). Y cuídate tú.

Tu hermano, Tomás.”

Las lágrimas caían sobre la mesa de madera, una tras otra, pesadas y calientes. No era un llanto de tristeza suave; era un llanto que desgarraba la garganta, un aullido mudo que se quedaba atorado en el pecho.

¡Riquelme!

El nombre retumbó en mi memoria como un trueno. Don Evaristo Riquelme. El hombre que estuvo en el funeral simbólico que hicimos al año de la desaparición. El hombre que abrazó a mi madre mientras ella lloraba desconsolada sobre un ataúd vacío. El hombre que me puso la mano en el hombro y me dijo: “Joaquín, hijo, hicimos todo lo posible, pero la sierra es traicionera. Seguro se desbarrancó por ir tomado”.

¡Maldito perro! ¡Maldito mil veces!

Me levanté de la silla de un salto, con una energía que no sabía que tenía, y tiré la silla contra la pared. El Pinto ladró, asustado, y se metió debajo de la mesa.

—¡Nos mintió en la cara, Pinto! —le grité al perro, como si él pudiera entender la magnitud de la traición—. ¡Comió en esta mesa! ¡Bebió de nuestro café mientras tenía la sangre de mi hermano en sus manos!

Caminé de un lado a otro del pequeño cuarto, con la cabeza dándome vueltas. Riquelme había muerto hace diez años. Murió en su cama, de viejo, rodeado de honores, con una calle con su nombre en el pueblo de abajo. “Avenida Comandante Evaristo Riquelme”. Héroe local. Benefactor.

Pero la carta decía algo más. Decía que no era solo él. Eran las libretas.

Volví a la mesa y tomé una de las libretas negras. Al abrirla, no entendí mucho al principio. Eran columnas de números, fechas y nombres. Pero a medida que pasaba las páginas, empecé a reconocer apellidos. Apellidos de familias poderosas de la región. Apellidos de políticos que ahora son gobernadores, senadores, empresarios intocables.

Las fechas llegaban hasta 1974, pero los nombres… los nombres eran dinastías. Los padres de los que hoy gobiernan estaban en esas listas recibiendo pagos por “facilidades”, por “silencio”, por “terrenos”.

Y entonces me cayó el veinte. La gente que estaba en la barranca hoy. Los del dron. Los de las botas tácticas. No estaban buscando a un muerto de hace 50 años por nostalgia. Estaban buscando esto.

Seguro Riquelme dejó dicho algo antes de morir. O quizás, en sus propios archivos, faltaba esta pieza del rompecabezas y sus herederos —biológicos o criminales— nunca dejaron de buscarla. Sabían que la camioneta no había salido de la sierra, pero nunca la encontraron porque el deslave la cubrió. Hasta hoy. Hasta que la lluvia de la semana pasada y las patas de mi perro movieron la tierra suficiente.

Sentí un miedo frío, paralizante. Estaba solo. Era un viejo de 73 años con un machete oxidado y un perro mestizo contra una maquinaria de poder que llevaba medio siglo operando en las sombras.

Miré el dinero. Los billetes eran viejos pesos. Millones de viejos pesos que hoy no valían ni para comprar tortillas. Tomás murió creyendo que me dejaba una fortuna, pero solo me dejó papel mojado. La verdadera herencia, la herencia maldita, eran las libretas.

De repente, El Pinto se erguizo. Su gruñido fue profundo, vibrando desde el pecho.

Apagué la veladora de un soplido. La oscuridad se tragó el cuarto.

Afuera, el viento soplaba fuerte, moviendo las ramas de los pinos como si fueran brazos de gigantes desesperados. Pero entre el sonido del viento, escuché algo más. El motor de un vehículo. Lejos, todavía abajo en el camino principal, pero subiendo.

Nadie sube a mi jacal de noche. Nadie.

Me acerqué a la ventana y miré por una rendija de la madera. A lo lejos, en las curvas de la carretera de terracería que lleva al pueblo, vi las luces. No eran luces amarillas de camionetas viejas. Eran luces LED, blancas, potentes, que cortaban la noche como cuchillos. Eran dos, tal vez tres camionetas.

Venían por mí.

No sé cómo lo supieron. Quizás el dron me vio salir de la barranca. Quizás las cámaras térmicas detectaron mi rastro de calor alejándome de la camioneta. O quizás, simplemente, ya no quedaba nadie más a quien investigar en esta zona.

El pánico quiso apoderarse de mis piernas, quiso hacerme ovillo en el rincón y esperar el final. Pero entonces miré hacia la mesa, donde en la oscuridad descansaba la carta de Tomás.

“Tú siempre fuiste el bueno, el derecho… Yo fui el pendejo”.

Mi hermano murió solo, desangrado, en la oscuridad, con frío, defendiendo lo que quedaba de su honor. Murió pensando en nosotros. Murió escribiéndome para salvarme.

No. No me iba a morir como una rata asustada. Si me iban a matar, me iban a matar de pie. Y si me iba a morir, me iba a llevar a todos los que pudiera por delante. O al menos, iba a asegurarme de que la verdad no se muriera conmigo.

—Pinto —susurré en la oscuridad—. Vamos a tener visita.

Fui al baúl que tenía al pie de mi cama. Levanté la tapa pesada y quité las cobijas viejas que olían a naftalina. En el fondo, envuelta en una camisa de franela aceitosa, estaba la vieja escopeta de mi papá. Una Remington de un solo tiro, calibre 16. Vieja como el monte, pero fiel.

Tenía una caja de cartuchos. Conté doce. Doce cartuchos para tres camionetas llenas de gente armada con rifles de asalto. Las matemáticas no daban. Era una misión suicida.

Pero tenía una ventaja: yo conocía esta sierra. Yo conocía cada piedra, cada cueva, cada atajo. Ellos traían tecnología, drones y satélites. Yo traía cincuenta años de caminar estos cerros y la rabia de una vida entera engañado.

Tomé las libretas y la carta. Busqué una bolsa de plástico resistente, de esas donde guardo el maíz, y las metí ahí. Me amarré la bolsa al pecho, debajo de la camisa y el chaleco, pegada a la piel, justo donde late el corazón.

—Escúchame bien, Pinto —le dije al perro, acariciando su cabeza dura—. Si algo me pasa, tú corres. No te quedes a defenderme. Tú corres pal monte.

El perro me lamió la mano. Sabía que algo grave pasaba.

Salimos por la puerta trasera del jacal, la que da hacia el corral de las gallinas y luego al bosque cerrado. No encendí ninguna luz. La luna estaba oculta tras las nubes de tormenta, lo cual era bueno para nosotros.

Nos movimos rápido hacia la peña alta, un mirador natural desde donde se veía la entrada a mi terreno. Nos agazapamos entre las rocas.

A los cinco minutos, las luces llegaron.

Las camionetas se detuvieron frente a mi casa. Eran tres monstruos blindados, negros, sin placas. Se bajaron al menos diez hombres. Vestían de negro, con chalecos y cascos. No eran policías normales. Eran sicarios, o fuerzas especiales, o esa mezcla maldita que ya no se distingue en este país.

Uno de ellos, el que parecía mandar, hizo una seña. Dos se fueron hacia atrás, rodeando la casa. Los otros se acercaron a la puerta.

—¡Joaquín! —gritó el líder. Su voz resonó en la noche con una autoridad fingida—. ¡Señor Joaquín! Sabemos que está ahí. Solo queremos hablar. Venimos de parte del Gobierno del Estado. Queremos ayudarlo con lo que encontró.

Apreté la culata de la escopeta contra mi hombro. “Ayudarlo”. Sí, cómo no. Igual que ayudaron a Tomás.

