¿Cuánto vale el amor de una mascota? Para Don Roberto, menos que las croquetas que ya no quiso comprarme.

Me llamo “El Negro”. O al menos así me decían antes. Ya me había resignado a que esa banqueta fría sería mi tumba; estaba listo para m*rir de hambre, de frío y del resentimiento de no entender qué hice mal.

Durante diez años fui el rey de la casa. Dormía cada noche a los pies de la cama de Clarita. Fui su sombra silenciosa mientras estudiaba, su consuelo cuando tenía fiebre. Pero Clarita se fue a Madrid a estudiar su maestría, y en la casa de los Morales, cuando el dinero empezó a faltar, pasé de ser parte de la familia a ser simplemente “un gasto más”.

Nunca entendí por qué mi plato empezó a quedarse vacío, ni por qué Don Roberto dejó de abrirme la ventana para oler los geranios. Hasta que llegó esa mañana de diciembre. Sin mirarme a los ojos, el señor Morales me metió en una caja de cartón y me abandonó en la acera, justo al lado del contenedor azul de b*sura.

El mundo se me rompió de golpe. Caminé horas por calles que no conocía, esquivando gente que no me miraba y coches que me lanzaban ráfagas de aire helado. Mis costillas ya marcaban mi pelaje sucio y me acurruqué en un portal viejo, cerrando los ojos, esperando el final.

Pero entonces, sentí algo tibio en mi costado.

Abrí los ojos y vi a una niña, no tendría más de nueve años, con dos coletas y un abrigo rojo que le quedaba enorme. Me miraba sin asco, con una compasión que ya había olvidado. —Hola, gatito —me susurró—. Me llamo Lucía. No estás solo, ¿vale?.

Sacó un paquete de galletas saladas, las partió y me extendió la mano. Yo dudé. ¿Podía confiar otra vez en un humano después de lo que me hicieron?. Pero el calor de su palma me recordó a las noches con Clarita. Di un paso, luego otro.

Justo cuando mi nariz estaba a punto de tocar sus dedos, una voz de adulto estalló desde la esquina, rompiendo la magia: —¡¡LUCÍA, APÁRTATE DE AHÍ AHORA MISMO!!.

El miedo me paralizó… y lo que pasó después nadie lo vio venir.

¿FUE ESTE MI FINAL O MI SALVACIÓN?

PARTE 2: EL PRECIO DE LA INOCENCIA Y LA JUNGLA DE CONCRETO

El grito retumbó en mis oídos como un trueno, más fuerte y aterrador que cualquier tormenta que hubiera escuchado desde la seguridad de la ventana en casa de los Morales.

—¡¡LUCÍA, APÁRTATE DE AHÍ AHORA MISMO!!

El hombre que gritaba era alto, con el ceño fruncido y una camisa de cuadros arremangada hasta los codos. En su mano no traía un arma, pero la violencia en su voz fue suficiente para activar cada nervio de mi cuerpo maltrecho. Mis músculos, tensos y doloridos por el frío, reaccionaron por puro instinto. Di un salto hacia atrás, erizando el poco pelo que me quedaba limpio, mostrando los dientes en un siseo defensivo que no pretendía atacar, sino suplicar distancia.

La niña, Lucía, dio un respingo, tirando las galletas al suelo húmedo. —¡Papá, no! Solo tiene hambre —gritó ella, poniéndose entre el hombre y yo, con sus bracitos extendidos como si pudiera detener un tren con ellos.

—¡Quítate, Lucía! —bramó el hombre, tomándola del brazo con brusquedad para alejarla—. ¿Estás loca? Ese animal es un foco de infección. Míralo, es un gato callejero, seguro tiene rabia o sarna. Y además… es negro. Ya tenemos suficientes problemas en la casa como para que traigas la mala suerte a la puerta.

Esas palabras… “Mala suerte”. Cuántas veces las había escuchado en las últimas semanas en casa de Don Roberto antes de que me echaran. Como si el color de mi pelaje tuviera la culpa de que la economía familiar se fuera al diablo, o de que Clarita se hubiera ido a España. La superstición humana siempre busca culpables mudos, y yo era el chivo expiatorio perfecto.

El hombre hizo un ademán de patear el aire en mi dirección, un gesto universal de desprecio que aprendes rápido en la calle. —¡Sáquese! ¡Órale! —gritó, golpeando el suelo con su bota.

El ruido metálico de la suela contra el cemento rompió el último hilo de valor que me quedaba. No esperé a ver si la patada era real. Me di la vuelta y corrí. Corrí con el corazón bombeando pánico, ignorando el dolor punzante en mis almohadillas agrietadas.

Escuché el llanto de Lucía a mis espaldas, un sonido agudo y desgarrador: “¡No, gatito, espera! ¡Papá, eres malo!”. Pero yo ya no podía detenerme. La promesa de bondad se había esfumado, reemplazada por la cruda realidad de que, para el mundo adulto, yo no era un ser vivo: era una plaga.

Corrí sin rumbo fijo, cruzando calles que olían a aceite quemado y coladeras abiertas. Mis patas resbalaban en el asfalto grasiento. Esquivé las llantas de un taxi que frenó con un chillido ensordecedor, ganándome un bocinazo y una mentada de madre del conductor.

—¡Fíjate, animal estúpido!

Seguí corriendo hasta que mis pulmones ardieron y mis patas traseras empezaron a temblar sin control. Me detuve jadeando debajo de un puesto de lámina cerrado, en una esquina donde se acumulaban bolsas de basura negra. El olor a desperdicio era fuerte, pero al menos ofrecía un poco de camuflaje.

Me dejé caer sobre una bolsa que contenía restos de papel, tratando de recuperar el aliento. Mi corazón latía tan fuerte contra mis costillas que pensé que se rompería. Cerré los ojos y, por un segundo, la imagen de la mano de Lucía ofreciéndome la galleta volvió a mi mente. Había estado tan cerca… tan cerca de sentir una caricia de nuevo.

La noche cayó sobre la ciudad como una manta pesada y helada. La Ciudad de México de noche no es para los débiles, y mucho menos para un gato doméstico que hasta hace poco dormía en edredones de plumas. El frío de diciembre aquí cala hasta los huesos; no es solo la temperatura, es la humedad, es el viento que se cuela por los callejones como un fantasma buscando a quién congelar.

El hambre, que se había pausado brevemente por la adrenalina del miedo, regresó con una venganza feroz. Mi estómago se contraía dolorosamente, un vacío ácido que me mareaba. Recordé las sobras de croquetas rancias que Don Roberto me daba los últimos días. Lo que daría ahora por ese plato sucio.

Salí de mi escondite, moviéndome pegado a las paredes, convirtiéndome en una sombra más. El instinto me decía que debía buscar calor y comida, pero el miedo me decía que todo lo que se movía era un enemigo.

Llegué a una avenida más transitada. El ruido era abrumador: música de cumbia saliendo de una tienda, el rugido de los camiones urbanos, las risas de la gente. Vi un puesto de tacos iluminado por un foco desnudo que colgaba de un cable. El aroma a carne asada, a suadero y a cebolla frita golpeó mi nariz con una intensidad que casi me hizo desmayar. La saliva inundó mi boca.

Me acerqué con cautela, manteniéndome bajo las mesas de plástico rojo. Veía zapatos de todos tipos: tenis gastados, botas de trabajo, tacones. Esperaba que cayera algo. Un trozo de tortilla, un pedazo de grasa, lo que fuera.

—¡Ay, qué asco! —gritó una mujer, levantando los pies—. ¡Hay una rata ahí abajo!

—No es rata, güera, es un gato —dijo el taquero, un hombre robusto con un delantal manchado de salsa. Se asomó por encima de la barra—. ¡Shhh! ¡Fuera de aquí!