—¡Salga, don Joaquín! ¡No se meta en problemas! —insistió.

Al no recibir respuesta, el líder hizo otra seña. Uno de los hombres levantó la pierna y de una patada reventó la puerta de mi casa. Entraron gritando, con las linternas de sus rifles barriendo cada rincón. Escuché el ruido de muebles rompiéndose, de cosas siendo tiradas al suelo. Estaban destrozando mi vida, buscando lo que yo tenía pegado al pecho.

—¡No está! —gritó uno desde adentro.

—¡Busquen el rastro! ¡El viejo no puede haber ido lejos! —ordenó el líder.

Salieron de la casa. Uno de ellos iluminó el suelo del patio.

—¡Aquí, jefe! ¡Huellas! Van hacia el monte. Y van con un perro.

El líder se ajustó el chaleco.

—Suelten al “Doberman” —dijo.

Mi sangre se heló. No hablaban de un perro. De la parte trasera de una de las camionetas bajaron a un hombre. Iba encadenado de las manos, pero se las soltaron. Era un rastreador. Un indio de la sierra, tal vez forzado, tal vez comprado. Se agachó en el suelo, olió el aire, miró la tierra pisada.

Señaló directamente hacia la peña donde yo estaba.

—Está ahí arriba —dijo el rastreador—. Nos está mirando.

No había tiempo para pensar. No podía dejar que me agarraran. No con la carta. No con las pruebas. Si me agarraban, la muerte de Tomás sería en vano para siempre.

Levanté la escopeta. No apunté a los hombres; estaban demasiado lejos y protegidos. Apunté a algo más efectivo. Apunté al tanque de gas butano que estaba pegado a la pared lateral de mi casa, justo al lado de donde habían estacionado la primera camioneta blindada. Era un tanque viejo, grande, de 30 kilos, que acababa de llenar la semana pasada.

—Perdóname, casita —susurré—. Perdóname, Tomás.

Jalé el gatillo.

El estruendo del disparo rompió el silencio de la sierra, seguido casi instantáneamente por una explosión sorda, brutal. Una bola de fuego naranja iluminó la noche como si hubiera salido el sol de golpe. La camioneta más cercana fue envuelta en llamas. Los hombres gritaron, algunos fueron lanzados al suelo por la onda expansiva.

El caos fue total.

—¡Córrele, Pinto! ¡Vámonos! —grité, ya sin importar el sigilo.

Nos lanzamos hacia la oscuridad del bosque, subiendo la montaña, alejándonos del fuego. Detrás de nosotros, escuché disparos. Las balas zumbaban cortando las hojas a nuestro alrededor, golpeando los troncos de los pinos. Zzzip, zzzip, crack.

Corrí como no había corrido en veinte años. El aire me quemaba los pulmones. Las ramas me azotaban la cara, abriéndome heridas pequeñas que no sentía por la adrenalina. El Pinto iba adelante, guiándome, esperándome cada ciertos metros para asegurarse de que el viejo no se hubiera caído muerto de un infarto.

Tenía un plan. Un plan loco, desesperado.

A cinco kilómetros de ahí, cruzando el cerro “El Espinazo”, había una torre de telecomunicaciones antigua. Una torre de microondas que pusieron hace años. Tenía paneles solares y, según decían los ingenieros que a veces subían, tenía conexión directa de internet satelital para monitorear el clima.

Yo no sabía usar computadoras. No tenía teléfono inteligente, solo un “cacahuate” viejo que apenas agarraba señal. Pero recordaba a mi sobrina, la hija de mi hermana que vive en la ciudad, que una vez vino y me dijo: “Tío, si algún día necesitas ayuda y no hay señal, ve a la torre, ahí hay un botón de emergencia y una cámara que transmite en vivo las 24 horas a la central en la Ciudad de México”.

Transmisión en vivo.

Si lograba llegar a la torre. Si lograba ponerme frente a esa cámara. Podría mostrar las libretas. Podría leer la carta. Podría gritar los nombres. Alguien tendría que verlo. Alguien que no fuera de Riquelme.

Pero para llegar allá tenía que cruzar el “Puente del Diablo”, un puente colgante de madera podrida que cruzaba la garganta más profunda de la sierra. Y ellos venían detrás. Con sus camionetas no podían subir por donde yo iba, pero a pie… a pie eran más jóvenes, más fuertes y traían visores nocturnos.

Llevábamos una hora caminando cuando empezó a llover. No una llovizna, sino un aguacero serrano, frío y furioso. El lodo se volvió jabón. Me resbalé dos veces, cayendo de bruces, golpeándome las costillas. Me costaba levantarme.

—Ya no puedo, Pinto… ya no… —gemí, tirado en el suelo, sintiendo el sabor metálico de la sangre en la boca.

El perro se acercó y me lamió la cara, mezclando su saliva con la lluvia y mis lágrimas. Me jaló de la manga de la camisa con sus dientes. No te rindas, me decía. Levántate, viejo terco.

Me levanté. Por Tomás.

Llegamos al Puente del Diablo. El viento lo mecía violentamente sobre el abismo negro. Las tablas estaban negras de humedad. Solo se veía el otro lado cuando los relámpagos iluminaban el cielo.

Empecé a cruzar. El puente crujía y se balanceaba como una hamaca en un huracán. El Pinto iba pegado a mis talones, temblando pero avanzando.

Estaba a la mitad del puente cuando escuché el grito.

—¡AHÍ ESTÁ!

Me giré. En la orilla que acababa de dejar, tres siluetas aparecieron entre la lluvia. Los láseres rojos de sus armas bailaron sobre mi pecho, buscando un blanco.

—¡Quieto! ¡No se mueva o disparamos!

Me quedé paralizado en medio del puente, meciéndome sobre la nada. Abajo, el río rugía esperando mi caída.

—¡Entréguenos la bolsa, don Joaquín! —gritó uno de ellos, avanzando hacia el puente—. ¡Nadie tiene que saber nada! ¡Le daremos dinero! ¡Mucho dinero! ¡Podrá vivir como rey los años que le quedan!

Metí la mano en mi camisa y saqué la bolsa de plástico. La levanté en el aire.

—¡Este dinero está maldito! —grité, con una voz que me salió de las entrañas, compitiendo con los truenos—. ¡Y ustedes también!

—¡No sea estúpido, viejo! —el hombre puso un pie en el puente. La estructura gimió.

Miré al Pinto. Estaba a mi lado, mostrándoles los dientes a los asesinos. Miré hacia el otro lado. Faltaban veinte metros para llegar a tierra firme y correr hacia la torre. Pero ellos tenían armas automáticas. No llegaría vivo. Me cortarían por la espalda antes de dar tres pasos.

Entonces, miré los cables de acero que sostenían el puente. Estaban oxidados, tensos al máximo.

Recordé la escopeta que todavía colgaba de mi hombro. Solo me quedaba un cartucho cargado. No me dio tiempo de recargar después de dispararle al tanque de gas. Un solo tiro.

No podía matarlos a todos. Pero podía evitar que cruzaran.

—¡Tomás! —grité al cielo negro—. ¡Espérame, hermano!

—¡Fuego! —ordenó el sicario.

Sentí el impacto antes que el sonido. Una bala me golpeó en el hombro izquierdo, girándome con violencia. El dolor fue cegador, caliente. Caí de rodillas sobre las tablas mojadas. La bolsa con las pruebas cayó a mi lado.

—¡Agárrenlo! —gritaron, corriendo hacia el puente.

Con mi mano derecha, la buena, levanté la vieja Remington. No apunté a los hombres. Apunté al anclaje principal del cable de acero en mi lado del puente, justo donde la tensión era mayor.

—¡Pinto, salta! —le grité al perro, empujándolo hacia el vacío, hacia una pequeña saliente de roca que había abajo—. ¡SALTA!

El perro, obediente hasta el final, saltó hacia la oscuridad.

Yo apreté el gatillo.

¡BUM!

El disparo de calibre 16 golpeó el acero oxidado y la madera podrida del anclaje. La tensión hizo el resto. El cable se rompió con un latigazo que sonó como un disparo de cañón.

El puente colapsó.

Sentí el estómago subirse a la garganta mientras el suelo desaparecía bajo mis rodillas. Escuché los gritos de terror de los sicarios que ya estaban sobre el puente. Todo giró. Cielo, lluvia, oscuridad, relámpagos.

Caímos.

El golpe contra el agua helada fue como chocar contra concreto. La corriente me arrastró inmediatamente, revolcándome, golpeándome contra piedras. No sabía dónde estaba arriba ni dónde estaba abajo. La bolsa de plástico seguía amarrada a mi pecho, jalándome, o tal vez manteniéndome a flote, no lo sé.

Tragué agua. Todo se volvió negro. Pensé que ese era el fin. Pensé que por fin vería a Tomás.

Desperté tosiendo lodo y agua.

Estaba tirado en una orilla de grava, temblando incontrolablemente. Me dolía hasta el pelo. El hombro me punzaba con un ritmo agonizante. Estaba vivo. De milagro, el río me había escupido un kilómetro abajo, donde la corriente se calma antes de entrar a la presa.

Algo caliente me lamió la oreja.

Abrí los ojos. Ahí estaba. El Pinto. Cojeaba de una pata, pero estaba vivo. Me había encontrado. O tal vez me había arrastrado fuera del agua. Nunca lo sabré.

Me toqué el pecho. La bolsa seguía ahí.

Miré hacia arriba. La tormenta estaba pasando. Y a lo lejos, en la cima del cerro, se veía la luz roja parpadeante de la torre de telecomunicaciones. Estaba lejos. Iba a ser un infierno subir hasta allá herido, mojado y viejo.

Pero tenía las pruebas. Y tenía vida.

Me apoyé en el Pinto para levantarme. Di un paso. Luego otro.

—Apenas estamos empezando, cabrones —murmuré, escupiendo sangre al suelo—. Apenas estamos empezando.

Caminamos hacia la torre. México iba a amanecer con una noticia que nadie esperaba. El viejo Joaquín ya no tenía nada que perder, y un hombre sin nada que perder es el enemigo más peligroso del mundo.

PARTE 3: LA ASCENSIÓN AL INFIERNO Y LA VOZ DE LOS HUESOS

El frío de la sierra no es como el frío de la ciudad. El frío de la ciudad te cala, te molesta, te hace temblar un rato hasta que te metes a una tienda o te tomas un atole. Pero el frío de la sierra, y más cuando estás empapado con agua de río y sangre propia, es un animal vivo. Es un coyote que te muerde los tobillos y va subiendo poco a poco hasta que te agarra el corazón y lo aprieta para que deje de latir.

Me arrastré fuera de la grava, tosiendo agua que sabía a lodo y a pólvora. Mi cuerpo pesaba una tonelada. Cada vez que intentaba inhalar, el hombro izquierdo me gritaba con un dolor agudo, caliente, como si tuviera un clavo al rojo vivo metido entre la carne y el hueso. La bala había entrado y salido, gracias a Dios, porque si se hubiera quedado adentro, el plomo ya me estaría envenenando la sangre. Pero el agujero estaba ahí, sangrando, manchando mi camisa de por sí sucia.

—Pinto… —llamé, con la voz quebrada.

El perro estaba a unos metros, sacudiéndose el agua. Cojeaba de la pata trasera derecha, seguramente se golpeó con alguna roca al caer del puente. Pero ahí estaba. Leal hasta la ignominia. Se acercó a mí y empezó a lamerme la herida del hombro. Su lengua rasposa dolía, pero sabía que la saliva de perro cura, o al menos limpia. En el campo no hay hospitales, ni enfermeras de blanco; hay lodo, hay hierbas y hay perros.

—Déjalo, amigo. No gastes saliva en carne vieja —le dije, apartándolo suavemente con mi mano buena.

Me revisé el pecho. La bolsa. La bendita y maldita bolsa de plástico seguía ahí, pegada a mi piel, debajo del chaleco empapado. Las libretas. La carta de Tomás. La sentencia de muerte de medio gobierno estatal. Palpé el plástico. Parecía que no le había entrado agua. Al menos eso salió bien.

Miré hacia arriba. La montaña se alzaba ante nosotros como una pared negra, solo rota por los relámpagos que se alejaban hacia el sur. Y allá arriba, muy arriba, la luz roja de la torre parpadeaba. Pim… pim… pim… Como un latido. Como una promesa.

Tenía que subir. No había de otra. Si me quedaba aquí abajo, el frío me mataría antes del amanecer. O peor, bajarían ellos. Los que sobrevivieron a la caída del puente. Porque esos tipos no son de los que se rinden; son de los que cobran. Y si no llevan mi cabeza, no cobran.

—Vámonos, Pinto. Arriba está la salvación o está la muerte, pero aquí solo está el frío.

Empezamos a caminar. O más bien, a trepar.

El terreno era traicionero. La lluvia había convertido la tierra suelta en un jabón pegajoso. Por cada dos pasos que daba hacia arriba, me resbalaba uno hacia atrás. Mis botas viejas, con la suela ya lisa de tanto andar, no agarraban bien. Me tenía que agarrar de las raíces de los encinos, de las piedras filosas, de lo que fuera. Mis uñas se llenaron de tierra negra. Mis rodillas sangraban de tanto golpear contra las rocas.

A medida que subíamos, la fiebre empezó a entrarme. No sé si era por la herida o por el esfuerzo, pero mi cabeza empezó a flotar. Las sombras de los árboles empezaron a tomar formas.

Vi a mi madre sentada en una piedra, con su rebozo negro, llorando. “¿Dónde dejaste a tu hermano, Joaquín? Te dije que lo cuidaras”. —No pude, amá… no pude —murmuré al aire, delirando.

Luego vi a Riquelme, el comandante, riéndose con esa risa de hiena que tenía, fumando un cigarro que olía a azufre. “Eres una hormiga, Joaquín. Las hormigas no suben montañas. Las hormigas viven en la tierra y mueren en la tierra”. —Chinga tu madre, Riquelme —gruñí, clavando los dedos en el lodo para impulsarme.

El Pinto ladró bajito, sacándome de mis visiones. Se detuvo y giró la cabeza hacia abajo, hacia la oscuridad de donde veníamos. Sus orejas giraban como antenas parabólicas.

Me detuve y aguanté la respiración, aunque mis pulmones ardían pidiendo aire.

Al principio solo escuché el viento silbando entre los pinos y el goteo constante de las hojas mojadas. Pero luego, lo oí.

Motores.

No eran camionetas. El terreno aquí era demasiado empinado para vehículos de cuatro ruedas. Eran cuatrimotos. Pequeñas, ágiles, ruidosas. Venían subiendo por la brecha maderera, un camino antiguo que yo había evitado para no dejar huellas, pero que ellos conocían o habían encontrado en sus mapas satelitales.

El zumbido de los motores se acercaba como un enjambre de avispas furiosas.

—Nos vienen pisando los talones, Pinto.

Miré a mi alrededor. Estábamos en una ladera abierta, expuestos. Si llegaban a la curva de abajo y prendían sus reflectores, nos verían como a dos conejos en medio de la carretera. Necesitábamos escondernos. Pero, ¿dónde?