El taquero no fue agresivo, pero lanzó un chorro de agua de una botella que tenía a la mano. El agua fría me empapó el lomo, y el susto me hizo salir disparado de nuevo hacia la oscuridad.

—Pobre animal —escuché decir a alguien mientras huía—, se ve que está en los huesos.

“Pobre animal”. La lástima no llena el estómago. La lástima no calienta el cuerpo. La lástima es solo una moneda falsa que los humanos usan para sentirse mejor consigo mismos sin tener que hacer nada real.

Pasaron los días, o tal vez fueron semanas. El tiempo en la calle se mide en ciclos de hambre y sueño interrumpido. Aprendí lecciones a la mala, lecciones que me costaron sangre y dolor.

Aprendí que los perros callejeros no son como “Firulais”, el perro del vecino de los Morales con el que a veces jugaba a través de la reja. Los perros de la calle luchan por sobrevivir igual que yo, y para ellos, yo era competencia o presa. Una tarde, una jauría de tres perros mestizos me acorraló en un terreno baldío. Eran rápidos y trabajaban en equipo.

Tuve que trepar a un árbol seco, clavando mis garras hasta que sangraron, mientras ellos saltaban y ladraban abajo, con la espuma de la rabia y el hambre en sus hocicos. Pasé dos días en esa rama, temblando, lamiendo la savia del árbol para tener algo de humedad en la boca, hasta que se aburrieron y se fueron.

Aprendí también que no toda el agua se puede beber. Bebí de un charco con aceite de motor y pasé tres días con vómitos y diarrea, sintiendo que la vida se me escapaba por las entrañas, tirado bajo un coche abandonado, delirando con la voz de Clarita.

Negrito, ven, ya está la cena —escuchaba en mi cabeza. —Negrito, mira qué bonito collar te compré.

Esos delirios eran lo peor. Porque despertar significaba volver a la pesadilla. Mi pelaje, antes negro brillante y sedoso como el terciopelo, ahora estaba opaco, lleno de nudos, tierra y parásitos. Las pulgas me devoraban la piel, causándome una picazón constante que no me dejaba descansar. Me faltaban parches de pelo donde me había rascado hasta hacerme heridas.

Una noche, buscando refugio de una lluvia torrencial, terminé cerca de una estación de metro. Había mucha gente apresurada, paraguas chocando, vendedores ambulantes recogiendo sus mercancías. Me refugié en la entrada de una panadería, atraído por el calor que salía de las ventilas.

El olor a pan dulce, a conchas y bolillos recién horneados, era una tortura exquisita. Me quedé en una esquina, hecho una bola, tratando de absorber algo de ese calor residual.

De repente, vi unos zapatos negros, lustrados, detenerse frente a mí. Levanté la vista con pesadez. Era un anciano, apoyado en un bastón. Me miró fijamente a los ojos. No había asco en su mirada, solo una profunda tristeza.

Sacó de su bolsa de papel un pedazo de pan, un “ojo de bancha”, y lo dejó suavemente en el suelo, cerca de mi nariz. —Come, pequeño —dijo con voz cascada—. A veces Dios se disfraza de mendigo, o de gato, para probarnos. Perdónanos por ser tan ciegos.

El hombre se fue antes de que pudiera reaccionar. Devoré el pan con desesperación, casi sin masticar, sintiendo cómo la masa dulce calmaba el dolor agudo de mi estómago vacío. Fue el primer acto de bondad desinteresada en mucho tiempo, y aunque no me salvó la vida, me salvó el espíritu por una noche más.

Pero la calle cobra factura. La bajada de defensas y la mala alimentación empezaron a afectarme. Mis ojos comenzaron a lagrimear pus, mi nariz estaba siempre congestionada. Respirar se volvió un esfuerzo ruidoso. Ya no podía correr. Apenas podía caminar.

Me convertí en uno de esos gatos que la gente evita no por miedo, sino por repulsión a la muerte inminente. “No lo toques, ya se va a morir”, escuchaba. Me volví invisible, parte de la basura, parte del paisaje urbano decadente.

Una tarde gris, mis patas me fallaron por completo. Estaba cruzando una callejuela empedrada en una zona antigua de la ciudad, tal vez Coyoacán o San Ángel, no lo sabía. Solo sabía que las casas ahí se veían grandes, con muros altos y buganvilias cayendo sobre las banquetas. Me recordaban a la época dorada de los Morales, antes de la crisis.

Me derrumbé junto a una jardinera. El frío del suelo traspasó mi piel y llegó a mis órganos. Ya no tenía fuerzas para levantarme. “Aquí termina”, pensé. “Aquí termina la historia de El Negro”.

Cerré los ojos y dejé de luchar. Me dejé ir hacia esa oscuridad tranquila que me prometía el fin del dolor. Visualicé a Clarita, no como la última vez que la vi, llorando al despedirse, sino riendo, con su maleta lista para Madrid, prometiendo que volvería.

Te portas bien, mi rey. Te voy a extrañar tanto. Cuida a papá.

“Fallé, Clarita”, pensé. “No cuidé a papá, y él no me cuidó a mí. Perdóname”.

La consciencia se me iba apagando como una vela al final de su mecha. Los ruidos de la calle se volvieron lejanos, un zumbido sordo.

De pronto, sentí una vibración en el suelo. Pasos. Pasos ligeros, rápidos. No eran botas pesadas. Se detuvieron.

Sentí una sombra sobre mí, bloqueando la poca luz del día. Esperé el golpe, la patada, el agua fría. Pero no llegó nada de eso.

En su lugar, sentí algo suave tocando mi cabeza. Un dedo. Acariciando con infinito cuidado el espacio entre mis orejas, justo ese punto que tanto me gustaba.

Hice un esfuerzo titánico para abrir un ojo, aunque estaba pegado por la infección.

A través de una visión borrosa, vi color. Mucho color. No era el gris de la calle. Era… ¿lana? ¿Un suéter tejido?

—¡Mamá! ¡Mamá, ven rápido! —gritó una voz. No era la voz de Lucía. Era otra voz, también de niña, pero diferente. Más decidida.

Escuché el sonido de unas llaves y una puerta de reja abriéndose apresuradamente. —¿Qué pasa, mija?

—Aquí hay un gatito. Creo que… creo que está muerto, mamá. Pero está calientito todavía. ¡Ayúdame!

—Ay, Dios mío… —La voz de la mujer adulta sonó cerca. Sentí unas manos grandes y cálidas levantarme. Mi cuerpo colgaba inerte, mis huesos crujieron, pero el calor humano era tan embriagador que solté un gemido débil, un maullido roto que sonó más a quejido de ultratumba.

—¡Está vivo! —exclamó la niña—. ¡Mamá, está vivo! ¡Mételo, corre!

—Hija, está muy mal… mira sus ojos, está en los huesos… —dijo la madre, dudosa.

—¡No me importa! ¡No lo vamos a dejar ahí como basura! ¡Tú siempre dices que hay que ayudar al que no tiene voz! ¡Hazlo por mí, por favor!

Hubo un silencio de dos segundos que parecieron eternos. Sentí el latido del corazón de la mujer a través de su ropa mientras me sostenía contra su pecho. Olía a jabón de lavanda y a tortillas de harina. Un olor a hogar.

—Está bien, está bien. Abre la puerta de la cocina, rápido. Busca una toalla vieja.

Me sentí transportado, flotando. El aire frío desapareció, reemplazado por un ambiente tibio que olía a comida y limpieza. Me depositaron con delicadeza sobre algo suave, tal vez una manta en el suelo.

—Pobrecito animalito… ¿quién te pudo hacer esto? —susurró la mujer, pasando su mano por mi lomo esquelético. Sentí una lágrima caer sobre mi nariz. Agua salada, pero esta vez, llena de piedad real.