Recordé que, cerca de aquí, había una vieja mina de plata abandonada. “La Mina del Suspiro”. Mi abuelo me contaba que la cerraron en los años 40 porque hubo un derrumbe y murieron diez mineros. Decían que estaba maldita. Maldita o no, era un agujero en la tierra, y un agujero era lo que necesitaba.

—Por aquí —le dije al perro, cambiando el rumbo hacia la izquierda, hacia un grupo de rocas grandes que parecían dientes de gigante.

Caminamos a tropezones. La entrada de la mina estaba casi tapada por la maleza y un derrumbe parcial, pero había un hueco lo suficientemente grande para que un hombre y un perro se arrastraran.

Me metí primero, sintiendo el aire viciado y seco del interior. Olía a guano de murciélago y a polvo antiguo. El Pinto entró detrás de mí, sacudiéndose el agua de nuevo.

Apenas nos habíamos metido unos metros en la oscuridad cuando un haz de luz barrió la entrada de la mina.

Me tiré al suelo, abrazando al perro para que no se moviera.

El ruido de las cuatrimotos se detuvo justo afuera. Eran dos. Escuché voces. Voces humanas, distorsionadas por radios.

—El rastro se pierde aquí, Comandante —dijo una voz joven, nerviosa.

—No se puede perder, imbécil. El viejo está herido. Sangra. Busca sangre en las piedras —respondió otra voz. Una voz que me heló la sangre más que el río.

No era la voz del líder de las camionetas. Era una voz nueva. Una voz suave, educada, casi sutil. La voz de alguien que disfruta lo que hace. Sabía quién era, o al menos, había escuchado las leyendas en el pueblo. Le decían “El Ingeniero”. No porque construyera cosas, sino porque sabía desarmar gente pieza por pieza.

—Aquí hay algo —dijo el joven—. Ramas rotas. Parece que se metieron hacia las rocas.

—Revisa la mina —ordenó El Ingeniero.

Mi corazón se detuvo. Tenía la escopeta, pero estaba vacía. La había usado para volar el puente. Busqué en mis bolsillos. Me quedaban tres cartuchos empapados. ¿Servirían? La pólvora moderna aguanta el agua, decían, pero estos cartuchos tenían veinte años guardados en mi cajón.

Con manos temblorosas, abrí la escopeta, saqué el casquillo percutido que olía a quemado, y metí uno nuevo. Cerré el arma con el mayor cuidado posible para no hacer clic, pero en el silencio de la cueva, el sonido del metal chocando sonó como un martillazo.

Afuera se hizo el silencio.

—¿Escuchaste eso? —susurró el joven.

—Entra —dijo El Ingeniero—. Y si ves algo que se mueva, mátalo. Pero trae la bolsa. La bolsa es lo único que importa.

Vi la luz de una linterna táctica asomarse por el agujero de la entrada. El haz de luz cortó la oscuridad, iluminando las vigas podridas del techo de la mina. Yo estaba escondido detrás de una vagoneta minera oxidada, volcada sobre su costado.

El sicario entró. Era un muchacho, no tendría más de veinte años. Llevaba casco, chaleco y un rifle que parecía sacado de una película de guerra. Sus botas crujieron sobre la grava.

Estaba a cinco metros. A cuatro.

El Pinto, a mi lado, empezó a gruñir. Un gruñido sordo, vibrante, que nacía desde el estómago.

—¡Cállate! —pensé, pero no podía hablar.

El muchacho giró la linterna hacia nosotros. La luz me golpeó en la cara, cegándome.

—¡AQUÍ ESTÁ! —gritó—. ¡LO TEN…

No lo dejé terminar. No apunté a la cabeza, ni al pecho, porque con la luz en los ojos no veía bien. Apunté al bulto de la luz. Apreté el gatillo.

¡BLAM!

La escopeta rugió dentro de la cueva con un estruendo ensordecedor. El eco nos golpeó los oídos como puños.

El muchacho salió volando hacia atrás, como si lo hubiera pateado una mula. La linterna cayó al suelo, girando locamente, iluminando paredes, techo, suelo, sangre. El cartucho viejo había funcionado.

Pero ahora sabían exactamente dónde estaba.

—¡Granada! —escuché gritar a El Ingeniero desde afuera.

¡No! ¡Maldita sea!

—¡Al fondo, Pinto! ¡Corre! —grité, levantándome y corriendo hacia la oscuridad profunda de la mina, sin saber si había salida o si caería en un pozo sin fondo.

Corrimos tropezando. Detrás de nosotros, escuché algo metálico rebotar contra las piedras de la entrada. Tink… tink… tink…

Me lancé al suelo detrás de un pilar de roca natural.

La explosión sacudió la montaña.

¡BOOOOM!

Una nube de polvo, piedras y humo caliente nos alcanzó, cubriéndonos por completo. Mis oídos zumbaban. Piiiii…. No oía nada más. Solo ese pitido agudo.

Tosí, tratando de limpiar mis pulmones del polvo. Encendí la pequeña linterna de mi llavero, una cosita ridícula que apenas daba luz. El túnel detrás de nosotros se había derrumbado. La entrada estaba sellada.

Estábamos atrapados. O eso creían ellos.

Me toqué el cuerpo. Seguía entero. El Pinto estaba a mi lado, estornudando polvo, blanco como un fantasma por la tierra caliza.

—¿Estás bien, compañero? —le pregunté, aunque no me oía a mí mismo.

El perro me lamió la mano. Estábamos vivos.

Pero ahora tenía dos problemas: estaba enterrado vivo y El Ingeniero seguía afuera. Sin embargo, algo me decía que esta mina tenía salida. Mi abuelo me había dicho que la mina conectaba con “La Ventana”, un respiradero natural que daba a la cara norte del cerro, justo debajo de donde estaba la torre.

—Vamos a jugar a los topos, Pinto.

Avanzamos por el túnel. El aire se volvía cada vez más escaso. Mi hombro dolía como si me lo estuvieran arrancando. La sed era insoportable. Había bebido agua del río, sí, pero el polvo de la explosión me había secado la boca como estopa.

Caminamos lo que parecieron horas. El túnel se dividía, subía, bajaba. Me guiaba por la corriente de aire. Donde la flama de mi encendedor se moviera, hacia allá íbamos.

De repente, el Pinto se detuvo y empezó a ladrar hacia la oscuridad.

Alumbré con mi llavero.

Ahí, sentado en una piedra, en lo profundo de la tierra, había alguien.

Casi me da un infarto. Levanté la escopeta vacía, usándola como garrote.

—¿Quién vive? —pregunté, con voz ronca.

La figura no se movió. Me acerqué despacio.

No era un hombre vivo. Era un cadáver. Pero no era un minero antiguo. Era un hombre con ropa moderna, o lo que quedaba de ella. Estaba seco, momificado por el ambiente de la cueva. A su lado había una mochila y… una radio.

Me acerqué más. En la mochila había botellas de agua. ¡Agua! Me abalancé sobre ellas como un animal. Abrí una botella vieja y bebí. El agua sabía a plástico viejo, pero era gloria bendita. Le di de beber al Pinto en mi mano ahuecada.

Luego revisé al muerto. Tenía una credencial colgada al cuello. “Instituto Nacional de Antropología e Historia”. Era un investigador. O tal vez alguien que buscaba lo mismo que yo y nunca salió.

Tomé su linterna. Era grande, profesional. Y funcionaba, aunque la luz era débil.

—Gracias, amigo —le dije al muerto—. Tu viaje termina aquí, pero el mío sigue. Préstame tu luz.

Seguimos avanzando. La corriente de aire se hizo más fuerte. Y entonces, vi las estrellas.