Intenté ronronear, para agradecerles, para decirles que era un buen gato, que sabía usar el arenero, que no rompería nada si me dejaban quedarme. Pero de mi garganta solo salió un silbido ronco.

—Trae agua con azúcar en una jeringa, corre. Y llama a tu tía la veterinaria, dile que es una emergencia.

Me desmayé. Pero esta vez, no me desmayé esperando la muerte. Me desmayé envuelto en una toalla, en una cocina mexicana, con voces preocupadas a mi alrededor.

Desperté… no sé cuánto tiempo después. Todo estaba oscuro, pero no era la oscuridad amenazante de la calle. Era una penumbra tranquila. Estaba dentro de una jaula, sí, pero tenía una base acolchada y una manta térmica.

Me dolía todo el cuerpo, pero era un dolor diferente. Un dolor de curación. Sentí pinchazos en la pata (suero, supe después) y un sabor amargo en la boca (medicina).

Abrí los ojos. Veía un poco mejor. La infección había sido limpiada. Frente a la jaula, sentada en una silla, estaba la niña que me había encontrado. Leía un libro bajo la luz tenue de una lámpara. Tendría unos doce años, con lentes y el cabello rizado.

Me moví un poco y ella levantó la vista de inmediato. —Hola, guerrero —susurró, dejando el libro—. Pensamos que no la librabas. El veterinario dijo que estabas deshidratado, anémico y con una infección respiratoria severa. Dijo que si hubieras pasado una noche más afuera… bueno, ya sabes.

Acercó su dedo a los barrotes. Me arrastré, dolido pero vivo, y froté mi mejilla contra su dedo. —Me llamo Sofía —dijo ella—. Y tú… bueno, mi mamá dice que pareces un carbón, pero yo creo que eres como una pantera chiquita. Te vamos a decir “Balam”. Significa jaguar en maya. Porque eres fuerte.

“Balam”. Me gustaba. Sonaba poderoso. Ya no era “El Negro”, el gato desechado. Ahora tenía un nombre de guerrero antiguo.

Los días siguientes fueron una neblina de recuperación. Comida blanda, medicinas, limpieza de ojos, y muchas, muchas caricias. La familia de Sofía no era rica como los Morales solían ser, pero tenían una riqueza diferente. Había risas en esa casa. Había ruido, música, discusiones alegres sobre qué ver en la tele.

La madre, Doña Tere, era una mujer estricta con la limpieza, pero tenía un corazón de oro. Aunque al principio refunfuñaba por los pelos, la sorprendí varias veces hablándome en secreto mientras cocinaba. —Ándale, Balam, cómete esto, es pollito desmenuzado. Para que te pongas guapo.

Recuperé peso. Mi pelaje empezó a brillar de nuevo, aunque las cicatrices en mis orejas y mi nariz quedarían para siempre como mapa de mi infierno personal. Empecé a explorar la casa. Tenían un patio pequeño con macetas. No eran los geranios de Don Roberto, eran hierbas de olor: cilantro, epazote, hierbabuena. Me gustaba acostarme ahí, al sol, viendo las mariposas.

Parecía que la vida me había dado una segunda oportunidad. Un final feliz de película. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido, y las historias en México rara vez son líneas rectas.

Un sábado por la tarde, la casa estaba alborotada. —¡Apúrense, que ya van a llegar! —gritaba Doña Tere—. ¡Sofía, baja al gato del sillón, que viene la visita y trae a su bebé!

Sofía me cargó y me llevó a su cuarto. —Quédate aquí, Balam. Van a venir unos primos lejanos que hace años no vemos. Son medios especiales, así que mejor no bajes.

Me quedé en la cama de Sofía, durmiendo la siesta. Escuchaba el timbre, los saludos efusivos en la sala, el “¡Tanto tiempo!”, el “¡Mira qué grande está la niña!”. Risas, tintineo de vasos.

El aburrimiento me ganó. La puerta del cuarto no estaba bien cerrada. Mi curiosidad felina, esa que dicen que mató al gato (pero que en mi caso solo me metía en líos), me empujó a salir.

Bajé las escaleras silenciosamente, como una sombra líquida. Me asomé a la sala desde el barandal.

Había varias personas sentadas. Un hombre con bigote, una mujer con un bebé en brazos, Doña Tere sirviendo café.

Y entonces, lo vi.

Sentado en el sillón individual, con una copa en la mano, envejecido, con más canas y una mirada más amarga, pero inconfundible.

Era Don Roberto.

Mi corazón se detuvo. Mis garras se clavaron en la alfombra de la escalera. ¿Qué hacía él aquí? ¿Eran parientes? El mundo es un pañuelo, dicen, pero esto era ridículo.

—Pues sí, Tere —decía Don Roberto con voz quejumbrosa—, la soledad está canija. Desde que Clarita se fue a España, la casa se siente vacía. Y luego con la crisis, tuve que vender el coche… ya ves cómo es esto.

—¿Y no tenías un gato? —preguntó Doña Tere inocentemente—. Me acuerdo que Clarita adoraba a ese gato negro.

Yo me congelé. Todo mi cuerpo temblaba.

Don Roberto suspiró, tomó un sorbo de su bebida y puso una cara de falsa tristeza que me revolvió el estómago. —Ay, sí. El pobre “Negro”. Fíjate que se me escapó. Un día dejé la puerta abierta por error y se salió. Lo busqué por días, pegué carteles… pero ya sabes cómo son los gatos, son traicioneros. Se van a la primera. Clarita lloró mucho cuando le conté, pero pues… ¿qué le hace uno?

Sentí una furia roja, caliente, subir por mi garganta. ¡Mentiroso! ¡Miserable mentiroso! ¡Me tiraste a la basura como si fuera un zapato viejo! ¡Me condenaste al infierno y ahora te haces la víctima!

Quise saltar y arañarle la cara, gritarle la verdad frente a todos. Pero soy un gato. No hablo su idioma. Mi testimonio no vale en su corte.

—Qué pena —dijo Doña Tere—. Bueno, pues nosotros acabamos de recoger a uno de la calle. Es un milagro que esté vivo. ¡Sofía, trae a Balam para que lo conozcan!

¡No! ¡No, por favor!

Escuché los pasos de Sofía bajando las escaleras detrás de mí. Me vio ahí parado, erizado. —Ah, aquí estás, travieso. Ven.

Me levantó en brazos antes de que pudiera huir. —Miren, este es Balam.

Sofía entró a la sala conmigo en brazos. Don Roberto giró la cabeza. Sus ojos se posaron en mí.

Al principio, fue una mirada de indiferencia. Un gato negro más. Pero luego, me vio bien. Vio la mancha blanca pequeña que tengo en el pecho, en forma de diamante. Vio mi oreja izquierda, que tiene una muesca vieja de cuando era cachorro.

Sus ojos se abrieron como platos. La copa tembló en su mano. Su rostro palideció. Me reconoció. Lo supe. Y él supo que yo sabía.

Nuestras miradas se cruzaron. La mía, llena de odio y acusación. La suya, de culpa y miedo. ¿Miedo a qué? ¿A que un gato pudiera delatarlo? No, miedo a su propia conciencia. Miedo a ver el fantasma de su crueldad regresando de la tumba para mirarlo a los ojos en casa de sus parientes.

—Ese gato… —balbuceó Don Roberto, con la voz hilo—. Ese gato se parece mucho al… al mío.

—¿De verdad? —dijo Sofía, acariciándome—. Pues este llegó destrozado, tío. Alguien muy malo lo abandonó a su suerte. No entiendo cómo hay gente capaz de hacer eso, ¿verdad?

La pregunta quedó flotando en el aire, pesada como una sentencia. Don Roberto tragó saliva. Sudaba.

—Sí… sí, gente muy mala —murmuró, sin poder sostenerme la mirada.

En ese momento, sentí algo extraño. Ya no sentía miedo de él. Él era patético. Un hombre solo, amargado, que tenía que mentir para ocultar su mezquindad. Yo, en cambio, estaba en brazos de una niña que me amaba, en una casa donde me valoraban. Yo había sobrevivido al infierno. Él vivía en su propio infierno de soledad y mentiras.

Me acomodé mejor en los brazos de Sofía y solté un ronroneo fuerte, profundo, vibrante. Un sonido de triunfo. Miré a Don Roberto una última vez, cerré los ojos con desdén y escondí mi cabeza en el hombro de Sofía.

—Creo que no le caíste bien, tío —rió Sofía—. Balam es muy selectivo con las personas. Huele las vibras.

Don Roberto se puso de pie bruscamente. —Me… me siento un poco indispuesto. Creo que me bajó la presión. Mejor me voy.

—¿Pero tan pronto? ¡Ni has comido! —protestó Doña Tere.

—No, no, mejor me voy. Salúdenme a todos.

Lo vi salir apresurado, casi huyendo, perseguido por la mirada de un gato negro que regresó de la muerte para recordarle quién era realmente.

Esa noche, dormí a los pies de la cama de Sofía. Soñé con Clarita, sí. Pero ya no soñé con dolor. Soñé que Clarita regresaba y me encontraba aquí, sano y salvo. Y sabía, con esa certeza que tenemos los animales, que ese día llegaría. Porque la vida da muchas vueltas, y yo, Balam, el guerrero, tenía siete vidas. Y apenas iba en la segunda.

Pero la historia no acaba aquí. Porque en México, el pasado siempre toca la puerta dos veces.

Semanas después, llegó una carta. Un sobre con sellos internacionales. De Madrid. Sofía entró corriendo a la cocina con el sobre en la mano. —¡Mamá! ¡Llegó carta de la prima Clarita para el tío Roberto! Pero como el tío se mudó de casa y no avisó bien, el cartero la dejó aquí porque es la dirección de referencia.

—A ver… —dijo Doña Tere—. Pues ábrela, mija, a lo mejor es urgente y tu tío ni sus luces, no contesta el teléfono desde aquel día que vino.

Sofía abrió el sobre. Yo estaba comiendo mis croquetas (ahora de primera calidad), pero levanté las orejas al escuchar el nombre “Clarita”.

Sofía leyó en voz alta: “Querido papá. Te tengo una sorpresa increíble. Conseguí un vuelo barato y llego a México la próxima semana. No te avisé antes para darte la sorpresa. Me muero por abrazarte y, sobre todo, me muero por ver a mi Negrito. He soñado con él todas las noches. Espero que lo hayas cuidado como me prometiste. Si le pasó algo, me muero. Nos vemos el martes. Te ama, Clarita.”

Sofía bajó la carta. Doña Tere se llevó la mano a la boca. —¡Virgen Santísima! —exclamó Doña Tere—. La niña viene pensando que su gato está ahí… y Roberto nos dijo que se escapó… pero…

Sofía me miró. Luego miró la carta. Luego me miró de nuevo. Sus ojos brillaron con una inteligencia aguda. —Mamá… el tío Roberto mintió. Balam ES el gato de Clarita. Por eso se puso así de nervioso. Por eso huyó.

—No digas tonterías, Sofía. —¡Es verdad! ¡La mancha blanca! ¡La fecha en que lo encontramos coincide con cuando el tío dice que se “escapó”! ¡Mamá, el tío lo tiró y Clarita viene y le va a romper el corazón!

El silencio reinó en la cocina. Yo maullé, un maullido largo y confirmativo. Doña Tere se secó las manos en el delantal, con una expresión de determinación en el rostro. —Si eso es verdad… ese hombre va a escucharme. Nadie juega con los sentimientos de mi familia. Y menos con un animalito de Dios.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Sofía.

Doña Tere sonrió, una sonrisa de justicia mexicana, de esas que dan miedo y gusto a la vez. —Vamos a ir al aeropuerto. Y vamos a llevar a Balam.

PARTE 3: EL JUICIO EN LA TERMINAL Y EL REGRESO DEL REY

La cocina de Doña Tere se convirtió esa semana en un cuarto de guerra. No había mapas ni estrategias militares sobre la mesa de hule con estampado de frutas, pero la tensión era la misma que precede a una batalla decisiva. El ambiente olía a café de olla, a jabón Zote y a una determinación ferrosa que solo las mujeres mexicanas saben invocar cuando se trata de proteger a los suyos.

Yo, Balam —o El Negro, como mi corazón recordaba ser—, observaba todo desde mi posición estratégica encima del refrigerador. Desde ahí arriba, el calor del motor me mantenía los huesos tibios y me permitía vigilar el perímetro. Mis orejas, una de ellas marcada para siempre por la calle, giraban como radares captando cada susurro, cada plan.

Sofía y su madre no hablaban a gritos, pero sus voces cargaban el peso de la verdad. —No podemos dejar que Clarita llegue y se tope con la mentira en la cara, mamá —decía Sofía, mientras limpiaba mis platos con una esponja nueva—. Imagínate, llegar de Europa, toda ilusionada, y que el tío le salga con el cuento de que me escapé. Se va a morir de tristeza.

—Lo sé, mija, lo sé —respondía Doña Tere, picando cebolla con una velocidad que daba miedo—. Pero tampoco podemos armar un escándalo en la casa. Tu tío Roberto es… complicado. Es mi primo, y la sangre llama, pero lo que hizo no tiene nombre. Eso no es de hombres, es de cobardes. Tirar a un animalito así… y luego tener la sangre fría de venir a tomar café a mi casa y mentirme a los ojos. Eso es lo que más me calienta.

Yo parpadeaba lentamente. Entendía el tono. Entendía la palabra “cobarde”. La había olido en el sudor de Don Roberto aquel día. El miedo huele a vinagre rancio; la cobardía huele a perfume barato intentando cubrir la podredumbre.

El martes llegó con un cielo gris, típico de la Ciudad de México cuando la contaminación decide abrazar al valle. La casa se despertó antes de que saliera el sol. Sentí el nerviosismo en el aire. No era el nerviosismo alegre de cuando íbamos al veterinario para un chequeo; era una electricidad estática, densa.

Sofía entró a la cocina cargando “la caja”. La transportadora. Mi viejo enemigo. Al verla, mis instintos se dispararon. La última vez que estuve en una caja, terminé en la banqueta, con el frío mordiéndome el alma. Mi pelo se erizó y solté un bufido bajo.

—Tranquilo, Balam —me susurró Sofía, acercándose con suavidad—. Ya sé que te da miedo. Te prometo, por mi vida, que esta vez no es para dejarte. Esta vez es para encontrarte. Vamos a ir por ella. Vamos por Clarita.

¿Clarita? El nombre detonó en mi cerebro felino como una campana. Clarita. La dueña de las manos suaves. La voz que cantaba mientras estudiaba. La que me cepillaba hasta dejarme brillante. ¿Íbamos con ella? Dejé que Sofía me cargara. Me metió en la transportadora, pero esta vez le puso una manta que olía a ella, a Sofía. Y dejó la rejilla un poco abierta para acariciarme la nariz antes de cerrarla. —Confía en nosotras, panterita. Hoy se hace justicia.

El viaje en el coche fue una odisea sensorial. El viejo Nissan de Doña Tere vibraba como una lavadora en ciclo de centrifugado. El tráfico de la ciudad era una bestia rugiente. Escuchaba los cláxenes, los gritos de los vendedores en los semáforos: “¡Cargadores, chicles, el agüita fría!”. Olía el escape de los camiones, el esmog picante, pero también el aroma a tortas de tamal que se colaba por las ventanas.