Era un agujero en el techo de la cueva, a unos tres metros de altura. Había raíces colgando. “La Ventana”.

Saqué al Pinto primero. Lo cargué con mi brazo bueno y lo empujé hasta que pudo agarrarse con las patas delanteras y salir. Luego, él me ladró desde arriba.

—Voy, voy… —gruñí.

Trepar esos tres metros fue el calvario más grande de mi vida. Cada vez que jalaba con el brazo izquierdo, veía luces blancas de dolor. Sentía que el hueso se me salía. Lloré. Lloré de dolor, de rabia, de impotencia. Pero no me solté.

Cuando salí a la superficie, el aire frío de la madrugada me golpeó la cara. Estábamos en la cara norte. Y ahí, a solo doscientos metros arriba, estaba la torre.

La malla ciclónica que rodeaba el complejo brillaba bajo la luz de la luna que por fin asomaba entre las nubes.

Pero no estábamos solos.

Entre la torre y yo, había sombras moviéndose. Habían rodeado el cerro. El Ingeniero era listo. Sabía que si no salía por la entrada, buscaría otra forma. Había mandado gente a la cima.

Eran tres siluetas patrullando el perímetro de la cerca.

Me tiré al suelo entre los matorrales espinosos.

—Estamos jodidos, Pinto —susurré—. No podemos pasar. Tienen visión nocturna. Si damos un paso en falso, nos acribillan.

Toqué la bolsa en mi pecho. Las libretas.

Tenía que pensar. Tenía que ser más listo que ellos. Yo no era un soldado. Yo era un viejo campesino. ¿Qué hace un campesino cuando tiene una plaga? La quema. O la espanta.

Miré hacia abajo. La ladera norte estaba llena de pastizal seco, que no se había mojado tanto con la lluvia porque el viento pegaba del sur.

Saqué el encendedor del muerto.

Si prendía fuego aquí, el viento lo empujaría hacia arriba. Hacia la torre. Hacia ellos. El humo los cegaría, el calor los obligaría a moverse. Era peligroso. Podía quemar la torre. Podía quemarme yo.

Pero era mi única carta.

—Perdóname, monte —susurré—. Te juro que si salgo de esta, vengo a reforestar.

Prendí un manojo de pasto seco. La llama prendió rápido, naranja y hambrienta. El viento la agarró y la lanzó hacia arriba. En segundos, una línea de fuego empezó a subir la ladera, crepitando.

—¡Fuego! —escuché gritar a uno de los guardias arriba.

El humo empezó a subir, espeso y negro.

—¡Ahora, Pinto! ¡Pegado al suelo!

Nos movimos bajo la cortina de humo. El calor era intenso, pero el humo nos ocultaba de los visores nocturnos. Escuché toses y gritos de confusión arriba.

—¡Muevan las camionetas! ¡El fuego va a alcanzar los tanques de diesel! —gritó alguien.

Habían dejado sus vehículos cerca de la entrada principal del complejo. El pánico los distrajo.

Llegué a la malla ciclónica. Saqué las pinzas de corte que traía en mi cinturón desde siempre, esas viejas Truper oxidadas. Corté el alambre de abajo. Clic, clic, clic. Hice un agujero apenas suficiente.

—Pasa —le dije al Pinto.

El perro se arrastró. Yo fui detrás. El alambre de púas me rasgó la espalda, rompiendo mi camisa y arañando mi piel, pero no sentí dolor. Solo sentí la urgencia.

Ya estábamos adentro.

La torre se alzaba sobre nosotros, inmensa, zumbando con electricidad. En la base había una caseta blanca de concreto con una puerta de metal y una antena parabólica en el techo.

Corrí hacia la puerta. Cerrada. Por supuesto.

Miré la cerradura. Era electrónica. Un teclado numérico.

Maldición.

Golpeé la puerta con el puño.

—¡Ábrete, chingada madre!

Miré alrededor. Había una caja de fusibles en la pared exterior. La abrí de un golpe con la culata de la escopeta. Cables. Muchos cables.

No sabía de electrónica, pero sabía que si juntas el cable rojo con el negro, o haces chispa, o se apaga todo. O se abre.

—Virgencita, guíame la mano.

Arranqué un puñado de cables y los uní. Saltaron chispas azules. La luz de la entrada parpadeó. Escuché un zumbido eléctrico y luego… clac.

El imán de la puerta se desactivó.

Empujé la puerta y entré, cayendo de rodillas en el piso de linóleo limpio y frío. El Pinto entró detrás de mí y se quedó en la puerta, gruñendo hacia afuera.

El cuarto estaba lleno de luces parpadeantes. Servidores. Pantallas. Había un zumbido constante de ventiladores.

En el centro, había una consola con un monitor y un teclado. Y arriba del monitor, una cámara web pequeña con una luz verde encendida.

Me acerqué a la silla giratoria y me dejé caer en ella. La silla rodó un poco. Me vi en el reflejo del monitor apagado. Parecía un monstruo. Lleno de lodo, sangre, hollín, con los ojos desorbitados y el pelo revuelto.

Toqué el teclado. La pantalla se encendió. Pedía contraseña.

—¡No! —grité, golpeando la mesa—. ¡No me hagas esto!

Busqué el botón rojo. Mi sobrina dijo botón rojo.

Miré por todos lados. No había botón rojo en el teclado.

Miré la pared. Junto a la caja de alarma de incendios, había un panel de cristal que decía: “EMERGENCIA: ENLACE DIRECTO A C5 Y RED NACIONAL”. Y adentro, un botón rojo grande tipo hongo.

Era para reportar ataques a la infraestructura.

Rompí el vidrio con el codo. La sangre de mi brazo se mezcló con los cristales.

Presioné el botón con todas mis fuerzas.

Una sirena empezó a sonar dentro del cuarto, y en la pantalla apareció un recuadro grande parpadeando en rojo: “ENLACE DE EMERGENCIA ACTIVADO. TRANSMITIENDO EN VIVO AL CENTRO DE MANDO Y REDES SOCIALES ASOCIADAS”.

La luz de la cámara cambió de verde a rojo intenso.

Me vi en la pantalla. Ahí estaba yo. Joaquín, el viejo de la sierra. En vivo para quién sabe cuánta gente.

Me arranqué la bolsa del pecho. Saqué las libretas. Saqué la carta.

No sabía qué decir. Mi garganta estaba cerrada.

Entonces, escuché los disparos afuera. Estaban disparando a la caseta. Las balas golpeaban el concreto. Poc, poc, poc.

El Pinto ladraba furioso en la puerta.

Tenía segundos.

Me acerqué a la cámara.

—Me llamo Joaquín —dije. Mi voz sonó rasposa, terrible—. Soy de la Sierra de Durango. Y hoy… hoy voy a hablar por los muertos.

Abrí la primera libreta frente a la cámara.

—Miren estos nombres —dije, pasando las páginas—. Miren estas fechas.

Leí el primer nombre. Un nombre que todos en México conocen. Un político que sale en la tele hablando de honestidad.

—Este hombre recibió tres millones de pesos en 1980 para permitir que envenenaran el río —leí—. Aquí está la firma de recibido.

Afuera, una explosión sacudió la puerta. La estaban volando.

—¡Sigan leyendo! —grité a la cámara, pasando las hojas rápido—. ¡Hagan capturas! ¡Graben esto!

Leí la carta de Tomás.

—Mi hermano Tomás no se murió borracho. Lo mató el Comandante Riquelme por descubrir que estaban vendiendo nuestra tierra a extranjeros. Aquí están los mapas.

La puerta de metal empezó a ceder. Las bisagras chillaban.