Yo iba en el asiento trasero, con Sofía sujetando la transportadora firmemente en su regazo. Ella me hablaba todo el camino. —Ya casi llegamos, Balam. El aeropuerto está lejos, pero vamos con tiempo. El vuelo de Iberia llega a las 2:00 pm. El tío Roberto seguro ya está allá, haciéndose la víctima.

Doña Tere manejaba con la pericia de un taxista veterano, esquivando baches y metiéndose en filas imposibles en el Circuito Interior. —Ese Roberto me va a oír —mascullaba—. Mira que hacerme ir hasta el Benito Juárez con este tráfico. Pero va a ver. Va a ver quién es Teresa Morales.

Llegamos a la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. El ruido cambió. Ya no era el rugido de la calle, sino un zumbido constante, ecoico, de miles de voces, maletas rodando y anuncios por altavoces que nadie entendía. El olor era una mezcla de turbosina (combustible de avión), café quemado, cera para pisos y ansiedad humana. Mucha ansiedad. El aeropuerto es un lugar donde las emociones se concentran: despedidas que duelen y bienvenidas que curan.

Bajamos del coche. El aire frío del estacionamiento me golpeó la nariz a través de la rejilla. Sofía se colgó mi transportadora al hombro con cuidado, tratando de no balancearme demasiado. —Vamos a Llegadas Internacionales, mamá. Ahí debe estar.

Caminamos por pasillos largos. Yo veía pasar piernas, muchas piernas. Pantalones de mezclilla, faldas, trajes ejecutivos. Escuchaba idiomas que no conocía. Pero mis sentidos estaban enfocados en una sola cosa: buscar un rastro. Buscaba el rastro de Clarita. Pero también buscaba el rastro del traidor.

Llegamos a la zona de espera. Era un caos. Había cientos de personas recargadas en una barandilla metálica, sosteniendo globos, flores, carteles hechos con cartulina fluorescente que decían “Bienvenido Abuelo” o “Te extrañamos Lupita”. Doña Tere se abrió paso con los codos, como si estuviera entrando al metro en hora pico. —Con permiso, con permiso, traemos un encargo delicado.

Y entonces, lo olí. Antes de verlo, lo olí. Esa loción cara mezclada con tabaco y sudor nervioso. Don Roberto.

—Ahí está —susurró Doña Tere, deteniéndose detrás de una columna de concreto—. Míralo. Qué cara de “yo no fui” tiene.

Sofía se acomodó para ver mejor. Yo me pegué a la rejilla de la transportadora, tratando de enfocar. Ahí estaba. Don Roberto. Llevaba un ramo de rosas rojas enorme, casi ridículo, como si el tamaño de las flores pudiera tapar el tamaño de su culpa. Vestía un saco que le quedaba un poco grande ahora (la culpa adelgaza, dicen) y miraba constantemente el tablero de llegadas, secándose la frente con un pañuelo.

Estaba solo. Nadie lo acompañaba. Se veía pequeño entre la multitud. Por un segundo, sentí una punzada de lástima. Solo un segundo. Luego recordé la lluvia, los perros salvajes, el hambre que me hizo comer basura. La lástima se evaporó.

—El vuelo ya aterrizó —dijo Sofía, mirando su celular—. Dice “En banda de equipaje”. Ya va a salir.

Los minutos se hicieron eternos. Yo estaba inquieto en la caja. Rasguñé un poco el plástico. —Shh, Balam, espera —me calmó Sofía.

De repente, las puertas automáticas de cristal esmerilado se abrieron. Una oleada de gente empezó a salir empujando carritos llenos de maletas. Hubo gritos, llantos de alegría, abrazos. El ruido subió de volumen. Don Roberto se estiró, buscando entre las cabezas.

Y entonces, apareció ella. Clarita. Mi corazón, ese órgano pequeño que había resistido tanto, dio un vuelco. Se veía diferente. Tenía el pelo más corto, llevaba un abrigo elegante color camello y bufanda. Se veía más mujer, más adulta. Pero sus ojos… esos ojos grandes y oscuros eran los mismos. Y su sonrisa, aunque cansada por el viaje, iluminó la terminal gris.

Don Roberto levantó la mano y agitó las flores. —¡Hija! ¡Clarita! ¡Aquí! —gritó, con la voz quebrada.

Clarita lo vio. Soltó el carrito de las maletas por un instante y corrió hacia él. Se abrazaron sobre la barandilla. —¡Papá! ¡Papito! —lloraba ella—. ¡Te extrañé tanto!

Vi a Don Roberto abrazarla con fuerza, cerrando los ojos. Quizás él la amaba, sí. Pero su amor estaba manchado. —Mi niña, qué bueno que llegaste. Estás hermosa —le decía él.

—¿Y el Negro? —fue lo primero que preguntó Clarita al separarse, buscando con la mirada—. ¿No lo trajiste? Te dije que quería verlo en cuanto llegara. ¿Dónde está? ¿Lo dejaste en el coche?

El momento de la verdad. El tiempo pareció detenerse. La gente alrededor seguía en su bullicio, pero para mí, el sonido se apagó. Solo escuchaba la respiración entrecortada de Don Roberto. Él bajó la mirada. Puso su cara de actor de telenovela barata. —Hija… tenemos que hablar. Vamos a la casa, ahí te explico… Es que… el Negrito…

—¿Qué pasó? —la sonrisa de Clarita se borró de golpe. Su rostro se llenó de pánico—. ¿Le pasó algo? ¿Se murió? ¡Dime, papá!

—No, no se murió… bueno, no sé. Se escapó, hija. Se salió un día y…

—¡MENTIRA!

El grito no salió de mí. Salió de la garganta de Doña Tere. Mi salvadora salió de detrás de la columna como una valquiria de barrio, con Sofía y conmigo a cuestas. —¡Mentira, Roberto! ¡Deja de mentirle a tu hija por una maldita vez en tu vida!

Don Roberto se quedó helado. Su cara pasó de la falsa tristeza al terror puro. —Tere… ¿qué haces aquí? —balbuceó.

Clarita miró a su tía, confundida. —¿Tía Tere? ¿Sofía? ¿Qué pasa?

Doña Tere se plantó frente a ellos, con las manos en la cintura. —Vinimos porque sabíamos que este señor no iba a tener los pantalones para decirte la verdad, mi amor. Y no íbamos a dejar que te rompieras el corazón pensando que tu gato te abandonó.

—¿De qué hablas? —preguntó Clarita, con lágrimas en los ojos.

Sofía dio un paso adelante. Puso la transportadora en el suelo, frente a Clarita. —Tío Roberto no perdió al gato, prima. Lo echó a la calle. Lo tiró como basura en diciembre.

Clarita se llevó las manos a la boca, soltando un gemido ahogado. Miró a su padre. —¿Papá? ¿Es cierto?

Don Roberto intentó defenderse, pero su voz era un chillido patético. —No, no… ellas están confundidas… yo… ya no teníamos dinero, hija, tú no sabes lo que sufrimos… el gato comía mucho…

—¡Lo tiraste! —gritó Clarita, retrocediendo como si él tuviera una enfermedad contagiosa—. ¡Me prometiste cuidarlo! ¡Era mi familia!

—¡Pero es solo un animal! —estalló Roberto, perdiendo la compostura, mostrando al fin su verdadera cara, la cara del hombre que me gritó en la banqueta—. ¡Es un gato, Clara! ¡Por Dios, gasté mis ahorros en tu maestría y me reclamas por una bestia!

La crueldad de sus palabras flotó en el aire. La gente alrededor empezó a mirar. El chisme estaba servido. Pero a Clarita no le importó el público. Se agachó frente a la transportadora. Sus manos temblaban. —¿Está ahí? —preguntó a Sofía, con un hilo de voz.