—¡No dejen que esto se apague! —supliqué, con lágrimas en los ojos—. ¡Me van a matar! ¡Están aquí afuera! Pero la verdad ya es de ustedes. ¡El dinero está manchado de sangre!

De repente, la puerta voló hacia adentro con una explosión. Humo y escombros llenaron la entrada.

El Pinto saltó hacia el humo, atacando. Escuché gritos de dolor y disparos. Un aullido del perro. Un aullido que me partió el alma.

—¡PINTO!

El Ingeniero entró caminando entre el humo, con una máscara de gas y una pistola en la mano. Detrás de él, dos sicarios apuntaban sus rifles.

Me giré hacia la cámara una última vez.

—¡Viva México, cabrones! —grité.

El Ingeniero levantó la pistola y apuntó a la computadora, a la cámara.

—Corta la señal —dijo con calma.

Bang.

La pantalla se fue a negro. El monitor estalló en mil pedazos.

Me quedé sentado en la silla, rodeado de silencio y olor a ozono. Las libretas estaban esparcidas por el suelo.

El Ingeniero se quitó la máscara. Era un hombre rubio, de ojos claros, bien peinado. Me miró con una mezcla de asco y admiración.

—Hiciste un buen desmadre, viejo —dijo, pateando una de las libretas lejos—. ¿Sabes lo que acabas de hacer?

—Acabo de enterrarlos a todos ustedes —dije, sosteniéndome el hombro sangrante.

El Ingeniero sonrió.

—No, viejo. Solo acabas de subir el precio de nuestras acciones. El escándalo vende. Y la gente… la gente olvida en dos días.

Caminó hacia mí y me puso el cañón de la pistola en la frente. El metal estaba caliente.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó.

Me eché a reír. Una risa loca, histérica.

—En el río —dije—. Se lo llevó el agua. Como se los va a llevar a ustedes la chingada.

El Ingeniero suspiró.

—Lástima.

Quitó el seguro.

Cerré los ojos y pensé en Tomás. Pensé en mi madre. Pensé en el Pinto, que yacía quieto cerca de la entrada.

Esperé el disparo.

Pero el disparo no llegó.

Lo que llegó fue un sonido diferente. Un sonido que venía de afuera, del cielo. No eran truenos.

Eran aspas.

Un helicóptero. Y no sonaba como los helicópteros privados de ellos. Sonaba pesado. Militar. Y venía con reflectores que iluminaron todo el interior de la caseta a través de la puerta volada y las ventanas rotas, bañándonos en una luz blanca cegadora.

Una voz amplificada por un megáfono bajó del cielo, tan fuerte que vibraron mis dientes.

—¡ESTA ES LA MARINA ARMADA DE MÉXICO! ¡TIREN LAS ARMAS Y SALGAN CON LAS MANOS EN ALTO! ¡ESTÁN RODEADOS!

El Ingeniero palideció. Su sonrisa desapareció.

—Imposible… —murmuró—. Tenemos comprada la zona.

Miré hacia la cámara destrozada. La transmisión. El botón rojo. No solo había salido a Facebook. Había ido directo al C5 nacional, a la Ciudad de México. Y ahí, con miles de ojos viendo en vivo, no pudieron taparlo. No pudieron ignorarlo. La presión fue instantánea.

El Ingeniero me miró con odio puro.

—Te mueres conmigo, viejo.

Apretó el dedo en el gatillo.

Pero yo ya no era un viejo asustado. En ese segundo, saqué la navaja que tenía escondida en mi bota, la misma con la que abrí la caja de Tomás. Y con el último aliento de fuerza que me quedaba, se la clavé en el muslo.

El Ingeniero gritó y disparó, pero el tiro se fue al techo. Cayó al suelo, agarrándose la pierna.

Los otros sicarios intentaron disparar al helicóptero, pero una lluvia de balas de alto calibre barrió la entrada, convirtiendo el marco de la puerta en polvo.

Me arrastré hacia el Pinto.

—Amigo… —susurré.

El perro abrió un ojo. Respiraba con dificultad, pero respiraba. Tenía un rozón de bala en el lomo, pero estaba vivo. Duro como la piedra de la sierra.

Me abracé a él mientras los marinos bajaban a rappel desde el helicóptero, entrando como sombras verdes al cuarto, gritando órdenes, sometiendo a los sicarios.

Uno de los marinos se acercó a mí. Me vio tirado, abrazado a mi perro, rodeado de las libretas de la corrupción de medio siglo.

Se hincó a mi lado y bajó su arma.

—¿Don Joaquín? —preguntó.

Asentí, sin poder hablar.

El marino recogió una de las libretas del suelo, la miró por un segundo y luego me miró a los ojos con respeto.

—Ya puede descansar, jefe. Todo México lo vio. Todo México lo escuchó.

Cerré los ojos, sintiendo cómo el dolor y el cansancio finalmente me ganaban. Pero esta vez, no era oscuridad de muerte. Era oscuridad de sueño.

Había cumplido. Tomás podía descansar. Y yo… yo tenía un perro que curar y una historia que contar.

La guerra había terminado. Pero la leyenda del viejo y el perro apenas comenzaba.

PARTE FINAL: EL JUICIO DEL PUEBLO Y EL REGRESO A LA TIERRA

El ruido de las aspas del helicóptero no era un sonido; era una vibración que te sacudía los molares y te revolvía las tripas. Yo iba acostado en una camilla de lona, atado como un tamal mal amarrado, mirando el techo metálico de la aeronave lleno de cables y luces rojas. A mi lado, un marino joven con casco y visores me sostenía una bolsa de suero en alto, mientras otro me presionaba el hombro con gasas que ya estaban empapadas de rojo.

—¡Aguante, jefe! ¡Ya casi llegamos! —me gritaba el muchacho, aunque su voz se perdía en el estruendo de la turbina.

Giré la cabeza, ignorando el pinchazo de dolor que me recorrió el cuello. Lo buscaba a él.

—¿El perro…? —balbuceé, pero el viento se llevó mis palabras.

El marino pareció leerme los labios o la angustia en los ojos. Señaló hacia el otro lado de la cabina. Allí, sobre una manta térmica plateada, estaba El Pinto. Tenía una mascarilla de oxígeno puesta en el hocico, una cosa de plástico que se veía ridícula y milagrosa al mismo tiempo. Un médico naval le estaba revisando el lomo. El perro tenía los ojos cerrados, pero veía su pecho subir y bajar. Respiraba. Ese perro corriente, ese animal de monte que comía tortillas duras y sobras de frijoles, estaba volando en un pájaro de acero de la Marina, tratado como un rey.

Sonreí. O creo que sonreí, porque sentí que la piel de la cara se me estiraba sobre la sangre seca. Luego, la negrura volvió a ganarme. El cansancio de cincuenta años y la adrenalina de una noche se juntaron para apagarme la luz.

Desperté en un lugar que olía a cloro y a muerte limpia. No era el olor a tierra y podrido de la mina, ni el olor a pino y lluvia de mi sierra. Era ese olor aséptico de los hospitales que te dice que estás a salvo, pero que también te recuerda que eres mortal.

Abrí los ojos. Todo era blanco. Las sábanas, las paredes, la luz del techo. Sentí pánico. ¿Me habrían agarrado ellos? ¿Sería este un cuarto de tortura disfrazado? Intenté levantarme, pero mis manos estaban esposadas a los barandales de la cama.

—¡Quieto, don Joaquín! ¡Tranquilo!

Una enfermera chaparrita y morena entró corriendo. Detrás de ella, dos hombres grandes, con trajes oscuros y cara de pocos amigos, se pusieron en la puerta. No eran sicarios. Se paraban derecho, con las manos cruzadas al frente. Eran federales.