—Ábrelo —dijo Sofía—. Él te está esperando.

Clarita abrió la rejilla metálica. Yo no esperé. No dudé. Salí de la caja despacio. Me sentía observado por cientos de ojos, pero solo me importaban dos. La vi. Olí su perfume, esa mezcla de vainilla y lavanda que había sido mi hogar durante diez años. Levanté la cabeza y solté un maullido corto. Un “Miau” que significaba “¿Por qué tardaste tanto?”.

—¡Negrito! —gritó ella, y se derrumbó de rodillas en el piso sucio del aeropuerto, sin importarle su abrigo caro. Me envolvió en sus brazos. Hundió su cara en mi pelaje. Sus lágrimas mojaron mi cuello. Yo ronroneé. Ronroneé con una fuerza que hizo vibrar mi pecho y el de ella. Empecé a amasar su brazo con mis garras, marcando mi territorio, reclamando a mi humana.

—Perdóname, perdóname, mi amor chiquito —sollozaba ella—. Mira cómo estás… mira tus orejitas… estás tan flaquito… perdóname.

Levanté mi pata y toqué su mejilla. Le pasé mi lengua rasposa por la nariz. Estaba salada. —Está bien —pensé—. Ya estás aquí.

Don Roberto intentó acercarse, poner una mano sobre el hombro de su hija. —Clara, entiende, por favor… estaba desesperado…

Clarita se levantó de golpe, cargándome en sus brazos como si fuera un escudo. Su mirada había cambiado. Ya no era la niña que se fue a estudiar. Era una mujer que acababa de ver la verdadera naturaleza de su padre. —No me toques —dijo, con una voz fría como el hielo—. No te atrevas a tocarme.

—Hija, vamos a la casa, estás cansada… —Yo no voy a ninguna casa contigo. Tú no tienes casa. Una casa donde se traiciona a los leales no es un hogar. Es solo un edificio vacío.

Clarita se giró hacia Doña Tere. —Tía… ¿me puedo quedar con ustedes unos días? Mientras busco un departamento. Tengo ahorros.

Doña Tere sonrió, y sus ojos se llenaron de lágrimas de orgullo. —Mija, mi casa es tu casa. Y donde cabe uno, caben cuatro. Tú, el gato, Sofía y yo. Vámonos.

—¿Y mis maletas? —preguntó Clarita.

—Ahorita vemos cómo nos las llevamos. Sofía, ayúdale a tu prima.

Empezaron a caminar hacia la salida. Yo iba en brazos de Clarita, con la cabeza apoyada en su hombro, mirando hacia atrás. Vi a Don Roberto quedarse ahí, parado en medio de la terminal, con su ramo de rosas rojas colgando de la mano, marchitándose por el ridículo. La gente lo miraba y murmuraba. Se había quedado solo. Completamente solo. No porque su hija se hubiera ido a España, sino porque su corazón era demasiado pequeño para albergar lealtad.

Él me miró una última vez. Y juro que en sus ojos vi arrepentimiento. No sé si por lo que me hizo, o por el precio que acababa de pagar. Pero ya era tarde. Yo cerré los ojos y me dejé llevar hacia la salida, hacia el sol de la tarde que, por primera vez en meses, se sentía cálido de verdad.

El viaje de regreso a casa de Doña Tere fue muy diferente. Íbamos apretados. Las maletas de Clarita apenas cabían en la cajuela y una iba en el asiento de copiloto. Doña Tere, Sofía y Clarita (conmigo en las piernas) íbamos atrás. Pero nadie se quejó. Clarita no paraba de acariciarme, revisando cada cicatriz, cada hueso que aún se notaba. Sofía le contaba la historia completa: cómo me encontraron a punto de morir, cómo me llamaron Balam, cómo descubrieron la verdad.

—Balam —repitió Clarita, probando el nombre—. Me gusta. Suena fuerte. Negrito Balam. Tienes dos nombres, porque tienes dos vidas.

Llegamos a la casa al atardecer. Doña Tere preparó chocolate caliente y sacó pan dulce. Nos sentamos en la sala, esa misma sala donde Roberto había huido días antes. Pero ahora el ambiente era ligero. Clarita me contó que en España me extrañaba tanto que a veces le daba de comer a los gatos de la calle pensando en mí. Me prometió que nunca, jamás, volvería a dejarme.

—Voy a buscar trabajo aquí en México —dijo ella—. Ya tengo la maestría. Saldremos adelante, tú y yo, Negrito. Y le pagaremos a la tía Tere cada centavo de lo que gastó en tu veterinario.

—Ni se te ocurra, muchacha —dijo Tere desde la cocina—. Ese dinero fue la mejor inversión de mi vida. Compró la verdad. Y trajo a la familia de vuelta.

Los meses pasaron. La vida, como dicen, da muchas vueltas. Clarita consiguió un buen trabajo en una agencia de publicidad en la Condesa. Rentamos un departamento pequeño, pero acogedor, con un balcón donde entra el sol toda la mañana. No volví a ver a Don Roberto. Sé que Clarita habla con él por teléfono de vez en cuando, porque es su padre y el rencor es una carga pesada que ella no quiere llevar. Pero la relación se rompió. Algo fundamental se quebró ese día en el aeropuerto. La confianza es como un vaso de cristal; puedes pegarlo, pero siempre se notarán las grietas.

Yo ya soy un gato viejo. Mis bigotes son blancos y ya no salto tan alto como antes. Las secuelas de mi tiempo en la calle aparecen en los días de lluvia, cuando me duelen las articulaciones. Tengo asma crónica por aquella infección y a veces toso. Pero soy feliz. Tengo mi plato lleno. Tengo mi cojín suave. Y tengo a mis tres mujeres: Clarita, que es mi alma; Sofía, que es mi salvadora y mi madrina; y Doña Tere, que es la guardiana de la justicia.

A veces, cuando duermo en el balcón y escucho los ruidos de la ciudad abajo —los cláxenes, los gritos, la vida frenética de la Ciudad de México—, recuerdo el frío de la banqueta. Recuerdo el miedo. Recuerdo la caja de cartón. Y entonces abro un ojo y veo a Clarita trabajando en su computadora, con una taza de café al lado. Ella me siente mirar, voltea y me sonríe. —¿Qué pasó, Balam? ¿Todo bien?

Parpadeo lentamente, ese beso de gato que significa “Te amo”. Sí, todo está bien.

Aprendí que la selva de concreto es cruel, despiadada y fría. Que hay humanos que están rotos por dentro y rompen a los demás. Pero también aprendí que el amor existe. Que la lealtad no entiende de especies. Y que, a veces, un gato callejero y mugroso puede ser el catalizador para que la verdad salga a la luz.

Me llamaban “El Negro”. Me llamaron “Plaga”. Me llamaron “Balam”. Pero mi nombre favorito es el que Clarita me susurra cada noche antes de dormir, cuando apaga la luz y me acurruco en sus pies, en mi lugar legítimo: —Descansa, mi compañero.

Y así, mientras la gran ciudad duerme (o finge dormir), yo cierro los ojos, sabiendo que mañana mi plato estará lleno y mi corazón también. Esta fue mi historia. La historia de cómo perdí siete vidas en la calle, pero guardé la octava para volver a casa.

PARTE FINAL: EL ÚLTIMO MAULLIDO Y EL LEGADO DEL JAGUAR

Dicen que los gatos tenemos siete vidas. Yo gasté la primera siendo el rey mimado de una casa que se desmoronó. Gasté la segunda, la tercera y quizás hasta la sexta en las calles frías de la Ciudad de México, peleando contra perros, contra el hambre y contra la indiferencia humana. Pero esta última vida, la séptima, la que viví en el departamento de la Condesa junto a Clarita, valió por todas las anteriores juntas. Fue la vida de la redención.