—¿Dónde estoy? —pregunté. Mi voz sonaba como si hubiera tragado vidrios.

—Está en el Hospital Militar Regional, en la capital del estado —dijo la enfermera, revisando el monitor que pitaba a mi lado—. Lleva dos días dormido. Le operaron el hombro y le sacaron mucha agua de los pulmones. Estaba usted hecho una desgracia, oiga.

—¿Por qué estoy esposado? —jalé las cadenas. El tintineo metálico me dio rabia.

Uno de los hombres de traje se acercó.

—Es por su seguridad, Señor Joaquín. Y por protocolo. Técnicamente, usted voló un puente federal, invadió una instalación estratégica de telecomunicaciones, causó un incendio forestal y apuñaló a un ciudadano… aunque ese ciudadano fuera uno de los criminales más buscados del país.

El hombre hablaba serio, pero en sus ojos había algo extraño. No era odio. Era curiosidad.

—¿Y el perro? —fue lo único que pregunté. No me importaban los puentes ni los incendios.

—El canino está en la unidad veterinaria del batallón. Está estable. Tuvo suerte, la bala solo le rozó la columna y le costuraron quince puntos en la pata. Es un animal duro.

Suspiré, dejando caer la cabeza en la almohada. Pinto estaba bien. Lo demás, que se fuera al diablo.

—Oiga —le dije al federal—, ¿me van a meter al bote?

El hombre intercambió una mirada con su compañero y luego sacó un control remoto de su bolsillo. Encendió la televisión que estaba colgada en la pared frente a mí.

—Mire esto.

La pantalla se iluminó. Era un noticiero nacional. De esos donde salen los conductores de traje impecable que siempre hablan de crisis y de robos. Pero esta vez, en la pantalla, no había gráficos de la bolsa de valores. Había una foto mía. Una foto vieja, de mi credencial de elector, donde salgo con cara de susto. Y al lado, fragmentos del video.

Ahí estaba yo, en la caseta de la torre, lleno de lodo, con los ojos desorbitados, sosteniendo la libreta negra frente a la cámara web. El cintillo de las noticias decía en letras rojas y mayúsculas: “EL GUARDIÁN DE LA SIERRA: LA REVELACIÓN QUE CIMBRÓ A MÉXICO”.

—No lo van a meter a la cárcel, don Joaquín —dijo el agente—. No podrían aunque quisieran. Si lo tocamos, el país se incendia.

El agente cambió de canal. En otro noticiero, mostraban imágenes de camionetas de la Fiscalía entrando a mansiones lujosas en la Ciudad de México y en la capital del estado. Mostraban a políticos —caras que yo había visto en las campañas electorales prometiendo el cielo y las estrellas— siendo sacados con chamarras en la cabeza para que no les vieran la vergüenza.

—Esas libretas que usted mostró… —continuó el agente, bajando la voz—. Resulta que “El Ingeniero” guardaba copias de seguridad de transacciones desde los años 70 hasta la semana pasada. No solo eran los crímenes de Riquelme. Era la nómina completa del crimen organizado pagando a tres generaciones de políticos. Usted no solo pateó el avispero, don Joaquín. Usted le prendió fuego al árbol entero.

Me quedé mirando la tele. Yo, un viejo analfabeto funcional que apenas sabía escribir su nombre, había hecho eso. No sentí orgullo. Sentí un vacío enorme.

—¿Y Tomás? —pregunté en un susurro—. ¿Dijeron algo de Tomás?

—Sí —el agente asintió—. La Fiscalía General de la República ya aseguró la zona de la barranca. Recuperaron los restos de la camioneta y… los restos óseos. Se están haciendo las pruebas de ADN, pero con la carta que usted leyó en vivo, no hay muchas dudas. Su hermano va a regresar a casa, don Joaquín.

Cerré los ojos y, por primera vez en cincuenta años, lloré sin amargura. Lloré de alivio. La promesa estaba cumplida.

Pasaron tres semanas. Tres semanas de interrogatorios, de fiscales que venían con grabadoras, de abogados de derechos humanos que querían tomarse la foto conmigo. Me quitaron las esposas al segundo día. Resulta que el Presidente de la República mencionó mi nombre en su conferencia mañanera. Dijo que yo era “el pueblo bueno y sabio que ya no se deja”. Pura política. Yo sabía que si hubiera fallado, si me hubieran matado en esa torre, el mismo gobierno habría dicho que yo era un narco más que se peleó por la plaza. Así funciona esto. Eres héroe si ganas, villano si pierdes, y mártir si te conviene.

Pero yo solo quería una cosa. Irme.

El día que me dieron el alta, el hospital estaba rodeado. No por sicarios, sino por periodistas. Había cámaras, micrófonos, gente gritando mi nombre.

—¡Don Joaquín! ¡Una declaración! —¡Don Joaquín! ¿Qué va a hacer con la recompensa? —¡Don Joaquín! ¿Es cierto que se va a postular para alcalde?

Salí en una silla de ruedas, empujado por el mismo marino joven del helicóptero. Me sentía abrumado. Yo no pertenezco a este mundo de flashes y gritos. Yo soy de donde el viento habla y los árboles escuchan.

—¿Dónde está mi perro? —exigí.

Una camioneta de la Marina se acercó. La puerta trasera se abrió y un soldado bajó con una correa.

El Pinto salió.

Llevaba un vendaje en el lomo y caminaba un poco chueco, pero en cuanto me vio, se transformó. Soltó un ladrido que sonó a gloria y jaló la correa con tanta fuerza que casi tira al soldado. Me levanté de la silla de ruedas, mandando al diablo el dolor del hombro, y me arrodillé en el pavimento.

El choque de nuestros cuerpos fue brutal y amoroso. El Pinto me lamió la cara, las orejas, las manos. Yo hundí mi cara en su cuello, que ahora olía a champú antipulgas y no a monte, pero seguía siendo mi Pinto.

—Ya, ya, cabrón… estamos vivos —le susurraba.

Nos subieron a la camioneta blindada. El convoy arrancó, abriéndose paso entre la multitud.

—¿A dónde me llevan? —pregunté al oficial que iba de copiloto.

—El gobierno le ofrece una casa en la capital, don Joaquín. En una zona segura, con vigilancia las 24 horas. Una pensión vitalicia. No puede volver a su jacal. Es demasiado peligroso. Quedaron células sueltas del grupo de “El Ingeniero” que podrían querer venganza. Además, su casa… bueno, lo que quedó de ella después de la explosión del tanque de gas, es zona de investigación.

Miré por la ventana blindada. Veía los edificios altos, el tráfico, la gente corriendo con sus teléfonos.

—No —dije.

El oficial volteó.

—¿Cómo dice?

—Dije que no. No quiero su casa en la jaula de oro. No soy un canario, soy un gavilán viejo. Si me encierran aquí, me muero en dos meses de tristeza.

—Pero don Joaquín, es por su seguridad…

—Mi seguridad es mi asunto. Yo nací en el monte y me voy a morir en el monte. Si esos cabrones quieren venir por mí, que vengan. Ya vieron lo que les pasa. Además, tengo que enterrar a mi hermano. Y Tomás no quiere estar en un cementerio de ciudad con pasto de plástico. Tomás quiere estar con mi amá y mi apá, en el panteón del ejido.

El oficial suspiró, frustrado, y tomó su radio para hablar con sus superiores. Hubo una discusión larga. Hablaron de “responsabilidad política”, de “imagen pública”. Al final, parece que entendieron que no podían obligar al “Héroe de la Sierra” a vivir preso si él no quería. Se vería mal en las noticias.

—Está bien —dijo el oficial al fin—. Pero no podemos dejarlo solo. Tendremos una patrulla permanente en la entrada del camino.