Nuestra nueva rutina se estableció como un reloj suizo, pero con el sabor caótico y dulce de la vida chilanga. El departamento en la Condesa no era un palacio, pero para mí era el Versalles. Tenía un balcón con barandales de hierro forjado desde donde yo podía ejercer mi labor de vigilante supremo. Desde ahí, veía pasar la vida: el señor de los camotes con su silbido de vapor que me hacía mover las orejas, los paseadores de perros con sus manadas de huskies y poodles (a los que yo miraba con superioridad desde las alturas), y las parejas que se besaban bajo la luz ámbar de las farolas.

Clarita cambió. Ya no era la estudiante asustadiza. Se convirtió en una “chingona”, como dicen aquí. Trabajaba duro en su agencia de publicidad. A veces, se quedaba hasta tarde frente a la computadora, con la luz azul de la pantalla iluminando su rostro cansado. En esos momentos, yo sabía cuál era mi trabajo. No era cazar ratones —en este piso no había—, mi trabajo era ser el ancla. Me subía a su escritorio, caminaba con delicadeza sobre el teclado (a veces enviando un “ññññññ” accidental en sus correos) y me acostaba sobre sus muñecas. Ella suspiraba, detenía el tecleo frenético y hundía sus dedos en mi pelaje.

—¿Qué haría sin ti, Balam? —me susurraba. “Volverte loca”, pensaba yo. “Probablemente te volverías loca”.

Los fines de semana eran sagrados. Doña Tere y Sofía venían a visitarnos. Esas tardes eran mis favoritas. La casa se llenaba de olor a comida casera, porque Doña Tere se negaba a aceptar que Clarita “comiera puras porquerías de la calle”. Traía tuppers con tinga, con arroz rojo, con mole. Sofía, que ya estaba creciendo y convirtiéndose en una adolescente rebelde pero de corazón noble, siempre traía un juguete nuevo para mí: una pluma con catnip, un ratón de cuerda, una caja nueva.

Pero aunque todo parecía perfecto, las sombras del pasado a veces se alargaban.

Meses después de nuestra mudanza, el teléfono sonó una noche lluviosa. Clarita contestó. Vi cómo su espalda se tensaba. Vi cómo su mano apretaba el celular hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—No sé qué decirte… —decía ella con voz temblorosa—. No, papá. No es buen momento. No, no quiero dinero. No necesito que me deposites nada. Lo que necesité en su momento no fue dinero, fue lealtad. Y esa no se compra.

Era él. Don Roberto.

Colgó el teléfono y se echó a llorar en el sofá. Yo, que ya estaba viejo y me costaba un poco saltar, hice el esfuerzo y me subí a su regazo. Empecé a ronronear, ese motor profundo que sana huesos y corazones. Ella me abrazó. —Dice que está enfermo, Balam. Dice que está muy solo. Que la casa se le cae encima.

Yo cerré los ojos. Los humanos son criaturas extrañas. Buscan el perdón cuando sienten el frío de la soledad, no cuando cometen la falta. Don Roberto estaba cosechando lo que sembró. Y aunque una parte de mí, la parte animal que no guarda rencores complejos, podría haber sentido lástima, la parte de mí que amaba a Clarita no podía perdonar verla llorar de nuevo.

Sin embargo, Clarita tenía el corazón de su madre, no el de su padre. Semanas después, accedió a verlo. No en nuestra casa —mi santuario estaba prohibido para él—, sino en un café neutral. Regresó dos horas después, con los ojos hinchados pero con un aire de ligereza.

—Ya está, Negrito —me dijo mientras me servía mi paté especial para riñones delicados—. Hicimos las paces. No vamos a ser los mejores amigos, y no va a venir a cenar en Navidad, pero… ya no lo odio. El odio pesa mucho, Balam. Y yo quiero volar ligera.

Aprendí entonces una lección valiosa: el perdón no es para el que ofendió, es para el que fue ofendido. Es soltar una maleta llena de piedras. Clarita soltó su maleta ese día. Y yo, al verla sonreír de verdad por primera vez en mucho tiempo, decidí soltar la mía también. Si ella estaba bien, yo estaba bien. Don Roberto era solo un fantasma de un pasado que ya no podía tocarnos.

El tiempo, implacable, siguió su curso. Y la vejez, esa ladrona silenciosa, empezó a reclamar su cuota. Primero fue el salto a la cama. Antes lo hacía de un solo impulso elegante. De repente, necesité un “escalón” intermedio (la silla, luego la cama). Clarita se dio cuenta de inmediato y compró una escalerita de espuma. —Para que subas como el rey que eres —me dijo.

Luego fue la vista. Las mariposas en el balcón se volvieron manchas borrosas. Ya no cazaba moscas, solo las escuchaba zumbando y movía las orejas con fastidio. Mis riñones, dañados por aquella deshidratación severa en las calles, empezaron a fallar. Las visitas al veterinario se volvieron frecuentes. Ya no era Sofía quien me revisaba, sino una doctora especialista. Me ponían suero bajo la piel. No me gustaba, pero me dejaba hacer. Sabía que esas agujas eran vida líquida.

Clarita sufría con cada pinchazo más que yo. —Lo siento, bebé, lo siento —me decía, besando mi cabeza mientras la doctora inyectaba el fluido—. Es para que te sientas mejor.

Y me sentía mejor. Tenía rachas buenas. Días en los que el sol de la tarde me calentaba las articulaciones y me sentía como un cachorro otra vez. Corría (bueno, trotaba) por el pasillo persiguiendo una bola de papel aluminio. Esos días eran fiestas para Clarita. Nos tomábamos selfies. Ella me leía en voz alta sus proyectos.

Pero hubo una noche, una noche de noviembre, en la que supe que el final del hilo estaba cerca. El aire olía a cempasúchil y a copal. La Ciudad de México estaba vestida de Día de Muertos. Clarita había puesto un altar pequeño en la sala. Había fotos de su mamá, de sus abuelos. Y había puesto, en una esquina, un plato con mis croquetas favoritas y un poco de atún. —Es para los amiguitos que tuviste en la calle, Balam —me explicó—. Para que vengan a cenar esta noche.

Esa noche no pude subir la escalerita. Mis patas traseras simplemente no respondieron. Me quedé en la alfombra, mirándola con impotencia. El dolor en mi costado era agudo, constante, un ruido blanco que no me dejaba pensar. Clarita lo supo. La conexión entre nosotros era telepática. Se bajó de la cama, trajo mi edredón y se acostó en el suelo, a mi lado. —Aquí estoy, mi amor. Aquí estoy.

Pasamos la noche en el suelo. Ella acariciando mi lomo, yo intentando ronronear, aunque el sonido salía roto, como un motor viejo y oxidado. A la mañana siguiente, no comí. El olor del atún, que antes me volvía loco, ahora me provocaba náuseas. Solo bebí un poco de agua. Clarita llamó a Sofía. —Creo que es el momento, Sofi… —dijo, y su voz se quebró en mil pedazos—. Ya no se levanta. Me está mirando… me está mirando como pidiendo permiso.

Sofía llegó una hora después. Ya no era la niña de coletas. Estaba terminando la carrera de Veterinaria. Entró con un maletín, pero sobre todo, entró con una paz inmensa. —Hola, Balam —me saludó, sentándose a nuestro lado—. Hola, guerrero jaguar.

Me revisó. Sus manos eran expertas, pero suaves. Escuchó mi corazón. Me palpó el abdomen. Miró a Clarita y asintió levemente, con los ojos llenos de lágrimas contenidas. —Sus riñones ya no funcionan, prima. Se está intoxicando. Le duele.

Clarita asintió. Lloraba en silencio, esas lágrimas que queman. —No quiero que sufra. Ni un minuto más. Él sufrió demasiado en esa calle. Prometí que nunca más sufriría.

—Podemos hacerlo aquí —dijo Sofía—. En su casa. En su cama. Sin mesas frías de metal. Con su gente.

Prepararon todo. Me pusieron sobre mi cojín favorito, ese que tenía bordado mi nombre. Clarita se acostó frente a mí, de modo que lo único que yo viera fueran sus ojos. Esos ojos oscuros que fueron mi faro. —Gracias, Negrito —me susurró—. Gracias por esperarme. Gracias por salvarme tú a mí. Fuiste lo mejor de mi vida.

Yo quería decirle tantas cosas. Quería decirle que no estuviera triste. Que yo estaba cansado. Que mi cuerpo pesaba mucho, como si llevara un abrigo de plomo. Quería decirle que no le guardaba rencor a Don Roberto, porque gracias a su error, conocí el amor incondicional de Sofía y Doña Tere. Quería decirle que la iba a esperar.

Sentí un piquete pequeño. Sofía me acariciaba la pata. —Ya vas a descansar, pantera —dijo Sofía.

El dolor empezó a desvanecerse. Fue como si me quitaran el abrigo de plomo. De repente, me sentí ligero. El frío de mis patas desapareció. Una calidez suave, como la del sol de mediodía en el balcón, empezó a extenderme por el cuerpo. Los ojos de Clarita seguían ahí, pero se iban alejando. Su voz se oía como si estuviera bajo el agua, dulce y lejana. —Te amo, Balam. Te amo. Vete tranquilo. Busca a mamá.

Cerré los ojos. Y entonces, sucedió algo maravilloso. Ya no estaba en la alfombra. Estaba de pie. Mis patas eran fuertes de nuevo. Mi pelaje era negro brillante, como el terciopelo más fino. No me dolía nada. Miré hacia abajo y vi mi cuerpo viejo, descansando plácidamente. Vi a Clarita abrazándolo, llorando. Quise decirle “¡Hey, estoy aquí!”, pero entendí que ella no podía verme. No todavía. Sentí una presencia detrás de mí. Giré la cabeza.

No estaba solo. Había un jardín enorme. No era la Condesa. Era un lugar donde el pasto era fresco y siempre había sol. Y ahí estaban. Vi a un gato atigrado al que una vez le compartí un pedazo de pan en un basurero. Vi a un perro mestizo que me defendió de otros perros. Y vi a una mujer. Una mujer con el mismo rostro que Clarita, pero mayor, con una sonrisa bondadosa. La mamá de Clarita. —Ven, Balam —dijo ella—. Buen chico. Lo hiciste muy bien. La cuidaste muy bien.

Crucé el puente. No hubo miedo. Solo la certeza de que mi misión había terminado con honores.

Pero la historia no termina con la muerte. Eso es lo que los humanos no entienden. La energía no se destruye, solo se transforma. Y el amor de un gato es una energía muy terca.

Me quedé. No me fui del todo a ese jardín eterno. Pedí un permiso especial (tengo influencias allá arriba) para quedarme un tiempo más en el departamento. Me convertí en el guardián invisible.

Veía a Clarita en los días siguientes. La casa se sentía vacía sin mi cuerpo físico. Ella guardó mis platos, pero dejó mi cojín en su lugar. A veces, la veía sentada en el balcón, mirando a la nada. En esos momentos, yo me rozaba contra sus piernas. Ella no podía verme, pero podía sentirme. La veía estremecerse, sonreír levemente y decir: —Estás aquí, ¿verdad, gordo?

Sí, aquí estoy. Estuve ahí cuando Don Roberto murió, dos años después. Clarita fue al funeral. Lloró, pero fue un llanto de paz. Cerró ese capítulo. Estuve ahí cuando Clarita conoció a Jorge, un chico que amaba los animales. Lo sometí a mi “Test de Balam” (versión fantasmal). Le tiré las llaves del coche dos veces para ver si se enojaba. No se enojó. Se rió. Aprobado.

Pero el momento más importante llegó tres años después de mi partida. Clarita y Jorge caminaban por un parque. Había una feria de adopción. Clarita se detuvo frente a una jaula. Adentro había un gatito. No era negro. No se parecía a mí en nada. Era blanco con manchas grises, como una vaca pequeña. Tenía una oreja caída y maullaba con un escándalo tremendo. Clarita lo miró. Y el gatito la miró a ella. Vi cómo el corazón de Clarita, que había estado cerrado con un candado pequeño desde que me fui, empezaba a abrirse.

—Se parece a Balam en la actitud —dijo ella, riendo entre lágrimas—. Míralo, es un gritón. —¿Lo llevamos? —preguntó Jorge. —No sé… siento que traiciono a mi Negro.

Ahí fue mi turno. Me acerqué al oído de Clarita (espiritualmente hablando) y ronroneé con todas mis fuerzas. Le envié un pensamiento, una imagen: yo corriendo feliz en el jardín eterno, y ella feliz aquí, con un nuevo amigo. “Déjalo entrar”, le dije. “El corazón no es una caja que se llena. Es un músculo que se estira. Ámalo. Él necesita un hogar, y tú necesitas a quien cuidar”.

Clarita respiró hondo. Sintió esa brisa cálida que yo le envié. —Sí —dijo—. Vamos a llevarlo.

Lo llamaron “Nube”. Nube era un desastre. Rompió dos macetas la primera semana. Se orinó en la alfombra. Pero hizo reír a Clarita. La casa volvió a tener vida. Yo observé a Nube desde arriba del refrigerador (mi viejo puesto). Era un buen chico, solo un poco atolondrado. Una noche, mientras Nube dormía, bajé y me acerqué a él. Le toqué la nariz con la mía. “Cuídala”, le transmití. “Es la mejor humana del mundo. Te va a dar el mejor paté. Te va a curar cuando te enfermes. Tu único trabajo es amarla cuando ella crea que el mundo es un lugar horrible. Hazla ronronear. Ese es el trato”.

Nube movió las orejas en sueños. Entendió el mensaje. El legado estaba asegurado.

Esa noche, Clarita soñó conmigo. Soñó que yo estaba joven y fuerte, sentado en el balcón. Ella salía y me abrazaba. Yo le decía (porque en los sueños podemos hablar): —Estoy bien, Clarita. Vete a ser feliz. Yo siempre seré tu primer amor, tu Balam. Pero tienes mucho amor para dar. Ella despertó llorando, pero sonriendo. Miró a Nube, que dormía patas arriba a su lado. Lo acarició. —Gracias, Negrito —susurró al aire.

Y entonces sí. Sentí que el hilo que me ataba al departamento se soltaba suavemente. No con tristeza, sino con satisfacción. Miré el departamento una última vez. Los rayos de sol entrando por la ventana, las plantas que habían vuelto a florecer, la vida continuando. Me di la vuelta y vi el puente de nuevo. Mi mamá (la mamá de Clarita) me estaba esperando. —¿Listo, Balam? —Listo.

Me fui, dejando atrás una estela de amor que nunca desaparecería. Porque eso es lo que somos las mascotas. No somos “animales”. Somos maestros. Venimos a enseñarles a los humanos sobre la lealtad, sobre el presente, sobre el perdón y sobre cómo amar sin condiciones. Y cuando aprenden la lección, nos vamos, para que puedan practicar con el siguiente.

Mi nombre fue El Negro. Fue Plaga. Fue Balam. Fui el gato que sobrevivió a la crueldad para contar una historia de esperanza. Y si estás leyendo esto, y tienes a alguien peludo a tu lado… suelta el teléfono. Acarícialo. Siente su corazón latir. Porque cada segundo es un regalo. Y créeme, nosotros los amamos más de lo que ustedes jamás podrán imaginar.

Hasta siempre, México. Aquí termina el maullido del jaguar.

FIN.

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