—Mientras no se tomen mi café, pueden quedarse donde quieran —respondí.

El regreso fue largo. Ver la sierra aparecer en el horizonte fue como ver a una vieja amante que te ha golpeado pero que no puedes dejar de querer. Los pinos, la niebla, las montañas azules.

Cuando llegamos al camino de terracería que subía a mi terreno, el corazón se me apachurró. El puente colgante ya no estaba, claro. Tuvimos que dar una vuelta enorme por el camino maderero, el mismo por donde habían subido los sicarios.

Llegamos a lo que fue mi hogar.

Era una ruina. La explosión del tanque de gas había volado la mitad del jacal. El techo de lámina estaba retorcido como papel arrugado. La pared donde tenía colgada la foto de mis padres era un montón de adobes negros. El corral de las gallinas estaba vacío; seguramente los coyotes se dieron un festín esa noche o huyeron espantadas.

Me bajé de la camioneta apoyado en un bastón que me regalaron en el hospital. El Pinto corrió a marcar territorio en un árbol quemado, como diciendo: “Esto sigue siendo mío”.

—¿Ve, don Joaquín? No se puede vivir aquí —insistió el oficial.

Caminé entre los escombros. Pateé un pedazo de madera quemada. Debajo, encontré una taza de peltre, abollada pero entera. La levanté.

—Las paredes se levantan de nuevo, oficial. La tierra es la que no se mueve.

Esa tarde, los marinos me ayudaron a montar una carpa militar grande y verde en el patio, mientras llegaban los materiales que el gobierno prometió para reconstruir. No acepté una mansión, pero acepté que me hicieran un cuarto de material, bien hecho, con baño adentro para ya no pasar fríos. Digo, tampoco soy tonto.

Pero lo más importante ocurrió dos días después.

Llegó una carroza fúnebre. No era de lujo, era la del municipio, pero venía escoltada por medio pueblo. La gente subió caminando, en burros, en camionetas viejas. Venían a ver al viejo loco que desafió al narco, sí, pero también venían a despedir a uno de los suyos que había estado perdido medio siglo.

Bajaron el ataúd. Era pequeño. Solo eran huesos, después de todo.

Lo llevamos al panteón del ejido, que está en una loma desde donde se ve todo el valle. Cavamos la tierra junto a la tumba de mi madre, doña Lupe.

Cuando el cura —un muchacho joven que no conocía la historia completa— terminó de echar el agua bendita, me acerqué al agujero. Todos se callaron. Esperaban un discurso. Esperaban que el “influencer” accidental dijera algo político.

Me quité el sombrero. El sol de la tarde me pegaba en la calva y en las cicatrices nuevas.

—Tomás —dije, con la voz ronca—. Perdón por tardarme tanto. Eras bueno para esconderte, cabrón. Pero el Pinto es mejor para buscar.

La gente soltó una risita nerviosa.

—Amá siempre dejaba la puerta sin tranca por si volvías de noche —continué, sintiendo el nudo en la garganta—. Se murió esperando el ruido de tus botas. Ahora ya vas a estar con ella. Cuéntale la verdad. Dile que no fuiste un borracho. Dile que fuiste un hombre valiente que intentó hacer lo correcto en un tiempo donde hacer lo correcto era sentencia de muerte.

Tiré un puño de tierra sobre la caja de madera.

—Y no te preocupes por el dinero, carnal. El río se lo llevó. Mejor así. Ese dinero estaba maldito. No compramos la casa de material con esos billetes, pero compramos tu dignidad de vuelta. Descansa, hermano.

El Pinto, que estaba sentado a mi lado, soltó un aullido largo y triste, como si él también se estuviera despidiendo de un amigo que nunca conoció pero que le cambió la vida.

Han pasado seis meses desde entonces.

La casa nueva ya está terminada. Es bonita, pintada de blanco, con techo de teja. El gobierno también puso una antena satelital, así que ahora tengo internet, aunque casi no lo uso. Mi sobrina vino a visitarme y me enseñó a usar una tablet. Dice que tengo millones de seguidores. Que la gente hace dibujos de mí y del Pinto. Que hay corridos que hablan del “Viejo y el Perro”.

Incluso vinieron unos gringos de una plataforma de esas de películas. Querían comprarme los derechos de mi vida. Les dije que sí, pero con una condición: que en la película, el perro no se muera. Si matan al perro, no hay trato. Se rieron y me dieron un cheque. Con ese dinero no me compré lujos. Compré bombas de agua para el ejido, arreglé la escuela rural donde Tomás y yo aprendimos a leer, y reforesté toda la ladera que quemé esa noche. Pagué mi deuda con el monte.

La política sigue siendo un cochinero, para qué nos hacemos tontos. Cayeron muchos peces gordos con las libretas, sí. El partido que estaba en el poder perdió las elecciones en el estado. Riquelme, aunque muerto, fue deshonrado; quitaron su nombre de la avenida y ahora se llama “Avenida de la Verdad”. Dicen que la justicia llegó.

Pero yo sé que la hierba mala nunca muere del todo. Solo se poda. “El Ingeniero” está en una cárcel de máxima seguridad, o eso dicen, pero sus socios siguen por ahí, en otras sierras, con otros nombres.

Sin embargo, algo cambió en el aire. La gente del pueblo ya no baja la cabeza cuando pasan las camionetas blindadas. Los campesinos denuncian más. Tienen menos miedo. Se dieron cuenta de que si un viejo tullido y un perro corriente pudieron poner de rodillas al sistema, ellos también pueden defender lo suyo.

Ahora, mis tardes son tranquilas.

Me siento en el porche de mi casa nueva, en mi vieja silla de mimbre que logré rescatar y reparar con alambre. Me tomo mi café de olla, bien cargado, con piloncillo. Veo cómo el sol se esconde detrás de los picos de la Sierra Madre, pintando el cielo de naranja y violeta.

El Pinto está echado a mis pies. Ya no corre como antes; la herida en la pata le dejó una cojera permanente y los años ya le pesan, igual que a mí. Tiene el hocico lleno de canas. A veces, cuando duerme, gruñe y mueve las patas, soñando que persigue conejos o que pelea con sicarios en la niebla.

Yo le acaricio la cabeza y él abre un ojo, me mira con ese color ámbar profundo y suspira, volviendo a dormir. Sabe que yo estoy de guardia.

Tengo la Remington 16 colgada sobre la chimenea, limpia y aceitada. Y tengo una caja nueva de cartuchos. No busco pleito. Ya tuve suficiente guerra para diez vidas. Pero si alguien vuelve a subir esa vereda con malas intenciones, si alguien vuelve a querer quitarnos la paz o la tierra… bueno, ya saben que aquí arriba no hay señal de celular, pero hay mucha memoria.

Miro hacia la barranca, que ya se está llenando de sombras. Ya no me da miedo. Ya no es una tumba abierta. Es solo el monte. Mi monte.

Le doy un sorbo al café. Sabe a victoria. Sabe a paz.

—Buenas noches, Tomás —le digo al viento.

El viento mueve las ramas de los pinos y, por un segundo, juro que escucho una respuesta, un susurro que suena como la risa de mi hermano cuando éramos niños y corríamos libres por estos cerros, antes de que el mundo se rompiera.

—Buenas noches, carnal.

Me termino el café, apago la luz del porche y entro a la casa. El Pinto se levanta, se estira, y entra detrás de mí. Cierro la puerta. Pasamos el cerrojo.

La historia se acabó para el mundo, pero para nosotros, la vida sigue. Y mientras tengamos vida, y mientras el perro ladre, la sierra tiene guardián.

FIN.

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